¿Qué somos frente a una planta? ¿Qué es una planta frente al humano y que es capaz de transmitirle, enseñarle, comunicarle? Las plantas han estado allí desde muchísimo antes que nosotros, pero pareciera que solo hace algunas décadas y en pocos casos, siglos; el pensamiento filosófico, la reflexión antropológica y la ecología en relación con […]

¿Qué somos frente a una planta? ¿Qué es una planta frente al humano y que es capaz de transmitirle, enseñarle, comunicarle? Las plantas han estado allí desde muchísimo antes que nosotros, pero pareciera que solo hace algunas décadas y en pocos casos, siglos; el pensamiento filosófico, la reflexión antropológica y la ecología en relación con lo humano, han comenzado a tomarlas en serio. Hoy hablamos de entramados y vínculos, de entrelazamientos y marañas. Lo no humano y la alteridad de las plantas cada vez más va tomando protagonismo a la hora de comprender el mundo y de interpretar las relaciones que se establecen con todo lo que nos rodea. A fin de cuentas: ¿No deberíamos comenzar a dialogar con ellas y establecer nuevas alianzas y vínculos?

En esta breve reflexión quisiera compartir cómo eso otro -esa alteridad no humana- puede ser hoy uno de los engranajes para repensar la vida en su totalidad y entramados diversos. Vale la pena volver sobre ello y darles el espacio necesario en estos tiempos de crisis multidimensional donde como pueblo nos pensamos en un Proceso Constituyente. Lo haré aludiendo a algunos autores que se posicionan desde esta vereda, la de las plantas y la de la alteridad.

«Pensar la alteridad y desde la alteridad, nos sitúa en el lugar de la extrañeza y la familiaridad.» © Dominic Vogl

Las plantas, según el filósofo canadiense Michael Marder; quien hace poco fue entrevistado en Endémico web, han sido -extrañamente- marginales en el pensar (2016: 72). Tanto la filosofía como otras vertientes de pensamiento occidental, sobre todo, las han mantenido en un margen conceptual, a diferencia de los animales y otros cohabitantes del territorio. Las plantas apenas han sido consideradas a la hora de interpretar el mundo o, al menos, conocerlo mejor. Sin embargo, ello ha ido cambiando profundamente en las últimas décadas. Al inicio de su obra “Yo y Tú”, el filósofo judío Martin Buber, considerado uno de los precursores de la filosofía de la alteridad – que posteriormente conocerá uno de sus puntos más altos con Emmanuel Levinas – nos dice: “Contemplo un árbol. Puedo registrarlo como imagen […] Puedo percibirlo como movimiento […] Puedo clasificarlo en una especie y observarlo…” y continúa demostrando que, en cualquiera de estos casos y otros, el árbol permanece como un objeto, su objeto: objeto de análisis, de contemplación, de clasificación. Pero, (y aquí comienza el giro propio de la filosofía de la alteridad) es posible “que yo, al contemplar el árbol, por propia gracia y voluntad me vea llevado a entrar en relación con él, y entonces el árbol ya no sea más un eso” (2013: 14).

Sumergirnos en la vida de las plantas nos permitirá dar los pasos para descentrarnos del vicioso antropocentrismo.

Es el acto fundacional de la relación. El árbol, la planta, el arbusto; eso otro comienza recién a aparecer. Deja de ser un objeto humanizado, un eso domesticado por el mirar humano, el pensar humano, el decir humano. Esto no es cosa banal ni simple. Pues nuestras propias categorías de pensamiento han sido domesticadas por creencias, lenguajes, ideas y conceptos. Hemos sido formados desde ciertas ontologías. Ellas nos habitan y desde ellas conocemos y comprendemos el mundo. No es aventurado decir, que uno de los factores del colapso climático, las aberraciones en materia de justicia eco-social y la inmovilidad estructural para cambiar política y éticamente, tienen que ver con esto. Vemos cómo nos enseñaron a ver y nos parece imposible seguir aprendiendo a mirar de otras maneras y a partir de los otros y de lo otro.

Y sigue Buber, “el árbol no es una impresión, ni un juego de mi imaginación, ni un valor que depende del estado de ánimo, sino que existe ante mí y tiene que ver conmigo como yo con él, solo que de otra forma” (2013: 15). Esta reflexión casi intuitiva es de una fuerza extraordinaria. Ese otro delante de mí me ve como otro. Es inevitable pensar en las propuestas del Perspectivismo Amerindio del antropólogo Eduardo Viveiros de Castro. No todo nos mira como los humanos miramos.

«¿No deberíamos comenzar a dialogar con ellas y establecer nuevas alianzas y vínculos?» © Olena Sergienko

La alteridad, el pensar la alteridad y desde la alteridad, nos sitúa en el lugar de la extrañeza y la familiaridad. Hay algo que nos une, que nos vincula con ese otro, con esa planta, con ese bosque. Pero al mismo tiempo hay una extrañeza, una distancia infinita – diría Levinas – una diferencia absoluta. Era Stefano Mancuso, reconocido neurobiólogo vegetal, quien se asombraba de que las ficciones humanas sobre posibles seres extraterrestres fueran más o menos humanoides: con brazos, algunos órganos para mirar, una especie de boca o al menos algo como una cabeza. Su asombro consistía en esa proyección “humana” hacia estos seres de otros mundos, cuando, si efectivamente hay “algo” totalmente “extraterrestre”, son las plantas. Una alteridad en forma, apariencia, funcionamiento, ciclos, procesos, adaptabilidad, longevidad, genética. Ellas son las alienígenas que nos rodean y encantan. Allí están en su variedad y diversidad, en su misterio y silencio. Allí están con su inteligencia otra, su comunicación vegetal, su metamorfosis extraordinaria – como Goethe cayó en la cuenta en sus observaciones de las plantas: “hacia adelante o hacia atrás, la planta es siempre hoja” (2015: 117) – y sus engaños y seducciones para conquistar y sobrevivir.

En “La vida de las plantas”, el filósofo italiano Emanuele Coccia profundiza, de forma notable, en la vida de aquella alteridad vegetal. Para él interrogar a las plantas es conocer el mundo, porque ellas son las constructoras de éste. Ellas generan su propio mundo, “todo lo que tocan, lo transforman en vida; de la materia, del aire, de la luz solar hacen lo que para el resto de los vivientes será un espacio para habitar, un mundo” (2017: 22). Tanto es así que llega a decir que “desde un cierto punto de vista, las plantas jamás han abandonado el mar: ellas lo han traído ahí dónde no existía. Han transformado el universo en un inmenso mar atmosférico y han transmitido a todos los seres sus hábitos marinos. La fotosíntesis no es más que el proceso cósmico de fluidificación del universo” (2017: 46).

«En el mundo del ensueño el árbol no se establece nunca como ser acabado», dice Gastón Bachelard  © Pedro Pablo Achondo e Isidora Ayala.

Sumergirnos en la vida de las plantas nos permitirá dar los pasos para descentrarnos del vicioso antropocentrismo. Salir de allí es un imperativo de nuestra época, pero para ello es necesario re-descubrir esa extraña cercanía y esa distancia infinita con la alteridad del mundo vegetal. Salir del estatuto de la clasificación para respirar el aire que viene de ellas y vuelve a ellas. Reestablecer y reinventar la relación. Comprender, con ayuda de la ciencia, pero también de otros saberes y aproximaciones aquello que Marder denomina procesos sub-orgánicos y ensambles supra-orgánicos (2016: 65), es decir, seres que habitan por debajo del suelo conversando y comunicándose; mientras se mecen desde sus copas innumerables e infinidad de hojas generando un superorganismo vegetal. Allí, el mismo Marder, sugiere una interpretación: nosotros también habitamos lo micro y lo macro, también generamos y somos generados en interrelaciones sub y supra. Somos individualidades, unicidades, y al mismo tiempo, colectivos, enjambres, masas, pueblos y tribus. Somos y nos configuramos en esos entramados del nosotros, entramados donde lo otro-que-humano (las plantas, en este caso) forma parte fundamental. Esto nunca más lo deberíamos olvidar.

Reconocernos en este entramado de alteridades permitirá una mejor polinización humano-planta, una fluidez en la corresponsabilidad y mutua fecundación. Si es verdad “que me realizo en el tú; volviéndome yo, digo tú”, como afirma Buber (2013: 17); entonces puedo también volverme yo frente al tú del árbol. La planta y su otredad me hacen ser quien soy, al entrar en relación con ella y permitirle aparecer, realmente, en su ser planta, la dejo ser quien es. Y allí, la planta se nos revela.

Mejor citar al poeta Rilke: “Si quieres lograr la existencia de un árbol, / Invístelo de espacio interno, ese espacio / Que tiene su ser en ti. Cíñelo de restricciones. / Es sin límites, y sólo es realmente árbol / Cuando se ordena en el seno de tu renunciamiento”. En la renuncia del yo que proyecta, del yo que domestica, del yo que transgrede; aparece aquella alteridad simplemente: es un árbol. Comentando este texto, Gastón Bachelard complejiza nuestra reflexión al decir que: “el árbol necesita que tú le des tus imágenes superabundantes, nutridas por tu espacio íntimo, por «ese espacio que tiene su ser en ti«. Entonces el árbol y su soñador, juntos, se ordenan, crecen. En el mundo del ensueño el árbol no se establece nunca como ser acabado” (2000: 176). Más que complejizar, en realidad, da cuenta de la relacionalidad que se establece, de ese juego de idas y venidas entre el yo humano y el tú del árbol, entre el yo vegetal y el tú humano. Entre el eso y el tú. Uno en el otro, intentando “acabar”, completar, para comprender aquella alteridad infranqueable que se nos escapa. Alteridad que de alguna manera nos habita. Ese tú de la planta nunca es un totalmente desconocido. Pues ella tiene parte de su ser en mí. Ahora bien, ¿no será que ella, a su vez, posee en su ser una parte de lo humano? De esa manera la relación se vuelve posible.

Virar el timón del antropocentrismo y de la ruptura o negación de la relación es un deber para, como pueblo de pueblos, como nación humano-vegetal o, mejor todavía, como territorios en co-construcción y disputa; llegar a algo como una Constitución Ecosocial, que luego permita y abra procesos de generación de nuevas alianzas y propuestas territoriales. La Constitución Ecológica que esperamos – y la interesante labor de la Convención en diálogo ciudadano – tiene una doble tarea: cambiar el lenguaje antropocéntrico y suscitar que la alteridad de las plantas (y de todo lo otro-que-humano) sea reconocida, reformulada y manifestada como una potencia transformadora y una matriz de conocimiento, como semilla que se va abriendo.

Bosques de alerce en La Unión. © Pedro Pablo Achondo e Isidora Ayala.

Referencias

Bacherald, Gastón. (2000). La poética del espacio. Buenos Aires: FCE.

Buber, Martin. (2013). Yo y Tú. Y otros ensayos. Buenos Aires: Prometeo Libros.

Coccia, Emanuel. (2017). La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura. Buenos Aires: Miño y Dávila Editorial.

Goethe, J.W. von. (2015). La metamorfosis de las plantas. Barcelona: Editorial Pau de Damasc.

Mancuso, Stefano. (2017). El futuro es vegetal. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Marder, Michael. (2016). Grafts. Writings on plants. Minneapolis: Univocal.

Sobre el Autor

Pedro Pablo Achondo Moya es teólogo y poeta, Doctorando en Territorio, Espacio y Sociedad (D_TES) FAU. Universidad de Chile. Académico de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Universidad Alberto Hurtado. @PedroPablo_AM

Imagen de portada: David Clode a través de Unsplash.com

¿Por qué las aves no se mojan?

¿Se han percatado que las aves no se mojan cuando están bajo la lluvia o cuando se sumergen bajo el agua? Incluso si nos fijamos bien, es posible darse cuenta que el agua pareciera resbalar y ser repelida por el plumaje ¿Tienen las plumas un efecto impermeable que evita que la lluvia o el agua tome contacto con la piel de las aves? Si hacen el ejercicio de tomar cualquier pluma y la mojan, ésta pierde su forma ya que absorbe el agua, lo cual no sucede mientras las plumas forman parte del cuerpo de un ave. Entonces, ¿a qué se debe esta diferencia?

Las aves son vertebrados que han conquistado diversos hábitats y se han adaptado exitosamente a éstos para perpetuarse desde hace miles de años junto con la evolución del planeta. Una adaptación exclusiva para estas especies son sus plumas que tienen que ver con su capacidad de vuelo y su termorregulación. ¡Las plumas permitieron a las aves  conquistar el aire y también el agua!

¿Se han percatado que las aves no se mojan cuando están bajo la lluvia o cuando se sumergen bajo el agua? Incluso si nos fijamos bien, es posible darse cuenta que el agua pareciera resbalar y ser repelida por el plumaje ¿Tienen las plumas un efecto impermeable que evita que la lluvia o el agua tome contacto con la piel de las aves? Si hacen el ejercicio de tomar cualquier pluma y la mojan, ésta pierde su forma ya que absorbe el agua, lo cual no sucede mientras las plumas forman parte del cuerpo de un ave. Entonces, ¿a qué se debe esta diferencia?

Pato criollo (Anas platyrhynchos domesticus). © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Las plumas, mientras formen parte del plumaje, actuarán como una barrera impermeable evitando que el agua, ya sea por la lluvia o por la sumersión en algunas especies, tome contacto con el plumón y la piel. Lo anterior es posible gracias a la glándula del uropigio llamada también glándula uropígea, glándula del acicalamiento o glándula oleosa. ¡Pero atentos! No todas las aves tienen esta glándula. 

La glándula uropígea es un órgano sebáceo muy variable en forma y tamaño entre las especies de aves ya que, por ejemplo, las aves acuáticas la poseen de un mayor tamaño comparado con las terrestres. La glándula está formada por dos lóbulos que en su extremo caudal presentan unos poros excretores que secretan un aceite que tiene múltiples funciones, destacándose entre éstas permitir un acicalamiento efectivo y por tanto una limpieza e impermeabilización del plumaje. La glándula se encuentra cerca de la base de la cola, dorsal sobre las últimas vértebras caudales.

Chercán (Troglodytes aedon). © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Además de la función impermeable del aceite que secreta esta glándula, llamado aceite de preen, se le atribuyen otras funciones como ayudar a mantener la flexibilidad de las plumas evitando que se éstas se rompan. En algunas especies, se ha observado que el aceite mantiene la integridad del pico córneo y las escamas en la piel de las patas. También se ha especulado que en algunas especies, el aceite contiene un precursor de la vitamina D; que se convertiría en vitamina D por la acción de la luz solar y la cual se absorbería a través de la piel. Otras funciones también descritas para el aceite de preen son de tipo fungicidas y antibacterianas, productor de feromonas e incluso actuar como un órgano cosmético ya que se ha observado que, por ejemplo en algunas especies de flamencos, el aceite secretado contiene carotenoides y pigmentos orgánicos que realzan el brillo y los colores en el plumaje.

Pero, ¿cómo llega el aceite a todas las plumas del cuerpo? Este aceite se transfiere cuando el ave restriega su cabeza y pico contra esta glándula y luego contra todo el resto del cuerpo incluidas la piel de las patas. 

Cisne de cuello negro (Cygnus melancoryphus). © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Las especies que carecen de esta glándula no tienen sus plumas impermeabilizadas y por lo tanto se mojan al contacto con el agua. Algunas especies como guacamayos, palomas, emúes y avestruces, recurren a otros medios para mantener limpias y secas las plumas, como por ejemplo tomar baños de polvo.

Los cormoranes tienen una peculiaridad respecto del aceite de esta glándula, el cual es diferente al que producen otras aves marinas ya que no impermeabilizaría del todo para evitar que se formen burbujas de aire entre el plumaje y tengan que vencer la fuerza de subir mientras bucean. Entonces para secar su plumaje parcialmente mojado, deben recurrir a otras estrategias como exponer sus alas al sol. Ahora cuando observen a un cormorán sobre una roca con sus alas abiertas como “tomando sol” ya sabrán el porqué.

Yeco (Neotropic cormorant). © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Además de las funciones de la glándula uropigeal, las aves tienen otras múltiples particularidades y adaptaciones morfológicas como su esqueleto de huesos huecos, su ranfoteca o pico córneo que carece de dientes y su excelente sentido de la vista por nombrar los más conocidos. Éstas características junto con otras, han permitido que las aves, descendientes de los reptiles, se hayan mantenido en el planeta por más de 140 millones de años.

Sobre los Autores:

Gabriela Espejo y Juan Sebastián Espejo son dos hermanos amantes de la naturaleza, que han reunido sus experiencias profesionales para dedicar parte de su tiempo en la difusión del cuidado del entorno; Juan Sebastián es arquitecto y Gabriela es veterinaria. Juntos han desarrollado y concretado proyectos audiovisuales, fotográficos y artículos escritos sobre el maravilloso Chile natural que nos rodea. Les encanta hacer trekking y quedarse horas en un mismo lugar, observando y escuchando al entorno, para finalmente elaborar material educativo y de calidad.

Imagen de Portada: En algunas especies de flamencos, el aceite secretado contiene carotenoides y pigmentos orgánicos que realzan el brillo y los colores en el plumaje. © Gwen Weustink.

¿Seco, normal o lluvioso? Las inestables lluvias de Chile central

La acumulación anual de lluvia y nieve en Chile central es como una montaña rusa: pasamos de condiciones muy secas a años en extremo lluviosos. Dentro del periodo invernal, un día estamos en sequía extrema y, al siguiente, amanecemos en el rango “normal”. ¿Son estos cambios fruto exclusivo del caos de la atmósfera? ¿Existen factores físicos que modulan este régimen de precipitaciones? ¿Hay una incidencia del cambio climático? ¿Qué son ENSO, la IPO, SAM y la mancha cálida? A continuación, investigadores del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) de Chile, centro académico interdisciplinario que estudia el impacto del cambio climático sobre los ecosistemas y a la sociedad chilena (www.cr2.cl), nos explican qué son estos nombres extraños que se asocian a estos procesos complejos que se viven en Chile central, quedando claro el impacto que el cambio climático tiene hoy sobre la falta de precipitaciones.

Chile central, entre las regiones de Coquimbo y del Ñuble, se ubica inmediatamente al sur de una de las zonas más secas del planeta, el desierto de Atacama. Dependiendo de la latitud y altitud, este territorio recibe entre 50 y 2.000 milímetros (mm) de precipitaciones cada año, la mayor parte concentrada en el periodo invernal (de abril a septiembre), dando lugar a un clima mediterráneo y semiárido. Las precipitaciones en este territorio son, mayoritariamente, producto de la llegada de frentes fríos desde el Pacifico sur, usualmente entre cinco y quince cada año, con duraciones de uno o dos días. Estos frentes corresponden a delgadas bandas de fuerte contraste de temperatura en donde la circulación atmosférica produce ascenso de aire, condensación del vapor y precipitaciones (Figura 1).

Figura 1. Un sistema frontal aproximándose a Chile central. La flecha celeste representa el aire originado en latitudes medias, relativamente frío y seco, avanzando hacia el norte, mientras la flecha amarilla indica aire cálido y húmedo originado en latitudes subtropicales que avanza hacia el sur. La circulación ciclónica (a favor de los punteros del reloj) es producida por el centro de baja presión (letra B). Las zonas de encuentro del aire frío y cálido dan lugar al frente frío y cálido identificados en la figura. Las bajas presiones se encuentran insertos en el cinturón de los oestes (flecha verde gruesa), una banda donde los vientos son intensos soplando desde el Pacifico hacia Chile. Los frentes que logran llegar a Chile central (en el recuadro blanco) son mayormente del tipo frío, pero su avance hacia el norte se ve limitado por la existencia del Anticiclón del Pacifico, un centro de altas presiones (identificado por la letra A) muy estable y persistente.

Los sistemas frontales ocurren asociados a centros de baja presión que transitan, generalmente, en latitudes medias (al sur de los 40°S, la latitud de Valdivia) en el cinturón de los oestes. El avance hacia el norte de los sistemas frontales está limitado por el Anticiclón del Pacífico, un centro de alta presión y estabilidad atmosférica ubicado frente a las costas del norte y centro del país (Figura 1). Así, cualquier cambio en la intensidad o posición del cinturón de vientos del oeste y del Anticiclón del Pacífico altera la precipitación en Chile central, produciendo un régimen muy inestable. Por ejemplo, en verano, el anticiclón se extiende casi hasta la región de Los Lagos, produciendo un verano seco y cálido; por el contrario, en los meses de invierno, el Anticiclón del Pacífico y el cinturón se ubican más al norte, permitiendo el arribo ocasional de sistemas frontales, con su aporte de lluvias.  

Más allá de las estaciones

Aparte del ciclo anual del cinturón de los oestes y el Anticiclón del Pacífico, existen otros cambios en la circulación de la atmósfera que afectan el régimen de lluvias en Chile central. Están los que originan variaciones entre un año y otro (interanuales), dentro de un mismo invierno (intraestacionales), en la escala de décadas (interdecadales) y en el largo plazo (por ejemplo, las tendencias ocasionadas por el cambio climático). 

Las grandes variaciones de un año a otro (interanuales) se muestran en la Figura 2 mediante el registro de la estación Quinta Normal, en Santiago. Un ejemplo notable se aprecia entre el año 1997 y 1998. El primero fue uno de los años más lluviosos del registro, con 750 mm, mientras que, el segundo, es una sequía extrema con solo 80 mm en la capital. Estas variaciones conllevan grandes impactos en el medio ambiente, como el vigor del bosque esclerófilo que cubre parte de Chile central y el volumen de los glaciares en la alta cordillera. Estos cambios interanuales también afectan directamente a la población humana a través de la disponibilidad de agua potable y muchas de sus actividades, como la agricultura, la minería y la generación eléctrica.

Aparte del ciclo anual del cinturón de los oestes y el Anticiclón del Pacífico, existen otros cambios en la circulación de la atmósfera que afectan el régimen de lluvias en Chile central. © ActionVance.

Oscilaciones Interanuales

El Niño-Oscilación del Sur (ENSO, por sus siglas en inglés) es el fenómeno climático global con mayor influencia en estos cambios interanuales de la precipitación en Chile central. ENSO se manifiesta como una sucesión de años en que la temperatura superficial del mar (TSM) a lo largo del Pacífico ecuatorial es mayor (eventos de “El Niño”) o menor (eventos de “La Niña”) respecto al promedio histórico. Los eventos de El Niño o La Niña ocurren, usualmente, entre tres y siete años, y los cambios de la temperatura superficial del mar están estrechamente ligados a la presión y circulación atmosférica sobre la cuenca del Pacífico. En los años de El Niño hay un debilitamiento del Anticiclón del Pacífico, lo que permite el avance del cinturón de vientos del oeste y las tormentas del Pacífico sur hacia el norte de su trayectoria habitual. Lo anterior, sumado a un mayor flujo de humedad desde el Pacifico hacia la costa chilena, resulta en un incremento de la precipitación en Chile central durante esos inviernos. Por el contrario, en los años de La Niña el Anticiclón del Pacífico se fortalece, impidiendo el paso del cinturón de vientos y tormentas, lo que resulta en precipitaciones, generalmente, menores al promedio sobre la zona central. 

Al revisar los datos históricos, la relación El Niño/invierno lluvioso y La Niña/invierno seco es clara. Eso ocurrió precisamente con “El Niño del Siglo” en 1997 (muy lluvioso) y La Niña de 1998 (hipersequía). Sin embargo, hay notables excepciones a la regla general, como el año 2015, cuando un intenso evento de El Niño (El Niño Godzilla) no fue capaz de romper la sequía que ya nos acompañaba por cinco años en ese entonces.

Figura 2. Nuestro (inestable) régimen de precipitaciones. La línea celeste indica la precipitación anual en Santiago (estación Quinta Normal de la Dirección Meteorológica de Chile) que muestra las fuertes variaciones entre un año y otro, producto, en buena parte, del fenómeno ENSO. La curva naranja es un promedio móvil de 10 años que permite apreciar periodos de cerca de una década con condiciones más lluviosas o secas que el promedio de largo plazo.

Oscilaciones intraestacionales

En un mismo invierno pueden existir condiciones muy distintas entre un mes y otro, lo que se denomina variación intraestacional. Por ejemplo, el año 2020 fue bastante lluvioso en junio –lo que nos alejó de una condición seca extrema como la del año 2019-, pero fue muy seco en agosto, manteniendo la acumulación anual por debajo del promedio. El origen de esta variabilidad intraestacional no es completamente claro, pero la Oscilación de Madden y Julian (MJO, por sus siglas en inglés) parece ser clave. Este fenómeno consiste en el desplazamiento por la banda ecuatorial de una zona con tormentas muy activas junto a otra donde están suprimidas. De forma similar a ENSO, esta oscilación tropical altera la circulación atmosférica en latitudes medias, aumentando o disminuyendo la probabilidad de que los sistemas frontales logren llegar a Chile central.

Oscilaciones interdecadales

Ampliando el horizonte temporal, es posible apreciar las variaciones interdecadales, donde las precipitaciones anuales tienden a estar por debajo o por encima del promedio histórico. Así, entre 1950 y mediados de 1970 predominaron condiciones secas, seguidas por condiciones más lluviosas en las décadas de 1980 y 1990, y una nueva condición seca más marcada desde comienzos del presente siglo (Figura 2). Esta alternancia de la precipitación en Chile central coincide bien con las fases de la Oscilación Interdecadal del Pacifico (IPO, por sus siglas en inglés), un fenómeno global que muestra un patrón espacial similar a ENSO, pero cuya persistencia es mucho mayor. En su fase positiva, IPO propicia mayores lluvias en Chile central, y lo contrario ocurre en su fase negativa, que presenta características del tipo “La Niña”. 

La llegada de la Megasequía

La disminución de las precipitaciones en Chile central desde principio del siglo XXI ha sido muy marcada. Todos los años, desde 2010 en adelante, han tenido lluvias por debajo del promedio histórico (definido como la media entre 1980 y 2010), incluyendo el año 2019, que tuvo un déficit superior al 75 % en buena parte de la zona centro-sur. Esta es la primera vez que se observa una condición seca tan persistente en el registro histórico y, quizás, en los últimos mil años, lo que ha llevado a los climatólogos a hablar de Megasequía para referirse a este periodo (Figura 2). Los efectos de la Megasequía han sido amplios y profundos. El persistente déficit de precipitaciones ha producido una notable reducción de los recursos hídricos superficiales (ríos, lagos y glaciares) y subterráneos. La sequía hidrológica ha aumentado la presión, y en algunos casos los conflictos, en relación con el uso del agua por parte de los múltiples usuarios y el medio ambiente. La condición más seca también ha impactado negativamente la vegetación natural y ha favorecido temporadas de incendio cada vez más severas y prolongadas.

Los efectos de la Megasequía han sido amplios y profundos. El persistente déficit de precipitaciones ha producido una notable reducción de los recursos hídricos superficiales (ríos, lagos y glaciares) y subterráneos. La sequía hidrológica ha aumentado la presión, y en algunos casos los conflictos, en relación con el uso del agua por parte de los múltiples usuarios y el medio ambiente.

¿Por qué se ha generado esta extrema condición? Primero, hay que señalar que ENSO ha estado mayormente neutral durante esta década, por lo que no podemos culpar a “La Niña” por la actual falta de lluvias. Por su lado, la IPO ha presentado una tendencia hacia su fase negativa desde fines de la década de 1970, por lo que se le atribuye una parte de la baja de precipitaciones en Chile, pero no permite explicar completamente la magnitud y longevidad de esta Megasequía. 

Investigaciones recientes han revelado un nuevo factor que modula las precipitaciones de Chile: la mancha cálida. Esta mancha corresponde a un amplio sector del océano Pacífico suroccidental (al este de Nueva Zelanda) que ha experimentado un continuo calentamiento de sus aguas superficiales desde comienzo de siglo hasta la actualidad. Este aumento de la temperatura superficial del mar ha reforzado al Anticiclón del Pacífico, ocasionando que las tormentas se desvíen hacia la periferia de la Antártica e impidiendo que lleguen a Chile central, y causando sequías. 

La mancha cálida y sus consecuencias en la circulación atmosférica ya han ocurrido en el pasado, por lo que es parte de la variabilidad natural del sistema terrestre, al igual que ENSO, IPO y MJO. Sin embargo, la intensidad del presente evento está muy por encima de su rango histórico natural, sugiriendo que el cambio climático de origen antropogénico también ha contribuido a incrementar los efectos de este fenómeno.

del déficit hídrico durante la Megasequía se estima que es debido al efecto del cambio climático. © Clay Banks.

Los impactos del cambio climático

El incremento de la temperatura del aire sobre gran parte del planeta durante los últimos cien años es el aspecto más conocido del cambio climático, el cual ocurre como consecuencia de múltiples actividades humanas. El uso de combustibles fósiles (como el carbón y petróleo) ha provocado un aumento de la concentración de gases de efecto invernadero (GEI) desde fines del siglo XIX, incrementando la absorción de radiación terrestre en la atmósfera y provocando su calentamiento. El aumento de temperatura es más marcado en la tropósfera tropical y ha causado en esa zona un incremento del vapor de agua y la precipitación. Adicionalmente, desde mediados del siglo pasado, la emisión de clorofluorocarbonos (CFC) por otras actividades humanas han resultado en una disminución del ozono en la estratósfera, especialmente sobre el continente Antártico. La pérdida de ozono ha significado un aumento de la radiación ultravioleta llegando hasta la superficie, pero, además, un enfriamiento de la estratosfera polar. Estas tendencias opuestas de la temperatura del aire en la parte alta de la troposfera han resultado en un cinturón de los oestes más intenso y apretado contra la periferia Antárctica, lo que va de la mano con un aumento de la presión en latitudes medias y subtropicales y una caída de la presión sobre la Antártica. 

La configuración es denominada la fase positiva del modo anular del sur (SAM, por sus siglas en inglés) y es conducente a un déficit de precipitaciones en Chile. En verano, la tendencia positiva de SAM es responsable de una sustancial disminución de las precipitaciones sobre gran parte del sur del país; mientras que, en invierno, pese a que esta tendencia ha sido menos marcada, es suficiente como para obstaculizar el avance de sistemas frontales hacia esta región. De hecho, cerca de un 25% del déficit hídrico durante la Megasequía se estima que es debido al efecto del cambio climático. 

Una buena noticia fue la creación del Protocolo de Montreal para mitigar las emisiones de CFC, de forma que la capa de ozono ha ido recuperándose en las últimas décadas. En contraste, las emisiones de GEI continúan aumentando pese a las promesas de mitigación. Con esto, la tendencia hacia menores precipitaciones en el centro-sur de Chile debería mantenerse en las próximas décadas, pudiendo provocar un déficit de entre un 15 y 40 % hacia finales de siglo.

En síntesis, la zona central de Chile se ubica en el borde del desierto, y varios fenómenos de escala global nos llevan a una condición de sequía producto de la intensificación del anticiclón del Pacifico. Superpuesto a esta fuerte variabilidad en escalas de tiempo, desde los meses a las décadas, el cambio climático antropogénico está produciendo un gradual secamiento en gran parte del territorio nacional. Como no sabemos cuánto más gases de efecto invernadero emitiremos a la atmósfera, la disminución de las lluvias proyectada para el resto del siglo XXI presenta un amplio rango de incertidumbre, incluyendo un escenario en que la condición “normal” del futuro sea similar a la de la actual Megasequía, frente a lo cual se deberían implementar prontamente medidas de adaptación.

La zona central de Chile se ubica en el borde del desierto, y varios fenómenos de escala global nos llevan a una condición de sequía producto de la intensificación del anticiclón del Pacifico. © Jairo Bochi. 

Imagen de Portada: © Sebastian Silva.

Las turberas son ecosistemas maravillosos, no solamente por su belleza, sino también por las importantes funciones que cumplen. Debido a ello, son reconocidas en el mundo científico y ambientalista como tesoros de biodiversidad, reservorios de agua, “aspiradoras” planetarias del CO2 atmosférico , y por ende, como remediadoras  del cambio climático.

“Levántate y mira la montaña
De donde viene el viento, el sol, y el agua
Tú que manejas el curso de los ríos
Tú que sembraste el vuelo de tu alma”

Plegaria a un labrador, Víctor Jara

Las turberas son ecosistemas maravillosos, no solamente por su belleza, sino también por las importantes funciones que cumplen. Debido a ello, son reconocidas en el mundo científico y ambientalista como tesoros de biodiversidad, reservorios de agua, “aspiradoras” planetarias del CO2 atmosférico , y por ende, como remediadoras  del cambio climático. De hecho, en otros lugares del mundo, cientificos e ingenieros trabajan construyendo humedales y turberas artificiales para reproducir estas características (de Klein et al., 2014; Rosli et al., 2017), como por ejemplo en Canadá, donde construyeron  turberas artificialmente sobre superficies previamente devastadas por la minería (Nwaishi et al., 2015). La construcción artificial de estos ecosistemas precisa de muchos recursos, planificación ingenieril, extracción y traslado de grandes cantidades de suelos y sustratos, y maquinaria pesada, entre otros. 

¿Turberas naturales o artificiales?

En el norte de Chile, los pueblos alto andinos han logrado lo mismo sin grandes recursos, máquinas o remoción de suelos. Tras décadas y siglos, esos pueblos han adquirido un gran conocimiento del manejo del agua en los ambientes extremadamente áridos del altiplano, siendo capaces incluso de crear terrenos fértiles y productivos para el pastoreo de su ganado. Nos referimos a los bofedales. 

¿Pero, son acaso los bofedales también turberas? Al pensar en turberas, nuestra mente se remite casi automáticamente al sur de Chile, con sus ambientes fríos y húmedos, y las colosales superficies cubiertas de musgos Sphagnum magellanicum, sobre las cuales ya has leído antes en Endémico web (ver Tortel, Caleta de Turberas; Las Turberas de Nahuelbuta). Visto de manera científica, una turbera es un terreno, cuyo suelo está formado por un horizonte de turba (o sea, por un sustrato compuesto principalmente por restos de plantas semi decompuestas ), y cuyo espesor es de al menos 30 cm (Joosten & Clarke, 2002). Entonces muchos bofedales se merecen este título también. 

Oxichloe andina con frutos rojos © Carolina Rodríguez.

Bofedales – Turberas de las alturas

Los bofedales se encuentran en el norte de Chile, y en toda la zona alto andina de Perú, Bolivia y Argentina, entre los 3200 y 5000 msnm (Squeo et al., 2006). Estos ecosistemas se forman especialmente en cuencas de pendientes suaves y suelos fluvio-volcánicos con escaso drenaje (López et al, 2020). Decir que todos los bofedales fueron creados por seres humanos no sería para nada correcto, aunque una gran parte de estos ecosistemas sí lo fue. Aunque hay pocos estudios sobre la relación entre los bofedales naturales y los artificiales, uno de ellos, realizado en Perú (Verzijl & Quispe, 2013) demostró que un 40% del área ocupada por bofedales en la zona de estudio fue creada artificialmente. 

Entonces ¿cómo es posible crear un ecosistema húmedo en un entorno desértico?

Los bofedales pueden surgir naturalmente alrededor de cursos de agua producto del deshielo de la alta montaña o en zonas donde el agua de las lluvias estivales se ha acumulado. También pueden generarse bofedales en zonas de vertientes, donde el nivel freático logra alcanzar la superficie del suelo. En zonas altoandinas donde el suelo permanece saturado de agua constantemente durante el año, es común la colonización por parte de plantas de cojín, las cuales son capaces de formar cojines muy duros. En Chile, las plantas más frecuentes en los bofedales son Distichia muscoides y Oxychloe andina, de la familia de las Juncaceas. Debido al agua que satura el suelo, los tejidos y restos que decaen de estas plantas, no se descomponen enteramente tras depositarse en la superficie. Como consecuencia de la falta de oxígeno, existe una menor masa de organismos descomponedores en estos sitios. Así se forma y acumula la turba, es decir, el sustrato formado por los restos semidecompuestos de estas plantas. 

 Suelo de turba de un bofedal © Carolina Rodríguez.

Bofedales construidos por los pueblos alto andinos

Los bofedales artificiales fueron generados en valles o fondos de cuencas topográficas que ya limitaban con un bofedal natural, donde había agua. Nuestros antiguos ingenieros desviaron parte del agua mediante canales de irrigación, a fin de alimentar y hacer fértiles nuevos terrenos adyacentes. Normalmente la extracción del agua de una turbera derivaría en drenaje y mineralización del suelo turboso , acarreando incluso la destrucción de la turbera como ecosistema. Pero el desvío de una parte del agua parece no haber causado la destrucción de los bofedales en el pasado, sino todo lo   contrario. ¿Cómo es eso posible? Los bofedales son un tipo especial de turbera, conocidas como turberas de percolación o turberas de vertientes, donde el agua no solamente permanece en el suelo, sino que fluye constantemente y en forma horizontal a través de la superficie  (www.miresofchile.cl). La capacidad de retener agua (o “esponjosidad”) es una característica típica de las turberas. Esa capacidad también la tienen los bofedales, los cuales retienen en su suelo solo la humedad necesaria para el sustento del ecosistema, mientras el resto del agua continúa su curso hacia el fondo de la cuenca. Los pueblos alto andinos de la cultura Aymara en el caso de Chile, conscientes de ello, canalizaron el agua “sobrante”, desviándola hacia nuevas superficies y “sembrando” así nuevos bofedales (Verzijl & Quispe, 2013). 

Diferencias entre bofedales naturales y artificiales

Al construir zanjas para desviar el agua, los pueblos alto andinos generaron nuevas áreas de infiltración y saturación de ese recurso en el suelo mineral (ver imagen satelital). Allí, prontamente se instalaron plantas adaptadas a las nuevas condiciones húmedas, tales como las Juncáceas ya mencionadas, acumulándose sus restos en el suelo húmedo y formando bofedales tras el paso de los años. Los bofedales artificiales suelen tener horizontes de turba de sólo unos pocos decímetros de espesor, a diferencia de los bofedales naturales, algunos de los cuales han acumulado turba por miles de años y pueden tener horizontes gruesos y profundos. Ejemplo de ello es el impresionante bofedal Manasaya, en Bolivia, donde la turba alcanza horizontes de hasta 10 metros de espesor (Hribljan et al., 2015). 

Los organismos vivos de los bofedales poseen un alto endemismo, y sus hábitats son espacios altamente excepcionales en medio del paisaje alto andino.

Bofedal artificial cerca de Guacollo, Región de Arica y Parinacota. Los flujos superficiales de agua se aprecian en color negro. El flujo subterráneo de agua que baja desde los cerros y zonas más altas hacia el Río Caquena (frontera con Bolivia), es detenido artificialmente mediante un canal de irrigación justo al borde oeste del valle. Desde allí, el agua escurre mediante una compleja red de pequeños canales capaces de irrigar toda el área entre el borde del valle y el río Caquena . Gracias a esa canalización al pie del valle, se formó un bofedal, el cual se distingue en los tonos verdes asociados a la red de pequeños canales en toda la parte izquierda de la imagen. 

Bofedal artificial cerca de Guacollo, Región de Arica y Parinacota. Los flujos superficiales de agua se aprecian en color negro. El flujo subterráneo de agua que baja desde los cerros y zonas más altas hacia el Río Caquena (frontera con Bolivia), es detenido artificialmente mediante un canal de irrigación justo al borde oeste del valle. Desde allí, el agua escurre mediante una compleja red de pequeños canales capaces de irrigar toda el área entre el borde del valle y el río Caquena . Gracias a esa canalización al pie del valle, se formó un bofedal, el cual se distingue en los tonos verdes asociados a la red de pequeños canales en toda la parte izquierda de la imagen. © Mapa recuperado de Google Earth e intervenido por autores.

Bofedales, tesoros de vida

A pesar del clima frío y seco en las zonas alto andinas, de enorme radiación solar, escaso oxígeno, y amplitudes térmicas de hasta 40 °C entre el día y la noche, la vida en los bofedales abunda. Gracias a la presencia de agua muchos organismos encuentran ahí su hábitat. En los bofedales viven mamíferos como las Vizcachas y las Vicuñas, también muchas especies de aves como las Parinas y Cuervos de Pantano, una multitud de insectos y plantas vasculares, así como musgos y líquenes. Obviamente, son lugares muy importantes para los pueblos andinos. Es aquí, donde se alimentan las alpacas y llamas en la época de secano. Es aquí donde se encuentra el agua, las plantas medicinales, los materiales de cestería y de construcción. 

Bofedal con vizcachas (Lagidium peruanum) alimentándose de los frutos de las plantas de cojín. Parque Nacional Lauca, Región de Arica y Parinacota © Marvin Gabriel.

Tesoros en amenaza

Lamentablemente, los bofedales enfrentan hoy en día varios peligros. Quizás la amenaza más grande es el cambio climático, causando irregularidades en la distribución de las precipitaciones, que dificultan a estos ecosistemas el poder mantener su frágil equilibrio hídrico y la saturación de sus suelos durante todo el año. Si se secan, el peligro no es solamente la mineralización de la turba, un proceso que dura años. La turba seca puede convertirse en un potente combustible en caso de ser encendida. Ello es común durante las frecuentes tormentas eléctricas que se presentan durante el verano debido a las masas de aire caliente provenientes de la Amazonía. En un bofedal que se ha secado, el fuego tardaría minutos en consumir toda la materia orgánica de la turba, destruyendo su capacidad de retener agua, y la función del bofedal de albergar la exuberante vida que lo caracteriza. 

Aparte de esta amenaza proveniente de un problema global, hay también amenazas locales. La tremenda desigualdad en el acceso a oportunidades ha provocado que las generaciones jóvenes de los pueblos andinos migren a vivir a las ciudades, generando escasez de personas capaces de mantener los canales de irrigación. Esta situación afecta principalmente a los bofedales artificiales. También el sobrepastoreo con especies introducidas puede volverse un gran problema. Caballos, vacas, burros y ovejas no son especies adaptadas a estos ecosistema, y al introducirles destruyen los cojines vegetales y compactan el suelo con sus pezuñas, su peso y su forma de alimentarse (Maldonado Fonkén, 2015). Además, el sobrepastoreo termina afectando e incluso anulando el ciclo vegetativo y la producción de semillas en la vegetación del bofedal.

Las consecuencias de una desaparición de los bofedales serían mucho más graves a nivel de la biodiversidad, que de la crisis global ambiental. Como son áreas relativamente pequeñas, las emisiones de CO2 que se pueden liberar con la mineralización de la turba de los bofedales no aportarían sustancialmente al calentamiento global comparadas con las emisiones provenientes del uso de combustibles fósiles, de los incendios en las selvas tropicales o de la destrucción de las grandes superficies de turberas del hemisferio norte. 

En cambio, sería mucho más grave la pérdida de biodiversidad producto de la destrucción de los bofedales, la cual se sumaría a la gran ola de extinción que ya está sucediendo en el Antropoceno. Los organismos vivos de los bofedales poseen un alto endemismo, y sus hábitats son espacios altamente excepcionales en medio del paisaje alto andino. La pérdida de los lugares que guardan el agua en el paisaje, quitaría la base de la vida de muchas plantas y animales, incluyendo el de los seres humanos. La recuperación de estos ecosistemas, una vez dañados o destruidos, podría durar siglos. 

Bofedal quemado con antigua vegetación de plantas de cojín  cerca de Parinacota. Posiblemente el sitio fue encendido por una tormenta eléctrica, después de haber sido drenado Región de Arica y Parinacota © Marvin Gabriel.

Por eso son urgentes las acciones para la conservación y fomento de los bofedales, ya que de estos ecosistemas depende también el futuro de las comunidades Aymara que habitan el altiplano. Más que nunca, hoy es el momento de abrazar el principio del “Ayni” o reciprocidad Aymara, y mediante cuidados y mantención comunitaria, darle protección y espacios de vida a los bofedales. Después de todo, fueron justamente estos ecosistemas de altura los que durante siglos acogieron a las comunidades humanas en los duros y hermosos paisajes de los Andes.

Referencias

De Klein, J. & van der Werf, A. (2014) Balancing carbon sequestration and GHG emissions in a constructed wetland. Ecological Engineering, 66, 36-42.

Hribljan , J.A., Cooper, D.J., Sueltenfuss, J., Wolf, E.C., Heckmann, K.A., Lilleskov, E.A. & Chimner, R.A. (2015) Carbon storage and long-term rate of accumulation in high-altitude Andean peatlands of Bolivia. Mires and Peat, 15(12), 1-14.

Joosten, H. & Clarke, D. (2002) Wise use of mires and peatlands. Background and principles including a framework for decision-making. International Mire Conservation Group & International Peat Society, Saarijarvi, Finland.

López, J. F.; Tapia, A. & Díaz, A. (2019) Respuestas comunitarias en áreas de desierto frente a eventos climáticos extremos en el norte de Chile. Interciencia, vol. 45, núm. 1, pp. 8-14, 2020

Maldonado Fonkén, M. (2015) An introduction to the bofedales of the Peruvian High Andes. Mires and Peat, 15(05), 1-13.

Nwaishi, F., Petrone, R., Price, J. & Andersen, R. (2015) Towards Developing a Funcional-Based Approach for Constructed Peatlands Evaluation in the Alberta Oil Sands Region, Canada. Wetlands, 35, 211-225. 

Rosli, F., Lee, K., Goh, C., Mokhtar, M., Latif, M., Goh, T. & Simon, N. (2017) the Use of Constructed Wetlands in Sequestrating Carbon: An Overview. Nature Environment and Pollution Technology, 16, 813-819.

Squeo, F., Warner, B., Aravena R. & Espinoza, E. (2006) Bofedales: high altitude peatlands of the central Andes. Revista Chilena de Historia Natural 79, 245-255. 

Verzijl, A. & Guerrero Quispe, S. (2013) The System Nobody Sees: Irrigated Wetland Management and Alpaca Herding in the Peruvian Andes. Mountain Research and Development 33 (3), 280-293.

www.miresofchile.cl (verificado 04.2021) http://www.miresofchile.cl/es/una-seccion-de-la-pagina-de-inicio/tipos-hidrogeomorficos-de-turberas/turberas-de-escorrentia/

Sobre los Autores

Marvin Gabriel

Geógrafo físico y Máster en Ecología del Paisaje egresado de la Leibniz Universität Hannover. Doctor en Ciencias Agrarias por la Humboldt Universität zu Berlin. Desde 2010 investiga y difunde la importancia de las turberas en Chile, Alemania y Sudáfrica. En 2015 cofunda en Chile la iniciativa www.miresofchile.cl y trabaja como investigador, educador ambiental y guía de kayak. Actualmente reside en Alemania. Contacto: marvin.gabriel@miresofchile.cl

Carolina Rodríguez 

Socióloga de la Universidad de Chile, Máster en Manejo Integrado de Recursos Naturales y Doctora en Ciencias Agrarias por la Humboldt-Universität zu Berlin. Desde 2008 investiga y difunde la importancia de las turberas en Chile, Argentina, Sudáfrica, Kirgistán y Alemania. En 2015 cofunda en Chile la iniciativa www.miresofchile.cl y trabaja como investigadora, educadora ambiental y guía de naturaleza. Actualmente reside en Alemania. Contacto: carolina.rodriguez@miresofchile.cl

Imagen de portada: Alpacas pastando en un bofedal frente a los volcanes Parinacota y Pomerape. Parque Nacional Lauca, Región de Aríca y Parinacota. © Carolina Rodríguez.

Más de 190 países han adherido a la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, y se han puesto objetivos y metas en torno a la urgencia de satisfacer las necesidades del presente sin poner en riesgo los recursos de las generaciones por venir. El desarrollo sostenible es repetido cada vez con más frecuencia, en los más variados contextos, pero, ¿se comprende realmente lo que implica? ¿y cómo se asocia con la vida en comunidad?

Más de 190 países han adherido a la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, y se han puesto objetivos y metas en torno a la urgencia de satisfacer las necesidades del presente sin poner en riesgo los recursos de las generaciones por venir. El desarrollo sostenible es repetido cada vez con más frecuencia, en los más variados contextos, pero, ¿se comprende realmente lo que implica? ¿y cómo se asocia con la vida en comunidad?

Para explicarlo bien es posible recurrir a los conceptos Sumak Kawsay y Küme Mongen. Ambos ponen en el centro a las personas y la manera armónica con que éstas se vinculan con su entorno natural y espiritual. El Sumak Kawsay andino entiende el desarrollo desde la comunidad, pues en ésta se materializan las diferentes formas de solidaridad y de respeto hacia la naturaleza. El Küme Mongen mapuche implica actuar en función del bien común. Una muy buena síntesis para estos conceptos es la que nos dejó el año 2018 Joaquín de Tierra en su columna “Despertando por un Buen Vivir” en Endémico web: “Si tú estás bien, yo estoy bien. Si nosotros estamos bien, el entorno está bien. Si el entorno está bien, yo estoy bien.”

Juego de palín, Escuela Itinerante Mapuche Kimün de la Corporación Mapuche Newen en la región de la Araucanía. Créditos: Marcela Melej @melej_fotografia

La Fundación Lepe tiene como misión fomentar el desarrollo comunitario sostenible, ya que tenemos la convicción de que son las comunidades locales las que mejor diagnostican sus problemáticas y visualizan sus oportunidades, y también son éstas las que mejor velan por su entorno. Cada día conocemos comunidades más conscientes y empoderadas en la búsqueda de un mayor bienestar, sin hipotecar su entorno y calidad de vida.

Los conceptos de Sumak Kawsay y Küme Mongen ponen en el centro a las personas y la manera armónica con que éstas se vinculan con su entorno natural y espiritual.

Es por eso que se creó el programa Fondo Común, un fondo concursable que busca potenciar proyectos comunitarios y colaborativos con financiamiento entre 10 y 30 millones de pesos, y con apoyo técnico y comunicacional. Entre los elementos centrales de Fondo Común, está la colaboración, como un modo de hacer posible, exitoso y más sostenible. En este fondo concursable buscamos apoyar organizaciones que tengan a la colaboración como metodología de trabajo, identificando diferentes actores que aporten desde herramientas diversas, competencias y posibilidades a la realización de sus proyectos. En una comunidad todas las personas tienen un conocimiento que pueden traspasar, así como todas las personas podemos aprender algo nuevo. Es así como se logra un mayor compromiso, un sentido de apropiación, los que a su vez son elementos necesarios para dar sostenibilidad a los proyectos en el tiempo.

“Aprender haciendo”, metodología que aplica la Escuela Itinerante Mapuche Kimün de la Corporación Mapuche Newen en la región de la Araucanía. ©Marcela Melej M.

Por otra parte, apoyamos proyectos comunitarios, es decir, que sean idealmente ejecutados por la misma comunidad o que ésta sea parte activa en la definición del problema, en la búsqueda de las soluciones y/o en la implementación de las mismas. Nuestro objetivo es que el proyecto, en la temática que sea, fortalezca los vínculos de esa comunidad, genere más confianza mutua y respeto entre las personas, y sea la semilla para nuevos proyectos comunitarios en la búsqueda de una mejor calidad de vida para todos y todas. Al basarse en el Bien Común los beneficios son para la comunidad por sobre beneficios personales o intereses particulares.

Los 16 proyectos que hemos apoyado hasta hoy, impulsados por organizaciones muy distintas entre sí, por ejemplo, juntas de vecinos, comités ecológicos, fundaciones, centros culturales, asociaciones indígenas, entre otros; en temáticas también muy distintas entre sí, como agricultura familiar campesina, senderismo inclusivo, circo social, recuperación de tradiciones culturales, educación medioambiental, patrimonio alimentario, comercialización asociativa; y en territorios muy disímiles  lo largo de todo Chile, nos han demostrado que es el desarrollo comunitario sostenible es posible, que está sucediendo y que tenemos un papel que cumplir en seguir visibilizándolo para crear conciencia e inspirar a más organizaciones a seguir ese camino.

Festival de murales Barrio La Victoria, Marzo 2020. Organizado por PAC Gol Fútbol Callejero. Comuna de Pedro Aguirre Cerda.
Créditos: Diego Sandoval @diegosn.foto

Sobre la Autora

Natalia García-Huidobro es historiadora y directora ejecutiva de Fundación Lepe desde el 2017. Hoy se encuentra abierta la tercera convocatoria de Fondo Común que busca potenciar proyectos comunitarios, colaborativos y que trabajen por el Bien Común.

Sobre Convocatoria Fondo Común

Fundación Lepe abre nueva convocatoria para la tercera versión de Fondo Común, que entregará financiamiento, apoyo técnico y comunicacional a 8 proyectos comunitarios y colaborativos que se estén ejecutando dentro de Chile. Entre los requisitos está tener al menos 12 meses de ejecución al momento de la postulación y que puedan demostrar previos resultados exitosos.

Estos proyectos pueden ser gestionados por organizaciones formales o informales y deberán identificar claramente la problemática social y desafío que están abordando, dando cuenta de los beneficios que estos logran.

El apoyo de la Fundación se entregará a partir de enero del 2022 con un monto mínimo de $10.000.000 y un máximo de $30.000.000, y los proyectos deben tener entre 12 y 24 meses de duración.

Se evaluará a los proyectos que postulen hasta llegar a 16 preseleccionados, los que serán visitados en sus comunidades para elegir finalmente a 8 proyectos ganadores. Para postular haz click acá.

POSTULACIONES HASTA EL 16 DE JUNIO

Imagen de portada: Fidela Treca, presidenta de la Asociación Indígena de Apicultores Pewenche de Callaqui, en la comuna de Alto Biobío. Créditos: Marcela Melej @melej_fotografia

Cosecha de miel Asociación Indígena de Apicultores Pewenche de Callaqui, en la comuna de Alto Biobío.
Créditos: Marcela Melej @melej_fotografia.

Naturalistas ¿Qué valores conservamos de ellos hoy? (y un gran concurso)

Probablemente cuando pensamos en naturalistas, se nos vienen a la cabeza nombres como Charles Darwin, Alexander von Humboldt, Rodolfo Philippi, Marianne North y Claudio Gay, quienes viajaban a parajes remotos o “nuevo mundos” recopilando y registrando todo lo, hasta ese entonces, desconocido para el mundo. La tarea que realizaron resultaba urgente para sus tiempos y sin duda, a estos naturalistas del siglo XVIII o XIX les debemos el conocimiento y registros ilustrados de muchas de las especies de plantas y animales que conocemos hoy. 

El término naturalista, aunque pareciese algo reciente y claramente en boga, emerge como concepto en 1527 del latín naturalis«relativo a la naturaleza»- y el sufijo -ista, que significa “inclinado a”. A partir de ese momento, se designó naturalista al especialista o estudioso de la historia natural, básicamente la descripción de la naturaleza, dominando ámbitos muy diversos del conocimiento de forma holística: desde la zoología hasta la geología. Lo anterior, a pesar de resistir el reduccionismo pujante, con los años culminó en el surgimiento de varias de las disciplinas biológicas actuales. Sin duda una hiperespecialización que de alguna forma relegó el oficio del naturalista a algo más cercano a un pasatiempo que a las ciencias. A nuestro parecer un error. 

Alexander von Humboldt © Creative commons

Si bien la Historia Natural y los naturalistas no existen ya en su sentido y contexto originales, los términos sobreviven hasta hoy, surgiendo la pregunta: ¿qué significa ser un naturalista en pleno siglo XXI y en medio de una crisis socioambiental?

A pesar de que aún quedan fenómenos naturales por descubrir y descifrar, el naturalista moderno pone sus esfuerzos en registrar bajo diferentes lentes, formatos y oficios, la naturaleza que les rodea en pos de dar a conocer, visibilizar y conservar. Pero la historia natural estudiada por el naturalista, a diferencia de la ecología, no es neutral sino que involucra al individuo que observa como herramienta de investigación e interpretación. El naturalista pone su cuerpo, sentidos, intuición y sistema de creencia particular para percibir y describir lo que observa. Y la forma o el formato en que representa esta interacción ser humano-naturaleza es también única y personal, es creatividad. 

Estación Flora busca despertar el valor por la flora nativa en niñas y niños a través de diversas piezas de diseño. © Florencia Carvajal 

La creatividad nace de dos elementos (seres y/o materias o como le queramos llamar), que son distintos pero que colaboran. Sólo de esa interacción bidireccional se crea algo nuevo que sin ambas partes no podría existir: el pigmento y el agua, la acuarela y la especie, la ilustración y el libro, el libro y el escritor, el lector y su emoción, y así sucesivamente cada diálogo entre dos o más elementos se transforma en una cadena infinita, que cuando la naturaleza es la musa inspiradora, se transforma en naturalismo.

Por tanto, el naturalista de hoy a través de la historia natural de un territorio, paisaje, jardín o especie particular, no genera un relato colectivo, sino uno personal que se suma una mirada mayor que le llena de sentido y humanidad. Es esta diferencia la que hace que el naturalista conecte con personas a través de las emociones que le produce la naturaleza y la interacción con ella.

 

La comunicación de la ciencia es una de las iniciativas fundamentales del proyecto Estación Flora. © Florencia Carvajal 

Además, la misión del naturalista moderno parece apremiante ante el evidente escenario de crisis socioambiental (ver Antropoceno), donde surge como una necesidad visceral el concientizar sobre el patrimonio natural que poseen nuestros ecosistemas para darle valor y protegerlo. Esto se logra mediante la comunicación y difusión de este quehacer naturalista. 

La invitación es a despertar en cada uno ese espíritu naturalista, escuchando y mirando con atención, que nos quiere decir hoy, el mundo natural que habitamos.

En consecuencia, las observaciones naturalistas modernas ya no quedan archivadas sólo en museos y diarios de campo reservados para la comunidad científica, sino que se hacen públicas y accesibles en libros, piezas de diseño (objetos textiles, joyas, esculturas, etc.), ilustraciones, redes sociales y marcas inspiradas en la naturaleza con objetivos que van más allá que la simple comercialización. Porque esta bioinspiración se acerca más al acto de visibilizar para concientizar, teniendo un fuerte componente la difusión de los fenómenos naturales que, quizás para muchos ciudadanos, siguen siendo desconocidos. 

WUDKO diseña experiencias didácticas y lúdicas para promover la valoración de las aves.
© Jonatha Jünge (@jonathaj)

Es aquí cuando la era digital cumple un rol protagonista al abrir innumerables puertas a naturalistas quienes comparten diariamente sus observaciones y manifestaciones bioinspiradas para visibilizar, difundir y dar valor a la biodiversidad local. Una simple búsqueda por perfiles de RRSS, hace evidente un boom naturalista donde plantas, animales y hongos nativos de Chile adquieren protagonismo en un sinnúmero de formas y oficios. El naturalismo hoy ya no está reservado a científicos, sino que se expande a aficionados y personas que desarrollan su quehacer inspiradas en la naturaleza circundante. Así fotógrafos/as, ilustradores, cocineros, orfebres, escultores, perfumistas, alquimistas, tintoreros, recolectores, entre muchos otros oficios, dan vida a manifestaciones u objetos para visibilizar la flora, fauna y funga de nuestro país. 

Y asi, en estos tiempos, resulta casi natural hacer dialogar disciplinas y oficios con la naturaleza que nos rodea, con el objetivo de promover la curiosidad e interés por nuestro patrimonio natural, vinculandola con la cotidianeidad de los seres humanos, apelando a sus emociones y valores, y contribuyendo a visualizar y comprender la belleza e importancia de esta diversidad para sostener la vida.

La observación de aves es una experiencia que nos enriquece como personas al tener una mayor conciencia sobre nuestros compañeros de hábitat. © Jonatha Jünge (@jonathaj)

Como resultado, surgen iniciativas y emprendimientos que buscan ser agentes de cambio, porque visibilizan, difunden y ponen en valor la biodiversidad de nuestro país. Tal es el caso de marcas como Bruma (@brumanativa) que busca generar valor por la flora nativa a través de sus aromas o las diseñadoras textiles Belen Villavicencio (@belenvillavicenciotextil) y Marcela Ibáñez (@correvuelalaboratoriotxtil) quienes apuestan por dar a conocer plantas nativas a través de los tintes naturales. 

Estación Flora (@estacionflora), por su parte, busca despertar el valor por la flora nativa en niñas y niños a través de textiles, piezas de diseño y talleres online. Pensando en la fauna, la marca Salvaje (@salvaje-cl) crea figuras de madera articuladas pensando en estimular el conocimiento de los animales chilenos en interacción con su hábitat. Garuga (@garugachile) crea productos textiles con ilustraciones de flora y fauna chilena y Wudko (@wudko) taller de diseño enfocado en la elaboración de productos y servicios que acercan la avifauna a la comunidad local. 

Bruma crea perfumes sólidos a partir de los aromas de la flora nativa de Chile. Este perfume De Hojarasca se inspira en el bosque esclerófilo poniendo en valor los aromas del peumo, boldo y canelo. © Mauro Pesce

También iniciativas que buscan revitalizar los alimentos silvestres y la cocina de recolección como Del Monte a la Cocina (@delmontealacocina) y Chaltumay (@chaltumay). El Museo del Hongo (@museodelhongo) que es un espacio museográfico no-convencional dedicado a la resignificación del Reino Fungi. Iniciativas que buscan dar a conocer el mundo natural a través de la educación cómo Phyta Lab (@phyta.lab) que organiza cursos y residencias de ilustración científica en diferentes estaciones biológicas del país y la artista botánica Geraldine MacKinnon (@naturalistamac) que a través de su escuela y comunidad online busca formar una comunidad en torno a la ilustración botánica. Todos proyectos y emprendimientos con un marcado sello de sustentabilidad y compromiso con la difusión y protección de nuestro patrimonio natural.

Salvaje le da vida a animales chilenos a través de figuras articuladas que despiertan la curiosidad y fascinación por nuestra fauna. © Angelica Ortúzar 

Sin duda la comprensión moderna de un naturalista debe ser más amplia y, en última instancia, debería incluir a cualquier persona apasionada por la naturaleza y que haga manifiesta esta observación o interacción persiguiendo un fin mayor que solo el hecho de observar y registrar por curiosidad. Aquí es donde emergen los nuevos naturalistas.

Y tú, ¿te sientes un naturalista?

Sobre las Autoras

Antonia Barreau Daly es Ing. Forestal con un MSc en Bosques y Comunidades. Trabaja como investigadora etnobotánica desde hace más de 10 años. Amante de los bosques, las huertas y diversidad biocultural, reparte su tiempo entre proyectos de investigación enfocados en la flora nativa y el patrimonio alimentario y proyectos personales que combinan la ciencia y el arte. Es gestora del proyecto Del Monte a la Cocina, Porotarium Austral y socia-fundadora de la marca Bruma. Vive en Pucón junto a sus hijos Nahuel y Kai.

Teresita Melo Gaymer es Diseñadora Gráfica e Ilustradora Naturalista. Se siente muy comprometida con la idea de comprender el Diseño desde una mirada interdisciplinaria y su trabajo está motivado enormemente por la capacidad que tiene el Diseño de ser una herramienta capaz de aportar al diálogo entre disciplinas, particularmente entre Arte y Ciencia. Actualmente trabaja como diseñadora e ilustradora desarrollando proyectos de comunicación visual en diversas áreas como branding, diseño editorial, ilustración y colabora a su vez en proyectos asociados al mundo académico y diversos profesionales de las ciencias, las artes y las comunicaciones. Junto a su trabajo independiente, se desempeña como docente universitaria y es fundadora del proyecto Estación Flora, ganador de un Fondart el año 2019.

Imagen de portada: © Estación Flora

Concurso NATURALISTA !!!

Porque amamos la naturaleza e inspira nuestro quehacer es que nos hemos unido para regalar:

– REVISTA ENDÉMICO (@revistaendemico): 2 ejemplares
– BRUMA (@brumanativa): 1 perfume sólido nativo + 1 aceite de masajes
– ESTACIÓN FLORA (@estacionflora): 1 Lámina Botánica Bosque Nativo
– BELÉN VILLAVICENCIO TEXTIL (@belenvillavicenciotextil): 1 Kit de Teñido Botánico Ritual Creativo
-WUDKO ( @wudko ): set de aves de mi jardín + prendedor
-SALVAJE ( @salvaje_cl ): 1 Zorro + 1 calendario 2021
-THOMAS KRAMER ( @librofauna ): 1 libro ”Fauna Chilena” + 1 libro “Superanimales de Chile”
-GARUGA (@garugachile): 1 mochila + neceser + set posavasos.
CÓMO PARTICIPAR:
– Seguir a todas las 8 cuentas en redes sociales @revistaendemico
– Contarnos cuál es tu planta,  animal u hongo nativo favorito🍃
– Etiquetar a dos naturalistas innatos que conozcas
FECHA SORTEO: se hará el día 26 de mayo 🙂
Éxito a todos…que el amor por nuestro patrimonio natural nos guíe!

Desde sus orígenes el ser humano ha mutado y se ha adaptado al medio que lo rodea. La evolución es la transformación que adquiere a través de la creación de técnicas y manipulación de su entorno. A diferencia de lo que se cree, dicha mutación comenzó con cambios biológicos y no en el cerebro. “Se diría que la documentación es suficiente para demostrar que el cerebro se ha beneficiado de los procesos de la adaptación locomotora en vez de provocarlos” dice Leroi - Gourhan (1971) antropólogo, etnólogo y arqueólogo francés.

Una vez que la humanidad tuvo conocimiento del mundo que lo rodeaba, inició un proceso de innovación del entorno con el propósito de sobrevivir y adaptarse. La relación entre naturaleza y humano ha estado desde los inicios, y una vez que este entendió lo que podía conseguir con la comunicación y la producción del entorno, encabezó un proceso de construcción en pro a su desarrollo. 

Hoy en día, nos encontramos en una sociedad globalizada, en donde no existe tiempo, espacio, ni límites; el problema es que dicha manipulación del medio que nos rodea, junto con el gran avance tecnológico que hemos logrado y el querer estar “conectado” en todo momento, ha provocado una crisis ambiental que nos está destruyendo. 

Región del Maule. © Bárbara Bastidas.

El calentamiento global es consecuencia de la crisis climática que vivimos, la cual se refiere a la variación en el clima del planeta. Las consecuencias son múltiples: temperaturas extremas, derretimiento de glaciares, sequías, catástrofes naturales, etc. La única manera de poder detener esta crisis, es que comencemos por adoptar un estilo de vida cuya palabra base sea: “sostenibilidad”. Este concepto se entiende como la manipulación y que el uso de los recursos de nuestro entorno no afecte la relación de dicho entorno con generaciones futuras. La idea es que logremos vivir en equilibrio con el medio ambiente y evitar que nuestra huella ecológica genere un impacto negativo en el planeta. 

La idea es que logremos vivir en equilibrio con el medio ambiente y evitar que nuestra huella ecológica genere un impacto negativo en el planeta.

El 17 de mayo del 2021 —es decir, ayer— Chile se convirtió en el primer país de Latinoamérica en entrar en un sobregiro ecológico. El día del sobregiro de un país es la fecha en la que se agotarían los recursos naturales del mundo que están destinados para ese año. Esto no es nuevo, sin ir más lejos el año pasado Chile también fue el primer país Latinoamericano en entrar en sobregiro un 18 de mayo. De hecho, según La red global de la huella ecológica (GFN) la biocapacidad de Chile es de 3,5 hectáreas globales (gha) por persona, y la huella ecológica que utilizamos hasta  esa fecha fue de 4,3 (gha). La biocapacidad, es la capacidad biológica de los ecosistemas para regenerar recursos y absorber los desechos generados por los humanos. Estamos en deuda con el planeta; y esto no es algo que sucede ahora, ni el año pasado. Desde el 2017 que estamos entrando en sobregiro ecológico. Los gastos excesivos están relacionados con la deforestación, la escasez de agua dulce, la pérdida de la biodiversidad, la acumulación de CO2 en la atmósfera, entre otros.

El hecho de que vivamos en un mundo globalizado, donde cada día el desarrollo económico, la conectividad y el avance tecnológico sean cruciales para la “sobrevivencia”, ha provocado graves problemas en nuestro entorno. Somos una sociedad que sobreexplota los suelos, que necesita estar conectada de manera digital y también física. Si el mundo viviera como Chile, a esta altura ya no habría recursos naturales renovables, y si ese fuera el caso, ¿cómo podríamos seguir conectados?, ¿hacia dónde nos llevaría la explotación de la tierra y los océanos?, ¿cómo podríamos seguir sobreviviendo? “Escucha atento, tenemos la posibilidad de oír la canción de la tierra, su temblor y estremecimiento queda intacto a pesar del ruido enorme que el hombre hace en su superficie explotada hasta el agotamiento” menciona el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (2014). El sobregiro es una alerta, debemos entender y escuchar esa advertencia y pensar en tener una vida más sostenible para encontrar el equilibrio con nuestro entorno. 

El covid-19 ha matado a millones de personas en el mundo y la cifra aumenta cada día. Las cuarentenas se han hecho presente en diversos países y la frase “quédate en casa” se transformó en nuestro mantra. Cuidemos a la persona que está a nuestro lado, a los adultos mayores, y sobre todo, a nosotros mismos. Debemos ser conscientes del peligro que corren nuestras vidas y tenemos que ser responsables para que los contagios se detengan y pronto volvamos a abrazarnos. La pandemia no es simplemente un suceso que nació en Wuhan y se expandió por el mundo, sino que es la consecuencia de la crisis ambiental que enfrentamos.

Si todo el mundo fuese como Chile, ayer habría sido el día en que la Tierra entraba en sobregiro ecológico. En la imagen un bosque en Suecia. © Eduardo Contreras.

La sobreexplotación del medio en el que vivimos ha provocado el crecimiento de las ciudades y la población. Cada día construimos en lugares inusuales, destruyendo espacios llenos de biodiversidad; un claro ejemplo es que mientras estamos resguardados en nuestras casas, diversos animales han entrado a las ciudades y caminado por sus calles. La pandemia es quizás esa sirena que necesitábamos para despertar de este mundo digital.

La relación que tenemos con la naturaleza ha ido empeorando y ya no es una dependencia de mutuo beneficio, sino que la humanidad se ha aprovechado de ella. Debemos ser conscientes como sociedad de nuestra relación con el medio ambiente y todos los seres que habitan en él. Ahora que nos encontramos “detenidos”, es momento de cuestionarnos nuestra forma de vida y transformar ciertos hábitos en unos más saludables con el planeta. Nada puede evitar que sigamos creando y desarrollándonos, pero hay que entender que aquel cambio provoca una mutación en el medio ambiente y debemos hacernos cargo. “La crisis sanitaria forma parte de aquello que no es una crisis, siempre pasajera, sino una mutación ecológica duradera e irreversible”, comenta Bruno Latour (2020), filósofo, sociólogo y antropólogo francés. 

No poder abrazar a las personas que queremos ha sido uno de los retos más difíciles que hemos tenido que aceptar. No juntarnos en cumpleaños o fechas importantes nos ha hecho dar cuenta de lo significativo que es para la salud mental compartir con nuestros seres queridos. El objetivo de la sostenibilidad no tiene que ver con lo bueno o malo que es algo, sino enseñarnos a ser conscientes con los sucesos y saber hasta qué punto usar cierto “producto” para que no cause daño al planeta. 

Cada día construimos en lugares inusuales, destruyendo espacios llenos de biodiversidad; un claro ejemplo es que mientras estamos resguardados en nuestras casas, diversos animales han entrado a las ciudades y caminado por sus calles. En la imagen el Desierto Florido, Atacama.© Bárbara Bastidas.

Gracias a las plataformas digitales podemos conectarnos con nuestros seres queridos, podemos hacer las compras de nuestra casa, trabajar y estudiar, hacer deportes y divertirnos; pero al mismo tiempo, ¿tenemos en cuenta el impacto energético que generamos en el planeta?, todo deja una huella de carbono, es imposible no tener un impacto en el medio. Han es tajante en decir que “cojeamos tras el medio digital que, por debajo de la decisión consciente, cambia decisivamente nuestra conducta, nuestra percepción, nuestra sensación, nuestro pensamiento, nuestra convivencia” (2014). Las tecnologías de información y comunicación (TIC), generan un gran impacto ambiental. Cada vez que guardamos información en nuestro disco duro, dejamos nuestros celulares cargando toda la noche, cada televisor y notebook encendido, cada like en redes sociales, tiene un impacto ecológico. Es difícil de creer, porque es algo habitual en nuestras vidas, pero nuestros aparatos digitales, e incluso la luz, afectan el medioambiente. En respuesta a lo anterior la ONG WWF creó, en Sidney, la “Hora del planeta”, iniciativa que tiene como objetivo generar conciencia sobre el cambio climático y la carga energética que usamos. Por lo que una vez al año, por una hora, se deben apagar todas las luces para darle un respiro a la Tierra. A su vez, muchas organizaciones ya están trabajando en crear herramientas más sustentables, como “The Green web foundation” en Holanda, “The shift Project” en Francia, “La Cop” o el “Acuerdo de París”. Ya no se trata sólo de escoger un hábito sobre otro, sino entender qué problema hay detrás de lo que haces o compras.

Estamos en una de las crisis sanitarias más grandes de los últimos tiempos y lo único que piensan algunos es que termine luego para volver a retomar todo y seguir con el desarrollo. Sin embargo, “si todo se detuvo, todo puede ser puesto en tela de juicio: cuestionado, seleccionado, ordenado, interrumpido de una vez por todas” dice Latour (2020). Cuestionemos, pensemos y tengamos una vida más sostenible y respetuosa con el medioambiente, si lo que queremos es un futuro para nosotros y las próximas generaciones. 

Referencias

Agenda París. (18 de mayo del 2020). Chile es el primer país en Latinoamérica en entrar en sobregiro ecológico este 2020. El mostrador. Recuperado de: https://www.elmostrador.cl/agenda-pais/2020/05/18/chile-es-el-primer-pais-en-latinoamerica-en-entrar-en-sobregiro-ecologico-este-2020/

Han, B. (2014). En el enjambre. Barcelona: Herder. 

Han, B. (16 de mayo del 2020). Byung-Chul Han: “Deberiamos redefenir la libertad a partir de la comunidad”. Diario U de Chile. Recuperado de: https://radio.uchile.cl/2020/05/16/byung-chul-han-deberiamos-redefinir-la-libertad-a-partir-de-la-comunidad/

Lara, E. (15 de mayo del 2020). Este lunes Chile acabará con todos sus recursos naturales renovables disponibles para el 2020. Bio bio Chile. Recuperado de: https://www.biobiochile.cl/especial/aqui-tierra/noticias/2020/05/15/este-lunes-chile-acabara-con-todos-los-recursos-naturales-disponibles-para-2020-segun-ong.shtml

Latour, B. (2020). ¿Qué medidas se pueden pensar para evitar el regreso del modelo precrisis?. Recuperado de: https://oplas.org/sitio/2020/04/11/bruno-latour-que-medidas-se-pueden-pensar-para-evitar-el-regreso-del-modelo-precrisis/

Leroi Gourhan, A. (1971). El gesto y la palabra. Venezuela: Biblioteca de la universidad central de Venezuela.

WWF (2020). Hora del planeta. Recuperado de: https://www.wwf.es/nuestro_trabajo/clima_y_energia/hora_del_planeta/#

Sobre la Autora

Karina Ortega Álvarez es comunicadora audiovisual y guionista chilena de 28 años. Actualmente reparte el tiempo entre sus estudios de periodismo en la Universidad de Santiago de Chile, un voluntariado en una fundación defensora de los DD.HH y proyectos personales. Siempre ha sido apasionada por la escritura y la literatura, y en su búsqueda personal y profesional, ha escrito historias de ficción y no ficción, pasando por diversos géneros. Hoy apunta a concientizar a través de la escritura, para así poder crear una sociedad comprometida con la cultura y el medioambiente.

Imagen de Portada: © Shane Rounce.

Ella es artista visual y taxidermista. Él, fotógrafo y cineasta. Ella nació en Chile, en 1983 y él –también chileno– nació seis años antes, durante el exilio de sus papás, en Francia. Hoy ambos viven en París y juntos forman Ritual Inhabitual, un colectivo que indaga las relaciones entre comunidades y sus entornos. Para esto […]

Ella es artista visual y taxidermista. Él, fotógrafo y cineasta. Ella nació en Chile, en 1983 y él –también chileno– nació seis años antes, durante el exilio de sus papás, en Francia. Hoy ambos viven en París y juntos forman Ritual Inhabitual, un colectivo que indaga las relaciones entre comunidades y sus entornos. Para esto ocupan herramientas del arte pero también de la ciencia, la antropología y la intuición. Viajan, observan, investigan, interpretan y generan acciones. ¿Cómo mantienen el equilibrio? A los proyectos que realizan en conjunto –verdaderos levantamientos etnográficos de personas y sus entornos naturales– cada uno aporta con sus saberes particulares y, a la vez, se funden en un trabajo común. Así como los grupos sociales que investigan, ellos mismos conforman una comunidad virtuosa. En esta alianza creativa no existe Florencia sin Tito ni Tito sin Florencia.


Florencia Grisanti y Tito González García comenzaron su investigación en el pueblo serrano de Cherán, México. © Ritual Inhabitual.

Ambos son pausados, reflexivos y metódicos. Responden exclusivamente cuando tienen algo certero que decir y mientras escuchan las preguntas que les hago parecen desplegarse sobre sus cabezas mapas que sólo ellos pueden ver. Pero esto es solo por ahora. Bajo el nombre de Ritual Inhabitual y en su trabajo en conjunto, esos diagramas imaginarios se convertirán luego en registro y obra. Su mirada, intelecto y sensibilidad hoy día está abocada en responder preguntas para este reportaje, pero la mayor parte del tiempo está puesta a estudiar los cruces entre las locaciones, saberes, historias, identidades humanas y no humanas de las comunidades que salen a recolectar con el fin de descubrir algo propio. La idea es levantar creativamente ese descubrimiento y generar conciencia a través de una práctica interdisciplinaria que es, al mismo tiempo arte y ciencia, documento y presente.

Antes de colaborar con Florencia, Tito había explorado lo animal en su trabajo. “En general, me muevo bastante alrededor de la mitología”, dice. “Me interesa a nivel personal porque nací en un país que no era el de mis padres, lo que me hizo no pertenecer realmente ahí. Más tarde fui al país de mis papás, Chile, donde me encontré con un orgullo de pertenecer a esa tierra. Yo habito entre esas dos realidades, la de pertenecer y no pertenecer, la de no ser de aquí ni de allá. Pero entendí que, para mí, la mitología es un territorio general, donde me siento en casa. Es como una isla a la que cualquiera puede llegar y sentir que pertenece”. 

En la mitología, explica Tito, lo animal está profundamente ligado a la divinidad. “Para mí lo animal está en el origen que tenemos en común humanos y otros animales, lo que nos permite acceder a una suerte de principio”. Cuando comenzaron a trabajar con Florencia se dieron cuenta que en los rituales cada sociedad que les interesaba investigar se repetía un esquema: siempre hay un momento en que el chamán entra en el cuerpo de un animal. “Y ese es el origen común de todo”, dicen ambos. ¿Cómo lo vinculan a la taxidermia y a las artes visuales? A través de una mirada profunda de lo natural. El curador Sergio Valenzuela Escobedo, quien conoce de cerca el trabajo del colectivo dice que por un largo tiempo la historia de la colonización de América nos llevó a la negación de los cuerpos, las lenguas y las formas de representar la historia, el tiempo y el relato. “Es justamente desde la mitología, donde se encuentra lo relevante del trabajo de Tito y Florencia en relación a la inteligencia natural”.

El origen de Ritual Inhabitual 

Desde chica Florencia Grisanti sintió una atracción por la naturaleza, la muerte y el arte. Así que no fue raro que después de salir de la universidad se dedicara a aprender taxidermia en el Museo de Historia Natural de Chile y se hiciera especialista en preparar químicamente la piel de un animal y reemplazar el contenido orgánico de su cuerpo por un modelo sintético. El fin de este oficio es otorgarle una apariencia viva al animal muerto. Aunque esta suele ser una práctica científica, Florencia la vinculó a las artes visuales y a su propia experiencia de la mortalidad. “Haciendo esto, el límite entre humano y animal desaparece”, dice.

La comunidad p’urépecha tiene una relación arcaica con lo animal. “Históricamente el ser humano ha ocupado al animal como una realidad utilitaria para la supervivencia y aquí también, pero en esta comunidad los animales también están llenos de significado”, dicen Florencia y Tito. © Ritual Inhabitual.

Para ella, su oficio es la manifestación del deseo humano de preservar la memoria, y además una herramienta poderosa de conexión, con ella misma y con su entorno. De hecho fue su trabajo taxidérmico el que le dio origen al colectivo que hoy forma junto a al artista audiovisual Tito González García. Florencia se encontraba restaurando la colección de colibríes de la baronesa Ariane de Rothschild cuando comenzó a colaborar con él. “En un primer momento este vínculo se articuló como una relación creativa a propósito de piezas audiovisuales de taxidermia. Trabajos que en un inicio fueron más documentales y luego más experimentales”, recuerdan. Con el tiempo, ambos se empezaron a interesar en las disciplinas del otro. Ella se dio cuenta que había paralelos entre la taxidermia y la fotografía, “Como la fijación del rastro o aura de un cuerpo, algo también existe en la fotografía”, explica.

había paralelos entre la taxidermia y la fotografía, “Como la fijación del rastro o aura de un cuerpo, algo también existe en la fotografía”, explica Florencia. 

Tito coincide y dice que el vínculo de su trabajo visual con el oficio taxidérmico existe hace tiempo y ha ido evolucionando. “Antes de conocer a Florencia ya estaba vinculado a ese oficio, que me parecía más bien antiguo. Había documentado el trabajo de un taxidermista y había trabajado en obras de teatro con animales disecados”, recuerda. “Hacer el cuerpo de un animal es siempre una interpretación del taxidermista, pero Florencia además cree que el animal tiene algo que decir y que solo hay un buen resultado si existe un vínculo íntimo entre ese cuerpo muerto y el humano que lo trabaja. Eso me hizo mirar el oficio de la taxidermia de otra forma”, explica Tito. Y a propósito de esta relación, él se preguntó por la invocación animal en prácticas antiguas y rituales que involucran cierta liberación espiritual. “El animal o la parte de un animal pareciera tener la facultad de darnos un poder a los humanos”, dice.

El colectivo Ritual Inhabitual viene desarrollando una investigación desde hace tres años con el consejo de sabios de la comunidad p’urépecha, pero también con sus artistas locales, con quienes exploran distintas disciplinas de expresión artística en torno a la identidad. © Ritual Inhabitual.

Aseguran que su trabajo gira en torno a un mismo eje y reúne cultura, naturaleza y la relación de las comunidades con los animales y de lo humano con lo no-humano. “Estos temas nos dan el punto de partida, pero siempre terminamos desviándonos y abandonándonos”, explican. Florencia precisa que cuando está frente a un animal es como estar ante un paisaje en el que hay que sumergirse para descubrirlo y eso pasa también con el trabajo documental audiovisual: “ambos cambiamos nuestros ritmos vitales cuando entramos a nuestro trabajo colectivo ante algo infinito que se abre”. 

Hoy el trabajo que hacen como colectivo explora tanto lo creativo como lo etnográfico. Un primer ejercicio de investigación colaborativa fue en el proyecto Mapuñuke que comenzó el 2015 como un levantamiento fotográfico de la comunidad y de las plantas medicinales de la zona.. “Para entender y descubrir las relaciones que se daban entre las personas y su entorno, nos incluimos en la comunidad, fue un trabajo que realizamos profunda y vivencialmente por cinco años”. Así la taxidermia se convirtió en un ejercicio audiovisual y la fotografía fue una de las herramientas.

El curador Sergio Valenzuela Escobedo, quien conoce de cerca a Ritual Inhabitual dice que en vez del término “cultura animal” prefiera pensar en una “inteligencia natural” y explica que el trabajo de este colectivo lo aborda desde la mitología, trabajando con la identidad y la memoria. © Ritual Inhabitual.

“Muchas de las personas que gravitaban alrededor de la taxidermia eran científicos”, recuerda Tito. “Y con la mayoría teníamos formas distintas de entenderla, esto hasta que nos cruzamos con el antropólogo Serge Bauchet quien nos hizo darnos cuenta que la relación de los seres humanos con los animales no es exclusivamente científica”. A partir de ese diálogo Florencia y Tito comprendieron que la etnografía debe ser siempre local, por más ejes que cruzaran debían estar siempre acotadas a una comunidad particular y que así debían abordarla. Expusieron su obra sobre la comunidad mapuche en el Museo del Hombre, o el museo de antropología de París y uno de los muchos espectadores que tuvo esa muestra fue el biólogo mexicano Arturo Argueta de la UNAM que se les acercó y les habló de una investigación que él llevaba realizando desde hace más de 20 años en la comunidad p’urépecha de Cherán, en México.

Las avispas y la comunidad

Así se configuró la entrada al proyecto que están realizando desde hace tres años en Michoacán. El biólogo mexicano les habló a Florencia y Tito de una comunidad se organizó para impedir la destrucción de su bosque. “Su propio tejido social les permitió enfrentarse a esta amenaza”, les dijo. Y así fue: las mujeres del pueblo p’urépecha llevaban soportando años que los narcos talaran sus árboles nativos para plantar aguacate que justificaba las ganancias de la venta de cocaína, además de imponer violencia y alterarar la dinámica orgánica del pueblo. Durante años hubo extorsiones, secuestros y episodios sangrientos, el pueblo sucumbió a los narcos hasta que el 2011 un grupo de mujeres indígenas se puso de acuerdo, detuvieron un camión de narcos, los amarraron frente a la iglesia y se opusieron a ser sometidas como comunidad.

En Cherán viven las comunidades p’urépecha, que tienen una íntima relación con su bosque. Ahí, hace algunos años, se generó una resistencia comunitaria a la imposición de la violencia narco y los antropólogos creen que se debe a un ritual que sus habitantes realizan con avispas. © Ritual Inhabitual.

El 2019 Tito y Florencia llegaron al pueblo serrano de Cherán donde viven las comunidades p’urépecha y donde se había dado esta resistencia.“México tiene una gran diferencia con otros países del continente que pasa por el lenguaje, ahí la palabra indígena no es una ofensa. La magnitud de lo que crearon las comunidades precolombinas no puede dejar a nadie indiferente, fueron pueblos creadores, arquitectura y construcciones deslumbrantes y eso quedó, sigue quedando tanto en lo material como en la lengua. Hoy los dos mundos, tanto el colonizador como el colonizado, cohabitan”, explica Tito. Por lo tanto, asegura que no se puede hablar de etnografía en México del mismo modo que se aplica en otros países del continente. 

“Esta comunidad tiene una relación arcaica con lo animal, con todo lo bueno que eso significa. Históricamente el ser humano ha ocupado al animal como una realidad utilitaria para la supervivencia y aquí también, pero en esta comunidad los animales también están llenos de significado. Desde los toros, a los gallos, pasando por las avispas nos dimos cuenta de inmediato que no había ningún romanticismo posible. Es una relación ruda alejada del respeto absoluto por los animales, pero sin embargo hay algo que funciona”, explica Florencia. “Esta relación es brutal, es de vida y muerte constante, y tampoco está exenta de violencia pero que de alguna manera representa una fórmula que ha existido toda la historia de la humanidad”.Florencia dice que como documentalista y amante de los animales le costó mirar escenas de corridas de toros y peleas de gallos que se daban, pero le pareció interesante porque ponía en tensión otro tipo de relaciones. Apareció una fuerza comunal entre personas y animales que venía de una relación con el entorno natural muy antigua.

Desde el 2019, Florencia y Tito van todos los años a México y se quedan tres meses con la comunidad, viviendo tal y como ellos. “Eso tiene una dimensión etnográfica, pero arrendamos un taller e involucramos una comunidad de artistas y eso fue muy potente”. Para su proyecto anterior Mapuñuke, el colectivo había trabajado con el curador Sergio Valenzuela Escobedo, quien participó en la génesis de la idea y hoy es el editor del libro sobre esa investigación con la editorial Actes Sud que se publicará este año. Cuando le pregunto a Sergio por la relación que ve entre el trabajo del colectivo y la cultura animal, él es enfático: “la asociación entre cultura y animal no me parece algo sencillo de entender. Ya que desde mi punto de vista la ‘cultura’ es algo que vino a imponerse con brutalidad desde el ‘descubrimiento’ de América. Personalmente prefiero la idea de inteligencia natural, desde este punto de vista el trabajo del colectivo Ritual Inhabitual ofrece algunas pistas sobre cómo percibir esta inteligencia, trabajando con la identidad y la memoria, dos conceptos que siguen estando muy presentes hoy en día en las obras de artistas y fotógrafos de las Américas”.

La magnitud de lo que crearon las comunidades precolombinas no puede dejar a nadie indiferente, fueron pueblos creadores, arquitectura y construcciones deslumbrantes y eso quedó, sigue quedando tanto en lo material como en la lengua. © Ritual Inhabitual.

Así es como Florencia y Tito se han ido involucrando con las comunidades indígenas de Cherán. Con sus mujeres, sus artistas, su círculo de ancianos y especialmente, con sus jóvenes. Es que en la víspera de la fiesta del Corpus Christi y la fiesta de Cha’nantskwa, aquí se celebra un ritual o rito iniciático que involucra a las avispas que habitan en el bosque y a los jóvenes de la comunidad. Es así: antes de casarse, los muchachos se internan en el bosque escoltados por los mayores y una vez ahí deben aprender a sacar panales de avispas de los árboles, vaciarlos y luego hacerse un traje con ellos para bailar delante de la comunidad. Durante el baile, los jóvenes se los montan en las espaldas y los adornan con orquídeas salvajes y animales del bosque embalsamados. 

Al enterarse de esta ceremonia, Florencia y Tito se dieron cuenta que en este ritual el ser humano se transforma en “una base totémica donde aparecen todos los estratos de la vida que experimentan en ese entorno”. Para ellos, es el bosque el que baila durante un día entero. El vínculo de la comunidad y su historia con las avispas es central para Florencia y Tito porque se inscribe en los rituales más significativos de esta comunidad, celebra el paso del tiempo y la posibilidad de un niño de convertirse en un hombre adulto. . 

Ritual Inhabitual quiso vincular artísticamente esta ceremonia con la historia política del pueblo, ya que otras comunidades indígenas de la región también intentaron hacer un levantamiento ante los narcos pero los antropólogos les explicaron que la fiesta de las avispas fue central para defenderse. “Había una comunión ancestral entre las personas con su entorno que permitió una defensa efectiva ante una organización u amenaza externa”, cuentan. Así, la fiesta de las avispas no sólo se transformó, a los ojos de Florencia y Tito, en la ceremonia más antigua del lugar, sino que en la base de su identidad. Hoy ambos están trabajando en darle forma a este levantamiento que están haciendo de la relación entre el pueblo y sus animales. En su investigación hay un afán de observación, de entendimiento, pero también de recuperación. 

El curador Sergio Valenzuela Escobedo apunta a que cuando vemos que “nuestra civilización parece haber perdido algo fundamental en su relación cotidiana con el cielo estrellado, la temperatura de los ríos, el poder curativo de las plantas o las interacciones simbólicas con los animales, ellos ponen en manifiesto con sus relatos la destrucción material y espiritual de nuestras sociedades, y al mismo tiempo, una nueva configuración del imaginario”. En ese sentido, Sergio agrega que el trabajo del colectivo es principalmente un intento de producir pensamiento y mitología en consonancia con el tiempo actual. Y cita al antropólogo brasileño Viveiro de Castro: “una nueva reflexión cosmopolítica”. Ellos, por su lado, afirman que han ido aprendiendo a no tener una mirada colonizadora con las comunidades. “Nos hemos enfrentado a nuestra propia ignorancia con el fin de aprender, abandonamos nuestras ideas preconcebidas, hicimos un duelo y hemos tenido que estar abiertos a la colaboración. Lo que, a la larga, ha cambiado nuestra propia práctica”, afirman. Como colectivo no imponen una técnica de registro, sino que sus oficios se afectan con lo que encuentran en las comunidades. Así, lo que hacen ya no es una obra de Florencia ni de Tito. No es taxidermia ni fotografía. Es mucho más profundo y complejo que eso. Es algo intermedio, que han aprendido de la inteligencia animal: a fundirse.

Lo que hacen Florencia y Tito no es taxidermia ni fotografía. Es mucho más profundo y complejo que eso. Es algo intermedio, que han aprendido de la inteligencia animal: a fundirse.

Sobre el Autor

Ariel Florencia Richards estudió Diseño (PUCV) y Estética con mención en artes visuales (PUC). El 2010 obtuvo una Beca Bicentenario para realizar un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York (NYU). Bajo el nombre de Juan José, editó la antología El laberinto del topo (Cuarto Propio, 2009) que reúne la obra del poeta Alfonso Echeverría, el poemario Trasatlántico (Cuneta, 2015) y una primera versión de Las Olas Son Las Mismas, novela publicada el año 2016 por Los Libros de La Mujer Rota, que fue reeditada el 2021. Sus poemas, fanzines y cuadernos han sido parte de ferias de arte impreso de Santiago y Nueva York. Actualmente es alumna del Doctorado en Arte de la Universidad Católica donde investiga la representación del cuerpo.

Imagen de portada: © Ritual Inhabitual.

El presente relato es testimonial. En él narro, a partir de la trayectoria profesional y personal, el tránsito desde un trabajo en el contexto académico en ciencias naturales, hacia el trabajo de base en un colegio de sistema tradicional de escolarización. El hilo conductor de dicho proceso ha sido el pulso político por materializar ideales de un mundo ecosocial distinto, lo cual resuena hoy con más sentido desde lo micropolítico. Con este ejercicio relevo el valor de la autobiografía. Aquello que puede desmerecerse por ser únicamente anecdótico, considero que también es un ejercicio reflexivo interesante y necesario. Así también, el afán por visualizar, desde lo personal, aquellos patrones sociales que perpetuamos, y que a escala reflejan sus estructuras de base. Todo ello es sólo posible evidenciar a través de un lente político crítico. 

Valeria Hidalgo en el humedal de Batuco, año 2020. © Amanda Valdés Rosas.

Soy bióloga marina de profesión. Desde muy pequeña, alrededor de los 12 años, tuve la idea, casi por generación espontánea, de estudiar esta carrera. Cuando estaba en el momento de elegir un tema de tesis, llegó a mis manos la oportunidad de estudiar algo que en aquella época era desconocido y menos aún, estudiado: la presencia, acumulación y efectos de los microplásticos en el mar. Mi carrera se basó básicamente en la escritura de papers. Primero fue un artículo de revisión, un paper review, sobre las metodologías con las cuales se puede cuantificar este contaminante. La conclusión de este estudio fue que las cantidades que se reportan dependen directamente de cómo se muestrean, y que nos es muy difícil comparar datos si no estandarizamos. Este paper fue un hito importantísimo que me permitió hacer grandes cosas: viajar a congresos, compartir y colaborar con colegas de distintas partes del mundo y tener una línea de investigación propia, en la cual mi nombre significaba algo.

Microplásticos de playa Ovahe, Rapa Nui, del muestreo nacional de microplásticos año 2011. © Valeria Hidalgo Ruz.

Luego continué con la ciencia ciudadana. Esta es una nueva forma de ver la ciencia desde la óptica de la democratización del conocimiento. Es decir, ya no solo interesa comunicar los hallazgos científicos hechos por personas dedicadas profesionalmente a la ciencia, sino el proceso de cómo se hace ciencia: con personas comunes y corrientes que sí pueden aportar desde el simple ejercicio ciudadano de pensar analíticamente y tener la voluntad de cooperar. Desde ese momento percibí mi ejercicio profesional no tal solo como un camino intelectual, sino también como una trinchera política en la cual podía manifestar tres grandes certezas en un mar de incertezas sociales y personales. La primera de ellas: el problema no son los plásticos en el mar únicamente, sino el sistema económico social en el cual vivimos, que nos hace extraer ciegamente, consumir afanosamente y, por ende, desechar en escalas insostenibles y grotescas. La segunda: la ciencia debe salir de los laboratorios y debiese ser considerada patrimonio nacional, arraigada en sociedades en que todas las personas puedan acceder a ella, tanto en su producto final como en su proceso. La tercera de ellas quizás estuvo más intrincada y me costó un poco más de tiempo averiguar: Existe un ejercicio de poder y de ego en la Academia. 

El haber logrado un camino importante en la vida académica a tan temprana edad puede llevarte a pensar las cosas desde la superioridad intelectual-moral y la sobredimensión del imaginario social de ser científica/o. Esto lo planteo tanto desde la visión propia, como a través de lo que vi en colegas de rango superior al mío. Desde los proyectos de ciencia ciudadana pude evidenciar gestos de displicencia o de directo rechazo ante la idea de que ciudadanas/os de a pie pudiesen generar ciencia y tomar datos ¿Cómo era posible eso?, ¿dónde quedaría entonces lo relevante del profesional de las ciencias? La solución parsimoniosa a esa duda legítima, pero soberbia en algunos casos, es que no hace falta eliminar ninguno de los dos escenarios y que no son excluyentes. Podemos hacer ciencia con la gente y para la gente, respondiendo preguntas relevantes para las comunidades en las cuales nos desempeñamos.

El problema no son los plásticos en el mar únicamente, sino el sistema económico social en el cual vivimos, que nos hace extraer ciegamente, consumir afanosamente y, por ende, desechar en escalas insostenibles y grotescas.

De la academia al colegio

Dichas inquietudes ya hacían bastante eco en mi cabeza cuando llegó el momento de decidir por el siguiente paso evidente dentro de cualquier carrera académica. Hacer o no un doctorado. En ese momento también habitaba en mí la duda de si quería seguir investigando sobre un tema en particular, los microplásticos y la basura marina, o daba un paso atrás para evaluar, desde la gran panorámica, si quería también aprender o aportar desde otros lugares. A pesar de haber trabajado en ciencia ciudadana y divulgación científica, es curioso cómo a medida que avanza la especialización, también se reduce el nicho de impacto sobre el cual tu trabajo se desarrolla. Te mueves un paso al costado y eres un desconocido en un mar de nuevos expertos.

Muestreando microplásticos con estudiantes de Coquimbo, año 2011. © Científicos de la Basura.

La reflexión es mejor en el calor del hogar, por lo que me vine de vuelta a Santiago para tomar una decisión tranquila, en una especie de año sabático. Parte importante de mi vocación familiar es la educación. Mis padres fundaron un colegio en la comuna de Quilicura, comuna en la que nací y viví hasta salir del colegio, y mi hermano es profesor de arte. En aquel mismo colegio donde yo estudié la enseñanza media, me acogieron de vuelta para desarrollar un proyecto que llamamos: Proyecto Mapa. Esta iniciativa persigue mapear el tan manoseado concepto de la educación integral, y propone una puesta en práctica de ello en la escuela. 

Todos los años que pasé por la investigación me sirvieron para desarrollar un pensamiento analítico lo suficientemente capaz de identificar y combinar la estructura de funcionamiento de distintos sistemas, sea un sistema marino o un sistema escolar. Dicho proyecto me abrió las puertas para reconocer en la educación algo completamente distinto a lo que yo conocía. Así, me desarrollé en diversos intereses, trabajé con equipos y en ideas multidisciplinarias. Fue por ello que mi periodo “sabático” de las ciencias se transformó en una renuncia a dicho camino, y una vuelta de motores completa para enfocar mis intereses en la educación. De esta forma, entré a un programa de pedagogía para licenciados y me sumé de forma estable en el proyecto escolar de mi familia, que hoy es territorio-receptáculo de los modelos de extracción, la cultura del desecho y las zonas de sacrificio. Esto para mí tampoco es casual. 

Enseñando a escolares de la región de Coquimbo sobre microplásticos, año 2014. © Científicos de la Basura.

Renunciar a la vida cerca del mar para llegar de vuelta a Quilicura fue un proceso de adaptación, pero de profundo entendimiento que el impacto social de las ciencias y de cualquier disciplina se hace conociendo el territorio en el cual ejerces tu trabajo. Esto también era parte de mis objetivos anteriores, cuando trabajaba como científica, sin embargo, se hace mucho más latente y palpable cuando trabajas directamente con una comunidad. Así fue que abandoné el camino rimbombante del catalogarme como investigadora, conveniente por su alto grado de aprobación intelectual, por uno de mucho menor valoración social: el de profesora

El impacto social de las ciencias —y de cualquier disciplina— se hace conociendo el territorio en el cual ejerces tu trabajo. Lo que se hace mucho mas latente y palpable cuando trabajas directamente con una comunidad. 

Este cambio también hacía relación con las tres grandes conclusiones a las que había llegado tiempo atrás: Hay que atacar el modelo extractivista desde su origen, la ciencia es para todas/os, hay que cuidarse de que el ego te invada. Justamente esto representa la figura de ser profesora para mí, poder ocupar los espacios formales de divulgación científica en este caso la clase de ciencias para desde allí accionar hacia otras formas de visualización del trabajo y el proceso científico. Además, desde este lugar también se pueden generar espacios de reflexión sobre las formas de vida y las estructuras sociales que las permiten y fomentan. Curiosamente, en la pedagogía ocurre algo muy interesante pero ingrato. La educación pareciese ser la solución a todos los males sociales, pero al mismo tiempo es el campo laboral en el que no se dignifica ni se aprecia la labor de los profesionales que la llevan a cabo. 

Investigar sobre el ejercicio de educar

La vuelta interesante de todo esto es que hoy en día estoy pensando en volver a la investigación, pero desde la educación propiamente tal: investigar sobre el educar. Esto porque, aun cuando aquí he manifestado mis reparos con el sistema académico, mi idea no es menoscabar a quienes hacen política y accionan desde allí. En dicho espacio yo encontré grandes propósitos y pasiones, desarrollé herramientas que hoy forjan mi carácter y mi trabajo. Sin embargo, es uno más y debe articularse en el complejo entramado social, situarse en su territorio y permear fuera de la esfera jerárquica de quienes lo componen. 

Estudiantes del Colegio San Adrián junto al profesor Benjamín Castro. Indagan sobre especies de aves en humedal Küla Kura (O’Higgins) de la comuna de Quilicura, año 2019. © Valeria Hidalgo Ruz.

Mi propósito es evidenciar que en una sola vida se pueden activar procesos desde distintas veredas, y que todas las miradas suman a la construcción general de un mundo para el buen vivir de todas/os las/os seres. Por tanto, desde las decisiones personales, podemos buscar espacios para cuestionar los modelos de desarrollo, y explicitar la urgencia por sumar todas nuestras capacidades intelectuales y pasionales en generar propuestas. En mi caso particular, haciéndome cargo en términos concretos de aquella idea-lugar común de que “mejorando la educación, mejora la sociedad” e invirtiendo todos mis recursos intelectuales en materializar dicho propósito. 

Este devenir ha sido un camino de deconstrucción, aprendizaje permanente y no libre de miedos. Cada persona puede encontrar la o las veredas desde donde construir y articular colectivamente, mirando con ojo crítico los espacios tradicionales del poder hegemónico intelectual. Mientras tanto, idealmente encontrándose con textos y personas que también estén en búsquedas y caminos similares. En mi caso, desde los microplásticos, ahora procuro activar desde lo micropolítico, para que muchas microacciones terminen por cambiar el modelo a macroescala. 

La ciencia debe salir de los laboratorios y debiese ser considerada patrimonio nacional, arraigada en sociedades en que todas las personas puedan acceder a ella, tanto en su producto final como en su proceso.

Sobre la autora:

Valeria Hidalgo-Ruz es oficialmente bióloga marina, profesora de biología y magíster en ciencias del mar. Sin embargo, se considera a sí misma una naturalista del siglo XXI (amante de paisajes y de internet) y una aprendiz constante de sus estudiantes y colegas. Persigue entender la dinámica naturaleza-sociedad y su complejidad, la que ha abordado desde la educación, la ciencia ciudadana y la divulgación eco-científica. Tiene principal experiencia en investigación ecológica (sobre basura plástica marina) y en educación escolar (docencia y gestión de proyectos de innovación).

Imagen de portada: microplásticos © phys.org

Los ecosistemas hoy se develan y nos exigen, no precisamente como observadores sino que más bien como cohabitantes, una visión que entrelace a diferentes disciplinas, capaz de aglutinar en un discurso transformador, una crítica constructiva a un modelo que se encuentra en crisis. De esta manera, enfoques multidisciplinarios, interdisciplinarios o transdisciplinarios, comienzan a hacer más […]

Los ecosistemas hoy se develan y nos exigen, no precisamente como observadores sino que más bien como cohabitantes, una visión que entrelace a diferentes disciplinas, capaz de aglutinar en un discurso transformador, una crítica constructiva a un modelo que se encuentra en crisis. De esta manera, enfoques multidisciplinarios, interdisciplinarios o transdisciplinarios, comienzan a hacer más sentido cuando de resolver problemas medioambientales se trata.

Enfoques multidisciplinarios, interdisciplinarios o transdisciplinarios hacen más sentido cuando de resolver problemas medioambientales se trata. © CIET-LR

Hablar de enfoques que articulen a múltiples disciplinas, requiere quizás de un esfuerzo doble para la racionalidad a la que nos hemos acostumbrado. Tal como plantea la literatura, pareciera ser que el modo de entender nuestro entorno fue fragmentado con fines de apropiación y generación de una dinámica propia del modelo económico imperante, o quizás como un mecanismo para ordenar la producción de conocimiento científico (Muñoz et al., 2007). Sea cual sea el caso y el motivo trascendental, que supone por lo demás una discusión amplia y necesaria, los tiempos actuales comienzan a fracturar estas incongruencias, y la naturaleza empieza a mostrarnos un sistema complejo y difícil de ser atendido de manera parcelada. En síntesis, pareciera ser que el curso natural de las cosas nos hace volver a reunir los relatos en un palimpsesto de territorialidades, conocimientos y experiencias, que empiezan a perder sentido por sí solas.

Pareciera ser que el curso natural de las cosas nos hace volver a reunir los relatos en un palimpsesto de territorialidades, conocimientos y experiencias, que empiezan a perder sentido por sí solas.

Interesante es mirar las reflexiones de algunas autoras y autores que nos comparte Alicia Puleo (2015) en su libro “Ecología y género en diálogo interdisciplinario”, en donde desde el foco del ecofeminismo, nos muestran la necesidad de ampliar nuestra forma de observar, entender y relacionarnos con el entorno, además de la urgente necesidad de pensar y co-construir nuevos paradigmas, muchos de ellos de no tan reciente data, pero si históricamente invisibilizados. Un ejemplo de lo señalado se aprecia frente a la ocurrencia de los denominados “desastres ambientales”, en donde el foco que prima de la situación, es el carácter salvaje e intempestuoso de una naturaleza imprevisible, sin embargo, nos encontramos observando una interacción de carácter física, social, económica y política, frente a un fenómeno natural que cuenta con precedentes (Anzoátegui y Femenías, 2015).

Cuando se diseñe un programa de restauración ecológica en una cuenca lacustre, por ejemplo, se debería elaborar un programa de recuperación de pesquerías, o se aplicar un plan de protección de fauna silvestre. © CIET-LR

Así, podemos llevar a cabo el ejercicio de observar y analizar lo que sucede en las áreas rurales y litorales, específicamente en la vereda poniente de la Cordillera de Los Andes, en ese largo territorio que deambula entre los cordones montañosos y el Océano Pacífico. Aquí, los ecosistemas se encuentran en crisis y bajo presión, ya que además de actividades inmobiliarias y de recreación, se desarrollan actividades como la pesca artesanal e industrial, la acuicultura a pequeña escala, y la salmonicultura, las que han conllevado por años pérdida de biodiversidad, deterioro de los fondos marinos, y en general una fragmentación de los ecosistemas (Jorquera-Jaramilla et al., 2012; Contreras-López et al., 2017). Esto a su vez, si bien constituye un problema ecológico, conlleva también una crisis social y de las economías en distintas escalas. Es decir, las transformaciones suponen entender cambios multidimensionales en las comunidades rurales – costeras y sus territorios, ampliando el foco que se limita solo a los eventos ambientales como las floraciones algales (marea roja), presencia de especies introducidas, desaparición de recursos pesqueros, entre otros. En decir, pensar en intervenciones, ya sea desde las políticas públicas, la investigación, o los proyectos de desarrollo, de manera parcelada y unidimensionalmente, no hace más que seguir perpetuando la crisis e ignorando una lógica ecosistémica. Es importante señalar que no se plantea que todas las intervenciones territoriales deban considerar a múltiples disciplinas en todas sus etapas, sino que más bien que la lógica estratégica bajo la cual son desarrolladas sea pensada de manera interdependiente.

La cuestión apunta básicamente a que, la comprensión multidimensional y desde múltiples disciplinas de las interrelaciones sucedidas en la relación sociedad–naturaleza, no solo apunta a lograr mejores estrategias de resolución de conflictos, a disminuir los efectos negativos o los impactos del sector extractivista, sino que intenta ir más allá, generando incidencia en la creación de políticas públicas y de instrumentos de planificación, propiciando a su vez una participación efectiva de las comunidades. De esta manera, cuando la degradación de los ecosistemas, generada por una actividad industrial, afecta a los elementos vivos que habitan los ecosistemas, no basta solamente con restringir el accionar mediante medidas prohibitivas, sino que es necesario comprender la estructura política que conlleva al deterioro del entorno, la racionalidad y modo de subsistencia de las comunidades, las transformaciones en las prácticas culturales, y también las vías posibles de solución. Para construir este proceso, la vinculación de múltiples disciplinas, tanto de las ciencias sociales, ciencias exactas y así como de las artes y humanidades, resulta fundamental en la construcción de un cambio de paradigma.

Complejidad territorial de los ecosistemas. © CIET-LR

De manera concreta, cuando se diseñe un programa de restauración ecológica en una cuenca lacustre, se elabore un programa de recuperación de pesquerías, o se aplique un plan de protección de fauna silvestre, por nombrar algunos casos, se deben atender y considerar a los factores que han contribuido a la generación del problema (puede ser desde una perspectiva sociopolítica, jurídica, antropológica), para luego establecer las responsabilidades o vinculaciones con los componentes naturales, y finalmente construir las estrategias de resolución del conflicto. De esta manera, un estudio de la dinámica social del componente humano, se entrelaza con un estudio biológico de flora o fauna, el cual a su vez interactúa con una dimensión económica, mientras todo esto opera bajo una perspectiva política-normativa.  A estos elementos, se le debe añadir además la gran diversidad territorial con la que cuenta Chile de Sur a Norte, lo que le da mayor preponderancia a los actores locales, y que nos podría llevar incluso a posicionar al conocimiento local como una multidisciplina por sí sola, y que debiese formar parte basal de un trabajo de perspectiva interdisciplinaria.

Se debe añadir además la gran diversidad territorial con la que cuenta Chile de Sur a Norte, lo que le da mayor preponderancia a los actores locales, y que nos podría llevar incluso a posicionar al conocimiento local como una multidisciplina por sí sola, y que debiese formar parte basal de un trabajo de perspectiva interdisciplinaria.

En síntesis, además de centrarnos en la importancia de lo disciplinar, se propone poner la vinculación de las mismas a disposición de una naturaleza que se encuentra en revolución, frente a un modelo desterritorializado, carente de una visión a largo plazo, profundamente individualista y con una lógica patriarcal fuertemente arraigada. Este arraigo, desde el enfoque de la filosofía ecofeminista, posiciona a los espacios naturales como meros proveedores de materia prima, desconociendo su aporte a la salud de la población y la prestación de servicios ambientales (Anzoátegui y Femenías, 2015), por ende, mucho antes de pensar en entender la interacción de disciplinas, debemos tomar conciencia de la profunda desconexión que poseemos con la naturaleza y sus procesos.

Según el micólogo estadounidense, Paul Stamets, el micelio —membrana subterránea de los hongos, sobre el que florece la vida— es el gran desensamblador molecular de la naturaleza, tiene la capacidad, por ejemplo de compartir y almacenar conocimiento, buscando relaciones para alimentar la vida. Así, los hongos son antiguos, están extendidos por todo el mundo, y se encuentran en simbiosis con muchas otras especies. Durante la historia de la tierra han convertido roca en alimento para otras especies (y aún lo hacen). Los hongos son fundamentales para la vida en la Tierra, y estamos más estrechamente relacionados a los hongos que a cualquier otro reino natural. Al observar entonces el comportamiento del micelio, podemos reflexionar sobre nuestra forma de comunicarnos y de cómo podemos aprender de otros para construir nuevos conocimientos, traspasando con humildad los límites clasificatorios autoimpuestos. La importancia de unirnos entre disciplinas debiese ser el motor que nos permita reconstruirnos, como seres inter y ecodependientes. © Francisca Veas Carvacho, ilustradora científica CIET-LR. 

Bibliografía.

Anzoátegui, M., Femenías, M. (2015). Problemáticas urbano-ambientales: un análisis desde el ecofeminismo. En: Puelo, A. (ed). Ecología y Género en Diálogo Interdisciplinar. Plaza y Valdes Editores, Madrid, España.

Contreras-López, M., Figueroa-Sterquel, R., Salcedo-Castro, J., Vergara-Cortés, H., Zuleta, C., Bravo, V., Piñones, C., Cortés-Molina, F. (2017). Vulnerabilidad de humedales y dunas litorales en Chile Central. En: Botello, A., Villanueva, S., Gutiérrez, J., Rojas-Galaviz, J. (ed). Vulnerabilidad de las zonas costeras de Latinoamérica al Cambio Climático. UJAT, UNAM, UAC. 476 p. 

Jorquera-Jaramillo, C., Vega, M., Aburto, J., Martínez-Tillería, K., León, M., Pérez, M., Gaymer, C., Squeo, F. (2012). Conservación de la biodiversidad en Chile: Nuevos desafíos y oportunidades en ecosistemas terrestres y marinos costeros. Revista Chilena de Historia Natural, 85, pp. 267-280.

Muñoz, J. (Coord) (2007). La disciplina y las grandes teorías del mundo moderno. Centro de Investigaciones Interdisciplinarias de Ciencias y Humanidades, Universidad Nacional Autónoma de México.

Puelo, A. (ed) (2015). Ecología y Género en Diálogo Interdisciplinar. Plaza y Valdes Editores, Madrid, España.

Imagen de Portada: © Francisca Veas Carvacho, ilustradora científica CIET-LR. 

Sobre el Autor: 

Camilo Veas Carvacho, es geógrafo y MCs. Agronómicas y Ambientales. Actualmente se desarrolla como director del Centro Interdisciplinario de Estudio de Territorios Litorales y Rurales (CIET-LR), observando, analizando y reflexionando sobre las dinámicas presentes en los territorios, específicamente en las interacciones de las comunidades rurales y litorales con su entorno.