La crisis global ambiental que hoy vivimos se ha vuelto ineludible no solo para nuestra sociedad, si no también para los proyectos artísticos hoy se enfrentan a esa misma urgencia desde sus propias prácticas y quehaceres estéticos. Es por eso que hoy en Endémico web traemos el trabajo de artistas que desde las problemáticas e […]

La crisis global ambiental que hoy vivimos se ha vuelto ineludible no solo para nuestra sociedad, si no también para los proyectos artísticos hoy se enfrentan a esa misma urgencia desde sus propias prácticas y quehaceres estéticos. Es por eso que hoy en Endémico web traemos el trabajo de artistas que desde las problemáticas e injusticias en torno a los derechos del agua, la toponimia del paisaje, la crisis hídrica, la geografía, la artesanía y la filosofía andina están promoviendo una serie de encuentros e instalaciones tanto callejeras como al aire libre para dar cuenta de esta realidad que debemos enfrentar con urgencia. Quisieron expresar en sus palabras con un manifiesto los proyectos e intervenciones que se encuentran desarrollando tanto en diversos puntos del territorio de Chile y Latinoamérica.

Collage digital (2021) impreso sobre papel de arroz, de la serie “Other White Mixed Background”, 62 x 91 cms. © Catalina Correa

Umbra: Esas dos variables no eran posibles a la vez en un mismo universo, entonces enloquecieron

Por Catalina Correa, Josefina Astorga y Javiera Asenjo

En conversación con guaquero, parte de la investigación de campo de Catalina Correa durante “Residencia en la Tierra” (2013). © Katinka Igelberg

Umbra es un proyecto que se gesta a mediados del 2020, en el primer período de cuarentenas extendidas a nivel global. En ese momento, donde la sombra de la pandemia comienza a suspender los sentidos más vitales, aparece la necesidad del reencuentro, de contener y también de replantear los procesos creativos. 

Josefina Astorga, Javiera Asenjo y Catalina Correa comienzan a reunirse periódicamente de manera virtual para retomar una colaboración que había comenzado ocho años antes, a partir de la experiencia común de haber residido en “Residencia en la Tierra” (Colombia). A partir de entonces se despliega un intercambio -que en ocasiones ha incluido a otros artistas y ha tomado diferentes formatos y espacios de trabajo- para dar continuidad a las investigaciones que surgieron en las verdes y sinuosas tierras del Quindío Colombiano.

Acción colectiva para conectar con la sonoridad del guadual, trabajo de Javiera Asenjo en “Residencia en la Tierra”, (2013).  © Catalina Correa

Sus procesos creativos se articulan desde una relación social y corporal con algunas prácticas culturales que emanan del territorio latinoamericano: el oficio textil, el alfarero y el de la guaquería, la filosofía andina, la geografía como conocimiento encarnado, y la arqueología extractivista como herencia de los diversos sistemas de colonización que han marcado nuestra historia. Sin embargo, durante el último período sus investigaciones dieron un radical vuelco crítico y de género, debido a la urgente crisis social y ecológica por la que transitamos.

Acción colaborativa para construir una cordillera, trabajo de Josefina Astorga en Residencia en la Tierra (2012).  © Daniel Santiago Salguero

La palabra territorio está ligada a la demarcación, exclusión y propiedad privada de la tierra, y con ello a su disputa a través de las guerras. Como resultado de un sistema patriarcal de dominación y exterminio, sentimos la necesidad de instalar otras perspectivas para relacionarnos con nuestro entorno, con los seres humanos y no humanos que nos rodean, con la Tierra. 

Para la muestra de Umbra en el MAC Quinta Normal (Marzo 2022) ​cada artista contará con una sala independiente en el segundo piso del Museo, además de un espacio colectivo donde se exhibirán registros y archivos de estos ocho años de colaboración. Esta exposición, que incluirá piezas audiovisuales, instalaciones vegetales, tejidos, collages, texto y cerámica, tocará temas tan íntimos y universales, tan ancestrales y contemporáneos como la ciclicidad del tiempo (Pacha Kutik), la memoria del cuerpo femenino y la oralidad como portal, el matrilineaje y la migración en la identidad Latinoamérica, las tecnologías domésticas, el viaje y la urgencia de conectar con otros seres vivos.

“Proyecto Vasija”, tejido a crochet con cuerda de algodón, teñido con cáscara de banana, corteza de barbatimão y hojas de guayaba, región de Rôndonia, Brasil (2021). © Javiera Asenjo

Curicó (Kurü Ku) Kuru es negro, y Ko es agua.

Por Cristian Toro. Texto en colaboración con @jensbenohr y @evanerika

La obra, desarrollada como un ensayo gráfico en dos partes, aborda la implicancia del código de aguas impuesto durante la dictadura cívico-militar en Chile en el modelo de desarrollo actual y la crisis hídrica que enfrenta en el país.

La obra estará emplazada en el centro de Curicó durante todo el mes de agosto. © Cristian Toro Ulloa

Me interesa situar esta problemática desde las cuencas de los ríos aledaños de la comuna de Curicó, donde el modelo extractivista privilegia el cultivo agrícola de especies destinadas a la exportación. Esto se complementa con una biografía disponible a los transeúntes sobre el código de aguas, su implicancia den la crisis hídrica, y posibles salidas enmarcadas en el derecho de los ríos, los derechos de lo ecosistema y el reconocimiento de aquello más-que-humano.

Para este ejercicio, pongo atención en la toponimia de Curicó, que como muchos nombres del centro sur de Chile, viene del mapuzungún, lengua de la tierra. Ko, <agua>, es una voz recurrente para nombrar territorios, constituyendo un elemento fundamental del mundo. Ahora, en plena crisis hídrica, ¿Dónde está esa agua? ¿Quién ha extraído este ko constituyente de lo territorial, de los procesos de la naturaleza, de la vida en sí misma? ¿Dónde está esa agua en el Maule?

Obra emplazada en el centro de la comuna de Curicó (Chile), gracias a Galería Cívica @galeriacivica. © Fernanda R. @fdahip

Las imágenes desarrolladas reúnen elementos visuales propios de la extracción industrial del agua, de la agricultura extensiva del Maule, la sequía y los incendios forestales, mezclándose con intuiciones personales de mi relación con Curicó -ciudad donde nací- y especies del bosque esclerófilo central; litre, rapaces, changles, madre de la culebra.

El Código de Aguas en Chile define al agua como un bien de uso público y privado. Este marco legal se instaló en la dictadura y fue profundizado en los gobiernos de Frei y Lagos. Los grandes beneficiarios de esto son transnacionales y empresarios chilenos que han usufructuado de la explotación del agua.

Durante el 2017, la agricultura en Chile consumió un 72% de la demanda del agua nacional. En la región del Maule esta industria concentra el 96% del consumo del agua2. Mediante embalses y canales, los afluentes son obligados a regar monocultivos agrícolas y forestales, sustrayendo el agua de los ecosistemas locales y alimentando el modelo global de libre mercado e injusticias socioecológicas.

La propuesta busca integrar el arte callejero y un manifiesto por la crisis hídrica del Maule © Fernanda R. @fdahip

Las proyecciones publicadas este año para el 2030 por la Dirección General de Aguas3 estiman que las disminución del agua disponible alcanzaría el 50%, siendo la región del Maule, una de las áreas posiblemente más afectadas. Lo que sucede con el río Mataquito, la laguna Torca, en el río Maule y los saltos del Parque Siete Tazas es una anticipación a esta crisis hídrica.

El significado cultural del agua para las comunidades humanas, y la crisis ambiental que experimentamos hoy, ha inspirado nuevas legislaciones y acciones en países como Ecuador (2008)4, Bolivia (2010)5, Colombia (2017)5, y Nueva Zelanda (2017)7, además de instancia como la Declaración del Foro Alternativo Mundial del Agua en Francia (2012). Estas, entre otras experiencias, no sólo otorgan herramientas legislativas, si no que marcos afectivos-culturales para poder reconocer no sólo los derechos de los ríos y los cuerpos de agua, si no también derechos de montañas, humedales, valles y todo tipo de ecosistemas y sujetos-no-humanos.

El agua es un bien común. Común a humanos, y común a peces, aves, mamíferos, plantas y todxs los vecinos más que humanos que cohabitan un ecosistema. No basta con entender el agua sólamente como derecho humano, es necesario resguardar el derecho de las aguas a circular por sus cursos naturales, ambos derechos están entrelazados y dan cuenta de la inseparable dinámica que nos conforma, y en cuyo equilibrio radica nuestra vida

¿Cómo eran los ríos hace 30 años?

No es sequía, es saqueo ¡Libertad a las aguas del Maule!

Detalle de la obra  © Fernanda R. @fdahip

Sobre los Autores

Javiera Asenjo es Artista Visual y Tejedora. Actualmente transita entre Santiago de Chile y Brasil. Trabaja principalmente con textiles a través del teñido, hilado, costuras, y tejido. Su práctica está íntimamente ligada con un aprendizaje  constante del patrimonio textil precolombino, desde donde reactualiza la sensación de que todo lo que nos rodea es un tejido. @tejidos_invisibles

Josefina Astorga es Fotógrafa Chilena, máster en Gestión cultural. Actualmente vive y trabaja en el sur de Chile. Es co-creadora del proyecto Beca Migrante, investigación artística colectiva e intercultural en torno a los Derechos Humanos. Integrante del colectivo artístico feminista La Voz del Pueblo. Su obra gira en torno al paisaje, la ecología y las prácticas artísticas sociales. Sus principales soportes son la fotografía y la cerámica primitiva. josefinastorga.com 

Catalina Correa es Artista chilena, actualmente vive y trabaja en Londres. Su trabajo es una investigación multimedia que esboza puentes entre cuerpo y paisaje, feminismo y arqueología, maternidad y territorio. Es Licenciada en Arte (Universidad Católica, Santiago) y Magíster en Arte Contemporáneo (Royal College of Art, Londres). catalinacorreastudio.com

Cristian Toro vive y trabaja en Concepción, Chile. Es Licenciado en Diseño gráfico y Comunicación Visual en la Universidad del Bio Bio (2012), actualmente se desempeña como diseñador, artístico gráfico editorial e ilustrador. Trabaja como director de arte y editor en Toda la Teoría del Universo; y es director de arte Revista Endémico.

Imagen de portada: “El mundo de arriba y el mundo de abajo”,  fotografía 35 mm digitalizada (2020), por la artista Josefina Astorga.

 

 

 

La (Des)aparición de una Laguna

Para Gianfranco Foschino, artista visual y videasta, el agua ha sido un elemento que lo ha acompañado a lo largo de toda su vida. No solo por un interés expresivo en relación a las formas, texturas, colores y discusiones políticas y sociales que se desprenden en todas las formas y transformaciones del agua, ante todo, […]

Para Gianfranco Foschino, artista visual y videasta, el agua ha sido un elemento que lo ha acompañado a lo largo de toda su vida. No solo por un interés expresivo en relación a las formas, texturas, colores y discusiones políticas y sociales que se desprenden en todas las formas y transformaciones del agua, ante todo, por la crisis climática que nos atañe actualmente.

Resulta que durante toda su infancia y adolescencia, Foschino practicó natación de forma competitiva. Primero en piscinas temperadas, también, en la laguna Aculeo, espacio recientemente vaciado producto de la mega sequía que vive la zona central de Chile. En esa mezcla entre disciplina y rigor atlético es que Foschino desarrolló una delicada sensibilidad hacia la presencia y ausencia de este elemento fundamental para la vida del planeta. Para a través de sus fotografías y videos mostrarnos cómo, sin embargo, descuidamos el agua con y sin darnos cuenta.

En ese contexto, el Centro de Estudios del Agua (CEA) – institución científico-poética que busca relevar a este elemento en torno a una discusión comunitaria e interdisciplinar – que Foschino conversó con Endémico web acerca de la serie fotográfica que aquí presenta junto a la artista María Jesús Valenzuela, donde ambos fueron testigos del inesperado y también esperanzador renacer del agua en laguna Aculeo producto de las lluvias.

Junto a la artista María Jesús Valenzuela, Gianfranco Foschino registró la inédita aparición de un espejo de agua en la laguna Aculeo. Fotografía de YAMAMOTO Tadasu. 
Cortesía de Aomori Contemporary Art Centre (ACAC), Aomori Public University. Japón.

¿Cómo nace el vínculo entre el elemento agua y tu producción artística?

Toda mi infancia y adolescencia estuve metido en una piscina, por eso siempre me ha sido muy atractivo lo que genera el agua, en todo término. Al principio, estar en el agua era algo lúdico, un juego, porque me relacionaba con otros niños, pero luego se tornó algo donde la competencia y el desarrollo de habilidades que te hagan un atleta rápido era lo más importante. Se sabe que el mejor nadador es el que nada más horas, el que -ojalá- pudiera dormir en la piscina, porque el agua va esculpiendo tu cuerpo. Ese proceso se volvió aburrido y mi mente comenzó a huir de ese espacio. Cuando nadas 6 mil metros diarios la acción se vuelve monótona, tu cuerpo y tu mente se disocian, el cuerpo está en un ejercicio pero la cabeza en otro lugar, porque hay una especie de automatización en la acción. Fue en ese espacio que comencé a mirar, a pensar situaciones, a fijarme, por ejemplo, en cómo la luz de la mañana refractaba en el fondo de la piscina. Era un espectáculo de interiores. Creo que ahí fue cuando apareció mi interés por la contemplación, la necesidad de estar en silencio, la introspección. Porque bajo el agua estás en otro mundo, un universo interno. No hay posibilidad de interacción. Eso me permitía seguir ahí, mientras nadaba de un lado para otro, daba una vuelta tras otra.

Por eso quisimos compartir estas fotografías, porque representan la esperanza de que vuelva la laguna. Un paisaje que no ha muerto definitivamente.

Fotos de María Jesús Valenzuela

¿Cuáles son tus primeros recuerdos del contacto con la laguna Aculeo?

De niño no veía la laguna de forma obsesiva y constante como lo hago ahora. Entonces, ante todo, recuerdo los sonidos, la balsa que sube y baja y generaba un chirrido, las olas del viento de la tarde, las luces proyectándose desde la superficie, esa luz chispeante del atardecer… porque algo interesante que tiene la laguna es que no es plana. Es decir, está rodeada de montañas, es un lugar muy majestuoso. Y tiene ciclos naturales. En las mañanas la laguna era un espejo que permitía a ciertos deportistas hacer actividades como remo y esquí acuático mientras que en la tarde aparecía el viento y la laguna se pica, entonces salían los deportes de vela y los torneos. El agua y sus cambios en el día me dieron una noción mucho más clara de cómo era el entorno.

Extracto de video «Papá & Mamá», realizado por el artista en la laguna Aculeo el año 2002. Crédito: Gianfranco Foschino

La desaparición de una memoria

Como era campeón nacional de natación, los padres de Gianfranco Foschino se preocuparon de que tuviera un lugar donde practicar el nado junto a su hermano cuando no disponían de la piscina en los veranos. Desde entonces y hasta ahora, Aculeo se transformó en ese espacio de contacto con la naturaleza, con el agua y el deporte. Quizás por eso, para Foschino la desaparición del agua en la laguna Aculeo implicó algo más que el signo evidente de la mega sequía en la zona central de Chile.

De adolescente grababa videos que manifestaban ese interés por el hábitat acuático, y ante todo, las pistas sensoriales que se desprendían de la interacción entre viento, agua y luz. Cuando la laguna se secó por completo en el verano de 2019, Foschino constató que no solo se había esfumado el el agua. Las plantas, las aves, los insectos, los sonidos de los animales que circundaban ese territorio se volvió ausente. Muerte y vacío surgía tanto en el espejo desierto de la laguna como en todo su entorno natural. “Todo era amarillo y seco. No había verde”, recuerda Foschino cuando llegó a Aculeo en abril de este año junto a la artista plástica María Jesús Valenzuela para hacer el registro más reciente.

Las inesperadas lluvias que cayeron en la Región Metropolitana entre los meses de marzo y julio, le dieron un respiro a la crisis de desertificación que había sufrido Aculeo. Gianfranco Foschino y Maria Jesús Valenzuela se habían ido a instalar para documentar la transformación del paisaje en el entorno. Tras las lluvias, constataron con fotografías y videos el renacer. Un ojo de agua se mantenía en el centro, lo que sugería de que, tal vez, las napas subterráneas no se habían secado del todo. Patos, insectos, el verde volvía a aparecer. La vida retornaba a un lugar que se pensaba muerto.

Foto de Gianfranco Foschino

Foto de María Jesús Valenzuela

Foto de Gianfranco Foschino

¿Qué pudiste constatar en estos meses de estadía en Aculeo?

Algo muy fascinante pasó en este período de lluvias y fue que aparecieron los patos aves, las ranas, los sonidos. Cuando llegamos en abril era un lugar sin sonoridad. La única sonoridad era la relativa al viento o las vacas, los caballos, las mulas, que son los habitantes más contemporáneos. Observar ese proceso de cambio en donde ese pequeño espejo de agua empiece a modularse y mutan los colores en relación al espectro que existe en el cielo, fue fascinante. Por eso quisimos compartir estas fotografías, porque representan la esperanza de que vuelva la laguna. Un paisaje que no ha muerto definitivamente.

Como artista que se ha ocupado de documentar el valor y la crisis del agua en nuestro territorio, ¿cómo piensas que se debiese pensar la laguna Aculeo hoy y para el futuro? 

Aculeo es muy importante porque está en la Región Metropolitana. Su gran particularidad y valor es su cercanía con la ciudad. No es ajena, no es una otredad. En ese contexto, me encantaría que se transformara en un santuario natural que promueva la biodiversidad. Cuando la laguna desaparece se rompen las actividades en torno a ella, tanto humanas como no humanas. Pero esas actividades parecen no importarle a nuestro país. Pienso que los grandes problemas que tenemos en Chile en términos políticos son las industrias extractivas. La minería, la pesca, la agricultura, la salmonicultura, todas operaciones enormes, cortoplacistas y muy poco reguladas. Su lógica es la misma que la de los conquistadores que llegaron al “nuevo mundo”, de extraer los recursos naturales y explotarlos en el exterior lo mas rápido antes que se acaben. Eso requiere de una operación sin comunidades que intervengan y que pasen lo más desapercibidas posible. El problema es que no existen máquinas que reconstruyan los glaciares ni los ecosistemas. Y pienso que toda la tecnología debiera estar vertida hacia eso.

El nuevo ojo de agua que apareció en Aculeo es la primera reacción de una nueva vida. Ahí hay una gestación muy importante de ver, registrar y reconocer, de cómo se va a reconstruir ese ciclo de la naturaleza.

Por el contrario, las actividades no industriales ni lucrativas, es decir, la cultura asociada al agua, el deporte, el arte y la ciencia parecen interesar poco. Porque querámoslo o no, ese es el código que ocupamos en el mundo que vivimos hoy. De buena o mala forma, todo lo mueve el dinero. En ese contexto, tengo la esperanza de que nuestras fascinaciones y formas de habitar los espacios se tornen igualmente industriales. Actividades como el ecoturismo – que pone en valor la educación ambiental y el cuidado del territorio-, la agricultura sustentable, el reciclaje, las actividades comunitarias; si logramos que se expandan y se valoren hasta hacerse tan masivas como la industria, habremos tenido éxito.

Foto de María Jesús Valenzuela

Foto de María Jesús Valenzuela

Foto de Gianfranco Foschino

Pienso que no debemos perder la capacidad de asombro con la naturaleza, que es la misma operación que genera el arte y la ciencia. La misma sensación que me provocó la primera vez que entré de niño a nadar a una piscina o a la laguna, antes que la natación se tornara algo competitivo y mecánico. El nuevo ojo de agua que apareció en Aculeo es la primera reacción de una nueva vida. Ahí hay una gestacion muy importante de ver, registrar y reconocer, de cómo se va a reconstruir ese ciclo de la naturaleza, de cómo aflora esa napa subterránea. Transformarla en un santuario natural que promueva la biodiversidad tiene que ver con proteger los valores asociados. Darle posibilidad a los cursos de agua que retomen el camino natural, porque eso es lo que necesita la naturaleza: volver a su estado natural.

Imagen de portada: El cordón montañoso de los Altos de Cantillana secundando la laguna Aculeo, después de la lluvia. Fotografía de Gianfranco Foschino.

 

 

 

El reconocido periodista estadounidense Jon Lee Anderson señaló alguna vez que “somos como las moscas encima del río, estamos apenas en la superficie. Hay mucho de nuestro propio mundo que hace falta que volvamos a mirar y físicamente incursionar”. Y sí. Pasé mi infancia en Quilpué. En ese entonces una pequeña ciudad en la provincia […]

El reconocido periodista estadounidense Jon Lee Anderson señaló alguna vez que “somos como las moscas encima del río, estamos apenas en la superficie. Hay mucho de nuestro propio mundo que hace falta que volvamos a mirar y físicamente incursionar”.

Y sí. Pasé mi infancia en Quilpué. En ese entonces una pequeña ciudad en la provincia de Marga-Marga, región de Valparaíso. Plena década de los ’90. Muchas cosas han cambiado en esa ciudad. Se ha expandido frenéticamente hacia los costados, como una marea de urbanismo sin control, tomándose los cerros de la Cordillera de la Costa que abrazan por norte y sur esta comuna, y que a su vez albergan una gran diversidad biológica. Otras cosas siguen sin cambiar, como la veloz inundación de su avenida principal en cuanto caen las primeras lluvias y en verano los rayos solares siguen pegando muy fuerte. No por nada se le llama Ciudad del Sol.

Sector Fundo El Rebaño, loma del Quillay, Valencia Norte, por donde pasaría la vía 98. Crédito: ONG Valencia Nativo. 

Quilpué es esa típica ciudad en Chile que tiene un patrimonio natural aledaño que se ha visto reducido progresivamente por construcciones y debilitado por actividades recreativas como el motocross. Dado su cercanía a otras grandes urbes como Viña del Mar y Valparaíso, muchas personas viven allí y trabajan en estas grandes ciudades, caracterizándose los últimos años por desarrollarse como ciudad-dormitorio.

En Quilpué, el “voy al cerro”, no despierta ninguna curiosidad. Es un territorio que se identifica con la ciudad, y el ciudadano se identifica con éste.

Toda esta rápida edificación en sectores que antes eran prístinos ha tenido consecuencias peyorativas sobre el paisaje nativo quilpueíno, que tampoco se ha protegido mediante una figura legal. De los pocos lugares que continúa resistiendo hasta hoy, quedan los cerros del sector norte, colindante con la ribera del estero Quilpué, que nace en la Cordillera de la Costa del sector de Quebrada Escobares y que va serpenteando por las comunas de Villa Alemana y Quilpué, hasta llegar a Viña del Mar. Allí se fusiona con el estero Margarita y nace el estero Marga-Marga que termina desembocando en el Océano Pacífico. Esta ruta hídrica se asocia a una rica biodiversidad que se repite en estos territorios, generándose un corredor biológico: se observan casi las mismas especies en Viña del Mar, Quilpué, Villa Alemana y Limache.

En el área verde norte de Quilpué, la vegetación común es matorral y bosque esclerófilo costero,  donde destacan especies de hoja perenne como peumo (Cryptocarya alba), boldo (Peumus Boldus), quillay (Quillaja saponaria), molle (Schinus latifolius), litre (Lithraea caustica) y belloto del norte (Beilschmiedia miersii). Este último fue declarado Monumento Natural en 1995, encontrándose actualmente en estado de vulnerabilidad, siendo especialmente sensible a la pérdida de hábitat y degradación por acción antrópica.

Gilliesia graminea Lindl., una planta endémica de Chile. Crédito: ONG Paso Hondo Nativo.

El sector “Quebrada Los Bellotos” es una microcuenca que nace en el cerro El Molle (437 msnm), en el sector de Paso Hondo en Quilpué, lo que permite la acumulación de agua que viene del cerro. Allí habitan en su refugio más de 100 individuos de este árbol que puede alcanzar una altura de 25 m. Cohabitan familias de pataguas (Crinodendron patagua) de más de 100 años de edad, además de otras especies en estado vulnerable como la herbácea Gilliesia (Gilliesia graminea Lindl), naranjillo (Citronella mucronata), arrayán macho (Rhaphithamnus spinosus), pitras (Myrceugenia exsucca) y canelos (Drimys Winteri), que en esta región son categorizados como en peligro de extinción. Esta asociación de especies conforma este lugar un bosque hidrófilo, más característico del sur, a diferencia de sus alrededores de bosque esclerófilo propio de la zona.

Desde el año pasado, este núcleo reconocido por su alto valor endémico se convertiría en el epicentro de un próximo Santuario de la Naturaleza. Pero hoy se encuentra en creciente peligro.

La Agrupación Vecinal Paso Hondo Nativo tiene como objetivo la defensa de los cerros del sector de Paso Hondo y de la zona norte de Quilpué. Para Paulina Collao Guzmán, vocera de la agrupación, la importancia en su preservación es crucial, puesto que a nivel regional “la comuna de Quilpué ocupa el tercer lugar en cuanto a mayor superficie de bosque nativo a nivel regional, alcanzando 15 mil hectáreas aproximadamente. En particular, la zona norte de Quilpué, de alrededor de 1.700 hectáreas, fue declarada por el Plan Regulador Metropolitano de Valparaíso el año 2014 como sitio de alto valor para la conservación, debido a su flora y fauna nativa, y también por la existencia de patrimonio arqueológico”.

El nuevo Plan Regulador Comunal levantado por la Municipalidad de Quilpué en junio 2019 tuvo muchas observaciones por parte de las comunidades y de las organizaciones ambientales. En particular a las nuevas vías proyectadas circundantes al estero Quilpué y cercano a la línea de base del Santuario de la Naturaleza. “Es un patrimonio natural que debe ser preservado por todos los componentes ambientales que contiene y además presta servicios ecosistémicos a la ciudad, de regulación del clima, irrigación de aguas, calidad de los suelos, diversidad de fauna nativa. Es una zona valorada por los vecinos de esta comuna, hay una vinculación entre el habitante de Quilpué y estos cerros, en el fondo, forma parte del paisaje de la ciudad, de la identidad del quilpueíno”, señala la vocera.

Y es que no hay ciudadano de Quilpué que no conozca en persona o -al menos- haya oído de los populares “cerros de Quilpué”. Donde en otras ciudades pudiera bordear lo excéntrico ir por unas horas del día al cerro, por la lejanía que conlleva, en ésta ciudad es un escenario cotidiano. El “voy al cerro”, no despierta ninguna curiosidad. Es un territorio que se identifica con la ciudad, y el ciudadano se identifica con éste.

Pozas de Valencia, sector por donde se modificaría el paisaje con la vía 15 Troncal Norte. Crédito: ONG Valencia Nativo.

Desde esas suaves colinas, y sólo cuando el follaje del bosque lo permite, se puede observar en las cimas la expansión de la ciudad: inmensa, atómica, con altos edificios en la periferia que parecen saludar desde el otro lado de esta olla urbana. Abajo, algunas casas rurales se ven muy cerca, así como los sonidos de vehículos haciendo carreras en la Villa Olímpica, que llegan también desde la cara sur de la urbe, atravesando todo el centro de Quilpué.

Emociona esta cercanía, el olor fresco y húmedo del bosque esclerófilo, donde predominan las aromáticas hojas del boldo. Estos cerros tienen huellas para caminar atento a una naturaleza que tiene su propio lenguaje que lo hablan aves como el rayadito, el peuco o el mirlo; uno mismo entra en una sintonía que permite decir en voz alta: buen día/buenas tardes Señor Litre, al pasar al lado de este árbol nativo. Así lo dice la cultura popular, para que no de alergia. Un indiscutible patrimonio natural cercano y necesario para la preservación de estas especies y para estos afortunados ciudadanos.

Esta misma proximidad y su libre tránsito desde distintas zonas de Quilpué, ha generado diversos impactos en este territorio: el deterioro de los suelos y del sotobosque de estos cerros; basurales en el estero y en otros puntos afectando a la flora y fauna que se alimenta en él; contaminación acústica y peligro en los senderos por actividades como el motocross, entre muchas otras amenazas diarias con las que lidia este bosque nativo que apremia proteger.

La municipalidad de Quilpué hace varios años que está tramitando el expediente para proclamar Santuario de la Naturaleza a la zona norte de la ciudad, donde se incluirían la Quebrada de los Bellotos y una parte del sector El Retiro.

Garza chica en Estero Quilpué. Crédito: Colectiva Pajaronas.

Para las organizaciones ambientales este expediente es insuficiente. “Para nosotros como organizaciones ambientales lo relevante es hacer campañas educativas para mostrar el valor de esta zona de Quilpué, para que la misma comunidad se encargue de su protección”, señala Paula. En relación a la posible construcción de los proyectos viales que amenazan actualmente con esta importante área para la conservación de la biodiversidad, en Paso Hondo Nativo aseguran que “estas vías fueron planificadas justamente para permitir el desarrollo urbano, porque Quilpué hace muchos años tiene un grave problema de falta de vías y eso ha traído como consecuencia una gran congestión en sus entradas principales: el troncal sur y el troncal urbano”, afirma la vocera, y concluye que este proyecto vial se presenta como una solución para hacer más eficientes los tiempos de tránsito, pero que al desembocar en el mismo troncal urbano con el límite de Viña del Mar, se formaría el efecto embudo en la intersección de estas vías con el troncal urbano, lo cual que aumentaría finalmente el flujo vehicular en esos puntos.

ONG Valencia Nativo es otra organización que reúne a vecinos de la población Valencia de Quilpué, continua a Paso Hondo. Su punto de acción es el Fundo El Rebaño, un sitio calificado como de alto valor para la conservación y muy importante por ser la “zona de amortiguación” para lo que es el futuro Santuario de la Naturaleza, donde a su núcleo de la Quebrada de Los Bellotos, se puede acceder a no más de 500 m a pie desde Valencia.

“Somos parte importante dentro de lo que es el futuro Santuario de la Naturaleza, el cual también está enmarcado por un paisaje muy hermoso el cual es diseñado por el estero Quilpué, que bordea desde Peñablanca a Viña del Mar. Conforma también el tipo de bosque que estamos trabajando, bosque ribereño y bosque de fondo de quebrada donde predominan peumos, boldos y litres”, explica su presidente, Rodrigo Orellana. Agrega que el lugar “es un sector con alto endemismo, muy importante para evitar la saturación propia de la zona núcleo de la Quebrada de Los Bellotos”.

“Si no tuviéramos este sagrado sector, este futuro santuario, Quilpué sería una mancha de concreto, sin nada que habitar, sin nada que mirar, sin lugares para disfrutar. Por lo tanto, es muy importante que se resguarde este patrimonio, que se atesore, que se cuide y preserve para las futuras generaciones”, explica el representante.

Otro de los puntos verdes que también se verían afectados con las vías son las “Pozas de Valencia”, donde se ubica la “Poza de la Garza”. Son lugares que hasta hoy se mantiene con muy poca contaminación y vulneración antrópica. Allí también podría haber riesgo de que se generen loteos en el sector de amortiguación del próximo santuario.

Misma preocupación hacia la transgresión del bosque esclerófilo costero en el norte de Quilpué tienen en la ONG Pulmón Verde Quilpué. Camila Sazo, geógrafa e integrante de la organización, indica que “especies amenazadas como el belloto del norte, la Gilliesia y el lingue (Persea Lingue) se concentran allí, además de poner en riesgo a fauna como torcaza, cururo, rana grande chilena, culebra de cola larga y coipo. Las infraestructuras viales de transporte lineal contribuyen a la fragmentación de estos hábitats, a la mortalidad de fauna, subdivisión de los ecosistemas, contaminación acústica, contaminación química de los suelos, aumento de islas de calor, degradación del paisaje y perturbación del entorno barrial”.

“Desde el reconocimiento de los efectos causados por el desarrollo de infraestructuras viales como eje de desarrollo urbano, reconocemos la fragmentación de ecosistemas, insularidad de barrios y la contaminación ambiental, por lo que es necesario replantearse las proyecciones de la ciudad y qué ciudad estamos construyendo”, señala Camila, y apunta al “reciclaje” de la ciudad. “Es necesario considerar el ‘reciclaje’ de la ciudad, es decir, recuperar infraestructuras, sanar el tejido social de la comunidad, regular el atochamiento, reducir el estrés ambiental y mejorar la calidad de vida de la comunidad”.

“Si no tuviéramos este sagrado sector, este futuro santuario, Quilpué sería una mancha de concreto, sin nada que habitar, sin nada que mirar, sin lugares para disfrutar.»

Otro sitio de alto valor patrimonial es el “Gonfoterio”, un sitio de importante valor paleontológico ubicado en el sector de Valencia, cerca de la ribera del estero Quilpué. El 2010 se encontró un molar correspondiente a la megafauna de paquidermos prehistóricos familiares de los actuales elefantes, que habitaron el lugar hace aproximadamente 15 mil años atrás. También se encontraron artefactos humanos como flechas.

Las “Piedras Tacita” son otra herencia de Quilpué que se remonta a la época prehispánica que dan cuenta de asentamientos humanos en esta zona. En otro sector, llamado Fundo San Jorge, existe un parque natural privado donde se pueden observar estas piedras, así como también en el sector de Los Pinos en la cara sur de la ciudad, y en otros puntos.

La conservación del medio ambiente en esta ciudad está tomando fuerza a partir de la voluntad de quienes quieren proteger estas escasas áreas verdes en Quilpué. Las ONG’s y organizaciones vecinales de esta zona realizan actividades de manera regular, como campañas informativas, catastros de la flora nativa y jornadas de limpieza. También, en el caso de la ONG Valencia Nativo, evalúan una propuesta para implementar un Parque Natural Valencia Nativo en el sector del Fundo El Rebaño, de manera de proteger el sector ante las amenazas que para este medio ambiente no parecen acabarse.

¿Cuáles serían las posibles soluciones entonces para un desarrollo sostenible en esta ciudad, donde se preservara el patrimonio natural-arqueológico? ¿Cómo se trabaja para la convivencia sustentable entre las partes en una ciudad que crece sin pausa e inorgánicamente?

Ese pareciera ser el verdadero desafío a largo plazo, que ciertamente necesita de todas las miradas para ser enfrentado.

Belloto del Norte (Beilschmiedia miersii), Monumento Natural de Chile desde 1995. Crédito: ONG Paso Hondo Nativo.

Link Mapeo Proyecto Resistencia Nativa: puntos de conflictos socioambientales en la región de Valparaíso: https://maphub.net/ResistenciaNativa/Bosque-Nativo

Imagen de portada: Vista a Quilpué desde sector El Retiro. Acuarela de Petra Harmat.