Mecanismo contracorriente: el regulador térmico de las aves

Estamos saliendo del invierno, época en que las temperaturas pueden alcanzar el punto de congelación e incluso superarlo. Te has preguntado ¿cómo es posible que las patas de las aves no se congelen? Para responder esta pregunta, tenemos que recordar algunos conceptos básicos y un poco anatomía (ciencia que estudia la estructura y forma de […]

Estamos saliendo del invierno, época en que las temperaturas pueden alcanzar el punto de congelación e incluso superarlo. Te has preguntado ¿cómo es posible que las patas de las aves no se congelen? Para responder esta pregunta, tenemos que recordar algunos conceptos básicos y un poco anatomía (ciencia que estudia la estructura y forma de los seres vivos) y fisiología (ciencia que estudia las funciones de los seres vivos).

En primer lugar, indicaremos que las aves son endodermos, esto significa que utilizan el calor metabólico o metabolismo (calor producido por las reacciones químicas del cuerpo) para mantener una temperatura interna estable que generalmente es diferente a la ambiental. Los ectodermos por el contrario, no usan el calor metabólico para mantener una temperatura estable, sino que lo adoptan del medio ambiente, como por ejemplo las lagartijas que siempre están “calentándose al sol”.

Chirigue cordillerano hembra (Sicalis uropygialis) © @wingsfromsouth

En segundo lugar, señalaremos la capacidad que tienen los endodermos de mantener la temperatura, lo cual se denomina termorregulación. Esta regulación, entre otros, contempla ajustes particulares en la circulación periférica, es decir, en las extremidades, como en las patas de las aves. Se distinguen como ajustes, la vasoconstricción que reduce la pérdida de calor (el diámetro del vaso sanguíneo se reduce) y la vasodilatación que aumenta la pérdida de calor (el diámetro del vaso sanguíneo aumenta). 

En tercer lugar, recordaremos que el sistema circulatorio de un ave se apoya en un corazón que bombea fuertemente ya que tiene la particularidad de ser proporcionalmente de mayor tamaño comparado con el de los mamíferos. Para que tengan una idea, el corazón de un hombre representa el 0,45% del peso corporal, pero en las aves este porcentaje es mayor. Por ejemplo, el picaflor es el ave que posee el corazón más grande en proporción a su peso; con un 2,5%.

Finalmente, deben saber que las patas de las aves, desde el punto de vista anatómico, están pobremente vascularizadas, es decir cuentan con pocos vasos sanguíneos.

Cachaña (Enicognathus ferrugineus) es la única especie de loro que habita en el extremo sur. © @rodrigotapiawildlifephoto

Podemos comenzar a explicar entonces, que las patas de un ave no se congelan porque como parte de su sistema circulatorio, además de los cuatro puntos mencionados anteriormente, presenta un mecanismo contracorriente, que en palabras sencillas se explica como un mecanismo que permite calentar la sangre que se ha enfriado al pasar por las patas ya que están expuestas a un medio ambiente con menor temperatura que la del cuerpo. 

Al exponerse un ave a condiciones ambientales frías, el flujo de sangre hacia las extremidades (patas) se reduce ya que los vasos están más contraídos disminuyendo su lumen o radio (vasoconstricción), reduciendo así la pérdida de calor. Cuando la sangre que se ha enfriado al circular por las patas regresa al tronco, lo hace a través de venas que se encuentran junto a las arterias que contienen sangre caliente, lo cual permite que el calor se transfiera, aumentando la temperatura de la sangre que regresa.

Lo anterior permite una exposición prolongada de las extremidades al frío o al agua fría sin una pérdida significativa de calor corporal, incluso cuando las extremidades son tan delgadas como las patas de las aves. 

En la imagen se observa el mecanismo contracorriente en forma ilustrativa. © @wingsfromsouth

Las flechas negras señalan el recorrido del flujo sanguíneo. La sangre caliente desciende por la arteria (vaso de color rojo) gracias al bombeo del corazón. Al pasar esta sangre por la patas se va enfriando ya que esta zona no está protegida ni por plumas ni por una capa de grasa como en otras zonas del cuerpo y porque existe una mayor superficie de contacto con un entorno de menor temperatura que la del cuerpo. Luego, la sangre fría sube por la vena (vaso de color azul) y a medida que se acerca al tronco es calentada por el mecanismo contracorriente (traspaso de calor desde las arterias contiguas a las venas) que se ilustra mediante las flechas rojas.

En resumen, la menor vascularización en las patas junto con la vasoconstricción y el mecanismo contracorriente permiten que las patas no se congelen y que el ave no pierda calor al estar sus extremidades inferiores expuestas a temperaturas bajas. 

Ahora, cuando observes que las patas de un ave están sobre la nieve, o bajo el agua a una baja temperatura, sabrás que no les afecta y que no se congelarán, a diferencia de otros seres como por ejemplo, nosotros mismos que debemos tener siempre abrigados y protegidos nuestros pies cuando hace frío.

Chorlo chileno (Charadrius modestus) © @wingsfromsouth

SOBRE LOS AUTORES:

Gabriela Espejo y Juan Sebastián Espejo son dos hermanos amantes de la naturaleza, que han reunido sus experiencias profesionales para dedicar parte de su tiempo en la difusión del cuidado del entorno; Juan Sebastián es arquitecto y Gabriela es veterinaria. Juntos han desarrollado y concretado proyectos audiovisuales, fotográficos y artículos escritos sobre el maravilloso Chile natural que nos rodea. Les encanta hacer trekking y quedarse horas en un mismo lugar, observando y escuchando al entorno, para finalmente elaborar material educativo y de calidad.

Imagen de Portada: Pingüino Adelia (Pygoscelis adeliae) © @rodrigotapiawildlifephoto

Entre todos los mamíferos terrestres del continente americano, el puma tiene el récord de la especie con mayor número de nombres comunes. A lo largo de su distribución, desde el sur de Canadá hasta el Estrecho de Magallanes, son 84 los nombres bajo los que se conoce a este emblemático felino. Trapial, nahuel, pangui o […]

Entre todos los mamíferos terrestres del continente americano, el puma tiene el récord de la especie con mayor número de nombres comunes. A lo largo de su distribución, desde el sur de Canadá hasta el Estrecho de Magallanes, son 84 los nombres bajo los que se conoce a este emblemático felino. Trapial, nahuel, pangui o león son algunos de los más comunes en Chile, pero sin lugar a dudas, puma – que en quechua quiere decir “animal poderoso” – es el más utilizado no solo en nuestro territorio sino en el resto de su distribución, a excepción de Estados Unidos.

Más allá de ostentar este título, detrás de esta variopinta colección de epítetos se encuentra el hecho de que el puma ha debido coexistir prácticamente en toda su distribución con distintas poblaciones humanas que han escogido sus propios apelativos para nombrarlo. Si bien este animal poderoso es un símbolo de gran relevancia que lo ha llevado a ser venerado por diversas culturas locales, en ocasiones la percepción del puma hacia las comunidades no ha sido del todo positiva. Al tratarse de un animal potencialmente peligroso, la gente le teme y prefiere tenerlo más lejos que cerca. En áreas rurales, donde se vive de la ganadería, la realidad es un poco más compleja. La interacción entre el puma y el ganado doméstico es algo que lleva ya más de un siglo, donde en ocasiones el felino ataca ovejas, llamas o cabras para alimentarse. En represalia, al verse afectado su sustento y principal actividad económica, el ganadero lo persigue e incluso lo mata. Una interacción que lejos de ser beneficiosa, ha perjudicado tanto a los pumas, quienes ven reducidas sus poblaciones; como a los ganaderos, quienes a pesar de controlar las poblaciones de puma, continúan viendo cómo sus pérdidas no disminuyen.

Este felino emblemático ha sido estigmatizado por ganaderos como una amenaza a ovejas y vacunos. © Nicolás Lagos.

En el extremo sur de su distribución, en el Parque Nacional Torres del Paine, si bien el puma encuentra protección y sus poblaciones se recuperan tras décadas de presión, fuera de sus límites el conflicto continúa sin variaciones. Sin embargo, aún hay esperanza. Algunas estancias vecinas al parque como Laguna Amarga o Estancia Cerro Guido han cambiado su manera de percibir e interactuar con el puma. Ya no se le persigue ni se le mata, sino que muy por el contrario, se le protege. Este cambio no llega de la noche a la mañana, y requiere de un largo trabajo. En Cerro Guido por ejemplo, perros protectores de ganado y disuasivos lumínicos están siendo utilizados para mantener al puma lejos, y de esta manera disminuir las pérdidas de ovejas. Esto, de paso, ha permitido disminuir también la animosidad hacia el gran felino.

Algunas estancias como Laguna Amarga o Estancia Cerro Guido han cambiado su manera de percibir e interactuar con el puma. Ya no se le persigue ni se le mata, sino que muy por el contrario, se le protege.

Como una manera de continuar con ejemplos como el de Estancia Cerro Guido es que nace el libro “En el límite: Puma en Torres del Paine”, un libro de divulgación acerca de la historia natural del puma, con información detallada acerca de la especie y acompañado de fotografías tomadas en estos sectores donde el puma hoy puede recorrer su territorio sin miedo al ser humano. El objetivo de esta públicación, además de dar a conocer a la especie, es aportar de manera directa a su conservación en Patagonia. Esto, porque el 100% de las utilidades provenientes del mismo serán destinadas a trabajar por la conservación del puma, aportando a que otras estancias puedan sumarse a este cambio de paradigma.

Gracias a iniciativas de conservación, comunidades de pumas y humanos poco a poco comienzan a convivir de formas más armoniosas en la Patagonia. © Nicolás Lagos.

A partir de la experiencia en Cerro Guido, y a través de una colaboración entre el Área de Conservación de la estancia y la ONG Panthera, el proyecto buscará trabajar junto a ganaderos locales para crear capacidades en estancias de Magallanes hacia la búsqueda de soluciones al conflicto entre la producción ganadera y la conservación del puma, además de aportar al establecimiento y aplicación de estándares para el turismo responsable de pumas en la región y educar a niños y niñas acerca de la importancia de la conservación del puma.

En una campaña especial de preventa del libro a un valor promocional, quienes estén interesados en tenerlo y aportar con su granito de arena a la conservación del puma podrán también acompañar el libro con impresiones impresiones fotográficas en alta calidad con inyección de pigmentos minerales sobre papel de cáñamo de 290 g/m2 de la línea Natural Line de Hahnemühle, realizado por Karkai Ediciones.

Para adquirir una copia del libro o alguno de los “packs”, pueden contactarse directamente con los autores, a través del correo libropuma@gmail.com. La fecha de entrega del libro estimada será para el mes de diciembre de 2021.

Quienes apoyen la publicación del libro podrán adquirirlo a partir de diciembre de 2021 junto con impresiones fotográficas del puma. © Nicolás Lagos.

Especificaciones técnicas del libro:

Libro bilingüe español/inglés

216 páginas, 20.5×26 cm

Tapa dura de 2.5 mm

Papel couché de 170 gr.

(*) El trabajo fotográfico detrás de este libro se ha realizado siguiendo las recomendaciones y protocolos de avistamiento de pumas de CONAF, y con los respectivos permisos de trabajo audiovisual al interior del Parque Nacional Torres del Paine.

Sobre el Autor

Nicolás Lagos Silva es Ingeniero en Recursos Naturales Renovables y Magister en Áreas Silvestres y Conservación de la Naturaleza, se dedica a la protección y conservación de los felinos silvestres en Chile, en especial del gato andino y el puma. Además, es un fotógrafo aficionado que disfruta de caminar y asombrarse con la belleza de la naturaleza.

Imagen de portada: Pumas en el Parque Nacional Torres del Paine. © Nicolás Lagos Silva

Tuve la suerte de conocer a Humberto Maturana hace dos décadas. Era generoso: sin conocerme ni yo ser su estudiante, accedió a co-guiarme en una investigación para entrar a un postgrado en Inglaterra. Para mi sorpresa, allá nos enseñaron la “Teoría de Santiago” (como se conoce el trabajo de Maturana y Francisco Varela) en ramos […]

Tuve la suerte de conocer a Humberto Maturana hace dos décadas. Era generoso: sin conocerme ni yo ser su estudiante, accedió a co-guiarme en una investigación para entrar a un postgrado en Inglaterra.

Para mi sorpresa, allá nos enseñaron la “Teoría de Santiago” (como se conoce el trabajo de Maturana y Francisco Varela) en ramos tan disímiles como filosofía de la ciencia o teoría de la complejidad (biología, matemática, ecología) ¡No lo podía creer!

Desde entonces he pensado y enseñado la teoría, que aún no termino de entender. No obstante, me quedó claro que marcaría un hito mundial en el campo de la ciencia, y de allí a diversos ámbitos del saber humano.

El enfoque sistémico (cibernético) de Maturana lo llevó a estudiar la organización de la vida, en lugar de sus componentes por separado. La vida no es una “cosa”, sino un proceso: una ininterrumpida onda circular de autoproducción: autopoiesis. El físico Fritjof Capra, un referente mundial en teoría de sistemas, sostiene: (La autopoiesis) “se basa en dos ideas revolucionarias: que la esencia de la vida biológica es un cierto patrón de organización (una red autogenerada de procesos metabólicos); y que todos los organismos vivos se regeneran continuamente al interactuar cognitivamente con su entorno. Con base en estas dos ideas, Maturana y Varela crearon la primera teoría científica que unifica mente, materia y vida.”

Para Maturana, todo ser vivo es un sistema cerrado que está continuamente creándose a sí mismo y, por lo tanto, reparándose, manteniéndose y modificándose.  © Unsplash

Ya hace 25 años, en “La Red de la Vida”, Capra afirmaba: “Desde mi perspectiva, la Teoría de Santiago es el primer constructo científico coherente que realmente supera la separación cartesiana.”

En otras palabras, se trata de un quiebre con más de 350 años de tradición científica, que diluye la separación entre cuerpo y mente, sujeto y objeto, organismo y medio ambiente, ciencias duras y ciencias blandas, individuo y sociedad.

Personalmente me enfoqué más a investigar su teoría aplicada a la ecología. Lynn Margulis se interesa en la autopoiesis en sintonía con su “endosimbiosis” (la mejor explicación al origen de las células eucariontes), y es ella la que le da un fundamento microbiológico a la teoría Gaia, de James Lovelock, que plantea que el planeta se comporta como un super-organismo. La noción de vida de Maturana también podía aplicarse a la idea de Gaia. La autoregulación a escala planetaria es también una forma de autopoeisis: la vida creando las condiciones ambientales ideales para la vida. Un sistema vivo planetario que está constantemente creando el medio ambiente adecuado para mantenerse (¡el origen de los servicios ambientales!). Y ello ocurriría no por magia, sino por recursión de la adaptación evolutiva. Tanto Gaia como Autopoiesis plantean que organismo y medio ambiente coevolucionan acopladamente, no hay uno sin el otro. Si la tierra es autopoiética, entonces probablemente está viva.

Maturana incorpora en su trabajo un tema principal en la cultura universal, pero prohibido en la ciencia natural: el amor.

Digo probablemente, pues autopoiesis y vida no son exactamente lo mismo. Dependiendo del criterio de distinción, existirían sistemas autopoiéticos no “vivos”, como el fuego o los remolinos de un río. Por otra parte, la autopoiesis no describe qué es la vida, sino qué hace la vida. En ese sentido no se resuelve definitivamente la pregunta por la vida, pero la autopoiesis es hoy la mejor definición de vida que tiene la ciencia.

Maturana a su vez desmitifica la competencia como eje principal de la evolución. Existe la competencia, pero es la cooperación lo que ha diversificado, complejizado y fortalecido a la biósfera. Cada gran paso en la evolución ha sido un paso cooperativo: de células a redes de células (organismos multicelulares) a redes de organismos (organismos sociales) a comunidades de especies, a redes ecosistémicas. La cooperación es constitutiva a la vida.

El lenguaje no escaparía a ello. Si el lenguaje es co-ordinación (ordenarse con), su requisito es la co-operación (operar con). En el caso humano, ello implica el aceptar al otro. Así, Maturana incorpora en su trabajo un tema principal en la cultura universal, pero prohibido en la ciencia natural: el amor. Lo define biológicamente como “la aceptación del otro como un legítimo otro en la convivencia” o “dejar que el otro aparezca”, y afirma que es la emoción que funda lo humano.

Ilustración obtenida del reconocido libro «El árbol del conocimiento», de Humberto Maturana y Francisco Varela.

¿Porque su teoría se expandió a tantos campos del saber?

Porque redefine lo que es la vida, el lenguaje y el conocer. Eso sencillamente lo cambia todo, incluyendo lo que entendemos por realidad y conciencia.

Maturana plantea que para todo ser vivo la realidad es distinta, pues ésta se percibe de acuerdo con los procesos sensoriales de cada organismo. La experiencia del vivir se realiza en la corporalidad, y por ello es única e intransferible, pero ocurre siempre en la interacción; con los otros, lo otro y consigo mismo.  En simple: como el conocer es un proceso que ocurre también dentro del organismo (con o sin sistema nervioso), ningún ser vivo tiene acceso a una realidad independiente de su propio organismo. Lo que “vemos” o “sentimos” es lo que le pasa a nuestro cuerpo en el encuentro con algo, lo que ese algo gatilla en nosotros, pero no podemos saber cómo es ese algo sin nosotros.

Por esa razón, nadie puede afirmar que tiene acceso a una verdad absoluta. Si bien siempre se supo en ciencia que no existe la verdad absoluta, la Teoría de Santiago entrega una base teórica para ello, socavando de paso uno de los supuestos más importantes de la ciencia moderna: la objetividad.

Humberto Maturana, el científico chileno más citado en el mundo, expandió nuestra conciencia, devolvió nuestra mirada hacia la vida y nos invitó al amor.

La “verdad” surge en el conversar, como un consenso con otros, y por ello cambia constantemente de acuerdo con cada momento histórico. La verdad sería relativa, pero no en términos absolutos, pues como seres vivos, estamos acoplados estructuralmente a nuestro medio: he ahí nuestro “cable a “tierra”.

Asimismo, al ser organismos que vivimos en el lenguaje, cada nueva «verdad» (idea aceptada colectivamente) tiene el potencial de cambiarnos a nosotros también, pues un nuevo lenguaje implica también una nueva percepción. Por ejemplo, hace solo 100 años no existía el concepto de ecosistema; por ello no podíamos “ver” un ecosistema. Al crearse la palabra emergió un mundo nuevo. Paradójicamente, desde esta perspectiva, efectivamente “el lenguaje crea realidad”, como diría Maturana, haciendo además una importante distinción entre hablar (sólo «lenguajear») y conversar (etimológicamente «girar juntos»; fluir entre lenguajear y emocionar: involucrarnos emocionalmente en el hablar). Contrario a nuestra creencia convencional, la razón y la lógica serían menos gravitantes que las emociones. “Los humanos somos seres emocionales que usamos la razón para justificar o negar según nuestras propias preferencias” diría también. Así lo ha constatado la neurociencia, respecto a que las emociones preceden al pensamiento analítico en el proceso cognitivo.

Una cultura sería entonces una red de conversaciones de un grupo humano acoplado. De esta forma, para Maturana la democracia no sería solo un sistema de gobierno, sino un modo de vida en el coexistir, y por ende amoroso.

Humberto Maturana, el científico chileno más citado en el mundo, expandió nuestra conciencia, devolvió nuestra mirada hacia la vida y nos invitó al amor. Gracias al Estado de Chile por haberlo educado y asistido en sus comienzos, y a la comunidad científica por otorgarle visionariamente el Premio Nacional de Ciencias. Para llevar su teoría a la práctica, tenemos hoy en Chile la mejor oportunidad: ser capaces de conversar, consensuar qué queremos. Pues, en la autopoiesis de la sociedad, crearemos una constitución que creará el país que seremos en las próximas décadas.

© Unsplash

Sobre el Autor

Ingeniero Agrónomo, MSc., PhD. Desde 1997 ha trabajado como consultor ambiental y como profesor e investigador en ecología y recursos naturales, especializándose en ordenación territorial ecosistémica y uso sustentable de la bioenergía.  Actualmente trabaja como académico en la Universidad Austral y es socio fundador Fundación Manfred Max-Neef.

Imagen de portada: El profesor Humberto Maturana en su laboratorio © Creative Commons.

ESTO TAMBIÉN PASARÁ. TACCONE CITTÀ EFFIMERA es el nombre del proyecto de la residencia artística1 que me permitió salir al encuentro de una historia sorprendente y poco conocida. Nunca hubiese imaginado que sobre el árido terreno de la región de Basilicata encontraría los rastros que me llevarían a descubrir una memoria común entre dos pueblos […]

ESTO TAMBIÉN PASARÁ. TACCONE CITTÀ EFFIMERA es el nombre del proyecto de la residencia artística1 que me permitió salir al encuentro de una historia sorprendente y poco conocida. Nunca hubiese imaginado que sobre el árido terreno de la región de Basilicata encontraría los rastros que me llevarían a descubrir una memoria común entre dos pueblos en geografías tan distantes: la historia de borgo Taccone al sur de Europa y esa historia del Chile que habito al sur de América.

Lucania se solía llamar la región de los grandes bosques de este sur europeo. Misma tierra que hoy lleva por nombre Basilicata al sur en Italia. Territorio antiguo que pacientemente labrado por el orden de la cosecha anual ha sido despojado de una parte de su historia original.

Es importante saber que este paisaje no siempre ha tenido los colores del desierto. En el lugar que ocupan estas tierras abiertas a los elementos, solía haber un lucus, que quiere decir en latín bosque sacro. Verde quizás, gigantesco tal vez, tanto como la Amazonía en el sur de América. Reserva natural que hoy se incendia ante la acción de los insensatos para crear territorio yermo, explotado como éste. Significativo resulta también preguntarse ante este paisaje: ¿qué estado tendrá la naturaleza cuando se necesite nuevamente practicar las utopías colectivas para poblar de nueva vida la tierra al sur?

Casas aisladas que hicieron parte de la reforma agraria, Taccone. © Carlos Hevia Riera, 2019

Breve y lejana se siente la historia de Borgo Taccone, un pequeño poblado en la comuna de Irsina, planificado para albergar la vida agrícola de la región. Treinta años felices que pasaron rápido. Desde su fundación durante la reforma agraria italiana al “boom” industrial italiano que motivó el éxodo de sus habitantes hacia el norte. Del paradigma agrícola de los ’50 a la promesa de desarrollo y progreso de los ’80. Un asentamiento diseñado al detalle y construido para durar siglos, transformado en refugio temporal. Piedras apiladas que hoy se suman a la lista común de ruinas dispersas en todo lo ancho de la región.

Murales realizados por la Brigada Pablo Neruda, durante su paso por Taccone. © Tonido Catena, 1977

“Porque de todo elemento el hombre es un creador” son las palabras del cantautor chileno Víctor Jara, asesinado por la dictadura de Pinochet en el año 1973 y que sorprendentemente también es parte de la historia de Borgo Taccone. Muchos recuerdan aún la llegada en 1977 de la Brigada Pablo Neruda, un grupo de artistas y muralistas chilenos exiliados, que trajeron al sur de Italia más que solo los colores y el trazo de la revolución latinoamericana. Dejaron como testimonio de su paso un gran mural, el cual hoy es casi imposible de reconocer.

Una de las acciones públicas llevadas a cabo en la comuna de Irsina, ciudad poblada de la que depende administrativamente Taccone. © Carlos Hevia Riera

¿Somos nosotros aún los habitantes de Taccone? Fue una pregunta abierta, que dio inicio a mi trabajo de residencia. Una pregunta hecha al desierto y a todos quienes habitan este sitio en el cuerpo o en la memoria. Una  de las tantas acciones públicas que permitieron encontrar diez de los relatos íntimos que quedaban por contar en Borgo Taccone y que en su conjunto revelaron algunos de los silencios de la historia conocida. Relatos orales en su mayoría, anécdotas y testimonios, en definitiva, memoria pura que permite dilucidar el estado actual del proceso de habitar lucano.

¿Quiénes serán los futuros habitantes de Taccone? El pasado es acervo de los y las que soñaron con materializar aquí un estilo de vida único para el sur de Italia, vínculado estrechamente al trabajo de la tierra y a la producción industrial de trigo. El presente es complicado y se intenta explicar en las palabras de la generación que decidió dejar para el Borgo un final abierto a la ventura de “lo natural”.

Ya se sabe, el bosque que dio nombre a la antigua Lucania se ha desvanecido, tanto casi hasta su extinción. De aquel pasado verde y frondoso queda poco más que el testimonio dibujado en los viejos mapas hechos para entender los territorios que describían a los antiguos imperios.

La “paglia”, fardos de paja de 500 kilos con los cuales se construyó la instalación pública en Taccone. © Carlos Hevia Riera

Retazos de aquella vida bajo la sombra de gigantes árboles se pueden encontrar y, con mucho esfuerzo, en los sectores altos de la zona montañosa del Pollino, lejos de los campos de cultivo, donde los árboles hoy son ornamentos que acompañan los caminos.

Para los futuros habitantes, Taccone parece una página en blanco. Una oportunidad para colorear las formas del mundo agrícola con las texturas verdes del pasado remoto de la Lucania. Traer a la vida el bosque, los árboles y los animales que se necesitan para soñar una vez más el modo de la utopía que decidirán habitar.

Reducto de árboles plantados en la década de los `80 sobre el territorio agrícola de Taccone. © Carlos Hevia Riera

Ir en busca del árbol imaginario y portarlo dentro. Tomarlo con las manos y sentir su peso sobre las cabezas. Recorrer con estos tubos de cartón unidos por tornillos metálicos las calles que recorrían años atrás los creyentes cristianos del patrono del pueblo, San Giuseppe Lavoratore.

De “paglia” fueron los muros del templo que sostuvieron el Museo de lo efímero y de lo sacro. Los mismos fardos amarillentos que un día conformaron su estructura, ahora vuelven a ser alimento de animales. Estos finos palillos que conforman los pesados bloques que estuvieron apilados en el centro de borgo Taccone, son el producto despreciado de la extensiva industria del monocultivo del trigo. Palillos que cuando no se trabajan, arden amontonados en largas filas paralelas cada verano.

 
Representación planimétrica del museo de lo efímero y de lo sacro. En la primera sala se expusieron las diez historias recopiladas junto a 10 objetos que las representaban. En la segunda sala se expuso el “bosco sacro”, construido junto a los niños de las escuelas públicas de la ciudad de Irsina. © Carlos Hevia Riera

Bajo el sol y con los visitantes como protagonistas, tuvo lugar una emoción muchas veces sentida pero nunca antes nombrada, que quedó escrita como lucusescencia.

Niños de las escuelas públicas de Irsina, llevando dentro del museo el símbolo del bosque desaparecido, un árbol hecho de cartón. ©Carlos Hevia Riera

Museo de lo éfimero y de lo sacro

Instalación pública, Borgo Taccone, 19 de Octubre 2019. 

Con el viento soplando las blancas velas de Donato Laborante se dio la bienvenida al Museo de lo efímero y de lo sacro. El sábado 19 de octubre de 2019, al mismo tiempo que en Chile estalla en fuego el despertar colectivo contra el sistema perpetuado por la dictadura de Pinochet, en el sur de Europa se abría un espacio para abrazar el abandono y las utopías perdidas.

Donato Laborante, representando al viento que se hizo parte de la instalación efímera. © Daniela Contardo

Desde las tres y hasta las siete de la tarde, los gruesos muros de “paglia” definieron temporalmente el límite entre el interior del oasis y el exterior del desierto. Bajo el sol y con los visitantes como protagonistas, tuvo lugar una emoción muchas veces sentida pero nunca antes nombrada, que quedó escrita como lucusescencia. Una palabra universal a la medida de este sur. Lucusescencia es una emoción que brota natural, cuando no existe más ese lugar donde habitaban los recuerdos más queridos.

Lucusescencia: La emoción que se prueba al desaparecer el lugar sacro donde habitaban tus recuerdos. 

Maria Luigia (QEPD) de 98 años, la abuela de la única familia que habita aún Borgo Taccone se hace presente en el museo para escuchar por última vez, y después de muchos años el ruido de los niños en su poblado. © Carlos Hevia Riera

Este espacio fue sagrado porque nos pertenecía a todos y a todas y porque a través de las historias aquí reunidas se pudo entrar profundo en la vida de personas que se creían conocidas. Esta sala de “paglia” fue solo el contenedor de un recuerdo persistente, que perdurará ligado a la tierra a pesar de que la estructura que lo contuvo no exista más.

Espacio del “bosco sacro” realizado junto a los niños que habitan la ciudad de Irsina. © Carlos Hevia Riera

Un volumen techado marcaba el ingreso al lucus, al bosque sacro. En su interior la representación del oasis. Espacio creado por más de cien niñas y niños que trabajaron juntos para darle forma al antiguo paisaje de la Lucania. Allí el árbol cobró vida, gracias a la imaginación de quienes soñaron con volver a habitar borgo Taccone.

Queda latente aún la acción de Angelo, un niño italiano de 12 años, quien sobre su máquina horquilla puso el cierre definitivo al edificio, movilizando las puertas de “paglia”, que juntas sumaran más de 2.000 kilos.

El rito finalizó con el árbol en llamas, luego de ser cargado nuevamente sobre las cabezas hasta la tierra yerma. Fue esta explosión simultánea en Chile y en Italia el testimonio contemporáneo de una historia común entre ambos pueblos a latitudes lejanas.

El árbol hecho de cartón fue quemado, en un rito colectivo la noche del 19 de octubre, luego del cierre del Museo de lo Efímero y de lo Sacro. © Carlos Hevia Riera     

​​Notas:

(1) Proyecto de residencia artística financiado por el programa Capital Cultural Europea Matera 2019. Llevado a cabo en la comuna de Irsina región de Basilicata, durante los meses de agosto a octubre 2019.

(2) Para conocer la historia completa de este proyecto de residencia artística, puedes visitar el enlace al perfil de Facebook de Mundo Fau de la Universidad de Chile, donde me invitaron a presentar en detalle la experiencia de la instalación. Link fb.watch/v/2YR62k02m

(3)El proyecto propuso desde su postulación la construcción de un fotolibro, el cual ya se encuentra disponible para revisar online en la plataforma Issuu a través del siguiente link: https://issuu.com/carlosheviariera/docs/lucus_taccone_carlos_hevia_riera

Para obtener el libro físico, escribir a hola@carlosheviariera.com 

Sobre el Autor

​​Carlos Hevia Riera, Santiago de Chile 1987, es arquitecto y fotógrafo, profesor invitado de la cátedra del «Programa Chiloé: territorio, paisaje y cultura» FAU de la Universidad de Chile. Su trabajo ha estado movilizado por la puesta en valor del habitar cotidiano, conectando su obra a temas de derecho a la ciudad, participación ciudadana y educación con pertinencia cultural, en territorios rurales y aislados. @Carlosheviariera

Imagen de portada: Vista de la región de Basilicata, verano del 2021. © Pablo Hassmann, 2021

Asombrosas, temerarias e inteligentes: una breve biografía de Larus dominicanus

Las gaviotas son aves que por lo general no despiertan mayor atención en las personas sólo por el hecho de que son comunes y fáciles de observar, siempre al alcance de una foto. No son especies que fascinen a todos como por ejemplo la observación de un cóndor, un picaflor o un ave rapaz, incluso […]

Las gaviotas son aves que por lo general no despiertan mayor atención en las personas sólo por el hecho de que son comunes y fáciles de observar, siempre al alcance de una foto. No son especies que fascinen a todos como por ejemplo la observación de un cóndor, un picaflor o un ave rapaz, incluso a veces son consideradas aves cargantes y molestas por alcanzar en forma temeraria algún tipo de alimento inapropiado en su dieta ¿quién no ha visto videos en la web donde esta protagonista alada le “roba” alimento a un turista o incluso saca alimento envasado desde el escaparate de una tienda?

En general, las gaviotas se caracterizan por presentar un patrón de coloración relativamente uniforme; blanco, gris y/o negro, pero eso sí con las patas y picos de colores vistosos. Los dedos de las patas están unidos por una membrana interdigital y no presentan dimorfismo sexual aparente. Dependiendo de la edad (juveniles o adultos) y la época del año (época reproductiva o de reposo) presentan diferentes plumajes con lo cual, a veces, se torna un desafío poder identificarlas correctamente.

gaviota adulta y gaviota juvenil. © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

La esperanza de vida de una gaviota varía entre 10 a 20 años dependiendo de la especie que se trate, llegando a registrarse hasta más de 30 años en algunas de ellas. En Chile se encuentran 11 especies de gaviotas de las más de 50 que se registran en el mundo, pero en este artículo les presentaremos a la gaviota dominicana (Larus dominicanus) llamada simplemente gaviota, gaviota cocinera (en argentina), Kelp gull en inglés o Caucau en Mapudungún.

La capacidad de esta especie para explotar el consumo de fuentes de alimento de origen antrópico, es uno de los factores que ha permitido su expansión en ambientes marinos y dulceacuícolas a lo largo de todo el hemisferio sur, distribuyéndose en América, África, Australia y Nueva Zelanda, aunque también existen registros de algunos individuos en el hemisferio norte.

En Chile podemos encontrarlas durante todo el año en el área continental e insular. Se observan más comúnmente en las costas, aunque también hacia el interior, a veces a muchos kilómetros del mar. Se pueden ver, también, en zonas urbanas, semiurbanas, ríos, lagunas cordilleranas y lamentablemente en vertederos donde es muy común encontrarlas.

En Chile se encuentran 11 especies de gaviotas de las más de 50 que se registran en el
mundo. © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Esta gaviota pertenece al orden Charadriiformes, familia Laridae y aunque a veces podemos encontrar individuos solitarios, lo común es verlas en colonias numerosas debido a que es una especie muy sociable.

Son aves ingeniosas, curiosas, escandalosas y expresivas que tienen métodos de comunicación complejos y una estructura social altamente desarrollada, aunque a simple vista sólo se perciba un griterío desordenado entre ellas. Son muy comunicativas tanto vocal como gestualmente, para llamarse y reconocerse producen sonidos ásperos y fuertes que recuerdan un llanto o gruñido. Los múltiples graznidos, gritos, ruidos guturales y lamentos son parte de una compleja red de comunicación que involucran comportamientos de sumisión, agresión, dominación y amenaza. Estas gaviotas son muy inteligentes y pueden aprender e incluso transmitir el aprendizaje a otros individuos. Estudios científicos han demostrado que pueden recordar, lo que explicaría cómo han descubierto la forma de aprovecharse de los errores y descuidos, por ejemplo, sacan provecho de lo que para los humanos es basura; para ellas, en cambio, es alimento.

En Chile podemos encontrarlas durante todo el año en el área continental e insular. Se observan más comúnmente en las costas, aunque también hacia el interior, a veces a muchos kilómetros del mar. Se pueden ver, también, en zonas urbanas, semiurbanas, ríos, lagunas cordilleranas y lamentablemente en vertederos donde es muy común encontrarlas.

Otra característica propia de esta especie es que son monógamas, es decir, siempre se aparean con la misma pareja, aunque ambos individuos permanezcan separados en época no reproductiva.

Esta especie, al igual que otras aves marinas, tienen la capacidad de beber agua salada ya que poseen un complejo sistema de filtraje y eliminación de la sal en su organismo que les permite convertirla en agua potable. Lo anterior gracias a una estructura llamada glándula supraorbital o glándula de la sal ubicada encima del ojo. Esta glándula funciona similar a un riñón ya que extrae la sal de la red capilar que pasa cerca del ojo y la elimina en forma continua a través del pico o mediante estornudos.

La glándula supraorbital o glándula de la sal se ubica encima del ojo, con ella filtra y elimina la sal de su organismo. © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Desde un punto de vista fisonómico, es una especie de gaviota grande, cerca de 60 cm, con el dorso blanco y alas negras. La caracteriza un anillo ocular rojo, iris marfil y pico amarillo con mancha apical roja en la mandíbula inferior. Sus patas son de un color amarillo oliváceo. Los juveniles pueden ser confundidos con otras especies ya que éstos son de color café claro con manchas más oscuras en el dorso y alas. Su pico y patas son negras y la cola presenta una banda terminal oscura que pierde alrededor del tercer año. El plumaje juvenil se va aclarando a medida que pasan los años, se sabe que tardan hasta cuatro en lograr el plumaje adulto completo.

El plumaje juvenil se va aclarando a medida que pasan el tiempo, se sabe que tardan hasta cuatro años en lograr el plumaje adulto completo. © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Según la categoría de conservación internacional (IUCN) esta especie está catalogada con “preocupación menor (LC)” (LC; abreviado desde el nombre original en inglés “Least Concern”), esto quiere decir que habiendo sido evaluada la especie, no cumple ninguno de los criterios que definen las categorías de “En Peligro Crítico”, “En Peligro”, “Vulnerable” o “Casi Amenazado”.

Son aves oportunistas con una enorme capacidad de adaptación en cuanto a la alimentación; se han adaptado a vivir en las ciudades, pasando de alimentarse en las costas y en el mar, a base de pescado, a alimentarse de los desechos humanos. Es común verlas siguiendo embarcaciones o estar en caletas de pescadores a la espera de algún resto que pueda quedar de la pesca.

Gaviota alimentándose de moluscos. © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Son omnívoras, predominantemente carnívoras; su dieta es sumamente variada, se alimentan de todo tipo de animales como peces, crustáceos, reptiles, anfibios, vegetales, insectos, carroña, pájaros pequeños como palomas (hay registros documentados donde han atacado en vuelo), huevos de pájaros (tanto de otras especies como de la suya propia), polluelos, ratas, etc. Si sus presas aún están vivas, o son moluscos, las cogen con el pico y las dejan caer desde lo alto hasta que mueren o se abren. En algunas colonias, dependiendo de la disponibilidad de alimento, los adultos pueden presentar canibalismo, es decir, pueden llegar a comerse los pichones de otras parejas.

Un concepto interesante que se aplica en esta especie es el “cleptoparasitismo” o, dicho en otras palabras, la estrategia para alimentarse que consiste en robar el alimento que otra especie ha conseguido. Como ejemplo, se puede mencionar el robo de huevos de otras especies de aves, los cuales son soltados desde lo alto hacia el suelo, para que se rompan y así poder comérselos.

En invierno, las gaviotas se encuentran dispersas por la costa y en el interior de las ciudades. Cuando llega la época de reproducción se dirigen a las zonas de anidación que suelen ser las mismas cada año. Los machos llegan primero y emiten sonoros gritos de llamada (el canto es una áspera risa emitida con la cabeza extendida hacia adelante y abajo) a las hembras que les reconocen por la voz y así las parejas pueden reunirse de nuevo para la reproducción.

Para la creación de sus nidos, las gaviotas utilizan todos los recursos que estén disponibles. © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Aunque se han descrito nidos en solitario, lo común para la especie es que nidifiquen en colonias donde se agrupan gran cantidad de individuos pero, eso sí, con los territorios bien delimitados, que son defendidos fuertemente por sus propietarios. Los nidos están situados a cierta distancia unos de otros y, a veces, son simples depresiones en el suelo, rocas o acantilado, pudiendo o no estar revestidos de material vegetal u otros sustratos como plumas, ya que para la construcción de los nidos, utilizan todos los recursos que estén disponibles.

La época de reproducción para esta especie tiene una relación directa con la latitud, iniciándose en forma posterior en las zonas más australes. En Chile, la época reproductiva puede ir desde agosto hasta marzo. Las puesta generalmente es de dos a tres huevos manchados de color pardo oliváceo. Son incubados cerca de 25 días y cuando nacen, macho y hembra se encargan de la alimentación de las crías. Aunque los polluelos se mimetizan bien debido a sus manchas moteadas oscuras, los padres deben protegerlos de los otros adultos, ya que el robo de huevos o de polluelos es frecuente.

Los padres deben proteger a los polluelos de los otros adultos, ya que el robo de huevos o de polluelos es frecuente. © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Existe una asociación de las colonias de estas gaviotas con otras especies, como por ejemplo las loberías y también otras colonias de aves como los cormoranes y gaviotines. Lo anterior debido a su comportamiento de cleptoparasitismo y el aprovechamiento de los excrementos, como recurso alimenticio.

Ahora, cada vez que veas una gaviota dominicana sabrás que, a pesar de ser una especie común y fácil de encontrar, son también aves asombrosas temerarias e inteligentes, por lo que es importante su cuidado.

Polluelo de gaviota cerca del nido. © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Bibliografía

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Giaccardi. M, Yorio. P, Lizurume M (1997) Patrones estacionales de abundancia de la gaviota cocinera (Larus dominicanus) en el basural patagónico y sus relaciones con el manejo de residuos urbanos y pesqueros. Ornitología neotropical 8: 77-84.

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Sobre los Autores

Gabriela Espejo y Juan Sebastián Espejo son dos hermanos amantes de la naturaleza, que han reunido sus experiencias profesionales para dedicar parte de su tiempo en la difusión del cuidado del entorno; Juan Sebastián es arquitecto y Gabriela es veterinaria. Juntos han desarrollado y concretado proyectos audiovisuales, fotográficos y artículos escritos sobre el maravilloso Chile natural que nos rodea. Les encanta hacer trekking y quedarse horas en un mismo lugar, observando y escuchando al entorno, para finalmente elaborar material educativo y de calidad.

Imagen de Portada: © wingsfromsouth y cacoespejo_fotografía.

Muchas cocinas buscan sustentar su concepto culinario bajo una identidad y otras tantas se encuentran con la dificultad de hacerlo por el desconocimiento del territorio y de los productos. Projecto Materia nace en Portugal de la inquietud del chef João Rodrigues del restaurante Feitoria ante la necesidad de encontrar personas trabajadoras con valores en sincronía […]

Muchas cocinas buscan sustentar su concepto culinario bajo una identidad y otras tantas se encuentran con la dificultad de hacerlo por el desconocimiento del territorio y de los productos. Projecto Materia nace en Portugal de la inquietud del chef João Rodrigues del restaurante Feitoria ante la necesidad de encontrar personas trabajadoras con valores en sincronía a los suyos y que le aprovisionasen no solo de productos sin químicos sino también de ética y sostenibilidad con el único propósito de sumarse a la perdurabilidad del territorio. Unos años después Projecto Materia es una realidad en forma de empresa sin ánimo de lucro y en formato digital como repositorio de información de proveedores para quien quiera comprarles.

A través de esta cocina conocemos sitios como Peniche, un pueblo pesquero donde entre pescadores creció un amigo de João, quien nunca salió al mar para trabajar porque su padre regentaba un pequeño café. Pese a esto, creció y transformó la cafetería de su padre en un restaurante de pescado y marisco que ganó popularidad. João visitaba aquel templo del producto marino y siempre se quedaba igual de asombrado por la variedad y la frescura del pescado: “era increíble y no podía creerlo”, cuenta el chef. Resulta que su amigo conocía a todos los pescadores desde niño y gracias a esta proximidad y vínculo tenía acceso a una gran variedad. El asombro le llevó a querer lo mismo para su restaurante Feitoria aunque la realidad fue mucho más compleja. Al preguntarle para comprarlo siempre obtenía la misma respuesta: “imposible”. El problema no era comprar el pescado, le respondía que no contaba con los medios para llevarlo a Lisboa y que sólo para un restaurante resultaría muy caro. Pero él no se dio por vencido y prometió encontrar a más de 15 restaurantes de Lisboa para comprarle pescado y repartir gastos. “Le compré pescado durante un mes entero y era yo quién lo recogía, 200km todos los días y ahora el pescado de Peniche abastece a más de 30 restaurantes de Lisboa”.

Projecto Materia del chef João Rodrigues es un proyecto portugués que conecta personas y mapea proveedores según una filosofía de trabajo vinculada al trabajo con recolectores y el valor de las materias primas locales © Fabrice Demoulin

João Rodrigues es un cocinero portugués que aspiraba a ser biólogo marino por su amor al mar, tiene una gran proximidad a la naturaleza y especialmente al océano. Se graduó en cocina y pastelería en la Escuela de Hotelería y Turismo de Lisboa con 21 años y ganó el premio a mejor estudiante de cocina. Trabajó durante años en grandes restaurantes junto a estrellas michelín. En 2007 ganó el concurso “Cocinero chef del año” y dos años después participó en la apertura del Altis Belém Hotel & Spa como chef adjunto del Hotel y chef residente del restaurante Feitoria con el Chef Cordeiro. Feitoria ganó su primera estrella Michelin en 2011 y la ha renovado durante 7 años consecutivos. Desde 2013 es el chef ejecutivo del Altis Belém Hotel & Spa y en 2015 fue distinguido como Chef d’Avenir (Chef del Futuro) por la Academia Internacional de Gastronomía. Pero lo realmente apasionante fue cuando quiso vincular su cocina a la realidad de la cultura gastronómica portuguesa.

“Entendí que era una cuestión nacional, que no había información sobre los productos” contaba João en el congreso a bordo de un barco de Sevilla rumbo a Cádiz (Andalucia) por el río Guadialquivir. Este mes viajó al sur de España para dar a conocer el proyecto de Materia entre periodistas gastronómicos, científicos del mar y otros ponentes que se reunieron en el III Encuentro de los Mares, un congreso internacional itinerante de tres días que invita a debatir sobre la sostenibilidad del mar, el futuro del océano y cómo la ciencia y la gastronomía se unen para encontrar soluciones en común a los problemas del fondo marino.

Su viaje en busca de la identidad duró un poco más de este tramo del congreso: “Tuve que viajar por todo el país de norte a sur buscando esta filosofía y estilo de vida entre pequeños productores”. En muchas zonas del interior, parecen escondidos y la dificultad por encontrarlos es muy costosa. Después de 180 visitas por toda Portugal filtraron 80 productores con esta ética y fruto de este trabajo es un mapa publicado en su propia web. Recopiló la información y ahora quiere divulgarla para generar un contacto directo, mostrar las caras y contar su historia. Se trata de “valorar más el trabajo de los productores y que el consumidor pueda hacer una compra más consciente”. Y así nació Projecto Materia.

Recolección de ostras portuguesas en el estuario del río Sado, Setúbal © Projecto Materia

El producto es un reflejo de lo que es la persona que lo trabaja, su identidad propia.

 Esta es la misma filosofía que forma el restaurante Feitoria, “queremos que quienes nos visitan huelan el olor húmedo de la tierra y la brisa del mar, que tengan contacto con el producto y las personas que lo tratan, queremos que sueñen, rían, se diviertan, prueben”. De hecho, en Feitoria solo usa productos que están en el Projecto Materia, trabajan productos de todo país, Portugal es pequeño y hablamos de 700 km de norte a sur e 300 km de largo, “por lo que pensar en local es pensar en nacional”.

La sostenibilidad es una realidad en las cocinas y no por mera tendencia sino por necesidad. El caso de Materia empezó con una prospección de João en busca de la calidad lógica del producto de proximidad para su restaurante y se materializó como un proyecto sin ánimo de lucro  independiente que contempla las tres patas de la sostenibilidad: social, económica y medioambiental.

Como toda aventura, el proyecto le descubrió un nuevo enfoque y es que el lado humano le resultó más impactante que el producto final ya que según João, el producto es un reflejo de lo que es la persona que lo trabaja, es su identidad que es muy propia.

El chef João junto al recolector Trigo Barbela © Projecto Materia

Materia es un proyecto de personas

El papel de los productores es muy significativo, ellos se ubican en zonas del interior que se están despoblando y su trabajo genera un impacto social y económico positivo contra esta tendencia. Conectan personas vertebradas por una filosofía similar y es a través de los productos que generan valor en el territorio. Cuidan de las tierras, el suelo y sobre todo mantienen las tradiciones vivas y por eso en Materia tratan esta conexión con el productor como un tesoro que deben proteger y conservar.  El mapa, las historias y la información de los productores y productoras implican un aumento del interés en las regiones.

Celia es una productora resistente y apasionada que trabaja ostras con la técnica de fine de Claire que se encuentran libres en tierra del río Sado (Setubal) y resultan con mucho grosor, sabrosas, delicadas y dulces. Las llaman Ostras del Sado y es uno de los ríos más importantes de los que discurren exclusivamente por territorio portugués y uno de los pocos ríos de la península ibérica que corre en dirección sur-norte. Celia empezó a hacer ostras en una antigua producción de arroz, invirtió los flujos del agua para dedicarse a las ostras, es un sitio que tiene muchas algas y halófilas como la salicornia. Y en Feitoria crean un plato en honor a este ecosistema con una base de arroz de salicornia quemada con Ostra del Sado y microalgas. El entorno fue la inspiración del plato protagonizando la historia de Celia.

Uno de los platos de Feitoria: Calabaza de la huerta con queso Topo y ajo © Feitoria.

El proyecto cambia la mirada con la que trabajaban en gastronomía hasta la fecha que era pedir al productor en base a las necesidades y caprichos de la cocina. La materia prima es el centro del proceso creativo e investigador de Feitoria, que luego se traslada a un menú degustación donde lo más destacado es el material y todo los aromas y sabores que aportan los productos. De hecho, adjuntan el origen de cada producto en la minuta del menú.

Para obtener los mejores ingredientes, João Rodrigues y su equipo mantienen una relación de complicidad y confianza con productores y proveedores: su conocimiento y generosidad son fundamentales e inspiradores en todo el proceso. “Es necesario investigar el producto, conocer su historia, comprender su potencial, probarlo y llevarlo a otra dimensión, a través de un proceso complejo, riguroso y delicado: el espíritu mueve la materia …»

El resultado es un restaurante de cocina de autor centrado principalmente en productos portugueses, que captura la esencia del sabor y la autenticidad de los ingredientes.

Kiwano de la región de Alentejo, fruto de la simbiosis entre exótico y territorio local © Projecto Materia.

“Cambiamos la dinámica para que el productor sea un asesor que nos aconseje lo más adecuado en cada momento”, explica João. Y es que una temporada puede ser muy corta y son los pescadores, agricultores y demás los que avisan cuándo un producto está listo y cual es el momento óptimo para utilizarlo, no solo por propiedades sino por respetar los ritmos de la naturaleza. Al final, lo más importante es tener el contacto directo con estas personas que conocen mejor que nadie el producto tanto en calidad como en sostenibilidad.

Todo esto ha tenido un gran impacto en su restaurante Feitoria: el cambio de foco y el diseño de la oferta gastronómica es totalmente estacional y temporal. Los platos dependen de la naturaleza, lo que es complejo de gestionar sobretodo con lo procedente del mar por ser un mundo más salvaje. Dependen totalmente de los pescadores que son recolectores más que de productores: “necesitamos de estos expertos del mar para que nos aporten toda la información que no sabemos, el tipo de pescado que está en temporada, del tipo de pesca de la que proviene, como cocinarlo y hasta cuando se tendrá acceso a él.

Pedro Bastos es un pescador natural del Algarve y propietario de Nutrifresco quien no dudó en unirse a Materia. Como proveedor de pesca artesanal es complicado asegurar un pescado por la irregularidad del mar en Portugal y España. “El mar es muy complejo y no siempre actúa igual, es líquido y un día te da y otro no” cuenta Bastos que no pueden garantizar el producto que les pedía el chef porque los barcos pequeños dependen mucho de las condiciones atmosféricas.

Feitoria ha ganado estrellas Michelin con platos como este calamar de Peniche con gambas y maní © Feitoria.

Por eso, “un chef como Joao que tiene el concepto de pro natura que se preocupa en saber lo que el mar nos da en cada momento nos facilita la vida”, explica que no solo compra a la lonja lo que hay del día sino que contribuye a valorar especies que no se reclamaban por su escasa utilización gastronómica. Con la sincronía entre ambos de la cocina de Joao salen creaciones con un producto gastronómico de un pescado muy poco comercial.

Joao define Materia como un criadero de información para crear valor en toda la cadena y aproximar el productor con el consumidor final. “Queremos proporcionar toda la información para crear un canal alternativo en el que se puedan elegir las compras de manera más consciente”.

Queremos proporcionar toda la información para crear un canal alternativo en el que se puedan elegir las compras de manera más consciente.

Ambos contaban en el III Encuentro de los Mares este proyecto donde el papel de la gastronomía evoluciona en favor de la sostenibilidad, cómo su proyecto desvió el foco hacia el territorio en vez de hacia el producto. Este es un ejemplo de cómo la alta gastronomía se vuelve cada vez más activista, genera eco y visibiliza tendencias y proyectos cada vez más sostenibles en todos los sentidos. El de Materia es el de valorar el tiempo que nos regala la tierra, la gente y las costumbres, volver a conectar con la base y, por cierto, con la materia.

Más info sobre Projecto Materia aquí

Sobre la Autora: Carla Centelles es periodista gastronómica, defensora del producto de proximidad con enfoque hacia la sostenibilidad. También es emprendedora de un proyecto de comunicación social para potenciar a los productores locales.

Imagen de portada: Uno de los platos emblemas del premiado Feitoria: Tártaro de camarón escarlata de Algarve, rabanitos y wasabi. © Feitoria.

Lady Florence Dixie fue una aristócrata y aventurera británica que en 1879 se internó a caballo por las pampas, bosques y cordilleras de la Patagonia austral, viaje que más tarde se plasmaría en el libro “A través de la Patagonia”, transformándose en una pionera de la literatura de viajes y del turismo en la zona […]

Lady Florence Dixie fue una aristócrata y aventurera británica que en 1879 se internó a caballo por las pampas, bosques y cordilleras de la Patagonia austral, viaje que más tarde se plasmaría en el libro “A través de la Patagonia”, transformándose en una pionera de la literatura de viajes y del turismo en la zona que hoy conocemos como Torres del Paine. Hoy, la periodista y escritora Carolina Requena nos trae un fascinante relato ficcionado inspirado en el emotivo encuentro que Dixie tuvo con un huemul, dando cuenta del lado más personal de esta mujer vanguardista que logró romper con los esquemas establecidos de la sociedad de su época. No te pierdas este relato inspirado en el Diario de expedición “Across Patagonia” de Florence Dixie, la primera mujer europea en atravesar hacia Torres del Paine, por la ruta del Valle de las Chinas, hacia la Estancia 2 de enero, hoy Reserva de Conservación Explora Torres del Paine. 

Ilustraciones por Sebastián Correa Ehlers 

Tenía tanta hambre esa mañana que me costaba concentrarme para ensillar bien mi caballo. Sentía una punzada en el estómago, un poco de mareo y el paladar hastiado de los últimos frutos secos y galletas que nos habíamos terminado el día anterior. Si hubiese tenido aunque fuera un puñado más los habría comido sin pensar. Menos mal que el agua no faltó en tantos riachuelos que encontramos en el camino. De otra manera esta nueva jornada se habría hecho realmente insostenible.

Empecé a cuestionarme por qué me había metido en todo esto. Tan lejos de Inglaterra y de todo lo que estaba acostumbrada. Mis amigos y familia me lo advirtieron: «¡PATAGONIA! Florence ¿A quién se le ocurriría ir a un lugar así?», «¡Es peligroso para una mujer tan joven!», «¡Serás devorada por caníbales!», «¿Qué diablos te hace elegir una parte tan extravagante del mundo?», «¿Cuál puede ser la atracción?», “¡Está a miles de kilómetros de distancia y nadie ha estado allí antes, excepto el capitán Musters y uno o dos locos aventureros más!”. Todavía podía escuchar esas palabras como ecos. Pese a todos los comentarios y consejos había ganado mi obstinación. Mejor no pensar más en eso, ya estábamos aquí hace más de cuatro meses junto a mi marido, Sir Alexander Beaumont Churchill Dixie, dos de mis hermanos, Lord Queensberry y Lord James Douglas, un criado y un amigo, el Sr. J. Beerbohm, cuyo libro, Wanderings in Patagonia, acababa de publicarse cuando dejamos Inglaterra. En esas tierras habíamos sumado a cuatro baqueanos, como los llamaban localmente, que nos servirían de guías, dos franceses, un gaucho argentino y un habitante de Sandy Point.

Afilé mi cuchillo y colgué el rifle al hombro. Era tiempo de conseguir algo para poner al fuego. Siempre me había gustado cazar y esta salida me entusiasmaba en particular porque del éxito o fracaso de la misma dependería lo que comeríamos ese día. La sola idea de pegar algunos tiros me volvió el alma al cuerpo y emprendimos rumbo empujados por el hambre que, de tanto hablar de ella, a esta altura del viaje se había transformado en el onceavo integrante del grupo. 

Subimos la meseta donde, según aseguraron los baqueanos, encontraríamos algún animal. A fin de cubrir la mayor cantidad de terreno posible nos extendimos en línea a lo largo de unas dos millas. En este orden galopamos hacia el norte, explorando cuidadosamente la llanura que se desplegaba plana a una buena distancia, pero aparentemente desnuda tanto de huemules, guanacos, ñandúes como de pasto.

En casa era conocida por tener muy buena puntería lo que siempre me llenaba de secreto orgullo cuando salíamos a la caza de zorros en Leicestershire. Desde hace algunos años había decidido dejar de cabalgar de lado porque me daba todavía más seguridad ir como los hombres, aunque para muchos esto fuera motivo de escándalo porque ciertamente esperaban algo de mí distinto por mi género, rango y posición. Ser la hija del octavo marqués de Queensberry no ayudaba. Tampoco mi pelo corto que encontraban demasiado moderno y mucho menos mis afirmaciones feministas. No soportaba esta idea de que las mujeres éramos débiles y necesitadas de protección ¿Por qué?

En una ocasión, para una cena con algunos amigos invitados de mi padre se me ocurrió opinar sobre la monarquía: “Pienso que los hombres y mujeres deberíamos ser iguales en el matrimonio y el divorcio. Por otro lado la corona tendría que ser heredada por el hijo mayor del monarca, independientemente del sexo”. El silencio posterior en la mesa y la mirada fulminante de papá fue más dura que el castigo posterior de dos semanas sin poder salir de casa, por imprudente, según me dijeron, aunque a mí no me lo parecía.

La verdad es que siempre me había sentido tan ajena a ese mundo aristocrático británico, distinta a las mujeres de mi edad, con grandes inquietudes guardadas. Preguntas e ideas, que serían consideradas como revolucionarias, daban vueltas y vueltas en mi mente. Una vida que había dejado a más de diez mil millas atrás, harta de tantas formas, expectativas, prejuicios, banalidades y cotilleos pero que todavía seguía atascada en mí, burlándose de mi absurda aventura.

Con Beau nos habíamos casado hace menos de un año, enamorados como pocos matrimonios de nuestra generación. Almas inquietas, exploradores y amantes de los deportes al aire libre. Nos conocimos en una caza y de inmediato llamó mi atención, no precisamente por su apariencia, aunque tampoco era precisamente desfavorecido en lo físico, sino por ser el único hombre del grupo que no parecía intimidado por mi destreza, más bien estaba seducido por ella. Entonces supe que él también era diferente. Entre incomprendidos podríamos entendernos.

Para mis ojos Beau nunca fue el 11º Baronet, ni me importaron sus riquezas e influencias que tanto encandilaban a otras que lo pretendían antes de mí. Aunque algunos no lo comprendieran, siempre nos tratamos como iguales, independiente de nuestro sexo y obligaciones. Él fue el principal apoyo para hacer este viaje que un día, a mediados de diciembre de 1878, iniciamos dejando atrás nuestra preciosa casa en Mayfair, zarpando en el «Britannia» desde Liverpool rumbo al Estrecho de Magallanes, en el fin del mundo.

Mientras seguía sumergida en mis pensamientos, me despertó un viento que no respetó ningún abrigo. Genial, pensé, ahora además de hambre nos moriríamos de frío ¿A dónde nos iba a llevar todo esto? Quizás los otros tenían razón y yo, tan llena de fantasías absurdas, debía madurar y despertar a la realidad. El mundo siempre sería el mismo y no podría hacer nada al respecto.

Aunque me enorgullecía ser la única mujer de la expedición, me dolía saber que en mi mundo no me comprendieran, me criticaran y me tildaran a mis espaldas de “marimacho” e incluso dijeran que gobernaba a mi esposo «con una vara de hierro» por “obligarlo a esta locura”. Ahora me encontraba lejos de casa en medio de rostros extraños, desconocidos y escenas salvajes. Tuve que hacer un esfuerzo por desterrar de mi mente la idea de que todo era un sueño ¿Pero no era eso lo que quería? Precisamente porque este lugar estaba perdido y apartado del resto del mundo fue por lo que lo elegí. En la Patagonia podría haber muchos peligros, pero en ningún otro lugar encontraría un área de 100,000 millas cuadradas sobre la que pudiera galopar tranquila, a salvo de las persecuciones de amigos e incomprensiones. Pero ¿serviría de algo aparte de sentirme más libre?

¡Si tan solo esos malditos huemules se dignaran a hacer su amable aparición!, pensé. Pero evidentemente nada estaba más lejos de suceder. Seguimos cabalgando por la llanura, milla tras milla, mientras las esperanzas, al igual que el termómetro, se iban hundiendo gradualmente hacia cero.

Debido a la bruma reinante y a la naturaleza cambiante del terreno, la línea de avance fue perdiendo su orden hasta que dejé de ver y oír a mis compañeros. Una nube blanca se arrastró en el horizonte y creció barriendo rápidamente hacia mí, hasta que de improviso estaba envuelta en una furiosa tormenta de granizo. Me detuve para taparme la cabeza pero la borrasca no duró mucho. En poco tiempo el lugar estaba completamente blanco. Me pareció un lúgubre paisaje invernal en pleno verano del hemisferio sur. 

De pronto, en medio del manto blanco lo vi. Un hermoso ciervo dorado con la mirada altiva de aquel que se sabe dueño del lugar. Tan cerca y perfectamente inmóvil estaba el huemul mirándome tan tranquilo, dócil, confiado e intrigado, como si él también se preguntara qué hacía yo ahí. 

Traté de no respirar para no espantarlo y estuvimos los dos examinándonos –uno de esos instantes que parecen una eternidad– tanto, que llegué a pensar que quizás era una ilusión, un espejismo en medio de la nieve. Pero la magia no podía durar para siempre. Mi caballo acomodó su postura y rompió el hechizo. La que creí mi presa huyó como un rayo por la ladera sur de la colina.

Ni siquiera lo pensé, desmonté, me quité el rifle y lo salí persiguiendo. Mientras avanzaba tratando de esconderme entre los arbustos, sentí un egoísmo delicioso de querer matar yo misma al primer animal. A no mucha distancia nuevamente lo divisé. Aunque me vio llegar permaneció quieto y de pie en la inocencia de aquel que no ha conocido el plomo de una bala. Sin embargo, mi arma no era la más adecuada para la ocasión, un light rook-rifle que no daba más de 150 yardas con precisión y la presa estaba a algo más de 180.

Traté de avanzar hasta alcanzar la distancia requerida, pero luego, el huemul, como si estuviera jugando conmigo, decidió caminar otras treinta o cuarenta yardas antes de detenerse. Se giró hacia mí y parecía que me observaba con un aire divertido, casi impertinente.

Lo seguí lentamente, atenta al momento en que estuviera dentro de mi alcance hasta que luego de un juego de paciencias, me permitió acercarme lo necesario. Pobre compañero, ya te estaba tomando cariño, pensé, mientras me subía el rifle al hombro y apuntaba. Solo un paso más adelante para estar segura, solo un poco más. El corazón estaba a punto de salir por mi pecho cuando todo se estropeó por mi torpeza. Disparé y al mismo tiempo me tropecé al haber pisado sobre una piedra media suelta. De un brinco me volví a parar justo a tiempo, solo para verlo escapar por un acantilado, llevándose consigo mi oportunidad de convertirme en la heroína del día. ¡Que rabia sentí! ¡Qué tonta! ¡Cómo no me había fijado bien!

Decidí no quedarme atascada en la amargura y tomar el mismo camino del animal ante la remota posibilidad de encontrarlo. Volví a montar y lo seguí durante un tiempo que no podría calcular, descendiendo por barrancos escarpados, sobre la colina y la llanura, olvidándome hacia dónde estaba mi camino de regreso, hasta que finalmente lo perdí de vista. 

Ser la hija del octavo marqués de Queensberry no ayudaba. Tampoco mi pelo corto que encontraban demasiado moderno y mucho menos mis afirmaciones feministas. No soportaba esta idea de que las mujeres éramos débiles y necesitadas de protección ¿Por qué?

Me comencé a desanimar ¿De qué valía tanto esfuerzo, tanto viaje, tanto empeño si al final de cuentas no era capaz de conseguir lo que me proponía? Demasiada prudencia, esa que tanto me habían inculcado y que dejó heridas en mi alma libre. Demasiada pasión contenida por tanto tiempo.

Comenzó a oscurecer y no había rastro del resto del grupo. Entonces tomé conciencia de que me había alejado demasiado, no sabía cómo volver al campamento y existía una alta posibilidad de que pudiera morir ahí. Tenía ganas de llorar, gritar, reclamar al cielo, al destino, a la naturaleza y de dejar todo este absurdo atrás.

Entonces sucedió. A mis espaldas sentí un gemido ahogado. Me di vuelta y vi algo que se movía en la alta hierba junto al barranco. Me acerqué con cuidado porque podría ser un puma. Cuando estuve lo suficientemente cerca lo vi. Había escapado herido por varias millas y ahora yacía tendido y moribundo en un charco de sangre. Me detuve a mirarlo en silencio y sentí ganas de acariciarlo conmovida profundamente por la obstinación, tenacidad y espíritu de sobrevivencia del animal. A pesar de la sentencia de muerte de mi bala no se había rendido, luchando por escapar. Aunque su final ya estaba escrito me pareció más vivo que yo. Mucho más.

Antes de que pudiera seguir contemplándolo extasiada, entre la neblina apareció el resto de mi grupo encabezado por Beau. “¿Dónde estabas?”, me preguntó muy preocupado. “¡Pensé por un momento que te había perdido para siempre!”. Nos abrazamos tan largo como si quisiéramos pegarnos para no volvernos a separar. “Mira”, le dije y señalé a mi víctima.

Los baqueanos ya estaban hace un rato sobre el animal y el argentino de un cuchillazo cortó la tráquea dando término a su lucha final. Examinaron la presa y encontraron que mi bala, que yo había creído perdida, había entrado en su costado y al atravesar los pulmones, se había alojado cerca de la columna. Sin embargo, tan gravemente herido, ¡había recorrido varias millas a un ritmo vertiginoso! Gregorio y Francisco, conocedores del oficio lo faenaron en menos de una hora y habiendo distribuido enormes trozos de carne roja cruda colgando a ambos lados de sus monturas.

En el camino de regreso apenas puse atención a las felicitaciones o a la cara de orgullo de mi esposo. Estaba muda, con la mirada perdida en el horizonte. “¿Te sucede algo, querida?”, me preguntó Beau. “¡Qué susto me diste!”. Tomé su mano y le sonreí con cariño, pero no le respondí pues estaba absorta en nuevas preguntas. ¿Por qué había dudado de todo? ¿Quería seguir ahí? ¿Había cambiado mi opinión sobre todo esto? Y ese animal ¿Por qué no podía dejar de sentir pena y hasta algo de culpa? Me había calado profundamente, aunque no comprendía muy bien por qué. Nunca me había pasado en cazas anteriores.

¿De qué valía tanto esfuerzo, tanto viaje, tanto empeño si al final de cuentas no era capaz de conseguir lo que me proponía? Demasiada prudencia, esa que tanto me habían inculcado y que dejó heridas en mi alma libre. Demasiada pasión contenida por tanto tiempo.

Todavía estaba tratando de procesar lo ocurrido cuando regresamos al campamento.  Sin embargo, no había mucho tiempo para reflexiones. Después de doce o trece horas en la silla de montar, no era nada fácil llegar al final del viaje, descargar los caballos, cocinar la cena, limpiar las monturas y poner todo en orden. En Inglaterra, a mi regreso en los días de la caza, volvía cansada y fatigada, pero siempre me esperaba una habitación cálida, un fuego ardiente, un cómodo sillón y criados en abundancia para atender mis necesidades. Un refrescante baño caliente y el lujo de una muda limpia de ropa. Muy lejos de esa realidad, en la Patagonia, antes de que pudiera descansar, el asunto tenía que ser resuelto. Todos, sin importar quién fuera, debían hacer su parte del trabajo, mientras que el pensamiento de la fatiga obligadamente debía ser desterrado, cumpliendo cada uno de nosotros su tarea con alegría y voluntad.

El suelo suplía la falta de armazón o colchón. Una sola manta ocupaba el lugar de una sábana, nuestras cálidas capas de guanaco servían de cobertura y las sillas de montar eran las almohadas. Con las camas arregladas, recorrí el campamento y al encontrar que todo estaba en su lugar, sentí que nuestro trabajo había terminado y llegaba el momento del descanso. 

Pronto la comida estuvo lista. Diez seres humanos hambrientos y nueve perros aún más hambrientos, requeríamos una comida sustanciosa ¿El menú? Sopa de cabeza de huemul, lomo asado y pudín de sangre. De postre calafates, mate y té.

Cené con una sensación extraña que no era capaz de identificar y sentimientos encontrados. Terminada la comida, avivamos los numerosos fuegos que ardían en semicírculo frente al campamento y luego, rendida por el cansancio, dormí tan profundamente como me permitió la fatiga. Las respuestas a mis cuestionamientos quedarían para otro día.

Aunque un alimento más contundente alivió en parte mi espíritu, al día siguiente el viaje fue mucho más monótono y lúgubre que cualquiera de los anteriores. La inmensa meseta sobre la que cabalgamos durante seis o siete horas destacaba por su penumbra y esterilidad. No había sol y el cielo oscuro formaba una contraparte adecuada a la llanura que se extendía hasta el horizonte indistinto, gris, triste y silencioso. Parecía que el camino nunca iba a acabar. No recordaba haber sentido nada que se comparara con la depresión de los espíritus de la que yo, al igual que todo el grupo, caímos presos.

Hasta ahora la travesía no era como la había imaginado. Tanta monotonía, tanta pampa y a pesar de la extensa tranquilidad, no lograba aquietar mi corazón. Había querido escapar a un lugar donde pudiera estar lo más alejada posible de esa insatisfacción conmigo misma y con todos los demás. Una existencia donde lo que una vez fue emoción, ya no era así. El solo hecho de pensar en un lugar remoto de prejuicios fue en un minuto un respiro a esa vida. La única vía posible parecía despojarme de todo, viajar con lo imprescindible para prescindir por un tiempo de mi realidad. Sobrevivir a las bajas temperaturas, dormir cada noche al raso, pasar hambre, sed y cazar para alimentarme, había sonado perfecto. Otra cosa era vivirlo.

Como si no hubiésemos tenido ya molestias suficientes, a medida que avanzábamos nos abordaron innumerables mosquitos diminutos. Primero fue uno, luego un par y sin darme cuenta, ya era un enjambre metiéndose en mis ojos y boca, zumbando alrededor de una manera desesperadamente persistente, aumentando mi estado de irritación.

Estaba completamente cansada ​​de la aburrida marcha, cuando por fin llegamos a un barranco donde acampamos para pasar la noche. Como teníamos pocas raciones de leña debido a la falta de árboles, el fuego se apagó inmediatamente después de la cena y nos fuimos a la cama. Abracé a Beu por la espalda para sentir su calor y aunque estaba desencantada de todo, algo en mí me decía que tuviera paciencia, que lo bueno estaba por venir. Quizás mi porfía no tenía límites. Con ese pensamiento cerré los ojos. 

A la mañana siguiente me desperté por el llamado de un cálido rayo de sol que se abrió paso intruso a través de la abertura de mi tienda, dejándome pocas ganas de seguir durmiendo. Empujé a Beau para despertarlo y sin perder más tiempo salí ansiosa por ver en qué tipo de lugar habíamos entrado al amparo de la niebla del día anterior.

Al salir quedé desconcertada. La escena que tenía ante mis ojos era tan opuesta a la triste impresión que las desfavorables condiciones meteorológicas habían dado la noche anterior a nuestra llegada. Anoche apenas habíamos podido ver bien dónde poner las tiendas y ahora se abría un amplio valle que parecía sonreírnos de tanto verde, flores multicolores y por los innumerables arroyos que lo regaban. Todo bajo un cielo azul claro y un sol condescendiente. Más al fondo se elevaban altas montañas, cubiertas de vegetación y coronadas por densos bosques impenetrables, roca expuesta e incluso nieve virgen en pleno verano.

El solo hecho de pensar en un lugar remoto de prejuicios fue en un minuto un respiro a esa vida. La única vía posible parecía despojarme de todo, viajar con lo imprescindible para prescindir por un tiempo de mi realidad.

La rapidez con la que nos asaltó este nuevo escenario aumentó considerablemente el ánimo en todo el grupo. Ayer estábamos en las llanuras, con su eterna monotonía de color y contorno; la noche anterior nos habíamos ido a la cama, como pensamos, en un entorno similar; y ahora, como por arte de magia, desde las entrañas de la tierra, había surgido a nuestro alrededor un paisaje totalmente diferente en su diversidad que me develó una nueva Patagonia.

Fue divertido escuchar las exclamaciones de sorpresa con las que mis compañeros saludaron la escena, mientras uno a uno salían de sus tiendas y contemplaban la agradable metamorfosis que se había producido durante el letargo. Habían refunfuñado mucho el día anterior sobre el lugar, con palabrotas de mal humor, pero todo eso estaba ahora olvidado.

Montamos los caballos para salir a explorar, mientras una ligera brisa soplaba sobre la hierba salpicada aquí y allá de matas de arbustos de calafate, árboles de ñirre y lengas, con un protagónico aroma navideño, además de otras alfombras verdes con tramos ocasionales de flores blancas y amarillas.

Apenas habíamos iniciado la marcha cuando de improviso, sobre mi cabeza, algo que al principio no supe qué era, pasó volando rasante en diagonal, casi acariciándome el rostro con la punta de su poderosa ala. Era un cóndor, ave característica de la zona, que rápidamente se elevó tan extenso, elegante, majestuoso y soberano. Uno de los baqueanos tomó el arma y a punto estuvo de cumplir con su objetivo, pero se detuvo ante mi rotundo ¡Stop! El extranjero me miró sin comprender mientras yo admiraba el vuelo de ese espíritu sin cadenas. Lo seguí en su trayecto tratando de grabarlo en mi memoria hasta que se convirtió en una mera mancha en el cielo y finalmente desapareció, a miles de metros de altura. Cuanta belleza, cuanta sorpresa, cuánto tesoro escondido en este lugar único en el mundo, lleno de secretos por descubrir para aquellos que están dispuestos a pasar las pruebas que el clima considere necesarias antes de premiar a sus sentidos. 

Me pareció como si mis ruegos hubiesen sido escuchados por alguna deidad  autóctona, ya que se produjo un cambio que no solo modificaría progresivamente el paisaje sino también todo mi horizonte interior. De pronto, a lo lejos, divisé en las montañas el espectáculo natural más impresionante que había visto en toda mi vida. Entre gigantescos macizos de roca se alzaba un grupo de tres picos que me parecieron como tres dedos de un gigante queriendo emerger de la tierra. Tan diferentes y destacados del paisaje y al mismo tiempo tan parte de él. Nuevamente este lugar me había dejado muda y algo en mí, como una diminuta llama, se encendió. Sentía como un imán, una atracción irresistible a lo desconocido, a algo fuera de lugar y grandioso.

 ¡Qué contraste de sentimientos también en mi interior! Tan cambiantes como si mi alma estuviera mutando de estación.  Ya había vivido un largo invierno en casa, un frío y una indiferencia abrumantes, la monotonía de otras llanuras de tradiciones, costumbres que no parecían cambiar aún a fuerza de nuevos vientos. Pero aquí en la Patagonia no me había rendido. Ante las tempestades más fuertes había seguido y ahí estaba en mi caballo a la caza de algo misterioso que me esperaba alfombrando el camino de senecios y maillicos. Entonces lo supe. Tenía que llegar a esa montaña. Todas las penurias del viaje habrían valido la pena si era capaz de poder tocar este pedazo de cielo con la yema de mis dedos. Algo en mí me decía que yo podía más, que lo que me propusiera podría lograrlo, aunque costara esfuerzo y lágrimas. Estaba en mis manos, en mis pies, en mi carácter, en mi propio poder.

Pero entonces, de un momento a otro, todo se oscureció como si hubiesen derramado tinta gris sobre el cielo. La amenaza de lluvia era inminente y todavía no estábamos preparados para salir. Ensillamos y empacamos lo más rápido posible con la ferviente esperanza de que el aguacero amablemente aguantara hasta que llegáramos a nuestro próximo destino. En medio de la marcha buscaba constantemente en el horizonte estos picos a modo de punto de referencia y de llegada 

Hacía bastante frío y el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte, convirtiéndose en protagonista de la travesía, dejando muy atrás a los molestos insectos de la jornada anterior. Luego, la llovizna se fue transformando paulatinamente en una fuerte lluvia, que sentía que me mojaba hasta los huesos. Durante horas cabalgamos en esta situación incómoda, húmedos, cansados y desalentados por el aspecto del lugar que estaba completamente cubierto por la niebla. El territorio parecía más negro, oscuro y triste que nunca.

Tenía la ilusión de que al menos antes del anochecer se aclararía, ya que la perspectiva de tener que levantar el campamento bajo la lluvia estaba lejos de ser agradable. Sin embargo, a medida que oscurecía, la niebla aumentaba de espesor y pronto apenas pudimos ver por delante de las narices de los caballos. Por fin, justo antes de caer en la total oscuridad, descendimos un declive muy empinado y llegamos a lo que parecía ser un barranco donde la hierba y el bosque aparentemente eran abundantes.

Nos pusimos manos a la obra para levantar las tiendas, poniéndonos lo más posible a cubierta de la lluvia. Tratamos de hacer un fuego, pero pronto entendimos que el intento era absurdo porque no había una ramita seca o brizna de hierba por ningún lado. Resignada, me metí en mi húmeda carpa. Me dormí triste. Si el clima seguía así sería muy poco lo que podríamos ver.

Al día siguiente, cruzando un ancho arroyo de montaña, que bajaba de las colinas y desaparecía en un enorme desfiladero, seguimos la marcha a lo largo de la llanura cubierta de hierba que conducía directamente hacia los tres enormes picos. De pronto, mientras avanzábamos al trote, pasé un gran susto que casi me hizo caer. Mi caballo, con un bufido de terror, se desvió violentamente hacia un lado dejándome inclinada hacia un costado de la montura. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no soltar las riendas y luego de estar colgando, logré enderezarme. Casi me caigo y el corazón me quedó latiendo en la garganta.

 Cuando volví la vista al camino entendí qué había pasado. Cerca de nosotros nos espiaba un magnífico ñandú. Con una mirada de asombro, se volvió y huyó con una prontitud que pocas veces había visto. Tras un par de horas avanzando por el valle vimos también huemules, guanacos y una manada de caballos baguales. Un ejemplar macho me miró con sospecha desde detrás de una enorme roca y luego, con un relincho y su hermosa melena impulsada por la brisa, se fue empujando con su galope a toda su manada. Era algo que nunca había visto, caballos salvajes corriendo sin rumbo, sin riendas ni dueño. Podía sentir su felicidad y envidiarla ¡Qué criaturas más especiales hay en este lugar!, pensé. Tan diversas, tan libres y cada una con su propia personalidad ¡Cómo me gustaría verme así, dueña de mí misma y de mi destino y no atada a las exigencias de una mujer de mi época y posición ¿Pero por qué no? Quizás sí. En este lugar todo parecía posible.

Mientras miraba a mi alrededor sentí que el esfuerzo estaba empezando a ser recompensado. Pero todavía faltaba lo más importante, llegar a esas tres torres que me seguían llamando casi de forma hipnótica. 

El sol se había escondido entre las nubes por un tiempo y la base de las montañas estaba envuelta en penumbra, pero poco a poco sus crestas irregulares de formas fantásticas se comenzaron a definir claramente contra la luz que de a poco volvió a brillar en el cielo. Casi como si el viento hubiese abierto un telón, apareció ante mí, al fin, lo que tanto había buscado. El grupo de picos apiñados se manifestó como una barrera misteriosa, hendidos de la manera más fantástica y desgastados por la acción del aire y la humedad. Parecían altas torres de un castillo subterráneo alzado al son una de una sonata de Beethoven. Casi podía escucharla ¡Qué capricho de la creación! ¡Qué belleza lejana más intrigante!

A mi mente volvió el ajetreo de la ciudad y al mirar las torres, me parecieron como las Agujas de Cleopatra de Londres sacadas a la fuerza de su ambiente y puestas en el espíritu de silencio, soledad e inmensidad de este lugar que a ratos se vuelve el opuesto en medio de la lluvia, el viento y otros imprevistos. Así también me sentía yo. Fuera de mi zona de confort, comodidades, seguridades, pero al mismo tiempo más segura que nunca de ser capaz de comerme el mundo entero.

Lo había logrado, con mi propio esfuerzo. Me parecía increíble que pudiera existir un lugar en el mundo con tantos desafíos y sorpresas, como hecho a mi medida. Me sentía tan orgullosa de no haber desistido, de haber creído en mí, de haberme comprometido con una meta tan alta y sellado un compromiso a fuego con ella. Orgullosa de haberme descubierto lo suficientemente grande para acurrucar el sol entre mis manos en esta inmensidad.

Por un largo tiempo, permanecí sola, entregándome al influjo de las emociones que la escena me despertaba, abrazando este nuevo sentimiento de seguridad y amor a mí misma que nacía desde mi interior en medio de la majestuosa soledad del paisaje patagónico.

El mismo aire parecía más suave de lo que estaba ya acostumbrada en los meses previos y, en lugar de los fuertes vientos con los que me había encontrado hasta ahora, disfrutaba de una suave brisa, casi consoladora, con la fuerza suficiente para moderar las inquietudes de mi alma. No sé por cuánto tiempo estuve así, en silencio, pero al menos lo suficiente para que quedara guardado para siempre en mi corazón, como una promesa.

Desmontamos en medio de grandes arbustos de calafate y lengas pequeñas pero robustas y allí comimos hasta saciarnos de sus dulces y jugosas bayas, mientras el Sr. J. Beerbohm fue a hacer un boceto de los alrededores. Tres enormes fuegos ardían alegremente frente a nuestra tienda y un poco más lejos, una sucesión de otros más pequeños indicaban el lugar donde los cocineros preparaban el festín:  costillas de un guanaco asado, sopa y filete de ñandú.

Nuestro campamento había sido levantado cerca de la orilla de un pequeño y encantador arroyo de montaña. El sonido de sus aguas me llenó de un anhelo irresistible de zambullirme. Armada con una tosca manta a modo de toalla, seguí su curso hacia arriba, hasta llegar a un lugar donde, alimentado por una pequeña cascada, un charco de agua clara y fresca presentaba una apariencia muy conveniente y acogedora para un baño. Sin perder el tiempo me desnudé para darme el lujo de una zambullida. 

Respirar ese aire puro de toda presencia humana, de prejuicios e incomprensiones, sentir que había llegado hasta ahí a fuerza de empeño, me tenía tan plena y satisfecha conmigo misma que por fin me sentí segura y decidida a ser fiel a mi esencia, a despojarme de lo que ya no me servía y a dejar mi propia huella en el camino, fuere el que fuere.

Este viaje a lo remoto se había transformado al final en una experiencia de vida única que me había permitido conocer de cerca realidades ajenas, tan distintas a la mía, valorando las bondades de lo inesperado y descubriendo lo desconocido. Mis paradigmas habían cambiado al vivenciar tantas privaciones en medio de la nada y el contacto íntimo con la flora y fauna. Ahora lo comprendía. Más que escaparme lejos de todo y de todos, había hecho un viaje interior de encuentro y reconocimiento de mí misma, de mis fuerzas, de mis luchas. Teniendo aún vívidas las imágenes de las torres, supe que era capaz de conseguir grandes cosas. No solo podía sentirlo, podía verlo. Nada ni nadie podría detenerme.

Mientras me zambullía, sentí como si pequeñas agujas congeladas me limpiaran y renovaran por fuera y por dentro llenándome de una fuerza inesperada. Me sentía motivada, ligera, feliz y más viva que nunca. Esta naturaleza indómita me había dado una clase magistral de libertad, de estar abierta a lo inesperado, a lo grandioso. A no tener miedo a mi lado más salvaje, a ser aguerrida, a luchar hasta el final, como ese primer huemul cuyo espíritu se había quedado incrustado en el fondo de mi ser.

Antes de volver a emerger a respirar lo supe. De ahora en adelante sería seguiría siendo yo, pero nunca más la misma. El viaje realmente no había terminado. Ya no quería escapar, quería volver con toda esta nueva fuerza. No tenía cómo saberlo entonces, pero la verdadera aventura que sería mi vida recién estaba por comenzar.

Epílogo

Además de exploradora Dixie fue una deportista entusiasta, una ciclista intrépida y una tiradora. Para ella, parte del atractivo de la caza del zorro en Leicestershire fue la oportunidad de competir en igualdad con compañeros masculinos. En la Patagonia, la supervivencia del grupo dependía de la participación equitativa de todos los que lo integraban como cazar comida para cada jornada. Sin embargo, a su regreso a Inglaterra estaba «atormentada por un triste remordimiento» por la muerte de un hermoso ciervo dorado de las Cordilleras, que era sumamente dócil y confiado. Es así como durante la década de 1890, sus opiniones sobre los deportes de campo cambiaron drásticamente, y en su libro Los horrores del deporte (1891) condenó los deportes de sangre como crueles. ​Más tarde, se convirtió en vicepresidenta de la Asociación Vegetariana de Londres.

Junto con ello, fue una activa feminista escribiendo libros que desarrollan temas relacionados con las niñas, las mujeres y sus posiciones en la sociedad. Aunque publicó ficción tanto para adultos como para niños, Dixie es recordada por sus libros de viajes, Across Patagonia (1880) y In the Land of Misfortune (1882), los cuales aún se reimprimen. En estos libros se presenta a sí misma como la protagonista de la historia. Al hacerlo, desafía la tradición masculina de citar a otros escritores de viajes que han visitado y escrito en el área, y crea un estilo femenino único de escritura de viajes en el siglo XIX.

Sobre la Autora

Carolina Requena Durán es periodista, escritora y “storyteller”. Además ha sido directora y guionista de documentales de fiestas populares chilenas. Hoy se dedica a la investigación y creación de historias noveladas, en especial sobre mujeres que han logrado grandes hazañas pero no son lo suficientemente conocidas. 

Imagen de portada: Las Torres del Paine vistas desde el Valle de las Chinas, hoy Reserva de Conservación Explora Torres del Paine. Ilustración por Sebastián Correa Ehlers.

El gato andino: Puente de conexión entre las comunidades andinas y su cultura

El felino sagrado de los Andes A lo largo de los Andes de Argentina, Chile, Bolivia y Perú vive un misterioso felino del cual hasta hace poco más de 20 años la ciencia occidental conocía de su existencia, pero nada se sabía acerca de su biología y ecología: el gato andino (Leopardus jacobita). Fue con […]

El felino sagrado de los Andes

A lo largo de los Andes de Argentina, Chile, Bolivia y Perú vive un misterioso felino del cual hasta hace poco más de 20 años la ciencia occidental conocía de su existencia, pero nada se sabía acerca de su biología y ecología: el gato andino (Leopardus jacobita). Fue con el propósito de conocer y estudiar a este felino que el año 1999 se creó la Alianza Gato Andino (AGA), una organización que se dedicó a recabar información sobre esta enigmática especie, clasificada como “En Peligro” por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), y uno de los felinos más raros del mundo.

En sus inicios, las primeras expediciones para conocer al gato andino se realizaron en el altiplano andino, un lugar tan inhóspito como cautivador, situado en lo que podría llamarse el techo del mundo terrenal. Basándonos en la mitología Inka, el lugar donde habita este felino se encuentra en lo que sería la frontera entre Kai pacha (el mundo de aquí) y Hanan Pacha (el mundo de arriba, donde se encuentran los dioses), alcanzando alturas que pueden superar los 5.000 metros de altitud (casi el límite de las condiciones para la vida macroscópica). Es entre rocas y laderas escarpadas que este felino ha encontrado su lugar en el mundo, cerca de los Apus y Achachilas, entidades superiores para el mundo andino. Y al parecer este lugar privilegiado junto a los dioses espirituales ha hecho que el gato andino no haya pasado desapercibido para las comunidades de los Andes.

Mujeres pastoras de la comunidad de Pucasaya, Perú © Anthony Pino – AGA

Una cosmovisión ampliamente representada

Si bien hasta hace muy poco para la ciencia occidental este felino era prácticamente un fantasma, hace años que para el mundo andino su figura fue parte relevante de su cultura. Diversas son las manifestaciones precolombinas que a través de petroglifos, vasijas y elementos rituales muestran a un felino moteado dotado de una larga y gruesa cola anillada. Su figura aparece además en narraciones locales como la del mito del Qhoa, el cual habla sobre un felino volador capaz de traer las lluvias al altiplano (Kauffmann, 1991). Por cierto, este mismo felino es el que se encuentra entre las figuras dibujadas en el altar mayor en el templo de Coricancha en Cuzco, representación considerada la síntesis de la cosmovisión andina (Giraldo-Jaramillo, 2015). El mito del Qhoa recobra especial relevancia en los ecosistemas del Altiplano andino, en donde el agua es un elemento escaso, y a la vez de gran importancia para la agricultura y ganadería, principales actividades económicas de las comunidades locales.

Asociado también a la actividad ganadera se encuentra el uso ritual de pieles y ejemplares embalsamados de este felino (y también del gato del pajonal o colocolo, Leopardus colocolo) por parte de las comunidades. Durante las ceremonias andinas del wayño y la k’illpa, a través de las cuales el ganado camélido (llamas y alpacas) es marcado, el gato andino se transforma en una figura central que se asocia con los dioses, llamando a la fertilidad y prosperidad. En estos rituales el gato toma el nombre del Awatiri Mallku, el pastor o cuidador sobrenatural de los animales, vínculo entre el mundo terrenal y sobrenatural. Esta estrecha interrelación entre elementos naturales propios del ecosistema y elementos relevantes dentro de la cultura es común en el mundo andino, en donde animales, plantas, ríos y montañas tienen un valor cultural, más allá de su valor ecológico (Grebe, 1989; Castro y Aldunate, 2003). De esta manera, la naturaleza pasa a formar parte fundamental en sus quehaceres, tradiciones y costumbres, a la que se le respeta y venera.

Figura de felino alusiva al gato andino en pieza de alfarería de Tiwanaku © Nicolás Lagos

El abandono del origen

Al igual que la naturaleza, la cultura humana se encuentra en constante evolución. Si bien en las culturas andinas estos cambios históricamente han ocurrido en sincronía y armonía con su entorno natural, la occidentalización y consecuente alejamiento de las personas con su identidad cultural y la naturaleza ha traído consigo una pérdida de esta conexión tan importante con lo que ha formado parte intrínseca de sus vidas. Para el mundo occidental, naturaleza y cultura parecieran ser dos conceptos opuestos que además se presentan en una relación jerárquica en donde la naturaleza se encuentra al servicio del bienestar humano. Sin embargo, las comunidades andinas entienden que el bienestar humano se encuentra fuertemente ligado al bienestar de la madre naturaleza, como lo representan en la filosofía andina del Sumaq Kawsay o el Buen Vivir.

Es entre rocas y laderas escarpadas que este felino ha encontrado su lugar en el mundo, cerca de los Apus y Achachilas, entidades superiores para el mundo andino

A partir del desencuentro que hubo entre las culturas existentes en nuestro continente previo a la llegada de los europeos y la cultura del viejo mundo, las primeras han recibido modificaciones importantes, siendo un fenómeno de transformación continua (Ortiz, 1992) y en la mayoría de los casos iniciado a la fuerza. Con la llegada de la cultura del nuevo mundo y el proceso de extirpación de idolatrías, se evidenció el despojo sistemático de la rica cultura precolombina que reinaba en los Andes centrales (Castro, 2009). Y fue así como los Apus fueron suplantados por cruces en sus cumbres, las Huacas por iglesias, los idiomas Quechua, Aymara, Kunza y otros por el castellano, y en la actualidad los tres mundos de la mitología inka fueron reemplazados por el de la ciudad y el del campo. Al ver despojada en el mundo andino la relación entre naturaleza y cultura, el respeto y cuidado hacia la madre Tierra ha quedado cada vez más olvidado.

Con el paso de los años, cada gran avance tecnológico empezó a conectar a las personas alrededor del mundo, hasta llegar a la actualidad, en donde podemos saber en tiempo real qué es lo que sucede en el otro extremo del mundo, a miles de kilómetros de distancia. Latinoamérica no fue ajena a estos avances, sin embargo, surgió en la mente de sus habitantes una confrontación de palabras: naturaleza y desarrollo. Pero este concepto de desarrollo dista mucho del que practicaron las culturas andinas a través del Buen Vivir, ya que se encuentra estrechamente relacionado con el crecimiento económico desenfrenado, que no respeta ni conoce los límites propios de la naturaleza.

Artesanas de la comunidad de Lagunillas de Farallón en Argentina preparando la materia prima para sus artesanías © Silvina Enrietti

La artesanía como generadora de lazos entre mujeres y su cultura

“Me siento orgullosa de saber que sí hago algo por mi tierra, para que se conozca que el gato andino está presente y a la vez lograr que no se extinga” dice María Molina, miembra de la agrupación de artesanas “Las Mitchy de Ayquina” en Alto Loa, en la región de Antofagasta. Junto a otras mujeres del sector han impulsado la creación de artesanías en base al gato andino hacia todo Chile y el mundo. Y es que uno de los principales propósitos de la Alianza Gato Andino y de la iniciativa “CATcrafts” es la conservación a largo plazo de las poblaciones de esta especie, en armonía con las comunidades locales con las cuales comparte su hábitat. Para lograr esto ha sido fundamental el trabajo colaborativo con la gente local, respetando su cultura e implementando programas que permitan un desarrollo económico local de manera armónica con su entorno, integrando así la cultura actual, la naturaleza y los valores culturales ancestrales.

La iniciativa, que ya está presente en comunidades de Argentina, Chile y Perú, tiene como objetivo potenciar alternativas económicas sustentables para las comunidades andinas. Para esto, trabajan junto a mujeres artesanas para identificar y fomentar la práctica de técnicas ancestrales y la utilización de materias primas locales, poniéndolas en perspectiva para el comercio global. De este modo buscamos reconocer la evolución de la cultura local, pero a su vez protegiendo y celebrando su identidad ancestral, integrando a las comunidades que cohabitan con el gato andino al mundo occidental, pero manteniendo sus valores tradicionales. Asimismo, buscamos empoderar a las mujeres locales mediante la generación de ingresos alternativos para sus familias.

Una parte muy importante del programa incluye también el intercambio de saberes entre las comunidades que habitan los distintos rincones de distribución del gato andino. Sabemos que al igual que el gato andino, la cultura andina se encuentra en un proceso de extinción local, en donde la juventud ha perdido el interés por reconocer y valorar sus raíces. En el mundo andino son las mujeres las encargadas del resguardo y transmisión de la cultura y saberes tradicionales dentro del núcleo familiar. Estos encuentros permiten a las artesanas conectarse a través de algo tan propio como sus saberes y cultura, y a la vez perfeccionar y aumentar el abanico de conocimientos para generar ganancias a través de actividades amigables con el medio ambiente. A lo largo de estos tres años de vida, creemos que este programa ha aportado un granito de arena para transformar a las artesanas en embajadoras de la conservación y de la cultura Andina ayudándolas a compartir aún más esta hermosa cultura con el mundo entero, para que así no se pierda ese poco conocido pero importantísimo pedacito de los Andes.

Mesa ritual en ceremonia de la k’illpa en el Parque Nacional Sajama, Bolivia © Natalia Giraldo

Referencias

Castro, V., & Aldunate, C. (2003). Sacred Mountains in the Highlands of the South-Central Andes. Mountain research and development, 23(1), 73–79.

Castro, V. (2009). De ídolos a santos: evangelización y religión andina en los Andes del sur. Santiago, Chile: Universidad de Chile, Facultad de Ciencias Sociales : Ediciones de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana.

Giraldo, N. (2015). Conversar y conservar en los Andes del centro-sur. Sacralidad y conservación de los felinos menores altiplánicos gato andino y gato de las pampas. Tesis presentada para optar al grado de Magíster en Áreas Silvestres y Conservación de la Naturaleza. Universidad de Chile, Santiago, Chile. 301 pp.

Grebe, M.E. (1989). El culto a los animales sagrados emblemáticos en la cultura

Aymara de Chile. Revista Chilena de Antropología, (8), 35–51.

Kauffmann Doig, F. (1991). El mito de Qoa y la divinidad Universal Andina. En: El Culto estatal del imperio Inca: Memorias del 46o Congreso Internacional de Americanistas, Simposio ARC-2. 1988 (Vol. 2, pp. 1–34). Amsterdam: Universidad de Varsovia, Centro de Estudios Latinoamericanos, CESLA.

Ortiz, G. P. (1992). Impacto a nuestras culturas autoctóctonas y sus transformaciones con la llegada de los españoles. Temas de Nuestra América. Revista de Estudios Latinoamericanos, 8(18), 89-102.

Figuras artesanales del gato andino © AGA

Sobre los Autores

Nicolás Lagos es Ingeniero en Recursos Naturales Renovables, Coordinador en Chile de Alianza Gato Andino, se dedica a la protección y conservación de los felinos silvestres en Chile, en especial del gato andino y el puma. Además, es un fotógrafo aficionado que disfruta de caminar y asombrarse con la belleza de la naturaleza.

Cintia Tellaeche es Bióloga Argentina y miembro de la Alianza Gato Andino, ha dedicado su carrera desde los inicios al estudio del gato andino, y al trabajo con las comunidades locales para lograr la coexistencia entre la fauna silvestre y las poblaciones humanas, en el norte de Argentina.

Anthony Pino es Biólogo Peruano y ecólogo de profesión, amante de la naturaleza y la cultura alto andina y junto con sus colegas de la Alianza Gato Andino actualmente dedica todos sus esfuerzos y capacidades a la conservación de estos ecosistemas.

Imagen de portada: Gato andino (Leopardus jacobita) © Juan Reppucci – AGA

Naturaleza e Infancia: El escenario ideal para el desarrollo de la niñez

Nuevas mentes en pleno desarrollo y ávidas de aprendizaje requieren de ambientes especialmente estimulantes, espacios que sean combustibles del fuego del desarrollo. De todas las posibilidades, tal vez no hay mejor lugar para avivar esta llama que la naturaleza. En ella los seres, humanos incluidos, se enfrentan a un mundo siempre nuevo y desafiante, pero […]

Nuevas mentes en pleno desarrollo y ávidas de aprendizaje requieren de ambientes especialmente estimulantes, espacios que sean combustibles del fuego del desarrollo. De todas las posibilidades, tal vez no hay mejor lugar para avivar esta llama que la naturaleza. En ella los seres, humanos incluidos, se enfrentan a un mundo siempre nuevo y desafiante, pero al mismo tiempo en armonía. Un espacio clave para el desarrollo de niños y niñas, especialmente hoy, donde cada vez más personas desarrollan sus vidas alejadas de una húmeda mañana en el bosque o del fuerte viento de las tardes frente al mar. 

La importancia de los primeros años

Durante los primeros años de vida los niños se encuentran en una etapa del desarrollo cognitivo a la que el biólogo Jean Piaget denominó etapa sensorio motriz, esto quiere decir, que es a través de la exploración con los sentidos y el movimiento que el cerebro encuentra los estímulos más adecuados para desarrollarse. Debido a que las neuronas, células claves del sistema nervioso, presentan especial plasticidad durante los primeros 5 años de edad, los científicos consideran este periodo como una ventana crítica para el aprendizaje donde el cerebro posee mayor capacidad de generar nuevas conexiones, organizarse y acomodarse. Esta facultad permite a los menores adaptarse rápidamente a cambios de ambiente e incorporar con mayor facilidad nueva información, por esta razón los niños y niñas son capaces de proezas, como aprender nuevos idiomas rápidamente. Esta capacidad de plasticidad permanece durante todo el ciclo vital, aunque disminuye exponencialmente con la edad. A pesar de esto, las conexiones formadas durante la infancia acompañarán a la persona el resto de su vida.

Esto hace fundamental que nuestros niños puedan habitar y desarrollarse en ambientes estimulantes, y de todas las opciones, probablemente no hay uno mejor que la naturaleza, un aula perfecta para el desarrollo de diversas habilidades.

Los niños no se intimidan por las condiciones meteorológicas. De hecho estas pueden ser una oportunidad de juego y aventura para ellos. Foto: Centro Educativo Montessori San Nicolás.

Niños en movimiento

Nuestra especie dispone de grandes superficies a lo largo del sistema nervioso dedicadas al control motor, que nos facultan para realizar diferentes tipos de movimiento, desde gruesos y amplios como caminar, hasta los más finos y precisos como mover la lengua para expresar palabras o utilizar la pinza de dedos para tomar un lápiz y escribir. 

Para desarrollar estas complejas habilidades el juego y el movimiento ocurren en los mamíferos como una actividad psicomotriz innata y como una necesidad fisiológica, donde el cerebro espera recibir constantemente nueva información. Cuando los niños caminan por superficies que no son planas, cuando saltan sobre un tronco o cuando se agachan para esquivar una rama, están viviendo experiencias que aportan a este progreso motor. Además, activan otros procesos, como el desarrollo del sistema vestibular, encargado del equilibrio. 

La naturaleza es el escenario ideal para desarrollar estas habilidades. El ambiente heterogéneo de un bosque, una pradera o una playa presentan desafíos diversos según las distintas capacidades y facultades motrices de los niños. Así, todos podrán afrontar retos estimulantes, ya sea simplemente cruzar un arroyo o la compleja tarea de escalar un árbol. 

La naturaleza suele ser un ambiente tranquilo y relajante, e incluso cuando hay estímulos, no hay una presión o sentido de urgencia.

La apertura de la mente

El lenguaje, la memoria, la capacidad de atención y la función ejecutiva (compuesta por las capacidades de razonamiento, planificación, fijación de metas, toma de decisiones, inicio y finalización de tareas, organización, inhibición, monitorización, memoria de trabajo verbal y no verbal, anticipación y flexibilidad), son habilidades cognitivas que se fortalecen desde los primeros años de vida y tienen relación fundamental con los estímulos que les otorga el ambiente. Los niños que son expuestos a entornos abiertos ganan importantes espacios para el desarrollo de estas habilidades, aumentando la posibilidad de exploración y con ello, la oportunidad de poner a prueba y perfeccionar sus capacidades intelectuales.

Los niños no se intimidan por las condiciones meteorológicas. De hecho estas pueden ser una oportunidad de juego y aventura para ellos. (Foto del Centro Educativo Montessori San Nicolás)

En la naturaleza existen muchos conceptos que varían en complejidad, lo que permite un incremento exponencial del vocabulario pasivo (comprensión mental de conceptos) y activo (verbalización de estos conceptos). Desde la identificación de una roca, el aire o ideas complejas, como las relaciones ecológicas, hasta la capacidad de expresar y dialogar  en torno a estas ideas y/o conceptos.

El entendimiento de este mundo exterior permite a los niños desarrollar la capacidad de asociar e imaginar. Así, orgánicamente el entorno natural unido a la curiosidad innata de los niños, generará cuestionamientos ¿Por qué las hojas están arriba de los árboles? o ¿Qué hay debajo de esa roca? Estas preguntas y desafíos resultan motivantes para los menores y estimulan la resolución de problemas y la memoria de trabajo (la cual mantiene información con un uso activo). Además, a diferencia de los juegos diseñados para adultos, con reglas fijas, en la naturaleza los niños deben idear los juegos, desarrollando la creatividad. A largo plazo, esto implica una completa reorganización de su entendimiento del entorno y sus componentes, incluidos ellos mismos.

Para los niños y niñas las experiencias al aire libre pueden ser toda una celebración, donde disfrutan y al mismo tiempo aprenden. Foto de Carolina Pereira.

El ser interno y la comunidad

Probablemente el ámbito más ignorado del potencial de la vida al aire libre en la infancia, es el desarrollo de la relación con las emociones y con los pares. Algo que se considera muy “humano”, pero que en nuestro día a día muchas veces no está presente.

La naturaleza suele ser un ambiente tranquilo y relajante, e incluso cuando hay estímulos, no hay una presión o sentido de urgencia. En ella los niños encuentran un espacio donde se sienten libres de expresar sus emociones sin ser juzgados. Por ejemplo, pueden mostrar compasión hacia otros seres, como el pequeño caracol que encontramos entre la hojarasca del bosque. Los niños pueden desarrollar  gran empatía cuando se dan cuenta que existen pequeños organismos viviendo a su alrededor.

Además, es un espacio para aprender a regular las emociones, valorizando los límites sanos de estas expresiones. Un niño enojado que rompe una rama de un árbol está expresando su ira de forma explosiva. En el bosque pueden aprender que esto tal vez le hace daño a otro ser vivo y que hay formas más sanas de lidiar con esta emoción, como correr por un sendero y luego respirar el aroma del bosque o del pasto húmedo. En relación al miedo, este funciona como un motor para enfrentar desafíos. Cuando el niño debe cruzar por unas rocas, una pequeña dosis de miedo genera un gran sentimiento de superación y satisfacción cuando logra el objetivo. Así, aprenden que son capaces( de superar una situación y recuperar un estado emocional normal o de alegría.

Todo esto se potencia aún más cuando los niños interactúan entre ellos y con adultos. Juntos, un grupo puede aprender a trabajar en equipo, compartiendo y poniendo a disposición sus distintas habilidades. Tal vez se unirán líderes exploradores y valientes con almas sensibles, aprendiendo mutuamente. Con una supervisión que permita estas interacciones sanas, este ambiente puede ser uno de crecimiento increíble, forjando habilidades psicoemocionales y sociales que serán claves para la vida.

Muchas cosas se pueden realizar en ambientes urbanos, asociándolo a la naturaleza, como este taller de arte con materiales recolectados en el bosque. Foto de @montaraz.naturaleza

Naturaleza, más cerca de lo que pensamos

Muchas cosas se pueden realizar en ambientes urbanos, asociándolo a la naturaleza, como este taller de arte con materiales recolectados en el bosque.

Cualquier espacio natural es el aula ideal. ¿Vives en la costa? Anda a la playa. ¿Cerca de la montaña? Visita sus senderos o la nieve en invierno. ¿En la ciudad? Conoce los parques, descúbrelos y vive el aprendizaje junto a los niños. Todo lo verdadero para ellos lo es también para nosotros y nunca es tarde para conectarnos con nuestro niño interior. ¿No hay tiempo para salir a los parques? No importa, la naturaleza está en todas partes. Una planta de macetero es naturaleza. En ella habitan seres, insectos de los que no nos percatamos. La mente curiosa de un niño encontrará estos secretos. Un patio es una selva para la mente expansiva de la infancia. Involúcrate en su proceso, sigue su curiosidad y permítele explorar y equivocarse. La caída de hoy es aprendizaje y fortalecimiento en el futuro. 

Combatiendo el déficit de naturaleza

Ya sabemos que los primeros años de vida de una persona son claves para su desarrollo. Hoy, más de la mitad de la población mundial vive en las ciudades (UNESCO), espacios pensados para  comodidad y uso de los adultos, para quienes las “junglas de concreto” son un ambiente conocido, seguro e incluso estimulante. Pero para los niños esto no necesariamente es así. Los estímulos en ambientes urbanos son reducidos, como en la monotonía de una calle asfaltada, o muchas veces fuera del alcance del entendimiento de un cerebro recién en desarrollo, cuando éstos son tan intensos o rápidos que no permiten su procesamiento. Además, la calidad de los estímulos es dispar. Un árbol en una pantalla nunca podrá compararse con la experiencia multisensorial de vivenciar directamente el árbol. La textura rugosa de su tronco, el sonido del follaje al viento, el olor y sabor de la fruta madura. El estímulo al aire libre es simplemente de mejor calidad.

Nos hemos alejado de los ambientes naturales y esto ha afectado nuestra identidad y nuestro desarrollo como seres, tanto así, que muchos autores hoy hablan del “síndrome por déficit de naturaleza”. Hasta hace poco no había mucha evidencia de estas implicancias en niños, pero hoy existen diversos estudios que la avalan. En España se estudió la relación positiva de la exposición constante a áreas verdes y el desarrollo de habilidades cognitivas en niños de 7 a 10 años (Dadvanda et al, 2015). En China se realizó un estudio similar, pero con niños más pequeños (0 a 2 años) y también considerando el desarrollo motor (Liaoa at al, 2019). Barrera-Hernández et al 2020, estudiaron la relación de los comportamientos sustentables y la felicidad en niños.  Todo esto nos confirma algo que muchos ya percibimos:  la importancia de la vida al aire libre

Estamos a tiempo de ampliar el camino, especialmente en pos de nuestros pequeños, quienes albergan una fuente inagotable de energía, encontrando en la naturaleza un espacio vital para dejarla libre. Permitir que los niños vivan experiencias y acompañarlos en este proceso, no solo fomentará el desarrollo de seres humanos más sanos y seguros, sino que también impulsará la construcción de una sociedad más vinculada y en armonía con el medio ambiente.

Referencias

Barrera-Hernández Laura, Mirsha Alicia Sotelo-Castillo, Sonia Beatriz Echeverría-Castro and César Octavio Tapia-Fonllem (2020) Connectedness to Nature: Its Impact on Sustainable Behaviors and Happiness in Children. Front. Psychol., 26 

Dadvanda Payam, Mark J. Nieuwenhuijsena, Mikel Esnaolaa, Joan Fornsa, Xavier Basagañaa , Mar Alvarez-Pedrerola, Ioar Rivasa, Mónica López-Vicentea, Montserrat De Castro Pascuala, Jason Suf, Michael Jerrettg, Xavier Querole, and Jordi Sunyer Green spaces and cognitive development in primary schoolchildren 2015. Proceedings of the National Academy of Sciences 112 (26), 7937-7942

Liaoa J. ,Zhang B.,Xiaa W., Caob Z. Zhang Y., Liang S., Hu K., Xua S.,Li W., 2019. Residential exposure to green space and early childhood neurodevelopment Environment International, Volume 128, Pages 70-76

https://www.losarbolesmagicos.es/2020/02/16/trastorno-por-deficit-de-naturaleza/ 

https://ecoosfera.com/naturaleza-ninos-beneficios-consejos-jugar-aire-libre/

https://www.educaciontrespuntocero.com/entrevistas/francisco-mora-el-cerebro-solo-aprende-si-hay-emocion/

https://www.lavanguardia.com/natural/tu-huella/20190313/461011629869/naturaleza-ninos-mejoras-aprendizaje-infantil-revision-estudios.html

https://elpais.com/economia/2017/03/21/actualidad/1490090070_278719.html?id_externo_rsoc=FB_CC&fbclid=IwAR3emOIOdYD8VqhWOURUWpDHJWfzdBcM-WiOORB5o9HvRNGxaATzQFI8i1Y

Sobre los Autores

Karen Stuardo es Fonoaudióloga, dedicada al estudio del neurodesarrollo infantil y amante de la vida en  la naturaleza. 

Bastian Gygli es estudioso de la naturaleza que a través de la fotografía, los libros y el turismo busca compartir sus regalos.

Imagen de portada: A los infantes les encanta la exploración y el juego al aire libre, especialmente si pueden hacerlo con sus amigos. Foto de Unsplash.com

Fermentados: Los aliados invisibles

Vivir para siempre, una mítica búsqueda humana que podría tener su respuesta en los alimentos vivos; en los fermentados. Pero ¿Cuáles son? ¿Cómo los incorporamos a nuestra vida? ¿Dónde los encontramos? ¿Por qué los dejamos de consumir? y ¿Qué pasa si no me gustan? No todos queremos vivir para siempre, pero al menos todos buscamos […]

Vivir para siempre, una mítica búsqueda humana que podría tener su respuesta en los alimentos vivos; en los fermentados. Pero ¿Cuáles son? ¿Cómo los incorporamos a nuestra vida? ¿Dónde los encontramos? ¿Por qué los dejamos de consumir? y ¿Qué pasa si no me gustan? No todos queremos vivir para siempre, pero al menos todos buscamos vivir mejor, para dar al mundo lo mejor de sí, y si en el rescate de los aliados invisibles – que abundan en los fermentados – tenemos una clave para nuestra salud total, es vital ir respondiendo poco a poco estas preguntas.

Cada día se habla más de este enorme y antiguo grupo de alimentos, pero no lo suficiente sobre su nobleza rústica, ni de sus sofisticadas posibilidades que podemos investigar con creatividad, incluso en casa. La celebración de los fermentados parte por rescatar el hecho de que están en tantos alimentos y procesos que nos acompañan hace años, aunque nosotros ni siquiera lo sepamos.

El poder de los Micromundos

Cuando hablamos de alimentos fermentados, el chocolate y el café no llegan a la mente tan rápido como la cerveza o el chucrut. Pero en ambos casos también hay procesos de fermentación importantes y necesarios para tener estos dos amados alimentos a disposición de todos.

Si miramos en nuestras despensas o en nuestra historia familiar, en lo más íntimo y en lo más comercial, para saber cuántos alimentos tienen fermentación en sus etapas de producción, o cuáles son fermentos vivos, veremos que ya hay muchos que conocemos y consumimos: el origen del ketchup, la salsa de soya, la mayoría de los quesos, de casi todos los alcoholes, del vinagre, de la hoy bien difundida masa madre y de bebidas cada vez más reconocidas como la kombucha… Es una historia humana tejida con este micromundo muchas veces invisible a primera vista, y que si bien hoy se recupera con fuerza y presencia en nuestra alimentación, ha estado presente en nuestra historia desde siempre.

El hongo llamado SCOBY es el encargado de transferir sus propiedades probióticas a la kombucha © Claudio Paillalef.

Reconsiderando la microbiota

La fermentación es un proceso natural que no requiere siempre de la mano humana, porque es un proceso en donde la materia se transforma bajo condiciones que están en la naturaleza, con variaciones múltiples, generando espacios de compleja convivencia para variadas formas de vida microscópica. Hoy se sabe que estos micro-seres, en general levaduras y bacterias; pueden sostener y mejorar nuestra vida, desde el intestino, desde cómo van regenerando nuestro sistema digestivo; mejorando nuestra microbiota – otro concepto del cuál por fin se habla en medios públicos diversos – podemos resumir que es el mundo vivo -también invisible al ojo humano- que habita a lo largo de nuestro sistema digestivo, que es infinitamente social, y tal como nosotros en el mundo, la microbiota: la microscópica vida interior de todos los cuerpos, requiere de una armónica convivencia para existir, necesita un ambiente adecuado, de diversidad y alimento que la sostenga. Tenemos bosques y jardines en nuestros intestinos, paisajes llenos de vida, visto poéticamente, y tal como los externos; los espacios internos deben cuidarse. Se sabe además que la microbiota humana es muy similar a la de la tierra y a la del mar. Paisajes microscópicos que nos unen al planeta como individuos, ciencia para sostener que somos partes de un todo.

Resulta que la dieta humana de las últimas décadas y las nuevas formas culturales de alimentarnos, de trabajar  y finalmente de vivir; aumentaron condiciones de inflamación en nuestros cuerpos. Condiciones que han ido destruyendo nuestro paisaje interior y su armonía; y que dentro de los grandes beneficios de los fermentos vivos se reconoce su capacidad de des-inflamar desde el intestino al resto del cuerpo. Hoy se sabe incluso que enfermedades mentales y estados emocionales extremos, están influenciados por sistemas digestivos inflamados y sin microorganismos vivos, sin una microbiota saludable, lo anterior, como consecuencia de dietas basadas en alimentos procesados, además de estrés y otros factores propios de los cambios culturales de las últimas décadas. Así, por ejemplo, un artículo para el Harvard Health Publishing, de Eva Selhub, MD, se comunica, bajo el concepto de Psiquiatría Nutricional, que: “Hoy se sabe que hay consecuencias directas entre lo que comemos, cómo nos sentimos, cómo nos comportamos y qué bacterias tenemos en el intestino”.

Sin ser investigadores de Harvard o médicos, ni tener condiciones graves a causa de la inflamación, nosotros sí podemos mejorar nuestra dieta incorporando alimentos fermentados a diario. Sin duda sentiremos la diferencia. Como dice René Redzepi, co-creador del revolucionario restaurante y laboratorio culinario de fermentados en Dinamarca, NOMA: “No puedo negar que personalmente me siento mejor consumiendo una dieta rica en alimentos fermentados…por esto uno de los pilares de nuestro restorán es la fermentación” (Guía NOMA de la Fermentación).

El chucrut tiene grandes propiedades probióticas, siendo un gran aliado de la salud intestinal y los procesos digestivos © Claudio Paillalef.

Una práctica más antigua de lo que pensamos

Y si quedan dudas de por dónde comenzar o si acaso nos gustarán o no los fermentados que buscamos incorporar a nuestras dietas, la respuesta es tan amable, tan fácil, que alivia de solo recordarla: estos alimentos están hace tiempo disponibles, ahora simplemente toca recuperarlos. De hecho, los “perdimos” hace muy poco, hace tan solo una o dos generaciones atrás y los países occidentales. Siempre podemos buscar culpables, pero la historia de los alimentos está ligada a los cambios culturales, a la tecnología y a las influencias sociales que predominan en cada época, por lo tanto, son múltiples los factores que hicieron que lo fermentado se mantuviera rezagado a las cocinas de campo, a las comidas tradicionales y alguna que otra preparación de origen asiático, territorio donde al menos el 80% de su alimentación se basa en alimentos fermentados. En países occidentales, en cambio, con el tiempo se consumieron cada vez menos hasta hoy, donde como sociedad estamos re-pensando muchas decisiones y creencias ya instauradas, para hoy elegir con determinación por la salud.

En este rescate de nuestros cuerpos, mente y emoción hay una búsqueda preciosa, casi antropológica, de los alimentos que sostuvieron a nuestros ancestros, cuando fueron por viajes extenuantes y duros inviernos sin comercio ni refrigerador. En este rescate, un fermento nos llevará a otro, desde la kombucha hasta llegar a las carnes y pescados fermentados, las infinitas fermentaciones posibles de frutas y verduras, a las bebidas tan antiguas como el vino y el sake, o los fermentos en base a moho como el miso y el tempeh, nos harán celebrar la chicha como medicina y no sólo como una pintoresca bebida campesina, nos hará viajar con interés por los fermentos de otras culturas, a buenas preguntas y a nuevos hábitos.

Como el interés es cada vez más compartido y extendido, las opciones listas empiezan a ser más fáciles de encontrar en los almacenes, deliveries y supermercados, pero también existe la posibilidad de partir desde casa: con algunos de los fermentados más “fáciles”, sin desmerecer que la dedicación y la prolijidad van a llevar al éxito, se puede partir por el yogur de pajaritos, el pan de masa madre o por la kombucha, la milenaria bebida que se ha llegado a llamar el elixir de la vida eterna.

Cada uno de estos productos mencionados se puede comenzar con una receta base, con las levaduras del aire en el caso de la masa madre, con una kombucha 100% viva como base para hacer las kombuchas caseras, con preguntas a través de redes sociales para saber quién tiene “pajaritos” de kéfir para compartir y entrar así a un viaje personal y a la vez a un movimiento, que quiere volver a lo que nos hace bien, para vivir mejor, y desde el regenerar nuestra salud, ser un aporte al mundo por los años que sean.

María Prieto, fundadora de Kombuchacha y autora de este artículo © Claudio Paillalef.

Sobre la Autora

Maria Prieto es chilena, activa en temas de medio ambiente y agricultora biodinámica. En 2017 fundó Kombuchacha, una gasesosa 100% viva, 100% natural y 100% justa, que marcó un hito al ser la primera kombucha certificada orgánica en el país. Convencida de que el futuro no es sustentable, sino regenerativo, María ha consolidado este emprendimiento bajo el compromiso de aumentar el bien común, al regenerar la salud de las personas, las comunidades y el planeta.

Imagen de portada: Producción de diversos tipos de fermento © Claudio Paillalef.