“Quise conectar al hombre con la naturaleza y con lo sagrado que nos entrega la tierra”, cuenta Paula Zegers desde su taller. La artista visual, quien en este momento se encuentra afinando los últimos detalles del montaje de su próxima exposición en galería Concreta, Matucana 100, construyó esta obra a la intemperie, situada entre las montañas semiáridas de Coquimbo y el mar Pacífico, que en su nombre homenajea a los adoratorios de piedra que persisten silenciosos en las encrucijadas de caminos, y que los viajeros indígenas usaron para descansar y depositar sus ofrendas a los dioses.

Vida / muerte; Cielo / tierra, Arriba / abajo; Terrenal / sagrado. Una serie de opuestos, aparentemente binarios, se hilan a través de una línea invisible, trazada a lo largo de siglos en el desierto, para hallar su punto de encuentro en un bloque construido con ladrillos que yacen fulminados por el sol, al igual que la vegetación del valle de Coquimbo que circunda a este altar resignificado, valle costero cada vez más desertificado por la mega sequía. Es una Apacheta. Y si bien no se trata de la construcción de piedra ancestral que dejaron como ofrenda muchos viajeros altoandinos que transitaban por estos caminos y montañas solitarias, este bloque de concreto negro, contemporáneo, opera como un gesto de alerta, una detención en la ruta que obliga a mirar el suelo en medio de una vorágine que nos ha sumido en un ritmo demasiado rápido y acelerado.

“Quise conectar al hombre con la naturaleza y con lo sagrado que nos entrega la tierra”, cuenta Paula Zegers desde su taller. La artista visual, quien en este momento se encuentra afinando los últimos detalles del montaje de su próxima exposición en galería Concreta, Matucana 100, construyó esta obra a la intemperie, situada entre las montañas semiáridas de Coquimbo y el mar Pacífico, que en su nombre homenajea a los adoratorios de piedra que persisten silenciosos en las encrucijadas de caminos, y que los viajeros indígenas usaron para descansar y depositar sus ofrendas a los dioses.

Una serie de 8 fotografías análogas de apachetas, pircas y muros de piedra situados en el Altiplano forman parte de la exhibición. © Max Donoso.

Encrucijada en el camino

Los pueblos altoandinos eran sociedades con profunda conexión con la naturaleza, relacionándose con su entorno natural tanto en lo productivo como en lo simbólico, llevándola a un nivel sagrado. Gracias a las crónicas coloniales sabemos que lo que más impresionó a los españoles al enfrentarse con estos grupos fue la relación que tenían con su espacio físico. Por ello, su mayor desafío como colonizadores fue extirpar las múltiples deidades paganas y elementos espaciales de adoración que los indígenas poseían, como las huacas y apachetas.

A primera vista, “Apacheta” – la obra emplazada por Zegers junto a la costa de Coquimbo –pareciera estar emparentada con las piezas de land art características de los movimientos de vanguardia de la década del 60′ y 70’, aquellas instalaciones muchas veces magnánimas instaladas en medio de paisajes como desiertos y valles de amplios horizontes. No es casual que la apacheta, en su origen se ubicaba generalmente en sitios también de amplitud, vale decir, sobre los 4 mil metros de altitud, en lugares con amplia visibilidad del entorno y trayecto vial, indicando que el lugar se habría orientado a sacralizar espacios físicos que conectaban en forma visual las rutas a experimentar.

Pero en cambio, Paula Zegers prefiere llamar a esta otra “Apacheta” no una pieza de land art, sino más bien un “proyecto de tierra que reconocemos como nuestro”. Tal vez para acercarlo al gesto humilde de construir a partir del lanzar piedras y acumular, esa necesaria detención de descanso y refugio en medio de un largo camino. Y es que con esta instalación que ahora la artista desplaza al interior de tres salas de galería Concreta, busca, tal vez, hacer un llamado más bien espiritual, un recordatorio a conectar con los pequeños gestos rituales que hemos perdido con nuestra tierra.

“Esta apacheta baja del cielo al suelo y la acerca al ser humano a la tierra, que es lo primero que conectamos con los pies. Mirar este espacio-suelo de manera horizontal, organizado bajo un patrón simple y casi geométrico que se vuelve parte del entorno, es también una manifestación de la crudeza, la imperfección y desolación que produce este lugar de encuentro”, escribe Paula Zegers en su manifiesto de la obra. Lo anterior es coherente con algunas descripciones que arqueólogos especializados en este tipo de formas del desierto, como Gonzalo Pimentel, han descrito sobre la apacheta, donde se describe como una forma de ocupar espacios aparentemente vacíos con formas más humildes de arquitectura. Así, poblada por elementos móviles, forman parte de las rutas de los viajeros que en sus viajes cargaban objetos, pero también sus pensamientos, sus sueños y sus ideas. La apacheta, en ese sentido, implica una relación de trueque con los dioses, ya que para llevar a cabo el viaje con éxito debían dejar ofrendas en estos puntos.

Más que una obra de «land art», este homenaje a la Apacheta es un proyecto de tierra que reconocemos como nuestro.

Geometría práctica y sagrada

A lo largo de su vasta producción artística, Paula Zegers ya había trabajado obras en monocromía con tejidos e hilados inspirados en la cosmovisión andina. Esa geometría básica, en sus palabras, esa “primera puntada indígena” se usaba con fines rituales y prácticos, ya sea para llevar las cuentas, crear calendarios para la agricultura, en definitiva, eran dispositivos para contar historias. Asimismo, se sabe que las apachetas menores conocidas como “cargas”, cada piedra representaba el número de animales con que se viajaba. Zegers lee, estudia, y reinterpreta estas cargas simbólicas para plasmarlas en una obra contemporánea situada en un paisaje en transformación. Por eso, sostiene, su homenaje a la “Apacheta” fue la continuación de esta búsqueda por conectar con aquello que yace olvidado en la tierra, al trabajar con materialidades aparentemente obsoletas pero que operan como formas de creación tremendamente expresiva, en donde muchos viajeros logran hacer de esta construcción simple un lugar de descanso, refugio e intercambio con los dioses en medio del camino por las montañas del desierto.

Para este trabajo Paula Zegers acumuló 11 toneladas de ladrillos, el equivalente a 5.600 ladrillos fiscales. © Paula Zegers.

Tres salas de galería Concreta, en Matucana 100 serán las que estarán interconectadas a partir de la apacheta que expone Paula Zegers desde el próximo 17 de marzo. Cada uno de estos espacios tendrá su propia identidad y narrativa, para, desde formatos diversos, transmitir una forma sagrada de cohabitar y transitar a la intemperie. Así, tras cruzar el umbral de la sala 1, la cual invita al espectador a interactuar al nivel del suelo, la ruta lleva hacia una segunda sala, donde se proyecta una película en Súper 8, en cámara rápida. Allí, vemos en “time lapse” la instalación original de la apacheta emplazada en el valle de Coquimbo, abriendo la pregunta sobre los viajes en el tiempo y el espacio, mientras las sombras se alargan con el tránsito del día a la oscuridad sobre el norte chico de Chile.

Los dispositivos análogos buscan hacer reflexionar en torno a lo olvidado, retornando a la metáfora de visibilizar aquello que existe bajo nuestros pies y que sin embargo, no lo vemos. “Tanto el ladrillo fiscal utilizado en la apacheta (el cual se ha reemplazado en construcción por otros materiales, como el ladrillo “princesa”) el grano visible de la película en Super 8 y la fotografía análoga, nos conectan con tecnologías que están olvidadas”, apunta Paula Zegers. La última sala presenta una serie de fotografías análogas en blanco y negro registradas por el fotógrafo Max Donoso, las cuales dan cuenta de apachetas reales, muros de piedra y pircas, ubicadas en distintos puntos del altiplano. Todo será parte de este gran homenaje a las apachetas «que abrazan a los caminantes por siempre”, sostiene la artista visual.

La artista busca continuar este trabajo de creación y construcción de apachetas junto a comunidades locales © Paula Zegers.

Referencias:

Pimentel G, Gonzalo. (2009). LAS HUACAS DEL TRAFICO: ARQUITECTURA CEREMONIAL EN RUTAS PREHISPANICAS DEL DESIERTO DE ATACAMA. Boletín del Museo Chileno de Arte Precolombino14(2), 9-38

Imagen de portada: La obra «Apacheta» de la artista Paula Zegers es curada por Daniela Berger y estará exhibida en galería Concreta, Matucana 100, Santiago, a partir del 17 de marzo.

La heterogeneidad de la geografía humana y natural del Chile—y la variabilidad constante de esta relación—ha propiciado un sinnúmero de interacciones que comienzan a definir y delinear el paisaje como un objeto de estudio social y cultural, lo cual es clave para construir una relación productiva y responsable con el mismo. Por esto, se ha […]

La heterogeneidad de la geografía humana y natural del Chile—y la variabilidad constante de esta relación—ha propiciado un sinnúmero de interacciones que comienzan a definir y delinear el paisaje como un objeto de estudio social y cultural, lo cual es clave para construir una relación productiva y responsable con el mismo. Por esto, se ha elegido Chile como sede la primera conferencia del ICL, titulada “Desde el Sur: Perspectivas Globales sobre el Paisaje y Territorio», la cual reúne a siete destacados Arquitectos del Paisaje de la Universidad de Harvard, trabajando en siete contextos diferentes. La conferencia parte desde el reconocimiento que, en gran parte del mundo—y a diferencia de Europa y Estados Unidos—la arquitectura del paisaje es una disciplina en consolidación e inclusive aún no profesional. En este proceso, la arquitectura del paisaje intenta conciliar una formación heredada, fundamentalmente occidental, la cual se base en contextos y realidades muy diferentes. En esta convocatoria, los invitados discutirán cómo se produce ese proceso de contextualización y traducción semántica de la disciplina, a partir de trabajos e investigaciones llevados a cabo inmediatamente después de haber cursado estudios avanzados de arquitectura del paisaje. Se discutirá, además, cómo la disciplina comienza a adquirir un potencial de transformación crítica, inclusive político, en contextos variados a nivel global, incluido Chile. La conferencia está organizada alrededor de una visita de la ciudad de y un día de presentaciones.

Contacto:
Flavio Sciaraffia / fsciaraffia@geoadaptive.com

Artista visual nacida en 1948 en Buenos Aires, Argentina, cursó parte de sus estudios en artes en Zúrich, Suiza. El principal interés de Marín ha sido rescatar la labor del artista como testigo. A través de medios digitales como la fotografía y el video, retrata vestigios del mundo que habitamos desde el paisaje en su […]

Artista visual nacida en 1948 en Buenos Aires, Argentina, cursó parte de sus estudios en artes en Zúrich, Suiza. El principal interés de Marín ha sido rescatar la labor del artista como testigo. A través de medios digitales como la fotografía y el video, retrata vestigios del mundo que habitamos desde el paisaje en su estado natural o su alteración artificial.

Matilde comenzó a registrar paisajes en sus propios viajes, como una huella de su paso por un lugar, cuestionando si ese lugar será el mismo cuando ella vuelva o si será el mismo desde la experiencia del espectador que contempla los registros.

En la exposición titulada “Paisaje Indeterminado”, que ha sido expuesta en diversas galerías, incluyendo Patricia Ready en Santiago en julio de 2016, expone una serie de paisajes, donde la artista busca plasmar la idea de viajar sin mapas, entregándole al espectador un rol protagónico en la reflexión sobre la imagen, despertando a través de evocativas fotografías, un viaje por una geografía épica, oculta en nuestros imaginarios.

Paisaje Indeterminado III ©Matilde Marín

Éstos collages, comienzan desde fotografías análogas que tomó en un viaje que realizó por Halong Bay en Vietnam, plasmando en ellas rocas imperiosas que sobresalen desde el mar, luego  las intervino digitalmente con fotografías registradas en la Patagonia, creando así un nuevo paisaje que finaliza con la mirada y experiencia del espectador.

Hacia la nube, serie Itinerarios ©Matilde Marín

Parte de su discurso es reflejar la delicadeza de la belleza natural y como puede ser rápidamente intervenida por el ser humano que determina dicho paisaje y a su vez al ser alterado, condiciona su preservación. Para la artista el recurso fotográfico se convierte en su aliado ya que presentan el tema en cuestión de manera clara y a la vez sugerente en la fusión de imágenes que permiten revelar como el paisaje está sufriendo constantes cambios, como se puede ver en la serie “Itinerarios” de la misma exposición. Un ejemplo es una de sus la fotografías “Hacia la nube”, donde registra una densa nube de humo negro en que se demuestra un paisaje puro, pero contaminado por una gran nube negra, de alguna forma, se concientiza al espectador que puede reconocer y familiarizarse con un paisaje tanto desde lo natural como el efecto que en él se está causando.

Paisaje Indeterminado II ©Matilde Marín

Los viajes de Matilde a lugares remotos han enriquecido su reflexión sobre la humanidad y la persistencia de paisajes inalterados por las acciones humanas. La artista se ha referido a estos paisajes como «templos de la naturaleza», insertos en la lejanía de lugares que son altamente concurridos por turista como la Patagonia o Vietnam. Desde esta misma idea, surge la necesidad de que este lugar turístico pueda convertirse en un lugar menos reconocible, con otro cielo, otro suelo, con la finalidad de recrear un paisaje que fuera finalizado por el espectador y comprendiera que esos paisajes son aún tesoros por preservar en los diferentes rincones del mundo.

Proyecto Pharus ©Matilde Marín

Julieta Fernández Cánepa creció en el norte de la Patagonia argentina. Estudió Bellas Artes en Buenos Aires, para luego convertirse en Profesora Superior de Arte. Sin embargo, siempre supo que quería vivir cerca de la naturaleza, sobretodo, cerca de las montañas.  Por eso, al terminar sus estudios, se trasladó al extremo sur del continente: primero, […]

Julieta Fernández Cánepa creció en el norte de la Patagonia argentina. Estudió Bellas Artes en Buenos Aires, para luego convertirse en Profesora Superior de Arte. Sin embargo, siempre supo que quería vivir cerca de la naturaleza, sobretodo, cerca de las montañas.  Por eso, al terminar sus estudios, se trasladó al extremo sur del continente: primero, al pueblo de El Chaltén (en Argentina) y luego a Puerto Natales, Chile, donde vive actualmente.

Al llegar a la Patagonia, Julieta se capacitó y comenzó a trabajar como guía de caminatas. Desde entonces combina su profesión de guía y pasión por las montañas, con diversos proyectos artísticos que desarrolla en forma más introspectiva durante los meses de invierno. Es el caso de PATAGONIA POSTERS, donde plasma increíbles imágenes de la naturaleza de la zona con un estilo propio ligado al vintage.

Revista Endémico conversó con la artista, quien cuenta cómo llegó a concretar estas obras, qué relación ve entre arte y medioambiente, y otros temas.

¿Cómo llegaste a la idea de realizar PATAGONIA POSTERS?

Todo comenzó porque un hotel en Puerto Natales (Hotel Índigo, parte de cadena de hoteles NOI y que fue ideado por una pareja de Europeos muy estilosos, él de Francia y ella española), iba a contar con una pequeña agencia de viajes junto a la recepción. La idea era promocionar los tours que vendería la agencia, con imágenes pintadas y no con fotos. Por eso me encargaron cuatro pinturas que fueron las primeras. Ellos querían que estas pinturas tuvieran un estilo vintage. Yo al final le di una vueltita y, en lugar de tratar de que parecieran de la época, hice algo muy típico de mi trabajo pero con un toque vintage: estilización de las figuras, marco de color, texto incorporado, tipografía esbelta, etc.

Una vez que esos cuadros estaban a la vista, los huéspedes del hotel comenzaron a preguntar si había láminas con esas mismas imágenes para comprar. Años más tarde, pinté una nueva serie de cuadros (la «Serie de 2011») y surgió Patagonia Posters.

¿Y cómo ha sido la producción de estos posters y generar un diseño más masivo de ellos?

Fui descubriendo el negocio de a poco, tuve aciertos y desaciertos. Me costó mucho encontrar un fabricante de tubos que me vendiera mil y no diez mil, por ejemplo, y de a poco fui encontrando proveedores apropiados. Un gran tema es el envío de posters al extranjero, puesto que los correos muchas veces funcionaban mal, y montones de paquetes son extraviados o devueltos.

Lo más difícil fue la impresión, puesto soy muy exigente con el color. Hoy finalmente encontré una imprenta que me aguanta estar allí mismo, parada junto a la máquina, diciéndole al técnico “le sobra una pizca de magenta en el área de aquí, le falta un pequeño porcentaje de amarillo por allá, creo que esta zona quedó muy cargada de color, etc.”

Es así como los posters tienen un lado muy lindo, pues a mucha gente que los ve, les encantan, y quieren tener una obra original en ese estilo. Siete personas han comprado los cuadros originales de la colección de PATAGONIA POSTERS, pero hay otras cuatro personas que tienen pinturas mías en el mismo estilo, nunca impresas como posters: ellos las encargaron especialmente para tener la pieza única.

¿Qué relación tienes con el estilo vintage?

No diría que tengo una relación en particular con lo vintage, pero siempre me he sentido atraída a algunos aspectos del Art Déco y el Art Nouveau, sobre todo a su esteticismo. Me gusta muchísimo el carácter decorativo de esas antiguas publicidades de viajes y productos de los años ’30 y ’40.

No sé si mis posters son exactamente vintage, pero sí hacen una clara alusión a esas publicidades de viaje. Sin embargo, mientras los pinto, me distancio de las imágenes que inspiraron esta serie y e intento lograr algo más personal.

¿Qué relación puedes visualizar entre arte y medioambiente?

Arte y medioambiente pueden ir juntos o en contra, según cómo se lo mire. El arte puede -a través del mensaje- ser una herramienta de difusión de criterios de protección ambiental. Puede fomentar el cuidado a la naturaleza, mostrando y resaltando la belleza de este mundo y todas sus especies animales y vegetales, además del resto del sistema terrestre. Pero también, en el caso de cualquier obra y en particular de los posters, hay muchas veces un lado no tan ecológico: los materiales que usamos para pintar no siempre son amigables con el medio en su fabricación, desechar los potes en general tampoco es muy ecológico.

En mi caso, sufro mucho cuando en la imprenta veo pasar uno y otro pliego de papel por la máquina que imprime: cientos de papeles que son sólo pruebas de color, o que se descartan porque hay que imprimir muchísimos hasta que la carga de tinta es suficiente para hacer uno que se considere «bueno» o definitivo. Si bien esos papeles se reciclan para hacer cartón, es realmente duro ver la cantidad de papel blanco que la industria imprenta sacrifica cada minuto.

Entonces, aunque ilustro estos lugares prístinos con la intención de que siempre tengamos estos refugios de naturaleza, soy consciente de que lo que hago tiene también un impacto, puesto que la industria imprenta es realmente contaminante.

Ojalá que el balance final de lo que hago, si se pudiera medir, resulte positivo. Que traiga bienestar a las personas que cuelgan una obra mía, que sirva para seguir apreciando el mundo natural y que genere consciencia de la necesidad de cuidar estos lugares con su biodiversidad.

Puedes encontrar los posters de Julieta en: PATAGONIA POSTERS / MAPPIN