La historia de la hoja de coca es también la historia de una injusticia que se perpetúa desde hace más de seis décadas. Es la historia de una guerra declarada contra una planta, contra una cultura y contra una forma de entender el mundo. En el contexto de la llamada “guerra contra las drogas”, la coca ha sido arrancada de su territorio simbólico-relacional y convertida en un objeto de crimen. Pero esta transformación no fue casual, sino una decisión política, ideológica y profundamente marcada por prejuicios coloniales.
Una planta sagrada: la coca en la cultura andina y amazónica
Mucho antes de que existiera el concepto de estupefaciente, mucho antes de que se inventaran las convenciones internacionales y los comités de expertos, la coca ya estaba presente en la vida cotidiana de los pueblos andinos y amazónicos. En los Andes, la coca era (y es) una forma de conversación. Se ofrecía antes de hablar, antes de negociar, antes de pedir ayuda. Era un gesto de respeto, de reconocer al otro.
La hoja no se entiende como un mero estímulo químico, sino como una relación simbólica. Esta planta estaba presente en los rituales agrícolas, en los nacimientos, en los funerales, en los momentos de enfermedad y en los viajes largos por la cordillera. Así, por ejemplo, en el Amazonas la hoja toma forma de mambe, una preparación de harina de coca con ceniza, que los habitantes de la selva ponen en su boca para acceder a la “palabra dulce”, con la que trenzan largas conversaciones en torno a los asuntos comunitarios.
Durante miles de años, la coca fue parte de una economía compleja basada en el equilibrio vertical de los territorios andino-amazónicos. Las comunidades de altura intercambiaban productos con las comunidades de tierras bajas, y en ese sistema de trueque la coca cumplía un rol central. Era, al mismo tiempo, alimento energético, medicina y moneda vegetal. Con ella, familias enteras acompañaban las condiciones extremas y también convertía el trabajo en altura algo menos hostil físicamente.
La relación entre la coca y los pueblos andino-amazónicos no puede reducirse a un efecto farmacológico. La coca forma parte de una cosmología. Representa la continuidad entre el cuerpo humano y la tierra. Es una planta que no se impone: acompaña. No estimula violentamente: sostiene. No aliena: conecta. En muchas comunidades, la coca es considerada un ser vivo con voluntad propia, dotada de agencia e inteligencia, una mediadora entre los humanos y el mundo espiritual. Por eso fue reverenciada, protegida, y por eso sobrevivió incluso a la violencia de la conquista. Lo que hoy se llama “consumo tradicional” no es un hábito primitivo ni tampoco un residuo cultural: es una tecnología refinada durante milenios.
Cuando los conquistadores llegaron a América, observaron que la coca no podía ser eliminada fácilmente. Intentaron prohibirla. La consideraban una superstición, algo peligroso porque fortalecía la identidad cultural de los pueblos a someter. Sin embargo, la propia economía colonial terminó dependiendo de ella: los trabajadores indígenas en las minas y en los campos no podían sobrevivir sin coca. Así, la planta fue tolerada (y permitida por la corona en oposición directa a la iglesia) por conveniencia económica pero despreciada por prejuicio cultural. Esa contradicción se mantuvo durante siglos.
El error histórico: cómo la hoja de coca fue incluida en la Lista I
La inclusión de la hoja de coca en la Lista I de estupefacientes no fue el resultado de una investigación científica rigurosa. Fue, en gran medida, el resultado de prejuicios raciales, de ignorancia cultural y de una visión profundamente colonial del mundo.
En la década de 1950, el Comité de Expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) tomó una decisión que marcaría el destino de millones de personas. Se afirmó que el consumo tradicional de coca era perjudicial para la salud, que provocaba degeneración moral y que era una de las causas del atraso de los pueblos indígenas. Estas afirmaciones estaban basadas en observaciones superficiales, en estereotipos raciales y en una incomprensión total del contexto cultural en el que la coca era utilizada. Así, Osvaldo Wolff, quien entre 1952 y 1954 fue secretario del Comité de Expertos de la OMS, califica con estas palabras a las personas que consumen esta planta:
“El indio que no mastica hoja de coca es lúcido, inteligente y alegre, dispuesto al trabajo, vigoroso y resistente a las enfermedades; el coquero, por el contrario, es abúlico, apático, perezoso, insensible a su entorno, su mente está ofuscada; sus reacciones emocionales son raras y violentas, está moral e intelectualmente ‘anestesiado’, socialmente sometido, casi un esclavo. […] La degeneración moral acompaña a la física; la mentira es una de las características sobresalientes, probablemente debida a la falta de equilibrio moral. La criminalidad es elevada, y las formas bárbaras de homicidio sólo pueden explicarse por una cierta insensibilidad moral. No cabe duda de que el hábito de masticar hojas de coca es una de las razones más poderosas del atraso y la miseria de la población india”.
Estos argumentos circulares se repiten a lo largo de la historia: (1) cierta gente es despreciable porque consume tal droga; (2) cierta gente consume tal droga porque es despreciable (Antonio Escohotado, 1998). Las razones de esta asociación binomial gente-droga no eran simples retóricas inocentes, sino narrativas personalizadas articuladas por grupos de poder para marginalizar al “otro”.
Lo más grave de la inclusión de la hoja de coca en la Lista I es que la decisión se tomó sin escuchar a las comunidades que utilizan la planta. No se consultó a los pueblos andino-amazónicos, ni se estudió la historia cultural de la planta. Tampoco se investigaron sus usos medicinales tradicionales. Bastaba caminar una tarde por el Cusco para entender que las afirmaciones de Wolff son absolutamente falsas. Bastaba leer un poco de los textos de Unanue, Monge, Cabieses o Mortimer para al menos dudar de la veracidad de lo decretado por la OMS. Bastaba quizás con llevar algunas hojas de coca a la boca para entender que la prohibición de la planta no es sino una cruel estrategia para un etnocidio sofisticado.
En lugar de eso, se aplicó un modelo europeo de comprensión de las drogas a una realidad completamente distinta. Fue una forma de violencia epistemológica: ignorar el conocimiento tradicional e impulsar una interpretación externa, basada en una visión pseudocientífica que esgrime argumentos de salud pública para las naciones cocainómanas del norte.
La Convención Única de Estupefacientes celebrada el año 1961 consolidó este error. Allí, la OMS incluyó a la planta en la lista de sustancias más peligrosas a prohibir junto con la heroína y la cocaína, unificándolas como si todas fueran lo mismo: estupefacientes. Se ignoró una diferencia fundamental: la coca es una planta, mientras que la cocaína es un derivado. Si bien la hoja contiene cocaína en baja concentración, obtener el clorhidrato de cocaína (lo que se conoce vulgarmente como cocaína) requiere un proceso de extracción. La confusión es un acto de simplificación brutal. Sin embargo, esa confusión se convirtió en la base de la política internacional de drogas hasta el día de hoy.
La inclusión de la planta en la Lista I es el resultado de una mentalidad que veía a los pueblos andinos como atrasados y que consideraba que su cultura debía ser corregida. Fue, en definitiva, una forma moderna de colonialismo.
La guerra contra las drogas en Sudamérica: una tragedia anunciada
Una vez que la coca fue declarada ilegal, la guerra contra las drogas encontró su enemigo perfecto. Era una planta concreta, cultivada en territorios “pobres”, asociada a pueblos históricamente marginados. Era fácil convertirla en símbolo del mal.
La erradicación forzada de cultivos destruyó economías locales enteras. Familias que durante generaciones habían cultivado la planta para su consumo o para intercambio fueron criminalizadas de la noche a la mañana. El campesino se convirtió en cómplice. El agricultor en enemigo. Y el territorio andino-amazónico se transformó en un campo de batalla.
Las campañas de erradicación no eliminaron el narcotráfico. Lo que hicieron fue desplazarlo. Cada vez que se destruía un cultivo, aparecía otro en otro lugar. Cada vez que se militarizaba una región, el tráfico se desplazaba a otra. Esto se conoce como el efecto globo: aprietas aquí, y se infla por allá. Esta dinámica generó un ciclo interminable de violencia. La guerra contra las drogas no terminó con el negocio: lo fortaleció, lo volvió más rentable, más clandestino, más violento. Generó monopolios de riquezas astronómicas, en lugares remotos, lejos del escrutinio y la gobernanza.
«La guerra contra las drogas no terminó con el negocio: lo fortaleció, lo volvió más rentable, más clandestino, más violento».
Las consecuencias humanas han sido devastadoras. Comunidades enteras han sido desplazadas. Miles de personas han sido asesinadas. Se han destruido ecosistemas completos mediante fumigaciones químicas y la entrada de agricultura intensiva en zonas ecológicamente sensibles. Se ha militarizado la vida cotidiana de regiones enteras. Y todo esto en nombre de una política que nunca logró reducir ni la demanda ni la oferta global de drogas.
La guerra contra las drogas también ha destruido las redes tradicionales de intercambio que sostenían la economía andina. La coca dejó de circular como moneda vegetal y pasó a circular como mercancía ilegal. Esto provocó un cambio profundo en la vida de las comunidades. El trueque fue reemplazado por la economía clandestina. La solidaridad fue reemplazada por el miedo. La planta sagrada fue transformada en un objeto de crimen.
El fracaso de la guerra contra las drogas
Después de más de medio siglo, la guerra contra las drogas ha demostrado ser un fracaso. El consumo global ha aumentado, también la producción de plantas prohibidas y de sustancias ilícitas. El tráfico de dichas sustancias está en su máxima expresión. No ha protegido a las comunidades más vulnerables, lo único que ha logrado es generar más violencia, más corrupción y más desigualdad. Todo esto a costa de cifras astronómicas del bolsillo público.
En Sudamérica, este fracaso es evidente. Los países productores soportan el costo humano de una política diseñada fuera de sus territorios. Las comunidades rurales han sido tratadas como responsables de un problema “global” (del norte global). Los pueblos indígenas han sido criminalizados por mantener tradiciones milenarias. El problema se ha llevado a la planta y quienes la cultivan, alejándolo de los países cocainómanos por excelencia, que no están precisamente en el Sur.
Cuando se prohíbe una planta pero la demanda persiste, la producción no desaparece. Se ve obligada a desplazarse, adentrándose en la selva, lejos de la gobernanza ambiental. En el contexto amazónico, el cultivo de coca se ha asociado con la deforestación, la contaminación del agua y del suelo por pesticidas y precursores químicos, el desplazamiento forzado y el conflicto territorial.
El proceso de refinación de la cocaína utiliza sustancias como acetona, éter, queroseno y gasolina. Bajo el paradigma punitivo de la prohibición, estos químicos se manipulan en laboratorios clandestinos sin medidas de protección ambiental, sin sistemas de tratamiento y sin rendición de cuentas ante las comunidades afectadas. Estos laboratorios siempre se encuentran cerca de las plantaciones y siempre están cerca del agua (el agua es esencial en el proceso de extracción). El suelo y el agua del Amazonas han sido dañados de forma directa por la prohibición de la planta.
Así, la guerra contra las drogas ha funcionado como un sistema de control geopolítico. Ha permitido justificar la militarización de territorios, la intervención en países “soberanos” y la criminalización de poblaciones enteras. Bajo el discurso de la seguridad, se han implementado políticas injustas. Bajo el discurso de la salud pública, se ha minado la cultura. Finalmente, esta guerra solo ha fortalecido a las organizaciones criminales.
Hacia una nueva mirada: recuperar la memoria de la coca
A pesar de la persecución, de la criminalización y de la violencia, la coca sigue viva. Sigue creciendo en territorios donde creció hace miles de años. Sigue siendo utilizada en rituales, en ceremonias, en prácticas medicinales. Sigue siendo un símbolo de resistencia cultural.
«Cada vez más investigadores reconocen el valor cultural de la coca. Cada vez más comunidades indígenas exigen el reconocimiento de su derecho a mantener sus tradiciones».
Hoy, cada vez más voces comienzan a cuestionar la guerra contra las drogas. Cada vez más investigadores reconocen el valor cultural de la coca. Cada vez más comunidades indígenas exigen el reconocimiento de su derecho a mantener sus tradiciones. Este cambio ha demostrado ser lento, pero es inevitable. Sin embargo, la coca no necesita ser defendida como una curiosidad exótica. Necesita ser reconocida como lo que siempre ha sido: una planta fundamental para la historia cultural de Sudamérica.
Quizás ha llegado el momento de escuchar a las comunidades que han convivido con la coca durante miles de años. Quizás ha llegado el momento de dejar de perseguir una planta y empezar a abrirse a comprenderla. Porque, en el fondo, la historia de la coca no es la historia de una guerra, sino la historia de una relación entre el ser humano y la naturaleza. Y esa relación íntima es un derecho que no puede ser prohibido.

Imagen de Portada: La planta de la coca con frutos. La Libertad, Perú. ©Eugenio Figueroa & Peter Pan
Este articulo fue publicado por primera vez en el blog de Fundación Lobeliana.





