Corriente Sonora, una experiencia sensorial e interactiva del Océano (CP25-E02). Se trata de un proyecto financiado por el programa Ciencia Pública del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación. Nació de una colaboración entre el Centro COPAS Coastal de la Universidad de Concepción y el Laboratorio Crítico de la Imagen (LabCrimen), a partir de información oceanográfica obtenida en los mismos fiordos australes, transformando esos datos en una experiencia inmersiva donde el sonido, la imagen y la interacción permiten aproximarse a procesos que normalmente conocemos a través de tablas, modelos, publicaciones científicas o medios de comunicación.
Este proyecto no busca simplificar la ciencia, a lo que apunta es a cambiar la forma en que las personas podemos acercarnos a ella, y de ésta manera, se lograr que quien recorre la instalación pueda ir modificando algunas variables ambientales y observar cómo cambian el sonido, las imágenes y el comportamiento de los organismos representados. En otras palabras, Corriente Sonora aproxima a las personas a los procesos que ocurren constantemente bajo la superficie del mar y que rara vez se perciben o se ven de forma directa.
Detrás de esa interacción que el público puede tener en la instalación hay años de monitoreo oceanográfico. Temperatura, salinidad, oxígeno disuelto y otras variables registradas por investigadores de COPAS Coastal son la materia prima del recorrido, por lo que el desafío consistió en transformar esos datos en una experiencia artística sin perder el vínculo con el conocimiento científico que les da origen. Esa decisión estuvo presente desde el comienzo del proyecto.
En este sentido, Marcelo Gutiérrez, investigador de COPAS Coastal, dice que la obra propone “otra forma de apropiarse del conocimiento sobre los cambios que experimenta el océano”. Y precisa:, “no directamente a través de la comprensión y el raciocinio, sino a través de los sentidos. Buscamos apelar a la generación de emociones en el visitante y, a través de ellas, despertar la curiosidad por el conocimiento científico que hay detrás”. Corriente Sonora permite que enormes cantidades de datos, que tradicionalmente se encuentran en planillas, gráficos y publicaciones científicas, se puedan convertir en sonidos e imágenes.
Para Marcelo, no todas las personas se relacionan del mismo modo con el conocimiento científico. Algunas conectarán mejor con un gráfico; otras, con un sonido o una imagen. «El sonido y la imagen generan un impacto instantáneo en quienes lo reciben, es algo corporal que no requiere comprensión inmediata», explica. El desafío, agrega, es que esa experiencia también abra la puerta al conocimiento científico que la sostiene. Ese mismo propósito también explica por qué Corriente Sonora nació en Caleta Tortel. Ubicada en uno de los sistemas de fiordos más complejos del planeta, la localidad convive con un océano profundamente influido por el aporte de agua dulce desde los Campos de Hielo Patagónicos. Esa mezcla de aguas modifica la temperatura, la salinidad, la circulación de las aguas y la distribución de numerosos organismos marinos. Para la oceanografía, los fiordos de Tortel representan un laboratorio natural. Ese encuentro entre investigación científica y territorio es justamente el punto de partida de Corriente Sonora.
Durante años, investigadores de COPAS Coastal han desarrollado campañas oceanográficas y programas de monitoreo en la zona. Esas campañas también fueron construyendo una relación con la comunidad local. «La comunidad de Tortel también se hace parte de la experiencia entregando elementos que son incorporados en la exhibición», explica Marcelo Gutiérrez. «De esta manera aseguramos la representación del territorio dentro de la muestra».
Junto al testimonio de Marcelo, se suma Cristóbal Parra, artista medial e integrante de LabCrimen, quién cuenta que el trabajo incluyó talleres de arte sonoro y fotogrametría con habitantes de la zona. Los participantes registraron sonidos del entorno, escanearon objetos significativos y contribuyeron con materiales que luego fueron incorporados a la experiencia final. Esos talleres también pasaron a formar parte de la obra, lo cuál enriquece el valor cultural y el sentido de pertenencia con la zona.
Ambos concuerdan en que cuando llegan los visitantes, la instalación siempre puede volver a cambiar, porque cada decisión que van tomando los que recorren Corriente Sonora va modificando el recorrido y transformando el paisaje sonoro y visual. Marcelo Gutiérrez explica que esa posibilidad de intervenir la obra busca mostrar que nuestras acciones, directas o indirectas, tienen consecuencias sobre el ambiente.
«Esa posibilidad que tiene el espectador de Corriente Sonora de intervenir la obra busca mostrar que nuestras acciones, directas o indirectas, tienen consecuencias sobre el ambiente».
Parra explica que la experiencia estética «no necesariamente tiene que ser cómoda o completamente agradable, sino que también puede generar ciertas tensiones que den cuenta de algunos desequilibrios o fenómenos que pueden ser peligrosos para el océano». Esa idea aparece durante el recorrido. “Cuando las personas elevan mucho la variable de la temperatura del agua, el sonido se vuelve más agudo y punzante, y los colores de la sección visual cambian, tornándose más cercanos al rojo. Esto genera una atmósfera que transmite la idea de que existe una especie de alarma, de que hay un desequilibrio presente. Estos elementos nos permiten experimentar de manera sensible estos cambios y, al mismo tiempo, comprender que las modificaciones en ciertas variables del océano tienen consecuencias que afectan el equilibrio de estos ecosistemas”.
Durante el desarrollo de Corriente Sonora, el diálogo entre científicos y artistas también fue cambiando la forma en que ambos equipos miraban el océano. Cristóbal Parra explica que los registros oceanográficos se convirtieron en la materia prima de la obra: «trabajamos con ellos como si fueran nuestros materiales para crear la obra». Así, los datos dejan de permanecer en planillas de cálculo para convertirse en sonido, en movimiento e interacción con el público. En otras palabras, los datos siguen siendo los mismos; pero lo que va cambiando es la experiencia desde la que el visitante entra en contacto con ellos.
Para Cristóbal Parra, uno de los mayores aportes de este tipo de proyectos es que arte y ciencia dejan de trabajar por separado para construir un lenguaje común. En sus palabras, «la colaboración entre arte y ciencia abre una oportunidad para acercar estos conocimientos a las personas a través de las visualidades, el sonido y las tecnologías, ampliando su alcance hacia públicos diversos y generando experiencias significativas».
En Chile convivimos todos los días con el océano, está presente en la alimentación, en nuestra cultura, en las ciudades costeras, en buena parte de la economía y en una biodiversidad que muchas veces damos por sentada. Sin embargo, los procesos que sostienen esa riqueza ocurren lejos de nuestra vista: bajo la superficie, en la columna de agua o a escalas de tiempo difíciles de percibir durante una visita a la playa. Corriente Sonora, precisamente nos permite experimentar aquellos procesos que no ocurren a simple vista. Al terminar el recorrido, los visitantes no aprenden fórmulas científicas complejas, ni conceptos oceanográficos como tal, sin embargo, queda la experiencia de haber escuchado un océano construido a partir de datos reales, comprendiendo que esos registros siguen existiendo mucho después de que termina la exposición. Y cuando la sala quede vacía, los sensores seguirán registrando temperatura, salinidad, oxígeno y plancton en los fiordos australes, porque el océano seguirá cambiando, con o sin espectadores, pero lo importante es que las personas ahora podrán estar más conscientes de esos cambios.
Imagen de Portada: ©Anacaren Burgos Moya


