Serie Habitar lo Imposible: El Bosque Bajo el Mar

La casa de Luis Roberto Cortés se aferra a las rocas, a escasos cinco metros del agua. Vive allí con su esposa, entre gallinas, codornices y pajaritos que él llama "mis regalones". Hacia la calle, una construcción simple alberga la cocina, el estar y el comedor; al traspasar sus escasos metros, el espacio cubierto se vuelve exterior y se mezcla con el calor del cielo y la humedad del mar. En el corredor abierto, los límites no son fijos: los dan las redes, los maceteros, las herramientas y los motores, dispuestos entre las rocas negras, donde el olor a sal y aceite se mezcla con el de las plantas ornamentales. Su casa tiene la forma que él quiso darle, y la justifica de manera sencilla: "Es así, porque somos libres" (Hevia Riera, 2025).
Veranos en la actual playa de la caleta Barranquilla. Colección de fotografías de María Angélica, c. 1989. Se aprecian las rocas negras conocidas como Tertel, sobre las cuales se emplazaron posteriormente las viviendas costeras.
Playa de la caleta Barranquilla, año 2021. Ocupación completa de la franja costera: viviendas de pescadores en prim- era línea y, sobre ellas, segundas residencias de veraneantes. ©Carlos Hevia

«¿Quién no quisiera vivir acá? A cinco metros del agua saladita», dice mientras me muestra las embarcaciones estacionadas frente a su puerta.

Unos pasos más allá vive su hijo, chango como él. «Mi nombre es Juan Cortés, pero todos aquí me conocen como Tito». Su casa está entre la de un hermano y la de su padre, tan cerca del mar que llama al océano «mi piscina». «Cualquier persona de Santiago quisiera estar aquí, con este sonido del mar que no se puede comprar con nada”.

Son siete viviendas levantadas sobre el roquerío de Caleta Barranquilla, a unos noventa kilómetros de Copiapó y a veinte de la desembocadura de su río, donde el desierto de Atacama se encuentra con el océano Pacífico. Bajo esa agua que Luis tiene a cinco metros, invisible desde la orilla, crece un bosque. De él depende buena parte de lo que ocurre sobre las rocas.

Fachada de la vivienda. Dos pisos aterrazados sobre un zócalo de bodega. ©Carlos Hevia

La caleta no siempre fue un pueblo. Durante siglos fue un refugio dentro de la red trashumante del pueblo chango, que habitó este litoral árido siguiendo el mar entre caletas, playas y cuevas; mapas de mediados del siglo XIX ya la registraban. A lo largo de la costa persisten las huellas: senderos que conservan el trazo de los trashumantes, tallas en forma de anzuelos y puntas de flecha en las rocas pequeñas, pircas apiladas con cuidado que ofrecían resguardo en un desierto tan frío como seco, tan ventoso como caluroso. El Chango Calchilla, que recorría las rutas tradicionales de la trashumancia, usaba las cuevas de Barranquilla como refugio. Junto a pescadores que llegaron en bote participó en la apertura de senderos tallados en roca negra con chuzo y tiro, habilitando el acceso a la caleta: un gesto que no solo abría un camino físico, sino que trazaba la posibilidad de habitar colectivamente y convocaba a nuevas familias a establecerse. Su descendencia habita la caleta hasta hoy.

A fines de los años ochenta no había aquí más de cuatro rucos de pescadores. Tito llegó entonces, por mar, en una lancha, cuando todo era «puro peladero, pura piedra y arena»; durante un año vivió en esa embarcación junto a un amigo —su primer «ruquito»— antes de levantar su casa sobre las rocas negras, cerca de los botes. Por esos mismos años, María Angélica y Lorenzo, sus vecinos, instalaban cada verano carpas y toldos en la misma franja de playa; ella comenzó a llamar a este lugar «mi isla». Las lonas dieron paso a estructuras livianas de madera en el borde escarpado y, junto a otras personas, fueron trazando accesos, predios y calles que luego formarían el trazado base de Barranquilla.

Hoy ese trazado sostiene entre 3.500 y 4.000 viviendas levantadas sobre terrenos fiscales. Entre 300 y 400 personas residen de forma permanente; en verano, la población puede superar las 12.000 (Hevia Riera, 2025).

Vista general de la caletab Barranquilla. Incluída la ubicación de la vivienda de Lorenzo y María Angélica. ©Carlos Hevia

Ese bosque tiene un nombre. La economía de la caleta descansa en la pesca artesanal y en la recolección del huiro —negro, palo y flotador—, algas que conforman verdaderos bosques marinos: despensa natural y refugio para más de 150 especies, capaces de absorber dióxido de carbono en magnitudes superiores a los bosques terrestres. Donde el bosque submarino está sano, hay peces, mariscos y moluscos; hay pesca, hay recolección, hay orilla habitada.

Nadie lo explica mejor que María Angélica, la Coto. Cada mañana baja de su casa a la playa, enciende un cigarro y lo deja a medio fumar sobre una de las mesas instaladas en la arena. Luego se sumerge de pies a cabeza. «Estos minutos en el mar son lo que me mantienen viva», dice, dejando que el cuerpo se seque al sol antes de volver a su día.

La Coto frente a la fachada de su casa en la caleta Barranquilla, emulando la pose con la que recibió su premio como Reina Changa. ©Carlos Hevia

La pesca es aún tarea exclusiva de hombres; muchos creen que las mujeres atraen la mala fortuna al navegar sobre los botes. Así que mientras Lorenzo salía al mar, la Coto se quedó en la orilla, donde se unió a otras mujeres en la tarea de recoger el huiro varado. Su relación con el mar apareció desde un gesto repetido: caminar por la arena, agacharse, recoger, extender y trenzar el huiro sobre la piedra para que se secara al sol. De ese vínculo se pudo financiar la construcción de la vivienda definitiva, levantada íntegramente por Lorenzo: una casa larga, alta y angosta, pintada de blanco y celeste en los tonos de la Virgen de la Candelaria, abierta al paisaje mediante terrazas donde las boyas desechadas del trabajo en el mar se convirtieron en maceteros rebalsados de plantas que nunca antes habían crecido aquí. «Gracias al trabajo con el huiro yo he tenido muchas cosas», recuerda.

Para ella, el huiro es un bosque submarino: una selva bajo el mar que aloja viejas y pejesapos, además de erizos, locos, lapas, caracoles y jaibas. Ese bosque sostiene la vida del borde costero y protege la orilla frente a las marejadas.

El auge del mercado asiático pobló la costa de carretillas, camionetas y camiones cargados de algas. La recolección artesanal dio paso a la extracción masiva: los barreteros arrancaban los bosques vivos desde la roca, a un ritmo que hacía imposible su regeneración. «Yo soy recolectora de algas», dice la Coto, marcando distancia con quienes depredan el recurso.

Fueron esos bosques submarinos los que la coronaron reina Changa. Compitió en Caldera como representante de Barranquilla y, cuando le preguntaron por qué merecía la corona, habló del huiro: del trabajo de recogerlo, de la paciencia del secado, de los aprendizajes del mar y de los riesgos de arrancarlo sin cuidado. Explicó que un bosque extraído desde la base no vuelve a crecer igual, que la orilla pierde vida cuando desaparecen los huirales. La joya que recibió —hecha con conchas recogidas del fondo marino, de las especies que habitan entre los huiros— fue el reconocimiento a un oficio y a un vínculo. Pero también un recordatorio de lo que está desapareciendo. «La gente barretea demasiado. Están matando a las gallinas de los huevos de oro”.

Vista de la caleta Barranquilla, sobre las siete viviendas del pueblo chango donde se construirá el proyecto del nuevo muelle. ©Carlos Hevia

A medida que los huirales se agotan, también desaparecen los peces, mariscos y moluscos que sostenían la economía local. Pescadores y recolectores, que históricamente compartieron la misma franja costera, se enfrentan hoy a una competencia por recursos cada vez más escasos. El agotamiento del huiro es también el agotamiento de un modo de vida.

No es la única fuerza que reordena el borde. Las lógicas de mercado, centradas en la exportación y el acopio masivo, desplazan a quienes viven del mar desde la subsistencia y el cuidado; y las políticas de desarrollo que hoy formalizan la caleta interrumpen los vínculos que permiten permanecer en ella. Bajo el agua y sobre las rocas, la misma fuerza desarraiga a quienes hicieron habitable esta costa.

Desde 2008, la autoridad portuaria ha reiterado la orden de desalojo para la franja costera que ocupan Luis, Tito y otras familias. El proyecto estatal de una nueva caleta —embarcadero, bodegas, explanadas— se levantará exactamente donde hoy están las siete viviendas. La obra que promete integrar y fortalecer la caleta amenaza con desarraigar a quienes la habitan más cerca del mar. Tito fue protagonista, junto a los otros pescadores pioneros, de las transformaciones de este borde: de playa desierta a caleta productiva, de caleta a balneario popular y, ahora, al inminente proyecto estatal. Ese mismo proceso que él ayudó a construir amenaza hoy con desplazarlo.

«¿Para qué seguir arreglando si en cualquier momento nos sacan?», comenta con resignación. Aun así, cada reparación, cada clavo y cada plancha hablan de su voluntad de permanecer. Recién en 2021, después de más de veinte años bajo una malla Rachel, pudo instalar una cubierta de zinc sobre el espacio central de su casa: «Nos protege del sereno y del frío; ahora es puro calor”.

En el conjunto de viviendas emplazadas sobre el roquerío habitan siete familias. ©Carlos Hevia
Esta es la casa de Luis y su pareja, mostrada en el encuentro exterior con la calle y en el espacio interior que utilizan como estar y cocina, 2021. ©Carlos Hevia

Luis lo asume con serenidad y con una condición: la casa tiene que estar cerca de la caleta, para cuidar las embarcaciones, que con los temporales se sueltan y hay que rescatarlas. A sus 72 años lo dice sin dramatismo: «Estoy con mi familia, gracias a Dios, todos juntitos. Si no nos sacan, moriremos aquí, a la orilla de la playa”.

Tito mira su piscina y acepta que el avance traerá el fin de su casa en Barranquilla. «Algún día tengo que salir de acá. El avance es así. Ojalá venga un progreso que mis hijos y mis nietos aprovechen. Ya a nosotros, no nos toca». Espera estar vivo cuando se construya el muelle, y sueña con que la caleta se convierta en un espacio de turismo comunitario: «Que la gente venga a probar el pescado como lo hacemos los changos: ahumado, con ensalada y pebre”.

Por las mañanas, al terminar su rito y salir del agua, la Coto se queda un momento frente a la orilla. Donde antes recogía algas, hoy las rocas no guardan rastros de esos bosques ni de esos pequeños mundos de caracoles, jaibas y locos que durante años sostuvieron la vida en esta playa.

Ella insiste: «Hay que cuidar, proteger y repoblar”.

Encuentro de los volúmenes habitacionales con la calle principal. ©Carlos Hevia

Habitar lo Imposible

Tres entidades en la cuenca del río Copiapó 

En la cuenca del río Copiapó, el agua del río ya no llega al mar. Lo que alguna vez fue un cauce fértil, trenzado entre cultivos y vertientes, es hoy un paisaje fragmentado por la minería, la industria agrícola y la sequía. Y sin embargo, entre las ruinas de ese desierto persisten formas de vida que se niegan al olvido.

Esta serie de tres ensayos recorre la cuenca desde la montaña hasta el océano, siguiendo a tres pueblos originarios —Colla, Diaguita y Chango— y a tres entidades del territorio que organizan su manera de habitar: el chañar, el sauce y el huiro.

Estos textos tratan sobre las relaciones que esas entidades condensan: entre personas, agua, animales, memorias, viviendas y prácticas cotidianas. Escritos a partir del trabajo de campo de una investigación situada, estos ensayos buscan mostrar cómo, en un territorio profundamente transformado, distintas familias siguen construyendo su hogar guiadas por vínculos que todavía permiten imaginar futuro.

Tres entidades. Tres modos de habitar lo imposible.

Referencia

Hevia Riera, C. (2025). Habitar lo imposible: modos de vida singulares Colla, Diaguita y Chango en las ruinas del paisaje capitalista de la cuenca del río Copiapó [Tesis de magíster en Hábitat Residencial, Universidad de Chile].

Imagen de Portada: Vista de la península donde se emplaza la caleta Barranquilla. Sobre la línea costera se observan las miles de viviendas que han surgido en los últimos veinte años, ocupando progresivamente todo el espacio disponible, 2021. ©Carlos Hevia