Rocas blancas. La imagen más común de ver en el mundo subacuático en los últimos años. Ya sea buceando, desde el cielo, en documentales o fotografías, el impacto visual es elevado. Los fluorescentes colores que hasta hace unos años caracterizaban los arrecifes de coral de las aguas tropicales y subtropicales del océano, hoy en día son eso... “rocas blancas”.

Vamos por el principio. El coral es un animal colonial compuesto por millones de estructuras más pequeñas, llamadas pólipos. Cada pólipo es una boca rodeada de tentáculos y en su interior habitan alrededor de un millón de micro algas por cm cúbico (medida de volumen).

Esta estrecha relación favorece a ambos: por un lado, los corales dan protección y un suministro constante de CO2 a las micro algas, y por otro lado, éstas a su vez, le proporcionan energía al coral a través de la fotosíntesis que hacen durante el día. Es esta relación la que permite que los corales de aguas poco profundas crezcan lo suficientemente rápido como para construir las enormes estructuras que llamamos arrecifes.

Al morir, la estructura completa de los corales se llena de largas algas © Cortesía de XL Catlin Seaview Survey, The Ocean Agency

Dado que el coral tiene la capacidad de construir su propia casa (generando la estructura más grande jamás creada por un ser vivo en el planeta), puede favorecer la interacción y las relaciones de simbiosis y cooperación entre sus habitantes, tal es el caso de quienes usan las instalaciones del coral como zonas de alimentación o zonas de constante tránsito, guarderías y refugio para peces, invertebrados y algas.

Es así como los arrecifes de coral se convierten en el más diverso de los ecosistemas marinos, en donde la colaboración es la principal herramienta para la supervivencia de más del 25% de toda la vida marina que se relaciona en estos ambientes.

En los últimos 30 años casi la mitad de todos los arrecifes de coral se han extinto.

Terry Hughes

A su vez, los arrecifes de coral aportan estabilidad al turismo local en todo el mundo, en especial en las zonas tropicales. Además contienen materias primas para crear fármacos de uso humano, brindan protección a las costas, al actuar como una zona de amortiguación de las grandes olas, reciclan nutrientes (optimizando el sustento de la comunidad), y otro gran número de beneficios.

Sin embargo, el investigador Terry Hughes y su equipo constataron que en los últimos 30 años casi la mitad de todos los arrecifes de coral se han extinto y se espera una tasa aún más acelerada en las próximas décadas (Hughes et al. 2017).

¿Pero qué hace que los corales de todo el mundo estén muriendo tan rápidamente?

Según indica la Convención de la Diversidad Biológica (CBD por sus siglas en inglés), publicada el año 2014, se establece que en los últimos 200 años, el océano se ha vuelto un 26% más ácido ya que ha absorbido más de una cuarta parte del dióxido de carbono (CO2)  liberado por los seres humanos, aumentando aceleradamente la temperatura del océano. Lo que usualmente llamamos calentamiento global tiene alcances cada vez mayores, erosionando la base funcional de los arrecifes de coral  y provocando su extinción masiva comúnmente conocida como “blanqueamiento de los corales”.

El blanqueamiento es una respuesta al estrés que sufre el coral por la abrupta alza de temperatura en el agua, expulsando a las micro algas de las que dependen para alimentarse, provocando que sus esqueletos pierdan su color y aparezcan «blanqueados» (Imagen 1).

¿Los corales blancos están muertos? Aún no, pero no tienen lo necesario para alimentarse y protegerse de manera correcta, por lo que su aspecto es la crónica de una muerte anunciada… Un coral blanco es un ser vivo en estado agónico.

El coral blanqueado es fotografiado en la Gran Barrera de Coral de Australia, cerca de Port Douglas, el 20 de febrero de 2017. © Greenpeace.

Como explica el investigador Justin Marshall, de la Universidad de Queensland, no pasa mucho tiempo desde que adquieren el color blanco, hasta su muerte, en donde la estructura completa se llena de largas algas (Imagen 2), las que usan a los pólipos muertos como fertilizante.

El primer evento de blanqueamiento de coral masivo fue informado en el año 1911 en Bird Key Reef, Florida. Grandes cantidades de corales estaban siendo afectadas durante condiciones climáticas inusualmente calientes, dejando muchas poblaciones de animales marinos muertos (Mayer, 1914). Sin embargo, desde 1979, comenzaron a observarse con mayor frecuencia, escala, intensidad y distribución geográfica los eventos de decoloración o blanqueamiento de los corales (Jackson et al., 2014).

El blanqueamiento es una respuesta al estrés que sufre el coral por la abrupta alza de temperatura en el agua

Un segundo blanqueamiento masivo ya se registraba en el año 1998 -el más grande registrado en la historia hasta ese momento-, seguido de un tercer gran blanqueamiento en el año 2002, decolorando la mayor parte de los 2000 km de longitud y 300 km de anchura de la Gran Barrera de Coral, la mayor colección de arrecifes de coral del mundo. Solo en el año 2016, el 29 por ciento del coral de esa misma área, murió como resultado del «blanqueamiento de los corales» y a comienzos del 2017, fue golpeada de nuevo, perdiendo aproximadamente otro 20% y dejando casi la mitad de la cobertura de coral muerta.

¿Qué pasa entonces si el equivalente submarino de las selvas tropicales se está blanqueando?

No sólo la Gran Barrera de Coral se está viendo perjudicada. Corales de todo el mundo están siendo blanqueados a una tasa nunca antes registrada. Esto desencadena problemáticas ambientales serias, ya que con la reducción de hábitat, por una parte, todo tipo de animal que vive en cooperación con este entorno, está destinado a desaparecer o a buscar una estrategia y un rápido «cambio de casa». Es por eso que quienes se alimentan, quienes usan los laberintos de los corales para proteger sus huevos, quienes que se camuflan con sus colores fluorescentes, quedan al descubierto e inevitablemente buscan otros sitios, incluso a veces a zonas en donde les es más difícil poder vivir.

Y por otra parte, las 400 millones de personas que viven a menos de 62 millas de los arrecifes de coral tropicales (CBD, 2014) se ven afectados de manera directa, desencadenando una disminución en el turismo y en la pesca local.

Esta es una de las consecuencias del ritmo en el que el océano se está calentando, lamentablemente más rápido del tiempo que tienen los corales para adaptarse a esa velocidad y poder recuperarse.

Restauración de arrecifes mediante “Guarderías de Corales” © Calipso Dive Center.

Manos en el agua

Uno de los proyectos que se está desarrollando en los últimos años para aumentar la cantidad de corales en aguas tropicales y subtropicales, es la restauración de arrecifes a través de crear «guarderías de corales».

Esta idea, si bien es relativamente nueva y falta mucho por afinar, se ha instaurado como un método para restablecer en cierta medida el equilibrio en zonas donde la «avalancha de calor» ha causado estragos.

La metodología parece ser simple en comparación a los beneficios que entrega a largo plazo: En algo similar a un «vivero» de coral artificial, se espera que los corales crezcan lo suficiente y en un entorno que les favorezca, para luego ser trasladados al arrecife degradado. Si bien ambas fases implican un proceso largo, es una idea que contempla bajos costos y también bajos impactos negativos sobre el ecosistema natural.

En la actualidad muchas Agencias, Organismos, Fundaciones, Científicos, entre otros, están apostando por este tipo de iniciativas. Sin embargo, la problemática no está exenta de desafíos.

Uno de los principales desafíos para el manejo de los arrecifes, radica en decidir dónde enfocar las acciones para reducir el estrés y la presión provocada por el ser humano. Una herramienta que se ha estado usando últimamente, es el Ecosystem-Based Management (EBM), un software que trabaja en base a reconocer toda la gama de interacciones dentro de un ecosistema, considerando los impactos acumulativos en los ambientes marinos, lo que permite gestionar la sostenibilidad de los recursos, de las especies y de los servicios que brindan.

El uso de estas herramientas puede ayudar a gestionar la conservación y el desarrollo. Por ejemplo, en el caso de la planificación espacial marina en las áreas de arrecife, algunos puntos clave son proteger la biodiversidad, impulsar una pesca sostenible y mantener sus funciones ecosistémicas, sin embargo factores tan importantes como la vulnerabilidad, la exposición y la resiliencia de los arrecifes de coral al acelerado cambio climático (Imagen 3), hasta el año 2014 raramente se consideraban. ¿Habrá bastado el casi exterminio de los corales, reportado hasta estos días, para poder introducir esos factores y trazar soluciones?

Una foto del antes y después del blanqueamiento de los corales. A la izquierda se observa el coral moribundo y a la derecha ya está muerto (cubierto por largas algas que usan a los pólipos muertos como fertilizante), en Lizard Island, en la Gran Barrera de Coral © Cortesía de XL Catlin Seaview Survey, The Ocean Agency

Si bien hoy en día se llevan a cabo actividades, convenios y compromisos por parte los Gobiernos y alrededor de 25 influyentes organismos locales e internacionales, como por ejemplo la UNEP, UNFCCC, IUCN, IMO, quienes abordan el cambio climático, las emisiones de CO2 y la acidificación del océano, las proyecciones no son alentadoras, ya que si los niveles de contaminación atmosférica se mantienen, los eventos de blanqueamiento sugieren convertirse en la norma más frecuente en las próximas cinco décadas.

Es por eso que se torna urgente dar vuelta este tipo de proyecciones alarmantes. Ser un consumidor informado logra impulsar cambios profundos, tales como preferir una economía circular por sobre una lineal, en donde se reduzca el uso de recursos y la huella de CO2 emitida anualmente.

Tal como nos cuenta Richard Vevers en el documental Chasing Coral. Es urgente inquietarse más por nuestro entorno y por las decisiones de las que somos responsables. Impulsar una microeconomía que tenga proyecciones reales hacia prácticas macroeconómicas sustentables. Es tiempo de invertir en sostener y restaurar los ecosistemas y nuestros hábitos. Es la única oportunidad para la supervivencia de los arrecifes de coral.

Foto de portada: imagen del documental «Chasing Coral».

Referencias:

Hughes, T. et al. (2017). Global warming and recurrent mass bleaching of corals. Nature 543: 373-377.

Jackson, C., Donovan, K., Cramer, L. & Lam, V. (2014). Status and trends of caribbean coral reefs: 1970-2012. Gland, Switzerland: Global Coral Reef Monitoring Network, IUCN.

Mayer, A. (1914). The effects of temperature on tropical marine animals. Carnegie Inst, Washington Publ. 183: 3-24.

Secretariat of the Convention on Biological Diversity (2014). An Updated Synthesis of the Impacts of Ocean Acidification on Marine Biodiversity (Eds: S. Hennige, J.M. Roberts & P. Williamson). Montreal, Technical Series 75: 99.

¿Seco, normal o lluvioso? Las inestables lluvias de Chile central

La acumulación anual de lluvia y nieve en Chile central es como una montaña rusa: pasamos de condiciones muy secas a años en extremo lluviosos. Dentro del periodo invernal, un día estamos en sequía extrema y, al siguiente, amanecemos en el rango “normal”. ¿Son estos cambios fruto exclusivo del caos de la atmósfera? ¿Existen factores físicos que modulan este régimen de precipitaciones? ¿Hay una incidencia del cambio climático? ¿Qué son ENSO, la IPO, SAM y la mancha cálida? A continuación, investigadores del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) de Chile, centro académico interdisciplinario que estudia el impacto del cambio climático sobre los ecosistemas y a la sociedad chilena (www.cr2.cl), nos explican qué son estos nombres extraños que se asocian a estos procesos complejos que se viven en Chile central, quedando claro el impacto que el cambio climático tiene hoy sobre la falta de precipitaciones.

Chile central, entre las regiones de Coquimbo y del Ñuble, se ubica inmediatamente al sur de una de las zonas más secas del planeta, el desierto de Atacama. Dependiendo de la latitud y altitud, este territorio recibe entre 50 y 2.000 milímetros (mm) de precipitaciones cada año, la mayor parte concentrada en el periodo invernal (de abril a septiembre), dando lugar a un clima mediterráneo y semiárido. Las precipitaciones en este territorio son, mayoritariamente, producto de la llegada de frentes fríos desde el Pacifico sur, usualmente entre cinco y quince cada año, con duraciones de uno o dos días. Estos frentes corresponden a delgadas bandas de fuerte contraste de temperatura en donde la circulación atmosférica produce ascenso de aire, condensación del vapor y precipitaciones (Figura 1).

Figura 1. Un sistema frontal aproximándose a Chile central. La flecha celeste representa el aire originado en latitudes medias, relativamente frío y seco, avanzando hacia el norte, mientras la flecha amarilla indica aire cálido y húmedo originado en latitudes subtropicales que avanza hacia el sur. La circulación ciclónica (a favor de los punteros del reloj) es producida por el centro de baja presión (letra B). Las zonas de encuentro del aire frío y cálido dan lugar al frente frío y cálido identificados en la figura. Las bajas presiones se encuentran insertos en el cinturón de los oestes (flecha verde gruesa), una banda donde los vientos son intensos soplando desde el Pacifico hacia Chile. Los frentes que logran llegar a Chile central (en el recuadro blanco) son mayormente del tipo frío, pero su avance hacia el norte se ve limitado por la existencia del Anticiclón del Pacifico, un centro de altas presiones (identificado por la letra A) muy estable y persistente.

Los sistemas frontales ocurren asociados a centros de baja presión que transitan, generalmente, en latitudes medias (al sur de los 40°S, la latitud de Valdivia) en el cinturón de los oestes. El avance hacia el norte de los sistemas frontales está limitado por el Anticiclón del Pacífico, un centro de alta presión y estabilidad atmosférica ubicado frente a las costas del norte y centro del país (Figura 1). Así, cualquier cambio en la intensidad o posición del cinturón de vientos del oeste y del Anticiclón del Pacífico altera la precipitación en Chile central, produciendo un régimen muy inestable. Por ejemplo, en verano, el anticiclón se extiende casi hasta la región de Los Lagos, produciendo un verano seco y cálido; por el contrario, en los meses de invierno, el Anticiclón del Pacífico y el cinturón se ubican más al norte, permitiendo el arribo ocasional de sistemas frontales, con su aporte de lluvias.  

Más allá de las estaciones

Aparte del ciclo anual del cinturón de los oestes y el Anticiclón del Pacífico, existen otros cambios en la circulación de la atmósfera que afectan el régimen de lluvias en Chile central. Están los que originan variaciones entre un año y otro (interanuales), dentro de un mismo invierno (intraestacionales), en la escala de décadas (interdecadales) y en el largo plazo (por ejemplo, las tendencias ocasionadas por el cambio climático). 

Las grandes variaciones de un año a otro (interanuales) se muestran en la Figura 2 mediante el registro de la estación Quinta Normal, en Santiago. Un ejemplo notable se aprecia entre el año 1997 y 1998. El primero fue uno de los años más lluviosos del registro, con 750 mm, mientras que, el segundo, es una sequía extrema con solo 80 mm en la capital. Estas variaciones conllevan grandes impactos en el medio ambiente, como el vigor del bosque esclerófilo que cubre parte de Chile central y el volumen de los glaciares en la alta cordillera. Estos cambios interanuales también afectan directamente a la población humana a través de la disponibilidad de agua potable y muchas de sus actividades, como la agricultura, la minería y la generación eléctrica.

Aparte del ciclo anual del cinturón de los oestes y el Anticiclón del Pacífico, existen otros cambios en la circulación de la atmósfera que afectan el régimen de lluvias en Chile central. © ActionVance.

Oscilaciones Interanuales

El Niño-Oscilación del Sur (ENSO, por sus siglas en inglés) es el fenómeno climático global con mayor influencia en estos cambios interanuales de la precipitación en Chile central. ENSO se manifiesta como una sucesión de años en que la temperatura superficial del mar (TSM) a lo largo del Pacífico ecuatorial es mayor (eventos de “El Niño”) o menor (eventos de “La Niña”) respecto al promedio histórico. Los eventos de El Niño o La Niña ocurren, usualmente, entre tres y siete años, y los cambios de la temperatura superficial del mar están estrechamente ligados a la presión y circulación atmosférica sobre la cuenca del Pacífico. En los años de El Niño hay un debilitamiento del Anticiclón del Pacífico, lo que permite el avance del cinturón de vientos del oeste y las tormentas del Pacífico sur hacia el norte de su trayectoria habitual. Lo anterior, sumado a un mayor flujo de humedad desde el Pacifico hacia la costa chilena, resulta en un incremento de la precipitación en Chile central durante esos inviernos. Por el contrario, en los años de La Niña el Anticiclón del Pacífico se fortalece, impidiendo el paso del cinturón de vientos y tormentas, lo que resulta en precipitaciones, generalmente, menores al promedio sobre la zona central. 

Al revisar los datos históricos, la relación El Niño/invierno lluvioso y La Niña/invierno seco es clara. Eso ocurrió precisamente con “El Niño del Siglo” en 1997 (muy lluvioso) y La Niña de 1998 (hipersequía). Sin embargo, hay notables excepciones a la regla general, como el año 2015, cuando un intenso evento de El Niño (El Niño Godzilla) no fue capaz de romper la sequía que ya nos acompañaba por cinco años en ese entonces.

Figura 2. Nuestro (inestable) régimen de precipitaciones. La línea celeste indica la precipitación anual en Santiago (estación Quinta Normal de la Dirección Meteorológica de Chile) que muestra las fuertes variaciones entre un año y otro, producto, en buena parte, del fenómeno ENSO. La curva naranja es un promedio móvil de 10 años que permite apreciar periodos de cerca de una década con condiciones más lluviosas o secas que el promedio de largo plazo.

Oscilaciones intraestacionales

En un mismo invierno pueden existir condiciones muy distintas entre un mes y otro, lo que se denomina variación intraestacional. Por ejemplo, el año 2020 fue bastante lluvioso en junio –lo que nos alejó de una condición seca extrema como la del año 2019-, pero fue muy seco en agosto, manteniendo la acumulación anual por debajo del promedio. El origen de esta variabilidad intraestacional no es completamente claro, pero la Oscilación de Madden y Julian (MJO, por sus siglas en inglés) parece ser clave. Este fenómeno consiste en el desplazamiento por la banda ecuatorial de una zona con tormentas muy activas junto a otra donde están suprimidas. De forma similar a ENSO, esta oscilación tropical altera la circulación atmosférica en latitudes medias, aumentando o disminuyendo la probabilidad de que los sistemas frontales logren llegar a Chile central.

Oscilaciones interdecadales

Ampliando el horizonte temporal, es posible apreciar las variaciones interdecadales, donde las precipitaciones anuales tienden a estar por debajo o por encima del promedio histórico. Así, entre 1950 y mediados de 1970 predominaron condiciones secas, seguidas por condiciones más lluviosas en las décadas de 1980 y 1990, y una nueva condición seca más marcada desde comienzos del presente siglo (Figura 2). Esta alternancia de la precipitación en Chile central coincide bien con las fases de la Oscilación Interdecadal del Pacifico (IPO, por sus siglas en inglés), un fenómeno global que muestra un patrón espacial similar a ENSO, pero cuya persistencia es mucho mayor. En su fase positiva, IPO propicia mayores lluvias en Chile central, y lo contrario ocurre en su fase negativa, que presenta características del tipo “La Niña”. 

La llegada de la Megasequía

La disminución de las precipitaciones en Chile central desde principio del siglo XXI ha sido muy marcada. Todos los años, desde 2010 en adelante, han tenido lluvias por debajo del promedio histórico (definido como la media entre 1980 y 2010), incluyendo el año 2019, que tuvo un déficit superior al 75 % en buena parte de la zona centro-sur. Esta es la primera vez que se observa una condición seca tan persistente en el registro histórico y, quizás, en los últimos mil años, lo que ha llevado a los climatólogos a hablar de Megasequía para referirse a este periodo (Figura 2). Los efectos de la Megasequía han sido amplios y profundos. El persistente déficit de precipitaciones ha producido una notable reducción de los recursos hídricos superficiales (ríos, lagos y glaciares) y subterráneos. La sequía hidrológica ha aumentado la presión, y en algunos casos los conflictos, en relación con el uso del agua por parte de los múltiples usuarios y el medio ambiente. La condición más seca también ha impactado negativamente la vegetación natural y ha favorecido temporadas de incendio cada vez más severas y prolongadas.

Los efectos de la Megasequía han sido amplios y profundos. El persistente déficit de precipitaciones ha producido una notable reducción de los recursos hídricos superficiales (ríos, lagos y glaciares) y subterráneos. La sequía hidrológica ha aumentado la presión, y en algunos casos los conflictos, en relación con el uso del agua por parte de los múltiples usuarios y el medio ambiente.

¿Por qué se ha generado esta extrema condición? Primero, hay que señalar que ENSO ha estado mayormente neutral durante esta década, por lo que no podemos culpar a “La Niña” por la actual falta de lluvias. Por su lado, la IPO ha presentado una tendencia hacia su fase negativa desde fines de la década de 1970, por lo que se le atribuye una parte de la baja de precipitaciones en Chile, pero no permite explicar completamente la magnitud y longevidad de esta Megasequía. 

Investigaciones recientes han revelado un nuevo factor que modula las precipitaciones de Chile: la mancha cálida. Esta mancha corresponde a un amplio sector del océano Pacífico suroccidental (al este de Nueva Zelanda) que ha experimentado un continuo calentamiento de sus aguas superficiales desde comienzo de siglo hasta la actualidad. Este aumento de la temperatura superficial del mar ha reforzado al Anticiclón del Pacífico, ocasionando que las tormentas se desvíen hacia la periferia de la Antártica e impidiendo que lleguen a Chile central, y causando sequías. 

La mancha cálida y sus consecuencias en la circulación atmosférica ya han ocurrido en el pasado, por lo que es parte de la variabilidad natural del sistema terrestre, al igual que ENSO, IPO y MJO. Sin embargo, la intensidad del presente evento está muy por encima de su rango histórico natural, sugiriendo que el cambio climático de origen antropogénico también ha contribuido a incrementar los efectos de este fenómeno.

del déficit hídrico durante la Megasequía se estima que es debido al efecto del cambio climático. © Clay Banks.

Los impactos del cambio climático

El incremento de la temperatura del aire sobre gran parte del planeta durante los últimos cien años es el aspecto más conocido del cambio climático, el cual ocurre como consecuencia de múltiples actividades humanas. El uso de combustibles fósiles (como el carbón y petróleo) ha provocado un aumento de la concentración de gases de efecto invernadero (GEI) desde fines del siglo XIX, incrementando la absorción de radiación terrestre en la atmósfera y provocando su calentamiento. El aumento de temperatura es más marcado en la tropósfera tropical y ha causado en esa zona un incremento del vapor de agua y la precipitación. Adicionalmente, desde mediados del siglo pasado, la emisión de clorofluorocarbonos (CFC) por otras actividades humanas han resultado en una disminución del ozono en la estratósfera, especialmente sobre el continente Antártico. La pérdida de ozono ha significado un aumento de la radiación ultravioleta llegando hasta la superficie, pero, además, un enfriamiento de la estratosfera polar. Estas tendencias opuestas de la temperatura del aire en la parte alta de la troposfera han resultado en un cinturón de los oestes más intenso y apretado contra la periferia Antárctica, lo que va de la mano con un aumento de la presión en latitudes medias y subtropicales y una caída de la presión sobre la Antártica. 

La configuración es denominada la fase positiva del modo anular del sur (SAM, por sus siglas en inglés) y es conducente a un déficit de precipitaciones en Chile. En verano, la tendencia positiva de SAM es responsable de una sustancial disminución de las precipitaciones sobre gran parte del sur del país; mientras que, en invierno, pese a que esta tendencia ha sido menos marcada, es suficiente como para obstaculizar el avance de sistemas frontales hacia esta región. De hecho, cerca de un 25% del déficit hídrico durante la Megasequía se estima que es debido al efecto del cambio climático. 

Una buena noticia fue la creación del Protocolo de Montreal para mitigar las emisiones de CFC, de forma que la capa de ozono ha ido recuperándose en las últimas décadas. En contraste, las emisiones de GEI continúan aumentando pese a las promesas de mitigación. Con esto, la tendencia hacia menores precipitaciones en el centro-sur de Chile debería mantenerse en las próximas décadas, pudiendo provocar un déficit de entre un 15 y 40 % hacia finales de siglo.

En síntesis, la zona central de Chile se ubica en el borde del desierto, y varios fenómenos de escala global nos llevan a una condición de sequía producto de la intensificación del anticiclón del Pacifico. Superpuesto a esta fuerte variabilidad en escalas de tiempo, desde los meses a las décadas, el cambio climático antropogénico está produciendo un gradual secamiento en gran parte del territorio nacional. Como no sabemos cuánto más gases de efecto invernadero emitiremos a la atmósfera, la disminución de las lluvias proyectada para el resto del siglo XXI presenta un amplio rango de incertidumbre, incluyendo un escenario en que la condición “normal” del futuro sea similar a la de la actual Megasequía, frente a lo cual se deberían implementar prontamente medidas de adaptación.

La zona central de Chile se ubica en el borde del desierto, y varios fenómenos de escala global nos llevan a una condición de sequía producto de la intensificación del anticiclón del Pacifico. © Jairo Bochi. 

Imagen de Portada: © Sebastian Silva.

“Choyün, brotes de la tierra” es un corto animado que se instala en el sur de Chile, específicamente en la Región de la Araucanía, en medio de las montañas y bosques nativos y milenarios amenazados por la explotación forestal. Es ahí donde surge la historia de una familia mapuche – representada por un linaje de […]

“Choyün, brotes de la tierra” es un corto animado que se instala en el sur de Chile, específicamente en la Región de la Araucanía, en medio de las montañas y bosques nativos y milenarios amenazados por la explotación forestal. Es ahí donde surge la historia de una familia mapuche – representada por un linaje de tres mujeres: abuela, hija y nieta – que se enfrentan a la cruzada de defender su territorio, pero también, valorizar las prácticas ancestrales que le han dado sentido a su cultura y a sus formas de vida.

Endémico web entrevistó a sus realizadores,Sebastián Pinto (director, productor, director de arte y animador) y Rosario López (directora, productora y guionista), quienes llevaron a cabo un importante trabajo de campo para retratar con honestidad, profundidad y una delicada estética audiovisual el mundo mapuche y en particular, los conflictos que originados en el pasado colonial continúan con repercusiones en el presente. Sobre este proceso creativo, la crisis medioambiental, el rol de la mujer en la naturaleza y el cómo representar a las comunidades indígenas en la cultura, hablamos con sus directores.

No te pierdas la oportunidad de ver esta historia que toca temas tan fundamentales como la deforestación, el cambio climático, los pueblos originarios y la crisis socioambiental desde el presente.

El cortometraje se instala en los bosques milenarios de la Araucanía amenazados por la industria forestal. Crédito: Sebastián Pinto.

Endémico: El corto arranca con una cifra desalentadora: en Chile estamos perdiendo 27 mil hectáreas de bosque nativo. ¿Cómo se propusieron retratar esa crisis medioambiental instalada en el conflicto mapuche?

Rosario y Sebastián: Como equipo queríamos hablar del conflicto socioambiental que se vive en Chile, y particularmente lo que pasa en el territorio mapuche con la deforestación del bosque nativo y la presencia de empresas forestales. Este no es un conflicto aislado, es un tema mundial, donde nuestra visión extractiva de la naturaleza y sus recursos se impone, y, por otro lado, nos hacemos escasamente cargo de nuestros residuos. Por un lado, extraemos salvajemente la riqueza de la naturaleza y eliminando la vida silvestre, y por otro, generamos basura que no queremos ver. Los rellenos sanitarios y el océano de plástico son un gran ejemplo de eso: nos olvidamos de nuestros desechos, como si mágicamente desaparecieran. Y no, siguen ahí, y seguirán por un buen rato. Sumado al conflicto socioambiental, está la compleja relación de Chile y sus pueblos originarios, en este caso de los mapuche. Justamente esta historia sucede en un lugar donde hay un pasado ancestral, un pueblo con tradiciones y una cultura muy rica que se conoce escasamente. O más bien, que conocemos por los titulares de prensa (quema de camiones o lo “folclórico”)  En la investigación y el trabajo de campo fuimos descubriendo la relación profunda de los mapuche con la naturaleza.

E: Las mujeres tienen un rol protagónico en esta historia, hay alguien que muere, pero también, algo que renace para ofrecer una esperanza a futuro. ¿Cómo pensaron la relación entre mujer y naturaleza a lo largo del guión?

R: Creo que lo femenino es una fuerza poderosa en el mundo mapuche, y que se expresa desde el “ñuke mapu”, la madre tierra. Decidimos tener a 3 mujeres: abuela, madre e hija, porque representan un linaje, y a su vez cada una tiene atributos que las caracterizan: la abuela es lo ancestral, la hija es la desesperanza (el tener que vender su bosque y la naturaleza para sobrevivir en pos del “desarrollo”); y Ana, la nieta, la nueva generación que quiere rescatar un mundo que no se puede perder.

Rosario López, directora, productora y guionista de «Choyun», tiene vasta experiencia y reconocimiento realizando documentales que tratan temáticas sociales y ambientales. Crédito: Rosario López

E: ¿Cómo creen que se pueden conectar los saberes ancestrales -representados por la abuela, sus hierbas medicinales, las prácticas del Trafkintu, el Wetripantu- con el conocimiento de las nuevas generaciones, a ratos alejados de este universo y representado por Ana en el cortometraje?

R: Es una buena pregunta. Yo intuyo que las nuevas generaciones están ávidas de conocer y tienen herramientas muy poderosas, me refiero a la tecnología. Pueden grabar y difundir mensajes con mucha rapidez. Y todos estos saberes están ahí, como un sustrato, y de alguna manera se traspasan a las nuevas generaciones. La pandemia nos está enseñando a vivir con lo necesario y no sacar de más. Eso está impregnado en la sabiduría mapuche y su relación con el bosque: pedir permiso al bosque y sacar solo que hace falta. Y dejar para el que viene. Y ese mensaje tiene un correlato en el presente, en las redes y acciones colaborativas que estamos viendo hoy, y que sobre todo los jóvenes promueven.

S: La sabiduría mapuche posee una riqueza espiritual llena de misterio, de profundidad y de raíces bien arraigadas a la experiencia directa, y no a la acumulación de información sin ser digerida. En cambio nuestras formas de sentir y pensar se encuentran disociadas de nosotros y por ende del medio que nos rodea. Nos hemos aletargado espiritualmente y desconectado de lo esencial, de lo poético, de contemplar y valorar lo sencillo en un escenario distópico carente de sentido y que no favorece la inspiración ni la reflexión. Por esto, hoy en día el arte es una herramienta fundamental, ya que es una plataforma muy poderosa de comunicación que puede provocar un efecto conmovedor y expansivo. Gracias a las redes sociales, podemos difundir de forma masiva un mensaje como nunca antes; en este caso lo hicimos con la cultura mapuche, en el cual su saber ancestral es un oasis nutritivo que nos permite darnos cuenta de lo desconectados que nos encontramos de la naturaleza; las nuevas generaciones saben que esto tiene que cambiar y como comunicadores tenemos que colaborar con “Choyün”, para que esta red se siga expandiendo. Nicanor Parra la tenía clara cuando decía “muchos los problemas, una solución: economía Mapuche de subsistencia”.

E: Durante la investigación, ¿qué situaciones de crisis medioambiental los desconcertaron más? ¿Cómo vislumbran esa crisis actualmente?

R y S: Como equipo realizador, creemos que lo más desconcertante es ver cómo el problema medioambiental está sucediendo ahora, frente a nuestras narices. Y que estamos presenciando ejemplos muy claros, como la sequía en el territorio mapuche, o, si vamos un poco más allá, la sequía de la zona centro norte. El caso de la industria de la palta y el monocultivo es evidente. Comer palta hoy implica una decisión ética. Actualmente, vemos con una mezcla de desazón y optimismo: creo que estamos llegando muy lejos en la destrucción de nuestros recursos, y por otro lado veo a cada vez más gente y comunidades motivadas que actúan por cambiar esto. Como artistas y comunicadores, nuestro aporte no solo tiene que ver con visibilizar, si no que sobre todo sensibilizar a personas que no le  toman el peso suficiente a la tremenda crisis que estamos atravesando.

E: ¿Cómo creen que este tipo de representaciones audiovisuales, con la puesta en escena de la crisis de la naturaleza, pueden ayudar a tomar más consciencia de la protección de nuestro medio ambiente?

R y S: Creemos que la animación es una excelente manera de divulgar contenidos de este tipo. “Choyün” dura 6 minutos, no son 7 temporadas que tienes que ver, es cortito, no hay excusa para no verlo. Que sea corto es un gran desafío para la animación y para la historia: tienes que ser muy preciso en tus ideas. Y es, además, un gran formato para hablar temas que pueden ser “conflictivos”, como el conflicto mapuche, la crisis socioambiental, la relación con los pueblos originarios. Puedes contar historias con personajes entrañables y temas difíciles. En “Choyün” se mezclan el arte, la animación, la comunicación digital con el documental, todo en un formato más divulgativo y sintético.

Antes de «Choyun», Sebastián Pinto realizó el corto animado «Selk’nam», que narra la historia y extinción de esta cultura fueguina en manos de conquistadores. Es uno de los cortometrajes chilenos más vistos. Crédito: Sebastián Pinto.

E: La policía, los militares y la industria forestal aparecen en el cortometraje como el antagonista, el enemigo que llega a invadir y destruir el entorno prístino que milenariamente ha habitado el pueblo mapuche. ¿Desde qué punto de vista buscaron retratar ese conflicto?

R y S: Creemos que el principio ancestral masculino-femenino, se ha descompensado en un exceso de masculinidad, esto se ve de manifiesto en el conquistador, que es el antagonista de esta historia. El ser insensible y materialista que viene a aplastar, que quiere “comprar” la naturaleza, como si estuviera a la venta.  Por otro lado, también está presente la brutalidad policial que vimos en el estallido social y que en Wallmapu lleva años instalada, y que por el centralismo, no hemos visto o no queremos ver.

E: En el corto el pueblo mapuche no se retrata con una mirada folclorista ni romantizada. Se muestra el pasado y sus tradiciones, pero siempre conectadas a un presente activo y vigente, dando cuenta que el conflicto mapuche continúa con las mismas desigualdades que en la época de la Colonia. En ese contexto, ¿cómo pensaron la estrategia narrativa? Como realizadores, ¿sienten una responsabilidad ética de retratar esas temáticas alejadas de los lugares comunes con que las hemos visto a través de los medios de comunicación masivos?

R y S: Armamos la historia pensando en mostrar un mundo que resulta desconocido para muchos. En el trabajo de campo fuimos descubriendo muchas riquezas, rituales alucinantes como el trafkintu, donde se intercambian semillas y no hay dinero. Experiencias muy lejanas para alguien que vive en la ciudad. Luego del trabajo de campo, sucedió la muerte de Camilo Catrillanca, luego el estallido social, y nos pareció que esos elementos debían estar presentes. De alguna manera, esa realidad y esos acontecimientos nos mostraban en Santiago algo que sucede en la región de la Araucanía hace años.

E: En relación a la animación, su estética, el tratamiento audiovisual y la música que acompaña la narración, ¿qué elementos privilegiaron para enfatizar temáticas como el conflicto medioambiental y mapuche?

R y S: “Choyün”es un proyecto que le da continuidad a Selk’nam, cortometraje que realizó Sebastián hace varios años, y que explora la cultura Selk’nam y su genocidio, en un formato didáctico y sintético, que fue concebido para redes sociales. Ese acercamiento al mundo indígena desde el arte y documental animado fue el pie para continuar creando estas historias. En el caso de Choyün, sabíamos que el conflicto mapuche es un tema mucho más complejo y vigente, por lo que le dimos un carácter más singular, a través de la historia de estas 3 generaciones de mujeres. Nos pareció importante hablar desde una historia mínima con un alcance universal. En esa línea, la música de Jorge Puig para instalar tensión y construir mundos como las estaciones, la chuchu, la naturaleza amenazada o rituales como el trafkintu, juega un rol muy importante para que la narración sea inmersiva.

“Choyün, brotes de la tierra” acaba de ser estrenado a todo público el pasado 10 de julio, y está disponible en Youtube y redes sociales como Instagram IGTV (@choyun_animado)

 

Mujeres por la diversidad en un planeta en crisis

Por Paula Salinas Massabó ¿Dónde converge lo que todas y todos anhelamos? ¿Cómo volver a lo esencial y relacionarnos de manera más armónica entre personas y con la naturaleza? Quizás, esta vez, necesitemos un modelo que incluya a quienes han quedado al margen del desarrollo y de la cultura dominante y muchas veces, también de […]

Por Paula Salinas Massabó

¿Dónde converge lo que todas y todos anhelamos? ¿Cómo volver a lo esencial y relacionarnos de manera más armónica entre personas y con la naturaleza? Quizás, esta vez, necesitemos un modelo que incluya a quienes han quedado al margen del desarrollo y de la cultura dominante y muchas veces, también de los derechos humanos básicos.

Un modelo de desarrollo que comprenda que los límites de la tierra también son los nuestros, y que proteja la diversidad, tanto de nuestros ecosistemas como de la multiplicidad de voces que conforman nuestra humanidad.

El movimiento feminista es un llamado a aceptar la diversidad que vive en nosotras y en nuestras comunidades, es luchar por una sociedad más justa, para todas y todos,  lo cual puede encaminarnos hacia una convivencia más pacífica entre seres humanos, con el medio ambiente y que sea perdurable en el tiempo.

“Al crear monoculturas creamos violencia, esa falta de diversidad y pérdida de identidad lleva a la gente a refugiarse en el integrismo y la xenofobia”, dice Vandana Shiva. Crédito foto: Carmen Marxuac

Diversas como la naturaleza

Nuestra tierra está cambiando, nosotras también. Hoy buscamos liberarnos de la homogeneización cultural que atenta contra nuestra identidad así como también la de los monocultivos que atentan contra la preservación de la vida y nuestra propia naturaleza.

Y así como la naturaleza es diversa, nosotras también lo somos en nuestras voces y experiencias.

El feminismo puede vivirse distinto para una mujer blanca urbana del mundo occidental que para una campesina del tercer mundo, que lucha por su subsistencia y que ha sido invisibilizada por el sistema.

Entonces, ¿qué nos une?

Hablar de feminismo es hablar de justicia. Es construir un mundo donde nuestro género, raza, cultura o situación socioeconómica no sea una limitante en nuestras vidas. Es un llamado a recuperar nuestro valor y derechos a ser consideradas como iguales dentro de la sociedad.

“El feminismo se trata de justicia y creo que todos queremos vivir en un mundo justo. Todos estamos mejor si vivimos en un mundo justo, un mundo de real equidad. Entonces, todos deberíamos ser feministas” – Chimamanda Ngozi Adichie. Crédito foto: Markus Spiske.

Los límites de la Tierra, también son los nuestros

La actual crisis climática refleja el impacto que hemos tenido sobre nuestro planeta, especialmente por la actividad humana desarrollada los últimos cien años, basada en la quema de combustibles fósiles -principal responsable del calentamiento global-  y la sobreexplotación de la naturaleza.

Esta situación ha provocado un cambio abrupto en los ciclos de la Tierra que hoy pone en riesgo la vida en nuestro planeta como la conocemos.

Si bien, hoy existe una política internacional que busca limitar los efectos de la crisis climática para que el aumento de la temperatura global no sobrepase los 2° Celsiuscon el Acuerdo de París- y otros para encaminarnos hacia un desarrollo sostenible -con los Objetivos de Desarrollo Sostenible o ODS-; para que esto se concrete en el tiempo, es indispensable reflexionar sobre nuestro paradigma actual de necesidades ilimitadas en un mundo finito.

En la búsqueda de satisfacer nuestras necesidades “ilimitadas” sin contemplar los límites de la Tierra, quizás nos olvidamos que estos límites también son los nuestros.

Al respecto, María Mies comenta: “Con (el libro) Limits to Growth de James Lovelock, queda claro que los recursos de nuestro planeta son limitados, que si se sigue una filosofía de crecimiento ilimitado de bienes y servicios, y por consiguiente, de beneficios económicos, se rebasarán forzosamente los límites ecológicos de la tierra”.

Estos límites ya los sobrepasamos, pues hoy son necesarias cerca de 1,75 planetas Tierras para abastecer nuestra demanda anual de recursos naturales. Es decir, nuestro estilo de vida y de consumo siguen un ritmo tan acelerado que hemos sobrepasado lo que los ecosistemas son capaces de regenerar en un año, afectando la capacidad que tiene la Tierra de acogernos y proveernos de manera sustentable.

Sin embargo, a través del desarrollo de sistemas sociales y económicos más equitativos -y circulares- junto con la protección de nuestra biodiversidad, podríamos crear sistemas más resilientes capaces de lograr un desarrollo sostenible para todas y todos.

Entonces, ¿cómo podríamos vivir en mayor armonía con la naturaleza?

Un punto de partida puede ser reflexionar sobre lo que consideramos como “desarrollo”. ¿Será que podremos construir nuevos modelos de subsistencia que no se basen en el crecimiento ilimitado de unos pocos?

En relación a ello, Max-Neef junto a otros autores mencionan la importancia de que nos replanteemos como sociedad, en primer lugar, nuestras necesidades básicas, para a partir de allí generar modelos más sostenibles.

 

Tener presente cuáles son nuestras necesidades nos ayuda a repensar cuáles son nuestros modos de satisfacerlas, replantearnos cómo poder hacer un uso más racional de nuestros recursos y también los del planeta.

Otro modo en que podríamos convivir en mayor armonía entre personas, y con la naturaleza, es acercarnos hacia una sociedad más equitativa y diversa.

“Ni siquiera la estrategia de desarrollo sostenible pone en duda el paradigma del crecimiento permanente”. – Vandana Shiva. Crédito foto: Falak Lazuardi.

La importancia de la equidad de género en la diversidad, la seguridad alimentaria y el cambio climático

Según la ONU, “las mujeres rurales representan más de un tercio de la población mundial” y son quienes aseguran la biodiversidad en gran parte de las culturas a través de la protección de las semillas[1], además de cuidar de la tierra y alimentar a naciones enteras. Es decir, garantizan la seguridad alimentaria y la resiliencia climática global.

Actualmente, cerca del 42,7% de la mujeres económicamente activas del mundo trabajan en agricultura, sin embargo, ellas pasan jornadas laborales el doble de extensas que los hombres, junto con dedicarse al cuidado de sus familias y a las actividades domésticas.

Además, aún existe una brecha de género muy importante cuando se trata de posesión de la tierra, financiación y consideración en los programas de desarrollo agrario[2]. “Cerrar la brecha de género en el sector agrícola resulta fundamental para garantizar la seguridad alimentaria, construir la resiliencia climática y erradicar la pobreza”, sostienen desde ONU Mujeres.

“Es la interdependencia de todos los ecosistemas y organismos lo que permite la subsistencia de la vida. Es la vida la que permite la existencia de la vida en la Tierra” – Jens Benöhr y Juan Pablo Orrego. Crédito foto: Santtu Perkio.

Mientras tanto, en África, donde la emergencia climática no es un problema del futuro, sino del presente, que acrecienta la pobreza y pone en riesgo la seguridad alimentaria, se estima que las mujeres podrían aumentar la producción agrícola en al menos un  20 por ciento, siempre y cuando tuvieran acceso igualitario a la tierra y a otros activos productivos.

Ejemplo de ello, es lo que ocurre en Chad, donde cerca del 90% de los recursos del lago Chad han desaparecido y de él dependen alrededor de 40 millones de personas.⁠

Allí, el cambio climático ya afecta directamente la vida de las personas. Los hombres migran a la ciudad en la estación seca para conseguir un trabajo que les permita enviar dinero a casa, mientras tanto, las mujeres se hacen cargo del cuidado de la tierra, de sus familias y de la seguridad alimentaria, en un país donde la mayor parte de la población depende de la agricultura familiar y de subsistencia.⁠

Sin embargo, en la búsqueda de soluciones para restaurar las tierras degradadas y aumentar la fertilidad en los suelos de Sahel, se ha revivido una vieja técnica tradicional agroecológica llamada «zai», que puede mejorar la producción de los cultivos en un 500%.

Ejemplos como estos nos permiten dimensionar la importancia de la equidad de género para construir nuevas redes beneficiosas para todas y todos, capaces de enfrentar los desafíos necesarios para mantener la vida en la Tierra.

Quizás solo nos falte recordar que también somos parte de la naturaleza, que somos interdependientes, que la vida en la Tierra existe porque estamos más conectados de lo que imaginamos, y porque al igual que en un bosque, en nuestra diversidad y ayuda mutua puede estar nuestra más grande fortaleza.

Nuestro actual paradigma social, económico y cultural, que no contempla la diversidad, la equidad de derechos y oportunidades entre personas, ni tampoco la capacidad ecológica de lo sistemas naturales, evita que realmente pueda existir un desarrollo sostenible hoy y en el tiempo.

Cerrar las brechas de género puede acercarnos a construir sistemas más resilientes y colaborativos que permitan transformarnos hacia una sociedad capaz de cohabitar en mayor armonía el planeta de todas y todos.

[1] Maria Mies y Vandana Shiva (1998)  en La praxis del ecofeminismo.

[2] Ibíd

Sobre la Autora

Paula Salinas estudió geografía, escribe y crea contenido. Inspirada en el buen vivir y el arte, busca cómo podemos convivir de manera más armónica entre personas y con la naturaleza. Para ver más de su trabajo síguela en @flordel_sur

Fuentes

Benöhr, J., Orrego, J. (2018) en “Teoría Gaia: la Tierra como un organismo vivo”, Revista Endémico, N°3, 46-51, Chile.

Cargallo, F. (2013) en “Feminismos desde Abya Yala. Ideas y proposiciones de las mujeres de 607 pueblos en nuestra América”, Editorial Quimantú, Chile.

Max- Neef, M., Elizalde, A., Hopenhayn, M. (2010) en “Desarrollo a escala humana. Opciones para el futuro”, Edición Biblioteca CF+S, España. Disponible en:  http://habitat.aq.upm.es

Mies, M., Vandana, S. (1998)en  “La praxis del ecofeminismo”, Icaria editorial, España.

Ngozi Adichie, C. (2015) en “Todos deberíamos ser feministas”, Editorial Random House.

Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (2011) en “El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2010-2011. Las mujeres en la agricultura, cerrar la brecha de género en aras del desarrollo”. Disponible en: http://www.fao.org/3/i2050s/i2050s00.htm

UN Women (2020). Disponible en: https://www.unwomen.org/

World Economic Forum (2019) “In Chad climate change is already a reality | Ways to Change the World”. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=8l-dhwqd2UM

Por Daniela Concha y Bastián Gygli El impacto humano en el entorno es innegable. Desde la revolución industrial, lo que ha imperado es una lógica de crecimiento material desmedido. Esto ha producido una creciente demanda de la extracción de componentes del ambiente para alimentar este frenético ritmo. Hoy se necesita más madera, más combustible, más […]

Por Daniela Concha y Bastián Gygli

El impacto humano en el entorno es innegable. Desde la revolución industrial, lo que ha imperado es una lógica de crecimiento material desmedido. Esto ha producido una creciente demanda de la extracción de componentes del ambiente para alimentar este frenético ritmo. Hoy se necesita más madera, más combustible, más agua, más mineral, más roca. Por años todas estas demandas aumentaron sin que nadie lo cuestionara. No es hasta sino recientemente que como humanidad hemos comenzado a replantearnos esta lógica. La conclusión es lamentable: el ecosistema planetario está herido gravemente debido a nuestro actuar. 

Existen múltiples pruebas de esto. En los últimos 200 años, las temperaturas globales han aumentado en 1,5° C (IPCC, 2019). Cada minuto el mundo pierde un campo de fútbol de bosques nativos (Achard et al., 2002; Worldwatch, 2008). Fenómenos climáticos extremos, como tsunamis, huracanes y grandes incendios son cada día más comunes e impredecibles. Pero incluso sin la necesidad de toda esta data técnica que los científicos llevan años desarrollando, es fácil mirar a nuestro alrededor y darnos cuenta de la devastación. Los ríos han perdido sus cauces y la ciudad crece sin control, arrasando espacios donde antes anidaban las aves. El panorama es gris, pero el cuestionamiento humano es una chispa movilizadora y llegó para quedarse. Como muchos no podemos conformarnos solo con filosofar, hemos empezado a actuar. Miles de personas alrededor del mundo están en busca de la regeneración de los ciclos de la naturaleza, aprendiendo de sus procesos y tratando de ayudar a restaurar estos espacios de vida. La tarea es titánica. Reconstruir es mucho más difícil que desarmar, pero en conjunto con la naturaleza es posible.

La restauración hacia ecosistemas sanos

Si observamos la naturaleza en aquellos espacios salvajes, donde la intervención humana es baja, vemos que se mantiene un ecosistema balanceado. Hay sequías, por ejemplo, pero los bosques, adaptados en el tiempo a tal clima, están preparados para resguardar el agua. El suelo es rocoso, pero las plantas nativas han desarrollado raíces poderosas capaces de penetrarlas. Estos sistemas son las referencias más directas de ecosistemas funcionales y resilientes, que son aquellos que pueden permanecer en el tiempo y responder de buena manera a los cambios del entorno, sin perder su identidad. Son estos sistemas los que también nos regalan un mayor número de bondades (o lo que muchos conocen como servicios ecosistémicos), por lo que la calidad de nuestra vida humana depende de la calidad de ellos también.

Parte del proceso de restauración es volver a relacionarnos y generar lazos con nuestros ecosistemas nativos. Foto: Vairon Vidal

Lamentablemente, muchos de estos ecosistemas se están degradando y la recuperación puede ser lenta o casi imposible. Los ecólogos llaman al proceso de desarrollo de un ecosistema en el tiempo como sucesión ecológica, la que puede tomar varias décadas o siglos. Más aún, bajo las condiciones ambientales actuales y las presiones de uso que ejercen las sociedades, muchos ecosistemas tomarán nuevas trayectorias de sucesión ecológica que probablemente resulten en un ecosistema menos diverso o que nos regale menos bondades. ¿Qué pasa si perdemos esa herbácea clave que era el primer eslabón en el camino a un bosque nativo esclerófilo en la zona centro del país? ¿Y si ahora es alimento para los conejos introducidos? ¿O si tal vez los agrotóxicos de la industria agraria ya no permiten su desarrollo? Es difícil determinar aún si la funcionalidad de una especie en un ecosistema puede ser fácilmente sustituida o no por otras especies, lo cual se dificulta aún más si perdemos la biodiversidad de los mismos.

Ante esta urgencia es que la práctica de la restauración surge como una acción humana para ayudar en el proceso de sucesión ecológica, y poder recuperar la integridad ecológica de los ecosistemas. 

Para la Sociedad de Restauración Ecológica (SER por sus siglas en inglés), “la restauración ecológica tiene como objetivo llevar un ecosistema degradado a una trayectoria de recuperación, que permita la adaptación a los cambios locales y globales, así como la persistencia y evolución de sus especies componentes” (SER, 2019, traducción propia). Con esto, recuperar un ecosistema no significa necesariamente volverlo a su estado original o antiguo, sino a un estado sano y resiliente, que nos regale las bondades para afrontar los desafíos del futuro.

Restauración de los bosques

Uno de los varios indicadores de la degradación ecosistémica es el cambio climático. Este ocurre en todo el mundo y debido a su enorme impacto se ha estudiado exhaustivamente. Uno de los procesos que se puede asociar más directamente a los cambios es la tasa de carbono atmosférico, que se asocia directamente al aumento del efecto invernadero y por ende al incremento de las temperaturas globales.

Antiguo boldo (Peumus boldus), componente común de los bosques nativos de la zona centro. Foto: Bastián Gygli.

En la regulación del CO2 en la atmósfera, los organismos fotosintéticos tienen un rol primordial, pues son capaces de tomar este gas de la atmósfera y encapsularlo en sus estructuras. En este proceso destaca la importancia del plankton marino (pueden revisar la edición escrita número 5 de Endémico para más información) y los bosques. Estos últimos, encargados de aproximadamente la mitad de la captación de carbono en el planeta (Nijnik M., 2010; DEFRA, 2002).

Si hubiese más cobertura boscosa se podría enlentecer el aumento de temperatura que está sufriendo el planeta. Con 24 millones de hectáreas de bosques cada año, desde ahora al 2030, podríamos almacenar un cuarto del carbono atmosférico, lo que se traduciría en limitar el calentamiento global a 1,5°C sobre los valores pre-industriales (Lewis et al., 2019). Lograrlo sería un avance importante en la búsqueda de recuperar la armonía ecológica planetaria, aunque claramente es solo uno de los múltiples frentes para combatir la crisis ambiental.

Esto ha impulsado a lo largo del tiempo diversos acuerdos internacionales proponiendo metas para aumentar la cobertura boscosa, tales como el Plan Estratégico para la Diversidad Biológica 2011-2020, el Desafío de Bonn (2011), la Declaración de Nueva York sobre los Bosques de la Cumbre de las Naciones Unidas (2014), los ODS (2015) y el Acuerdo de París de la COP21 (2015).

Luego de casi 10 años del lanzamiento del desafío de Bonn, que busca la restauración de 150 millones de hectáreas de bosques degradados y deforestados para el 2020 y 350 millones de hectáreas para el 2030, un estudio (Lewis et al., 2019) examinó de cerca estos compromisos. Casi la mitad de la superficie comprometida para “restauración” está destinada a plantaciones forestales (45%). Las otras dos estrategias utilizadas son dejar suelos agrícolas degradados y abandonados a que se conviertan en bosques naturales (34%), o convertirlos en suelos agroforestales (21%).

Esta información deja al descubierto que los gobiernos e instituciones trabajando en políticas públicas están mal entendiendo el concepto de “restauración de bosques”, o que simple y llanamente no lo quieren entender para proteger otros intereses. Las evidencias son claras en que las plantaciones forestales tienen mucha menor capacidad para almacenar carbono que los bosques naturales, principalmente porque la cosecha forestal libera el CO2 almacenado cada 10 a 20 años. Por el contrario, los bosques naturales continúan secuestrando carbono por muchos años más (Berry et al., 2010). Además, las plantaciones forestales conllevan múltiples otros problemas, como el riesgo de incendios (para más información de esto leer el artículo de Endémico https://endemico.org/actualidad/incendios-y-modelo-forestal-chileno/).

Las plantaciones forestales no son soluciones a la degradación de los ecosistemas naturales. Foto: Bastián Gygli.

Solo algunos casos particulares, como Costa Rica, han logrado aumentar sus áreas de bosques naturales, en este caso asociado directamente a un modelo basado en el turismo y la conservación como motor económico principal del país. Allí, los privados son subvencionados por el Estado para mantener sus predios con vegetación nativa, los que funcionan como corredores biológicos entre los múltiples parques nacionales. Muchos de estos propietarios terminan transformándose en emprendedores turísticos, debido a las facilidades que brinda el Estado. Estas medidas, unidas a otras, como la abolición del ejército, han sido un real éxito en el desarrollo económico del país.

La reforestación como la medida más promocionada para mitigar los efectos del cambio climático tiene por su parte una gran desventaja: cuantificar y destacar solamente su aporte en la captura de carbono, sin prestar atención al resto de las bondades que la naturaleza ofrece para el equilibrio de la vida, incluyendo la humana.

En un estudio publicado por el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2 de la Universidad de Chile (Alvarez-Garreton et al., 2019), calcularon que si se reemplazan 100 mil hectáreas de pastizales y matorrales por monocultivos de plantaciones forestales, habría una disminución promedio de un 45% en la disponibilidad hídrica en la zona centro sur del país. Es decir, podríamos estar capturando carbono y cumpliendo nuestros compromisos internacionales, mientras desabastecemos de agua a una buena parte del país. 

Existe además un valor intrínseco en la naturaleza, que escapa a las meras utilidades que le damos. El balance emocional y espiritual de las personas está asociado a la presencia de ecosistemas sanos en su entorno.

Todo esto debería ser considerado a la hora de definir las estrategias a utilizar, así como las metas planteadas, tanto a nivel internacional como en proyectos locales, y evitar caer en falsas soluciones.

En tanto, Chile presentó ante las Naciones Unidas este 9 de abril, una actualización de sus NDC (sigla en inglés de las “contribuciones determinadas a nivel nacional”), en la que compromete el “manejo sustentable y recuperación de 200.000 hectáreas de bosques nativos al año 2030”, y “forestar 200.000 hectáreas de bosques, de las cuales al menos 100.000 hectáreas corresponden a cubierta forestal permanente, con al menos 70.000 hectáreas con especies nativas” (Ministerio del Medio Ambiente, 2020). Con lo apremiante de nuestra situación ambiental, es de esperar que por fin estos acuerdos dejen de ser compromisos en el papel y se transformen en realidades tangibles, llevadas a cabo con responsabilidad y entendimiento ecológico.

Experiencias para y con las comunidades

Debido al enorme desafío que representa lograr una restauración ecológica, no hay duda que integrar a la comunidad local es el camino más efectivo para llegar a buen puerto. Además, cuando las herramientas teóricas y el conocimiento situado se cruzan y entremezclan, nutren no solo el suelo y la vegetación que puede emerger de ahí, sino también las relaciones humanas y los vínculos entre humanos y el resto de los seres vivos. Este tipo de experiencias son las que la restauración ecológica comunitaria o participativa tratan de impulsar, donde el diálogo y la práctica son clave. Aún más importante para gatillar estos procesos son el tiempo, la participación voluntaria, y por sobre todo, cultivar la relación -respeto, confianza y afectos- entre aquellos que llegan a restaurar y quienes viven allí (Cano y Zamudio, 2006).

Hoy en día muchos de los territorios degradados, sobre todo en Latinoamérica,  se encuentran dentro de tierras agrícolas o de pastoreo, o adyacente a ellas. Es en estos lugares, donde viven campesinos y campesinas, donde hay que prestar mayor atención al diálogo y la participación. Es muy fácil caer en el vicio de imponer la visión romántica del bosque prístino, pero esto tampoco es una solución a largo plazo. No se puede desplazar totalmente la forma de vida de las personas que habitan ese lugar, quienes serán los responsables de seguir manteniendo una relación armoniosa con los nuevos paisajes restaurados. Por esto es preferible proyectar un uso múltiple (también llamado mosaico de la tierra), de manera de complementar y no desplazar los usos de la tierra ni el patrimonio cultural de la agricultura campesina. En esta complementariedad, un paisaje biodiverso aumenta la productividad biológica para el beneficio de las familias campesinas y mejora la salud del ecosistema.

Recientemente y siguiendo estos conceptos se han dado algunas experiencias valiosas en la región del Biobío. Una de ellas nace como parte de un gran programa de Restauración Ecológica para el Ecosistema Cayumanque, donde diversos sectores de las comunas de Quillón, Ránquil y Florida fueron intervenidos en jornadas de restauración comunitaria, en las que familias campesinas, vecinos y vecinas, voluntarios y voluntarias, pudieron conocer y re-conocer su territorio, e iniciar un proceso de recuperación del ecosistema nativo, con miras también a complementar y aumentar su productividad agrícola.

Proceso de restauración en el cerro Cayumanque. Foto: Fernanda Sagredo.

Como parte del proceso se realizaron también distintas actividades para aprender sobre la biodiversidad nativa. Reconocer estos ecosistemas como referencias para guiar la restauración fue vital, así como entender las dinámicas sucesionales o de crecimiento de los bosques en estas latitudes, donde predomina la expansión por nucleación. Esto significa que las especies arbóreas crecen en un principio asociadas a aglomeraciones de vegetación, los cuales les proveen de sombra, humedad y nutrientes.

Así, cuando se tuvieron que plantar árboles o arbustos, no se plantaron en hileras sino agrupados en núcleos. También se comprendió que plantar no es lo único que podemos hacer. Para llevar un ecosistema degradado a una trayectoria de recuperación, se puede partir con acciones más sencillas y menos costosas que plantar árboles. Por ejemplo, se puede favorecer la regeneración natural (o restauración pasiva) tan solo cercando un terreno al que entra el ganado a comer los rebrotes del nativo, protegiendo los rebrotes, recolectando semillas para después sembrar o viverizar, o instalando “perchas” para que las aves se posen y defequen semillas en ese lugar (efecto que se puede ver en las cercas de los campos).

Muchas de estas estrategias e ideas provienen de experiencias de restauración en otros lugares, pero a la hora de aplicarlas nos encontramos con el desafío de adaptarlas a la realidad de nuestros ecosistemas y comunidades. ¿Qué árboles son los más delicados? ¿cuáles especies se pueden distribuir pasivamente? Para esto, las experiencias tanto de científicos como de miembros de la comunidad son clave para definir en conjunto y de manera orgánica la estrategia de restauración. 

Aunque aún haya que esperar algunos años para ver los resultados, cada vez se nutre más el proceso. Tal como los árboles plantados, nuestros saberes sobre los ecosistemas crecen, en una retroalimentación positiva que solo nos motiva a seguir adelante. Finalmente, en este tipo de  experiencias lo que importa no es solo el número de árboles plantados ni reportar con grandes cifras a los compromisos internacionales, sino también el impacto a escala humana. Desde una perspectiva cualitativa, durante estas jornadas se perciben los ánimos, las expresiones, las risas, los abrazos y un sinfín de respuestas, que revelan el impacto positivo de la actividad en las personas. Quienes cuentan con la mayor experiencia se sienten escuchadas y respetadas por sus saberes. Se forman espacios de encuentro y compartir. Todas estos aspectos son vitales para la salud del ecosistema, pues cabe recordar que el éxito de cualquier intervención de restauración va a depender de cómo se mantiene en el tiempo, y esto depende exclusivamente del cuidado y protección de las comunidades. Por esto, comunidades conscientes y orgullosas de lo que protegen, podrán cuidar y potenciar la restauración de muchas más hectáreas, y como no, estimular la restauración de los vínculos que hemos perdido con la naturaleza.

Felicidad luego de una hermosa jornada de restauración. Foto: Vairon Vidal.

Sobre los Autores

Daniela Concha es Facilitadora de proyectos y experiencias para la transformación de las realidades socioecológicas de nuestros territorios. También es Directora Ejecutiva de Fundación El Árbol. 

Bastián Gygli es colaborador de Endémico. Estudioso de la naturaleza que a través de la fotografía, los libros y el turismo busca compartir sus regalos. También maneja la instancia de naturaleza Montaraz. 

Referencias

Achard, F; Eva, H. D.; Stibig, H. J.; Mayaux, P; Gallego, J; Richards, T; Malingreau, J. P. (2002). «Determination of deforestation rates of the world’s humid tropical forests». Science. 297 (5583): 999–1003.

Alvarez-Garreton, C., Lara, A., Boisier, J. P., & Galleguillos, M. 2019. The Impacts of Native Forests and Forest Plantation on Water Supply in Chile. Forests, 10(6), 473.

Berry et al. (2010) Green carbon: the role of natural forests in carbon storage. Part 2. Biomass carbon stocks in the Great Western Woodlands. ANU Press.

Cano,  I.  J.,  Zamudio,  N.  y  Vargas,  O.  (Eds.).  (2006).   Recuperar  lo  nuestro.  Una  experiencia  de restauración  ecológica  con  participación  comunitaria  en  predios  del  Embalse  de  Chisacá, localidad de Usme, Bogotá, D.C. Bogotá: Editorial Gente Nueva.

DEFRA, Climate Change: Draft UK Programme, Sections 1–4, Annex G:Carbon Sequestration, London, 2002.

IPCC, 2019: IPCC Special Report on the Ocean and Cryosphere in a Changing Climate [H.-O. Pörtner, D.C. Roberts, V. Masson-Delmotte, P. Zhai, M. Tignor, E. Poloczanska, K. Mintenbeck, A. Alegría, M. Nicolai, A. Okem, J. Petzold, B. Rama, N.M. Weyer (eds.)].

Mola I,Torre R,Magro S,Álvarez D,Torres I,Sopeña A,Troitiño S,Pérez V,Ortega s,Pons B,Maldonado J,Berrocal M,Vela M YMaya R. 2019.Guía Práctica de Restauración Ecológica.

Nijnik M., 2010. Carbon capture and storage in forests. Research Gate

Worldwatch: Wood Production and Deforestation Increase & Recent Content Archived 25 October 2008 at the Wayback Machine, Worldwatch Institute

https://mma.gob.cl/primer-proceso-de-actualizacion-de-la-contribucion-determinada-a-nivel-nacional-ndc/

Texto y Fotos: Petra Harmat       De los tres años que viajé cada semana a trabajar a este territorio nunca me dejó de impresionar de que ninguno de mis conocidos haya visitado la provincia. Sabían de La Ligua, por supuesto, por sus tejidos y famosos dulces. Yo también me incluía en esa categoría. Del Valle de […]

Texto y Fotos: Petra Harmat     

 De los tres años que viajé cada semana a trabajar a este territorio nunca me dejó de impresionar de que ninguno de mis conocidos haya visitado la provincia. Sabían de La Ligua, por supuesto, por sus tejidos y famosos dulces. Yo también me incluía en esa categoría.

Del Valle de Petorca, no sabía nada.

Dos cuencas alimentan la provincia de Petorca, la más extensa de la región de Valparaíso, de cordillera a mar: Petorca por el norte y La Ligua por el sur. Cordillera, valles y playas son parte de su diversidad y riqueza geográfica. Su geomorfología habla de un territorio en movimiento, que cambia y evoluciona a su propio ritmo. Antaño hubo aluviones, épocas lluviosas, también años de sequía.

“Pero nada como lo que vivimos hoy”, me cuenta Vladimir Vicencio, quien es Coordinador territorial del proyecto Geoparque Valle de Petorca,  “aquí estamos viviendo la sequía más fuerte de los últimos 700 años.”

“Muchos de los espacios donde hubo bosque ya no tienen, pero todavía hay lugares donde existen. Eso habla de la circulación del agua que está por dentro de los cerros. El valle está seco pero arriba de los cerros hay agua. Eso se explica porque al interior de la tierra hay agua que se mueve muy lentamente, que entra a la cordillera gracias a la infiltración por el derretimiento de la nieve, y esa agua lluvia se mueve por el interior de la tierra hasta llegar al océano”, explica el geólogo.

El geólogo Vladimir Vicencio sostiene que el Valle de Petorca está sufriendo una sequía histórica.

Resulta inevitable relacionar esta sequía con la explotación del recurso hídrico por parte de la industria agrícola, donde, en la provincia de Petorca, los frutales acumulan 7.959,6 hectáreas de superficie plantada (datos del 2017). Hace más de 10 años que se cultivan especies extranjeras, pero de gran valor comercial: cítricos y paltos. El gran empresariado, productores medianos y pequeños se la juegan por sus buenos precios en el mercado de exportación, lo que, con el paso de los años, ha transformado notoriamente el paisaje autóctono. Se han erosionado los suelos y explotado las aguas subterráneas.

Me movía por aquel entonces sola o acompañada, en recorridos que podían durar horas, donde apenas me cruzaba con autos, algunos buses interurbanos y varios camiones aljibes que abastecían de agua potable a poblaciones que sufrían por la escasez hídrica y también por la precaria conectividad de la zona interior de la provincia.

Los verdes oasis aparecidos entre el arenal infernal eran cada vez más frecuentes en la medida que la carretera dejaba atrás pueblos rurales y miradas desconfiadas, entre montículos de cerros donde la vegetación xerofítica como cactáceas era lo predominante, y otros con vegetación típica del bosque esclerófilo.

Un campo de rocas grabadas

Saliendo de Cabildo por la ruta E-35 que conecta con Petorca, continuando el curso del río Petorca, existe un destino que concentra vestigios de pueblos originarios que vivieron hace miles de años.

Después de dejar atrás la ciudad de Petorca y los pueblos de Chincolco y Chalaco, se ve directamente de frente el macizo cordillerano, imponente como siempre, con cumbres que superan los 3 mil metros de altura. De allí el rumbo continúa hacia el norte, paralelo al río Pedernal.

Cactáceas y quintrales son parte del escenario natural de esta ruta arqueológica.

Sequedad, sol y poquísima nubosidad. El viento permanente que, a pesar de su dureza, refuerza tu vitalidad. Me sobrecogió la ausencia de seres humanos, pero, más que eso, la gama de coloraciones rojas, verdes y cafés de los minerales cordilleranos protegidos por laderas solitarias, mientras el camino de ripio zigzagueaba lentamente entre rocas enormes y cactáceas adornadas de furiosos quintrales (Tristerix tetrandrus).

En algún punto a mano derecha vi el cartel que reza “Campo de Petroglifos. El Arenal”. Y entre que no supe si bajarme a mirar o continuar hasta que apareciera alguna otra indicación más adelante, decidí estacionar al paso y comenzar la exploración.

Este campo de petroglifos es uno de los más desconocidos y menos visitados de la región.

Los petroglifos son representaciones gráficas realizadas por el ser humano a través del grabado en roca. El campo de petroglifos situado en la localidad El Pedernal es una antigua llanura aluvial, que tiene una pendiente leve hacia el cerro, ubicándose justo entre éste y el río. Es un sector de forma triangular donde por siglos han sobrevivido 80 bloques de roca con petroglifos. Hay muchos bloques fragmentados, trizados y otros han sido usurpados.

En la caminata por la ladera en acenso, aparecen piedras grabadas por todas direcciones; hay con diseños de figuras antropomorfas que parecieran soñar con ser extraterrestres en la tierra; o quizás representaciones de alteraciones de la conciencia por el consumo de alguna sustancia alucinógena, plantas o ritos (por cierto, prácticas extendidas entre los pueblos originarios). Otras presentan sólo líneas, serpenteantes o en círculos, pequeñas circunferencias encerradas en otro círculo más grande, soles y mapas.

Cuenta Vladimir que los antepasados hicieron estos diseños golpeando las piedras unas con otras, piedras puntudas que golpeaban sobre rocas que tienen una cáscara superficial. “Sin embargo, aún no se han realizado investigaciones concluyentes para definir de cuándo son los petroglifos que abundan en estos valles. Pero sí existen algunas dataciones que indican que este arte rupestre pudo haberse iniciado el año 800 d.C.”, sostiene él.

Los petroglifos se hicieron con rocas que se golpeaban con rocas puntudas hasta lograr hacer los dibujos.

Se han contabilizado más de mil rocas con petroglifos, sólo en la comuna de Petorca. En los valles vecinos del Choapa y Putaendo, así como a lo largo y ancho del país, se suman muchas más manifestaciones de arte rupestre prehispánico. Por su valor cultural en la zona provincial, hoy el Museo de La Ligua tiene a disposición del público un muestrario de réplicas de estos petroglifos, con entrada liberada.

La sola acción de estar ahí, atrapada en un lugar entre el presente y pasado, lleva a imaginar cómo veían el mundo los seres humanos que vivieron en estos valles pedregosos. ¿Habrán visto la misma luna, el mismo sol? Juega a favor que no hay límite de tiempo para permanecer ahí; sólo depende de la voluntad del visitante y del clima. Pocos lugares compiten mejor que un campo de petroglifos para poder contemplar la historia y hacerse esas y otras preguntas.

Miles de manifestaciones de arte rupestre prehispánico como éstas se encuentran a lo largo de la región.

Es bueno saber que en esta periferia áspera y rural de la región de Valparaíso quedan estas voces que no han sido consumidas por el desierto precoz ni por la codicia humana. Ecos de una humanidad que, quién sabe, por cuánto más serán testigos del paso del tiempo.

Un bosque de palmas chilenas en resistencia

El cruce de la frontera provincial entre Petorca y Choapa (región de Coquimbo) es un camino serpenteante de muy poco tránsito, desolado. Desde el lado de Tilama y Quelón, túneles rudimentarios de corta distancia, sin luz y construidos en curva perforando cerros en ascenso, desafían la ingeniería y la seguridad al volante porque ofrecían sólo una vía de acceso.

Bosques de Palma chilena y bosque esclerófilo son parte del patrimonio natural de la la zona central del país.

Mientras asciendo lentamente, el ripio y sus pequeñas piedrecillas saltan disparadas por la tracción del vehículo. Realizar avistamiento de cóndores (Vultur gryphus) que planean sobre las cumbres puede ser una gran actividad de compañía en el trayecto.

En el punto más alto, se atraviesa el túnel Las Palmas indicando el cambio fronterizo y el comienzo del descenso por la otra cara del cerro. Aquí se estableció un semáforo como sistema para controlar el tránsito.

Saliendo del túnel, golpea la vista un bosque de palmas chilenas (Jubaea chilensis). Acompañando ambos lados del camino y las laderas de los cerros circundantes, el Palmar de Petorca es uno de los refugios menos visitados de esta especie endémica de la zona centro del país.

La Palma chilena está fuertemente amenazada por la megasequía.

La palma chilena, palma de coquitos o palma de miel, es una planta perenne de tronco de hasta 2 metros de diámetro, que puede alcanzar 35 metros de alto y vivir más de 400 años de edad. Su tronco es de un liso color grisáceo opaco.

Resistentes e inmensas, por décadas han sufrido de explotación por la obtención de su miel y su fruto, proceso que implica su muerte porque se les sacan sus frutos lo que impide su renovación. Y además, ahora le toca dar su propia lucha contra la megasequía. A pesar de ser una de las especies protegidas a nivel nacional, su estado de conservación actual es vulnerable.

Para Jocelyn Hernández, vecina de la localidad de Palquico y productora de distintos cultivos, es innegable que son un patrimonio de la naturaleza que todos deberíamos apreciar, visitar y proteger. Jocelyn se preocupa, y no solamente de su campo azotado por la escasez. “Mi pregunta es qué pasará con ellas si no llueve este año (…) ¿Cómo las entidades correspondientes de flora y fauna dejarán que muera tremendo legado natural que nos ofrece el último rincón de la quinta región?”.

En el descenso, atravesando la localidad de Las Palmas, hay ejemplares juveniles y adultos y la majestuosidad del bosque va quedando atrás. Se ven fuertes, pero conscientes también de su fragilidad ante la amenaza humana. En esta ruralidad seca, ellas se elevan como protectoras del entorno endémico que sigue hasta hoy dando la lucha contra el cambio climático y la explotación del ser humano.

Sobre la Autora

Petra Harmat Vergara es comunicadora social y periodista. Trabajó cuatro años al interior de la Región de Valparaíso, desarrollándose en la difusión y gestión del agro y recurso hídrico, especialmente con productores locales. Es colaboradora en revistas y apoya a emprendimientos locales en el área de comunicaciones. Paralelamente, se ha dedicado al dibujo y al arte.

 

Entrevistados

Vladimir Vicencio Riveros. Geólogo, Magíster en Ciencias mención Geología. Presidente de la Fundación Escalera del Diablo y coordinador territorial del proyecto Geoparque Valle de Petorca.

Jocelyn Hernández Saavedra. Productora del sector de Palquico, localidad rural a los pies del palmar. Comuna de Petorca.

Bibliografía consultada

“Catastro Frutícola principales resultados región de Valparaíso”. Ministerio de Agricultura, ODEPA y CIREN. 2017.

“Diagnóstico de la gestión de los recursos hídricos en Chile. Banco Mundial. 2011

“Distribución, tamaño y estructura poblacional de Jubaea chilensis en «Las Palmas», comuna de Petorca, región de Valparaíso – Chile”. Cristian Youlton, Cristina Hormazabal, Ignacio Schiappacasse, Patricia Contreras, Carlos Poblete-Echeverría.

“Flora silvestre de Chile. Zona central”. Adriana Hoffmann J. Quinta edición. Ediciones Fundación Claudio Gay.

“Guía de uso eficiente del recurso hídrico. Programa “Difusión técnica de usuarios de aguas en la Provincia de Petorca”. Gobierno Regional de Valparaíso, Ministerio de Agricultura, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Federación Nacional de Productores de Frutas de Chile. Año 2019.

“Manual de Eficiencia hídrica energética región de Valparaíso”. Gobierno Regional de Valparaíso, Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Universidad Técnica Federico Santa María. 2014.

“Radiografía del agua: brecha y riesgo hídrico en Chile”. Fundación Chile. 2018.

 

Camilo Alfonso Veas Carvacho es Geógrafo y MCs Agronómicas y ambientales. Se ha desarrollado en el estudio de pequeñas comunidades, identificando sus estrategias colectivas de subsistencia y como éstas se ven permeadas por procesos antrópicos como las industrias extractivas (principalmente el modelo forestal, el agroexportador y el sector pesquero industrial en Chile) además de los efectos del cambio climático. […]

Camilo Alfonso Veas Carvacho es Geógrafo y MCs Agronómicas y ambientales. Se ha desarrollado en el estudio de pequeñas comunidades, identificando sus estrategias colectivas de subsistencia y como éstas se ven permeadas por procesos antrópicos como las industrias extractivas (principalmente el modelo forestal, el agroexportador y el sector pesquero industrial en Chile) además de los efectos del cambio climático.

Si bien en Chile el sector pesquero tiene una alta relevancia económica, la pesca artesanal apenas sobrevive en una frágil condición de precariedad. Crédito: Camilo Veas

Es innegable reconocer que el mundo está atravesando profundas transformaciones medioambientales, y es así como al observar nuestro entorno podemos constatar el cambio que experimentan los patrones ambientales históricos a distintas escalas y temporalidades.

Siendo Chile una extensa franja de tierra colindante con el Océano Pacífico, es que los cambios que viven los ecosistemas marinos conllevan repercusiones directas sobre nuestras costas y sus complejas interrelaciones. El aumento de las olas de calor marinas, inundaciones, marejadas y el aumento del nivel del mar, son solo algunos de los procesos que se han intensificado en las últimas décadas en nuestro país, los cuales conllevan a un deterioro de los medios de vida de las comunidades abocadas a la pesca artesanal, la degradación de funciones ecosistémicas, el daño en infraestructura, además de la incidencia en procesos migratorios forzados (Oppenheimer et al., 2014; Van Ruijven et al., 2014; Cunsolo y Ellis, 2018).

Si bien dichos procesos ambientales suponen una reconfiguración de los espacios litorales, es relevante comprender la serie de disputas y conflictos que se generan en torno al uso y apropiación de los territorios, esto, con la intención de proponer ópticas diferenciadoras a la hora de analizar y entender las transformaciones producidas por los efectos del cambio climático y aquellas generadas por el ejercicio político de apropiación territorial.

Tomaremos como pretexto de análisis a los territorios pesquero artesanales, es decir a aquellas porciones de territorio / maritorio que se configuran en torno al desarrollo de la pesca artesanal y sus dinámicas asociadas.

La lógica neoliberal de maximizar rentabilidades ha puesto en amenaza tanto los recursos del mar como el oficio de la pesca artesanal. Crédito: Camilo Veas

Es aquí donde un sinnúmero de medios de vida de comunidades costeras han experimentado drásticas transformaciones producto de la intervención de los grandes conglomerados económicos, lo que se ha expresado progresivamente en el aumento del uso de las aguas para acuicultura, el desarrollo de la industria energética, el turismo y la disposición de desechos, todas actividades que generan además una superposición de tensiones y conflictos sobre un bien de uso común (Tecklin 2017).

A todo este proceso se suman, además, las variaciones en la disponibilidad de recursos pesqueros o el cambio en la estacionalidad de pesca producto de alteraciones climáticas. Para entroncar esta discusión, nos tomaremos de los postulados propuestos por la ecología política, la cual entenderemos como el entramado de relaciones, o gobernanza según ciertos autores (Martínez-Alier 2002; Robbins 2004), bajo el cual se reparten y/o distribuyen tanto los beneficios como los costos producidos en el ejercicio de aprovechamiento de la naturaleza, además de los dispositivos de poder utilizados para dichos fines.

La puesta en valor de la pesca artesanal en zonas como Chiloé puede ayudar a repensar la relación del sector público y de empresas con nuestra cultura de mar. Crédito: Camilo Veas

Dicho esto, y bajo la estructura de análisis teórico – conceptual antes señalada, abriremos algunas reflexiones e inquietudes para problematizar. Para comenzar, tomaremos como referencia la propuesta para la actualización del Plan de Adaptación en Pesca y Acuicultura (Farias et al., 2019), documento que para el año 2019, dejaba entrever que el sector económico pesquero es el segundo de mayor relevancia a nivel nacional en términos de exportaciones, pero al mismo tiempo el sub-sector pesquero artesanal posee unos de los PIB per cápita más bajos y con un reducido nivel educacional y de cobertura de salud. Por ende es necesario cuestionar en qué medida el foco de la atención pública y científica, centrado muchas veces en la adaptación de las comunidades frente a los forzantes ambientales (exigiéndoles la adopción de estrategias en muchas oportunidades desterritorializadas), permite entrever la fragilidad del entramado social del sector artesanal, poseedor de un sistema de seguridad social precarizado y con evidentes brechas de género en términos de desarrollo socioeconómico y oportunidades.

Por otro lado, en términos de cambio climático y pesquerías, aparecen también como objetivos estratégicos el desarrollo integral del sector, además de la elaboración de modelos regionales oceanográficos y pesqueros que den cuenta de la variabilidad y respuesta ante riesgos. Sin embargo, cabe cuestionarse ¿en qué medida las múltiples figuras de planificación y gestión de los territorios / maritorios, acompañan o confluyen con esta línea?

El cambio climático surge como una oportunidad para repensar los territorios pesquero-artesanales. Crédito: Paula López

Es así como nos encontramos con las concesiones de acuicultura, las AMERB (Áreas de Manejo y Explotación de Recursos Bentónicos), las ECMPO (Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios) y últimamente las destinaciones de administración terrestre bajo el amparo de la Ley de Caletas. Todas figuras que operan bajo la injerencia, en mayor o menor medida, de múltiples instituciones, siendo clara la carencia de una institucionalidad y un marco normativo e indicativo robusto que sea capaz de ordenar y coordinar todas las intervenciones producidas en las zonas litorales y más específicamente en los territorios pesquero artesanales. Es así como cabe preguntarse, en qué medida el diseño de infraestructura para la pesca artesanal, o el aumento en la asignación de concesiones de acuicultura bajo una lógica neoliberal de maximización de rentabilidades, son medidas reales y coherentes con las disímiles dinámicas territoriales que se expresan a lo largo del país, si no son concatenadas además bajo una política pública de largo plazo.

Los grandes conglomerados económicos amenazan la pesca artesanal y a un mismo bien de uso común: los recursos del mar. Crédito: Paula López

Ahora bien, si de distribución de recursos pesqueros se trata, la expresión territorial y política en la cual se traduce el fraccionamiento de las pesquerías entre el sector artesanal e industrial es un mecanismo que merece atención. Esto, ya que la gran mayoría de las pesquerías emblemáticas, en términos de historicidad de sus desembarques, se encuentran repartidas por norma entre los sectores industriales y artesanales. En ese sentido, cuando se habla de los efectos de la variabilidad climática sobre la presencia de determinadas especies y como el sector pesquero se adapta a dichos cambios, nos propone también cuestionarnos, cuál es el destino actual que tanto el sector industrial como artesanal le están dando a los recursos, cómo se relaciona el fraccionamiento con el número de actores que subsisten de la extracción de las especies, qué tan válido es hablar de diversificación como método de adaptación, y finalmente, cuál es la lectura local que se hace a la hora de proponer medidas de diversificación y/o reconversión.

Al considerar las tensiones propuestas a lo largo del escrito, podemos establecer que paralelo al camino de la comprensión de los efectos del cambio climático, debemos poner especial atención en las brechas que hoy en día enfrenta el sector pesquero y más aún el sector pesquero artesanal. La necesidad de asimilar la diversidad geográfica y socioeconómica de las caletas a lo largo de las costas del país para así diseñar planes, programas y proyectos coherentes. La importancia de pensar los productos del mar como una verdadera fuente de alimentos de calidad, además de la relevancia cultural de la actividad, son solo algunos de los principios a tensionar.

Es relevante remarcar que la idea de estas reflexiones en ningún caso es desconocer las transformaciones que están experimentando nuestras costas y océanos producto de los procesos climáticos,  en los cuales urge avanzar en medidas concretas para asegurar el bienestar de todas las comunidades costeras, si no que más bien busca instalar la discusión sobre aquellos procesos que deben ser atendidos de manera transversal, procesos que tienen que ver con carencias en las políticas sectoriales, falta de representatividad de los actores, conflictos de intereses entre el sector público y las empresas, asimetrías en el acceso a los recursos, y una falta de comprensión de los territorios a nivel escalar.

Es así como dentro de este entramado de relaciones políticas, administrativas y ambientales, el concepto de cambio climático se puede posicionar como una oportunidad real de pensar la planificación de los territorios pesquero artesanales, dado que de manera contraria solo se develará como una estrategia comunicacional y distante para perpetuar las asimetrías presentes en nuestras costas.

Bibliografía

  • Cunsolo A, Ellis N. (2018) Ecological grief as a mental health response to climate change-related los. Nature Climate Change 8(4): 275-281.
  • Van Ruijven, B, Levy M, Agrawal A, Biermann F, Birkmann J, Cartes T, Kemp-Benedict E. (2014). Enhancing the relevance of Shared Socioeconomic Pathways for climate change impacts, adaptation and vulnerability research. Climatic Change. 122(3): 481-494.
  • Oppenheimer M, Campos M, Warren R, Birkmann J, Luber G, O’Neill B, Takahashi K. (2014). Emergent Risks and Key Vulnerabilities. In: Climate Change 2014: Impacts, Adaptation, and Vulnerability. Part A: Global and Sectoral Aspects. Contribution of Working Group II to the Fifth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change [Field, C. B., V. R. Barros, D. J. Dokken, K. J. Mach, M. D. Mastrandrea, T. E. Biller, M. Chatterjee, K. L. Ebi, Y. O. Estrada, R. C. Genova, B. Girma, E. S. Kissel, A. N. Levy, S. MacCracken, P. R. Mastrandrea and L. L. White (eds.)]. Cambridge University Press, Cambridge, United Kingdom and New York, NY, USA, 1039-1099.
  • Tecklin D. (2017) La apropiación del litoral de Chile: La ecología política de los derechos privados en torno al mayor recurso público del país. En: Ecología política en Chile: Naturaleza, propiedad, conocimiento y poder [Bustos B, Prieto M, Barton J. (eds.)]. Editorial Universitaria, Santiago de Chile, Chile, 121-141.
  • Martínez-Alier J. (2002). The environmentalism of the por a study of ecological conflicts and valuation. Northhampton, Edward Elgar Pub, Cheltenham, UK.
  • Robbins P. (2004). Political ecology: a critical introduction. Blackwell, Malden, MA, USA.
  • Farías, L., E. Acuña, C. Aguirre, S. Álvarez, M. A. Barbieri, V. Delgado, B. Dewitte, O. Espinoza, E. Pinilla, C. Fernández, P. Garrido, B. Jacob, N. Lagos, I. Masotti, D. Narváez, S. Navarrete, I. Pérez-Santos, L. Ramajo, L. Troncoso, C. Silva, L. Saavedra, D. Soto, C. A. Vargas, P. Winckler, C. Veas, E. Yáñez, A. Yévenes (2019). Propuestas para la actualización del Plan de Adaptación en Pesca y Acuicultura. Mesa Océanos-Comité Científico COP25; Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. 88 páginas.

El humano como agente del cambio climático

El paso del ser humano en la Tierra es un hito que ha cambiado todo. En pocos miles de años el humano se expandió a todas partes, dejando una estela de cambios a su paso y hoy, por primera vez, estamos dándonos cuenta del gigantesco daño que estos cambios han realizado a nuestro propio planeta […]

El paso del ser humano en la Tierra es un hito que ha cambiado todo. En pocos miles de años el humano se expandió a todas partes, dejando una estela de cambios a su paso y hoy, por primera vez, estamos dándonos cuenta del gigantesco daño que estos cambios han realizado a nuestro propio planeta (Rockstrom et al. 2009, Steffen et al. 2015). No es tarea fácil, muchos de estos procesos son extremadamente complejos, pero por suerte, hay uno en particular que nos afecta a todos y ha servido para despertar la llama de la curiosidad. Nos referimos al cambio climático

Desde que me interesé en el cambio climático hace un par de años, he realizado el ejercicio de preguntar por las condiciones climáticas a varias personas mayores. Todos, sin excepción, concuerdan con que el clima es diferente al de su niñez. Incluso yo he sentido este cambio y claramente mis 29 años no son mucho para la Tierra que ya tiene sobre 4.500 millones de años.

El clima está cambiando, pero ¿no ha cambiado siempre? La respuesta sencilla es que sí, el clima siempre ha cambiado. El de hoy es bastante diferente al del período Carbonífero, con sus gigantescas selvas tropicales de plantas parecidas a helechos. En esos días, hace aproximadamente 360 millones de años atrás, la Tierra debió ser unos 4-5 grados centrígrados más cálida que hoy. Entonces, ¿Por qué la preocupación por un par de grados más?

Por un lado, los componentes de los ecosistemas son diferentes. Los organismos vivos que habitan hoy el planeta están acostumbrados a las condiciones de este último tiempo (y sus  variaciones climáticas). Es cierto que los organismos vivos pueden adaptarse, pero los procesos evolutivos tienen límites en su capacidad de respuesta. Cambios de esta magnitud podrían darse en periodos de miles y millones de años, tiempo suficiente para que el sistema natural (clima, geografía y biota) vaya adaptándose. La situación actual es diferente. La tasa de calentamiento actual es por lejos la mayor de la que se tiene registro (IPCC 2018). Cambios de hasta dos grados Celsius promedio de temperatura de superficie en los últimos 100 años. En tiempos geológicos, estas tasas son equivalentes a cambios instantáneos. No existe otra época conocida donde la Tierra haya sufrido cambios en su clima a una tasa ni siquiera comparable y la más grande de la que se tiene registro terminó con una extinción masiva (Benton & Twitchett, 2003). Esto debido a que este cambio es tremendamente agresivo para los organismos del planeta, que pasan de las condiciones que conocen a unas totalmente distintas en unas pocas generaciones. Algunos de estos organismos huyen, pero para muchos esto es imposible, sus capacidades de movimiento demasiado bajas para la velocidad requerida. En nuestro caso, además,  los ecosistemas naturales que se utilizarían de corredores pueden estar modificados por actividades humanas o asentamientos, en cuyo caso el movimiento es imposible. En estos casos las poblaciones se extinguen y en el futuro cercano la presión seguirá aumentando, decantando en aún más extinciones (IPBES 2019).

Aumento de la temperatura (azul) y el CO2 atmosférico (verde) en los últimos 120 años, coincidiendo con el inicio de la revolución industrial

Diversas investigaciones confirman que el ser humano es el agente primordial de estos cambios acelerados; en contraposición, los procesos naturales de la Tierra no responden en tal magnitud. Actualmente estamos en la transición de un período frío a uno cálido, por ende, las temperaturas están aumentando de forma natural, pero, sobrepuesto a este proceso y de forma independiente, el ser humano ha modificado el sistema natural de forma extrema (Rockstrom et al. 2009, Steffen et al. 2015). La revolución industrial, que llevó el dominio de nuevas fuentes energéticas (gas, petróleo, carbón) cambió el paradigma de desarrollo de la humanidad. Lo que antes eran sueños de producción se hacía posible. Con esto, la voracidad de las personas perdió sus límites. Se extraía y producía más, más rápido y más eficientemente (aunque no energéticamente), pero para alimentar este crecimiento enfermo se hizo necesario quemar combustibles fósiles. Esto libera gases de efecto invernadero (CO2, metano y óxido nitroso principalmente). Estos gases absorben parte de la radiación que la Tierra emite de regreso hacia el espacio. Un proceso vital en mantener una temperatura habitable, pero que luego de la revolución industrial se ha disparado exponencialmente. Hoy en día, los gases bloquean tanta radiación, que estamos atrapados en un verdadero infierno.

Pero esto no es el único proceso del que la humanidad es responsable, otro factor muchas veces ignorado, entre tantos otros componentes del cambio global, es el cambio del uso del suelo (Lambin & Meyfroidt, 2011). La deforestación genera una menor absorción de CO2 al disminuir la cantidad de árboles, pero por sobre todo los pequeños microorganismos del suelo. Estos son los encargados de captar la mayor cantidad de CO2 en la tierra (el plankton se encarga de otro gran porcentaje en el océano). Cuando un ecosistema se modifica, ya sea para plantar pinos exóticos, construir una ciudad o lo que sea, todos estos organismos son enterrados bajo el “progreso”. Todos estos cambios del suelo además modifican el albedo (porcentaje de radiación que una superficie refleja) de inmensas zonas de tierra. Por ejemplo, un glaciar de color blanco refleja gran parte de la radiación que recibe, ayudándonos a disminuir la temperatura del planeta, pero hoy los glaciares se están derritiendo, muchos destruidos a propósito para obtener agua o acceso a minerales de importancia económica. 

Anomalías climáticas en los entre 1981 y 2010 (IPCC 2019)

Estos cambios en la atmósfera y los suelos tienen efectos catastróficos en los sistemas naturales (IPCC 2018, 2019a). El ya mencionado aumento de la temperatura, científicamente incuestionable (IPCC 2018), se ve acompañado de modificaciones en precipitaciones, nubosidad y vientos, y como todos estos procesos están interrelacionados en un sistema increíblemente complejo, muchos de los efectos de estos cambios pueden escapar a nuestro entendimiento, a pesar de esto toda la evidencia que vamos acumulando hace pensar en un futuro oscuro. Los océanos han absorbido aproximadamente 90% de la energía adicional, arriesgando posibles cambios en corrientes y modificaciones de los casquetes polares (IPCC 2019). La tasa de desastres naturales se ha visto modificada, viendo más períodos anormales de sequías, lluvias y huracanes, entre otros fenómenos. La tasa de extinción actual se estima entre 100 y 1.000 veces mayor que la base (Ceballos et al. 2015), poniéndonos en una situación de extinción masiva. Así, el efecto del ser humano hoy se equipara al impacto de un meteorito que logró extinguir a todos los dinosaurios. Estos cambios tienen un efecto directo en la vida de los organismos en la Tierra, incluyéndonos a nosotros. Poblaciones humanas se están viendo forzadas a abandonar sus hogares, pues ya no queda agua para beber. El aumento del nivel del mar (derivado directamente del derretimiento de los casquetes polares) amenaza con inundar miles de ciudades costeras (IPBES 2019b). Y estos son solo algunos de los efectos que podemos comenzar a entender con nuestras capacidades actuales, probablemente hay muchas más cosas que tal vez ocurrirán, para las cuales ni siquiera podamos prepararnos adecuadamente.

Las realidades locales.

A escala global la mayor responsabilidad por estos cambios está sin duda en lo que hoy se considera “países ricos”, los cuales en pos del desarrollo económico no escatiman en modificar el clima en el proceso, transformando el entorno tanto dentro de sus propios territorios como en países “pobres” o “menos desarollados”; donde las grandes transnacionales deciden instalarse, aprovechándose de leyes ambientales débiles y la pobreza de los lugares (ver artículo sobre “el precio ambiental del libre comercio” en blog Endémico (https://endemico.org/ciencia/precio-ambiental-del-libre-comercio/).

A pesar de esto, es importante entender las realidades de cada territorio, para así saber cómo un lugar enfrenta su relación con el clima de forma particular.

En el caso de Chile, nos encontramos ante un territorio que abarca desde el desierto más seco del mundo hasta algunos de los ecosistemas más lluviosos y húmedos del planeta, en las selvas valdivianas. A pesar de esta heterogeneidad, en todo el territorio encontramos una gran reserva de agua en forma de glaciares, los cuales son relictos de  glaciaciones, recientes y ancestrales. Esto, unido a los varios otros ecosistemas que almacenan y resguardan agua (bosques, humedales y turberas) hace que seamos un territorio de abundante agua, la cual es un regulador y estabilizador natural de las temperaturas (toma mucha energía modificar el estado de agitación de los fuertes enlaces tipo puente de hidrógeno). Además, esa misma agua es un componente fundamental en el desarrollo de comunidades humanas y ecosistemas naturales.

Chile tiene una gran reserva de glaciares, prácticamente todos ellos están en retroceso. Este es el glaciar Grey, que el año pasado desprendió un segmento de 380 metros de ancho por 350 de largo. (C) Bastián Gygli

A  este contexto se integra la industria chilena, la cual es primordialmente extractivista (que extrae en cantidades importantes y para su venta al exterior materia prima de los ecosistemas para su uso directo o como base para la fabricación de otros productos (Gudynas 2013)), enfocada en la industria pesquera (de mar y de cultivo), minera, agrícola y forestal. Estas tres últimas industrias son inherentemente consumidoras de agua, pues sus procesos requieren el uso de grandes cantidades de agua, la cual luego queda inutilizable, debido a los residuos. La minería usa el agua para producir lodo y extraer los minerales. La forestal y la agrícola la utiliza para el riego de monocultivos de plantas exóticas, algunas de gran consumo de agua, como la palta,  y el Eucalyptus (e.g. por cada kilo de palta se necesitan más de dos mil litros de agua (Red de la Huella Hídrica, waterfootprint.org). Además, la industria agrícola y forestal se desarrolla principalmente en la zona centro del país, debido a su clima mediterráneo, pero esta era un área en el pasado dominada por bosques y sabanas, las cuales tienen un relación ecológica importante con el agua, ayudando a su retención en periodos de sequía (para más detalles en esto leer el siguiente artículo: El bosque, guardián ancestral del agua https://endemico.org/ciencia/bosque-guardian-ancestral-del-agua/). A su vez, la industria forestal genera densos parches de árboles altamente inflamables, los cuales son factores de importancia para la propagación de incendios forestales (se puede leer más sobre esto en el artículo Monocultivos inflamables y el modelo forestal chileno, en nuestra misma revista https://endemico.org/actualidad/incendios-y-modelo-forestal-chileno/).

Para algunos organismos de baja movilidad y alta selectividad de tipo de hábitat, como la Ranita de Darwin (Rhinoderma darwinii), el futuro es incierto (C) Bastián Gygli

Desde el punto de vista domiciliario, Chile también se encuentra al debe en materia medioambiental, pero la escala de su impacto es mucho menor. El agua (que como ya vimos es un gran aporte a la estabilidad climática) es utilizada por las empresas en más de un 95% (Larraín 2006). Esto significa que por mucho que se logra hacer a escala doméstica, sino se cambian los paradigmas de desarrollo industrial, todo será en vano.

Estamos en una situación de crisis climática global, con eventos catastróficos como los incendios en Chile en 2017 y que ya se empiezan a repetir en el 2020, marejadas gigantescas en el sudeste asiático, los incendios de Australia en 2020 y la gigantesca mancha de calor que hoy se encuentra viajando en el Pacífico. Esto hace que la situación sea apremiante, donde todo aporte se hace urgente y necesario, pero no hay que olvidar quiénes son los que más impactan en esta crisis: tanto las transnacionales de países ricos como las grandes empresas locales.

La respuesta

La situación es crítica y muchos de los actores claves han fallado en responder correcta y rápidamente a las necesidades de la humanidad, con la edición número 25 de COP un nuevo fracaso, aunado a la negativa del Senado en la desprivatización del agua en Chile. A pesar de esto, muchas otras personas se han alzado a la ocasión, con incipientes liderazgos globales, como también con miles de iniciativas restaurativas en todo el mundo. Algunas de estas son muy concretas y otras reflexivas, pero todas unidas en la idea de crear una nueva forma de relacionarnos, tanto entre nosotros, como con la naturaleza. Todo esto, en medio de múltiples estallidos sociales en varios países, los que recuerdan que las temáticas ambientales no pueden aislarse de las otras realidades humanas. El paradigma de dominancia y violencia impregna nuestras vidas, y antes eso, debemos responder con solidaridad y cooperación, para así construir un mundo mejor, donde cuidar nuestra casa, el planeta, sea una de las prioridades fundamentales.

 

REFERENCIAS.

Benton, M. & R. Twitchett. 2003. How to kill (almost) all life: the end-Permian extinction event. Trends in Ecology & Evolution, 18(7): 358–365.

Ceballos G, Ehrlich PR, Barnosky AD, et. al (2015) Accelerated modern human–induced species losses: Entering the sixth mass extinction. Science Advances 1(5): 19. 

Gudynas E (2013) Extracciones, extractivismos y extrahecciones. Un marco conceptual sobre la apropiación de recursos naturales. Observatorio del Desarrollo, CLAES, No 18: 1- 17.

IPBES (2019) Summary for Policymakers of the Global Assessment Report on Biodiversity and Ecosystem Services of the Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services. 

IPCC (2018) Global warming of 1.5°C. An IPCC Special Report on the impacts of global warming of 1.5°C above pre-industrial levels and related global greenhouse gas emission pathways, in the context of strengthening the global response to the threat of climate change, sustainable development, and efforts to eradicate poverty [V. Masson-Delmotte, P. Zhai, H. O. Pörtner, D. Roberts, J. Skea, P.R. Shukla, A. Pirani, W. Moufouma-Okia, C. Péan, R. Pidcock, S. Connors, J. B. R. Matthews, Y. Chen, X. Zhou, M. I. Gomis, E. Lonnoy, T. Maycock, M. Tignor, T. Waterfield (eds.)].

IPCC (2019a) IPCC Special Report on the Ocean and Cryosphere in a Changing Climate [H.-O. Pörtner, D.C. Roberts, V. Masson-Delmotte, P. Zhai, M. Tignor, E. Poloczanska, K. Mintenbeck, A. Alegría, M. Nicolai, A. Okem, J. Petzold, B. Rama, N.M. Weyer (eds.)]. In press.

IPCC (2019b) Climate Change and Land: an IPCC special report on climate change, desertification, land degradation, sustainable land management, food security, and greenhouse gas fluxes in terrestrial ecosystems [P.R. Shukla, J. Skea, E. Calvo Buendia, V. Masson-Delmotte, H.-O. Pörtner, D. C. Roberts, P. Zhai, R. Slade, S. Connors, R. van Diemen, M. Ferrat, E. Haughey, S. Luz, S. Neogi, M. Pathak, J. Petzold, J. Portugal Pereira, P. Vyas, E. Huntley, K. Kissick, M. Belkacemi, J. Malley, (eds.)]. In press.

Lambin, E. & P. Meyfroidt. 2011. Global land use change, economic globalization, and the looming land scarcity. PNAS 108: 3465–3472

Larraín S. (2006). El agua en Chile: entre los derechos humanos y las reglas del mercado. Polis. Revista Latinoamericana 14.

Rockström J, Steffen W, Noone K, et. al (2009) A safe operating space for humanity. Nature 461(7263): 472–475. 

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Los efectos provocados por el cambio climático y sus incidencias tanto a nivel global como local se muestran cada vez de forma mas extrema. Inundaciones, incendios forestales, sequías o la fuerte contaminación del aire, son solo algunas catástrofes ambientales que observamos desde los últimos años en Chile. Sin embargo, existen varias iniciativas de mitigación y […]

Los efectos provocados por el cambio climático y sus incidencias tanto a nivel global como local se muestran cada vez de forma mas extrema. Inundaciones, incendios forestales, sequías o la fuerte contaminación del aire, son solo algunas catástrofes ambientales que observamos desde los últimos años en Chile.

Sin embargo, existen varias iniciativas de mitigación y adaptación al cambio climático a nivel mundial, que trascienden diferentes ámbitos de nuestra vida cotidiana.

Para difundirlas y presentar las diferentes opciones que tenemos para enfrentar los riesgos e impactos que hoy día ya estamos percibiendo, la Fundación Konrad Adenauer y el Centro Democracia y Comunidad con el apoyo de Telefónica Chile están organizando la Segunda Semana del Clima 2018, bajo el lema: “Juntos por el cambio Climático”

Del 17 al 20 de Octubre (2018), en Torre Telefónica (Av. Providencia 111, Santiago de Chile)

Puedes acceder al formulario de inscripción en la página web: https://www.semanadelclima.cl/

Pedro Marzorati es un artista argentino con actual residencia en París. Su trabajo visual se configura a partir de la corriente del Land Art, exponiendo la urgencia del cambio climático a través de la combinación de múltiples técnicas artísticas: como la escultura, la instalación, el registro fotográfico y multimedia. Las propuestas de sus instalaciones son […]

Pedro Marzorati es un artista argentino con actual residencia en París. Su trabajo visual se configura a partir de la corriente del Land Art, exponiendo la urgencia del cambio climático a través de la combinación de múltiples técnicas artísticas: como la escultura, la instalación, el registro fotográfico y multimedia.

Las propuestas de sus instalaciones son precisas y acordes al lugar en donde se configuran, estableciendo un orden visual entre la obra y su espacio, e invitando al espectador a tomar un rol activo, tanto físico como psicológico, en la interpretación de su arte. Es interesante como se completa la lectura de sus instalaciones cuando el espectador accede a participar de ella.

Este juego lo hace crucial, ya que anima a observar de manera consciente y reflexiva el actuar del ser humano en nuestro mundo y las graves consecuencias que se están plasmando respecto al cambio climático; convirtiendo, tanto al artista como al espectador, en un inesperado activista ambiental.

Un ejemplo es su obra titulada Mano a Mano (2017), donde talla una mano de madera in situ, la cual se extiende desde su origen, como un gesto de humildad y acercamiento de la naturaleza al ser humano; entregando todas sus maravillas, las cuales están siendo depredadas por nuestra especie. Parece una ironía que el gesto de esa «mano-naturaleza», está en el límite entre una invitación a entender el frenético actuar del ser humano y una súplica a detener el avanzado abuso de los recursos naturales. Pues es la humanidad, que son sus mismas manos como herramienta, está cambiando el destino del planeta.

©Pedro Marzorati

En esta misma instalación, también figura otra mano, como un intento de reconciliación entra una y otra, entre el ser humano (lo urbano) y la naturaleza. Simplemente la lírica y la potencia de ese mensaje en más de una dirección, hacen que sea una obra brillante, reflexiva y bien ejecutada, ya que logra abrir la discusión hacia el espectador en más de un sentido. El símbolo de la mano, su gesto y su instalación, invitan a entender la necesidad de la fraternidad y del dar, de volver a lo natural y envolvernos en ello.

©Pedro Marzorati