De cara al viento, respiras frío en Tierra del Fuego. Cada tanto, si el soplo merma, puedes oír el murmullo del bosque y sus habitantes.  Arriba, corren las nubes indomables por el cielo infinito.  Abajo, palpita un suelo húmedo. Si lo acaricias con los pies descalzos, reconoces innumerables montículos vegetales. Si caminas sobre ellos, sin […]

De cara al viento, respiras frío en Tierra del Fuego. Cada tanto, si el soplo merma, puedes oír el murmullo del bosque y sus habitantes. 

Arriba, corren las nubes indomables por el cielo infinito. 

Abajo, palpita un suelo húmedo. Si lo acaricias con los pies descalzos, reconoces innumerables montículos vegetales. Si caminas sobre ellos, sin mucho esfuerzo, brota agua dulce desde el centro, cubriendo suavemente tus dedos, sin que el barro pueda dejar huellas importantes sobre la piel. 

Hay algo amable, gracioso y misterioso en el instante del contacto con las turberas.

Un aroma fresco expele del frote entre la piel y esa particular materia vegetal. Un olor intenso que despierta la memoria.

Y es que hay historias ancestrales albergadas en las turberas de Tierra del Fuego, esperando emerger. También hay un presente urgente: la necesidad vital de promover su conservación. Y sí, también, hay futuro. Un futuro local y global, que reside en el innegable valor de estos ecosistemas para la supervivencia en el planeta y el bienestar de sus sociedades. 

Las turberas de Tierra del Fuego están en lugares remotos y presentan tantos obstáculos para acceder, que eso las protege   © Ricardo Gallo.

El palpitar de las turberas

Hoy, de cara a la crisis ambiental y al calentamiento global, el desafío de preservar los ecosistemas sin degradarlos, es de suma urgencia e instala a las turberas en el centro de la discusión. Por eso, un amplio grupo proveniente del ámbito público y privado y de instituciones tanto locales como internacionales, se aunaron bajo la “Iniciativa de turberas de la Patagonia”, para, a partir de conocimientos diversos como la educación, los saberes ancestrales, la ciencia, las artes, la administración,y por supuesto, la conservación  trabajar con la misión de dar a conocer al mundo la grandeza de su naturaleza vital. Y con ello, instalar en la agenda, la necesidad de protegerlas, de manera de cambiar la historia escrita por Europa, donde producto del uso no sustentable, como la extracción masiva de turba y el drenaje, hoy las turberas están altamente degradadas, y han perdido sus funciones ecológicas básicas como la captura y el almacenamiento de agua y carbono.

De este encuentro fecundo entre apasionados por la salvaguardia de la biodiversidad surge un proyecto colectivo de arte interdisciplinar. ¿Su nombre? Turba Tol “Hol Hol Tol”, que en idioma Selk`nam, quiere decir “Corazón de las turberas”. Se trata de una propuesta creativa que nace de la sinergia entre la plataforma Ensayos, la Wildlife Conservation Society Chile (WCS Chile) y la Fundación Cultural Selk’nam Hach Saye, una instalación que también da cuenta de una década de cooperación ecocultural y de un proceso de investigación y cocreación, que verá la luz en su amplitud en abril, en el marco de la 59ª Exposición Internacional de Arte de la Bienal de Venecia.

“Honrar la vitalidad y la continuidad de los ecosistemas de la Tierra del Fuego es lo que nos une”, explica Camila Marambio, fundadora de Ensayos, programa de investigación nómada con foco en temas ecológicos, y también curadora de Turba Tol, refiriéndose con eso al “sustrato psicoemocional que va levantando este trabajo”, y que opera como brújula para el diálogo y la creación conjunta entre los equipos de estas organizaciones aliadas.

La degradación de las turberas implica la liberación masiva de gases efecto invernadero a la atmósfera © Benjamín Echazarreta.

Tesoros bajo tierra 

Pero para ir hacia el fondo de las turberas, hace falta conocerlas. Y si bien se trata de ecosistemas extremadamente relevantes a la hora de enfrentar la crisis climática a nivel planetario, son muy poco conocidas, particularmente, porque gran parte de ellas está enterrada bajo tierra. 

En el mundo, la mayor cantidad de humedales de turberas está en el hemisferio norte y una pequeña fracción en América del Sur, estos último representan aproximadamente el 11% de los reservorios de turba mundiales y su potencial de almacenamiento de carbono es enorme, pues se distribuyen en áreas con baja huella humana, como es el caso de la Patagonia. 

“Las turberas son humedales. Son el epicentro, el big bang de la biodiversidad. Son muy importantes para las poblaciones humanas, porque es allí donde se concentra la mayor cantidad de agua dulce del mundo. Y si bien cubren una pequeña fracción del territorio, tienen gigantescas concentraciones de carbono almacenado”, explica con énfasis Bárbara Saavedra, Doctora en Ecología y Biología Evolutiva, y directora de WCS Chile, organización internacional de conservación de la vida silvestre y de sus hábitats naturales, en la cual lidera el proyecto de conservación Karukinka en la Isla Grande de Tierra del Fuego.

Antes de la llegada de los colonizadores, los Selk’nam habitaron Tierra del Fuego y convivieron con las turberas en su territorio ancestral durante más de 8.000 años © Ricardo Gallo.

Según da cuenta la Memoria del Seminario Binacional de Turberas de Patagonia, realizado en 2021, las turberas patagónicas chilenas contienen aproximadamente 4.800 millones de toneladas de carbono acumuladas durante 18.000 años, lo que representa 4,7 veces más carbono que la biomasa aérea de los bosques de todo el país. En tanto, las turberas argentinas complementan y amplían estas cifras, especialmente en Tierra de Fuego, que según el conocimiento existente alberga el 95% de las turberas del país hermano y se concentran en el lado oriental de la isla. En Chile, las turberas se distribuyen entre la Región de la Araucanía y la Región de Magallanes y Antártica Chilena, abarcando cerca de 10.000 km2, equivalente al 1,4% de la superficie total del país.

“Como Selk’nam, tengo claro que las turberas guardan ancestros. La turbera es una especie de cementerio. No es algo surrealista el que nuestros ancestros estén ahí, ese lugar existe. Por eso para nosotros es importante conservarlas y que no las extraigan, que no se quemen, que no se sequen.”

Actualmente, las principales amenazas para las turberas están en la explotación minera de la turba, sustancia que está en el subsuelo de las turberas; la presencia de especies exóticas invasoras, como el castor; la extracción de vegetación y el drenaje para la construcción de carreteras, entre otras.  

“Nosotros como sociedad somos parte de la naturaleza, estamos embebidos en ella. Cuando hablamos de la degradación de la naturaleza, también se degrada la sociedad. ¿Y cómo se manifiesta esa degradación?, con algunos de los problemas que hoy tenemos, como el cambio climático”, explica Bárbara Saavedra. Y agrega: “Hablar de degradación de las turberas, es hablar de los jinetes del Apocalipsis”. 

Los humedales de turbera en el Parque Karukinka presentan un estado de salud bastante extraordinario, respecto a las turberas del mundo © Benjamín Echazarreta.

Valor ancestral de las turberas

En el proceso orgánico de encuentro, investigación y creación entre las integrantes de Ensayos, WCS y la Fundación Hach Saye, organización familiar preocupada del resguardo, desarrollo y fomento de la cultura Selk’nam y su territorio, hubo un suceso clave: un viaje. La familia de Hema’ny Molina, fundadora de Hach Saye, viajó a Karukina, como un acto reivindicativo y un gesto simbólico, cargado de realidad. 

“Fue mágico. Me abrió las fronteras para entender que las turberas son mis ancestros y también son vida para el futuro”, recuerda Fernanda Olivares, hija de Hema’ny Molina y Presidenta de la Fundación Hach Saye, quien pisó el Parque Karukinka por primera vez en enero de este año. 

Los Selk’nam habitaron libremente Tierra del Fuego y convivieron con las turberas en su territorio ancestral durante 8.000 años antes de la llegada de los colonizadores que propiciaron su genocidio.

“Yo, como Selk’nam, tengo claro que las turberas guardan ancestros. Si excavan, seguramente encontrarán momias. La turbera es una especie de cementerio. No es algo surrealista el que nuestros ancestros estén ahí, ese lugar existe. Por eso para nosotros es importante conservarlas y que no las extraigan, que no se quemen, que no se sequen”, dice, recordando con pesar el incendio que aún afecta a Tierra del Fuego, que demostró que las amenazas advertidas por los estudios de conservación son reales y devastadoras. 

“Los expertos decían que las turberas frenaban el incendio, que gracias a ellas no se extendía. Pero estamos en etapa de anidación, hay pajaritos, hay huevos, polluelos, chulenguitos y guanacos, que son los más desorientados. Hay vida muy joven que quizá no arrancó. Por los bordes no avistaron fauna herida, pero aún no sabemos. Fue horrible ver cómo el fuego entraba por las raíces, el tronco se veía impecable, pero luego explotaban las copas. Los bosques son ancestros, toda la isla son ancestros, historia y sentimiento”, lamenta Fernanda Olivares.

El equipo detrás de Turba Tol busca complejizar la realidad e introducir preguntas desde la esfera ecoestética para aportar con la obra como herramienta de conservación de las Turberas de la Patagonia © Gentileza de WCS.

 

La fundación Hach Saye busca reencontrarse con su cultura y promover el desarrollo de personas desde la pertinencia indígena, suscitando la sensibilización hacia la situación del pueblo Selk’nam del siglo XXI. También trabajan para que su pueblo sea integrado en la Ley indígena y reconocido como cultura y lengua viva.

 Ha sido difícil, aún no logramos derribar el mito de la extinción. Todavía sigue siendo como ir con un machete entrando a una selva de prejuicios y opiniones”, cuenta Fernanda Olivares, quien observa en Turba Tol, una oportunidad para que las personas de todo el mundo lleguen a conectar con su cultura ancestral, a través de la vinculación con las turberas: “Vamos a mostrar tantos aspectos de la turba en la Bienal de Venecia, que me gustaría que la gente se conecte con ellas realmente. Y también me gustaría expandir la necesidad de cuidarlas alrededor del planeta, porque sabemos que hay otras turberas que aún han sido más explotadas que acá. Por eso quiero crear la necesidad global de su cuidado”.

Ruta en Venecia 

Turba Tol cobrará vida en el pabellón de Chile en la Bienal de Venecia, como una exposición que propone una experiencia inmersiva enraizada en el universo material y ancestral de las turberas patagónicas, a través de una instalación multisensorial y un experimento científico.

Estamos creando una nave al corazón de la turbera, diseñando una estructura apoyada por una instalación orgánica. Habrá una gran cantidad de musgo en el pabellón, una experiencia que integra olor, sonido e imagen. Habrá materia viva, que respira y que requiere que recolectemos agua lluvia, que trabajemos con las aguas del pabellón”, detalla Camila Marambio. La curadora relata, que, en esencia, se trata de una invitación a encontrarse con la sensualidad de las turberas, y que no es el objetivo mostrar Tierra del Fuego, sino más bien se trata de sentir el territorio. En específico, conectar a las personas con el corazón de las turberas.  “Queremos ser vectores de transmisión de esa sensualidad y transmitir el amor que nos produce este ecosistema”, agrega. 

Turba Tol pretende plantear el tema globalmente en la Bienal de Venecia, pero luego busca retornar a la Región de Magallanes y de la Antártica Chilena para potenciar la conversación local © Benjamin Echazarreta.

 

Turba Tol replantea el papel del arte, creando comunidades crecientes orientadas a la conservación y acciones ambientales coherentes, asumiendo que la conservación de las turberas está intrínsecamente ligada al bienestar futuro de la humanidad, y en la Patagonia, al renacimiento del pueblo Selk’nam. 

“El trabajo compartido con el programa Ensayos nos ha permitido visionar, entender y expandir nuestra manera de mejorar el trabajo de conservación. Pudimos ver lo que nunca habíamos visto: el mundo Selk`nam que está en Chile y que permanecía invisible para nosotros. Es muy potente el trabajo transdisciplinario, hecho en equidad. No desde la jerarquía de la ciencia, que mira hacia abajo. Esta experiencia es un ejemplo extraordinario -de cómo nosotros como país- tenemos que entregarnos a co-construir un futuro compartido, desde todas nuestras diferencias y con todas las dificultades. Y en ese sentido, el mundo Selk´nam, que ha permanecido marginalizado, invisibilizado, ninguneado, subfinanciado, maltratado, que ha recorrido un duro camino hasta hoy; guardando las diferencias, es muy parecido al camino de la conservación de la biodiversidad, que ha sido despreciado por una mirada hegemónica de la sociedad.” Bárbara Saavedra, directora de WCS Chile.

Turba Tol también reúne a un equipo multidisciplinario de creativos chilenos: Ariel Bustamante, artista cuyo trabajo se centra en conversaciones transhumanas y prácticas de escucha andinas; Carla Macchiavello, historiadora del arte y educadora cuya investigación aborda prácticas artísticas latinoamericanas contemporáneas vinculadas a la ecología y el cambio social; Dominga Sotomayor, cineasta y académica, y Alfredo Thiermann, arquitecto cuyo trabajo multisensorial explora la relación entre los espacios construidos y la historia.

En tanto, en el momento de la presentación al público, las encargadas de guiar la experiencia, serán, la misma Fernanda Molina, quien además oficia de asesora de contenidos del pabellón, y la artista Isabel Torres, quien explica que el intercambio se realizará entretejiendo idiomas: selk´nam, castellano, italiano e inglés. “Así como tenemos la humildad para comprender que no todo es mudable –por eso es muy ínfimo sensorialmente lo que podemos hacer para responder a la pregunta: ¿cómo siente una turbera?,- también creemos que no todo es traducible en un solo idioma”. Para Torres es clave en el proceso de compartir la experiencia, comprender las turberas como un cuerpo vivo, como el pueblo Selk’nam.

Turba Tol es un proyecto transdisciplinario de co-construcción que desafía la mirada hegemónica, integrando saberes diversos en equidad © Gentileza de WCS. 

Y agrega: “¿Cómo se echa algo de menos, si no sabes que existe, si no lo conoces?”, se pregunta. “¿Acaso será una forma de proteger algo, dándolo a conocer? Desde las artes, nos ponemos al servicio de la conservación”. Más que inventar estímulos, en un tiempo de sobre estimulación, nos interesa un cambio de paradigma. Todavía no hay que hablar en pasado de las turberas, como es el caso de ya varios otros sistemas, a causa del extractivismo”. 

Conoce más detalles sobre Turba Tol aquí.

Imagen de portada: Turberas patagónicas en Parque Karukina © Paula López.
La conservación de la naturaleza es un desafío cada vez más latente ante la crisis socioambiental global. Poco a poco vemos cómo la sociedad actual comienza a configurarse en torno a un en-torno restrictivo, donde el cuidado de aquellos “recursos naturales infinitos” se visibilizan como una limitante de nuestro quehacer y bienestar. Es el caso […]

La conservación de la naturaleza es un desafío cada vez más latente ante la crisis socioambiental global. Poco a poco vemos cómo la sociedad actual comienza a configurarse en torno a un en-torno restrictivo, donde el cuidado de aquellos “recursos naturales infinitos” se visibilizan como una limitante de nuestro quehacer y bienestar. Es el caso de la megasequía que afecta a Chile central, explicado en parte por el mal manejo de cuencas y afluentes, y que termina por, literalmente, extinguirlos. Ante aquello, es urgente entender que los desafíos nuevos sobre conservación requieren de perspectivas novedosas.

Lo anterior no solo genera presiones desde el punto de vista técnico, sino que también nos impulsa a entender a los ecosistemas y su conservación desde una perspectiva diferente a la que normalmente lo hemos hecho. Ello implica comprender que los variados ecosistemas no son meros “recursos naturales”ni bolsas de materia y energía. En cambio, se trata de elementos simbólicos, historias y territorialidades (más que territorios). En definitiva, son sistemas socioecológicos como resultado de una historia socialmente construida con comunidades locales a lo largo de centenas, sino miles de años.

Estos grupos sociales son centrales y estratégicos, ya que se ubican usualmente en la frontera de la conservación: están entre ecosistemas relativamente bien conservados y el uso (o a veces abuso) de la naturaleza.

Comprender las territorialidades desde aproximaciones inter y transdiciplinarias resulta un desafío urgente para la investigación científica. © Benjamín Silva 

Ontoepistemologías: una forma alternativa de hacer conservación

Cuando los ecosistemas pasan de ser sistemas donde solo ocurren flujos de materia y energía, a ser un conjunto de elementos socialmente construidos con comunidades locales e indígenas, nos presentan un primer desafío para su conservación: el ontoepistemológico. En primera instancia, este desafío ha sido reconocido a nivel metodológico por las ciencias ambientales en general. Por ejemplo, las nuevas metodologías enfocadas en los servicios ecosistémicos y su nueva etiqueta, las contribuciones de la naturaleza a las personas, han despertado en distintos actores el interés por incorporar aspectos socioculturales de la relación entre humanos y naturaleza.

Sin embargo, este asunto va más allá de un aspecto meramente metodológico, y pasa a estar ligado a cómo los grupos sociales locales conocen el mundo (desafío epistemológico) o derechamente, a la forma en cómo ven o conciben el mundo (desafío ontológico). Este punto carece, definitivamente, de un abordaje satisfactorio desde la conservación.

Muchas de las comunidades locales se aproximan a la naturaleza de forma diferente a la mirada epistemológica y ontológica de las ciencias ambientales.

Las ciencias ambientales, en cuanto a su formación académica, no han incorporado una reflexión a este nivel por su herencia eminentemente positivista y post-positivista, centrada en entender su objeto de estudio como algo capaz de abstraerse de la realidad, mediante la reducción de sus partes a los componentes más mínimos para entender el todo. Así también, la formación académica de científicas y científicos dedicados a las ciencias ambientales carece de elementos que permitan desafiar con alternativas la epistemología positivista y post-positivista de las ciencias ambientales.

¿Por qué es necesario integrar estas miradas alternativas? Porque muchas de las comunidades locales se aproximan a la naturaleza de forma diferente a la mirada epistemológica y ontológica de las ciencias ambientales. Entender aquello permitirá aplicar medidas de conservación y manejo más atingentes a los territorios en que se está intentando generar un cambio. Por ejemplo, ¿cómo los agentes de conservación pueden trabajar con una comunidad indígena que no posee el concepto tradicional que entendemos por “naturaleza”? Aquella definición viene cargada de una significación eminentemente occidental euro-centrista ¿Cómo entonces las ciencias ambientales podrían lidiar con los “ngen” del bosque, espíritus o dueños de la naturaleza con caracteres antropomorfos, fitomorfos o zoomorfos[1]? Estas preguntas pueden ser difíciles de abordar si no se incorporan a la discusión los elementos ontoepistemológicos necesarios.

La puesta en crisis de la institución

Lo anterior impacta directamente en lo que puede ser un segundo desafío: la práctica científica. Cuando entendemos que existen formas diversas de conocer y concebir el mundo, se requiere de un trabajo eminentemente inter y transdisciplinario. Esto presiona a la estructura tradicional que utilizan las ciencias ambientales para avanzar en la solución a problemáticas ambientales. Por ejemplo, en Chile recién desde el año 2020 se crea en la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo ANID (ex CONICYT) un grupo de evaluación en interdisciplina y transdisciplina para financiar proyectos que realicen investigación en temas ubicados en la frontera entre ciencias ambientales y ciencias sociales. Su repercusión sobre cómo abordar problemáticas socioambientales recién se conocerán en años por venir. Así también, el desafío de la práctica científica se expresa en la incapacidad de la academia nacional por entender y evaluar proyectos eminentemente inter y transdisciplinarios. Un importante grupo de académicos y académicas de las más prestigiosas universidades de Chile carecen de una formación de este tipo, por lo que muchos estudiantes padecen de la miopía teórica de quienes parecieran intentar formarlos.

De igual forma, no existen programas de pre y postgrado inter y transdisciplinarios capaces de abordar problemáticas socioambientales que indaguen en temáticas relacionadas a la conservación en conjunto a comunidades locales.

Cualquier acción de conservación debe ir de la mano de los conocimientos y saberes de las comunidades que históricamente han ocupado y transitado por esos territorios. © Matías Guerrero 

Colaborar, pero desde la humildad

Hay un primer mandamiento básico para intentar superar este desafío: la humildad, aspecto bastante escurridizo de encontrar en la academia. Entender que, desde la disciplinariedad no es posible obtener una visión holística de los procesos socioecológicos, implica concebir nuestros propios conocimientos y prácticas científicas como insuficientes para entender la conjunción entre conocimientos locales y la naturaleza por sí solos. Para ello, la colaboración genuina y real es la herramienta más poderosa de la humildad en este contexto.

Es solo a través de este ejercicio inter y transdisciplinario, reconociendo nuestros propios límites mediante la humildad, que podremos abordar poderosamente un tercer desafío: el de la gobernanza y política pública. Una vez comprendidas aquellas prácticas que desenvuelven las múltiples comunidades locales o indígenas en la frontera socioecológica de la conservación, podremos traducir aquellos conocimientos en acciones políticas. Este desafío es tan necesario como el primer y segundo desafío.

El cuidado de los ecosistemas cordilleranos pasa por hacerse cargo de las diferentes formas de ver y comprender la naturaleza de los diversos actores, tantos conservacionistas como locales. © Benjamín Silva 

Diálogos entre disciplinas en la Cordillera central

Esta perspectiva alternativa poco a poco la comenzamos a implementar en un proyecto de restauración ecológica en el Cajón del Maipo, en la zona central de Chile. Junto a la ONG Kintu (en formación), desarrollamos investigación ligada a la sucesión del bosque esclerófilo en el sector de Cascada de las Ánimas, postulando a la reintroducción del guanaco como una pieza faltante en ese ecosistema. En cuanto al primer desafío, el trabajo con arrieros y ganaderos nos hizo darnos cuenta de estas otras formas de habitar la cordillera, de percibir el ambiente, de territorializar. Para profundizar en estos conocimientos, se requiere de investigación interdisciplinaria que permita entender cómo el “habitar arriero o ganadero” puede dialogar con la reintroducción de una especie como el guanaco, que actualmente está desaparecida en la cordillera donde ellos llevan su ganado.

En cuanto al segundo desafío, intentamos juntar, mediante la humildad, a científicas y científicos con ganas de colaborar en un proyecto en el que sabremos que nuestras disciplinas no son suficientes por sí solas, pero que integradas permitirán entender la configuración socioecológica de la cordillera de Chile central. Así también, luchamos por financiar nuestro proyecto principalmente a través de fondos internacionales, dado que en Chile prácticamente no existe financiamiento para plantear un proyecto interdisciplinario.

Recién comenzamos a entender la punta del iceberg de un territorio con fuertes intereses extractivistas. Ese es el tercer desafío. Aquí, es necesario trabajar políticamente con organizaciones locales y áreas protegidas privadas que tengan un interés por incrementar el impacto en conservación y hacer de ello una realidad para la localidad.

El bosque esclerófilo y las montañas de la cordillera del Chile central son el sitio donde Fundación Kintu busca activar una conservación donde ciencia y saber local pueden dialogar. © Benjamín Silva 

Transformar desde una territorialidad

La Doctora y científica María Belén Gallardo declaró en el pasado Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia que “espero que la ciencia se transforme en activismo”. Su frase resume el motor más íntimo de la conservación: la acción para la transformación. Las políticas públicas deben reconocer las visiones propias de las comunidades locales y generar acciones acordes a su contexto socioecológico hacia la sustentabilidad. Esto no tiene relación con entender a las comunidades locales como “salvajes nobles”, sino más bien, de hacer un ejercicio ontoepistemológico de incorporar y co-producir información con aquellas comunidades que se han relacionado por años en los lugares donde desarrollan su habitar. Lo anterior también implica reconocer el aspecto político de muchas problemáticas socioambientales, en las que comunidades locales solo pueden ocupar el sitial de la observación mientras grandes industrias y corporaciones arriban a sus territorios para generar degradación ambiental.

Actualmente estamos en un momento histórico como país para abrir la posibilidad de cambiar aquellas dinámicas de degradación ambiental que se han mantenido impunes en diversos territorios de comunidades locales e indígenas desde la implementación de la constitución ultraneoliberal en la dictadura cívico-militar en los 80. Sin embargo, tampoco debemos ser miopes a aquellos cambios que deben surgir en la dinámica propia del quehacer científico para avanzar verdaderamente en las soluciones que el país y el planeta requieren, posibilitando la creación de alianzas entre las comunidades locales y la conservación. Será este camino el que, en última instancia, nos permitirá superar la eminente y contingente crisis ambiental global.

[1] Villagrán, C. y Videla M. 2018. El mito del origen en la cosmovisión mapuche de la naturaleza: una reflexión en torno a las imágenes de filu – filoko – piru. Magallania.

Imagen de portada: La convivencia y colaboración entre actores locales, como los arrieros y ganaderos, y la investigación científica, son fundamentales para generar una transformación profunda en la conservación de los ecosistemas de la cordillera Central. © Paula López W.

Por Allison Olivares Mujica Mi pasión por el Reino Fungi, me tuvo hipnotizada durante la temporada otoño-invierno por sus apariciones en todos lados dentro de la maravillosa Robinson Crusoe, isla en la que habito. Lo anterior dio paso a una idea: acercar a la comunidad local al mundo de los hongos, para interiorizarnos y generar […]

Por Allison Olivares Mujica

Mi pasión por el Reino Fungi, me tuvo hipnotizada durante la temporada otoño-invierno por sus apariciones en todos lados dentro de la maravillosa Robinson Crusoe, isla en la que habito. Lo anterior dio paso a una idea: acercar a la comunidad local al mundo de los hongos, para interiorizarnos y generar una conexión personal. Esto con el fin de comprender el gran rol del Reino Fungi, sobre todo dentro de esta valiosa vegetación endémica insular. 

Participantes del “Primer Acercamiento al Reino Fungi en Robinson Crusoe”. © Nicolás Escalona. 

El Reino Fungi nos abre las puertas a un  mundo mágico y desconocido, a un micro mundo que a veces pasa desapercibido. Se encuentra bajo el suelo, como una red que conecta todo, el entramado fúngico se llama micelio. El micelio es el verdadero hongo, capaz de conectar por debajo del sustrato a árboles y plantas a través de la unión con sus raíces. Así, crea una profunda simbiosis que provee a las plantas de elementos inorgánicos que son incapaces de sintetizar por sí mismas, y a la vez ellas abastecen a los hongos del sustrato y nutrientes para su vida. 

Lo que vemos a simple vista es la seta, su fructificación, las que poseen grandiosos beneficios para el suelo y el ecosistema también, así como aportes nutritivos y medicinales a los humanos. Actualmente en el mundo se conoce un mínimo porcentaje de la diversidad de hongos existentes, cada año se descubren miles de nuevas especies de hongos globalmente. Existen hongos comestibles, medicinales y tóxicos, pero todos son fundamentales para la existencia de la vida. Su rol en los bosques es clave y además construyen un paisaje místico y desconocido con sus variados colores y formas tan llamativos. 

Una de las actividades era dibujar los hongos del sector. © Sara de Rodt.

De este interés fúngico surgió una enriquecedora actividad titulada: “Primer Acercamiento al Reino Fungi en Robinson Crusoe”, debido a que jamás se había realizado ningún evento relacionado con los hongos en la isla. Se llevó a cabo en el sector del Corta Fuegos perteneciente al área del poblado  de la isla y fue una actividad dirigida a la comunidad local. Esto con el fin de descubrir las especies que aparecen en los bosques en otoño, conociendo sus generalidades, beneficios e importancia. 

Fue una actividad muy dinámica para todos, ya que comenzamos con un  pequeño trekking que nos permitió conectarnos con la naturaleza e investigar las especies encontradas.  Así, utilizamos lupas y  microscopios de bolsillo para observar con detalle las hifas de la abundante Amanita muscaria. Regalé a todos los asistentes una Mini Guía ilustrada diseñada y confeccionada por mi, de las partes de la seta y con información de algunos de los hongos que era posible encontrar en el sector. Además realizamos una demostración de cosecha sustentable de Callampas de Pino  (Suillus luteus) y para finalizar utilizamos el espacio libre para poder ilustrar las especies  encontradas como por ejemplo los hermosos ejemplares de Coriolus versicolor. Esta actividad fue fundamental para generar interés en la comunidad local sobre un reino de gran importancia para el ecosistema local, del cual no se han hecho investigaciones en el archipiélago. Posiblemente existan hongos endémicos del Archipiélago de Juan Fernández,  por lo que es necesario seguir realizando este tipo de actividades sobre la funga local, sin miedos y con mucha curiosidad.

Esta actividad fue fundamental para generar interés en la comunidad local sobre un reino de gran importancia para el ecosistema local. © Allison Olivares.

Sobre la Autora:

Allison Olivares Mujica, tiene 23 años, es chilena y vive en la Isla Robinson Crusoe con su pareja. Es Administradora de proyectos de ecoturismo y educadora  ambiental. Actualmente se encuentra desarrollando su emprendimiento Active Ecotourism, donde ofrece productos con ilustraciones de la biodiversidad endémica del Archipiélago de Juan Fernández y también programas de ecoturismo.

Foto de Portada: © Florian Van Duyn.

Literatura de un río en crisis

Hay una metáfora que se utiliza para hablar de la literatura, su historia y las páginas que han sido escritas, y es la del “río de la literatura”; un río caudaloso y variado con muchos afluentes que lo alimentan. También podemos hablar del río en la literatura, al ser este una figura que ha inspirado […]

Hay una metáfora que se utiliza para hablar de la literatura, su historia y las páginas que han sido escritas, y es la del “río de la literatura”; un río caudaloso y variado con muchos afluentes que lo alimentan. También podemos hablar del río en la literatura, al ser este una figura que ha inspirado ríos de tinta. 

Los ríos son contados de variadas formas, con el ojo centrado en ellos, en la vida que albergan o en la relación que tienen las personas en su entorno. ¿Cómo se cuentan los ríos en un contexto de crisis medioambiental? ¿Cuáles son los relatos que tenemos de un río que actualmente atraviesa una crisis ecológica debido a la explotación humana como es el río Paraná? 

La ciudad se levanta en el horizonte, desde el río Paraná © Agustina Atrio.

La literatura da imagen a los estragos ambientales una y otra vez, enfrentándonos tanto con el pasado que nos condujo al presente como con los futuros escenarios posibles. De este modo, la literatura puede hacernos más conscientes, llevarnos a actuar o a imaginar nuevas formas de estar en el mundo. Tal es el caso de la Fábula para el día de mañana escrita por la autora, científica y ecologista Rachel Carson, como introducción a su reconocido libro Primavera silenciosa, publicado por primera vez en 1962. En ella crea la imagen de un mundo en silencio, sin pájaros y casi sin vida, que permite acercarnos a una realidad no muy lejana. A este mundo en silencio llegaremos si continuamos en el camino de la depredación de la naturaleza. En el Paraná el libro No es un río, de la escritora argentina Selva Almada nos lo ilustra en una pequeña escala, mostrándonos a tres amigos que van a pescar a la isla durante un fin de semana y matan por diversión o entretenimiento a una raya con el único propósito de exhibirla y luego arrojarla a que se descomponga allí, en el mismo lugar en el que estuvo viva. Matan, cuelgan de un árbol y devuelven al río como desecho un animal del Paraná:

No era una raya. Era esa raya. Una bicha hermosa toda desplegada en el barro del fondo, habrá brillado blanca como una novia en la profundidad sin luz. Echada en el limo o planeando con sus tules, magnolia del agua, buscando comida, persiguiendo la transparencia de las larvas, las esqueléticas raíces. Los anzuelos enganchados en sus bordes, el tironeo de toda la tarde hasta darse por vencida. Los tiros. Arrancada al río para devolvérsela después.

Recorrido por el Paraná de Roberto Arlt a bordo del Rodolfo Aebi, El país del río. Aguafuertes y crónicas de Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, editado por Universidad Nacional del Litoral y Universidad Nacional de Entre Ríos © Virginia Kargachin.

Hace poco más de un año, un grupo de escritoras argentinas entre las que se contó Selva Almada manifestaron una iniciativa cuyo fin fue visibilizar la destrucción ambiental de diferentes ecosistemas del país, así como reclamar por su protección. Esta iniciativa culminó en un documento llamado No hay cultura sin mundo, firmado por una gran cantidad de artistas y enviado a las autoridades nacionales. Desde el 2020, cuando comenzó la crisis de incendios provocados en el Delta del Paraná, muchas iniciativas unieron al mundo de la cultura con el medioambiental. 

¿Cómo se cuentan los ríos en un contexto de crisis medioambiental? ¿Cuáles son los relatos que tenemos de un río que actualmente atraviesan una crisis ecológica debido a la explotación humana, como es el río Paraná?

Históricamente, los incendios intencionales se han practicado para renovar los pastos para el ganado, pero dada la expansión ganadera en la región en las últimas décadas, su número ha aumentado. Durante el 2020, debido a las condiciones ambientales de sequía, sumado a la bajante histórica del río y la escasez de lluvias en la región, provocó que los incendios se agravaran. Según datos oficiales disponibles hasta julio de 2021 recogidos por el informe de incendios Delta del Paraná. Las quemas no tienen fin realizado por organizaciones como el Taller ecologista, la superficie quemada del Delta durante todo el año 2020 se estimó en 486.934 hectáreas, un equivalente a 16 veces la ciudad de Buenos Aires, alcanzando áreas protegidas y bosque nativo. Los cálculos permiten identificar que hasta la fecha del informe, el 2021 es el segundo año con mayor cantidad de focos de calor, desde 2012. 

«El país del río». Aguafuertes y crónicas de Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, editado por Universidad Nacional del Litoral y Universidad Nacional de Entre Ríos. © Virginia Kargachin

La quema de las islas es la muerte de sus ricos ecosistemas, como no deja de denunciarlo la escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara, quien escribió un relato llamado #LeyDeHumedalesYa en el que narra la muerte de los animales y plantas quemadas en los incendios. Ese humo que respiran los habitantes de las ciudades vecinas lleva la muerte de los seres vivos que vieron quemarse su hogar sin poder escapar: 

(…)¿te acordás qué animalito más dulce? Lo quemaron, miralo, queda el ojito no más y todo lo otro que era, todo ese cuerpo que metía en el agua y tomaba sol en la cabeza y el lomo y cuidaba a las crías y con las manitos agarraba las hojas tiernas, todo eso, y las hojas tiernas y las duras y los árboles también, es cenizas ahora.

Las quemas en las islas aparecen en la literatura de la región desde hace años, como lo ha señalado la artista visual y editora Lila Siegrist en el artículo Loor al humedal litoral de la revista Anfibia, a través de una búsqueda de testimonios de las quemas. El escritor Roberto Arlt también fue testigo de estos incendios en su viaje a lo largo del Paraná en el buque Rodolfo Aebi, en el año 1933. En sus crónicas, recopiladas en el libro El país del río. Aguafuertes y crónicas, anuncia: “A la distancia, por la puerta de estribor se distingue en el horizonte el relampagueo de los pajonales incendiados”. Durante el trayecto, también observa los movimientos del río, elemento que nunca es estático con sus momentos de crecida y de bajante. En el caso de Arlt, lo que contempla es la crecida, como años después lo hará Rodolfo Walsh, otro escritor y periodista compilado en este mismo libro. En sus crónicas de viaje a través del litoral, Walsh es testigo de la crecida histórica del año ‘66 que inunda las viviendas de muchos pobladores, llenando las calles de las ciudades vecinas de evacuados. La crecida del río como catástrofe también se menciona en la novela El río de Débora Mundani, cuyo protagonista realiza un viaje mientras las aguas suben y tapan las costas y sus construcciones. Hoy el Paraná vive su movimiento contrario, también en un momento extremo: su bajante más importante desde hace cincuenta años. 

Estos libros son solo algunos de aquellos que forman la vasta literatura del Paraná. Quienes lo invocamos como lectores o escritores, quienes llevamos su imagen a la palabra, debemos ser conscientes de que el río y su ecosistema están en grave crisis. Las quemas y la deforestación tienen consecuencias para toda la zona y, como proclaman las escritoras, “no hay cultura sin mundo”. Mediante la palabra podemos continuar denunciando, dando imagen al mundo en crisis en el que vivimos, esperando que en el futuro éste se parezca menos a las distopías que podemos escribir que a las utopías que podemos soñar, como aquella del final del libro Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara, en la que humanos y animales viajan en compañía por un río que es puro esplendor. Un río al que debemos cuidar. 

Hay que vernos, (…) un pueblo entero avanzando en silencio sobre los ríos limpios, sobre los ríos que respiran la paz de las subidas y bajadas, de sus peces bigotudos, del tuju pegajoso de sus lechos, nuestros ríos que saben mostrar y ocultar las raíces de los yvyra en los bordes de sus islas, nuestros ríos llenos de flores que flotan en su lomo como escarban los bagres el limo del fondo, nuestros ríos de pira saltadores, de dorados que emergen con la fuerza enorme de sus cuerpos como si les explotaran de sol a los ríos las entrañas.

Postales del río Paraná © Andrés Atrio.

Sobre la Autora

Agustina Atrio es licenciada en Relaciones Internacionales, organizadora cultural y escritora. Desde inicios del 2018 lleva a cabo el proyecto Despaseando, una propuesta de reflexión a través de la investigación y la práctica, en relación a las ciudades y los espacios, el caminar y la literatura. En 2021 publicó su primer libro, Tres formas de atravesar un río, editado por Ediciones Menguantes. 

Imagen de portada: Lecturas sobre el río Paraná a orillas del río Sihl, Suiza © Virginia Kargachin.

Hoy queremos hacer un llamado a que participen del más importante encuentro virtual  por la protección de los bosques del sur de nuestro país. Se trata FOROS POR LA TIERRA, un evento Eco Temático creado para la puesta en valor de la Biocultural y el resguardo de los territorios. «Habitamos un territorio con un importante […]

Hoy queremos hacer un llamado a que participen del más importante encuentro virtual  por la protección de los bosques del sur de nuestro país. Se trata FOROS POR LA TIERRA, un evento Eco Temático creado para la puesta en valor de la Biocultural y el resguardo de los territorios.

«Habitamos un territorio con un importante ecosistema a nivel global, los Bosques Templados Lluviosos. La salud de estos bosques es fundamental para el bienestar de la Tierra. Es por esto, que te queremos invitar a que te unas en este caminar hacia una Cultura Regenerativa. Seamos los protagonistas de los cambios que queremos para la protección de nuestra Madre Tierra. Para y por nuestros Bosques Nativos», es la invitación que hacen nuestros amigos de Fundación Cuidemos Paraísos.

Este evento, totalmente virtual, y que comienza mañana 7 de octubre, tiene un enfoque interdisciplinario e intercultural, y fue  creado para el fomento de la resiliencia Ecosocial y la Conservación y Regeneración Biocultural de los Bosques Templados Lluviosos del Sur de Chile. Hay más de 20 organizaciones participando junto a reconocidos artistas invitados como Nano Stern, Pascuala Ilabaca, Quique Neira, y muchos más. Así como también espacios para niños, y charlas de reconocidas personalidades como la cocinera mapuche Anita Epulef, el biólogo y filósofo Ricardo Rozzi, entre otros.

No te pierdas esta oportunidad para celebrar a los bosques y participa de esta trasmisión virtual que incluye: Conferencias Magistrales, Entrevistas a los “Guardianes de la Memoria”, Mesas de Trabajo para enfrentar problemáticas y soluciones y un Festival de los Bosques y las Artes.

Súmate a esta gran celebración, ¡Juntos por la Tierra!

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Crédito imagen de portada: Unsplash.com

Entre todos los mamíferos terrestres del continente americano, el puma tiene el récord de la especie con mayor número de nombres comunes. A lo largo de su distribución, desde el sur de Canadá hasta el Estrecho de Magallanes, son 84 los nombres bajo los que se conoce a este emblemático felino. Trapial, nahuel, pangui o […]

Entre todos los mamíferos terrestres del continente americano, el puma tiene el récord de la especie con mayor número de nombres comunes. A lo largo de su distribución, desde el sur de Canadá hasta el Estrecho de Magallanes, son 84 los nombres bajo los que se conoce a este emblemático felino. Trapial, nahuel, pangui o león son algunos de los más comunes en Chile, pero sin lugar a dudas, puma – que en quechua quiere decir “animal poderoso” – es el más utilizado no solo en nuestro territorio sino en el resto de su distribución, a excepción de Estados Unidos.

Más allá de ostentar este título, detrás de esta variopinta colección de epítetos se encuentra el hecho de que el puma ha debido coexistir prácticamente en toda su distribución con distintas poblaciones humanas que han escogido sus propios apelativos para nombrarlo. Si bien este animal poderoso es un símbolo de gran relevancia que lo ha llevado a ser venerado por diversas culturas locales, en ocasiones la percepción del puma hacia las comunidades no ha sido del todo positiva. Al tratarse de un animal potencialmente peligroso, la gente le teme y prefiere tenerlo más lejos que cerca. En áreas rurales, donde se vive de la ganadería, la realidad es un poco más compleja. La interacción entre el puma y el ganado doméstico es algo que lleva ya más de un siglo, donde en ocasiones el felino ataca ovejas, llamas o cabras para alimentarse. En represalia, al verse afectado su sustento y principal actividad económica, el ganadero lo persigue e incluso lo mata. Una interacción que lejos de ser beneficiosa, ha perjudicado tanto a los pumas, quienes ven reducidas sus poblaciones; como a los ganaderos, quienes a pesar de controlar las poblaciones de puma, continúan viendo cómo sus pérdidas no disminuyen.

Este felino emblemático ha sido estigmatizado por ganaderos como una amenaza a ovejas y vacunos. © Nicolás Lagos.

En el extremo sur de su distribución, en el Parque Nacional Torres del Paine, si bien el puma encuentra protección y sus poblaciones se recuperan tras décadas de presión, fuera de sus límites el conflicto continúa sin variaciones. Sin embargo, aún hay esperanza. Algunas estancias vecinas al parque como Laguna Amarga o Estancia Cerro Guido han cambiado su manera de percibir e interactuar con el puma. Ya no se le persigue ni se le mata, sino que muy por el contrario, se le protege. Este cambio no llega de la noche a la mañana, y requiere de un largo trabajo. En Cerro Guido por ejemplo, perros protectores de ganado y disuasivos lumínicos están siendo utilizados para mantener al puma lejos, y de esta manera disminuir las pérdidas de ovejas. Esto, de paso, ha permitido disminuir también la animosidad hacia el gran felino.

Algunas estancias como Laguna Amarga o Estancia Cerro Guido han cambiado su manera de percibir e interactuar con el puma. Ya no se le persigue ni se le mata, sino que muy por el contrario, se le protege.

Como una manera de continuar con ejemplos como el de Estancia Cerro Guido es que nace el libro “En el límite: Puma en Torres del Paine”, un libro de divulgación acerca de la historia natural del puma, con información detallada acerca de la especie y acompañado de fotografías tomadas en estos sectores donde el puma hoy puede recorrer su territorio sin miedo al ser humano. El objetivo de esta públicación, además de dar a conocer a la especie, es aportar de manera directa a su conservación en Patagonia. Esto, porque el 100% de las utilidades provenientes del mismo serán destinadas a trabajar por la conservación del puma, aportando a que otras estancias puedan sumarse a este cambio de paradigma.

Gracias a iniciativas de conservación, comunidades de pumas y humanos poco a poco comienzan a convivir de formas más armoniosas en la Patagonia. © Nicolás Lagos.

A partir de la experiencia en Cerro Guido, y a través de una colaboración entre el Área de Conservación de la estancia y la ONG Panthera, el proyecto buscará trabajar junto a ganaderos locales para crear capacidades en estancias de Magallanes hacia la búsqueda de soluciones al conflicto entre la producción ganadera y la conservación del puma, además de aportar al establecimiento y aplicación de estándares para el turismo responsable de pumas en la región y educar a niños y niñas acerca de la importancia de la conservación del puma.

En una campaña especial de preventa del libro a un valor promocional, quienes estén interesados en tenerlo y aportar con su granito de arena a la conservación del puma podrán también acompañar el libro con impresiones impresiones fotográficas en alta calidad con inyección de pigmentos minerales sobre papel de cáñamo de 290 g/m2 de la línea Natural Line de Hahnemühle, realizado por Karkai Ediciones.

Para adquirir una copia del libro o alguno de los “packs”, pueden contactarse directamente con los autores, a través del correo libropuma@gmail.com. La fecha de entrega del libro estimada será para el mes de diciembre de 2021.

Quienes apoyen la publicación del libro podrán adquirirlo a partir de diciembre de 2021 junto con impresiones fotográficas del puma. © Nicolás Lagos.

Especificaciones técnicas del libro:

Libro bilingüe español/inglés

216 páginas, 20.5×26 cm

Tapa dura de 2.5 mm

Papel couché de 170 gr.

(*) El trabajo fotográfico detrás de este libro se ha realizado siguiendo las recomendaciones y protocolos de avistamiento de pumas de CONAF, y con los respectivos permisos de trabajo audiovisual al interior del Parque Nacional Torres del Paine.

Sobre el Autor

Nicolás Lagos Silva es Ingeniero en Recursos Naturales Renovables y Magister en Áreas Silvestres y Conservación de la Naturaleza, se dedica a la protección y conservación de los felinos silvestres en Chile, en especial del gato andino y el puma. Además, es un fotógrafo aficionado que disfruta de caminar y asombrarse con la belleza de la naturaleza.

Imagen de portada: Pumas en el Parque Nacional Torres del Paine. © Nicolás Lagos Silva

Los tiburones nunca fueron los malos de la película

“Acá estamos lidiando con una perfecta máquina devoradora, un milagro de la evolución… Lo único que hace esta máquina es nadar, comer y hacer tiburones bebés, eso es todo”, así describe el personaje Matt Hooper al “malo” de la película Tiburón. A pesar de que las películas se empeñan en mostrar esto, los tiburones son mucho más que máquinas de comer. En realidad, son animales fascinantes, sensibles y muy importantes para el equilibrio de los ecosistemas marinos. 

Que los tiburones sean eficientes cazadores no los hace ni malos ni peligrosos. De hecho, el ser humano ni siquiera está en su menú. El promedio de accidentes fatales con humanos es de tan solo 4 casos anuales en todo el mundo1 , los que pueden ocurrir por confusión con presas, defensa y territorialidad. Al final del día, es más probable morir por causa del corcho de un vino espumante, o tomándose selfies, antes que por el ataque de un tiburón2. 

Hace poco, la científica de tiburones, Melissa Cristina Márquez, me dijo: “no hay que temer a un mar con tiburones, hay que temer a un mar sin ellos”. Esa frase me hizo mucho sentido y recordé mis clases de biología marina (juventud, divino tesoro), donde me enamoré de estos animales ¡Ya era hora de manifestarme y escribir en su defensa! Así que espero disfruten este artículo donde les cuento por qué los tiburones nunca fueron, ni serán, los malos de la película.

A pesar de que las películas se empeñan en mostrar esto, los tiburones son mucho más que máquinas de comer. En realidad, son animales fascinantes, sensibles y muy importantes para el equilibrio de los ecosistemas marinos © Pexels.

Increíbles sentidos

No les temas, ¡mejor fascinate! Los tiburones3 tienen sentidos muy desarrollados. Con la línea lateral —células especializadas a ambos costados del cuerpopueden detectar movimientos del agua hasta unos 100 metros de distancia, dependiendo de la frecuencia, y también, mediante el oído interno, pueden oír vibraciones hasta casi 1 km de distancia. ¿Se imaginan percibir el mundo de la forma que lo hace un tiburón? 

Gracias a las ampollas de Lorenzini una red de electrorreceptores conectados a la piel los tiburones pueden detectar cambios en la temperatura del agua y los campos eléctricos. Estos es muy útil para identificar presas, posibles depredadores, individuos de su misma especie. También para orientarse y navegar. Incluso se cree que los tiburones podrían ser más sensitivos a los campos eléctricos que cualquier otro animal.

Acercamiento a las ampollas de Lorenzini © wiki commons

Además, su olfato es mucho más agudo que el de los humanos, pudiendo detectar olores a más un kilómetro de distancia, dependiendo de la concentración y las corrientes. Como dato curioso, hay estudios que sugieren que algunas especies (como Carcharhinus longimanus) pueden oler también en el aire y sacan el hocico fuera del agua para hacerlo.

Más que una cara bonita

¡Basta de pensar que los tiburones son cabezas huecas! En realidad estos peces con esqueleto de cartílago son muy inteligentes y sociales. Estudios científicos han demostrado que los tiburones tienen una alta capacidad de aprendizaje4 y poseen conductas que solemos atribuir a otros animales “más inteligentes”: se ha descrito que algunas especies forman lazos de amistad (sí, los tiburones tienen amigos) y también poseen personalidades propias5

Tiburones de arrecife (Carcharhinus amblyrhynchos) © Paula Ayotte (NOAA).

Por otro lado, además se ha demostrado que el ambiente social y el aprendizaje juegan un rol importante a la hora de elegir parejas. Es sabido que los tiburones logran reconocimientos sociales, agrupándose según tamaño, sexo y en grupos especie-específicos. Este reconocimiento individual formaliza las relaciones sociales, reduce la competencia y agresión, y facilita el aprendizaje social. 

Ya lo saben, antes de pensar en el tiburón como una tonta máquina de comer, recuerden que son animales con un comportamiento social complejo y gran capacidad de aprendizaje. 

Los tiburones son amigos, no comida

Los tiburones existen hace 400 millones de años. Imagínense, eso es 100 millones de años antes que los primeros dinosaurios. Lamentablemente, estos animales ahora enfrentan su mayor desafío evolutivo: la presencia del ser humano. ¿Recuerdan que les conté al inicio que los tiburones solo matan 4 personas al año? Bueno, por el contrario, las personas matan cerca de 100 millones de tiburones al año6, y a diferencia de lo que podríamos creer, son altamente sensibles a la pesca indiscriminada, ya que tienen un crecimiento lento, madurez sexual tardía y baja fecundidad. Al final, siempre fuimos nosotros los malos de la película.

La pesca comercial ha generado un declive en muchas poblaciones de tiburones, de hecho se han reportado disminuciones del 70, 90, y hasta 99% de la población de especies grandes y comerciales en ciertas partes del mundo. Esto ocurre porque muchas especies aparecen en la pesca incidental, es decir, mueren en artes de pesca que tienen otra especie como objetivo, o debido a que se pescan directamente para comercializar su carne (¿alguien dijo tollo o albacorilla?) o sus aletas. 

El aleteo es la práctica horrorosa de cortar las aletas de un tiburón vivo y arrojarlo al mar, donde muere de forma lenta y dolorosa. Como la comercialización de las aletas es mucho más rentable económicamente, el resto del animal se descarta y así las bodegas tienen más espacio para acumular más aletas. Éstas se usan como ingrediente clave en la sopa de aleta de tiburón, un caldo tradicional chino. Las fibras de las aletas adquieren una consistencia similar a la de los fideos, pero sin sabor ni valor nutricional.

Aletas de tiburón en formato seco y fresco para consumo. Barrio chino de Bangkok © Catalina Velasco

La amenaza que sufren los tiburones debería preocuparnos no solo por su valor intrínseco, que es el que tienen todas las especies por el hecho de habitar este planeta. Tampoco debería preocuparnos solo por el hecho de que estamos perdiendo animales inteligentes, carismáticos y maravillosos. Sino que, sumado a lo anterior, debería preocuparnos porque los tiburones, como depredadores tope, mantienen el equilibrio ecosistémico en los mares que habitan

Los tiburones, como depredadores tope, mantienen el equilibrio ecosistémico en los mares que habitan

Los tiburones son carnívoros, pero su menú es variado, por lo que si una especie disminuye en abundancia, comerá de otra que esté en mayor número. Así, estos maravillosos seres regulan las poblaciones de las especies que consumen. Sin los depredadores, las especies presa quedarían “fuera de control” y terminarían agotando sus propios recursos, provocando el colapso de todo el ecosistema. Como los tiburones tienen poca descendencia, sumado a la competencia entre ellos mismos, y otros factores, no necesitan este “control”; pero estas mismas características son las que los hacen tan vulnerables a la sobrepesca. 

No todo está perdido, involúcrate

El trabajo de la ciudadanía y la generación de lazos han sido claves para poder proteger áreas que en la actualidad evidencian una recuperación considerable en su población de tiburones. Por ejemplo, las poblaciones de tiburón blanco en las costas este y oeste de Estados Unidos se están recuperando probablemente debido a las medidas de conservación7. Lo anterior, muestra  que sí tienen resultados estos esfuerzos.

Pero aún queda mucho camino por recorrer para revertir la situación actual. Por lo que el llamado es a investigar y conocer tus organizaciones locales, y de otros países, para encontrar la inspiración necesaria para que nos comencemos a involucrar, ya sea por medio de donaciones o por la acción directa, ¡hay muchas opciones!

Estar cara a cara con tiburones en su entorno natural es una experiencia que cambia la vida, pero debemos asegurarnos que la agencia de buceo con la que decidamos tenerla considere una aproximación respetuosa hacia las especies. También que, en lo posible, esté involucrada en proyectos de conservación o investigación, así obtendremos valiosa información para poder pasar la voz y motivar a más gente a sumarse a la protección de estas maravillas del océano.

Los tiburones son carnívoros, pero su menú es variado, por lo que si una especie disminuye en abundancia, comerá de otra que esté en mayor número © Gerald Schombs.

1 https://www.floridamuseum.ufl.edu/shark-attacks/yearly-worldwide-summary/

2 https://www.dailycal.org/2017/06/30/14-things-kill-people-sharks/

3 Los tiburones como grupo superior hace referencia a toda la clase Chondrichthyes (condrictios): tiburones, rayas y quimeras. En este artículo acotamos el término tiburón a los escualos (superorden Selachimorpha).

4 https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1467-2979.2009.00339.x

5 https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0022098117300035   https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/jfb.12993

6 http://wormlab.biology.dal.ca/publication/view/worm-etal-2013-global-catches-exploitation-rates-and-rebuilding-options-for-sharks/

7 https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0099240

Sobre la autora

Catalina Velasco Charpentier es directora regional para Magallanes de Fundación Mar y Ciencia, además es candidata a doctora en Ciencias Antárticas y Subantárticas de la Universidad de Magallanes. Puedes ver sus fotografías submarinas en el instagram @cata.fotosub

Chile, un país de áreas protegidas sin protección

Chile tiene millones de hectáreas declaradas como áreas protegidas y cada nueva presidencia suma más territorios. Sin embargo, la falta de un plan nacional que permita unificar criterios bajo el mando de un solo ministerio y dé mayores recursos hacen que esa protección no sea real. 

 En 1983, Carlos Peña se convirtió en guardaparques por una coincidencia o, como él lo llama, “una situación circunstancial”. Su padre trabajaba en un predio vecino a Río Clarillo, en ese tiempo una Reserva Nacional. “Ahí conocí gente de la CONAF y eso me abrió las puertas”, dice Peña. “Yo sabía poco lo que era un área natural y nunca dimensioné lo que significa un área silvestre o un ecosistema natural”, agrega. En su primer trabajo como guardaparques comenzó su amor por la naturaleza. “Tuve que hacer un herbario y ahí pude descubrir la diversidad de plantas”, dice. Así, entre el intenso morado de la Calandrinia que se abre como un botonier entre sus hojas verdes o la Mutisia que desparrama sus pétalos anaranjados, Peña fue conociendo las más de 500 variedades de especies vegetales de Río Clarillo. “Muchas de ellas endémicas”, agrega. Ese amor fue creciendo al ver el río con aguas cristalinas y el último proceso de metamorfosis de una libélula. “Son cosas que a uno lo impactan”, dice. 

La Mutisia o Clavel del campo es una planta trepadora perenne con zarcillos. Es una de las hermosas  flores posibles de encontrar en el Parque Nacional Río Clarillo © Rejs.

En 2020, 40 años después de ese trabajo como guardaparques, Peña consiguió uno de sus mayores orgullos: la reserva Río Clarillo, ahora bajo su administración, se convirtió en el primer Parque Nacional de la Región Metropolitana. Pero, a 40 años de comenzar como guardaparques, él también ve varias amenazas para el ecosistema que ama. “El cambio de suelo para procesos de urbanización, el cambio climático que crea condiciones propicias para incendios forestales y los ingresos furtivos de gente que no tiene mucha conciencia de conservación son las principales”, explica. Río Clarillo y los ecosistemas de la zona central, sin embargo, no son los únicos en riesgo.  

Pese a que los últimos Gobiernos han declarado cientos de miles de hectáreas como áreas protegidas, estas zonas no están totalmente resguardadas. Incluso con los esfuerzos de CONAF y guardaparques como Peña, muchas de estas áreas están en riesgo por actividades extractivas o derechamente ilegales. Se requiere un plan nacional que esté bajo una legislación unificada y cuente con mayores recursos para que las áreas protegidas estén efectivamente protegidas.

Lo que significa áreas protegidas

La definición de lo que es un área protegida es simple, son territorios establecidos en los que se regula y administra con un fin claro: la conservación de la naturaleza y de los ecosistemas. En Chile hay al menos nueve denominaciones diferentes para las áreas protegidas, cada una con normativas diferentes: Parques Nacionales, Reserva Forestal, Parque Marino… Y los últimos Gobiernos, tanto de Piñera como de Bachelet, han aprovechado la popularidad de sus mandatos para declarar cientos de miles de hectáreas con estas denominaciones. 

Con esto, en una primera mirada, Chile parece no estar mal. El Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado (SNASPE) tiene 105 áreas bajo el resguardo de CONAF. Según la Corporación, esto equivale a 18 millones de hectáreas, el 21,3% del territorio continental. Y en ecosistemas marinos, las áreas protegidas ocupan el 42% de las 200 millas de Zona Económica Exclusiva. Según el Banco Mundial, lo anterior, a nivel comparativo, deja a Chile en el puesto 77 de casi 200 países entre los que tienen mayor resguardo de áreas terrestres y en el quinto puesto en áreas marinas. 

La protección, sin embargo, es más administrativa que real. “Hay un frenesí de declaraciones de áreas protegidas sin la posibilidad real de hacerse cargo”, dice Jorge Andrés Cash, jefe del área de Medio Ambiente de Elías abogados, quien fue jefe Legal del Ministerio del Medio Ambiente en el segundo Gobierno de Bachelet y ahora es candidato a la Constituyente. Además, menciona que “no hay evidencia concreta de que el Estado, una vez declara áreas protegidas, tenga cómo protegerlas”. La poca evidencia que hay mostraría que no las está protegiendo.

Parque Nacional Río Clarillo se ubica en la región Metropolitana de Santiago. Abarca más de 13.000 hectáreas de superficie, ​en un sector cordillerano en el interior de Pirque © Wikimedia Commons.

Áreas en riesgo

“Las áreas protegidas en Chile son altamente vulnerables”, dice María Isabel Manzur, investigadora de Chile sustentable. Y se remite a un estudio sobre su situación jurídica realizado por el Ministerio del Medio Ambiente junto al PNUD y el Global Environment Facility, que evidencia cómo de las 173 áreas protegidas estudiadas (terrestres y marinas de distintas categorías), en el 42% se ha desarrollado o ha habido intenciones de desarrollar proyectos industriales. Es decir, en 73 de las áreas protegidas el Gobierno vio amenazas a la conservación de parte de mineras, hidroeléctricas, gasoductos, entre otros. El estudio, pese a ser muy completo, es antiguo: fue publicado en 2011. “Es el más actualizado que tenemos y estamos a 2021”, dice Manzur. 

Pero ¿cómo un área que se supone protegida puede estar amenazada por actividades industriales? El problema, explica Manzur, es que la legislación es dispersa y desordenada. “Algunas áreas protegidas dependen de un ministerio y otras de otro, o de Bienes Nacionales, o de la CONAF”, dice. “El desorden impide una legislación y manejos integrales. Cada ministerio las maneja con sus propios criterios. Eso las deja permeables”, agrega. Y los criterios chocan entre ellos. Chile, pese a ser parte de la Convención de Washington, que establece que en los Parques Nacionales no se debe realizar explotación comercial, muchas veces deja de lado este tratado y privilegia la Ley 19.300 que sí permite la explotación. “No hay claridad jurídica y la justicia se divide entre esos dos elementos”, dice. 

A esto se suman otras amenazas, como el desarrollo de urbanización y cambios de uso del suelo, que advierte Peña en la zona central, o actividades derechamente ilegales. “Hay testimonios, desgraciadamente, de robo de madera o personas que entran y cazan o producen incendios forestales. Casos de delincuencia”, dice Italo Rossi, gerente de Áreas Protegidas de CONAF.

El problema es más grave en áreas marinas. “Ahí no tenemos protección efectiva, no hay presupuesto y recién se están creando los planes de manejo”, dice Flavia Liberona, directora ejecutiva de Fundación Terram. Y la vulnerabilidad de esas áreas quedó patente el año pasado, cuando una serie de reportajes de Ciper y medios internacionales evidenció que flotas de barcos chinos entran a pescar sin control de las autoridades. 

Al desarrollo industrial y de actividades ilegales se suma otra problemática: los ecosistemas no estarían debidamente representados en la distribución de los territorios protegidos. El mapa que muestra el Gobierno en su página web evidencia este problema: las áreas protegidas, marcadas en verde, ocupan gran parte del terreno hacia la Patagonia, pero hacia el norte se van volviendo pequeñas, escasas y separadas. “Hay ecosistemas subrepresentados, sobre todo la zona mediterránea, que es desde Coquimbo hasta el Biobío y es muy dramática la situación de la zona Metropolitana”, advierte Liberona. Un lugar azotado por la sequía y que, además, es el de mayor densidad de población.

Las áreas protegidas, marcadas en verde, ocupan gran parte del terreno hacia la Patagonia, pero hacia el norte se van volviendo pequeñas, escasas y separadas. Para ver en detalle: Áreas Protegidas © César Mattar

La recategorización de Río Clarillo fue un avance en esa zona, pero faltaría agregar más territorios. Peña resiente esto. “Tengo la esperanza de poder incorporar nuevas superficies en la zona central y que sean protegidas. Me gustaría lograrlo antes de terminar mi labor como guardaparques”, dice.

En las áreas marinas se daría el mismo problema. “En la zona costera hay muy pocas áreas protegidas. Y el problema de eso es que en los primeros metros de mar ocurre la fase temprana del desarrollo de muchas especies y hay mucha actividad humana”, dice Liberona. Y tras diez años de proyectos de ley medio ambientales, todavía no hay un cambio que contenga cómo mitigar estas amenazas.  

Un sistema nacional

El diagnóstico sobre cómo se puede resguardar a las áreas protegidas parece ser claro: se necesita un plan nacional que una criterios y con visión a futuro, junto a más recursos financieros para la conservación. Pero, que sea claro no significa que sea fácil de alcanzar.

En 2010, Chile reformó su institucionalidad ambiental y, al hacerlo, se estableció el compromiso de que el Ejecutivo ingresara a tramitación uno o más proyectos para crear un Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas y un Servicio Nacional Forestal. Y pese a que el primer Gobierno de Piñera envió dos proyectos, su tramitación se complicó en el Congreso. Mientras la creación de un Servicio Nacional Forestal fue rechazada en el Senado en 2012, la creación del Servicio de Biodiversidad y Áreas Silvestres Protegidas y el Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas se tramitó hasta 2014, sin ser puesto a votación, cuando fue retirado. 

Ese mismo año, ingresó un nuevo proyecto que crea el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas y el Sistema Nacional de Áreas Protegidas (SBAP). Este fue aprobado en el Senado en 2018 y ahora está en tramitación en la Cámara de Diputados. Entre otros elementos, el proyecto establece que los parques nacionales sólo podrán ser desafectados por ley, siguiendo la Convención de Washington, y considera que la conservación no reconoce fronteras administrativas, lo que permite el resguardo de ecosistemas fuera de áreas protegidas y planes de restauración para áreas degradadas. Pero, tras dos años en la Cámara, aún no se tiene un servicio de áreas protegidas

Panorámica del primer Parque Nacional en la Región Metropolitana: Río Clarillo © Nicolás valdés Ortega.

Ahora, al parecer, habría acercamientos para poder aprobar el proyecto. “Estamos en una etapa crítica”, dice Manzur. “Estamos tratando de cerrar puertas para que no se permitan las actividades industriales y comerciales en áreas protegida”, dice. El proyecto que avanza en el Congreso podría unificar criterios en materia de protección. “Un sistema nacional permitirá elevar los estándares para tener una conservación más efectiva”, dice Liberona. Con un sistema nacional, la institucionalidad de protección ambiental quedaría en un mismo ministerio. Además, esto permitiría generar una visión unificada y a largo plazo para la protección de ecosistemas y, así también, definir prioridades. 

Al parecer, el proyecto de ley estaría avanzando, esto pese a que todavía hay cierta oposición (Rossi cree que no se necesitan cambios legales, que la administración debería seguir a manos de la CONAF y que solo se necesitan más recursos). Y en el Congreso los temas complejos, como el traspaso de los trabajadores de CONAF, se estarían destrabando. Pero, incluso si el proyecto logra aprobarse, la falta de recursos se mantendrá. Y este problema no es menor en Chile.

Nuestro país está entre los 10 que menos invierten en biodiversidad y, según publicó el PNUD en 2010, Chile gasta solo US$ 0,60 por hectárea protegida, lejos del promedio de América latina y el Caribe de US$1,95

Nuestro país está entre los 10 que menos invierten en biodiversidad y, según publicó el PNUD en 2010, Chile gasta solo US$ 0,60 por hectárea protegida, lejos del promedio de América latina y el Caribe de US$1,95. Rossi, de CONAF, admite que efectivamente los recursos y el presupuesto “no condice con la labor” que hacen. Dice también que están tratando de innovar con tecnología para suplir la falta de recursos, con herramientas como reservas online y cámaras trampa para monitoreo. “Estamos siendo creativos para cerrar brechas en financiamiento”, explica y agrega que, con más personal y control, los riesgos para las áreas protegidas disminuirían. 

Con la pandemia los recursos han escaseado todavía más. El presupuesto 2021 redujo en 9,5% los aportes fiscales destinados a las áreas protegidas. Y el escenario es más crudo si se desagregan los aportes: solo el 29% de los recursos para estas áreas proviene del Estado, mientras que el 71% viene de los ingresos de operación.

Carlos Peña lleva más de 40 años trabajando de guardaparques en Río Clarillo, consiguiendo recientemente que este lugar se transformara en Parque Nacional © Carlos Peña.

Manzur, sin embargo, es optimista. Cree que tener una legislación unificada es un buen primer paso. “Puede gestionar más recursos e, incluso, acceder a fundaciones privadas o impulsar actividades”, dice. Peña, al teléfono desde Río Clarillo, por su parte, comenta que los recursos siempre son insuficientes. “Pero siento que con el paso del tiempo ha habido un cambio en la sociedad”, admite. Cree que en los últimos años se está valorando más los espacios naturales. Además, cree que las autoridades y la comunidad, al fin, están entendiendo que de estos lugares depende su sustentabilidad: “Clarillo, por ejemplo, protege una cuenca. Estamos proveyendo agua a la comunidad. Ahora que estamos en un prolongado periodo de sequía, lo más probable es que si no se hubiera resguardado Clarillo, el impacto de la sequía sería mucho mayor”. 

Imagen de portada: Parque Nacional Huerquehue © Rafael Edwards

Sobre el autor

Camilo Castellanos es periodista especializado en economía y desarrollo inclusivo. Trabaja actualmente cubriendo macroeconomía y políticas públicas en el diario La Segunda, es editor de revista Escalando y colabora con diferentes revistas en Chile y Colombia. Además, es escalador y amante de los deportes al aire libre.

Provincia del Choapa: un suelo por conocer

“El suelo… Algunos pensarán que es pura tierra, mas es quien sostiene la vida de todos” así comienza la aventura animada por la provincia del Choapa, protagonizada por un chulengo adolescente llamado Lucho Apa, que a través de su viaje enseña conceptos sobre la importancia del suelo. La Hacienda el Durazno, terreno de más de […]

“El suelo… Algunos pensarán que es pura tierra, mas es quien sostiene la vida de todos” así comienza la aventura animada por la provincia del Choapa, protagonizada por un chulengo adolescente llamado Lucho Apa, que a través de su viaje enseña conceptos sobre la importancia del suelo.

La Hacienda el Durazno, terreno de más de siete mil hectáreas de conservación de flora y fauna © Fundación Llampangui.

Fundación Llampangui, ubicada en la comuna de Canela, exactamente en el Parque Hacienda El Durazno, es una organización que nació desde un núcleo familiar que decidió mantener este terreno de siete mil hectáreas para la conservación de la flora y fauna de la zona. Desde el 2003 han tomado medidas de acción y desde el 2017 son una fundación con todas las de la ley. 

Lucho Apa es el protagonista del nuevo proyecto “Norte ¿Pura tierra?” que nació gracias a la postulación que hizo la fundación al programa de divulgación científica Explora de CONICYT . Se compone de una serie de dípticos con material educativo además de la serie animada que se encuentra en todas las plataformas, para ser entregado a la mayor cantidad de escuelas de la provincia del Choapa. 

El viaje comienza en la Raja de Manquehua pasando por la Reserva Nacional Las Chinchillas, ya que está en proyecto un camino ecológico para conectar ambos espacios, y termina en el Parque Hacienda El Durazno. Paulina Pezo miembro del área de educación, comenta que “Lucho Apa nació gracias a la pandemia. Es parte de toda la reformulación que tuvimos que hacer del proyecto. Íbamos a hacerlo de otra manera, pero le dimos un giro y decidimos hacer una animación”. Paulina explica que “En un momento salió lo del guanaco que hacía un viaje de sabiduría y de crecimiento personal y todo tiene que ver con la madre suelo que es la que nos contiene”. 

Para la creación de estos cuatro episodios, se contactaron con la diseñadora integral e ilustradora Claudia Závala, que tiene experiencia con la creación de videos pedagógicos como el Bosque Esclerófilo.  “Ellos me encontraron a mí” explica Claudia, quien se dedica a trabajar a través de la metodología design thinking que trata de abarcar desde principio a fin una historia y no solo enfocarse en la parte gráfica. “Con la animación se permite mucho… que no solo la gente de la zona pueda aprender algo de ahí, que conoce, pero no tan bien. Si no que también sea un medio digital y esté en redes sociales, y que mucha más gente se pueda enterar. Conocer para valorar”, relata. Cada video contiene detalles que permite a los profesores detenerlo. 

Mira el primer capítulo de la serie aquí.

Fundación Llampangui y el rol social dentro de la comuna del Choapa 

En la actualidad hay dieciséis habitantes en el centro de rehabilitación y rescate de guanacos. Pero no solo se dedican a la protección de todo lo que esté en el perímetro del parque, también trabajan en conjunto con las comunidades. Claudia Scognamillo, bióloga que también es parte de la educación ambiental que difunden, cuenta que “Todos somos muy conscientes que unas de las herramientas para la conservación es la educación”. 

La fundación logró implementar el proyecto de pozos con energía solar. La bióloga describe que “tiene que ver con la coexistencia de la fauna y la biodiversidad nativa y las actividades de subsistencia con los habitantes de la zona. Entonces se ideó la extracción de agua con energías limpias”. Agrega que “este es un parque de conservación privado. Es super importante destacar esto porque las personas no tienen esa figura tan en mente. Solo el 1% del territorio, a nivel regional, está protegido y estas iniciativas privadas pueden aportar mucho por esa parte”. Hay poco territorio fiscal que pueda ser cuidado.

Además, con ayuda del banco Santander lograron cercar una parte del terreno donde se encuentra un bosque de arrayanes, flora extraordinaria en una zona donde la mayoría de la vegetación son matorrales. 

Guanacos, los habitantes del Parque Hacienda El Durazno 

Andrés Pinto es el director ejecutivo de la fundación. Decidió sumarse a este proyecto familiar con miras de expansión. Así, estudió derecho, profesión que practica a la par con su carrera musical. Cuenta que “En el año 2003 logramos instalar un centro de rehabilitación y rescate de guanaco que es la fecha que contamos como un inicio más claro y a fines del 2016 (el año 2012 decidí estudiar derecho para tener herramientas para llevar este proyecto de conservación) creamos la fundación para institucionalizar este proyecto”. La decisión de institucionalizarse fue para poder postular a fondos, trabajar en conjunto con servicios estatales además de la visión social que hay de las organizaciones. 

“El terreno fiscal es mucho menor en comparación a otras regiones. Acá el rol de los privados, es fundamental” cuenta Andrés agregando que “La idea es ampliar la visión de una conservación integradora, pública-privada, es vital para que no solo podamos extender la superficie de conservación si no que involucrar a otros actores. El estado dispone y propone los territorios conservados y la idea es darlo vuelta y hacer que la comunidad decida cuáles son sus espacios importantes”. 

Uno de los antagonistas del parque, además de los años de sequía que azota a la cuarta región, es la minería. La Fundación Llampangui ha estado luchando constantemente contra la minería que se introducen al parque.El director de la organización cuenta que “Esto no lo podemos hacer solo nosotros como fundación, sino que también tiene que haber un cambio de actitud desde las políticas públicas. Acá hay un momento clave, que es el momento constituyente donde nos olvidamos de repente que el derecho y el privilegio del sector minero también está consagrado de manera constitucional”.

Hace dos años ganaron una batalla legal contra un mediano minero que insistía en entrar al terreno y concesionar el subsuelo donde yacían minerales, sin respetar a las comunidades que vivían cerca: los guanacos. La corte de apelaciones de La Serena rechazó la constitución de servidumbre para la explotación minera en base a que existía el Centro de Rescate de Guanacos.

Guanacos en el Parque Hacienda el Durazno © Fundación Llampangui

Según el artículo de la revista Justicia Ambiental, sobre Instrumentos de Conservación Ambiental En La Legislación Minera, “se podría entender que la jurisprudencia en este caso considera también como población, la existencia de un grupo de animales que desarrolla su vida en el sector. Esto se condice perfectamente con una interpretación extensiva del término población” (p. 17). 

Lo que se viene ahora para la Fundación Llampangui es la mudanza de Andrés desde Santiago a La Serena, para poder estar más cerca de la zona. Además el proyecto “Norte ¿Pura tierra?” está postulando al Congreso Internacional de educación por el desarrollo sustentable junto a Lucho Apa, el aprendizaje y su aventura por el Choapa.

El proyecto «Norte ¿pura tierra?» tiene como objetivo contribuir a la cultura científica en niños y niñas sobre el SUELO de la provincia del Choapa.

Imagen de portada: La Hacienda el Durazno © Fundación Llampangui.

Sobre la autora:

Gabriela Cortés estudió en la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado. Hoy es una de las fundadoras de la revista Pasto Seco en la Provincia del Choapa, cuya línea editorial pretende denunciar la crisis medio ambiental en la zona.

Este año ha sido particularmente distinto para todos. La pandemia que nos aqueja ha afectado, en mayor o menor grado, cada una de nuestras actividades, tanto cotidianas como aquellas planificadas a más largo plazo, obligándonos a modificar y replantear muchas de ellas, y, como si no bastara con eso, además, nos ha llevado a adaptarnos […]

Este año ha sido particularmente distinto para todos. La pandemia que nos aqueja ha afectado, en mayor o menor grado, cada una de nuestras actividades, tanto cotidianas como aquellas planificadas a más largo plazo, obligándonos a modificar y replantear muchas de ellas, y, como si no bastara con eso, además, nos ha llevado a adaptarnos a vivir en una forma mucho más “limitada”, algo tremendamente angustiante para quienes estamos acostumbrados a estar en contacto permanente con la naturaleza, y, que se convirtió en algo similar, para quienes lograron descubrir y valorar en este tiempo, la necesidad que como seres humanos tenemos de estar en contacto con el entorno natural.

En la Región de Los Ríos, recién el 12 de agosto se dio apertura a la Reserva Nacional Mocho Choshuenco y al Parque Nacional Alerce Costero, por lo que a partir de esa fecha era posible comenzar a randonear por esos hermosos bosques de lengas. Así es que bajo la premisa de tomar con seriedad esta apertura – respetando todos los protocolos sanitarios y ansiosos de volver a disfrutar de estos paisajes – nos animamos con dos buenos amigos, Ronald y Pablo, a ir al volcán Mocho. Apenas se dio una buena ventana de sol partimos, adentrándonos por la cara sur de la Reserva siguiendo la ruta por la localidad de Choshuenco, lugar en donde se sumaron otros amigos más (Carlos y Nico), listos para emprender el tan anhelado regreso al Mocho.

Por años estos bosques han sido sala de clases y escenario de investigación y actividades deportivas, de renuevo para el alma y la mente, dejando en claro que es posible que diferentes acciones sustentables puedan converger en torno a la naturaleza. Más que en ninguna oportunidad ahora agradecíamos y comprendíamos el gran privilegio de estar aquí en plena pandemia.

La imponente cumbre nevada del volcán Choshuenco, en un año en que la Reserva Mocho-Choshuenco tuvo su menor número de visitantes producto de la pandemia. © Felipe Pineda.

Con todo el grupo animado, logramos llegar en auto hasta el km 11, bastante más abajo respecto a años anteriores, lo que evidenciaba la buena temporada de nieve que había presentado la región. Ahí, comenzamos nuestra randoneada y raqueteada, aprovechando, a medida que avanzábamos, de realizar algunos registros audiovisuales que estarían destinados al evento de actividades al aire libre, “Entre Lengas”. Hace un par de años, con un grupo de amigos fundamos la ONG Entre Lengas, la cual tiene como objetivo crear conciencia respecto a los espacios naturales. Este año, en conjunto a la Reserva Biológica Huilo – Huilo y con el apoyo de Sernatur Los Ríos y otros privados, reinventamos su formato, logrando generar una serie de charlas destinadas a ser un aporte concreto para la generación de cambio de nuestro comportamiento como seres humanos hacia la naturaleza. Estas charlas quedarán en la web y RR.SS: encuentroentrelengas.cl , esperando poder además contribuir de alguna forma a la conservación de nuestra biodiversidad

Al llegar al acceso principal de la Reserva, donde actualmente Conaf tiene una guardería, los guardaparques (Emilio Beltrán, Juan Carlos Contreras, Alex Maich y Daniela Bravo) – que cuentan con una voluntad titánica y un gran amor por esta Reserva – realizaron los controles sanitarios de rigor. Vale la pena mencionar, que cada uno de ellos realiza una enorme labor por mantener estas zonas con estándares de primer nivel, en muchas ocasiones con presupuestos muy ajustados, siempre con una excelente disposición y cordialidad para atender a cada uno de los visitantes. Posteriormente, seguimos caminando hasta el mirador Los Volcanes, lugar donde nos tomamos unos minutos para contemplar los dos conos volcánicos en su plenitud: el Mocho con 2.422 m. en su cara sur este y el Choshuenco 2.415 m. en su cara noroeste, escenario que, sin duda, hace valer el esfuerzo de esos kilómetros de caminata en nieve con mochilas de aproximadamente 23 kgs.

He perdido la cuenta de cuantas veces he estado en esta Reserva, sin embargo, este año era distinto. En ese mirador, nos dimos la instancia de reunimos nuevamente como grupo a conversar y reflexionar acerca de esta oportunidad tan especial.

Un informe de la WWF de 2020 indica que desde 1970, el planeta ha perdido más del 70% de su fauna salvaje, siendo América Latina el país más afectado. En la foto, un carpintero negro busca su alimento en una lenga nevada. © Felipe Pineda. 

Es en este sentido, que esta pandemia ha llevado a que la interacción con la naturaleza cobre aún más valor, como una forma de mejorar nuestro bienestar emocional y volver a sentir esa ansiada sensación de libertad que teníamos. La responsabilidad ahora es lograr que esta interacción sea más respetuosa y consiente, para así frenar y revertir el comportamiento destructivo que hemos tenido con la naturaleza. Sin ir más lejos, la WWF en su Informe Índice Planeta Vivo 2020, análisis científico bienal que evalúa la salud de nuestro planeta y el impacto de la actividad humana sobre la tierra, concluye que “nuestra relación con la naturaleza está fracturada”, basándose en resultados verdaderamente estremecedores como el que: “Desde 1970, nuestro planeta ha perdido casi el 70% de su fauna salvaje, siendo América Latina la región más afectada”.

Datos concretos como éste, junto a la sucesión cada vez más frecuente de dramáticos escenarios mundiales – tales como los devastadores incendios que han azotado a Australia y la amazonia este último tiempo – sumado al complejo presente que vivimos como planeta producto de la pandemia de Covid19, hacen evidente la urgencia no solo de cambiar nuestra comportamiento  y conciencia frente a nuestro entorno natural, sino que, además, la imperiosa necesidad de reducir nuestros impactos, poniendo especial énfasis en la restauración de los ecosistemas que hemos vulnerado.

He perdido la cuenta de cuántas veces he estado en esta Reserva, sin embargo, este año era distinto. En ese mirador, nos dimos la instancia de reunimos nuevamente como grupo a conversar y reflexionar acerca de esta oportunidad tan especial.

Siguiendo nuestro camino, logramos llegar a los pies de la cuesta que da con el sector de la Tumba del Buey, lugar perfecto, entre un bosque de lengas, para instalar el campamento base con una mesa nieve que daba el toque perfecto para compartir, esta vez, con la distancia social correspondiente.

Con nieve perfecta, nos fuimos por la primera de las varias bajadas de la tarde, las que fuimos disfrutando al máximo, sabiendo que más tarde nos esperaba el mejor premio del día, un atardecer épico y compartir de una rica cena bajo una noche estrellada en medio del bosque de lengas.

Un anochecer estrellado sobre las lomas del Choshuenco nos recuerda la necesidad de volver a estar en contacto con la naturaleza, tras meses de encierro. © Pablo Lloncón.

Al día siguiente, ya muy temprano, comenzamos la primera randoneada hasta el glaciar del volcán, recorrido en donde no nos dejó indiferente el paso de una moto de nieve  muy ruidosa, que además de ser tremendamente molesto, evidenciaba el gran impacto que estas pueden llegar a generar en su entorno, sobre todo cuando por el momento solo existe una zona de tránsito para los medios mecánicos. (No obstante, pronto se implementarás  la etapa 2 del plan maestro de la Reserva, donde estas acciones se pueden normar, conviviendo de buena manera  el turismo con la conservación). Más tarde en el campamento base, desmontamos felices por los días que nos había regalado la naturaleza, y emprendimos el regreso. Sin duda, habían sido jornadas que quedarían grabados en nuestra mente, no solo por lo significativo del momento, sino también por el renuevo y energía que, como siempre, nos brindaba la montaña.

«La naturaleza es nuestra aliada y un medio de sanación, consuelo y alivio, así como de bienestar, salud y fortaleza; de crecimiento y desarrollo personal»,  Katia Hueso.

Ya de vuelta y en nuestra propia realidad, nos seguía esperando un dato que nos deja grandes desafíos, y es que en la Región de Los Ríos, las áreas protegidas privadas abarcan aproximadamente el doble de superficie (190.000 hás) que las del SNASPE (100.474 has), cifras que tienen mucho que decir, no solo por la noble labor y esfuerzo que realizan los privados por conservar, considerando que no cuentan con ningún tipo de financiamiento para ello, sino que también, por la evidente necesidad de contar, con urgencia, con un modelo de gobernanza regional y lo importante de poder sacar adelante la ley de donaciones ambientales, SBAP, etc.

Tal como se expone en el actual Informe de Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica de la ONU, donde se deja en evidencia la creciente crisis global de la biodiversidad y las acciones necesarias para protegerla, es un deber y una prioridad, el que la conservación esté considerada, de manera transversal, como uno de los ejes fundamentales en la toma de decisiones de los distintos sectores económicos de un gobierno, siendo incorporada claramente en cada una de sus políticas.

Hoy no podemos limitarnos únicamente a disfrutar el patrimonio natural, hoy más que nunca debemos ser conscientes de la urgencia de llevar a cabo acciones concretas que reviertan las amenazas de nuestros ecosistemas. Camino al volcán, RN Mocho-Choshuenco. © Plablo Lloncón.

La era de antropoceno que vivimos y sus efectos devastadores deben llevar, con un gran sentido de urgencia, a que la toda la comunidad, tanto nacional como internacional, desarrolle con especial premura acciones concretas destinadas a revertir las décadas que se han sumado de pérdidas de los ecosistemas, poniendo énfasis en la conservación y manejo sustentable de éstos. Tal como se asevera en el Informe Índice Planeta Vivo, la conservación de la biodiversidad debe convertirse en una inversión estratégica no negociable destinada a preservar nuestra salud, recursos y seguridad.

En estos tiempos, ya no podemos limitarnos a solo disfrutar de nuestros bosques, ríos, glaciares, etc., sino que debemos ser conscientes de que el planeta necesita de cada uno de nosotros, y que es una obligación el intentar revertir este colapso mediante acciones concretas. Si bien el que nuestro país no forme parte del primer gran tratado medioambiental de Latinoamérica y el Caribe, como lo es el Acuerdo de Escazú, fue un golpe duro y un claro retroceso en el compromiso de nuestro país con el medio ambiente, no debemos bajar los brazos y seguir en el camino de lograr, más temprano que tarde, la verdadera valorización, por parte de nuestra sociedad, de nuestro entorno natural.

Sobre el Autor

Erwin Martínez es Ingeniero (G) Forestal, Magister en Gestión Ambiental. Parte del Equipo de la Unidad Piloto de Áreas Silvestres Protegidas de la región De Los Ríos (CRDP) y docente de la Carrera de Ingeniería en Expediciones y Ecoturismo USS. Por su amor por la naturaleza, Fundador del emprendimiento Valdiviano Alerce Outdoor y Co Fundador de la ONG Entre Lengas.

Imagen de Portada: Anochecer a los pies del volcán Mocho, en la Reserva Nacional Mocho-Choshuenco. © Pablo Lloncon