Dejar que broten las flores en el cemento

Entre las grietas de las veredas y muros, en los patios de nuestros hogares o maceteros, a los bordes de las calles, en los parques y canchas, e incluso en las canaletas que limpiamos antes de que lleguen las lluvias, crecen plantas cuya presencia suele considerarse como fuera de lugar y que deben ser removidas. Brotan donde nadie las sembró, sobreviven en condiciones adversas y persisten a pesar de nuestro esfuerzo por ser controladas. A esas plantas, las llamamos malezas.

Pero qué ocurriría si las observamos de otra manera. Estas plantas nos invitan a reflexionar sobre nuestra relación con la naturaleza, y con ellas, otras especies que suelen ser ignoradas u olvidadas, o que hasta son vistas como un problema, por ejemplo, en nuestra idea de ciudad. En el actual contexto de crisis climática y ecológica, reconocer su presencia puede ayudarnos a reparar vínculos y a imaginar futuros posibles donde las ciudades están pensadas también para otras especies. Otras especies que, aunque no estén muy valoradas económica o intrínsecamente, contribuyen al bienestar, la biodiversidad y la resiliencia de los territorios.

El Hormigón

Reconozco que nuestro planeta es diverso y que existen múltiples factores que hacen que nuestro mundo sea espacial, política y económicamente desigual. En ese sentido, comparto el argumento planteado por Cowen y Shenton (1995), quienes sostienen que una de las causas fundamentales de las desigualdades es el tipo de desarrollo impulsado por las dinámicas del neocolonialismo y el capitalismo provenientes del norte global, así como por esfuerzos deliberados de dirigir el progreso a costa de otros.

Las prácticas neocoloniales sobre el espacio se mantienen y reproducen cotidianamente en el territorio. Un ejemplo de ello son las múltiples formas de injusticias que la ciudad ejerce sobre la naturaleza y los seres más-que-humanos. La ciudad, entendida como un espacio profundamente desigual, en su proceso de urbanización y desarrollo, acumula y transforma constantemente elementos provenientes de la naturaleza – como son el suelo, las plantas, los minerales y los animales– a través de procesos de desposesión, alterando los distintos ensamblajes o entramados ecológicos que hacen posible la vida.

La naturaleza no es inmovil y tiende a recuperar espacios urbanos. ©Siyi

Sin embargo, la naturaleza no es inmovil y tiende a recuperar espacios urbanos. Como parte de su propia dinámica de vida y transformación, las aves encuentran un refugio en espacios urbanos, los líquenes encuentran nuevas rocas y árboles que colonizar, las plantas buscan nuevos espacios para florecer y reproducirse. Frente a este resurgimiento, los seres humanos solemos intentar controlar a la naturaleza que está “fuera de lugar” mediante prácticas de desplazamiento, erradicación o contención.

Desde una perspectiva ecofeminista, la desigualdad de género y la destrucción de la naturaleza están profundamente entrelazadas. El patriarcado y el capitalismo son señalados como responsables de la actual crisis ecológica. Tanto la naturaleza como las mujeres han sido históricamente culpadas y cuestionadas por su capacidad de reproducción o no reproducción, así como por su resiliencia y resistencia. En este sentido, los feminismos han cuestionado firmemente los argumentos que atribuyen la degradación ambiental y cambio climático al crecimiento poblacional (Gaard, 2017). Más aún, sostienen que el discurso de la sobrepoblación ha funcionado como una forma de control sobre la fertilidad, reproducción y hasta a la producción de alimentos, permitiendo la regulación y manipulación de cuerpos a través de distintas especies. Por ello, resulta fundamental investigar y reconocer aquellas prácticas que promueven la transformación social y ecológica, así como el fortalecimiento de grupos históricamente marginados (Elmhirst, 2018), como son las mujeres y las plantas urbanas.

La Semilla

Para avanzar hacia la construcción de mejores mundos urbanos en un contexto de crisis climática, ecológica y social, es necesario examinar cómo podemos revalorizar los entrelazamientos entre las ciudades, la vida urbana y el mundo natural. Múltiples organismos coproducen nuestros entornos urbanos y necesitamos reconocer las complejas relaciones que existen entre ellos y comprenderlas (Houston, 2019). La colisión entre historias humanas y no humanas exige una noción más amplia y generosa de la vida, una que desafíe la construcción del Antropoceno como una estratificación social indiferenciada (Houston, 2019).

De acuerdo con Di Prete et al. (2021), en el proceso de descentralizar la perspectiva humana también es fundamental reconocer el poder de aquellas cosas que permanecen invisibles. En este caso, considero a las malezas como actoras y embajadoras del reino vegetal dentro de las ciudades. Asimismo, me gusta la idea de Gatto (2021), quien sostiene que las malezas poseen una forma propia de agencia. Estas plantas generan nuevas direcciones vinculadas a la transformación de los lugares, ya que su crecimiento espontáneo constituye una acción transformadora y, cuando se entremezcla con lo social, produce efectos de transformación en la ciudad (2021).

«Para avanzar hacia la construcción de mejores mundos urbanos en un contexto de crisis climática, ecológica y social, es necesario examinar cómo podemos revalorizar los entrelazamientos entre las ciudades, la vida urbana y el mundo natural».

Comencemos por el significado de “maleza”. Según Tim Cresswell (1997), las malezas son consideradas plantas fuera de lugar; en otras palabras, muchas plantas se convierten en malezas simplemente por encontrarse en el sitio equivocado. Además, Cresswell (1997) desarrolla la idea de que las malezas son fugitivas que se mueven sigilosamente y que persistentemente colonizan los espacios disponibles y abandonados, alterando el ambiente “ordenado” de una ciudad, un jardín o un cultivo.

Otra conceptualización proviene de Helen Kopnina (2013), quien recurre al concepto de “biosocialidad” (Rabinow, 1999) y clasifica a las plantas en tres categorías: domesticadas (y útiles), silvestres (potenciales recursos naturales) y culturalmente significativas (moralmente indiferenciadas). Desde esta perspectiva, podemos afirmar que el discurso dominante sobre las malezas está asociado a la idea de una planta no deseada cuando carece de utilidad, es decir, las malezas son instrumentalizadas (Vieira et al., 2015). Sin embargo, mi intención —junto con la de muchas otras personas— es cuestionar esta visión.

Si buscamos en el diccionario de la RAE, la palabra “maleza” viene del latín malitia que significa «maldad», en esa línea, se define maleza como “abundancia de malas hierbas” o “hierba mala”. Es así como la palabra “maleza” carga una mirada negativa que ha influido en cómo percibimos ciertas plantas. Entonces, ¿cómo podemos comenzar a revalorizar estas plantas? Un primer punto de partida para reconocer y apoyar la rebelión de las plantas espontáneas es descolonizar nuestro lenguaje. Por ejemplo, dejar de llamar “malezas” a las hierbas, plantas y flores que ocupan la ciudad o cualquier otro espacio, porque son mucho más que eso y necesitamos aprender a convivir con ellas sin prejuicios. En su lugar, podemos nombrarlas por sus nombres comunes, o referirnos a ellas como plantas espontáneas o flora urbana. El lenguaje importa porque moldea la forma en que percibimos y nos relacionamos con otros seres vivos.

©Kazuyuki Aoki

En segundo lugar, siguiendo las ideas de Gaard (2017), deberíamos aprender a pensar como las plantas. Gaard cita a Monica Gagliano (2013) para destacar la importancia de los entrelazamientos. Incluso el proceso evolutivo, frecuentemente descrito como altamente competitivo, involucra formas de cooperación. Competencia y cooperación pueden coexistir porque, entre las plantas, las asociaciones cooperativas y colectivas constituyen una condición ecológica común.

En tercer lugar, necesitamos comenzar a hablar de un mejor y justo mundo urbano tanto para humanos como para no humanos, y necesitamos hablar sobre la regeneración urbana. Para ello, Di Prete y otros autores (2021) señalan que es necesario comprender distintas prácticas e imaginarios para entender cómo los actores transforman espacios en lugares. Esto implica habitar antes de construir. Para imaginar un mundo mejor, los seres humanos debemos convertirnos en oyentes activos y dar visibilidad a aquellos actores humanos y más-que-humanos que suelen ser considerados marginales o invisibles.

Podemos denominar esta práctica “naturocultura” (natureculture por Donna Haraway), donde los seres humanos se encuentran entrelazados con los no humanos (naturaleza) a través de relaciones interespecies (Tsing, 2012). Un ejemplo concreto de ello es el trabajo de Robinson y Lundholm (2012), quienes demostraron que las plantas espontáneas urbanas proporcionan servicios de regulación microclimática comparables a los de los pastos y praderas naturales, incluyendo la reflexión de la radiación solar y el enfriamiento de los espacios urbanos. A pesar de registrar temperaturas del suelo más elevadas que otros hábitats, las áreas con vegetación espontánea urbana mantenían temperaturas promedio aproximadamente 10 °C inferiores a las de las superficies pavimentadas. Esto evidencia el importante papel que desempeñan estas plantas en la provisión de servicios ecosistémicos de enfriamiento dentro de las ciudades.

El Brote

Propongo una idea simple pero transformadora: dejar brotar y permitir que estas plantas vivan para contribuir a la regeneración del mundo urbano. En primer lugar, es necesario reconocer que la sociedad padece una forma de ceguera vegetal (plant blindness, Vieira et al., 2015). Con frecuencia, los seres humanos no logran reconocer que la conservación de las plantas constituye uno de los desafíos más importantes de nuestro tiempo, ni comprenden plenamente su relevancia para la vida cotidiana. Vieira et al. (2015) señalan que las plantas, al igual que cualquier otra especie más-que-humana, necesitan percibir y responder a su entorno para sobrevivir. Asimismo, la colaboración y las asociaciones constituyen una condición ecológica común. Por ejemplo, las flores necesitan a los polinizadores para reproducirse, así como los polinizadores dependen de las flores para alimentarse.

En segundo lugar, es necesario devolverlas a su lugar dentro de nuestras formas de pensar la ciudad, poner en práctica la naturocultura. Gatto (2021) nos invita a adoptar la táctica de “seguir”, propuesta por Deleuze y Guattari (1980), como una forma de adentrarnos en la vida social del mundo natural en la ciudad. Esto implica encontrarnos con las plantas y su hábitat y, al mismo tiempo, reconocer las posibilidades de reciprocidad que emergen cuando las personas y la flora espontánea se encuentran unas con otras.

Sin embargo, incluso cuando estas colaboraciones ecológicas son reconocidas en la planificación urbana —por ejemplo, a través de enfoques basados en servicios ecosistémicos— suelen quedar atrapadas en lo que Davison (2010) denomina una “paradoja de la gestión” o, como he mencionado anteriormente, en procesos de instrumentalización. En estos casos, predominan enfoques de “control” por sobre prácticas más adaptativas, basadas en el reconocimiento de la coevolución de los paisajes multiespecie (Houston et al., 2018).

Volviendo a la vida de las más-que-malezas, estas plantas crecen cuando encuentran la oportunidad y resisten activamente su marginación del espacio urbano, como dice el refrán: “hierba mala nunca muere”. Bonthoux et al. (2019) destacan que las ciudades constituyen ecosistemas particulares que favorecen la dispersión y establecimiento exitoso de las plantas espontáneas, generando oportunidades para mejorar las condiciones de la biodiversidad urbana. En este contexto, la conectividad emerge como un concepto clave dentro de la planificación urbana (Houston et al., 2018). De hecho, comprender los factores que influyen en la dispersión y presencia de vegetación espontánea ofrece una valiosa oportunidad para que arquitectos, urbanistas y geógrafos promuevan la biodiversidad en los entornos urbanos.

Estas plantas suelen prosperar precisamente en aquellos lugares donde existe una aparente ausencia o abandono humano: desde callejones y muros, hasta jardines y parques o grietas en el pavimento. Desde esta perspectiva, la flora espontánea representa una oportunidad significativa para fortalecer las conexiones entre las personas y las especies más-que-humanas, mediante la creación de nuevos hábitats ecológicos en espacios residenciales, jardines urbanos y parques. Su capacidad de resiliencia y adaptación las convierte en aliadas fundamentales para imaginar ciudades más habitables y ecológicamente diversas.

Además, vivir cerca de áreas verdes fomenta la actividad física y se asocia con resultados positivos para la salud, mientras que la falta de acceso a espacios verdes se relaciona con efectos negativos sobre el bienestar. Los espacios verdes accesibles también contribuyen a fortalecer la cohesión social y las relaciones comunitarias, influyendo positivamente en la salud y calidad de vida de las personas (Riley et al., 2018).

Por lo tanto, dejar brotar no implica simplemente tolerar la presencia de ciertas plantas en la ciudad. Significa reconocerlas como habitantes legítimas del espacio urbano, capaces de generar biodiversidad, bienestar y nuevas formas de convivencia interespecie. Tal vez la regeneración urbana no comience con grandes proyectos de infraestructura, sino con la decisión de observar una grieta en la vereda y permitir que la vida que emerge desde ella continúe creciendo.

©Mathias Reding
©Binh Dang Nam

La Floración

Frente a los desafíos urbanos y globales interconectados de la era del Antropoceno, resulta imprescindible replantear la noción de ciudad ideal desde una perspectiva que considere algo más que las necesidades humanas. Las teorías de planificación urbana deben experimentar una transformación profunda, reconociendo e integrando la naturaleza dentro del tejido urbano para crear lugares más justos, atractivos y capaces de sostener múltiples formas de vida y diversas maneras de habitar el mundo (Houston et al., 2018). Esto requiere un proceso de “descolonización” y “desaprendizaje” de los conocimientos establecidos en la planificación tradicional (Sandercock, 2003), promoviendo el florecimiento multiespecie sin depender de fronteras rígidas entre humanos y otro más-que-humanos.

Reconociendo la urgente necesidad de reconectarnos con la naturaleza, el potencial para una vida significativa radica en la creación de hábitats diversos dentro de los espacios urbanos, mejorando así la calidad ambiental y social de nuestras ciudades. El objetivo final es construir un mundo mejor, donde tanto nosotros como las generaciones futuras podamos desarrollar vidas plenas. Esta visión se alinea con la búsqueda de una ciudad resiliente, justa y ecológica, capaz de enfrentar la crisis climática, social y alimentaria, y de situar la sensibilidad ecológica en el centro de todas sus decisiones.

Finalmente, si te interesa profundizar sobre plantas espontáneas y conocer iniciativas  que contribuyen a cuestionar las formas tradicionales de comprender la flora urbana y a reconocer su valor ecológico y cultural, te invito a explorar el proyecto  More Than Weeds (Reino Unido) y leer el artículo Malezas Urbanas: la rebelión de las plantas de  Endémico. Si te interesa identificar y aprender  más sobre las plantas, o si quieres aportar con tus conocimientos, una excelente opción es participar en plataformas de ciencia ciudadana como iNaturalist . Desde tu computador o celular, solo necesitas una fotografía, el nombre científico de la especie si te lo sabes,  registrar la fecha y el lugar de la observación. Luego, la propia comunidad que participa en iNaturalist ayuda a confirmar o identificar las especies registradas. Para ayudarte a identificar puedes usar la misma aplicación de  iNaturalist o Pl@ntNet, una herramienta que está disponible como página web y como aplicación, y que ayuda a identificar de manera sencilla a partir de una o más fotografías. Los registros de especies en estas plataformas contribuyen a bases de datos globales como GBIF (Global Biodiversity Information Facility), utilizada por investigadores, instituciones y organismos públicos, incluido el Ministerio de Medio Ambiente de Chile.

Dandelion, SanFrancisco, mural de Mona Caron.

Referencias

Bonthoux, S., Voisin, L., Bouché-Pillon, S., & Chollet, S. (2019). More than weeds: Spontaneous vegetation in streets as a neglected element of urban biodiversity. Landscape and Urban Planning, 185, 163–172. https://doi.org/10.1016/j.landurbplan.2019.02.009

Camocini, B., et al. (2021). From Human-centered to More-than-Human-Design: Exploring the Transition. Milan: FrancoAngeli.

Cowen, M., & Shenton, R. (1996). Doctrines of Development (1st ed.). Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203392607

Cresswell, T. (1997). Weeds, plagues, and bodily secretions: A geographical interpretation of metaphors of displacement. Annals of the Association of American Geographers, 87(2), 330–345. http://www.jstor.org/stable/2564373

Di Prete, B., Rebaglio, A., Crippa, D., Bargna, L., Santanera, G., & Michelini, L. (2021). Design for urban regeneration: Future scenarios and common challenges in a multispecies world for synergistic action-research between design and anthropology. En B. Camocini et al. (Eds.), From Human-centered to More-than-Human-Design: Exploring the Transition. Milan: FrancoAngeli.

Gaard, G. (2017). Critical Ecofeminism. Lexington Books/Fortress Academic.

Gatto, G. (2021). Within the metabolic network: Studies in multispecies design. En B. Camocini et al. (Eds.), From Human-centered to More-than-Human-Design: Exploring the Transition. Milan: FrancoAngeli.

Houston, D., Hillier, J., MacCallum, D., Steele, W., & Byrne, J. (2018). Make kin, not cities! Multispecies entanglements and ‘becoming-world’ in planning theory. Planning Theory, 17(2), 190–212. https://doi.org/10.1177/1473095216688042

Kopnina, H. (2013). Requiem for the weeds: Reflections in Amsterdam city park. Sustainable Cities and Society, 9, 10–14. https://doi.org/10.1016/j.scs.2013.01.007

Real Académia Española. Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.8.1 en línea]. 15 de junio 2026. https://dle.rae.es 

Riley, C. B., Perry, K. I., Ard, K., & Gardiner, M. M. (2018). Asset or liability? Ecological and sociological tradeoffs of urban spontaneous vegetation on vacant land in shrinking cities. Sustainability, 10(7), 2139. https://doi.org/10.3390/su10072139

Imagen de Portada: Mural realizado por Mona Caron.