Las biografías que más me han conmovido e inspirado son las de aquellas personas, que desde el respeto y el amor, comparten con otras especies como pares, conviviendo comunitariamente en su hábitat, conociendo las distintas personalidades de los miembros que las integran y sin intervenir en sus rutinas. Esto sumado al aporte que han hecho […]

Las biografías que más me han conmovido e inspirado son las de aquellas personas, que desde el respeto y el amor, comparten con otras especies como pares, conviviendo comunitariamente en su hábitat, conociendo las distintas personalidades de los miembros que las integran y sin intervenir en sus rutinas. Esto sumado al aporte que han hecho para la conservación. La hiperconectividad en esta pandemia hizo posible tener una conversación virtual con una de esas personas. Luego de algunas coordinaciones telefónicas, llegó el momento de charlar con quien apodan “Orcaman”.

Las orcas (Orcinus orca) son los delfines más grandes, están distribuidas en todos los océanos, tienen marcadas estructuras sociales y destacan por ser depredadoras tope, es decir, nada en el mar se las come. Sus coordinados métodos de caza varían dependiendo de las familias, pero hay uno que capta las miradas por su espectacularidad: el varamiento intencional. En este método de caza, el individuo sale del agua para capturar una cría de lobo o elefante marino que esté en la orilla, para luego volver al mar. Juan Carlos López, bonaerense amante de las orcas, fue el primero en exponer esta manifestación a la ciencia. Este fenómeno ocurre solo en tres partes del mundo. Así, es posible observarlo en el hemisferio sur tanto en las islas Crozet del Océano Índico, como en la Península Valdés en la Patagonia Argentina Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1999. Mientras que el tercer lugar documentado por primera vez en el Pacífico Norte, fue en el Mar de los Salish, descubierto al mismo tiempo que escribía este texto.

De buzo profesional a investigador de orcas

Juan Carlos lleva casi medio siglo compartiendo con las orcas. Llegó de Buenos Aires a la Provincia de Chubut para trabajar como buzo profesional en una empresa que hacía bautizos submarinos en Puerto Madryn. Según recuerda “la pasaba más abajo del agua que arriba. Empecé a transmitir a la gente las bellezas que hay en el fondo del mar y la necesidad de conservación del océano”. Luego tuvo la posibilidad de ser guardafauna en Península Valdés, específicamente en el sector Punta Norte en el apostadero de elefantes marinos, donde estuvo desde 1975 y por más de diez años. Pasó de vivir en una de las ciudades con mayor cantidad de habitantes a un ambiente donde abundaba la naturaleza. 

Juan Carlos junto a su hija Jessi y la orca Des.

Desde sus inicios, motivaba a la gente con planes de educación y divulgación de lo que pasaba en esa zona y la fauna que la habitaba. En sus palabras, “las personas se interesaban mucho, se iban absolutamente maravilladas a sus hogares”. Dentro de esas labores, realizó el primer catálogo de orcas de Argentina. Su inspiración en ese momento era quitarles el apodo de asesinas. Para esto, también tuvo la iluminación del investigador Roger Payne, quien lo motivó a realizar estos estudios, a pesar de no ser biólogo. López comenta: “ahí empecé a ponerles nombres a las orcas, además del código de identificación, y eso trajo como consecuencia para las orcas que cuando venían los turistas y miraban el catálogo decían ¡Mira está Bernardo, Mel, Des, Blanca! ahora eran nombres, no eran las ballenas asesinas”.

Al principio el gobierno local lo desincentivó a investigar a las orcas. Lo anterior, porque si la gente sabía que habían de estos cetáceos en la zona  se podría arruinar el turismo local, por el prejuicio que existía en esa época. Ahora, en cambio, son los íconos turísticos del lugar y cuentan con un reconocimiento mundial. Año a año los visitantes de muchas partes del planeta visitan a las ya famosas orcas de Península Valdés. 

Juan Carlos observando el mar en busca de actividad

Primeros aportes a la ciencia

Desde la primera vez que vio una orca supo que dedicaría su vida a ellas. Según lo expresa con sus propias palabras, “para mí son mi familia, yo soy parte de la de ellas y ellas son parte de la mía. Son todo para mí, son mi mundo”. Desde ese sentir, Orcaman comenzó a aportar a la investigación científica. Sobre su primera participación en un congreso comenta: “A mí me parecía que era algo normal lo del varamiento, pero cuando viajé a Seattle el año 79’ a un congreso internacional, presenté mi trabajo en poco más de 8 minutos. Mostré las imágenes que llevaba y fue un revuelo en el salón. Yo estaba asustado, era la primera vez que participaba en un congreso científico, con más de 180 investigadores de mamíferos marinos de todo el mundo. Fue la primera vez que alguien presentaba un trabajo donde las orcas varaban en la playa. Estaban todos vueltos locos“.

De inmediato le pidieron que publicara un trabajo científico, lo que al principio le hizo ruido por no estar vinculado a una disciplina de esa índole. Sin embargo, le insistieron y el resultado, finalmente fue la publicación de su investigación en Estados Unidos. Se trataba de la primera en abordar el varamiento intencional como técnica de caza de una familia de orcas.  Años después se sumó el caso de las Islas Crozet.

Juan Carlos se vinculaba con su familia marina desde la empatía y el respeto, observando y siendo observado. Son más de 28.626 horas las que ha estado mirando el mar en busca de orcas, de las cuales aproximadamente 1.900 han sido de avistamientos y contactos de distinto tipo. En este sentido, sus aportes han implicado conocer facetas sociales de las comunidades que habitan la zona, haciéndose, al mismo tiempo, parte de ellas.

López presenció varamientos fallidos donde otras orcas fueron en auxilio. Las que van a ayudar suelen golpear el pedregullo con las cabezas hasta hacer un hueco para que entre agua. Así, la orca que esté varada logrará deslizarse y salir. Cuando describe estos hechos no escatima en calificativos de admiración y lo hace con una pasión que hace que uno no pueda más que tratar de imaginarlo lo más vívidamente. Dentro de los descubrimientos de “Orcaman” también se suma que quienes transmiten el conocimiento de estas técnicas de varamiento y auxilio son las “abuelas”. Lo anterior consolida la estructura matriarcal de estos delfines.

Estas observaciones constantes le hicieron notar que las orcas fallaban en la organización de sus ataques de caza. Este hecho le llamó la atención, ya que ellas tienen un sonar impresionante, que supera a cualquier invento humano. Si las orcas son capaces de identificar exactamente la ubicación de su presa ¿Por qué fallaban en la comunicación entre pares en medio de sus ataques? Fue entonces que Roger Payne le facilitó un hidrófono con el que se dieron cuenta que cuando estos cetáceos van a cazar no se comunican, sino que usan un sonar pasivo, como cuando un submarino localiza peligro, y pasa a guiarse solo por fuentes de sonido. Cuando no están cazando, en cambio, hacen todo tipo de sonidos, como silbidos y chillidos —los que “Orcaman” imita  a la perfección .

En el año 1989, Juan Carlos colaboró para la BBC junto a David Attenborough. El equipo quería documentar orcas alimentándose, para sentar precedentes respecto a qué tan seguro era para buzos y científicos compartir aguas con estos depredadores. Esperaron las condiciones ideales para asegurarse que las orcas tuvieran hambre y bajaron unos 5 metros de profundidad. Un grupo de 7 orcas pasó por el lado y nunca abrieron la boca, nunca tocaron a los buzos, solo los miraron muy curiosas. De esa experiencia recuerda:  “estaba solo un 70% seguro que no nos pasaría nada, el otro 30% eran 48 dientes cónicos en un animal de más de siete metros y varias toneladas de puro poder”. Posterior a esas inmersiones, la BBC informó a todo el mundo que era seguro documentar orcas.

Son muchas las historias de Juan Carlos con estos seres marinos y los recuerda a todos con una enorme sonrisa. Estos animales lo seguían mientras patrullaba de ida y vuelta, lo iban a saludar cuando estaba sentado en la orilla comiendo un pan, jugaban a esconderse, si él les aplaudía ellas le respondían con aleteos sobre el agua. Llegó a conocer sus caracteres y personalidades, como una verdadera familia. Le ofrecieron financiamiento para investigar más acerca de esas conductas, pero lo rechazó. Afirma: “no quiero meterme en la vida de ellas, no quiero hacer ese tipo de contacto, de llamar y que vengan”.

Vinculación social y activismo

Juan Carlos ha colaborado en la generación de leyes de protección de la fauna local y se ha involucrado en proyectos de educación. Desde el Club Municipal de Ciencia donde participan de manera gratuita niños y niñas de 8 a 14 años— colaboró con la formación de personas preocupadas por el medio ambiente. Este proyecto sigue activo y según lo describe Juan Carlos, “enseña a respetar la naturaleza. Hay quienes empezaron de 7-8 años y ahora son profesores del Club. Ahora ellos enseñan lo que nosotros transmitimos y siguen un camino que va a generar nuevos profesores seguramente o defensores de la naturaleza, que es lo importante”.

Este mismo club le permitió participar en la generación de políticas públicas. En el año 1998, la abuela de dos de los estudiantes que participaban de los cursos le comentó que sus nietos le habían transmitido todo lo que ocurría con el cautiverio en los acuarios. Ella pensaba que había que hacer algo para que esto no siguiera adelante. Juan Carlos llevaba años luchando contra los acuarios —se sonríe al decir que tiene el enorme placer de ser odiado por ellos. Esta señora, resultó ser diputada y lograron impulsar la Ley 25.052, que prohíbe la captura de orcas en Argentina. Dos años después, luego de publicar su libro, otra diputada lo contactó al enterarse de los mecanismos con los que los acuarios capturaban orcas varadas con la excusa de tener que rehabilitarlas, cuando finalmente se las quedaban. Ese contacto tuvo como consecuencia la elaboración de la Ley 4.597, que prohíbe la captura de orcas en Chubut. Si apareciera una varada, solamente puede intervenir un centro científico, no un acuario. Esto, con la obligación de devolverla al mismo lugar donde varó. “Yo siento placer, porque colaboré en ambas leyes y fue lindo”, comenta con mucha alegría.

En otra de sus hazañas, logró movilizar a literalmente todas las escuelas de la zona para hacer una intervención simbólica. En esta ocasión, más de 5.000 estudiantes se tomaron de la mano en un acto alegórico, prohibiendo que los adultos se acercaran a la playa. Dicho acto fue muy importante ya que sucedió en un período en que Argentina iba a votar a favor de la caza de ballenas. 

Respecto a este hito, cuenta que viajó a la Cancillería a entregar una caja con petitorios de los niños de Madryn para votar a favor de las ballenas y no de la matanza: “me recibió el canciller, le mostré que los niños le pedían que trabajara como adulto y salvara a las ballenas”. Finalmente, Argentina votó en contra de la cacería de estos cetáceos. Hasta el día de hoy, existen personas que participaron en intervenciones de este tipo que se ponen a llorar cuando recuerdan esos momentos vividos a temprana edad.

Además de esto, lideró las normativas que regulan el turismo de observación responsable de especies en la zona. Ante todos estos aportes, afirma tener “el placer de haber cambiado la mentalidad y que sean tan queridas. Las orcas que varan en la playa son íconos de la Patagonia. Es un placer enorme haber sido el primero que le mostró a la ciencia que eso pasaba.”.

Peter a punto de capturar un lobo marino

Panorama actual

Todavía hay muchos grupos de orcas que no están identificados o que tienen avistamientos esporádicos, se trata de una especie que se desplaza mucho. Juan Carlos cree que “muchas de estas deben entrar a la zona chilena, cruzan el Estrecho y se meten. Hemos visto orcas de la Patagonia incluso en Brasil y Tierra del Fuego, están ahí a la vuelta nada más”. Por lo mismo, el trabajo de foto identificación y el contacto con investigadores de otros países es crucial para seguir entendiendo muchos de los misterios que todavía quedan de esta especie.

También, es optimista al reconocer que “se ha avanzado mucho. Las ONG, documentales, la investigación científica que se está abriendo al público, ya no es una caja cerrada. Mucho investigador de cetáceos se está acercando al público a hacer charlas, ahora mismo por Zoom. Se está llegando a muchísima gente, que a la vez lo transmite. Se está haciendo mucho trabajo. Es importante transmitir, con eso proteges mucho la fauna”. Él, por su parte, está hoy en día volcado principalmente, a la divulgación en su rol como director del Proyecto Orca Patagonia – Antártida.

“Orcaman” logra transmitir las emociones que le producen los animales incluso por una videoconferencia. El impacto efectivo que han tenido sus acciones está dejando un legado de armonía entre la naturaleza y quienes habitan la zona, sea cual sea su especie. Este tipo de actitudes son necesarias para comenzar a darle al planeta el respiro que tanto necesita y revertir el daño que hemos causado. Hablar con Juan Carlos fue inspirador y también un recordatorio que es necesario vincularse con las instituciones que ponen la firma, así como también con la comunidad de los distintos territorios para lograr cambios reales.

Imagen de portada: Una orca cazando lobos marinos en Península Valdés © Daniel Feldman / AP

Sobre el autor:

Luca Acevedo es periodista de Fundación Mar y Ciencia, apasionado con la conservación marina. Es buzo deportivo y ha podido recorrer y explorar diversas reservas marinas del Pacífico.

Rod Walker a sus 82 años, en colaboración con María Trinidad i Trigo, publicó un libro digital de libre descarga, es una guía de campo para el nuevo paradigma, una recopilación de sus propias vivencias y experiencias personales en la búsqueda de una humanidad que se sienta parte de la naturaleza, que genere fuertes valores intrínsecos acordes a una vida armónica y respetuosa con todo lo que nos rodea. O como bien sintetizó Ronald Sistek en el lanzamiento del libro, nos presenta una herramienta para la transformación y la coherencia.

“Caminar en la lluvia nos ayuda a comprender la realidad del bosque, uno de nuestros pulmones naturales y ventanas espirituales hacia la vida.

Sin embargo hay que aprender a caminar bien también y muchas veces a solas.

Caminar de noche abre sentidos no-visuales, induciéndonos a sintonizar con los ritmos y misterios naturales del monte, playa o el riachuelo que exploramos.

Caminar en nieve ayuda a comprender las intimidades del agua y al mismo tiempo las de la vida.

Estos vistazos de lo desconocido expanden nuestros horizontes de percepción, que en verdad, si nos damos permiso para creerlo, son infinitos y forman parte del viaje hacia una mayor conciencia espiritual.”

     Metamorfosis, Emergencia de un nuevo ser humano. Rod Walker y María Trinidad i Trigo.

Rod Walker dirigiendo una de las actividades en el centro La Loma © Josefa Valenzuela.

Rod Walker a sus 82 años, en colaboración con María Trinidad i Trigo, publicó un libro digital de libre descarga, es una guía de campo para el nuevo paradigma, una recopilación de sus propias vivencias y experiencias personales en la búsqueda de una humanidad que se sienta parte de la naturaleza, que genere fuertes valores intrínsecos acordes a una vida armónica y respetuosa con todo lo que nos rodea. O como bien sintetizó Ronald Sistek en el lanzamiento del libro, nos presenta una herramienta para la transformación y la coherencia.

Rod Walker vive en una pequeña cabaña en el Santuario el Cañi, en la región de la Araucanía, entre medio del bosque y la montaña. Es un hombre independiente que disfruta de la austeridad, la vida en contacto con la naturaleza, es siempre el último en retirarse de las fogatas y disfruta gozosamente de dormir a la intemperie observando las estrellas. Es un hombre de humildad y espíritu positivo, al mismo tiempo que un visionario que trajo el concepto de “Educación ambiental al aire libre” a Chile hace más de 50 años.

Desde los 13 años de edad, Rod Walker inició un vínculo con el montañismo, deporte del cual se enamoró y ya en su juventud, cuando vivía en Escocia, participó como monitor de un programa de Educación al Aire Libre que financiaba el gobierno escocés, destinado a las mujeres que trabajaban en la Industria en Glasco. Les enseñaban a caminar, acampar y escalar al aire libre.

Centro La Loma, Araucania Andina © Josefa Valenzuela

– Esa experiencia de ver lo que le pasaba a estas mujeres, cuando tocaban la tierra, lo pasaban tan bien, estaban ¡en el cielo! – cuenta Rod Walker.

Es así como llega con esta idea a Chile, donde se vino a trabajar como director de un colegio británico en Santiago, para posteriormente crear un refugio en Lagunillas, en el Cajón del Maipo donde comenzaría a funcionar el primer CEAL ( Centro de Educación Ambiental al Aire Libre).  Así con el pasar de los años, se mudó al Santuario El Cañi en la Araucanía Andina, se convirtió en maestro de Reiki, integrando el concepto de Gaia- Reiki, donde la energía universal proviene de la tierra, del suelo, de las plantas, de la naturaleza que nos rodea, y con ese recuerdo de las mujeres de Glasco disfrutando de su experiencia al aire libre, conformó  “Toca Tierra”, educando y enseñando por más de 50 años a conectarnos con la naturaleza de la que somos parte, porque en palabras de Rod Walker, “cada vez que tocas algo, tocas el universo”.

Santuario el Cañi en invierno © Paula López

Estos últimos dos años no han estado exentos de pruebas para Rod. El año pasado estuvo en coma por tres semanas después de una fuerte caída en bicicleta que casi le quita la vida y le produjo dos infartos. A pesar de ello, se niega a tomar sus medicamentos y la comida en polvo que le envían (Rod es un gran cocinero), tampoco, en tiempos de pandemia, se preocupa en usar mascarilla, de evitar los abrazos. En cambio, prefiere disfrutar de una buena cerveza al atardecer y su gran vitalidad queda demostrada en su caminata casi diaria por lo que él llama “la loma”, alrededor de tres kilómetros en ascenso, con un fuerte desnivel.

El sector de “la Loma”, ubicado al inicio el sendero, recientemente sufrió de un incendio, donde se quemaron todas las instalaciones, el camping, el refugio y la pequeña casita donde Rod Walker había habitado por más de 25 años, recibiendo grupos de colegios y universidades dispuestos a aprender y empaparse de la naturaleza. Allí vivió de manera autosuficiente, utilizando energía de paneles solares, agua de vertiente, invernadero, etc.

Pero la reacción de Rod Walker ante algo que podría haber significado una catástrofe fue de paz. “Un nuevo renacer” fueron sus palabras a sus 82 años. Y es que Rod Walker un hombre desprendido de lo material, que comprende y enseña que nuestro propósito como humanos, nuestra paz y felicidad, están muy lejos de ser una construcción física de la realidad, una acumulación de bienes o títulos y que es hora de una Metamorfosis, cómo el título del libro que se lanzó digitalmente el mes pasado, y que puedes descargar en el facebook la Universidad de la Frontera, Campus Pucón, en el siguiente enlace:

https://drive.google.com/file/d/1oABngoylUbOUtL27Q14WrfGT9fIsb358/view?usp=sharinghttps://m.facebook.com/ufro.campuspucon/photos/a.2270688229926643/2701061860222609/?type=3&source=48

“Estamos volviendo colectivamente a hablar el lenguaje de la conciencia originaria, el lenguaje del corazón. Para dejar las cosas claras, hablaré de “dos lenguajes”.

Salimos del antiguo y entramos en el nuevo.

El antiguo lenguaje nos limitó durante un tiempo, el nuevo nunca más morirá para los que tienen conciencia de reconocerlo, el coraje de hablarlo.

El lenguaje nuevo es de silencio, corazón y soledad y vuela más allá de la cabeza – mente y control externo.

Este libro – guía – manual, te presenta su paradigma de 5 valores básicos, en 5 niveles principales, a cargo de la fiel divinidad que cuida el contacto con el todo y con todos.

Los valores en el paradigma ¡ERES TÚ!”

Retrato de Rod Walker © Josefa Valenzuela

Metamorfosis: emergencia de un nuevo ser humano. Rod Walker

Si te quieres unir a la experiencia con Rod Walker, puedes enviar un email a tocatierra@gmail.com

O contactar a Michelle Krziwan +56952009613 para coordinar un encuentro.

Sobre la Autora

Josefa Valenzuela Correa es guía de trekking e interpretación de profesión, activista ambiental, actualmente conforma parte la de directiva de la fundación Lenga que tiene como objetivo contribuir a la soberanía local y trabajar en la creación de una red de economía circular local para la Región de Magallanes.

Su Instagram personal es @porlafuerzadelanaturaleza y el del proyecto es @magallanesbasuracero.

Imagen de portada: Santuario el Cañi en invierno © Paula López

150 años del conejo europeo en Chile: ¿qué sabemos de él?

El conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) fue introducido en el centro y sur de Chile desde Europa en 1880. Esta especie destruye cultivos, plántulas y plantas nativas; erosiona las laderas con sus extensas madrigueras, destruye la topografía y la funcionalidad del suelo. Además, consume pastizales artificiales y naturales, brotes de matorrales, corteza de árboles forestales y […]

El conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) fue introducido en el centro y sur de Chile desde Europa en 1880. Esta especie destruye cultivos, plántulas y plantas nativas; erosiona las laderas con sus extensas madrigueras, destruye la topografía y la funcionalidad del suelo. Además, consume pastizales artificiales y naturales, brotes de matorrales, corteza de árboles forestales y frutales, cactus, tubérculos, rizomas, flores y en casos extremos cualquier vegetal con algo de agua y nutrientes. Al ser una especie invasora, las densidades de conejos suelen estar alrededor de 50 a 100 individuos por hectárea, encontrándose dentro de las siete especies exóticas invasoras que más afectan el ecosistema chileno y que generan una pérdida aproximada de 3.249.337 USD anuales (PNUD 2017). Esto sucede por la gran capacidad reproductiva de sus hembras ya que pueden tener 8 crías por temporada y 2 crías por año, en total 16 conejos por año y 112 por descendencia junto con las nuevas hembras. Contribuyen así con 394 conejos por año, lo que afecta a la cobertura vegetal chilena. Actualmente, se estima que hay 200 millones de estos animales que se alimentan de 4 millones de hectáreas a recolectar por año, lo que significa el 30% de todos los pastizales en Chile (Camus et al. 2008, CONAF 2014).

Conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) © JyS

El conejo está presente en el centro-sur de Chile, Tierra del Fuego y parte de la Patagonia Chileno-Argentina. Además, se encuentra en el sur de la región de Atacama, dentro de la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt; también, de la región de Coquimbo a la región de Los Lagos. Por último, es posible encontrarlo en Aysén y Magallanes. Aunque la mayoría de la población de estos animales fue exterminada en 1950 en Tierra del Fuego, aún existe una pequeña población en la isla Yendegaia. Si bien, las poblaciones de conejos afectan cultivos agrícolas y forestales a lo largo de Chile, los mayores estragos son ocasionados en las islas y en el bosque esclerófilo de la parte central. Esta especie colonizó en 1935 las islas del archipiélago de Juan Fernández, convirtiéndose en una plaga que ha destruido cualquier cobertura vegetal, compitiendo a su vez con el ganado. Particularmente, la isla Robinson Crusoe alcanzó una población de 50.000 individuos (20 conejos/ha) y la isla Santa Clara tuvo 19.000 conejos (89 conejos/ha). 

Impacto en el ecosistema por parte del conejo europeo en la isla de Chañaral, Región de Atacama © Island Conservation. 

Por otro lado, la región del matorral y del bosque esclerófilo la más representativa del área mediterránea de Chile es una de las 34 áreas críticas para la conservación de la biodiversidad del planeta. Además, es una de las zonas más afectadas por efecto antrópico en la transformación del bosque en campos agrícolas, praderas y zonas urbanas. Por último y no menos importante, se ha visto dañada debido a esta especie invasora. Este lagomorfo ha generado un profundo cambio en la distribución espacial de hierbas nativas desde su introducción en la zona central del país, favoreciendo el crecimiento de especies invasoras de plantas, como la amapola (Papaver somniferum). En el presente ejemplo, la presencia del conejo europeo facilitó el éxito y colonización de la amapola, alterando la sucesión del bosque nativo. 

Los conejos se privilegian de la ausencia de enemigos naturales que regulen efectivamente su población. Esto ya que no cuentan con depredadores especialistas que los coman y, si bien los depredadores generalistas lo hacen, su consumo es bajo. Además, existe una gran cantidad de forraje disponible en Chile para los conejos. Lo anterior aumenta las probabilidades de una reproducción exitosa. De hecho, varios autores han propuesto diferentes factores como responsables de causar los brotes y el colapso de los conejos: como el clima, el suministro de alimentos, disponibilidad de madrigueras, cobertura y hábitat, depredadores y enfermedades, entre otros. Sin embargo, ninguno de estos factores ha sido evaluado en Chile, aun cuando es necesario para comprender la dinámica poblacional de este ejemplar. Es decir, con la evaluación de estos factores podríamos entender que es lo que promueve su crecimiento o descenso y poder manejar o erradicar eficientemente su población, para así conservar nuestro bosque esclerófilo y cobertura vegetal nativa continental e insular.

En este artículo nos centraremos en tres de los factores fundamentales para comprender la importancia de su evaluación en la población del conejo europeo en Chile.

Los conejos tienen una alta capacidad colonizadora ya que pueden explotar los recursos que les brinda una gran variedad de hábitats debido a su adaptabilidad. De esta manera, modifican su ingesta según sus necesidades y la naturaleza del alimento disponible. El alimento influye en la tasa de crecimiento de estos lagomorfos, la densidad de la población, el reclutamiento y la temporada de reproducción, lo que genera una camada temprana y prolongada, mayor reproducción y disminución de la mortalidad. Adicionalmente se ha demostrado como la reproducción del conejo suele estar en sincronía con el ciclo de crecimiento de las plantas que consume. Como consecuencia, las hembras podrían tener una descendencia más grande aumentando el número de conejos, provocando un brote. Es por esto, que es fundamental contar con un registro —en las diferentes regiones— de la presencia de conejos para saber cuáles son los ecosistemas más vulnerables y cuál es la cobertura vegetal disponible, con el fin de hacer un manejo efectivo en estos lugares. 

Los conejos tienen una alta capacidad colonizadora ya que pueden explotar los recursos que les brinda una gran variedad de hábitats debido a su adaptabilidad. De esta manera, modifican su ingesta según sus necesidades y la naturaleza del alimento disponible.

A su vez, la disponibilidad de madrigueras puede considerarse un recurso importante para los conejos al igual que la comida. Debido a que el conejo es muy social y forma grandes grupos de individuos relacionados que habitan bajo tierra, es capaz de excavar túneles complejos de hasta tres metros de profundidad y 45 metros de largo. Los diámetros de estos túneles son generalmente de 15 cm y sus cámaras lugares de anidamiento o alimentación de alrededor de 30 a 60 cm de altura. El refugio es fundamental para la reproducción y protección de esta plaga frente a sus depredadores en zonas de escasa vegetación y hábitats con condiciones adversas. Así, por ejemplo, construyen sus madrigueras en suelos profundos para aislarse del calor en regiones áridas como el norte y centro de Chile. Además, al permanecer dentro de sus guaridas les permite reducir la pérdida de agua corporal por evaporación. De esta manera, logran soportar hasta una pérdida del 50% de su peso durante períodos prolongados de escasez hídrica y alimentaria. 

En este sentido, el análisis de los factores climáticos es de suma importancia, ya que la lluvia influye en las condiciones del suelo a través de la humedad y la evaporación cambiando una superficie dura en una más permeable que sea fácil para cavar las madrigueras. En este caso, los factores climáticos podrían aumentar el número de madrigueras y cobertura, disminuyendo el riesgo de depredación y aumentando la tasa de reproducción de los conejos. Es por esto, que el análisis de las condiciones del suelo es relevante para establecer si estos lagomorfos pueden hacer sus madrigueras fácilmente o no, ya que al tener abundante comida y lugares donde anidar, este animal puede reproducirse fácilmente ocasionando un brote y, por ende, un gran daño y devastación en la cobertura vegetal y en la topografía del suelo.

Por otro lado, el conejo europeo al ser una especie invasora no tiene depredadores especializados que los consuman de manera eficiente para mantener sus poblaciones controladas. Los depredadores generalistas, que consumen más presas aparte del conejo como lo son el zorro, quique, halcón, águila, mustélidos y rapaces no pueden mantener a los conejos a baja densidad. Sin embargo, si esto ocurre es posible que sea por el efecto de sequías u otras condiciones limitantes que hacen que estos animales no tengan brotes en su población. Un ejemplo de esto es lo que sucede actualmente en Chile central con la mega sequía. La escasez hídrica de más de 10 años ha afectado la productividad vegetal y el suelo del lugar. Lo anterior, a su vez, ha impactado en la reproducción de los conejos que no logran cavar sus refugios.

La falta de depredadores especialistas hace que los conejos puedan escapar del consumo por diferentes causas. Una de ellas es la favorabilidad del ambiente capaz de aumentar los recursos limitantes, lo que permite a los conejos acrecentar la población. Otra causa es la saturación de consumo por parte de los depredadores, ya que no pueden consumir gran cantidad de conejos debido a que el ciclo de vida de estos es más rápido que el de un ave o un zorro. Por otro lado, la población de conejos puede escapar al consumo de los depredadores ya que estos consumen más de una especie, lo que permite que la plaga aumente su número y genere brotes. 

 

Depredadores generalistas que consumen al conejo europeo en Chile © Jaksci, 2018. 

Por estas razones, evaluar las interacciones tróficas en donde el conejo está involucrado como consumidor de cobertura vegetal, presa por parte de depredadores como aves y mamíferos y competidor con especies nativas como el degú, la chinchilla u otros roedores es de suma relevancia para comprender el impacto de las poblaciones involucradas y cómo estas se afectan entre sí. Un ejemplo de esto es el conejo en Francia, España y Portugal, donde es nativo. Recientemente, este ha sido incluido en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza debido a su descenso poblacional, que alcanza el 70%. Las causas de su colapso al parecer son las diferentes enfermedades víricas como la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica del conejo, así como también los cambios en los ecosistemas por la alteración de suelo y la agricultura extensiva. Este descenso en la población es alarmante ya que el 40% de otras especies dependen de él para alimentarse. 

La situación anterior no deja de ser distante dentro del territorio nacional, donde se ha registrado un aumento del consumo de conejo por parte de los depredadores generalistas. Es decir, si el conejo desapareciera o se viera afectado por alguna causa que disminuya su población, afectaría las dietas de estos depredadores. Ejemplos de esto se evidencian en estudios de dieta en el zorro culpeo, zorro chilla y el águila ratonera de pecho negro. Hace unos 35 años se concluyó que la baja depredación de esta especie invasora era debido a que los depredadores nativos aún no habían aprendido a cazarla. Sin embargo, recientemente se ha observado que la dieta del águila y del peuco ha tenido una disminución sostenida de la principal presa nativa que era el degú y un aumento considerable del conejo. De igual forma los hábitos alimentarios del zorro culpeo han mostrado un alto consumo del conejo como presa primaria sobre el consumo de pequeños mamíferos nativos (Paves et al. 2010, Rubio et al. 2013). Lo anterior, evidencia la importancia de hacer estudios comunitarios para saber el impacto tanto positivo como negativo del conejo.

Hace 150 años que el conejo europeo colonizó nuestro territorio. Hoy se hace urgente entender su dinámica poblacional y las causas que generan los brotes para proponer estrategias de manejo. Todo esto con el fin de predecir y controlar su impacto en los ecosistemas chilenos.

Bibliografía

Camus P., Castro S., Jaksic F. (2008). El conejo europeo en Chile: historia de una invasión biológica. historia (santiago), 41(2), 305-339.

CONAF (2014). Registran positiva restauración ecológica en isla choros. corporación nacional forestal. www.conaf.cl. 2014.

Pavez E.F., Lobos G.A, Jaksic F.M. (2010). Cambios de largo plazo en el paisaje y los ensambles de micromamíferos y rapaces en Chile central. Revista chilena de historia natural, 83(1), 99-111.

PNUD (2017). Valoración económica del impacto de siete especies exóticas invasoras sobre los sectores productivos y la biodiversidad en Chile. Santiago de Chile, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Imagen de portada: Brotes de conejos europeos © wikimediacommons

Sobre la autora

Jennifer Paola Correa-Cuadros. Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Ciencias Biológicas, Departamento Ecología; Center of Applied Ecology and Sustainability (CAPES). Microbióloga y bióloga con énfasis en control biológico y modelamiento matemático de dinámicas poblacionales de plagas forestales y agrícolas. Magister en Biotecnología y Ecología, candidata a Doctora en Ecología.

Hambre y desperdicio: la llamada urgente de un cambio

"Si la comida que se desperdicia fuera un país, sería el tercer productor mundial de gases de efecto invernadero, por detrás de Estados Unidos y China". (FAO)

El decenio 2020-2030 ¿inició en enero o arranca a finales de este 2020? Esa es la gran incógnita que mueve al mundo en vísperas del fin de año. Para algunas personas, por la catástrofe social, sanitaria, económica, laboral y ecológica que ha significado el COVID-19, la cuenta regresiva hacia el 2030 debería empezar el 1 de enero del 2021. Tal vez tengan razón. 

Sin embargo, en términos de acuerdos internacionales para cuidar el Planeta, sus recursos y su gente, como es la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de las Naciones Unidas, la cuenta regresiva inicia el 12 de diciembre. La fecha es en conmemoración a la firma y difusión mundial de dichos acuerdos, hace ya cinco años en la famosa COP21 en París, Francia.

La revisión viene a cuento porque este decenio el mundo entra en cuenta regresiva y el panorama mundial no es muy halagüeño en ninguna de las 169 metas de la Agenda 2030 ni de los 17 objetivos sostenibles.

El informe ‘Seguimiento de los indicadores relativos a los ODS relacionados con la alimentación y la agricultura’ indica que el mundo no alcanzará la mayoría de las metas de los ODS relacionadas con la alimentación y la agricultura para 2030.

En materia de seguridad alimentaria, en el reciente informe Seguimiento de los indicadores relativos a los ODS relacionados con la alimentación y la agricultura, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) denuncia los progresos insuficientes en este sector y alerta que de seguir así el mundo no alcanzará las metas para el 2030. Apenas el mes pasado, el Director General de la FAO, el Sr. QU Dongyu, anunció la urgencia de poner en marcha medidas humanitarias para evitar el riesgo de hambruna ya existente en África. 

La pareja imposible: hambre y desperdicio

Del informe se destaca que a la fecha, casi el 10% de la población mundial padece hambre (700 millones de personas), mientras que el 26% padece inseguridad alimentaria grave (2 mil millones).  En el caso de la región de América Latina y el Caribe se registra un aumento a un ritmo mayor en inseguridad alimentaria, en comparación con el resto del mundo. Así, pasó del 23% en 2014 a 32% en 2019. Una enorme diferencia hacia el peor escenario de salud. Actualmente existen 9 millones de latinoamericanos con hambre. 

Paradójicamente, estas cifras contrastan con el hecho de que a nivel mundial un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano son desperdiciados (1,300 millones de toneladas al año). Ya sea por una ineficiente cadena de suministro (transporte, empaquetado, refrigeración), por su aspecto o simplemente porque ya fueron cocinados y no consumidos.

Materiales gráficos que desde el 2012 ya alertaban a la población sobre el desperdicio de alimentos, elaborados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura © FAO

Para poner fin a tanto derroche, desde hace unos años han surgido varias iniciativas ciudadanas de gran éxito que buscan reducir la cantidad de alimentos desperdiciados y crear conciencia en la población sobre la relación entre alimentos y el cuidado de los recursos naturales (agua, suelo, mares, océanos, biodiversidad, etc.). Muchas de ellas tienen su origen en los países europeos, pero ya se han expandido a otras regiones del mundo. Ejemplo de ello son el movimiento Slow Food, las tiendas We Food, los eventos Disco Sopa o el Freeganismo, éste último nació en Estados Unidos, pero se fortaleció en Europa. 

Posiblemente, gran parte del éxito de estas iniciativas se deba a que desde hace al menos diez años, la ONU emprendió una serie de actividades que buscaban erradicar este problema creciente, ya fuera a través de políticas públicas con gobiernos o con apoyo de la sociedad civil.

La campaña ‘Piensa. Aliméntate. Reduce tu huella alimentaria’ (Think.Eat.Save. Reduce You Foodprint) vinculó el tema alimentario con el derroche de recursos naturales (agua, suelo, energía, biodiversidad).  © FAO

Del trabajo con gobiernos, el resultado fue que Francia e Italia ya tienen una legislación que obliga a los supermercados a donar la comida sobrante a organizaciones benéficas y bancos de alimentos. Con ello se evita que la tiren a la basura, y quien lo haga deberá pagar una multa de hasta 75 mil euros. La ley también prohíbe destruir deliberadamente los alimentos, tal como lo hacían antes en algunos restaurantes y supermercados que bloqueaban contenedores o vertían cloro sobre los alimentos para evitar que la gente los aprovechara. El resto de los países de la Unión Europea, como Alemania, España o Reino Unido, evitaron legislar sobre el tema y optaron por implementar programas de gobierno para reducir el desperdicio.

Francia fue el primer país en emitir una ley que prohíbe a supermercados y restaurantes tirar alimentos, en su lugar deben donarlos a instituciones benéficas. En América Latina, región que desperdicia el 34% de sus alimentos, Colombia y Perú ya tienen sus propias leyes © Edith González Cruz

En el panorama latinoamericano, también es posible observar algunas medidas. Países como Colombia y Perú aprobaron en el 2016 sus propias leyes contra las pérdidas y desperdicios de alimentos, mientras que Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, Guatemala, Honduras y Uruguay están impulsando leyes similares. 

En Chile, desde hace cinco años existe en el Senado un proyecto que busca regular el desperdicio de alimentos en establecimientos comerciales. Este 2020, en el contexto de la pandemia por la COVID-19, los senadores Guido Girardi y Francisco Chahuán han revivido la iniciativa para obligar a los supermercados y empresas de retail a donar a instituciones sin fines de lucro los alimentos próximos a ser desechados (Proyecto de Ley No. 10198-11). Sin embargo, este aún permanece en discusión en la Comisión de Salud. Esperamos que al calor de la ola de cambios sociales que se vive en el país, por fin se apruebe.

Fue en la década de los años sesenta, en Arizona Estados Unidos, cuando se registró la primer iniciativa para la recolección de víveres desechados. Esta acción dio paso al primer banco de alimentos: el St. Mary’s Food Bank. Desde entonces existen bancos de alimentos en prácticamente todo el mundo. En la foto los fundadores John van Hengel y Kenny Ramsey © Mary’s Food Bank

Volviendo a las iniciativas ciudadanas para reducir el desperdicio de alimentos, cabe señalar que mucho antes de las leyes que prohíben tirar los alimentos, ya existía –y sigue existiendo-, la donación de alimentos, pero de manera voluntaria. Muchos bancos de alimentos alrededor del mundo han contribuido a paliar el hambre mediante las alianzas que han establecido desde hace décadas con el sector agroalimentario. En Chile, desde el 2003 existe la Red de Alimentos (RdA) que distribuye alimentos donados a cientos de organizaciones sin fines de lucro en todo el país.  

De las iniciativas ciudadanas antes mencionadas, vale la pena revisar sus fines y alcances, ya que la mayoría vinculan el tema del desperdicio de alimentos con el impacto ecológico, el derroche de recursos y el cambio climático. Además que tienen presencia y éxito en Chile desde hace años. 

El Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC), estima que entre el 8% y el 10% de los gases de efecto invernadero producidos por el sistema alimentario a nivel mundial se vinculan directamente a las pérdidas y desperdicios de alimentos. La FAO, en el informe El Estado Mundial de la Agricultura y la Alimentación 2019, destaca que para atender los impactos que en el medio ambiente tiene la producción de alimentos, antes de debe identificar el tipo de recurso natural que se desea proteger.

A favor de los alimentos locales y el patrimonio gastronómico

El nexo entre gastronomía y cuidado del planeta es la esencia del movimiento internacional Slow Food. Fundado en Italia en 1989 bajo la premisa de defender la biodiversidad, el patrimonio alimentario local, apoyar los sistemas de producción agroecológica, estrechar la relación entre productor-consumidor y promover la educación alimentaria. Su postura está claramente en oposición a la ‘fast food’, símbolo de la alimentación industrial, basada en un exceso de productos procesados, químicos y dañinos tanto para la salud como para el planeta.

El Merkén, un tipo de ají, se produce en las comunidades mapuches del territorio Nagche (en la Araucanía). Esta planta es símbolo de identidad y componente esencial en ritos y festivales tradicionales © Slow Food Chile. 

En los 150 países donde tiene presencia este movimiento sociocultural busca garantizar que todo el mundo tenga acceso a una comida buena, limpia y justa, integrando en su causa a agricultores, consumidores, restauranteros, chefs y activistas.  En Chile tiene presencia desde hace una década y ya tiene sedes en seis regiones del país: Metropolitana, de Coquimbo, de Biobio, de los Ríos, de La Araucanía y Los Lagos. El movimiento apoya proyectos a pequeña escala de grupos de campesinos y pequeños productores familiares, como son los Convivia, las Comunidades del alimento y Baluartes. 

La recuperación como un estilo de vida

El freeganismo es un movimiento anticonsumo surgido a mediados de la década de los noventa y, por extraño que parezca, surgió en la nación más híper consumista, Estados Unidos. Sus voluntarios promueven el vivir de manera alternativa, reducir el consumo de recursos y evitar en lo posible el uso del dinero. La idea central es el boicot al sistema económico capitalista y derrochador, de tal forma, es común ver a sus adeptos recolectando residuos -preferentemente alimentos- en la basura de supermercados, restaurantes y tiendas. No son vagabundos, porque sí tienen un hogar y trabajo, simplemente proponen una forma de vida alternativa. El símil en América Latina serían los recicladores o cartoneros, quienes recogen no solo cartón o plásticos, sino alimentos, juguetes y cacharros de todo tipo. 

Una versión moderna -y un tanto limitada-,  es el  « Schnippel Disko », mejor conocido como el Disco Sopa, una iniciativa surgida en el 2012 en Berlín, Alemania, que se suma a las campañas a favor del Cero desperdicio de alimentos. Reunidos en eventos anuales, los voluntarios de un Disco Sopa recogen alimentos desechados de mercados, centrales de abastos, ferias y supermercados locales. Posteriormente se reúnen en espacios abiertos como parques, previa convocatoria pública, para entre todos, voluntarios y población en general, cocinar los alimentos recolectados. Al calor de la música se comparte gratuitamente la comida en una gran verbena. El Disco Sopa ya tiene presencia en más de 40 países.

WeFood se inauguró en el 2016 y desde entonces todos lo días la población local hace largas filas para aprovechar los alimentos que son entre un 30 y 50 por ciento más bajos que en los supermercados regulares.  

Otra iniciativa que promueve la recuperación, el mínimo derroche y un menor consumo, es la promovida por la organización danesa Dan Church Aid, una caridad religiosa que trabaja para erradicar la pobreza y ayudar a las naciones en vías de desarrollo como las de África. Su genial idea fue abrir una tienda que vendiera lo que los supermercados no querían, como alimentos maltratados, muy maduros o a punto de expirar, así como otros artículos cuyo empaque estuviera dañado o mal etiquetado, pero que en general fueran seguros para la población. El éxito fue inmediato y ya cuentan con cinco tiendas. 

Lo más revolucionario es comer menos carne… o dejar de hacerlo

Aunque ahorrativa y noble, recuperar alimentos de la basura no es tarea fácil. Los olores y lixiviados (percolado) hacen dudar a más de una persona, y eso que en su mayoría lo que se rescata son verduras, frutas y hortalizas. La carne no se recupera, no sólo por principio ético, sino porque conlleva más riesgo a la salud, ello a pesar de que la producción de carne es la que consume la mayor cantidad de recursos y la que presenta una huella ecológica por encima de cualquier otro alimento. 

© FAO

Para contrarrestar el elevado consumo de carne a nivel mundial y con ello mejorar la salud humana y del planeta, en el 2009 Sir Paul McCartney, un vegano histórico, lanzó la campaña Lunes sin Carne (Meat Free Mondays). A la fecha, la campaña está presente en 50 países y muchos activistas han presionado a sus gobiernos locales para introducir políticas públicas para que escuelas y restaurantes se sumen a esta campaña. 

A la fecha, en escuelas y algunos hospitales públicos de Los Ángeles y Nueva York, Estados Unidos; Sao Paulo, Brasil y Medellín, Colombia ya se implementan los lunes sin carne y recientemente, en España, el Partido Podemos promovió una iniciativa para que los colegios y restaurantes no ofrezcan carne en sus menús. En Chile, la campaña es liderada desde el 2012 por la organización Vegetarianos Hoy y en el 2018 el Ministerio de Medio Ambiente se convirtió en la primera institución pública en adherirse a los lunes sin carne. 

Sin duda, empezar por un día sin carne es un inicio para transformar la dieta diaria. Sin embargo urgen políticas públicas de mayor impacto para reducir su consumo ya que la producción de carne a nivel global, va en aumento. En Chile, de acuerdo a datos del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) reportados en el Informe Ferias y Mataderos para el trimestre abril-junio de este año, la producción de carnes en general aumentó respecto al año anterior. En bovinos el aumento fue del 2,7%, porcinos 3,6%, ovinos 4,9% y pollos 3,0%.

Un plato de comida es más que un plato de comida

Por si el desperdicio de alimentos, el exagerado consumo de recursos naturales (los cuales recordemos son finitos) y la contaminación generada en su producción no fueran suficiente razón para cambiar nuestros hábitos alimenticios, pensemos en la esclavitud laboral que en el sector agrícola padecen millones de personas en todo el mundo. En el reporte ‘Estimaciones mundiales sobre la esclavitud moderna’ publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2017), se indica que de los 25 millones de personas atrapadas en el trabajo forzoso, 16 millones son explotadas en el sector privado y de esta cifra el 12% corresponde a la agricultura, incluida la pesca y la industria forestal. 

Lamentablemente la esclavitud laboral juega un papel fundamental en las cadenas de suministro de muchos de los alimentos. Lo anterior se suma a los demás problemas asociados a la producción de alimentos, lo cual nos obliga a pensar en lo que comemos y, cómo desde nuestro plato, podemos hacer un cambio, en beneficio de nuestra salud, de nuestras familias, regiones y planeta. Ya sea por necesidad o convicción es un hecho que entre todos debemos reducir el desperdicio de alimentos. Podemos empezar comiendo menos carne, consumiendo productos locales, comprando vegetales y frutas en cantidades pequeñas y no necesariamente ‘bonitas y perfectas’. Al final de cuentas, para comer todo sirve, ya sea crudo o cocinado, siempre hay forma de no desperdiciar.

El 29 de septiembre de este año se celebró por primera vez en la historia el Día Internacional de la Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos © FAO

Bibliografía

FAO. (2020). Seguimiento de los indicadores relativos a los ODS relacionados con la alimentación y la agricultura. 18 septiembre 2020. Sitio web: http://www.fao.org/sdg-progress-report/es/ 

FAO. (2019). El estado mundial de la agricultura y la alimentación. Progresos en la lucha contra la pérdida y el desperdicio de alimentos. 20 septiembre 2020, Roma. Sitio web: http://www.fao.org/3/ca6030es/ca6030es.pdf

FAO. (2017). Pérdidas y desperdicios de alimentos en América Latina y el Caribe. Alianzas e institucionalidad para construir mejores políticas. 20 septiembre 2020. Sitio web: http://www.fao.org/3/a-i7248s.pdf

OIT. (2017).  Estimaciones mundiales sobre la esclavitud moderna: Trabajo forzoso y matrimonio forzoso. 21 septiembre 2020, Ginebra. Sitio web: https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—dgreports/—dcomm/documents/publication/wcms_651915.pdf 

FAO. Plataforma técnica sobre la medición y la reducción de las pérdidas y el desperdicio de alimentos. Disponible en: http://www.fao.org/platform-food-loss-waste/es/ 

Imagen de portada: La palabra ‘freegan’ es una combinación de las palabras free (libre) y vegan (vegano), ya que siendo un movimiento con raíces en el movimiento ecologista, promueve el respeto por todas las especies. Es decir, no al maltrato animal © Edith González Cruz

Sobre la autora

Edith González Cruz es periodista ambiental con más de 10 años de experiencia. Tiene una maestría en Estudios Latinoamericanos. Su amor por la naturaleza la llevó a cursar la carrera de biología, la cual espera terminar algún día. Se inspira pedaleando en un día soleado.

Este año ha sido particularmente distinto para todos. La pandemia que nos aqueja ha afectado, en mayor o menor grado, cada una de nuestras actividades, tanto cotidianas como aquellas planificadas a más largo plazo, obligándonos a modificar y replantear muchas de ellas, y, como si no bastara con eso, además, nos ha llevado a adaptarnos […]

Este año ha sido particularmente distinto para todos. La pandemia que nos aqueja ha afectado, en mayor o menor grado, cada una de nuestras actividades, tanto cotidianas como aquellas planificadas a más largo plazo, obligándonos a modificar y replantear muchas de ellas, y, como si no bastara con eso, además, nos ha llevado a adaptarnos a vivir en una forma mucho más “limitada”, algo tremendamente angustiante para quienes estamos acostumbrados a estar en contacto permanente con la naturaleza, y, que se convirtió en algo similar, para quienes lograron descubrir y valorar en este tiempo, la necesidad que como seres humanos tenemos de estar en contacto con el entorno natural.

En la Región de Los Ríos, recién el 12 de agosto se dio apertura a la Reserva Nacional Mocho Choshuenco y al Parque Nacional Alerce Costero, por lo que a partir de esa fecha era posible comenzar a randonear por esos hermosos bosques de lengas. Así es que bajo la premisa de tomar con seriedad esta apertura – respetando todos los protocolos sanitarios y ansiosos de volver a disfrutar de estos paisajes – nos animamos con dos buenos amigos, Ronald y Pablo, a ir al volcán Mocho. Apenas se dio una buena ventana de sol partimos, adentrándonos por la cara sur de la Reserva siguiendo la ruta por la localidad de Choshuenco, lugar en donde se sumaron otros amigos más (Carlos y Nico), listos para emprender el tan anhelado regreso al Mocho.

Por años estos bosques han sido sala de clases y escenario de investigación y actividades deportivas, de renuevo para el alma y la mente, dejando en claro que es posible que diferentes acciones sustentables puedan converger en torno a la naturaleza. Más que en ninguna oportunidad ahora agradecíamos y comprendíamos el gran privilegio de estar aquí en plena pandemia.

La imponente cumbre nevada del volcán Choshuenco, en un año en que la Reserva Mocho-Choshuenco tuvo su menor número de visitantes producto de la pandemia. © Felipe Pineda.

Con todo el grupo animado, logramos llegar en auto hasta el km 11, bastante más abajo respecto a años anteriores, lo que evidenciaba la buena temporada de nieve que había presentado la región. Ahí, comenzamos nuestra randoneada y raqueteada, aprovechando, a medida que avanzábamos, de realizar algunos registros audiovisuales que estarían destinados al evento de actividades al aire libre, “Entre Lengas”. Hace un par de años, con un grupo de amigos fundamos la ONG Entre Lengas, la cual tiene como objetivo crear conciencia respecto a los espacios naturales. Este año, en conjunto a la Reserva Biológica Huilo – Huilo y con el apoyo de Sernatur Los Ríos y otros privados, reinventamos su formato, logrando generar una serie de charlas destinadas a ser un aporte concreto para la generación de cambio de nuestro comportamiento como seres humanos hacia la naturaleza. Estas charlas quedarán en la web y RR.SS: encuentroentrelengas.cl , esperando poder además contribuir de alguna forma a la conservación de nuestra biodiversidad

Al llegar al acceso principal de la Reserva, donde actualmente Conaf tiene una guardería, los guardaparques (Emilio Beltrán, Juan Carlos Contreras, Alex Maich y Daniela Bravo) – que cuentan con una voluntad titánica y un gran amor por esta Reserva – realizaron los controles sanitarios de rigor. Vale la pena mencionar, que cada uno de ellos realiza una enorme labor por mantener estas zonas con estándares de primer nivel, en muchas ocasiones con presupuestos muy ajustados, siempre con una excelente disposición y cordialidad para atender a cada uno de los visitantes. Posteriormente, seguimos caminando hasta el mirador Los Volcanes, lugar donde nos tomamos unos minutos para contemplar los dos conos volcánicos en su plenitud: el Mocho con 2.422 m. en su cara sur este y el Choshuenco 2.415 m. en su cara noroeste, escenario que, sin duda, hace valer el esfuerzo de esos kilómetros de caminata en nieve con mochilas de aproximadamente 23 kgs.

He perdido la cuenta de cuantas veces he estado en esta Reserva, sin embargo, este año era distinto. En ese mirador, nos dimos la instancia de reunimos nuevamente como grupo a conversar y reflexionar acerca de esta oportunidad tan especial.

Un informe de la WWF de 2020 indica que desde 1970, el planeta ha perdido más del 70% de su fauna salvaje, siendo América Latina el país más afectado. En la foto, un carpintero negro busca su alimento en una lenga nevada. © Felipe Pineda. 

Es en este sentido, que esta pandemia ha llevado a que la interacción con la naturaleza cobre aún más valor, como una forma de mejorar nuestro bienestar emocional y volver a sentir esa ansiada sensación de libertad que teníamos. La responsabilidad ahora es lograr que esta interacción sea más respetuosa y consiente, para así frenar y revertir el comportamiento destructivo que hemos tenido con la naturaleza. Sin ir más lejos, la WWF en su Informe Índice Planeta Vivo 2020, análisis científico bienal que evalúa la salud de nuestro planeta y el impacto de la actividad humana sobre la tierra, concluye que “nuestra relación con la naturaleza está fracturada”, basándose en resultados verdaderamente estremecedores como el que: “Desde 1970, nuestro planeta ha perdido casi el 70% de su fauna salvaje, siendo América Latina la región más afectada”.

Datos concretos como éste, junto a la sucesión cada vez más frecuente de dramáticos escenarios mundiales – tales como los devastadores incendios que han azotado a Australia y la amazonia este último tiempo – sumado al complejo presente que vivimos como planeta producto de la pandemia de Covid19, hacen evidente la urgencia no solo de cambiar nuestra comportamiento  y conciencia frente a nuestro entorno natural, sino que, además, la imperiosa necesidad de reducir nuestros impactos, poniendo especial énfasis en la restauración de los ecosistemas que hemos vulnerado.

He perdido la cuenta de cuántas veces he estado en esta Reserva, sin embargo, este año era distinto. En ese mirador, nos dimos la instancia de reunimos nuevamente como grupo a conversar y reflexionar acerca de esta oportunidad tan especial.

Siguiendo nuestro camino, logramos llegar a los pies de la cuesta que da con el sector de la Tumba del Buey, lugar perfecto, entre un bosque de lengas, para instalar el campamento base con una mesa nieve que daba el toque perfecto para compartir, esta vez, con la distancia social correspondiente.

Con nieve perfecta, nos fuimos por la primera de las varias bajadas de la tarde, las que fuimos disfrutando al máximo, sabiendo que más tarde nos esperaba el mejor premio del día, un atardecer épico y compartir de una rica cena bajo una noche estrellada en medio del bosque de lengas.

Un anochecer estrellado sobre las lomas del Choshuenco nos recuerda la necesidad de volver a estar en contacto con la naturaleza, tras meses de encierro. © Pablo Lloncón.

Al día siguiente, ya muy temprano, comenzamos la primera randoneada hasta el glaciar del volcán, recorrido en donde no nos dejó indiferente el paso de una moto de nieve  muy ruidosa, que además de ser tremendamente molesto, evidenciaba el gran impacto que estas pueden llegar a generar en su entorno, sobre todo cuando por el momento solo existe una zona de tránsito para los medios mecánicos. (No obstante, pronto se implementarás  la etapa 2 del plan maestro de la Reserva, donde estas acciones se pueden normar, conviviendo de buena manera  el turismo con la conservación). Más tarde en el campamento base, desmontamos felices por los días que nos había regalado la naturaleza, y emprendimos el regreso. Sin duda, habían sido jornadas que quedarían grabados en nuestra mente, no solo por lo significativo del momento, sino también por el renuevo y energía que, como siempre, nos brindaba la montaña.

«La naturaleza es nuestra aliada y un medio de sanación, consuelo y alivio, así como de bienestar, salud y fortaleza; de crecimiento y desarrollo personal»,  Katia Hueso.

Ya de vuelta y en nuestra propia realidad, nos seguía esperando un dato que nos deja grandes desafíos, y es que en la Región de Los Ríos, las áreas protegidas privadas abarcan aproximadamente el doble de superficie (190.000 hás) que las del SNASPE (100.474 has), cifras que tienen mucho que decir, no solo por la noble labor y esfuerzo que realizan los privados por conservar, considerando que no cuentan con ningún tipo de financiamiento para ello, sino que también, por la evidente necesidad de contar, con urgencia, con un modelo de gobernanza regional y lo importante de poder sacar adelante la ley de donaciones ambientales, SBAP, etc.

Tal como se expone en el actual Informe de Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica de la ONU, donde se deja en evidencia la creciente crisis global de la biodiversidad y las acciones necesarias para protegerla, es un deber y una prioridad, el que la conservación esté considerada, de manera transversal, como uno de los ejes fundamentales en la toma de decisiones de los distintos sectores económicos de un gobierno, siendo incorporada claramente en cada una de sus políticas.

Hoy no podemos limitarnos únicamente a disfrutar el patrimonio natural, hoy más que nunca debemos ser conscientes de la urgencia de llevar a cabo acciones concretas que reviertan las amenazas de nuestros ecosistemas. Camino al volcán, RN Mocho-Choshuenco. © Plablo Lloncón.

La era de antropoceno que vivimos y sus efectos devastadores deben llevar, con un gran sentido de urgencia, a que la toda la comunidad, tanto nacional como internacional, desarrolle con especial premura acciones concretas destinadas a revertir las décadas que se han sumado de pérdidas de los ecosistemas, poniendo énfasis en la conservación y manejo sustentable de éstos. Tal como se asevera en el Informe Índice Planeta Vivo, la conservación de la biodiversidad debe convertirse en una inversión estratégica no negociable destinada a preservar nuestra salud, recursos y seguridad.

En estos tiempos, ya no podemos limitarnos a solo disfrutar de nuestros bosques, ríos, glaciares, etc., sino que debemos ser conscientes de que el planeta necesita de cada uno de nosotros, y que es una obligación el intentar revertir este colapso mediante acciones concretas. Si bien el que nuestro país no forme parte del primer gran tratado medioambiental de Latinoamérica y el Caribe, como lo es el Acuerdo de Escazú, fue un golpe duro y un claro retroceso en el compromiso de nuestro país con el medio ambiente, no debemos bajar los brazos y seguir en el camino de lograr, más temprano que tarde, la verdadera valorización, por parte de nuestra sociedad, de nuestro entorno natural.

Sobre el Autor

Erwin Martínez es Ingeniero (G) Forestal, Magister en Gestión Ambiental. Parte del Equipo de la Unidad Piloto de Áreas Silvestres Protegidas de la región De Los Ríos (CRDP) y docente de la Carrera de Ingeniería en Expediciones y Ecoturismo USS. Por su amor por la naturaleza, Fundador del emprendimiento Valdiviano Alerce Outdoor y Co Fundador de la ONG Entre Lengas.

Imagen de Portada: Anochecer a los pies del volcán Mocho, en la Reserva Nacional Mocho-Choshuenco. © Pablo Lloncon

Hoy en día son cada vez más las personas que ven la educación ambiental como una herramienta capaz de cambiar el actuar del ser humano hacia prácticas y formas de vida más amigables con el medioambiente; que se pueden enseñar tanto al interior de las aulas escolares como fuera de ellas. Pero ¿qué es exactamente […]

Hoy en día son cada vez más las personas que ven la educación ambiental como una herramienta capaz de cambiar el actuar del ser humano hacia prácticas y formas de vida más amigables con el medioambiente; que se pueden enseñar tanto al interior de las aulas escolares como fuera de ellas. Pero ¿qué es exactamente la educación ambiental y cómo se inicio? Aquí te lo contamos.

La expresión «Educación Ambiental» fue utilizada por primera vez en Estocolmo, el año 1972 durante la realización de la Conferencia Internacional sobre el Medio Ambiente, considerada el «primer foro mundial del ambiente» donde se declararon los problemas que se generaban en el medio y su posible repercusión a corto y mediano plazo en la vida. Según se habló en la conferencia, las causas de aquello tenían que ver principalmente con la ignorancia o indiferencia del ser humano hacia el medio, lo que produjo la necesidad de promover una labor de educación en temas ambientales dirigida a todas las generaciones humanas.

Así, la declaración final de Estocolmo fue un llamado a establecer internacionalmente un programa de educación ambiental con un enfoque interdisciplinario escolar y extraescolar. De ahí en adelante se dio inicio a un proceso constante y paulatino de discusiones y consideraciones políticas en relación a la implementación de acciones educativas tendientes al conocimiento, concientización, restauración y preservación del medio ambiente, tanto a nivel mundial, regional y local. Es así como también se comienzan a aceptar términos, prácticas y terminologías tales como «naturalista”, “conservacionista”, “ecologista”, “ambientalista” y más recientemente “para el desarrollo sostenible».

Presentación de la Fundación Cidemar y la Alianza Playera de Chile (APCL), así como del protocolo de la limpieza de playas a participantes y  estudiantes de escuelas y liceos provenientes de Viña del Mar por parte de María Jose Ochoa en el marco de la celebración del Día Internacional de la Limpieza de Playas, Playa Caleta Abarca, 27 de Septiembre de 2019. ©  Bruno Larraín, voluntario de la Fundacion Cidemar.

Con la lupa en lo local

Ya observando el presente, en el caso particular de Chile y según lo dispuesto en la Ley de Bases Generales del Medio Ambiente (Ley N° 19.300, Art.6) la educación ambiental se entiende como un «proceso permanente de carácter interdisciplinario destinado a la formación de una ciudadanía que forme valores, aclare conceptos y desarrolle las habilidades y actitudes necesarias para una convivencia armónica entre los seres humanos, su cultura y su medio biofísico circundante». Es decir, se trata de un proceso permanente que no se agota en una actividad puntual, sino que perdura en el tiempo a través de un sinfín de actividades. Segundo, al ser de carácter interdisciplinario requiere y acepta diversas perspectivas y saberes que deben ser capaces de interactuar entre sí, y por último, al referirse a la formación de valores y el desarrollo de habilidades y actitudes, permite transitar como sociedad mas allá de la regulación ambiental, hacia un verdadero tipo de protección que implica un cambio cultural.

Es por ello que entre sus metas está primero el servir como un instrumento para prevenir el deterioro ambiental, al aportar a la formación de una cultura de prevención, así como también el logro de una conciencia ambiental, que permita cambios a futuro de comportamiento y hábitos, que aseguren un tipo de sociedad que ofrezca una alta calidad de vida para todos sus miembros. Y por otro lado, servir como una herramienta para fortalecer la participación ciudadana en la gestión ambiental, pues logra que las y los ciudadanos se asuman como responsables y protagonistas de los problemas ambientales que los afectan.

Proceso por el que las colillas de cigarro son recicladas y luego reutilizadas parte de ellas (acetato de celulosa ) para convertirlas en diversos productos, tales como hojas para escritura en braille, con el fin de fomentar la educación ambiental inclusiva © Rafael Sotomayor, Fundación Biosfera Mía.

Derechos, pero también deberes

Sin duda que existen muchas y variadas formas de abordar estas metas, pero más allá de ello, también hay que considerar que existen problemas para aplicar la educación ambiental en el terreno concreto. Ejemplos de lo anterior son la falta de reflexión sobre cuestiones medioambientales cotidianas y a nivel local, el poco compromiso que cada uno tiene en torno a estos mismos temas, así como también la superficialidad con que se aborda el conocimiento, ya sea por falta de interés o continuidad en las problemáticas ambientales que se presentan. Lo anterior conlleva a que la educación ambiental se traduzca muchas veces en actividades y propuestas fragmentadas, descontextualizadas y superficiales y que quedan reducidas al «saber más», teniendo que ver muy poco con los contextos y situaciones cotidianas que vivimos como sociedad, imposibilitando un pensamiento critico y profundo, que no fomenta un aprendizaje activo y participativo, limitado a las opiniones y juicios críticos poco constructivos. Es por ello que la educación ambiental no se enseña, se hace, y cómo, pues a partir de la práctica, ya sea esta ciudadana y/o pedagógica.

Según  cifras de «The Waste Atlas», Chile es uno de los países en Latinoamérica que genera mayor cantidad de basura al día por habitante

La práctica ciudadana permite ver como se construyen y transmiten significados culturales sobre el ambiente en los cuales se inscribe la formación de los sujetos sociales. La participación ciudadana posibilita imaginar el fortalecimiento de acciones colectivas, fortalecer la capacidad de actuar sobre la realidad donde se producen y transmiten conocimientos que aportan a la construcción y ejercicio de la ciudadanía. Permite que se entiendan posturas e intereses de los diferentes actores sociales que aprenden a tomar decisiones y actuar responsablemente, promoviendo instancias de participación social y espacios que permitan rescatar el conocimiento local y ancestral valorándose y respetándose el uno al otro. Es así como se debe ser capaz de asumir derechos, pero también deberes con el fin de llegar a formar una verdadera ciudadanía ambiental.

Recolección de colillas de cigarro, labor realizada por parte de un grupo de voluntarios de la Fundación Biosfera Mía junto a su fundador Rafael Sotomayor en plena Plaza de Armas de Santiago, en el marco de la realización de la 3era Colillatón a nivel nacional, Agosto de 2019 © Rafael Sotomayor, Fundación Biosfera Mía.

País basura

La practica pedagógica en tanto supone el desarrollo en todos los ámbitos en que la sociedad civil se manifiesta, ya sean formales o no, de educación, generando una práctica ciudadana amplia, informada y concreta. También aspirar a ir más allá de cualquier tipo de desarrollo, ya que se busca educar para lograr una sociedad con más y mejores condiciones de equidad y justicia social.

Es por ello que también surgen diversas iniciativas que muchas veces se convierten en organizaciones, fundaciones e instituciones que buscan abordar la educación ambiental desde estas prácticas, con el objetivo de intentar resolver alguna de las muchas problemáticas que afectan nuestro medio ambiente y entorno. Sin ir más lejos y en el caso particular de Chile, un tema que preocupa y donde hace falta mayor conciencia y educación al respecto es la contaminación marina. De hecho, Chile es uno de los países en Latinoamérica que genera mayor cantidad de basura al día por habitante, ya lo dicen las cifras según The Waste Atlas, en donde Chile ocupa el tercer lugar detrás de Guyana y Surinam generando 1,25 kg/día/habitante. El problema radica en que el 60% de los residuos generados en tierra desembocan en el mar, provenientes de las grandes ciudades y arrastrados a traves de las lluvias y los afluentes de ríos. El programa Científicos de la Basura, liderado por la Universidad Católica del Norte ha realizado estudios a nivel nacional durante 3 años con el fin de cuantificar, caracterizar y ubicar espacialmente los residuos marinos antropogénicos (Anthropogenic Marine Debris: AMD), estableciendo que éstos se encuentran principalmente compuestos por plásticos (27,1% en 2008) y colillas de cigarros (38% en 2012 y 41,8% en 2016). En el caso de los residuos plásticos estudios de ONU Ambiente indican su aparición en 800 especies de fauna marina, de las cuales 40% de ellas corresponden a cetáceos y 44% a aves marinas.

Presentación de la Fundación Plastic Oceans Chile y la contaminación marina por plástico a cargo de Camila Ahrendt, Plastic Oceans Chile, abierta a la comunidad en el marco de la celebración del Festival Internacional de Innovación Social (fiiS), Diciembre 2019. © Camila Ahrendt, Fundación Plastic Oceans Chile.

 Organizaciones en acción

Existen organizaciones que a través de diversas campañas intentan mitigar tales efectos, como lo es el caso de la Fundación Plastic Oceans Chile, donde Camila Ahrendt, bióloga marina y su directora científica, ha desarrollado una serie de actividades desde hace más de dos años en distintos puntos de nuestro país: talleres, charlas, exposiciones en el Senado por el proyecto de ley junto a la ONG Oceana. Estas actividades se han dirigido a personas de todas las edades y su objetivo se centra en la proposición de soluciones concretas para combatir la contaminación plástica dentro y fuera del océano.

Por otra parte, la Fundación Biosfera Mía que de la mano de su fundador Rafael Sotomayor, profesor en Ciencias Naturales y Comprensión del Medio, lideran una serie de programas en los que involucran a la comunidad, como lo es el de reciclaje de colillas de cigarro conocido como «Chile 5lillas» que desafía a las personas a reciclar colillas a traves de un «challenge» o desafío, con el fin de someterlas a un proceso que reutiliza parte de su composición y lo convierte en productos como hojas para escritura en braille y otros elementos de estudio. Finalmente, la Fundación Cidemar, donde María Jose Ochoa, bióloga marina y fundadora junto a su equipo de trabajo y colaboradores han acercado el valor que tiene la conservación de los ecosistemas acuáticos por medio de proyectos como el de la Alianza Playera de Chile (APCL) que coordina y unifica los esfuerzos de diversos actores como autoridades, empresas y la ciudadanía, para realizar limpiezas del litoral costero de nuestro país, acompañadas por actividades educativas que aporten a la concientización sobre nuestros hábitos diarios.

La educación ambiental no se enseña, se hace, a partir de la práctica, ya sea ciudadana y/o pedagógica.

Una Reflexión final

Entonces, ¿en qué consiste la educación ambiental? Consideramos que una educación ambiental profunda es aquella que aporta un cambio en la manera de entender y actuar en el mundo, que ilumine una reflexión que pase de la intención a la acción, aquella que indaga en el sentido de cada práctica educativa ambiental para actuar con conciencia, que fomenta el pensamiento creativo y propositivo, en definitiva, una educación critica y emancipadora.

No se trata solo sobre el medio ambiente, sino también de la educación, la organización como sociedad a través de un método educativo para enfrentar los temas ambientales que son más que un conjunto de problemas por resolver, sino más bien un conjunto de posibilidades frente a las cuales podemos actuar desarrollando un sentido de pertenencia. Debemos comprender que la crisis ambiental de nuestra era no es una catástrofe ecológica, sino el efecto del pensamiento con el que hemos construido y afectado negativamente nuestro planeta.

Taller sobre la contaminación marina producida por plástico a cargo de Camila Ahrendt y Mark Minneboo, ambos de Plastic Oceans Chile, a niños de la localidad de Puertecillo, comuna de Navidad, Región de O’higgins en Febrero de 2020. © Camila Ahrendt, Plastic Oceans Chile.

Referencias

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Caride, José Antonio; Meira, Pablo Ángel, Educación Ambiental y Desarrollo Humano. Barcelona, Ariel, 2001.

Cornell University (2018). Curso de ecología civica: La acción ambiental colectiva.

Cornell University ( 2017). Curso de ecología civica: La educación ambiental urbana , La ciudad como espacio de aprendizaje.

GONZÁLEZ GAUDIANO, E. J. (coord.) (2008), Educación, medio ambiente y sustentabilidad. México, Siglo XXI Editores.

Asociación Norteamericana de Educación Ambiental (NAAEE, 2004). Programas de Educación Ambiental No Formal: Pautas para la Excelencia. Recuperado de www. naaee.org.

Sauvé, L. (2004) Perspectivas curriculares para la formación de formadores en educación ambiental, Carpeta Informativa Ceneam, November, pp. 162-170.

Zabala, Ildebrando y García, Margarita. (2008). Historia de la educación ambiental desde su discusión y análisis en los congresos internacionales. Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Revista de investigación. 63, 200-225.

Zamorano Daniel ( 2011) educación ambiental en chile , falencias y desafíos .

Sobre el Autor

Joseph Julca Mendoza es biólogo marino de la Pontificia Universidad Católica de Chile, es profesor en el Centro de Estudios y Desarrollo de Talentos Académicos Penta UC. Lidera además el capítulo en Chile de la organización internacional de jóvenes líderes más grande del mundo por el océano conocida como SOA (Sustainable Ocean Alliance), ha sido también activista y embajador por el Acuerdo de Escazú y actualmente integra organizaciones, tales como las fundaciones Cidemar y Portas y la ONG Qarapara. Y si bien su motivación es la ciencia, tiene un gran compromiso y sentido de responsabilidad con el compartir y acercar el conocimiento científico al resto de las personas, con el fin de lograr una colaboración mutua y así contribuir a una sociedad más consciente y despierta medioambientalmente.

Imagen de portada: Basura recolectada y separada para reciclaje gracias a la colaboración de instituciones, organizaciones y personas voluntarias tras convocatoria de Fundación Cidemar y la Alianza Playera de Chile (APCL) en el marco de la celebración del Día Internacional de la Limpieza de Playas, Playa del Deporte, Viña del Mar,  Septiembre de 2019 © Bruno Larraín, voluntario Fundación Cidemar.

La Soledad de (Paul) Watson

“Watson,” el documental, sugiere al compañero de un Holmes ausente. Pero el personaje no es John sino Paul, Paul Watson. Lejos está este hombre de la templanza, la rigurosidad objetiva y el carácter mayormente afable con el que se bosqueja al amigo de Sherlock. Paul Watson es un guerrero que tomó a la comunicación por las astas, […]

“Watson,” el documental, sugiere al compañero de un Holmes ausente. Pero el personaje no es John sino Paul, Paul Watson. Lejos está este hombre de la templanza, la rigurosidad objetiva y el carácter mayormente afable con el que se bosqueja al amigo de Sherlock. Paul Watson es un guerrero que tomó a la comunicación por las astas, le torció la cabeza al toro y le puso ante la vista crueldad que ha imperado en el mar desde que el ser humano se subió a un barco.

El documental se estructura en torno a una entrevista que se detiene de vez en cuando para intercalar imágenes de vida marina, entre las mejores que he visto, e imágenes de archivo que muestran a Paul en los tiempos de Greenpeace, o capitaneando, en plena batalla, un barco de su organización, la Sea Shepherd Conservation Society, la Sociedad de Conservación de los Pastores del Mar.

La entrevista es el corazón del documental. Y sin embargo, lo insuperable son las imágenes históricas de lo que se llamó “acción directa:” tácticas para disuadir a los buques balleneros, o a las embarcaciones que “aletean” tiburones, a suspender sus crueldades incomprensibles a la razón. Las imágenes de archivo muestran a un Watson liderando un grupo comando que, en un bote inflable, se interpone a la trayectoria de un arpón. El cañón se dispara igual, e impacta en una ballena, pasando sobre las cabezas de los activistas. En otro ejemplo, Watson golpea y daña el casco de un buque pirata con la proa de su embarcación de guerra ambiental.

Entre las imágenes que más importan se encuentran las de la caza de focas por los canadienses. Los cazadores, seres humanos entre signo de pregunta, clavan un gancho en el cuerpo de una foca de pocos días para impedirle que escape al agua. Una vez asegurada, le quebrarán el cráneo de un palazo. Buena gente los foqueros y los balleneros… tan buenos como los que enganchan tiburones en anzuelos encarnados, los cargan a bordo, les cortan las aletas y los tiran, mutilados, por la borda. Los animales caen al fondo del mar como una hoja que dibuja curvas en el aire.

La película confronta nociones de bien y mal, de lo aceptable e inaceptable. A Watson la frustración se le cuela, incluso el odio por aquellos que, bajo un argumento de necesidad cuestionable, reclaman derechos como si fueran mártires de los ambientalistas.

A Watson se lo persiguió, acusó, arrestó, encarceló y expuso a toda la parafernalia de instrumentos legales que el mundo occidental es capaz de concebir para defender al ballenero, al foquero, etc. A Watson se lo llamó criminal, a los que él resistió, perjudicados.

La película confronta nociones de bien y mal, de lo aceptable e inaceptable. Watson recuerda su vida con la tranquilidad de un mercenario. Mantiene en la entrevista una expresión de ojos que sonríen. Ya se la encuentran en el Watson joven. Y sin embargo, la frustración se le cuela, incluso el odio por aquellos que, bajo un argumento de necesidad cuestionable, reclaman derechos como si fueran mártires de los ambientalistas.

Watson el documental cuenta una historia precisa en un tiempo demasiado extenso. Las imágenes extraordinarias de la vida marina no son necesarias para que el espectador comprenda lo que se encuentra en juego. El contraste estético es excesivo, nos quitan de los tiempos en los que Watson construía su propias imágenes para vivir resistiendo una gran injusticia universal. Watson se defiende afirmando que sus acciones directas nunca dañaron físicamente a nadie, mientras que aquellos a los que él persiguió mataron cientos, miles de animales por conveniencia. Ese es el conflicto de base.

La industria ballenera llevó al borde de la extinción a las especies más espectaculares. En algún momento fueron los Estados Unidos, y los rusos y japoneses, noruegos y españoles. Islandia reclama por su cultura ballenera. El aleteo de tiburones masacra cientos de miles de tiburones para que en Hong Kong, o tal vez en Wuhan, de donde recibimos el virus que nos cambió la vida, un hombre rico consuma sopa de aleta.

Es importante Watson, el hombre sin par, el hombre solo. En el mundo ambientalista no hubo otro que demostró mejor su desconfianza por las instituciones para subsanar el enorme mal que le hacemos a la naturaleza. Su forma de la violencia colisionó en un universo de otras violencias, permitidas por el poder, incluso subvencionadas con los impuestos de la gente de a pié. El cambio climático no tiene un Watson. Tiene ciencia, pero no parece que estemos yendo a ninguna parte.

En síntesis, Watson el documental rescata imágenes que hoy, aunque aún ocurren, nadie quiere mostrar. Watson fracasó, porque se siguen matando ballenas y aleteando más tiburones que nunca. Pero no se le puede negar un intento de cambiar la estética del mar, tan cercana a lo que debe ser, al valor ético. Watson fue un fracasado exitoso. Quien lo condena en el fondo lo rescata. En muchos de nosotros germina la semilla de un Watson.

Quisiera no justificarlo, porque sería políticamente más correcto. Pero pienso que un mundo sin personajes como él no logra cambios de fondo. La diplomacia, la negociación, nos dan el planeta que tenemos: incendiado, sin glaciares, con especies en extinción, y todo sin pena ni gloria. ¿Habría sido lo mismo una legión de Watsons? Pero no la hay, y ya no queda espacio para su perfil.

“Watson” de Lesley Chilcott fue estrenada en Latinoamérica en el 5to Festival Internacional de cine ambiental de la Patagonia, PATAGONIA ECO FILM FEST.


Sobre el Autor 

Claudio Campagna es biólogo y trabaja para la  Wildlife Conservation Society, es presidente del Foro para la Conservación del Mar Patagónico y fue jurado de la sección de largometrajes internacionales en competencia del PEFF 2020.

A pocos días de haberse cumplido uno de los años más movidos de la última década en Chile, un gran tema que se ha repetido es el estado de la naturaleza y nuestra relación con ella. Tanto durante el estallido social, como en los meses que llevamos de pandemia, temas como la privatización del agua, […]

A pocos días de haberse cumplido uno de los años más movidos de la última década en Chile, un gran tema que se ha repetido es el estado de la naturaleza y nuestra relación con ella. Tanto durante el estallido social, como en los meses que llevamos de pandemia, temas como la privatización del agua, la desigualdad social, su relación con el acceso a la naturaleza, y la relación mundial abusiva que hemos establecido con nuestro planeta, son temas que se repiten una y otra vez. Todo esto, me ha hecho pensar en mi propia relación con la naturaleza, y en los momentos en que he estado más conectada con ella. Sin importar lo que piense, regreso al mismo lugar: a Botsuana, y a los años que pasé en una carpa en medio de la sabana tomando datos e intentando reconstruir las relaciones entre humanos y la naturaleza que los rodeaba.

Tuve la suerte de hacer mi doctorado en el norte de Botsuana, y digo suerte, porque fue algo que literalmente golpeó la puerta de mi oficina mientras hacía mi doctorado en Oxford. Desde muy chica me acuerdo haber tenido una tremenda admiración por los elefantes (supongo que la elefanta Fresia marcó algo en mí con su danzar triste), lo que se tradujo en mis años de universidad a trabajar con elefantes. Me acuerdo cuando le decía a mi mamá cada vez que entraba a un nuevo proyecto: “¡Este proyecto está buenísimo! Vamos a estudiar esta especie, que, claro que no es como trabajar con elefantes africanos, pero seguro va a ser muy interesante”. Muchos años después, los mismos elefantes llegarían a trompetear mi puerta cuando mi supervisor me dijo que tenía algo importante que contarme. Ese día, los elefantes me salvaron de varios proyectos sin destino que trataba de construir en mis primeros años en Inglaterra. Y así fue, como de un día para otro, estaba sentada en el avión que me llevaría al “Okavango Delta”, un lugar en el norte de Botsuana del que -como chilena- nunca había escuchado.

Vista de elefantes en el norte de Botsuana durante censos aéreos © Rocío Pozo

Aterrizaje en Botsuana

Después de varios días de viaje, me bajé de un mini avión que venía de Gaborone saltando entre nubes, y que aterrizó en Maun, un pueblito polvoriento y caluroso, a los pies del Okavango Delta, que ofrecía una mezcla de soledad desolada y cafés con menús estilo inglés a los turistas que llegaban a pasar la noche. Después de cuatro días en Maun, me conseguí un auto, un mapa y toda la comida fresca que pude transportar y partí rumbo al Okavango Delta sin tener idea como llegar, pero siguiendo la indicación de turistas y gente local en Maun de seguir el único camino de “cemento” hacia el norte. Con los kilómetros de cemento no quedó nada, y después de 9 horas de manejo entre tierra y burros suicidas, una hora en ferry a media máquina y 30 minutos de viaje en mokoro (canoas hechas con árboles en las que la gente se transporta entre las islas que forma el delta), llegué al campamento donde trabajaría por los siguientes tres años.

Vista del Okavango Delta desde el aire © Rocío Pozo

“El Okavango”, como la mayoría lo conoce, es un lugar fuera de este planeta, ya que aunque en estricto rigor es parte de desierto del Kalahari, el agua que trae el Río Okavango, da oportunidades infinitas a la flora y fauna local. Una vez en el Okavango, en cosa de minutos puedes estar rodeado de hipopótamos, cocodrilos, elefantes, cebras, pelícanos colorinches y mambas negras (la serpiente más letal del planeta). Además, donde sea que mires el paisaje es simplemente perfecto, y la luz, de una forma u otra, se encarga de entregar composiciones precisas de atardeceres, reflejos en el agua y paletas de colores en el cielo. Pero el Okavango es también un lugar lleno de contradicciones. Aún cuando para algunos es sinónimo de uno los destinos turísticos más atractivos del planeta, para otros, es un enorme desafío saber dónde se ubica en el mapa. Miles de dólares entran cada año con los viajeros de todo el planeta que quieren vivir la experiencia del Okavango Delta, mientras que en la misma zona viven algunas de las comunidades locales más pobres y vulnerables de África.

En el tiempo que tuve la suerte de vivir con los habitantes del Okavango, nunca me encontré con alguien que no le rindiera tributo a la naturaleza.

Baobab al amanecer en isla Kubu del Makgadikgadi, en el este de Botsuana © Jeremy Cusack

Vivir el Okavango

Como su nombre lo dice, el Okavango Delta es justamente eso, un delta. Su cauce se genera en el río Okavango que crece y baja de Angola una vez que empiezan las lluvias, el que choca con una gran placa tectónica en el norte de Botsuana. Esto hace que el agua se expanda en distintas direcciones en el desierto del Kalahari, formando un delta en forma de mano abierta que, por el calor y la lejanía, nunca llega al mar. Así, cada año, miles de millones de litros de agua bajan desde Angola, pasan por una delgada franja en Namibia, y llega al norte de Botsuana, para expandirse formando ríos, pantanos y humedales, que se secarán por evaporación dado los meses con hasta 50°C que ofrece este paraíso terrenal. Este ciclo en que el agua llega del norte, se expande al sur a través del delta, y se vuelve a encoger por evaporación, se repite cada año, y define lo que en Botsuana se conoce como la estación seca y lluviosa. Ambas estaciones, además marcan algunas de las migraciones de mamíferos y aves más grandes del planeta, dado la disponibilidad de agua y alimento. Así que la próxima vez que escuches hablar del Okavango acuérdate de todas las fotos y documentales en África que te puedas imaginar… manadas de elefantes bañándose en lagunas azules, cientos de aves de colores cruzando la sabana como nubes, leones retozando después de haber almorzado búfalo, y chitas caminando en cámara lenta ¡todo, todo eso es el Okavango!

©Jeremy Cusack 

Especies de atrapamoscas comiendo y posado en rama de un árbol. ©Jeremy Cusack 

Pero el Okavango no son sólo animales icónicos y ecosistemas de series de televisión, es también su linda gente y la relación que tienen con la naturaleza que los rodea. En particular, el norte de Botsuana se caracteriza por ser el hogar de cinco etnias, cada una con un idioma y cultura única. Entre ellos, se encuentran los Hambukushu, Dceriku, Wayeyi, Bugakhwe y Ilanikhwe, que tradicionalmente eran cazadores nómades y colectores de plantas para medicinas y alimentos, pero que de a poco se han ido transformado en agricultores, ganaderos y pescadores. Estos habitantes del norte de Botsuana han vivido en las cercanías del Okavango por cientos de años. Sin embargo, una serie de factores ambientales y políticos han puesto en peligro el delicado equilibro en el que viven los habitantes del Okavango con su entorno. Si recordamos bien, el ciclo del agua del Okavango atrae cada año a cientos de especies a pasar temporadas de abundancia de alimento al Delta. Pero en las últimas décadas, muchas de estas especies se han quedado permanentemente en el Okavango, es decir, ya no migran de vuelta a sus hábitats de origen. Este ha sido particularmente el caso de las poblaciones de elefantes en Botsuana, hoy, el país con el mayor número de individuos de esta especie en el planeta.

Manada de elefantes de espalda en el Okavando Delta © Rocío Pozo

Un nuevo encuentro con los elefantes

Por años, grupos de investigadores notaban cómo las poblaciones de elefantes crecían en el Okavango, y con el tiempo se dieron cuenta que esto no era porque se reproducían más de lo normal, sino porque una vez que llegaban al Delta no volvían al lugar del que habían migrado. Este fenómeno lo atribuyeron a que por un lado contaban con agua y alimento durante todo el año. Pero más importante aún, era que Botsuana era el único país en el corazón de África que luchaba tajantemente contra el comercio ilegal del marfil, lo que convirtió al Okavango Delta en una especie de oasis y refugio para los elefantes del continente. Por otro lado, el gobierno de Botsuana hace más o menos treinta años declaró el norte del país como zonas que debían ser habitadas para evitar la inmigración ilegal de países vecinos. Para apoyar esta medida, el gobierno declaró el norte como potencia alimentaria, y comenzó un programa para entregar tierras gratuitamente a los habitantes de Botsuana que estuvieran dispuestos a trabajar la tierra y convertirla en una zona de agricultura y ganadería. Pero de lo que el gobierno se olvidó, fue que muchos de los pueblos originarios que habitaban el norte del país habían sido en su mayoría cazadores nómades, por lo que esta nueva medida que les prohibía cazar y los impulsaba a ser agricultores, más tarde se convertiría en un factor clave en el conflicto entre comunidades locales y la conservación de elefantes en el país.

Oryx descansando en Makgadikgadi, en el este de Botsuana ©Jeremy Cusack 

Bajo ese contexto me bajé del avión en Maun, con la esperanza de poder entregar soluciones al conflicto entre agricultores y elefantes. En el papel sabía que el conflicto se centraba en que las comunidades locales perdían sus cultivos dado que los elefantes se alimentaban de ellos, y que en respuesta, había mucha gente que mataba ilegalmente a esta especie para poder alimentar a sus familias. [VW9] Pero con el tiempo me di cuenta que el conflicto era mucho más que eso. Además del incremento en las poblaciones de elefantes, los habitantes del Okavango habían experimentado un gran cambio bio-cultural pasando de cazadores nómades a agricultores.

 Una de las lecciones más grandes de vivir en Botsuana fue sentirme parte de un todo que funcionaba a la perfección, basado en el respeto que todos teníamos con los elementos que lo conformaban.

Muchas veces vi cómo con tierras en medio del desierto y algunas semillas en la mano, no tenían ni la menor idea por dónde empezar a alimentar a sus familias. Y a esto se sumaban las historias de los ancianos –muy respetados por la comunidad- que contaban que en el Okavango no había elefantes veinte años atrás, por lo que vivir (y muchas veces morir) con ellos era algo que estaban recién aprendiendo. Sin embargo, su apreciación y amor por la naturaleza no cambiaba a pesar de las pérdidas que sufrían a causa de la fauna que los rodeaba. Todo lo contrario, en el tiempo que tuve la suerte de vivir con los habitantes del Okavango, nunca me encontré con alguien que no le rindiera tributo a la naturaleza. A pesar de las duras condiciones en las que vivían, la gente del Okavango eran los primeros defensores de la perfección y riqueza infinita que les brindaba la naturaleza con sus brazos de acacias y atardeceres de postal. Y a través de sus historias, transmitían de generación en generación la importancia de respetar los ritmos y leyes de la madre tierra.

Vista de manada de elefantes en el Okavango Delta desde helicóptero © Rocío Pozo

Creo que esa fue una de las lecciones más grandes de vivir en Botsuana, sentirme parte de un todo que funcionaba a la perfección, basado en el respeto que todos teníamos de los elementos que lo conformaban. De lo contrario, las consecuencias se pagaban caro. El que no respetaba los ritmos del agua moría de sed y hambre, los que no respetaban a las especies silvestres y su espacio eran devorados, y los que no seguían los ritmos de la luna perdían sus alimentos. Todo tenía una razón que encajaba perfectamente en el ritmo natural del día a día, un equilibrio delicado, pero constante si la conexión con la naturaleza se respetaba. Muchos años después, definí mis años en el Okavango como “sentirse presa” lo que para muchos puede sonar aterrador, pero para mí tuvo un sentido profundo, porque vivir la experiencia de lo que significaba ser parte de la naturaleza y sus ciclos, fue un viaje sin retorno.

Vista de dos burros en medio del único camino en el área de estudio ©Jeremy Cusack 

Sobre la Autora

Rocío Pozo es Investigadora y Comunicadora Científica con una gran pasión por la Naturaleza y su conservación. Es Médico Veterinario de la Universidad de Chile, Magíster en Ciencias de la Conservación de Imperial College London (Inglaterra) y Doctora en Zoología de la Universidad de Oxford (Inglaterra). Actualmente trabaja como Investigadora en la PUCV, y su amor por la ciencia lo comparte con su pasión por la ilustración y la cocina vegetariana.

 Cruzando uno de los brazos del río Okavango al campamento  ©Jeremy Cusack

Imagen de portada: Elefantes de espalda comiendo en islas del Okavando Delta © Rocío Pozo

En prácticamente 1 año, Chile tiene una tercera oportunidad para poder contribuir activamente en la protección del medio ambiente a través de actos políticos que lo involucran como Estado a nivel global, regional y local, y que desde lo antropocéntrico podría considerar una visión que nos acerque a un mayor equilibrio entre el ser humano […]

En prácticamente 1 año, Chile tiene una tercera oportunidad para poder contribuir activamente en la protección del medio ambiente a través de actos políticos que lo involucran como Estado a nivel global, regional y local, y que desde lo antropocéntrico podría considerar una visión que nos acerque a un mayor equilibrio entre el ser humano y el medio ambiente. ¿Será capaz de lograr el objetivo?.

Tras el Estallido Social de octubre del año 2019, la celebración de la Cop25 se vio afectada, por lo que la Presidencia de Chile, representada por el Ministerio del Medio Ambiente, se debió trasladar a la ciudad de Madrid para celebrar la Conferencia de la ONU Sobre Cambio Climático; independiente de los problemas políticos y sociales del país, los resultados de dicho encuentro internacional fueron un fracaso, manteniendo la tendencia negativa de la Cop21 celebrada en la ciudad de París el año 2015. A la fecha, aún no se puede llegar a un consenso global que limite la temperatura del Planeta a un máximo que no supere los 1.5 grados para este siglo XXI, como resultado de las acciones humanas que a través de las actividades industriales y contaminantes, principalmente, y que por medio de este compromiso podrían los países acordar reducir las emisiones de carbono para hacer frente a la ya declarada emergencia climática. El próximo mes diciembre será la oportunidad de Escocia. Esperemos la Pandemia no sea esta vez obstáculo y excusa para llegar a un resultado favorable.

Chile es uno de los países más afectados ambientalmente a nivel mundial, derivado de una severa crisis ecológica producida por el desequilibrio entre crecimiento y desarrollo económico y la tardía y caprichosa comprensión sobre el desarrollo sostenible, como resultado de una Constitución Política que da más valor a las actividades económicas por sobre el derecho a la vida de las personas y el medio ambiente que vincula al ser humano con su entorno, como ocurre, por ejemplo, con la agro industria y la mega sequía que aridifica nuestros suelos, y que también impide a miles de personas acceder a agua potable, así como también las zonas de sacrificio en que se privilegia a la industria minera por sobre la vida de escolares intoxicados por los incuantificables contaminantes que afectan la bahía de Quintero.

Chile es uno de los países más afectados ambientalmente a nivel mundial, derivado de una severa crisis ecológica producida por el desequilibrio entre crecimiento y desarrollo económico y la tardía y caprichosa comprensión sobre el desarrollo sostenible.

Sobre esto último, pareciera que la segunda oportunidad que Chile ha tenido de actuar como un Estado responsable y consciente de la afectación a la naturaleza en razón de sus actividades económicas extractivistas de recursos naturales (minería, forestal, pesca y acuicultura, agricultura, principalmente), quedó de manifiesto con la negativa del actual gobierno de ratificar el Acuerdo de Escazú el pasado mes de septiembre, bajo la excusa de ya contar con la institucionalidad ambiental suficiente y necesaria para cubrir las problemáticas ambientales de nuestro país, sin embargo, no ratificar este Acuerdo significa que no hemos comprendido que los ecosistemas y la naturaleza en sí no responden a fronteras políticas y límites geográficos impuestos por los Estados y que los deberes de cuidado y protección del medio ambiente son una responsabilidad compartida y solidaria. Negarnos a dicha ratificación es una peligrosa decisión que deja vulnerables a los defensores ambientales, que impide ejercer la democracia a través de la participación ciudadana, y una Justicia Ambiental para la región que comprometa conjuntamente a los Estados que compartimos territorios. La no ratificación, nos excluyó.

El Acuerdo por la Paz y la Nueva Constitución del 15 de noviembre del 2019, de la cual deriva la Ley 21.200, relativa a la reforma de la Constitución y el procedimiento para elaborar una nueva Carta Magna, ha dado paso al proceso constituyente más significativo desde la vuelta a la democracia y la posibilidad de poner sobre la mesa, en conjunto con otras múltiples prerrogativas, sobre cómo queremos definir el medio ambiente como garantía constitucional; en lo que respecta a temas ambientales, no es sequía es saqueo, agua potable como derecho humano esencial, protección a los animales, TTP11, plásticos y contaminación, y pueblos originarios, son precisamente de los principales temas que se deberán discutir de ganar el Apruebo. En caso contrario, la voluntad del Congreso seguirá siendo la que predomina, con los resultados que la ciudadanía ya conoce.

Actualmente en el Congreso se tramitan los proyectos de Ley Marco sobre Cambio Climático, Protección a los Glaciares, Ley Antártica, o la Reforma del Código de Aguas, sin embargo, de continuar vigente la Constitución de 1980, el resultado de dichas leyes seguirá sin ser suficientes para la gravedad de la mega sequía y los efectos negativos del cambio climático, ya que el concepto de medio ambiente en Chile sólo expresa una visión llamada café y no verde sobre el tema, al expresar el derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación (19 nº 8), disposición a medio camino entre el derecho a la vida (19 nº 1) y el orden público económico (19 nº 21 a 24º), que en la práctica ha demostrado dar mayor jerarquía al Estado Subsidiario, al derecho de propiedad y a las concesiones, que tan claramente otorgan derechos a los particulares sobre nuestros recursos naturales, y expresamente propiedad sobre las minas y el derecho de aprovechamiento de aguas, por lo que cualquier Ley, aún cuando sea pro cuidado y protección de nuestros recursos naturales, va a tener que responder al mandato constitucional ya expuesto, impidiendo cualquier tipo de avance sobre la materia que permita un mayor equilibrio entre la relación del ser humano y su entorno (como ocurrió con la Ley Cholito y el estatuto de bienes muebles que se le da a los animales), ya que en palabras simples, nuestra actual Constitución prioriza la propiedad y las actividades económicas extractivistas por sobre el medio ambiente y la vida.

Crédito: Gentileza de Francisca Hidalgo, de @estudiofagus

Hemos visto algunos avances en sustentabilidad al proponerse más tecnología y algunos incentivos para seguir calificando como país OCDE, pero en ninguno de los casos busca el restablecimiento de la riqueza de la biodiversidad en las montañas, valles y el océano, o el equilibrio armónico entre las ciudades y los hábitos de consumo y desarrollo, siendo absolutamente todos los espacios depredados a diario por la industria minera, energética, forestal, pesca y acuicultura y agrícola y ganadera, que sin lugar a dudas responden al exclusivo beneficio de una cultura occidental y consumista que demanda ilimitadamente celulares, ropa o comida chatarra, que provienen de los suelos, ríos o animales que sirven de materia prima para elaborar productos que conjugan en perfecta relación con el sistema económico y cultural que resulta insostenible si queremos pensar en un futuro sin las consecuencias del cambio climático, la degradación y extinción de la biodiversidad, e incluso la nuestra.

Algunos temen que el actual proceso constituyente sea una hoja en blanco, sin embargo, las reglas del juego ya están establecidas; una Nueva Constitución deberá respetar el carácter de República del Estado de Chile, su régimen democrático, las sentencias judiciales firmes y ejecutoriadas y los tratados internacionales ratificados por Chile y que se encuentren vigentes (inciso final artículo 135, Ley 21.200). En palabras simples, aferrarse a los ideales del siglo XX es hundir a la humanidad y todo lo que ella consume como cual Titanic, por lo que la invitación es a comprender que de lo ya construido, sea bueno o malo, es el momento  para establecer y ampliar nuevos principios, derechos e instituciones que respondan a las necesidades y desafíos de estos tiempos.

Las reglas del juego actual son claras. Si se elige la Convención Mixta, un 50% de sus integrantes convencionales serán miembros actuales del Congreso, y el otro 50% serán representantes ciudadanos elegidos entre sus pares. De ganar la opción de la Convención Constitucional, el 100% será elegido entre y por la ciudadanía, lo que nos da la oportunidad de ser una nación sensata que comprende que las normas jurídicas no sólo son necesarias para regularnos entre humanos, sino también con lo no humano, como son nuestros bosques o animales (también llamados recursos naturales), así como también que las ciencias, la tecnología y las energías renovables no convencionales abren las puertas a los pendientes que como Estado y sociedad tenemos en materia de sustentabilidad, y que hoy no son más que la respuesta ante esta cuarta revolución industrial y era digital, que de ser bien administradas, nos deberían servir de herramienta para adquirir más conocimientos que nos posibiliten reflexionar sobre nuestras interacciones y relaciones con el entorno, estableciendo no sólo derechos individuales sino también derechos colectivos y solidarios. No todo es por y para nosotros.

En palabras simples, nuestra actual Constitución prioriza la propiedad y las actividades económicas extractivistas por sobre el medio ambiente y la vida.

La esperanza es que la política y el Estado de Derecho se inspiren e incluyan, también, la participación ciudadana y el rol democrático que corresponde a la sociedad civil, la visión de los pueblos originarios y su cosmovisión coherente en la relación humano y naturaleza, así como también los principios de la permacultura y la eco resiliencia,  para que elijamos sabiamente a los mejores representantes en la Convención, que como órgano político Constituyente tendrá la labor de ser la voz de lo que queremos ser como Nación a través de una Nueva Constitución que fijará las nuevas reglas sobre cómo nos relacionaremos como humanidad y de todo cuanto nos servimos del medio ambiente.

Actualmente, la Constitución en su artículo primero inciso cuarto expresa que el Estado está al servicio de la persona humana. La propuesta es que el Estado esté al servicio del bienestar y buen trato de la humanidad para con el medio ambiente, siendo su finalidad proteger la armonía y equilibrio con los ecosistemas que dan sustento a la vida.

Seamos menos cóndor y más huemul, es decir, menos carroña y más gracia, como decía Gabriela Mistral.

La tercera, ¿será la vencida? El futuro no espera.

Ilustración enviada para convocatoria «Carteles para una Constitución Ecológica» de Revista Endémico. Crédito: Gentileza de @ilustraverde

Sobre la Autora

Carolina Parraguez Presidenta Fundación Aurora Cívica Ambiental. Abogada, Magíster Derecho Ambiental Universidad del Desarrollo, Docente Universidad Pedro de Valdivia.

Como sociedad planetaria, la pandemia nos ha afectado de diversas maneras. Si bien algunos la han padecido directamente en el cuerpo, todos hemos sido alcanzados de alguna manera por sus efectos, recordándonos que somos parte de un mismo tejido social. Esta nueva y compleja realidad no solo nos ha obligado a buscar y generar respuestas […]

Como sociedad planetaria, la pandemia nos ha afectado de diversas maneras. Si bien algunos la han padecido directamente en el cuerpo, todos hemos sido alcanzados de alguna manera por sus efectos, recordándonos que somos parte de un mismo tejido social. Esta nueva y compleja realidad no solo nos ha obligado a buscar y generar respuestas para enfrentar este panorama, también ha traído consigo una invitación – quizás menos evidente pero sí mucho más profunda -, la de observarnos y reflexionar en torno a los factores que nos han llevado a esta situación extrema. Y es que finalmente, la pandemia ha sido la manifestación de una inminente crisis global donde la lógica imperante bajo la cual hemos vivido se ha vuelto insostenible.

En ese contexto, creemos urgente reivindicar hoy un concepto que se ha vuelto cada vez más frecuente en el vocabulario el último tiempo. Se trata del concepto de Cosmovisión. Y una definición que queremos destacar de esta complejo constructo, es la siguiente:

(Se trata de) Un hecho histórico de producción de pensamiento social inmerso en decursos de larga duración; hecho complejo integrado como un conjunto estructurado y relativamente congruente por los diversos sistemas ideológicos con los que una entidad social, en un tiempo histórico dado, pretende aprehender el universo. (López Austin, 1996, p. 472).

Nuestra cosmovisión actual ha desarrollado una perspectiva fragmentada del mundo, donde las interconexiones pasan desapercibidas. Una ecología profunda nos recuerda que somos parte integrada de la vida. Fotografía de Laguna La Señoraza, Laja, región del Biobío. Crédito: Victoria Lermanda.

Podríamos decir que la cosmovisión consiste en la producción de actos mentales que condicionan la percepción de la realidad; que opera en una compleja red colectiva donde se articulan distintos sistemas en un tiempo y espacio determinado, y que si bien contiene un núcleo que permanece como la esencia misma de un macrosistema, es también susceptible a modificarse en su incesante producción. Así, podríamos dilucidar lo relevante que es comprender hoy este concepto: se trata de abrirse a comprender las distintas visiones de mundo y cómo impactan y repercuten en nuestras vidas en el contexto de la globalización.

Pero no buscamos referirnos al concepto de cosmovisión desde una noción lejana y exclusivamente teórica. Es más: “cosmovisión y cosmovivencia se complementan” (Lenkersdorf, 2016). Ninguna persona tiene una cosmovisión exactamente igual a la de otra, en cuanto cada vivencia es única, situada e irrepetible. Sin embargo, la dimensión individual que encarna al sujeto se retroalimenta con la dimensión social. Se trata de  un juego de dualidades bidireccional, donde la existencia de la cosmovisión otorga un marco para el entendimiento y la comunicación entre los miembros de una misma comunidad, a la vez que sus individuos reconfiguran dicho marco en la medida que socializan su propia individualidad. En ese sentido, la cosmovisión no uniforma el pensamiento y ello le confiere su carácter dinámico.

Como civilización industrial, hoy nos encontramos con que los principales sistemas que estructuran nuestra cosmovisión han propiciado la pérdida del sentido ecológico, no sólo en cuanto a la relación interdependiente de los seres humanos con su entorno, animales y plantas; sino también en cuanto a las relaciones sociales con las demás personas (Mies & Shiva, 1994). A ello se refiere Leff (2018) cuando menciona que la causa de la actual degradación ambiental es de carácter metafísico; de la pérdida del sentido de la existencia humana y las distintas formas de comprender el mundo y actuar sobre él.

La prevalencia de una visión antropocéntrica (y androcéntrica) nos ha llevado a repensar cómo nuestras necesidades se construyeron sobre los valores de una cultura patriarcal-capitalista, fundamentadas en una idea de desarrollo que profundiza la violencia hacia la tierra y las distintas formas de vida, incluyendo, en algunos casos, a la vida propia.

Así, podemos volver al origen de la actual pandemia, la cual tiene lugar en un mercado de venta y consumo de animales silvestres. Lo que podemos apreciar allí es una relación física estrecha entre animales y personas (o más bien, entre animales humanos y no-humanos), que da cuenta también de las dinámicas de dominación hacia otras existencias.

Como civilización industrial, hoy nos encontramos con que los principales sistemas que estructuran nuestra cosmovisión han propiciado la pérdida del sentido ecológico, no sólo en cuanto a la relación interdependiente de los seres humanos con su entorno, animales y plantas, sino también en cuanto a las relaciones sociales con las demás personas.

La próxima zoonosis con potencial pandémico podría nuevamente venir desde animales salvajes, en la medida en que continuamos nuestra inarmónica relación con la Tierra y sus demás seres. Crédito: Dan Bennet, Wikimedia Commons.

Desde un posicionamiento etnocéntrico, podríamos pensar que la pandemia ocurrió como consecuencia de los gustos exóticos de personas de otras culturas que prefieren consumir animales silvestres o salvajes, portadores de especies virales desconocidas para el humano y por tanto potencialmente peligrosas. Sin embargo, existen varios ejemplos de epidemias que se han originado a partir de nuestro contacto con especies que hemos clasificado como “de consumo”. De hecho, no hay que ir muy atrás en el tiempo para constatar un ejemplo: la pandemia ocasionada por el virus de la influenza A(H1N1) en el año 2009, que se remonta a una infección de los cerdos por virus tanto de la gripe aviar como de la gripe humana, además de gripe porcina. Y he aquí una de las tantas particularidades de estos agentes: algunos tienen la capacidad de “reordenarse” e intercambiar segmentos de genes en el mismo huésped, pudiendo originar nuevos virus. En este caso, su material genético constituye una mezcla de virus de gripe porcina, humana y aviar, siendo entonces la variedad A(H1N1) un verdadero mosaico de genes de distintas especies. Si bien la influenza no llegó a causar la devastación que ha alcanzado el COVID-19, mató una cantidad no despreciable de personas durante su primer año.

Por otra parte, las granjas modernas en las que se crían animales para consumo son particularmente vulnerables a la devastación por agentes infecciosos, ya que pueden albergar decenas de miles de pollos o de cerdos, lo que crea una oportunidad perfecta para que virus como la gripe muten y se propaguen (Willyard, 2019). Se prevé que, de no cambiar este sistema, la próxima pandemia vendrá justamente de allí, habiéndose ya identificado nuevos virus con potencial pandémico en cerdos tanto en China (Sun et al., 2020) como en Europa (Henritzi et al., 2020).

Pero esto no es el único blanco de preocupación cuando hablamos de zoonosis por contacto con animales “de consumo”. La Organización Mundial de la Salud ya ha advertido del riesgo creciente que representan las bacterias resistentes a antibióticos, considerando este fenómeno como una de las mayores amenazas para la salud mundial hoy. Así, existe una lista creciente de infecciones que se están volviendo imposibles de tratar, en la medida en que los antibióticos pierden eficacia. Una de las razones de que esto ocurra es precisamente su uso en la industria de producción animal, con el fin de tratar enfermedades pero también para promover su crecimiento, mejorar la eficiencia de la conversión de alimentos y prevenir enfermedades (Manyi-Loh et al., 2018).

La industria ganadera es hoy en día un nicho potencialmente dañino a la salud humana y de los ecosistemas, además de símbolo de la relación insana entre humanos y no humanos, que no dignifica la vida. Crédito: Chilepork. 

No obstante, así como se asume ocurrió con el actual coronavirus, la próxima zoonosis con potencial pandémico podría nuevamente venir desde animales salvajes en la medida en que continuamos nuestra inarmónica relación con la Tierra y sus demás seres, como reflexiona una editorial reciente de la revista médica The Lancet: “El comercio internacional de animales exóticos y el aumento de la invasión humana en los hábitats de la vida silvestre, junto con los viajes internacionales y la urbanización, han perturbado la interfaz hombre-animal-medio ambiente. Los patógenos siempre se han propagado de animales a humanos, pero el crecimiento exponencial de    la población humana y la explotación del medio ambiente hacen que los efectos indirectos sean más probables y consecuentes (…). Esta pandemia es una advertencia contra la explotación sin pausa del mundo natural, y de que las zoonosis no sólo afectan la salud sino a todo el tejido social. Covid-19 no será la última, quizás tampoco la peor, pandemia zoonótica”.

Así, queda de manifiesto que el uso y explotación de otras formas de vida – cuando son concebidas como separadas de nosotros – más que beneficios parece traer amenazas, tanto para la salud humana como para el medio ambiente en su consecuente degradación. Científicos de todo el mundo los últimos años han hecho un llamado urgente a cambiar el sistema alimentario debido al enorme impacto ambiental que conlleva, pasando a dietas que incluyan principalmente alimentos de origen vegetal y limiten u omitan los de origen animal. Así lo indica, por ejemplo, el reporte EAT-Lancet. Pero existen otras razones para generar cambio que trascienden a nuestro propio bienestar: el derecho a una vida tranquila y natural de los animales que estamos usando y “produciendo” desde esta lógica escindida e industrial, y que pasa por alto la relación equilibrada entre animales humanos, no humanos y ecosistemas.

Una Dieta planetaria consiste en ir reemplazando alimentos de origen animal por más alimentos de origen vegetal para beneficiar nuestra salud y la del medio ambiente. Crédito: EAT Forum. 

Con toda la evidencia que ya tenemos a disposición para poder realizar acciones a nivel tanto individual como colectivo ¿por qué seguimos viendo la necesidad en este uso de otros? ¿es esta una necesidad real o nos ha sido heredada por una cultura/cosmovisión que normaliza la explotación de todo aquel que le pueda proveer de algún beneficio? ¿Y a qué costo?

La prevalencia de una visión antropocéntrica (y androcéntrica) nos ha llevado a repensar cómo nuestras necesidades se construyeron en valores de una cultura patriarcal-capitalista, fundamentadas en una idea de desarrollo que profundiza la violencia hacia la tierra y las distintas formas de vida, incluyendo también, en algunos casos, la violencia contra la vida propia.

Tal vez, en la concepción ecológica del universo que propone la ecología profunda y el ecofeminismo podemos encontrar algunas respuestas. La realidad se constituye como un fenómeno altamente complejo, donde cada componente es parte de un entramado exquisitamente tejido e integrado. Si somos capaces de identificarnos como una parte de ese todo, recuperando el valor intrínseco que posee la existencia, podremos posicionar el derecho de ser y recobrar el carácter sagrado de la vida. Solo así podremos conseguir una transformación de nuestra cosmovisión y el macrosistema. Las palabras de Maria Mies destacan esa idea (en Shiva & Mies, 2014): “Únicamente si se vuelve a reconocer a la Naturaleza como un ente vivo con el que debemos cooperar de un modo amable en vez de considerarla una fuente de materia prima a explotar para la producción de consumo, podremos albergar esperanzas de que acabe la guerra contra la Naturaleza y contra nosotros mismos”. (p. 265).

Hacernos conscientes de nuestra cosmovisión implica reconocer que no existe una única verdad o forma de mirar el mundo, y así abrirnos a reconocer otras miradas. Crédito: Grabado de Flammarion (1888).

Bibliografía

Henritzi, D., Petric, P. P., Lewis, N. S., Graaf, A., Pessia, A., Starick, E., … & Schröder, C. (2020). Surveillance of European Domestic Pig Populations Identifies an Emerging Reservoir of Potentially Zoonotic Swine Influenza A Viruses. Cell Host & Microbe.

Leff, E. (2018). El fuego de la vida: Heidegger ante la cuestión ambiental. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.

Lenkersdorf, C. (2016). Cosmovisión Maya. En Campos-Navarro, R. (Comp.) Antropología Médica e Interculturalidad. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México / Mc Graw Hill.

López Austin, A. (1996). La cosmovisión mesoamericana. En Lombardo, S. & Nalda, E. (Coord.). Temas mesoamericanos. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Manyi-Loh, C., Mamphweli, S., Meyer, E., & Okoh, A. (2018). Antibiotic Use in Agriculture and Its Consequential Resistance in Environmental Sources: Potential Public Health Implications. Molecules (Basel, Switzerland), 23(4), 795.

Shiva, V. & Mies, M. (2014). Ecofeminismo. 2nda Edición. Barcelona: Icaria Editorial.

Sun, H., Xiao, Y., Liu, J., Wang, D., Li, F., Wang, C., … & Jiang, Z. (2020). Prevalent Eurasian avian-like H1N1 swine influenza virus with 2009 pandemic viral genes facilitating human infection. Proceedings of the National Academy of Sciences, 117(29), 17204-17210.

The Lancet (2020). Zoonoses: beyond the human-animal-environment interface. Lancet (London, England), 396(10243), 1.

Willyard C. (2019). Flu on the farm. Nature, 573(7774), S62–S63.

Sobre las Autoras

Victoria Lermanda

Nacida y criada en Laja, región del Biobío. Antropóloga con mención en antropología física. Trabaja como colaboradora de investigación del Departamento de Salud Pública UC. Sus temáticas de investigación se orientan hacia los tópicos de salud y corporalidad, aunque sus intereses se extienden a la diversidad biocultural, en general, desde una perspectiva sistémica.

Jenny Ruedlinger

Médico veterinaria y Dra. en Ciencias Biológicas por la Universidad de la Frontera. Actualmente investigadora postdoctoral en el Departamento de Salud Pública UC. Su línea de investigación es en nutrición (consumo de carne) y su rol en enfermedades crónicas, pero sus temáticas de interés abarcan también el impacto del sistema alimentario actual sobre el medio ambiente, la promoción de dietas saludables y sostenibles, y el veganismo como postura ética.