Estamos próximos a entrar al invierno y con ello, las actividades que ya se veían limitadas por la pandemia, se reducen aún más. Un buen panorama para esta temporada de frío es sin duda hacerse de unos buenos libros y viajar con ellos. Mejor aún si estos logran interesar a grandes y chicos, como sucede […]

Estamos próximos a entrar al invierno y con ello, las actividades que ya se veían limitadas por la pandemia, se reducen aún más. Un buen panorama para esta temporada de frío es sin duda hacerse de unos buenos libros y viajar con ellos. Mejor aún si estos logran interesar a grandes y chicos, como sucede con la mayoría de los libros ilustrados. A continuación Endémico web te recomienda algunas publicaciones que invitan a sumergirse en la naturaleza, sin tener que salir del hogar. 

Paisajes Perdidos de la Tierra una síntesis gráfica de la historia del Planeta

Si se piensa en la historia lejana de la Tierra tal vez lo primero que llega a la mente son imágenes de grandes seres jurásicos, como los dinosaurios. Sin embargo, esto ocurrió hace tan solo 250 millones de años atrás. Antes, sucedieron increíbles transformaciones en el planeta. Esa multitud de cambios en la Tierra es lo que muestra Paisajes Perdidos de la Tierra, libro publicado en Chile por la editorial Escritocontiza e ilustrado por Aina Bestard, diseñadora e ilustradora española. Desde el principio se advierte: “Ninguna historia de las que conoces es tan larga como la de la Tierra”. Con estas palabras comienza un recorrido por la formación del planeta y la evolución de los seres vivos que la habitaron y todavía la habitan. 

En Paisajes Perdidos de la Tierra una multiplicidad de paisajes se suceden para relatarnos la historia previa a la historia. © Escritocontiza.

De tal forma, el libro nos muestra en bellas imágenes esa metamorfosis, que involucró mares de lava, lluvias de meteoritos y glaciaciones mucho antes de la conocida Edad de Hielo. Una multiplicidad de paisajes se suceden para relatarnos la historia previa a la historia y dotarnos de fascinantes datos que nos ayudan no solo a comprender, sino también a memorizar e integrar el contenido. Imágenes de influencia naturalista del siglo XIX, colores matizados y textos en varios tamaños permiten no solo una lectura para grandes y chicos, sino también relacionar mejor los periodos y sus protagonistas. Así, el periodo Devónico, por ejemplo, se asocia fácilmente a la Edad de los Peces; los trilobites, una clase de artrópodos extintos, al periodo Paleozoico inferior y los helechos, las primeras plantas vasculares, a los bosques del periodo Carbonífero. 

Paisajes Perdidos de la Tierra es un libro hermoso, una síntesis en imágenes de la larga historia de nuestro hogar y la relación dinámica entre sus procesos geológicos y los seres que viven en ella. Este libro nos recuerda que gran parte de los paisajes que vemos son moldeados por los seres que lo habitan. Y que nosotros, los humanos, somos una porción de estos, es decir, somos potenciales agentes de cambio. Al cerrar el libro queda preguntarnos ¿qué paisajes queremos ver en el futuro? y ¿qué vamos a hacer por crearlos? 

 

Autor:  Aina Bestard.

Editorial: Escritocontiza.

Año de Publicación: 2020.

Valor: $ 22.500

Dónde encontrarlo: www.escritocontiza.cl


Los anfibios son capaces de experimentar transformaciones durante su crecimiento, proceso conocido como metamorfosis; además son los únicos vertebrados que pueden respirar a través de su piel. © Manivela. 

Croares, concierto a cielo abierto, invitación a una exploración diferente

Los anfibios son animales curiosos, se encuentran prácticamente en todas las regiones del Planeta como los trópicos, selvas, montañas, desiertos e incluso algunas zonas árticas. Son seres capaces de vivir entre medio del agua y la tierra. Dominan ambos elementos a la perfección y cómo no, si fueron los primeros animales vertebrados que se aventuraron a salir del agua y explorar los suelos terrestres. De hecho, su nombre genérico proviene del griego y significa «ambos medios». Probablemente lo más llamativo en estos animales es que son capaces de experimentar transformaciones durante su crecimiento, proceso conocido como metamorfosis; además son los únicos vertebrados que pueden respirar a través de su piel. 

Los croares que se escuchan en el álbum sonoro han sido recolectados por Mario Penna, Osvaldo Cabeza y José Manuel Serrano. Son una invitación a reconocer cada especie de otro modo, menos habitual que el visual, pero sin duda muy importante. © Manivela. 

Las ranas y sapos son el tipo de anfibios más característicos y en los que se enfoca el álbum sonoro Croares, concierto a cielo abierto de editorial Manivela. Este libro, escrito por Andrés Charrier e ilustrado por Sam Garcia, presenta alguno de los ejemplares más emblemáticos que habitan dentro del territorio chileno. En el libro se encuentra no solo una breve descripción de cada sapo y rana, sino también información respecto a su ubicación geográfica y estado de conservación, ideal para educar a grandes y chicos en el cuidado medioambiental. Las hermosas ilustraciones reafirman visualmente la información y funcionan como una pequeña guía de reconocimiento. Sin embargo, quizás lo más brillante de este libro es el registro sonoro de cada anfibio que está descrito en sus páginas. Croares, que han sido recolectados por Mario Penna, Osvaldo Cabeza y José Manuel Serrano, se escuchan como una invitación a reconocer cada especie de otro modo, menos habitual que el visual, pero sin duda muy importante. 

Este libro es una invitación a enriquecer las experiencias de pequeños y grandes naturalistas. Muchas veces durante las visitas a algún parque o reserva es difícil encontrarse con los animales que viven allí, ya sea por su tamaño, su rutina diaria y la presencia humana que generalmente los espanta. Sin embargo, poner oreja a la orquesta natural que nos rodea puede permitirnos saberlos presentes. No ver, no significa necesariamente no conocer. Croares convoca la capacidad infinita de la escucha y acompaña la exploración del patrimonio ambiental, esa es su premisa y la que atraviesa a todo el sello editorial.

Autor: Andrés Charrier / Ilustrado por Sam García.

Editorial: Manivela.

Año de Publicación: 2020.

Valor: $ 19.000

Dónde encontrarlo: www.manivela.cl

Mirando el Bosque Nativo es un libro en formato leporello, es decir, presenta hojas plegadas como un acordeón que ofrece un panorama visual del ecosistema en cuestión. © Hueders.

Mirando el Bosque Nativo, un viaje multimedia al corazón del ecosistema

Los bosques son muy importantes para la vida en la Tierra. Sus grandes árboles y la vegetación de los alrededores nos entregan gran parte del oxígeno que respiramos. En Chile, los bosques han sido el hogar de muchas culturas ancestrales, de animales, flora y hongos. Hoy, lamentablemente, están gravemente amenazados por las industrias forestales, hidroeléctricas, entre otras. Quizás lo más importante es que el bosque nativo guarda a grandes y milenarias especies como el roble, el alerce y el coigüe, árboles que dan hogar y sustento a insectos, pájaros, reptiles y otras plantas. La tala o quema de un árbol implica la pérdida de toda su comunidad biológica. 

Su forma leporello hace posible extender el bosque nativo a lo largo de un pasillo, por ejemplo, y jugar a encontrar las especies que se encuentran escondidas en el bosque de papel. © Librería Libroverde. 

Bajo este contexto, la editorial Hueders publicó hace un año un libro cuyo fin es resaltar la belleza de los bosques y así, aportar en su cuidado. Su nombre es Mirando el Bosque Nativo, cuya autora e ilustradora es Verena Urrutia. La publicación tiene un formato leporello, es decir, es un libro de hojas plegadas como un acordeón que ofrece un panorama visual del ecosistema en cuestión. A pesar de su novedosa forma la calidad de la caja que lo envuelve podría ser mejor, acorde a las ilustraciones y el contenido que presenta. 

Aun así, vale la pena destacar el trabajo artístico y editorial que este libro ofrece. Su forma leporello hace posible extender el bosque nativo a lo largo de un pasillo, por ejemplo, y jugar a encontrar las especies que se encuentran escondidas en el bosque de papel. Las ilustraciones y sus textos nos invitan a reconocer de forma lúdica a los habitantes de dicho ecosistema, al mismo tiempo que podemos acceder a diferentes descripciones auditivas disponibles en Spotify (A ellas se acceden mediante códigos QR inscritos en diferentes partes del libro). Esta publicación nos sumerge en el bosque de forma multimedia y nos recuerda el potente hábitat que es. Después de su lectura, con toda seguridad, la próxima vez que te internes en un bosque podrás apreciarlo “como la piel que recubre y protege la tierra”; un lugar del que debemos cuidar. 

Autor: Verena Urrutia.

Editorial: Hueders. 

Año de Publicación: 2020.

Valor: $ 10.200

Dónde encontrarlo: https://tienda.hueders.cl/products/mirando-el-bosque-nativo

 

Imagen de Portada: Ilustración de Aina Bestard para Paisajes Perdidos de la Tierra © Escritocontiza.

En el corazón de la precordillera central surgió una nueva experiencia de conexión multisensorial con la naturaleza. Se trata de la Ruta del Tricahue, un espectacular entorno rodeado de glaciares, bosque esclerófilo y una cuenca fluvial predominada por el río Cachapoal. Quisimos conocer a fondo este fascinante proyecto que a partir de actividades como baños […]

En el corazón de la precordillera central surgió una nueva experiencia de conexión multisensorial con la naturaleza. Se trata de la Ruta del Tricahue, un espectacular entorno rodeado de glaciares, bosque esclerófilo y una cuenca fluvial predominada por el río Cachapoal. Quisimos conocer a fondo este fascinante proyecto que a partir de actividades como baños de bosque, turismo con lupa y actividades campesinas permite adentrarnos de forma inclusiva en la conservación y el cuidado de este desconocido patrimonio natural y cultural de la zona central de Chile.

En medio de árboles nativos como peumos, quillayes, bollenes, corcolenes y boldos; arbustos como colliguayes, espinos y mitiques, y profusas hierbas propias del bosque esclerófilo chileno se encuentra la comuna de Machalí, Región de O’Higgins, que hoy acoge el primer proyecto nacional de ecoturismo inclusivo llamado Ruta del Tricahue.

El recorrido comienza en Rancagua, internándose hacia la Cordillera de los Andes. Desde la localidad de Maitenes ya es posible ver el glaciar del volcán el Palomo, responsable de alimentar al principal río de la zona: el Cachapoal. Poco a poco el camino se adentra en las localidades de Chacayes y Coya hasta llegar finalmente a la Reserva Nacional Río los Cipreses. Durante gran parte de la ruta se puede admirar el paisaje propio de la precordillera de Chile central, con sus cordones montañosos nevados y sus laderas de cerros colmadas de matorral. En lo alto alerta el sonido de una bandada de tricahues —loro color verde oliva conocido por ser muy gregario y bullicioso, y cuya presencia da el nombre a esta nueva ruta—  y a la distancia la estridencia del caudal de los distintos afluentes que desembocan en el Cachapoal. Muy común también es encontrarse con algún huaso a caballo seguido de unos cuantos perros. 

La Reserva posee alrededor de 42 glaciares que alimentan las quebradas, lagunas, vegas, riachuelos y ríos, y que a su vez dan lugar a numerosos anfibios y peces endémicos del sector. © Ruta del Tricahue. 

Nace una experiencia

Miles de kilómetros hacia el noroeste de Machalí, cruzando todo el Océano Pacífico y la línea del Ecuador, se encuentra Japón. Allí son muy populares los “Baños de Bosque” o shinrin-yoku, una práctica que consiste en acudir a sesiones de inmersión en la naturaleza para quienes presenten estrés, hipertensión, ansiedad y otros síntomas relacionados. Guardando todas las proporciones y distancias que la geografía, flora y fauna imponen, la precordillera de la zona central de Chile ofrece un paisaje muy propicio para sumergirse en este tipo de “baños” naturales. La vegetación, los animales e insectos que habitan en esta zona invitan a conectarse con el entorno que nos rodea y hacernos conscientes del ciclo que atraviesa a todas estas formas diversas de vida. En ese contexto es que surge la Ruta del Tricahue, una iniciativa público-privada que busca acercar a las personas a espacios naturales para mejorar su calidad de vida, al mismo tiempo que se hace un ejercicio de conservación ecológica. 

Quienes llevan adelante este proyecto son el Centro de Investigación en Recursos Naturales y Sustentabilidad (CIRENYS) de la Universidad Bernardo O’Higgins de Santiago de Chile, financiado a través del Fondo de Innovación para la Competitividad del Gobierno Regional de O’Higgins y su Consejo Regional, enmarcado en la Estrategia Regional de Innovación. Junto a emprendedores locales se organizaron para desarrollar el proyecto FIC Ecoturismo Inclusivo, dentro del que se encuentra la Ruta del Tricahue. Carolina León Valdebenito, Directora del CIRENYS, cuenta sobre los inicios de esta alianza: “A lo largo de este estudio hemos encontrado hallazgos botánicos tan sorprendentes, que junto a la Corporación formulamos un proyecto que pudiese hacer un uso recreativo y educativo de este patrimonio natural, que vincula también de forma directa a la comunidad local. Así convocamos a emprendedores, emprendedoras y otros organismo públicos que se sumaron para desarrollar la ruta”.

Entre las briófitas se encuentran los musgos y las hepáticas. Suelen vivir en sitios húmedos y aunque pueden cubrir un área de varios kilómetros, como una alfombra, su altura no suele sobrepasar los 3 cm. © Ruta del Tricahue. 

Una experiencia para estimular los sentidos

Para Carolina León, algunas de las experiencias más memorables que podemos encontrar en esta nueva ruta emplazada en la cordillera central, son “experiencias de conexión multisensorial con la naturaleza, con la cordillera y con el patrimonio cultural de sus habitantes. No solo se disfruta el paisaje visual propio de la precordillera de la zona centro del país, sino también el paisaje sonoro. Así, podemos deleitarnos con el silbido del viento que atraviesa las hojas del matorral; el estridular de las chicharras durante los días calurosos del verano y el parloteo de las bandadas de tricahues, como también el canto de todos los pajaritos de cordillera. En palabras de Marcia Ricci bióloga y jefa de la Sección de Conservación de la Diversidad Biológica del Departamento de Áreas Silvestres Protegidas de CONAF, O´Higgins—, es posible también disfrutar de “los aromas de los espinos, las flores de cactus y chagualillos que alegran el paisaje”. 

El tricahue es el loro más grande que habita dentro del territorio nacional. Son seres gregarios y muy bulliciosos. © Mauricio Gutiérrez

Pero tal vez una de las actividades más emblemáticas que ofrece la Ruta del Tricahue es el “turismo con lupa”, donde los visitantes se internan en el mundo de las plantas no-vasculares o briófitas que dan inicio a esta alianza. Estas conforman el grupo de plantas más pequeñas y primitivas, que cumplen roles claves en los ecosistemas. A esta experiencia se suma la posibilidad de encontrar productos y emprendimientos locales como cabalgatas, guías de turismo, artesanía y alimentación, entre otros.

La flora del sector está caracterizada por ser de tipo esclerófila. En la imagen una rama de maitén. © Ruta del Tricahue.

La Ruta del Tricahue ofrece guías que no sólo profundizan en la flora y fauna del sector, sino también en su historia y tradiciones. Daiana Cesaretti, guía turística de Ruta del Tricahue y dueña del Hostel Vista al Cerro, emplazado en la localidad de Coya, insiste que “no debemos dejar de lado a los pueblos de Coya y Chacayes. La identidad de estas localidades se basa en tradiciones mayormente arrieras, de individuos trashumantes que iban de cerro en cerro con sus mulas y caballos. Vivencias que no solo están basadas en tradiciones ganaderas y agrícolas, si no también en aquellos recolectores y cazadores que vestían pieles de guanaco hace más de 7.000 años y que han dejado vestigios a través de petroglifos (rocas grabadas) en distinto sectores del territorio”. Asimismo, el artesano en madera y guía local Andrés Letelier observa que la Ruta conecta la tradición campesina a “la gran minería del cobre, da cuenta de las fiestas criollas y religiosas, rodeos, domaduras, misas a la chilena (durante septiembre)” entre otras actividades propias de la cultura de este territorio. 

Dentro de la Reserva Nacional Río los Cipreses existen petroglifos, rocas grabadas con cinceles a partir de roca al interior del cajón cipreses que tienen entre 500 y 7000 años de antigüedad y que hoy representan el valor arqueológico más grande de la zona. © Ruta del Tricahue.

Una nueva Ruta para todas y todos

La Ruta del Tricahue ofrece una aproximación a la riqueza natural y diversidad de tradiciones y culturas que históricamente se han arraigado en este enclave precordillerano del Chile central, sin embargo, tal vez lo más innovador que trae este proyecto es que busca ser la primera ruta inclusiva de Chile, con una mirada ecoturística. Lo anterior implica que la naturaleza puede ser accesible para todas las personas, incluso aquellas que tienen algún tipo de discapacidad, adultos mayores, entre otros.  “Buscamos mostrar cómo los espacios y actividades que existen en esta ruta pueden acogernos a todos”, sostiene Carolina León. Así, por ejemplo, dentro de la reserva es posible encontrar rampas, carteles informativos en braille y códigos QR vinculados a una aplicación móvil que cumplen la función de audioguía. Además, el proyecto cuenta con una experiencia de realidad virtual para aquellas personas que se vean en dificultades para realizar ciertas actividades como las cabalgatas. 

Marcia Ricci destaca que: “este tipo de rutas turísticas permiten sensibilizar y/o educar a los visitantes sobre la naturaleza en general; y la vegetación esclerófila y su riqueza de especies, en particular, además de las amenazas que las afectan. Si conocemos la integración de los ecosistemas y sus componentes, se puede incidir en el respeto, cuidado y comprender las medidas de protección que estos requieren, para permitir su propia existencia y la nuestra”. Conectar a los visitantes con el territorio, mejorar la calidad de vida de todos los que transitan y viven en esta zona es, sin duda, el gran propósito de este nuevo recorrido.  

Paisaje nocturno en la precordillera central al interior de la Reserva Nacional Río los Cipreses. © Ruta del Tricahue.

Para más información visita www.rutadeltricahue.cl

Imagen de portada: Paisaje de la Reserva Nacional Río los Cipreses. © Ruta del Tricahue.

Hoy se lanza un video inspirado en el concepto curatorial de la exposición “Naturaleza Expandida: visibilizar lo invisible” que ha estado desde octubre del año pasado en la Galería de Patrimonio del Centro Cultural La Moneda. Esta nueva obra incorpora el lenguaje corporal para abordar desde una nueva perspectiva nuestra relación con la naturaleza. Con […]

Hoy se lanza un video inspirado en el concepto curatorial de la exposición “Naturaleza Expandida: visibilizar lo invisible” que ha estado desde octubre del año pasado en la Galería de Patrimonio del Centro Cultural La Moneda. Esta nueva obra incorpora el lenguaje corporal para abordar desde una nueva perspectiva nuestra relación con la naturaleza. Con este video se da inicio al programa de extensión de la muestra que se presentará hasta abril de este año. 

Escena del video dirigido por Paz Ramírez. La interpretación y quién sale en el cuadro es Alexandra Mabes.  

El video es dirigido por Paz Ramírez y explora desde otra mirada la exposición Naturaleza Expandida: visibilizar lo invisible, cuya performance fue realizada por la coreógrafa Alexandra Mabes. Esta es una obra que invita a cuestionar el significado del patrimonio y lo expande hacia la unión de naturaleza y cultura, visibilizando aspectos que hasta ahora han sido comúnmente ignorados. Maya Errázuriz de Fundación Mar Adentro y co-curadora de la exposición, menciona que “las distintas obras presentes en la Galería Patrimonio del Centro Cultural La Moneda incorporan elementos que evocan los sentidos y las múltiples apreciaciones de la naturaleza. Con este video se suma el lenguaje corporal, que a través de una pieza de danza nutre aún más la lectura de la muestra”. 

Las distintas obras presentes en la Galería Patrimonio del Centro Cultural La Moneda incorporan elementos que evocan los sentidos y las múltiples apreciaciones de la naturaleza. Con este video se suma el lenguaje corporal, que a través de una pieza de danza nutre aún más la lectura de la muestra (Maya Errázuriz, Fundación Mar Adentro)

Una de las interrogantes que tenían Carlo Rizzo también curador de la muestra, junto a Maya Errázuriz, era cómo rastrear el paso o movimiento de los animales y su interacción en un territorio, tal como la danza de una abeja, cuya coordinación puede ser un patrimonio en sí mismo. De alguna forma, uno de los gabinetes que conforma la obra Wilderness Archive, en específico la que se titula arquitectura/s, aborda este tema, con un ejercicio de mapeo sobre el paso de  los animales sobre los senderos de un bosque, que luego se contrasta con el paso de los humanos y otras interacciones presentes en ese territorio. 

Sin embargo, la inquietud por el movimiento siguió dando vueltas y decidieron incorporar una pieza de danza. Así comenzó el trabajo conjunto de Fundación Mar Adentro con Paz Ramírez y Alexandra Mabes. Con la mirada e interpretación de ellas sobre nuestra interacción corporal con la naturaleza, el desplazamiento y los espacios. El video aborda el contraste del afuera y adentro; juega con la idea del rol que juegan los espectadores en la muestra y cómo podemos interactuar con las distintas obras presentes en ella, las que son interpretadas a través de la danza de Mabes.  

El video constituye en sí una nueva obra que otorga otra capa de lectura a la muestra, en el sentido de conexión corporal con nuestro entorno y lo que puede suceder en ese intercambio, para continuar con la resignificación de lo qué es el patrimonio natural. 

La directora del video Paz Ramirez menciona: “quise generar una pieza que a través del lenguaje audiovisual incluyera los conceptos de patrimonio natural y dialogara con las temáticas que se tratan en la muestra.  Llevar la naturaleza a la sala fue mi objetivo. Con la ayuda del montaje y con Alexandra Mabes como protagonista, quise transportar al espectador fuera de la ciudad para reflexionar sobre su relación con lo natural. Por esta misma razón, la voz en off no entrega respuestas, sino que plantea preguntas. La participación de Alexandra fue clave, ya que el desplazamiento y su interpretación corporal son la guía para navegar tanto el espacio de la muestra, como el entorno natural donde grabamos”.

Con este video además se inicia el programa de extensión de Naturaleza Expandida: visibilizar lo invisible. Sumado a esto, a partir de marzo esta exposición incluirá un diálogo entre los curadores y la directora del Centro Cultural La Moneda; talleres con artistas y creadores participantes de la exposición, entre otras actividades. 

Alexandra Mabes, la creadora e intérprete de la pieza de danza, es una reconocida coreógrafa chilena, quien ha realizado diversas investigaciones sobre el cuerpo y performances en Chile y el extranjero, y ha colaborado con diversos artistas internacionales. En tanto, Paz Ramírez Paz quien vive en Santiago y Toronto, ha dirigido videoclips, publicidad, video performance y cortos documentales.

Imagen de portada: Helecho que cobija a los espíritus cuidadores del agua. La fotografía es parte de la muestra Naturaleza Expandida: visibilizar lo invisible © Josefina Astorga

Patagonia: una ecología del viento

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr “Voy camino a la Patagonia me han hablado del frío, del sol y las montañas.  Creo entender los desafíos Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas” Bastian Gygli, camino a la Patagonia.   Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De […]

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr

“Voy camino a la Patagonia

me han hablado del frío, del sol y las montañas. 

Creo entender los desafíos

Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas”

Bastian Gygli, camino a la Patagonia.

 

Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De exhuberante y helada selva austral y de estepas sin fin donde el pasto coirón reina el suelo. Los autores hemos visto estos lugares, y para nosotros, no hay duda, hablar de Patagonia es hablar de sus vientos, aires apresurados que alcanzan velocidades sorprendentes. Estos soplan con furia a través de llanos y bosques, dando forma a árboles de intrincadas geometrías nacidas de la resistencia al viento. Pero, incluso ante estas condiciones agrestes que parecen desafiar la vida, los diversos organismos patagónicos se han adaptado, pudiendo llamar hogar a este territorio azotado por los ventarrones.

El viento

Cada día, en el océano Pacífico, millones de litros de aire son calentados por la radiación solar, ascendiendo. Este aire luego se mueve impulsado por las fuerzas de rotación de la tierra, el llamado efecto Coriolis. Parte de esta masa de aire cálido choca con el sur de Sudamérica, donde los campos de hielo patagónicos han helado el aire. En este choque el aire caliente asciende aún más, para luego encontrarse con la pampa, donde no están los fríos glaciares. Allí el aire cae en picada, acumulando velocidad y fuerza, muchas veces descomunales. Durante los días más intensos se pueden registrar vientos constantes de 50 km/hr y ráfagas de hasta 100 km/hr.  

Estas condiciones son intermitentes, siendo influenciadas por los grandes movimientos de las masas de aire. Hay días de calma, donde todo está tranquilo, los cuales son luego seguidos por temporales que pueden durar días o semanas. La temporada más propensa a estos eventos es el verano. En este la diferencia de temperatura de las masas de aire es mayor y, por ende, hay más posibilidades de procesos de acumulación de velocidad.

Quebrada en medio de las planicies patagónicas de la Sierra Baguales © Montaraz

La misma naturaleza del territorio, que no presenta relieves tan pronunciados, hace que los aires fluyan libres. La ausencia de grandes obstáculos hace que el viento no pierda fuerza y, por otro lado, no entrega muchas posibilidades de escondite a los habitantes. Ante esto, los seres vivos se han adaptado.

Adaptación

El ambiente abiótico es una gran fuerza modeladora de la vida. Gran parte de las adaptaciones biológicas que se han mantenido en el tiempo han sido una respuesta a una o varias condiciones del entorno. Por ejemplo, en el extremo sur de Chile, la cordillera de los Andes genera refugios del viento, lo que unido a la humedad permite la aparición de bellos bosques australes, donde las lengas (Nothofagus pumilio) dominan el paisaje. Estos lugares están resguardados, lo que les permite a las plantas alzarse a varios metros del suelo. Sin embargo, hacia el este de los Andes, hacia Argentina, otro es el panorama. 

Allí, en las tierras abiertas donde la erosión glaciar ha aplanado el territorio, dejando solo suaves colinas y grandes planicies, no hay nada que detenga el viento. Así, este corre libre y sin tregua. La primera impresión es dura, ¿cómo puede algo tolerar la fuerza del viento? Especialmente cuando en el vasto paisaje patagónico no se distingue refugio alguno.

Sin embargo, es en medio del viento donde la Patagonia guarda uno de sus tesoros biológicos, en parte por sus enormes dimensiones, pero también ante esta presión ambiental la vida ha respondido con múltiples variantes, conformando un rico e interesante ecosistema.

Lengas (Nothofagus pumilio) con sus ramas adaptadas al viento © Montaraz

Plantas y viento

La base de las estepas está en las plantas, las cuales al ser organismos sésiles (de muy baja movilidad) no pueden moverse buscando refugio del viento. Esto ha hecho que deban adaptarse a resistir el viento en vez de evitarlo. Lo primero es modificar sus hojas. Las plantas usan sus hojas para hacer fotosíntesis, pero también es el lugar donde realizan los intercambios de gases con el entorno, incluyendo el agua. Por lo mismo, cuando una planta tiene una hoja muy grande, es propensa a perder agua, ya sea por calor, o como en la Patagonia, por el viento. Este último mueve la masa de aire y toda la humedad que se encuentra en él se desplaza con su paso, dejando una nueva masa de aire seca, la cual es un nuevo estímulo para que se libere agua.

Esto hace que las plantas se hayan adaptado a estas condiciones de sequedad, disminuyendo drásticamente el tamaño de sus hojas o modificándose completamente, como ocurre con los cactus del desierto. Aunque, a diferencia de estas otras plantas, en la Patagonia existe otra adaptación clave: la forma de crecimiento. En un intento desesperado por mantener algo de la escasa humedad, muchas de las plantas han adoptado una forma de crecimiento a ras de suelo y con una forma semiesférica, la cual permite al viento pasar aerodinámicamente sobre las plantas, pero no penetrar en su interior, donde se conserva algo de humedad.

El ejemplo clave de esta estrategia se encuentra en el coirón, una denominación para pastos del género Festuca. Estas plantas son parecidas a los clásicos pastos de las ciudades, pero su forma de crecimiento sigue este patrón aglomerado, como de “champa”. Esto ha hecho que sea especialmente abundante en la Patagonia y en la alta montaña, donde llega a formar praderas puras o asociaciones con otras especies.

Mata guanaco (Anarthrophyllum desideratum), otro ejemplo clásico de adaptaciones al viento © Montaraz

En el caso de los árboles que se aventuran a las zonas de viento, su forma de crecimiento es radicalmente distinta a los del bosque. El tronco y algunas secciones de las ramas son engrosadas  dado que la madera se acumula en las zonas que permiten sostener la estructura del individuo y resistir el estrés mecánico que ejerce el viento. Además, las hojas se reducen y las ramas pueden crecer siguiendo la dirección predilecta del viento. Esto último ayuda a que pase de forma aerodinámica y disminuye el potencial de ramas quebradas. A nivel de las raíces, están suelen crecer más en contra de la dirección habitual del viento, dado que así sostienen al árbol firmemente en su lugar.

Fauna y viento

Los animales se pueden mover y esto les permite en cierta medida evitar el viento. Sin embargo, con temporales que pueden durar varios días y una escasez natural de refugios en el entorno, cada tanto todo organismo se verá obligado a enfrentarse al viento.

En el caso de los seres pequeños, como los artrópodos (grupo que incluye insectos, arañas, ciempiés y milpiés, entre otros organismos) las adaptaciones claves son conductuales e implementan mantenerse alejados del viento. Por lo mismo muchos de ellos viven al resguardo bajo rocas o en pastos y la abundancia de especies voladoras es menor que en otras zonas donde el viento no es tan predominante.

Los reptiles patagónicos están adaptados a la falta de humedad, con cuerpos planos y una vida a ras de suelo. Por otro lado, la abundancia de anfibios es baja, debido a la sequedad. Los pocos ejemplares que habitan las estepas suelen enterrarse y esperar los periodos de lluvias para activarse.

Liolaemus magellanicum en torres del Paine. Esta es la lagartija más austral del mundo © Montaraz

Son los mamíferos y las aves los grupos que desafían más directamente al viento, principalmente mediados por su capacidad endotérmica (de regular la temperatura corporal) y sus adaptaciones para la insulación externa a través del pelo y las plumas. Esto les permite enfrentar directamente el viento por períodos más largos de tiempo. Para evitar la pérdida de calor también muchas especies presentan un aumento de tamaño corporal, optimizando la relación entre su volumen y su área, perdiendo proporcionalmente menos calor que otras especies de sus familias. Es en parte por esto que especies como el puma (Puma concolor) presentan sus mayores tamaños en la Patagonia.

Ahora, incluso con este impresionante listado de adaptaciones, solo los animales más grandes, como el guanaco (Lama guanicoe) y el choique  (Rhea pennata) son capaces de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia. Los de menor tamaño deben pasar por periodos de inactividad ante los vientos más fuertes o buscar sus oportunidades en la noche, donde los vientos suelen ser de menor intensidad.

Zorro chilla (Lycalopex griseus) refugiándose de los fuertes vientos en una pequeña grieta en la arena © Montaraz

Como en muchos lugares alejados de los trópicos, las mejores estrategias para los organismos es tener una gran adaptabilidad y poder comportarse como generalistas, aprovechando las ventanas de oportunidades que un ambiente cambiante les presenta.

Eventos extremos y los riesgos del cambio climático

Incluso con todas las adaptaciones mencionadas, los eventos extremos de viento pueden ser devastadores. Los vientos huracanados de hasta 200km por hora, pueden ser capaces de arrancar las plantas y sus raíces, y junto a ellas desprender grandes porciones de suelo. Esto deja zonas expuestas, las cuales pueden ser difíciles de colonizar en los ritmos lentos de los ecosistemas patagónicos. Los temporales también son capaces de limitar la actividad de los animales, impidiendoles completar sus ciclos vitales. Esto puede ser desastroso para animales de ciclos cortos o poblaciones ya reducidas.

Lo problemático es que estos fenómenos se podrían volver algo mucho más común en los próximos años. Está estudiado que uno de los efectos del cambio climático es el aumento de eventos climáticos extremos (National Geographic, 2020). Esto se produce porque existe un calor extra en el sistema, el cual se puede desplazar en formas que desbalancean las armonías actuales, teniendo efectos impredecibles. Esto hace que el calentamiento de una masa de agua en un lado del mundo, pueda tener consecuencias en el otro lado, como periodos de sequías, lluvias y otros eventos. Si esto potencia el ya intenso viento, los resultados podrían ser terribles en la biodiversidad local.

En la ecología es difícil poder aislar un factor, pues normalmente hay muchos que están influyendo en el desarrollo de estrategias y procesos. A pesar de que esto también es cierto en la Patagonia, la presencia de un factor tan predominante en su intensidad como los vientos huracanados del sur, nos permite entender de mucha mejor forma como la vida a veces debe adaptarse a los desafíos claves de un territorio. 

Así, como los glaciares son los forjadores principales del relieve patagónico, son sus vientos el factor clave para entender a su flora y fauna, la cual deslumbra con su resiliencia única. Sin los aires lacerantes, este territorio no sería lo mismo y, aunque desafiante a veces, el viento es parte fundamental de los procesos biológicos, tanto en la Patagonia como en otros lugares del mundo.

El Guanaco es capaz de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia © Montaraz

 

Imagen de portada: Vista de la Patagonia desde mirador El Toro © Montaraz

Referencias

Ennos, A. (1997). Wind as an ecological factor. Trends in Ecology & Evolution, 12(3): 108-111.

Konôpka, B., Kulfan, J. & Zach, P. (2016). Wind- An important ecological factor and destructive agent in forests. Forestry Journal 62(2): 123-130.

Nobel, P. (1981). Wind as an Ecological Factor (Chapter)Physiological Plant Ecology I, 12.

Ornes, S. (2018). Core Concept: How does climate change influence extreme weather? Impact attribution research seeks answers. PNAS, 115(33): 8232-8235.

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/tendremos-mas-fenomenos-meteorologicos-extremos-futuro_13378. Revisado el día 03 de febrero.

Sin lugar a dudas, una nueva Constitución tendrá que tratar el tema ambiental como pilar fundamental de un nuevo ordenamiento socio jurídico y, dentro de ello, nuestra relación con la naturaleza. Desde este punto de partida, ya el debate no debería centrarse en si el contenido de la carta magna debe garantizar o no mayor […]

Sin lugar a dudas, una nueva Constitución tendrá que tratar el tema ambiental como pilar fundamental de un nuevo ordenamiento socio jurídico y, dentro de ello, nuestra relación con la naturaleza. Desde este punto de partida, ya el debate no debería centrarse en si el contenido de la carta magna debe garantizar o no mayor protección a la naturaleza, sino que el punto debe ponerse en sobre qué vía o en base a cuál paradigma debiese hacerse.

En tal sentido, el título de esta columna contrapone dos visiones con bases tan antiguas como los constructos colectivistas o individualistas. Estos son la base de los derechos colectivos o derechos individuales, que en el fondo entregan una pauta para entender si la convivencia se establece como seres integrantes de una esfera mayor (seres sociales) o si los derechos se reconocen y ejercen relacionados a la individualidad del sujeto portador del mismo.

Es esta última concepción que sustenta la Constitución que actualmente nos rige, por medio de la consagración de la individualidad por sobre la colectividad. Claro ejemplo de ello es la preponderancia de la propiedad privada con sus fuertes atribuciones individualistas, que bloquean cualquier posibilidad de una planificación territorial extensiva, en donde la propiedad sea un elemento dentro de un bien mayor que consagre el bienestar común y la convivencia, entre otros puntos.

Debería configurarse una discusión que abra el debate de una nueva forma de relacionarnos con el resto del planeta, y no solo protegerlo desde una óptica de beneficio exclusivo para el ser humano

Dicho lo anterior, hablar sobre naturaleza en la nueva Constitución deberá tener como punto de inicio alguna de estas miradas, y la posibilidad de otorgar derechos a la naturaleza o a los individuos dentro de ella. Así debería configurarse una discusión que abra el debate de una nueva forma de relacionarnos con el resto del planeta, y no solo protegerlo desde una óptica de beneficio exclusivo para el ser humano. Es decir, es el primer paso para un escenario nuevo, en donde sea cual sea la corriente a seguir, la naturaleza tendrá un foco principal, sin pensar exclusivamente en que cuidarla tiene un beneficio exclusivo para las próximas generaciones de humanos, sino que para todos quienes habitan este planeta.

Lo que aquí me propongo es apostar a que lo que se discuta en el marco de una nueva Constitución tenga como prioridad la visión colectiva de derechos de la naturaleza. Esto, a la postre, podría garantizar la individualidad de los seres, sumado a su complejo sistema de interacciones.

Vista del río San Pedro de Inacaliri con el volcán Paniri en el fondo, Provincia de El Loa, región de Antofagasta. Su variabilidad en precipitaciones y en las temperaturas a distintas escalas proporciona variados tipos de ecosistemas. Este lugar es solo una pequeña muestra de los ecosistemas que encontramos en Chile © Trevor McKinnon.

Generalmente, y salvo algunas líneas diferenciadoras, el animalismo como movimiento que busca reconocer derechos en los animales, tiene una concepción basada en una visión individualista de lo que compone la naturaleza, y desde aquí lo que busca, dicho de una manera muy general, es otorgar derechos a los animales en su individualidad, tal y como históricamente la justicia ha reconocido principalmente derechos a los individuos por sobre la colectividad. De hecho, el incipiente derecho animal reconocido en la actualidad en nuestro ordenamiento jurídico, basado principalmente en la ley 20.380 sobre protección de los animales, la ley 21.030 sobre tenencia responsable de mascotas, y el Código penal, así lo demuestran. Las normas jurídicas chilenas entienden que esta legislación debe obedecer a los parámetros filosóficos individualistas.

Mi trabajo, experiencia y principalmente mi investigación asociada a las comunidades que conviven estrechamente con la naturaleza, me han hecho entender a esta como un ente complejo con fuertes redes de interrelaciones. Tal y como lo expresan muchas de las cosmovisiones indígenas o rurales, o como lo observan paradigmas propuestos desde el mundo occidental como el ecocentrismo o el biocentrismo.

Somos parte de un ecosistema o de la biósfera, y de su sistema de interacciones, lo que debería promover un sentimiento moral hacia nuestra biósfera actual, un sentido de pertenencia.

Aldo Leopold, en su famosa obra “La ética de la tierra” plantea ya en el año 1949 la necesidad de ampliar nuestra concepción moral hacia “la tierra”, y sumado al trabajo de otros pensadores tales como Kennet E. Goodpaster, Timothy Sprigge o Karen J. Warren, entre otros, dan a entender que el prefijo “bio” abarca mucho más que lo vivo desde lo individual (algo vivo), sino que contempla a la biósfera como una generalidad, lo vivo como algo colectivo, basado en interrelaciones constantes.

Holmes Rolston III, suma a esta idea la concepción de comunidad real, definida como “lo que cuenta con un grado de organización suficiente para moldear la conducta de sus miembros.”. Desde aquí se desprende también una visión ecosistémica no individualista de la naturaleza, de la que tanto seres humanos y animales sintientes son parte, es decir la organización como base de lo “bio”, que ordena nuestras interrelaciones.

Por último, y sin pretender hacer una revisión del desarrollo de la ética ambiental como disciplina filosófica, quisiera citar el concepto de “biofilia”, desarrollado por J. Baird Callicot y que se centra en la toma de conciencia de que somos parte de un ecosistema o de la biósfera, y de su sistema de interacciones, lo que debería promover un sentimiento moral hacia nuestra biósfera actual, un sentido de pertenencia.

La perdida de suelo, disminución de la disponibilidad de la calidad de agua y escasez de este recurso en las comunidades aledañas donde se realizan plantaciones de monocultivo de pinos son solo algunas de las consecuencias que sufren los ecosistemas gracias a las normas jurídicas vigentes © Constanza López.

Claramente la naturaleza, en donde nos incluimos tanto seres humanos como seres sintientes, no puede ser abordada desde el individualismo, porque sus niveles de interacciones y dependencias son tan altos, que es imposible no poder entenderla como un todo, como un colectivo integrado por diferentes especies y elementos.

Así, reconocerle derechos a la naturaleza es finalmente reconocernos derechos a todos: a los humanos, a los animales y a la protección de las múltiples interacciones dependientes entre sí , basándose en una teoría del valor sistémico, como un paso más allá de la teoría del valor intrínseco.

Una visión colectiva de derechos de la naturaleza nos permitiría abordar de mejor manera problemas tales como: la presencia de especies invasoras, la responsabilidad de quienes poseen mascotas frente a la fauna nativa, las limitaciones del actuar del ser humano frente al bienestar colectivo de todos quienes componen el planeta tierra, entre otros puntos. De esta manera, la concepción de derechos de la naturaleza, no solo propendería a reconocer derechos a la biosfera en su conjunto, sino que también buscaría limitar o derechamente extinguir derechos a los humanos en pos del bienestar colectivo.

Los derechos animales desde una visión individualista acarrea a la larga los mismos problemas al bienestar ambiental general © Juan de los Zorros

Reconocer derechos animales desde una visión individualista podría acarrear los mismos o nuevos problemas al bienestar ambiental general, que los que ha acarreado la visión dualista modernista clásica que separa la naturaleza de la sociedad.

En tal sentido reconocer derechos a los animales, subsumidos estos a los derechos de la naturaleza, sería entender que estos tienen no solo derechos a su individualidad, sino que tienen derechos a ser parte de hábitats en buenas condiciones, a que se mantengan corredores biológicos que permitan la subsistencia de las especies, limitando, porque no, el derecho a propiedad en pos de garantizar este derecho a la naturaleza. Además, se les podría reconocer a los animales el derecho a ser parte de la interrelación de la cadena trófica, a cumplir su misión para con otros seres como por ejemplo siendo diseminadores de especies vegetales, controladores de plagas, y así en un sin número de agencias más.

Marcha por el agua de ciudadanos de la localidad de Petorca. La comunidad denuncia apropiación ilícita de agua por parte de las empresas agropecuarias y sus plantaciones de paltos © Mar del Sur.

Por otra parte, si comprendemos que los animales y sus derechos deberían estar subsumidos a los derechos generales de la naturaleza, no es loco plantear que los humanos deberíamos también tener nuestros derechos vinculados al medio ambiente, subsumidos a los derechos de la naturaleza. En base a eso, el derecho humano al agua ya no solo debería entenderse por la necesidad humana. Es decir, existiría un derecho de la naturaleza y por ende ecosistémico a la mantención de cuencas y sistemas hidrográficos en buen estado, lo que garantizaría, en consecuencia, el derecho humano al agua.

En conclusión, podemos ver que la inclusión de derechos de la naturaleza dentro de la nueva Constitución, en conjunto con una institucionalidad asociada a protegerlos, como una defensoría de la naturaleza como órgano autónomo, permitiría no solo cuidar los derechos básicos de los humanos y del resto de los seres vivos, sino garantizar una relación estrecha y necesaria, que termine con la práctica que divide la sociedad de la naturaleza, determinando el paso a una nueva era, bajo nuevos paradigmas. 

Imagen de Portada: © Rafael Albornoz

Sobre el autor:

Andrés Pinto Espinosa es conservacionista, músico, montañista y abogado. Magister en Gestión del Patrimonio y de la Naturaleza y Magister (c) en Áreas Silvestres y Conservación de la Naturaleza. Es director ejecutivo de la Fundación Llampangui y asociado de Keule Consultores SpA.

Rod Walker a sus 82 años, en colaboración con María Trinidad i Trigo, publicó un libro digital de libre descarga, es una guía de campo para el nuevo paradigma, una recopilación de sus propias vivencias y experiencias personales en la búsqueda de una humanidad que se sienta parte de la naturaleza, que genere fuertes valores intrínsecos acordes a una vida armónica y respetuosa con todo lo que nos rodea. O como bien sintetizó Ronald Sistek en el lanzamiento del libro, nos presenta una herramienta para la transformación y la coherencia.

“Caminar en la lluvia nos ayuda a comprender la realidad del bosque, uno de nuestros pulmones naturales y ventanas espirituales hacia la vida.

Sin embargo hay que aprender a caminar bien también y muchas veces a solas.

Caminar de noche abre sentidos no-visuales, induciéndonos a sintonizar con los ritmos y misterios naturales del monte, playa o el riachuelo que exploramos.

Caminar en nieve ayuda a comprender las intimidades del agua y al mismo tiempo las de la vida.

Estos vistazos de lo desconocido expanden nuestros horizontes de percepción, que en verdad, si nos damos permiso para creerlo, son infinitos y forman parte del viaje hacia una mayor conciencia espiritual.”

     Metamorfosis, Emergencia de un nuevo ser humano. Rod Walker y María Trinidad i Trigo.

Rod Walker dirigiendo una de las actividades en el centro La Loma © Josefa Valenzuela.

Rod Walker a sus 82 años, en colaboración con María Trinidad i Trigo, publicó un libro digital de libre descarga, es una guía de campo para el nuevo paradigma, una recopilación de sus propias vivencias y experiencias personales en la búsqueda de una humanidad que se sienta parte de la naturaleza, que genere fuertes valores intrínsecos acordes a una vida armónica y respetuosa con todo lo que nos rodea. O como bien sintetizó Ronald Sistek en el lanzamiento del libro, nos presenta una herramienta para la transformación y la coherencia.

Rod Walker vive en una pequeña cabaña en el Santuario el Cañi, en la región de la Araucanía, entre medio del bosque y la montaña. Es un hombre independiente que disfruta de la austeridad, la vida en contacto con la naturaleza, es siempre el último en retirarse de las fogatas y disfruta gozosamente de dormir a la intemperie observando las estrellas. Es un hombre de humildad y espíritu positivo, al mismo tiempo que un visionario que trajo el concepto de “Educación ambiental al aire libre” a Chile hace más de 50 años.

Desde los 13 años de edad, Rod Walker inició un vínculo con el montañismo, deporte del cual se enamoró y ya en su juventud, cuando vivía en Escocia, participó como monitor de un programa de Educación al Aire Libre que financiaba el gobierno escocés, destinado a las mujeres que trabajaban en la Industria en Glasco. Les enseñaban a caminar, acampar y escalar al aire libre.

Centro La Loma, Araucania Andina © Josefa Valenzuela

– Esa experiencia de ver lo que le pasaba a estas mujeres, cuando tocaban la tierra, lo pasaban tan bien, estaban ¡en el cielo! – cuenta Rod Walker.

Es así como llega con esta idea a Chile, donde se vino a trabajar como director de un colegio británico en Santiago, para posteriormente crear un refugio en Lagunillas, en el Cajón del Maipo donde comenzaría a funcionar el primer CEAL ( Centro de Educación Ambiental al Aire Libre).  Así con el pasar de los años, se mudó al Santuario El Cañi en la Araucanía Andina, se convirtió en maestro de Reiki, integrando el concepto de Gaia- Reiki, donde la energía universal proviene de la tierra, del suelo, de las plantas, de la naturaleza que nos rodea, y con ese recuerdo de las mujeres de Glasco disfrutando de su experiencia al aire libre, conformó  “Toca Tierra”, educando y enseñando por más de 50 años a conectarnos con la naturaleza de la que somos parte, porque en palabras de Rod Walker, “cada vez que tocas algo, tocas el universo”.

Santuario el Cañi en invierno © Paula López

Estos últimos dos años no han estado exentos de pruebas para Rod. El año pasado estuvo en coma por tres semanas después de una fuerte caída en bicicleta que casi le quita la vida y le produjo dos infartos. A pesar de ello, se niega a tomar sus medicamentos y la comida en polvo que le envían (Rod es un gran cocinero), tampoco, en tiempos de pandemia, se preocupa en usar mascarilla, de evitar los abrazos. En cambio, prefiere disfrutar de una buena cerveza al atardecer y su gran vitalidad queda demostrada en su caminata casi diaria por lo que él llama “la loma”, alrededor de tres kilómetros en ascenso, con un fuerte desnivel.

El sector de “la Loma”, ubicado al inicio el sendero, recientemente sufrió de un incendio, donde se quemaron todas las instalaciones, el camping, el refugio y la pequeña casita donde Rod Walker había habitado por más de 25 años, recibiendo grupos de colegios y universidades dispuestos a aprender y empaparse de la naturaleza. Allí vivió de manera autosuficiente, utilizando energía de paneles solares, agua de vertiente, invernadero, etc.

Pero la reacción de Rod Walker ante algo que podría haber significado una catástrofe fue de paz. “Un nuevo renacer” fueron sus palabras a sus 82 años. Y es que Rod Walker un hombre desprendido de lo material, que comprende y enseña que nuestro propósito como humanos, nuestra paz y felicidad, están muy lejos de ser una construcción física de la realidad, una acumulación de bienes o títulos y que es hora de una Metamorfosis, cómo el título del libro que se lanzó digitalmente el mes pasado, y que puedes descargar en el facebook la Universidad de la Frontera, Campus Pucón, en el siguiente enlace:

https://drive.google.com/file/d/1oABngoylUbOUtL27Q14WrfGT9fIsb358/view?usp=sharinghttps://m.facebook.com/ufro.campuspucon/photos/a.2270688229926643/2701061860222609/?type=3&source=48

“Estamos volviendo colectivamente a hablar el lenguaje de la conciencia originaria, el lenguaje del corazón. Para dejar las cosas claras, hablaré de “dos lenguajes”.

Salimos del antiguo y entramos en el nuevo.

El antiguo lenguaje nos limitó durante un tiempo, el nuevo nunca más morirá para los que tienen conciencia de reconocerlo, el coraje de hablarlo.

El lenguaje nuevo es de silencio, corazón y soledad y vuela más allá de la cabeza – mente y control externo.

Este libro – guía – manual, te presenta su paradigma de 5 valores básicos, en 5 niveles principales, a cargo de la fiel divinidad que cuida el contacto con el todo y con todos.

Los valores en el paradigma ¡ERES TÚ!”

Retrato de Rod Walker © Josefa Valenzuela

Metamorfosis: emergencia de un nuevo ser humano. Rod Walker

Si te quieres unir a la experiencia con Rod Walker, puedes enviar un email a tocatierra@gmail.com

O contactar a Michelle Krziwan +56952009613 para coordinar un encuentro.

Sobre la Autora

Josefa Valenzuela Correa es guía de trekking e interpretación de profesión, activista ambiental, actualmente conforma parte la de directiva de la fundación Lenga que tiene como objetivo contribuir a la soberanía local y trabajar en la creación de una red de economía circular local para la Región de Magallanes.

Su Instagram personal es @porlafuerzadelanaturaleza y el del proyecto es @magallanesbasuracero.

Imagen de portada: Santuario el Cañi en invierno © Paula López

150 años del conejo europeo en Chile: ¿qué sabemos de él?

El conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) fue introducido en el centro y sur de Chile desde Europa en 1880. Esta especie destruye cultivos, plántulas y plantas nativas; erosiona las laderas con sus extensas madrigueras, destruye la topografía y la funcionalidad del suelo. Además, consume pastizales artificiales y naturales, brotes de matorrales, corteza de árboles forestales y […]

El conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) fue introducido en el centro y sur de Chile desde Europa en 1880. Esta especie destruye cultivos, plántulas y plantas nativas; erosiona las laderas con sus extensas madrigueras, destruye la topografía y la funcionalidad del suelo. Además, consume pastizales artificiales y naturales, brotes de matorrales, corteza de árboles forestales y frutales, cactus, tubérculos, rizomas, flores y en casos extremos cualquier vegetal con algo de agua y nutrientes. Al ser una especie invasora, las densidades de conejos suelen estar alrededor de 50 a 100 individuos por hectárea, encontrándose dentro de las siete especies exóticas invasoras que más afectan el ecosistema chileno y que generan una pérdida aproximada de 3.249.337 USD anuales (PNUD 2017). Esto sucede por la gran capacidad reproductiva de sus hembras ya que pueden tener 8 crías por temporada y 2 crías por año, en total 16 conejos por año y 112 por descendencia junto con las nuevas hembras. Contribuyen así con 394 conejos por año, lo que afecta a la cobertura vegetal chilena. Actualmente, se estima que hay 200 millones de estos animales que se alimentan de 4 millones de hectáreas a recolectar por año, lo que significa el 30% de todos los pastizales en Chile (Camus et al. 2008, CONAF 2014).

Conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) © JyS

El conejo está presente en el centro-sur de Chile, Tierra del Fuego y parte de la Patagonia Chileno-Argentina. Además, se encuentra en el sur de la región de Atacama, dentro de la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt; también, de la región de Coquimbo a la región de Los Lagos. Por último, es posible encontrarlo en Aysén y Magallanes. Aunque la mayoría de la población de estos animales fue exterminada en 1950 en Tierra del Fuego, aún existe una pequeña población en la isla Yendegaia. Si bien, las poblaciones de conejos afectan cultivos agrícolas y forestales a lo largo de Chile, los mayores estragos son ocasionados en las islas y en el bosque esclerófilo de la parte central. Esta especie colonizó en 1935 las islas del archipiélago de Juan Fernández, convirtiéndose en una plaga que ha destruido cualquier cobertura vegetal, compitiendo a su vez con el ganado. Particularmente, la isla Robinson Crusoe alcanzó una población de 50.000 individuos (20 conejos/ha) y la isla Santa Clara tuvo 19.000 conejos (89 conejos/ha). 

Impacto en el ecosistema por parte del conejo europeo en la isla de Chañaral, Región de Atacama © Island Conservation. 

Por otro lado, la región del matorral y del bosque esclerófilo la más representativa del área mediterránea de Chile es una de las 34 áreas críticas para la conservación de la biodiversidad del planeta. Además, es una de las zonas más afectadas por efecto antrópico en la transformación del bosque en campos agrícolas, praderas y zonas urbanas. Por último y no menos importante, se ha visto dañada debido a esta especie invasora. Este lagomorfo ha generado un profundo cambio en la distribución espacial de hierbas nativas desde su introducción en la zona central del país, favoreciendo el crecimiento de especies invasoras de plantas, como la amapola (Papaver somniferum). En el presente ejemplo, la presencia del conejo europeo facilitó el éxito y colonización de la amapola, alterando la sucesión del bosque nativo. 

Los conejos se privilegian de la ausencia de enemigos naturales que regulen efectivamente su población. Esto ya que no cuentan con depredadores especialistas que los coman y, si bien los depredadores generalistas lo hacen, su consumo es bajo. Además, existe una gran cantidad de forraje disponible en Chile para los conejos. Lo anterior aumenta las probabilidades de una reproducción exitosa. De hecho, varios autores han propuesto diferentes factores como responsables de causar los brotes y el colapso de los conejos: como el clima, el suministro de alimentos, disponibilidad de madrigueras, cobertura y hábitat, depredadores y enfermedades, entre otros. Sin embargo, ninguno de estos factores ha sido evaluado en Chile, aun cuando es necesario para comprender la dinámica poblacional de este ejemplar. Es decir, con la evaluación de estos factores podríamos entender que es lo que promueve su crecimiento o descenso y poder manejar o erradicar eficientemente su población, para así conservar nuestro bosque esclerófilo y cobertura vegetal nativa continental e insular.

En este artículo nos centraremos en tres de los factores fundamentales para comprender la importancia de su evaluación en la población del conejo europeo en Chile.

Los conejos tienen una alta capacidad colonizadora ya que pueden explotar los recursos que les brinda una gran variedad de hábitats debido a su adaptabilidad. De esta manera, modifican su ingesta según sus necesidades y la naturaleza del alimento disponible. El alimento influye en la tasa de crecimiento de estos lagomorfos, la densidad de la población, el reclutamiento y la temporada de reproducción, lo que genera una camada temprana y prolongada, mayor reproducción y disminución de la mortalidad. Adicionalmente se ha demostrado como la reproducción del conejo suele estar en sincronía con el ciclo de crecimiento de las plantas que consume. Como consecuencia, las hembras podrían tener una descendencia más grande aumentando el número de conejos, provocando un brote. Es por esto, que es fundamental contar con un registro —en las diferentes regiones— de la presencia de conejos para saber cuáles son los ecosistemas más vulnerables y cuál es la cobertura vegetal disponible, con el fin de hacer un manejo efectivo en estos lugares. 

Los conejos tienen una alta capacidad colonizadora ya que pueden explotar los recursos que les brinda una gran variedad de hábitats debido a su adaptabilidad. De esta manera, modifican su ingesta según sus necesidades y la naturaleza del alimento disponible.

A su vez, la disponibilidad de madrigueras puede considerarse un recurso importante para los conejos al igual que la comida. Debido a que el conejo es muy social y forma grandes grupos de individuos relacionados que habitan bajo tierra, es capaz de excavar túneles complejos de hasta tres metros de profundidad y 45 metros de largo. Los diámetros de estos túneles son generalmente de 15 cm y sus cámaras lugares de anidamiento o alimentación de alrededor de 30 a 60 cm de altura. El refugio es fundamental para la reproducción y protección de esta plaga frente a sus depredadores en zonas de escasa vegetación y hábitats con condiciones adversas. Así, por ejemplo, construyen sus madrigueras en suelos profundos para aislarse del calor en regiones áridas como el norte y centro de Chile. Además, al permanecer dentro de sus guaridas les permite reducir la pérdida de agua corporal por evaporación. De esta manera, logran soportar hasta una pérdida del 50% de su peso durante períodos prolongados de escasez hídrica y alimentaria. 

En este sentido, el análisis de los factores climáticos es de suma importancia, ya que la lluvia influye en las condiciones del suelo a través de la humedad y la evaporación cambiando una superficie dura en una más permeable que sea fácil para cavar las madrigueras. En este caso, los factores climáticos podrían aumentar el número de madrigueras y cobertura, disminuyendo el riesgo de depredación y aumentando la tasa de reproducción de los conejos. Es por esto, que el análisis de las condiciones del suelo es relevante para establecer si estos lagomorfos pueden hacer sus madrigueras fácilmente o no, ya que al tener abundante comida y lugares donde anidar, este animal puede reproducirse fácilmente ocasionando un brote y, por ende, un gran daño y devastación en la cobertura vegetal y en la topografía del suelo.

Por otro lado, el conejo europeo al ser una especie invasora no tiene depredadores especializados que los consuman de manera eficiente para mantener sus poblaciones controladas. Los depredadores generalistas, que consumen más presas aparte del conejo como lo son el zorro, quique, halcón, águila, mustélidos y rapaces no pueden mantener a los conejos a baja densidad. Sin embargo, si esto ocurre es posible que sea por el efecto de sequías u otras condiciones limitantes que hacen que estos animales no tengan brotes en su población. Un ejemplo de esto es lo que sucede actualmente en Chile central con la mega sequía. La escasez hídrica de más de 10 años ha afectado la productividad vegetal y el suelo del lugar. Lo anterior, a su vez, ha impactado en la reproducción de los conejos que no logran cavar sus refugios.

La falta de depredadores especialistas hace que los conejos puedan escapar del consumo por diferentes causas. Una de ellas es la favorabilidad del ambiente capaz de aumentar los recursos limitantes, lo que permite a los conejos acrecentar la población. Otra causa es la saturación de consumo por parte de los depredadores, ya que no pueden consumir gran cantidad de conejos debido a que el ciclo de vida de estos es más rápido que el de un ave o un zorro. Por otro lado, la población de conejos puede escapar al consumo de los depredadores ya que estos consumen más de una especie, lo que permite que la plaga aumente su número y genere brotes. 

 

Depredadores generalistas que consumen al conejo europeo en Chile © Jaksci, 2018. 

Por estas razones, evaluar las interacciones tróficas en donde el conejo está involucrado como consumidor de cobertura vegetal, presa por parte de depredadores como aves y mamíferos y competidor con especies nativas como el degú, la chinchilla u otros roedores es de suma relevancia para comprender el impacto de las poblaciones involucradas y cómo estas se afectan entre sí. Un ejemplo de esto es el conejo en Francia, España y Portugal, donde es nativo. Recientemente, este ha sido incluido en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza debido a su descenso poblacional, que alcanza el 70%. Las causas de su colapso al parecer son las diferentes enfermedades víricas como la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica del conejo, así como también los cambios en los ecosistemas por la alteración de suelo y la agricultura extensiva. Este descenso en la población es alarmante ya que el 40% de otras especies dependen de él para alimentarse. 

La situación anterior no deja de ser distante dentro del territorio nacional, donde se ha registrado un aumento del consumo de conejo por parte de los depredadores generalistas. Es decir, si el conejo desapareciera o se viera afectado por alguna causa que disminuya su población, afectaría las dietas de estos depredadores. Ejemplos de esto se evidencian en estudios de dieta en el zorro culpeo, zorro chilla y el águila ratonera de pecho negro. Hace unos 35 años se concluyó que la baja depredación de esta especie invasora era debido a que los depredadores nativos aún no habían aprendido a cazarla. Sin embargo, recientemente se ha observado que la dieta del águila y del peuco ha tenido una disminución sostenida de la principal presa nativa que era el degú y un aumento considerable del conejo. De igual forma los hábitos alimentarios del zorro culpeo han mostrado un alto consumo del conejo como presa primaria sobre el consumo de pequeños mamíferos nativos (Paves et al. 2010, Rubio et al. 2013). Lo anterior, evidencia la importancia de hacer estudios comunitarios para saber el impacto tanto positivo como negativo del conejo.

Hace 150 años que el conejo europeo colonizó nuestro territorio. Hoy se hace urgente entender su dinámica poblacional y las causas que generan los brotes para proponer estrategias de manejo. Todo esto con el fin de predecir y controlar su impacto en los ecosistemas chilenos.

Bibliografía

Camus P., Castro S., Jaksic F. (2008). El conejo europeo en Chile: historia de una invasión biológica. historia (santiago), 41(2), 305-339.

CONAF (2014). Registran positiva restauración ecológica en isla choros. corporación nacional forestal. www.conaf.cl. 2014.

Pavez E.F., Lobos G.A, Jaksic F.M. (2010). Cambios de largo plazo en el paisaje y los ensambles de micromamíferos y rapaces en Chile central. Revista chilena de historia natural, 83(1), 99-111.

PNUD (2017). Valoración económica del impacto de siete especies exóticas invasoras sobre los sectores productivos y la biodiversidad en Chile. Santiago de Chile, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Imagen de portada: Brotes de conejos europeos © wikimediacommons

Sobre la autora

Jennifer Paola Correa-Cuadros. Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Ciencias Biológicas, Departamento Ecología; Center of Applied Ecology and Sustainability (CAPES). Microbióloga y bióloga con énfasis en control biológico y modelamiento matemático de dinámicas poblacionales de plagas forestales y agrícolas. Magister en Biotecnología y Ecología, candidata a Doctora en Ecología.

Fotosíntesis: La clave eterna de la naturaleza

La luz cae directamente sobre las hojas, moviendo los engranajes moleculares de sus células. Sol, agua y aire se convierten en azúcares, la moneda fundamental de la vida. Este fenómeno se conoce como fotosíntesis, probablemente el proceso químico más importante para la actual vida en el planeta. Permite a los organismos vivos tomar la luz […]

La luz cae directamente sobre las hojas, moviendo los engranajes moleculares de sus células. Sol, agua y aire se convierten en azúcares, la moneda fundamental de la vida. Este fenómeno se conoce como fotosíntesis, probablemente el proceso químico más importante para la actual vida en el planeta. Permite a los organismos vivos tomar la luz del sol, una fuente colosal de energía que baña nuestra tierra cada día, y transformarla en energía química, la cual se usa para construir las moléculas que componen los tejidos de los que todos los seres estamos hechos. Todo a través de una maquinaria bioquímica tremendamente compleja, cuyos secretos aún no terminamos por descubrir.

Hoja de tineo (Weinmannia trichosperma), una estructura especializada en la realización de la fotosíntesis. © Montaraz.

De energía libre hacia organismo

Los organismos necesitan energía. Con ella pueden mantener un metabolismo activo y realizar sus actividades vitales. Esto es lo que les permite una activa intencionalidad en contraposición con una perpetua reactividad, al menos desde el punto de vista energético, donde pueden romper la tendencia del equilibrio estático de la “muerte”. Así, los organismos se ven obligados a buscar energía en su medio, la cual se encuentra en diversas fuentes. 

Por ejemplo, a kilómetros bajo la superficie marina, existen chimeneas termales de las cuales emergen gases sulfurosos desde el centro de la tierra. Aprovechándose de ésto hay variadas comunidades biológicas que han desarrollado la maquinaria metabólica para transformar esta energía química en azúcares, en un proceso llamado quimiosíntesis, la que les permite aprovechar dicha fuente energética particular. Se trata de un proceso asociado a aquel profundo ecosistema, pero en la corteza terrestre y cerca de la superficie de cuerpos de agua, existe una fuente poderosísima de energía, la cual se encuentra constantemente bañando de energía nuestro entorno. Nos referimos al sol y su energía calórica y lumínica. Por lo mismo, no es de extrañar que la reacción que más conocemos sea la que transforma esta energía: la fotosíntesis.

Ya sea por su importancia histórica, sus potenciales futuros y su relevancia en el presente, la fotosíntesis es uno de los procesos bioquímicos claves para nuestro planeta, dándole forma a la vida como la conocemos.

Esta reacción toma componentes del entorno, específicamente dióxido de carbono (CO2) y agua (H20) y utiliza la energía solar para transformarlos en azúcares,  estructuras químicas que almacenan energía en los enlaces que las componen. Esa energía puede luego moverse en esta nueva forma y utilizarse en variados procesos dentro del organismo. Además, es la fuente de energía para la mayoría de los organismos heterótrofos (que no pueden realizar estos procesos de síntesis bioquímica): animales, incluidos los humanos, y hongos. 

Además, en el proceso se libera oxígeno (02) como material de “desecho”, siendo este otro componente fundamental para otro proceso vital, la respiración celular.

Una mirada simplificada de las reacciones químicas de la fotosíntesis.

Para la realización de esta reacción los organismos fotosintéticos cuentan con una fascinante maquinaria metabólica, la cual le permite a estructuras parecidas a antenas receptoras, llamadas fotorreceptores, captar y canalizar la luz hacia centros reactivos donde se puede procesar, mover y finalmente almacenar como azúcares. Estos fotorreceptores tienen una molécula fotosensible clave llamada clorofila, la cual es el centro de estimulación de estas antenas y por ende, un compuesto fundamental para el proceso en general.

Una mirada al detalle de las estructuras involucradas en la fotosíntesis y los procesos bioquímicos que realizan.

La maquinaria y el proceso que permiten es extremadamente complejo (ver imagen) y ha tomado años de estudio para desentrañar. En este artículo no entraremos en detalles técnicos bioquímicos, pero si quieres saber más puedes revisar aquí.

3 mil millones de años después, la fotosíntesis sigue siendo la base de la captación de energía en el planeta, soporte de casi todas las tramas tróficas que conocemos.

Los orígenes de la reacción

Lo interesante de este tipo de reacciones (fotosíntesis y quimiosíntesis) es que a pesar de su complejidad, son fundamentales para la existencia de la vida. Por ello científicos proponen que los primeros organismos en habitar el planeta – incluyendo el ancestro común de toda la vida (LUCA, por sus siglas en inglés) – debió ser un organismo que pudo ser capaz de realizar fotosíntesis y quimiosíntesis. Lo anterior ha generado debate en torno al origen de la reacción, donde algunos científicos proponen que se habría originado por reacciones químicas azarosas en un ambiente altamente reactivo, propio de la tierra primigenia (Hartman, 1998; Brown et al, 2004). Otros, en cambio, sostienen que el nivel de complejidad de los organismos es tan elevado que probablemente la vida debió haber llegado desde el espacio extraterrestre, la exogénesis (Martis et al, 2008).

Como sea, desde entonces la vida se ha diversificado, generando las ramas de la biodiversidad que hoy conocemos (y probablemente otras aún desconocidas). Hoy, más de 3.000 millones de años después, esta reacción sigue siendo la base de la captación de energía en el planeta, soporte de casi todas las tramas tróficas que conocemos. Aún así, tal vez no es idéntica a cómo fue en esos inicios prehistóricos.

La luz solar incluye todo el espectro visible humano y más, pero los organismos fotosintéticos sólo absorben parte del espectro, específicamente la luz roja y azul a través de la clorofila, reflejando la luz verde, que es la que asociamos a plantas y otros fotosintetizadores. Esto es extraño, pues la energía en los espectros verdes son las más fuertes de todas las emitidas por el sol, entonces ¿por qué los organismos vivos no evolucionaron para aprovechar esta luz? 

Hipótesis púrpura

Existe una hipótesis llamada la tierra púrpura (DasSarma et al, 2018), que dice que tal vez los primeros organismos usaban pigmentos que absorben la luz verde, reflejando la morada.

Una interpretación artística de lo que podría haber sido la tierra púrpura. © Creative Commons.

Lo anterior se fundamenta con la existencia de arqueas modernas (seres similares en tamaño a las bacterias que crecen en ambientes extremos) que usan retinol en vez de clorofila como pigmento fotosintético. El retinol es una molécula más sencilla y que absorbe la luz verde. La hipótesis dice que ésta habría sido, tal vez, la molécula más plausible para los fotosintetizadores originales, pues es más sencilla que la compleja clorofila. El linaje que luego empezaría a usar la clorofila habría evolucionado para aprovechar la luz sobrante de las dominantes arqueas moradas, lo que explicaría en parte por que la luz verde no es utilizada hoy en día, debido a su origen en un ambiente competitivo con organismos que sí lo hacían. Eventualmente, la clorofila prevalecería también debido a la mayor eficiencia de la reacción y al hecho de que la poderosa luz verde genera posibles daños a los fotorreceptores. De todas formas es interesante imaginar cómo habría sido una tierra donde dominaran organismos de color morado en vez de verdes.

La fotosíntesis hoy

La fotosíntesis fue, sin lugar a dudas, una revolución química. Usando clorofila se libera O2, el que empezó a acumularse en la atmósfera una vez apareció esta versión de la reacción. Esto habría promovido la diversificación general de la vida, pues la acumulación de oxígeno atmosférico, altamente reactivo químicamente, genera un entorno inestable, donde existen muchas más posibilidades de adaptación e innovaciones.

Desde entonces existen muchos linajes que siguen cultivando la fotosíntesis, con diversas variantes (plantas CAM, C3 Y C4 por ejemplo). Mirando un mapa de la tierra podemos ver cómo el verde domina tanto la tierra como el mar, predominando en toda región donde existan los recursos nutricionales para aprovechar la luz del sol. Cabe destacar que gran parte del proceso ocurre en los océanos, donde se produce por lo menos el 50% de la productividad primaria (cantidad de captación energética vía fotosíntesis) del planeta (ver artículo «Plancton: los pulmones del océano», de la Edición 5 de Revista Endémico para más detalles). 

Nivel de clorofila por área en el océano y cobertura vegetacional en tierra © Wikipedia.

Toda esta producción es la base de las tramas tróficas y el sustento de casi toda la biodiversidad conocida. Sin fotosíntesis no habría pumas, ballenas o humanos. Todos seres que de alguna u otra forma obtienen su energía desde organismos que la canalizaron del sol.

Fotosíntesis artificial y su potencial energético

Mucha de la energía actual que usamos en nuestra vida diaria viene de la fotosíntesis. La que usamos para mantener y accionar nuestros cuerpos viene directamente desde nuestro alimento, pero mucha energía para otras acciones vitales de nuestra sociedad también también tiene su origen en este proceso. El leño que se quema para generar calor obtiene su energía de la fotosíntesis que realizó el árbol. El combustible fósil, como el gas o la bencina, se originan de la mineralización de materia vegetal que también viene de fotosíntesis (mucha de la cual fue realizada en bosques tropicales de helechos, allá por el carbonífero, hace 400 millones de años). Incluso otras fuentes de energía, como el viento, también derivan en gran parte del efecto del sol, pero de forma mucho menos directa.

La hoja de un helecho palito negro (Adiantum chilensis), que demuestra la importancia de la fotosíntesis en todos los grupos de plantas modernos © Montaraz.

Es por eso que desde hace mucho tiempo los científicos se han planteado el desafío de replicar la fotosíntesis de forma controlada, para así poder aprovechar lo más directamente posible la luz del sol, generando un proceso limpio y eficiente. Esto abriría muchas nuevas oportunidades energéticas, las cuales podrían ser el futuro de una sociedad ecológicamente más balanceada.

Lamentablemente la ya mencionada maquinaria metabólica y su extrema complejidad la vuelve un desafío que la ciencia aún no ha podido resolver. Incluso tratar de replicar el proceso fuera de una planta ha sido un desafío, mucho menos llevarlo a una escala útil como fuente de energía viable. Lo más cercano que se ha logrado es a través de paneles solares, que usan la misma fuente de energía, pero de forma mucho menos eficiente. Sin embargo, no significa que en un futuro no tan lejano sea una posibilidad real ante las necesidades energéticas, como un proceso limpio y eficiente. Por ahora, solo podemos soñar y trabajar en esta idea. 

Ya sea por su importancia histórica, sus potenciales futuros y su relevancia en el presente, la fotosíntesis es uno de los procesos bioquímicos claves para nuestro planeta, dándole forma a la vida como la conocemos.

Bibliografía

Hartman, Hyman (1998) «Photosynthesis and the Origin of Life». Origins of Life and Evolution of Biospheres, volumen 28, números 4–6 / octubre de 1998

Martins, Zita; Botta, Oliver; Fogel, Marilyn L.; Sephton, Mark A.; Glavin, Daniel P.; Watson, Jonathan S.; Dworkin, Jason P.; Schwartz, Alan W.; Ehrenfreund, Pascale (2008). «Extraterrestrial nucleobases in the Murchison meteorite». Earth and Planetary Science Letters. 270 (1–2): 130–36

Brown, Michael R. W.; Kornberg, Arthur, 2004. «Inorganic polyphosphate in the origin and survival of species». Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 101 (46): 16085–16087

DasSarma, Shiladitya; Schwieterman, Edward W, 2018. «Early evolution of purple retinal pigments on Earth and implications for exoplanet biosignatures». International Journal of Astrobiology: 1–10.

Imagen de portada: Claroscuro de un bosque templado lluvioso en la cordillera de Nahuelbuta. © Montaraz.

 

 

Este año ha sido particularmente distinto para todos. La pandemia que nos aqueja ha afectado, en mayor o menor grado, cada una de nuestras actividades, tanto cotidianas como aquellas planificadas a más largo plazo, obligándonos a modificar y replantear muchas de ellas, y, como si no bastara con eso, además, nos ha llevado a adaptarnos […]

Este año ha sido particularmente distinto para todos. La pandemia que nos aqueja ha afectado, en mayor o menor grado, cada una de nuestras actividades, tanto cotidianas como aquellas planificadas a más largo plazo, obligándonos a modificar y replantear muchas de ellas, y, como si no bastara con eso, además, nos ha llevado a adaptarnos a vivir en una forma mucho más “limitada”, algo tremendamente angustiante para quienes estamos acostumbrados a estar en contacto permanente con la naturaleza, y, que se convirtió en algo similar, para quienes lograron descubrir y valorar en este tiempo, la necesidad que como seres humanos tenemos de estar en contacto con el entorno natural.

En la Región de Los Ríos, recién el 12 de agosto se dio apertura a la Reserva Nacional Mocho Choshuenco y al Parque Nacional Alerce Costero, por lo que a partir de esa fecha era posible comenzar a randonear por esos hermosos bosques de lengas. Así es que bajo la premisa de tomar con seriedad esta apertura – respetando todos los protocolos sanitarios y ansiosos de volver a disfrutar de estos paisajes – nos animamos con dos buenos amigos, Ronald y Pablo, a ir al volcán Mocho. Apenas se dio una buena ventana de sol partimos, adentrándonos por la cara sur de la Reserva siguiendo la ruta por la localidad de Choshuenco, lugar en donde se sumaron otros amigos más (Carlos y Nico), listos para emprender el tan anhelado regreso al Mocho.

Por años estos bosques han sido sala de clases y escenario de investigación y actividades deportivas, de renuevo para el alma y la mente, dejando en claro que es posible que diferentes acciones sustentables puedan converger en torno a la naturaleza. Más que en ninguna oportunidad ahora agradecíamos y comprendíamos el gran privilegio de estar aquí en plena pandemia.

La imponente cumbre nevada del volcán Choshuenco, en un año en que la Reserva Mocho-Choshuenco tuvo su menor número de visitantes producto de la pandemia. © Felipe Pineda.

Con todo el grupo animado, logramos llegar en auto hasta el km 11, bastante más abajo respecto a años anteriores, lo que evidenciaba la buena temporada de nieve que había presentado la región. Ahí, comenzamos nuestra randoneada y raqueteada, aprovechando, a medida que avanzábamos, de realizar algunos registros audiovisuales que estarían destinados al evento de actividades al aire libre, “Entre Lengas”. Hace un par de años, con un grupo de amigos fundamos la ONG Entre Lengas, la cual tiene como objetivo crear conciencia respecto a los espacios naturales. Este año, en conjunto a la Reserva Biológica Huilo – Huilo y con el apoyo de Sernatur Los Ríos y otros privados, reinventamos su formato, logrando generar una serie de charlas destinadas a ser un aporte concreto para la generación de cambio de nuestro comportamiento como seres humanos hacia la naturaleza. Estas charlas quedarán en la web y RR.SS: encuentroentrelengas.cl , esperando poder además contribuir de alguna forma a la conservación de nuestra biodiversidad

Al llegar al acceso principal de la Reserva, donde actualmente Conaf tiene una guardería, los guardaparques (Emilio Beltrán, Juan Carlos Contreras, Alex Maich y Daniela Bravo) – que cuentan con una voluntad titánica y un gran amor por esta Reserva – realizaron los controles sanitarios de rigor. Vale la pena mencionar, que cada uno de ellos realiza una enorme labor por mantener estas zonas con estándares de primer nivel, en muchas ocasiones con presupuestos muy ajustados, siempre con una excelente disposición y cordialidad para atender a cada uno de los visitantes. Posteriormente, seguimos caminando hasta el mirador Los Volcanes, lugar donde nos tomamos unos minutos para contemplar los dos conos volcánicos en su plenitud: el Mocho con 2.422 m. en su cara sur este y el Choshuenco 2.415 m. en su cara noroeste, escenario que, sin duda, hace valer el esfuerzo de esos kilómetros de caminata en nieve con mochilas de aproximadamente 23 kgs.

He perdido la cuenta de cuantas veces he estado en esta Reserva, sin embargo, este año era distinto. En ese mirador, nos dimos la instancia de reunimos nuevamente como grupo a conversar y reflexionar acerca de esta oportunidad tan especial.

Un informe de la WWF de 2020 indica que desde 1970, el planeta ha perdido más del 70% de su fauna salvaje, siendo América Latina el país más afectado. En la foto, un carpintero negro busca su alimento en una lenga nevada. © Felipe Pineda. 

Es en este sentido, que esta pandemia ha llevado a que la interacción con la naturaleza cobre aún más valor, como una forma de mejorar nuestro bienestar emocional y volver a sentir esa ansiada sensación de libertad que teníamos. La responsabilidad ahora es lograr que esta interacción sea más respetuosa y consiente, para así frenar y revertir el comportamiento destructivo que hemos tenido con la naturaleza. Sin ir más lejos, la WWF en su Informe Índice Planeta Vivo 2020, análisis científico bienal que evalúa la salud de nuestro planeta y el impacto de la actividad humana sobre la tierra, concluye que “nuestra relación con la naturaleza está fracturada”, basándose en resultados verdaderamente estremecedores como el que: “Desde 1970, nuestro planeta ha perdido casi el 70% de su fauna salvaje, siendo América Latina la región más afectada”.

Datos concretos como éste, junto a la sucesión cada vez más frecuente de dramáticos escenarios mundiales – tales como los devastadores incendios que han azotado a Australia y la amazonia este último tiempo – sumado al complejo presente que vivimos como planeta producto de la pandemia de Covid19, hacen evidente la urgencia no solo de cambiar nuestra comportamiento  y conciencia frente a nuestro entorno natural, sino que, además, la imperiosa necesidad de reducir nuestros impactos, poniendo especial énfasis en la restauración de los ecosistemas que hemos vulnerado.

He perdido la cuenta de cuántas veces he estado en esta Reserva, sin embargo, este año era distinto. En ese mirador, nos dimos la instancia de reunimos nuevamente como grupo a conversar y reflexionar acerca de esta oportunidad tan especial.

Siguiendo nuestro camino, logramos llegar a los pies de la cuesta que da con el sector de la Tumba del Buey, lugar perfecto, entre un bosque de lengas, para instalar el campamento base con una mesa nieve que daba el toque perfecto para compartir, esta vez, con la distancia social correspondiente.

Con nieve perfecta, nos fuimos por la primera de las varias bajadas de la tarde, las que fuimos disfrutando al máximo, sabiendo que más tarde nos esperaba el mejor premio del día, un atardecer épico y compartir de una rica cena bajo una noche estrellada en medio del bosque de lengas.

Un anochecer estrellado sobre las lomas del Choshuenco nos recuerda la necesidad de volver a estar en contacto con la naturaleza, tras meses de encierro. © Pablo Lloncón.

Al día siguiente, ya muy temprano, comenzamos la primera randoneada hasta el glaciar del volcán, recorrido en donde no nos dejó indiferente el paso de una moto de nieve  muy ruidosa, que además de ser tremendamente molesto, evidenciaba el gran impacto que estas pueden llegar a generar en su entorno, sobre todo cuando por el momento solo existe una zona de tránsito para los medios mecánicos. (No obstante, pronto se implementarás  la etapa 2 del plan maestro de la Reserva, donde estas acciones se pueden normar, conviviendo de buena manera  el turismo con la conservación). Más tarde en el campamento base, desmontamos felices por los días que nos había regalado la naturaleza, y emprendimos el regreso. Sin duda, habían sido jornadas que quedarían grabados en nuestra mente, no solo por lo significativo del momento, sino también por el renuevo y energía que, como siempre, nos brindaba la montaña.

«La naturaleza es nuestra aliada y un medio de sanación, consuelo y alivio, así como de bienestar, salud y fortaleza; de crecimiento y desarrollo personal»,  Katia Hueso.

Ya de vuelta y en nuestra propia realidad, nos seguía esperando un dato que nos deja grandes desafíos, y es que en la Región de Los Ríos, las áreas protegidas privadas abarcan aproximadamente el doble de superficie (190.000 hás) que las del SNASPE (100.474 has), cifras que tienen mucho que decir, no solo por la noble labor y esfuerzo que realizan los privados por conservar, considerando que no cuentan con ningún tipo de financiamiento para ello, sino que también, por la evidente necesidad de contar, con urgencia, con un modelo de gobernanza regional y lo importante de poder sacar adelante la ley de donaciones ambientales, SBAP, etc.

Tal como se expone en el actual Informe de Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica de la ONU, donde se deja en evidencia la creciente crisis global de la biodiversidad y las acciones necesarias para protegerla, es un deber y una prioridad, el que la conservación esté considerada, de manera transversal, como uno de los ejes fundamentales en la toma de decisiones de los distintos sectores económicos de un gobierno, siendo incorporada claramente en cada una de sus políticas.

Hoy no podemos limitarnos únicamente a disfrutar el patrimonio natural, hoy más que nunca debemos ser conscientes de la urgencia de llevar a cabo acciones concretas que reviertan las amenazas de nuestros ecosistemas. Camino al volcán, RN Mocho-Choshuenco. © Plablo Lloncón.

La era de antropoceno que vivimos y sus efectos devastadores deben llevar, con un gran sentido de urgencia, a que la toda la comunidad, tanto nacional como internacional, desarrolle con especial premura acciones concretas destinadas a revertir las décadas que se han sumado de pérdidas de los ecosistemas, poniendo énfasis en la conservación y manejo sustentable de éstos. Tal como se asevera en el Informe Índice Planeta Vivo, la conservación de la biodiversidad debe convertirse en una inversión estratégica no negociable destinada a preservar nuestra salud, recursos y seguridad.

En estos tiempos, ya no podemos limitarnos a solo disfrutar de nuestros bosques, ríos, glaciares, etc., sino que debemos ser conscientes de que el planeta necesita de cada uno de nosotros, y que es una obligación el intentar revertir este colapso mediante acciones concretas. Si bien el que nuestro país no forme parte del primer gran tratado medioambiental de Latinoamérica y el Caribe, como lo es el Acuerdo de Escazú, fue un golpe duro y un claro retroceso en el compromiso de nuestro país con el medio ambiente, no debemos bajar los brazos y seguir en el camino de lograr, más temprano que tarde, la verdadera valorización, por parte de nuestra sociedad, de nuestro entorno natural.

Sobre el Autor

Erwin Martínez es Ingeniero (G) Forestal, Magister en Gestión Ambiental. Parte del Equipo de la Unidad Piloto de Áreas Silvestres Protegidas de la región De Los Ríos (CRDP) y docente de la Carrera de Ingeniería en Expediciones y Ecoturismo USS. Por su amor por la naturaleza, Fundador del emprendimiento Valdiviano Alerce Outdoor y Co Fundador de la ONG Entre Lengas.

Imagen de Portada: Anochecer a los pies del volcán Mocho, en la Reserva Nacional Mocho-Choshuenco. © Pablo Lloncon

Como sociedad planetaria, la pandemia nos ha afectado de diversas maneras. Si bien algunos la han padecido directamente en el cuerpo, todos hemos sido alcanzados de alguna manera por sus efectos, recordándonos que somos parte de un mismo tejido social. Esta nueva y compleja realidad no solo nos ha obligado a buscar y generar respuestas […]

Como sociedad planetaria, la pandemia nos ha afectado de diversas maneras. Si bien algunos la han padecido directamente en el cuerpo, todos hemos sido alcanzados de alguna manera por sus efectos, recordándonos que somos parte de un mismo tejido social. Esta nueva y compleja realidad no solo nos ha obligado a buscar y generar respuestas para enfrentar este panorama, también ha traído consigo una invitación – quizás menos evidente pero sí mucho más profunda -, la de observarnos y reflexionar en torno a los factores que nos han llevado a esta situación extrema. Y es que finalmente, la pandemia ha sido la manifestación de una inminente crisis global donde la lógica imperante bajo la cual hemos vivido se ha vuelto insostenible.

En ese contexto, creemos urgente reivindicar hoy un concepto que se ha vuelto cada vez más frecuente en el vocabulario el último tiempo. Se trata del concepto de Cosmovisión. Y una definición que queremos destacar de esta complejo constructo, es la siguiente:

(Se trata de) Un hecho histórico de producción de pensamiento social inmerso en decursos de larga duración; hecho complejo integrado como un conjunto estructurado y relativamente congruente por los diversos sistemas ideológicos con los que una entidad social, en un tiempo histórico dado, pretende aprehender el universo. (López Austin, 1996, p. 472).

Nuestra cosmovisión actual ha desarrollado una perspectiva fragmentada del mundo, donde las interconexiones pasan desapercibidas. Una ecología profunda nos recuerda que somos parte integrada de la vida. Fotografía de Laguna La Señoraza, Laja, región del Biobío. Crédito: Victoria Lermanda.

Podríamos decir que la cosmovisión consiste en la producción de actos mentales que condicionan la percepción de la realidad; que opera en una compleja red colectiva donde se articulan distintos sistemas en un tiempo y espacio determinado, y que si bien contiene un núcleo que permanece como la esencia misma de un macrosistema, es también susceptible a modificarse en su incesante producción. Así, podríamos dilucidar lo relevante que es comprender hoy este concepto: se trata de abrirse a comprender las distintas visiones de mundo y cómo impactan y repercuten en nuestras vidas en el contexto de la globalización.

Pero no buscamos referirnos al concepto de cosmovisión desde una noción lejana y exclusivamente teórica. Es más: “cosmovisión y cosmovivencia se complementan” (Lenkersdorf, 2016). Ninguna persona tiene una cosmovisión exactamente igual a la de otra, en cuanto cada vivencia es única, situada e irrepetible. Sin embargo, la dimensión individual que encarna al sujeto se retroalimenta con la dimensión social. Se trata de  un juego de dualidades bidireccional, donde la existencia de la cosmovisión otorga un marco para el entendimiento y la comunicación entre los miembros de una misma comunidad, a la vez que sus individuos reconfiguran dicho marco en la medida que socializan su propia individualidad. En ese sentido, la cosmovisión no uniforma el pensamiento y ello le confiere su carácter dinámico.

Como civilización industrial, hoy nos encontramos con que los principales sistemas que estructuran nuestra cosmovisión han propiciado la pérdida del sentido ecológico, no sólo en cuanto a la relación interdependiente de los seres humanos con su entorno, animales y plantas; sino también en cuanto a las relaciones sociales con las demás personas (Mies & Shiva, 1994). A ello se refiere Leff (2018) cuando menciona que la causa de la actual degradación ambiental es de carácter metafísico; de la pérdida del sentido de la existencia humana y las distintas formas de comprender el mundo y actuar sobre él.

La prevalencia de una visión antropocéntrica (y androcéntrica) nos ha llevado a repensar cómo nuestras necesidades se construyeron sobre los valores de una cultura patriarcal-capitalista, fundamentadas en una idea de desarrollo que profundiza la violencia hacia la tierra y las distintas formas de vida, incluyendo, en algunos casos, a la vida propia.

Así, podemos volver al origen de la actual pandemia, la cual tiene lugar en un mercado de venta y consumo de animales silvestres. Lo que podemos apreciar allí es una relación física estrecha entre animales y personas (o más bien, entre animales humanos y no-humanos), que da cuenta también de las dinámicas de dominación hacia otras existencias.

Como civilización industrial, hoy nos encontramos con que los principales sistemas que estructuran nuestra cosmovisión han propiciado la pérdida del sentido ecológico, no sólo en cuanto a la relación interdependiente de los seres humanos con su entorno, animales y plantas, sino también en cuanto a las relaciones sociales con las demás personas.

La próxima zoonosis con potencial pandémico podría nuevamente venir desde animales salvajes, en la medida en que continuamos nuestra inarmónica relación con la Tierra y sus demás seres. Crédito: Dan Bennet, Wikimedia Commons.

Desde un posicionamiento etnocéntrico, podríamos pensar que la pandemia ocurrió como consecuencia de los gustos exóticos de personas de otras culturas que prefieren consumir animales silvestres o salvajes, portadores de especies virales desconocidas para el humano y por tanto potencialmente peligrosas. Sin embargo, existen varios ejemplos de epidemias que se han originado a partir de nuestro contacto con especies que hemos clasificado como “de consumo”. De hecho, no hay que ir muy atrás en el tiempo para constatar un ejemplo: la pandemia ocasionada por el virus de la influenza A(H1N1) en el año 2009, que se remonta a una infección de los cerdos por virus tanto de la gripe aviar como de la gripe humana, además de gripe porcina. Y he aquí una de las tantas particularidades de estos agentes: algunos tienen la capacidad de “reordenarse” e intercambiar segmentos de genes en el mismo huésped, pudiendo originar nuevos virus. En este caso, su material genético constituye una mezcla de virus de gripe porcina, humana y aviar, siendo entonces la variedad A(H1N1) un verdadero mosaico de genes de distintas especies. Si bien la influenza no llegó a causar la devastación que ha alcanzado el COVID-19, mató una cantidad no despreciable de personas durante su primer año.

Por otra parte, las granjas modernas en las que se crían animales para consumo son particularmente vulnerables a la devastación por agentes infecciosos, ya que pueden albergar decenas de miles de pollos o de cerdos, lo que crea una oportunidad perfecta para que virus como la gripe muten y se propaguen (Willyard, 2019). Se prevé que, de no cambiar este sistema, la próxima pandemia vendrá justamente de allí, habiéndose ya identificado nuevos virus con potencial pandémico en cerdos tanto en China (Sun et al., 2020) como en Europa (Henritzi et al., 2020).

Pero esto no es el único blanco de preocupación cuando hablamos de zoonosis por contacto con animales “de consumo”. La Organización Mundial de la Salud ya ha advertido del riesgo creciente que representan las bacterias resistentes a antibióticos, considerando este fenómeno como una de las mayores amenazas para la salud mundial hoy. Así, existe una lista creciente de infecciones que se están volviendo imposibles de tratar, en la medida en que los antibióticos pierden eficacia. Una de las razones de que esto ocurra es precisamente su uso en la industria de producción animal, con el fin de tratar enfermedades pero también para promover su crecimiento, mejorar la eficiencia de la conversión de alimentos y prevenir enfermedades (Manyi-Loh et al., 2018).

La industria ganadera es hoy en día un nicho potencialmente dañino a la salud humana y de los ecosistemas, además de símbolo de la relación insana entre humanos y no humanos, que no dignifica la vida. Crédito: Chilepork. 

No obstante, así como se asume ocurrió con el actual coronavirus, la próxima zoonosis con potencial pandémico podría nuevamente venir desde animales salvajes en la medida en que continuamos nuestra inarmónica relación con la Tierra y sus demás seres, como reflexiona una editorial reciente de la revista médica The Lancet: “El comercio internacional de animales exóticos y el aumento de la invasión humana en los hábitats de la vida silvestre, junto con los viajes internacionales y la urbanización, han perturbado la interfaz hombre-animal-medio ambiente. Los patógenos siempre se han propagado de animales a humanos, pero el crecimiento exponencial de    la población humana y la explotación del medio ambiente hacen que los efectos indirectos sean más probables y consecuentes (…). Esta pandemia es una advertencia contra la explotación sin pausa del mundo natural, y de que las zoonosis no sólo afectan la salud sino a todo el tejido social. Covid-19 no será la última, quizás tampoco la peor, pandemia zoonótica”.

Así, queda de manifiesto que el uso y explotación de otras formas de vida – cuando son concebidas como separadas de nosotros – más que beneficios parece traer amenazas, tanto para la salud humana como para el medio ambiente en su consecuente degradación. Científicos de todo el mundo los últimos años han hecho un llamado urgente a cambiar el sistema alimentario debido al enorme impacto ambiental que conlleva, pasando a dietas que incluyan principalmente alimentos de origen vegetal y limiten u omitan los de origen animal. Así lo indica, por ejemplo, el reporte EAT-Lancet. Pero existen otras razones para generar cambio que trascienden a nuestro propio bienestar: el derecho a una vida tranquila y natural de los animales que estamos usando y “produciendo” desde esta lógica escindida e industrial, y que pasa por alto la relación equilibrada entre animales humanos, no humanos y ecosistemas.

Una Dieta planetaria consiste en ir reemplazando alimentos de origen animal por más alimentos de origen vegetal para beneficiar nuestra salud y la del medio ambiente. Crédito: EAT Forum. 

Con toda la evidencia que ya tenemos a disposición para poder realizar acciones a nivel tanto individual como colectivo ¿por qué seguimos viendo la necesidad en este uso de otros? ¿es esta una necesidad real o nos ha sido heredada por una cultura/cosmovisión que normaliza la explotación de todo aquel que le pueda proveer de algún beneficio? ¿Y a qué costo?

La prevalencia de una visión antropocéntrica (y androcéntrica) nos ha llevado a repensar cómo nuestras necesidades se construyeron en valores de una cultura patriarcal-capitalista, fundamentadas en una idea de desarrollo que profundiza la violencia hacia la tierra y las distintas formas de vida, incluyendo también, en algunos casos, la violencia contra la vida propia.

Tal vez, en la concepción ecológica del universo que propone la ecología profunda y el ecofeminismo podemos encontrar algunas respuestas. La realidad se constituye como un fenómeno altamente complejo, donde cada componente es parte de un entramado exquisitamente tejido e integrado. Si somos capaces de identificarnos como una parte de ese todo, recuperando el valor intrínseco que posee la existencia, podremos posicionar el derecho de ser y recobrar el carácter sagrado de la vida. Solo así podremos conseguir una transformación de nuestra cosmovisión y el macrosistema. Las palabras de Maria Mies destacan esa idea (en Shiva & Mies, 2014): “Únicamente si se vuelve a reconocer a la Naturaleza como un ente vivo con el que debemos cooperar de un modo amable en vez de considerarla una fuente de materia prima a explotar para la producción de consumo, podremos albergar esperanzas de que acabe la guerra contra la Naturaleza y contra nosotros mismos”. (p. 265).

Hacernos conscientes de nuestra cosmovisión implica reconocer que no existe una única verdad o forma de mirar el mundo, y así abrirnos a reconocer otras miradas. Crédito: Grabado de Flammarion (1888).

Bibliografía

Henritzi, D., Petric, P. P., Lewis, N. S., Graaf, A., Pessia, A., Starick, E., … & Schröder, C. (2020). Surveillance of European Domestic Pig Populations Identifies an Emerging Reservoir of Potentially Zoonotic Swine Influenza A Viruses. Cell Host & Microbe.

Leff, E. (2018). El fuego de la vida: Heidegger ante la cuestión ambiental. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.

Lenkersdorf, C. (2016). Cosmovisión Maya. En Campos-Navarro, R. (Comp.) Antropología Médica e Interculturalidad. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México / Mc Graw Hill.

López Austin, A. (1996). La cosmovisión mesoamericana. En Lombardo, S. & Nalda, E. (Coord.). Temas mesoamericanos. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Manyi-Loh, C., Mamphweli, S., Meyer, E., & Okoh, A. (2018). Antibiotic Use in Agriculture and Its Consequential Resistance in Environmental Sources: Potential Public Health Implications. Molecules (Basel, Switzerland), 23(4), 795.

Shiva, V. & Mies, M. (2014). Ecofeminismo. 2nda Edición. Barcelona: Icaria Editorial.

Sun, H., Xiao, Y., Liu, J., Wang, D., Li, F., Wang, C., … & Jiang, Z. (2020). Prevalent Eurasian avian-like H1N1 swine influenza virus with 2009 pandemic viral genes facilitating human infection. Proceedings of the National Academy of Sciences, 117(29), 17204-17210.

The Lancet (2020). Zoonoses: beyond the human-animal-environment interface. Lancet (London, England), 396(10243), 1.

Willyard C. (2019). Flu on the farm. Nature, 573(7774), S62–S63.

Sobre las Autoras

Victoria Lermanda

Nacida y criada en Laja, región del Biobío. Antropóloga con mención en antropología física. Trabaja como colaboradora de investigación del Departamento de Salud Pública UC. Sus temáticas de investigación se orientan hacia los tópicos de salud y corporalidad, aunque sus intereses se extienden a la diversidad biocultural, en general, desde una perspectiva sistémica.

Jenny Ruedlinger

Médico veterinaria y Dra. en Ciencias Biológicas por la Universidad de la Frontera. Actualmente investigadora postdoctoral en el Departamento de Salud Pública UC. Su línea de investigación es en nutrición (consumo de carne) y su rol en enfermedades crónicas, pero sus temáticas de interés abarcan también el impacto del sistema alimentario actual sobre el medio ambiente, la promoción de dietas saludables y sostenibles, y el veganismo como postura ética.