La diuca, dulce canto al sur del mundo

"Y un pájaro lo salva. Noche a noche, un pájaro salva al mundo. Un pajarito pequeño, 'gris plomizo, vientre y garganta blancos', que en el instante crucial, en el inmenso silencio de la noche patagónica, canta. Rompe a cantar. Y amanece. Es ella, la diuca, (la racadiuca, la 'yuquita' del cariño infantil). Y la vieja sabiduría del hombre de la tierra, la siempreverde palabra del pueblo, así lo enseña: 'La diuca no canta porque esté por amanecer. Canta para que amanezca'. (Extracto del poema “La lección de la diuca”, Edgar Morisoli, 2003).
Diuca diuca chiloensis. © Prêtre, 1833.

Esta especie pertenece al orden de los Passeriformes que abarca prácticamente a la mitad de todas las aves del mundo. Son aves generalmente pequeñas, con tres dedos hacia delante y uno hacia atrás (anisodáctilos) y se caracterizan porque muchas de ellas son reconocidas por sus particulares cantos y trinos, motivo por el cual también se les llama aves cantoras.

La diuca común (Diuca diuca) se encuentra sólo en el continente Sudamericano, principalmente en Chile, Argentina y el sur de Bolivia, aunque también existen algunos registros en Uruguay y Paraguay. Es común verlas en ciudades y campos, donde generalmente se observan en época reproductiva en parejas y/o en bandadas pequeñas el resto del año, pudiendo asociarse también con otras especies de aves. Se encuentra desde la costa hasta los 3.000 msnm, lo cual la hace una especie bastante fácil de encontrar y observar.

La diuca común (Diuca diuca) se encuentra sólo en Sudamérica. © wingsfromsouth.

Con una longitud de 17 a 18 centímetros desde la punta de la ranfoteca o pico a la cola, pertenece a la familia Thraupidae (semilleros) y se distingue de otras aves por su sobrio color plomizo dentro del cual destacan su garganta y centro del abdomen blancos con tintes acanelados en el abdomen bajo y subcaudales. Su pico cónico, corto y robusto, al igual que sus patas, son negruzcos. En las hembras e inmaduros, el gris es reemplazado en parte por tonos grises acanelados.

«La diuca ayuda a la mantención de las especies dentro del ecosistema en el cual vive, al ser un distribuidor de semillas a través de sus excrementos»

Su alimentación se compone principalmente de granos y semillas y ocasionalmente consume frutos e insectos, lo que la hace bastante terrestre a la hora de alimentarse ya que en el suelo encuentra su principal alimento. Entonces, así como otras muchas especies granívoras, la diuca ayuda a la mantención de las especies dentro del ecosistema en el cual vive, al ser un distribuidor de semillas a través de sus excrementos.

Diuca juvenil. © wingsfromsouth.

La época de nidificación comienza desde fines de agosto hasta febrero. El nido es una media copa de unos 10 centímetros de diámetro que está construido con fibras vegetales como palos, ramas pequeñas y además está forrado con materiales suaves como plumas. Generalmente, lo construyen a baja o mediana altura en matorrales o árboles frondosos. Sin embargo, hay registros que indican que también puede anidar en cavidades secundarias como nidos abandonados o hendiduras de construcciones. 

Si bien la diuca no es un ave muy territorial, en época de reproducción puede ser muy agresiva si alguna persona u otra ave se acerca a su nido. En cada postura pone de 2 a 4 huevos que tienen una base de color celeste verdoso pálido y sobre esta se presentan múltiples manchas y pintas de colores verdes oliva y ocres. Ambos padres incuban los huevos por cerca de 14 días y alimentan a los pichones por otros doce. Y aunque el alimento principal de esta especie son los granos y semillas, como se mencionó anteriormente, se ha registrado que los pichones son alimentados principalmente con insectos.

Diuca alimentando a un mirlo juvenil. © wingsfromsouth.

Durante la época de nidificación, esta especie es una de las preferidas del mirlo (Molothrus bonariensis) para parasitar, por lo que es común ver a padres de la especie diucas alimentando a juveniles de gran tamaño que corresponden a la especie mirlo.

Esta especie es confiada y se mueve ágil entre matorrales, pero una de sus peculiaridades distintivas es su canto melodioso, continuo y estridente que se escucha desde antes de la salida del sol hasta pasado el mediodía. 

La diuca común es una de las aves más abundantes en Chile y Argentina, lo cual la clasifica según la UICN (Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza) en preocupación menor (LC; Least Concern) respeto de su estado de conservación. En otras palabras, no se encuentra clasificada bajo ninguna categoría de amenaza como serían aquellas “En Peligro Crítico”, “En Peligro”, “Vulnerable” o “Casi Amenazado”.

Una diuca tomando un baño © wingsfromsouth.

Tan abundante es la diuca, que más de alguna vez habrás escuchado expresiones chilenas que hacen referencia a esta especie, como por ejemplo “quedar mojado como diuca” dicho natural del sur donde hay mucha precipitación, o “Al canto de las diucas” para referirse a horas tempranas. Te invitamos a observar a esta ave y a descubrir su maravilloso canto, uno de los más lindos y melodiosos de Sudamérica.

La diuca común es una de las aves más abundantes en Chile y Argentina. © wingsfromsouth.

Sobre los autores

Gabriela Espejo y Juan Sebastián Espejo son dos hermanos amantes de la naturaleza, que han reunido sus experiencias profesionales para dedicar parte de su tiempo en la difusión del cuidado del entorno; Juan Sebastián es arquitecto y Gabriela es veterinaria. Juntos han desarrollado y concretado proyectos audiovisuales, fotográficos y artículos escritos sobre el maravilloso Chile natural que nos rodea. Les encanta hacer trekking y quedarse horas en un mismo lugar, observando y escuchando al entorno, para finalmente elaborar material educativo y de calidad.

La belleza de la naturaleza en sitios urbanos abandonados

Hoy, en las grandes ciudades del mundo, cuando vemos ruinas, sitios eriazos, infraestructuras industriales abandonadas, o baldíos urbanos, es más probable que pensemos en la creación de nuevos modelos de convivencia urbana y las posibilidades de coexistencia entre la naturaleza y los ciudadanos. Es más y más frecuente, y aceptado, que los edificios vacíos y los sitios eriazos sean apropiados por asociaciones voluntarias para desarrollar comunidades de solidaridad social, talleres artísticos, y jardines o cultivos urbanos.

Las ruinas en el renacimiento

las ruinas fueron consideradas durante el Renacimiento como fuentes de conocimiento erudito. © Andrew Ridley.

Sin duda, las ruinas nos fascinan. Incluso, a veces preferimos el monumento desintegrado, al monumento bien preservado. Este fenómeno puede tener relación con la mezcla impredecible entre naturaleza y cultura, que parece contradecir nuestro prejuicio (eurocéntrico) que esas dos categorías son opuestas. Como lo dice Michel Makarius en su libro Ruinas: Representaciones en el arte de la Renacimiento a nuestro tiempo, “Cuando descubrimos el desorden de monumentos hundidos donde la hiedra y la mora se mezclan con las piedras quebradas, y el árbol, el cerro, y el cielo son enmarcados por los huecos de murallas maltrechas, parece que un sutil perfume flota en el aire, propagado por el espíritu del lugar. A partir de ahora, las ruinas murmuran algo que va más allá de nuestra condición de mortales. Para la pérdida de la unidad y la integridad de que son sintomáticas, las ruinas refractan la imagen del mundo contemporáneo”.

El historiador estima que las ruinas fueron consideradas durante el Renacimiento como fuentes de conocimiento erudito. Ello por el desarrollo de la analogía entre las ruinas y los libros antiguos que se recopilaron, tradujeron e imprimieron en aquella época. Lo que se aprendió de las ruinas fueron lecciones sobre la brevedad y vanidad de los éxitos y las glorias humanas, contrastado con el eterno retorno de la naturaleza. Esa fascinación por lo erudito de las ruinas se tradujo en la creación de «ruinas falsas» en parques privados y públicos, como las del Parque Santa Lucía en Santiago. Sin embargo, la lectura que podemos realizar de las ruinas cambia con la cultura y el tiempo.

Ubicado a pasos del centro cívico de Santiago, el Cerro Santa Lucía es un icono histórico y cultural de la ciudad y la Región Metropolitana. © Entrekids.

¿Qué pasa con los sitios eriazos en la actualidad? 

Hoy, en las grandes ciudades del mundo, cuando vemos ruinas, sitios eriazos, infraestructuras industriales abandonadas, o baldíos urbanos, es más probable que pensemos en la creación de nuevos modelos de convivencia urbana y las posibilidades de coexistencia entre la naturaleza y los ciudadanos. Es más y más frecuente, y aceptado, que los edificios vacíos y los sitios eriazos sean apropiados por asociaciones voluntarias para desarrollar comunidades de solidaridad social, talleres artísticos, y jardines o cultivos urbanos.

Muchas veces, estas actividades toman forma durante el período entre el abandono y posterior rehabilitación del edificio o espacio ocupado. A veces, los siguientes proyectos de renuevo urbano son lindos proyectos que valorizan el lugar, su comunidad y su historia, pero muy frecuentemente son diseñados para generar exclusivamente valor económico.  En un proceso conocido como gentrificación, estas inversiones enriquecen a inmobiliarias e inversores, al mismo tiempo que desplazan a las comunidades locales que transformaron lugares abandonados en sitios con sentido. Así, un espacio aparentemente vacío, puede convertirse en un lugar de gran valor comunitario, y luego volver a perder su valor comunal, en tan solo un par de años. Vemos de este modo la naturaleza fugaz de las creaciones humanas.

Las ruinas nos fascinan, al punto de preferir el monumento desintegrado, al monumento bien preservado. © Denny Muller.

Sin embargo, no debemos olvidar las comunidades de plantas y animales, hongos y líquenes que hacen de ruinas y baldíos sus hogares, antes de que sean re-colonizados por humanos.  En el Reino Unido se han estudiado estas comunidades, y se ha descubierto que muchos invertebrados raros y en peligro de extinción se encuentran en baldíos, los cuales funcionan como refugios. Estos invertebrados han huido de la “naturaleza”, o sea, los paisajes rurales, debido a la agricultura.

Curiosamente, ahora sobreviven en sitios industriales abandonados de grandes ciudades. De hecho, en el Reino Unido, algunos proyectos de compensación ecológica del impacto de la remodelación urbana, pueden incluir la creación de nuevos baldíos urbanos. Es como diseñar paisajes con ruinas falsas, pero ahora para reproducir otro tipo de conocimiento —no aquel conocimiento erudito de filosofía y historia, sino el conocimiento biológico—. La verdad es que estos sitios no solamente albergan a invertebrados amenazados, pero también son lugares para tejer y proteger relaciones entre los humanos y su entorno natural. Son lugares donde se aprende sobre el flujo y el cambio en la naturaleza, su inquietud inherente.

Un baldío urbano puede parecerse a un hábitat natural muy perturbado o degradado, debido, por ejemplo, a los superficies dura del cemento, los suelos expuestos, o la falta de una dosel de árboles. © antoine-beauvillain.

Como dice la guía Historia Natural de Terrenos Baldíos de la serie de Guías de la Historia Natural de California, “El cambio es uno de los fenómenos más obvios en sitios perturbados…”. O como dice la Guía de Baldíos del Valle de Lea (sitios que serían después desarrollados para los Juegos Olímpicos en Londres), “El Valle de Lea fue una vez un centro industrial; por el momento alberga baldíos… porque han estado abandonados, los procesos naturales de descomposición, de entropía—los procesos que afectan todo lugar, pero que están ocultos en el resto de la ciudad—puede ser observados. Son lugares de en medio, donde casi todo es posible, donde el tiempo parece haber parado”.

Las especies más adaptadas a estos hábitats son plantas ruderales, o sea, plantas adaptadas a perturbaciones y etapas tempranas de la sucesión de especies, y animales similarmente adaptados. Es importante acordarse que las perturbaciones—tales como el fuego, la caída de árboles por el viento, la erosión, el derrumbe de rocas, el pisoteo del suelo, la herbivoría, etc.— son todas procesos naturales que pueden ocurrir en intensidades bajas, medianas o altas, con diferentes efectos ecológicos.

«Los árboles crean zonas con sombra, lo que otras plantas y animales necesitan para sobrevivir en ambientes secos y calientes —tal como sucede con algunos sitios eriazos urbanos—. Además, con su hojarasca ayudan en la formación de suelo. Los mismos procesos, que dan origen y renuevan ecosistemas en la naturaleza más remota, pasan continuamente en baldíos urbanos».

Un baldío urbano puede parecerse a un hábitat natural muy perturbado o degradado, debido, por ejemplo, a los superficies dura del cemento, los suelos expuestos, o la falta de una dosel de árboles. La sucesión es el proceso por el cual se forman nuevas comunidades de especies, de la mano con la perturbación, a través el tiempo. Por ejemplo, un suelo y una nueva comunidad de especies puede formarse después de una erupción volcánica o un cambio del nivel de mar. Estos cambios son posibles debido a la capacidad que plantas, animales y hongos tienen de alterar su propio hábitat, lo cual crea nuevos nichos para otras especies. Estos organismos son conocidos como «ingenieros ecosistémicos», cuando hablamos de ecología, y «constructores de nichos» cuando hablamos de evolución. Por ejemplo, los árboles crean zonas con sombra, lo que otras plantas y animales necesitan para sobrevivir en ambientes secos y calientes —como sitios eriazos urbanos—. Además, con su hojarasca ayudan en la formación de suelo. Los mismos procesos, que dan origen y renuevan ecosistemas en la naturaleza más remota, pasan continuamente en baldíos urbanos.

Explorar los baldíos

Conociendo los baldíos—grandes o pequeños— de nuestras ciudades hará de nosotros expertos en las primeras etapas de sucesión, y en las relaciones humano-naturaleza.  Las plantas que puedes ver en tu baldío más cercano son plantas probablemente muy familiares, pero tal vez nunca has pensado “¿cómo se llama eso?”, “¿qué hace aquí?”, “¿qué indica su presencia?”.  Recientemente, tuve el agrado de descubrir una guía para las plantas de baldíos urbanos de Francia, donde vivo.

En los terrenos baldíos ciertas plantas pueden adaptarse a la contaminación industrial del suelo. Otras están adaptadas a altas concentraciones de nitrógeno, por ejemplo. © Miikka Luotio. 

El libro, Flora de baldíos urbanos de Audrey Muratet, Myr Muratet, y Marie Pellaton, es un libro muy bello publicado por la editorial Xavier Barral, conocida por sus libros de arte. Además de claves de identificación, y páginas con fotos organizadas por familia, tiene dos secciones que me encantaron: “las plantas en invierno” y “los hábitats típicos” de baldíos con sus plantas típicas. Esta tipología de hábitats facilita que el explorador de baldíos pueda interpretar donde está: ¿El baldío fue abandonado hace mucho tiempo?, ¿hay evidencias de uso continuo que afectan la sucesión de comunidades?, ¿cuáles son las plantas y animales que tienen acceso y llegan acá?

Con esta información, el explorador puede anticipar las especies de planta que es posible encontrar y su significado. Por ejemplo, ciertas plantas pueden adaptarse a la contaminación industrial del suelo. Otras están adaptadas a altas concentraciones de nitrógeno (de la orina, por ejemplo). Árboles frutales indican que alguien pasó una vez comiendo alguna fruta. Hay muchas historias que se puede contar.  Pero además, con una guía de historia natural, se aprende de otras historias secretas que dan ganas de ser observadas: aprendí, por ejemplo, que la abeja salvaje Anthidium punctatum utiliza la pelusa de las hojas de Verbascum lychnitis para construir su nido.  Si veo un Verbascum lychnitis que carece de pelusas en sus hojas, voy a saber qué le pasó, y quién está disfrutando de la pelusa.  Rápidamente me di cuenta de todas las historias naturales que albergan los lugares que antes no me dieron tanta curiosidad.

Por otra parte, en invierno, en una ciudad, es fácil pensar que la naturaleza ya no existe, porque no hay nada de verde.  Pero allí está, si puedes reconocerla en sus diversos tonos de color café, negro, amarillo, o rojizo. Cuando fui con mi nueva copia de Flora de baldíos urbanos a un parque en una antigua linea ferroviaria de París, era invierno, y no sabía si iba a poder reconocer alguna especie, porque no soy botánica y a veces me cuesta identificar flores en primavera. Al principio vi unas lindas flores secas color caramelo. Se parecían mucho a Achillea millefolium en la sección “plantas en invierno”, pero la planta era algo distinta, y me entró la duda. Luego me acerqué a un tallo velloso y alto de color café con leche y cubierto de flores secas y pequeñas hojas. Recordé vagamente que las flores eran amarillas pálidas. La identifiqué tentativamente como Verbascum lychnitis (la de la abeja salvaje), pero tampoco estaba convencida. Entonces continué caminando por el parque ferroviario, hasta encontrar (ya con mucho frío) una flor amarilla.

Achillea millefolium, en primavera, las flores serían blancas o color lavanda. ©Meredith Root-Bernstein.

Al acercarme, me di cuenta que poseía el mismo tipo de tallo alto y velloso de color café con leche. La flor me confirmó su identidad. Regresando hacia la entrada, busqué las flores secas color caramelo. Mirándolas otra vez, me enfoqué en sus hojas delicadas, arrolladas y pinadas, y me convencí que era una Achillea millefolium. En primavera, las flores serían blancas o color lavanda.

Lo que me encanta en la sección de la guía “plantas en invierno” es que el fotógrafo, Myr Muratet, normalmente es fotógrafo de personas y no de plantas. Captura a las plantas en sus entornos, en sus enterezas.  Me parece que las fotos comunican la esencia, el carácter, y la forma de cada especie. No es una tarea fácil, dada la variación intraespecífica de la morfología de plantas. Me parece que el ojo del fotógrafo para el humano en su entorno le ha dado una visión distinta de las plantas, como si tuvieran personalidades y relaciones sociales. Sin embargo, como me di cuenta en el parque, no es como si tuvieran, es que sí tienen. Con solo un poco de atención, toda la belleza de las invisibles especies urbanas se presenta a nosotros; cada planta es una forma de conocimiento, pero también una forma de conocido.

En otra ocasión, pasando por Massachussetts en EE.UU., me fui a caminar por la ciudad. Era invierno y caminé junto a un río que atravesaba un bosque, el cual se encontraba en un estado muy natural y no intervenido, lo cual me encantó. De repente, se terminó el camino por el bosque y seguí caminando por la ciudad, en una zona residencial. Me topé con un estacionamiento antiguo y abandonado. No sé porque había un estacionamiento allí, no había ningún edificio que lo necesitara, solo una pequeña y solitaria construcción. En el ex-estacionamiento, los arbustos con frutos rojos (tal vez Aronia arbutifolia) y el zumaque habían abierto sus propios caminos de propagación a través del asfalto, mientras las plantas más pequeñas formaban accidentes geográficos de hojarasca. No podía no entrar en el estacionamiento.

En el ex-estacionamiento, los arbustos con frutos rojos (tal vez Aronia arbutifolia) y el zumaque habían abierto sus propios caminos de propagación a través del asfalto. © Meredith Root-Bernstein.

Mis movimientos y los movimientos de las hojas fueron guiados por la formación del proto-suelo. Las enredaderas me impresionaron con su exuberante crecimiento. Se enredaron en los zumaques, y cuando no podían encontrar más arbustos, se enredaron entre ellas. Este estacionamiento formaba un maravilloso ecosistema urbano. Y en él se desarrollaba una gran historia de intrigas, amores y escándalos vegetales.

Hay muy pocos estudios sobre la biodiversidad en sitios eriazos en Centro y Sudamérica. Tampoco conozco una guía de la historia natural de baldíos urbanos para Chile.  Sería un lindo proyecto, al cual todo el mundo podría aportar.

Referencias

Michel Makarius (2011).  Ruines: Représentations dans l’art de la Renaissance à nos jours.  Flammarion, Paris, Francia.

Lara Almarcegui (2009).  Guide to the Wastelands of the Lea Valley.  Barbican Art Gallery, Londres, Reino Unido.

Matthew F. Vessel & Herbert H. Wong (1987). Natural History of Vacant Lots. University of California Press, Berkeley, EEUU.

Imagen de portada: © Jean Wimmerlin. 

Literatura de un río en crisis

Hay una metáfora que se utiliza para hablar de la literatura, su historia y las páginas que han sido escritas, y es la del “río de la literatura”; un río caudaloso y variado con muchos afluentes que lo alimentan. También podemos hablar del río en la literatura, al ser este una figura que ha inspirado […]

Hay una metáfora que se utiliza para hablar de la literatura, su historia y las páginas que han sido escritas, y es la del “río de la literatura”; un río caudaloso y variado con muchos afluentes que lo alimentan. También podemos hablar del río en la literatura, al ser este una figura que ha inspirado ríos de tinta. 

Los ríos son contados de variadas formas, con el ojo centrado en ellos, en la vida que albergan o en la relación que tienen las personas en su entorno. ¿Cómo se cuentan los ríos en un contexto de crisis medioambiental? ¿Cuáles son los relatos que tenemos de un río que actualmente atraviesa una crisis ecológica debido a la explotación humana como es el río Paraná? 

La ciudad se levanta en el horizonte, desde el río Paraná © Agustina Atrio.

La literatura da imagen a los estragos ambientales una y otra vez, enfrentándonos tanto con el pasado que nos condujo al presente como con los futuros escenarios posibles. De este modo, la literatura puede hacernos más conscientes, llevarnos a actuar o a imaginar nuevas formas de estar en el mundo. Tal es el caso de la Fábula para el día de mañana escrita por la autora, científica y ecologista Rachel Carson, como introducción a su reconocido libro Primavera silenciosa, publicado por primera vez en 1962. En ella crea la imagen de un mundo en silencio, sin pájaros y casi sin vida, que permite acercarnos a una realidad no muy lejana. A este mundo en silencio llegaremos si continuamos en el camino de la depredación de la naturaleza. En el Paraná el libro No es un río, de la escritora argentina Selva Almada nos lo ilustra en una pequeña escala, mostrándonos a tres amigos que van a pescar a la isla durante un fin de semana y matan por diversión o entretenimiento a una raya con el único propósito de exhibirla y luego arrojarla a que se descomponga allí, en el mismo lugar en el que estuvo viva. Matan, cuelgan de un árbol y devuelven al río como desecho un animal del Paraná:

No era una raya. Era esa raya. Una bicha hermosa toda desplegada en el barro del fondo, habrá brillado blanca como una novia en la profundidad sin luz. Echada en el limo o planeando con sus tules, magnolia del agua, buscando comida, persiguiendo la transparencia de las larvas, las esqueléticas raíces. Los anzuelos enganchados en sus bordes, el tironeo de toda la tarde hasta darse por vencida. Los tiros. Arrancada al río para devolvérsela después.

Recorrido por el Paraná de Roberto Arlt a bordo del Rodolfo Aebi, El país del río. Aguafuertes y crónicas de Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, editado por Universidad Nacional del Litoral y Universidad Nacional de Entre Ríos © Virginia Kargachin.

Hace poco más de un año, un grupo de escritoras argentinas entre las que se contó Selva Almada manifestaron una iniciativa cuyo fin fue visibilizar la destrucción ambiental de diferentes ecosistemas del país, así como reclamar por su protección. Esta iniciativa culminó en un documento llamado No hay cultura sin mundo, firmado por una gran cantidad de artistas y enviado a las autoridades nacionales. Desde el 2020, cuando comenzó la crisis de incendios provocados en el Delta del Paraná, muchas iniciativas unieron al mundo de la cultura con el medioambiental. 

¿Cómo se cuentan los ríos en un contexto de crisis medioambiental? ¿Cuáles son los relatos que tenemos de un río que actualmente atraviesan una crisis ecológica debido a la explotación humana, como es el río Paraná?

Históricamente, los incendios intencionales se han practicado para renovar los pastos para el ganado, pero dada la expansión ganadera en la región en las últimas décadas, su número ha aumentado. Durante el 2020, debido a las condiciones ambientales de sequía, sumado a la bajante histórica del río y la escasez de lluvias en la región, provocó que los incendios se agravaran. Según datos oficiales disponibles hasta julio de 2021 recogidos por el informe de incendios Delta del Paraná. Las quemas no tienen fin realizado por organizaciones como el Taller ecologista, la superficie quemada del Delta durante todo el año 2020 se estimó en 486.934 hectáreas, un equivalente a 16 veces la ciudad de Buenos Aires, alcanzando áreas protegidas y bosque nativo. Los cálculos permiten identificar que hasta la fecha del informe, el 2021 es el segundo año con mayor cantidad de focos de calor, desde 2012. 

«El país del río». Aguafuertes y crónicas de Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, editado por Universidad Nacional del Litoral y Universidad Nacional de Entre Ríos. © Virginia Kargachin

La quema de las islas es la muerte de sus ricos ecosistemas, como no deja de denunciarlo la escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara, quien escribió un relato llamado #LeyDeHumedalesYa en el que narra la muerte de los animales y plantas quemadas en los incendios. Ese humo que respiran los habitantes de las ciudades vecinas lleva la muerte de los seres vivos que vieron quemarse su hogar sin poder escapar: 

(…)¿te acordás qué animalito más dulce? Lo quemaron, miralo, queda el ojito no más y todo lo otro que era, todo ese cuerpo que metía en el agua y tomaba sol en la cabeza y el lomo y cuidaba a las crías y con las manitos agarraba las hojas tiernas, todo eso, y las hojas tiernas y las duras y los árboles también, es cenizas ahora.

Las quemas en las islas aparecen en la literatura de la región desde hace años, como lo ha señalado la artista visual y editora Lila Siegrist en el artículo Loor al humedal litoral de la revista Anfibia, a través de una búsqueda de testimonios de las quemas. El escritor Roberto Arlt también fue testigo de estos incendios en su viaje a lo largo del Paraná en el buque Rodolfo Aebi, en el año 1933. En sus crónicas, recopiladas en el libro El país del río. Aguafuertes y crónicas, anuncia: “A la distancia, por la puerta de estribor se distingue en el horizonte el relampagueo de los pajonales incendiados”. Durante el trayecto, también observa los movimientos del río, elemento que nunca es estático con sus momentos de crecida y de bajante. En el caso de Arlt, lo que contempla es la crecida, como años después lo hará Rodolfo Walsh, otro escritor y periodista compilado en este mismo libro. En sus crónicas de viaje a través del litoral, Walsh es testigo de la crecida histórica del año ‘66 que inunda las viviendas de muchos pobladores, llenando las calles de las ciudades vecinas de evacuados. La crecida del río como catástrofe también se menciona en la novela El río de Débora Mundani, cuyo protagonista realiza un viaje mientras las aguas suben y tapan las costas y sus construcciones. Hoy el Paraná vive su movimiento contrario, también en un momento extremo: su bajante más importante desde hace cincuenta años. 

Estos libros son solo algunos de aquellos que forman la vasta literatura del Paraná. Quienes lo invocamos como lectores o escritores, quienes llevamos su imagen a la palabra, debemos ser conscientes de que el río y su ecosistema están en grave crisis. Las quemas y la deforestación tienen consecuencias para toda la zona y, como proclaman las escritoras, “no hay cultura sin mundo”. Mediante la palabra podemos continuar denunciando, dando imagen al mundo en crisis en el que vivimos, esperando que en el futuro éste se parezca menos a las distopías que podemos escribir que a las utopías que podemos soñar, como aquella del final del libro Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara, en la que humanos y animales viajan en compañía por un río que es puro esplendor. Un río al que debemos cuidar. 

Hay que vernos, (…) un pueblo entero avanzando en silencio sobre los ríos limpios, sobre los ríos que respiran la paz de las subidas y bajadas, de sus peces bigotudos, del tuju pegajoso de sus lechos, nuestros ríos que saben mostrar y ocultar las raíces de los yvyra en los bordes de sus islas, nuestros ríos llenos de flores que flotan en su lomo como escarban los bagres el limo del fondo, nuestros ríos de pira saltadores, de dorados que emergen con la fuerza enorme de sus cuerpos como si les explotaran de sol a los ríos las entrañas.

Postales del río Paraná © Andrés Atrio.

Sobre la Autora

Agustina Atrio es licenciada en Relaciones Internacionales, organizadora cultural y escritora. Desde inicios del 2018 lleva a cabo el proyecto Despaseando, una propuesta de reflexión a través de la investigación y la práctica, en relación a las ciudades y los espacios, el caminar y la literatura. En 2021 publicó su primer libro, Tres formas de atravesar un río, editado por Ediciones Menguantes. 

Imagen de portada: Lecturas sobre el río Paraná a orillas del río Sihl, Suiza © Virginia Kargachin.

El presente relato es testimonial. En él narro, a partir de la trayectoria profesional y personal, el tránsito desde un trabajo en el contexto académico en ciencias naturales, hacia el trabajo de base en un colegio de sistema tradicional de escolarización. El hilo conductor de dicho proceso ha sido el pulso político por materializar ideales de un mundo ecosocial distinto, lo cual resuena hoy con más sentido desde lo micropolítico. Con este ejercicio relevo el valor de la autobiografía. Aquello que puede desmerecerse por ser únicamente anecdótico, considero que también es un ejercicio reflexivo interesante y necesario. Así también, el afán por visualizar, desde lo personal, aquellos patrones sociales que perpetuamos, y que a escala reflejan sus estructuras de base. Todo ello es sólo posible evidenciar a través de un lente político crítico. 

Valeria Hidalgo en el humedal de Batuco, año 2020. © Amanda Valdés Rosas.

Soy bióloga marina de profesión. Desde muy pequeña, alrededor de los 12 años, tuve la idea, casi por generación espontánea, de estudiar esta carrera. Cuando estaba en el momento de elegir un tema de tesis, llegó a mis manos la oportunidad de estudiar algo que en aquella época era desconocido y menos aún, estudiado: la presencia, acumulación y efectos de los microplásticos en el mar. Mi carrera se basó básicamente en la escritura de papers. Primero fue un artículo de revisión, un paper review, sobre las metodologías con las cuales se puede cuantificar este contaminante. La conclusión de este estudio fue que las cantidades que se reportan dependen directamente de cómo se muestrean, y que nos es muy difícil comparar datos si no estandarizamos. Este paper fue un hito importantísimo que me permitió hacer grandes cosas: viajar a congresos, compartir y colaborar con colegas de distintas partes del mundo y tener una línea de investigación propia, en la cual mi nombre significaba algo.

Microplásticos de playa Ovahe, Rapa Nui, del muestreo nacional de microplásticos año 2011. © Valeria Hidalgo Ruz.

Luego continué con la ciencia ciudadana. Esta es una nueva forma de ver la ciencia desde la óptica de la democratización del conocimiento. Es decir, ya no solo interesa comunicar los hallazgos científicos hechos por personas dedicadas profesionalmente a la ciencia, sino el proceso de cómo se hace ciencia: con personas comunes y corrientes que sí pueden aportar desde el simple ejercicio ciudadano de pensar analíticamente y tener la voluntad de cooperar. Desde ese momento percibí mi ejercicio profesional no tal solo como un camino intelectual, sino también como una trinchera política en la cual podía manifestar tres grandes certezas en un mar de incertezas sociales y personales. La primera de ellas: el problema no son los plásticos en el mar únicamente, sino el sistema económico social en el cual vivimos, que nos hace extraer ciegamente, consumir afanosamente y, por ende, desechar en escalas insostenibles y grotescas. La segunda: la ciencia debe salir de los laboratorios y debiese ser considerada patrimonio nacional, arraigada en sociedades en que todas las personas puedan acceder a ella, tanto en su producto final como en su proceso. La tercera de ellas quizás estuvo más intrincada y me costó un poco más de tiempo averiguar: Existe un ejercicio de poder y de ego en la Academia. 

El haber logrado un camino importante en la vida académica a tan temprana edad puede llevarte a pensar las cosas desde la superioridad intelectual-moral y la sobredimensión del imaginario social de ser científica/o. Esto lo planteo tanto desde la visión propia, como a través de lo que vi en colegas de rango superior al mío. Desde los proyectos de ciencia ciudadana pude evidenciar gestos de displicencia o de directo rechazo ante la idea de que ciudadanas/os de a pie pudiesen generar ciencia y tomar datos ¿Cómo era posible eso?, ¿dónde quedaría entonces lo relevante del profesional de las ciencias? La solución parsimoniosa a esa duda legítima, pero soberbia en algunos casos, es que no hace falta eliminar ninguno de los dos escenarios y que no son excluyentes. Podemos hacer ciencia con la gente y para la gente, respondiendo preguntas relevantes para las comunidades en las cuales nos desempeñamos.

El problema no son los plásticos en el mar únicamente, sino el sistema económico social en el cual vivimos, que nos hace extraer ciegamente, consumir afanosamente y, por ende, desechar en escalas insostenibles y grotescas.

De la academia al colegio

Dichas inquietudes ya hacían bastante eco en mi cabeza cuando llegó el momento de decidir por el siguiente paso evidente dentro de cualquier carrera académica. Hacer o no un doctorado. En ese momento también habitaba en mí la duda de si quería seguir investigando sobre un tema en particular, los microplásticos y la basura marina, o daba un paso atrás para evaluar, desde la gran panorámica, si quería también aprender o aportar desde otros lugares. A pesar de haber trabajado en ciencia ciudadana y divulgación científica, es curioso cómo a medida que avanza la especialización, también se reduce el nicho de impacto sobre el cual tu trabajo se desarrolla. Te mueves un paso al costado y eres un desconocido en un mar de nuevos expertos.

Muestreando microplásticos con estudiantes de Coquimbo, año 2011. © Científicos de la Basura.

La reflexión es mejor en el calor del hogar, por lo que me vine de vuelta a Santiago para tomar una decisión tranquila, en una especie de año sabático. Parte importante de mi vocación familiar es la educación. Mis padres fundaron un colegio en la comuna de Quilicura, comuna en la que nací y viví hasta salir del colegio, y mi hermano es profesor de arte. En aquel mismo colegio donde yo estudié la enseñanza media, me acogieron de vuelta para desarrollar un proyecto que llamamos: Proyecto Mapa. Esta iniciativa persigue mapear el tan manoseado concepto de la educación integral, y propone una puesta en práctica de ello en la escuela. 

Todos los años que pasé por la investigación me sirvieron para desarrollar un pensamiento analítico lo suficientemente capaz de identificar y combinar la estructura de funcionamiento de distintos sistemas, sea un sistema marino o un sistema escolar. Dicho proyecto me abrió las puertas para reconocer en la educación algo completamente distinto a lo que yo conocía. Así, me desarrollé en diversos intereses, trabajé con equipos y en ideas multidisciplinarias. Fue por ello que mi periodo “sabático” de las ciencias se transformó en una renuncia a dicho camino, y una vuelta de motores completa para enfocar mis intereses en la educación. De esta forma, entré a un programa de pedagogía para licenciados y me sumé de forma estable en el proyecto escolar de mi familia, que hoy es territorio-receptáculo de los modelos de extracción, la cultura del desecho y las zonas de sacrificio. Esto para mí tampoco es casual. 

Enseñando a escolares de la región de Coquimbo sobre microplásticos, año 2014. © Científicos de la Basura.

Renunciar a la vida cerca del mar para llegar de vuelta a Quilicura fue un proceso de adaptación, pero de profundo entendimiento que el impacto social de las ciencias y de cualquier disciplina se hace conociendo el territorio en el cual ejerces tu trabajo. Esto también era parte de mis objetivos anteriores, cuando trabajaba como científica, sin embargo, se hace mucho más latente y palpable cuando trabajas directamente con una comunidad. Así fue que abandoné el camino rimbombante del catalogarme como investigadora, conveniente por su alto grado de aprobación intelectual, por uno de mucho menor valoración social: el de profesora

El impacto social de las ciencias —y de cualquier disciplina— se hace conociendo el territorio en el cual ejerces tu trabajo. Lo que se hace mucho mas latente y palpable cuando trabajas directamente con una comunidad. 

Este cambio también hacía relación con las tres grandes conclusiones a las que había llegado tiempo atrás: Hay que atacar el modelo extractivista desde su origen, la ciencia es para todas/os, hay que cuidarse de que el ego te invada. Justamente esto representa la figura de ser profesora para mí, poder ocupar los espacios formales de divulgación científica en este caso la clase de ciencias para desde allí accionar hacia otras formas de visualización del trabajo y el proceso científico. Además, desde este lugar también se pueden generar espacios de reflexión sobre las formas de vida y las estructuras sociales que las permiten y fomentan. Curiosamente, en la pedagogía ocurre algo muy interesante pero ingrato. La educación pareciese ser la solución a todos los males sociales, pero al mismo tiempo es el campo laboral en el que no se dignifica ni se aprecia la labor de los profesionales que la llevan a cabo. 

Investigar sobre el ejercicio de educar

La vuelta interesante de todo esto es que hoy en día estoy pensando en volver a la investigación, pero desde la educación propiamente tal: investigar sobre el educar. Esto porque, aun cuando aquí he manifestado mis reparos con el sistema académico, mi idea no es menoscabar a quienes hacen política y accionan desde allí. En dicho espacio yo encontré grandes propósitos y pasiones, desarrollé herramientas que hoy forjan mi carácter y mi trabajo. Sin embargo, es uno más y debe articularse en el complejo entramado social, situarse en su territorio y permear fuera de la esfera jerárquica de quienes lo componen. 

Estudiantes del Colegio San Adrián junto al profesor Benjamín Castro. Indagan sobre especies de aves en humedal Küla Kura (O’Higgins) de la comuna de Quilicura, año 2019. © Valeria Hidalgo Ruz.

Mi propósito es evidenciar que en una sola vida se pueden activar procesos desde distintas veredas, y que todas las miradas suman a la construcción general de un mundo para el buen vivir de todas/os las/os seres. Por tanto, desde las decisiones personales, podemos buscar espacios para cuestionar los modelos de desarrollo, y explicitar la urgencia por sumar todas nuestras capacidades intelectuales y pasionales en generar propuestas. En mi caso particular, haciéndome cargo en términos concretos de aquella idea-lugar común de que “mejorando la educación, mejora la sociedad” e invirtiendo todos mis recursos intelectuales en materializar dicho propósito. 

Este devenir ha sido un camino de deconstrucción, aprendizaje permanente y no libre de miedos. Cada persona puede encontrar la o las veredas desde donde construir y articular colectivamente, mirando con ojo crítico los espacios tradicionales del poder hegemónico intelectual. Mientras tanto, idealmente encontrándose con textos y personas que también estén en búsquedas y caminos similares. En mi caso, desde los microplásticos, ahora procuro activar desde lo micropolítico, para que muchas microacciones terminen por cambiar el modelo a macroescala. 

La ciencia debe salir de los laboratorios y debiese ser considerada patrimonio nacional, arraigada en sociedades en que todas las personas puedan acceder a ella, tanto en su producto final como en su proceso.

Sobre la autora:

Valeria Hidalgo-Ruz es oficialmente bióloga marina, profesora de biología y magíster en ciencias del mar. Sin embargo, se considera a sí misma una naturalista del siglo XXI (amante de paisajes y de internet) y una aprendiz constante de sus estudiantes y colegas. Persigue entender la dinámica naturaleza-sociedad y su complejidad, la que ha abordado desde la educación, la ciencia ciudadana y la divulgación eco-científica. Tiene principal experiencia en investigación ecológica (sobre basura plástica marina) y en educación escolar (docencia y gestión de proyectos de innovación).

Imagen de portada: microplásticos © phys.org

Patagonia: una ecología del viento

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr “Voy camino a la Patagonia me han hablado del frío, del sol y las montañas.  Creo entender los desafíos Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas” Bastian Gygli, camino a la Patagonia.   Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De […]

Por Bastian Gygli y Jens Benöhr

“Voy camino a la Patagonia

me han hablado del frío, del sol y las montañas. 

Creo entender los desafíos

Pero arribo a las estepas y el viento sacude mis certezas”

Bastian Gygli, camino a la Patagonia.

 

Hablar de la Patagonia es hablar de frío, pampa y montaña. De exhuberante y helada selva austral y de estepas sin fin donde el pasto coirón reina el suelo. Los autores hemos visto estos lugares, y para nosotros, no hay duda, hablar de Patagonia es hablar de sus vientos, aires apresurados que alcanzan velocidades sorprendentes. Estos soplan con furia a través de llanos y bosques, dando forma a árboles de intrincadas geometrías nacidas de la resistencia al viento. Pero, incluso ante estas condiciones agrestes que parecen desafiar la vida, los diversos organismos patagónicos se han adaptado, pudiendo llamar hogar a este territorio azotado por los ventarrones.

El viento

Cada día, en el océano Pacífico, millones de litros de aire son calentados por la radiación solar, ascendiendo. Este aire luego se mueve impulsado por las fuerzas de rotación de la tierra, el llamado efecto Coriolis. Parte de esta masa de aire cálido choca con el sur de Sudamérica, donde los campos de hielo patagónicos han helado el aire. En este choque el aire caliente asciende aún más, para luego encontrarse con la pampa, donde no están los fríos glaciares. Allí el aire cae en picada, acumulando velocidad y fuerza, muchas veces descomunales. Durante los días más intensos se pueden registrar vientos constantes de 50 km/hr y ráfagas de hasta 100 km/hr.  

Estas condiciones son intermitentes, siendo influenciadas por los grandes movimientos de las masas de aire. Hay días de calma, donde todo está tranquilo, los cuales son luego seguidos por temporales que pueden durar días o semanas. La temporada más propensa a estos eventos es el verano. En este la diferencia de temperatura de las masas de aire es mayor y, por ende, hay más posibilidades de procesos de acumulación de velocidad.

Quebrada en medio de las planicies patagónicas de la Sierra Baguales © Montaraz

La misma naturaleza del territorio, que no presenta relieves tan pronunciados, hace que los aires fluyan libres. La ausencia de grandes obstáculos hace que el viento no pierda fuerza y, por otro lado, no entrega muchas posibilidades de escondite a los habitantes. Ante esto, los seres vivos se han adaptado.

Adaptación

El ambiente abiótico es una gran fuerza modeladora de la vida. Gran parte de las adaptaciones biológicas que se han mantenido en el tiempo han sido una respuesta a una o varias condiciones del entorno. Por ejemplo, en el extremo sur de Chile, la cordillera de los Andes genera refugios del viento, lo que unido a la humedad permite la aparición de bellos bosques australes, donde las lengas (Nothofagus pumilio) dominan el paisaje. Estos lugares están resguardados, lo que les permite a las plantas alzarse a varios metros del suelo. Sin embargo, hacia el este de los Andes, hacia Argentina, otro es el panorama. 

Allí, en las tierras abiertas donde la erosión glaciar ha aplanado el territorio, dejando solo suaves colinas y grandes planicies, no hay nada que detenga el viento. Así, este corre libre y sin tregua. La primera impresión es dura, ¿cómo puede algo tolerar la fuerza del viento? Especialmente cuando en el vasto paisaje patagónico no se distingue refugio alguno.

Sin embargo, es en medio del viento donde la Patagonia guarda uno de sus tesoros biológicos, en parte por sus enormes dimensiones, pero también ante esta presión ambiental la vida ha respondido con múltiples variantes, conformando un rico e interesante ecosistema.

Lengas (Nothofagus pumilio) con sus ramas adaptadas al viento © Montaraz

Plantas y viento

La base de las estepas está en las plantas, las cuales al ser organismos sésiles (de muy baja movilidad) no pueden moverse buscando refugio del viento. Esto ha hecho que deban adaptarse a resistir el viento en vez de evitarlo. Lo primero es modificar sus hojas. Las plantas usan sus hojas para hacer fotosíntesis, pero también es el lugar donde realizan los intercambios de gases con el entorno, incluyendo el agua. Por lo mismo, cuando una planta tiene una hoja muy grande, es propensa a perder agua, ya sea por calor, o como en la Patagonia, por el viento. Este último mueve la masa de aire y toda la humedad que se encuentra en él se desplaza con su paso, dejando una nueva masa de aire seca, la cual es un nuevo estímulo para que se libere agua.

Esto hace que las plantas se hayan adaptado a estas condiciones de sequedad, disminuyendo drásticamente el tamaño de sus hojas o modificándose completamente, como ocurre con los cactus del desierto. Aunque, a diferencia de estas otras plantas, en la Patagonia existe otra adaptación clave: la forma de crecimiento. En un intento desesperado por mantener algo de la escasa humedad, muchas de las plantas han adoptado una forma de crecimiento a ras de suelo y con una forma semiesférica, la cual permite al viento pasar aerodinámicamente sobre las plantas, pero no penetrar en su interior, donde se conserva algo de humedad.

El ejemplo clave de esta estrategia se encuentra en el coirón, una denominación para pastos del género Festuca. Estas plantas son parecidas a los clásicos pastos de las ciudades, pero su forma de crecimiento sigue este patrón aglomerado, como de “champa”. Esto ha hecho que sea especialmente abundante en la Patagonia y en la alta montaña, donde llega a formar praderas puras o asociaciones con otras especies.

Mata guanaco (Anarthrophyllum desideratum), otro ejemplo clásico de adaptaciones al viento © Montaraz

En el caso de los árboles que se aventuran a las zonas de viento, su forma de crecimiento es radicalmente distinta a los del bosque. El tronco y algunas secciones de las ramas son engrosadas  dado que la madera se acumula en las zonas que permiten sostener la estructura del individuo y resistir el estrés mecánico que ejerce el viento. Además, las hojas se reducen y las ramas pueden crecer siguiendo la dirección predilecta del viento. Esto último ayuda a que pase de forma aerodinámica y disminuye el potencial de ramas quebradas. A nivel de las raíces, están suelen crecer más en contra de la dirección habitual del viento, dado que así sostienen al árbol firmemente en su lugar.

Fauna y viento

Los animales se pueden mover y esto les permite en cierta medida evitar el viento. Sin embargo, con temporales que pueden durar varios días y una escasez natural de refugios en el entorno, cada tanto todo organismo se verá obligado a enfrentarse al viento.

En el caso de los seres pequeños, como los artrópodos (grupo que incluye insectos, arañas, ciempiés y milpiés, entre otros organismos) las adaptaciones claves son conductuales e implementan mantenerse alejados del viento. Por lo mismo muchos de ellos viven al resguardo bajo rocas o en pastos y la abundancia de especies voladoras es menor que en otras zonas donde el viento no es tan predominante.

Los reptiles patagónicos están adaptados a la falta de humedad, con cuerpos planos y una vida a ras de suelo. Por otro lado, la abundancia de anfibios es baja, debido a la sequedad. Los pocos ejemplares que habitan las estepas suelen enterrarse y esperar los periodos de lluvias para activarse.

Liolaemus magellanicum en torres del Paine. Esta es la lagartija más austral del mundo © Montaraz

Son los mamíferos y las aves los grupos que desafían más directamente al viento, principalmente mediados por su capacidad endotérmica (de regular la temperatura corporal) y sus adaptaciones para la insulación externa a través del pelo y las plumas. Esto les permite enfrentar directamente el viento por períodos más largos de tiempo. Para evitar la pérdida de calor también muchas especies presentan un aumento de tamaño corporal, optimizando la relación entre su volumen y su área, perdiendo proporcionalmente menos calor que otras especies de sus familias. Es en parte por esto que especies como el puma (Puma concolor) presentan sus mayores tamaños en la Patagonia.

Ahora, incluso con este impresionante listado de adaptaciones, solo los animales más grandes, como el guanaco (Lama guanicoe) y el choique  (Rhea pennata) son capaces de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia. Los de menor tamaño deben pasar por periodos de inactividad ante los vientos más fuertes o buscar sus oportunidades en la noche, donde los vientos suelen ser de menor intensidad.

Zorro chilla (Lycalopex griseus) refugiándose de los fuertes vientos en una pequeña grieta en la arena © Montaraz

Como en muchos lugares alejados de los trópicos, las mejores estrategias para los organismos es tener una gran adaptabilidad y poder comportarse como generalistas, aprovechando las ventanas de oportunidades que un ambiente cambiante les presenta.

Eventos extremos y los riesgos del cambio climático

Incluso con todas las adaptaciones mencionadas, los eventos extremos de viento pueden ser devastadores. Los vientos huracanados de hasta 200km por hora, pueden ser capaces de arrancar las plantas y sus raíces, y junto a ellas desprender grandes porciones de suelo. Esto deja zonas expuestas, las cuales pueden ser difíciles de colonizar en los ritmos lentos de los ecosistemas patagónicos. Los temporales también son capaces de limitar la actividad de los animales, impidiendoles completar sus ciclos vitales. Esto puede ser desastroso para animales de ciclos cortos o poblaciones ya reducidas.

Lo problemático es que estos fenómenos se podrían volver algo mucho más común en los próximos años. Está estudiado que uno de los efectos del cambio climático es el aumento de eventos climáticos extremos (National Geographic, 2020). Esto se produce porque existe un calor extra en el sistema, el cual se puede desplazar en formas que desbalancean las armonías actuales, teniendo efectos impredecibles. Esto hace que el calentamiento de una masa de agua en un lado del mundo, pueda tener consecuencias en el otro lado, como periodos de sequías, lluvias y otros eventos. Si esto potencia el ya intenso viento, los resultados podrían ser terribles en la biodiversidad local.

En la ecología es difícil poder aislar un factor, pues normalmente hay muchos que están influyendo en el desarrollo de estrategias y procesos. A pesar de que esto también es cierto en la Patagonia, la presencia de un factor tan predominante en su intensidad como los vientos huracanados del sur, nos permite entender de mucha mejor forma como la vida a veces debe adaptarse a los desafíos claves de un territorio. 

Así, como los glaciares son los forjadores principales del relieve patagónico, son sus vientos el factor clave para entender a su flora y fauna, la cual deslumbra con su resiliencia única. Sin los aires lacerantes, este territorio no sería lo mismo y, aunque desafiante a veces, el viento es parte fundamental de los procesos biológicos, tanto en la Patagonia como en otros lugares del mundo.

El Guanaco es capaz de estar todo el tiempo expuesto a los temporales más fuertes de la Patagonia © Montaraz

 

Imagen de portada: Vista de la Patagonia desde mirador El Toro © Montaraz

Referencias

Ennos, A. (1997). Wind as an ecological factor. Trends in Ecology & Evolution, 12(3): 108-111.

Konôpka, B., Kulfan, J. & Zach, P. (2016). Wind- An important ecological factor and destructive agent in forests. Forestry Journal 62(2): 123-130.

Nobel, P. (1981). Wind as an Ecological Factor (Chapter)Physiological Plant Ecology I, 12.

Ornes, S. (2018). Core Concept: How does climate change influence extreme weather? Impact attribution research seeks answers. PNAS, 115(33): 8232-8235.

https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/actualidad/tendremos-mas-fenomenos-meteorologicos-extremos-futuro_13378. Revisado el día 03 de febrero.

150 años del conejo europeo en Chile: ¿qué sabemos de él?

El conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) fue introducido en el centro y sur de Chile desde Europa en 1880. Esta especie destruye cultivos, plántulas y plantas nativas; erosiona las laderas con sus extensas madrigueras, destruye la topografía y la funcionalidad del suelo. Además, consume pastizales artificiales y naturales, brotes de matorrales, corteza de árboles forestales y […]

El conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) fue introducido en el centro y sur de Chile desde Europa en 1880. Esta especie destruye cultivos, plántulas y plantas nativas; erosiona las laderas con sus extensas madrigueras, destruye la topografía y la funcionalidad del suelo. Además, consume pastizales artificiales y naturales, brotes de matorrales, corteza de árboles forestales y frutales, cactus, tubérculos, rizomas, flores y en casos extremos cualquier vegetal con algo de agua y nutrientes. Al ser una especie invasora, las densidades de conejos suelen estar alrededor de 50 a 100 individuos por hectárea, encontrándose dentro de las siete especies exóticas invasoras que más afectan el ecosistema chileno y que generan una pérdida aproximada de 3.249.337 USD anuales (PNUD 2017). Esto sucede por la gran capacidad reproductiva de sus hembras ya que pueden tener 8 crías por temporada y 2 crías por año, en total 16 conejos por año y 112 por descendencia junto con las nuevas hembras. Contribuyen así con 394 conejos por año, lo que afecta a la cobertura vegetal chilena. Actualmente, se estima que hay 200 millones de estos animales que se alimentan de 4 millones de hectáreas a recolectar por año, lo que significa el 30% de todos los pastizales en Chile (Camus et al. 2008, CONAF 2014).

Conejo europeo (Oryctolagus cuniculus) © JyS

El conejo está presente en el centro-sur de Chile, Tierra del Fuego y parte de la Patagonia Chileno-Argentina. Además, se encuentra en el sur de la región de Atacama, dentro de la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt; también, de la región de Coquimbo a la región de Los Lagos. Por último, es posible encontrarlo en Aysén y Magallanes. Aunque la mayoría de la población de estos animales fue exterminada en 1950 en Tierra del Fuego, aún existe una pequeña población en la isla Yendegaia. Si bien, las poblaciones de conejos afectan cultivos agrícolas y forestales a lo largo de Chile, los mayores estragos son ocasionados en las islas y en el bosque esclerófilo de la parte central. Esta especie colonizó en 1935 las islas del archipiélago de Juan Fernández, convirtiéndose en una plaga que ha destruido cualquier cobertura vegetal, compitiendo a su vez con el ganado. Particularmente, la isla Robinson Crusoe alcanzó una población de 50.000 individuos (20 conejos/ha) y la isla Santa Clara tuvo 19.000 conejos (89 conejos/ha). 

Impacto en el ecosistema por parte del conejo europeo en la isla de Chañaral, Región de Atacama © Island Conservation. 

Por otro lado, la región del matorral y del bosque esclerófilo la más representativa del área mediterránea de Chile es una de las 34 áreas críticas para la conservación de la biodiversidad del planeta. Además, es una de las zonas más afectadas por efecto antrópico en la transformación del bosque en campos agrícolas, praderas y zonas urbanas. Por último y no menos importante, se ha visto dañada debido a esta especie invasora. Este lagomorfo ha generado un profundo cambio en la distribución espacial de hierbas nativas desde su introducción en la zona central del país, favoreciendo el crecimiento de especies invasoras de plantas, como la amapola (Papaver somniferum). En el presente ejemplo, la presencia del conejo europeo facilitó el éxito y colonización de la amapola, alterando la sucesión del bosque nativo. 

Los conejos se privilegian de la ausencia de enemigos naturales que regulen efectivamente su población. Esto ya que no cuentan con depredadores especialistas que los coman y, si bien los depredadores generalistas lo hacen, su consumo es bajo. Además, existe una gran cantidad de forraje disponible en Chile para los conejos. Lo anterior aumenta las probabilidades de una reproducción exitosa. De hecho, varios autores han propuesto diferentes factores como responsables de causar los brotes y el colapso de los conejos: como el clima, el suministro de alimentos, disponibilidad de madrigueras, cobertura y hábitat, depredadores y enfermedades, entre otros. Sin embargo, ninguno de estos factores ha sido evaluado en Chile, aun cuando es necesario para comprender la dinámica poblacional de este ejemplar. Es decir, con la evaluación de estos factores podríamos entender que es lo que promueve su crecimiento o descenso y poder manejar o erradicar eficientemente su población, para así conservar nuestro bosque esclerófilo y cobertura vegetal nativa continental e insular.

En este artículo nos centraremos en tres de los factores fundamentales para comprender la importancia de su evaluación en la población del conejo europeo en Chile.

Los conejos tienen una alta capacidad colonizadora ya que pueden explotar los recursos que les brinda una gran variedad de hábitats debido a su adaptabilidad. De esta manera, modifican su ingesta según sus necesidades y la naturaleza del alimento disponible. El alimento influye en la tasa de crecimiento de estos lagomorfos, la densidad de la población, el reclutamiento y la temporada de reproducción, lo que genera una camada temprana y prolongada, mayor reproducción y disminución de la mortalidad. Adicionalmente se ha demostrado como la reproducción del conejo suele estar en sincronía con el ciclo de crecimiento de las plantas que consume. Como consecuencia, las hembras podrían tener una descendencia más grande aumentando el número de conejos, provocando un brote. Es por esto, que es fundamental contar con un registro —en las diferentes regiones— de la presencia de conejos para saber cuáles son los ecosistemas más vulnerables y cuál es la cobertura vegetal disponible, con el fin de hacer un manejo efectivo en estos lugares. 

Los conejos tienen una alta capacidad colonizadora ya que pueden explotar los recursos que les brinda una gran variedad de hábitats debido a su adaptabilidad. De esta manera, modifican su ingesta según sus necesidades y la naturaleza del alimento disponible.

A su vez, la disponibilidad de madrigueras puede considerarse un recurso importante para los conejos al igual que la comida. Debido a que el conejo es muy social y forma grandes grupos de individuos relacionados que habitan bajo tierra, es capaz de excavar túneles complejos de hasta tres metros de profundidad y 45 metros de largo. Los diámetros de estos túneles son generalmente de 15 cm y sus cámaras lugares de anidamiento o alimentación de alrededor de 30 a 60 cm de altura. El refugio es fundamental para la reproducción y protección de esta plaga frente a sus depredadores en zonas de escasa vegetación y hábitats con condiciones adversas. Así, por ejemplo, construyen sus madrigueras en suelos profundos para aislarse del calor en regiones áridas como el norte y centro de Chile. Además, al permanecer dentro de sus guaridas les permite reducir la pérdida de agua corporal por evaporación. De esta manera, logran soportar hasta una pérdida del 50% de su peso durante períodos prolongados de escasez hídrica y alimentaria. 

En este sentido, el análisis de los factores climáticos es de suma importancia, ya que la lluvia influye en las condiciones del suelo a través de la humedad y la evaporación cambiando una superficie dura en una más permeable que sea fácil para cavar las madrigueras. En este caso, los factores climáticos podrían aumentar el número de madrigueras y cobertura, disminuyendo el riesgo de depredación y aumentando la tasa de reproducción de los conejos. Es por esto, que el análisis de las condiciones del suelo es relevante para establecer si estos lagomorfos pueden hacer sus madrigueras fácilmente o no, ya que al tener abundante comida y lugares donde anidar, este animal puede reproducirse fácilmente ocasionando un brote y, por ende, un gran daño y devastación en la cobertura vegetal y en la topografía del suelo.

Por otro lado, el conejo europeo al ser una especie invasora no tiene depredadores especializados que los consuman de manera eficiente para mantener sus poblaciones controladas. Los depredadores generalistas, que consumen más presas aparte del conejo como lo son el zorro, quique, halcón, águila, mustélidos y rapaces no pueden mantener a los conejos a baja densidad. Sin embargo, si esto ocurre es posible que sea por el efecto de sequías u otras condiciones limitantes que hacen que estos animales no tengan brotes en su población. Un ejemplo de esto es lo que sucede actualmente en Chile central con la mega sequía. La escasez hídrica de más de 10 años ha afectado la productividad vegetal y el suelo del lugar. Lo anterior, a su vez, ha impactado en la reproducción de los conejos que no logran cavar sus refugios.

La falta de depredadores especialistas hace que los conejos puedan escapar del consumo por diferentes causas. Una de ellas es la favorabilidad del ambiente capaz de aumentar los recursos limitantes, lo que permite a los conejos acrecentar la población. Otra causa es la saturación de consumo por parte de los depredadores, ya que no pueden consumir gran cantidad de conejos debido a que el ciclo de vida de estos es más rápido que el de un ave o un zorro. Por otro lado, la población de conejos puede escapar al consumo de los depredadores ya que estos consumen más de una especie, lo que permite que la plaga aumente su número y genere brotes. 

 

Depredadores generalistas que consumen al conejo europeo en Chile © Jaksci, 2018. 

Por estas razones, evaluar las interacciones tróficas en donde el conejo está involucrado como consumidor de cobertura vegetal, presa por parte de depredadores como aves y mamíferos y competidor con especies nativas como el degú, la chinchilla u otros roedores es de suma relevancia para comprender el impacto de las poblaciones involucradas y cómo estas se afectan entre sí. Un ejemplo de esto es el conejo en Francia, España y Portugal, donde es nativo. Recientemente, este ha sido incluido en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza debido a su descenso poblacional, que alcanza el 70%. Las causas de su colapso al parecer son las diferentes enfermedades víricas como la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica del conejo, así como también los cambios en los ecosistemas por la alteración de suelo y la agricultura extensiva. Este descenso en la población es alarmante ya que el 40% de otras especies dependen de él para alimentarse. 

La situación anterior no deja de ser distante dentro del territorio nacional, donde se ha registrado un aumento del consumo de conejo por parte de los depredadores generalistas. Es decir, si el conejo desapareciera o se viera afectado por alguna causa que disminuya su población, afectaría las dietas de estos depredadores. Ejemplos de esto se evidencian en estudios de dieta en el zorro culpeo, zorro chilla y el águila ratonera de pecho negro. Hace unos 35 años se concluyó que la baja depredación de esta especie invasora era debido a que los depredadores nativos aún no habían aprendido a cazarla. Sin embargo, recientemente se ha observado que la dieta del águila y del peuco ha tenido una disminución sostenida de la principal presa nativa que era el degú y un aumento considerable del conejo. De igual forma los hábitos alimentarios del zorro culpeo han mostrado un alto consumo del conejo como presa primaria sobre el consumo de pequeños mamíferos nativos (Paves et al. 2010, Rubio et al. 2013). Lo anterior, evidencia la importancia de hacer estudios comunitarios para saber el impacto tanto positivo como negativo del conejo.

Hace 150 años que el conejo europeo colonizó nuestro territorio. Hoy se hace urgente entender su dinámica poblacional y las causas que generan los brotes para proponer estrategias de manejo. Todo esto con el fin de predecir y controlar su impacto en los ecosistemas chilenos.

Bibliografía

Camus P., Castro S., Jaksic F. (2008). El conejo europeo en Chile: historia de una invasión biológica. historia (santiago), 41(2), 305-339.

CONAF (2014). Registran positiva restauración ecológica en isla choros. corporación nacional forestal. www.conaf.cl. 2014.

Pavez E.F., Lobos G.A, Jaksic F.M. (2010). Cambios de largo plazo en el paisaje y los ensambles de micromamíferos y rapaces en Chile central. Revista chilena de historia natural, 83(1), 99-111.

PNUD (2017). Valoración económica del impacto de siete especies exóticas invasoras sobre los sectores productivos y la biodiversidad en Chile. Santiago de Chile, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

Imagen de portada: Brotes de conejos europeos © wikimediacommons

Sobre la autora

Jennifer Paola Correa-Cuadros. Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Ciencias Biológicas, Departamento Ecología; Center of Applied Ecology and Sustainability (CAPES). Microbióloga y bióloga con énfasis en control biológico y modelamiento matemático de dinámicas poblacionales de plagas forestales y agrícolas. Magister en Biotecnología y Ecología, candidata a Doctora en Ecología.

Como sociedad planetaria, la pandemia nos ha afectado de diversas maneras. Si bien algunos la han padecido directamente en el cuerpo, todos hemos sido alcanzados de alguna manera por sus efectos, recordándonos que somos parte de un mismo tejido social. Esta nueva y compleja realidad no solo nos ha obligado a buscar y generar respuestas […]

Como sociedad planetaria, la pandemia nos ha afectado de diversas maneras. Si bien algunos la han padecido directamente en el cuerpo, todos hemos sido alcanzados de alguna manera por sus efectos, recordándonos que somos parte de un mismo tejido social. Esta nueva y compleja realidad no solo nos ha obligado a buscar y generar respuestas para enfrentar este panorama, también ha traído consigo una invitación – quizás menos evidente pero sí mucho más profunda -, la de observarnos y reflexionar en torno a los factores que nos han llevado a esta situación extrema. Y es que finalmente, la pandemia ha sido la manifestación de una inminente crisis global donde la lógica imperante bajo la cual hemos vivido se ha vuelto insostenible.

En ese contexto, creemos urgente reivindicar hoy un concepto que se ha vuelto cada vez más frecuente en el vocabulario el último tiempo. Se trata del concepto de Cosmovisión. Y una definición que queremos destacar de esta complejo constructo, es la siguiente:

(Se trata de) Un hecho histórico de producción de pensamiento social inmerso en decursos de larga duración; hecho complejo integrado como un conjunto estructurado y relativamente congruente por los diversos sistemas ideológicos con los que una entidad social, en un tiempo histórico dado, pretende aprehender el universo. (López Austin, 1996, p. 472).

Nuestra cosmovisión actual ha desarrollado una perspectiva fragmentada del mundo, donde las interconexiones pasan desapercibidas. Una ecología profunda nos recuerda que somos parte integrada de la vida. Fotografía de Laguna La Señoraza, Laja, región del Biobío. Crédito: Victoria Lermanda.

Podríamos decir que la cosmovisión consiste en la producción de actos mentales que condicionan la percepción de la realidad; que opera en una compleja red colectiva donde se articulan distintos sistemas en un tiempo y espacio determinado, y que si bien contiene un núcleo que permanece como la esencia misma de un macrosistema, es también susceptible a modificarse en su incesante producción. Así, podríamos dilucidar lo relevante que es comprender hoy este concepto: se trata de abrirse a comprender las distintas visiones de mundo y cómo impactan y repercuten en nuestras vidas en el contexto de la globalización.

Pero no buscamos referirnos al concepto de cosmovisión desde una noción lejana y exclusivamente teórica. Es más: “cosmovisión y cosmovivencia se complementan” (Lenkersdorf, 2016). Ninguna persona tiene una cosmovisión exactamente igual a la de otra, en cuanto cada vivencia es única, situada e irrepetible. Sin embargo, la dimensión individual que encarna al sujeto se retroalimenta con la dimensión social. Se trata de  un juego de dualidades bidireccional, donde la existencia de la cosmovisión otorga un marco para el entendimiento y la comunicación entre los miembros de una misma comunidad, a la vez que sus individuos reconfiguran dicho marco en la medida que socializan su propia individualidad. En ese sentido, la cosmovisión no uniforma el pensamiento y ello le confiere su carácter dinámico.

Como civilización industrial, hoy nos encontramos con que los principales sistemas que estructuran nuestra cosmovisión han propiciado la pérdida del sentido ecológico, no sólo en cuanto a la relación interdependiente de los seres humanos con su entorno, animales y plantas; sino también en cuanto a las relaciones sociales con las demás personas (Mies & Shiva, 1994). A ello se refiere Leff (2018) cuando menciona que la causa de la actual degradación ambiental es de carácter metafísico; de la pérdida del sentido de la existencia humana y las distintas formas de comprender el mundo y actuar sobre él.

La prevalencia de una visión antropocéntrica (y androcéntrica) nos ha llevado a repensar cómo nuestras necesidades se construyeron sobre los valores de una cultura patriarcal-capitalista, fundamentadas en una idea de desarrollo que profundiza la violencia hacia la tierra y las distintas formas de vida, incluyendo, en algunos casos, a la vida propia.

Así, podemos volver al origen de la actual pandemia, la cual tiene lugar en un mercado de venta y consumo de animales silvestres. Lo que podemos apreciar allí es una relación física estrecha entre animales y personas (o más bien, entre animales humanos y no-humanos), que da cuenta también de las dinámicas de dominación hacia otras existencias.

Como civilización industrial, hoy nos encontramos con que los principales sistemas que estructuran nuestra cosmovisión han propiciado la pérdida del sentido ecológico, no sólo en cuanto a la relación interdependiente de los seres humanos con su entorno, animales y plantas, sino también en cuanto a las relaciones sociales con las demás personas.

La próxima zoonosis con potencial pandémico podría nuevamente venir desde animales salvajes, en la medida en que continuamos nuestra inarmónica relación con la Tierra y sus demás seres. Crédito: Dan Bennet, Wikimedia Commons.

Desde un posicionamiento etnocéntrico, podríamos pensar que la pandemia ocurrió como consecuencia de los gustos exóticos de personas de otras culturas que prefieren consumir animales silvestres o salvajes, portadores de especies virales desconocidas para el humano y por tanto potencialmente peligrosas. Sin embargo, existen varios ejemplos de epidemias que se han originado a partir de nuestro contacto con especies que hemos clasificado como “de consumo”. De hecho, no hay que ir muy atrás en el tiempo para constatar un ejemplo: la pandemia ocasionada por el virus de la influenza A(H1N1) en el año 2009, que se remonta a una infección de los cerdos por virus tanto de la gripe aviar como de la gripe humana, además de gripe porcina. Y he aquí una de las tantas particularidades de estos agentes: algunos tienen la capacidad de “reordenarse” e intercambiar segmentos de genes en el mismo huésped, pudiendo originar nuevos virus. En este caso, su material genético constituye una mezcla de virus de gripe porcina, humana y aviar, siendo entonces la variedad A(H1N1) un verdadero mosaico de genes de distintas especies. Si bien la influenza no llegó a causar la devastación que ha alcanzado el COVID-19, mató una cantidad no despreciable de personas durante su primer año.

Por otra parte, las granjas modernas en las que se crían animales para consumo son particularmente vulnerables a la devastación por agentes infecciosos, ya que pueden albergar decenas de miles de pollos o de cerdos, lo que crea una oportunidad perfecta para que virus como la gripe muten y se propaguen (Willyard, 2019). Se prevé que, de no cambiar este sistema, la próxima pandemia vendrá justamente de allí, habiéndose ya identificado nuevos virus con potencial pandémico en cerdos tanto en China (Sun et al., 2020) como en Europa (Henritzi et al., 2020).

Pero esto no es el único blanco de preocupación cuando hablamos de zoonosis por contacto con animales “de consumo”. La Organización Mundial de la Salud ya ha advertido del riesgo creciente que representan las bacterias resistentes a antibióticos, considerando este fenómeno como una de las mayores amenazas para la salud mundial hoy. Así, existe una lista creciente de infecciones que se están volviendo imposibles de tratar, en la medida en que los antibióticos pierden eficacia. Una de las razones de que esto ocurra es precisamente su uso en la industria de producción animal, con el fin de tratar enfermedades pero también para promover su crecimiento, mejorar la eficiencia de la conversión de alimentos y prevenir enfermedades (Manyi-Loh et al., 2018).

La industria ganadera es hoy en día un nicho potencialmente dañino a la salud humana y de los ecosistemas, además de símbolo de la relación insana entre humanos y no humanos, que no dignifica la vida. Crédito: Chilepork. 

No obstante, así como se asume ocurrió con el actual coronavirus, la próxima zoonosis con potencial pandémico podría nuevamente venir desde animales salvajes en la medida en que continuamos nuestra inarmónica relación con la Tierra y sus demás seres, como reflexiona una editorial reciente de la revista médica The Lancet: “El comercio internacional de animales exóticos y el aumento de la invasión humana en los hábitats de la vida silvestre, junto con los viajes internacionales y la urbanización, han perturbado la interfaz hombre-animal-medio ambiente. Los patógenos siempre se han propagado de animales a humanos, pero el crecimiento exponencial de    la población humana y la explotación del medio ambiente hacen que los efectos indirectos sean más probables y consecuentes (…). Esta pandemia es una advertencia contra la explotación sin pausa del mundo natural, y de que las zoonosis no sólo afectan la salud sino a todo el tejido social. Covid-19 no será la última, quizás tampoco la peor, pandemia zoonótica”.

Así, queda de manifiesto que el uso y explotación de otras formas de vida – cuando son concebidas como separadas de nosotros – más que beneficios parece traer amenazas, tanto para la salud humana como para el medio ambiente en su consecuente degradación. Científicos de todo el mundo los últimos años han hecho un llamado urgente a cambiar el sistema alimentario debido al enorme impacto ambiental que conlleva, pasando a dietas que incluyan principalmente alimentos de origen vegetal y limiten u omitan los de origen animal. Así lo indica, por ejemplo, el reporte EAT-Lancet. Pero existen otras razones para generar cambio que trascienden a nuestro propio bienestar: el derecho a una vida tranquila y natural de los animales que estamos usando y “produciendo” desde esta lógica escindida e industrial, y que pasa por alto la relación equilibrada entre animales humanos, no humanos y ecosistemas.

Una Dieta planetaria consiste en ir reemplazando alimentos de origen animal por más alimentos de origen vegetal para beneficiar nuestra salud y la del medio ambiente. Crédito: EAT Forum. 

Con toda la evidencia que ya tenemos a disposición para poder realizar acciones a nivel tanto individual como colectivo ¿por qué seguimos viendo la necesidad en este uso de otros? ¿es esta una necesidad real o nos ha sido heredada por una cultura/cosmovisión que normaliza la explotación de todo aquel que le pueda proveer de algún beneficio? ¿Y a qué costo?

La prevalencia de una visión antropocéntrica (y androcéntrica) nos ha llevado a repensar cómo nuestras necesidades se construyeron en valores de una cultura patriarcal-capitalista, fundamentadas en una idea de desarrollo que profundiza la violencia hacia la tierra y las distintas formas de vida, incluyendo también, en algunos casos, la violencia contra la vida propia.

Tal vez, en la concepción ecológica del universo que propone la ecología profunda y el ecofeminismo podemos encontrar algunas respuestas. La realidad se constituye como un fenómeno altamente complejo, donde cada componente es parte de un entramado exquisitamente tejido e integrado. Si somos capaces de identificarnos como una parte de ese todo, recuperando el valor intrínseco que posee la existencia, podremos posicionar el derecho de ser y recobrar el carácter sagrado de la vida. Solo así podremos conseguir una transformación de nuestra cosmovisión y el macrosistema. Las palabras de Maria Mies destacan esa idea (en Shiva & Mies, 2014): “Únicamente si se vuelve a reconocer a la Naturaleza como un ente vivo con el que debemos cooperar de un modo amable en vez de considerarla una fuente de materia prima a explotar para la producción de consumo, podremos albergar esperanzas de que acabe la guerra contra la Naturaleza y contra nosotros mismos”. (p. 265).

Hacernos conscientes de nuestra cosmovisión implica reconocer que no existe una única verdad o forma de mirar el mundo, y así abrirnos a reconocer otras miradas. Crédito: Grabado de Flammarion (1888).

Bibliografía

Henritzi, D., Petric, P. P., Lewis, N. S., Graaf, A., Pessia, A., Starick, E., … & Schröder, C. (2020). Surveillance of European Domestic Pig Populations Identifies an Emerging Reservoir of Potentially Zoonotic Swine Influenza A Viruses. Cell Host & Microbe.

Leff, E. (2018). El fuego de la vida: Heidegger ante la cuestión ambiental. Ciudad de México: Siglo XXI Editores.

Lenkersdorf, C. (2016). Cosmovisión Maya. En Campos-Navarro, R. (Comp.) Antropología Médica e Interculturalidad. Ciudad de México: Universidad Nacional Autónoma de México / Mc Graw Hill.

López Austin, A. (1996). La cosmovisión mesoamericana. En Lombardo, S. & Nalda, E. (Coord.). Temas mesoamericanos. México: Instituto Nacional de Antropología e Historia.

Manyi-Loh, C., Mamphweli, S., Meyer, E., & Okoh, A. (2018). Antibiotic Use in Agriculture and Its Consequential Resistance in Environmental Sources: Potential Public Health Implications. Molecules (Basel, Switzerland), 23(4), 795.

Shiva, V. & Mies, M. (2014). Ecofeminismo. 2nda Edición. Barcelona: Icaria Editorial.

Sun, H., Xiao, Y., Liu, J., Wang, D., Li, F., Wang, C., … & Jiang, Z. (2020). Prevalent Eurasian avian-like H1N1 swine influenza virus with 2009 pandemic viral genes facilitating human infection. Proceedings of the National Academy of Sciences, 117(29), 17204-17210.

The Lancet (2020). Zoonoses: beyond the human-animal-environment interface. Lancet (London, England), 396(10243), 1.

Willyard C. (2019). Flu on the farm. Nature, 573(7774), S62–S63.

Sobre las Autoras

Victoria Lermanda

Nacida y criada en Laja, región del Biobío. Antropóloga con mención en antropología física. Trabaja como colaboradora de investigación del Departamento de Salud Pública UC. Sus temáticas de investigación se orientan hacia los tópicos de salud y corporalidad, aunque sus intereses se extienden a la diversidad biocultural, en general, desde una perspectiva sistémica.

Jenny Ruedlinger

Médico veterinaria y Dra. en Ciencias Biológicas por la Universidad de la Frontera. Actualmente investigadora postdoctoral en el Departamento de Salud Pública UC. Su línea de investigación es en nutrición (consumo de carne) y su rol en enfermedades crónicas, pero sus temáticas de interés abarcan también el impacto del sistema alimentario actual sobre el medio ambiente, la promoción de dietas saludables y sostenibles, y el veganismo como postura ética.

En la segunda parte de esta potente columna, la destacada conservacionista Bárbara Saavedra pone de relieve la importancia de proteger la biodiversidad para asegurar la democracia en Chile. Así mismo, la doctora en ecología nos da a conocer cuatro peligrosos factores -el cambio climático, las especies invasores, la contaminación y la pérdida de hábitat- que además de amenazar nuestras especies ponen en peligro la creación de una sociedad más digna y justa. Conoce cómo se interconectan estos conceptos fundamentales para la creación de un futuro más sostenible y equitativo para nuestro país en estos tiempos urgentes.

Trabajo comunitario de creación y mejoramiento de senderos en Parque Karukinka. Crédito: WCS.

Conservación de biodiversidad: una oportunidad para construir democracia real

La creación de una nueva Constitución es una pieza fundamental para la construcción de democracia, sin embargo no es la única herramienta. El ejercicio de erigir un sistema sociopolítico que nos permita avanzar hacia una sociedad más justa y amable con todos, precisa del despliegue equitativo de la visión de dicha carta magna en los territorios. Es decir, que se enfoque y se materialice en cada grupo humano que forma parte del territorio de referencia constitucional. Cada porción de nuestro país, sin embargo, está habitada por una gigantesca variedad de especies que conforman ecosistemas integrados, incluyendo ciertamente al Homo sapiens. Nuestra nueva carta magna debe reconocer la relación básica, indisoluble y vital que existe entre humanos y naturaleza[1], pues esta relación es la piedra angular de cualquier sistema socio-ecológico como el nuestro.

Tal como ha ocurrido con la democracia en Chile -la que se ha visto mermada y mutilada a lo largo de su historia por diversos factores y actores, bien conocidos por muchos y desconocidos por otros- de igual modo la naturaleza nacional ha ido siendo degradada y violentada a lo largo de nuestra historia “soberana”.

La pérdida de biodiversidad es el mayor problema global que enfrenta el mundo, junto a otros más reconocidos como el cambio climático[2]. De hecho, gran parte del problema climático se debe a la destrucción de ecosistemas, y la consiguiente merma en la capacidad de la naturaleza para mantener los balances de carbono de nuestra atmósfera. La evidente magnitud de este problema es poco reconocida, a pesar que lo enfrentamos tanto a escala global como local. A modo de ejemplo recordemos que el 75% de la superficie terrestre ya ha sido alterada[3], y en nuestro país casi el 50% de nuestros ecosistemas ha sido degradado[4]. La zona central de Chile, contenedora de los globalmente valiosos ecosistemas mediterráneos, corresponde a uno de los dos ecosistemas más amenazados de América del Sur. Esta degradación no afecta sólo a ecosistemas terrestres, puesto que el 66% del océano mundial acusa asimismo graves impactos a su masa[5]. En el caso de Chile, la degradación de nuestro mar se refleja en sus más de 60% de pesquerías sobreexplotadas o agotadas. Así como el embate permanente que sufren nuestras costas a causa de contaminación minera, agrícola o acuícola. A pesar de su rol esencial para la sobrevivencia humana, el 85% de los humedales del planeta ha desaparecido[6]. Tal deterioro ha tenido y tiene impacto directo o indirecto en cientos de miles de comunidades que padecen escasez hídrica en el mundo, incluyendo por cierto a casi un 40% de las comunas nacionales.

Nuestra nueva carta magna debe reconocer la relación básica, indisoluble y vital que existe entre humanos y naturaleza, pues esta relación es la piedra angular de cualquier sistema socio-ecológico.

La secuela de esta agresiva erosión a la biodiversidad a nivel global ha significado la desaparición total o parcial de alrededor de un quinto de las especies nativas[7].  Esto repercute directa y /o indirectamente en el andamiaje vivo de los procesos ecológicos de las que eran parte. Impacta por tanto en los numerosos y vitales servicios que permiten el bienestar e incluso la sobrevivencia de las comunidades humanas. Un ejemplo palmario de esta secuela es la pandemia global que estamos ahora sufriendo. Ella deriva de la destrucción de naturaleza y del confinamiento y uso de especies silvestres, lo que facilitó el contagio de un virus nativo de murciélagos, a nosotros los humanos[8].

La pérdida de biodiversidad es el mayor problema global que enfrenta el mundo, junto a otros más reconocidos como la crisis climática. Crédito: WCS.

Este fenómeno global se repite en numerosas localidades, donde como consecuencia de la destrucción de bosques, contaminación de agua, aire, aumenta la prevalencia de contagios con numerosas otras zoonosis como malaria, dengue, zyka, ébola, hanta, y muchas otras. Además, la salud humana se ve afectada por otro montón de patologías no contagiosas, como enfermedades cardiovasculares, respiratorias, cáncer y otras. Es sabido que ellas derivan de la degradación medioambiental de poblaciones por incompetente manejo industrial en las llamadas zonas de sacrificio; en áreas de intensivo desarrollo agrícola con consecuente mal uso y abuso de pesticidas y/o fertilizantes; también hay ciudades que han sido despojadas de toda cubierta vegetal nativa, con el ulterior impacto directo en el aumento de contaminantes atmosféricos.

La pérdida de biodiversidad disminuye igualmente la capacidad de reacción y resiliencia ante desastres como terremotos, inundaciones, remoción en masa de materiales, aluviones, entre otros[9]. Esto es relevante, pues los efectos del cambio climático traen consigo un aumento de fenómenos de concentración de pulsos de lluvia, lo que aumenta la probabilidad de eventos como aluviones. Frente a todo esto es preciso mantener y promover una vegetación pertinente necesaria para amortiguar los embates de un mundo cada vez más caliente.

La evidencia más fuerte del valor de la naturaleza, y al mismo tiempo del impacto de su degradación se observa en el ámbito de la economía. Especialmente en países como Chile que dependen directamente de sus RRNN (recursos naturales), que son uno de los servicios más importantes que entrega la biodiversidad a las sociedades humanas. Es útil recordar que la biodiversidad aporta al PIB global entre el doble y el triple del PIB oficial entregado por el FMI y otros organismos[10]. Para Latinoamérica el aporte al PIB de la biodiversidad es al menos equivalente al PIB de toda la región[11]. Estimaciones iniciales para Chile muestran que solo la biodiversidad contenida en nuestras áreas protegidas terrestres –que cubren casi un quinto de nuestra superficie- aporta al PIB de Chile más que aquellos sectores tradicionalmente considerados pilares de nuestra economía como el agrícola o el pesquero[12]. Con estas cifras en mente, no debemos extrañarnos cuando economías o comunidades colapsen cuando se ven enfrentadas a la degradación de su naturaleza[13]. En la práctica, es la naturaleza la que subsidia una parte abrumadora de las industrias y las economías mundiales, cuestión que recién está comenzando a reconocerse[14]. Y la pandemia actual confirma lo que viene diciendo el mundo de la conservación desde hace rato:  que sale mucho más rentable invertir de manera precautoria en conservación, que asumir los costos de reparar o reconstruir ecosistemas y economías degradadas.

Especies invasoras han hecho disminuir a la fauna nativa de nuestro territorio, reduciendo la biodiversidad y con ello trayendo eventos catastróficos como desastres naturales y enfermedades contagiosas. Crédito: WCS.

La pandemia global que sufrimos deriva de la destrucción de naturaleza, del confinamiento y uso de especies silvestres, lo que facilitó el contagio de un virus nativo de murciélagos hacia nosotros, los humanos.

Como es fácil imaginar, las causas de dicha degradación están todas conectadas entre sí. Es esto lo que hace urgente que el proceso de (re)construcción de nuestra democracia vaya a la par con la restauración de su base natural más profunda. A partir del simple hecho de reconocer la intrínseca esencia relacional de nuestra sociedad con nuestra naturaleza, el proceso de restauración de natura ha de servir como motor elemental en la construcción de democracia[15].

El conjunto de amenazas que afecta y erosiona la biodiversidad del mundo está conformado por cuatro factores, que se conocen como los “jinetes del Apocalipsis”[16], “enemigos” bien conocidos en el mundo de la conservación de la biodiversidad.

El primero es la pérdida o destrucción de hábitat, como producto fundamentalmente de la descontrolada expansión agrícola y ganadera; la destrucción de bosques; degradación de suelos; agresivas urbanizaciones de zonas naturales, sólo por nombrar algunas de sus expresiones más importantes.

El segundo: las especies invasoras, que son un puñado de especies que fueron transportadas por accidente o intencionalmente fuera de sus hábitats naturales, y se desarrollaron de manera descontrolada, destruyendo la biodiversidad de las zonas invadidas. En el caso de Chile esta amenaza ha sido particularmente relevante: especies como conejos, cabras, jabalíes, zarzamora, espinillo, visón, castor, didymo, trucha arco iris, abeja chaqueta amarilla, numerosas malezas, suman a las casi mil especies invasoras reconocidas al día de hoy en nuestro país[17]. Ellas degradan lenta e implacablemente los ecosistemas naturales chilenos, con impacto directo en los servicios que ofrecen a la comunidad nacional, e impactos económicos que ascienden a varias decenas de millones de dólares anuales[18].

Los cursos de agua del Parque Karukinka sustentas bosques, praderas y humedales de turbera, como así la biodiversidad que forma parte de estos ecosistemas, aportando servicios de regulación y provisión que son claves para el bienestar humano y no-humano. Crédito: WCS.

El tercer jinete es la contaminación. Ella afecta ecosistemas terrestres, marinos e incluso el aire. Chile ofrece demasiados ejemplos de contaminación extrema. Muchos de ellos asociados una mala actividad minera, derrame de hidrocarburos en puertos, emisión de gases y material particulado en ciudades y zonas industriales. Aparecen aquí la contaminación de cursos de agua por efecto del mal (o ausente) diseño y fiscalización de uso de fertilizantes y pesticidas; malos tratamientos de desechos urbanos, entre otros. Ejemplos emblemáticos de esto han sido la contaminación del Humedal del Río Cruces en Valdivia, la destrucción de la bahía de Chañaral, o la contaminación de lagos del sur de Chile como el Villarrica o el Llanquihue.

El último y más reciente miembro de este cuarteto apocalíptico es el cambio climático. A pesar de su origen y carácter global, se manifiesta con particular fuerza a nivel local en Chile, dado que nuestro país es alarmantemente vulnerable a los efectos de este factor, por ser un país costero, montañoso, con extensas zonas áridas, entre otras[19].

La naturaleza ha subsidiado una parte abrumadora de las industrias y las economías mundiales, cuestión que recién está comenzando a reconocerse en nuestro país.

Estos “enemigos” no se abaten a balazos, sino que se combaten a través de la práctica de la conservación de la biodiversidad[20]. Disciplina que nace de las ciencias ecológicas como una respuesta al problema global de degradación ambiental. A diferencia de otras ciencias, su mandato es claro: detener y revertir los patrones de pérdida de biodiversidad. Una clara misión establecida desde el nacimiento de esta ciencia hace poco más de cuatro décadas.

Esta práctica científica precisa de un prolijo trabajo territorial y la integración orgánica de múltiples actores –humanos y no humanos-. Es un trabajo obligadamente inclusivo cuya meta es la transformación de las realidades (¡no la acumulación de informes burocráticos!) siguiendo lineamientos básicos de las ciencias como evaluaciones comprehensivas e integradas, diseño de intervenciones basadas en evidencias, las que constituyen en sí mismas hipótesis a ser contrastadas con evidencias objetivas, independientes, que permitan retroalimentar los procesos de evaluación para el establecimiento de ciclos adaptativos y mejoramiento continuo.

Preservar el bonimio naturaleza-humano debe ser un mandato fundamental para la creación de la Nueva Constitución. Crédito: WCS.

Esta es una disciplina que por definición es territorial, pues el binomio indisoluble naturaleza-personas es propio de cada territorio, cuya ejecución precisa de resultados en la realidad de cada uno de ellos. Por lo mismo la conservación no es sólo una necesidad, sino una vacuna contra populismos y proselitismos de todo tipo, ya que la vociferación de promesas administrativas, económicas, electorales o de cualquier otro tipo, contrasta con el resultado (o no) de soluciones efectivas, en territorios y ecosistemas reales, con personas y de carne y hueso. Y estas soluciones se ven (o no) a simple vista: ¿se limpió la bahía contaminada? ¿Se recuperó la población sobreexplotada de locos? ¿Se recuperó el suelo degradado? ¿Regresaron los bosques y matorrales de Chile central? ¿Están claras y limpias las aguas del humedal?

No es el propósito de estas líneas esbozar un tratado científico técnico, sino destacar simplemente que la buena conservación, así como la buena democracia, precisan de la integración orgánica de un trabajo territorial, de sus ecosistemas y sus gentes, con los mandatos que derivan de los cuerpos legales rectores de dichas prácticas. Muchos de los cuales todavía están por construir. Uno de estos cuerpos rectores es nuestra Constitución, la cual debe ser reformulada considerando el hecho –todavía poco reconocido- que humanos y naturaleza somos una misma cosa. Y que el cuidado de uno, precisa de la atención equivalente del otro[21].

La pérdida o destrucción de hábitat, las especies invasoras, la contaminación y el cambio climático son los cuatro «Jinetes del Apocalipsis» que amenazan y erosionan la biodiversidad del mundo.

Las ciencias de la conservación mandatan el diseño y cuidadoso despliegue de procesos, lo que entre otros principios requiere la inclusión de todos los actores relevantes, posicionado cada cual en su diversidad y sus territorios. Cooperación y buena gobernanza administrativa son elementos clave en dichos procesos y territorios; así como el acceso transparente y permanente a información relevante; el monitoreo inclusivo constante de todas las etapas del proceso de conservación, y por sobre todo de la equidad inter-pares[22]. Tal como ocurre en la naturaleza, es en esta aproximación equitativa donde se revela el valor de cada actor para el funcionamiento integrado y armónico del eco-sistema. Tales principios son básicos para una efectiva conservación y protección de biodiversidad, y son, por cierto, inmanentes a una buena democracia.

Entonces, cuando hablo de la degradación de natura y su biodiversidad, y de su relación con una nueva Constitución, debo insistir que, en el espíritu y letra de ésta, ella debe tener claro el mandato de preservar el binomio naturaleza-humanos. Esta preservación no es más que una atención efectiva a la conservación. Y por lo mismo, es la conditio sine qua non para desarrollar y desplegar la democracia, que solo puede realizarse en aquella realidad concreta llamada vida.

La buena conservación, así como la buena democracia, precisan de la integración orgánica de un trabajo territorial, de sus ecosistemas y sus gentes. Crédito: WCS.

Es la biodiversidad -no los recursos naturales- la verdadera mandataria que nos obliga a pensar en una escala más grande que la del estrecho interés individual. Los límites físicos y legales, alambres de púas, o disposiciones legales, son inútiles para proteger la naturaleza contenida en una propiedad privada de las amenazas crónicas a la que está expuesta hoy día la biodiversidad. Estos límites no la ponen a salvo de incendios, contaminación, cambio climático, especies invasoras, marea roja, gripe aviar, coronavirus, por nombrar algunos factores de riesgo. Para ello precisamos trabajar y articular la protección de la totalidad del entorno, lo que justifica desde su base ecológica la cooperación pública y privada, así como la colaboración a otras escalas.

Fijar en una constitución esta reciprocidad consciente de derechos y deberes en el cuidado de los bienes comunes e individuales de la biodiversidad y su conservación, sería de veras un hito innovador en nuestra nueva –en realidad en cualquiera- Constitución. Se trata entonces, de un decisivo cambio de paradigma. Es lo que precisamos para enfrentar y lograr el tránsito de Chile al próximo siglo.

Esta es la oportunidad que nos ofrece la redacción de una nueva Constitución. La de ser no solo una magna ley política fundamental para el funcionamiento veramente democrático de un estado, sino ser además una constitución eco-lógica, que tenga en su núcleo rector la relación humano-naturaleza y que explicite el deber que una sociedad se autoimpone para proteger este binomio. En cada palmo de su territorio. Sólo así es dable imaginar y construir un futuro mejor.

Bosques prístinos de lenga en Tierra del Fuego, en medio del sendero del Valle la Paciencia. Crédito: Sebastián Lorca.

[1] Saavedra 2020

[2] Rockström et al. 2009

[3] IPBES 2019

[4] MMA 2018

[5] IPBES Op. Cit.

[6] Gherardi et al 2009

[7] IPBES Op. Cit.

[8] Evans et al. 2020

[9] Doswald & Estrella 2015

[10] Constanza et al. 1997; Constanza et al. 2014

[11] IPBES 2018

[12] Figueroa et al. 2010

[13] Diamond 2005

[14] Dasgupta 2010, 2020

[15] Saavedra 2020

[16] Diamond 1984

[17] Pauchard 2017

[18] Cerda et al. 2017

[19] World Bank Group

[20] Soulé 1985; Meine et al. 2006; Kareiva & Marvier 2012; Casetta et al. 2019

[21] Saavedra 2020

[22] Open Standards for Conservation; Saavedra et al. 2015

* La tercera parte y final de esta columna se publicará el jueves 20 de agosto en Endémico web.

Imagen de Portada:  Vista hacia el Parque Karukinka, Tierra del Fuego. Crédito: WCS.

Sobre la Autora:

Bárbara Saavedra, Dra. en Ecología y Biología Evolutiva y Directora Wildlife Conservation Society-Chile.

Apuntes Eco-lógicos para una Nueva Constitución

Bárbara Saavedra, Directora de Wildlife Conservation Society Chile, nos invita a reflexionar en esta profunda columna de opinión en torno al porvenir de nuestro patrimonio natural ad portas del proceso de decisión en torno a la redacción de la Nueva Constitución. La naturaleza no debe verse separada de los procesos sociales, económicos y culturales que atañen la esencia del ser humano - sostiene la también Doctora en Ecología y Biología Evolutiva - ya que cualquier texto constitucional que pretenda normar el ordenamiento social y jurídico de Chile debe incluir la premisa por la que se reconozca la relación básica, indisoluble y vital que existe entre los humanos y naturaleza. No te pierdas la primera parte de este potente manifiesto, que, ante todo, es una invitación a reconocer la naturaleza en el núcleo fundamental de la sociedad, puesto que de ella depende nuestra subsistencia, y por ello, la de las próximas generaciones. 

 Parte I: La Naturaleza como base, motor y garante del Bien Común*

Nunca antes la humanidad contó con una acumulación de conocimiento como el actual. Este resulta de la suma de milenios de sabiduría tradicional con los miles de millones de bytes de creciente conocimiento científico global. Al mismo tiempo, nunca antes esta misma humanidad se ha visto enfrentada a tal nivel de degradación de su entorno como la actual, cuyas expresiones más significativas y urgentes –no las únicas- son la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Ambas tienen un impacto directo en el diario vivir y bienestar de las sociedades en cada rincón del globo. Esto incluye ciertamente a nuestro país.

A pesar de ello, decisiones sustanciales como la redacción de una nueva constitución parecen que tuvieran lugar en planetas imaginarios, desnudos de todo tipo de saber, sea éste común o científico. Tales decisiones parecieran ser tomadas desde la estratósfera, ciegas al entendimiento minucioso de las complejidades que derivan de aquella degradación ambiental, y a los problemas derivados de ellas a la que se ven enfrentadas las personas de carne y hueso, día tras día, en sus agotados territorios.

Incorporar el mundo natural a la discusión política nacional es un asunto urgente para garantizar el bien común de todas las personas. Crédito: WCS Chile.

Algunos ciudadanos, en particular no pocos de la esfera política y otros tantos al interior de la propia comunidad científica, tienen dificultades para aprehender y entender las relaciones existentes entre una constitución y ese saber acumulativo. ¿Abre la discusión en torno a ese nuevo documento magno que la sociedad reclama para regular su orden y funcionamiento social y jurídico -más acorde con los tiempos y el futuro- la oportunidad de incorporar el conocimiento acumulado del mundo natural en que vivimos? ¿Puede este proceso constitucional conectarse con el sentido común, que nace de la experiencia del vivir diario de millones de personas a lo largo de nuestro país?

Las primeras líneas de la constitución de 1980 indican que “La familia es el núcleo fundamental de la sociedad”. Tal frase es sólo la expresión de un anhelo o propósito sin sustento en la realidad biológica de nuestro planeta. Pues las sociedades –así, en plural- son parte indisoluble del binomio inseparable que conforman los humanos y la naturaleza.

Tales decisiones parecieran ser tomadas desde la estratósfera, ciegas al entendimiento minucioso de las complejidades que derivan de aquella degradación ambiental, y a los problemas derivados de ellas a la que se ven enfrentadas las personas de carne y hueso, día tras día, en sus agotados territorios.

La biodiversidad, otra definición de esa naturaleza, es la única base material que permite y sobre la que se sostiene la vida humana y, por ende, cada una de sus manifestaciones, sea ella social, cultural, y por supuesto económica. Esto incluye ciertamente aquellas formaciones grupales que llamamos familias, las que tal como cualquier otro componente de la naturaleza son una respuesta a largas, complejas y variadas condiciones en las que se ha ido desarrollando y adecuando la vida humana en un proceso continuo.

Así pues, los humanos son sólo un componente/eslabón del sistema ecológico-evolutivo de nuestro planeta Tierra. Al decir humanos, hablamos de una especie más entre los 10 a 30 millones de otras especies[1] que están presentes en cada bioma o ecosistema existente en todos los rincones del globo: en sus mares, lagos, ríos, riachuelos, océanos, estepas, bosques, humedales, fosas oceánicas, cumbres altoandinas, salares, y muchos otros. Cada uno de ellos son ecosistemas más o menos diversos, altamente complejos, idiosincráticos, compuestos por especies que son el producto de historias evolutivas muy antiguas, únicas e irrepetibles.

El ser humano apenas está familiarizado con un puñado de especies animales y vegetales. La mayoría de especies que componen el entramado de la vida y que sostienen a las poblaciones humanas, permanece invisible a nuestra sociedad. Crédito: Claudia Silva.

En dichas tramas ecológicas se anidan –muy recientemente desde una perspectiva evolutiva- los grupos humanos y sus sociedades. Como buenos ingenieros ecosistémicos, nuestra especie ha sido capaz de modificar estos espacios naturales, creando nuevos hábitats para sí misma: ciudades, cultivos, plantaciones, estepas ganaderas, parcelas de agrado, entre muchas otras. Cada uno de ellos depende sin embargo de la naturaleza, y a la vez alberga parte importante de ella. Son entonces, espacios compartidos por una diversidad de especies en las que, en su conjunto, tal como sucede en los espacios naturales, se realizan los procesos ecológicos que permiten y alimentan la existencia humana y su bienestar.

La biodiversidad presenta dos características relevantes que son propias a toda la naturaleza: diversidad y complejidad. Estamos familiarizados con un pequeño puñado de estas especies: unos pocos mamíferos, algunas aves, insectos, otras tantas plantas. Excepcionalmente conocemos algunos microorganismos, quizá porque nos enfermamos alguna vez por su causa. Pero la abismante mayoría de las especies que componen el entramado de la vida, y que sostienen las poblaciones humanas, permanece invisible al ojo de nuestras sociedades. Estas especies sin embargo, conforman un andamiaje ecológico que permite sostener los procesos fundamentales para la existencia humana, y que otorgan bienestar a través de la producción primaria y secundaria de bienes[2].

 Como en las sociedades humanas, la presencia de la naturaleza no es homogénea, sino que se despliega y actúa en diversas formas, colores, estructuras, a lo largo, alto y profundo del mundo. Crédito: Paula Noé.

De allí nacen nuestros alimentos, por ejemplo, obtenidos de ecosistemas terrestres, marinos y acuáticos. De estas especies depende la producción de oxígeno, generación y mantención de suelo, producción y purificación de agua; el ciclaje de nutrientes, entre muchos otros. La naturaleza ofrece, además, bienes que satisfacen otras necesidades de las sociedades, como materias primas o medicinas. En tiempos de cambio global, es esta misma biodiversidad la que favorece el control de inundaciones o aluviones, además de la amortiguación de olas de calor en ciudades como Santiago, por ejemplo. Cada uno de estos procesos ocurre gracias a la presencia de natura, la que, tal como ocurre con las sociedades humanas, no es homogénea, sino que se despliega y actúa en diversas formas, colores, estructuras, a lo largo, alto y profundo del mundo, incluyendo nuestro país.

El segundo atributo innato de la naturaleza es su complejidad[3]. Los ecosistemas son sistemas vivos que están interconectados de muchas formas. Interconexión que se observa en ese nivel atómico que permite la creación e integración de moléculas que son básicas para la vida como el ADN o la glucosa; o en el nivel fisiológico que permite la integración y funcionamiento de los órganos que conforman un cuerpo en entornos específicos. Son conexiones ecológicas las que permiten el establecimiento de mallas tróficas o el movimiento de nutrientes de un nivel a otro, y ciertamente la transformación evolutiva y adaptativa de la vida. Los sistemas naturales funcionan de manera integrada, dinámica, y las interconexiones ecológicas que permiten su existencia operan a diferentes escalas, lo que hace aún más complejas sus dinámicas.

Cualquier texto constitucional que pretenda normar el ordenamiento social y jurídico de Chile debe incluir la premisa por la que se reconozca la relación básica, indisoluble y vital que existe entre humanos y naturaleza. Crédito: WCS Chile.

Los organismos vivos, incluyendo los humanos, establecen relaciones que muchas veces no son evidentes, y al mismo tiempo son siempre cambiantes. Las propiedades constitutivas de la biodiversidad hacen que el resultado de su operar sea mucho más complejo que la suma de sus partes. Es importante enfatizar esto, porque un abordaje reduccionista del tema, ciego a esta complejidad y a su ubérrima variabilidad, siempre conlleva el riesgo de aproximaciones infructuosas, que no ayudan a entender y entendernos en el mundo, ni menos a mejorarlo y mejorarnos. Al contrario.

Sin biodiversidad no hay vida en la Tierra y –permítase esta simpleza- sin ella tampoco es posible la vida en Chile, ni en Santiago, ni en La Moneda ni en el Congreso Nacional, ni en la última comuna patagónica.

Sin biodiversidad no existirían las sociedades al interior de la especie humana, y por lo mismo no habría posibilidad alguna para la existencia de las familias humanas. Por tanto, en el diseño de una nueva Constitución es importante tener presente que “la familia”, por sí y ante sí, no puede arrogarse el rol principal, ni mucho menos absoluto, como la que se plantea en el texto de la cuestionada constitución del 80. Por supuesto tampoco a la naturaleza en aislado puede serle atribuido tal rol. Es obvio que su particular valoración en este contexto sólo es posible porque los humanos estamos en condiciones de mensurar y asignarle tales valores.

Es sobre la base a estos hechos, que el núcleo de cualquier texto constitucional que pretenda normar el ordenamiento social y jurídico del tránsito de una nación joven como Chile a un hipotético mejor futuro, debe necesariamente incluir la premisa por la que se reconozca la relación básica, indisoluble y vital que existe entre humanos y naturaleza. Aunque suene como una verdad de Perogrullo, esta relación es efectivamente la piedra angular de cualquier sistema socio-ecológico como el nuestro. Al reconocer esta relación, no hacemos más que estampar en el documento constituyente un hecho tan elemental como indiscutible: humanos y naturaleza somos una misma cosa.

Sin biodiversidad no hay vida en la Tierra y –permítase esta simpleza- sin ella tampoco es posible la vida en Chile, ni en Santiago, ni en La Moneda ni en el Congreso Nacional, ni en la última comuna patagónica.

La incorporación al epicentro de una Constitución del carácter relacional de la biodiversidad con lo humano, no sólo es un acto de reconocimiento del saber actual, sino él es también y por sobre todo uno de valentía y coraje. Ello, por cuanto desafía gran parte del status quo que, por decisiones nacidas de la ignorancia o la avidez del poder político respectivo, y también por una inercia volitiva generalizada, ha determinado el accionar de la humanidad durante varios milenos. El mismo coraje debió haber tenido en su oportunidad Nicolás Copérnico, cuando redactaba no una carta magna, sino su teoría en la que planteaba que la Tierra no era el centro del universo. Pues no lo era. Así como tampoco lo somos los humanos. Ni mucho menos los humanos que pretenden existir de espaldas a natura.

De este modo y al mismo tiempo, reconocer en el papel constitucional de manera taxativa la complejidad propia de los sistemas vivos, entre los que se incluyen las sociedades humanas -también la chilena-, significaría un salto cualitativo sin parangón de la racionalidad política. Se abrirían con ello espacios insospechados para la construcción de una sociedad diversa, consciente de su dependencia vital de la naturaleza y de la necesidad de un cuidado y promoción recíproco y permanente. Pienso que tal considerando debería ser el aglutinante de todos los elementos éticos, legales, culturales y sociales que conforman el corpus de una constitución política. Se ganaría así la posibilidad de crear, a partir de tal corpus, lineamientos legales y generales, a todo quehacer que atienda a la particular relación existente entre la vida y el bienestar de las personas. Así se abriría y aseguraría el espacio indispensable de acción para el proyecto de una sociedad más humana, justa y sustentable.

Una sociedad más humana, justa y sustentable debe incorporar a la naturaleza y la relación de los humanos con ella como parte del bien común. Crédito: WCS Chile.

Está claro que la naturaleza o biodiversidad tienen un valor intrínseco e inalienable para el bienestar de las sociedades. Es indispensable para su quehacer social, cultural, y sobre todo económico, por cuanto provee directa o indirectamente, todo lo que los humanos precisamos para vivir[4]. Estas cosas y beneficios que obtenemos de la naturaleza se conocen hoy como Servicios Ecosistémicos[5], los que no son sino un esfuerzo del mundo de la conservación por llevar al lenguaje economicista este componente olvidado del desarrollo. La materialidad en que se generan estos servicios ecosistémicos constituye por sobre muchas otras cosas, el espacio en el que se generan la identidad y también la espiritualidad de las sociedades. Evidentemente esta línea de razonamiento no ha derivado en cambios sustanciales respecto de la valoración de natura, lo que refuerza la necesidad de buscar nuevas formas de conectar el quehacer humano con la misma. El proceso constituyente que ahora enfrentamos, abre esa oportunidad para Chile y el resto del mundo.

Así, no es difícil entender que la biodiversidad de una nación constituye el bien común más relevante y necesario de y para su gente.  Es además una pieza esencial y determinante en la creación de soberanía a la que siempre han aspirado las naciones dizque modernas. No obstante, dadas las características ecológico-evolutivas propias de la naturaleza, las que incluyen su estructura y funcionamiento a escala múltiple, su condición sistémica e integrada, ella no es apropiable ni expropiable.

Reconocer la biodiversidad como factor inalienable de la existencia humana implica la protección, restauración y promoción de este bien común. Crédito: Jorge Vidal.

Es indiscutible entonces que el reconocimiento explícito de la biodiversidad en la carta magna, como factor inalienable de la existencia humana, implica la protección, restauración y promoción de este bien común. Con la consiguiente atención y esfuerzos que ella requiere para asegurar su continuidad en el tiempo. Esto no es más ni menos que el futuro de la Humanidad. Tal atención y esfuerzos se llaman sustentabilidad, y constituye aquella esquiva ilusión, la que a pesar de numerosas declaratorias, ninguna sociedad ha tenido la capacidad de realizar. Hasta ahora.

En los albores de este nuevo siglo, Chile tiene la posibilidad de posicionar el nacimiento de esta nueva Carta Magna en el mar de conocimiento existente en un mundo que literalmente se está cayendo a pedazos. Ello precisa del reconocimiento del carácter relacional del ser humano, lo cual puede constituir el salto inicial capaz de torcer la autodestructiva trayectoria que se ha fijado hasta ahora la humanidad, que deriva de su negación y ceguera histórica de su posición en la trama de la vida terrestre. Por lo demás, la única conocida hasta ahora en el universo cercano.

Luna en Parque Karukinka. Crédito: Rodrigo Münzenmayer.

[1] Erwin 1983; May 1988, Costello et al. 2013; Kenneth et al. 2016;

[2] Millenium Ecosystem Asessment 2005

[3] Boero et al 2004

[4] IPBES 2019

[5] Dasgupta 2020

* La segunda parte y final de esta columna se publicará el jueves 6 de agosto en endemico.org

Imagen de Portada: Bárbara Saavedra, Directora de WCS Chile. Crédito: Juan Jaeger.

Sobre la Autora:

Bárbara Saavedra, Dra. en Ecología y Biología Evolutiva y Directora Wildlife Conservation Society-Chile.

Francoise d’Eaubonne, una valiente pionera del Ecofeminismo

Novelista, poeta, feminista y activista por los derechos homosexuales, Francoise d’Eaubonne, la mujer que acuñó el término “ecofeminismo”, se formó en la lucha por los derechos de la mujer de la mano de, nada más ni nada menos que Simone de Beauvoir. Desde su juventud, d’Eaubonne bien sabía sobre gases contaminantes, revoluciones, guerras y derechos […]

Novelista, poeta, feminista y activista por los derechos homosexuales, Francoise d’Eaubonne, la mujer que acuñó el término “ecofeminismo”, se formó en la lucha por los derechos de la mujer de la mano de, nada más ni nada menos que Simone de Beauvoir. Desde su juventud, d’Eaubonne bien sabía sobre gases contaminantes, revoluciones, guerras y derechos olvidados.

D’Eaubonne nació en París en 1920, cerca de 8 meses después de la firma del Tratado de Versalles, que dio por finalizada la Primera Guerra Mundial. Su padre, cercano a las ideas anarquistas, fue parte de un movimiento religiosos francés. Su madre era hija de un revolucionario carlista.

En el ensayo ‘El feminismo o la muerte’, Françoise d’Eaubonne expresó las ideas de la ecología feminista.

La inhalación de gases tóxicos en las trincheras dañó severamente la salud de su padre, por lo que la familia se trasladó a vivir a Toulouse, relativamente cerca de la frontera con España y el mar, lejos de la gran ciudad.

A sus 16 años estalló la guerra civil en Francia, a los 19 vio llegar a los republicanos exiliados de la guerra civil española, a sus 29 el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y más tarde presenció los efectos del Holocausto en la misma cara de los judíos que sobrevivieron.

Durante estos años, se encontró con las páginas de “El segundo sexo” de Simone de Beauvoir. Se volvió militante feminista y por un tiempo formó parte del partido Comunista. A sus 40 años, en 1960, fue acusada de insurrección y traición a la patria por firmar el Manifeste des 121, en protesta contra la represión colonial en África y a favor de la desobediencia civil.

El levantamiento de mayo de 1968 fundó las bases para el pensamiento feminista que desarrollaría d’Eaubonne

Fue en 1968 que el Mayo Francés sentó las bases para el levantamiento feminista. Este quiebre socio-político dio pie al cuestionamiento de la autoridad, tema que se relaciona directamente con el planteamiento de una nueva y potente rebeldía contra el control del hombre hacia la mujer. Se dio rienda suelta a la palabra y la lucha femenina y social.

Las áreas de interés de d’Eaubonne no dejaban fuera la lucha por los derechos de los homosexuales, es por esto que en 1971 funda, junto con Guy Hocquenghem, el Frente Homosexual de Acción Revolucionaria. Luego, en 1973, formó parte de las mujeres que firmaron el Manifeste des 343, redactado por Simone de Beauvoir. El documento se presenta como una de las primeras manifestaciones de desobediencia civil a favor del aborto y los métodos anticonceptivos libres.

El eco-feminismo de d’Eaubonne tiene la mira fijada en el útero y el potencial de gestación de la mujer, en un momento donde la sobrepoblación y el control de natalidad comenzaban a ganar cada vez más importancia.

Otras pensadoras feministas como Simone de Beauvoir y Rachel Carson fueron significativas en la producción ensayística de Françoise d’Eaubonne

En el contexto internacional, 1970 – 4 años antes de que ecología y feminismo se encontraran en la pluma de d’Eaubonne – fue un año importante para el mundo ambientalista. Si bien el movimiento se remonta al siglo XIX, fue a principio de los ‘70 que el llamado Grupo de Roma encargó a científicos de Massachusetts un estudio sobre los problemas que estaba generando el desarrollo de la industria y la globalización.

Dos años después se publicó “The Limits of Growth”, un documento que analiza los primeros 60 años del siglo XX y explica cómo los efectos de la modernización influirán negativamente en los próximos 140 años, mostrando un panorama extremadamente negativo para el año 2100 si no se toman medidas al respecto.

Ese mismo año, en 1972, la ONU convocó la Conferencia de Estocolmo. Por primera vez se discute en un organismo político-internacional, como tema principal, la crisis medioambiental. A partir de estos hechos, estallaron los movimientos ambientalistas entre 1970 y 1980.

Novelista, biógrafa, poeta; el legado de Françoise d’Eaubonne se ha supeditado a su labor política, que la llevó a dar con algunas de las claves que hoy manejan los movimientos feministas.

Dentro de este gran engranaje que ponía a andar la acción y discurso de distintos personajes defensores de la ecología y el feminismo, es que, en 1974, Françoise publica “Le féminisme ou le mort” (El feminismo o la muerte). En este ensayo, d’Eaubonne menciona por primera vez el término ecofeminismo y explica que es el patriarcado el que se adueña del potencial reproductivo de la mujer, explotándolo, al igual que explota un recurso natural, para tener más y más hijos. Esta explotación es la que ha llevado a la sobrepoblación.

Por lo anterior, la ecología necesita del feminismo para luchar por su bien, y el feminismo necesita de la ecología para justificar, una vez más, los métodos de control de natalidad, en pos del planeta y la humanidad. “El feminismo, al liberar a la mujer, libera a la humanidad entera”, escribe d’Eaubonne en su ensayo.

En 1978, Françoise fundó el movimiento Ecofeminista, teniendo poca repercusión en Francia, pero sí, mucho más éxito en países como Australia y Estados Unidos, donde la temática del ecofeminismo se venía insertando hace años con personajes como Rachel Carson y su Primavera Silenciosa.

Durante su prolífica carrera como activista y escritora, Françoise d’Eaubonne escribió más de 50 textos, entre poemas, ensayos y novelas. Dio cátedras sobre ecofeminismo en Estados Unidos y tuvo dos hijos, pero no existe información sobre el padre de ellos. Falleció en París el 2005 a la edad de 85. Su legado marcó a las generaciones posteriores en la defensa de los derechos de la mujer y del medioambiente.

La pertenencia de su familia a movimientos revolucionarios carlistas y a movimientos religiosos con base social marcó la vida de Françoise d’Eaubonne.

Crédito foto portada: Henri Rousseau, «El sueño», Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA)