Hay una suspensión de la temporalidad en la obra de Ximena Bórquez, su arte es indudablemente contemporáneo, mas a la vez, está completamente cargado y conectado al pasado prehispánico. Este trabajo limpio, puro y vibrante, se enmarca dentro de la gráfica expandida, dónde procesos de experimentación e investigación le han permitido llevar el lenguaje […]

 

Hay una suspensión de la temporalidad en la obra de Ximena Bórquez, su arte es indudablemente contemporáneo, mas a la vez, está completamente cargado y conectado al pasado prehispánico. Este trabajo limpio, puro y vibrante, se enmarca dentro de la gráfica expandida, dónde procesos de experimentación e investigación le han permitido llevar el lenguaje de lo gráfico a soportes diversos: desplazando el grabado hacia el volumen, incorporando elementos instalativos como la luz y el sonido, e incluso valiéndose de aspectos tecnológicos desde procesos digitales y análogos.

Pese a su evidente naturaleza reflexiva, la base de la obra que Ximena ha realizado en el último tiempo, es la sensorialidad: la presencia del cuerpo (y el alma) en un espacio para ser un portal de recepción de estímulos diversos. En esta entrevista para Endémico Web, Ximena nos cuenta sobre Geografía Sensorial, su última exposición reinaugurada el pasado marzo en el Parque Cultural de Valparaíso.

Humedal de Mantagua, junto a las dunas de Ritoque, en la región de Valparaíso ©Ximena Bórquez.

¿De qué se trata Geografía Sensorial?

Es un proyecto que nace desde el interés de continuar una metodología de trabajo que ya venía practicando hace un tiempo, que consiste en internarme en un lugar natural y tener un encuentro con ese espacio desde la percepción sensorial. El ejercicio es de carácter inmersivo, in situ, donde el cuerpo se vuelve un canal y los sentidos se afinan a su máxima amplitud de recepción, percibiendo estímulos sonoros, táctiles y térmicos, aromas, colores, etc. Desde aquí se realiza una transcripción a lo gráfico mediante el dibujo, y luego se lleva al taller para imprimirlo mediante la serigrafía, depurando hacia un resultado mucho más abstracto y geométrico.

Esta metodología la había usado para realizar distintas obras gráficas en el desierto, por lo que me interesaba transportarla a un lugar diametralmente opuesto, como son los humedales: lo verde, la humedad, la abundancia de vida vegetal y animal; en contraste con el amarillo, lo seco y lo silencioso. Y también porque me interesaba recorrer la región de Valparaíso, lugar donde resido desde hace unos años. Considerando que los humedales son ecosistemas que están amenazados, y que por ende es posible que en un futuro no estén, era importante para mí explorarlos ahora, para guardar un registro, un testimonio de su existencia y de todo lo que son. Entonces decidí que llevaría a cabo esta investigación y postulé a un FONDART para desarrollarlo con calma, dedicándome totalmente a ello. Así es como nace Geografía Sensorial.

Trabajaste con el Humedal de Tunquén, el Humedal de Mantagua y el Humedal del Río Maipo. ¿Tenías alguna relación previa con éstos?

Los escogí porque alguna vez los había visitado y me había sentido muy bien en ellos. Eran grandes, con amplios espacios para recorrer y abarcaban distintas zonas geográficas de la V región: uno en Tunquén, en la comuna de Algarrobo; otro en la desembocadura del Maipo, comuna de San Antonio, y el último en Mantagua, en la comuna de Quintero. También eran bastante diversos, pese a compartir la característica común de ser humedales.

Flor Rábano, referente de floración ©Ximena Bórquez.

Creo que lo más importante de la naturaleza es que en ella se encuentra lo espiritual, es allí donde te das cuenta de lo que eres y de dónde vienes.

Serie Floración, serigrafia, 70x 100 ©Ximena Bórquez.

¿Cómo fue tu experiencia con cada humedal?

En Tunquén lo principal fue la experiencia cromática del campo floral, que fue tan desbordante que me sacó de mi plan de estudiar derechamente los elementos del espacio cercano al agua. Sucedió que cuando llegué a Tunquén, en octubre, me recibió un campo inmenso y fosforescente de dedales de oro. Fue una experiencia alucinante, yo nunca había visto a esa flor expresarse de esa manera, tan abundante en su estado natural.

De niña tuve un afecto especial por esa planta, porque cuando viajaba al litoral, desde Santiago, en las vacaciones, las encontraba, y las sentía tan vibrantes, tan suaves y tan satinadas… Entonces ahora, al ver esas mismas flores, empoderadas hasta tal punto que teñían todo el campo de color naranja incandescente, me hizo sentir como que había llegado a la casa de esa planta, y que eran de otro planeta, como si hubiese llegado desde Marte. Me quedé hipnotizada, absorta en su manto de color, de hecho, no pude llegar hasta el agua, me quedé dibujando y escribiendo en ese lugar, porque sentí que esa experiencia tan fuerte no la podía dejar pasar. Entonces agregué un apartado a mi exposición que tiene que ver con el campo cromático de las flores, su geometría y su evolución desde que nacen hasta que mueren.

En Mantagua sí me acerqué directamente al cuerpo de agua, porque el mismo humedal está conformado de tal manera que no tiene tanto campo abierto hacia los lados. Allí trabajé con los juncales; los juncos me llaman la atención porque me llevan a un estado muy contemplativo, de despejar la mente y vaciarme completamente. Hay algo en la manera en que son todos rectos y paralelos, y al moverse con el viento generan una vibración óptica que produce mucha calma, asimismo su reflejo, que se puede apreciar en el agua, contribuye a ese estado de meditación.

También trabajé con los sonidos del agua, y el que crean todos los seres que habitan ese espacio tan abundante de vida, que no deja de llamarme la atención, sobre todo al contraponerla con mis experiencias anteriores en el desierto. Aquí sentía que era un espacio habitado en todos los niveles por distintos personajes.

Y finalmente, en el Maipo tuve menos experiencias, y de hecho, debido a que hubo mayor dificultad para movilizarme debido a las cuarentenas, solo pude ir una vez, por lo que desarrollé ese trabajo más que nada en base a recuerdos que tenía de estadías anteriores. Allí el paisaje es similar a Mantagua pero extendido, muy en contacto con el mar, lo que también le daba un carácter de mayor apertura.

Cuéntanos un poco más acerca de la metodología de la percepción sensorial. ¿Cómo nace y cómo se va instalando en tu trabajo?

Esto fue algo que se me mostró en el norte, en el desierto de Atacama. Desde niña que sentía una atracción muy grande por el desierto y su inmensidad, y más aun cuando vi algunas tomas aéreas del sitio arqueológico de la aldea de Tulor, con su geometría tan perfecta y de conformación laberíntica – circular, por lo que me decidí ir a conocerla. Allí fue que tuve por primera vez la experiencia de percibir ciertas visiones geométricas que luego me di cuenta de que eran interpretaciones de todo lo que acontecía en ese espacio: los sonidos, las impresiones lumínicas, las temperaturas, la sensación del viento en el cuerpo.

En un principio no fue una realización tan consciente, tuve un impulso de rallar líneas, en un sentido y en otro, donde en la intersección se encontraban y se cortaban. En el proceso, yo misma no encontraba el sentido a lo que estaba haciendo, y había una lucha interna dentro mío, sin embargo me lo permití porque el impulso volvía a surgir, era como una obsesión. Luego, llevé estos dibujos al taller, donde los traspasé al grabado en serigrafía, una técnica que permite obtener matrices de tramas geométricas que puedes superponer y así lograr diferentes efectos ópticos. Al observar las copias recién impresas, colgadas en mi taller, fue que vi claramente que lo representado era la sensación del viento en mi cuerpo. Que en el desierto está muy presente y es muy insistente, llegando a veces incluso hasta los 100 kilómetros por hora.

Así entendí que traducía a lo gráfico sensaciones de mi cuerpo. Y comencé a estudiar la sinestesia y la posibilidad de visualizar estímulos sensoriales que no son propios de la visión. Estudié también la abstracción geométrica, en relación a los pueblos prehispánicos. Porque toda la tradición prehispánica es geométrica, realizada por personas que han habitado los mismos territorios.

La artista registrando sonidos en el humedal de Tunquén ©Ximena Bórquez.

¿Crees que en la vida moderna hemos perdido la capacidad de percibir?

Si, bastante, sobre todo estando lejos de la naturaleza, la ciudad está tan sobrecargada de estímulos: electrónicos, electromagnéticos, pantallas de celular, contaminación acústica, etc. Que nos impiden atender a la realidad completa sensorial, y nuestra capacidad como seres multisensoriales se va adormeciendo.

Actualmente he estado haciendo unos talleres de percepción sensorial en la naturaleza, compartiendo esta metodología con la comunidad. El espacio ha sido el Huerto del Parque Cultural de Valparaíso, un lugar con hartas flores, hierbas, perfumes, colores, y distintos estímulos sonoros de aves e insectos. Los ejercicios son de percepción auditiva, táctil, olfativa y todo lo que surja. Para ello se suprime la vista, para permitir actuar otros sentidos con más protagonismo. Llevo dos talleres —con personas diferentes— y en ambos pasaron dos cosas bien interesantes. Lo primero es que se despiertan recuerdos, de infancia y de la relación que se tenía con la tierra y las plantas, incluso algunas personas llegaron a recordar cosas que tenían totalmente bloqueadas (aparentemente olvidadas), ya que la memoria está muy profundamente ligada a lo sensorial.

Y lo segundo sucedió en una dinámica donde uno debía permitirse ser guiada por otra persona, quien las exponía a diversos estímulos, contrario a lo que podría esperarse, las personas se sentían más seguras al caminar por un camino irregular —es decir de tierra, con todos sus relieves impredecibles— que en un suelo liso, de cemento, hecho por el humano. Como si existiera en nosotros todavía un vínculo de confianza con la tierra misma.

Serie Juncales III, serigrafía, circuitos sonoros y lumínicos, 2021 ©Ximena Bórquez.

¿Cuál es para ti la importancia de pasar tiempo en la naturaleza?

Creo que es inmensamente importante, a estas alturas yo creo que es lo mas valioso que podemos hacer. Además, considerando la situación de crisis que vive la naturaleza. Es necesario pasar tiempo con ella, conectarnos y pedirle cómo ayudar, porque a veces no sabemos cómo hacerlo.

Creo que lo más importante de la naturaleza es que en ella se encuentra lo espiritual, y esa es una parte trascendental del ser humano que hay que recuperar, es allí donde te das cuenta de lo que eres y de dónde vienes.

Al llegar a un lugar natural tu estado cambia, te calmas, dejas tus preocupaciones, la angustia, todo aquello que traes de tu vida y tus rutinas en la ciudad, sientes que vuelves al hogar, y es allí cuando florece otra parte de ti, que es tu verdadera naturaleza. Uno pertenece al cielo abierto, al exterior, rodeado de especies minerales y vegetales, en compañía de otros seres, sentir el sol en la cabeza, el viento en el cuerpo, es allí donde se recarga nuestra energía, y sucede algo que yo considero sagrado, que es que te conectas con algo mayor, y lo conmovedor es que eso más grande te dice que eres parte suya.

¿Cuál es a tu juicio el rol del arte?

El arte es un puente, permite transmitir a través de imágenes y sonidos lo espiritual. Esta es la esencia en el arte para mí. También creo que es una manera de graficar cosas invisibles, en mi caso trabajo con la geometría abstracta, que es una manera de sintetizar cosas que voy viendo, externa o internamente. En este sentido, algo que me llama mucho la atención es la idea de los códigos. Como mencionaba anteriormente, si la tradición prehispánica es geométrica, y luego yo transito los mismos territorios y traduzco mis percepciones de manera geométrica, debe haber una relación entre la naturaleza, la energía y estas visiones gráficas. Creo que allí hay algo para seguir investigando.

Yo trabajo bastante con la arqueóloga Paola González, quien se ha dedicado por muchos años al estudio del arte geométrico Diaguita. Ella cuenta cómo los chamanes del pueblo Shipibo, para sanar a su gente, lo que hacen es ordenar su kené. El kené es el diseño o la estructura con el que cada persona nace, y los chamanes dicen que cuando una persona se enferma, física, mental o espiritualmente, lo que sucede es que se les desordena este dibujo. Ellos, quienes pueden verlo, trabajan en el plano energético, llaman al espíritu para volver a ordenar el diseño y así la persona recupere su salud.

Otro tema que muestra esta relación es el yantra, una representación geométrica de energías del cosmos que se usa en las prácticas de meditación. Y que, acompañado de una practica sistemática, produce una conexión directa con el espíritu. Esta figura no es es una representación de dios, sino que contiene la divinidad.

El kené es el diseño o la estructura con el que cada persona nace, y los chamanes dicen que cuando una persona se enferma, física, mental o espiritualmente, lo que sucede es que se les desordena este dibujo.

Viento Desértico, serigrafía, 80×100 cm. ©Ximena Bórquez.

¿Qué significan para ti las palabras geometría y ritmo?

Para mí la geometría es ordenar y sintetizar una forma, entenderla y llegar a su esencia. Es el estudio matemático a través de lo visual. También es una forma física que posee principios energéticos, ya que la geometría produce una vibración específica.

Y el ritmo es otro tema que conforma mi búsqueda, en el sentido de la vibración óptica, que es esa repetición que produce la ilusión de movimiento. Ese efecto me atrae mucho, justamente porque te demuestra que existe un mundo más allá de lo aparente y que nada es como parece.

Comparando desierto y humedal, ¿encontraste más diferencias o semejanzas?

Diferencias. De hecho, saco como conclusión que cada lugar tiene una energía específica y única que es posible graficar. En los humedales, lo que más percibí fue esa abundancia de seres que te acompañan y que marcan su presencia, desde las flores y las plantas hasta los animales, también una presencia cromática distinta determinada por la humedad y las temperaturas más parejas. Y en el norte, lo que se me hace más presente es la vibración del sol, la luminosidad, y el calor refractado en la tierra, en ese espacio abierto que te hace sentir atravesado por la inmensidad.

La artista en el Desierto de Tara ©Ximena Bórquez.

Imagen de portada: Ximena Bórquez durante un ejercicio de percepción sensorial en el humedal de Mantagua ©Ximena Bórquez.

Las turberas son ecosistemas maravillosos, no solamente por su belleza, sino también por las importantes funciones que cumplen. Debido a ello, son reconocidas en el mundo científico y ambientalista como tesoros de biodiversidad, reservorios de agua, “aspiradoras” planetarias del CO2 atmosférico , y por ende, como remediadoras  del cambio climático.

“Levántate y mira la montaña
De donde viene el viento, el sol, y el agua
Tú que manejas el curso de los ríos
Tú que sembraste el vuelo de tu alma”

Plegaria a un labrador, Víctor Jara

Las turberas son ecosistemas maravillosos, no solamente por su belleza, sino también por las importantes funciones que cumplen. Debido a ello, son reconocidas en el mundo científico y ambientalista como tesoros de biodiversidad, reservorios de agua, “aspiradoras” planetarias del CO2 atmosférico , y por ende, como remediadoras  del cambio climático. De hecho, en otros lugares del mundo, cientificos e ingenieros trabajan construyendo humedales y turberas artificiales para reproducir estas características (de Klein et al., 2014; Rosli et al., 2017), como por ejemplo en Canadá, donde construyeron  turberas artificialmente sobre superficies previamente devastadas por la minería (Nwaishi et al., 2015). La construcción artificial de estos ecosistemas precisa de muchos recursos, planificación ingenieril, extracción y traslado de grandes cantidades de suelos y sustratos, y maquinaria pesada, entre otros. 

¿Turberas naturales o artificiales?

En el norte de Chile, los pueblos alto andinos han logrado lo mismo sin grandes recursos, máquinas o remoción de suelos. Tras décadas y siglos, esos pueblos han adquirido un gran conocimiento del manejo del agua en los ambientes extremadamente áridos del altiplano, siendo capaces incluso de crear terrenos fértiles y productivos para el pastoreo de su ganado. Nos referimos a los bofedales. 

¿Pero, son acaso los bofedales también turberas? Al pensar en turberas, nuestra mente se remite casi automáticamente al sur de Chile, con sus ambientes fríos y húmedos, y las colosales superficies cubiertas de musgos Sphagnum magellanicum, sobre las cuales ya has leído antes en Endémico web (ver Tortel, Caleta de Turberas; Las Turberas de Nahuelbuta). Visto de manera científica, una turbera es un terreno, cuyo suelo está formado por un horizonte de turba (o sea, por un sustrato compuesto principalmente por restos de plantas semi decompuestas ), y cuyo espesor es de al menos 30 cm (Joosten & Clarke, 2002). Entonces muchos bofedales se merecen este título también. 

Oxichloe andina con frutos rojos © Carolina Rodríguez.

Bofedales – Turberas de las alturas

Los bofedales se encuentran en el norte de Chile, y en toda la zona alto andina de Perú, Bolivia y Argentina, entre los 3200 y 5000 msnm (Squeo et al., 2006). Estos ecosistemas se forman especialmente en cuencas de pendientes suaves y suelos fluvio-volcánicos con escaso drenaje (López et al, 2020). Decir que todos los bofedales fueron creados por seres humanos no sería para nada correcto, aunque una gran parte de estos ecosistemas sí lo fue. Aunque hay pocos estudios sobre la relación entre los bofedales naturales y los artificiales, uno de ellos, realizado en Perú (Verzijl & Quispe, 2013) demostró que un 40% del área ocupada por bofedales en la zona de estudio fue creada artificialmente. 

Entonces ¿cómo es posible crear un ecosistema húmedo en un entorno desértico?

Los bofedales pueden surgir naturalmente alrededor de cursos de agua producto del deshielo de la alta montaña o en zonas donde el agua de las lluvias estivales se ha acumulado. También pueden generarse bofedales en zonas de vertientes, donde el nivel freático logra alcanzar la superficie del suelo. En zonas altoandinas donde el suelo permanece saturado de agua constantemente durante el año, es común la colonización por parte de plantas de cojín, las cuales son capaces de formar cojines muy duros. En Chile, las plantas más frecuentes en los bofedales son Distichia muscoides y Oxychloe andina, de la familia de las Juncaceas. Debido al agua que satura el suelo, los tejidos y restos que decaen de estas plantas, no se descomponen enteramente tras depositarse en la superficie. Como consecuencia de la falta de oxígeno, existe una menor masa de organismos descomponedores en estos sitios. Así se forma y acumula la turba, es decir, el sustrato formado por los restos semidecompuestos de estas plantas. 

 Suelo de turba de un bofedal © Carolina Rodríguez.

Bofedales construidos por los pueblos alto andinos

Los bofedales artificiales fueron generados en valles o fondos de cuencas topográficas que ya limitaban con un bofedal natural, donde había agua. Nuestros antiguos ingenieros desviaron parte del agua mediante canales de irrigación, a fin de alimentar y hacer fértiles nuevos terrenos adyacentes. Normalmente la extracción del agua de una turbera derivaría en drenaje y mineralización del suelo turboso , acarreando incluso la destrucción de la turbera como ecosistema. Pero el desvío de una parte del agua parece no haber causado la destrucción de los bofedales en el pasado, sino todo lo   contrario. ¿Cómo es eso posible? Los bofedales son un tipo especial de turbera, conocidas como turberas de percolación o turberas de vertientes, donde el agua no solamente permanece en el suelo, sino que fluye constantemente y en forma horizontal a través de la superficie  (www.miresofchile.cl). La capacidad de retener agua (o “esponjosidad”) es una característica típica de las turberas. Esa capacidad también la tienen los bofedales, los cuales retienen en su suelo solo la humedad necesaria para el sustento del ecosistema, mientras el resto del agua continúa su curso hacia el fondo de la cuenca. Los pueblos alto andinos de la cultura Aymara en el caso de Chile, conscientes de ello, canalizaron el agua “sobrante”, desviándola hacia nuevas superficies y “sembrando” así nuevos bofedales (Verzijl & Quispe, 2013). 

Diferencias entre bofedales naturales y artificiales

Al construir zanjas para desviar el agua, los pueblos alto andinos generaron nuevas áreas de infiltración y saturación de ese recurso en el suelo mineral (ver imagen satelital). Allí, prontamente se instalaron plantas adaptadas a las nuevas condiciones húmedas, tales como las Juncáceas ya mencionadas, acumulándose sus restos en el suelo húmedo y formando bofedales tras el paso de los años. Los bofedales artificiales suelen tener horizontes de turba de sólo unos pocos decímetros de espesor, a diferencia de los bofedales naturales, algunos de los cuales han acumulado turba por miles de años y pueden tener horizontes gruesos y profundos. Ejemplo de ello es el impresionante bofedal Manasaya, en Bolivia, donde la turba alcanza horizontes de hasta 10 metros de espesor (Hribljan et al., 2015). 

Los organismos vivos de los bofedales poseen un alto endemismo, y sus hábitats son espacios altamente excepcionales en medio del paisaje alto andino.

Bofedal artificial cerca de Guacollo, Región de Arica y Parinacota. Los flujos superficiales de agua se aprecian en color negro. El flujo subterráneo de agua que baja desde los cerros y zonas más altas hacia el Río Caquena (frontera con Bolivia), es detenido artificialmente mediante un canal de irrigación justo al borde oeste del valle. Desde allí, el agua escurre mediante una compleja red de pequeños canales capaces de irrigar toda el área entre el borde del valle y el río Caquena . Gracias a esa canalización al pie del valle, se formó un bofedal, el cual se distingue en los tonos verdes asociados a la red de pequeños canales en toda la parte izquierda de la imagen. 

Bofedal artificial cerca de Guacollo, Región de Arica y Parinacota. Los flujos superficiales de agua se aprecian en color negro. El flujo subterráneo de agua que baja desde los cerros y zonas más altas hacia el Río Caquena (frontera con Bolivia), es detenido artificialmente mediante un canal de irrigación justo al borde oeste del valle. Desde allí, el agua escurre mediante una compleja red de pequeños canales capaces de irrigar toda el área entre el borde del valle y el río Caquena . Gracias a esa canalización al pie del valle, se formó un bofedal, el cual se distingue en los tonos verdes asociados a la red de pequeños canales en toda la parte izquierda de la imagen. © Mapa recuperado de Google Earth e intervenido por autores.

Bofedales, tesoros de vida

A pesar del clima frío y seco en las zonas alto andinas, de enorme radiación solar, escaso oxígeno, y amplitudes térmicas de hasta 40 °C entre el día y la noche, la vida en los bofedales abunda. Gracias a la presencia de agua muchos organismos encuentran ahí su hábitat. En los bofedales viven mamíferos como las Vizcachas y las Vicuñas, también muchas especies de aves como las Parinas y Cuervos de Pantano, una multitud de insectos y plantas vasculares, así como musgos y líquenes. Obviamente, son lugares muy importantes para los pueblos andinos. Es aquí, donde se alimentan las alpacas y llamas en la época de secano. Es aquí donde se encuentra el agua, las plantas medicinales, los materiales de cestería y de construcción. 

Bofedal con vizcachas (Lagidium peruanum) alimentándose de los frutos de las plantas de cojín. Parque Nacional Lauca, Región de Arica y Parinacota © Marvin Gabriel.

Tesoros en amenaza

Lamentablemente, los bofedales enfrentan hoy en día varios peligros. Quizás la amenaza más grande es el cambio climático, causando irregularidades en la distribución de las precipitaciones, que dificultan a estos ecosistemas el poder mantener su frágil equilibrio hídrico y la saturación de sus suelos durante todo el año. Si se secan, el peligro no es solamente la mineralización de la turba, un proceso que dura años. La turba seca puede convertirse en un potente combustible en caso de ser encendida. Ello es común durante las frecuentes tormentas eléctricas que se presentan durante el verano debido a las masas de aire caliente provenientes de la Amazonía. En un bofedal que se ha secado, el fuego tardaría minutos en consumir toda la materia orgánica de la turba, destruyendo su capacidad de retener agua, y la función del bofedal de albergar la exuberante vida que lo caracteriza. 

Aparte de esta amenaza proveniente de un problema global, hay también amenazas locales. La tremenda desigualdad en el acceso a oportunidades ha provocado que las generaciones jóvenes de los pueblos andinos migren a vivir a las ciudades, generando escasez de personas capaces de mantener los canales de irrigación. Esta situación afecta principalmente a los bofedales artificiales. También el sobrepastoreo con especies introducidas puede volverse un gran problema. Caballos, vacas, burros y ovejas no son especies adaptadas a estos ecosistema, y al introducirles destruyen los cojines vegetales y compactan el suelo con sus pezuñas, su peso y su forma de alimentarse (Maldonado Fonkén, 2015). Además, el sobrepastoreo termina afectando e incluso anulando el ciclo vegetativo y la producción de semillas en la vegetación del bofedal.

Las consecuencias de una desaparición de los bofedales serían mucho más graves a nivel de la biodiversidad, que de la crisis global ambiental. Como son áreas relativamente pequeñas, las emisiones de CO2 que se pueden liberar con la mineralización de la turba de los bofedales no aportarían sustancialmente al calentamiento global comparadas con las emisiones provenientes del uso de combustibles fósiles, de los incendios en las selvas tropicales o de la destrucción de las grandes superficies de turberas del hemisferio norte. 

En cambio, sería mucho más grave la pérdida de biodiversidad producto de la destrucción de los bofedales, la cual se sumaría a la gran ola de extinción que ya está sucediendo en el Antropoceno. Los organismos vivos de los bofedales poseen un alto endemismo, y sus hábitats son espacios altamente excepcionales en medio del paisaje alto andino. La pérdida de los lugares que guardan el agua en el paisaje, quitaría la base de la vida de muchas plantas y animales, incluyendo el de los seres humanos. La recuperación de estos ecosistemas, una vez dañados o destruidos, podría durar siglos. 

Bofedal quemado con antigua vegetación de plantas de cojín  cerca de Parinacota. Posiblemente el sitio fue encendido por una tormenta eléctrica, después de haber sido drenado Región de Arica y Parinacota © Marvin Gabriel.

Por eso son urgentes las acciones para la conservación y fomento de los bofedales, ya que de estos ecosistemas depende también el futuro de las comunidades Aymara que habitan el altiplano. Más que nunca, hoy es el momento de abrazar el principio del “Ayni” o reciprocidad Aymara, y mediante cuidados y mantención comunitaria, darle protección y espacios de vida a los bofedales. Después de todo, fueron justamente estos ecosistemas de altura los que durante siglos acogieron a las comunidades humanas en los duros y hermosos paisajes de los Andes.

Referencias

De Klein, J. & van der Werf, A. (2014) Balancing carbon sequestration and GHG emissions in a constructed wetland. Ecological Engineering, 66, 36-42.

Hribljan , J.A., Cooper, D.J., Sueltenfuss, J., Wolf, E.C., Heckmann, K.A., Lilleskov, E.A. & Chimner, R.A. (2015) Carbon storage and long-term rate of accumulation in high-altitude Andean peatlands of Bolivia. Mires and Peat, 15(12), 1-14.

Joosten, H. & Clarke, D. (2002) Wise use of mires and peatlands. Background and principles including a framework for decision-making. International Mire Conservation Group & International Peat Society, Saarijarvi, Finland.

López, J. F.; Tapia, A. & Díaz, A. (2019) Respuestas comunitarias en áreas de desierto frente a eventos climáticos extremos en el norte de Chile. Interciencia, vol. 45, núm. 1, pp. 8-14, 2020

Maldonado Fonkén, M. (2015) An introduction to the bofedales of the Peruvian High Andes. Mires and Peat, 15(05), 1-13.

Nwaishi, F., Petrone, R., Price, J. & Andersen, R. (2015) Towards Developing a Funcional-Based Approach for Constructed Peatlands Evaluation in the Alberta Oil Sands Region, Canada. Wetlands, 35, 211-225. 

Rosli, F., Lee, K., Goh, C., Mokhtar, M., Latif, M., Goh, T. & Simon, N. (2017) the Use of Constructed Wetlands in Sequestrating Carbon: An Overview. Nature Environment and Pollution Technology, 16, 813-819.

Squeo, F., Warner, B., Aravena R. & Espinoza, E. (2006) Bofedales: high altitude peatlands of the central Andes. Revista Chilena de Historia Natural 79, 245-255. 

Verzijl, A. & Guerrero Quispe, S. (2013) The System Nobody Sees: Irrigated Wetland Management and Alpaca Herding in the Peruvian Andes. Mountain Research and Development 33 (3), 280-293.

www.miresofchile.cl (verificado 04.2021) http://www.miresofchile.cl/es/una-seccion-de-la-pagina-de-inicio/tipos-hidrogeomorficos-de-turberas/turberas-de-escorrentia/

Sobre los Autores

Marvin Gabriel

Geógrafo físico y Máster en Ecología del Paisaje egresado de la Leibniz Universität Hannover. Doctor en Ciencias Agrarias por la Humboldt Universität zu Berlin. Desde 2010 investiga y difunde la importancia de las turberas en Chile, Alemania y Sudáfrica. En 2015 cofunda en Chile la iniciativa www.miresofchile.cl y trabaja como investigador, educador ambiental y guía de kayak. Actualmente reside en Alemania. Contacto: marvin.gabriel@miresofchile.cl

Carolina Rodríguez 

Socióloga de la Universidad de Chile, Máster en Manejo Integrado de Recursos Naturales y Doctora en Ciencias Agrarias por la Humboldt-Universität zu Berlin. Desde 2008 investiga y difunde la importancia de las turberas en Chile, Argentina, Sudáfrica, Kirgistán y Alemania. En 2015 cofunda en Chile la iniciativa www.miresofchile.cl y trabaja como investigadora, educadora ambiental y guía de naturaleza. Actualmente reside en Alemania. Contacto: carolina.rodriguez@miresofchile.cl

Imagen de portada: Alpacas pastando en un bofedal frente a los volcanes Parinacota y Pomerape. Parque Nacional Lauca, Región de Aríca y Parinacota. © Carolina Rodríguez.

Por Danilo López C. y Constanza López C. A diferencia de las grandes urbes en las que la población tiende a ser menos consciente de la importancia del agua, en el mundo rural se suele palpar el rol de este elemento en todo el quehacer cotidiano. Este es el caso de Cabeceras, un caserío del […]

Por Danilo López C. y Constanza López C.

A diferencia de las grandes urbes en las que la población tiende a ser menos consciente de la importancia del agua, en el mundo rural se suele palpar el rol de este elemento en todo el quehacer cotidiano. Este es el caso de Cabeceras, un caserío del secano costero ubicado en la región del Libertador Bernardo O`Higgins, a unos 20 km al sureste de Pichilemu. Con la ayuda de las distintas voces de sus habitantes daremos forma al paisaje y la historia de esta localidad durante gran parte del siglo XX. A su vez, el agua será el hilo conductora de las vivencias de los habitantes con sus actividades y ciclos productivos, las relaciones de poder y otras cuestiones propias de la vida de los cabecerinos.

Vista de Cabeceras desde uno de sus cerros. © Danilo López.

Este caserio debe su nombre a una característica geomorfológica. Según Lorena Leiva, Andrea Pequeño y Pablo Baeza, investigadores y escritores de “La Sal De La Vida: memorias de las antiguas salinas de la laguna de Bucalemu”, este lugar fue bautizado gracias a sus cerros y lomas, lugares escogidos por los antiguos habitantes para establecer sus viviendas. En estas “cabeceras” de cerros no existía el riesgo de inundación producto de agua dulce que bajaba por esteros y quebradas, ni del agua de mar proveniente del Océano Pacifico que, según se constata por la actividad salinera, entraba hasta las cercanías de la localidad. 

Durante todo el siglo XX este caserío se caracterizó por presentar grandes inundaciones en las partes bajas en las épocas invernales. Sin embargo, este fenómeno en la actualidad no existe. El único rastro de agua que queda son algunas lagunas que se llenan con las escasas lluvias de invierno y se secan conforme se acerca el verano. Uno de estos humedales fue, durante la última parte del siglo XIX y gran parte del s. XX, zona de salinas.

Foto de 1983 del estero de Cabeceras. Paradójicamente en la actualidad hay un puente en esa zona, sin embargo por el estero corre muy poca o nada de agua. © Patricia Cabello.

Las salinas de Cabeceras

Las salinas de Cabeceras existían gracias a la entrada de agua de mar desde el estuario de Bucalemu. Este sector vecino se pobló a través de los años, de hecho según Lorena Leiva, la población de Cabeceras antiguamente superaba con creces a la de Bucalemu (hoy la segunda localidad mayormente poblada de la comuna). Este aumento poblacional provocó, entre otras cosas, una menor entrada de agua de mar producto de las construcciones en el borde costero, y también un mayor deterioro de las aguas que llegaban a las salinas de Cabeceras.

 

Salinas de Cáhuil, localidad cercana a Cabeceras. Hasta la actualidad existe una pequeña industria salinera en este poblado. © Constanza López.

Por otro lado, el constante auge minero, trajo consigo una mayor y mejor conectividad hacia los territorios nortinos (que era donde estaban las minas). Esto derivó en un menor costo de producción de la sal de mina, que terminó por perjudicar la producción costera de sal. Además, conforme aumentaban actividades productivas en el mar (principalmente en Bucalemu), la producción costera de sal se fue encareciendo. El fin de la actividad salinera acaba finalmente con la implementación de la ley de yodado de la sal bajo el gobierno de Frei Montalva¹, que acrecentó la ventaja competitiva de la sal de mina. Las empresas mineras, además de explotar la sal de mina, tenían explotaciones de yodo que facilitaban de buena manera el proceso de yodado. Finalmente, la producción de sal en Cabeceras se terminó por completo en 1985.

Los humedales

Con el término de la actividad salinera se produjo un cambio paisajístico importante. Los antiguos yacimientos volvieron a ser humedales, similares a otros que se pueden encontrar en la parte baja de Cabeceras. El agua continuó produciendo un paisaje digno de contemplación, esta vez provocado por el termino de una actividad productiva.

Bandada de patos en el humedal de Cabeceras, a lo lejos en los cerros se puede apreciar las plantaciones de pino. © Danilo López.

Luego del declive salinero, la dinámica de la localidad fue la de producir en verano, para llevar la carreta cargada, ya sea de sal o de productos agrícolas hacia el Valle Central. Aliro Martínez, vecino de la comunidad y ex salinero que ha vivido toda su vida en Cabeceras, relata : “estos cerros eran de pura siembra, de arvejas, chícharo, avena y trigo”. Todos estos cultivos eran los que luego se intercambiaban y vendían principalmente en el Valle de Colchagua. Una vez allí, los vecinos (todos hombres) iban a trabajar a las “temporadas” como llamaban ellos, en los meses de marzo hasta mayo aproximadamente. Así lo confirman varios testimonios como el de Delfina López, hija de antiguos locatarios de la zona: “mi papá en marzo se iba con la carreta a Santa Cruz, llevaba trigo, se tardaban 3, 4 días en llegar allá, y luego volvían cargados de papas, de porotos que no se daban acá en la zona. Traían de todo para pasar el invierno”.

Jornada de cosecha de trigo propias de los meses de verano. Colección de la familia Catalán Mayor, autor desconocido.

La vida en invierno tenía como elemento común el aislamiento de la localidad. Emilio Cornejo, vecino de esta comunidad, relata la dificultad que existía para el tránsito, producto de los lodazales que se formaban con el agua. Además, la crecida del estero cortaban el camino lo que transformaba en verdaderas travesías lograr llegar a pueblos como Paredones (a 11 kms aproximadamente desde Cabeceras): “esto era todo barro oiga, si para salir de aquí había que mojarse entero, Cabeceras era como una isla”.

En este sentido, los habitantes volvían de las “temporadas” con múltiples alimentos del valle central que les permitían sobrellevar el invierno. Sin embargo, estos no eran los únicos alimentos que los vecinos de Cabeceras consumían. Los humedales guardaban una cantidad enorme de especies. Según el testimonio de Delfina López, la cantidad de aves y animales antiguamente era gigantesca, se veían “perdices, patos, cisnes, gansos, conejos, liebres, torcazas” sobre todo los meses de invierno. Esta realidad significó que múltiples vecinos practicaran de la caza no solo para el alimento diario, sino también como una actividad productiva.  

El hogar y la actividad agrícola.

Rosa Catalán, quien falleció el año pasado en Cabeceras después de toda una vida en la zona, relata: “aquí mismo frente a mi casa todos estos planes eran pura agua”. Por planes ella se refiere a las partes que no están en altura y que tenían tendencia a inundarse en las temporadas invernales. Sin embargo, el agua no solo presentaba un riesgo de inundación, sino también una oportunidad gracias a las vertientes.

Vista desde la casa de Rosa Catalán. Ese plan que hoy se ve árido y seco antiguamente se inundaba completamente. © Danilo López.

Toda civilización, pueblo o comunidad guarda una fuerte relación con una fuente hídrica, Cabeceras no fue la excepción. Según el testimonio de Manuel Perez C., vecino de esta comunidad: “antes no había agua potable, antes se vivía a pura noria”. El agua potable llegó recién en la década del 90, por lo que la locación de las casas estaba condicionada por la existencia de vertientes y norias cercanas que permitieran utilizar el agua para sus huertos, cosechas o animales. 

A pesar de la existencia de múltiples actividades, la agricultura y ganadería de tipo tradicional —es decir, con el fin de subsistir más que de generar excedentes eran las más importantes para los habitantes de la localidad. La evidencia de la subsistencia como objetivo de la producción se encuentra en la escasa concentración de la propiedad que existía en el territorio. La organización territorial estaba basada en familias que concentraban pequeños o medianos paños de tierra en donde cultivaban o dejaban a sus animales para vivir. Conforme pasaron los años, los jóvenes migraron a las urbes en busca de trabajo, lo que dejó estos territorios sin gente que las trabajara. Bajo este contexto aparece no sólo la actividad forestal como una alternativa de sustento, sino también la concentración de la propiedad. 

La llegada de la actividad forestal

En las urbes existían más y mejores fuentes de trabajo para los habitantes jóvenes de la localidad, así es como “la gente nueva no tuvo en que trabajar y al final la ciudad se los llevó” (Rosa Catalán). Esto trajo consigo el vaciamiento de la localidad, lo que significó la venta de muchas propiedades y facilitó a su vez la concentración de estas tierras. Este proceso, sin embargo, se desarrolló lentamente.

Totoras secas del humedal, atrás un bosque de pinos. © Danilo López.

Paralelo a este proceso, a escala nacional el Estado, en plena dictadura cívico-militar, consagra el DL-701 que incentiva la plantación forestal. Esto fue una oportunidad para muchos habitantes de obtener dinero. Pequeños propietarios aprovecharon los subsidios desde la década de los 80 en adelante, para la plantación de pinos. Con el fin del milenio, la agricultura disminuyó considerablemente y para el 2010 las plantaciones forestales ya ocupaban la mayor parte del territorio de la comuna de Paredones y de la localidad de Cabeceras.

Jose Silva, vecino del sector de San Francisco de la Palma, agricultor dueño de tierras de la ‘Vallica’, relata “aquí antes del 80 cultivábamos con salitre, ahora todo el salitre se lo llevan los japoneses y nosotros nos tenemos que conformar con cultivar a pura urea, que además se encarece todos los años”, continua hablando sobre la competencia con otros mercados: “antes todo el trigo se cultivaba acá en el país, ahora en cambio, puro que traen trigo de afuera porque seguramente es más barato, a eso súmele que nadie de los jóvenes quiere trabajar aquí”.

Las causas del fin agrícola en la localidad al igual que el fin de las salinas guarda relación con la poca rentabilidad que poseía la actividad en el contexto nacional. Lo señalado por Jose Silva ilustra cómo la apertura de los mercados impulsados en dictadura y concretizados durante los gobiernos concertacionistas, trajo consecuencias importantes a los territorios rurales como Cabeceras. Previo a esta apertura, las localidades rurales dedicadas a la agricultura de poco excedente no entraban al mercado internacional. Con la llegada de las plantaciones forestales, en cambio, se les incluía, pero sin evaluar nada más que los costos de producción.

Además, los cambios generacionales, producidos en gran medida por las escasas oportunidades en la localidad se tradujeron en éxodo rural y por ende en menor mano de obra para trabajar en el sector agrícola de Cabeceras.

Parte del humedal en la actualidad. © Danilo López.

Una problemática fundamental de la localidad de Cabeceras es la sequía, que se ha profundizado en la última década. Manuel Pérez, vecino de Cabeceras, relata: “antes yo dejaba los animales en el cerro oiga, hacía un hoyo a pura pala en la tierra y solita brotaba el agua”. Aliro Martínez dice que “desde que comenzaron las plantaciones de pinos se empezó a acabar el agua”. A su vez Emilio Cornejo afirma: “el agua se la llevaron los bosques”. En concreto, de una década a otra el deficit de precipitaciones promedio por año bajó 60mm (DGA, 2020). Además, actualmente las plantaciones forestales hoy representan más de la mitad del territorio de Cabeceras y de la comuna de Paredones, lo que refleja la relación entre falta de agua y aumento de pinos y eucaliptos. 

La CONAF, como una de las entidades responsable de entregar los subsidios forestales, ha justificado el monocultivo en la comuna de Paredones bajo la consigna de la aptitud del territorio para recibir este tipo de plantaciones². Una de las mayores virtudes de este territorio corresponde a la llamada “camanchaca”, una neblina espesa que cubre los cerros de la costa chilena y permite en buena medida el desarrollo de pinos y eucaliptos. El agua, de esta manera, vuelve a ser una justificación para el desarrollo de actividades productivas, pero esta vez corresponde a actividades incentivadas desde fuera de la localidad y que tienen por objetivo generar excedentes. El resultado, en términos paisajísticos es evidente: sequía. 

Es suelo seco del estero y la escasa agua otoñal que irá desapareciendo conforme llegue en verano. © Danilo López.

Aguas, producción y vida 

La historia del Cabeceras de la primera mitad del siglo XX es la de un territorio “lejano” a Chile. Su relación con el territorio nacional es paradojal: por una parte, el aislamiento en los meses de invierno implicaba una gran complicación para la salida y entrada de los habitantes. Por otra parte, el sustento de la mayoría de las familias provenía de las actividades desarrolladas por los hombres de la localidad en el valle central antes de que terminara el verano. Es decir, durante casi 100 años los cabecerinos dependieron de sus propias manos y de las bondades de la tierra. Lo anterior, hasta que el Estado ingresa de la mano de los monocultivos.

El agua que antes era un impedimento para la conexión entre la localidad y el resto del territorio nacional, hoy es la justificación que da la CONAF para realizar las plantaciones forestales. Al mismo tiempo es el incentivo forestal el que termina por unir esta localidad a los circuitos nacionales (y porque no, globales) de producción. Con esta actividad incentivada por el Estado para el beneficio de privados se hace necesario mejorar la conectividad y caminos en la zona, de forma tal que puedan soportar lluvias importantes. 

Demás está decir que la conexión “mejoró” en parte la vida de los habitantes que quedaron, en el sentido que facilitó muchas tareas como el desplazamiento, la compra de víveres y la llegada del agua potable. Sin embargo, el costo medioambiental ha sido catastrófico, al punto que actualmente incluso el sistema de agua potable que llegó con el tan anhelado “progreso” hoy escasea.

¹ Biblioteca del Congreso Nacional de Chile 

² Véase en El potencial forestal del secano costero de la sexta región (1981)

Bibliografía

Bengoa, J. (2015). Historia rural de Chile central.

Bustos, B., Prieto, M., & Barton, J. (2015). Ecología Política en Chile. Naturaleza, Propiedad, Conocimiento y Poder. Editorial Universitaria Santiago. Cap. 1 (15-69).

Leiva, L., Pequeño, A., & Baeza, P. (2016). La sal de la vida: memorias de las antiguas salinas de la laguna de Bucalemu. 

Nuñez, A. (2017). Cuando la nación queda lejos: fronteras cotidianas en el paso de Lago Verde (Aysén-Chile) – Aldea Las Pampas (Chubut- Argentina). Norte Grande, 97-116.

Todas las entrevistas fueron realizadas por Danilo López en el marco de su investigación de tesis. 

Imagen de portada: Jornada de trilla en Cabeceras. Colección de la familia Catalán Mayor, autor desconocido.

Sobre el autor:

Danilo López es estudiante del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, actualmente se encuentra realizando una investigación en la localidad de Cabeceras con el objetivo de rescatar las memorias y formas de vida de sus habitantes. Además es aficionado al senderismo, ciclismo y la fotografía.

Festival “Origen del Maullín” en Llanquihue

En el sur de Chile, en medio de ríos, lagos y bosques, se encuentra la ciudad de Llanquihue. Este asentamiento urbano, ubicado en la Región de Los Lagos, se emplaza en un complejo sistema hídrico compuesto por el borde del lago Llanquihue, el nacimiento del río Maullín y un sistema de humedales urbanos de agua dulce. […]

En el sur de Chile, en medio de ríos, lagos y bosques, se encuentra la ciudad de Llanquihue. Este asentamiento urbano, ubicado en la Región de Los Lagos, se emplaza en un complejo sistema hídrico compuesto por el borde del lago Llanquihue, el nacimiento del río Maullín y un sistema de humedales urbanos de agua dulce. Sin embargo, en los últimos años, estos humedales han sido sistemáticamente rellenados, mientras que los pocos que aún existen en la zona, se encuentran gravemente deteriorados y amenazados.

En este contexto, el festival «Origen del Maullín» nace como una forma de empoderar a la comunidad en torno a la protección del río Maullín y los humedales urbanos de la ciudad de Llanquihue. La actividad fue organizada por la Fundación Legado Chile en conjunto con el Sindicato de trabajadores del río y el Municipio de Llanquihue, y su realización contempló diversas actividades, entre ellas reuniones con la comunidad local, un conversatorio y la pintatón de un mural.

Parte del operativo de limpieza se realizó dentro del agua, estuvo liderado por la Armada de Chile, en colaboración con los Trabajadores del Río y Cahuil Adventure. ©Fundación Legado Chile

Una de las actividades con mayor convocatoria del festival -con una participación de más de cien personas- fue una limpieza comunitaria y participativa del nacimiento del río y del Humedal Las Ranas, uno de los cinco humedales asociados a la ciudad de Llanquihue que aún permanece en la ciudad. Se extrajeron más de tres toneladas de residuos del río y del humedal, principalmente domiciliarios, entre los cuales se encontraron partes de refrigeradores, televisores, marcos de ventana, coches de bebé, baterías de auto, colchones y llantas de camiones. Al respecto, el encargado del proyecto de Fundación Legado Chile, Benjamín García, señaló: “felizmente, vimos que si la comunidad se empodera y organiza, puede generar cambios reales en su entorno” .

Durante la limpieza se desplegó maquinaria pesada, un camión, camionetas y artículos de seguridad. ©Fundación Legado Chile

El relleno sistemático de los humedales y su falta de cuidado ha despertado la alerta de la ciudadanía en otras ciudades del país, como por ejemplo Concepción, Valdivia, Algarrobo y Zapallar. La falta de protección jurídica y legal de los humedales, también ha provocado el interés de varios legisladores. Hace unas semanas, el senador De Urresti solicitó comparecencia del superintendente de Medio Ambiente, Cristián Franz, a la comisión del mismo ramo en el Senado, para que tome medidas para proteger los humedales tras diversos rellenos registrados en la región de Los Ríos. En la misma sesión, la presidenta de la comisión senatorial, Isabel Allende, pidió a la ministra de Medio Ambiente, Marcela Cubillos, apoyar la tramitación del proyecto de ley que obliga a las municipalidades que tengan humedales en sus comunas a cuidarlos, necesidad presente a lo largo de todo Chile.

Gran parte del total de voluntarios. ©Fundación Legado Chile

*Foto de portada: río Maullín por Jorge León Cabello

Para los que no saben, los humedales son ecosistemas acuáticos que sostienen la biodiversidad y que nos proveen importantes elementos para la vida. En nuestro país los podemos encontrar a lo largo de toda la costa, en forma de estuarios y lagunas costeras, mientras que en la Cordillera de los Andes se desarrollan como salares, […]

Para los que no saben, los humedales son ecosistemas acuáticos que sostienen la biodiversidad y que nos proveen importantes elementos para la vida. En nuestro país los podemos encontrar a lo largo de toda la costa, en forma de estuarios y lagunas costeras, mientras que en la Cordillera de los Andes se desarrollan como salares, lagunas salobres, bofedales, vegas, ríos y lagos.

Los humedales abundan en Chile, pero también existen en muchas otras partes del mundo, en países como Perú, Colombia y México, entre otros, cumpliendo el mismo importante rol de equilibrio.

Sin embargo, estos esenciales espacios naturales están siendo amenazados. En efecto, estudios científicos demuestran que desde 1900 ha desaparecido el 64 % de los humedales del planeta, y en comparación con 1700, se calcula que se ha perdido el 87 % de los humedales a nivel mundial (MMA Chile).

Es por esto que la preocupación respecto a la conservación de estos ecosistemas ha sido un tema fundamental alrededor del mundo, y expresiones sociales, políticas y artísticas así lo demuestran.

Los humedales son lugares de gran biodiversidad, fotografía de José Gerstle.

Conservación de humedales en el mundo

Dentro de los esfuerzos políticos por proteger los humedales del planeta, está la firma del SMOT, o Sistema mundial de Observación Terrestre, y la Convención de Ramsar, el año 2006. «La conservación de los ecosistemas de los humedales es esencial no sólo para el suministro sostenible de agua dulce, sino también para conservar la biodiversidad y garantizar otros servicios necesarios para la salud y el bienestar de las personas en todo el mundo», declaró en la época el Subdirector General de la FAO, Alexander Müller, sobre esta convención, que hoy cuenta con 152 partes contratantes (FAO.org).

Desde ese entonces, y durante los años que se vinieron, el SMOT ha desempeñado una importante función en la supervisión y evaluación de los humedales, con el fin de afrontar la pérdida y el deterioro de estos ecosistemas.

«Las principales cuestiones de las cuales se ocupa el SMOT, como el uso de las tierras y el cambio de la cubierta vegetal, la gestión de los recursos hídricos, la pérdida de biodiversidad, el cambio climático, la contaminación y la toxicidad, ofrecen una sólida base para enriquecer nuestros conocimientos sobre la dinámica de los humedales, elemento decisivo en la evaluación del suministro de agua dulce, la demanda y la crisis en los sistemas sostenibles de alimentos y agricultura», informó la experta de la FAO Lucilla Spini.

Documental Chacahuita

En este contexto, y como una propuesta mixta entre arte y conservación, se enmarca el documental Chacahuita, obra audiovisual dirigida por la cineasta mexicana Juana Reyes Díaz y estrenada en 2016. Esta película es la historia de un pueblo en la región de la costa de Oaxaca, que hace veintidós años se organizó para pelear, defender y proteger sus humedales de una empresa extranjera, la cual pretendía establecer un criadero de camarones.

Sus protagonistas, Sadot, Margarito, Eusebio y Manuel, cuentan su historia de lucha, además de agregar datos de la situación actual de esos humedales en Chacahuita. Cabe destacar que la zona de Oaxaca alberga una rica diversidad cultural, donde conviven más de 16 grupos étnicos, dato no menor a la hora de analizar su sentimiento de arraigo y cercanía a la tierra.

De hecho, la resistencia de sus habitantes contra la empresa y sus fuerzas de represión quedan en evidencia en los 26 minutos que dura el documental.

Respecto a la historia que motiva a la directora, es precisamente su propio desarrollo humano y laboral. En efecto, Juana Reyes Díaz (nacida en 1988) es maestra de Educación Especial, bajo la perspectiva del respeto y la tolerancia hacia la diversidad. Forma parte del colectivo Distopía, que tiene como objetivo realizar encuentros culturales en las comunidades de la costa de Oaxaca. Además, es coordinadora del cineclub comunitario El Guamil y esta es su primera obra de este tipo.

En Chacahuita vemos como el cine se transforma en una herramienta de difusión de temas que podrían quedar en un total desconocimiento, o quizás, simplemente no superarían sus límites geográficos. Sin embargo, y gracias a cintas como esta podemos entender que la problemática de la conservación y protección de los humedales pasa de ser una resistencia local a una misión mundial.

  No es novedad exponer los síntomas de degradación ambiental del planeta, ni enumerar sus variadas causas y efectos socioambientales. Ante esto, son raras las ocasiones donde se puede exponer un caso que inspire optimismo, algún ejemplo que demuestre que nuestra especie no sólo destruye, sino que también es capaz de sanar ecosistemas. Un célebre […]

 

No es novedad exponer los síntomas de degradación ambiental del planeta, ni enumerar sus variadas causas y efectos socioambientales. Ante esto, son raras las ocasiones donde se puede exponer un caso que inspire optimismo, algún ejemplo que demuestre que nuestra especie no sólo destruye, sino que también es capaz de sanar ecosistemas.

Un célebre caso es el científico peruano Marino Morikawa, quien por su cuenta y con su propio dinero, aplicó su conocimiento en ciencias para limpiar el humedal “El Cascajo”. Este cuerpo de agua, cercano a su casa y donde Marino se bañaba cuando joven, fue convertido en un depósito de aguas servidas, pero tras la intervención del joven peruano con el apoyo de la comunidad, el ecosistema fue convertido en un lugar nuevamente habitable para humanos y otras especies.

Importancia de los humedales

Los humedales son cuerpos de agua de poca profundidad que sostienen una gran biodiversidad de aves, anfibios, peces y otros animales acuáticos. También sustentan economías locales, entregando agua fresca, alimento y refugio para poblaciones humanas. Estos ecosistemas acuáticos funcionan como amortiguadores de inundaciones durante los meses de lluvia, y reservorios de agua en los meses estivales.

Los humedales han sido considerados de gran importancia biológica a nivel global y se encuentran dentro de los ecosistemas más importantes del planeta. No obstante, la Evaluación del Estado de Conservación de las Regiones Terrestres de América Latina y el Caribe, señala el estado de conservación como crítico a vulnerable ya desde la década del 90.

La alta vulnerabilidad de estos ecosistemas está asociada a causas ambientales y antrópicas. De estas últimas, las causas más relevantes son: la extracción de agua para uso agrícola y minero, la contaminación, la construcción de grandes obras de infraestructura y la acelerada expansión de los asentamientos urbanos en conjunto con una escasa planificación territorial.

Uno de los problemas más comunes en los humedales es la eutrofización, producto de la sobrecarga de desechos orgánicos en el cuerpo de agua. Estos pueden ser aguas servidas domésticas, residuos líquidos industriales u otras fuentes. Esta sobrecarga de nutrientes permite la proliferación de algas, las que consumen el oxígeno acuático, disminuyendo la cantidad de peces y otras especies en el ambiente. También es común la formación de microbasurales en torno a sus bordes, lo cual contribuye aún más a su degradación.

Humedal El Cascajo, foto por Tea After Twelve

Restauración del humedal “El Cascajo”

Marino Morikawa se encontraba realizando su posgrado en la Universidad de Tsukuba en Japón, cuando su padre le avisó que El Cascajo, humedal en donde ambos pescaban durante su infancia, iba a ser cubierto por estar totalmente contaminado. Apenas se enteró, Marino viajó a Perú a ver el estado de su querido humedal, ubicado en el distrito de Chancay, cerca de la costa peruana. Lo que encontró lo dejó desolado: una laguna eutrofizada, de color verdoso, maloliente y repleta de plantas acuáticas invasoras. Al remover algunas plantas de la superficie, descubrió que el agua estaba de color marrón y con materia flotante. La situación era alarmante: los desechos domésticos, un botadero ilegal de basura, e incluso un criadero de animales junto al cuerpo de agua, habían hecho casi desaparecer al humedal bajo enormes cantidades de lechuga de agua (Pistia stratiotes).

Fue en ese momento en que Marino decidió restaurar El Cascajo con sus propias manos. Morikawa se dedicó a la limpieza de esta laguna mediante el desarrollo de un sistema simple y barato a base de materiales que se pueden encontrar en «cualquier ferretería».

Para descontaminar el humedal, Morikawa comenzó con la eliminación de las lechugas de agua, para lo cual dividió la laguna en ocho sectores delimitados con cañas de bambú –material local-, para tener un orden de control de limpieza. Sector por sector, fue retirando manualmente las plantas acuáticas.

Al principio, mientras realizaba su trabajo, los habitantes del lugar le advertían al científico que enfermaría, pero él no cejó en su empeño. A medida que el trabajo de Marino comenzaba a presentar avances, empezó a crecer el apoyo de voluntarios locales. Para proseguir con el  proceso de descontaminación, Marino junto a su equipo construyeron una plataforma de tubos de plástico sujetos con varas de acero, donde se inyectaron nanoburbujas. Estas son 10 mil veces más pequeñas que una burbuja de gaseosa, y en ellas los agentes infecciosos quedan pegados. Luego, la burbuja explota como una pequeña bomba, eliminando a los patógenos. Junto a este método se aplicó un sistema de biofiltros para erradicar definitivamente a los contaminantes orgánicos e inorgánicos. Todo esto se realizó con tecnología de bajo costo, construida por el propio Morikawa.

El proyecto fue rápido y efectivo, gestionado en gran parte con los ahorros del joven científico. Sin embargo, su éxito se debe también al apoyo de centenares de voluntarios locales quienes, una vez comprendieron el interés de Morikawa por recuperar la salud de su tierra, se unieron a la causa.

En unas semanas, Marino logró, con el apoyo de la comunidad, recuperar las aguas azules del humedal de El Cascajo. Su esfuerzo se vio recompensado cuando, poco tiempo después de la recuperación del ecosistema, llegaron más de setenta especies de aves migratorias que cubrieron de blanco el humedal. Actualmente El Cascajo es considerado una nueva zona de avistamiento de aves y cuenta con el cuidado de los residentes de la zona, quienes constantemente realizan campañas de limpieza del humedal.

Limpiando El Cascajo, por Carmen Contreras

Chile, país de humedales

Los humedales en Chile presentan múltiples formas: en la cordillera existen como bofedales y vegas. En la zona costera pueden ser estuarios, marismas y albuferas, mientras que en la zona austral abundan como turberas. Las amenazas a estos ecosistemas son variadas: en la zona central se ven en peligro por la expansión inmobiliaria, la cual prefiere estos terrenos para construir, pues son más baratos y no están protegidos por ninguna ley que valore su importancia socioambiental. Hacia el sur, en la cordillera de Nahuelbuta, se han denunciado plantaciones de eucaliptos, árboles de alto consumo hídrico, en medio de humedales. Por otra parte, en Chiloé abundan las turberas -un tipo de humedal compuesto por grandes extensiones del musgo Sphagnum sp.-, rico en materia orgánica y principal reservorio de agua en la isla, las cuales peligran por su extracción sin planificación.

Nuestro país tiene actualmente 13 sitios designados como humedales de Importancia Internacional (sitios Ramsar). Sin embargo, según el inventario nacional de humedales, realizado el año 2011 por el Ministerio de Medio Ambiente, sólo el 0.5% de los humedales del país se encuentran protegidos. ¿Qué haremos con el 99.5% restante? ¿Los taparemos con concreto y basura para, en unas décadas más, volver a restaurarlos? Sin duda, conservar es más barato que restaurar. Como constantemente se recita; “la mejor medicina es la prevención”. La ecología aplicada, como una forma de medicina de los ecosistemas, debe tener esto en mente.

Por otra parte, en Chile existen diversos proyectos de educación ambiental para la protección de estos ecosistemas, como el caso del Estuario del río Maipo, humedal cercano a Santo Domingo, donde Fundación Cosmos y Fundación Mar Adentro colaboran con la municipalidad local para concientizar a los habitantes de la zona sobre la importancia de este estuario.

Además, existen incipientes proyectos de restauración de humedales degradados, como el humedal del río Cruces, donde cientos de cisnes murieron por culpa de Celulosa Arauco, empresa que vertía ilegalmente sus desechos industriales en el humedal, lo cual culminó con multitudinarias marchas ciudadanas y acciones legales que lograron sancionar a la empresa y comenzar una iniciativa de recuperación del humedal.

A la luz de esto, es importante entender que una restauración ecológica realmente ecosistémica debe realizarse desde una aproximación integral, que contemple conocimientos ecológicos y criterios socioeconómicos. Hacer una restauración significativa, como la que realizó Marino Morikawa en El Cascajo, requiere un profundo apego por el territorio. Un proyecto de restauración debe nacer con la comunidad local y plantearse respetuoso con el contexto cultural en el que se realiza la intervención, e incluso la emoción y la sensibilidad de cada uno de los pobladores y usuarios de los ecosistemas o paisajes a restaurar. Solo mediante un trabajo colaborativo entre ciencia y ciudadanía será posible recuperar las intrincadas y antiguas relaciones de nuestros ecosistemas heridos.

Referencias:

MMA – Centro de Ecología Aplicada (2011). Diseño del inventario nacional de humedales y el seguimiento ambiental. Ministerio de Medio Ambiente. Santiago, Chile

Humedal en la desembocadura del río Maipo, por Rigoberto Yáñez