El humano como agente del cambio climático

El paso del ser humano en la Tierra es un hito que ha cambiado todo. En pocos miles de años el humano se expandió a todas partes, dejando una estela de cambios a su paso y hoy, por primera vez, estamos dándonos cuenta del gigantesco daño que estos cambios han realizado a nuestro propio planeta (Rockstrom et al. 2009, Steffen et al. 2015). No es tarea fácil, muchos de estos procesos son extremadamente complejos, pero por suerte, hay uno en particular que nos afecta a todos y ha servido para despertar la llama de la curiosidad. Nos referimos al cambio climático

Desde que me interesé en el cambio climático hace un par de años, he realizado el ejercicio de preguntar por las condiciones climáticas a varias personas mayores. Todos, sin excepción, concuerdan con que el clima es diferente al de su niñez. Incluso yo he sentido este cambio y claramente mis 29 años no son mucho para la Tierra que ya tiene sobre 4.500 millones de años.

El clima está cambiando, pero ¿no ha cambiado siempre? La respuesta sencilla es que sí, el clima siempre ha cambiado. El de hoy es bastante diferente al del período Carbonífero, con sus gigantescas selvas tropicales de plantas parecidas a helechos. En esos días, hace aproximadamente 360 millones de años atrás, la Tierra debió ser unos 4-5 grados centrígrados más cálida que hoy. Entonces, ¿Por qué la preocupación por un par de grados más?

Por un lado, los componentes de los ecosistemas son diferentes. Los organismos vivos que habitan hoy el planeta están acostumbrados a las condiciones de este último tiempo (y sus  variaciones climáticas). Es cierto que los organismos vivos pueden adaptarse, pero los procesos evolutivos tienen límites en su capacidad de respuesta. Cambios de esta magnitud podrían darse en periodos de miles y millones de años, tiempo suficiente para que el sistema natural (clima, geografía y biota) vaya adaptándose. La situación actual es diferente. La tasa de calentamiento actual es por lejos la mayor de la que se tiene registro (IPCC 2018). Cambios de hasta dos grados Celsius promedio de temperatura de superficie en los últimos 100 años. En tiempos geológicos, estas tasas son equivalentes a cambios instantáneos. No existe otra época conocida donde la Tierra haya sufrido cambios en su clima a una tasa ni siquiera comparable y la más grande de la que se tiene registro terminó con una extinción masiva (Benton & Twitchett, 2003). Esto debido a que este cambio es tremendamente agresivo para los organismos del planeta, que pasan de las condiciones que conocen a unas totalmente distintas en unas pocas generaciones. Algunos de estos organismos huyen, pero para muchos esto es imposible, sus capacidades de movimiento demasiado bajas para la velocidad requerida. En nuestro caso, además,  los ecosistemas naturales que se utilizarían de corredores pueden estar modificados por actividades humanas o asentamientos, en cuyo caso el movimiento es imposible. En estos casos las poblaciones se extinguen y en el futuro cercano la presión seguirá aumentando, decantando en aún más extinciones (IPBES 2019).

Aumento de la temperatura (azul) y el CO2 atmosférico (verde) en los últimos 120 años, coincidiendo con el inicio de la revolución industrial

Diversas investigaciones confirman que el ser humano es el agente primordial de estos cambios acelerados; en contraposición, los procesos naturales de la Tierra no responden en tal magnitud. Actualmente estamos en la transición de un período frío a uno cálido, por ende, las temperaturas están aumentando de forma natural, pero, sobrepuesto a este proceso y de forma independiente, el ser humano ha modificado el sistema natural de forma extrema (Rockstrom et al. 2009, Steffen et al. 2015). La revolución industrial, que llevó el dominio de nuevas fuentes energéticas (gas, petróleo, carbón) cambió el paradigma de desarrollo de la humanidad. Lo que antes eran sueños de producción se hacía posible. Con esto, la voracidad de las personas perdió sus límites. Se extraía y producía más, más rápido y más eficientemente (aunque no energéticamente), pero para alimentar este crecimiento enfermo se hizo necesario quemar combustibles fósiles. Esto libera gases de efecto invernadero (CO2, metano y óxido nitroso principalmente). Estos gases absorben parte de la radiación que la Tierra emite de regreso hacia el espacio. Un proceso vital en mantener una temperatura habitable, pero que luego de la revolución industrial se ha disparado exponencialmente. Hoy en día, los gases bloquean tanta radiación, que estamos atrapados en un verdadero infierno.

Pero esto no es el único proceso del que la humanidad es responsable, otro factor muchas veces ignorado, entre tantos otros componentes del cambio global, es el cambio del uso del suelo (Lambin & Meyfroidt, 2011). La deforestación genera una menor absorción de CO2 al disminuir la cantidad de árboles, pero por sobre todo los pequeños microorganismos del suelo. Estos son los encargados de captar la mayor cantidad de CO2 en la tierra (el plankton se encarga de otro gran porcentaje en el océano). Cuando un ecosistema se modifica, ya sea para plantar pinos exóticos, construir una ciudad o lo que sea, todos estos organismos son enterrados bajo el “progreso”. Todos estos cambios del suelo además modifican el albedo (porcentaje de radiación que una superficie refleja) de inmensas zonas de tierra. Por ejemplo, un glaciar de color blanco refleja gran parte de la radiación que recibe, ayudándonos a disminuir la temperatura del planeta, pero hoy los glaciares se están derritiendo, muchos destruidos a propósito para obtener agua o acceso a minerales de importancia económica. 

Anomalías climáticas en los entre 1981 y 2010 (IPCC 2019)

Estos cambios en la atmósfera y los suelos tienen efectos catastróficos en los sistemas naturales (IPCC 2018, 2019a). El ya mencionado aumento de la temperatura, científicamente incuestionable (IPCC 2018), se ve acompañado de modificaciones en precipitaciones, nubosidad y vientos, y como todos estos procesos están interrelacionados en un sistema increíblemente complejo, muchos de los efectos de estos cambios pueden escapar a nuestro entendimiento, a pesar de esto toda la evidencia que vamos acumulando hace pensar en un futuro oscuro. Los océanos han absorbido aproximadamente 90% de la energía adicional, arriesgando posibles cambios en corrientes y modificaciones de los casquetes polares (IPCC 2019). La tasa de desastres naturales se ha visto modificada, viendo más períodos anormales de sequías, lluvias y huracanes, entre otros fenómenos. La tasa de extinción actual se estima entre 100 y 1.000 veces mayor que la base (Ceballos et al. 2015), poniéndonos en una situación de extinción masiva. Así, el efecto del ser humano hoy se equipara al impacto de un meteorito que logró extinguir a todos los dinosaurios. Estos cambios tienen un efecto directo en la vida de los organismos en la Tierra, incluyéndonos a nosotros. Poblaciones humanas se están viendo forzadas a abandonar sus hogares, pues ya no queda agua para beber. El aumento del nivel del mar (derivado directamente del derretimiento de los casquetes polares) amenaza con inundar miles de ciudades costeras (IPBES 2019b). Y estos son solo algunos de los efectos que podemos comenzar a entender con nuestras capacidades actuales, probablemente hay muchas más cosas que tal vez ocurrirán, para las cuales ni siquiera podamos prepararnos adecuadamente.

Las realidades locales.

A escala global la mayor responsabilidad por estos cambios está sin duda en lo que hoy se considera “países ricos”, los cuales en pos del desarrollo económico no escatiman en modificar el clima en el proceso, transformando el entorno tanto dentro de sus propios territorios como en países “pobres” o “menos desarollados”; donde las grandes transnacionales deciden instalarse, aprovechándose de leyes ambientales débiles y la pobreza de los lugares (ver artículo sobre “el precio ambiental del libre comercio” en blog Endémico (https://endemico.org/ciencia/precio-ambiental-del-libre-comercio/).

A pesar de esto, es importante entender las realidades de cada territorio, para así saber cómo un lugar enfrenta su relación con el clima de forma particular.

En el caso de Chile, nos encontramos ante un territorio que abarca desde el desierto más seco del mundo hasta algunos de los ecosistemas más lluviosos y húmedos del planeta, en las selvas valdivianas. A pesar de esta heterogeneidad, en todo el territorio encontramos una gran reserva de agua en forma de glaciares, los cuales son relictos de  glaciaciones, recientes y ancestrales. Esto, unido a los varios otros ecosistemas que almacenan y resguardan agua (bosques, humedales y turberas) hace que seamos un territorio de abundante agua, la cual es un regulador y estabilizador natural de las temperaturas (toma mucha energía modificar el estado de agitación de los fuertes enlaces tipo puente de hidrógeno). Además, esa misma agua es un componente fundamental en el desarrollo de comunidades humanas y ecosistemas naturales.

Chile tiene una gran reserva de glaciares, prácticamente todos ellos están en retroceso. Este es el glaciar Grey, que el año pasado desprendió un segmento de 380 metros de ancho por 350 de largo. (C) Bastián Gygli

A  este contexto se integra la industria chilena, la cual es primordialmente extractivista (que extrae en cantidades importantes y para su venta al exterior materia prima de los ecosistemas para su uso directo o como base para la fabricación de otros productos (Gudynas 2013)), enfocada en la industria pesquera (de mar y de cultivo), minera, agrícola y forestal. Estas tres últimas industrias son inherentemente consumidoras de agua, pues sus procesos requieren el uso de grandes cantidades de agua, la cual luego queda inutilizable, debido a los residuos. La minería usa el agua para producir lodo y extraer los minerales. La forestal y la agrícola la utiliza para el riego de monocultivos de plantas exóticas, algunas de gran consumo de agua, como la palta,  y el Eucalyptus (e.g. por cada kilo de palta se necesitan más de dos mil litros de agua (Red de la Huella Hídrica, waterfootprint.org). Además, la industria agrícola y forestal se desarrolla principalmente en la zona centro del país, debido a su clima mediterráneo, pero esta era un área en el pasado dominada por bosques y sabanas, las cuales tienen un relación ecológica importante con el agua, ayudando a su retención en periodos de sequía (para más detalles en esto leer el siguiente artículo: El bosque, guardián ancestral del agua https://endemico.org/ciencia/bosque-guardian-ancestral-del-agua/). A su vez, la industria forestal genera densos parches de árboles altamente inflamables, los cuales son factores de importancia para la propagación de incendios forestales (se puede leer más sobre esto en el artículo Monocultivos inflamables y el modelo forestal chileno, en nuestra misma revista https://endemico.org/actualidad/incendios-y-modelo-forestal-chileno/).

Para algunos organismos de baja movilidad y alta selectividad de tipo de hábitat, como la Ranita de Darwin (Rhinoderma darwinii), el futuro es incierto (C) Bastián Gygli

Desde el punto de vista domiciliario, Chile también se encuentra al debe en materia medioambiental, pero la escala de su impacto es mucho menor. El agua (que como ya vimos es un gran aporte a la estabilidad climática) es utilizada por las empresas en más de un 95% (Larraín 2006). Esto significa que por mucho que se logra hacer a escala doméstica, sino se cambian los paradigmas de desarrollo industrial, todo será en vano.

Estamos en una situación de crisis climática global, con eventos catastróficos como los incendios en Chile en 2017 y que ya se empiezan a repetir en el 2020, marejadas gigantescas en el sudeste asiático, los incendios de Australia en 2020 y la gigantesca mancha de calor que hoy se encuentra viajando en el Pacífico. Esto hace que la situación sea apremiante, donde todo aporte se hace urgente y necesario, pero no hay que olvidar quiénes son los que más impactan en esta crisis: tanto las transnacionales de países ricos como las grandes empresas locales.

La respuesta

La situación es crítica y muchos de los actores claves han fallado en responder correcta y rápidamente a las necesidades de la humanidad, con la edición número 25 de COP un nuevo fracaso, aunado a la negativa del Senado en la desprivatización del agua en Chile. A pesar de esto, muchas otras personas se han alzado a la ocasión, con incipientes liderazgos globales, como también con miles de iniciativas restaurativas en todo el mundo. Algunas de estas son muy concretas y otras reflexivas, pero todas unidas en la idea de crear una nueva forma de relacionarnos, tanto entre nosotros, como con la naturaleza. Todo esto, en medio de múltiples estallidos sociales en varios países, los que recuerdan que las temáticas ambientales no pueden aislarse de las otras realidades humanas. El paradigma de dominancia y violencia impregna nuestras vidas, y antes eso, debemos responder con solidaridad y cooperación, para así construir un mundo mejor, donde cuidar nuestra casa, el planeta, sea una de las prioridades fundamentales.

 

REFERENCIAS.

Benton, M. & R. Twitchett. 2003. How to kill (almost) all life: the end-Permian extinction event. Trends in Ecology & Evolution, 18(7): 358–365.

Ceballos G, Ehrlich PR, Barnosky AD, et. al (2015) Accelerated modern human–induced species losses: Entering the sixth mass extinction. Science Advances 1(5): 19. 

Gudynas E (2013) Extracciones, extractivismos y extrahecciones. Un marco conceptual sobre la apropiación de recursos naturales. Observatorio del Desarrollo, CLAES, No 18: 1- 17.

IPBES (2019) Summary for Policymakers of the Global Assessment Report on Biodiversity and Ecosystem Services of the Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services. 

IPCC (2018) Global warming of 1.5°C. An IPCC Special Report on the impacts of global warming of 1.5°C above pre-industrial levels and related global greenhouse gas emission pathways, in the context of strengthening the global response to the threat of climate change, sustainable development, and efforts to eradicate poverty [V. Masson-Delmotte, P. Zhai, H. O. Pörtner, D. Roberts, J. Skea, P.R. Shukla, A. Pirani, W. Moufouma-Okia, C. Péan, R. Pidcock, S. Connors, J. B. R. Matthews, Y. Chen, X. Zhou, M. I. Gomis, E. Lonnoy, T. Maycock, M. Tignor, T. Waterfield (eds.)].

IPCC (2019a) IPCC Special Report on the Ocean and Cryosphere in a Changing Climate [H.-O. Pörtner, D.C. Roberts, V. Masson-Delmotte, P. Zhai, M. Tignor, E. Poloczanska, K. Mintenbeck, A. Alegría, M. Nicolai, A. Okem, J. Petzold, B. Rama, N.M. Weyer (eds.)]. In press.

IPCC (2019b) Climate Change and Land: an IPCC special report on climate change, desertification, land degradation, sustainable land management, food security, and greenhouse gas fluxes in terrestrial ecosystems [P.R. Shukla, J. Skea, E. Calvo Buendia, V. Masson-Delmotte, H.-O. Pörtner, D. C. Roberts, P. Zhai, R. Slade, S. Connors, R. van Diemen, M. Ferrat, E. Haughey, S. Luz, S. Neogi, M. Pathak, J. Petzold, J. Portugal Pereira, P. Vyas, E. Huntley, K. Kissick, M. Belkacemi, J. Malley, (eds.)]. In press.

Lambin, E. & P. Meyfroidt. 2011. Global land use change, economic globalization, and the looming land scarcity. PNAS 108: 3465–3472

Larraín S. (2006). El agua en Chile: entre los derechos humanos y las reglas del mercado. Polis. Revista Latinoamericana 14.

Rockström J, Steffen W, Noone K, et. al (2009) A safe operating space for humanity. Nature 461(7263): 472–475. 

Steffen W, Broadgate W, Deutsch L et. al (2015) The trajectory of the Anthropocene: The Great Acceleration. The Anthropocene Review: 2053019614564785

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