En 2005, el periodista Richard Louv acuñó el término “déficit de naturaleza”, aludiendo a una afección no médica que sugiere que el pasar menos tiempo al aire libre genera cambios de comportamiento en los niños. Louv proponía que, a medida que los jóvenes pasan menos tiempo en entornos naturales, sus sentidos se estrechan, tanto fisiológica […]

En 2005, el periodista Richard Louv acuñó el término “déficit de naturaleza”, aludiendo a una afección no médica que sugiere que el pasar menos tiempo al aire libre genera cambios de comportamiento en los niños. Louv proponía que, a medida que los jóvenes pasan menos tiempo en entornos naturales, sus sentidos se estrechan, tanto fisiológica como psicológicamente.

En la última década una serie de estudios científicos ha comprobado que el acceso a la naturaleza está directamente relacionado con el bienestar de niñas y niños, que incluir más vegetación en los patios de juego de la escuela puede mejorar su comportamiento psicosocial 1. Los beneficios, por supuesto, también lo son para adultos: hoy ya se sabe que incluso ver y contemplar escenas de la naturaleza puede reducir el estrés y regular la frecuencia cardíaca, mejorando nuestra sensación de plenitud2.

Volver a regenerarse en el bosque -especialmente los prístinos- pueden ayudan al ser humano a forjar el temple para vivir mejor. © Pilar Elorriaga.

La pandemia parece haber acelerado esta sensación. Una reciente investigación publicada en la revista académica Forests, sostuvo que el Covid-19 ha acelerado el regreso de las personas a la naturaleza y fomentado una percepción positiva de la capacidad de esta para promover la buena salud. En esa misma línea, Louv ha señalado que la pandemia, “está agregando un mayor sentido de urgencia al movimiento para conectar a los niños, las familias y las comunidades con la naturaleza».

El paisaje forma parte de nosotros y si se destruye, hacemos desaparecer nuestra identidad. Volver a conectar con espacios verdes y la naturaleza puede ayudar a mitigar los efectos de la solastalgia. 

Vuelve al bosque

Desde el sur austral de Chile, Cristián Fernández y Rodrigo Matus iniciaron su propia cruzada para volver a conectar a las personas con este vínculo perdido que nos tiene inmersos en este déficit de naturaleza, conocido también bajo el neologismo de “Solastalgia”.

“En las ciudades modernas, la oportunidad de experimentar la vida en la naturaleza está muy separada de la cotidianidad. Requiere planificación, tiempo y muchas veces recursos extra. Además, se sabe que el acceso a parques, por ejemplo, disminuye en comunas más pobres”, sostiene Cristián Fernández, fundador y director ejecutivo de Fundación Nativos.

El Parque Escuela, Kaikén es una reserva destinada a la conservación y educación de más de 3.500 hectáreas ubicada a 180 km. al norte de la ciudad de Coyhaique. El próximo año inaugurarán un nuevo parque escuela en la zona de Cochamó. © Somos Nativos.

En ese contexto, y tras siete años de trabajo, Nativos hoy cuenta con una casa escuela ubicada en una zona cordillerana rodeada de bosques patagónicos al norte de la ciudad de Coyhaique, donde constantemente generan encuentros para recordar que la naturaleza es también nuestro hogar primigenio y así, descansar y recuperarnos del agotamiento provocado por la ausencia de espacios naturales en nuestras vidas. En palabras de Fernández:  “volver a la naturaleza es recuperar una historia de amor pero también de crudeza con ella, es volver a esa dinámica donde mi existencia depende de un modo de habitar natural”.

Y es que para los fundadores de Nativos, vivir en la ciudad nos ha hecho dependientes y vulnerables al sistema que este impone. “Si nos cierran el supermercado, no sabemos proveernos de nuestro propio alimento; si se nos acaba la calefacción, no sabemos calentarnos; si se nos echa a perder el auto, no tenemos el estado físico para desplazarnos hacia donde necesitemos. Vivir en la ciudad nos hace vulnerables y dependientes”, comenta

Despertar la creatividad a través del bosque y sus caminos, la poesía y conexión con el cuerpo, son algunas de las experiencias presentes en Kaikén. © Somos Nativos.

El refugio, recién inaugurado, tiene capacidad para 30 personas, y se construyó para ser habitado y visitado en comunidad bajo diferentes modalidades de experiencias. Para este 2022, está por ejemplo, un viaje poético, un acercamiento al reino Fungi, un viaje a lo naturalista, y una escénica ruta otoñal por los bosques de Nothofagus de la Patagonia. Cada una de las experiencias contempla actos guiados que permitirán a los participantes conocer, explorar y luego incorporar actos simples que pongan en valor una vida más sencilla, comunitaria y auténtica desde una postura más consciente de ellos mismos, los otros y el universo natural

De esta forma, el propósito de este parque escuela es seguir reforzando esta idea: que son los entornos naturales -especialmente los prístinos- los que ayudan al ser humano a forjar el temple para vivir. Y que sin ese contacto, el carácter disminuye. “Un entorno natural le propone muchas exigencias al ser humano: frío, cansancio, necesidad de autonomía, liderazgo, colaboración. Hay vivencias que solo se dan en la naturaleza; ella nos permite corroborar que somos capaces de subsistir. Eso provoca una regeneración profunda”, comenta Fernández.

El contacto con naturaleza profunda es un fuerte regenerador para sanar las heridas que el déficit por naturaleza está provocando en el ser humano. © Somos Nativos.

Referencias:

1 Putra I Gusti Ngurah Edi, Astell-Burt Thomas, Cliff Dylan P., Vella Stewart A., John Eme Eseme, Feng Xiaoqi. The Relationship Between Green Space and Prosocial Behaviour Among Children and Adolescents: A Systematic Review . Frontiers in Psychology     Volumen 11, 2020.

2 Brown, D. K., Barton, J. L., & Gladwell, V. F. (2013). Viewing nature scenes positively affects recovery of autonomic function following acute-mental stress. Environmental science & technology, 47(11), 5562–5569. https://doi.org/10.1021/es305019p-

Imagen de portada: Hacer tu propio alimento, cortar la leña, caminar por bosques prístinos nos puede ayudar a forjar el carácter perdido por el sedentarismo y la dependencia de la ciudad. © Somos Nativos.

Más información en www.somosnativos.cl

 

 

 

Los ríos son vitales vital del ciclo del agua y fundamentales en la mitigación del cambio climático. Son ecosistemas dinámicos e integradores que suministran agua a los seres humanos, transportan nutrientes hacia los océanos, capturan carbono y nitrógeno, conectan humedales, turberas y suelo y aportan a la alta biodiversidad a zonas de desembocadura. Chile tiene […]

Los ríos son vitales vital del ciclo del agua y fundamentales en la mitigación del cambio climático. Son ecosistemas dinámicos e integradores que suministran agua a los seres humanos, transportan nutrientes hacia los océanos, capturan carbono y nitrógeno, conectan humedales, turberas y suelo y aportan a la alta biodiversidad a zonas de desembocadura.

Chile tiene más de 1200 grandes ríos escasamente protegidos, mientras vive su peor crisis hídrica producto de los efectos visibles del cambio climático y una mala gestión de las aguas, excesivamente permisiva con industrias como la agroalimentaria, forestal, minera e inmobiliaria y que promueve el desarrollo de represas e hidroeléctricas.

La iniciativa de la nueva ley busca proteger no solo ríos prístinos, sino aquellos que guardan un valor escénico, recreativo, geológico, histórico, cultural o ecológico. © Rodrigo Manns

La urgencia por una la Ley de Ríos Salvajes

Actualmente, no existe en Chile una figura legal específica que proteja a los ríos de amenazas, o que ponga en valor y resguarde los atributos excepcionales de la inmensa variedad de torrentes de agua que tenemos a lo largo y ancho de nuestro país, “pese a que cuidarlos es algo de sentido común, porque somos un país seriamente afectado por la mega sequía, altamente vulnerable al cambio climático y con menos del 1% de los 1.251 grandes ríos parcialmente protegidos”, explica Álvaro Montaña, Geógrafo de Fundación Geute Conservación Sur e integrante de la campaña Ley de Ríos Salvajes.

En efecto, solo el 1% de los ríos nacionales se encuentra “protegido” a través de Reservas de Caudales y Santuarios de la Naturaleza, que son las únicas dos figuras de protección con que contamos en la actualidad. “Lamentablemente, ambas son insuficientes, ya que no protegen de manera integral los ríos, no prohíben expresamente ninguna actividad en ellos y tampoco incentivan la restauración”, agregan desde Fundación Geute.

La Campaña Ríos Salvajes surge en un momento en que Chile ha transitado desde una situación de privilegio hídrico a estar en el puesto 18 en la lista global de países con mayor riesgo de sufrir estrés hídrico.

Así, en busca de un marco legal orientado a una protección integral y eficaz, surgió la iniciativa de la Ley de Ríos Salvajes, impulsada por Fundación Geute Conservación Sur, ONG Ecosistemas, Fundación Terram e International Rivers. El proyecto busca la protección o restauración de ríos, y no está enfocado solo en ríos prístinos, sino que en todos aquellos que tengan un alto valor escénico, recreativo, geológico, histórico, cultural o ecológico.

En este sentido, Álvaro Montaña finaliza con la convicción de que “podemos trabajar para que la vida natural regrese a sus riberas y volvamos a tener un ecosistema saludable. Un río que vuelva a correr salvaje y que nos permita satisfacer nuestras necesidades de agua, pero de manera responsable y sustentable. Y se agradece si lo hacemos no sólo desde un marco legal, sino también desde una mirada artística e inclusiva”.

Mural «Protejamos los Ríos Salvajes» en Pucón.  © Víctor Astete

Un mural inclusivo en Pucón

En ese contexto, la Campaña Ríos Salvajes, buscó a su vez involucrar a la ciudadanía sobre la importancia y la necesidad de proteger y restaurar los ríos chilenos profundamente alterados por la actividad humana. De hecho, el país ha transitado desde una situación de privilegio hídrico a estar en el puesto 18 en la lista global de países con mayor riesgo de sufrir estrés hídrico. Actualmente, un tercio de las comunas del país se encuentra con decreto de escasez hídrica y el Estado debe abastecer de agua potable con camiones aljibe a, al menos, 400 mil personas en todo el país.

En esta lógica, el pasado viernes 21 de enero se inauguró en la ciudad de Pucón el Mural “Protejamos los Ríos Salvajes”, actividad organizada por Patagonia Chile en conjunto con las ONGs LabSocial y Movimiento Arte Down. “El mural Protejamos los Ríos Salvajes es un trabajo colaborativo e inclusivo, una forma de inspirar a las comunidades a actuar por la protección y restauración de los ríos de nuestro país”, explica Benjamín Carvallo, Brand & Community Manager de Patagonia Chile.

ArteDown Internacional es un Movimiento Artístico Inclusivo -perteneciente a LabSocial- que genera un espacio para que niños, jóvenes y adultos en situación de discapacidad puedan promover la inclusión a través del arte. «Nos motiva el trabajo colaborativo entre la preservación del ecosistema y la inclusión a través del arte, que puedan fusionarse virtuosamente para mostrar que podemos co-crear un mundo más amable, comprometido e íntegro con las personas y la naturaleza”, sostiene Francisca Mira, de la ONG LabSocial.

Una muestra de los murales presentada por Benjamín Carvallo, en el centro de Pucón. © Víctor Astete

Para tener más información sobre LabSocial y Arte Down aquí

Involúcrate en la Ley de Ríos Salvajes aquí

Imagen de portada: Ríos libres y salvajes © Eduardo Minte Hess

“Sudamérica, Chile, Sur, Patagonia, Aysén, Puerto Cisnes. Más que una ubicación, un punto dentro del globo con la potencia de atrapar experiencias desde el resistir, en tiempos donde la resistencia se encuentra templada y administrada por la vorágine de un sistema violentamente embaucador. Aquella resistencia, se encuentra instalada dentro de un paisaje modelado por el […]

“Sudamérica, Chile, Sur, Patagonia, Aysén, Puerto Cisnes. Más que una ubicación, un punto dentro del globo con la potencia de atrapar experiencias desde el resistir, en tiempos donde la resistencia se encuentra templada y administrada por la vorágine de un sistema violentamente embaucador. Aquella resistencia, se encuentra instalada dentro de un paisaje modelado por el agua y la erosión de milenios. Un paisaje modulado también por el desplazamiento de antiguos navegantes que registraron con su tránsito, un territorio afectado por sedimentos de toda índole y consecuencia”.

(Angie Saiz, artista visual, curadora y parte del equipo Trayectos territoriales, 2021).

«Microsistemas». Aguafuerte en cobre, 40 x 30 cm, de Víctor Cabrera Llancaqueo.

Los territorios y sus paisajes transitan sin cesar, a pesar de que nuestros ojos sean incapaces de capturar esos pausados movimientos en el momento exacto. Centímetros, metros o kilómetros que albergan distintos tipos de vida se mueven y cambian, a veces a su manera, otras por agentes externos. Las infinitas velocidades e intensidades de sus movimientos revelan la subjetividad del tiempo.

Al final, cada vida en la Tierra se mueve. Es la proyección de las células en el mundo material, de fuera de los cuerpos.

Actividad de mediación con elementos naturales de las exploraciones. © Angie Saiz

El recorrido, el camino, el viaje, el trayecto. En esa experiencia móvil es cuando podemos procesar, construir e interpretar el entorno a partir de la mirada y la comunicación. Pero, ¿podemos procesar información de un paisaje en estos tiempos arrasadores que se viven? ¿Cuándo y cómo comenzamos a construir una relación con el paisaje? ¿Son posibles otras formas de habitar y convivir con los ecosistemas?

Conversaciones en torno a estos temas surgieron en “Trayectos territoriales”, una residencia artística para seis agitadores culturales de la región de Aysén realizada en el pasado mes de octubre, organizada por Taller La Chalupa de Puerto Cisnes y que transitó, itinerantemente y durante diez días, por tres instancias: diálogo/juego, trayectos y práctica del grabado. Sus experiencias, reflexiones y obras gráficas, fueron publicadas en el libro “Trayectos Territoriales”.

Cual reunión en torno al calor de una fogata, la prensa de gran tamaño juntó las inquietudes, revelaciones y pensamientos de los residentes, grabando en papel sus memorias y significaciones más atesoradas.

En estos trayectos, la residencia invitó a moverse y reflexionar sobre lugares como la Isla Magdalena en el fiordo Puyuhuapi, desembocadura del río Cisnes y Sendero Dos Lagunas. Paisajes prístinos para el ojo extranjero, pero visiblemente alterados para quienes los cohabitan.

Cuenta María Jesús, psicóloga y gestora cultural, parte del equipo organizador: “la desembocadura del río Cisnes, uno de los lugares más biodiversos de todo el fiordo Puyuhuapi, hoy amenazado por la eventual construcción de una mega piscicultura que abarcará doce hectáreas, fue otro de los sitios visitados en esta experiencia. La travesía, realizada en kayak desde la playa de Puerto Cisnes, facilitó el avistamiento de fauna marina que habita las costas, y a su vez, propició un acercamiento a antiguas formas de convivencia entre seres humanos y ecosistemas, donde la extracción era realizada a escala humana, siendo la pesca de puyes una práctica de ritmo lento y respetuosa de los ciclos naturales”.

Ejercicio del grabado: experimentación compartida

Experimentar lo define Proyecto Diccionario, como “probar y examinar prácticamente la virtud y propiedades de algo”. Para Sebastián, grabador, profesor y director del proyecto, “el experimento no se puede llevar a cabo sino experimentando, en la propia acción que poseen los procesos, en forma de espiral”.

Complementarias, ambas definiciones sucedieron en residencia. El espacio físico de Taller La Chalupa sirvió como punto de encuentro, conversaciones, concentración y aprendizaje. Cual reunión en torno al calor de una fogata, la prensa de gran tamaño juntó las inquietudes, revelaciones y pensamientos de los residentes, grabando en papel sus memorias y significaciones más atesoradas.

Entintado de plancha de cobre (Técnica: Aguafuerte). © Consuelo Andrade

“La experimentación en torno al grabado, facilitó la utilización del lenguaje visual para plasmar en él las experiencias y reflexiones que emergieron a lo largo del desarrollo de la residencia”, explica María Jesús. Junto a un Muro Libre (superficie habilitada para que los participantes jugasen, conceptualizaran y experimentasen, guiados por una mediación) y una Bitácora personal que llevaba cada uno para registrar todo lo que llamase su atención: la inmensidad de los bosques, sensaciones del recorrido en kayak admirando los fiordos, reflexiones internas, preguntas sin respuestas, respuestas sin preguntas, una palabra, unas hojas caídas de distintos tamaños, colores y aromas, el nombre de algún ave que avistaron o un boceto de las pequeñísimas vidas que observaron con lupa sobre la tierra, en medio de una caminata, con los bototos embarrados, descubriendo con respeto el territorio.

Es en el ejercicio creativo -en este caso en el grabado-, donde es posible procesar estas informaciones. “La acción de grabar se convierte en un acompañante de toda la experiencia, un proceso que reúne, decanta y declara lo vivido, que tiene su momento en el taller, a un lado la prensa, al otro los mesones, grabando la naturaleza misma, hojas encontradas en el suelo, algunas carcomidas por la acción de un insecto, líquenes, briofitas, hepáticas y musgos diminutos, registrando las propias impresiones acerca de la resistencia de la naturaleza, y de los oficios, ante el extractivismo feroz al que estamos sometidos los ecosistemas. Y este espacio, construido entre todas y todos, pareciese un refugio o un pequeño oasis ante las adversidades que nos rodean”, declara Sebastián en el libro.

El mismo libro es un trayecto visual que, a través de fotografías íntimas de humanos y paisajes, captura momentos y trabajo, reflejando la conexión y el intercambio que se generó entre estas personas relacionadas con expresiones culturales de diversas localidades dentro de la región de Aysén. Misteriosa y enorme zonal austral que, pese a sus amenazas a ecosistemas, mercadeo turístico y lejanía, busca vías para (re)activarse y autogestionarse como territorio de diálogo entre sus habitantes.

“Hoy, entre los sonidos de las raíces, puedo ir recuperando mis silencios, mientras hablan también el mar o luna. Y así voy reencontrando mi propia voz. Y así se va ahondando el sentido humano de tener ojos, piel, lengua. Y El deseo de que cada cual pueda cantar su propia canción a la vez que danzar en conjunto, como el cosmos”.

(Reflexión de Gloria Hernández Aravena, profesora de Educación Diferencial y residente).

Residentes y parte de equipo de trabajo en Sendero Dos Lagunas. © Angie Saiz

Referencias

Libro “Trayectos Territoriales. Residencia en taller La Chalupa para agitadores/as culturales de la región de Aysén”. Puerto Cisnes, 2021.

Proyecto Diccionario. Segunda edición octubre 2021.

Contacto Taller La Chalupa: tallerlachalupa@gmail.com y @tallerlachalupa en Instagram.

Imagen de portada: Actividad de mediación con elementos naturales de las exploraciones. © Angie Saiz

Por Mauro Aranciaga Rolando y Ana Paola Moreno Rodríguez Emplazada en el Alto Valle de Río Negro, al sur de Argentina, se encuentra General Roca rodeada de chacras, sembradíos y cultivos. El resultado es un paisaje donde predomina lo verde. Sin embargo, este valle está rodeado por la estepa patagónica la cual es principalmente gris […]

Por Mauro Aranciaga Rolando y Ana Paola Moreno Rodríguez

Emplazada en el Alto Valle de Río Negro, al sur de Argentina, se encuentra General Roca rodeada de chacras, sembradíos y cultivos. El resultado es un paisaje donde predomina lo verde. Sin embargo, este valle está rodeado por la estepa patagónica la cual es principalmente gris y de colores pardos, lo que hace que Roca parezca realmente un oasis dedicado al cultivo de frutas y la fabricación de vinos.

Esa estepa gris que rodea la ciudad posee incontables riquezas que muchas veces pasan desapercibidas, como su fauna y flora única, su gente amable y generosa o sus cerros y hondonadas llenos de fósiles. Y es por esta última razón que llegamos a este lugar, con una meta clara pero de alguna manera incierta.  

Once integrantes del Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los vertebrados (LACEV) recorrimos en tres vehículos 1100 kilómetros, desde el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia” en Ciudad Autónoma de Buenos Aires hasta el Museo Patagónico de Ciencias Naturales de General Roca donde pasamos la primera noche durmiendo a los pies de reconstrucciones de dinosaurios en vida. Eran justamente los dinosaurios el motivo de nuestro viaje, exploraríamos ciertas capas de rocas que datan de unos 70 Millones de años, es decir, de la última parte de la “Era de los Dinosaurios”.

El campo Arriagada, zona fosilífera. © Marcelo Isasi.

A la mañana siguiente nos abastecimos con alimentos frescos y otros insumos que necesitaríamos en el campo y así emprendimos la última parte del recorrido: unos 70 kilómetros. Poco después de salir de Roca, la ruta se vuelve un camino rural de tierra con poco mantenimiento y difícil de transitar. Mientras más nos alejábamos de la ciudad, la vía se volvía más agreste, más angosta y llena de pozos. Al llegar al campo de la familia Arriagada pasamos por su casa y luego de una afectuosa bienvenida, Diego (uno de los 5 hijos de Alberto “Beto” Arriagada) nos indicó a caballo el mejor camino para llegar a la zona fosilífera o Cerro Matadero como le llaman ellos a esta área.

Quizás ustedes se pregunten ¿Cómo hicieron para saber de ese yacimiento en un lugar tan recóndito y grande como Patagonia? Lo que nos llevó a este lugar específico fue el trabajo previo del paleontólogo Fernando Novas y el técnico Marcelo “Chelo” Isasi. Ellos, en 2010, durante un corto viaje buscando nuevas zonas con potencial fosilífero, se propusieron ir de tranquera en tranquera preguntando a la gente si sabían de la presencia de fósiles en sus estancias. Después de mucho preguntar dieron con el campo de los Arriagada. Según Fernando y Chelo, todos los lugareños comentaban la gran cantidad de fósiles que había “en lo de Beto”. Tan pronto como llegaron, sus ojos comprobaron que, en efecto, la zona estaba repleta de fósiles. Con esta “promesa” en mente continuamos nuestro camino.

Una vez que Diego nos indicó el camino, ya sólo nos separaban 10 kilómetros de los fósiles y de nuestro destino. Sin embargo este tramo nos iba a tomar dos días enteros y múltiples viajes, ya que surgió un gran obstáculo: después de unos 50 años de desuso, este camino había sido tomado por la naturaleza. Plantas espinosas (alpatacos), cárcavas y enormes pozos cubrían lo que ahora era una débil huella. Por esta razón, sólo pudimos usar la pick-up 4×4 mientras los otros dos vehículos tuvieron que quedar abandonados durante 10 días. Cargamos la camioneta con una montaña de cosas, y Chelo empezó a conducirla lentamente entre enormes arbustos espinosos, cárcavas y zanjones, mientras los demás abríamos camino rápidamente con palas y picos. Desmalezamos y alisamos el camino durante todo el día, con esfuerzo, bajo el sol patagónico abríamos paso a la camioneta que terminaba desplazándose unos pocos metros y continuamos así hasta que cayó la noche. Bajo el cielo estrellado y muchísimo frío tuvimos que improvisar un campamento, compartir carpas, hacer fuego y cocinar. 

La camioneta entre la vegetación sobre la que tuvimos que abrirnos camino. © Sebastián Rozadilla

A la mañana siguiente desayunamos temprano y continuamos haciéndonos camino entre el terreno salvaje. Al tercer día de expedición después de hacer 10 kilómetros a pico y pala, varios viajes para traer todos los insumos desde los demás vehículos y unas horas de organizar, el campamento quedó finalmente armado. 

¡Por fin empezaba la búsqueda de fósiles! Todos los días caminábamos un kilómetro hasta el Cerro Matadero. Una vez allí, pactábamos una hora para el almuerzo y dejábamos las mochilas partiendo a explorar o extraer fósiles dependiendo de las tareas de cada uno. Para el almuerzo nos juntábamos todos y descansábamos bajo alguna sombra —si teníamos la suerte de encontrar una— y contábamos sobre los hallazgos hechos hasta el momento. Al finalizar la jornada, emprendíamos la vuelta al campamento. Allí, entre mates y snacks, compartíamos anécdotas y disfrutábamos de los hermosos atardeceres de la zona. Más a la noche, con una fogata de por medio, cocinábamos, catalogábamos los fósiles y charlábamos.

Los primeros días fueron despejados y cálidos, muy cálidos (mientras estaba el sol) y desde el comienzo los restos fósiles fueron abundantes aunque muy fragmentarios, en general pertenecientes a plantas, hadrosáurios (dinosaurios herbívoros con hocico parecido al de los patos) y saurópodos. Poco a poco fueron apareciendo restos más completos y pudimos rescatar una gran variedad y cantidad de dinosaurios herbívoros, siendo al menos 4 tipos distintos; lo que nos mostró que, al igual que algunos ambientes actuales como la sabana africana, varias especies de herbívoros convivían en un mismo espacio.

La forma en la que realizamos la recolección de fósiles depende del caso y sobre todo de las características y el estado de preservación de los restos, así como también del lugar donde nos encontremos. Sin embargo, el método más usado es el de “bochón”.

Un bochón es una carcasa de yeso en la que se envuelve el material. Para esto, primero se cava alrededor del fósil un pozo o zanja, la cual se va profundizando hasta que el mismo sólo se sostenga por un pequeño pedestal generando una forma similar a un hongo. Este “hongo” se envuelve con papel higiénico para evitar que el yeso penetre en grietas y fracture el hueso. Luego, se aplica la primera capa de yeso, se embebe tela arpillera en yeso y se envuelve el fósil con la misma para darle rigidez a la carcasa, y se aplica una segunda capa de yeso. Para terminar, cuidadosamente se quiebra el pedestal de roca que sostiene al fósil. Luego se le da vuelta y se desbasta la roca para alivianar peso. Finalmente, se cubre con yeso esta parte cerrando el bochón y queda listo para transportar hasta el museo.

Ocaso patagónico. © Julia Soledad D’angelo.

En medio de un día de extracción el cielo empezó a nublarse rápidamente, fue impresionante ver cómo se acercaban enormes nubes oscuras sobre un cielo que podíamos ver sin interrupción alguna. Pensamos que en cualquier momento se desataría una fuerte tormenta, pero cayeron sólo algunas gotas antes de que volviéramos al campamento. A este episodio le siguieron dos días de lluvia y frío, en los cuales tuvimos que limitarnos a quedarnos en la carpa comedor a tomar mates, hacer tortas fritas, jugar a las cartas y contar historias.

Después de los días de lluvia vino uno de espesa niebla en el que salimos a continuar con la extracción de materiales que ya habíamos encontrado y en búsqueda de nuevos hallazgos. Fue así como caminando, con la vista atenta en el suelo, en el tope de un barranco a unos 30 metros de altura, logramos ver algunos fragmentos que llamaron nuestra atención. Seguimos estos restos hacia arriba de la lomada y aparecieron huesos más completos cuyo color café oscuro y textura brillosa contrastaban con el ambiente gris y opacado por la niebla. Si bien el material ya era interesarte en ese momento, sólo la preparación (limpieza) en el laboratorio permitió hallar bajo el sedimento rocoso parte de un cráneo de dinosaurio hermosamente preservado y ornamentado.

Al día siguiente regresamos al lugar para terminar de extraer huesos de este animal (parte de la cintura pectoral), que permitirían caracterizarlo como un dinosaurio carnívoro de unos 4,5 metros. Pariente de Carnotaurus y Skorpiovenator, es el más pequeño de los abelisaurios conocidos, un adulto según lo indican los estudios de sus tejidos. Este pequeño y bellísimo ejemplar fue llamado Niebla antiqua¹.

Parte de la extracción del Niebla antiqua. Recolección de fósil por medio de la técnica del bolchón. © Julia Soledad D’angelo.

Gracias a campañas paleontológicas como esta (que son sólo una fracción del proceso científico), podemos recolectar evidencias de la vida que existió en la antigüedad, para posteriormente interpretarlas y así reconstruir el pasado remoto, aquello que ninguno de nosotros (los humanos) pudimos presenciar pero que, a pesar de su abrumadora lejanía, puede ser rastreado a través de y gracias a las rocas que han resguardado, de manera borrosa, la “memoria” física de la vida. La paleontología y la geología se dan la mano para dar sentido cronológico, biológico y ecológico a los seres antiguos y los ambientes que habitaron, así, por ejemplo, podemos saber que aquel paraje patagónico de clima extremo y vegetación arbustiva donde hallamos a Niebla contrasta con el paisaje que caminó junto a sus coetáneos, con climas mucho más cálidos y húmedos, con ríos caudalosos y predominio de bosques con árboles de gran porte. 

La paleontología y la geología se dan la mano para dar sentido cronológico, biológico y ecológico a los seres antiguos y los ambientes que habitaron.

Al cabo de los días de esta campaña se sumó un integrante al equipo, celebramos un cumpleaños doble, hicimos un asado, torta y arepas, nos reímos a carcajadas y nos tomaron por sorpresa escorpiones, una viuda negra (Latrodectus mactans) y una yarará (Bothrops ammodytoides), a la par que encontrábamos fósiles de tortugas, peces, aves y cocodrilos, los seres que habitaron la región 70 millones de años atrás.

Con estos materiales emprendimos el regreso en una pick-up llena de fósiles y personas. Dos viajes fueron necesarios para que todos llegáramos con nuestras mochilas, carpas y herramientas al lugar donde quedaron los dos vehículos abandonados. Así regresamos al Museo de Roca donde pudimos por fin darnos una merecida y muy necesaria ducha y descansar bajo techo. 

 Reconstrucción del Niebla en su hábitat. © Sebastián Rozadilla.

Si visitan el Museo Argentino de Ciencias Naturales, seguramente nos encontrarán preparando fósiles, analizando tomografías, comparando materiales con huesos de animales actuales o de otros dinosaurios, o discutiendo con nuestros colegas para desentrañar los misterios de estos animales y plantas que han viajado en el tiempo para darnos una idea de cómo era el mundo. Atravesando la vastedad de la existencia, la paleontología nos permite reconstruir aquello que sólo podemos ver desdibujado por la niebla del tiempo.

Gracias a campañas paleontológicas como esta, se puede recolectar evidencias de la vida que existió en la antigüedad, para posteriormente interpretarlas y así reconstruir el pasado remoto. © Lucas George.

 

Sobre los autores:

Alexis Mauro Aranciaga Rolando es Biólogo orientado en Paleontología en la Universidad Nacional de La Plata. Actualmente esta haciendo su doctorado en un grupo en particular de dinosaurios carnívoros de Patagonia: Los Megaraptóres. Aún así, su interés va más allá y también ha realizado investigaciones en anfibios y serpientes fósiles. Su mayor pasión es realizar expediciones a Patagonia para extraer nuevas especies fósiles pero también estar en contacto con la naturaleza, vivir nuevas experiencias y conocer historias. Su meta como científico es desentramar varios aspectos aún desconocidos sobre la vida de los dinosaurios e inspirar nuevas generaciones de científicos a lanzarse a la naturaleza a entender sus misterios.

Ana Paola Moreno es colombiana viviendo en Argentina, pedagoga infantil de la Universidad Distrital. Técnica en paleontología en el Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (LACEV).  Le gustan las papas fritas, los tetrápodos basales y escribir de vez en cuando. Tiene un blog de paleontología para todo público donde pueden encontrar publicaciones similares a ésta.

 

¹ Aranciaga Rolando, et al. 2020. A new medium-sized abelisaurid (Theropoda, Dinosauria) from the late cretaceous (Maastrichtian) Allen Formation of Northern Patagonia, Argentina. Journal of South American Earth Sciences.

Foto de portada: © Boukaih KeIj.

Entre todos los mamíferos terrestres del continente americano, el puma tiene el récord de la especie con mayor número de nombres comunes. A lo largo de su distribución, desde el sur de Canadá hasta el Estrecho de Magallanes, son 84 los nombres bajo los que se conoce a este emblemático felino. Trapial, nahuel, pangui o […]

Entre todos los mamíferos terrestres del continente americano, el puma tiene el récord de la especie con mayor número de nombres comunes. A lo largo de su distribución, desde el sur de Canadá hasta el Estrecho de Magallanes, son 84 los nombres bajo los que se conoce a este emblemático felino. Trapial, nahuel, pangui o león son algunos de los más comunes en Chile, pero sin lugar a dudas, puma – que en quechua quiere decir “animal poderoso” – es el más utilizado no solo en nuestro territorio sino en el resto de su distribución, a excepción de Estados Unidos.

Más allá de ostentar este título, detrás de esta variopinta colección de epítetos se encuentra el hecho de que el puma ha debido coexistir prácticamente en toda su distribución con distintas poblaciones humanas que han escogido sus propios apelativos para nombrarlo. Si bien este animal poderoso es un símbolo de gran relevancia que lo ha llevado a ser venerado por diversas culturas locales, en ocasiones la percepción del puma hacia las comunidades no ha sido del todo positiva. Al tratarse de un animal potencialmente peligroso, la gente le teme y prefiere tenerlo más lejos que cerca. En áreas rurales, donde se vive de la ganadería, la realidad es un poco más compleja. La interacción entre el puma y el ganado doméstico es algo que lleva ya más de un siglo, donde en ocasiones el felino ataca ovejas, llamas o cabras para alimentarse. En represalia, al verse afectado su sustento y principal actividad económica, el ganadero lo persigue e incluso lo mata. Una interacción que lejos de ser beneficiosa, ha perjudicado tanto a los pumas, quienes ven reducidas sus poblaciones; como a los ganaderos, quienes a pesar de controlar las poblaciones de puma, continúan viendo cómo sus pérdidas no disminuyen.

Este felino emblemático ha sido estigmatizado por ganaderos como una amenaza a ovejas y vacunos. © Nicolás Lagos.

En el extremo sur de su distribución, en el Parque Nacional Torres del Paine, si bien el puma encuentra protección y sus poblaciones se recuperan tras décadas de presión, fuera de sus límites el conflicto continúa sin variaciones. Sin embargo, aún hay esperanza. Algunas estancias vecinas al parque como Laguna Amarga o Estancia Cerro Guido han cambiado su manera de percibir e interactuar con el puma. Ya no se le persigue ni se le mata, sino que muy por el contrario, se le protege. Este cambio no llega de la noche a la mañana, y requiere de un largo trabajo. En Cerro Guido por ejemplo, perros protectores de ganado y disuasivos lumínicos están siendo utilizados para mantener al puma lejos, y de esta manera disminuir las pérdidas de ovejas. Esto, de paso, ha permitido disminuir también la animosidad hacia el gran felino.

Algunas estancias como Laguna Amarga o Estancia Cerro Guido han cambiado su manera de percibir e interactuar con el puma. Ya no se le persigue ni se le mata, sino que muy por el contrario, se le protege.

Como una manera de continuar con ejemplos como el de Estancia Cerro Guido es que nace el libro “En el límite: Puma en Torres del Paine”, un libro de divulgación acerca de la historia natural del puma, con información detallada acerca de la especie y acompañado de fotografías tomadas en estos sectores donde el puma hoy puede recorrer su territorio sin miedo al ser humano. El objetivo de esta públicación, además de dar a conocer a la especie, es aportar de manera directa a su conservación en Patagonia. Esto, porque el 100% de las utilidades provenientes del mismo serán destinadas a trabajar por la conservación del puma, aportando a que otras estancias puedan sumarse a este cambio de paradigma.

Gracias a iniciativas de conservación, comunidades de pumas y humanos poco a poco comienzan a convivir de formas más armoniosas en la Patagonia. © Nicolás Lagos.

A partir de la experiencia en Cerro Guido, y a través de una colaboración entre el Área de Conservación de la estancia y la ONG Panthera, el proyecto buscará trabajar junto a ganaderos locales para crear capacidades en estancias de Magallanes hacia la búsqueda de soluciones al conflicto entre la producción ganadera y la conservación del puma, además de aportar al establecimiento y aplicación de estándares para el turismo responsable de pumas en la región y educar a niños y niñas acerca de la importancia de la conservación del puma.

En una campaña especial de preventa del libro a un valor promocional, quienes estén interesados en tenerlo y aportar con su granito de arena a la conservación del puma podrán también acompañar el libro con impresiones impresiones fotográficas en alta calidad con inyección de pigmentos minerales sobre papel de cáñamo de 290 g/m2 de la línea Natural Line de Hahnemühle, realizado por Karkai Ediciones.

Para adquirir una copia del libro o alguno de los “packs”, pueden contactarse directamente con los autores, a través del correo libropuma@gmail.com. La fecha de entrega del libro estimada será para el mes de diciembre de 2021.

Quienes apoyen la publicación del libro podrán adquirirlo a partir de diciembre de 2021 junto con impresiones fotográficas del puma. © Nicolás Lagos.

Especificaciones técnicas del libro:

Libro bilingüe español/inglés

216 páginas, 20.5×26 cm

Tapa dura de 2.5 mm

Papel couché de 170 gr.

(*) El trabajo fotográfico detrás de este libro se ha realizado siguiendo las recomendaciones y protocolos de avistamiento de pumas de CONAF, y con los respectivos permisos de trabajo audiovisual al interior del Parque Nacional Torres del Paine.

Sobre el Autor

Nicolás Lagos Silva es Ingeniero en Recursos Naturales Renovables y Magister en Áreas Silvestres y Conservación de la Naturaleza, se dedica a la protección y conservación de los felinos silvestres en Chile, en especial del gato andino y el puma. Además, es un fotógrafo aficionado que disfruta de caminar y asombrarse con la belleza de la naturaleza.

Imagen de portada: Pumas en el Parque Nacional Torres del Paine. © Nicolás Lagos Silva

Lady Florence Dixie fue una aristócrata y aventurera británica que en 1879 se internó a caballo por las pampas, bosques y cordilleras de la Patagonia austral, viaje que más tarde se plasmaría en el libro “A través de la Patagonia”, transformándose en una pionera de la literatura de viajes y del turismo en la zona […]

Lady Florence Dixie fue una aristócrata y aventurera británica que en 1879 se internó a caballo por las pampas, bosques y cordilleras de la Patagonia austral, viaje que más tarde se plasmaría en el libro “A través de la Patagonia”, transformándose en una pionera de la literatura de viajes y del turismo en la zona que hoy conocemos como Torres del Paine. Hoy, la periodista y escritora Carolina Requena nos trae un fascinante relato ficcionado inspirado en el emotivo encuentro que Dixie tuvo con un huemul, dando cuenta del lado más personal de esta mujer vanguardista que logró romper con los esquemas establecidos de la sociedad de su época. No te pierdas este relato inspirado en el Diario de expedición “Across Patagonia” de Florence Dixie, la primera mujer europea en atravesar hacia Torres del Paine, por la ruta del Valle de las Chinas, hacia la Estancia 2 de enero, hoy Reserva de Conservación Explora Torres del Paine. 

Ilustraciones por Sebastián Correa Ehlers 

Tenía tanta hambre esa mañana que me costaba concentrarme para ensillar bien mi caballo. Sentía una punzada en el estómago, un poco de mareo y el paladar hastiado de los últimos frutos secos y galletas que nos habíamos terminado el día anterior. Si hubiese tenido aunque fuera un puñado más los habría comido sin pensar. Menos mal que el agua no faltó en tantos riachuelos que encontramos en el camino. De otra manera esta nueva jornada se habría hecho realmente insostenible.

Empecé a cuestionarme por qué me había metido en todo esto. Tan lejos de Inglaterra y de todo lo que estaba acostumbrada. Mis amigos y familia me lo advirtieron: «¡PATAGONIA! Florence ¿A quién se le ocurriría ir a un lugar así?», «¡Es peligroso para una mujer tan joven!», «¡Serás devorada por caníbales!», «¿Qué diablos te hace elegir una parte tan extravagante del mundo?», «¿Cuál puede ser la atracción?», “¡Está a miles de kilómetros de distancia y nadie ha estado allí antes, excepto el capitán Musters y uno o dos locos aventureros más!”. Todavía podía escuchar esas palabras como ecos. Pese a todos los comentarios y consejos había ganado mi obstinación. Mejor no pensar más en eso, ya estábamos aquí hace más de cuatro meses junto a mi marido, Sir Alexander Beaumont Churchill Dixie, dos de mis hermanos, Lord Queensberry y Lord James Douglas, un criado y un amigo, el Sr. J. Beerbohm, cuyo libro, Wanderings in Patagonia, acababa de publicarse cuando dejamos Inglaterra. En esas tierras habíamos sumado a cuatro baqueanos, como los llamaban localmente, que nos servirían de guías, dos franceses, un gaucho argentino y un habitante de Sandy Point.

Afilé mi cuchillo y colgué el rifle al hombro. Era tiempo de conseguir algo para poner al fuego. Siempre me había gustado cazar y esta salida me entusiasmaba en particular porque del éxito o fracaso de la misma dependería lo que comeríamos ese día. La sola idea de pegar algunos tiros me volvió el alma al cuerpo y emprendimos rumbo empujados por el hambre que, de tanto hablar de ella, a esta altura del viaje se había transformado en el onceavo integrante del grupo. 

Subimos la meseta donde, según aseguraron los baqueanos, encontraríamos algún animal. A fin de cubrir la mayor cantidad de terreno posible nos extendimos en línea a lo largo de unas dos millas. En este orden galopamos hacia el norte, explorando cuidadosamente la llanura que se desplegaba plana a una buena distancia, pero aparentemente desnuda tanto de huemules, guanacos, ñandúes como de pasto.

En casa era conocida por tener muy buena puntería lo que siempre me llenaba de secreto orgullo cuando salíamos a la caza de zorros en Leicestershire. Desde hace algunos años había decidido dejar de cabalgar de lado porque me daba todavía más seguridad ir como los hombres, aunque para muchos esto fuera motivo de escándalo porque ciertamente esperaban algo de mí distinto por mi género, rango y posición. Ser la hija del octavo marqués de Queensberry no ayudaba. Tampoco mi pelo corto que encontraban demasiado moderno y mucho menos mis afirmaciones feministas. No soportaba esta idea de que las mujeres éramos débiles y necesitadas de protección ¿Por qué?

En una ocasión, para una cena con algunos amigos invitados de mi padre se me ocurrió opinar sobre la monarquía: “Pienso que los hombres y mujeres deberíamos ser iguales en el matrimonio y el divorcio. Por otro lado la corona tendría que ser heredada por el hijo mayor del monarca, independientemente del sexo”. El silencio posterior en la mesa y la mirada fulminante de papá fue más dura que el castigo posterior de dos semanas sin poder salir de casa, por imprudente, según me dijeron, aunque a mí no me lo parecía.

La verdad es que siempre me había sentido tan ajena a ese mundo aristocrático británico, distinta a las mujeres de mi edad, con grandes inquietudes guardadas. Preguntas e ideas, que serían consideradas como revolucionarias, daban vueltas y vueltas en mi mente. Una vida que había dejado a más de diez mil millas atrás, harta de tantas formas, expectativas, prejuicios, banalidades y cotilleos pero que todavía seguía atascada en mí, burlándose de mi absurda aventura.

Con Beau nos habíamos casado hace menos de un año, enamorados como pocos matrimonios de nuestra generación. Almas inquietas, exploradores y amantes de los deportes al aire libre. Nos conocimos en una caza y de inmediato llamó mi atención, no precisamente por su apariencia, aunque tampoco era precisamente desfavorecido en lo físico, sino por ser el único hombre del grupo que no parecía intimidado por mi destreza, más bien estaba seducido por ella. Entonces supe que él también era diferente. Entre incomprendidos podríamos entendernos.

Para mis ojos Beau nunca fue el 11º Baronet, ni me importaron sus riquezas e influencias que tanto encandilaban a otras que lo pretendían antes de mí. Aunque algunos no lo comprendieran, siempre nos tratamos como iguales, independiente de nuestro sexo y obligaciones. Él fue el principal apoyo para hacer este viaje que un día, a mediados de diciembre de 1878, iniciamos dejando atrás nuestra preciosa casa en Mayfair, zarpando en el «Britannia» desde Liverpool rumbo al Estrecho de Magallanes, en el fin del mundo.

Mientras seguía sumergida en mis pensamientos, me despertó un viento que no respetó ningún abrigo. Genial, pensé, ahora además de hambre nos moriríamos de frío ¿A dónde nos iba a llevar todo esto? Quizás los otros tenían razón y yo, tan llena de fantasías absurdas, debía madurar y despertar a la realidad. El mundo siempre sería el mismo y no podría hacer nada al respecto.

Aunque me enorgullecía ser la única mujer de la expedición, me dolía saber que en mi mundo no me comprendieran, me criticaran y me tildaran a mis espaldas de “marimacho” e incluso dijeran que gobernaba a mi esposo «con una vara de hierro» por “obligarlo a esta locura”. Ahora me encontraba lejos de casa en medio de rostros extraños, desconocidos y escenas salvajes. Tuve que hacer un esfuerzo por desterrar de mi mente la idea de que todo era un sueño ¿Pero no era eso lo que quería? Precisamente porque este lugar estaba perdido y apartado del resto del mundo fue por lo que lo elegí. En la Patagonia podría haber muchos peligros, pero en ningún otro lugar encontraría un área de 100,000 millas cuadradas sobre la que pudiera galopar tranquila, a salvo de las persecuciones de amigos e incomprensiones. Pero ¿serviría de algo aparte de sentirme más libre?

¡Si tan solo esos malditos huemules se dignaran a hacer su amable aparición!, pensé. Pero evidentemente nada estaba más lejos de suceder. Seguimos cabalgando por la llanura, milla tras milla, mientras las esperanzas, al igual que el termómetro, se iban hundiendo gradualmente hacia cero.

Debido a la bruma reinante y a la naturaleza cambiante del terreno, la línea de avance fue perdiendo su orden hasta que dejé de ver y oír a mis compañeros. Una nube blanca se arrastró en el horizonte y creció barriendo rápidamente hacia mí, hasta que de improviso estaba envuelta en una furiosa tormenta de granizo. Me detuve para taparme la cabeza pero la borrasca no duró mucho. En poco tiempo el lugar estaba completamente blanco. Me pareció un lúgubre paisaje invernal en pleno verano del hemisferio sur. 

De pronto, en medio del manto blanco lo vi. Un hermoso ciervo dorado con la mirada altiva de aquel que se sabe dueño del lugar. Tan cerca y perfectamente inmóvil estaba el huemul mirándome tan tranquilo, dócil, confiado e intrigado, como si él también se preguntara qué hacía yo ahí. 

Traté de no respirar para no espantarlo y estuvimos los dos examinándonos –uno de esos instantes que parecen una eternidad– tanto, que llegué a pensar que quizás era una ilusión, un espejismo en medio de la nieve. Pero la magia no podía durar para siempre. Mi caballo acomodó su postura y rompió el hechizo. La que creí mi presa huyó como un rayo por la ladera sur de la colina.

Ni siquiera lo pensé, desmonté, me quité el rifle y lo salí persiguiendo. Mientras avanzaba tratando de esconderme entre los arbustos, sentí un egoísmo delicioso de querer matar yo misma al primer animal. A no mucha distancia nuevamente lo divisé. Aunque me vio llegar permaneció quieto y de pie en la inocencia de aquel que no ha conocido el plomo de una bala. Sin embargo, mi arma no era la más adecuada para la ocasión, un light rook-rifle que no daba más de 150 yardas con precisión y la presa estaba a algo más de 180.

Traté de avanzar hasta alcanzar la distancia requerida, pero luego, el huemul, como si estuviera jugando conmigo, decidió caminar otras treinta o cuarenta yardas antes de detenerse. Se giró hacia mí y parecía que me observaba con un aire divertido, casi impertinente.

Lo seguí lentamente, atenta al momento en que estuviera dentro de mi alcance hasta que luego de un juego de paciencias, me permitió acercarme lo necesario. Pobre compañero, ya te estaba tomando cariño, pensé, mientras me subía el rifle al hombro y apuntaba. Solo un paso más adelante para estar segura, solo un poco más. El corazón estaba a punto de salir por mi pecho cuando todo se estropeó por mi torpeza. Disparé y al mismo tiempo me tropecé al haber pisado sobre una piedra media suelta. De un brinco me volví a parar justo a tiempo, solo para verlo escapar por un acantilado, llevándose consigo mi oportunidad de convertirme en la heroína del día. ¡Que rabia sentí! ¡Qué tonta! ¡Cómo no me había fijado bien!

Decidí no quedarme atascada en la amargura y tomar el mismo camino del animal ante la remota posibilidad de encontrarlo. Volví a montar y lo seguí durante un tiempo que no podría calcular, descendiendo por barrancos escarpados, sobre la colina y la llanura, olvidándome hacia dónde estaba mi camino de regreso, hasta que finalmente lo perdí de vista. 

Ser la hija del octavo marqués de Queensberry no ayudaba. Tampoco mi pelo corto que encontraban demasiado moderno y mucho menos mis afirmaciones feministas. No soportaba esta idea de que las mujeres éramos débiles y necesitadas de protección ¿Por qué?

Me comencé a desanimar ¿De qué valía tanto esfuerzo, tanto viaje, tanto empeño si al final de cuentas no era capaz de conseguir lo que me proponía? Demasiada prudencia, esa que tanto me habían inculcado y que dejó heridas en mi alma libre. Demasiada pasión contenida por tanto tiempo.

Comenzó a oscurecer y no había rastro del resto del grupo. Entonces tomé conciencia de que me había alejado demasiado, no sabía cómo volver al campamento y existía una alta posibilidad de que pudiera morir ahí. Tenía ganas de llorar, gritar, reclamar al cielo, al destino, a la naturaleza y de dejar todo este absurdo atrás.

Entonces sucedió. A mis espaldas sentí un gemido ahogado. Me di vuelta y vi algo que se movía en la alta hierba junto al barranco. Me acerqué con cuidado porque podría ser un puma. Cuando estuve lo suficientemente cerca lo vi. Había escapado herido por varias millas y ahora yacía tendido y moribundo en un charco de sangre. Me detuve a mirarlo en silencio y sentí ganas de acariciarlo conmovida profundamente por la obstinación, tenacidad y espíritu de sobrevivencia del animal. A pesar de la sentencia de muerte de mi bala no se había rendido, luchando por escapar. Aunque su final ya estaba escrito me pareció más vivo que yo. Mucho más.

Antes de que pudiera seguir contemplándolo extasiada, entre la neblina apareció el resto de mi grupo encabezado por Beau. “¿Dónde estabas?”, me preguntó muy preocupado. “¡Pensé por un momento que te había perdido para siempre!”. Nos abrazamos tan largo como si quisiéramos pegarnos para no volvernos a separar. “Mira”, le dije y señalé a mi víctima.

Los baqueanos ya estaban hace un rato sobre el animal y el argentino de un cuchillazo cortó la tráquea dando término a su lucha final. Examinaron la presa y encontraron que mi bala, que yo había creído perdida, había entrado en su costado y al atravesar los pulmones, se había alojado cerca de la columna. Sin embargo, tan gravemente herido, ¡había recorrido varias millas a un ritmo vertiginoso! Gregorio y Francisco, conocedores del oficio lo faenaron en menos de una hora y habiendo distribuido enormes trozos de carne roja cruda colgando a ambos lados de sus monturas.

En el camino de regreso apenas puse atención a las felicitaciones o a la cara de orgullo de mi esposo. Estaba muda, con la mirada perdida en el horizonte. “¿Te sucede algo, querida?”, me preguntó Beau. “¡Qué susto me diste!”. Tomé su mano y le sonreí con cariño, pero no le respondí pues estaba absorta en nuevas preguntas. ¿Por qué había dudado de todo? ¿Quería seguir ahí? ¿Había cambiado mi opinión sobre todo esto? Y ese animal ¿Por qué no podía dejar de sentir pena y hasta algo de culpa? Me había calado profundamente, aunque no comprendía muy bien por qué. Nunca me había pasado en cazas anteriores.

¿De qué valía tanto esfuerzo, tanto viaje, tanto empeño si al final de cuentas no era capaz de conseguir lo que me proponía? Demasiada prudencia, esa que tanto me habían inculcado y que dejó heridas en mi alma libre. Demasiada pasión contenida por tanto tiempo.

Todavía estaba tratando de procesar lo ocurrido cuando regresamos al campamento.  Sin embargo, no había mucho tiempo para reflexiones. Después de doce o trece horas en la silla de montar, no era nada fácil llegar al final del viaje, descargar los caballos, cocinar la cena, limpiar las monturas y poner todo en orden. En Inglaterra, a mi regreso en los días de la caza, volvía cansada y fatigada, pero siempre me esperaba una habitación cálida, un fuego ardiente, un cómodo sillón y criados en abundancia para atender mis necesidades. Un refrescante baño caliente y el lujo de una muda limpia de ropa. Muy lejos de esa realidad, en la Patagonia, antes de que pudiera descansar, el asunto tenía que ser resuelto. Todos, sin importar quién fuera, debían hacer su parte del trabajo, mientras que el pensamiento de la fatiga obligadamente debía ser desterrado, cumpliendo cada uno de nosotros su tarea con alegría y voluntad.

El suelo suplía la falta de armazón o colchón. Una sola manta ocupaba el lugar de una sábana, nuestras cálidas capas de guanaco servían de cobertura y las sillas de montar eran las almohadas. Con las camas arregladas, recorrí el campamento y al encontrar que todo estaba en su lugar, sentí que nuestro trabajo había terminado y llegaba el momento del descanso. 

Pronto la comida estuvo lista. Diez seres humanos hambrientos y nueve perros aún más hambrientos, requeríamos una comida sustanciosa ¿El menú? Sopa de cabeza de huemul, lomo asado y pudín de sangre. De postre calafates, mate y té.

Cené con una sensación extraña que no era capaz de identificar y sentimientos encontrados. Terminada la comida, avivamos los numerosos fuegos que ardían en semicírculo frente al campamento y luego, rendida por el cansancio, dormí tan profundamente como me permitió la fatiga. Las respuestas a mis cuestionamientos quedarían para otro día.

Aunque un alimento más contundente alivió en parte mi espíritu, al día siguiente el viaje fue mucho más monótono y lúgubre que cualquiera de los anteriores. La inmensa meseta sobre la que cabalgamos durante seis o siete horas destacaba por su penumbra y esterilidad. No había sol y el cielo oscuro formaba una contraparte adecuada a la llanura que se extendía hasta el horizonte indistinto, gris, triste y silencioso. Parecía que el camino nunca iba a acabar. No recordaba haber sentido nada que se comparara con la depresión de los espíritus de la que yo, al igual que todo el grupo, caímos presos.

Hasta ahora la travesía no era como la había imaginado. Tanta monotonía, tanta pampa y a pesar de la extensa tranquilidad, no lograba aquietar mi corazón. Había querido escapar a un lugar donde pudiera estar lo más alejada posible de esa insatisfacción conmigo misma y con todos los demás. Una existencia donde lo que una vez fue emoción, ya no era así. El solo hecho de pensar en un lugar remoto de prejuicios fue en un minuto un respiro a esa vida. La única vía posible parecía despojarme de todo, viajar con lo imprescindible para prescindir por un tiempo de mi realidad. Sobrevivir a las bajas temperaturas, dormir cada noche al raso, pasar hambre, sed y cazar para alimentarme, había sonado perfecto. Otra cosa era vivirlo.

Como si no hubiésemos tenido ya molestias suficientes, a medida que avanzábamos nos abordaron innumerables mosquitos diminutos. Primero fue uno, luego un par y sin darme cuenta, ya era un enjambre metiéndose en mis ojos y boca, zumbando alrededor de una manera desesperadamente persistente, aumentando mi estado de irritación.

Estaba completamente cansada ​​de la aburrida marcha, cuando por fin llegamos a un barranco donde acampamos para pasar la noche. Como teníamos pocas raciones de leña debido a la falta de árboles, el fuego se apagó inmediatamente después de la cena y nos fuimos a la cama. Abracé a Beu por la espalda para sentir su calor y aunque estaba desencantada de todo, algo en mí me decía que tuviera paciencia, que lo bueno estaba por venir. Quizás mi porfía no tenía límites. Con ese pensamiento cerré los ojos. 

A la mañana siguiente me desperté por el llamado de un cálido rayo de sol que se abrió paso intruso a través de la abertura de mi tienda, dejándome pocas ganas de seguir durmiendo. Empujé a Beau para despertarlo y sin perder más tiempo salí ansiosa por ver en qué tipo de lugar habíamos entrado al amparo de la niebla del día anterior.

Al salir quedé desconcertada. La escena que tenía ante mis ojos era tan opuesta a la triste impresión que las desfavorables condiciones meteorológicas habían dado la noche anterior a nuestra llegada. Anoche apenas habíamos podido ver bien dónde poner las tiendas y ahora se abría un amplio valle que parecía sonreírnos de tanto verde, flores multicolores y por los innumerables arroyos que lo regaban. Todo bajo un cielo azul claro y un sol condescendiente. Más al fondo se elevaban altas montañas, cubiertas de vegetación y coronadas por densos bosques impenetrables, roca expuesta e incluso nieve virgen en pleno verano.

El solo hecho de pensar en un lugar remoto de prejuicios fue en un minuto un respiro a esa vida. La única vía posible parecía despojarme de todo, viajar con lo imprescindible para prescindir por un tiempo de mi realidad.

La rapidez con la que nos asaltó este nuevo escenario aumentó considerablemente el ánimo en todo el grupo. Ayer estábamos en las llanuras, con su eterna monotonía de color y contorno; la noche anterior nos habíamos ido a la cama, como pensamos, en un entorno similar; y ahora, como por arte de magia, desde las entrañas de la tierra, había surgido a nuestro alrededor un paisaje totalmente diferente en su diversidad que me develó una nueva Patagonia.

Fue divertido escuchar las exclamaciones de sorpresa con las que mis compañeros saludaron la escena, mientras uno a uno salían de sus tiendas y contemplaban la agradable metamorfosis que se había producido durante el letargo. Habían refunfuñado mucho el día anterior sobre el lugar, con palabrotas de mal humor, pero todo eso estaba ahora olvidado.

Montamos los caballos para salir a explorar, mientras una ligera brisa soplaba sobre la hierba salpicada aquí y allá de matas de arbustos de calafate, árboles de ñirre y lengas, con un protagónico aroma navideño, además de otras alfombras verdes con tramos ocasionales de flores blancas y amarillas.

Apenas habíamos iniciado la marcha cuando de improviso, sobre mi cabeza, algo que al principio no supe qué era, pasó volando rasante en diagonal, casi acariciándome el rostro con la punta de su poderosa ala. Era un cóndor, ave característica de la zona, que rápidamente se elevó tan extenso, elegante, majestuoso y soberano. Uno de los baqueanos tomó el arma y a punto estuvo de cumplir con su objetivo, pero se detuvo ante mi rotundo ¡Stop! El extranjero me miró sin comprender mientras yo admiraba el vuelo de ese espíritu sin cadenas. Lo seguí en su trayecto tratando de grabarlo en mi memoria hasta que se convirtió en una mera mancha en el cielo y finalmente desapareció, a miles de metros de altura. Cuanta belleza, cuanta sorpresa, cuánto tesoro escondido en este lugar único en el mundo, lleno de secretos por descubrir para aquellos que están dispuestos a pasar las pruebas que el clima considere necesarias antes de premiar a sus sentidos. 

Me pareció como si mis ruegos hubiesen sido escuchados por alguna deidad  autóctona, ya que se produjo un cambio que no solo modificaría progresivamente el paisaje sino también todo mi horizonte interior. De pronto, a lo lejos, divisé en las montañas el espectáculo natural más impresionante que había visto en toda mi vida. Entre gigantescos macizos de roca se alzaba un grupo de tres picos que me parecieron como tres dedos de un gigante queriendo emerger de la tierra. Tan diferentes y destacados del paisaje y al mismo tiempo tan parte de él. Nuevamente este lugar me había dejado muda y algo en mí, como una diminuta llama, se encendió. Sentía como un imán, una atracción irresistible a lo desconocido, a algo fuera de lugar y grandioso.

 ¡Qué contraste de sentimientos también en mi interior! Tan cambiantes como si mi alma estuviera mutando de estación.  Ya había vivido un largo invierno en casa, un frío y una indiferencia abrumantes, la monotonía de otras llanuras de tradiciones, costumbres que no parecían cambiar aún a fuerza de nuevos vientos. Pero aquí en la Patagonia no me había rendido. Ante las tempestades más fuertes había seguido y ahí estaba en mi caballo a la caza de algo misterioso que me esperaba alfombrando el camino de senecios y maillicos. Entonces lo supe. Tenía que llegar a esa montaña. Todas las penurias del viaje habrían valido la pena si era capaz de poder tocar este pedazo de cielo con la yema de mis dedos. Algo en mí me decía que yo podía más, que lo que me propusiera podría lograrlo, aunque costara esfuerzo y lágrimas. Estaba en mis manos, en mis pies, en mi carácter, en mi propio poder.

Pero entonces, de un momento a otro, todo se oscureció como si hubiesen derramado tinta gris sobre el cielo. La amenaza de lluvia era inminente y todavía no estábamos preparados para salir. Ensillamos y empacamos lo más rápido posible con la ferviente esperanza de que el aguacero amablemente aguantara hasta que llegáramos a nuestro próximo destino. En medio de la marcha buscaba constantemente en el horizonte estos picos a modo de punto de referencia y de llegada 

Hacía bastante frío y el viento comenzó a soplar cada vez más fuerte, convirtiéndose en protagonista de la travesía, dejando muy atrás a los molestos insectos de la jornada anterior. Luego, la llovizna se fue transformando paulatinamente en una fuerte lluvia, que sentía que me mojaba hasta los huesos. Durante horas cabalgamos en esta situación incómoda, húmedos, cansados y desalentados por el aspecto del lugar que estaba completamente cubierto por la niebla. El territorio parecía más negro, oscuro y triste que nunca.

Tenía la ilusión de que al menos antes del anochecer se aclararía, ya que la perspectiva de tener que levantar el campamento bajo la lluvia estaba lejos de ser agradable. Sin embargo, a medida que oscurecía, la niebla aumentaba de espesor y pronto apenas pudimos ver por delante de las narices de los caballos. Por fin, justo antes de caer en la total oscuridad, descendimos un declive muy empinado y llegamos a lo que parecía ser un barranco donde la hierba y el bosque aparentemente eran abundantes.

Nos pusimos manos a la obra para levantar las tiendas, poniéndonos lo más posible a cubierta de la lluvia. Tratamos de hacer un fuego, pero pronto entendimos que el intento era absurdo porque no había una ramita seca o brizna de hierba por ningún lado. Resignada, me metí en mi húmeda carpa. Me dormí triste. Si el clima seguía así sería muy poco lo que podríamos ver.

Al día siguiente, cruzando un ancho arroyo de montaña, que bajaba de las colinas y desaparecía en un enorme desfiladero, seguimos la marcha a lo largo de la llanura cubierta de hierba que conducía directamente hacia los tres enormes picos. De pronto, mientras avanzábamos al trote, pasé un gran susto que casi me hizo caer. Mi caballo, con un bufido de terror, se desvió violentamente hacia un lado dejándome inclinada hacia un costado de la montura. Tuve que hacer un gran esfuerzo por no soltar las riendas y luego de estar colgando, logré enderezarme. Casi me caigo y el corazón me quedó latiendo en la garganta.

 Cuando volví la vista al camino entendí qué había pasado. Cerca de nosotros nos espiaba un magnífico ñandú. Con una mirada de asombro, se volvió y huyó con una prontitud que pocas veces había visto. Tras un par de horas avanzando por el valle vimos también huemules, guanacos y una manada de caballos baguales. Un ejemplar macho me miró con sospecha desde detrás de una enorme roca y luego, con un relincho y su hermosa melena impulsada por la brisa, se fue empujando con su galope a toda su manada. Era algo que nunca había visto, caballos salvajes corriendo sin rumbo, sin riendas ni dueño. Podía sentir su felicidad y envidiarla ¡Qué criaturas más especiales hay en este lugar!, pensé. Tan diversas, tan libres y cada una con su propia personalidad ¡Cómo me gustaría verme así, dueña de mí misma y de mi destino y no atada a las exigencias de una mujer de mi época y posición ¿Pero por qué no? Quizás sí. En este lugar todo parecía posible.

Mientras miraba a mi alrededor sentí que el esfuerzo estaba empezando a ser recompensado. Pero todavía faltaba lo más importante, llegar a esas tres torres que me seguían llamando casi de forma hipnótica. 

El sol se había escondido entre las nubes por un tiempo y la base de las montañas estaba envuelta en penumbra, pero poco a poco sus crestas irregulares de formas fantásticas se comenzaron a definir claramente contra la luz que de a poco volvió a brillar en el cielo. Casi como si el viento hubiese abierto un telón, apareció ante mí, al fin, lo que tanto había buscado. El grupo de picos apiñados se manifestó como una barrera misteriosa, hendidos de la manera más fantástica y desgastados por la acción del aire y la humedad. Parecían altas torres de un castillo subterráneo alzado al son una de una sonata de Beethoven. Casi podía escucharla ¡Qué capricho de la creación! ¡Qué belleza lejana más intrigante!

A mi mente volvió el ajetreo de la ciudad y al mirar las torres, me parecieron como las Agujas de Cleopatra de Londres sacadas a la fuerza de su ambiente y puestas en el espíritu de silencio, soledad e inmensidad de este lugar que a ratos se vuelve el opuesto en medio de la lluvia, el viento y otros imprevistos. Así también me sentía yo. Fuera de mi zona de confort, comodidades, seguridades, pero al mismo tiempo más segura que nunca de ser capaz de comerme el mundo entero.

Lo había logrado, con mi propio esfuerzo. Me parecía increíble que pudiera existir un lugar en el mundo con tantos desafíos y sorpresas, como hecho a mi medida. Me sentía tan orgullosa de no haber desistido, de haber creído en mí, de haberme comprometido con una meta tan alta y sellado un compromiso a fuego con ella. Orgullosa de haberme descubierto lo suficientemente grande para acurrucar el sol entre mis manos en esta inmensidad.

Por un largo tiempo, permanecí sola, entregándome al influjo de las emociones que la escena me despertaba, abrazando este nuevo sentimiento de seguridad y amor a mí misma que nacía desde mi interior en medio de la majestuosa soledad del paisaje patagónico.

El mismo aire parecía más suave de lo que estaba ya acostumbrada en los meses previos y, en lugar de los fuertes vientos con los que me había encontrado hasta ahora, disfrutaba de una suave brisa, casi consoladora, con la fuerza suficiente para moderar las inquietudes de mi alma. No sé por cuánto tiempo estuve así, en silencio, pero al menos lo suficiente para que quedara guardado para siempre en mi corazón, como una promesa.

Desmontamos en medio de grandes arbustos de calafate y lengas pequeñas pero robustas y allí comimos hasta saciarnos de sus dulces y jugosas bayas, mientras el Sr. J. Beerbohm fue a hacer un boceto de los alrededores. Tres enormes fuegos ardían alegremente frente a nuestra tienda y un poco más lejos, una sucesión de otros más pequeños indicaban el lugar donde los cocineros preparaban el festín:  costillas de un guanaco asado, sopa y filete de ñandú.

Nuestro campamento había sido levantado cerca de la orilla de un pequeño y encantador arroyo de montaña. El sonido de sus aguas me llenó de un anhelo irresistible de zambullirme. Armada con una tosca manta a modo de toalla, seguí su curso hacia arriba, hasta llegar a un lugar donde, alimentado por una pequeña cascada, un charco de agua clara y fresca presentaba una apariencia muy conveniente y acogedora para un baño. Sin perder el tiempo me desnudé para darme el lujo de una zambullida. 

Respirar ese aire puro de toda presencia humana, de prejuicios e incomprensiones, sentir que había llegado hasta ahí a fuerza de empeño, me tenía tan plena y satisfecha conmigo misma que por fin me sentí segura y decidida a ser fiel a mi esencia, a despojarme de lo que ya no me servía y a dejar mi propia huella en el camino, fuere el que fuere.

Este viaje a lo remoto se había transformado al final en una experiencia de vida única que me había permitido conocer de cerca realidades ajenas, tan distintas a la mía, valorando las bondades de lo inesperado y descubriendo lo desconocido. Mis paradigmas habían cambiado al vivenciar tantas privaciones en medio de la nada y el contacto íntimo con la flora y fauna. Ahora lo comprendía. Más que escaparme lejos de todo y de todos, había hecho un viaje interior de encuentro y reconocimiento de mí misma, de mis fuerzas, de mis luchas. Teniendo aún vívidas las imágenes de las torres, supe que era capaz de conseguir grandes cosas. No solo podía sentirlo, podía verlo. Nada ni nadie podría detenerme.

Mientras me zambullía, sentí como si pequeñas agujas congeladas me limpiaran y renovaran por fuera y por dentro llenándome de una fuerza inesperada. Me sentía motivada, ligera, feliz y más viva que nunca. Esta naturaleza indómita me había dado una clase magistral de libertad, de estar abierta a lo inesperado, a lo grandioso. A no tener miedo a mi lado más salvaje, a ser aguerrida, a luchar hasta el final, como ese primer huemul cuyo espíritu se había quedado incrustado en el fondo de mi ser.

Antes de volver a emerger a respirar lo supe. De ahora en adelante sería seguiría siendo yo, pero nunca más la misma. El viaje realmente no había terminado. Ya no quería escapar, quería volver con toda esta nueva fuerza. No tenía cómo saberlo entonces, pero la verdadera aventura que sería mi vida recién estaba por comenzar.

Epílogo

Además de exploradora Dixie fue una deportista entusiasta, una ciclista intrépida y una tiradora. Para ella, parte del atractivo de la caza del zorro en Leicestershire fue la oportunidad de competir en igualdad con compañeros masculinos. En la Patagonia, la supervivencia del grupo dependía de la participación equitativa de todos los que lo integraban como cazar comida para cada jornada. Sin embargo, a su regreso a Inglaterra estaba «atormentada por un triste remordimiento» por la muerte de un hermoso ciervo dorado de las Cordilleras, que era sumamente dócil y confiado. Es así como durante la década de 1890, sus opiniones sobre los deportes de campo cambiaron drásticamente, y en su libro Los horrores del deporte (1891) condenó los deportes de sangre como crueles. ​Más tarde, se convirtió en vicepresidenta de la Asociación Vegetariana de Londres.

Junto con ello, fue una activa feminista escribiendo libros que desarrollan temas relacionados con las niñas, las mujeres y sus posiciones en la sociedad. Aunque publicó ficción tanto para adultos como para niños, Dixie es recordada por sus libros de viajes, Across Patagonia (1880) y In the Land of Misfortune (1882), los cuales aún se reimprimen. En estos libros se presenta a sí misma como la protagonista de la historia. Al hacerlo, desafía la tradición masculina de citar a otros escritores de viajes que han visitado y escrito en el área, y crea un estilo femenino único de escritura de viajes en el siglo XIX.

Sobre la Autora

Carolina Requena Durán es periodista, escritora y “storyteller”. Además ha sido directora y guionista de documentales de fiestas populares chilenas. Hoy se dedica a la investigación y creación de historias noveladas, en especial sobre mujeres que han logrado grandes hazañas pero no son lo suficientemente conocidas. 

Imagen de portada: Las Torres del Paine vistas desde el Valle de las Chinas, hoy Reserva de Conservación Explora Torres del Paine. Ilustración por Sebastián Correa Ehlers.

Residencia RADICANTE: Navegar el Estrecho en el año cero

En la terminología botánica, Radicante se aplica a aquellas plantas cuyos tallos emiten raíces en diferentes puntos de su longitud. Esta residencia nace a partir de una búsqueda del habitar y experimentar la figura del Radicante, cuyas raíces crecen según su avance y se desarrollan en función del suelo que lo recibe. Hace tres años […]

En la terminología botánica, Radicante se aplica a aquellas plantas cuyos tallos emiten raíces en diferentes puntos de su longitud.

Esta residencia nace a partir de una búsqueda del habitar y experimentar la figura del Radicante, cuyas raíces crecen según su avance y se desarrollan en función del suelo que lo recibe.

Hace tres años que dimos inicio a una serie de navegaciones por el Estrecho que une ambos océanos, el Pacífico y el Atlántico. Cada ruta fue distinta y se dibujó en conjunto a la expertise de una tripulación que ha navegado sus aguas desde hace mucho tiempo.

Fuimos afortunados de tener la libertad de disponer de la embarcación Marypaz II, para navegar hacia donde nuestra curiosidad nos guiara. Nuestro interés estaba en explorar el Estrecho en toda su inmensidad.

Ya son tres años realizando RADICANTE, navegando por los canales que nacen desde el Estrecho y que otorgan la posibilidad de conocer los imponentes sitios que enmarcan esta expedición/residencia, en constante movimiento.

Los artistas navegaron cinco días por el Estrecho de Magallanes en IV edición de Residencia Radicante, la cual se repetirá este año. © Liquenlab 

Navegar un nuevo Estrecho

Desde el inicio de Radicante, nos hemos propuesto una ruta diferente cada vez. Por eso, en esta última oportunidad, optamos por navegar a través del Canal Magdalena, un impresionante cauce fueguino que avanza hacia el sur del estrecho de Magallanes hasta acceder al parque nacional Alberto de Agostini, donde caen varios glaciares de Campo de Hielo Patagónico Sur.

Los Radicantes son expuestos a un viaje, que pensamos, es transformador. El zarpe comienza en una bahía en calma rodeada de la arquitectura propia de la ciudad de Punta Arenas, para luego alejarse hacia el este. Al rato abandonamos esa quietud por el omnipresente viento del oeste… siempre es interesante buscar en su aparente tono monocorde otras monodias, otras voces, volver a escuchar.

Entre los puntos clave visitados, estuvieron los fiordos Martínez, Keats, el glaciar Navarro, glaciar Serrano y glaciar Escondido, entre otros hitos. © Liquenlab 

La Marypaz II es pequeña, una embarcación de pesca adaptada para realizar expediciones, de unos 15 metros de eslora aproximadamente, unos 13 menos que la Nao Victoria (la embarcación con que Hernando de Magallanes hizo el cruce del Estrecho en 1520), pero desde la primera vez que navegamos los laberintos acuosos del Estrecho salta a nuestra mente la singular tecnología de los Kawésqar. 7 mil años atrás, ellos se aventuraron por el sur del Golfo de Penas y el Estrecho en su propia nave, “la reina de las canoas americanas”, llamada así por lo singular de su construcción. Esta reflexión es algo que proponemos para la navegación.

En esta residencia buscamos que los Radicantes se conecten con estas aguas, alejándonos de la visión de “conquista” que tanto se celebra en las conmemoraciones de los 500 años de la circunnavegación y así proponer una nueva relación entre los Radicantes y lo no humano, lejos de la idea de dominio de un espacio determinado, sino más bien desde una actitud de observación profunda.

En la terminología botánica, Radicante se aplica a aquellas plantas cuyos tallos emiten raíces en diferentes puntos de su longitud. © Liquenlab 

Repensar el maritorio

Los nombres que los navegantes de la Colonia española otorgaron a estos lugares conforman una toponimia que habla de la total desconexión que experimentaron con este lugar: Isla Desolación, Puerto del Hambre y Bahía Inútil son solo algunos ejemplos de esta toponimia litoral que permite ver la imposibilidad de los conquistadores de entablar una relación con la naturaleza que no sea de sometimiento.

En esta residencia quisimos invitar a cada persona que se embarca a esta navegación, a repensar el maritorio y conectarse con los elementos que pueblan estos parajes, a dejar por unos días las ansias de producir y entregarse a la contemplación.

Este es un maritorio extenso, violento e impredecible, que ya fue navegado por ancestros que lo habitaron con una clara conexión con el territorio. Una más elevada, que les permitió sobrevivir durante miles de años en equilibrio con la naturaleza.

Tal como el escritor del extremo sur, Francisco Coloane, escribiera: “Lo que no hizo esa despiadada naturaleza en miles de años, lo hizo el hombre blanco”, en menos de un siglo…”

La experiencia navegable ocurre sobre una embarcación pesquera, adaptada para llevar pasajeros y es un espacio para la creación artística, pero también se concentra en la reflexión y el análisis crítico respecto a la circunnavegación de Hernando de Magallanes por el globo y las consecuencias de su llegada al continente. © Liquenlab 

Navegar desde los sentidos

La autora Andrea Wulf, en su libro, “La invención de la naturaleza”, sostiene que Humboldt concibió la tierra como un gran organismo vivo en el que todo estaba relacionado para así engendrar una nueva visión de la naturaleza. Decía también que era necesario medir y analizarla, pero también pensaba que nuestra reacción ante el mundo tenía que depender -en gran parte- de las sensaciones y las emociones.

Con ese ánimo invitamos a los seleccionados para la residencia a darle espacio a la experimentación de las emociones y sensaciones que despiertan estos líquidos laberínticos del Estrecho.

En este año 0, luego del arribo de muchas instancias de dolor y cambios profundos, salir a navegar por los fiordos del Estrecho que une a los dos grandes océanos no es solamente un regalo y una gran oportunidad para despertar, es también la opción de volver a empezar, de pensar en un nuevo mundo a partir de la transformación de nuestra propia consciencia.

Como escribiera la antropóloga Annette Laming durante sus expediciones en Patagonia occidental: “los hechos en última instancia pertenecen al mar y al viento”.

Sobre Residencia RADICANTE

La próxima convocatoria a la V edición de la Residencia Radicante será en Mayo 2021 y el tema será: Tema: ¿Es posible imaginar un nuevo mundo, desde el fin del mundo?

Las bases y la info la encuentra a través de: www.liquenlab.cl

Convocados a participar: Artistas de la Región de Magallanes y Antártica Chilena; artistas de Chile, artistas internacionales de diversas disciplinas.

Ruta: Estrecho de Magallanes

Formato: Residencia navegable

Días aproximados de la residencia: 3 a 6 días, en promedio.

© Liquenlab 

Sobre los Autores

Sandra Ulloa Mensing, Artista Visual y docente, desde el año 2004 co dirige el colectivo de arte “Ultimaesperanza” y el Encuentro Internacional de arte contemporáneo y Nuevos medios “LUMEN” en la Patagonia, es parte también de Liquenlab donde realiza la curatoría de exposiciones, charlas y talleres. IG @sandranebulosa

Nataniel Alvarez. Co fundador, junto a la artista Sandra Ulloa, de Liquenlab y el colectivo de arte «Ultimaesperanza»; en la ciudad de Punta Arenas. Artista visual, de formación autodidacta, que ha desarrollado diversos proyectos, explorando variados lenguajes como la ilustración, la animación y el vídeo; encontrando un espacio mucho mas afín con sus investigaciones, en el lenguaje de las artes mediales.

Sobre Liquenlab

Liquen-lab busca impulsar proyectos de creación contemporánea favoreciendo la relación entre arte y ciencia, utilizando la tecnología como medio exploratorio y expresivo. Liquenlab propone un modelo de aprendizaje y educación con talleres y residencias basados en el “HACER” dando importancia al proceso creativo y al trabajo colaborativo interdisciplinario.

Patagonia: una ecología del viento

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr “Voy camino a la Patagonia me han hablado del frío, del sol y las montañas.  Creo entender los desafíos Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas” Bastian Gygli, camino a la Patagonia.   Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De […]

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr

“Voy camino a la Patagonia

me han hablado del frío, del sol y las montañas. 

Creo entender los desafíos

Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas”

Bastian Gygli, camino a la Patagonia.

 

Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De exhuberante y helada selva austral y de estepas sin fin donde el pasto coirón reina el suelo. Los autores hemos visto estos lugares, y para nosotros, no hay duda, hablar de Patagonia es hablar de sus vientos, aires apresurados que alcanzan velocidades sorprendentes. Estos soplan con furia a través de llanos y bosques, dando forma a árboles de intrincadas geometrías nacidas de la resistencia al viento. Pero, incluso ante estas condiciones agrestes que parecen desafiar la vida, los diversos organismos patagónicos se han adaptado, pudiendo llamar hogar a este territorio azotado por los ventarrones.

El viento

Cada día, en el océano Pacífico, millones de litros de aire son calentados por la radiación solar, ascendiendo. Este aire luego se mueve impulsado por las fuerzas de rotación de la tierra, el llamado efecto Coriolis. Parte de esta masa de aire cálido choca con el sur de Sudamérica, donde los campos de hielo patagónicos han helado el aire. En este choque el aire caliente asciende aún más, para luego encontrarse con la pampa, donde no están los fríos glaciares. Allí el aire cae en picada, acumulando velocidad y fuerza, muchas veces descomunales. Durante los días más intensos se pueden registrar vientos constantes de 50 km/hr y ráfagas de hasta 100 km/hr.  

Estas condiciones son intermitentes, siendo influenciadas por los grandes movimientos de las masas de aire. Hay días de calma, donde todo está tranquilo, los cuales son luego seguidos por temporales que pueden durar días o semanas. La temporada más propensa a estos eventos es el verano. En este la diferencia de temperatura de las masas de aire es mayor y, por ende, hay más posibilidades de procesos de acumulación de velocidad.

Quebrada en medio de las planicies patagónicas de la Sierra Baguales © Montaraz

La misma naturaleza del territorio, que no presenta relieves tan pronunciados, hace que los aires fluyan libres. La ausencia de grandes obstáculos hace que el viento no pierda fuerza y, por otro lado, no entrega muchas posibilidades de escondite a los habitantes. Ante esto, los seres vivos se han adaptado.

Adaptación

El ambiente abiótico es una gran fuerza modeladora de la vida. Gran parte de las adaptaciones biológicas que se han mantenido en el tiempo han sido una respuesta a una o varias condiciones del entorno. Por ejemplo, en el extremo sur de Chile, la cordillera de los Andes genera refugios del viento, lo que unido a la humedad permite la aparición de bellos bosques australes, donde las lengas (Nothofagus pumilio) dominan el paisaje. Estos lugares están resguardados, lo que les permite a las plantas alzarse a varios metros del suelo. Sin embargo, hacia el este de los Andes, hacia Argentina, otro es el panorama. 

Allí, en las tierras abiertas donde la erosión glaciar ha aplanado el territorio, dejando solo suaves colinas y grandes planicies, no hay nada que detenga el viento. Así, este corre libre y sin tregua. La primera impresión es dura, ¿cómo puede algo tolerar la fuerza del viento? Especialmente cuando en el vasto paisaje patagónico no se distingue refugio alguno.

Sin embargo, es en medio del viento donde la Patagonia guarda uno de sus tesoros biológicos, en parte por sus enormes dimensiones, pero también ante esta presión ambiental la vida ha respondido con múltiples variantes, conformando un rico e interesante ecosistema.

Lengas (Nothofagus pumilio) con sus ramas adaptadas al viento © Montaraz

Plantas y viento

La base de las estepas está en las plantas, las cuales al ser organismos sésiles (de muy baja movilidad) no pueden moverse buscando refugio del viento. Esto ha hecho que deban adaptarse a resistir el viento en vez de evitarlo. Lo primero es modificar sus hojas. Las plantas usan sus hojas para hacer fotosíntesis, pero también es el lugar donde realizan los intercambios de gases con el entorno, incluyendo el agua. Por lo mismo, cuando una planta tiene una hoja muy grande, es propensa a perder agua, ya sea por calor, o como en la Patagonia, por el viento. Este último mueve la masa de aire y toda la humedad que se encuentra en él se desplaza con su paso, dejando una nueva masa de aire seca, la cual es un nuevo estímulo para que se libere agua.

Esto hace que las plantas se hayan adaptado a estas condiciones de sequedad, disminuyendo drásticamente el tamaño de sus hojas o modificándose completamente, como ocurre con los cactus del desierto. Aunque, a diferencia de estas otras plantas, en la Patagonia existe otra adaptación clave: la forma de crecimiento. En un intento desesperado por mantener algo de la escasa humedad, muchas de las plantas han adoptado una forma de crecimiento a ras de suelo y con una forma semiesférica, la cual permite al viento pasar aerodinámicamente sobre las plantas, pero no penetrar en su interior, donde se conserva algo de humedad.

El ejemplo clave de esta estrategia se encuentra en el coirón, una denominación para pastos del género Festuca. Estas plantas son parecidas a los clásicos pastos de las ciudades, pero su forma de crecimiento sigue este patrón aglomerado, como de “champa”. Esto ha hecho que sea especialmente abundante en la Patagonia y en la alta montaña, donde llega a formar praderas puras o asociaciones con otras especies.

Mata guanaco (Anarthrophyllum desideratum), otro ejemplo clásico de adaptaciones al viento © Montaraz

En el caso de los árboles que se aventuran a las zonas de viento, su forma de crecimiento es radicalmente distinta a los del bosque. El tronco y algunas secciones de las ramas son engrosadas  dado que la madera se acumula en las zonas que permiten sostener la estructura del individuo y resistir el estrés mecánico que ejerce el viento. Además, las hojas se reducen y las ramas pueden crecer siguiendo la dirección predilecta del viento. Esto último ayuda a que pase de forma aerodinámica y disminuye el potencial de ramas quebradas. A nivel de las raíces, están suelen crecer más en contra de la dirección habitual del viento, dado que así sostienen al árbol firmemente en su lugar.

Fauna y viento

Los animales se pueden mover y esto les permite en cierta medida evitar el viento. Sin embargo, con temporales que pueden durar varios días y una escasez natural de refugios en el entorno, cada tanto todo organismo se verá obligado a enfrentarse al viento.

En el caso de los seres pequeños, como los artrópodos (grupo que incluye insectos, arañas, ciempiés y milpiés, entre otros organismos) las adaptaciones claves son conductuales e implementan mantenerse alejados del viento. Por lo mismo muchos de ellos viven al resguardo bajo rocas o en pastos y la abundancia de especies voladoras es menor que en otras zonas donde el viento no es tan predominante.

Los reptiles patagónicos están adaptados a la falta de humedad, con cuerpos planos y una vida a ras de suelo. Por otro lado, la abundancia de anfibios es baja, debido a la sequedad. Los pocos ejemplares que habitan las estepas suelen enterrarse y esperar los periodos de lluvias para activarse.

Liolaemus magellanicum en torres del Paine. Esta es la lagartija más austral del mundo © Montaraz

Son los mamíferos y las aves los grupos que desafían más directamente al viento, principalmente mediados por su capacidad endotérmica (de regular la temperatura corporal) y sus adaptaciones para la insulación externa a través del pelo y las plumas. Esto les permite enfrentar directamente el viento por períodos más largos de tiempo. Para evitar la pérdida de calor también muchas especies presentan un aumento de tamaño corporal, optimizando la relación entre su volumen y su área, perdiendo proporcionalmente menos calor que otras especies de sus familias. Es en parte por esto que especies como el puma (Puma concolor) presentan sus mayores tamaños en la Patagonia.

Ahora, incluso con este impresionante listado de adaptaciones, solo los animales más grandes, como el guanaco (Lama guanicoe) y el choique  (Rhea pennata) son capaces de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia. Los de menor tamaño deben pasar por periodos de inactividad ante los vientos más fuertes o buscar sus oportunidades en la noche, donde los vientos suelen ser de menor intensidad.

Zorro chilla (Lycalopex griseus) refugiándose de los fuertes vientos en una pequeña grieta en la arena © Montaraz

Como en muchos lugares alejados de los trópicos, las mejores estrategias para los organismos es tener una gran adaptabilidad y poder comportarse como generalistas, aprovechando las ventanas de oportunidades que un ambiente cambiante les presenta.

Eventos extremos y los riesgos del cambio climático

Incluso con todas las adaptaciones mencionadas, los eventos extremos de viento pueden ser devastadores. Los vientos huracanados de hasta 200km por hora, pueden ser capaces de arrancar las plantas y sus raíces, y junto a ellas desprender grandes porciones de suelo. Esto deja zonas expuestas, las cuales pueden ser difíciles de colonizar en los ritmos lentos de los ecosistemas patagónicos. Los temporales también son capaces de limitar la actividad de los animales, impidiendoles completar sus ciclos vitales. Esto puede ser desastroso para animales de ciclos cortos o poblaciones ya reducidas.

Lo problemático es que estos fenómenos se podrían volver algo mucho más común en los próximos años. Está estudiado que uno de los efectos del cambio climático es el aumento de eventos climáticos extremos (National Geographic, 2020). Esto se produce porque existe un calor extra en el sistema, el cual se puede desplazar en formas que desbalancean las armonías actuales, teniendo efectos impredecibles. Esto hace que el calentamiento de una masa de agua en un lado del mundo, pueda tener consecuencias en el otro lado, como periodos de sequías, lluvias y otros eventos. Si esto potencia el ya intenso viento, los resultados podrían ser terribles en la biodiversidad local.

En la ecología es difícil poder aislar un factor, pues normalmente hay muchos que están influyendo en el desarrollo de estrategias y procesos. A pesar de que esto también es cierto en la Patagonia, la presencia de un factor tan predominante en su intensidad como los vientos huracanados del sur, nos permite entender de mucha mejor forma como la vida a veces debe adaptarse a los desafíos claves de un territorio. 

Así, como los glaciares son los forjadores principales del relieve patagónico, son sus vientos el factor clave para entender a su flora y fauna, la cual deslumbra con su resiliencia única. Sin los aires lacerantes, este territorio no sería lo mismo y, aunque desafiante a veces, el viento es parte fundamental de los procesos biológicos, tanto en la Patagonia como en otros lugares del mundo.

El Guanaco es capaz de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia © Montaraz

 

Imagen de portada: Vista de la Patagonia desde mirador El Toro © Montaraz

Referencias

Ennos, A. (1997). Wind as an ecological factor. Trends in Ecology & Evolution, 12(3): 108-111.

Konôpka, B., Kulfan, J. & Zach, P. (2016). Wind- An important ecological factor and destructive agent in forests. Forestry Journal 62(2): 123-130.

Nobel, P. (1981). Wind as an Ecological Factor (Chapter)Physiological Plant Ecology I, 12.

Ornes, S. (2018). Core Concept: How does climate change influence extreme weather? Impact attribution research seeks answers. PNAS, 115(33): 8232-8235.

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/tendremos-mas-fenomenos-meteorologicos-extremos-futuro_13378. Revisado el día 03 de febrero.

Tortel, caleta de turberas

Caleta Tortel, con sus pasarelas perfumadas de ciprés, su cercanía a los fiordos y su dureza austral, es uno de los emblemas de la Región de Aysén. Muchos terrenos en sus alrededores corresponden a sitios muy húmedos, donde crecen plantas y musgos formando cojines o alfombras. Las especies que allí priman son el musgo pompón […]

Caleta Tortel, con sus pasarelas perfumadas de ciprés, su cercanía a los fiordos y su dureza austral, es uno de los emblemas de la Región de Aysén. Muchos terrenos en sus alrededores corresponden a sitios muy húmedos, donde crecen plantas y musgos formando cojines o alfombras. Las especies que allí priman son el musgo pompón (Sphagnum magellanicum) en las zonas protegidas del viento; o bien la Astelia (Astelia pumila) y Donatia (Donatia fascicularis) en las zonas altas expuestas al viento. Los más antiguos de estos sitios tienen un suelo formado por un sustrato oscuro, blando, restos de esas plantas y agua. Tales sitios son ecosistemas con características especiales llamados Turberas, y conocidas en Caleta Tortel como turbas o tembladeras.

A primera vista las turberas parecen inútiles. Nadie introduce ganado a pastar en ellas, ya que tienen poco pasto o plantas apetitosas, y en cambio suelos blandos donde los animales pueden hundirse y morir atrapados. Si quisiéramos construir una casa, la turbera sería el peor lugar. Los cimientos para sostenerla se hundirían con el tiempo, hasta dejarla enterrada en el “barro”. Y si quisiéramos plantar papas o lechugas, el exceso de agua de la turbera terminaría por ahogar nuestros almácigos. Entonces te preguntarás ¿para qué sirven las turberas? o ¿por qué perdemos el tiempo prestándoles atención? Hay un par de razones simples pero importantes. Para conocerlas, hundámonos un poco en estos ecosistemas.

Atrapamoscas, Donatia en flor y Musgo Pompón en turbera de Tortel. © Carolina Rodríguez

Un ecosistema de restos

Las turberas son ecosistemas originados por la acumulación de turba, el sustrato oscuro y húmedo con restos de plantas semi-descompuestas que forma sus suelos. Así, las turberas poseen los únicos suelos del planeta capaces de autogenerarse, ello gracias a las plantas especiales que las habitan. Los restos que decaen de las plantas se depositan en el suelo húmedo, y gracias al agua y la baja temperatura, se descomponen muy lentamente, acumulándose año tras año. Así, se forma un sustrato de suelo a base de restos de raíces, hojas, tallos, musgos, madera e incluso partes de insectos. Ese sustrato se llama turba. Las turberas cumplen funciones muy importantes como reserva de agua, mitigadoras del cambio climático, refugios de biodiversidad, y como amortiguadores de la erosión e inundaciones. Sin embargo, en algunas regiones de Chile, muchas turberas fueron explotadas y devastadas para extraer musgo pompón y turba. Tal es el caso de la Región de los Lagos y desde hace algunos años también la de Aysén. Pero vamos por parte.

En las turberas crecen plantas adaptadas a la humedad (por ejemplo juncos, totoras y musgos). Mientras que en los bosques la mayoría de los organismos que descomponen la materia orgánica para alimentarse (bacterias, micro-organismos e insectos) precisan oxígeno para existir, en las turberas sólo sobreviven organismos capaces de descomponer la materia orgánica bajo el agua, llamados “anaeróbicos” (an= sin, aeróbico=aire). Estos organismos son menos numerosos, se demoran en llegar y son lentos para comer. Por ende, no acaban el buffet al cabo de una temporada, sumándose al menú de restos de plantas del periodo anterior, las que decaen durante el actual. Al ser la acumulación de materia orgánica (el buffet) más rápida que su descomposición (la comilona de los organismos anaeróbicos), se forma la turba.

Las turberas cumplen funciones muy importantes como reserva de agua, mitigadoras del cambio climático, refugios de biodiversidad, y como amortiguadores de la erosión e inundaciones.

Los científicos Hans Joosten y Donald Clarke estudiaron por décadas las turberas del mundo. Estos turberólogos definieron que si el suelo tiene ≥30% de materia orgánica (o sea, de restos de plantas muertas) se le puede llamar turba. Así mismo, pudieron constatar que si la capa de turba tiene un grosor ≥30 cm, entonces estamos frente a una turbera. Estas definiciones no son absolutas y se relacionan con la capacidad del ecosistema para desarrollarse y regenerarse.

Hebras de musgo Pompón vivo (Sphagnum-magellanicum) de hasta 24 cm de largo © Carolina Rodríguez.

Depositarios de la historia del territorio

Mientras la turbera permanezca húmeda, los restos orgánicos depositados en la turba persistirán. Así, quienes estudian la turba, encuentran en ella la historia de los bosques, erupciones volcánicas, climas y cambios en el paisaje. Por ejemplo, en una turbera localizada en zona montañosa del río Pascua fueron hallados restos de Juncáceas que existieron hace cerca de 4.600 años (según datación 14C). Tales muestras fueron extraídas de turba a 3 metros de profundidad, en un ecosistema donde hoy dominan plantas pulvinadas, como la Astelia pumilia y la Donatia fascicularis (Rodríguez Martínez, 2015).

Por otro lado, las plantas de las turberas tienen tejidos porosos capaces de acumular mucha agua. Cuando las plantas decaen y forman la turba, mantienen esa cualidad. Se calcula que las turberas almacenan un 10% del agua dulce del planeta fuera de los glaciares (Joosten & Clarke, 2002). Con su gran porosidad, la turba actúa como una esponja, convirtiendo las turberas en grandes reservas de agua dulce y en tremendos amortiguadores naturales ante inundaciones. En efecto, muestras de turba de musgos Sphagnum magellanicum extraídas del sector de Los Remolinos, a 3 km de Caleta Tortel, atestiguan la capacidad de retener 93% de su peso en agua. Entonces, las turberas absorben enormes volúmenes de agua ante las crecidas estivales de los ríos de Aysén, reduciendo los daños por inundaciones, comunes a lo largo del Baker, Pascua y Nef, producto de vaciamientos abruptos de lagos glaciares (GLOF’s por su abreviación en inglés).

Otro aspecto mundialmente valorado es la capacidad de las turberas de reducir el dióxido de carbono atmosférico (CO2), uno de los gases responsables del calentamiento global. Las plantas que alguna vez habitaron una turbera, absorbieron de la atmósfera el CO2, usando el carbono (C) para crecer, y liberando oxígeno (O2). La estimación del volumen, área y tipo de sustrato de las turberas es clave para valorar su captación de CO2. Según un estudio actual (Xu et al., 2018) 4,23 millones de km² en el planeta están cubiertos por turberas. Eso es 3% de la superficie terrestre. Investigaciones realizadas por Leifeld & Menichetti (2018) han calculado que esa área ha almacenado en forma de turba un tercio del carbono presente en los suelos del planeta (cerca de 644 gigatoneladas), que de otra manera estaría en la atmósfera en forma de CO2. Las turberas de Aysén que atestiguan el mayor almacenamiento de carbono son aquellas cuya turba se forma por restos de ericáceas (Pernettya mucronata y Empretrum rubrum), con un 55% de carbono en el total de materia orgánica. Este es uno de los sustratos más comunes en turberas cercanas a Tortel (Rodríguez Martínez, 2015).

Turberas sanas y húmedas almacenarán carbono, pero si son perturbadas, drenadas, su turba extraída, o peor aún, quemada, el carbono sería emitido voluptuosamente como CO2 a la atmósfera. La destrucción de las turberas podría liberar 65 veces la cantidad de CO2 que en 2018 generó el consumo de combustibles fósiles en el planeta (autos, vuelos e industrias) (http://www.globalcarbonatlas.org/en/CO2-emissions). Así, las turberas dañadas acelerarían el calentamiento global, con todas las consecuencias que ya conocemos o no tardaremos en conocer.

Renovales de Ciprés de las Guaitecas en Turberas cercanas a Caleta Tortel © Carolina Rodríguez.

Lo que sabemos y lo que falta por saber

La resiliencia biológica que las turberas brindan ha sido documentada a nivel mundial (Kimmel & Mander, 2010). En la Patagonia de Aysén, esa resiliencia fue clave durante los grandes incendios provocados por los colonos a comienzos del siglo XX. Durante ese periodo, las turberas conservaron en sus suelos saturados los renovales y semillas de Ciprés de la Guaitecas (Pilgerodendron uviferum), y de otras especies amenazadas, cuya reforestación hoy se promueve en Aysén.

En Chile se trabaja en calcular el área total de turberas, pues las cifras existentes son ambiguas, producidas por sensoría remota y con escaso trabajo de campo. Al menos sabemos que la mayoría se encuentra en la Patagonia Chilena, desde Los Lagos a Magallanes. Según el Plan Nacional de Protección de Humedales, Patagonia albergaría cerca de 3,7 millones hectáreas de turberas, con 340.000 hectáreas en Aysén (MMA, 2018).

Las turberas, sin embargo, son vulnerables debido a su formación lentísima. Aysén por ejemplo, tiene una tasa de acumulación de turba de 0,5-1,0 milímetros por año, siendo necesarios 1000 a 2000 años para acumular un metro! (Rodríguez Martínez 2015). Las épocas de sequías y los drenajes airean la turba, dando paso a organismos aeróbicos (y ya no solo los poquitos comensales anaeróbicos) que descompondrán la turba, liberando el CO2, mineralizando la turba y anulando así su acumulación.

Camión en ferry Crux Australis rumbo a Magallanes, cargado de musgo pompón cosechado en cercanías de Tortel © Carolina-Rodríguez.

Glaciares verdes en amenaza

Actualmente, la gran amenaza a las turberas chilenas es la extracción del musgo pompón (Sphagnum magellanicum). Este musgo, principal formador de turba, se exporta como insumo hortícola, especialmente a Taiwán y otros países asiáticos. Mientras más larga sea la hebra del musgo, más alto es su valor comercial. En Chile su extracción está pobremente regulada y los datos científicos sobre su desarrollo son escasísimos. Ello se debe a que los experimentos sobre su crecimiento duran varios años, y muchos “pomponeros” (quienes extraen el musgo) no quieren postergar su provecho económico inmediato. En Magallanes, los estudios muestran un crecimiento de la hebra del musgo entre 2,5 y 5 mm por año (Domínguez & Larraín, 2012), por lo que la regeneración de una cosecha de hebras de 14 cm demoraría 28 a 56 años. Allí, la extracción del musgo pompón genera un beneficio económico reducido a una década, mientras que sus consecuencias (emisión de CO2, inundaciones, etc.) durarán cientos de años, hasta que el ecosistema logre recuperarse.

Quienes estudian la turba, encuentran en ella la historia de los bosques, erupciones volcánicas, climas y cambios en el paisaje.

La situación se agrava, por tratarse de una actividad extractiva foránea sin antecedentes en las prácticas locales, adoptada por comunidades carentes de experiencias ancestrales de manejo y de conocimientos sobre ciclos naturales de estos ecosistemas, mucho menos sobre las consecuencias de su destrucción. Ejemplo de ello es la Isla Grande de Chiloé, donde desde hace tres décadas se ha extraído turba y musgo pompón de las turberas (Díaz et al. 2005). Las turberas eran los “glaciares verdes” de la isla, y en parte almacenaban los 2000 mm de precipitaciones invernales que caen en Chiloé, manteniendo un equilibrio hídrico durante los veranos secos de la isla. (www.es.climate-data.org). Por ejemplo, el 2016 la crisis hídrica estival impuso la necesidad de camiones aljibe para distribuir agua en diversas comunas de Chiloé (Noticias soychile.cl, 2016). Junto al crecimiento de la población, la demanda de agua de las salmoneras, las plantaciones de pino y eucaliptus, el cambio climático y la destrucción de las turberas han agravado el desastre hídrico de la isla.

Nos sobran razones para valorar las turberas. Las comunidades de sitios aún prístinos de la Patagonia chilena donde éstas abundan, tales como Caleta Tortel, pueden exigir a sus gobernantes la protección y manejo sensato de esos ecosistemas. Especialmente, porque existen formas de ponerlas en valor, sin impactos ecológicos y con beneficios económicos comunes. Así demuestran diversas iniciativas internacionales en turismo de intereses especiales, centros de educación ambiental, museos paleo-ecológicos de sitio, y ventas de bonos de carbono asociadas a turberas. De esa forma, muchos sitios de Aysén podrían desarrollarse sustentablemente para que Tortel pueda seguir siendo una linda Caleta con “caleta” de turberas.

Típico paisaje de turberas prístinas en las cercanías de Tortel © Carolina Rodríguez.

Referencias

Diaz, M.F, Larrain, J. & Zeggers, G. (2005) Antecedentes sobre la importancia de las turberas y el pompón en la isla de Chiloé. Fundación Darwin, 32 pp.

Dominguez, E. & Larraín, J. (2012) Sphagnum magellanicum (pompon): el musgo de la turbera. INIA-CRI-KAMPENAIKE. Informativo N°31, 2012.

Joosten, H. & Clarke, D. (2002) Wise use of mires and peatlands -background and principles including a framework for decision-making. International Mire Conservation Group & International Peat Society, Saarijarvi, Finland, 304 pp.

Kimmel, K. & Mandar, Ü. (2010) Ecosystem services of peatlands: Implications for restoration. Progress in Physical Geography, 34 (4), 491-514.

Leifeld, J. & Menichetti, L. (2018) The underappreciated potential of peatlands in global climate change mitigation strategies. Nature Communications, 9 (1071), 1-7.

Ministerio del Medioambiente MMA (2018) Plan Nacional de Protección de Humedales 2018-2022.

Rodríguez Martínez, A.C. (2015) Hydrogeomorphic classification of mire ecosystems within the Baker and Pascua Basins in the Region Aysén, Chilean Patagonia – a tool for their assessment and monitoring”. Tesis doctoral. Bodenkundliche Abteilung der Humboldt Universität zu Berlin. Alemania.

Noticias soychile.cl (2016) www.soychile.cl/Chiloe/Sociedad/2016/11/06/427935/Chiloe-habitantes-rurales-se-organizan-para-combatir-escasez-de-agua.aspx.

Xu J., Morris P.J., Liu J., Holden J. (2018) PEATMAP: Refining estimates of global peatland distribution based on a meta-analysis. Catena, 160:134-140.

Sobre los Autores

Carolina Rodríguez 

Socióloga de la Universidad de Chile, Máster en Manejo Integrado de Recursos Naturales y Doctora en Ciencias Agrarias por la Humboldt-Universität zu Berlin. Desde 2008 investiga y difunde la importancia de las turberas en Chile, Argentina, Sudáfrica, Kirgistán y Alemania. En 2015 cofunda en Chile la iniciativa www.miresofchile.cl y trabaja como investigadora, educadora ambiental y guía de naturaleza. Actualmente reside en Alemania. Contacto: carolina.rodriguez@miresofchile.cl

Marvin Gabriel

Geógrafo físico y Máster en Ecología del Paisaje egresado de la Leibniz Universität Hannover. Doctor en Ciencias Agrarias por la Humboldt Universität zu Berlin. Desde 2010 investiga y difunde la importancia de las turberas en Chile, Alemania y Sudáfrica. En 2015 cofunda en Chile la iniciativa www.miresofchile.cl y trabaja como investigador, educador ambiental y guía de kayak. Actualmente reside en Alemania. Contacto: marvin.gabriel@miresofchile.cl

Imagen de portada: Típico paisaje de turberas prístinas en las cercanías de Tortel © Carolina Rodríguez.

Las biografías que más me han conmovido e inspirado son las de aquellas personas, que desde el respeto y el amor, comparten con otras especies como pares, conviviendo comunitariamente en su hábitat, conociendo las distintas personalidades de los miembros que las integran y sin intervenir en sus rutinas. Esto sumado al aporte que han hecho […]

Las biografías que más me han conmovido e inspirado son las de aquellas personas, que desde el respeto y el amor, comparten con otras especies como pares, conviviendo comunitariamente en su hábitat, conociendo las distintas personalidades de los miembros que las integran y sin intervenir en sus rutinas. Esto sumado al aporte que han hecho para la conservación. La hiperconectividad en esta pandemia hizo posible tener una conversación virtual con una de esas personas. Luego de algunas coordinaciones telefónicas, llegó el momento de charlar con quien apodan “Orcaman”.

Las orcas (Orcinus orca) son los delfines más grandes, están distribuidas en todos los océanos, tienen marcadas estructuras sociales y destacan por ser depredadoras tope, es decir, nada en el mar se las come. Sus coordinados métodos de caza varían dependiendo de las familias, pero hay uno que capta las miradas por su espectacularidad: el varamiento intencional. En este método de caza, el individuo sale del agua para capturar una cría de lobo o elefante marino que esté en la orilla, para luego volver al mar. Juan Carlos López, bonaerense amante de las orcas, fue el primero en exponer esta manifestación a la ciencia. Este fenómeno ocurre solo en tres partes del mundo. Así, es posible observarlo en el hemisferio sur tanto en las islas Crozet del Océano Índico, como en la Península Valdés en la Patagonia Argentina Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1999. Mientras que el tercer lugar documentado por primera vez en el Pacífico Norte, fue en el Mar de los Salish, descubierto al mismo tiempo que escribía este texto.

De buzo profesional a investigador de orcas

Juan Carlos lleva casi medio siglo compartiendo con las orcas. Llegó de Buenos Aires a la Provincia de Chubut para trabajar como buzo profesional en una empresa que hacía bautizos submarinos en Puerto Madryn. Según recuerda “la pasaba más abajo del agua que arriba. Empecé a transmitir a la gente las bellezas que hay en el fondo del mar y la necesidad de conservación del océano”. Luego tuvo la posibilidad de ser guardafauna en Península Valdés, específicamente en el sector Punta Norte en el apostadero de elefantes marinos, donde estuvo desde 1975 y por más de diez años. Pasó de vivir en una de las ciudades con mayor cantidad de habitantes a un ambiente donde abundaba la naturaleza. 

Juan Carlos junto a su hija Jessi y la orca Des.

Desde sus inicios, motivaba a la gente con planes de educación y divulgación de lo que pasaba en esa zona y la fauna que la habitaba. En sus palabras, “las personas se interesaban mucho, se iban absolutamente maravilladas a sus hogares”. Dentro de esas labores, realizó el primer catálogo de orcas de Argentina. Su inspiración en ese momento era quitarles el apodo de asesinas. Para esto, también tuvo la iluminación del investigador Roger Payne, quien lo motivó a realizar estos estudios, a pesar de no ser biólogo. López comenta: “ahí empecé a ponerles nombres a las orcas, además del código de identificación, y eso trajo como consecuencia para las orcas que cuando venían los turistas y miraban el catálogo decían ¡Mira está Bernardo, Mel, Des, Blanca! ahora eran nombres, no eran las ballenas asesinas”.

Al principio el gobierno local lo desincentivó a investigar a las orcas. Lo anterior, porque si la gente sabía que habían de estos cetáceos en la zona  se podría arruinar el turismo local, por el prejuicio que existía en esa época. Ahora, en cambio, son los íconos turísticos del lugar y cuentan con un reconocimiento mundial. Año a año los visitantes de muchas partes del planeta visitan a las ya famosas orcas de Península Valdés. 

Juan Carlos observando el mar en busca de actividad

Primeros aportes a la ciencia

Desde la primera vez que vio una orca supo que dedicaría su vida a ellas. Según lo expresa con sus propias palabras, “para mí son mi familia, yo soy parte de la de ellas y ellas son parte de la mía. Son todo para mí, son mi mundo”. Desde ese sentir, Orcaman comenzó a aportar a la investigación científica. Sobre su primera participación en un congreso comenta: “A mí me parecía que era algo normal lo del varamiento, pero cuando viajé a Seattle el año 79’ a un congreso internacional, presenté mi trabajo en poco más de 8 minutos. Mostré las imágenes que llevaba y fue un revuelo en el salón. Yo estaba asustado, era la primera vez que participaba en un congreso científico, con más de 180 investigadores de mamíferos marinos de todo el mundo. Fue la primera vez que alguien presentaba un trabajo donde las orcas varaban en la playa. Estaban todos vueltos locos“.

De inmediato le pidieron que publicara un trabajo científico, lo que al principio le hizo ruido por no estar vinculado a una disciplina de esa índole. Sin embargo, le insistieron y el resultado, finalmente fue la publicación de su investigación en Estados Unidos. Se trataba de la primera en abordar el varamiento intencional como técnica de caza de una familia de orcas.  Años después se sumó el caso de las Islas Crozet.

Juan Carlos se vinculaba con su familia marina desde la empatía y el respeto, observando y siendo observado. Son más de 28.626 horas las que ha estado mirando el mar en busca de orcas, de las cuales aproximadamente 1.900 han sido de avistamientos y contactos de distinto tipo. En este sentido, sus aportes han implicado conocer facetas sociales de las comunidades que habitan la zona, haciéndose, al mismo tiempo, parte de ellas.

López presenció varamientos fallidos donde otras orcas fueron en auxilio. Las que van a ayudar suelen golpear el pedregullo con las cabezas hasta hacer un hueco para que entre agua. Así, la orca que esté varada logrará deslizarse y salir. Cuando describe estos hechos no escatima en calificativos de admiración y lo hace con una pasión que hace que uno no pueda más que tratar de imaginarlo lo más vívidamente. Dentro de los descubrimientos de “Orcaman” también se suma que quienes transmiten el conocimiento de estas técnicas de varamiento y auxilio son las “abuelas”. Lo anterior consolida la estructura matriarcal de estos delfines.

Estas observaciones constantes le hicieron notar que las orcas fallaban en la organización de sus ataques de caza. Este hecho le llamó la atención, ya que ellas tienen un sonar impresionante, que supera a cualquier invento humano. Si las orcas son capaces de identificar exactamente la ubicación de su presa ¿Por qué fallaban en la comunicación entre pares en medio de sus ataques? Fue entonces que Roger Payne le facilitó un hidrófono con el que se dieron cuenta que cuando estos cetáceos van a cazar no se comunican, sino que usan un sonar pasivo, como cuando un submarino localiza peligro, y pasa a guiarse solo por fuentes de sonido. Cuando no están cazando, en cambio, hacen todo tipo de sonidos, como silbidos y chillidos —los que “Orcaman” imita  a la perfección .

En el año 1989, Juan Carlos colaboró para la BBC junto a David Attenborough. El equipo quería documentar orcas alimentándose, para sentar precedentes respecto a qué tan seguro era para buzos y científicos compartir aguas con estos depredadores. Esperaron las condiciones ideales para asegurarse que las orcas tuvieran hambre y bajaron unos 5 metros de profundidad. Un grupo de 7 orcas pasó por el lado y nunca abrieron la boca, nunca tocaron a los buzos, solo los miraron muy curiosas. De esa experiencia recuerda:  “estaba solo un 70% seguro que no nos pasaría nada, el otro 30% eran 48 dientes cónicos en un animal de más de siete metros y varias toneladas de puro poder”. Posterior a esas inmersiones, la BBC informó a todo el mundo que era seguro documentar orcas.

Son muchas las historias de Juan Carlos con estos seres marinos y los recuerda a todos con una enorme sonrisa. Estos animales lo seguían mientras patrullaba de ida y vuelta, lo iban a saludar cuando estaba sentado en la orilla comiendo un pan, jugaban a esconderse, si él les aplaudía ellas le respondían con aleteos sobre el agua. Llegó a conocer sus caracteres y personalidades, como una verdadera familia. Le ofrecieron financiamiento para investigar más acerca de esas conductas, pero lo rechazó. Afirma: “no quiero meterme en la vida de ellas, no quiero hacer ese tipo de contacto, de llamar y que vengan”.

Vinculación social y activismo

Juan Carlos ha colaborado en la generación de leyes de protección de la fauna local y se ha involucrado en proyectos de educación. Desde el Club Municipal de Ciencia donde participan de manera gratuita niños y niñas de 8 a 14 años— colaboró con la formación de personas preocupadas por el medio ambiente. Este proyecto sigue activo y según lo describe Juan Carlos, “enseña a respetar la naturaleza. Hay quienes empezaron de 7-8 años y ahora son profesores del Club. Ahora ellos enseñan lo que nosotros transmitimos y siguen un camino que va a generar nuevos profesores seguramente o defensores de la naturaleza, que es lo importante”.

Este mismo club le permitió participar en la generación de políticas públicas. En el año 1998, la abuela de dos de los estudiantes que participaban de los cursos le comentó que sus nietos le habían transmitido todo lo que ocurría con el cautiverio en los acuarios. Ella pensaba que había que hacer algo para que esto no siguiera adelante. Juan Carlos llevaba años luchando contra los acuarios —se sonríe al decir que tiene el enorme placer de ser odiado por ellos. Esta señora, resultó ser diputada y lograron impulsar la Ley 25.052, que prohíbe la captura de orcas en Argentina. Dos años después, luego de publicar su libro, otra diputada lo contactó al enterarse de los mecanismos con los que los acuarios capturaban orcas varadas con la excusa de tener que rehabilitarlas, cuando finalmente se las quedaban. Ese contacto tuvo como consecuencia la elaboración de la Ley 4.597, que prohíbe la captura de orcas en Chubut. Si apareciera una varada, solamente puede intervenir un centro científico, no un acuario. Esto, con la obligación de devolverla al mismo lugar donde varó. “Yo siento placer, porque colaboré en ambas leyes y fue lindo”, comenta con mucha alegría.

En otra de sus hazañas, logró movilizar a literalmente todas las escuelas de la zona para hacer una intervención simbólica. En esta ocasión, más de 5.000 estudiantes se tomaron de la mano en un acto alegórico, prohibiendo que los adultos se acercaran a la playa. Dicho acto fue muy importante ya que sucedió en un período en que Argentina iba a votar a favor de la caza de ballenas. 

Respecto a este hito, cuenta que viajó a la Cancillería a entregar una caja con petitorios de los niños de Madryn para votar a favor de las ballenas y no de la matanza: “me recibió el canciller, le mostré que los niños le pedían que trabajara como adulto y salvara a las ballenas”. Finalmente, Argentina votó en contra de la cacería de estos cetáceos. Hasta el día de hoy, existen personas que participaron en intervenciones de este tipo que se ponen a llorar cuando recuerdan esos momentos vividos a temprana edad.

Además de esto, lideró las normativas que regulan el turismo de observación responsable de especies en la zona. Ante todos estos aportes, afirma tener “el placer de haber cambiado la mentalidad y que sean tan queridas. Las orcas que varan en la playa son íconos de la Patagonia. Es un placer enorme haber sido el primero que le mostró a la ciencia que eso pasaba.”.

Peter a punto de capturar un lobo marino

Panorama actual

Todavía hay muchos grupos de orcas que no están identificados o que tienen avistamientos esporádicos, se trata de una especie que se desplaza mucho. Juan Carlos cree que “muchas de estas deben entrar a la zona chilena, cruzan el Estrecho y se meten. Hemos visto orcas de la Patagonia incluso en Brasil y Tierra del Fuego, están ahí a la vuelta nada más”. Por lo mismo, el trabajo de foto identificación y el contacto con investigadores de otros países es crucial para seguir entendiendo muchos de los misterios que todavía quedan de esta especie.

También, es optimista al reconocer que “se ha avanzado mucho. Las ONG, documentales, la investigación científica que se está abriendo al público, ya no es una caja cerrada. Mucho investigador de cetáceos se está acercando al público a hacer charlas, ahora mismo por Zoom. Se está llegando a muchísima gente, que a la vez lo transmite. Se está haciendo mucho trabajo. Es importante transmitir, con eso proteges mucho la fauna”. Él, por su parte, está hoy en día volcado principalmente, a la divulgación en su rol como director del Proyecto Orca Patagonia – Antártida.

“Orcaman” logra transmitir las emociones que le producen los animales incluso por una videoconferencia. El impacto efectivo que han tenido sus acciones está dejando un legado de armonía entre la naturaleza y quienes habitan la zona, sea cual sea su especie. Este tipo de actitudes son necesarias para comenzar a darle al planeta el respiro que tanto necesita y revertir el daño que hemos causado. Hablar con Juan Carlos fue inspirador y también un recordatorio que es necesario vincularse con las instituciones que ponen la firma, así como también con la comunidad de los distintos territorios para lograr cambios reales.

Imagen de portada: Una orca cazando lobos marinos en Península Valdés © Daniel Feldman / AP

Sobre el autor:

Luca Acevedo es periodista de Fundación Mar y Ciencia, apasionado con la conservación marina. Es buzo deportivo y ha podido recorrer y explorar diversas reservas marinas del Pacífico.