La revolución de las flores

Las flores son un espectáculo de belleza y diversidad. Es difícil no conmoverse ante sus intrincadas formas y la sutil delicadeza que suele acompañarlas, pero detrás de esta fachada se esconde una de las más increíbles historias de la naturaleza. Una revolución que hace millones de años cambió el panorama de la vida en nuestro […]

Las flores son un espectáculo de belleza y diversidad. Es difícil no conmoverse ante sus intrincadas formas y la sutil delicadeza que suele acompañarlas, pero detrás de esta fachada se esconde una de las más increíbles historias de la naturaleza. Una revolución que hace millones de años cambió el panorama de la vida en nuestro planeta. Aquí compartimos la historia.

Los tiempos antes de las flores

Como toda la vida en el planeta tierra, los organismos fotosintéticos se originaron en el agua, por lo menos hace unos 2.500 millones de años. En un principio, estos eran células libres que habían generado la maquinaria metabólica para transformar la luz solar en alimento. Posteriormente, estas células, llamadas cianobacterias, fueron absorbidas por otras células, generando una asociación simbiótica que dió origen a lo que hoy son los cloroplastos de las células eucariontes vegetales (Cavaliere Smith, 2007).

Por millones de años estos organismos fotosintéticos, tanto unicelulares como eucariontes, fueron exclusivamente marinos, algas, pero allá por el Ordovícico, hace unos 462 millones de años, encontramos los primeros indicios fósiles de plantas terrestres (Wellman, 2003). Estas primeras plantas son parecidas a las actuales briófitas (Musgos, hepáticas y antocerotes) y presentan importantes adaptaciones para independizarse del agua, con estructuras reproductivas y esporas recubiertas con capas protectoras más resistentes a la desecación, al daño mecánico y a la radiación que en los grupos precursores.

A pesar de esto, estos organismos aún dependían del agua presente en el entorno. No presentaban mecanismos para buscarla, por lo que eran pequeños (lo que evita perder el agua que se tiene) y tenían que obligadamente crecer en zonas de extrema humedad, condición que en parte cambiaría con la evolución de los helechos (Pteridophyta), hace unos 444 millones de años, en el Silúrico. Estas nuevas especies desarrollarían sistemas de tubos que permiten mover agua dentro de las estructuras de la planta, denominándose plantas vasculares. Esto permitió un aumento de tamaño y, en una época donde aún no existían plantas con semillas, los helechos crecían al tamaño de verdaderos árboles. 

El ampe o helecho catedral (Lophosoria quadripinnata), con sus hojas múltiplemente compuestas es uno de los representantes más imponentes de la familia Pteridophyta en el sur del mundo. ©Bastian Gygli

La vascularidad permitió una mayor independencia del medio, pero la reproducción, proceso clave en la historia de vida, aún era muy dependientes del agua ambiental. En respuesta a esto, el siguiente paso en el camino a la independencia del agua llegaría con la aparición de la semilla, en el Carbonífero, hace más de 300 millones de años. Esto dotaría al germen, equivalente al embrión de la planta, con una nueva cobertura, extremadamente resistente, además de una reserva de nutrientes que le permite a la semilla sobrevivir en estado de latencia por mucho más tiempo que la espora.

Todos estos cambios marcarían la independencia de la extrema humedad y marcó el momento de la colonización de casi todos los ecosistemas terrestres. Las plantas por fin habían conquistado la tierra. Ahora venía el momento de una nueva y aún más dramática revolución, la cual sería mediada por los flores.

Revolución 

Hasta entonces las plantas se reproducen a partir de clones, o, en caso de haber reproducción sexual, ésta era mediada por factores mecánicos, como el agua, el viento y otros. Esto es un mecanismo muy inespecífico y bastante ineficiente. Así, las plantas tenían que invertir enormes cantidades de energía en producir millones de partículas de polen, con la esperanza de que al menos uno llegara a su objetivo de polinizar otra planta.

Como alternativa a esto aparecen las flores, que podríamos describir como mediadoras especializadas en la comunicación. Estructuralmente corresponden a hojas, las cuales han recubierto las estructuras reproductivas de la planta, para luego generar las más diversas formas y colores. Esta extravagancia no es azarosa y tiene un sentido particular: atraer polinizadores.

Las orquídeas (Chlorea gavilu en la foto) están altamente especializadas en la atracción de ponilizadores, por eso sus llamativas formas.©Bastian Gygli

En la polinización la planta genera una flor, la cual atraerá la atención de un organismo, el cual, atraído por las formas, colores y un líquido dulce conocido como néctar, servirá como un vector para el transporte de las estructuras reproductivas de la planta, el llamado polen, que fecundará el estigma de otra flor, para generar un embrión fecundado entre diferentes individuos de una misma especie de planta. Estos organismos vectores del polen son conocidos como los polinizadores.

Este proceso es tremendamente eficiente, pues el vector asegura una conexión que antes era cosa de suerte. La flor y el néctar son energéticamente costosas, pero la capacidad de comunicación puede llegar a compensar con creces estas inversiones.

Esta relación colaborativa suele mantenerse en el tiempo y luego de generaciones, tanto la flor como su polinizador se han adaptado unas a otras, en un proceso denominado como co-evolución. Las flores distribuyen sus estructuras para evitar autofecundarse y muchas veces ambas partes pueden especializarse. Hay especies de flores y polinizadores que son mutuamente dependientes una de otra, generando algunas de las relaciones más íntimas de la naturaleza.

Abejorro nativo (bombus dahlbomii) polinizando a una Amancay (Alstroemeria ligtu) ©Bastian Gygli

Una vez se produjo esta novedad evolutiva, rápidamente se expandió. Las plantas ahora podían comunicarse expeditamente y la comunicación es uno de los rasgos más efectivos en la naturaleza, como se puede ver en distintos grupos. Por ejemplo, en las aves el orden más diverso corresponde al de las aves cantoras (Passeriformes), las cuales se especialización en la comunicación. Otro ejemplo de esto son los hongos micorrícicos, que se comunican a través de gigantescas e intrincadas redes de hifas, dentro de las cuales se integran también raíces de árboles.

Otra característica interesante de la flor es que luego de cumplir su rol comunicacional, las estructuras femeninas darán pie a la formación del fruto, el cual es una estructura especializada en proteger las semillas y muchas veces atraer a posibles organismos dispersores, que ayudarán a llevar la progenie lejos del organismo parental, nuevamente en un proceso de co-evolución simbiótica muy interesante.

Presente

Esta estrategia ha sido tan exitosa que, hoy por hoy, las plantas con flores dominan el paisaje. Ya sea en los bosques tropicales, desiertos, estepas o selvas frías, si encontramos una planta, lo más probable es que sea un planta con flor. La estadística es determinante: 90% del total de plantas son de este grupo (Judd et al. 2002). La revolución fue masiva.

Chile no es la excepción, aunque en nuestros territorios su presencia es principalmente estacional. Previo a la época de mayor energía, en primavera, podemos apreciar una explosión de flores, la cual se ve acompañada de una similar afloración de los polinizadores.

Muchas herbáceas son de este grupo, donde por su belleza destacan algunas como las del género Altroemelia o las añañucas. También arbustos y casi todos los árboles son parte de este grupo. Especies como el Ulmo (Eucryphia cordifolia) se adornan completamente con flores.

El camino ha sido largo. Desde pequeñas células acuáticas a llenar el mundo de colores, las flores son muestra de la magnífica diversidad de la vida, siempre en búsqueda de nuevos caminos. Así que que la próxima vez que mires una flor, no solo te quedes con su belleza, sino que también recuerda la increíble historia que hay detrás.

Abeja nativa descansando en una flor luego de una ardua jornada de polinización. ©Bastian Gygli

Referencia bibliográfica

Olivier De Clerck et al. 2012 «Diversity and Evolution of Algae Primary Endosymbiosis.» Advances in Botanical Research, Volume 64, Elsevier Ltd. ISSN 0065-2296

T. Cavalier Smith 2007, «Evolution and relationships of algae major branches of the tree of life.» Brodie & Lewis Unravelling the algae. CRC Press

Wellman, Charles et al. 2003, «Fragments of the earliest land plants.» Nature 425, Issue 6955, pp. 282-285

Judd, W. S. Campbell, C. S. Kellogg, E. A. Stevens, P.F. Donoghue, M. J. 2002. Plant systematics: a phylogenetic approach, Second Edition. Sinauer Axxoc, Estados Unidos.

Expandiendo el concepto de ser vivo

La idea detrás de este artículo es convocar a la reflexión sobre qué es lo que consideramos como un organismos vivo. Resulta así este breve pero alegórico paseo por la muy interesante historia de la complejidad detrás de tal definición, no sólo para  nuestra propia concepción, sino incluso para las ciencias naturales.   En nuestro afán […]

La idea detrás de este artículo es convocar a la reflexión sobre qué es lo que consideramos como un organismos vivo. Resulta así este breve pero alegórico paseo por la muy interesante historia de la complejidad detrás de tal definición, no sólo para  nuestra propia concepción, sino incluso para las ciencias naturales.

 

En nuestro afán de categorizar cosas, hemos tratado de definir siempre entes discretos. Así, es común concebir que un organismo vivo tiene sus límites claros y es lo que constituye una «unidad». Esa idea, aunque muy práctica, simplifica y/o ignora un sinfín de procesos vitales para la definición de organismo, especialmente en relación con las interacciones que éste genera. Ésta y otras características comunes a lo vivo han llevado a expandir enormemente lo que hoy consideramos como una entidad viva, incluyendo estos conceptos antiguamente ignorados.

Una de las iniciales y principales expansiones del concepto clásico de especie fue aquella que reconoció la multitud de interacciones que un individuo genera con su entorno, y sus efectos por sobre los procesos evolutivos de las entidades involucradas. Uno de los primeros científicos en desarrollar esta teoría fue el biólogo Richard Dawkins, quien en 1982 propuso la posibilidad de agregar parte de estas interacciones a la identidad de los seres, en un concepto llamado fenotipo extendido (1)

Para comenzar a entender esta idea es necesario definir el fenotipo, que corresponde a las estructuras físicas tangibles de un ser, cosas como el tronco de árbol, los tejidos de un animal o las hifas de un hongo. Todas estas partes han sido definidas genéticamente y luego se han desarrollado en un entorno particular. Esto último es importante, pues el mismo organismo (genéticamente) se desarrollará de forma diferente en una playa que en una montaña, lo que nos recalca la importancia que tiene el entorno en determinar al organismo. Pero, dentro de esta relación también hay un efecto opuesto: el del organismo en su entorno cercano.

Si un organismo se desarrolla en un lugar particular, lo modificará particularmente. Esta interacción determina una nueva identidad emergente, la cual es conocida como fenotipo extendido, y su reconocimiento busca básicamente entender la modificación del entorno por parte de un organismo como parte del organismo en sí. Cosas tan simples como la utilización de nutrientes (que originalmente estaban en el entorno) para la conformación de los tejidos, o tan complejas como la transformación del entorno para completar los ciclos de vida, como podría ser la construcción de un nido.

Obviamente este proceso está asociado a la historia de vida del organismo y no siempre será idéntico, especialmente en especies que presentan comportamientos complejos. Por ejemplo en el ser humano. ¿es una casa, construida en base a constructos culturales, parte del fenotipo extendido de un ser humano? ¿cuán fundamental es esta modificación del entorno para completar su ciclo de vida? Ese es un tema aún debatible (ver 2), pero para organismos cuyos comportamientos siguen patrones más sencillos la importancia de este proceso es más clara. Estos organismos se han denominado arquitectos o ingenieros ecosistémicos, debido a su notoria capacidad de alterar el ambiente donde habitan (3).

Los carpinteros impactan fuertemente los entornos boscosos donde habitan                  (c) Bastián Gygli

El primer tipo y el más intuitivo, son los arquitectos alogénicos, los cuales modifican los materiales vivos y no-vivos de su entorno de forma mecánica y directa. Un claro ejemplo de esto es el carpintero negro (Campephilus magellanicus). Estas aves están especializadas en vivir en los bosques templados maduros. Esto debido a que buscan su alimento y refugio entre las cortezas de los árboles adultos y los ya muertos. En estos troncos los carpinteros buscan su alimento picoteando la superficie y escuchando los ecos que producen las cavidades donde se esconde su alimento, estadíos larvales de escarabajos. Luego proceden a extraerlos usando su fuerte pico y su extremadamente larga lengua. Además los adultos realizan agujeros en los árboles, donde posteriormente depositan sus huevos. Esta suma de modificaciones es un cambio en la configuración de los árboles y por ende del bosque, afecta la estructura de las cortezas y genera potenciales nidos para otras especies que no tienen la capacidad de construirlos, los llamados nidificadores secundarios. Todo por el actuar de una única especie.

El segundo tipo de arquitecto ecosistémico son los autogénicos. Estos cambian el medio a través de sus propias estructuras físicas y a medida que crecen y se vuelven más grandes, sus tejidos vivos y muertos crean hábitats para otros organismos y cambios en las interacciones ambientales. Un buen ejemplo de esto son los árboles viejos del bosque. Un koiwe (Nothofagus dombeyi) puede llegar a los 45m de altura y a pesar varias toneladas. Esto implica que en su crecimiento consumió grandes cantidades de nutrientes y aguas del suelo, y en su estado adulto es capaz de almacenarla y luego liberarla lentamente, regulando la humedad ambiental. Su follaje, distribuido en capas, impide la incidencia directa del sol, cambiando los niveles de radiación, la temperatura y la humedad bajo su gran cuerpo. En su corteza es posible que hayan pasado miles de generación de otros habitantes, colonias de bacterias, líquenes, musgos, larvas de insectos y murciélagos, todos aprovechando las posibilidades entre sus ramas y recovecos.

Un koiwe adulto en medio del bosque camino a Laguna Cañicura, en Alto Biobío                 (c) Bastián Gygli

Más interesante aún, se plantea la posibilidad de que este mismo nuevo entorno modificado sea un factor que pueda estar ligando el desarrollo evolutivo de ciertos linajes, mal que mal es bien sabido que el entorno afecta a los organismos. Si un pequeño insecto excavador crea sistemas de cavernas, puede aportar a la generación de un contexto ideal para el desarrollo de la misma especie en el corto plazo, pero pasado el tiempo la misma presencia de extensos sistemas cavernosos preexistentes pudiera implicar una posterior pérdida de las capacidades excavadoras de los mismos insectos. Esta idea es conocida como construcción de nicho, donde los mismos organismos son actores fundamentales de su propia evolución (2).

Estas ideas revolucionarias han sido el motor de teorías modernas, incluyendo la propuesta del concepto conbiota (4), que de plano descarta la dicotomía entre lo biótico y lo abiótico, proponiendo que ambas categorías, en constante interacción, son simplemente parte de una misma idea, pues todo lo “no vivo” está constantemente influenciado por lo “vivo”. Dentro de esta lógica, por ejemplo, la presencia y forma de un río, además de existir por razones geológicas y geográficas, está definida por los organismos vivos que cohabitan su espacio, árboles ribereños, microorganismos del suelo circundante y del flujo de agua, etc… A su vez, esta idea disminuye la importancia de las estructuras a la hora de clasificar. La química, orgánica o inorgánica, que es tradicionalmente una de las principales diferencias entre lo vivo y lo no vivo, pierde relevancia,  tomando protagonismo las interacciones como eje ordenador.

Ideas como éstas han sido capaces en el último tiempo de cuestionar preceptos antiguamente aceptados e ir generando nuevas visiones, usualmente con conceptos creativos que desafían las definiciones rígidas del pasado. Es increíble que hoy el mismo concepto de especie (junto a la célula es la unidad básica de estudio de la biología) esté siendo sometido a estos cuestionamientos, pero todo es parte de una necesidad de avanzar en un entendimiento más acertado de nuestro entorno, finalmente el fin último de las ciencias naturales.

Foto Portada: (c) Bastián Gygli

Referencias

(1) Dawkins R. (1989). The Extended Phenotype. Oxford: Oxford University Press.

(2) Laland KN, Odling-Smee J, Feldman MW. (2005). On the breadth and significance of niche construction: a reply to Griffiths, Okasha and Sterelny. Biology and Philosophy 20(1): 37-55.

(3) Jones CG, Lawton JH, Shachak M. (1994). Organisms as ecosystem engineers. In Ecosystem management (pp. 130-147). Springer, New York, NY.

(4) Fath B, Müller F. (2018). Conbiota. In: Reference Module in Earth Systems and Environmental Sciences. Elsevier. 

 

Las turberas de Nahuelbuta

El artículo de hoy es una colaboración entre el biólogo Bastian Gygli y el antropólogo Jens Benöhr, quienes nos cuentan sobre la existencia de un particular ecosistema en las alturas de Nahuelbuta, en el sur de Chile. En la Cordillera de los Andes, los glaciares resguardan el agua. Durante el invierno, las precipitaciones son convertidas […]

El artículo de hoy es una colaboración entre el biólogo Bastian Gygli y el antropólogo Jens Benöhr, quienes nos cuentan sobre la existencia de un particular ecosistema en las alturas de Nahuelbuta, en el sur de Chile.

En la Cordillera de los Andes, los glaciares resguardan el agua. Durante el invierno, las precipitaciones son convertidas en nieve y hielo. Luego en primavera, el deshielo entrega el agua a los ríos, los cuales pueden seguir fluyendo en verano gracias a este gran aporte a su caudal. Sin embargo, en la Cordillera de la Costa, especialmente en las alturas de Nahuelbuta, ya hace milenios que los glaciares desaparecieron. Entonces, ¿por qué fluyen aún los ríos con fuerza en el verano? ¿Dónde es acumulada el agua de invierno que permite la existencia de ríos y esteros estivales? Parte de la respuesta está en un ecosistema poco conocido, donde pequeños seres se unen para construir enormes reservorios de agua. Esta es la historia de las turberas de Nahuelbuta.

Glaciares verdes

Cada día, una gran cantidad de agua se evapora desde la superficie del océano Pacífico y luego se condensa, agrupándose en forma de nubes. Éstas ingresan al continente americano en forma de vaguada costera. En el sur de Chile, esta vaguada choca con las montañas de Nahuelbuta, una sección de la Cordillera de la Costa que puede alcanzar los 1.500 msnm y que se extiende de sur a norte, desde el río Imperial hasta el río Biobío. Este cordón montañoso se encuentra surcado por inmunerables esteros, cascadas y decenas de ríos. Además, posee dos grandes lagos, Lanalhue y Lleu Lleu. Todo este universo hídrico es alimentado por las lluvias provenientes del mar, las cuales presentan una marcada estacionalidad, precipitando con mayor intensidad en la temporada de invierno y mucho menos en verano.

Debido a esto, muchos de los habitantes de Nahuelbuta han desarrollado mecanismos para acumular agua y así afrontar la estación seca, destacando los organismos sésiles (que no pueden moverse), quienes presentan el mayor desarrollo de estrategias para encontrar agua, debido a su incapacidad de movilizarse en su búsqueda. Uno de los casos más extremos en estrategias de retención y liberación de agua, sucede en un desconocido ecosistema llamado turbera.

Las turberas son antiguas lagunas o depresiones, normalmente de origen glaciar, las cuales se han llenado de depósitos orgánicos en una tasa mayor a la que estos se van descomponiendo. Esto genera un particular ambiente, el cual favorece la aparición de bacterias anaeróbicas. Estos nuevos habitantes terminan por separar la turba (el material orgánico acumulado) del ambiente externo, generando un sistema interno llamado catotelmo, totalmente carente de oxígeno y con una tasa metabólica extremadamente baja. Sobre esta capa se encuentra el acrotelmo, expuesto al oxígeno atmosférico, pero desconectado de muchos de los nutrientes del suelo.

Un turbera en Nahuelbuta © Demetrio Ogaz

La pobreza en recursos del acrotelmo plantea singulares desafíos a los organismos que en él crecen, quienes deben sacar el máximo provecho a los escasos nutrientes que se encuentran en el medio. En este entorno, los musgos, organismos predominantes de las turberas -donde destaca el esfagno, como se conocen a los musgos miembros del género Sphagnum– han desarrollado una particular estrategia. Estos tienen la capacidad de capturar y retener agua en tasas gigantescas, para extraer la mayor cantidad posible de nutrientes disponibles en el acrotelmo. Algunos de estos musgos tienen la capacidad de retener hasta veinte veces su peso en agua, lo cual los convierte en verdaderas esponjas de humedad y transformadores de los ecosistemas (Walker 2019). Además, el esfagno es la fuente de materia orgánica que va nutriendo el catotelmo al morir. Este proceso es lento, pero es la única fuente de nutrientes para la parte inferior de la turbera. Estos procesos, unidos a su lenta tasa de crecimiento (por tanto, bajas necesidades metabólicas), hace que las turberas puedan subsistir en climas fuertemente estacionales. 

Belleza escénica

Las turberas también representan lugares extraños y de una belleza única, mostrándonos grandes explanadas rodeadas de bosques y árboles como la araucaria. De lejos parecen lagunas, y de cerca te das cuenta de que no estás tan equivocado, pues son verdaderas lagunas verdeamarillas, donde múltiples musgos dominan un paisaje de colores y formas revoltosas.

Es en estos extraños ambientes donde llegan seres particulares. Por ejemplo, la falta de nutrientes del suelo ha hecho que algunas plantas prefieren buscar fuentes alternativas, atrapando insectos en estructuras especiales, para luego lentamente digerirlos en búsqueda del preciado nitrógeno, tan escaso en medio de la turbera. 

Drosera sp., una planta carnívora ©Vicente Valdés, cortesía de Biodiversidad Chilena

Reservorios de agua

El agua de origen oceánico que precipita sobre la Cordillera de Nahuelbuta alimenta los ecosistemas de las numerosas cuencas del territorio. El trabajo conjunto entre las turberas anteriormente descritas y los bosques, ambos ecosistemas ricos en mecanismos para acumular agua en invierno -la cual liberan lentamente en verano-, permite que los cuerpos de agua fluyan en Nahuelbuta todo el año.

Esta liberación es un efecto secundario de la propia necesidad de almacenar agua de bosques y turberas. Debido a que este proceso de almacenamiento depende de las concentraciones ambientales, cuando en el ambiente escasea la humedad, el agua es liberada al entorno por los organismos que presentan un remanente de ella en sus estructuras de almacenaje, brindando el preciado líquido a muchos de los otros componentes del ecosistema. Esto permite que éste pueda persistir en el tiempo y afrontar incluso periodos de sequía de varios meses. 

Es un increíble mecanismo de defensa ante las condiciones ambientales fluctuantes, pero incluso estos mecanismos podrían ser insuficientes ante un nuevo y violento factor de cambio.

Turberas de Nahuelbuta. © MVMT

Destrucción y extracción

Lamentablemente nuestra sociedad no ha mantenido la relación de equilibrio de los ecosistemas nativos y el agua, en la cual los diversos mecanismos que se desarrollan para afrontar las potenciales sequías logran mantener un balance hídrico constante para todo el ecosistema. En cambio, nuestra constante modificación y destrucción de los entornos naturales para abastecernos de los diferentes “recursos” hace que el agua y otros nutrientes vitales escaseen.

Esto es especialmente preocupantes para las turberas, pues el proceso de acumulación de material orgánico es extremadamente lento. Un bosque tarda cientos de años en recuperarse, pero una turbera puede demorar miles de años en retomar su función ecológica, lo que podría generar un colapso ecosistémico que finalmente afectará tanto a los bosques y praderas nativas, como a las personas que dependen de las aguas acumuladas.

Por ahora, las turberas de Nahuelbuta se encuentran relativamente resguardadas, ocultas en las partes más altas de la Cordillera de la Costa. Sin embargo, incluso esta lejanía podría no hacerlas inmunes ante el avance de la industria forestal. Al respecto, no existen estudios exhaustivos sobre la pérdida de las turberas en Nahuelbuta. 

Conocer para proteger

Las turberas y bosques de Nahuelbuta, a través de los ríos Carampangue, Trongol, Caramávida, entre otros, alimentan localidades humanas y poblaciones de otras especies de la zona. Pero esto puede no continuar. Año tras año han disminuido sus caudales. Las araucarias están enfermas. El puma baja a la ciudad en búsqueda de alimentos. A veces se le ve, vulnerable, perdido entre interminables filas de pinos, o expuesto completamente en sitios donde la tala rasa ha destruido todo a su paso. En esta zona de sacrificio afrontamos una catástrofe ambiental, en la cual las turberas juegan un rol clave. 

Turberas de Nahuelbuta © Demetrio Ogaz

Imágen de portada: © Demetrio Ogaz

Referencias

Walker MD. (2019) Sphagnum: the biology of a habitat manipulator. Sicklebrook Publishing, Sheffield, U.K.

 

El lugar de los hongos en el ecosistema

A finales de otoño e inicio del invierno, por un fugaz periodo, los hongos nos deslumbran con un festival de formas y colores. Cualquiera que haya caminado el bosque en estas fechas puede atestiguar este fenómeno, pero ¿qué historia se esconde detrás de esta fachada de belleza? Los hongos son un linaje antiguo y de […]

A finales de otoño e inicio del invierno, por un fugaz periodo, los hongos nos deslumbran con un festival de formas y colores. Cualquiera que haya caminado el bosque en estas fechas puede atestiguar este fenómeno, pero ¿qué historia se esconde detrás de esta fachada de belleza? Los hongos son un linaje antiguo y de una importancia ecológica fundamental. En este artículo desentrañaremos algunos de sus secretos.

 

Los hongos son un grupo extremadamente diverso, que se encuentra en casi todo el mundo y presentando múltiples modos de vida: descomponedores, parásitos o simbiontes. Lo que comúnmente se asocia a ellos son las callampas, que son solo una estructura temporal con función reproductiva. No obstante, esta estructura representa solamente el 10% de estos organismos, y la mayor parte de los hongos se presenta en forma de hifas, en forma de redes de filamentos blanquecinos, las cuales se encargan de las demás funciones. Estas hifas están formadas por células bastante rígidas, las cuales presentan una pared celular, parecida a la presente en las plantas. Esta solidez permite una estabilidad estructural, pero no protege de la depredación por parte de los animales. La estrategia que los hongos han usado para evitar ser comidos es esconderse, para lo cual se adentran en los sustratos donde crecen, insertos dentro del suelo, la madera, la fruta podrida u otros entornos. Otra estrategia de vida común es la vida libre, como en el caso de las levaduras, cuyas células nucleadas se encuentran libremente en el entorno. Ya sea uno o el otro, los hongos presentan increíbles soluciones al problema de sobrevivir y reproducirse.

Alimentación

Los hongos son heterótrofos, que significa que, a diferencia de las plantas, deben buscar su alimento en el entorno, pues no pueden producir su propio sustento. Esto concuerda con la evidencia genética que emparenta a los hongos con los animales (dentro de un grupo llamado Ophistokonta, que también incluye algunos tipos de amebas) (Torruela et al, 2015). Esto representa el principal desafío para los hongos, especialmente considerando su baja movilidad, lo que les hace imposible perseguir presas. Por lo tanto, muchos se han especializado en alimentarse de material orgánico en descomposición o en generar relaciones de cooperación tremendamente complejas. 

El alimento de los hongos descomponedores no puede huir, pero esto no los evade de  otros singulares desafíos. Las estructuras más simples y digeribles de los organismos en descomposición suelen ser consumidas por los animales, por lo que lo disponible para los hongos suelen ser las partes más complejas de tratar. Nuevamente, los hongos han logrado superar este desafío y presentan increíbles maquinarias bioquímicas que les permiten disgregar moléculas de increíble complejidad. Un buen ejemplo de esto es la lignina, un polímero de azúcares que forma la parte más rígida de las plantas, la madera. Esta molécula es extremadamente estable, pero muchos hongos han generado mecanismos para digerirla. Tanto así que incluso existe una categoría para llamarlos: los hongos Xilófagos (Comedores de madera). 

Hericium clathroides, un hongo xilófago creciendo sobre un litre en la península de Hualpén (c) Bastián Gygli

Este proceso es importantísimo a nivel ecosistémico, pues gran parte de la energía y materia del sistema está encapsulada en este tipo de estructuras muertas, las cuales los descomponedores, muchos de ellos hongos, son capaces de digerir y por ende volver a integrar esta energía en los ciclos de los seres vivos.

Esta misma maquinaria metabólica y complejidad bioquímica hace que los hongos sean especialmente buenos aliados para otros organismos, especialmente los fotosintéticos. Estos últimos deben invertir gran parte de sus recursos en la generación de los mecanismos para la fotosíntesis, impidiendo la inversión en otros ámbitos, como la maquinaria bioquímica y la resistencia a las condiciones ambientales. Los hongos en cambio, pueden presentar un gran desarrollo en estas otras áreas y al carecer de mecanismos eficientes para la captación de alimento, resulta sencillo entender por qué se han formado asociaciones simbióticas entre estos dos estilos de vida.

Los líquenes son un ejemplo de estas asociaciones, en la cual el hongo (denominado micobionte) provee un sustento estructural donde existir. Además, el hongo presenta una gran resistencia a la radiación solar y altas y bajas temperaturas, que es lo que permite a los líquenes su enorme capacidad de colonización de ambientes. De la comida se encarga el segundo componente clave de los líquenes: un organismo fotosintético llamado el ficobionte. Normalmente se trata de un alga o una cianobacteria, los cuales pueden realizar fotosíntesis, produciendo alimento a partir de la luz del sol, pero cuya resiliencia ambiental es mucho más reducida que la del micobionte. 

Liquen fruticuloso del género Stereocaulon encontrado en Alto Biobío (c) Bastián Gygli

Otro ejemplo de asociaciones simbióticas o de cooperación son las micorrizas, donde las hifas de un hongo se asocian a las raíces de una planta. En esta simbiosis el hongo provee una expansión de la red de captación radicular de la planta, protección contra posibles ataques de otros organismos, posibilidad de comunicación y potencial de ayuda en las etapas tempranas del desarrollo. La planta provee el alimento para ambos organismos. Esta asociación es tan efectiva que se estima que un 90% de las plantas poseen un hongo micorrícico simbionte (Wang y Qiu, 2006). Por su parte, un tercio de todos los hongos Basidiomicetes (el grupo más importante de hongos macroscópicos) son hongos micorrícicos.

La última gran estrategia alimenticia de los hongos es el parasitismo. En estos casos el hongo busca su alimento consumiendo los recursos de un hospedero, que puede ser planta, animal u hongo, al cual se le asocia íntimamente, estando éste aún vivo. Este tipo de relaciones son muy importantes y sanas para un ecosistema, pues controla las poblaciones de ciertas especies que podrían volverse dominantes y monopolizar el ecosistema, y promueve así el balance y la presencia de biodiversidad.

Reproducción

Dejar descendencia es uno de los objetivos claves de todo ser vivo. Los hongos no son la excepción y en su búsqueda de propagación de sus diversos linajes, la producción de esporas se fijó en forma evolutiva como el mecanismo predominante. Las esporas son cápsulas extremadamente pequeñas que funcionan como propágulos, teniendo el potencial de generar un organismo completo. 

Existen muchas esporas que son increíblemente resistentes, pudiendo ser viables por mucho tiempo, pero las de los hongos son diferentes. Éstas, así como las de helechos y musgos, son muy sensibles a las condiciones ambientales, especialmente a la sequedad. Es por esto que la gran mayoría de los hongos concentra sus esfuerzos reproductivos en periodos particulares del año donde existe abundante humedad. Es así como a fines del otoño y principios del invierno un increíble suceso ocurre, en el cual miles de hongos, normalmente crípticos en sus sustratos, explotan en vida al generar diversas estructuras de liberación de esporas: los llamados cuerpos fructíferos.

Cuerpo fructífero de Plectania chiliensis, un hongo ascomycota (c) Bastián Gigly

Los cuerpos fructíferos, lo que generalmente conocemos como las “callampas” o “setas” que nombramos anteriormente, pueden ser de diversas formas, tamaños y colores, todos estos adaptados para facilitar la dispersión de las esporas. Ya sea a través de atraer insectos carroñeros o con estructuras que responden a las gotas de lluvia lanzando esporas, todo está adaptado para ayudar a liberar y, posteriormente, dispersar las esporas. Esto es muy relevante, pues la posibilidad de que una espora tenga éxito es extremadamente baja, por lo que los hongos prefieren producir miles de éstas, con la esperanza de que al menos una de ellas logre el cometido.

Una vez pasado este frenesí reproductivo, el cuerpo fructífero ha terminado su función y, rápidamente, decae. La duración de una callampa puede ser tan fugaz como una semana, mal que mal, su cometido es extremadamente particular y el hongo no desea invertir recursos en mantener estas estructuras. Es por esto que los animales que quieren disfrutar de esta fuente de alimento, tremendamente rica y nutritiva, deben estar muy atentos para aprovechar esta oportunidad, la cual aparece en una época del año donde la disponibilidad de alimentos en general disminuye.

Reino Fungi

Se estima que existen unos siete millones de especies animales (la mayoría de estos invertebrados) y unas quinientas mil especies de plantas. Los hongos, por su parte, se estiman entre unos dos a tres millones de posibles especies. Parece raro entonces que el término para referirse a la biodiversidad macroscópica sea Flora y Fauna, pues como podemos ver, probablemente hay más tipo de hongos que de plantas. La razón de esto que el reino Fungi (“Hongos” en latín) está compuesto por un grupo humilde de organismos. Sus modos de vida los llevan a pasar desapercibidos, algunos presentando estructuras visibles solo por cortos periodos de tiempo y esto esconde su enorme rol ecológico. La historia los ha relegado al desconocimiento en el imaginario, pero hoy ese desconocimiento se está revirtiendo y los hongos, tal como sus cuerpos fructíferos en época de humedad, están surgiendo y deslumbrando.

Grillo alimentándose de un hongo (Mycena sp.) en el bosque nativo de los cerros de Concepción (c) Bastián Vollrath

Foto Portada (c) Bastian Gygli.

Referencias

Torruella G; Mendoza A; Grau-Bové X; et al. (2015). Phylogenomics Reveals Convergent Evolution of Lifestyles in Close Relatives of Animals and Fungi. Current Biology. 25 (18): 2404–2410.

Wang B; Qiu YL (2006). Phylogenetic distribution and evolution of mycorrhizas in land plants. Mycorrhizahello 16 (5): 299-363.

Al buscar la palabra roble en la red nuestra primera referencia es al género Quercus, árboles nativos de Europa. La palabra es también la más común para referirse a los especímenes de Nothofagus obliqua, una de las plantas nativas más abundantes e importantes de los bosques australes. Los pueblos originarios de la zona central lo […]

Al buscar la palabra roble en la red nuestra primera referencia es al género Quercus, árboles nativos de Europa. La palabra es también la más común para referirse a los especímenes de Nothofagus obliqua, una de las plantas nativas más abundantes e importantes de los bosques australes. Los pueblos originarios de la zona central lo llamaban Hualle (en su juventud) o Pellín (cuando se hacía viejo). Al buscar estos nombres en internet, todas las referencias son a nuestro árbol. ¿Será tiempo de retomar algunos de los nombres originales de los seres que cohabitan nuestro territorio?

Los nombres originales

Muchos comenzamos a aprender los nombres de las plantas desde un interés científico o explorador, nacido de la curiosidad de saber qué hay a nuestro alrededor, pero al ir aprendiendo nombres es inevitable encontrarnos con los orígenes mapuche de éstos. Esto tiene mucho sentido, porque los territorios que los mapuche habitan estaban ancestralmente dominados por bosques. En ellos podían refugiarse, buscar alimentos y contemplar su entorno, actividades que los llevaron a nombrar a los organismos que allí habitaban, muchas veces reemplazando la rigurosidad de la taxonomía moderna por aproximaciones más prácticas y relevantes para su día a día.

Un ejemplo de esto es el nombramiento de una misma especie con varios nombres dependiendo de sus estadios o tipos de crecimiento (el Coyam, Hualle, Pellín para Nothofagus obliqua es un buen ejemplo). También la agrupación de varias especies en nombres genéricos dependiendo de sus modos de vida (Voki para las enredaderas). También en su contemplación nombraron otros sucesos, como los Lemünantü (burdamente traducible como luz de bosque), que se refiere a los fragmentos de luz del sol que vemos pasar a través de las ramas de los árboles.

Esta riqueza lingüística y naturalista fue ignorada por los colonizadores españoles, quienes, probablemente sin pensarlo mucho e impulsados por la costumbre, empezaron a utilizar nombres europeos (como el roble) para los árboles nativos de la zona. Claramente estaban más interesados en las tierras cultivables y la imposición cultural de la religión y la economía, que en el entorno que intentaban invadir. Sin embargo, gracias a este desinterés, muchos de estos nombres  han podido sobrevivir hasta el día de hoy. Es increíble cómo al repasar los nombres de las plantas nativas nos damos cuenta que la mayoría de ellas, salvo contadas excepciones, mantienen el nombre que los mapuche utilizaban, conservando así una identidad en otros aspectos perdida.

Lemünantü en los bosques nativos del Cerro Caracol (c) Bastián Gygli

Mapudungún

En lo que hoy se conoce como Chile central habitaban varios pueblos, los cuales, en su unión contra los invasores foráneos, fueron conocidos como Mapuche: gente de la tierra (Mapu: tierra y che: gente). Su lengua, que incluye múltiples variantes regionales, es conocido como Mapudungún. Es una lengua única en el mundo y ha sido tratada de clasificar varias veces sin llegar a consensos claros. Algunos autores la asocian a las lenguas Amerindias y otros prefieren dejarla como una lengua aislada, sin parientes cercanos tan directos. Su desarrollo y evolución ha sido principalmente oral, siendo las formas escritas propuestas por sus hablantes un proceso muy reciente.

De un ritmo lento y pronunciación donde pareciera que no se abre mucho la boca, el mapudungún tiene la particularidad de ser una lengua polisintética de tendencia altamente aglutinante. Esto significa que conforma palabras en base a palabras y sonidos previos con significados particulares, básicamente pegando componentes para generar grandes palabras de significado complejo (Trarimansunparkelayayengu: “Ellos dos no enyugarán a los bueyes aquí”).  Otros ejemplos de este tipo de lenguaje son el japonés, el quechua y el finlandés.

Este tipo de lenguaje permite que una sola palabra exprese un significado elaborado, algo que en otros idiomas requeriría múltiples palabras. Por ejemplo la ciudad de Coihueco, derivada de Koiwe (un árbol nativo) y Ko (agua), significa “agua de Koiwe”. Esto le entrega a lo que antes era solo un nombre, un significado mucho más descriptivo.  Allá cuando debió ser nombrada es probable que los alrededores del río estuvieran llenos de Koiwes.

Eso hace que, si es que se conoce el idioma, navegar por zonas donde el mapudungún domina sea extremadamente sencillo. Los lugares se describen a sí mismos, normalmente asociados a los hitos naturales del sector o a la composición de la biodiversidad local.

Estas características, unidas a la ya menciona riqueza en nombres para las diversas especies que habitan nuestra tierra, son rasgos de una balanceada relación con el entorno y es justo este tipo de relaciones las necesarias para mantener el funcionamiento y el bienestar de un ecosistema, incluyendo a todos sus componentes.

Tan internalizadas están estas ideas en el pueblo mapuche que incluso tiene un nombre: Itrofil mogen. Un concepto sin traducción literal, pero que podría transformarse en algo como “toda la vida en todas sus formas”. El mapudungún refleja cómo para los mapuche no existe la dicotomía naturaleza-cultura, que sí establece el pensamiento y el lenguaje moderno; sino que la vida se entiende como un ciclo del que los humanos somos parte, así como las montañas, los ríos, los bosques, los animales y cada forma de vida que habita en la mapu, entre quienes hay múltiples interconexiones.

Hoja de un Hualle/Pellín (Nothofagus obliqua) (c) Bastián Gygli

El poder de los nombres

Nos es exagerado decir que gran parte de nuestra realidad se construye desde el lenguaje. Todo el tiempo estamos expuestos a estímulos lingüísticos y hemos desarrollado múltiples sutilezas en la utilización de éstos.  A través de cómo expresamos una idea, ésta pueda variar en su significado y en su efecto en el receptor del mensaje. “Debemos cuidar la naturaleza” no es lo mismo que “Es importante cuidarnos junto a la naturaleza”, por ejemplo.

También asociamos las palabras y expresiones que se usan a nuestro alrededor con nuestro hogar. Ese espacio que nos acoge en su cotidianidad. Ese ritmo conocido o esa subida de tono que usamos acá en el sur. El mundo es un lugar diverso, y tal como cada territorio presenta sus ecosistemas y habitantes particulares, es natural que cada lugar tenga sus nombres y expresiones particulares. Es normal que cada lugar tenga su propia identidad.

El habla se encuentra en constante mutación, y ésto nos cambia como sociedad, porque el lenguaje, y las palabras que lo componen, permea dentro de nuestra identidad, transformándola. Es por eso que es diferente llamar a un espécimen de Nothofagus obliqua hualle en vez de roble. Hualle es el nombre que se le dio en nuestra tierra. Está asociada a una visión distinta en cuanto a la relación con nuestro entorno. Nombrarlo hualle es recuperar los saberes ancestrales y retomar el camino del Itrofil Mogen, recordando que cuando hablamos de plantas nativas, hablamos mapudungún, un idioma que tiene en sus palabras y estructuras lecciones de ecología y armonía.

Foto Portada: Detalle de hoja de un Temu (Blepharocalyz cruckshanksii) (c) Bastián Gygli

Agradecimientos especiales a Jens Benöhr, Vanessa Weinberger y Cata Muñoz, por sus comentarios y aportes a este artículo.

Procesos evolutivos únicos en lagartos australes

El ambiente abiótico es uno de los factores claves de los procesos evolutivos y el sur de Sudamérica es uno de los mejores lugares del mundo para entender los mecanismos de esta relación, debido a la presencia de los Andes, una cordillera de enorme envergadura, que llega casi a los 7000m de altura, y extremadamente […]

El ambiente abiótico es uno de los factores claves de los procesos evolutivos y el sur de Sudamérica es uno de los mejores lugares del mundo para entender los mecanismos de esta relación, debido a la presencia de los Andes, una cordillera de enorme envergadura, que llega casi a los 7000m de altura, y extremadamente joven, formada hace sólo 20.000.000 de años. Esto la hace un excelente modelo para estudiar el efecto de un factor disruptivo en los procesos evolutivos de variados grupos, entre ellos las lagartijas, donde recientemente una investigación dirigida por Damien Esquerré podría estar dándonos indicios de procesos evolutivos que se teorizaban extremadamente improbables.

El contexto biológico

Contrario a lo que se piensa, no todos los reptiles se reproducen a través de poner sus huevos en la intemperie (tipo de reproducción conocida como ovoposición). Algunos han evolucionado la capacidad de retenerlos en su cuerpo, llegando incluso a la generación de un homólogo a la placenta. Este cambio de reproducción se asocia a un tipo de adaptación evolutiva que facilita el desarrollo en condiciones adversas, normalmente las bajas temperaturas presentes en las altas latitudes y altitudes (como en los Andes).

Esta respuesta fisiológica ha sido tan efectiva que, en un grupo de baja movilidad como los reptiles, ha evolucionado de forma independiente en múltiples grupos. Es más, la familia Liolaemidae, por lejos la familia de reptiles más abundante del sur de Sudamérica, con unas 260 especies descritas, presenta una importante proporción de especies vivíparas, es decir, que paren crías vivas.

Ahora, la teoría evolutiva nos dice que cuando un proceso evolutivo tan complejo como la viviparidad ha aparecido, es prácticamente imposible que vuelva a su estado anterior o ancestral, en este caso la postura de huevos. Esto, por la enorme complejidad genética y química que implicaría. Este patrón se conoce como la ley de Dollo, en honor a Louis Dollo, quien propuso este principio allá por 1893.

Liolaemus chillanensis (c) Bastian Gygli

Reglas hechas para romperse

En febrero del 2019, el investigador Damien Esquerré publicó un trabajo donde estudia el efecto que tiene la cordillera de los Andes en la biogeografía y evolución de la familia de lagartijas Liolaemidae. Entre varios análisis, y basándose en las bases de datos (tanto genéticas como distribucionales) más completas a la fecha, Esquerré logró generar un modelo que pretendía explicar la evolución del modo de reproducción en este particular grupo. Esta pregunta se hacía relevante, pues a pesar de que esta familia es fundamentalmente vivípara, existen muchas ramas del grupo que son ovíparas, generando la duda en cómo se había generado esta heterogenia en los modos de reproducción.

Para su sorpresa (y la de muchos biólogos estudiosos de la evolución), encontró que la mayor posibilidad de explicar este proceso incluía la regresión evolutiva de la viviparidad hacia la oviparidad. Así, la regla de Dollo se rompía. Los lagartos del género Liolemus habrían vuelto a poner huevos.

La explicación

Según Esquerré, la explicación estaría asociada al ritmo de la enorme explosión de especies dentro de la familia, la cual se debe primordialmente al acelerado alzamiento de los Andes. Esta cordillera ha crecido de forma tan rápida que muchas líneas evolutivas de sus especies o linajes quedaron atrapados en verdaderas islas, confinados a particulares prominencias y valles. Esto generó un rápido proceso de especiación, donde muchas especies adoptaron la viviparidad como una adaptación al frío de las alturas.

Sección de la Cordillera de los Andes (c) Caio Bandeira

Es luego de este proceso donde algunos individuos de estas especies vivíparas habrían comenzado un proceso de recolonización de zonas bajas, donde nuevamente se vería favorecida la postura de huevos. Debido a lo rápido de estos acontecimientos, algunos linajes vivíparos no habrían tenido una completa transformación de su maquinaria reproductiva de la oviparidad a la viviparidad, posiblemente permitiendo la compleja regresión evolutiva. Si en cambio estas especies hubiesen permanecido con un modo vivíparo por más tiempo, tal vez les hubiese sido imposible (como pensaba Dollo) recuperar toda la maquinaria bioquímica necesaria para volver a producir huevos.

Impacto

A pesar de lo rupturista de esta propuesta, aún hay mucha ciencia por hacer. Existe la posibilidad que la viviparidad haya evolucionado independientemente en cada uno de los linajes actuales que la poseen. Para comprobar completamente la hipótesis del regreso a un modo de reproducción con huevos se necesita robustecer los análisis a través del uso de más bases de datos, además de proponer el mecanismo fisiológico y bioquímico del proceso concreto que permite volver a la generación del huevo.

A pesar de esto, la sola posibilidad de esta regresión evolutiva ha capturado los ojos de los científicos de todo el mundo. El estudio de Damien Esquerré fue publicado en la revista científica Evolution, una de las más prestigiosas del mundo, lo cual habla de lo interesante de esta posibilidad, la cual ha sido gestada por los salvajes paramos de los Andes australes.

Liolaemus costanzae (c) Bastian Gygli

Foto portada: Liolaemus chillanensis (c) Bastian Gygli

REFERENCIAS

Esquerré D, Brennan IG, Catullo RA, Torres-Perez F, Keogh JS. (2019). How mountains shape biodiversity: The role of the Andes in biogeography, diversifiation and reproductive biology in South America’s most species rich lizard radiation (Squamata: Liolaemidae). Evolution 73(2): 214-230

El bosque: guardián ancestral del agua

Los seres vivos somos principalmente agua y desde siempre hemos sido conscientes de nuestra dependencia de este elemento. Pero, ¿en qué medida depende el agua de nosotros? Tal vez mucho más de lo que imaginamos. Investigaciones recientes han demostrado que los bosques, los ecosistemas donde se concentra la mayor cantidad de biomasa del mundo, están […]

Los seres vivos somos principalmente agua y desde siempre hemos sido conscientes de nuestra dependencia de este elemento. Pero, ¿en qué medida depende el agua de nosotros? Tal vez mucho más de lo que imaginamos. Investigaciones recientes han demostrado que los bosques, los ecosistemas donde se concentra la mayor cantidad de biomasa del mundo, están en constante interacción con el agua; la que recorre la tierra, la que se filtra bajo ella y la que fluye en los cielos.

Agua es vida / Vida es agua

Todos los seres vivos necesitamos agua. Los móviles, como nosotros, podemos ir a buscarla a los lugares donde se concentra, como los ríos y lagos. Los seres sésiles, como las plantas, no tienen ese lujo. Es por eso que para enfrentarse al desafío de tener agua disponible han desarrollado mecanismos para optimizar su captación y almacenamiento.

Las raíces son equivalentes a pequeños pozos que penetran la tierra en busca del agua subterránea, pudiendo llegar a enormes profundidades para encontrarla. Para hacer efectivo este transporte, el cual debe ir en contra de la fuerza de gravedad, la planta se vale de pequeños tubos que mueven el agua, que en conjunto forman el xilema. Estos tubos funcionan debido a la capilaridad y al efecto sifón que genera la diferencia de gradiente de concentración entre las napas y el aire. Una vez que es captada, el agua es almacenada en estructuras especiales dentro de las células, organelos llamados vacuolas. Esto asegura que la planta disponga de agua en caso de tener que afrontar periodos de sequía. Así, un árbol –con sus varias toneladas de masa– es capaz de almacenar enormes cantidades.

Bosque laurifolio de la cordillera de Nahuelbuta, en Monumento Nacional Contulmo ©Bastian Gygli

El efecto sifón, al ser mediado por diferencias de gradiente, funciona bidireccionalmente, permitiendo a las plantas liberar humedad al entorno. Si la planta se encuentra saturada de agua y el ambiente está seco, la diferencia en el gradiente de concentración generará un flujo de humedad hacia el aire, produciendo literalmente nubosidad.

Esto se suele observar en las mañanas, cuando el sol empieza a secar el aire y los árboles parecieran “humear”. Esto es realmente la humedad almacenada en la planta liberándose al entorno. Es interesante que evolutivamente este proceso se haya conservado, pues en teoría para el individuo sería una pérdida de un recurso valioso, pero si consideramos que liberando humedad el árbol está aportando al mantenimiento de un ecosistema sano y balanceado, finalmente es beneficioso también para el árbol en particular.

Musgos con agua condensada entre sus foliolos ©Bastian Gygli

Pero la historia no termina ahí. Una vez que la humedad es liberada al entorno, queda a merced de los vientos, los cuales, mediados por sus propias dinámicas y la geografía, generan verdaderos ríos de humedad en el cielo. Es así como, incluso a miles de kilómetros, el agua captada por el bosque puede influenciar otros ecosistemas.

En resumen, los bosques son verdaderas bombas de vida, capaces de captar el agua subterránea y de la superficie, almacenarla y luego liberarla lentamente a medida que se hace necesario para el ecosistema, donde luego puede moverse por el aire para afectar otros lugares. Es por eso que los bosques pueden considerarse dentro de los ecosistemas más relevantes para los ciclos del agua.

Bosque caducifolio altoandino en medio de la neblina ©Bastian Gygli

Aguas y bosques en Chile

Cada lugar tiene sus propios ecosistemas nativos, donde millones de años de evolución han ido dando forma a la identidad propia de los territorios, donde tanto la vida como el entorno geográfico están adaptados mutuamente.

En Chile encontramos bosques en la zona centro y sur, donde el clima es templado, con estaciones muy marcadas; inviernos fríos y lluviosos y veranos cálidos y secos. Esto hace que los ecosistemas estén adaptados a constantes influjos estacionales de agua, para luego dar paso a periodos de sequía, todos en intervalos relativamente regulares. Además, la geografía particular de nuestra tierra, con una pronunciada pendiente entre la costa marina y las altas cordilleras, genera innumerables ríos, los cuales, alimentados por el derretimiento glaciar y las lluvias, proveen de una constante fuente de agua.

Los colores del bosque ©Bastian Gygli

Esta situación genera la estrategia básica de la mayoría de los árboles, la cual es presentar un crecimiento relativamente lento y raíces no tan profundas, pues el agua nunca es extremadamente escasa. Esto hace que los bosques chilenos sean ecosistemas de ritmos lentos, con una exuberancia que se ha formado en miles de años, donde los componentes del marco ambiental se van reemplazando en largos intervalos.

Muchos de estos «bosques lentos», con sus antiguos gigantes cubiertos de variados tipos de organismos epífitos, presentan gran cantidad biomasa. Esto, unido a la poca filtración de luz solar y suelos ricos en materia orgánica, hace que los bosques nativos de Chile sean especialmente eficaces a la hora de retener agua y funcionar como bombas hídricas.

Cambios violentos

El agua, además de ser un elemento fundamental para la vida, es uno de los reguladores más importantes de la temperatura. Al ser una molécula muy estable, requiere de mucha energía para cambiar su estado de agitación, haciendo que cueste mucha energía modificar su temperatura. Esta es la razón por la que zonas costeras o riberas de lagos y ríos tengan condiciones climáticas más moderadas, y también es la razón que zonas con abundantes bosques tengas temperaturas más moderadas, pues como ya describimos, los bosques son esponjas que captan, disponen y liberan grandes cantidades de agua al entorno.

Es por esto que la modificación de los sistemas boscosos, especialmente los densos bosques nativos chilenos, tiene un efecto tan importante en la regulación de las dinámicas hídricas y de temperatura.

Este es, sin duda, uno de los factores más relevantes para los cambios que hemos presenciado en los últimos años en Chile central, zona donde los bosques han sido reemplazados por monocultivos agrícolas y forestales. La escasez de agua en localidades donde antes abundaban esteros –que se han secado totalmente–, la alarmante tasa de incendios, los aumentos brutales de las temperaturas, todos son parcialmente provocados por la destrucción y reemplazo del bosque nativo, el guardián ancestral de las aguas de nuestro territorio.

Esteros y bosques tienen una profunda dependencia ©Bastian Gygli

 

 

Observación en la naturaleza

Estamos regresando a la naturaleza, atraídos por los bosques, el mar, la montaña y sus múltiples habitantes. De la sorpresa inicial damos paso a la curiosidad y nos preguntamos sobre los diversos procesos naturales, ¿por qué? ¿dónde? ¿cómo? Y es así como comprendemos que la naturaleza guarda múltiples secretos. Observar y aprender de ella no […]

Estamos regresando a la naturaleza, atraídos por los bosques, el mar, la montaña y sus múltiples habitantes. De la sorpresa inicial damos paso a la curiosidad y nos preguntamos sobre los diversos procesos naturales, ¿por qué? ¿dónde? ¿cómo? Y es así como comprendemos que la naturaleza guarda múltiples secretos. Observar y aprender de ella no es tarea fácil.

Lo que a simple vista parece obvio, puede esconder una enorme complejidad, y sin los conocimientos o métodos adecuados, tratar de entenderlo puede transformarse en una tarea frustrante. A continuación, comparto algunos consejos, desarrollados a partir de mi formación de biólogo y de años visitando los entornos salvajes, que espero sirvan a aquellos exploradores que quieren abrir sus sentidos y plantearse nuevas preguntas sobre la naturaleza.

Una nueva ola de exploración se expande en nuestros entornos naturales. ©Bastian Gygli

El marco ambiental

Hay múltiples formas de aproximarse al desafío de entender un ecosistema y sus habitantes. Muchos factores pueden ser importantes, pero para mí una buena forma está en usar una escala ecosistémica, que va desde los niveles más generales a los más particulares.

Como primer paso nos encontramos con la geografía, la cual define el marco físico de los ecosistemas. El viento, los glaciares, la lluvia y otros procesos erosivos funcionan como escultores y van dando forma a los distintos tipos de roca y suelos. Estos procesos, a lo largo de millones de años, dan forma al relieve, que es la configuración de la superficie con partes que sobresalen más o menos. Aquí tenemos a las montañas y cerros, los valles y quebradas, además de muchos otros componentes.

Sobre esta matriz se sobrepone el clima y el tiempo meteorológico. Estas condiciones son variables y a veces impredecibles, pero aun así mantienen una tendencia en el tiempo que da identidad a un lugar. Por ejemplo, el sur es muy frío y el desierto muy seco.

Al tener claro los conceptos anteriores, seremos capaces de ubicar nuestro marco ambiental, el cual determinará las condiciones en donde se desarrollará la vida. En el hemisferio sur, no es lo mismo vivir en una ladera norte, expuesta al sol, que en la ladera sur, al cobijo de la sombra. No es lo mismo vivir en una estepa azotada por el viento que en una quebrada húmeda y guarecida.

En el desierto de Atacama está la quebrada de nacimiento, que muestra las características de su marco ambiental: relieves escarpados en medio del entorno de gran sequedad. ©Bastian Gygli

Los habitantes

Una vez definida la primera capa de información nos encontramos con los habitantes del territorio, algunos móviles y otros sésiles. Entre estos, los inmóviles suelen tener una mayor influencia sobre su entorno. Esto es porque están siempre ahí, por lo tanto, pasan a ser parte del paisaje y comienzan a actuar como la geografía, es decir, generando un marco más rígido para los demás seres. Un ejemplo claro son los bosques, donde un conjunto de árboles define las condiciones para la formación de un ecosistema en particular.

Dentro de estos espacios se mueven los animales, que anteriormente llamamos seres móviles. Su capacidad de desplazarse los hace tremendamente complejos en sus comportamientos, pues pueden cambiar de entorno mucho más fácilmente: si hace calor pueden esconderse, si tienen hambre buscan alimento y si todo cambia pueden migrar.

Para entender ambos tipos de habitantes se deben tener en cuenta hábitos propios de cada organismo en relación a su entorno. Por ejemplo, conocer los horarios de actividad de una lagartija o las preferencias hídricas de una planta nos puede ayudar a encontrarlos con mayor facilidad.

También es fundamental ir generando nuestros propios códigos de observación. Técnicas que para algunas personas pueden resultar útiles no lo son para otras. Es por eso que debemos ir conociendo nuestra propia forma de encontrar y observar organismos, perfeccionando la forma que nos ha sido útil en el pasado. Hay personas sigilosas, otras pacientes y otras estudiosas. Todas estas son vías válidas para mejorar nuestras posibilidades de encontrar un organismo o para aprender de él y su modo de vida.

A continuación, les presento unos consejos para observar y reconocer plantas, hongos y animales en terreno.

Solo viendo los distintos componentes de un ecosistema nos damos cuenta de su enorme complejidad. Imagínate ahora todos estos componentes en constante interacción. ©Cristian Toro 

Observación de la flora

Las plantas son seres inmóviles (o más bien, se mueven a una velocidad que no percibe nuestro apresurado ojo humano), pero no por eso son fáciles de encontrar o identificar, e incluso después de esto se nos abre un abanico de preguntas respecto a sus historias de vida.

Los seres sésiles están íntimamente relacionados con el entorno en el que se encuentran. Una vez germinada una planta no puede cambiar de lugar. Esto hace que estén muy adaptadas a ciertas condiciones, que de no encontrarse limitan su posibilidad de desarrollarse. Organismos como los musgos, que requieren mucha agua, solo crecerán en lugares de abundante humedad. Una lenga (Nothofagus pumilio) en su distribución norte crece como el último árbol del gradiente altitudinal, a grandes alturas, pero en la Patagonia, donde las condiciones a nivel del mar son similares a las de altura en Chile central, la encontraremos muchísimo más abajo.

También debido a su incapacidad de moverse, las plantas han desarrollado una gran plasticidad fenotípica, que corresponde a la capacidad de variar sus características para adaptarse a un medio en particular. Incluso en un mismo árbol es posible observar hojas de mayor tamaño, adaptadas para captar luz de sombra, y hojas más pequeñas, ideales para resistir la exposición más directa al sol. Esto se puede aplicar a todas sus partes, generando una gran variedad dentro de una misma especie. Es por eso que es extremadamente recomendable tratar de identificar características claves, que vayan más allá del tamaño y la forma, que son muy variables. Estas tienen que ser más constantes y no cambiar de individuo a individuo. Un ejemplo muy bueno es la estructura de flor, usualmente muy definida.

Los árboles pueden ser analizados como individuos, pero en su conjunto adquieren una nueva dimensión, dándole vida al concepto de bosque. ©Bastian Gygli

Observación de hongos

A la hora de reconocer y buscar hongos se pueden usar los mismos consejos descritos para las plantas, dado su carácter inmóvil. Aún así, hay cosas que son específicas para estos seres, donde sus modos de vida son especialmente importantes.

Algunas de las estructuras visibles de los hongos que podemos observar son perennes (que no desaparecen), como en el caso de las «orejas de palo» (grupo grande de hongos que descomponen madera), pero muchas otras son pasajeras. Esto es debido que mucho de lo que vemos corresponde a cuerpos fructíferos, estructuras especializadas para propagar esporas. Esto hace que aparezcan en ciertos momentos, usualmente después de las lluvias, cuando las condiciones son propicias para su propagación. Otra cosa importante es la reiteración de la aparición de cuerpos fructíferos. Donde hemos visto una callampa es muy probable que volvamos a verla, pues el hongo filamentoso sigue viviendo en ese lugar y cuando vuelvan a haber condiciones ideales tenderá a volver a salir.

Cuerpos fructíferos creciendo en el suelo del bosque. Este es uno de los diversos modos de vida de los hongos. ©Bastian Gygli

Observación de fauna

Ya sea buscando o por casualidad, muchas veces nos vemos enfrentados a los animales, los más elusivos habitantes de los parajes salvajes. Observarlos es fascinante, pero involucra muchas dificultades.

El concepto clave para ver fauna es “pasar piola”. Si el animal no nota que estamos ahí, no lo molestaremos y podremos ver su comportamiento natural sin la influencia de nuestra presencia. Para esto es ideal poder localizarlo desde una gran distancia, para lo que los binoculares son de gran ayuda, especialmente si estamos activamente buscando. Si llegamos a toparnos con algún animal hay que tratar de mantenerse lo más calmado posible y evitar cualquier cosa que le puede generar estrés o miedo. Si podemos lentamente hacernos parte del entorno, nuestra observación será más provechosa que si el animal está constantemente atento a nuestra presencia.

Para ayudarnos a conseguir esta invisibilidad hay varias cosas útiles que podemos hacer. La vestimenta puede llegar a ser muy importante. Es recomendable camuflarse lo mayor posible con el entorno o al menos evitar colores muy contrastantes. Moverse en silencio y evitar ruidos fuertes, para no llamar la atención. Otro factor que puede ser clave es el olor. Nuestro olfato no es tan desarrollado, pero el de muchos animales lo es, así que recomiendo estar atento al viento y su dirección para evitar que nuestro olor sea llevado al animal. Esto, unido a movimientos lentos y controlados nos ayudará a “pasar piola”.

Si vemos el animal a lo lejos y queremos acercarnos debemos armarnos de paciencia. Acercarse puede ser algo tedioso, pues hay que estar atento a todos los factores mencionados y estos pueden cambiar a medida que avanzamos, por lo que se requiere de constante análisis de la situación. Un consejo útil es tratar facilitar el acercamiento usando las condiciones naturales. Una estrategia es usar el brillo del sol a nuestras espaldas para que el animal no nos pueda mirar directamente sin encandilarse. Esto es especialmente efectivo en los animales que usan la vista como principal sentido.

Todos estos son consejos generales, los cuales pueden variar en importancia dependiendo del animal. Para sacar el mayor provecho a un avistamiento es fundamental conocer al organismo en cuestión, entre más información disponemos, más es la capacidad de tomar buenas decisiones y respetar sus rangos de tolerancia. Si sabemos poco del organismo en cuestión es aconsejable jugar a la defensiva y tener paciencia, que de todos modos suele ser el método más usual para observar animales.

Acercarse a este quetru volador (Tachyeres patachonicus) requirió conocimientos de su comportamiento, además de mucha paciencia para esperar las condiciones ideales. ©Bastian Gygli

Apoyo

Una parte del conocimiento natural ha sido estudiada y mucho de este estudio se ha documentado, encontrándose disponible en textos científicos y en internet. Usar estos conocimientos es muy útil para aprender, ya sea antes o después de un terreno. Hay que preparar conocimientos previos y resolver dudas posteriores.

Otra fuente de saber notable son las guías de campo, libros especializados pensados en resolver dudas en terreno. Existe una enorme variedad de estos, cada vez más comunes y mejor realizados. Hoy por hoy, probablemente existe una guía para cada tipo de naturalista. Te recomiendo buscar los más afines a tus áreas de interés.

Pero dentro de todas estas fuentes de apoyo, conversar con otrass personas que también estén interesadas en el aprendizaje en la naturaleza es probablemente la más poderosa para mejorar nuestra comprensión del entorno. Compartir las inquietudes hará el proceso más eficiente, pudiendo complementar los talentos de los miembros del equipo, y notablemente más divertido, pues no hay nada como disfrutar la naturaleza en buena compañía.

Las guías de campo son una herramienta espectacular para resolver dudas en terreno. ©Bastian Gygli

La experiencia y el saber

Todos estos consejos pueden llegar a ser útiles, pero nada podrá reemplazar al conocimiento adquirido mediante la práctica. El más importante consejo es que explores lo salvaje y que te sigas maravillando con la naturaleza. A través de ese cariño y la cotidianidad que nos da ir reiteradas veces a la naturaleza, empezamos a ver los signos de otra manera, a agudizar nuestros sentidos y a templar nuestra paciencia. Los invito a desarrollar estas herramientas, para que luego podamos compartirlas y así seguir disfrutando y aprendiendo cada vez más de nuestros ambientes silvestres.

*Foto de portada: liana en bosque lluvioso del sur de Chile ©Bastian Gygli

El brutal impacto de la tala rasa

El siguiente artículo fue escrito entre dos colaboradores de Endémico dedicados a la educación ambiental y comunicación de la ciencia; el antropólogo Jens Benöhr y el biólogo Bastian Gygli -habitantes de la tierra del Biobío-, quienes explican las consecuencias ambientales y sociales de la tala rasa. Al contrario de lo que muchos piensan, un bosque […]

El siguiente artículo fue escrito entre dos colaboradores de Endémico dedicados a la educación ambiental y comunicación de la ciencia; el antropólogo Jens Benöhr y el biólogo Bastian Gygli -habitantes de la tierra del Biobío-, quienes explican las consecuencias ambientales y sociales de la tala rasa.

Al contrario de lo que muchos piensan, un bosque no es solo un grupo de árboles. Un bosque es un sistema de relaciones realmente intrincado, donde hierbas, arbustos, árboles, pájaros, mamíferos, insectos, hongos y bacterias dependen entre sí para existir. Los grandes árboles dominantes generan el esqueleto grueso del bosque, en cuyas cavidades se distribuyen árboles medianos, arbustos y plantas de menor tamaño, todas cubiertas por multitud de otros seres; animales, vegetales y fúngicos. Por todas partes, constantemente nacen y mueren los distintos miembros del bosque, formándose una variedad no solo de especies, sino también de tamaños y edades.

Colores y formas del bosque ©Bastian Gygli

Monocultivo forestal

A diferencia de este caótico mosaico de formas y procesos, en Chile y el mundo han proliferado las plantaciones forestales de monocultivos exóticos. En este sistema, los árboles son criados en invernaderos y luego plantados en filas uniformes sobre un suelo que ha sido despejado de toda vida y abonado artificialmente con químicos que alimentarán el feroz crecimiento de pinos y eucaliptos. El gran consumo hídrico que caracteriza a estos árboles es resultado de su rápido crecimiento, el cual es a costa de una mayor cantidad de nutrientes, los que son movilizados mediante el agua.

Los reducidos espacios que se dejan entre árbol y árbol están pensados para las máquinas y los operadores que los cortarán (esa superficie es la mínima para que el árbol se desarrolle, de lo contrario tal vez los dejarían más juntos). Solo un par de años (15 a 20) son necesarios para que los árboles de la plantación -dependiendo la especie y características del sitio forestal- alcancen el tamaño ideal u «óptimo comercial», que ha sido calculado para la mayor producción de madera en el menor tiempo posible, un simple y rápido cálculo destinado a producir grandes sumas de dinero. Así, la gran danza de los bosques es transformada en una torpe marcha forzada, con un principio y un final claro: el mercado global.

Plantación forestal de pinos en los alrededores de Curanilahue, Cordillera de Nahuelbuta ©MVMT

Los efectos de la tala rasa

Dentro de este contexto, tal vez el proceso más brutal utilizado en la industria forestal es la corta a tala rasa. Este método de cosecha es un corte a ras de suelo de todos los árboles de una plantación, el cual tiene irreversibles consecuencias ambientales, algunas de las cuales describiremos a continuación.

Primero, la tala rasa deja al descubierto grandes extensiones de suelo, que la lluvia, el viento y los cambios de temperatura van desgastando, proceso denominado erosión. Al desaparecer la cobertura vegetal, la “interceptación de lluvia”, es decir, el agua que es atrapada por la vegetación en las hojas, ramas y tallos -proceso que disminuye la fuerza de las gotas que caen al llover- también desaparece. Al estar el suelo descubierto, estas gotas remueven la tierra y, si la pendiente es pronunciada, pueden movilizar cantidades considerables de sedimentos cerro abajo, lo cual se traduce en repentinas y catastróficas «remociones de masa» (desprendimientos de tierra). 

Grandes superficies de suelo son dejadas al descubierto, produciendo una acelerada erosión ©Plantar Pobreza

El segundo fenómeno asociado a esto es la pérdida de suelo. Muchas veces nos cuesta entender esto, pues estamos acostumbrados a pisar y no pensar sobre el suelo. Su formación depende de la hojarasca, la cual se acumula junto a ramas, troncos y otros cuerpos en descomposición, dando forma al humus. Este nutritivo (y fértil) suelo orgánico es producto de siglos de descomposición. Además, el bosque es -por debajo de la superficie- un gran embalse natural que permite la infiltración (almacenamiento) del agua de lluvia en invierno, la cual es lentamente liberada en verano. Sin embargo, la tala rasa produce la pérdida del esponjoso suelo del bosque nativo, quedando finalmente una capa arcillosa e impermeable, que apenas absorbe el agua. 

Suelo arcilloso producto de reiteradas cosechas a tala rasa en Curanilahue ©MVMT

Tercero; el agua arrastrada a los esteros genera otros desbalances ambientales. Muchos de los nutrientes del suelo son lavados y al llegar en exceso a los cursos de agua, generan floraciones de bacterias, las cuales pueden llegar a interrumpir el avance del agua, dejando comunidades enteras sin el preciado elemento. Eventualmente todo estos recursos que antes estaban encapsulados en los suelos llegan, a través de los ríos y riachuelos, al mar, donde desaparecen en la inmensidad. Poco sabemos de sus efectos en el océano. Además, el transporte de sedimentos en suspensión (el suelo que es arrastrado por las lluvias) contribuye al embancamiento de los ríos, fenómeno que es posible observar al recorrer las desembocaduras del sur de Chile.

Por ley, plantaciones forestales y tala rasa no deberían realizarse a menos de 20 metros de ríos (esta distancia es mucho mayor en otros países), sin embargo, en la fotografía es posible apreciar la cosecha de árboles a menos de 10 metros del río Carampangue ©MVMT

Por último, recientes estudios (Sheil & Murdiyarso, 2009) han demostrado la relación directa entre cobertura vegetal y la frecuencia de las precipitaciones en un lugar. Básicamente, la ciencia ha demostrado que más plantas en un área significa más lluvia, mediante un proceso conocido como bomba biótica. Sin embargo, la tala rasa anula este proceso inmediatamente, lo cual si bien puede recuperarse (lentamente) tras la siguiente plantación, cada vez que se realiza, va disminuyendo la tasa de lluvia.

Estos y otros procesos van llevando al territorio a enfrentar una irremediable desertificación, que muchas veces poco y nada tiene que ver con el cambio climático (no obstante, esta es la principal argumentación hoy defendida por las empresas forestales que emplean este método). En estos eriales resultantes, el agua antes abundante, pasa a ser un recurso escaso, tanto para las criaturas del bosque como para las comunidades humanas.

Bosques y humedad en la cordillera de los Andes del sur ©Bastian Gygli

La tala rasa es la pesca de arrastre terrestre

La tala rasa es el análogo terrestre de la pesca de arrastre. Las diferencias de fondo entre estos procesos son pocas. Una ocurre mayoritariamente en mar abierto, escondida de nuestro ojos por la distancia y las profundidades del mar. La otra ocurre cerca de nuestras casas, abarcando casi la totalidad del territorio de Chile central, un punto caliente (hotspot) de biodiversidad, el cual está siendo brutalmente destruido. Tras su paso, la tala rasa deja un desierto, acentuado por el uso de pesticidas para eliminar lo que la industrial forestal denomina “malezas competidoras”, en realidad especies nativas que compiten con los pinos o eucaliptos. Sin embargo, la pesca de arrastre es totalmente rechazada por la ciudadanía, mientras la tala rasa sigue siendo considerado un proceso normal de la industria forestal.

La tala rasa, siguiendo la analogía que Eduardo Galeano propone en su célebre libro «Las venas abiertas de América Latina», desgarra y desangra la tierra. Desolla la piel y deja al descubierto sus entrañas. En cuestión de años ese interior pasa de ser un rico y fértil suelo, a un verdadero regolito, como se denomina al suelo sin vida de marte.

Lo que la tala rasa deja en el territorio ©MVMT

Sin embargo, el gran problema no son los pinos o eucaliptos (que el lugar del mundo de donde son originarios, constituyen la vegetación nativa), sino el modelo económico y el manejo forestal repleto de malas prácticas, que busca satisfacer un modelo de alta competitividad, rentabilidad y utilidad, pero bajísima dignidad laboral para los trabajadores, las comunidades locales y los ecosistemas. Para aclarar; la producción neta de madera y celulosa que Chile destina al mercado interno es tan solo un 30% (Frene & Núñez, 2010), el resto es exportado a otros mercados, los cuales abastecemos con la pérdida de nuestros suelos y las sequías en nuestros territorios.

Industria celulosa (suele oler mal a su alrededor) ©Daniel Casado

En este momento, pensar la erradicación de las plantaciones forestales, por mucho que lo deseáramos, sería no comprender la complejidad del problema. A pesar del desolador panorama, hoy en día existen diversas alternativas al monocultivo de pino o eucalipto y a su tala rasa. Por ejemplo, en Chile existen plantaciones multiespeciíficas de árboles nativos, donde el coigüe se destina a la producción de madera, pero a través del raleo selectivo, método en donde se selecciona cuidadosamente que árboles cortar; el avellano para la obtención de avellanas y el ulmo como fuente de la deliciosa miel de ulmo. Este modelo es una plantación que diversifica la producción, al contrario del monocultivo forestal, el cual lo concentra en un solo rubro.

También existen agrupaciones recolectoras de productos no maderables (PFNM) del bosque nativo, quienes se dedican a la recolección de dihueñes, changles, nalcas, murtilla y maqui, entre otras maravillas del bosque.

Además, destaca el turismo como herramienta para poner en valor la observación y comprensión del patrimonio natural, más allá de la extracción de recursos del mismo. Este tipo de iniciativas benefician directamente a las comunidades donde se emplazan, generando una mejora sustancial en la calidad de vida de sus miembros, tanto humanos como otras especies.

A la luz de los problemas y alternativas anteriormente planteados, nos preguntamos: ¿qué territorios soñamos? ¿Queremos vivir en zonas de sacrificio, sin agua para beber, tierra para cultivar ni aire para respirar? ¿Para luego viajar (los que puedan) a otros territorios en búsqueda de lo que alguna vez existió en nuestras tierras?

Los autores de este artículo creemos firmemente en el potencial de la restauración de bosques, no su destrucción, pero para lograr este cambio es necesario difundir entre amigos, familiares y conocidos lo que está pasando. Si lees estas últimas palabras y quieres aportar, encuentra un buen momento y lanza el tema al centro de conversación: ¿están de acuerdo con el impacto de la brutal tala rasa?

Bosque caducifolio y de araucarias en Conguillio ©Bastian Gygli

*Foto de portada: tala rasa en Columbia Británica, Canada ©Garth Lentz

Agradecemos a Bernardo Reyes y Rodrigo Bravo por sus observaciones, las cuales enriquecieron el texto.

Referencias

Sheil, D. & Murdiyarso, D. (2009). How Forests Attract Rain: An Examination of a New Hypothesis. BioScience, 59(4): 342-347.

Frene, C. & Núñez, M. (2010). Hacia un nuevo modelo forestal. Bosque Nativo 47: 25-35.

Documental Plantar pobreza

Documental La otra cordillera

Para los organismos sésiles -que no pueden desplazarse de un lugar a otro-, la comunicación es un gran problema. ¿Cómo interactuar con otros individuos si no puedes moverte? Hace millones de años, esta restricción era bastante común, por ello la comunicación química y física entre organismos era solo posible entre individuos ubicados cerca entre sí, […]

Para los organismos sésiles -que no pueden desplazarse de un lugar a otro-, la comunicación es un gran problema. ¿Cómo interactuar con otros individuos si no puedes moverte? Hace millones de años, esta restricción era bastante común, por ello la comunicación química y física entre organismos era solo posible entre individuos ubicados cerca entre sí, y en usar medios abióticos como el agua y el viento para mover polen y semillas, que al ser relativamente aleatorios, requieren una gran inversión de energía, que a veces no es respondida con éxito.

Antes estas limitaciones, la evolución respondió con las flores y los polinizadores. El concepto es simple: la planta ofrece comida en una estructura especial, la flor, la cual al mismo tiempo deposita polen en el organismo que se alimenta. Al visitar distintas flores en busca de más comida, el polinizador moverá el polen de planta en planta, fecundándola. Este método es mucho más específico que el viento o el agua, y tiene muchas menos limitantes de distancia que otras formas de comunicación y propagación, pues los polinizadores sí son organismos móviles.

Una abeja poliniza a una Alstroemeria, ambas especies nativas de Chile. ©Bastian Gygli

Este método fue tan exitoso que en el periodo cretácico (durante la era mesozoica), cuando aparecieron las plantas con flor -angiospermas-, rápidamente desplazaron a las demás plantas y, en unos cuantos millones de años y hasta el día de hoy, se transformaron en el grupo dominante en el planeta. Este incluyen grupos tan comunes como los pastos, las orquídeas, muchos de los árboles y casi todas las plantas que su usan para cultivos alimenticios.

Además, a lo largo del tiempo esta relación se ha ido complejizando y hoy en día ciertos polinizadores y plantas viven en una relación de necesidad mutua, siendo la única fuente de alimento para los primeros, y el único medio de reproducción para los segundos. Esta íntima relación de dependencia, común en los trópicos, es un hermoso ejemplo de lo efectivo que es esta estrategia de vida.

El momento exacto de la cooperación ©Bastian Gygli

La polinización es probablemente el mejor ejemplo del poder de la cooperación. Otros sucesos, como la endosimbiosis, han cambiado la vida en el planeta, pero son procesos difíciles de observar. Por otro lado, la polinización tiene de respaldo un impresionante registro que podemos ver hoy en día en las plantas con flores llamativas que viven a nuestro alrededor. Cada una es una prueba viviente del poder de la cooperación y, si miramos detenidamente, podremos observar que casi todas las plantas poseen flores.

Lamentablemente, hoy en día este proceso afronta una etapa de crisis. Nuestro actual modelo de desarrollo, que genera una gran homogeneización del ambiente y una gran presión sobre nuestro entorno, incluyendo a polinizadores claves como las abejas, han puesta la nota de alerta. Si estas cadenas de polinización se quiebran, muchas de ellas podrían tener graves problemas para recuperarse o no recuperarse del todo (Lever et al., 2014), lo que podría provocar una catástrofe ambiental de grandes proporciones.

Referencias

Lever, J., Nes, E., Scheffer, M. & Bascompte, J. (2014).  The sudden collapse of pollinator communities. Ecology letters.

Fotografía de portada: Los insectos son los polinizadores más comunes, pero no son los únicos. En la imagen apreciamos un ave -de la especie chincol- en pleno trabajo. ©Bastian Gygli

 

Flor del Chagual ©Bastian Gygli