¿Qué pasaría si nos transportáramos cientos de años en el futuro, para presenciar un recorrido arqueológico por la historia que llevó a la humanidad a la desaparición de sus últimos vestigios?

No fue la fantasía, sino la ciencia ficción de un futuro no demasiado ajeno, la premisa que movilizó al equipo de Colectivo Ronda a crear la muestra “Vestigios: Arqueología de un sistema indumentario futuro”. Después de un proceso reflexivo y de ejecución de 5 años que consideró un audaz guión museográfico y la creación de piezas y artefactos con textiles y biomateriales, el equipo integrado por artistas visuales, diseñadoras de vestuario, audiovisualistas, entre otras y otros, inauguró un poderoso túnel en el tiempo. Una exhibición que permanecerá abierta al público hasta el 27 de mayo en el espacio cultural en formación Casa Palacio, Santiago centro.

Visitamos su inauguración, y el resultado de la experiencia fue una inmersión en un viaje espacial y temporal. A partir de una prolija investigación museográfica y audaz propuesta de diseño textil principalmente con biomateriales, la muestra evoca preguntas en torno a cómo miraremos nuestro presente en un porvenir que, para bien y para mal, ya no lo percibimos como tan lejano.

Collar manufacturado con algas y nylon, Reparativo Medio. © Benjamín Salazar

El efecto extrañamiento

El recorrido comienza en el subsuelo de un palacio patrimonial ubicada en el límite del barrio Concha y Toro con la Alameda, en su origen perteneciente a un magnate minero de apellido Elguin. Allí, en un subterráneo de fines del siglo XIX de techos bajos, nos enfrentamos al portal de ingreso. Lo primero que llama la atención es un desconcertante cerro de ropa acumulado junto a un televisor antiguo que proyecta una entrevista de un supuesto historiador llamado Walter Cruz. Estamos en la era de nuestro presente histórico, el Capitalismo Tardío, justo antes de la Gran Migración de los centros urbanos hacia la macrozona costera.

El montón de ropa remite más bien a un cúmulo de desecho, aquellos vertederos que cada vez son más comunes en sectores periféricos de la ciudad, o en islas de ropa en el desierto. Walter Cruz, por su parte, se hace la pregunta clave de esta muestra. ¿Qué haremos con la huella? ¿Y cómo hacer historia cuando sobrevivir requiere de una radicalidad tan grande como no dejar rastro, eliminar todo vestigio material que rememore nuestro pasado?

Lo que se busca más bien es reevaluarnos, volver a mirarnos, en un tiempo en que el temor se dirige más a que el mundo explote desde adentro que por el impacto de un meteorito.

El tono, por cierto, es irónico, y por lo mismo, produce escalofríos y alivio reconocer lo cerca que estamos del colapso de los múltiples sistemas neoliberales, patriarcales, etc, que nos han sumido en la crisis socioambiental, acaso el túnel sin fondo que ahora ingresamos a modo de simulacro.

Un texto curatorial contextualiza el viaje al futuro que ahora comienza. Solo que no sabemos que se trata de un guión de ciencia ficción especulativa. Leemos:

Tras varias décadas de advertencias desatendidas, los supuestos del sistema capitalista colapsan de manera irreversible. La sobreexplotación, sobrepoblación y sobrecontaminación del planeta dan lugar a un estado continuo de crisis políticas y económicas, que sumadas a las sucesivas pandemias ocurridas a partir de 2020, catalizan el proceso de colapso de industrias clave y posteriormente de las ciudades (…).

Y con esta bienvenida, ingresamos en una cápsula de tiempo, más de un siglo en el futuro.

Capucha, Reparativo Medio. © Benjamín Salazar

Ciencia ficción y medio ambiente

No es algo nuevo que proyectos de arte contemporáneo trabajen con imaginar futuros posibles, ya sea esperanzadores, ya sea paisajes en ruina, para ofrecer un modelo donde volver a mirarse. En esa línea, Robert Smithson, artista precursor de la corriente del “land art” en Estados Unidos, escribía que “estoy convencido de que el futuro está perdido en algún lugar en los basureros del pasado no-histórico, en los vacuos anuncios de ciencia-ficción, en el falso espejo de nuestros sueños rechazados”. Pensar la basura como arqueología, en la ruina como vestigio, es algo que artistas ya venían elaborando en obras situadas en espacios naturales, más allá de imaginar historias fantásticas en planetas lejanos.

Por supuesto que en la literatura encontramos también casos ejemplares que produjeron historias bajo un lente socioambiental. Ahí están los relatos de la escritora feminista Ursula K. Le Guin, quien aprovechó las herramientas de la ciencia ficción especulativa para imaginar cómo hubiesen sido ciertos episodios de la historia humana si las protagonistas hubiesen sido otras u otros (mujeres y otros seres más-que-humanos, por ejemplo). Asimismo, novelas icónicas de este modelo se han adaptado recientemente a seriales de televisión y streaming para ponernos en el lugar del futuro como pasado, de cómo luciría nuestro porvenir cuando ya no estemos aquí. Un ejemplo de ello es La Fundación, libro de Isaac Asimov (lanzado este año en Apple TV) en donde el científico Hari Seldon se transforma en una amenaza para “el Imperio”, al ser capaz de predecir el futuro con el modelo matemático de la “piscohistoria”.

La exhibición se podrá visitar hasta el 27 de mayo. © Benjamín Salazar

Es en esa línea conceptual que desde el cono Sur se posiciona la muestra Vestigios… Así, se trata de una exhibición de alto valor para el género de la ciencia ficción y el diseño textil, en el sentido de que trabaja una estética inédita desde la biomaterialidad, y a su vez abre preguntas éticas y políticas que nos obligan a situarnos como espectadores autoconscientes ante el problemático presente histórico que estamos experimentando.

La propuesta recuerda en su título a la lúcida discusión del teórico Frederic Jameson, quien en su libro Arqueologías del Futuro (2005) plantea  la distopía como un ejercicio crítico y riguroso que pone de manifiesto la carga política que contiene todo artefacto textual. En esa línea, la muestra Vestigios de Colectivo Ronda, logra trascender la creciente moda o tendencia a reflexionar desde el arte y la cultura en torno a los cada vez más escuchados “futuros posibles”. Lo que importa aquí es la utopía misma, desde las materialiades, la tecnología y el mismo recorrido museográfico. Cuestionar nuestro presente histórico y a partir de ahí, pensar en cómo vamos a seguir caminando, vistiendo, alimentando, nutriendo juntos en esto.  No solo la consideración del futuro como pasado, o las utopías modernas como algo caduco, o la idea de los muchos “futuros perdidos”, como por ejemplo las proyecciones estéticas de las utopías socialistas. Lo que se busca es más bien reevaluarnos, volver a mirarnos, en un tiempo en que el temor se dirige más a que el mundo explote desde adentro que por el impacto de un meteorito.

Detalle de Capucha con biohilo. © Yael Berkowitz

Deambular entre las ruinas

Caminamos por una museografia que ha recogido (y reparado) las ruinas del sistema que nos llevó a la debacle y aparente salvación de nuestra especie, el año 0 de la Gran Migración. El texto curatorial sostiene que las comunidades urbanas arrancaron al poblado de Villamávida, ubicado en una macrozona costera del cono Sur y habitado por comunidades indígenas que vivían en mayor armonía con los ciclos de su entorno natural. Cada una de las vitrinas que acompañan este viaje por el morir y reparación de la civilización se acompañan de objetos de diseño que representan el sentir, el ethos  de cada uno de los períodos que atraviesa esta nueva humanidad.

Significante y significado se disocian, formando una nueva unidad de sentido llena de ironía, sarcasmo y agencia. Son piezas siniestras, que remiten a una cierta oscuridad, porque muchas de ellas aún están presentes en nuestro cotidiano.

Así, por ejemplo, en la era del Reparativa vemos cómo un canasto trabajado con técnicas indígenas se ha tejido con cables recuperados de viejos celulares y computadores. El efecto es un extrañamiento tal que provoca aquella palabra usada por Freud para explicar cómo lo familiar se vuelve ajeno, acaso monstruoso: de alguna forma, son artefactos siniestros.

Poco a poco, nos percatamos que los objetos textiles y materiales que contemplamos a medida que recorremos este vertiginoso subsuelo, son los mismos efectos del sistema del consumismo sin límites, la inconsciencia ante las materias primas del vestuario, la cultura de lo desechable y lo inmediato.  Es, a fin de cuentas, la idea brutal de que el planeta fue concebido como un espacio de recursos que podía ser explotado sin ningún tipo de cuidado o consciencia de lo finito. Quienes sobrevivieron son la cultura perteneciente a la era de la Reparación, porque desde esa precariedad, desde la caída, pudieron volver a crear. Se transforman en hacedores, en vez de consumidores.

Prendas pertenecientes al período Neomaterial. © Benjamín Salazar

Vivir, Morir, Restaurar

La manufactura que integra lo antiguo y lo nuevo (para nuestro presente), la recuperación de materias primas como el hilado de fibras animales y vegetales por medio de husos de mano, el tejido con palillos y crochet, y el uso de telares de cintura son técnicas que se van concatenando en la muestra Vestigios, con una nueva significación. Un jeans roto que se ha zurcido con cables que ya no sirven para su uso original. Una polera cubierta de tierra, tal vez obtenida 50 años atrás en una multitienda como podría ser HyM, remendada con biomateriales en base a algas. Una mascarilla reutilizada, con chips de computador adheridos. Cucharas de palo que ahora se usan como herramientas para iluminar. En todos estos objetos, significante y significado se disocian, formando una nueva unidad de sentido llena de ironía, sarcasmo y agencia. Las piezas nos remiten a una cierta oscuridad, porque muchas de ellas aún están presentes en nuestro cotidiano.

El recorrido continúa explicando cómo ciertos elementos de la naturaleza fueron fundamentales para la supervivencia de nuestra especie. Ahí aparecen, entonces, la nobleza de las algas como el pelillo, que se vierte sobre prendas dañadas para prolongar su uso. Materiales reforzados con textiles naturales o retazos textiles, provenientes de eras pasadas. La conclusión que permanece en la atmósfera de este subsuelo es: la única opción que queda para sobrevivir será reciclar, reparar, reutilizar.

Un documental se proyecta al final de la exhibición sobre un lienzo biomaterial, contando el testimonio de los últimos habitantes de Villamávida © Benjamín Salazar

Desaparecer en el silencio

La cronología de esta muestra culmina en el Flamígero, período donde ocurre la desaparición de todo rastro civilizatorio. Es poco lo que se sabe a ciencia cierta de este período dada la escasez de vestigios. Solo queda el registro de las voces ahora ausentes de sus últimos representantes. El eco de esa huella pone en tela de juicio el rol de la memoria, de la historia, de la cultura. Así, la muestra culmina interrogando: “¿seremos capaces de restaurar una relación de simbiosis y mutualismo en constante devenir con otras especies?”.

Así, la propuesta que instala Vestigios, es una que nos produce emoción y escalofríos, porque a fin de cuentas, con la desaparición de la huella se amenaza la memoria, historia y la cultura humana. Para restaurar los ecosistemas, para volver a mirar los ciclos naturales, debemos eliminar todo rastro. La premisa que recorre esta fascinante exhibición es que es el mismo tiempo histórico el que se ha puesto en crisis. Tal vez, para volver a imaginar historias y funciones alternativas del cuerpo, del vestuario, del tiempo y el espacio, debamos silenciar toda intención de ”presentismo”, ansiedad que ha terminado por cancelar todo futuro, debilitando el poder de la imaginación.  

Prenda del período Reparativo. © Benjamín Salazar

Exposición Vestigios: Arqueología para un sistema indumentario futuro

Un proyecto de Colectivo Ronda

Casa Palacio, Santiago.

Del 5 de mayo al 27 de mayo de 2022.

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Imagen de portada: Alga tejida. © Benjamín Salazar

Octubre empieza con la reunión más importante de diseñadores a nivel nacional: Encuentro Local. Luego de su exitosa versión 2020, este año el evento contempla nuevos creadores y proyectos, cuyo invitado especial es Portugal. Como gran novedad y a tono con los tiempos, este encuentro será virtual. Desde el sitio web encuentrolocal.cl podremos acceder a […]

Octubre empieza con la reunión más importante de diseñadores a nivel nacional: Encuentro Local. Luego de su exitosa versión 2020, este año el evento contempla nuevos creadores y proyectos, cuyo invitado especial es Portugal. Como gran novedad y a tono con los tiempos, este encuentro será virtual. Desde el sitio web encuentrolocal.cl podremos acceder a diferentes proyectos, artistas y oficios gracias a la creación de una biblioteca web. Además, el programa contempla conversatorios, galerías que se estrenarán diariamente y espacios de reflexión en torno al consumo responsable y el bien común, que es el gran pilar que atraviesa la presente edición. Desde el 8 al 13 de octubre podrás disfrutar de las más de 60 marcas chilenas y portuguesas del diseño local, artesanía, mobiliario, vestuario y mucho más.

Los fundadores de Encuentro Local, Fabiola López y Joaquín Béjares, se propusieron este año abordar el concepto del bien común desde la perspectiva del diseño. Así, este evento muestra “el uso de materiales sustentables, el trabajo y remuneración justa del ecosistema manufacturero y el trabajo colaborativo con artesanos y comunidades” relatan los fundadores. En este sentido, Endémico web quiso destacar cinco proyectos que estarán presentes en este Encuentro Local y que trabajan con materiales ecológicos para asumir la crisis climática como punto crucial de todos sus quehaceres, y además, reconocer que el impacto de un objeto —cualquiera sea este— comprende un circuito mucho más amplio y complejo que la adquisición del mismo y su posterior desecho. 

A continuación te presentamos, entonces, al Laboratorio de Biomateriales de Valdivia (LabVa) y a Caro Pacheco, quienes trabajan con biomateriales; PlasticLup, proyecto que busca reutilizar el plástico; Constanza Bielsa, quien a partir de retazos de telas y otros materiales crea esculturas portables y Juana Díaz (JD) quién también trabaja con retazos y materiales descartados en la confección textil. 

LabVa: Por una cultura material que vincule las comunidades y sus territorios 

LabVa es el Laboratorio de Biomateriales de Valdivia. Desde el maravilloso sur de Chile trabajan cuestionando las materialidades que nos rodean. Su objetivo, nos cuenta Alejandro Weiss, arquitecto y fundador de LabVa, es “proponer una nueva cultura material basada en promover la biodiversidad de cada territorio”. Es así, entonces, cómo los miembros de este laboratorio se han planteado el desafío de crear una paleta de biomateriales heterogénea en base a materias primas —ya sea naturales o de desechos antrópicos— que se encuentren dentro del territorio. 

LabVa, busca promover una nueva cultura material basada en promover la biodiversidad de cada territorio. © LabVa.

Desde la experimentación y la transdisciplina llegaron a una metodología de diseño basado en la biodiversidad. Así, los biomateriales que han generado surgen tanto del cultivo de organismos (GIY – Grow it Yourself) como de recetas de cocina (CIY – Cook it Yourself). Alejandro Weiss dice que lo fundamental a la hora de crear un nuevo biomaterial es que sigan ciertos valores y principios: “que provenga o sea cultivado a partir de una abundancia natural o antrópica, que sean capaces de nutrir al medio ambiente al momento de descomponerse, que promuevan la biodiversidad y la identidad local y que permitan promover la autonomía y soberanía material de los territorios”. 

Este laboratorio no solo se propone como un grupo multidisciplinario que trabaja en la creación de biomateriales, sino también como una plataforma de educación y concientización de la ciudadanía. “La globalización ha descontextualizado la materia por lo cual se hace sumamente fácil de desechar” dice Alejandro. Entonces, para que la ciudadanía tome conciencia “debe entender lo que significa la creación de un material desde todas las comunidades involucradas hasta el impacto en el territorio. Materiales eternos deben ser pensados para múltiples aplicaciones permitiendo que tomen nuevas formas y usos a lo largo de su vida útil. Esta toma de consciencia es la que permitirá entender por qué es fundamental que cambiemos nuestra manera de consumir los materiales. Reemplazar el plástico no basta. No hay ecosistemas que aguanten el nivel de consumo que tenemos” concluye el arquitecto. 

Parte de la 5ta versión del Tour de las Ciencias ANEB (2018) en el que LabVa participó. © LabVa.

En este sentido, los biomateriales son también una herramienta de agenciamiento, una herramienta política. Esto, “en la medida en que generan nuevas conciencias en el habitar y construir un territorio. Son herramientas de empoderamiento ciudadano a tener una mirada local en las lógicas materiales —narrativas y productivas— poniendo en valor la biodiversidad” afirma Alejandro. Además, dice el arquitecto, “buscar la autonomía y la soberanía material de los territorios desde el entendimiento de sus abundancias, ciclos y estacionalidades y desde la colaboración con otras comunidades, humanas y no humanas, en dinámicas no extractivistas son la excusa perfecta para crear una nueva matriz industrial chilena de una manera distribuida, colaborativa y sustentable”. 

Conoce más de los biomateriales, proyectos y talleres de Lavba en https://www.labva.org/

Caro Pacheco: el poder del diseño y la colaboración para repensar las relaciones con la materialidad

Carolina Pacheco es una diseñadora integral «Chilombiana», como ella misma dice —de origen colombiano, pero la mayor parte de su vida creció y vivió en Chile—. Actualmente trabaja en investigación, desarrollo y difusión de oficios asociados a biomateriales. “Conocí este mundo en mi último taller de la Universidad en el año 2017. En ese entonces no era un tema tan explorado en el contexto nacional, sin embargo, me motivó muchísimo conocer cómo en otros países los diseñadores estaban trabajando con organismos vivos y sus bioderivados usando el conocimiento y los recursos de la naturaleza para aplicarlo a un diseño más sostenible” relata Carolina o Caro, como le dicen sus cercanos. Así es como se fue sumergiendo en la exploración y diálogo que los biomateriales incitan. Comenzó a cuestionarse, entonces, desde su disciplina “el uso de estas materialidades y cómo se vinculan con otros temas como las ciencias, la democratización del conocimiento y el vínculo con el territorio” cuenta la diseñadora. 

Caro Pacheco trabaja con organismos vivos y sus bioderivados. © Caro Pacheco.

Para Caro Pacheco es importante trabajar la materialidad en el contexto de la crisis climática global, “tan importante que ni siquiera debería ser un tema destacar a diseñadores que se centren en eso” comenta. Insiste en que si bien “la crisis en principio es gatillada por las actividades de la escala industrial y que se escapa un poco del comportamiento directo de la ciudadanía, cada aporte suma. El cambio es colectivo”. Además, aunque los efectos no se vean inmediatamente, las conductas que rigen el consumo y los vínculos con el entorno claramente se ven modificados. “De esta manera hay que hacernos cargo y ser responsables de nuestra práctica y proceso creativo” dice. 

Su proyecto Calcáreo (2019) estudia la posibilidad de diseñar nuevos procesos de fabricación en diseño a partir de la bioreferencia de organismos calcáreos del ecosistema marino. © Caro Pacheco.

Así entonces, más allá de la relevancia de trabajar con materiales que provienen de recursos renovables, la diseñadora cree que lo importante es visibilizar el origen de estos materiales y a partir de ellos conversar cómo nos relacionamos con ellos. Es por esto que hoy no solo fabrica biomateriales, sino también es coordinadora y asesora general de las actividades del Laboratorio de Biomateriales en el Fab Lab Austral y participa continuamente de diferentes iniciativas que promueven el acceso y una perspectiva crítica a la hora de trabajar con biomateriales en diseño.

Todo su trabajo lo puedes ver en https://www.caropacheco.work/ 

LUP: artesanía y reciclaje plástico

Fundado por Javiera Badilla, Rafael Salas y Sebastián Santamaría, LUP es un estudio de diseño chileno que nace a fines de 2014. “Nació como proyecto de tesis en la universidad, en una búsqueda por aprovechar positivamente la durabilidad del plástico” nos comenta Rafael Salas. Escogieron el plástico porque “si bien tiene muchos usos y soluciona muchos problemas, no podemos olvidar que tiene otros efectos; entonces consideramos que es un buen ejemplo de un material donde no basta solo con reciclar, sino que debemos comprender mejor cómo lo utilizamos, cómo se produce, cuánto podemos producir y cómo lo gestionamos luego de utilizarlo” relata Rafael y agrega, “así fue como llegamos a elaborar la fibra de plástico reciclado que utilizamos actualmente, ya que nos dimos cuenta que podíamos extender la vida útil de este material al utilizarlo para fabricar objetos hechos a mano”. 

Sebastián Santamaría, Javiera Badilla y Rafael Salas fundadores de LUP. © LUP.

Actualmente este estudio de diseño elabora una fibra flexible a partir de residuos plásticos, a la que han llamado Fibra LUP, la que utilizan para la fabricación de objetos y proyectos de diseño. Uno de los mayores desafíos con los que se han encontrado ha sido comprender cómo funciona la industria del reciclaje de plástico y cómo se puede aportar. Según Rafael “es necesario mejorar la gestión y acercar la cadena de reciclaje a sectores que actualmente no tienen la posibilidad de reciclar sus residuos, y que tampoco tienen la posibilidad de acceder a productos y servicios que eviten el uso excesivo de plástico; y esto ocurre principalmente porque desde el punto de vista logístico, no es rentable gestionar residuos desde esas zonas, más allá de que sea técnicamente posible”. Por este motivo, LUP busca fortalecer el rubro artesanal como actividad económica en el marco de la Economía Creativa, no solo para que nuevas generaciones vean en esta actividad una alternativa viable de desarrollo personal y profesional, sino también como una alternativa sustentable, capaz de gestionar residuos. 

 

LUP busca fortalecer el rubro artesanal como actividad económica en el marco de la Economía Creativa. © LUP.

Para el equipo de LUP acercar los procesos productivos de la materialidad es importante en la medida en que esto ayuda a “entender que el impacto de un objeto no comienza cuando lo compramos y termina cuando lo desechamos, sino que abarca un horizonte de tiempo más amplio; además del uso, es importante entender cómo se fabricó y en qué condiciones, cómo se obtienen sus materias primas y cómo podemos aprovechar el valor de su materialidad cuando ya no lo necesitemos”. Así, no basta con cambiar la materialidad, sino que “se debe avanzar hacia modelos de producción y consumo más sustentables, es fundamental entender el impacto que tienen en el medio ambiente los procesos productivos y recursos que utilizamos” enfatiza Rafael. 

Para más información del quehacer y los productos de LUP ingresa a https://www.plasticlup.com/

Constanza Bielsa: transformación del desecho en joyas

Constanza Bielsa es arquitecta de profesión y joyera de oficio. Desde este cruce “nace la necesidad por aprender a trabajar a una escala más pequeña, entrar a un mundo más micro, con más detalle” relata. Es en el año 2008 cuando Constanza comenzó a estudiar joyería, oficio del que se enamoró inmediatamente. Le atrajo “el trabajo con el fuego, la transformación de la materia, del metal sólido a estado líquido, con el que uno puede formar y deformar tantas veces quiera” cuenta. Agrega también que “con el tiempo fui aprendiendo técnicas, y experimentando con materiales que se trabajan usualmente en el aprendizaje de joyería contemporánea, como por ejemplo acrílicos, resinas, madera, textil, piedras, etc. Esto me hizo cuestionar el origen, el significado y lo que quería comunicar con el uso de los materiales”. 

Constanza Bielsa crea joyas a partir de la experimentación con materiales sustentables, tales como retazos de telas, desechos y biomateriales. © Claudio Olivares.

En el año 2015, Constanza participó de un proyecto en el Centro de Innovación y Diseño Avanzado (CINNDA) donde se hizo un cruce con tecnologías digitales, “allí comencé a experimentar con textiles en desuso, papeles de origen orgánicos, desechos, cueros, y biomateriales” dice la arquitecta. Desde entonces, esta diseñadora se ha planteado desde las materias sustentables como una respuesta a la crisis medioambiental global que vivimos actualmente. En sus palabras “es fundamental reflexionar y cuestionarse sobre las materias primas que utilizamos, ya que hemos alterado demasiado nuestro ambiente”. Para ella es importante que “un objeto, producto, servicio, etc. sea planteado desde su contenido, más allá de su forma, función o belleza, y que este sea capaz de comunicar, solucionar y colaborar con sistemas que se involucran con temáticas actuales”. En este sentido y en el caso de la diseñadora “el trabajo con el textil como desecho, busca generar una reflexión y comunicar sobre la crisis de la industria textil, y lo que esta involucra en términos políticos, sociales, económicos y medio ambientales”. 

El proceso de reflexión de la diseñadora está basado en la observación de la naturaleza, sus patrones y estructuras naturales. © Paula Henríquez.

Si quieres investigar más sobre el trabajo de Constanza ingresa al siguiente enlace https://www.constanzabielsa.com/ 

JD: la escasez como motor de creatividad

Juana Díaz es la persona detrás de la marca JD JUANA DÍAZ. La diseñadora comenzó su carrera en los años 80’ creando piezas textiles para danza contemporánea. Posteriormente trabajó en teatro, cine, publicidad y moda editorial. Desde el 2000 tiene su propia línea de diseño de moda. Sus creaciones destacan por la complejidad de los paños de tela elaborados mediante el Upcycling técnica de reciclaje creativo que aprovecha residuos y los transforma en objetos de valor  y la versatilidad de sus prendas que se adaptan a distintos cuerpos y personalidades. 

Quizás una de las características más importantes del quehacer creativo de Juana Díaz es su mirada crítica. Para ella, la moda es un ejercicio de resistencia. La indumentaria es concebida como una forma de expresión creativa, al mismo tiempo que lo es de activismo político. Así, la marca JD nace como una estrategia de adaptación de su propuesta al mercado, aunque también es su herramienta más efectiva para impugnarlo. 

Juana Díaz modelando una de sus Telas del Futuros, 2017. © Alfredo Méndez

El cruce entre activismo y la industria del diseño textil tiene una raíz histórica. “Hace cinco décadas teníamos una industria textil local y de confección que satisfacía más del 90% de las demandas en el territorio. Había hermosas telas chilenas de muy buena calidad, lanas, algodones, linos. Ahora casi no hay telas chilenas, trabajo con los restos de los restos” cuenta la diseñadora. En este sentido, se ha perdido parte de la identidad de un pueblo, piensa Díaz, “por dejar de tejer sus tramas. Sin hilados y telas nos falta un texto fundamental para la construcción del tejido social. Como chilena cruzada por el horror de la dictadura, he sufrido mi vida entera las consecuencias del daño que ese período ocasionó a nuestra sociedad. La mala educación, la falta de oportunidades, la segregación, el extractivismo, la falta de conciencia, la impunidad, el olvido de la solidaridad y del trabajo asociativo. Padezco sed de justicia”. 

En la misma dirección comenta que al principio de su carrera la escasez de recursos y la precariedad forjó su creatividad y, por supuesto, limitó los materiales para desarrollar su quehacer. “Si no había capital para comprar metros y metros de finas telas europeas, podíamos buscar los finos abrigos descartados por los mismos europeos y que podían encontrarse a fines del siglo pasado en la ropa usada. Si no quedaban telas disponibles, podíamos crear nuestras propias telas uniendo los retazos entre sí” relata. Además, hoy el planeta está en crisis debido a las malas prácticas de producción y consumo, por lo mismo, enfatiza Juana, “tenemos que desarrollar propuestas que utilicen lo que ya está disponible sin necesidad de practicar el verbo comprar. No comprar es un acto revolucionario que ayuda al planeta y las personas”. 

JD nace producto de las necesidades creativas de Juana Díaz y reúne diversos trabajos vinculados al arte y diseño textil. © Alfredo Méndez

“Mantos futuros” es lo que presentará en Encuentro Local, textiles hechos con retazos descartados de bellas y finas telas europeas que quedaron abandonadas en un local comercial cuando una sastrería cerró durante la pandemia, adelanta Juana. “Son mantos protectores que dan cobijo y pueden llevarse como indumentaria o darles un uso doméstico. Todos son únicos, grandes como una capa pero doblados caben en la mano así que son fáciles de transportar” comenta esta gran diseñadora y finaliza “Estoy muy contenta con el desafío de Encuentro Local por crear un producto inédito y con la magia de la vida que permitió que retazos de tan buena calidad llegaran a mis manos para desarrollar estos mantos”. 

Encuentra el trabajo de Juana Díaz en http://juanadiaz.cl/

Tela del Futuro, creada a partir de retazos. La imagen es referencial. La nueva colección de Mantos Futuros se podrá ver en la nueva versión de Encuentro Local. © Alfredo Méndez

Encuentro Local 

Diseño contemporáneo chileno, exhibiciones, invitados internacionales y mucho más

Desde el 8 al 13 de octubre.

Revisa el programa completo aquí 

IG Local.Chile 

Imagen de Portada: Biomaterial. © LabVa

Los plásticos efímeros de Margarita Talep

Por Antonia Cordero Margarita Talep (24) creó su primer bioplástico a partir de la proteína de la leche el año 2016, cuando estudiaba Diseño Industrial en la Universidad Diego Portales. Tras meses de investigación y exploración, “Caseína” fue su primera aproximación a este tipo de material, pero no la última. Durante su práctica profesional creó […]

Por Antonia Cordero

Margarita Talep (24) creó su primer bioplástico a partir de la proteína de la leche el año 2016, cuando estudiaba Diseño Industrial en la Universidad Diego Portales. Tras meses de investigación y exploración, “Caseína” fue su primera aproximación a este tipo de material, pero no la última.

Durante su práctica profesional creó una biblioteca de biomateriales para el Fab Lab Santiago y para su proyecto de título inventó el que espera sea el primer bioplástico a partir de algas que se venda en el país: un sustituto para el plástico de un uso que se demora menos de 6 meses en degradarse.

Margarita egresó en enero de este año y hoy está 100% enfocada en conseguir los fondos para desarrollar su marca de bioplásticos “Desintégrame” a gran escala. 

Primero, ¿Nos puedes explicar qué se entiende por un bioplástico?

El plástico es un polímero sintético, entonces, para crear un bioplástico lo primero que hay que hacer es investigar qué biopolímeros existen, es decir, que se pueden extraer de manera natural. Después de eso, la fórmula es simple: es polímero, más plastificante, más aditivo. Es como hacer una pizza: tienes la harina, que sería el polímero, lo que endurece la mezcla; el agua, el plastificante, que es dónde se esparce ese polímero; y las semillas, que serían los aditivos y que en el caso de los bioplásticos podrían ser los colorantes. 

En general, ¿este era un tema que te interesaba desarrollar?

Siempre me interesó. Yo soy de Rancagua y desde chica en mi casa existían costumbres sustentables, desde fabricar nuestro propio yogurt a partir de hongos, hasta reciclar. No existía tanto esa costumbre de lo procesado, entonces, cuando llegué a Santiago a estudiar y tuve que enfrentarme a vivir sola y a comprar más cosas envasadas, me cambió el switch. Tenía que preocuparme de qué metía a mi casa y de qué terminaba en la basura. Se estima que 8 millones de toneladas de plástico de un solo uso ingresan a nuestros océanos cada año y Chile es uno de los países con más consumo de plástico en Latinoamérica con 50 Kg al año. Venirme a Santiago me abrió mucho los ojos en este tema. 

¿Nos puedes contar sobre tu proceso de trabajo en Caseína y ahora con Desintégrame?

Caseína fue el resultado de un taller semestral que tomé en la universidad. El primer encargo fue investigar sobre algunos biopolímeros y en mi caso tomé la proteína de la leche, la caseína. A partir de esa investigación, y utilizando la misma fórmula, trabajé después con las algas. En el proceso yo me encargo de todo, desde el estudio a la fabricación del material. Me gusta mucho darme el tiempo para trabajar la parte teórica, porque sería súper apresurado empezar a juntar cosas porque se me dio la gana. Entonces, lo que me tinca, lo busco. Después la investigación te queda y es mucho más fácil hacer conexiones de ideas.

¿Por qué elegiste trabajar con algas?

Por un lado, porque tenía un límite de tiempo. Esto es algo que surge a partir de mi proyecto de título, que es un proyecto de un año. Yo quería trabajar con bioplásticos, pero me cuestionaba la caseína porque hay que procesar la leche para recién extraer el polímero. Tenía que buscar algo que fuera más fácil, que estuviera en mayor cantidad y que no tuviera que sacarlo de un animal. Buscando encontré el alga y conecté la investigación que había hecho con la leche, a esta nueva materia prima. Además, el agar, que es el biopolímero que se extrae del alga, es algo que venden ya procesado. Ese era un plus, porque no tenía que ir yo a buscar las algas y trabajarlas en mi cocina. 

Pero también, porque quería trabajar con una materia prima local y conocer su origen, de dónde se extrae. 

Y de ahí en adelante te empezaste a meter de pleno en el tema. 

Sí. Además, mi práctica profesional la había hecho en algo relacionado al tema. Trabajé en el Fab Lab Santiago y el encargo que ellos me hicieron fue fabricar una biblioteca de biomateriales. Ahí también tuve la posibilidad de crear materiales con los descartes del propio taller, como aserrín y corcho. Me costó encontrar un nicho, porque era, y sigue siendo, algo súper nuevo en Chile.

El nombre de tu marca, Desintégrame, ¿de dónde surge? 

Cuando desarrollé mi proyecto de título, mi profesor guía veía como una característica negativa de mi producto que fuera un material que se desintegrara tan fácilmente. Por darte un ejemplo, una bombilla demoró 2 meses en desintegrarse por completo entre agua y tierra. Para mí, eso siempre fue un plus. Si un envase está pensado para usarse una vez y después termina en la basura, es lógico que no duré millones de años. 

A partir de esa reflexión, que es muy obvia, pero que no parece generar un cambio en la forma que consumimos plástico, nace este material que piensa en el ciclo completo del producto y no sólo en su uso. 

El plástico es un material contradictorio. Porque claro, si alguien tiene problemas al corazón y le pueden construir uno nuevo a partir de plástico, tiene sentido que sea un material resistente y duradero, pero se ha utilizado de manera errónea. Se usa cinco minutos algo que dura para siempre, porque el plástico no se degrada, se descompone hasta formar micro plásticos, que se quedan en el agua y en nuestros alimentos. Esto surge como una alternativa a esa realidad. 

Se podría tender a pensar que este tipo de innovaciones o desarrollos surgen más propiamente desde otras disciplinas, como la ciencia o la química. 

A mi parecer, el desarrollo de nuevos materiales es absolutamente propio del diseño. Porque la manera en la que yo miro mi disciplina es como una que se hace cargo del ciclo completo del producto: de la extracción, fabricación, uso y eliminación. Hay que pensar que se crea algo que va a ser usado y después desechado. Hay que pensar en ese objeto en todos sus momentos. 

Me he dado cuenta que todos usan el plástico como material para crear un producto, pero nadie se cuestiona si se puede reemplazar por otra cosa. El gran desafío, sobre todo en Chile, es que no existen los espacios para hacer estas investigaciones. Existen los talleres, con herramientas y máquinas, pero faltan laboratorios para que los mismos diseñadores puedan investigar entorno a estas problemáticas. 

Ahora, ¿qué necesitas para comercializar tu bioplástico?

Si quiero comercializar el material al por mayor, antes tengo que hacer dos cosas. Por un lado, hay que comprobar que el material le aporta positivamente al alimento que va a conservar. Eso se demora, porque hay que tercerizar estos estudios, y porque para financiarlos, tengo que buscar fondos. En sí mismo el costo del material no es elevado, se puede vender al mismo precio que el cartón. 

Y, por otro lado, no tengo las máquinas para crear rollos de este material que le sirvan a las grandes empresas. Ese es el primer paso que tengo que dar ahora. Crear está máquina que me permita hacer rollos de bioplástico.

Y esa máquina no existe, tú la tienes que inventar.

Sí. 

Existe gente que trabaja con esto, ¿Por qué nadie ha llegado más lejos?

Porque es muy lento avanzar en este terreno. Lo que existe hasta ahora son registros y fórmulas, pero no existe la comercialización industrial. Ese es el gran pero, que esto aún no se ocupa. Espero poder seguir y dar el próximo paso. Buscar al equipo correcto y empezar a cambiar el plástico de un solo uso, por un bioplástico menos contaminante. Pero, más allá de eso, hay que ser súper conscientes de cuánta materia prima se puede extraer, dónde y cómo. La solución a largo plazo es dejar de crear envases desechables que terminen en la basura tras un único uso, independiente de su materialidad, porque claro, se podría pensar que las algas o la leche son la solución, pero la sobre producción de los bioplásticos, también puede generar un conflicto de explotación de la materia prima y terminar dañando a los ecosistemas que busca ayudar.

Antonia Cordero es Periodista de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Dedicada al manejo de Redes Sociales y a la escritura de temas de actualidad.

LABVA: biomateriales y materialidad cultural

LABVA (o Laboratorio de Biomateriales de Valdivia) es un proyecto independiente compuesto por los arquitectos María José Besoain, Alejandro Weiss, y la diseñadora Valentina Aliaga (actualmente en Berlín). Este espacio, a medio camino entre un laboratorio y una cocina, desde enero del 2018 se ha dedicado a buscar alternativas al paradigma imperante de la globalización […]

LABVA (o Laboratorio de Biomateriales de Valdivia) es un proyecto independiente compuesto por los arquitectos María José Besoain, Alejandro Weiss, y la diseñadora Valentina Aliaga (actualmente en Berlín). Este espacio, a medio camino entre un laboratorio y una cocina, desde enero del 2018 se ha dedicado a buscar alternativas al paradigma imperante de la globalización de los materiales. El planteamiento es el siguiente: si es sabido que el transporte (ya sea de un producto, sus piezas o su embalaje) suma a la huella de carbono –sin hablar del gran problema que actualmente tenemos con el desbordante exceso de plástico y su pobre reincorporación a los ciclos de la naturaleza– ¿no sería mejor generar materiales que sean locales, contextuales y biodegradables? 

¿Cómo nace LABVA?

Alejandro: Con la Jose llevábamos un tiempo trabajando en Santiago como arquitectos tradicionales y nos dimos cuenta que eso no era lo que queríamos. Con eso en mente, nos fuimos a viajar y en ese viaje conocimos, tanto a personas que trabajaban en oficios utilizando materiales de la naturaleza, como culturas que tienen otra manera de relacionarse con el medio ambiente. En ambos casos coincidía que la sustentabilidad del trabajo provenía del hecho de que se trabajaba desde lo local. Entonces nos dimos cuenta que nos gustaría trabajar impulsando algo en esa línea, y le sumamos el hecho de que siempre nos ha gustado la experimentación, sobre todo aquella que se desarrolla bajo un formato de cocina. Desde ahí nace el laboratorio.

María José: Cuando nos mudamos a Valdivia nos llamó mucho la atención esta paradoja que vimos entre la relación tan inmediata que tiene esta ciudad con la naturaleza circundante (y por ende con las materias primas), y por otro lado el desabastecimiento que se genera porque todo lo que se trae de afuera. Entonces, junto a Alejandro y Valentina, surge esta idea de sacar adelante un proyecto donde pusiéramos en el centro la revalorización del territorio desde sus materialidades. De esta manera, apuntando hacia la fabricación local, además de reducir la huella de carbono, estaríamos promulgando una descentralización para los territorios.

A la vez, nos pareció muy interesante hacernos cargo de ese lugar que existe entre las ciencias y las tecnologías, y la artesanía y las humanidades. Por que para nosotros es igual de importante saber de los materiales y sus propiedades, como conocer a las comunidades, sus problemas y necesidades.

Probando resistencia de un biomaterial en feria PARExplora 29018. © Ramón Vásquez

¿Y cómo es que logran transicionar esta brecha entre la arquitectura y los biomateriales?

María José: Durante todo este año hemos estado en proceso de empaparnos del mundo de los biomateriales, leyendo papers para informarnos y a la vez para entender cómo dialogar con las disciplinas científicas con las cuales ahora nos relacionamos. De manera paralela hemos recibido ayuda y guía de otros laboratorios en Santiago que trabajan con biomateriales: BiofabUC nos ayudó a armar la infraestructura más específica que necesitábamos, y a pulir nuestro conocimiento respecto a los hongos; asimismo FedericiLab Synbio Lab nos ayudó con los hongos desde la biotecnología. Ambas instituciones pertenecen a la RedFungi, de la cual nosotros ahora también formamos parte, y han sido indispensables para nuestro desarrollo como proyecto.

Alejandro: Somos súper curiosos, por lo que estamos siempre haciéndonos preguntas de todas las disciplinas, pero a la vez somos respetuosos y responsables al no pensar que vamos a responderlo todo nosotros solos, en este sentido nos definimos como un proyecto fundamentalmente colaborativo. Nosotros no estamos asociados a ninguna universidad, nos planteamos como un laboratorio independiente, lo que es bastante raro, pero a la vez tremendamente útil a la hora de lograr colaboraciones y difundir nuestro material, porque no tenemos problemas con patentes restrictivas.

Bioplástico comestible, elaborado a partir de algas, tinte de cúrcuma y pétalos de caléndula. © Ramón Vázquez

Cuéntenos acerca de sus materiales y cómo los trabajan.

María José: En LABVA trabajamos con biomateriales no convencionales. Se debe precisar, que al ser este un campo bastante nuevo los conceptos recién se están generando, por lo que puede que no exista necesariamente unanimidad con la terminología en los distintos laboratorios.

Nosotros diferenciamos los materiales en dos categorías. Están los “Cultivables» o GIY (grow it yourself), que crecen en un sustrato y toman la forma del molde que le damos. Nosotros solo tenemos que alimentarlos y su ciclo vital hace el resto del trabajo; luego cuando adquieren la forma deseada, detenemos su crecimiento con calor u otros procesos, y nos queda la estructura. También están los “Aglomerables» o CIY (cook it yourself) que son el resultado entre un aglomerante que extraemos de fuentes naturales, más un relleno, donde nos gusta usar algún desecho domiciliario o industrial que abunde en el territorio y necesite ser reincorporado a los ciclos de producción.

Ejemplos de materiales cultivables son el micelio (que es el aparato vegetativo de los hongos) y el Scoby (cultivo simbiótico de bacterias y levadura utilizado para el preparado de Kombuchas). Ejemplos de materiales creados con aglomerantes hay varios, y es algo que varía mucho según el territorio, asimismo varían las características del material según la mezcla que se haga. Nuestro favorito es la combinación entre el alginato (que es un polisacárido que se encuentra en las células de las algas) con el carbonato de calcio (que está presente en las conchas de los moluscos). Cuando se juntan estos materiales, se combinan los enlaces químicos de tal manera que cambian la composición del material original, quedando un material súper resistente.

Diversos biomateriales CIY en feria ANEB Octubre 2018. © Ramón Vásquez

¿Y cuáles son los productos que pueden elaborarse a partir de esto materiales?

Alejandro: En realidad más que la elaboración de productos, nuestro desafío es llevar a cabo un catálogo que ofrezca una estandarización de las propiedades mecánicas de los materiales que creamos. Esto quiere decir que nos interesa describir, por ejemplo: qué grosor se puede lograr con tal biomaterial, cuánta tensión aguanta, qué tan flexible es, qué tan resistente a la compresión, etc.

Habiendo dicho eso, estamos súper conscientes de la importancia de “hacer algo” con los materiales que estamos creando. Desde que comenzamos con LABVA, hacemos periódicamente exposiciones para divulgar nuestro trabajo, y la pregunta que más nos hacen es “¿y esto para qué sirve?”. Nosotros intentábamos incitar la creatividad respondiendo a esta pregunta: “bueno, eso me lo tienes que decir tú,” pero veíamos cierta distancia en las reacciones, en este tiempo presentábamos nuestras muestras como láminas. Un día decidimos hacer algo más tridimensional, y las reacciones cambiaron rotundamente. La gente ralló, porque en las muestras ellos vieron infinitas formas de hacer maceteros. Entonces nos dimos cuenta que al mostrar una forma concreta era mucho más fácil lograr hacer esa bajada de la idea que estamos buscando.

LABVA opera bajo el sistema código abierto (open source) y estamos subiendo todas nuestras recetas a la plataforma materiom con la idea de que cualquiera que se interese pueda tomar estas recetas y elaborar con ellas productos finales. En este sentido estamos súper interesados en lograr colaboraciones, y por lo mismo también realizamos talleres constantemente.

Equipo de LABVA en feria ANEB 2018. © Ramón Vásquez

¿Cómo se ordenan para trabajar con los materiales?

María José: Es algo complejo, porque las opciones son tantas que hasta nosotros nos llegamos a marear. Ha sido una exploración intuitiva, principalmente guiada por lo que leemos y por los materiales que vemos que abundan en el territorio, especialmente los desechos que vemos que no se reincorporan a los ciclos productivos.

Sin embargo, con el tiempo nos hemos ido dando cuenta de algunas cosas que han afinado nuestra manera de trabajar. Lo primero fue entender que necesitamos dividir nuestros ciclos de trabajo según los materiales que utilizamos, porque, como son experimentos necesitamos hacer muchas muestras, para explorar las distintas maneras en que se puede tratar el material. También nos dimos cuenta que hay materiales que no se pueden mezclar, porque –como todo está vivo– se generan contaminaciones, sobre cuando trabajamos con hongos (que son los que necesitan de un ambiente más controlado). Lo segundo, es que como hacemos talleres de manera regular, nos resulta ordenarnos según la temática del próximo taller a realizar.

Pero a veces las cosas simplemente suceden, Alejo es del tipo de personas que constantemente se pregunta “¿y qué pasa si?” solo por las ganas de experimentar. Por ejemplo, una vez se le ocurrió echarle sal a un scoby, y cuando se secó ¡quedó una hermosura! parecía una caparazón cristalizada. La dificultad de eso es que luego hay que replicarlo, y hay veces que no logramos identificar que fue lo que hicimos. Porque en las pruebas de materiales anotamos todo, pero en los momentos «¿y que pasa si?» prima la libertad.

Muestra de láminas a partir de Scoby en feria PARExplora 2018. © Ramón Vásquez

¿Cuáles son los desafíos y las oportunidades de trabajar con biomateriales no convencionales?

Alejandro: Hay que tener presente que los biomateriales solo tienen sentido asociados a un territorio específico. Por ejemplo, no tiene sentido que yo trabaje con aglomerantes hechos a partir de algas en la cordillera. Esto sería precisamente replicar el modelo del cual estamos buscando diferenciarnos: la homogeneización material, el hecho de que en la industria tradicional se utilice el plástico para todo —que además de nos ser biodegradable ni siquiera se produce en nuestro territorio.

Esto significa que hay materiales que van a poder masificarse industrialmente (postulamos los que se producen partir de hongos) y otros que no; por otro lado significa que cada caso exige respuestas diferente, hay materiales que sirven para una cosa y otros materiales para otras. Entonces, requiere de un poco más de creatividad, pero es enriquecedor porque no solo se cumple una función, sino que además se crea una cultura de material. El material creado representa una revalorización tanto del territorio y como de toda la cadena que va desde la naturaleza, pasando por las comunidades y finalmente por el proceso de investigación y producción.

Por ejemplo, en Valdivia estamos trabajando con cenizas de combustión, debido que aquí la leña sigue siendo la fuente principal de calefacción. Hay toda una dinámica cultural entorno al fuego, entonces, los productos generados a partir de cenizas estarán portando algo de esta tradición y esa identidad.

Biocompuesto aglomerable elaborado a partir de cenizas. @ Ramón Vásquez

María José: Algo muy interesante de este enfoque local de los materiales es que, por un lado, permite una cierta autonomía de la industria, y por lo tanto incentiva a la descentralización, ya que las comunidades se ven habilitados para fabricar sus propios materiales y dejan de depender del cargamento que viene de las ciudades o los puertos. Por ejemplo, para nosotros fue muy emocionante el momento en que logramos extraer Agar Agar (aglomerante) de las algas, ya que hasta ese punto habíamos tenido que comprarlo de China (que sin dudas compran las algas de Chile).

Y por otro lado, el hecho de que los materiales sean locales permite una mayor interacción regional, ya que al no estar trabajando con los mismos materiales no existe una competencia directa, más bien lo que se genera es una colaboración. A nivel latinoamericano, por ejemplo, en Ecuador trabajan bioplásticos a partir de Yuca, nosotros [los chilenos] a partir de algas, y nadie se siente amenazado ni en competencia con el otro.

Esta es un área reciente. ¿Hay algún país o territorio que vaya a la vanguardia de la fabricación de biomateriales no convencionales?

María José: En Ámsterdam y en algunos países de nórdicos de Europa están impulsando el área, y lo interesante es que son los mismos países que están desarrollando la cocina molecular, que es la cocina ligada a la química y a los procesos biológicos. De esta relación entre la cocina y el laboratorio se generan muchos cruces interesantes, sobre todo en cuanto a técnicas, como por ejemplo la esférificación (que es una técnica que se ocupa para crear caviar falso) también funciona a la hora de elaborar un biomaterial.

Sin embargo, guardando las proporciones de que en Europa son más los fondos que se invierten en la investigación, nos hemos visto gratamente sorprendidos, porque pese a que en un principio pensábamos que íbamos a tener mucha información de “los países desarrollados”, nos fuimos dando cuenta que desde Latinoamérica estamos a un nivel bastante similar, sumándole que aquí tenemos la riqueza en cuanto a materias primas.

Entonces nos parece súper interesante darle una vuelta al extractivismo, e impulsar la noción de que Latinoamérica podría llegar a convertirse en un referente en cuanto biomateriales. Esta es una tremenda oportunidad, para independizarnos no solo como ciudades o pueblos respecto a las capitales, sino también como continente, pero para esto hay que posicionar la temática. Por esto, en Valdivia, el año pasado inauguramos una “Semana de la Biofabricación”, que se realizará nuevamente en Noviembre de este año, con la intención de que sea una evento anual que cada vez otorgue más relevancia a este tema y todas sus aristas.

Biocompuesto aglomerable elaborado a partir de cáscaras de huevo. © Ramón Vásquez