
Lo primero en este camino fue incorporar el hábito de preparar mi té cada mañana. De repente esto trae a conciencia que modificar o incorporar hábitos es de las cosas más difíciles de sostener, sobre todo si este beneficio implica socavar nuestra vulnerable disciplina. Tal vicio virtuoso me abrió un mundo a partir de una pregunta rectora, que como si fuera una punta de lanza aún me lleva arrastrado detrás suyo ¿Qué pasaría si pudiéramos sacarle potestad absoluta a los sacrosantos laboratorios en la gestión de nuestra salud, y reconociéramos maneras más integrativas cuyas potenciales medicinas están al alcance de la mano, en los yuyos que crecen a nuestro alrededor, incluso entre adoquines?
La cita comenzó tres años atrás al norte de la ciudad de Buenos Aires en una ex farmacia de Avenida del Libertador. Era mi primer rueda y ese sábado a la mañana llevaba mi cuerpo con cierta renuencia mientras pensaba que estaba metido en mil cosas, y ahora sumaba la actividad mil uno. “¿Qué estoy haciendo?” Tres horas después corte a: salía de ese lugar soliloquiando que eso era lo mejor que me podía estar pasando, había tomado una buena decisión, muy bipolar lo mío.
«¿Qué pasaría si pudiéramos sacarle potestad absoluta a los sacrosantos laboratorios en la gestión de nuestra salud y reconociéramos maneras más integrativas cuyas potenciales medicinas están al alcance de la mano, en los yuyos que crecen a nuestro alrededor, incluso entre adoquines?».
Lo primero que me atrapó de Analía fue su manera de explicar nuestra interacción con los yuyos. La clorofila y la hemoglobina tienen un solo átomo diferente en el centro de la molécula, magnesio para la clorofila y hierro para la hemoglobina. El resto de la estructura es idéntica. “Sepan que cuando toman el té de algún yuyo” dijo Analía “están tomando además la luz y la energía solar capturada químicamente”. Analía de 60 años recién cumplidos, farmacéutica recibida en la UBA, torció su rumbo hacia la fitomedicina cuando percibió que mientras la gente hacía fila en su farmacia intercambiaban blisters de alplax entre ellos como si fueran golosinas. Para entonces ella debatía en su cabeza que su interés era trabajar en el campo de la salud pero sentía que estas actitudes la alejaban más de su profesión. Así fue que los yuyos llegaron a su rescate.
A 600 kilómetros de Buenos Aires, en las sierras cordobesas, este diseño de rueda de yuyos medicinales ha permanecido latente entre las comunidades campesinas porque fue un legado que los Comechingones transmitieron de generación en generación. Su sistematización es tomar un litro diario de té a lo largo de una lunación (con cada luna llena, hay un cambio de yuyo). Tras ese mes, se convoca a un círculo para compartir lo atravesado, con algunas pautas que dan cierto entendimiento de qué aspectos la planta trabaja en el cuerpo, la emoción y el espíritu. La experiencia misma va desplegando la existencia de una inteligencia visceral gracias a la toma de conciencia del funcionamiento de nuestro organismo, y a pesar de que cada experiencia es singular, es asombroso notar cosas en común que empiezan a trenzarse.
Esta es nuestra tercera rueda, hay compañeros con los que venimos transitando desde el inicio, y otros que vienen de procesos diferentes. Lo distinto de este ciclo es que tomamos un mismo yuyo por tres meses con la intención de trabajar nuestra neutralidad. “No es que las plantas los pondrán en un estado neutro” explicó Analía mientras fumaba su pipa cargada de incayuyo “sino, les van a presentar situaciones para que puedan trabajar el camino hacia esa neutralidad”. El poleo desplegó en mí varios síntomas digestivos, el más desafiante fue un hipo de 48 horas sin parar. Como si el brebaje ámbar cada mañana me estuviese diciendo “¿A ver cómo trabajás tu neutralidad con esto?”
Con las plantas uno puede trabajar los aspectos físicos y psicológicos, y en ese sentido es fundamental identificar la incursión del ánimo, y evitar ser tomado completamente por éste, en parte la neutralidad refiere a eso, no entrar en lo recursivo del conflicto, sino observarlo hasta que se desactive. Entrar en el estado del estar-estando que tan bien ha definido nuestro querido Rodolfo Kusch.

Entramos en el invierno, la semana anterior fue Inti Raymi –o fiesta del sol, una ceremonia incaica–, es el último mes de toma de eucalipto. Me tocó manejar a mi. A veces hacemos pool con Adri, de 36 años, comunicadora, vecina, para cruzar juntos al otro lado de la General Paz, y hoy llegó tarde, se pasó de sueño. Durante el viaje tomamos mate, nos ponemos al día con el yuyo del mes y desenredamos nuestras lenguas bichas. A Adri le disgusta tomar eucalipto, le produce arcadas, pero incorporó un maravilloso truco, le exprime medio limón y santo remedio. En cambio, para mí es un gran compañero en esta época de gripe. La última cosecha la hice en luna llena, y la diferencia fue notable con aquella que hice cuando estaba menguando. La luna llena trae todo el líquido vital de la planta, la savia, hacia sus hojas y por eso ese mes bebí un té mucho más fuerte, profundo y expansivo, es la manera en que trabaja el eucalipto en el cuerpo, para abajo, para arriba y hacia afuera. En la expansión final, suele traer una purga potente de mocos, fiebre o en mi caso un absceso en la axila que drenó mi energía y me dejó tres días en los que mi única actividad fue reptar a la cama, sillón o la alfombra para dormir.
En el salón el frío condensa una serie de capas curvilíneas de humo por encima de nuestras cabezas, el sahúmo es otra forma de incorporar los componentes medicinales de las plantas tanto a los ambientes como a nuestros pulmones, regula la presencia de bacterias y esporas, con la contraindicación de que uno se quede impregnado de olor a rancho. Estamos sentados en círculo. Kali, de 35 años, profesora de literatura de un secundario privado, está sentada a dos personas a mi izquierda. En este mes, el eucalipto la puso a revisar las relaciones familiares con su padre y su abuelo. Ella también llegó tarde, no sonó su alarma. “¿Sintieron la energía de este Inti Raymi?” remarcó Analía “Bien fuerte y metida para adentro”.
Justo antes del amanecer del 21 de junio Analía fue al río de la plata, se sorprendió de encontrarlo transparente. Pensó en zambullirse pero el frío la atajó, metió tan solo los pies y se mojó la cabeza. Otros participaron en alguna ceremonia, o hicieron algún rito íntimo en sus casas. Yo, avergonzado, quedé en silencio, no había hecho nada. Aunque un tiempo después me di cuenta de mi serendipia, en vez de Inti Raymi fui a Parque Avellaneda a la quema del fantoche en la Noche de San Juan. Fue la primera vez que estuve a pocos metros de una fogata colosal, hipnótica y amenazante como si fuera uno de los dinosaurios resucitados en Jurassic Park. Para este año minado de conflictos mundiales y galimatías internas, el abuelo fuego vino a darme empuje.

Justo frente a mí está sentado Pedro, de 63 años, empresario, con pelo rizado y blanco. Mientras lo escucho hablar me entretengo al pensar que cuando me quede canoso desearía tener ese color tan blanco. Analía lo interrumpe cuando ve afuera del ventanal a un zorzal con la cabeza albina picoteando en el jardín. Recordó que en el mes anterior se repitió la misma situación, el zorzal canoso apareció cuando comenzó a hablar. “Es tu guía, Pedro” aseveró Analía matizando su frase con un tono medio en broma, mientras todos contemplábamos absortos la escena.
El relato que él traía me convencía de las tramas comunes que cada yuyo puede desplegar. Hacia el final de este mes sintió algo similar a mí, como si le succionaban la energía y a las 6 de la tarde estaba entrando en su séptimo sueño. Además lo acompañó a lo largo de los tres meses un insistente dolor lumbar. Noté también que arrastraba la misma molestia. “El eucalipto empieza limpiando abajo, algo desacomoda, quiebra” comparte Analía “el desacomode a nivel cadera, tiene una significancia con los pares: no con los padres o los hijos que serían arriba o abajo, sino con los pares”. Me quedé pensando en los vínculos con mis pares, en mi pareja que estaba por volverse a su Chile natal por un problema familiar, en la distancia gélida y repentina con una gran amiga. ¿Cómo no iba a molestarme esa lumbar derecha?
Esconden verdades misteriosas estas prácticas atávicas. Los yuyos implican atravesar por un proceso que puede desplegar diferentes síntomas, donde en vez de hacerlos desaparecer con una aspirina al instante, nos exigen observarlos y detectar sus posibles causas. Se puede lograr tal refinamiento perceptivo en la observación de nuestro propio cuerpo, que no me deja dudas que sea la llave para una autogestión de la salud cercana y posible. Da tranquilidad saber que frente a la crisis de los sistemas de salud en nuestras democracias, tenemos alternativas si nos hacemos cargo de ellas, y aprendemos sobre los yuyos que nuestros territorios ofrecen. Aunque confieso que el camino de los yuyos es solo para valientes, hay que poner el cuerpo y estar dispuesto a quedarse un tiempo con lo incómodo que el propio proceso despliega, como si se tratase de una puesta en escena visceral.

