Antártica: el universo que cautivó a Shackleton y K. Le Guin

Lejana, imposible, poderosa. Inconmensurable región del hielo que respira silenciosa lejos de la vida humana. Dueña de la materia de los sueños de múltiples aventureros a lo largo de la historia. Y también, alimento de infartantes pesadillas para osados navegantes de otros tiempos, dispuestos a penetrar en las implacables capas de hielo, motivados por anhelos aventureros, expectativas científicas, o motivados por saltar a la gloria, tras la promesa de reconocimiento mundial ante la hazaña.

El espesor de un frío blanco y seco envuelve el pensamiento cada vez que la nombramos.

Antártica.

Lejana, imposible, poderosa. Inconmensurable región del hielo que respira silenciosa lejos de la vida humana. Dueña de la materia de los sueños de múltiples aventureros a lo largo de la historia. Y también, alimento de infartantes pesadillas para osados navegantes de otros tiempos, dispuestos a penetrar en las implacables capas de hielo, motivados por anhelos aventureros, expectativas científicas, o motivados por saltar a la gloria, tras la promesa de reconocimiento mundial ante la hazaña.

«Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito», rezaba un anuncio publicado en la prensa londinense en 1914. El responsable del llamado era Sir Ernest Shackleton, afamado expedicionario que ya trazaba rutas sobre los mapas, imaginando su retorno al continente blanco, después de un primer intento fallido. Ahora, el objetivo estaba en concretar una ruta de 3.300 kilómetros, dibujando una trayectoria a pie que le permitiera posicionarse como el primer hombre en la historia de la humanidad, en atravesar el mar de Weddell hasta el mar de Ross, pasando por el Polo Sur.

La historia de Shackleton es popular, conocida ampliamente alrededor del mundo. Su travesía, una aventura. Y el clímax de la odisea, un tormento.

tártica de Shackleton, SS Endurance, atrapado en el hielo en el mar de Weddell, alrededor de enero de 1915. © Photo12/UIG/Getty Image.

La sola imagen de la embarcación Endurance elevándose sobre un mar congelado, partiéndose en dos, exponiendo fracturas irreversibles producto de la fuerza de las lenguas del hielo desprendiéndose, es perturbadora.

Sin embargo, pese a lo monumental del accidente, la tripulación completa del Endurance sobrevivió.

Después de increíbles peripecias para escapar del frío polar y sobrevivir navegando en pequeños botes, los hombres llegaron a la Isla Elefante. Sir Ernest Shackleton y un grupo pequeño de tripulantes continuaron la ruta en busca de ayuda hasta llegar a un centro ballenero de la costa meridional de Georgia del Sur. Tras varios intentos fallidos por rescatar a la tripulación, finalmente lograron obtener el apoyo del “Yelcho”, escampavía chilena que por esos días estaba en Punta Arenas, comandada por el piloto segundo Luis Pardo Villalón, quien fue el responsable de trazar una ruta y diseñar el rescate de 22 náufragos que aún seguían varados en Elefante. El plan resultó como esperaban y tras cinco días de navegación lograron llegar a la isla y devolver el alma al cuerpo de los malogrados expedicionarios.

“Dos consideraciones me hacen afrontar dichos peligros: salvar a los exploradores y darle renombre a mi patria”, escribió el piloto Pardo en ese entonces.

El hecho fue catalogado como un ejercicio de soberanía para los chilenos.

La Isla Elefante, sitio donde los sobrevivientes del SS Endurance hicieron campamento hasta ser rescatados por la Escampavía Yelcho, al mando del capitán Luis Pardo Villalón. © Matt Palmer via Unsplash.

Y la historia de supervivencia de la tripulación, que devino de la debacle en la Antártica, dotó el suceso de ciertas cualidades humanas, que transformaron el viaje fallido en una obra maestra del carácter y la resistencia de los hombres de ese entonces.

Y como si no fuera suficiente, la historia no quiso terminar ahí. Aún hay más. Hace un mes, el Endurance, que en español significa Resistencia; hizo gala de su nombre tras ser hallado a más de 3.000 metros de profundidad, 107 años más tarde del día en que fue aplastado por el hielo marino. Los miembros de la expedición que dieron con el hallazgo, no lo podían creer. El barco estaba en excelentes condiciones de conservación, más allá de las maderas quebradas, consecuencia del impacto. Es más, según relataron los investigadores a la prensa internacional, aún se lee sin complicaciones en la popa: Endurance.

Por ahí también mencionan que al interior vieron algunos vestigios, como botas y vajilla, que actualmente son propiedad de anémonas, esponjas y estrellas marinas, que han encontrado en el navío un buen lugar para habitar.

La inmersión en el universo blanco de la Antártica, vino a confirmar que, a mayor distancia de sus tierras de origen, más cerca se hallaron de su naturaleza.

Pero ¿qué es eso que ocurre cuando un suceso de esta magnitud viaja en el tiempo para ocupar las portadas del presente y desafiar al futuro?, ¿a quién remueve/conmueve/conviene este hallazgo?, ¿por qué nos ilusionamos con esta ofrenda que las aguas gélidas regalan a nuestras fantasías?

¿Que acaso hay en los naufragios un cúmulo de historias ocultas no contadas por los hombres? ¿Se trató de una epopeya, un desaire del destino o un mal plan? ¿Fue la furia del glaciar o el desconocimiento del lenguaje de los hielos? ¿Por qué un día el corazón de la Antártica demuestra su grandeza frente al ser humano congelando ese instante y hoy decide sacarlo a la luz?

La otra expedición: “Sur. Breve informe de la Expedición Yelcho al Polo Sur”

Pero antes de intentar responder a todas estas preguntas, ¿qué pasaría si nos enteráramos que el mismo Yelcho (sí, ese pequeño remolcador a vapor sin casco para navegar entre hielos) seis años antes de protagonizar el gran rescate a los náufragos del Endurance, ya había recorrido esa misma ruta, trasladando en su interior a 9 mujeres latinoamericanas hasta los hielos del Mar de Ross para iniciar su propia travesía?

Parece impensable. Pero Ursula K. Le Guin sí pudo imaginarlo y además lo escribió. La autora de numerosas novelas, poemas, cuentos y ensayos feministas de ciencia ficción y fantasía, construyó en 1982 “Sur. Breve informe de la Expedición Yelcho al Polo Sur”, un cuento protagonizado por un grupo de aventureras del cono sur que emprenden un viaje expedicionario desde Punta Arenas rumbo al Polo Sur, luego de sortear con ingenio y artimañas, todos los obstáculos de la época para desafiar al sistema imperante y embarcarse en un sueño, hasta ese entonces, reservado únicamente para los varones.

Las protagonistas arguyeron toda clase de historias absurdas para justificar la ausencia en sus hogares, incluyendo entre sus excusas una jornada de claustro en Bolivia. Voladores de luces que les permitieron levantar una expedición silenciosa y misteriosa, como la Antártica misma.

«El mapa en el desván», de la publicación original del cuento Sur, aparecido por primera vez en The New Yorker en 1982. En él se aprecia el mapa con nuevos topónimos de la que fue la primera expedición en alcanzar el Polo Sur, liderada por un grupo de mujeres latinoamericanas. © The New Yorker.

“Mi deseo era tan puro como la blancura de las nieves polares: conocer y ver, nada más, nada menos”, dice una las viajeras del relato, dejando al descubierto la incapacidad de levantar una empresa de carácter científico, producto del nulo acceso a formación especializada en esos tiempos. Pero, también, dejando de manifiesto el placer infinito de andar, de navegar, de devenir como una manera de conocer el mundo. Divagar, tal vez, como una flâneuse en las calles de París, que reivindica el derecho de las mujeres a caminar sin rumbo, ocupando un lugar en el mundo. Un vagabundeo significativo, pero en este caso, más parecido a entregarse a las derivas del océano. Y con ello, al disfrute del desapego del rol que les había sido adjudicado en la sociedad de los hombres. Una expedición sin complejos de cualquier deseo de fama o reconocimiento. Solo por el gusto y el placer de conocer el Polo Sur.

“Y es que la gloria es más pequeña de lo que los hombres creen. Inmensos son el cielo, la tierra, el mar y el espíritu”, dice más adelante el texto, mientras las protagonistas se entregan al diálogo con los seres vivos no humanos y las diversas manifestaciones de la naturaleza.

Las navegantes de esta travesía crean nuevos mapas sensibles, otros modos de explorar. Construyen esculturas bajo el hielo y comprenden el sentir de los pingüinos. No abrazan la cultura del éxito. Se regocijan en el placer de celebrar danzando y bebiendo chocolate caliente con pisco hasta elevarse por los aires. Son libres. No corren por ser las primeras, pero saben perfectamente que llegaron al Polo Sur, deseando dejar de ser las últimas.

La era de los grandes viajes a Antártica estuvo marcada por una serie de expediciones «épicas» lideradas por varones provenientes de Europa. Ursula K. Leguin hace una relectura de esta narrativa de viajes exploratorios desde la ciencia ficción feminista, con su magistral cuento Sur. © Matt Palmer via Unsplash.

Ursula K. Le Guin imaginó un viaje diferente. Exploró alternativas para un mundo convulso y violento. Dio vida a una tripulación sin jerarquías y con amplio sentido del humor. Un equipo de navegantes con espacios laxos de diálogo y de discusión, con tiempos para la reflexión, la cooperación y la construcción de vínculos afectivos. Una expedición ingeniosa, con tiempo, incluso, para la observación del estado del agua, que rápidamente se convirtió en materia prima para la creación artística. Un trayecto que lógicamente contempló un parto. Sí, un parto, porque un cuerpo femenino es capaz de parir, pese a la inclemencia del entorno.

Y es que parece, que en esta travesía sin precedentes ni secuelas (porque las mujeres se encargaron de borrar cualquier huella de su paso) la inmersión en el universo blanco de la Antártica, vino a confirmar que, a mayor distancia de sus tierras de origen, más cerca se hallaron de su naturaleza.

Ursula K. Le Guin fue pionera en cuestionar hegemonías y en proponer otras perspectivas. Abrió campo y desarmó fronteras sobre género, identidad y estilos de escritura. No utilizó la ficción para escapar, ni para alcanzar la fama, sino más bien para avanzar hacia nuevos mundos posibles. Nunca quiso ser creadora de respuestas, por eso, siempre se aventuró con las preguntas.

“Somos todas extranjeras, las mujeres como tales se ven excluidas, ajenas a las normas que los varones han declarado que rigen esta sociedad, donde los seres humanos se llaman Hombre, el único dios respetable es masculino y la única dirección es hacia arriba. Ese es su país, exploremos el nuestro”, dijo en 1983 en “A Left-Handed Commencement Address”.

Y si en vez de un cuento, la expedición Yelcho al Polo Sur, hubiese ocurrido en realidad: ¿cómo habría sido la crónica de un viaje a la Antártica escrita por mujeres latinoamericanas?

Las nuevas interrogantes podrían ser la brújula de nuestras próximas exploraciones.

(*Deriva: oportunidad para entregar el rumbo de un navío al viento, al mar o a la corriente).

Imagen de portada: Antártica © Matt Palmer, via Unsplash

Especial Ecofeminismo: Mujeres en la ciencia

Por mucho tiempo fueron pocas las mujeres que tuvieron acceso al conocimiento y la educación formal. De hecho, su presencia estaba prohibida en las aulas de las primeras universidades, y cuando finalmente fueron aceptadas a partir del siglo XIX en estas instituciones, se encontraron con múltiples trabas a la hora del ejercicio de su profesión, principalmente por el rechazo de sus pares masculinos. Asimismo, no son pocos los casos de científicas que, a pesar de haber contribuido de manera crucial en investigaciones galardonadas con premios Nobel, no fueron reconocidas. Las mujeres dedicadas a la ciencia han sido subestimadas, ignoradas, rechazadas y violentadas, e incluso, aun más grave, se ha utilizado a la misma ciencia, que se supone que nos debe acercar a la verdad, como excusa para este comportamiento al esgrimirse argumentos científicos para ser consideradas seres inferiores.

Existen antecedentes en la historia antigua de mujeres altamente destacadas como alquimistas (María la Judía), matemáticas (Téano de Crotona) o médicas (Peseshet), pero de manera tristemente simbólica el trágico asesinato de Hipatia de Alejandría a manos de una turba de cristianos marca el fin de una era donde las mujeres dedicadas a la investigación sí fueron valoradas1. Hipatia fue la última científica pagana del mundo antiguo. Su muerte coincide con el fin del Imperio Romano y el inicio de la Edad Media, periodo a partir del cual las mujeres que se dedicaban a estas actividades fueron tachadas de brujas, perseguidas y ejecutadas.

Evolución con enfoque de género

Podríamos decir que, en el mundo occidental, existen dos grandes corrientes que explican el origen del ser humano. Una tiene que ver con la creencia religiosa a través del creacionismo; y la otra con la ciencia vía el evolucionismo. Existen varias interpretaciones a estas; sin embargo ambas posturas han planteado que la mujer es inferior al hombre. 

No solo la religión ha afectado el rol de la mujer en la sociedad, sino que la ciencia también ha sido responsable de esto. Así, la célebre “teoría de la evolución de las especies”, propuesta por Charles Darwin, tiene un profundo sesgo sexista. En su libro El origen del hombre (1871), escrito doce años después de El origen de las especies, el naturalista inglés plantea la superioridad del hombre sobre la mujer basada en los roles que habrían cumplido ambos sexos en un escenario prehistórico2

La función del hombre habría sido cazar y proteger a las mujeres y sus crías, lo que suponía una actividad peligrosa y de alta coordinación que habría generado el desarrollo de la inteligencia (del varón, no de la mujer). La mujer habría tenido un rol pasivo en este proceso, el cual habría sido solo reproductivo y doméstico, lo que no requería gran capacidad cognitiva, ya que eran funciones meramente físicas. De esta manera, el hombre habría desarrollado facultades mentales y físicas superiores, mientras que la mujer habría quedado estancada en características propias de una raza inferior, como la intuición y la emocionalidad3.

Así, las personas que vivían en el siglo XIX y que creían firmemente en una jerarquización de los géneros por razones religiosas, ahora lo podían reafirmar con argumentos científicos: las mujeres eran “por naturaleza” inferiores al hombre. Claramente Darwin no inventó este concepto, puesto que la imagen de la mujer ya venía disminuida y él podía observar la discriminacion a las mujeres a su alrededor como algo normal, pero sin duda a través de su teoría este científico expuso esta situación como una “verdad científica” que profundizó y validó aún más las desigualdades entre ambos sexos. 

© @anisestrellada.

La mujer que desafió a Darwin 

La teoría de Darwin, al ser tan revolucionaria para las ciencias naturales en su momento, no estuvo exenta de críticas, pero en general no fue cuestionada por cómo posicionaba a la mujer, sino por otros aspectos. Sin embargo, hubo una mujer contemporánea al naturalista que se atrevió a cuestionar su teoría, específicamente en cuanto a la evolución del ser humano, que planteaba un rol marginal de la mujer en el proceso y, por ende, su inferioridad evolutiva. Como era de esperar, esta respuesta femenina no tuvo mucho eco, pero su coraje y valor la hacen digna de rescatar. 

Antoinette Brown Blackwell (1825-1921) nació en Estados Unidos y fue la primera mujer en ser ordenada ministra protestante en ese país. Dotada de una gran oratoria, recorrió varias ciudades participando en debates y dando charlas y conferencias. Una de sus grandes motivaciones desde muy joven fue la defensa de los derechos de la mujer, abogando por el sufragio igualitario y criticando el hecho de que las mujeres tuvieran forzadamente que elegir entre su familia y su trabajo. Autora de diversos artículos y libros, una de sus más destacadas obras fue Los sexos a través de la naturaleza, escrito cuatro años después de El origen del hombre y donde analizaba críticamente la obra de Darwin. 

Brown Blackwell llevó a cabo un cuidadoso análisis de las propuestas del naturalista. Planteó que los sexos son equivalentes y que Darwin no habría considerado las características únicas que aporta el sexo femenino en las distintas especies. Los seres humanos no sólo evolucionamos como tales por aspectos prácticos como la capacidad de manipular herramientas, sino también por aspectos sociales como la capacidad de relacionarnos y colaborar, características asociadas principalmente con lo femenino. Así, Brown Blackwell concluyó que hombres y mujeres evolucionaron de manera complementaria, en base a las diferentes fortalezas de cada sexo. 

Así como la teoría de Darwin tuvo una influencia político-social que incluso llevó a algunos autores a desarrollar el darwinismo social, teoría que permitió justificar desigualdades en sistemas neoimperialistas, lo planteado por Brown Blackwell también tiene una arista política. La interpretación que ella ofreció acerca de la evolución humana sentó bases para la liberación femenina y la equidad de género, planteando que “la evolución ha dado y aún está dando a la mujer una creciente complejidad de desarrollo que no puede encontrar un campo legítimo para el ejercicio de todos sus poderes dentro del hogar. Existe una vida más amplia, que no superior, fuera [de casa] en la que ella está obligada a entrar, tomando parte en sus responsabilidades”4. Sin duda, Brown Blackwell fue una gran reformista social que buscó erradicar la desigualdad con argumentos científicos, reivindicando de paso a las mujeres de ciencia.

La colaboración, el respeto, la solidaridad y la integración, características que podrán ser consideradas “femeninas” y, por tanto, poco importantes al momento de lograr el “éxito”, podrían ser la clave para que las mujeres puedan realmente ser integradas en el sistema científico actual (y en la sociedad en general).

Científicas en la actualidad

Estamos en el siglo XXI, ha pasado bastante tiempo y la sociedad algo ha cambiado en torno a la comprensión de los roles de género. Por otro lado, se entiende que los científicos de hoy han desarrollado mucho más los conceptos en torno a la evolución de la vida en la Tierra y que, por tanto, no podemos afirmar que “evolucionismo” es sinónimo de “darwinismo”. Sin embargo, el darwinismo sentó un precedente fundamental que ha tenido fuerte injerencia no sólo en el ámbito científico, sino también social. 

Por mucho tiempo se ha validado como una verdad fuertemente incrustada en nuestro horizonte de pensamiento que las características propiamente masculinas son superiores a las femeninas, al menos al momento de desarrollarse exitosamente en la sociedad, y que, por tanto, si una mujer quiere “ser exitosa” en lo intelectual o político, debe masculinizarse, es decir, ser competitiva, práctica y autoritaria. Esto constituye la base del sistema patriarcal imperante hasta nuestro días y, por cierto, también rige el funcionamiento político de la ciencia actual en el que las mujeres se ven en desventaja frente a sus colegas hombres. 

A pesar del escenario poco afortunado, muchas mujeres terminan interesándose por la carrera científica. Por ejemplo, en Chile, las matrículas femeninas en carreras de pregrado y posgrado en áreas relacionadas con ciencias básicas constituyen 48% y 42%, respectivamente5. No libres de dificultades, las mujeres obtienen grados académicos en ciencia en un porcentaje, por supuesto mejorable, pero no menor. 

No obstante, la mayor dificultad se manifiesta a la hora de ejercer de manera profesional lo que han estudiado. A partir de este punto, las mujeres van desapareciendo de la escena. Las estadísticas indican que sólo cerca del 31% de la participación laboral en ciencia y tecnología en Chile está representado por mujeres, proporción que coincide con cifras a nivel mundial5. Las barreras a las que se enfrentan son múltiples y van desde la discriminación y los prejuicios hasta la dificultad para conciliar la vida familiar con la profesional en un rubro altamente competitivo y exigente. 

Podrán existir programas de gobierno o campañas de distintas organizaciones sociales que fomenten la participación femenina en el ámbito científico, accionando desde la estimulación a edades tempranas de las vocaciones y el quiebre de estereotipos. Sin embargo, estos esfuerzos serán insuficientes si a la hora de ejercer la ciencia como actividad laboral esto significará un enorme esfuerzo para finalmente lograr ocupar lugares secundarios. Y es que el problema es mucho más profundo: el problema es que la ciencia es y ha sido históricamente patriarcal y androcéntrica; la ciencia ha estado por mucho tiempo hecha por y para hombres. 

© @anisestrellada.

Ciencia, mujeres y colaboración

Siempre se nos ha enseñado la historia evolutiva desde una perspectiva androcéntrica. La idea generalizada es que los forzantes evolutivos en el ser humano fueron la competencia, la caza y la agresividad, habilidades netamente masculinas. Sin embargo, existen autores, como la historiadora y arqueóloga María Ángeles Querol, que plantean que habría sido la cooperación entre hombres y mujeres el motor de la evolución del ser humano, más que la competencia. Y es eso lo que podemos inferir de lo postulado por Antoinette Brown Blackwell; para la evolución de la especie humana debió existir un esfuerzo colaborativo, en este caso, entre ambos sexos. 

La colaboración, el respeto, la solidaridad y la integración, características que podrán ser consideradas “femeninas” y, por tanto, poco importantes al momento de lograr el “éxito”, podrían ser la clave para que las mujeres puedan realmente ser integradas en el sistema científico actual (y en la sociedad en general). Un sistema científico patriarcal que incentiva la competencia es hostil para las mujeres, y si el sistema sigue jerarquizado y midiéndose por índices de productividad, por más que ingresen más mujeres a estudiar carreras científicas, el problema de raíz no se soluciona. Un sistema científico igualitario y al servicio de la sociedad, donde se vinculen estudiantes, investigadores, trabajadores, instituciones y la comunidad en general, sería un ambiente más propicio para que las mujeres podamos desplegar todas nuestras potencialidades.

Referencias

Guil Bozal (2008). «Mujeres y ciencia: techos de cristal.» EccoS Revista Científica 10 (1):213-232

Querol María Ángeles, & Anzola Consuelo Triviño. (2004). La mujer en «el origen del hombre». Barcelona: Bellaterra.

Pulido Carolina Martínez. (2003). El papel de la mujer en la evolución humana. Madrid: Biblioteca Nueva.

Martínez Pulido, (2015). “Respuesta femenina a El origen del hombre de Charles Darwin”.

CONICYT, (2017). Informe “Diagnóstico Igualdad de Género en Ciencia, Tecnología e Innovación en Chile”

* Este artículo fue publicado originalmente para la edición #6 de Revista Endémico: Ecofeminismo. Puedes encontrar la revista completa aquí

Sobre la Autora:

Silvana Collado es bióloga y doctora en oceanografía. Actualmente participa activamente de la ONG Conciencia Sur, que agrupa a mujeres feministas con formación científica.

La observación de aves es una actividad en apariencia inofensiva, en todos los sentidos de la palabra. No busca dañar ni a las aves ni a sus ecosistemas, sino todo lo contrario, es una actividad centrada en la contemplación y el estudio de las aves en sus propios hábitats. Es, por otro lado, una práctica […]

La observación de aves es una actividad en apariencia inofensiva, en todos los sentidos de la palabra. No busca dañar ni a las aves ni a sus ecosistemas, sino todo lo contrario, es una actividad centrada en la contemplación y el estudio de las aves en sus propios hábitats. Es, por otro lado, una práctica que puede darse en familia o con amigos; en grupos más o menos especializados. Sin embargo, la observación de aves no deja de estar atravesada por ciertas ideas y sesgos que han dominado la vida corriente y la ciencia durante siglos. La observación de aves implica dos cuestiones fundamentales para su práctica. Por un lado, conlleva la ocupación de espacio público, el cual ha sido manejado históricamente por hombres —»occidentales y con poder adquisitivo» como dicen Las Garzas Brujas. También, supone un diálogo continuo con la ornitología, que, como toda disciplina científica, se encuentra manejada principalmente por varones. Este es el contexto en el que trabajan y reflexionan Las Garzas Brujas, una agrupación de observadoras de aves que busca integrar esta actividad y la conservación de la naturaleza a las prácticas feministas.

La observación de aves implica dos cuestiones fundamentales para su práctica: la ocupación de espacio público y supone un diálogo continuo con la ornitología. Ambas áreas ocupadas y manejadas históricamente por hombres © Mercedes Fino.

Las Garzas Brujas es el nombre y emblema de la “Colectiva de Observadoras de Aves Feminista” (COAF). Esta agrupación argentina surge posterior a la creación de los “Clubes de Observadores de Aves” (COAs). Estos últimos son una iniciativa que comienza en el año 2007 de la mano de la organización trasandina «Aves Argentinas». Estas agrupaciones trabajan por el cuidado de las aves y sus hábitats, realizando en sus localidades todo tipo de actividades orientadas a la educación ambiental. Sin embargo, parte de las integrantes de estos clubes no se sentían cómodas con algunas actitudes de sus compañeros ambientalistas, que solían hacer chistes machistas o aprovechar las salidas a terreno para acosarlas. De este malestar se devino la insurrección de las que hoy integran la COAF.  

“¿Cómo es posible cambiar, conservar o cuidar la naturaleza si tantos de nuestros «compañeros» se comportan con nosotras como si fuésemos recursos a explotar y someter constantemente?” se preguntaron, como punto de partida, las integrantes de la COAF. La idea, entonces, fue crear un espacio de encuentro, esta vez en un “nido seguro” como dicen ellas más libre y desde un espacio horizontal y de sororidad, no solo en el ámbito de la observación de aves, sino también en la conservación de ambientes naturales en general. Lo anterior, sin perder de vista la visibilización de las luchas territoriales, la perspectiva eco-feminista y, por supuesto, el goce.

Prontas a cumplir tres años desde su formación y con más de quince integrantes activas, Endémico web entrevistó a Las Garzas Brujas como colectiva, para saber más sobre sus actividades de observación de aves y acerca de sus labores de conservación del medio ambiente, pero también, respecto a la relación de su trabajo en el campo de la ornitología, el activismo ambiental y sus vínculos con el feminismo. 

La Colectiva de Observación de Aves Feminista © Laura Reyes.

Los inicios: de COA a COAF

¿Nos pueden contar sobre el origen de la Colectiva de Observadoras de Aves Feminista? ¿Qué las diferencia de otras agrupaciones de observación de aves?

COAF: En Argentina existen los COA (Clubes de observadores de aves originados a través de la ONG Aves Argentinas) y algunas de nosotras participamos en estos COAs. El núcleo de estos grupos lo componen los socios de Aves Argentinas que cuentan con algunos roles, principalmente el de la coordinación. Estos cargos suelen estar en manos de varones.

Sumado a esto, varias de nosotras veníamos sufriendo actitudes machistas dentro de los COAs y con otros compañeros varones del “ambientalismo”. Así fue que nos empezamos a reunir, compartir y ponerles nombre a estas experiencias; a descubrir que todas estábamos hartas de la violencia que sufrimos en varios de estos grupos y del nulo acompañamiento institucional que tuvimos cuando eso incluso recrudeció.

Durante los primeros meses de 2018 a una compañera le comentaron de un grupo similar a los COA en Estados Unidos, que se nombraba como feminista: el Feminist Bird Club de New York; y le pareció una buenísima movida. Coincidió que en Argentina, en ese momento estábamos en pleno furor del movimiento feminista “marea verde”, porque ese año se trató la ley de acceso seguro, gratuito y legal al aborto. Es decir, era un momento en que se estaban dando muchos debates. Nosotras estábamos en esa sintonía. 

Molly Adams con algunas integrantes del Feminist Bird Club de New York © Sophie Butcher.

Bajo este contexto fue que decidimos formar la Colectiva de Observadoras de Aves Feminista (COAF). En parte, porque somos militantes por el cuidado de la naturaleza, lo disfrutamos y queremos preservar la biodiversidad. Pero además, porque se nos reveló como urgente y necesario repensar en las formas en que nos estamos vinculando entre nosotres humanes—. Debíamos dar cuenta cómo esas formas desiguales y atravesadas por violencias machistas se reproducen luego en la forma en que como especie humana nos comportamos con la naturaleza y sus especies. Nos preguntamos, entonces, cómo es posible cambiar eso, conservar o cuidar a la naturaleza, si tantos de nuestros “compañeros” se comportan con nosotras como si fuésemos recursos a explotar y someter constantemente. Queríamos visibilizar esta problemática y repensarla colectivamente. 

Con la formación de la COAF pensamos en un concepto amplio de ambiente, desde una perspectiva de género que nos permite pensar dos veces cómo nos estamos vinculando y cómo esas formas afectan a la biodiversidad (humanes incluidos). Entendemos que es necesario priorizar el cuidado, la sororidad, la horizontalidad y el respeto a las diversidades, sin descuidar el disfrute y el goce por la vida. Lo más importante es asumirnos en un proceso de reflexión y aprendizaje, de cuestionarnos lo dado y construir nuevas formas de vincularnos (probablemente sea un proceso continuo, sin fin, ¿no?). Queremos que la COAF sea un espacio para encontrarnos en un nido seguro, y más libre, para luchar por nuestra naturaleza desde un territorio más amable, intentando repensar las violencias que nos atraviesan y hacer algo para minimizarlas.

Jornada de observación organizada por la COAF en la Reserva Municipal Santa Catalina, donde fue encontrado el cuerpo de Anahí Benítez, una adolescente de 16 años asesinada el 2017. La idea de este encuentro no solo fue el avistamiento de aves, sino también, hacer una conmemoración de este femicidio © Mercedes Fino.

En ese sentido ¿cuál es la relación entre llamarse “Las Garzas brujas” y la militancia medioambiental y de género? ¿Por qué deciden autodenominarse así?

COAF: En principio se asocia al nombre COAF, ya que este surgió un poco como chiste o ironía. Esto porque la principal tensión la sentíamos con respecto a los COAs, que como dijimos se habían tornado un espacio donde no siempre encontrábamos lugar ni teníamos voz —aunque esto ha ido cambiando un poco en algunos COAs donde nuestros reclamos hicieron eco, pero desde otros, en cambio, recibimos mucho rechazo y agresión hacia nuestras acciones. Así, nos pusimos Colectiva de Observadoras de Aves Feminista, en conversación con las siglas “COA” (Clubes de Observación de Aves). Un juego de letras que nos permite poner en escena una problemática, una manera de visibilizar, de hacer ruido. Entonces, como los COAs “oficiales” suelen tener un ave emblema que los representa, nosotras decidimos que nuestra ave sería la Garza bruja (Nycticorax nycticorax). Hay un guiño en esta elección hacia la historia de las mujeres perseguidas por ser consideradas brujas y la apropiación de este término por parte del movimiento feminista.

Nycticorax nycticorax o Garza Bruja —emblema de la COAF— se la suele observar pernoctando en los árboles de las ciudades cercanas a las playas o en los manglares y pantanos costeros de agua dulce, también es vista en algunos estanques y ríos. Su tamaño es de alrededor de los 60 cm y no presenta dimorfismo sexual, es decir, no existen grandes diferencias entre macho y hembra © Alps Dake.

Ciencia, ecología y cruces feministas

¿Qué significa y qué implicancias tiene ser feministas en el campo de la ornitología?

COAF:  El campo de la ornitología en particular —y del conocimiento en general— no está exento de machismos. La observación de aves originariamente, y aún, es una actividad bastante acaparada por hombres occidentales y con poder adquisitivo, ya que implica tener acceso a tecnología, posibilidades de viajar, etc; y que además, tiene una veta claramente colonial, étnica, etc. Por otro lado, en nuestra sociedad, ser mujer y estar sola en espacios naturales es considerado un acto peligroso, de exposición. Algo que siempre recalcamos y que cuestionamos es que cuando vamos a lugares que desde la urbanidad se asocian a “baldíos” o “terrenos abandonados” se nos advierte que son “peligrosos”. La solución es que no vayamos, o vayamos acompañadas de varones, por supuesto

Lo anterior no hace sino reproducir dos cosas, principalmente. La primera es una clara mirada de que cualquier espacio que esté asilvestrado, no domesticado, no controlado por la capacidad humana es algo peligroso. La segunda, es que en vez de, en todo caso, ofrecernos seguridad para que podamos disfrutar del acceso al espacio público, se nos aconseje no ir porque somos mujeres. Entonces, si vamos, necesitaríamos ser tuteladas.

La COAF en la Reserva Santa Catalina. El lugar, a pesar de ser uno de los más importantes dentro de los alrededores de Buenos Aires en cuanto a la diversidad de hongos, no está muy bien cuidado. Es uno de esos espacios considerados “peligrosos” o “no aptos para mujeres solas” © Mercedes Fino.

Las ciudades claramente son una expresión de la desigualdad de género y esto se reproduce evidentemente en el uso y destino de los espacios públicos. Esa es una cuestión que nos interesa mucho, porque la mayoría del espacio verde en Buenos Aires se destina a actividades masculinizadas, como el fútbol. Pero a nosotras no se nos facilita el acceso ni se tienen en cuenta nuestros deseos sobre esos territorios. Por supuesto esto está vinculado a la cuestión de que son los varones los que han hecho siempre uso del espacio público y las mujeres relegadas a lo privado, y eso repercute claramente en estas actividades.

La ciencia, además, sigue siendo un campo “masculino”, asociado a la “razón” como atributo del varón, opuesto a la “emoción” atribuida a las mujeres. En la práctica, si miramos la conformación institucional de la mayoría de las instituciones, grupos y organizaciones “conservacionistas” y “ambientalistas” en general hay un marcadísimo sesgo donde los varones ocupan puestos vinculados a las tomas de decisión y a las áreas de ciencia y las mujeres los puestos vinculados a las habilidades más “sociales”, como la administración, educación, comunicación, etc. Además, donde más resalta —¡oh sorpresa! es en la cantidad de voluntarias, donde claramente el trabajo no remunerado es mayormente realizado por mujeres (estos datos salen de un relevamiento propio que se puede consultar online)

Por otra parte, y no menos importante, existen varias investigaciones científicas que demuestran el sesgo de género en la ornitología y varios papers describen cómo se han perjudicado hembras de algunas especies de aves porque se estudia sólo a los machos. En los libros y guías de ornitología también se suele representar en descripciones y fotografías al macho y no a la hembra. 

Existen varias investigaciones científicas que demuestran el sesgo de género en la ornitología y varios papers describen cómo se han perjudicado hembras de algunas especies de aves porque se estudia sólo a los machos. En los libros y guías de ornitología también se suele representar en descripciones y fotografías al macho y no a la hembra. 

Siguiendo la idea del sesgo de género, en la ornitología aunque en otras ciencias también existe el concepto de dimorfismo sexual (diferencias fisonómicas entre el macho y la hembra). Pueden ahondar en la relación entre este concepto científico y el activismo feminista? 

COAF: En la ornitología también se reproduce el machismo. Por convención, en las guías de observación de aves se describe al macho primero, y a la hembra en relación a este. Uno de los motivos usados para justificar esto es que los machos suelen ser más vistosos para nuestra sensibilidad y aparato visual, claro. Además, son fáciles de reconocer (con este criterio quizás, podría describirse primero el ejemplar más llamativo, sea este macho u hembra según especie). Lo que nos dice esto es que la ciencia no está por fuera de las dinámicas de poder imperantes en nuestra sociedad. Así, ninguna disciplina ni lenguaje son neutrales. 

Desde ahí debemos posicionarnos para mirar el mundo, cuestionarnos, invertir órdenes, jugar un poco con lo dado, es para nosotras una forma de reflexionar y hacer consciente el statu quo. De esta forma, aprovechamos esta cuestión del dimorfismo para visibilizar a las pájaras, que como han sido puestas en un lugar secundario se sabe mucho menos de sus características, con consecuencias, incluso, en las políticas de conservación de especies. La iniciativa, entonces, fue crear los «viernes ornitofeministas», una sección de divulgación en la que describimos a las aves usando nombres «feminizados» y privilegiando a las hembras sobre los machos. Realizamos una descripción científica que incluye, además, leyendas, saberes populares, etc. También es una elección ilustrar las aves con imágenes (fotografías o ilustraciones) de autoras mujeres, dándonos espacio en un ámbito históricamente ocupado por hombres. 

Esta es una de las formas en que intentamos dar cuenta de lo ideológica que es la ciencia y de la necesidad del conocimiento situado —¡gracias Haraway!*. Además, aprovechamos de divertirnos haciendo un poco de escándalo.

Como dicen “ninguna disciplina ni lenguaje son neutrales”. Esta frase resume uno de los grandes tópicos al que se enfrenta el feminismo y en general todos los activismos—. En este sentido ¿cómo ven las palabras relativas al mundo de las aves? Por ejemplo, palabras como “cotorrear”, “ser un picaflor” o “pajarear” que a veces suelen tener valoraciones negativas ¿Han pensado en casos que reivindiquen el lenguaje relativo al mundo de las aves?

COAF: El lenguaje no es algo neutro sino un terreno de batalla simbólica. Al patriarcado le corresponde una cultura y lenguaje androcéntricos, o sea, la perspectiva que convierte en universales el cuerpo, la mirada y la experiencia de los varones y los construye como sujeto universal del discurso. Una de las cuestiones que sufrimos bastante las mujeres cuando salimos a observar aves en grupos mixtos es bancarse los típicos “chistes” machistas del estilo “cállense cotorras”, “cierren el pico”, etc., en la línea que mencionan. 

Nosotras, como dijimos anteriormente, dimos vuelta eso y lo que hicimos fue enfocarnos en las hembras, creando fichas con información y usando nombres del estilo “torda”, “churrincha”. “Feminizamos” el nombre vulgar de las especies. Al principio resultó bastante escandaloso y nos acusaron de terrorismo contra el lenguaje y cosas del estilo, pero luego vimos cómo caló profundo en algunes colegas y estuvo muy bueno.

De forma lúdica pudimos generar un pequeño temblor y lograr un mínimo de reflexión, ya que quedó bastante visibilizado que el tema no es el nombre del ave, ya que nombres de pájaros hay muchísimos cada pueblo le pone uno diferente a cada especie sino el gesto político detrás de llamarles como “mujeres”. Similar fue la reacción cuando armamos flyers invitando a las salidas de observación y le pusimos el pañuelo verde a las aves (en apoyo a la campaña por la sanción del aborto legal, seguro y gratuito), lo que causó tremendo revuelo en nuestros compañeros más patriarcales. Quienes, además, demostraron poco conocimiento de las maravillosas y crueles formas en que se expresa la naturaleza, insistiendo en que “no existe el aborto” en el reino animal y todo parece ser puro amor y, especialmente, “instinto maternal incondicional”. 

Sin embargo, para navidad suelen decorar sus diseños con gorritos de papá noel en cada pajarito que dibujan y nadie parece escandalizarse por eso. En fin, la doble vara de la moral patriarcal atraviesa de lleno esos discursos de pretensión científica y neutralidad.

Un cuco común (Cuculus canorus) siendo criado por un carricero común (Acrocephalus scirpaceus). Los cucos comunes practican el “parasitismo de puesta”. Es decir, las hembras ponen sus huevos en los nidos de otras especies de aves, aprovechando la ausencia de sus dueños y haciendo que otras aves críen sus polluelos © AgePhotoStock.

Anteriormente comentaban las diferencias de género que existen en el uso del espacio público. En relación a esto y pensando en el activismo que ejercen ¿cómo definen el territorio? ¿Cómo se posicionan dentro de este? 

COAF: El territorio es una configuración espacio temporal de vínculos entre seres y sus condiciones de existencia. Traducido, cuando hablamos de territorio “natural” no sólo nos referimos a un parque nacional o espacio “prístino” sino a cualquier configuración espacial donde hay seres vivos interrelacionándose, ya sea un área urbana o no. A nosotras nos interesan y consideramos que la naturaleza incluye a los seres humanos dentro de su configuración y tratamos de construir como miembras de esta especie junto a otros seres vivos y en convivencia, espacios donde se privilegien los vínculos de respeto y cuidado entre nosotres, sin importar la especie. 

Cuando hablamos de territorio “natural” no sólo nos referimos a un parque nacional o espacio “prístino” sino a cualquier configuración espacial donde hay seres vivos interrelacionándose, ya sea un área urbana o no.

Es en ese sentido que el patriarcado termina siendo más problemático en este ámbito. Si lo pensamos, este es un sistema que impone jerarquías, diferencias, desigualdades, y las impone a través de construir y perpetuar sensibilidades sin empatía y violentas, dirigidas hacia la dominación y la competencia. En reglas generales, esa sensibilidad nos atraviesa a todes y particularmente a las masculinidades que cargan con los imperativos sociales y son generadas en esa cultura machista de la dominación. Esto, se traduce en la cosificación de la naturaleza y todos los vivientes que son considerados “menos” en la escala de valores regida por ese estatus patriarcal: todo lo que no es varón, es menos valorado y por ende, puesto a disposición de quienes se posicionan en la cima de la escala.

La observación: Jornadas y Actividades

Nos gustaría que nos contaran sobre las actividades que realizan en una jornada de avistamientos ¿En qué consiste el encuentro con “Las Garzas Brujas”?

COAF: Muchas de las salidas surgen de una invitación, la inquietud de una compañera o simple curiosidad, y lo primero que hacemos cuando tenemos un lugar en mente es contactarnos con las mujeres de la comunidad local, las compañeras que habitan y conocen el territorio en cuestión. Esto para nosotres es parte de la pertenencia a los espacios y el reconocimiento de las luchas. Luego coordinamos fecha, recorrido y armamos una convocatoria abierta para mujeres y disidencias, con todo el trabajo que esto implica. A veces somos muy detallistas, la verdad, y pensamos cómo ilustrar el flyer con un ave que represente el territorio, muchas veces ilustrada o fotografiada por una mujer. Tenemos nuestros pequeños rituales y estos van cambiando según el territorio y contexto. También coordinamos el traslado, nos agrupamos y acompañamos a quienes se quieran sumar. La idea es que viajemos como colectiva y que lo disfrutemos.

Durante la jornada que se llevó a cabo en la Reserva Santa Catalina, una de las actividades fue la plantación de un Ceibo. Esto, a modo de conmemorar el femicidio de Anahí Benítez. De acuerdo a una antigua leyenda guaraní, esta planta creció en el lugar donde asesinaron a Anahí, una indígena que tras defender a su pueblo de los colonizadores, fue atrapada y asesinada en manos de estos últimos. Así, este árbol se convirtió así en símbolo de valentía y fortaleza © Pixabay.

Durante la jornada se recorre el lugar visitado, a veces son parques donde la biodiversidad es muy variada y es una oportunidad para identificar especies nativas y no (flora y fauna); cómo afectan o no a ese ambiente y qué otras amenazas enfrentan. Esto último, por lo general tienen que ver con disputas por el uso del territorio (desde emprendimientos inmobiliarios hasta deportivos, empresas y particulares que descartan basura, tomas de tierras, etc.). Hay una variedad de cuestiones importantes y una debilidad institucional para hacerles frente, además de poca vocación del Estado para equilibrar situaciones o garantizar la participación ciudadana en la toma de decisiones sobre los territorios. 

Cuando visitamos estos territorios en resistencia, vamos conociendo estas problemáticas y la lucha que llevan adelante quienes lo defienden. En general no sólo avistamos aves, también la vegetación e historia. En algunos lugares hay construcciones históricas que le dan más valor al territorio y la defensa de ese espacio. Lo mejor en esos eventos es el encuentro entre nosotres —humanes y no humanes— en estos lugares. Quienes participamos nos transmitimos saberes tanto académicos como ancestrales, que van desde reconocer plantas medicinales hasta la descripción de algún insecto benéfico para, tal vez, la misma planta. La idea es compartir aprendizajes de forma completamente horizontal, donde no hay quien guíe el recorrido ni se otorgue el lugar del saber, sino hacerlo juntes. Solemos finalizar estos encuentros con una ronda de reflexiones mientras compartimos comida y bebida. Realmente es un placer.

¿Ya tienen pensado algún encuentro? ¿Qué se viene para este 2021? 

COAF: El 2020 fue un año muy particular para todes. Quizás nuestro objetivo inicial en este año sea volver a encontrarnos poniendo el cuerpo en el territorio, con las nuevas formas de cuidar aprendidas y las luchas ahí bien presentes. Son momentos de cambio. Si hay algo que esta pandemia demostró es que no podemos seguir viviendo de espaldas al ambiente. Por otro lado, en Argentina cerramos el 2020 con un nuevo derecho conquistado. A fuerza de años y años de organización y lucha logramos el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, que lejos de ser el fin de un recorrido, es el inicio de un largo camino a transitar juntes ¿quién nos para ahora? La verdad es que como eco-feministas sabemos que es necesario hacer cambios muy profundos en las sociedades, que implican justamente transformar radicalmente las formas en que, al menos desde la modernidad, una parte de la humanidad impuso hacia el resto de seres vivientes y que están llevándonos a todes al colapso. Por eso aportamos desde nuestro lugar, nuestros territorios, experiencias y redes para, de a poco, pero con urgencia, incidir en esa transformación que creemos necesaria. Apostamos a hacer crecer sensibilidades y afectos que contemplen nuestra eco-dependencia, la creación de vínculos solidarios, la ayuda mutua, la empatía, las pasiones alegres hacia humanes y no humanes. Creemos que ese es el camino que debemos transitar si queremos construir un mundo mejor para todes y con algún atisbo de futuro digno, para nosotres y para quienes vendrán luego.

La verdad es que como eco-feministas sabemos que es necesario hacer cambios muy profundos en las sociedades, que implican justamente transformar radicalmente las formas en que, al menos desde la modernidad, una parte de la humanidad impuso hacia el resto de seres vivientes y que están llevándonos a todes al colapso.

Por último y solo por ingenua curiosidad ¿Tienen aves favoritas? ¿Nos podrían compartir algunas?

COAF: Creemos que el acento no está puesto en una especie, de hecho no sólo hacemos observación de aves. Como dijimos el nombre de la Colectiva fue más una intención de lograr una reacción, un juego de lenguaje; y como muchas participamos de la observación de aves, ya que las aves son más comunes también en áreas urbanas, optamos por ese nombre. Pero la realidad es que cuando “salimos” a la naturaleza la dinámica que se genera tiene más que ver con sentirnos parte de los territorios, conocer su historia, quiénes los defienden, qué problemáticas atraviesan las compañeras que están en esos lugares. Si podemos, hacemos algo para dar una mano en el cuidado del lugar, y, por supuesto, nos divertimos y miramos aves, plantas, insectos, hongos, etc. Todo nos llama la atención, pero principalmente porque ya estamos mirando con esos ojos; “los binoculares violeta del feminismo” les decimos… no sólo tiene que ver con anotar cada especie y competir a ver quién vio más, sino con entendernos como parte de un planeta y de un ecosistema del que poco nos enseñan en la escuela, pero que ahora tenemos la capacidad de conocer de forma colectiva. Cuidarlo y (re)generar esos lazos solidarios con nuestra historia, que es tan social como es ecológica, asumir que somos esta naturaleza y que esos animales y plantas con los que convivimos son parte de nuestro hábitat y disfrutamos su compañía. 

Después claro, en lo personal tenemos quizá especies favoritas, porque somos todas de distintos lugares y tenemos experiencias diferentes y vínculos más o menos cercanos con alguna especie u lugar en particular. Cuidamos espacios diferentes y en cada uno probablemente haya algo especial que cada una atesora más por su cercanía emocional. Acá en la Ciudad de Buenos Aires y alrededores cada pedacito de tierra asilvestrado y público es defendido con dientes y garras. Allí están las Garzas Brujas para poner el cuerpo y hacer bandada, con humanes y no humanes, tratando de continuar con la tarea del cuidado de lo que hay de regeneración de la naturaleza y convivencia, pedacito a pedacito, plantando, cuidando, sembrando… de a poco pero con firmeza.

Para la COAF «salir» a la naturaleza tiene que ver con sentirse parte de los territorios © Mercedes Fino

* Conocimiento situado es un concepto que hace referencia a una postura epistemológica crítica desarrollada por Donna Haraway en su libro Ciencia, cyborgs y mujeres: la reinvención de la naturaleza (1991). Con él propone hablar de los objetos de estudio poniendo en evidencia el lugar desde el cual se parte, ya que, independientemente del tipo de método empleado, ningún conocimiento está desligado de su contexto ni de la subjetividad de quien lo emite.

Imagen de portada: La COAF en la Reserva Santa Catalina © Laura Borsellino.

 

Encuentros de Cine y Feminismo inaugura su segunda versión, esta vez de manera virtual a causa del momento de pandemia en el que nos encontramos. La invitación busca reunir a las personas través del cine y el feminismo, para conversar sobre posibilidades nuevas de relacionarnos entre nuestra especie y el planeta. El feminismo viene proponiendo […]

Encuentros de Cine y Feminismo inaugura su segunda versión, esta vez de manera virtual a causa del momento de pandemia en el que nos encontramos. La invitación busca reunir a las personas través del cine y el feminismo, para conversar sobre posibilidades nuevas de relacionarnos entre nuestra especie y el planeta. El feminismo viene proponiendo nuevas formas de vida hace años y hoy, que el sistema patriarcal se ve estresado por una catástrofe sanitaria, queda en evidencia la desprotección y vulnerabilidad de los habitantes de las sociedades en este sistema de capital.

Para este primer encuentro la temática abordada será “Ecofeminismo en Chile”, donde se proyectará a modo pre-estreno el cortometraje documental “Siluetas de Agua” de la realizadora chilena Violeta Paus (City Plaza Hotel).

Luego se realizará un conversatorio, a través de una plataforma de encuentro online, con la directora del documental Violeta Paus, con Francisca Fernandez, antropóloga social e integrante del Movimiento por el Agua y los Territorios y del Comité Socioambiental de la Coordinadora Feminista 8M, y Camila Cifuentes, bióloga feminista.

Biografía invitadas: 

Violeta Paus, estudió Cine en Buenos Aires y Artes Visuales en Chile. Filmó su primer documental, Ajawaska, fragmentos de un viaje a las alturas en los Andes peruanos. En Francia realizó la instalación multimedia Sin panteón. Luego realiza, junto a la directora alemana-argentina Anna Paula Hönig, el cortometraje documental “City Plaza Hotel”, sobre una niña afgana refugiada en un hotel en Grecia, el cual estuvo en la edición 2019 del festival Clermont-Ferrand y en la sección Generation Kplus en el Festival Internacional de Cine de Berlín ese mismo año. Actualmente trabaja en Siluetas de agua, un proyecto sobre contaminación de aguas dulces en Chile.

Francisca Fernández Droguett, Francisca Fernández Droguett, antropóloga y doctora en Estudios Americanos, integrante del Movimiento por el Agua y los Territorios y del Comité Socioambiental de la CF8M, docente de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano e integrante del Grupo de Trabajo CLACSO Ecología(s) Política(s) desde el Sur/Abya Yala.

Camila Cifuentes, es bióloga ambiental y magister en ciencias biológicas de la Universidad de Chile. Ha trabajado haciendo investigación en ecología y biodiversidad de los bosques templados y en divulgación de la ciencia. Actualmente trabaja en el Instituto de Filosofía y Ciencias de la Complejidad (IFICC) y está haciendo el doctorado en Ecología y Evolución en la Universidad Austral (Valdivia).

 

Francoise d’Eaubonne, una valiente pionera del Ecofeminismo

Novelista, poeta, feminista y activista por los derechos homosexuales, Francoise d’Eaubonne, la mujer que acuñó el término “ecofeminismo”, se formó en la lucha por los derechos de la mujer de la mano de, nada más ni nada menos que Simone de Beauvoir. Desde su juventud, d’Eaubonne bien sabía sobre gases contaminantes, revoluciones, guerras y derechos […]

Novelista, poeta, feminista y activista por los derechos homosexuales, Francoise d’Eaubonne, la mujer que acuñó el término “ecofeminismo”, se formó en la lucha por los derechos de la mujer de la mano de, nada más ni nada menos que Simone de Beauvoir. Desde su juventud, d’Eaubonne bien sabía sobre gases contaminantes, revoluciones, guerras y derechos olvidados.

D’Eaubonne nació en París en 1920, cerca de 8 meses después de la firma del Tratado de Versalles, que dio por finalizada la Primera Guerra Mundial. Su padre, cercano a las ideas anarquistas, fue parte de un movimiento religiosos francés. Su madre era hija de un revolucionario carlista.

En el ensayo ‘El feminismo o la muerte’, Françoise d’Eaubonne expresó las ideas de la ecología feminista.

La inhalación de gases tóxicos en las trincheras dañó severamente la salud de su padre, por lo que la familia se trasladó a vivir a Toulouse, relativamente cerca de la frontera con España y el mar, lejos de la gran ciudad.

A sus 16 años estalló la guerra civil en Francia, a los 19 vio llegar a los republicanos exiliados de la guerra civil española, a sus 29 el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y más tarde presenció los efectos del Holocausto en la misma cara de los judíos que sobrevivieron.

Durante estos años, se encontró con las páginas de “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir. Se volvió militante feminista y por un tiempo formó parte del partido Comunista. A sus 40 años, en 1960, fue acusada de insurrección y traición a la patria por firmar el Manifeste des 121, en protesta contra la represión colonial en África y a favor de la desobediencia civil.

El levantamiento de mayo de 1968 fundó las bases para el pensamiento feminista que desarrollaría d’Eaubonne

Fue en 1968 que el Mayo Francés sentó las bases para el levantamiento feminista. Este quiebre socio-político dio pie al cuestionamiento de la autoridad, tema que se relaciona directamente con el planteamiento de una nueva y potente rebeldía contra el control del hombre hacia la mujer. Se dio rienda suelta a la palabra y la lucha femenina y social.

Las áreas de interés de d’Eaubonne no dejaban fuera la lucha por los derechos de los homosexuales, es por esto que en 1971 funda, junto con Guy Hocquenghem, el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria. Luego, en 1973, formó parte de las mujeres que firmaron el Manifeste des 343, redactado por Simone de Beauvoir. El documento se presenta como una de las primeras manifestaciones de desobediencia civil a favor del aborto y los métodos anticonceptivos libres.

El eco-feminismo de d’Eaubonne tiene la mira fijada en el útero y el potencial de gestación de la mujer, en un momento donde la sobrepoblación y el control de natalidad comenzaban a ganar cada vez más importancia.

Otras pensadoras feministas como Simone de Beauvoir y Rachel Carson fueron significativas en la producción ensayística de Françoise d’Eaubonne

En el contexto internacional, 1970 – 4 años antes de que ecología y feminismo se encontraran en la pluma de d’Eaubonne – fue un año importante para el mundo ambientalista. Si bien el movimiento se remonta al siglo XIX, fue a principio de los ‘70 que el llamado Grupo de Roma encargó a científicos de Massachusetts un estudio sobre los problemas que estaba generando el desarrollo de la industria y la globalización.

Dos años después se publicó “The Limits of Growth”, un documento que analiza los primeros 60 años del siglo XX y explica cómo los efectos de la modernización influirán negativamente en los próximos 140 años, mostrando un panorama extremadamente negativo para el año 2100 si no se toman medidas al respecto.

Ese mismo año, en 1972, la ONU convocó la Conferencia de Estocolmo. Por primera vez se discute en un organismo político-internacional, como tema principal, la crisis medioambiental. A partir de estos hechos, estallaron los movimientos ambientalistas entre 1970 y 1980.

Novelista, biógrafa, poeta; el legado de Françoise d’Eaubonne se ha supeditado a su labor política, que la llevó a dar con algunas de las claves que hoy manejan los movimientos feministas.

Dentro de este gran engranaje que ponía a andar la acción y discurso de distintos personajes defensores de la ecología y el feminismo, es que, en 1974, Françoise publica “Le féminisme ou le mort” (El feminismo o la muerte). En este ensayo, d’Eaubonne menciona por primera vez el término ecofeminismo y explica que es el patriarcado el que se adueña del potencial reproductivo de la mujer, explotándolo, al igual que explota un recurso natural, para tener más y más hijos. Esta explotación es la que ha llevado a la sobrepoblación.

Por lo anterior, la ecología necesita del feminismo para luchar por su bien, y el feminismo necesita de la ecología para justificar, una vez más, los métodos de control de natalidad, en pos del planeta y la humanidad. “El feminismo, al liberar a la mujer, libera a la humanidad entera”, escribe d’Eaubonne en su ensayo.

En 1978, Françoise fundó el movimiento Ecofeminista, teniendo poca repercusión en Francia, pero sí, mucho más éxito en países como Australia y Estados Unidos, donde la temática del ecofeminismo se venía insertando hace años con personajes como Rachel Carson y su Primavera Silenciosa.

Durante su prolífica carrera como activista y escritora, Françoise d’Eaubonne escribió más de 50 textos, entre poemas, ensayos y novelas. Dio cátedras sobre ecofeminismo en Estados Unidos y tuvo dos hijos, pero no existe información sobre el padre de ellos. Falleció en París el 2005 a la edad de 85. Su legado marcó a las generaciones posteriores en la defensa de los derechos de la mujer y del medioambiente.

La pertenencia de su familia a movimientos revolucionarios carlistas y a movimientos religiosos con base social marcó la vida de Françoise d’Eaubonne.

Crédito foto portada: Henri Rousseau, «El sueño», Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA)

Al reencuentro del cáliz

“Mujer, semilla, fruto, flor, camino”… verso del poema “Mujer” escrito por la venezolana Gloria Martín y que aparecía en un póster que tuve pegado en mi pieza en mis años de adolescencia. Se trataba de la imagen de la miliciana de Waswalito, una mujer que durante la revolución sandinista en Nicaragua fue fotografiada amamantando a […]

“Mujer, semilla, fruto, flor, camino”… verso del poema “Mujer” escrito por la venezolana Gloria Martín y que aparecía en un póster que tuve pegado en mi pieza en mis años de adolescencia. Se trataba de la imagen de la miliciana de Waswalito, una mujer que durante la revolución sandinista en Nicaragua fue fotografiada amamantando a su hijo mientras caminaba con un fusil al hombro luciendo una sonrisa amplia y luminosa. En aquellos años no entendía muy bien de qué se trataba esa imagen y el verso en ella escrito, pero definitivamente me parecía tremendamente poderoso. Pasadas varias décadas, cada vez me impregno más de estas palabras y, particularmente, en estos días de revolución social en Chile, las relaciono directamente con la posibilidad de que se genere un cambio capaz de transformar nuestra cultura y hacer de nuestra sociedad un espacio más justo y solidario. Pero, ¿cuál sería la relación entre lo que podríamos pensar como un “rol biológico” de la mujer en su capacidad de dar vida y la posibilidad de una transformación socio-cultural? La antropóloga Riane Eisler, en su libro “El Cáliz y la Espada”, se basa en múltiples evidencias científicas para plantear la existencia de una cultura pre-patriarcal, donde la facultad femenina de crear vida y de nutrir (el cáliz) era el poder supremo universal. Hace aproximadamente 9.000 años atrás habrían existido, y permanecido por varios milenios, sociedades en que los máximos poderes divinos estaban representados por una mujer, la madre que todo lo crea y que es en sí misma cíclica como la naturaleza.

Un tiempo en que no existían diferencias jerárquicas entre mujeres y hombres, en que se vivía pacíficamente (no hay evidencia de milicias ni fortificaciones) y en gran armonía con la naturaleza. Se trataba de sociedades altamente colaborativas y solidarias, donde características como la compasión, la empatía y el cariño fueron altamente valoradas. Sin embargo, existió en algún punto de la historia una transformación cultural, un quiebre marcado por el concepto del “sometimiento al poder” (la espada). Luego de este vuelco comenzó a existir una tendencia al control del otro y de la naturaleza a través de la apropiación de la verdad, se comenzaron a validar las guerras, la competencia, las jerarquías y el autoritarismo, y se comenzaron a subestimar las relaciones humanas y el respeto. En este escenario, nosotras mismas desarrollamos una desarmonía con nuestra esencia y sucumbimos ante el dominio masculino. Se desarrolló una cultura patriarcal que si bien ha tratado de ser contrapuesta a lo largo de la historia de la humanidad por algunas olas de resurgimientos femeninos, éstas han terminado siendo consumidas por la represión. En este punto es necesario aclarar que, tal como menciona Eisler en su texto, el problema no es el hombre como género, sino el sistema social donde el poder de “la espada” ha sido idealizado y donde las características femeninas han sido relegadas a un segundo plano y consideradas como una debilidad.

Así es como se ha desarrollado a lo largo de milenios y hasta nuestros días un sistema de violencia contra las mujeres que se da en distintos ámbitos, desde lo doméstico a lo público. A nivel mundial, según datos de la ONU, aproximadamente una de cada tres mujeres ha sufrido violencia física y/o sexual (esta cifra no considera el acoso), más de un tercio de las mujeres asesinadas anualmente mueren a manos de sus parejas o exparejas, un 72% de las víctimas de trata de personas son mujeres y niñas (la gran mayoría con fines de explotación sexual); aproximadamente, hoy existen 650 millones de niñas casadas antes de los 18 años (lo que se relaciona con interrupción en la escolarización y falta de oportunidades) y 200 millones de mujeres y niñas sufren de mutilación genital. Sin embargo, este sistema dominador está alcanzando sus límites; existe una especie de despertar generalizado y una representación clara de esto es el tremendo fenómeno mundial que ha significado la performance desarrollada por el colectivo feminista LasTesis.

En primer lugar, este clamor potente y profundo pone en el ámbito público lo que para muchas estaba puesto en el ámbito privado, por lo tanto, significa una liberación inmediata, una visión del abuso como un problema del sistema en que vivimos, no como un problema personal (“y la culpa no era mía…”). Por otro lado, aunque LasTesis hablan específicamente de la violación (siendo ésta junto con el femicidio los máximos actos de dominación ejercidos por el patriarcado), no solo representa a las mujeres que han sufrido abuso sexual, sino que nos representa a todas en cuanto hemos sufrido abuso de distinta índole por el simple hecho de ser mujeres (“el patriarcado es un juez, que nos juzga por nacer, y nuestro castigo, es la violencia que no ves (ya ves)…”). Cuando sufrimos discriminación laboral, cuando nos cobran más en los planes de las Instituciones de Salud Previsional (Isapres), cuando terminamos trabajando tres veces más que los hombres en labores domésticas que no son valoradas, cuando nuestras opiniones son desestimadas, cuando no podemos parir o amamantar cuándo y cómo nuestros cuerpos y nuestras crías demandan, cuando nos tratan de histéricas, cuando se nos exige socialmente cierta apariencia, cuando no recibimos pensión alimenticia para nuestras hijas e hijos, y un largo etcétera. Abuso tras abuso normalizado al que ahora decimos BASTA!!… y mujeres de todas las edades, creencias y condiciones sociales alrededor del planeta lo gritan fuerte, en una sola voz, a la vez que sueltan sus amarras. Porque la culpa no es nuestra, es del sistema patriarcal imperante.

En este sentido, y retomando lo planteado anteriormente, el despertar de muchas mujeres a nivel global podría realmente cambiar al mundo. Porque a través de nuestro grito libertario lo que buscamos finalmente no es solo la equidad de género, sino también la reivindicación de aquella diosa perdida en los anales de la historia y que representaba los ideales de una sociedad participativa y solidaria, donde las relaciones humanas, la creatividad, el respeto y el amor eran los ejes fundamentales, no el poder ni el control. La búsqueda de la reivindicación de la mujer en la sociedad, por tanto, necesariamente debe ir más allá de la lucha por la igualdad en derechos y oportunidades, el objetivo final debe ser un cambio en el sistema desde sus raíces.

El feminismo de hoy no es el feminismo de ayer, que perseguía asuntos que actualmente nos parecen tan obvios como es el derecho a voto. Ese feminismo pionero fue fundamental en cuanto evidenció la aberrante desigualdad de género y la puso en la discusión pública, pero hoy no podemos conformarnos, por ejemplo, con leyes que aseguren una mayor participación femenina en cargos públicos o que indiquen que debemos ganar lo mismo que un hombre por el mismo trabajo, porque si estos cambios se dan condicionados por el mismo sistema patriarcal no conllevarán a una equidad real y consistente en el tiempo.

©Anis Estrellada

Por supuesto que es imprescindible romper las cadenas, dejar la sumisión y exigir nuestros derechos. Evidentemente, debemos alzar fuerte la voz para que no nos sigan matando ni violando, pero si realmente queremos cambiar el sistema patriarcal por uno solidario donde la diversidad no implique inferioridad ni superioridad, entonces no tiene sentido utilizar el poder de la misma espada que nos somete. El feminismo que lucha, que combate y hasta que agrede, es una reacción casi obvia a la opresión que hemos sufrido por milenios, pero debería representar una etapa preliminar dentro de un gran proceso evolutivo en el que el objetivo final sea el encuentro del cáliz. No es necesario “abolir” la espada (la espada es control, abolir la espada sería abolir el control desde el control), el encuentro del cáliz debería naturalmente equilibrarla.

Por supuesto que los cambios socio-culturales no son fáciles ni rápidos, pero creo que estamos en un punto en que se vuelve crucial generar una revolución mayor que nos guíe a una reestructuración total en los ámbitos político, económico, científico y hasta espiritual, ya que de eso depende el logro de ideales tan importantes para la supervivencia de la humanidad, como son la paz, la justicia social y el equilibrio ecológico. Esta revolución mayor será exitosa solo si muchos de nosotros nos unimos de manera consciente y consecuente, partiendo por un cambio real en nuestras propias vidas.

Tal como plantea el filósofo y musicólogo chileno Gastón Soublette en el análisis de la contingencia social que vive nuestro país, una modificación en las estructuras (sociales) es estéril si no viene acompañado con la generación de un nuevo tipo humano, distinto al existente, un tipo humano conectado con la virtud y la sabiduría, conectado con el amor. El biólogo Humberto Maturana, desde su perspectiva científica, considera al amor como un fenómeno biológico, en cuanto a que se trataría de la emoción que, entrelazada con el lenguaje, fundamenta las actividades humanas y el desarrollo cultural. El sistema patriarcal nos ha engañado haciéndonos creer que el amor es una virtud que solo logran algunos afortunados y/o iluminados, porque lo cierto es que, tal como plantea Maturana, el amor es intrínseco al ser humano. En este sentido, la transformación del patriarcado hacia una cultura de la solidaridad que propone Eisler debería darse desde el fundamento de la biología del amor, ese amor que nos permite legitimar al otro. El valor de la espada debe derrumbarse primero en nosotros mismos, la respuesta no está en la lucha en contra del patriarcado (que sería darle valor a la espada), la respuesta está en dejar de alimentarlo a través del reordenamiento de nuestras prioridades. La reconexión con el cáliz, que no es otra cosa que el amor, representado por el respeto y la aceptación del otro como igual, debe ser en primera instancia personal. El cambio interior (individual) es fundamental para el cambio exterior (social).

En resumen, creo firmemente que nuestro futuro como humanidad depende de nuestra capacidad de conectarnos con lo femenino y de reivindicar las relaciones humanas relegadas por el patriarcado. También creo que el movimiento feminista, que en su base persigue la igualdad para todas y todos y es cada vez más fuerte a nivel global, probablemente lidere esta gran revolución necesaria para comenzar a construir un nuevo mundo. Quién sabe si esta eventual transformación cultural será suficiente para poder perpetuar nuestra especie, considerando que la naturaleza ha sido una víctima más del sometimiento patriarcal y ha sido devastada en pos del crecimiento económico y el progreso, y la debacle ambiental es tal que puede que no haya vuelta atrás… pero tenemos que intentarlo y trabajar conscientemente por la que probablemente sea nuestra única opción.

Nuestra colaboradora invitada es Silvana Andrea Collado Fabbri, bióloga de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, doctora en Oceanografía de la Universidad de Concepción, quien ha trabajado como asistente de Investigación en la Pontificia Universidad Católica de Chile (Santiago) y en la Universidad de Concepción.  Actualmente, participa activamente de la ONG Conciencia Sur, la cual agrupa a mujeres feministas con formación científica.

Las ilustraciones de este artículo fueron realizadas por Anis Estrellada, diseñadora industrial  (Universidad del Bio Bío) e ilustradora, también directora de arte de la ONG Amaranta y el Museo de las Mujeres – Chile. 

“STFI” es el apodo de Estefanía Leigthon (30), muralista que, después de 10 años de solo observar a sus amigos pintar las calles con murales, decidió aventurarse a hacerlo ella misma. Nacida y criada en Santiago de Chile, su profesión es diseño de vestuario, pero desde muy pequeña le llamaban la atención el graffiti y […]

“STFI” es el apodo de Estefanía Leigthon (30), muralista que, después de 10 años de solo observar a sus amigos pintar las calles con murales, decidió aventurarse a hacerlo ella misma. Nacida y criada en Santiago de Chile, su profesión es diseño de vestuario, pero desde muy pequeña le llamaban la atención el graffiti y los murales en las calles.

Hace unos años decidió irse de Chile y viajar por Latinoamérica, incluyendo países como Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Guatemala y México para así encontrarse con las raíces de este continente, y también las raíces indígenas: “Fue más fuerte que yo. Encontré en el muralismo otra manera de comunicarme, de hacer cosas con mis manos y tener una postura simultáneamente”, relata STFI durante el encuentro de creatividad en la ciudad, Citylab.

«Mujer de Patzun en Chimaltenango, Guatemala. Ilustración para el Museo del Mundo 2018.

¿Cómo fue tu contacto con culturas indígenas durante tu viaje por Latinoamérica?

Viajé durante cinco años en total, entonces viví muchas experiencias. Lo primero fue Bolivia. Fue mi lugar favorito por la manera en que se vive la cultura indígena allá. Esta está viva: en el cotidiano, en la ciudad, en los pueblos. Puedes ver sus tradiciones, la lengua viva, sus vestimentas, alimentación; no es algo que hay que buscar mucho para encontrar; ni oculto ni perdiéndose, está allí vigente. No quieren ser otra cosa más que la que ellos son. Lo defienden y lo protegen, eso es hermoso y muy inspirador.

De allí en adelante estuve en diversos lugares, con diversas realidades, historias y paisajes; desde las ciudades al campo, la playa, el mar caribe o la selva. Participé pintando en una universidad campesina en Ecuador, que nace desde la comunidad, desde sus propias necesidades. Aquí participan personas de otros países que van a aportar conocimientos y formalidades para seguir creciendo, pero también personas locales que viajan horas desde la selva para aprender, compartir sus saberes y solucionar las problemáticas sobre sus proyectos agrarios.

Fueron muchas instancias donde me acerqué y compartí con distintas comunidades, desde el muralismo –o el voluntariado– hasta celebraciones de ceremonias y rituales locales. Estos encuentros me llevaron a descubrir –entre otras cosas– distintas feminidades, y encontré en las mujeres indígenas una resistencia al sistema capitalista al vivir su feminidad a su manera, lo cual fue una contraposición a lo que yo sabía sobre cómo se debe ser mujer.

Aprendí sobre la cosmovisión de los pueblos indígenas –que se fundamenta en su relación con la madre tierra y la madre naturaleza– y me di cuenta como la mayoría de las personas  vive sin esas preocupaciones, sin saber cuál es su fuente de vida… tienen otros intereses y prácticas. Tan simple como, por ejemplo, que las mujeres indígenas no se rigen por el estereotipo de belleza establecida por la publicidad y que atormenta y mal educa a hombres y mujeres en todo el mundo. Al contrario, en los pueblos indígenas la belleza se nota en cada uno de sus rasgos bien definidos y autóctonos, y respetan tanto a la naturaleza que viven empoderadas de sus cuerpos, de sus quehaceres, de sus tradiciones. Como por ejemplo, al transmitir de generación en generación los saberes sobre medicina natural. Sin duda existen muchas problemáticas sociales pero la manera en que la mujer habita con valentía y naturalidad me conmovió, entre muchas otras cosas.

¿Y has tenido esta conexión con las etnias chilenas?

En el viaje me di cuenta de lo poco que sé de mis propios orígenes; de las culturas locales; del pueblo mapuche; de la perspectiva distante en que te hablan de la historia de Chile y de los pueblos originarios en el colegio; y de la información limitada que nos entregan los medios de comunicación. En el viaje entendí que no soy tan chilena y que el territorio es mucho más amplio, me sentí latinoamericana y me sentí libre y cómoda en cada lugar. Me representan diversos pensamientos que conocí viajando y sin duda quisiera aprender más de la cultura originaria de esta zona del continente.

¿Cómo crees que los chilenos (o santiaguinos) valorizamos las culturas indígenas?

Me pasa con el asesinato de Camilo Catrillanca… ver el rechazo por lo indígena, escuchar comentarios que ponían en valor lo material ante la vida de un hombre ¡No puede ser! Los pueblos indígenas son nuestro origen, la identidad latinoamericana es bellísima, es poderosa. Debiéramos respetarla y estar orgullosos de ello. Me avergüenza que el gobierno de Chile tenga una guerra con el pueblo Mapuche. Tuve un choque cultural muy fuerte al volver a Santiago.

Pero creo que hay mucha gente que está cambiando su mentalidad, muchos grupos activos que se están organizando para visibilizar muchas luchas, que yo apoyo. Creo que todas contra el patriarcado y capitalismo. Hay que hacer cambios profundos y ser valientes y fuertes, hay que aportar desde la experiencia, desde el hacer.

Esta vez, no me voy a ir, hay muchas cosas que quiero hacer. Quiero aportar desde el pintar en la calle, en muros colaborativos, talleres o lo que se pueda para ser más conscientes y más humanos. Eso es lo bonito del arte público: pintas un muro, y la gente puede ver en una imagen toda la inspiración que supera fronteras, representada en colores vivos, en la naturaleza diversa y en el retrato de la mujer latinoamericana y mestiza que representa la fuerza de la naturaleza.

«La música como musa inspiradora» U. de Chile 2018.

¿Consideras que tu obra se acerca al ecofeminismo?

Sí, es eso… sobre cómo se abusa de la tierra y de los derechos de la mujer. Yo retrato a la mujer mestiza, latinoamericana, diversa, de mirada profunda y empoderada de su ser y su cuerpo, con esa misma fuerza de la Tierra que nos sostiene. Quiero darle visibilidad a estas dos fuerzas que son tan vulneradas por este sistema patriarcal y capitalista.

¿Como has visto tú la lucha femenina en la obra de otros artistas? ¿Hay más mujeres pintando?

Veo que hay varias organizaciones de mujeres muralistas en Chile y en Latinoamérica en general que se están organizando por la necesidad de igualdad en el mundo de la pintura, en un ámbito más profesional. La cantidad de mujeres pintando crece cada día pero eso no es tan visible en proyectos de gran escala, como en las participaciones en festivales o encuentros de pintura. Siempre el porcentaje de chicas es más limitado. Creo que si no se abren espacios igualitarios es muy difícil subir el nivel y demostrar de que somos capaces. Lo bueno es que la calle es libre y quien quiere puede pintar, más con tantas pintoras organizadas acompañándose en este proceso e invitando a las nuevas pintoras a perder el miedo y a tomarse los espacios que nos pertenecen a todos.

¿Cuáles son tus planes para este año?

Mi reciente y primera exposición individual “Jardín interior” que se inauguró el pasado 14 de Dic en Galería Lira fue una hermosa experiencia, de concentrarme en el trabajo de taller, cosa que me hacía mucha falta con tantos años de viajar constantemente. Pude plasmar varias ideas y sensaciones que he tenido desde que volví a Chile sobre volver al hogar, ver el cuerpo como hogar, cuidarlo tal como cuando uno riega las plantas de nuestro jardín y habitar nuestro cuerpo con amor. La muestra fue muy visitada y recibí hermosas demostraciones de apoyo y muchos comentarios positivos al respecto, así que estoy muy contenta por eso. Ahora tengo ganas de poder mover la exposición en regiones para llegara a más personas.  

Por otro lado, también estoy comenzando el año con varios proyectos de murales. Pintaré en Estación Central la fachada de un colegio de niñas como parte de la campaña “Usa Tú Poder”. Luego viajaré a pintar a Calama (entre otros viajes que tengo por Chile este año). Volveré a Santiago en marzo para pintar la fachada de la Federación de estudiantes de la Universidad de Chile como parte del inicio de este año, que, ¡espero siga tan movido como está comenzando!

 

 

 

 

*Foto portada: «Mujer y Quetzal» Cartago, Costa Rica. 2017

Ilustración digital a pedido para taller de circulo de mujeres.