Patagonia: una ecología del viento

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr

“Voy camino a la Patagonia

me han hablado del frío, del sol y las montañas. 

Creo entender los desafíos

Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas”

Bastian Gygli, camino a la Patagonia.

 

Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De exhuberante y helada selva austral y de estepas sin fin donde el pasto coirón reina el suelo. Los autores hemos visto estos lugares, y para nosotros, no hay duda, hablar de Patagonia es hablar de sus vientos, aires apresurados que alcanzan velocidades sorprendentes. Estos soplan con furia a través de llanos y bosques, dando forma a árboles de intrincadas geometrías nacidas de la resistencia al viento. Pero, incluso ante estas condiciones agrestes que parecen desafiar la vida, los diversos organismos patagónicos se han adaptado, pudiendo llamar hogar a este territorio azotado por los ventarrones.

El viento

Cada día, en el océano Pacífico, millones de litros de aire son calentados por la radiación solar, ascendiendo. Este aire luego se mueve impulsado por las fuerzas de rotación de la tierra, el llamado efecto Coriolis. Parte de esta masa de aire cálido choca con el sur de Sudamérica, donde los campos de hielo patagónicos han helado el aire. En este choque el aire caliente asciende aún más, para luego encontrarse con la pampa, donde no están los fríos glaciares. Allí el aire cae en picada, acumulando velocidad y fuerza, muchas veces descomunales. Durante los días más intensos se pueden registrar vientos constantes de 50 km/hr y ráfagas de hasta 100 km/hr.  

Estas condiciones son intermitentes, siendo influenciadas por los grandes movimientos de las masas de aire. Hay días de calma, donde todo está tranquilo, los cuales son luego seguidos por temporales que pueden durar días o semanas. La temporada más propensa a estos eventos es el verano. En este la diferencia de temperatura de las masas de aire es mayor y, por ende, hay más posibilidades de procesos de acumulación de velocidad.

Quebrada en medio de las planicies patagónicas de la Sierra Baguales © Montaraz

La misma naturaleza del territorio, que no presenta relieves tan pronunciados, hace que los aires fluyan libres. La ausencia de grandes obstáculos hace que el viento no pierda fuerza y, por otro lado, no entrega muchas posibilidades de escondite a los habitantes. Ante esto, los seres vivos se han adaptado.

Adaptación

El ambiente abiótico es una gran fuerza modeladora de la vida. Gran parte de las adaptaciones biológicas que se han mantenido en el tiempo han sido una respuesta a una o varias condiciones del entorno. Por ejemplo, en el extremo sur de Chile, la cordillera de los Andes genera refugios del viento, lo que unido a la humedad permite la aparición de bellos bosques australes, donde las lengas (Nothofagus pumilio) dominan el paisaje. Estos lugares están resguardados, lo que les permite a las plantas alzarse a varios metros del suelo. Sin embargo, hacia el este de los Andes, hacia Argentina, otro es el panorama. 

Allí, en las tierras abiertas donde la erosión glaciar ha aplanado el territorio, dejando solo suaves colinas y grandes planicies, no hay nada que detenga el viento. Así, este corre libre y sin tregua. La primera impresión es dura, ¿cómo puede algo tolerar la fuerza del viento? Especialmente cuando en el vasto paisaje patagónico no se distingue refugio alguno.

Sin embargo, es en medio del viento donde la Patagonia guarda uno de sus tesoros biológicos, en parte por sus enormes dimensiones, pero también ante esta presión ambiental la vida ha respondido con múltiples variantes, conformando un rico e interesante ecosistema.

Lengas (Nothofagus pumilio) con sus ramas adaptadas al viento © Montaraz

Plantas y viento

La base de las estepas está en las plantas, las cuales al ser organismos sésiles (de muy baja movilidad) no pueden moverse buscando refugio del viento. Esto ha hecho que deban adaptarse a resistir el viento en vez de evitarlo. Lo primero es modificar sus hojas. Las plantas usan sus hojas para hacer fotosíntesis, pero también es el lugar donde realizan los intercambios de gases con el entorno, incluyendo el agua. Por lo mismo, cuando una planta tiene una hoja muy grande, es propensa a perder agua, ya sea por calor, o como en la Patagonia, por el viento. Este último mueve la masa de aire y toda la humedad que se encuentra en él se desplaza con su paso, dejando una nueva masa de aire seca, la cual es un nuevo estímulo para que se libere agua.

Esto hace que las plantas se hayan adaptado a estas condiciones de sequedad, disminuyendo drásticamente el tamaño de sus hojas o modificándose completamente, como ocurre con los cactus del desierto. Aunque, a diferencia de estas otras plantas, en la Patagonia existe otra adaptación clave: la forma de crecimiento. En un intento desesperado por mantener algo de la escasa humedad, muchas de las plantas han adoptado una forma de crecimiento a ras de suelo y con una forma semiesférica, la cual permite al viento pasar aerodinámicamente sobre las plantas, pero no penetrar en su interior, donde se conserva algo de humedad.

El ejemplo clave de esta estrategia se encuentra en el coirón, una denominación para pastos del género Festuca. Estas plantas son parecidas a los clásicos pastos de las ciudades, pero su forma de crecimiento sigue este patrón aglomerado, como de “champa”. Esto ha hecho que sea especialmente abundante en la Patagonia y en la alta montaña, donde llega a formar praderas puras o asociaciones con otras especies.

Mata guanaco (Anarthrophyllum desideratum), otro ejemplo clásico de adaptaciones al viento © Montaraz

En el caso de los árboles que se aventuran a las zonas de viento, su forma de crecimiento es radicalmente distinta a los del bosque. El tronco y algunas secciones de las ramas son engrosadas  dado que la madera se acumula en las zonas que permiten sostener la estructura del individuo y resistir el estrés mecánico que ejerce el viento. Además, las hojas se reducen y las ramas pueden crecer siguiendo la dirección predilecta del viento. Esto último ayuda a que pase de forma aerodinámica y disminuye el potencial de ramas quebradas. A nivel de las raíces, están suelen crecer más en contra de la dirección habitual del viento, dado que así sostienen al árbol firmemente en su lugar.

Fauna y viento

Los animales se pueden mover y esto les permite en cierta medida evitar el viento. Sin embargo, con temporales que pueden durar varios días y una escasez natural de refugios en el entorno, cada tanto todo organismo se verá obligado a enfrentarse al viento.

En el caso de los seres pequeños, como los artrópodos (grupo que incluye insectos, arañas, ciempiés y milpiés, entre otros organismos) las adaptaciones claves son conductuales e implementan mantenerse alejados del viento. Por lo mismo muchos de ellos viven al resguardo bajo rocas o en pastos y la abundancia de especies voladoras es menor que en otras zonas donde el viento no es tan predominante.

Los reptiles patagónicos están adaptados a la falta de humedad, con cuerpos planos y una vida a ras de suelo. Por otro lado, la abundancia de anfibios es baja, debido a la sequedad. Los pocos ejemplares que habitan las estepas suelen enterrarse y esperar los periodos de lluvias para activarse.

Liolaemus magellanicum en torres del Paine. Esta es la lagartija más austral del mundo © Montaraz

Son los mamíferos y las aves los grupos que desafían más directamente al viento, principalmente mediados por su capacidad endotérmica (de regular la temperatura corporal) y sus adaptaciones para la insulación externa a través del pelo y las plumas. Esto les permite enfrentar directamente el viento por períodos más largos de tiempo. Para evitar la pérdida de calor también muchas especies presentan un aumento de tamaño corporal, optimizando la relación entre su volumen y su área, perdiendo proporcionalmente menos calor que otras especies de sus familias. Es en parte por esto que especies como el puma (Puma concolor) presentan sus mayores tamaños en la Patagonia.

Ahora, incluso con este impresionante listado de adaptaciones, solo los animales más grandes, como el guanaco (Lama guanicoe) y el choique  (Rhea pennata) son capaces de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia. Los de menor tamaño deben pasar por periodos de inactividad ante los vientos más fuertes o buscar sus oportunidades en la noche, donde los vientos suelen ser de menor intensidad.

Zorro chilla (Lycalopex griseus) refugiándose de los fuertes vientos en una pequeña grieta en la arena © Montaraz

Como en muchos lugares alejados de los trópicos, las mejores estrategias para los organismos es tener una gran adaptabilidad y poder comportarse como generalistas, aprovechando las ventanas de oportunidades que un ambiente cambiante les presenta.

Eventos extremos y los riesgos del cambio climático

Incluso con todas las adaptaciones mencionadas, los eventos extremos de viento pueden ser devastadores. Los vientos huracanados de hasta 200km por hora, pueden ser capaces de arrancar las plantas y sus raíces, y junto a ellas desprender grandes porciones de suelo. Esto deja zonas expuestas, las cuales pueden ser difíciles de colonizar en los ritmos lentos de los ecosistemas patagónicos. Los temporales también son capaces de limitar la actividad de los animales, impidiendoles completar sus ciclos vitales. Esto puede ser desastroso para animales de ciclos cortos o poblaciones ya reducidas.

Lo problemático es que estos fenómenos se podrían volver algo mucho más común en los próximos años. Está estudiado que uno de los efectos del cambio climático es el aumento de eventos climáticos extremos (National Geographic, 2020). Esto se produce porque existe un calor extra en el sistema, el cual se puede desplazar en formas que desbalancean las armonías actuales, teniendo efectos impredecibles. Esto hace que el calentamiento de una masa de agua en un lado del mundo, pueda tener consecuencias en el otro lado, como periodos de sequías, lluvias y otros eventos. Si esto potencia el ya intenso viento, los resultados podrían ser terribles en la biodiversidad local.

En la ecología es difícil poder aislar un factor, pues normalmente hay muchos que están influyendo en el desarrollo de estrategias y procesos. A pesar de que esto también es cierto en la Patagonia, la presencia de un factor tan predominante en su intensidad como los vientos huracanados del sur, nos permite entender de mucha mejor forma como la vida a veces debe adaptarse a los desafíos claves de un territorio. 

Así, como los glaciares son los forjadores principales del relieve patagónico, son sus vientos el factor clave para entender a su flora y fauna, la cual deslumbra con su resiliencia única. Sin los aires lacerantes, este territorio no sería lo mismo y, aunque desafiante a veces, el viento es parte fundamental de los procesos biológicos, tanto en la Patagonia como en otros lugares del mundo.

El Guanaco es capaz de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia © Montaraz

 

Imagen de portada: Vista de la Patagonia desde mirador El Toro © Montaraz

Referencias

Ennos, A. (1997). Wind as an ecological factor. Trends in Ecology & Evolution, 12(3): 108-111.

Konôpka, B., Kulfan, J. & Zach, P. (2016). Wind- An important ecological factor and destructive agent in forests. Forestry Journal 62(2): 123-130.

Nobel, P. (1981). Wind as an Ecological Factor (Chapter)Physiological Plant Ecology I, 12.

Ornes, S. (2018). Core Concept: How does climate change influence extreme weather? Impact attribution research seeks answers. PNAS, 115(33): 8232-8235.

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/tendremos-mas-fenomenos-meteorologicos-extremos-futuro_13378. Revisado el día 03 de febrero.

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