WALLPEN: Observar a tu alrededor

Este documental rescata el significado de la palabra WALLPEN, que en mapuzungún significa “mirar a tu alrededor”, por lo que nos invita a observar nuestro territorio y maravillarnos con la increíble riqueza biocultural de la Península de Hualpén, el único Santuario de la Naturaleza ubicado en el Gran Concepción.

El material audiovisual lleva siendo elaborado más de 3 años, y tiene una duración aproximada de 30 minutos, entregando información muy relevante en torno a la situación del Santuario de la Naturaleza Península de Hualpén, abordando su potencial para la educación ambiental y como refugio de la diversidad biológica, pero también buscando visibilizar las amenazas que existen sobre él. 

Hualpén se encuentra seriamente amenazado por plantaciones forestales, que cubren gran parte de su territorio, además de la cercanía de industrias contaminantes como ENAP y Petroquim. También en los últimos años han aparecido múltiples y nuevas amenazas, como son el riesgo de urbanización y construcción de proyectos inmobiliarios, la sequía en el humedal, los perros asilvestrados y los microbasurales, entre otros.

El entorno de pinguineras y alstoremerias hacen de la península de Hualpén un paisaje único del Biobío. © Montaraz

Bastian Gygli, director del documental, comentó del proceso creativo y de producción: “Con Montaraz, siempre quisimos hacer un documental de la naturaleza del Hualpén. En Hualpén hay un bosque casi único en Chile, el bosque esclerófilo costero, que no se encuentra en practicamente ningún otro lado. Vimos animales como la hormiga panda, que no sabíamos que vivía ahí. ¡Vimos ballenas! Salir a la naturaleza ahí es como estar en los documentales que uno ve de niño, solo que nos cuesta creernos el cuento. Como biólogos, la idea era mostrar que estos lugares hermosos también están cerca”.

Cualquiera sea tu vereda, uno puede hacer mucho, incluso solo compartiendo y visitando.

Bastian Gygli, director de Wallpen.

Pero el documental abarca mucho más que solo eso, el Santuario de la Naturaleza Península de Hualpén es uno de los espacios de conexión con la naturaleza más importantes del Gran Concepción, en ese sentido el documental “Wallpen, Observar a tu Alrededor” se hace cargo de plantear la necesidad de su protección y el acceso público y consiente a su territorio.

“Ahí conversamos nuestra idea con otras personas” nos comenta Bastian, “Andrés Toro Toro, activista local de hace muchos años y Nicolás Salazar, que trabaja en periódico Resumen, que siempre ha estado involucrado en las problemáticas ambientales. Juntos es como tomó real forma el proyecto, donde el objetivo era más que solo mostrar lo lindo de la naturaleza, sino contar la historia de este territorio. Incluyéndonos a nosotros, sus habitantes y todo lo que eso implica.”

Una preciosa cigarra observa atenta la vida presente a su alrededor. © Montaraz

“Esto incluye mostrar las problemáticas ambientales y las cosas que se están haciendo para enfrentarlas. Todo para finalmente proponer qué hacer al respecto, y aquí es donde fue interesante ver todas las perspectivas. Porque es un lugar tan visitado y querido, que mucha gente quiere cuidarlo y hay muchas formas de hacerlo. Por lo mismo, nuestra idea fue compartir el espacio para que las mismas personas contaran su historia, incluyendo gente que vive ahí, activistas, emprendedores, científicos, abogados. Y luego simplemente hacer un llamado a formar parte de estas discusiones, a involucrarse en la defensa del lugar. Cualquiera sea tu vereda, uno puede hacer mucho, incluso solo compartiendo y visitando.”

El estreno de este trabajo será de forma tanto presencial como online, donde el equipo espera llegar a la mayor cantidad de gente posible. Sobre esto, Bastian comenta: “La idea es que sea una herramienta más para el cuidado de este lugar, que ojalá mucha gente se maraville, o se enoje, o lo que sea, pero que se motiven a involucrarse y ser parte del cuidado de la península…es que es un lugar demasiado genial, y tan cerca de nuestra ciudad.”

Los bosques de Hualpén están amenazados por el avance de inmobiliarias. © Montaraz

Estreno presencial y online

El lanzamiento presencial se realizará en la Universidad Federico Santa María, en Hualpén (Arteaga Alemparte 943, Hualpén, Bío Bío), el día lunes 27 de junio a las 19:00 hrs, y se solicitará pase de movilidad.

Por otra parte, dos días después se realizará el estreno online, el día 29 de junio a las 19:00 hrs, el cual podrá seguirse a través de todas la redes sociales de las agrupaciones productoras, además de un lanzamiento conjunto vía Facebook.

Tráiler del documental: 

Sobre los Realizadores

Este es un trabajo conjunto de Montaraz (@montaraz.naturaleza), periódico resumen (@resumen.cl), nahuelbutafilms (@nahuelbutafilms) y la campaña ciudadana “Salvemos el Santuario” (@salvemoselsantuariodehualpen), unidos a múltiples otros actores como Homovidens, Taller Svarmo y La Gaviota Podcast. Además cuenta con sonidos y música original de las artistas regionales Rayen Perez, Valentina Villarroel y Motri.

Imagen de portada: Una de las especies emblemáticas que aparecen en las noches de Wallpen es el Monito del monte. © Montaraz

Habitar los territorios, recorriendo sus recovecos y descubriendo sus secretos es una de las formas más directas de aportar a la conservación de un lugar. Y es que estar es acto de presencia y al mismo tiempo, aprendizaje y generación de apego, lo que indudablemente motiva al cuidado, como dice el dicho “conocer para proteger”. Es por […]

Habitar los territorios, recorriendo sus recovecos y descubriendo sus secretos es una de las formas más directas de aportar a la conservación de un lugar. Y es que estar es acto de presencia y al mismo tiempo, aprendizaje y generación de apego, lo que indudablemente motiva al cuidado, como dice el dicho “conocer para proteger”.

Es por eso que las herramientas para la exploración emergen como elementos claves del cuidado del medio ambiente. Es esta lógica la que motivó a Erick Espinoza en su práctica profesional de geógrafo, quien junto al equipo de Montaraz (@montaraz.naturaleza) se plantearon el desafío de generar insumos que pudiesen motivar y facilitar las visitas a la península de Hualpén, en Concepción.


Garza blanca chica, uno de los habitantes clásicos de este Santuario de la Naturaleza. @montaraz.naturaleza

La península es un santuario de la naturaleza, visitado y querido por muchas personas, pero a su vez asediado por diversas problemáticas ambientales, como la industria forestal, la pesca intensiva, los basurales clandestinos, las fiestas, los perros asilvestrados, entre otros. Esto hace que sea muy importante potenciar su cuidado, como un área clave para el cuidado ambiental en una ciudad de gran tamaño como Concepción.
Este trabajo finalmente desembocó en la generación de cartografías, las cuales son mapas de la península, los cuales abordan distintas perspectivas de esta. Por un lado está la descripción naturalista del lugar, con sus diversos ecosistemas, en otra arista están los senderos para caminatas y también las problemáticas ambientales, las cuales se combinan en distintas posibilidades para la interpretación de la península y la potencial planificación de actividades. El material viene además acompañado de una memoria explicativa, un documento que permite entender, a grandes rasgos, el trabajo realizado y la realidad de la península, para así tener una base sólida para su exploración.

Extracto de una de las cartografías disponibles. @montaraz.naturaleza

Este material se encuentra disponible de manera libre y gratuita, esperando ser un aporte al cuidado medioambiental de nuestro territorio. El link para su descarga es el siguiente:

https://drive.google.com/drive/folders/1hlu7679G_aMj950JmXfCgJP-rAmNbW0n?usp=sharing

¡Te invitamos a descargarlas y a explorar este hermoso territorio!

Atardecer en la desembocadura del río BioBío, una de las postales clásicas de la península de Hualpén. @montaraz.naturaleza

Si quieres apoyar lo que hacemos, puedes seguirnos en redes sociales en @montaraz.naturaleza

Imagen de portada: Santuario de la Naturaleza Península de Hualpén @montaraz.naturaleza

De múltiples formas, tamaños y colores, los cuerpos de agua siempre nos han llamado la atención. Es imposible ser ajeno a la acumulación de un elemento tan vital para la vida y no estamos solos en eso, pues muchos de estos lugares son sitios de proliferación y encuentro para múltiples especies de flora y fauna. […]

De múltiples formas, tamaños y colores, los cuerpos de agua siempre nos han llamado la atención. Es imposible ser ajeno a la acumulación de un elemento tan vital para la vida y no estamos solos en eso, pues muchos de estos lugares son sitios de proliferación y encuentro para múltiples especies de flora y fauna. Esto, unido a la magnífica diversidad geológica, hace de lagos y lagunas un escenario increíble para multiplicidad de  procesos  ecológicos, los cuales aún estamos develando hoy en día, como exploradores, científicos y entusiastas.

Troncos hundidos y reflejados en la laguna Arcoiris, Parque Nacional Conguillío. © Montaraz

Cuerpos acuáticos

Lagos y lagunas. Muchas veces hemos escuchado estas palabras, pero, ¿conocemos cuál es la real diferencia entre ellos? La pregunta es un buen punto de partida para comenzar a entender las dinámicas de los cuerpos de agua y su respuesta radica principalmente en dos factores: salinidad y fluidez. 

Las lagunas suelen ser cuerpos sin una salida de agua, lo que hace que con el tiempo muchas pierdan agua por evaporación, aumentando su salinidad. A su vez, muchos cuerpos de agua cercanos al océano se originaron por agua marina que alguna vez llegó tierra adentro, cumpliendo los parámetros para ser consideradas lagunas. De hecho, la laguna más grande es también el cuerpo de agua con más área del mundo: el mar Caspio, con una superficie de 371,000 km².  Esta es una cuenca endorreica, que consiste en el punto más bajo en un gran territorio, por lo que canaliza todas las aguas circundantes, que fluyen naturalmente hasta acumularse en la base. Como muchas de estas lagunas no tienen salidas de agua, la evaporación las termina transformando en salares. Un ejemplo de lo anterior en Sudamérica es el salar de Atacama.

Salar de Atacama, la laguna de mayor tamaño de Chile. © Montaraz

Por otro lado, los lagos son cuerpos que fluyen, pues tienen una salida de agua en forma de ríos o ríos subterráneos. Son de agua dulce y normalmente de mayor profundidad que las lagunas. Uno de los representantes más imponentes de esta categoría se encuentra en medio de la taiga rusa. Se trata del lago Baikal, el cual se formó por la partición de la Tierra, en un proceso de separación de placas tectónicas. A pesar de no ser el lago más grande del mundo, bajo su superficie se cobijan 23.615 km3 de agua, nada menos que el 22% de toda el agua dulce en la superficie del mundo. Este enorme volumen  lo hace único desde el punto de vista ecosistémico, ya que alberga organismos como focas, las cuales no se encuentran en ningún otro lago del mundo. Otros lagos de origen y características similares son el lago Tanganyika y el Malawi, en África.

Sea uno o el otro, se trata de entidades cambiantes, a pesar de su aparente inmovilidad. Lenta o abruptamente, se forman por dinámicas geológicas, modificándonse en el tiempo, aumentando en tamaño o evaporándose hasta desaparecer. También pueden llenarse de sedimentos y cubrirse parcialmente, dando vida a pantanos y eventualmente a otros ecosistemas, como los walves (ver artículo publicado en Endémico web sobre walves, manglares de agua dulce).

Mientras dura su existencia, su influencia en el entorno es gigantesca. El agua es una fuerza poderosa en la naturaleza, una sustancia reguladora de temperatura, un agente erosivo importante, y, por sobre todo, el elemento fundamental para la vida. Es por eso que un desierto puede florecer cuando existe un lago de por medio.

La laguna del Huemul, en la cordillera andina cerca de Chillán, congelada durante el invierno. © Montaraz

Estratificación y mezcla

Cuando los lagos tienen profundidad suficiente, las aguas comienzan a moverse dentro del sistema, formando diferentes capas. Este proceso se conoce como estratificación y es fundamental para la identidad ecológica de los lagos, pues cada capa funciona como un entorno levemente distinto en relación a los demás componentes del ecosistema (Wilhelm y Adrian, 2007). A veces, las capas son tan marcadas que nunca se mezclan. Estos se conocen como lagos meromícticos.

Los cambios en los estratos pueden incluir cambios de temperatura. El agua más fría, que es levemente más densa (y por ende pesada) cae al fondo de los lagos, formando el sostén de las capas más ligeras, las cuales pueden variar en su grosor y cantidad dependiendo de las características fisicoquímicas del cuerpo de agua. 

Otro cambio importante se encuentra en la cantidad de luz. Al ser el agua una barrera para el avance lumínico, solo las partes más cercanas a la superficie tienen a disposición luz solar. Esto es fundamental para los organismos fotosintéticos, que son la base de las tramas tróficas, haciendo que la biodiversidad sea normalmente más exuberante cerca de la superficie.

Pero, ¿qué pasa con esos grandes lagos casi desprovistos de vida macroscópica, como el mar Muerto, que igual reciben luz solar? Puede que otras características del lago no sean las adecuadas la vida, como su salinidad o la concentración de sustancias en disolución, siendo la de oxígeno una fundamental, pues determina en gran medida la viabilidad de organismos vivos. En general, la concentración de este elemento es mayor en cercanías a la superficie, donde el agua es menos densa y existe mayor intercambio químico con el aire.

El agua es una fuerza poderosa en la naturaleza, una sustancia reguladora de temperatura, un agente erosivo importante, y, por sobre todo, el elemento fundamental para la vida.

Centros de vida

Los lagos tienen agua y por ende, gran potencial para sustentar la vida (Elton, et al, 1957). Incluso en las lagunas muchos organismos se han adaptado para afrontar la salinidad y sacar el máximo provecho a estos entornos.

Como en casi todos los ecosistemas, todo parte con la energía del sol, la cual nutre al fitoplancton, pequeños organismos vegetales como diatomeas y dinoflagélados, y que son la base de las tramas tróficas. Estos seres son el alimento para el zooplankton, que corresponde a pequeños animales microscópicos que flotan en la columna de agua. También en las orillas de los lagos se suelen asentar especies de algas y vegetales, las cuales se anclan al sustrato para realizar la fotosíntesis. Estos organismos forman el sustento para otros seres, donde destacan moluscos y otros invertebrados.

Dentro de los vertebrados destaca la presencia de peces, los cuales están completamente adaptados a la vida en el agua. De las 35.000 especies descritas de peces, 43% son dulceacuícolas (Reporte Humboldt, 2017), muchas de las cuales habitan lagos y lagunas. Otro grupo que usa los lagos son los anfibios, los cuales aprovechan directamente el agua o las zonas húmedas cercanas para completar sus primeros estadios de desarrollo. Los demás grupos de vertebrados suelen llegar a los lagos y lagunas en busca de agua o refugio, con muchos tipos de aves y mamíferos, presentando adaptaciones específicas para sacar provecho a la vida lacustre.

Picurio (Podilymbus podiceps), una especie altamente adaptada a la vida en cuerpos lacustres, donde se zambulle en busca de presas y usa la vegetación ribereña para anidar. © Montaraz

Los cuerpos de agua son también paradas fundamentales para organismos migratorios, los cuales cambian de hábitat estacionalmente para buscar mejores condiciones de vida. Estos viajes pueden ser tremendas odiseas (como los 32.000 km al año que recorre el gaviotín ártico (Sterna paradisaea) (Egevang et al 2009)), y que requieren de estaciones de descanso y alimentación, los cuales muchas veces son provistos por lagos, aumentando estacionalmente la biodiversidad de estos lugares.

Otro factor clave para la biodiversidad es la conectividad de un cuerpo de agua con otros ecosistemas. Al estar alejados geográficamente, algunos lagos pueden funcionar como islas, desarrollando una biodiversidad única, donde los pocos organismos que alguna vez colonizaron el lugar pudieron desarrollarse en ambientes de baja competencia. Es por ello que en los lagos existe un alto endemismo, es decir, especies que solo se encuentran en esos ambientes y en ningún otro.

Un ejemplo especial de biodiversidad ocurre en África, donde el río Okavango termina su curso en medio de una planicie. Esto hace que sus aguas se vayan expandiendo y estacionalmente forman un gran lago, conocido como el “delta del Okavango”. Algo similar ocurre en medio de Sudamérica, donde en medio del río Paraguay, estacionalmente se forma un llanura de inundación conocida como “El Pantanal”. Estos son algunos de los ecosistemas más diversos del mundo.

Orígenes inesperados

Uno no esperaría encontrar lagos en la Antártica, considerando la enorme capa de hielo de dos kilómetros de espesor que cubre al continente, pero efectivamente existen más de 400 lagos subglaciales. Estos se forman cuando el hielo comienza a acumularse sobre el agua y eventualmente genera una presión que impide al agua que está abajo congelarse. El lago Vostok, el más grande de estos cuerpos de agua, tiene 5,400 km3 de agua y una superficie de 12,500 km2, siendo uno de los más grandes del mundo.

Los glaciares son también generadores de lagos por sí mismos, pues en sus avances y retrocesos van erosionando la roca y dejando acumulaciones de las aguas que se van derritiendo. Estos lagos pueden quedar luego del retroceso total de los glaciares, como por ejemplo en los grandes lagos de Norteamérica, pero también pueden mantenerse asociados a los glaciares, como ocurre cerca de masas de hielo en climas templados, como en la Patagonia o Groenlandia.

Algunos eventos naturales pueden generar embalses de cursos de agua, como por ejemplo cuando la lava de una erupción volcánica corta el flujo de un río, como ocurre en la laguna Arcoiris, en la Araucanía. Esto podría ser considerado un evento estocástico o azaroso, aunque aún más raro es cuando el impacto de un cuerpo extraterrestre golpea con fuerza la tierra, lo suficiente para generar un lago. Estos pueden ser bastante profundos y tienen dinámicas muy particulares dado su origen. Un ejemplo de este tipo es el lago Elgygytgyn, en Siberia.

Lago de origen glaciar en el Parque Nacional Cerro Castillo, en la Patagonia. © Montaraz

Conclusión

Sería fácil definir los lagos como simplemente agua acumulada sobre la tierra, pero como muchos conceptos ampliamente usados de forma coloquial, su realidad es mucho más compleja. Las múltiples orígenes geológicos, unidos a historias ecosistémicas particulares que ocurren en distintas partes del mundo hacen que los lagos y lagunas tengan siempre una identidad particular, formando parte del enorme mosaico de diversidad del planeta tierra.

Lo que no cambia es su importancia. Donde sea que estén, los lagos y lagunas son espacios importantes para la vida y los ecosistemas, además de sitios de admiración de la belleza natural por parte de los humanos. ¿Quién no recuerda con cariño la contemplación de un hermoso atardecer en un lago? Ya sea por la belleza o su rol ecológico, los ecosistemas lacustres deben ser cuidados, y en Chile, donde el agua abunda, es nuestra responsabilidad seguir conociendolos y protegiendolos.

Bibliografía

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Egevang C., Iain J. Stenhouse, Richard A. Phillips, Aevar Petersen, James W. Fox, y Janet R. D. Silk, 2009. Tracking of Arctic terns Sterna paradisaea reveals longest animal migration

Elton, Charles Sutherland; Miller, Richard S. (1954). «The Ecological Survey of Animal Communities: With a Practical System of Classifying Habitats by Structural Characters». The Journal of Ecology. 42.

Van der Leeden, Troise, and Todd, eds., The Water Encyclopedia. Second Edition. Chelsea, MI: Lewis Publishers, 1990. pp. 198-200.

Wilhelm S.; Adrian R. (4 October 2007). «Impact of summer warming on the thermal characteristics of a polymictic lake and consequences for oxygen, nutrients and phytoplankton». Freshwater Biology. 53 (2): 226–37.

Imagen de portada: Laguna Cañicura, en Alto Bío Bío. © Montaraz

 

La tierra es un planeta en constante cambio y por ende su biodiversidad está en constante adaptación a las nuevas dinámicas del entorno. Esta es la base para entender la evolución de la vida, desde su misterioso origen hasta la apabullante y hermosa diversidad actual. La mayoría de las veces estos cambios son graduales, pero cada ciertos eones (en la escala temporal geológica, los eones son las divisiones mayores de tiempo de la historia de la Tierra), ocurren sucesos que tienen un impacto gigantesco en un gran número de organismos. Un acontecimiento que sin duda provocó uno de aquellos sucesos fue el llamado “Gran Intercambio Biótico Americano” (GABI por sus siglas en inglés), cuando se unieron Norteamérica con Sudamérica.

Roca en movimiento

La corteza terrestre o litósfera es la capa rocosa que está en contacto con la atmósfera, y que, a pesar de su aparente rigidez, resulta ser más bien laxa e irregular en todo el planeta. La litósfera se encuentra fragmentada en muchas placas, como si la envoltura rocosa de la Tierra fuese un gran puzzle esférico; un puzzle de quince placas de gran tamaño y más de cuarenta microplacas. 

Este mosaico se encuentra en un constante y lento desplazamiento, ya que estos fragmentos flotan en el denso, ardiente y viscoso manto terrestre. Si bien lo anterior puede parecer poco probable, estas colosales islas rocosas efectivamente están en movimiento, lo que se manifiesta en los puntos donde chocan unas con otras. Chile – donde la placa Sudamericana y la placa de Nazca colisionan –  es un ejemplo de este lento pero constante movimiento, que tiene como consecuencia la presencia de innumerables volcanes y el alzamiento del gran cordón montañoso de Los Andes.

Todos estos majestuosos procesos naturales se han estudiado y comprendido por décadas bajo el nombre de “tectónica de placas”. Lo anterior, permite explicar la seminal hipótesis de Alfred Wegener del año 1915, quien al ver la forma de los continentes planteó la idea de que en algún momento éstos pudieron estar juntos y, por lo tanto, se debían mover. Esta idea es solo una más de las innumerables pruebas del constante cambio en el que se encuentra el planeta, el cual posibilita la aparición de los hermosos procesos evolutivos que ocurrieron, ocurren y seguirán ocurriendo.

El complejo volcánico Chillán en plena actividad durante el año 2019. Unos de los cientos de volcanes de Chile. © Montaraz.

La creación de un gran puente

La configuración actual de nuestros continentes es reciente, y viene de la fragmentación y posterior desplazamiento de un único supercontinente llamado Pangea (Pan=todo y gea=tierra, en griego). Este comenzó a fragmentarse hace aproximadamente 170 millones de años, dando origen a dos grandes continentes que se fueron separando entre sí, Laurasia y Gondwana (Cawood y Buchan 2007). Esto significó que la biodiversidad presente en Pangea también se dividiera y, por lo tanto, se generaran historias evolutivas independientes para la biodiversidad en estos dos nuevos continentes.

Los procesos geológicos dan forma a bellos paisajes, que a su vez dan forma a bellos procesos biológicos. Valle Lunar, cerca de Chile Chico. © Montaraz.

Posteriormente, Laurasia y Gondwana se fragmentaron nuevamente en piezas terrestres más pequeñas; Laurasia dio paso a Europa, Asia y Norteamérica (desde ahora, NA), mientras que Gondwana dio paso a África, Australia, Nueva Zelanda, Antártica, Madagascar, Península Arábica, India y Sudamérica (desde ahora, SA). Todos estos nuevos continentes mantuvieron en cierta medida una identidad biológica similar a sus mega-continentes de origen, pero lentamente forjaron su propia historia. Tras la fragmentación de Gondwana, SA estuvo desconectada del resto de los continentes durante más de 50 Ma, lo que permitió la proliferación de la biodiversidad nativa (Reguero et al. 2014; Hoffmeister 2020). Por otro lado, NA no estuvo mucho tiempo aislada ya que mantuvo una conexión con Eurasia a través del Estrecho de Bering (ruta de paso de la especie humana y muchas otras).

Un paisaje de la Patagonia hace 20 millones de años (Antes del GABI). En la imagen, mamíferos sudamericanos, depredadores y presas. A la derecha un representante de las “Aves del terror”, también depredadores sudamericanos. Ilustrador: Jorge Blanco.

Claro que el movimiento de placas no se detuvo, por lo tanto, nuevas interacciones entre bordes de placas comenzaron a levantar gradualmente la corteza terrestre que actualmente conocemos como “Centroamérica”. En específico, hace 25 Ma comenzó el choque entre la “placa Sudamericana” y la parte trasera de la “placa del Caribe”, que era un arco volcánico. Esta colisión produjo el levantamiento inicial de corteza terrestre (Jaramillo 2018). En una primera instancia se formaron una península y un archipiélago, pero más tarde, hace 3 Ma, las islas dispersas se fundieron para formar un verdadero puente de tierra, o “istmo”, uniendo NA y SA.

La gran migración entre las Américas

Todo proceso geológico está asociado a un proceso biológico, pues los componentes del sistema natural están íntimamente conectados. En este caso este gran puente de tierra que resultó ser el “istmo de Panamá” o Centro América terminó por generar grandes migraciones bidireccionales de biodiversidad entre ambas Américas. Este es uno de los mayores eventos biogeográficos registrados y ha sido llamado el “Gran Intercambio Biótico Americano” o GABI por sus siglas en inglés (Simpson 1950, 1969; Webb 2006; Woodburne 2010; Bacon et al. 2016; Jaramillo 2018; Hoffmeister 2020) y debido a su reciente ocurrencia es uno de los mejores casos de estudio para entender la respuesta de la biodiversidad a los cambios geológicos.

Todo proceso geológico está asociado a un proceso biológico, pues los componentes del sistema natural están íntimamente conectados

Las migraciones comenzaron de a poco hace 10 Ma, cuando aún no se cerraba completamente el puente. En esos tiempos las especies que podían realizar el viaje eran las más móviles, que podían desplazarse por agua o por aire. Luego, cuando ya existía un verdadero continuo de tierra entre ambas Américas es donde se inició el apogeo de este proceso.

El impacto de este intercambio es tan grande que hoy casi la mitad de las especies de mamíferos actualmente presentes en SA son descendientes de inmigrantes del hemisferio norte. Hace 10 Ma, los primeros mamíferos en arribar a SA fueron los ancestros de mapaches (no presentes en Chile) y también la familia de roedores Cricetidae, que llegó a SA y logró proliferar generando aproximadamente 400 especies repartidas en todo el continente, entre ellos nuestros conocidos ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus) y ratón oliváceo (Abrothrix olivacea). Otro grupo conocido en nuestro territorio, los camélidos, arribaron hace 5 Ma, para luego dar paso a nuestros conocidos guanaco (Lama guanicoe) y vicuña (Vicuga vicugna). Ya hace 2.5 Ma, llegan muchos nuevos grupos que incluyen a los ancestros de los actuales mamíferos depredadores como zorros, felinos, osos, y nutrias, tales como nuestros endémicos zorro de Darwin (Lycalopex fulvipes) y huillín (Lontra provocax); y también ancestros de ciervos, como el huemul (Hippocamelus bisulcus). Parece increíble, pero todos estos grupos tan representativos de nuestras tierras, son solo habitantes recientes de este territorio.

Una cría de guanaco (Lama guanicoe), una de las muchas especies de ancestro norteamericano en Sudamérica. © Montaraz.

De manera inversa, los registros más antiguos de mamíferos de origen indiscutiblemente sudamericano en NA también datan de hace 10 Ma y corresponden a los grandes perezosos terrestres que habitaban SA, como el milodón. Este grupo terminaría por extinguirse tanto en SA como NA, pues hoy solo existen pequeños perezosos, los cuales habitan en bosques tropicales. Algunos grupos de animales sudamericanos que colonizaron con éxito y aún habitan el hemisferio norte comprende a zarigüeyas, armadillos, puercoespines, loros y colibríes, entre otros (Simpson 1980; Hoffmeister 2020). 

Como hemos visto, el estudio del GABI se basa principalmente en el registro fósil animal, pero también existen registros del proceso en plantas. En un influyente artículo, Gentry (1982) señaló que los bosques tropicales de Centroamérica están dominados por especies arbóreas muy extendidas que tienen un probable origen en SA (particularmente del Amazonas).  De todas formas, aún no hay claridad de si estos procesos son dependientes de la presencia del puente, pues los métodos de dispersión de plantas muchas veces les permiten moverse distancias de forma mucho más efectiva que animales a través de semillas que pueden permanecer viables durante muchos años.

Los ancestros de los carnívoros sudamericanos actuales, como de este zorro chilla, atravesaron el gran puente que es Centroamérica. © Montaraz.

El impacto

El movimiento geográfico de la biodiversidad tiene dos caras. Por un lado, muchas especies migrantes desarrollan nuevos nichos aprovechando la oportunidad ecológica que significa el colonizar nuevos espacios y ambientes. Por otro lado, especies pueden ser desplazadas por estos nuevos habitantes, para los cuales muchas veces no tienen respuestas competitivas, pues evolucionaron de forma aislada. Es por eso que coordinadamente junto a la expansión de la biodiversidad se producen eventos de extinción.

Con respecto al GABI, históricamente se ha propuesto que la llegada de los mamíferos carnívoros a SA implicó un desplazamiento competitivo y por lo tanto la extinción de los depredadores endémicos sudamericanos como los mamíferos Sparassodonta y las “aves del terror” (familia Phorusrhacidae). Otras propuestas más recientes muestran que estos depredadores endémicos se extinguieron varios años antes de la llegada de estos poderosos migrantes norteamericanos debido al cambio climático en SA. Cualquiera haya sido la razón de la extinción de los depredadores sudamericanos previos (competencia o cambio ambiental), significó la proliferación y éxito de los mamíferos depredadores migrantes que conocemos en la actualidad.

Históricamente, estos procesos de especiación y extinción asociados al desplazamiento de las especies ocurren todo el tiempo de manera acoplada o a veces no tanto, pero con una dinámica que permite que los lugares geográficos tengan una biodiversidad que contemple todos los elementos de la red trófica (depredadores, consumidores primarios, productores, etc.). En cambio, hoy en día, el ser humano es un puente tan importante como el GABI, permitiendo el traslado de biodiversidad a través del planeta con facilidad, con nuestros constantes viajes y descuidos. Esto ha sido uno de los grandes problemas del Antropoceno, pues la introducción de especies exóticas ha generado cambios devastadores en la biodiversidad de ciertas zonas aisladas.

Por lo mismo, se hace importante estudiar las dinámicas de desplazamiento y evolución del pasado, lo que nos puede dar luces sobre cómo se compartan los sistemas naturales antes procesos de rápido cambio en la composición de la flora, fauna y funga, preparándonos tal vez para poder responder a la fuerte presión que la acción humana ejerce en nuestros ecosistemas.

Referencias:

Bacon, C. D., Molnar, P., Antonelli, A., Crawford, A. J., Montes, C., & Vallejo-Pareja, M. C. (2016). Quaternary glaciation and the Great American biotic interchange. Geology, 44(5), 375-378.

Cawood P, Buchan C (2007) Linking accretionary orogenesis with supercontinent assembly. EarthSci Rev 82:217–256.

Cody S, Richardson JE, Rull V, Ellis C, Pennington RT. 2010. The Great American Biotic Interchange revisited. Ecography 33:326–32.

Gentry A. 1982. Neotropical floristic diversity: phytogeographical connections between Central and South America. Pleistocene climatic fluctuations or an accident of Andean orogeny? Ann.Mo. Bot. Gard. 69:557– 93.

Hoffmeister, M. F. C. (2020). From Gondwana to the Great American Biotic Interchange: The Birth of South American Fauna. In Pilauco: A Late Pleistocene Archaeo-paleontological Site (pp. 13-32). Springer, Cham.

Jaramillo, C. (2018). Evolution of the Isthmus of Panama: biological, paleoceanographic and paleoclimatological implications. Mountains, climate and biodiversity, 323-338.

Reguero MA, Gelfo JN, López GM, Bond M, Abello A, Santillana SN, Marenssi SA (2014) Final Gondwana breakup: the paleogene South American native ungulates and the demise of the South America-Antarctica land connection. Glob Planet Change 123B:400–413.

Sedio BE, Paul JR, Taylor CM, Dick CW. 2013. Fine-scale niche structure of Neotropical forests reflects a legacy of the Great American Biotic Interchange. Nat. Commun. 4:2317.

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Wegener, A. (1915): Die Entstehung der Kontinente und Ozeane.

Sobre los autores:

Paulo Vallejos Garrido es comunicador científico-naturalista, Dr(c) en Sistemática y Biodiversidad, e investigador y consultor ambiental en «Vida Silvestre Investigadores». Además es un curioso de la ecología, biogeografía y evolución de mamíferos.

Bastián Gygli es estudioso de la naturaleza que a través de la fotografía, los libros y el turismo busca compartir sus regalos.


Imagen de Portada: © Montaraz.

Walves: Manglares de agua dulce

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr Hace unos años realizamos una travesía en kayak por el mítico lago Lleu Lleu, al sur de Chile, en la cordillera de Nahuelbuta. El lago Lleu Lleu es reconocido por sus aguas cristalinas y limpias, pero nuestro recorrido nos mostró el profundo impacto de la industria forestal en el […]

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr

Hace unos años realizamos una travesía en kayak por el mítico lago Lleu Lleu, al sur de Chile, en la cordillera de Nahuelbuta. El lago Lleu Lleu es reconocido por sus aguas cristalinas y limpias, pero nuestro recorrido nos mostró el profundo impacto de la industria forestal en el paisaje: monocultivos de pino y eucalipto hasta el borde del lago, y en varias secciones grandes superficies de tala rasa. La erosión y pérdida de suelo eran evidentes y dolorosas.

Sin embargo, algunas desembocaduras de esteros y orillas de difícil acceso mantenían pantanos ribereños ocultos alrededor del lago. Desde lejos, estos bosques nativos eran visibles por los árboles que emergían retorcidos desde el agua. Al acercarnos a ellos, nos sentimos entrando a un paisaje selvático, una especie de manglar de agua dulce. Nuestros botes se deslizaron entre ramas y raíces, mientras los ruidos de aves se intensificaron y las hojas y sus sombras rozaron nuestros rostros. Bajo nuestros botes, el agua aún seguía ahí, quieta entre los árboles.

Al frente, se extendía un bosque semi acuático, con plantas que crecían dentro del agua. Este fue nuestro primer encuentro con un antiguo ecosistema asociado al agua, los bosques pantanosos que el pueblo mapuche llama walve.

Árbol de pitra con las clásicas flores de la familia de las mirtáceas © Montaraz.

Formaciones ecológicas únicas

Los walve son bosques pantanosos -ecosistemas donde crece vegetación que puede soportar la presencia prolongada de agua-, los cuales se encuentran en sectores planos o de poca pendiente, anegados de manera estacional o permanente por lluvias, aguas subterráneas, o por estar asociados a ríos y sus áreas de inundación. Un buen término ecológico sería “humedal arbóreo”, aunque desde el mapudungún walve se traduce literalmente como ciénaga o pantano (Ramírez, 1979).

Algunos walve son también llamados pitranto o foyentu por el pueblo mapuche, dependiendo qué especie es más frecuente (pitra o canelo respectivamente). Para los mapuche, algunos walve son considerados menoko, humedales sagrados donde se presentan abundantes energías (newen) y resguardados por un ngenko (espíritu del agua).

Los árboles que componen este ecosistema en Chile comparten una característica clave: una gran tolerancia a la humedad y anegación. Esto hace que las especies presentes sean limitadas. Todas son plantas siempreverdes, dentro de las se encuentra la pitra (Myrceugenia exsucca), el temu (Blepharocalyx cruckshanksii), el chequén (Luma chequen), el arrayán (Luma apiculata), el chin-chin (Myrceugenia ovata) y el canelo (Drimys winteri). Entre todas estas especies, la más tolerante al agua es la pitra, la cual puede crecer casi completamente sumergida bajo agua en lagunas y bordes ribereños.

Cuando estos árboles están presentes en los walve forman un bosque de baja altura (entre 5 y 15 metros) y muy denso, lo que limita la entrada de luz. Además, por estar bajo agua, el suelo tiene poca presencia de oxígeno. El resultado de esta condición es el crecimiento lento e irregular de los árboles, generando las formas retorcidas clásicas de este ecosistema.

Entre los animales más llamativos asociadas a este ecosistema se encuentran mamíferos como el huillín (Lontra provocax), el monito del monte (Dromiciops gliroides) y la güiña (Leopardus guigna), todos los cuales se encuentran amenazados. Además de varias especies de anfibios como la rana moteada (Batrachyla leptopus), e insectos como el ciervo volante (Chiasognathus granti). Además, muchas aves se alimentan, se refugian y reproducen en estos humedales, como el huairavo (Nycticorax nycticorax).

Walve sumergido en una laguna de la península de Hualpén, cerca de Concepción © Montaraz. 

Origen y distribución

Más que a grandes zonas geográficas, los walve se asocian a condiciones particulares, en este caso la presencia de agua. Esto los hace ecosistemas azonales y de distribución fragmentada, parches que aparecen repartidos en medio de una matriz compuesta por otros tipos de ambientes.

El origen de este ecosistema se asocia a un proceso de sucesión ecológica, característico de los cuerpos de agua, llamado hidrosere (Ramírez et al., 1983). La dinámica de este proceso, consiste en que las plantas sumergidas, al retener sedimento entre sus raíces, van elevando el fondo del cuerpo de agua, con lo cual disminuye su profundidad, permitiendo el avance de otras plantas hacia el interior del cuerpo acuático. Este proceso puede tardar cientos de años y llegar a secar completamente un lago (Ramírez y San Martín, 2006). Dentro de esta sucesión ecológica, el walve es un estadio avanzado del proceso, pero que aún mantiene abundante agua.

Lo interesante de este proceso es que debido a la distribución fragmentada de los walve, comprender la dispersión de sus especies vegetales ha sido un gran desafío. Debido al fruto carnoso de la mayoría de estas, se piensa que su dispersión la realizan las aves asociadas a este bosque semi acuático, las cuales pueden mover las semillas de los árboles a otros cuerpos de agua localizados a largas distancias. 

Hoy los walve se encuentran naturalmente distribuidos desde Coquimbo hasta la isla de Chiloé. Más hacia el norte, las condiciones se vuelven demasiado secas, y hacia el sur van cediendo su dominio a otra comunidad arbórea asociada a pantanos, los lahuales o alerzales, donde domina el alerce (Fitzroya cupressoides).

Al frente, se extendía un bosque semi acuático, con plantas que crecían dentro del agua. Este fue nuestro primer encuentro con un antiguo ecosistema asociado al agua, los bosques pantanosos que el pueblo mapuche llama walve.

Guardianes del agua

Muchas de las plantas que componen los walve, como la pitra o el canelo, son llamadas “guardianas del agua”. Esto es debido a que estos pantanos no solo dependen de la presencia prolongada de agua, sino que además facilitan la presencia de esta misma a través de la generación de un ambiente sombrío y más frío, evitando la evaporación inmediata. Este fenómeno es conocido como “regulación biótica del ambiente”, donde los organismos no son determinados por su entorno, sino que juegan un rol activo en el modelamiento de este.

La retención de sedimentos entre sus abundantes raíces facilita además el estancamiento de aguas superficiales, actuando como embalses naturales. Es probable que esto también esté  relacionado al tipo de suelo donde crecen los walve (arcilloso y de poco drenaje). Así también, los walve participan en la regulación de la erosión, mediante la retención de sedimentos arrastrados por la lluvia (escorrentía superficial) desde cerros y campos. De hecho, se considera que zonas estuarinas de diversos ríos al sur de Chile continúan siendo navegables debido a la presencia de walve, los cuales retienen los sedimentos y evitan el embancamiento del río. Al respecto, es posible que los walve asociados a lagos signifiquen una lenta transformación del cuerpo lacustre en un bosque terrestre, mientras que el avance de los walve asociados a ríos está limitado por sus fuertes corrientes (sin embargo, esta hipótesis requiere mayores evidencias).

Las diferentes especies vegetales que conforman este pantano poseen importantes capacidades para la absorción, a través de sus raíces, de nutrientes y sustancias contaminantes del agua, proceso conocido como biorremediación. Estos hábitat desarrollan labores que reducen la concentración de sólidos suspendidos y coliformes fecales en el agua, eliminando el exceso de nutrientes (eutroficación) y otros contaminantes (Delgadillo-López et al., 2011). 

Por otra parte, los walve participan en la regulación del clima local, como muchos otros bosques, al regular la temperatura del aire y agua, como también la precipitación y retención de humedad (mediante la creación de niebla), además brindan oxígeno y contribuye a la absorción de gases de efecto invernadero. La relación del bosque con el agua es vital y está explicada en mayor detalle en el siguiente artículo publicado en Endémico web: bosque guardián ancestral del agua.

Walve compuesto por pitras (pitranto), en el lago Puelo © Ramiro Francisco Campello.

Peligro crítico

Aunque los walve no presentan plantas útiles como maderas, ni suelos aptos para la agricultura tradicional, han sido destruidos para facilitar el acceso a fuentes hídricas o para extracción de leña (Ramírez et al., 1995). Además, luego de ser cortados, estos espacios suelen ser usados para la ganadería, la cual compacta y cubre con pastos la superficie, acelerando la pérdida del carácter húmedo del ambiente e impidiendo la regeneración natural del pantano.

Según investigaciones (Muñoz-Pedreros y Möller, 2002), los bosques de temu y pitra son una de las comunidades más fuertemente afectadas por la intervención humana, ya que han sido talados intensamente y los suelos en que prosperan están siendo drenados para obtener espacios aptos para la agricultura. Por otra parte, se ha señalado que la conservación de la flora de los walve es muy importante, ya que de ella depende la sobrevivencia de la fauna permanente y estacional de estas formaciones.

Gran parte de estos humedales se encuentran gravemente amenazados por la constante presión de los monocultivos forestales, sobre lo cual puedes leer en la siguiente entrevista sobre el impacto de la industria forestal en la cordillera de Nahuelbuta.

Estas actividades (ganadería y forestería) se ven fortalecidas por programas estatales para “recuperar” terrenos para la agricultura y silvicultura, como el Sistema de Incentivo para la Recuperación de Suelos Degradados (SIRDS).

Por otro lado el cambio global del clima unido al actuar humano hace que el panorama sea complejo para todos los ecosistemas naturales asociados al agua, debido a un proceso acelerado de desertificación que estamos viviendo. 

Jens Benöhr conversando con una pitra. El momento del descubrimiento de estos increíbles ecosistemas. ©Tobias Hellwig

Conversando con una pitra

La asociación con los manglares no es exacta, dado que estos ecosistemas son bosques tolerantes al agua salada que crecen en zonas costeras, principalmente en los trópicos, con sus raíces expuestas bajo el agua, lo que permite bucear entre ellas. Por otra parte, los walve son de agua dulce, y en general no es posible bucear entre las raíces, dado que se encuentran hundidas en el fango. Sin embargo, ambos bosques semi acuáticos comparten exuberantes verdes y azules, y una geometría intrincada; laberintos de ramas y troncos torcidos que se hunden y elevan del agua. Podríamos decir que los walve,  son la versión fría y fangosa de los manglares, pero un poco más oscura, un poco más misteriosa. 

Es increíble la cantidad de ecosistemas que aún quedan por descubrir dentro de nuestros territorios, incluso para quienes nos dedicamos a su estudio. En este contexto, estos sistemas han sido poco investigados y por lo mismo, no se conoce su potencial exacto, por ejemplo, para resguardar o fitorremediar fuentes de agua. Hay mucho por aprender aún de los walve y sus dinámicas. Un pequeño paseo en kayak decantó en el descubrimiento personal de un nuevo tipo de bosque. ¿Cuántas criaturas más estarán escondidas entre nuestras quebradas, lagos y montañas? La tierra nos invita a seguir buscando. A redescubrir nuestro hogar y sus habitantes, y a cuidarla.

Estos bosques nativos son visibles a simple vista por los árboles que emergen retorcidos desde el agua. © Montaraz

Referencias

Conversaciones con Javier Milanca, profesor de historia y mapudungún.

Correa-Araneda, F., J. Urrutia & R. Figueroa, R. (2011). Estado del conocimiento y principales amenazas de los humedales boscosos de agua dulce de Chile. Revista Chilena de Historia Natural, 84: 325-340.

Delgadillo-López et al. (2011). Fitorremediación: una alternativa para eliminar la contaminación. Tropical and subtropical agroecosystems, 14(2): 597-612.

González, M., Hauenstein, E., Peña-Cortés, F., Garcia, M. & Urrutia, O. (2003). Comentarios sobre bosques pantanosos, humedales importantes del centro-sur de Chile. Gestión Ambiental 9: 3-13.

Peña-Cortés F., Pincheira-Ulbrich, J., Bertrán, C., Tapia, J., Hauenstein, E., Fernández, E. & Rozas, D. (2011). A study of the geographic distribution of swamp forest in the coastal zone of the Araucanía Region, Chile. Applied Geography, 31: 545-555.

Ramírez, C., Ferriere, F. & Figueroa, H. (1983). Estudio fitosociológico de los bosques pantanosos templados del sur de Chile. Revista Chilena de Historia Natural, 56: 11-26.

Ramírez, C. & San Martín, C. (2005). Asociaciones vegetales de la Cordillera de la Costa de la Región de Los Lagos. pp. 206-224. En: Smith-Ramírez, C., J. Armesto & C. Valdovinos (Eds.). Historia, biodiversidad y ecología de los bosques costeros de Chile. Editorial Universitaria, Santiago, Chile.

Smith Ramírez, Cecilia. Proyecto Hualves, apoyado por FONDECYT y el Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB). https://hualves.wordpress.com/

Imagen de portada: Walve: manglares de agua dulce. Crédito: Montaraz @montaraz.naturaleza

Patagonia: una ecología del viento

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr “Voy camino a la Patagonia me han hablado del frío, del sol y las montañas.  Creo entender los desafíos Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas” Bastian Gygli, camino a la Patagonia.   Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De […]

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr

“Voy camino a la Patagonia

me han hablado del frío, del sol y las montañas. 

Creo entender los desafíos

Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas”

Bastian Gygli, camino a la Patagonia.

 

Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De exhuberante y helada selva austral y de estepas sin fin donde el pasto coirón reina el suelo. Los autores hemos visto estos lugares, y para nosotros, no hay duda, hablar de Patagonia es hablar de sus vientos, aires apresurados que alcanzan velocidades sorprendentes. Estos soplan con furia a través de llanos y bosques, dando forma a árboles de intrincadas geometrías nacidas de la resistencia al viento. Pero, incluso ante estas condiciones agrestes que parecen desafiar la vida, los diversos organismos patagónicos se han adaptado, pudiendo llamar hogar a este territorio azotado por los ventarrones.

El viento

Cada día, en el océano Pacífico, millones de litros de aire son calentados por la radiación solar, ascendiendo. Este aire luego se mueve impulsado por las fuerzas de rotación de la tierra, el llamado efecto Coriolis. Parte de esta masa de aire cálido choca con el sur de Sudamérica, donde los campos de hielo patagónicos han helado el aire. En este choque el aire caliente asciende aún más, para luego encontrarse con la pampa, donde no están los fríos glaciares. Allí el aire cae en picada, acumulando velocidad y fuerza, muchas veces descomunales. Durante los días más intensos se pueden registrar vientos constantes de 50 km/hr y ráfagas de hasta 100 km/hr.  

Estas condiciones son intermitentes, siendo influenciadas por los grandes movimientos de las masas de aire. Hay días de calma, donde todo está tranquilo, los cuales son luego seguidos por temporales que pueden durar días o semanas. La temporada más propensa a estos eventos es el verano. En este la diferencia de temperatura de las masas de aire es mayor y, por ende, hay más posibilidades de procesos de acumulación de velocidad.

Quebrada en medio de las planicies patagónicas de la Sierra Baguales © Montaraz

La misma naturaleza del territorio, que no presenta relieves tan pronunciados, hace que los aires fluyan libres. La ausencia de grandes obstáculos hace que el viento no pierda fuerza y, por otro lado, no entrega muchas posibilidades de escondite a los habitantes. Ante esto, los seres vivos se han adaptado.

Adaptación

El ambiente abiótico es una gran fuerza modeladora de la vida. Gran parte de las adaptaciones biológicas que se han mantenido en el tiempo han sido una respuesta a una o varias condiciones del entorno. Por ejemplo, en el extremo sur de Chile, la cordillera de los Andes genera refugios del viento, lo que unido a la humedad permite la aparición de bellos bosques australes, donde las lengas (Nothofagus pumilio) dominan el paisaje. Estos lugares están resguardados, lo que les permite a las plantas alzarse a varios metros del suelo. Sin embargo, hacia el este de los Andes, hacia Argentina, otro es el panorama. 

Allí, en las tierras abiertas donde la erosión glaciar ha aplanado el territorio, dejando solo suaves colinas y grandes planicies, no hay nada que detenga el viento. Así, este corre libre y sin tregua. La primera impresión es dura, ¿cómo puede algo tolerar la fuerza del viento? Especialmente cuando en el vasto paisaje patagónico no se distingue refugio alguno.

Sin embargo, es en medio del viento donde la Patagonia guarda uno de sus tesoros biológicos, en parte por sus enormes dimensiones, pero también ante esta presión ambiental la vida ha respondido con múltiples variantes, conformando un rico e interesante ecosistema.

Lengas (Nothofagus pumilio) con sus ramas adaptadas al viento © Montaraz

Plantas y viento

La base de las estepas está en las plantas, las cuales al ser organismos sésiles (de muy baja movilidad) no pueden moverse buscando refugio del viento. Esto ha hecho que deban adaptarse a resistir el viento en vez de evitarlo. Lo primero es modificar sus hojas. Las plantas usan sus hojas para hacer fotosíntesis, pero también es el lugar donde realizan los intercambios de gases con el entorno, incluyendo el agua. Por lo mismo, cuando una planta tiene una hoja muy grande, es propensa a perder agua, ya sea por calor, o como en la Patagonia, por el viento. Este último mueve la masa de aire y toda la humedad que se encuentra en él se desplaza con su paso, dejando una nueva masa de aire seca, la cual es un nuevo estímulo para que se libere agua.

Esto hace que las plantas se hayan adaptado a estas condiciones de sequedad, disminuyendo drásticamente el tamaño de sus hojas o modificándose completamente, como ocurre con los cactus del desierto. Aunque, a diferencia de estas otras plantas, en la Patagonia existe otra adaptación clave: la forma de crecimiento. En un intento desesperado por mantener algo de la escasa humedad, muchas de las plantas han adoptado una forma de crecimiento a ras de suelo y con una forma semiesférica, la cual permite al viento pasar aerodinámicamente sobre las plantas, pero no penetrar en su interior, donde se conserva algo de humedad.

El ejemplo clave de esta estrategia se encuentra en el coirón, una denominación para pastos del género Festuca. Estas plantas son parecidas a los clásicos pastos de las ciudades, pero su forma de crecimiento sigue este patrón aglomerado, como de “champa”. Esto ha hecho que sea especialmente abundante en la Patagonia y en la alta montaña, donde llega a formar praderas puras o asociaciones con otras especies.

Mata guanaco (Anarthrophyllum desideratum), otro ejemplo clásico de adaptaciones al viento © Montaraz

En el caso de los árboles que se aventuran a las zonas de viento, su forma de crecimiento es radicalmente distinta a los del bosque. El tronco y algunas secciones de las ramas son engrosadas  dado que la madera se acumula en las zonas que permiten sostener la estructura del individuo y resistir el estrés mecánico que ejerce el viento. Además, las hojas se reducen y las ramas pueden crecer siguiendo la dirección predilecta del viento. Esto último ayuda a que pase de forma aerodinámica y disminuye el potencial de ramas quebradas. A nivel de las raíces, están suelen crecer más en contra de la dirección habitual del viento, dado que así sostienen al árbol firmemente en su lugar.

Fauna y viento

Los animales se pueden mover y esto les permite en cierta medida evitar el viento. Sin embargo, con temporales que pueden durar varios días y una escasez natural de refugios en el entorno, cada tanto todo organismo se verá obligado a enfrentarse al viento.

En el caso de los seres pequeños, como los artrópodos (grupo que incluye insectos, arañas, ciempiés y milpiés, entre otros organismos) las adaptaciones claves son conductuales e implementan mantenerse alejados del viento. Por lo mismo muchos de ellos viven al resguardo bajo rocas o en pastos y la abundancia de especies voladoras es menor que en otras zonas donde el viento no es tan predominante.

Los reptiles patagónicos están adaptados a la falta de humedad, con cuerpos planos y una vida a ras de suelo. Por otro lado, la abundancia de anfibios es baja, debido a la sequedad. Los pocos ejemplares que habitan las estepas suelen enterrarse y esperar los periodos de lluvias para activarse.

Liolaemus magellanicum en torres del Paine. Esta es la lagartija más austral del mundo © Montaraz

Son los mamíferos y las aves los grupos que desafían más directamente al viento, principalmente mediados por su capacidad endotérmica (de regular la temperatura corporal) y sus adaptaciones para la insulación externa a través del pelo y las plumas. Esto les permite enfrentar directamente el viento por períodos más largos de tiempo. Para evitar la pérdida de calor también muchas especies presentan un aumento de tamaño corporal, optimizando la relación entre su volumen y su área, perdiendo proporcionalmente menos calor que otras especies de sus familias. Es en parte por esto que especies como el puma (Puma concolor) presentan sus mayores tamaños en la Patagonia.

Ahora, incluso con este impresionante listado de adaptaciones, solo los animales más grandes, como el guanaco (Lama guanicoe) y el choique  (Rhea pennata) son capaces de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia. Los de menor tamaño deben pasar por periodos de inactividad ante los vientos más fuertes o buscar sus oportunidades en la noche, donde los vientos suelen ser de menor intensidad.

Zorro chilla (Lycalopex griseus) refugiándose de los fuertes vientos en una pequeña grieta en la arena © Montaraz

Como en muchos lugares alejados de los trópicos, las mejores estrategias para los organismos es tener una gran adaptabilidad y poder comportarse como generalistas, aprovechando las ventanas de oportunidades que un ambiente cambiante les presenta.

Eventos extremos y los riesgos del cambio climático

Incluso con todas las adaptaciones mencionadas, los eventos extremos de viento pueden ser devastadores. Los vientos huracanados de hasta 200km por hora, pueden ser capaces de arrancar las plantas y sus raíces, y junto a ellas desprender grandes porciones de suelo. Esto deja zonas expuestas, las cuales pueden ser difíciles de colonizar en los ritmos lentos de los ecosistemas patagónicos. Los temporales también son capaces de limitar la actividad de los animales, impidiendoles completar sus ciclos vitales. Esto puede ser desastroso para animales de ciclos cortos o poblaciones ya reducidas.

Lo problemático es que estos fenómenos se podrían volver algo mucho más común en los próximos años. Está estudiado que uno de los efectos del cambio climático es el aumento de eventos climáticos extremos (National Geographic, 2020). Esto se produce porque existe un calor extra en el sistema, el cual se puede desplazar en formas que desbalancean las armonías actuales, teniendo efectos impredecibles. Esto hace que el calentamiento de una masa de agua en un lado del mundo, pueda tener consecuencias en el otro lado, como periodos de sequías, lluvias y otros eventos. Si esto potencia el ya intenso viento, los resultados podrían ser terribles en la biodiversidad local.

En la ecología es difícil poder aislar un factor, pues normalmente hay muchos que están influyendo en el desarrollo de estrategias y procesos. A pesar de que esto también es cierto en la Patagonia, la presencia de un factor tan predominante en su intensidad como los vientos huracanados del sur, nos permite entender de mucha mejor forma como la vida a veces debe adaptarse a los desafíos claves de un territorio. 

Así, como los glaciares son los forjadores principales del relieve patagónico, son sus vientos el factor clave para entender a su flora y fauna, la cual deslumbra con su resiliencia única. Sin los aires lacerantes, este territorio no sería lo mismo y, aunque desafiante a veces, el viento es parte fundamental de los procesos biológicos, tanto en la Patagonia como en otros lugares del mundo.

El Guanaco es capaz de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia © Montaraz

 

Imagen de portada: Vista de la Patagonia desde mirador El Toro © Montaraz

Referencias

Ennos, A. (1997). Wind as an ecological factor. Trends in Ecology & Evolution, 12(3): 108-111.

Konôpka, B., Kulfan, J. & Zach, P. (2016). Wind- An important ecological factor and destructive agent in forests. Forestry Journal 62(2): 123-130.

Nobel, P. (1981). Wind as an Ecological Factor (Chapter)Physiological Plant Ecology I, 12.

Ornes, S. (2018). Core Concept: How does climate change influence extreme weather? Impact attribution research seeks answers. PNAS, 115(33): 8232-8235.

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/tendremos-mas-fenomenos-meteorologicos-extremos-futuro_13378. Revisado el día 03 de febrero.

Fotosíntesis: La clave eterna de la naturaleza

La luz cae directamente sobre las hojas, moviendo los engranajes moleculares de sus células. Sol, agua y aire se convierten en azúcares, la moneda fundamental de la vida. Este fenómeno se conoce como fotosíntesis, probablemente el proceso químico más importante para la actual vida en el planeta. Permite a los organismos vivos tomar la luz […]

La luz cae directamente sobre las hojas, moviendo los engranajes moleculares de sus células. Sol, agua y aire se convierten en azúcares, la moneda fundamental de la vida. Este fenómeno se conoce como fotosíntesis, probablemente el proceso químico más importante para la actual vida en el planeta. Permite a los organismos vivos tomar la luz del sol, una fuente colosal de energía que baña nuestra tierra cada día, y transformarla en energía química, la cual se usa para construir las moléculas que componen los tejidos de los que todos los seres estamos hechos. Todo a través de una maquinaria bioquímica tremendamente compleja, cuyos secretos aún no terminamos por descubrir.

Hoja de tineo (Weinmannia trichosperma), una estructura especializada en la realización de la fotosíntesis. © Montaraz.

De energía libre hacia organismo

Los organismos necesitan energía. Con ella pueden mantener un metabolismo activo y realizar sus actividades vitales. Esto es lo que les permite una activa intencionalidad en contraposición con una perpetua reactividad, al menos desde el punto de vista energético, donde pueden romper la tendencia del equilibrio estático de la “muerte”. Así, los organismos se ven obligados a buscar energía en su medio, la cual se encuentra en diversas fuentes. 

Por ejemplo, a kilómetros bajo la superficie marina, existen chimeneas termales de las cuales emergen gases sulfurosos desde el centro de la tierra. Aprovechándose de ésto hay variadas comunidades biológicas que han desarrollado la maquinaria metabólica para transformar esta energía química en azúcares, en un proceso llamado quimiosíntesis, la que les permite aprovechar dicha fuente energética particular. Se trata de un proceso asociado a aquel profundo ecosistema, pero en la corteza terrestre y cerca de la superficie de cuerpos de agua, existe una fuente poderosísima de energía, la cual se encuentra constantemente bañando de energía nuestro entorno. Nos referimos al sol y su energía calórica y lumínica. Por lo mismo, no es de extrañar que la reacción que más conocemos sea la que transforma esta energía: la fotosíntesis.

Ya sea por su importancia histórica, sus potenciales futuros y su relevancia en el presente, la fotosíntesis es uno de los procesos bioquímicos claves para nuestro planeta, dándole forma a la vida como la conocemos.

Esta reacción toma componentes del entorno, específicamente dióxido de carbono (CO2) y agua (H20) y utiliza la energía solar para transformarlos en azúcares,  estructuras químicas que almacenan energía en los enlaces que las componen. Esa energía puede luego moverse en esta nueva forma y utilizarse en variados procesos dentro del organismo. Además, es la fuente de energía para la mayoría de los organismos heterótrofos (que no pueden realizar estos procesos de síntesis bioquímica): animales, incluidos los humanos, y hongos. 

Además, en el proceso se libera oxígeno (02) como material de “desecho”, siendo este otro componente fundamental para otro proceso vital, la respiración celular.

Una mirada simplificada de las reacciones químicas de la fotosíntesis.

Para la realización de esta reacción los organismos fotosintéticos cuentan con una fascinante maquinaria metabólica, la cual le permite a estructuras parecidas a antenas receptoras, llamadas fotorreceptores, captar y canalizar la luz hacia centros reactivos donde se puede procesar, mover y finalmente almacenar como azúcares. Estos fotorreceptores tienen una molécula fotosensible clave llamada clorofila, la cual es el centro de estimulación de estas antenas y por ende, un compuesto fundamental para el proceso en general.

Una mirada al detalle de las estructuras involucradas en la fotosíntesis y los procesos bioquímicos que realizan.

La maquinaria y el proceso que permiten es extremadamente complejo (ver imagen) y ha tomado años de estudio para desentrañar. En este artículo no entraremos en detalles técnicos bioquímicos, pero si quieres saber más puedes revisar aquí.

3 mil millones de años después, la fotosíntesis sigue siendo la base de la captación de energía en el planeta, soporte de casi todas las tramas tróficas que conocemos.

Los orígenes de la reacción

Lo interesante de este tipo de reacciones (fotosíntesis y quimiosíntesis) es que a pesar de su complejidad, son fundamentales para la existencia de la vida. Por ello científicos proponen que los primeros organismos en habitar el planeta – incluyendo el ancestro común de toda la vida (LUCA, por sus siglas en inglés) – debió ser un organismo que pudo ser capaz de realizar fotosíntesis y quimiosíntesis. Lo anterior ha generado debate en torno al origen de la reacción, donde algunos científicos proponen que se habría originado por reacciones químicas azarosas en un ambiente altamente reactivo, propio de la tierra primigenia (Hartman, 1998; Brown et al, 2004). Otros, en cambio, sostienen que el nivel de complejidad de los organismos es tan elevado que probablemente la vida debió haber llegado desde el espacio extraterrestre, la exogénesis (Martis et al, 2008).

Como sea, desde entonces la vida se ha diversificado, generando las ramas de la biodiversidad que hoy conocemos (y probablemente otras aún desconocidas). Hoy, más de 3.000 millones de años después, esta reacción sigue siendo la base de la captación de energía en el planeta, soporte de casi todas las tramas tróficas que conocemos. Aún así, tal vez no es idéntica a cómo fue en esos inicios prehistóricos.

La luz solar incluye todo el espectro visible humano y más, pero los organismos fotosintéticos sólo absorben parte del espectro, específicamente la luz roja y azul a través de la clorofila, reflejando la luz verde, que es la que asociamos a plantas y otros fotosintetizadores. Esto es extraño, pues la energía en los espectros verdes son las más fuertes de todas las emitidas por el sol, entonces ¿por qué los organismos vivos no evolucionaron para aprovechar esta luz? 

Hipótesis púrpura

Existe una hipótesis llamada la tierra púrpura (DasSarma et al, 2018), que dice que tal vez los primeros organismos usaban pigmentos que absorben la luz verde, reflejando la morada.

Una interpretación artística de lo que podría haber sido la tierra púrpura. © Creative Commons.

Lo anterior se fundamenta con la existencia de arqueas modernas (seres similares en tamaño a las bacterias que crecen en ambientes extremos) que usan retinol en vez de clorofila como pigmento fotosintético. El retinol es una molécula más sencilla y que absorbe la luz verde. La hipótesis dice que ésta habría sido, tal vez, la molécula más plausible para los fotosintetizadores originales, pues es más sencilla que la compleja clorofila. El linaje que luego empezaría a usar la clorofila habría evolucionado para aprovechar la luz sobrante de las dominantes arqueas moradas, lo que explicaría en parte por que la luz verde no es utilizada hoy en día, debido a su origen en un ambiente competitivo con organismos que sí lo hacían. Eventualmente, la clorofila prevalecería también debido a la mayor eficiencia de la reacción y al hecho de que la poderosa luz verde genera posibles daños a los fotorreceptores. De todas formas es interesante imaginar cómo habría sido una tierra donde dominaran organismos de color morado en vez de verdes.

La fotosíntesis hoy

La fotosíntesis fue, sin lugar a dudas, una revolución química. Usando clorofila se libera O2, el que empezó a acumularse en la atmósfera una vez apareció esta versión de la reacción. Esto habría promovido la diversificación general de la vida, pues la acumulación de oxígeno atmosférico, altamente reactivo químicamente, genera un entorno inestable, donde existen muchas más posibilidades de adaptación e innovaciones.

Desde entonces existen muchos linajes que siguen cultivando la fotosíntesis, con diversas variantes (plantas CAM, C3 Y C4 por ejemplo). Mirando un mapa de la tierra podemos ver cómo el verde domina tanto la tierra como el mar, predominando en toda región donde existan los recursos nutricionales para aprovechar la luz del sol. Cabe destacar que gran parte del proceso ocurre en los océanos, donde se produce por lo menos el 50% de la productividad primaria (cantidad de captación energética vía fotosíntesis) del planeta (ver artículo «Plancton: los pulmones del océano», de la Edición 5 de Revista Endémico para más detalles). 

Nivel de clorofila por área en el océano y cobertura vegetacional en tierra © Wikipedia.

Toda esta producción es la base de las tramas tróficas y el sustento de casi toda la biodiversidad conocida. Sin fotosíntesis no habría pumas, ballenas o humanos. Todos seres que de alguna u otra forma obtienen su energía desde organismos que la canalizaron del sol.

Fotosíntesis artificial y su potencial energético

Mucha de la energía actual que usamos en nuestra vida diaria viene de la fotosíntesis. La que usamos para mantener y accionar nuestros cuerpos viene directamente desde nuestro alimento, pero mucha energía para otras acciones vitales de nuestra sociedad también también tiene su origen en este proceso. El leño que se quema para generar calor obtiene su energía de la fotosíntesis que realizó el árbol. El combustible fósil, como el gas o la bencina, se originan de la mineralización de materia vegetal que también viene de fotosíntesis (mucha de la cual fue realizada en bosques tropicales de helechos, allá por el carbonífero, hace 400 millones de años). Incluso otras fuentes de energía, como el viento, también derivan en gran parte del efecto del sol, pero de forma mucho menos directa.

La hoja de un helecho palito negro (Adiantum chilensis), que demuestra la importancia de la fotosíntesis en todos los grupos de plantas modernos © Montaraz.

Es por eso que desde hace mucho tiempo los científicos se han planteado el desafío de replicar la fotosíntesis de forma controlada, para así poder aprovechar lo más directamente posible la luz del sol, generando un proceso limpio y eficiente. Esto abriría muchas nuevas oportunidades energéticas, las cuales podrían ser el futuro de una sociedad ecológicamente más balanceada.

Lamentablemente la ya mencionada maquinaria metabólica y su extrema complejidad la vuelve un desafío que la ciencia aún no ha podido resolver. Incluso tratar de replicar el proceso fuera de una planta ha sido un desafío, mucho menos llevarlo a una escala útil como fuente de energía viable. Lo más cercano que se ha logrado es a través de paneles solares, que usan la misma fuente de energía, pero de forma mucho menos eficiente. Sin embargo, no significa que en un futuro no tan lejano sea una posibilidad real ante las necesidades energéticas, como un proceso limpio y eficiente. Por ahora, solo podemos soñar y trabajar en esta idea. 

Ya sea por su importancia histórica, sus potenciales futuros y su relevancia en el presente, la fotosíntesis es uno de los procesos bioquímicos claves para nuestro planeta, dándole forma a la vida como la conocemos.

Bibliografía

Hartman, Hyman (1998) «Photosynthesis and the Origin of Life». Origins of Life and Evolution of Biospheres, volumen 28, números 4–6 / octubre de 1998

Martins, Zita; Botta, Oliver; Fogel, Marilyn L.; Sephton, Mark A.; Glavin, Daniel P.; Watson, Jonathan S.; Dworkin, Jason P.; Schwartz, Alan W.; Ehrenfreund, Pascale (2008). «Extraterrestrial nucleobases in the Murchison meteorite». Earth and Planetary Science Letters. 270 (1–2): 130–36

Brown, Michael R. W.; Kornberg, Arthur, 2004. «Inorganic polyphosphate in the origin and survival of species». Proc. Natl. Acad. Sci. U.S.A. 101 (46): 16085–16087

DasSarma, Shiladitya; Schwieterman, Edward W, 2018. «Early evolution of purple retinal pigments on Earth and implications for exoplanet biosignatures». International Journal of Astrobiology: 1–10.

Imagen de portada: Claroscuro de un bosque templado lluvioso en la cordillera de Nahuelbuta. © Montaraz.

 

 

La importancia de la vida en el suelo

Un buen ejemplo para estudiar el efecto de la vida en el entorno se encuentra bajo nuestros pies, en una delgada capa denominada “suelo”, la cual cubre gran parte de la superficie terrestre.  El suelo es la primera capa de nuestra corteza y tiene la particularidad de que se encuentra en constante interacción con la […]

Un buen ejemplo para estudiar el efecto de la vida en el entorno se encuentra bajo nuestros pies, en una delgada capa denominada “suelo”, la cual cubre gran parte de la superficie terrestre. 

El suelo es la primera capa de nuestra corteza y tiene la particularidad de que se encuentra en constante interacción con la vida. Esto es porque gran parte de la vida conocida se basa en la luz solar, la cual solo incide directamente sobre la tierra expuesta y a unos pocos metros de profundidad en los cuerpos de agua. Debido a esto existen muchos organismos vivos en estos lugares, donde generan increíbles cambios. El ritmo de lo vivo (mediado por su química especialmente reactiva) puede ser muy acelerado si lo comparamos con entidades o sustancias más lentas como las rocas y los minerales de la tierra. Esto hace que el suelo, uno de los tantos puntos de encuentro de lo vivo y lo no-vivo en nuestro planeta, presente una tasa de cambio mayor que sus símiles puramente minerales en la corteza terrestre.

Esta tasa de cambio más rápida posibilita aún más interacciones, lo que atrae más vida (y otros entes reactivos), efectivamente generando una retroalimentación positiva que promueve el desarrollo de sistemas cada vez más complejos. En biología existe un concepto para denominar estos procesos de sustitución de componentes en el tiempo a partir de sistemas relativamente poco diversos. Su nombre es sucesión ecológica (Cowles 1899) y tradicionalmente se ha asociado a los cambios en la composición de los organismos vivos sésiles (que tienen poco movilidad, normalmente plantas, aunque también pueden ser hongos y animales). Aunque, entendiendo las bases previamente explicadas, procesos similares pueden generalizarse como una sucesión sistemática, la cual incluye todos los componentes de un sistema natural, organismos vivos, componentes no-vivos, interacciones, etc…

Un buen caso que ejemplifica este proceso ocurre en el desarrollo posterior a la erosión mediada por un glaciar, el cual es una fuerza gigantesca, que en largos periodos de tiempo destruye todo a su paso para dejar en su retroceso solo los componentes más firmes, normalmente roca de gran dureza. Esta roca es la que posteriormente queda expuesta al sol y su energía, siendo la base para el inicio de un proceso de sucesión. En este caso esta es una sucesión primaria, porque el lugar que ha sido expuesto ha pasado miles de años sin un ecosistema estable que sirva como base para el desarrollo. Debido a esto la colonización de la vida debe venir de ecosistemas cercanos. En cambio la sucesión secundaria es cuando existe una base preexistente de vida, que puede ser en forma de semillas o propágulos, siendo este un proceso mucho más veloz.

Un liquen, uno de los colonizadores primarios más importantes. Crédito: Bastián Gygli.

En el caso del glaciar, este nuevo entorno abre una puerta de grandes posibilidades y obviamente algunas variantes de la vida están preparadas para ellas. Luego de pocos días los primeros organismos estarán llegando, pequeños líquenes. Estas agrupaciones simbióticas (compuestas por hongos y organismos fotosintéticos) tienen la capacidad de captar energía del sol, soportar la radiación solar y resistir el constante viento de estas zonas expuestas.  Estos seres, al ir muriendo, comenzarán a agregar materia orgánica al entorno, la cual será particionada en pequeñas piezas por la erosión y los descomponedores, que en esta etapa usualmente son bacterias de gran resiliencia, las cuales son componentes fundamentales del proceso (Ortiz-Álvarez et al, 2018)

Estos primeros aglomerados de nutrientes serán el sustento para la llegada de los primeros organismos vegetales, como musgos y pequeñas plantas con flores. Estas últimas pueden presentar raíces extremadamente fuertes, las cuales, en búsqueda de nutrientes y agua, tienen la capacidad de ir lentamente rompiendo o erosionando hasta las rocas más duras. Esto, unido a la erosión del viento y el agua, van disgregando los componentes minerales que, junto a los compuestos orgánicos derivados de los mismos organismos colonizadores en descomposición, generarán una nueva capa de suelo.Una hoja en descomposición, parte del proceso de mantención del suelo. Crédito: Fernanda Sagredo.

Este proceso no terminará ahí. Nuevas especies comenzarán a colonizar el lugar, que con el tiempo podrá sustentar tamaños más grandes, lo que generará una mayor disgregación de la roca y mayor cantidad de nutrientes en el suelo cuando estos organismos vayan muriendo. Este nuevo entorno enriquecido atraerá más seres y nuevas interacciones emergen, como hongos que habitan este nuevo espacio en conjunto a las raíces de los árboles (las llamadas micorrizas, sobre las cuales puedes leer más en el siguiente artículo de revista Endémico, o bacterias que se asocian a las plantas para fijar nutrientes atmosféricos, como el nitrógeno.

Arriba: Un erial rocoso posterior al paso de un glaciar. Abajo: un lugar cercano donde la sucesión ya está en proceso. Créditos: Paulo Vallejos.

Así, en cortos periodos de tiempo la vida ha transformado la roca en un sustrato ideal para el desarrollo de sí misma, en el proceso modificando la propia identidad del entorno. La disgregación de la roca podría haber ocurrido en cierta medida sin su presencia, pero hubiese tardado muchísimo más tiempo y su composición mineralógica sería probablemente diferente, como podría ser en la capa superficial de algún hiperdesierto, donde la vida es más escasa. Este nuevo sustrato se denomina suelo, una mezcla compleja de componentes orgánicos e inorgánicos en constante interacción, lo cual le permite sustentar una diversidad increíble de procesos y estructuras, mientras se mantiene en balance con el medio. 

Los glaciares poseen tal fuerza que en largos periodos de tiempo pueden destruir todo a su paso, para dejar en su retroceso solo los componentes más firmes. Crédito: Bastián Gygli.

Obviamente este estado no es perpetuo. La naturaleza siempre está cambiando y esta es solo una fase dentro de los múltiples ciclos que se vivencian en nuestro planeta. En la gran pintura ecológica, todos los estadios de la sucesión son estadios más o menos cambiantes de un equilibrio dinámico, cada uno fundamentales para mantener un balance general y una homeostasis planetaria. Además, no todos los lugares presentan las condiciones para sustentar este proceso de igual forma. Cada sucesión y cada suelo es el resultado de las interacciones ecosistémicas y la historia evolutiva del lugar particular donde ocurre.

Puede ser obvio cómo un árbol aporta a limitar el calor del verano y como esto ayuda a otros organismos , pero es tiempo de abrir los ojos a las funciones ecológicas de otros seres más crípticos, como los que hacen posible este increíble proceso de sucesión ecológica y formación de suelo. Así que la próxima vez que veamos a un bosque(o cualquier ecosistema), tengamos siempre presentes a esos microorganismos vitales: bacterias, hongos, líquenes y muchos más.

Una nueva hoja de Nothofagus brota del suelo. Crédito: Bastián Gygli.

Imagen de portada: Raíces cubiertas de musgo sobre un suelo otoñal. Crédito: Nicole Belhem.

Bibliografía

Cowles E. (1899). «The ecological relations of the vegetation of the sand dunes of Lake Michigan. Part I. Geographical Relations of the Dune Floras». Botanical Gazette. University of Chicago Press. 27 (2): 95–117

Odum E (1969) The strategy of ecosystem development. Science  18: Vol. 164, Issue 3877, pp. 262-270

Ortiz-Álvarez, Rüdiger; Fierer, Noah; de los Ríos, Asunción; Casamayor, Emilio O.; Barberán, Albert (2018). «Consistent changes in the taxonomic structure and functional attributes of bacterial communities during primary succession». The ISME Journal.

Schulz, Stefanie; Brankatschk, Robert; Dümig, Alexander; Kögel-Knabner, Ingrid; Schloter, Michae & Zeyer, Josef (2013). «The role of microorganisms at different stages of ecosystem development for soil formation». Biogeosciences

 

Cascadas, un Ecosistema en Movimiento

Por Bastian Gygli, Jens Benöhr y Paulo Urrutia Río o estero que cae. Esas aguas verticales son las cascadas, uno de los fenómenos más bellos que nos brinda nuestro planeta. Las hay de todas las alturas, anchos y formas. Cascadas altísimas, como el Salto del Ángel en Venezuela, otras pequeñitas, que ni nombre tienen, ocultas […]

Por Bastian Gygli, Jens Benöhr y Paulo Urrutia

Río o estero que cae. Esas aguas verticales son las cascadas, uno de los fenómenos más bellos que nos brinda nuestro planeta. Las hay de todas las alturas, anchos y formas. Cascadas altísimas, como el Salto del Ángel en Venezuela, otras pequeñitas, que ni nombre tienen, ocultas en medio del follaje del bosque. Hay cascadas que caen a través de páramos desiertos y cascadas que revientan estruendosas en medio de la jungla. Algunas, las más grandes, son llamadas cataratas, como Iguazú o Niagara, pero sin duda todas despiertan una antigua fascinación ante nosotros, un fuego líquido que nos rocía de humedad y roba nuestra mirada. ¿Recuerdas haber estado junto a una cascada sin mirar hipnotizado la caída del agua? Sin embargo, más allá de su belleza, las cascadas cumplen diversas funciones ecológicas que suelen ser pasadas por alto. Oxigenación, barreras naturales como fuente de biodiversidad, refugios para especies, entre tantas otras aún por entender.

Salto del Río Bravo. El tipo de roca, su nivel de compactación o la presencia de fallas geológicas contribuyen a la formación de cascadas. Foto: Bastián Gygli.

Un ecosistema que cae

Los ríos son ecosistemas en movimiento. Muchas veces son barreras infranqueables para los organismos vivos, cortando el mundo en dos o más partes, pero al mismo tiempo representan caminos que transportan nutrientes, sedimentos, energía, seres vivos y por supuesto agua, desde montañas a océanos.

Pero estas carreteras no corren siempre expeditas. El suelo, las rocas y todos los componentes que forman el relieve están en constante cambio, motivados por fuerzas internas de la tierra (terremotos y tectónica de placas) y por fuerzas erosivas externas (vientos, glaciares y flora). Estos elementos del paisaje definen el curso de los ríos, el cual puede ser suave y sinuoso, o rápido y torrentoso. A veces este camino cae en picada, formando cascadas.

Una cascada es una caída de agua de río o estero debido a un importante desnivel en su cauce, donde la gravedad logra una fuerza tan grande que el agua se abalanza directamente hacia el suelo en vez de fluir con suavidad en la pendiente. Condiciones como el tipo de roca, el nivel de compactación que éstas presentan o la presencia de fallas geológicas contribuyen a la formación de cascadas. 

Generalmente éstas se forman a medida que la acción constante del agua sobre distintos tipos de roca erosiona aquellas de menor dureza. Tras años de erosión, el canal del río se corta tan profundamente en el lecho que solo queda una roca más dura, como el granito, por ejemplo. Las cascadas se desarrollan a medida que estas formaciones de granito forman acantilados por los cuales cae el curso de agua. Sin embargo, otras veces las cascadas se forman debido a un terremoto, un deslizamiento de tierra, un glaciar o la erupción de un volcán que alteran los cauces fluviales.

Agua y sedimentos caen por la cascada, erosionando la base de ésta constantemente.  La erosión resultante en la base (la zona inferior) de una cascada puede provocar que la cascada «retroceda». El área detrás de la cascada se desgasta, creando una estructura hueca, similar a una cueva, llamada «refugio rocoso». Eventualmente, el borde de la cascada (también llamado repisa rocosa o afloramiento) puede caerse, enviando rocas al lecho del arroyo y sumergiendo la piscina debajo. Esto hace que la cascada «retroceda» muchos metros aguas arriba. Así, el proceso de erosión de la cascada comienza de nuevo, rompiendo las rocas del antiguo afloramiento.

La mayoría de las cascadas son permanentes. Hitos de los ríos grabados en la roca, pero en lugares donde la lluvia es abundante, como en los bosques tropicales o en la Patagonia norte, las cascadas pueden ser eventos efímeros que se descuelgan de las cimas de los cerros. Estos ecosistemas están tan saturados de agua que el suelo no es capaz de capturarla en las frecuentes tormentas, sumado a que están compuestos de rocas graníticas con baja o nula capacidad de retención de agua, lo que hace que esta escurra por la superficie, formando cascadas temporales, las cuales pueden durar unas pocas horas. El impacto erosivo de éstas es mucho menor que el de sus contrapartes permanentes, pero forman un espectáculo digno de admiración.

Cascadas temporales después de una tormenta en las laderas de los fiordos patagónicos. Foto: Bastián Gygli.

Oxígeno en el agua

En las torrentosas aguas de montaña, y especialmente en las cascadas, el agua se llena de aire, es decir, se oxigena. La dispersión del agua al momento de caer aumenta la superficie de contacto con el aire y la fuerza del impacto entrega la energía necesaria para capturar las moléculas de oxígeno libre en el aire, las cuales se intercalan entre las partículas acuáticas para seguir fluyendo por el río (Spellman & Whiting, 2006). Este oxígeno es fundamental para la vida acuática, como parte de los procesos bioquímicos de la respiración celular, algo que tanto organismos fotosintéticos como heterótrofos (que deben buscar su alimento pues no pueden producirlo) deben realizar. Esto hace que el oxígeno disuelto en el agua sea un elemento imprescindible para sus habitantes, desde los más pequeños como el fitoplancton o pequeños invertebrados, hasta grandes truchas y salmones.

Un indicador de la oxigenación del agua es la presencia de ciertos organismos, los cuales solo se desarrollan si se dan condiciones de oxígeno mínimas. Estos se conocen como bioindicadores, concepto que se usa para cualquier indicador biológico que nos dé información sobre el estado de un ecosistema (presencia de toxinas, contaminación acústica, presencia y tipos de nutrientes, entre tantas otras). En el caso del oxígeno disuelto en el agua, normalmente puede inferirse a través de larvas de insectos (dípteros, plecópteros y efemenópteros, todos grupos que presentan estadio de larvas acuáticas con branquias), los cuales son claros indicios de la oxigenación y también de la pureza del agua.

Refugio y hábitat particular

Las cascadas son hábitats que presentan condiciones ecosistémicas únicas. Una de ellas es el “refugio rocoso” mencionado anteriormente y ubicado detrás de la caída de agua, el cual queda protegido del entorno por el torrente de agua. Este refugio suele ser habitado por diversas especies que encuentran seguridad en estos sitios de difícil acceso para sus depredadores. Un ejemplo son los vencejos de cascada (Cypseloides senex) en Iguazú. Estos valientes pájaros anidan bajo una de las cascadas más poderosas del mundo. Bajo su cobijo el único peligro es la cascada misma, pues los depredadores no tienen ninguna forma de acceder a sus nidos.

Otro ejemplo, más local, es el de los patos cortacorriente (Merganetta armata). Estas intrépidas aves han encontrado sus hábitat en las partes torrentosas de los ríos, cerca de las altas montañas andinas. Entre los rápidos y cascadas los depredadores no tienen accesos fáciles, por lo que nuevamente las condiciones mismas del hábitat se alzan como el peligro más importantes.

Parto cortacorrientes macho en medio de las turbulentas aguas del río Ñuble. Foto: Bastián Gygli.

Cascada escondida en el parque Pumalín, en la Patagonia. Foto: Bastián Gygli.

La diversidad a todo nivel implica que existen múltiples respuestas a los cambios en el entorno, generando ecosistemas resilientes y preparados para los cambios.

Especiación

El flujo ininterrumpido de un río suele implicar que los organismos vivos se muevan constantemente. Normalmente río abajo, con la corriente, pero también río arriba, en busca de oportunidades. Esto cambia radicalmente con una cascada. Éstas suelen representar a veces barreras infranqueables. Esto hace que las identidades ecosistémicas sean distintas cascada arriba y cascada abajo, y cuando una población queda dividida por la formación puede llevar a especiación por vicarianza. Este concepto se usa para describir una población ancestral que queda dividida por una barrera, en este caso una cascada, formando luego dos poblaciones y si pasa suficiente tiempo, dos especies distintas.

Este proceso hace que las cascadas puedan ser promotores de biodiversidad (Dias et al. 2012) y esta es una característica fundamental de los ecosistemas sanos. La diversidad a todo nivel implica que existen múltiples respuestas a los cambios en el entorno, generando ecosistemas resilientes y preparados para los cambios.

Conservemos nuestras cascadas

La próxima vez que tengas la oportunidad de contemplar una cascada, recuerda el valor ecosistémico que representa. Su existencia nos parecerá bella, pero es mucho más que un mero hito turístico generado para satisfacer nuestra mirada; es el refugio de especies perfectamente adaptadas a ellas, es un gran obstáculo geográfico que ha contribuido a la diversidad de la vida, y es un ecosistema primordial para la purificación del agua. Las hay grandes y pequeñas, con y sin nombre, ocultas y a plena vista, pero cada una de ellas es importante y merece ser cuidada.

Referencias

www.world-of-waterfalls.com

Dias et al. (2012). Natural fragmentation in river networks as a driver of speciation in freshwater fish. Ecography, 35: 1-7.

Offem, B. & Ikpi, G. (2012). Distribution and dynamics of a tropical waterfalls ecosystem. Knowledge and Management of Aquatic Ecosystems, 404: 10.

Spellman, R. & Whiting N. (2006). Environmental Science and Technology: Concepts and Applications. Government Institutes.

Imagen de portada: Salto de Maule. Crédito: Redbull

El humano como agente del cambio climático

El paso del ser humano en la Tierra es un hito que ha cambiado todo. En pocos miles de años el humano se expandió a todas partes, dejando una estela de cambios a su paso y hoy, por primera vez, estamos dándonos cuenta del gigantesco daño que estos cambios han realizado a nuestro propio planeta […]

El paso del ser humano en la Tierra es un hito que ha cambiado todo. En pocos miles de años el humano se expandió a todas partes, dejando una estela de cambios a su paso y hoy, por primera vez, estamos dándonos cuenta del gigantesco daño que estos cambios han realizado a nuestro propio planeta (Rockstrom et al. 2009, Steffen et al. 2015). No es tarea fácil, muchos de estos procesos son extremadamente complejos, pero por suerte, hay uno en particular que nos afecta a todos y ha servido para despertar la llama de la curiosidad. Nos referimos al cambio climático

Desde que me interesé en el cambio climático hace un par de años, he realizado el ejercicio de preguntar por las condiciones climáticas a varias personas mayores. Todos, sin excepción, concuerdan con que el clima es diferente al de su niñez. Incluso yo he sentido este cambio y claramente mis 29 años no son mucho para la Tierra que ya tiene sobre 4.500 millones de años.

El clima está cambiando, pero ¿no ha cambiado siempre? La respuesta sencilla es que sí, el clima siempre ha cambiado. El de hoy es bastante diferente al del período Carbonífero, con sus gigantescas selvas tropicales de plantas parecidas a helechos. En esos días, hace aproximadamente 360 millones de años atrás, la Tierra debió ser unos 4-5 grados centrígrados más cálida que hoy. Entonces, ¿Por qué la preocupación por un par de grados más?

Por un lado, los componentes de los ecosistemas son diferentes. Los organismos vivos que habitan hoy el planeta están acostumbrados a las condiciones de este último tiempo (y sus  variaciones climáticas). Es cierto que los organismos vivos pueden adaptarse, pero los procesos evolutivos tienen límites en su capacidad de respuesta. Cambios de esta magnitud podrían darse en periodos de miles y millones de años, tiempo suficiente para que el sistema natural (clima, geografía y biota) vaya adaptándose. La situación actual es diferente. La tasa de calentamiento actual es por lejos la mayor de la que se tiene registro (IPCC 2018). Cambios de hasta dos grados Celsius promedio de temperatura de superficie en los últimos 100 años. En tiempos geológicos, estas tasas son equivalentes a cambios instantáneos. No existe otra época conocida donde la Tierra haya sufrido cambios en su clima a una tasa ni siquiera comparable y la más grande de la que se tiene registro terminó con una extinción masiva (Benton & Twitchett, 2003). Esto debido a que este cambio es tremendamente agresivo para los organismos del planeta, que pasan de las condiciones que conocen a unas totalmente distintas en unas pocas generaciones. Algunos de estos organismos huyen, pero para muchos esto es imposible, sus capacidades de movimiento demasiado bajas para la velocidad requerida. En nuestro caso, además,  los ecosistemas naturales que se utilizarían de corredores pueden estar modificados por actividades humanas o asentamientos, en cuyo caso el movimiento es imposible. En estos casos las poblaciones se extinguen y en el futuro cercano la presión seguirá aumentando, decantando en aún más extinciones (IPBES 2019).

Aumento de la temperatura (azul) y el CO2 atmosférico (verde) en los últimos 120 años, coincidiendo con el inicio de la revolución industrial

Diversas investigaciones confirman que el ser humano es el agente primordial de estos cambios acelerados; en contraposición, los procesos naturales de la Tierra no responden en tal magnitud. Actualmente estamos en la transición de un período frío a uno cálido, por ende, las temperaturas están aumentando de forma natural, pero, sobrepuesto a este proceso y de forma independiente, el ser humano ha modificado el sistema natural de forma extrema (Rockstrom et al. 2009, Steffen et al. 2015). La revolución industrial, que llevó el dominio de nuevas fuentes energéticas (gas, petróleo, carbón) cambió el paradigma de desarrollo de la humanidad. Lo que antes eran sueños de producción se hacía posible. Con esto, la voracidad de las personas perdió sus límites. Se extraía y producía más, más rápido y más eficientemente (aunque no energéticamente), pero para alimentar este crecimiento enfermo se hizo necesario quemar combustibles fósiles. Esto libera gases de efecto invernadero (CO2, metano y óxido nitroso principalmente). Estos gases absorben parte de la radiación que la Tierra emite de regreso hacia el espacio. Un proceso vital en mantener una temperatura habitable, pero que luego de la revolución industrial se ha disparado exponencialmente. Hoy en día, los gases bloquean tanta radiación, que estamos atrapados en un verdadero infierno.

Pero esto no es el único proceso del que la humanidad es responsable, otro factor muchas veces ignorado, entre tantos otros componentes del cambio global, es el cambio del uso del suelo (Lambin & Meyfroidt, 2011). La deforestación genera una menor absorción de CO2 al disminuir la cantidad de árboles, pero por sobre todo los pequeños microorganismos del suelo. Estos son los encargados de captar la mayor cantidad de CO2 en la tierra (el plankton se encarga de otro gran porcentaje en el océano). Cuando un ecosistema se modifica, ya sea para plantar pinos exóticos, construir una ciudad o lo que sea, todos estos organismos son enterrados bajo el “progreso”. Todos estos cambios del suelo además modifican el albedo (porcentaje de radiación que una superficie refleja) de inmensas zonas de tierra. Por ejemplo, un glaciar de color blanco refleja gran parte de la radiación que recibe, ayudándonos a disminuir la temperatura del planeta, pero hoy los glaciares se están derritiendo, muchos destruidos a propósito para obtener agua o acceso a minerales de importancia económica. 

Anomalías climáticas en los entre 1981 y 2010 (IPCC 2019)

Estos cambios en la atmósfera y los suelos tienen efectos catastróficos en los sistemas naturales (IPCC 2018, 2019a). El ya mencionado aumento de la temperatura, científicamente incuestionable (IPCC 2018), se ve acompañado de modificaciones en precipitaciones, nubosidad y vientos, y como todos estos procesos están interrelacionados en un sistema increíblemente complejo, muchos de los efectos de estos cambios pueden escapar a nuestro entendimiento, a pesar de esto toda la evidencia que vamos acumulando hace pensar en un futuro oscuro. Los océanos han absorbido aproximadamente 90% de la energía adicional, arriesgando posibles cambios en corrientes y modificaciones de los casquetes polares (IPCC 2019). La tasa de desastres naturales se ha visto modificada, viendo más períodos anormales de sequías, lluvias y huracanes, entre otros fenómenos. La tasa de extinción actual se estima entre 100 y 1.000 veces mayor que la base (Ceballos et al. 2015), poniéndonos en una situación de extinción masiva. Así, el efecto del ser humano hoy se equipara al impacto de un meteorito que logró extinguir a todos los dinosaurios. Estos cambios tienen un efecto directo en la vida de los organismos en la Tierra, incluyéndonos a nosotros. Poblaciones humanas se están viendo forzadas a abandonar sus hogares, pues ya no queda agua para beber. El aumento del nivel del mar (derivado directamente del derretimiento de los casquetes polares) amenaza con inundar miles de ciudades costeras (IPBES 2019b). Y estos son solo algunos de los efectos que podemos comenzar a entender con nuestras capacidades actuales, probablemente hay muchas más cosas que tal vez ocurrirán, para las cuales ni siquiera podamos prepararnos adecuadamente.

Las realidades locales.

A escala global la mayor responsabilidad por estos cambios está sin duda en lo que hoy se considera “países ricos”, los cuales en pos del desarrollo económico no escatiman en modificar el clima en el proceso, transformando el entorno tanto dentro de sus propios territorios como en países “pobres” o “menos desarollados”; donde las grandes transnacionales deciden instalarse, aprovechándose de leyes ambientales débiles y la pobreza de los lugares (ver artículo sobre “el precio ambiental del libre comercio” en blog Endémico (https://endemico.org/ciencia/precio-ambiental-del-libre-comercio/).

A pesar de esto, es importante entender las realidades de cada territorio, para así saber cómo un lugar enfrenta su relación con el clima de forma particular.

En el caso de Chile, nos encontramos ante un territorio que abarca desde el desierto más seco del mundo hasta algunos de los ecosistemas más lluviosos y húmedos del planeta, en las selvas valdivianas. A pesar de esta heterogeneidad, en todo el territorio encontramos una gran reserva de agua en forma de glaciares, los cuales son relictos de  glaciaciones, recientes y ancestrales. Esto, unido a los varios otros ecosistemas que almacenan y resguardan agua (bosques, humedales y turberas) hace que seamos un territorio de abundante agua, la cual es un regulador y estabilizador natural de las temperaturas (toma mucha energía modificar el estado de agitación de los fuertes enlaces tipo puente de hidrógeno). Además, esa misma agua es un componente fundamental en el desarrollo de comunidades humanas y ecosistemas naturales.

Chile tiene una gran reserva de glaciares, prácticamente todos ellos están en retroceso. Este es el glaciar Grey, que el año pasado desprendió un segmento de 380 metros de ancho por 350 de largo. (C) Bastián Gygli

A  este contexto se integra la industria chilena, la cual es primordialmente extractivista (que extrae en cantidades importantes y para su venta al exterior materia prima de los ecosistemas para su uso directo o como base para la fabricación de otros productos (Gudynas 2013)), enfocada en la industria pesquera (de mar y de cultivo), minera, agrícola y forestal. Estas tres últimas industrias son inherentemente consumidoras de agua, pues sus procesos requieren el uso de grandes cantidades de agua, la cual luego queda inutilizable, debido a los residuos. La minería usa el agua para producir lodo y extraer los minerales. La forestal y la agrícola la utiliza para el riego de monocultivos de plantas exóticas, algunas de gran consumo de agua, como la palta,  y el Eucalyptus (e.g. por cada kilo de palta se necesitan más de dos mil litros de agua (Red de la Huella Hídrica, waterfootprint.org). Además, la industria agrícola y forestal se desarrolla principalmente en la zona centro del país, debido a su clima mediterráneo, pero esta era un área en el pasado dominada por bosques y sabanas, las cuales tienen un relación ecológica importante con el agua, ayudando a su retención en periodos de sequía (para más detalles en esto leer el siguiente artículo: El bosque, guardián ancestral del agua https://endemico.org/ciencia/bosque-guardian-ancestral-del-agua/). A su vez, la industria forestal genera densos parches de árboles altamente inflamables, los cuales son factores de importancia para la propagación de incendios forestales (se puede leer más sobre esto en el artículo Monocultivos inflamables y el modelo forestal chileno, en nuestra misma revista https://endemico.org/actualidad/incendios-y-modelo-forestal-chileno/).

Para algunos organismos de baja movilidad y alta selectividad de tipo de hábitat, como la Ranita de Darwin (Rhinoderma darwinii), el futuro es incierto (C) Bastián Gygli

Desde el punto de vista domiciliario, Chile también se encuentra al debe en materia medioambiental, pero la escala de su impacto es mucho menor. El agua (que como ya vimos es un gran aporte a la estabilidad climática) es utilizada por las empresas en más de un 95% (Larraín 2006). Esto significa que por mucho que se logra hacer a escala doméstica, sino se cambian los paradigmas de desarrollo industrial, todo será en vano.

Estamos en una situación de crisis climática global, con eventos catastróficos como los incendios en Chile en 2017 y que ya se empiezan a repetir en el 2020, marejadas gigantescas en el sudeste asiático, los incendios de Australia en 2020 y la gigantesca mancha de calor que hoy se encuentra viajando en el Pacífico. Esto hace que la situación sea apremiante, donde todo aporte se hace urgente y necesario, pero no hay que olvidar quiénes son los que más impactan en esta crisis: tanto las transnacionales de países ricos como las grandes empresas locales.

La respuesta

La situación es crítica y muchos de los actores claves han fallado en responder correcta y rápidamente a las necesidades de la humanidad, con la edición número 25 de COP un nuevo fracaso, aunado a la negativa del Senado en la desprivatización del agua en Chile. A pesar de esto, muchas otras personas se han alzado a la ocasión, con incipientes liderazgos globales, como también con miles de iniciativas restaurativas en todo el mundo. Algunas de estas son muy concretas y otras reflexivas, pero todas unidas en la idea de crear una nueva forma de relacionarnos, tanto entre nosotros, como con la naturaleza. Todo esto, en medio de múltiples estallidos sociales en varios países, los que recuerdan que las temáticas ambientales no pueden aislarse de las otras realidades humanas. El paradigma de dominancia y violencia impregna nuestras vidas, y antes eso, debemos responder con solidaridad y cooperación, para así construir un mundo mejor, donde cuidar nuestra casa, el planeta, sea una de las prioridades fundamentales.

 

REFERENCIAS.

Benton, M. & R. Twitchett. 2003. How to kill (almost) all life: the end-Permian extinction event. Trends in Ecology & Evolution, 18(7): 358–365.

Ceballos G, Ehrlich PR, Barnosky AD, et. al (2015) Accelerated modern human–induced species losses: Entering the sixth mass extinction. Science Advances 1(5): 19. 

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IPBES (2019) Summary for Policymakers of the Global Assessment Report on Biodiversity and Ecosystem Services of the Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services. 

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IPCC (2019b) Climate Change and Land: an IPCC special report on climate change, desertification, land degradation, sustainable land management, food security, and greenhouse gas fluxes in terrestrial ecosystems [P.R. Shukla, J. Skea, E. Calvo Buendia, V. Masson-Delmotte, H.-O. Pörtner, D. C. Roberts, P. Zhai, R. Slade, S. Connors, R. van Diemen, M. Ferrat, E. Haughey, S. Luz, S. Neogi, M. Pathak, J. Petzold, J. Portugal Pereira, P. Vyas, E. Huntley, K. Kissick, M. Belkacemi, J. Malley, (eds.)]. In press.

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