Serie Habitar lo Imposible: La Memoria del Sauce

"No es imaginar, es recordar", dice José Domingo. Me lo dice parado sobre el lecho seco de lo que alguna vez fue un tranque, el embalse que almacenaba el agua de este rincón del valle. Aquí aprendió a nadar, lanzándose piqueros con sus hermanos y primos desde las orillas más altas. Bajo los sauces contemplaban peces de colores que hoy parecen un espejismo. Mientras habla, extiende los brazos, evocando la sensación del agua que ya no está.

Gracias al agua que fluía de manera constante, este rincón del valle desértico se transformaba en un oasis exuberante que llegó a ser conocido como la selva de San Francisco. Allí convivían los molles y chañares del desierto con palmeras, álamos y sauces introducidos en tiempos coloniales, conformando una trama irrepetible de colores y texturas entre lo propio y lo ajeno.

Ese recuerdo no es nostalgia, sino potencia. El sauce, con sus raíces hundidas en las napas del tranque y sus ramas flexibles, condensa la conjunción entre agua y tierra, memoria y futuro.

El tranque, los sauces y los peces de colores no desaparecieron de un día para otro. Para comprender qué recuerda José Domingo cuando mira ese lecho seco, hay que remontar la historia del valle.

El sauce, aunque ausente, persiste en la memoria del ayllu como vínculo entre humanos y no-humanos, recordando que en el desierto la vida puede recomponerse desde la evocación. ©Carlos Hevia

Tras la fragmentación de la cuenca en grandes fundos, la reforma agraria de los años sesenta y setenta abrió un ciclo de transformación para las familias indígenas y campesinas. La familia diaguita de Rosa —madre de José Domingo— pasó de inquilina a propietaria al adquirir una hectárea del antiguo fundo San Pedro. Ese terreno, trabajado durante generaciones, se subdividió en siete lotes: fragmentos de tierra que materializaban, a escala doméstica, un cambio político mayor. La vivienda se volvía el escenario donde lo político se hacía cotidiano.

Algo similar ocurrió con el agua. Los canales que en tiempos prehispánicos irrigaron las terrazas agrícolas de los pueblos andinos fueron reforzados más tarde por colonos para sostener cultivos intensivos de uva y forraje. Tras la reforma, esas mismas acequias pasaron a manos de familias diaguitas, que las reutilizaron como soporte para reconstruir su vínculo —ahora en propiedad— con la tierra que cuidan y habitan. Pero ese esfuerzo por sostener la tradición campesina se enfrentaba a un entorno cada vez más presionado por la expansión agrícola y minera.

Hacia mediados de los noventa, el río Copiapó dejó de fluir. La gran minería y la falta de regulación agotaron sus aguas superficiales y subterráneas, y el río se volvió un fantasma, desvaneciéndose de la esfera tangible de la vida cotidiana (Hevia Riera, 2025). Quedaron cauces secos, hoyas vacías y zanjas estériles: huellas materiales de un agua ausente y, al mismo tiempo, el inicio de un olvido colectivo en quienes nunca la vieron correr. Solo las lluvias estivales, con sus inundaciones repentinas, devolvían por un instante los trazos del río.

La ciudad también alcanzó San Pedro. La llegada de viviendas subsidiadas y la construcción de la escuela consolidaron su urbanización. Hoy es un agroterritorio híbrido, donde lo rural, lo urbano y lo indígena conviven de manera conflictiva y complementaria.

En ese paisaje —sin río, entre parcelas y avance urbano— la vivienda de Rosa y su familia, los Rojas, se adaptó a las transformaciones del entorno, al tiempo que se convirtió en un actor activo dentro del sector.

Ubicación de los predios familiares y su articulación con la trama urbana. Lo doméstico se entrelaza con los espacios comunitarios. ©Carlos Hevia

El terreno, devenido chacra campesina, recibió en 2015 una casa prefabricada de 70 metros cuadrados, construida sobre un radier de hormigón, con muros de pino tinglado y techumbre de zinc (Hevia Riera, 2025). El módulo respondía a las necesidades básicas de la familia e incorporaba elementos urbanos: antejardín, puerta peatonal, acceso vehicular. Pero la caja prefabricada, concebida desde lógicas externas, pronto se mostró insuficiente. Sus muros, techos y pisos se desbordaron mediante ampliaciones que respondían tanto a las dinámicas de la familia como a un territorio que se tejía entre impulsos propios y presiones venidas de fuera.

La vida se extendió hacia el exterior. Bajo la sombra de una malla Raschel y sobre un radier de hormigón se dispuso una larga mesa con sillas, lugar de reunión y hospitalidad para la familia extendida, convertida en acontecimiento central de la vida comunitaria. A su alrededor se fue ordenando el resto del predio: el almacén, el horno, las huertas y sus animales. Los huertos persisten con sistemas de riego controlado, delimitados por gallineros y bodegas; las ampliaciones se levantaron con maderas recicladas y techumbres ajustadas, soluciones híbridas entre lo urbano y lo rural que integran energía solar y canalizan aguas grises para coexistir con la aridez extrema. En este habitar, los muros, los pisos y los cercos no actúan solo como divisiones: son lugares de encuentro. El calor del sol dialoga con la frescura del interior; la luz del día, con la sombra de una malla o de un árbol; la intimidad familiar, con lo público.

Cuando la consolidación de la ruta Panamericana hizo del camino principal de San Pedro un eje de conectividad, la vivienda respondió: el horno casero pasó de uso doméstico a convertirse en nodo de intercambio económico y social. El cerco que da a la calle se abrió a la vereda, y con ello surgió un nuevo espacio de encuentro entre lo privado y lo público. La casa destinó áreas para el horno, el almacenamiento de leña y harina, y la venta de los productos. Cada modificación material respondía a presiones del entorno: la falta de agua, la urbanización, la necesidad de autosustento.

Almacén abierto hacia la calle principal. Límite convertido en punto de encuentro e intercambio que conecta la vivienda con la vida económica y social del sector. ©Carlos Hevia

Nada de esto reproduce las antiguas formas de habitar el valle. Las ensaya de nuevo, bajo condiciones distintas. El habitar se sostiene en gestos de cuidado: preparar pan, regar con el agua justa, compartir bajo la sombra.

Fuera de los límites del predio, el tranque desaparecido se convirtió en una explanada seca y luego en una cancha de fútbol. Los sauces ya no están; la sombra se reemplaza hoy con mallas plásticas. Los nuevos habitantes transitan sobre esa historia borrada: no quedan registros, salvo la memoria de quienes la vivieron.

Para la familia de José Domingo, el sauce de la infancia es hoy un punto de convergencia. Un actor ausente que guarda genealogías y relatos de lucha.

No es la única memoria que trabaja en el desierto. Un cacique diaguita me condujo una vez hasta el lugar donde su comunidad proyecta un nuevo asentamiento. Tras internarnos en el desierto, una formación rocosa rodeada de antiguas pircas delineaba un posible espacio de reunión, donde la piedra natural y la piedra trabajada conforman un mismo conjunto. Allí no hay casas todavía; hay marcas. Círculos de piedra que exceden la geología natural, huellas ancestrales que emergen como potencias latentes: marcas antiguas que las nuevas generaciones pueden activar para reabrir modos de habitar. Lo imaginado funciona como brújula en el desierto: puntos y coordenadas que anticipan posibilidades de vida allí donde parecía imposible.

La memoria del agua opera de la misma manera. El desierto conserva un archivo de terrazas, canales y tranques que sostiene una convicción: la cuenca puede volver a ser fértil. Saber que aquí hubo agua mantiene abierta la posibilidad de que vuelva. El retorno del río, la eventual reaparición de aquella selva, no son certezas. Son horizontes que orientan la persistencia de una familia y de una comunidad en medio de la crisis.

La vivienda de Rosa en una construcción prefabricada que ha sido adaptada mediante ampliaciones y extensiones sucesivas. ©Carlos Hevia
Espacio exterior para la familia extendida. Todo dispuesto con una mesa y sillas bajo la sombra, lugar central de reunión y hospitalidad. ©Carlos Hevia

José Domingo me lo escribió una vez en un mensaje: «Cuando las sombras son disipadas por la luz del sol es posible ver nuevos paisajes, nuevas personas; es entonces cuando se produce ese mágico intercambio de experiencias, que son acumulaciones de vidas pasadas que conforman nuestro sentipensar de hoy» (Hevia Riera, 2025).

Mientras tanto, en San Pedro el pan sigue saliendo del horno, los huertos reciben el agua justa y, de vez en cuando, alguien se detiene sobre el lecho seco del tranque para recordar dónde antes estaba el agua.

No es nostalgia. Es potencia.

Conjunto de rocas que testimonian un antiguo refugio en la ladera del cerro, hoy proyectada como lugar de reasentamiento diaguita. Estas piedras, como las huacas y cementerios comunitarios, recuerdan la presencia de los ancestros y su vínculo con el cuidado ritual del agua. ©Carlos Hevia

Habitar lo Imposible

Tres entidades en la cuenca del río Copiapó 

En la cuenca del río Copiapó, el agua del río ya no llega al mar. Lo que alguna vez fue un cauce fértil, trenzado entre cultivos y vertientes, es hoy un paisaje fragmentado por la minería, la industria agrícola y la sequía. Y sin embargo, entre las ruinas de ese desierto persisten formas de vida que se niegan al olvido.

Esta serie de tres ensayos recorre la cuenca desde la montaña hasta el océano, siguiendo a tres pueblos originarios —Colla, Diaguita y Chango— y a tres entidades del territorio que organizan su manera de habitar: el chañar, el sauce y el huiro.

Estos textos tratan sobre las relaciones que esas entidades condensan: entre personas, agua, animales, memorias, viviendas y prácticas cotidianas. Escritos a partir del trabajo de campo de una investigación situada, estos ensayos buscan mostrar cómo, en un territorio profundamente transformado, distintas familias siguen construyendo su hogar guiadas por vínculos que todavía permiten imaginar futuro.

Tres entidades. Tres modos de habitar lo imposible.

Referencia

Hevia Riera, C. (2025). Habitar lo imposible: modos de vida singulares Colla, Diaguita y Chango en las ruinas del paisaje capitalista de la cuenca del río Copiapó [Tesis de magíster en Hábitat Residencial, Universidad de Chile].

Imagen de Portada: José Domingo extiende los brazos evocando la sensación del agua en el tranque hoy seco. Año 2021. ©Carlos Hevia