Regenerando el futuro a través de la agricultura

Nuestros sistemas alimentarios están en crisis: pérdida de biodiversidad, contaminación del agua, obesidad, comunidades rurales enfermas y campesinos obligados a abandonar la tierra, son solo algunos de los impactos del actual modelo de producción y consumo de alimentos. La agricultura regenerativa propone transformar este modelo extractivista por uno donde se trabaja con la naturaleza y […]

Nuestros sistemas alimentarios están en crisis: pérdida de biodiversidad, contaminación del agua, obesidad, comunidades rurales enfermas y campesinos obligados a abandonar la tierra, son solo algunos de los impactos del actual modelo de producción y consumo de alimentos. La agricultura regenerativa propone transformar este modelo extractivista por uno donde se trabaja con la naturaleza y no en contra de ella, un sistema que propone regenerar suelo y replantearnos nuestras relaciones productor-consumidor, para así desarrollar sistemas alimentarios más justos, solidarios y sostenibles.

El siguiente artículo fue escrito por Jimena Covacevich, veterinaria y Máster en Medio Ambiente de la Universidad de Melbourne, dedicada al desarrollo rural y a la agricultura sostenible.

La Revolución que nunca fue verde 

El crecimiento económico global del siglo XX consiguió importantes avances sociales, sin embargo, este rápido desarrollo generó un cambio fundamental en nuestra relación con el entorno. Los seres humanos comenzamos a actuar divididos de la naturaleza, y no solo dejamos de comprenderla, sino que también comenzamos a destruirla. El capitalismo se nos implantó tan profundamente que lo que alguna vez fue nuestra Madre Tierra, se transformó en un recurso supuestamente ilimitado, que debía ser explotado para permitirnos crecer al mismo ritmo que el mercado. Las ciudades crecieron y los campos como tal comenzaron a extinguirse, se instalaron los mono cultivos, los transgénicos, los pesticidas y la efectividad garantizada de un mercado peligrosamente productivo. De a poco, se nos fue olvidando que los tomates crecen solo en verano y las naranjas en invierno, y que las gallinas solían correr libres en el campo mientras picoteaban pequeños insectos y al mismo tiempo fertilizaban la tierra. Las temporadas se transformaron en recuerdos, y la eficacia en realidad.

En los años 60, el acelerado crecimiento de la población trajo consigo hambruna y desnutrición. India sufría una fuerte crisis alimentaria y miles de personas morían de hambre cada día. Éste fue el escenario perfecto para que Estados Unidos impulsara un programa de ayuda humanitaria, importando a la India -gratuitamente- variedades híbridas de trigo y arroz diseñadas por el premio Nobel de la Paz Norman Borlaug, dando así comienzo a la “Revolución Verde”.  

©Unsplash

Con el desarrollo de esta nueva agricultura, debutaron las semillas híbridas, que aunque más resistentes y productivas, requerían riego, maquinarias, fertilizantes, herbicidas y pesticidas, y que además debían volver a comprarse año tras año. Este modelo ultra intensivo permitió salvar a muchos de la inanición, pero esta productividad no podía durar para siempre. Cambiamos una enorme diversidad por monocultivos, perdimos un 75% de diversidad en los cultivos en el último siglo, y reemplazamos procesos biológicos fundamentales por toneladas de insumos externos que aplicamos sin mesura.

Los campos se transformaron en extensas fábricas productoras de insípidos alimentos y los nuevos campesinos en especuladores que nunca comprendieron que la agricultura es parte y depende de todo un ecosistema. Mientras la industria se concentraba en conseguir verduras de larga vida, los suelos se erosionaban, los bosques desaparecían, las aguas se contaminaban y así miles de especies se extinguían. Incluso, nosotros mismos nos fuimos exponiendo día a día a los agroquímicos; volviéndose cada vez más frecuentes los casos de malformaciones fetales, lupus y de diferentes tipos de cáncer, por solo nombrar algunas de la enfermedades causadas por la exposición a los productos químicos usados en la agricultura.

Capturando carbono: poniendo las cosas en su lugar

Hoy por hoy, recordamos con nostalgia esos lejanos días en que las calles de Santiago se inundaban y nos estremecemos viendo al Amazonas arder pensando en cómo será el mundo que le tocará vivir a nuestros hijos. Es urgente que nos decidamos a hacer frente al cambio climático de una vez por todas. La agricultura industrial es responsable de casi el 25% de las emisiones de carbono actuales y, debido a la degradación del suelo, éste tampoco puede reabsorberse, liberándose a la atmósfera. Sin embargo, una de las herramientas más potentes que tenemos para revertir el cambio climático es cambiar la forma en que producimos y nos relacionamos con nuestro alimentos.

Así nace el concepto de agricultura regenerativa, un conjunto de principios y prácticas que integran a la ecología con la agricultura, y que contribuyen a revertir el cambio climático a través de algo tan simple y obvio: la restauración de la materia orgánica del suelo. 

De esta manera, la agricultura no solo extrae recursos, si no que promueve una regeneración del suelo a través de sus ciclos. Prácticas como el manejo holístico de pastoreo, la agroecología y labranza cero, entre otras, ven el suelo como un organismo vivo que respira, se alimenta, se reproduce, y que incluso se puede enfermar y morir. Cuando el suelo está “vivo” las bacterias, algas, hongos, protozoos, micro-artrópodos, lombrices, y cualquier otro organismo vivo convierten el carbono que las plantas han extraído de la atmósfera por medio de la fotosíntesis en materia orgánica, almacenando carbono en el suelo. Esta materia orgánica será el alimento para plantas que después serán el alimento de animales que nutren, oxigenan y fertilizan el suelo, en un maravilloso y coordinado ciclo que mejora a su vez la estructura del suelo, su fertilidad y retención de agua, lo que lo hace más resistente a las sequías.

©Unsplash

Asimismo, las plantas desarrollan raíces más profundas, lo que les permite absorber más nutrientes y producir alimentos más ricos y nutritivos, así este ciclo se hace infinito en beneficios, nuestro entorno es una máquina naturalmente perfecta. Hemos conseguido un control indiscutible en todo sentido de producción, pero a la vez, usando tantos químicos, no solo hemos conseguido matar malezas y plantas no deseadas. Finalmente, hemos terminado por matar a todos estos microorganismos vivos, transformando el suelo en una materia muerta y compacta, que pierde además su extraordinaria capacidad de secuestrar el carbono atmosférico.

Para la agricultura regenerativa es fundamental que el suelo siempre esté protegido por una cubierta vegetal, lo que lo resguardará de la erosión producida por el viento y la lluvia, evitará la evaporación del agua y atraerá insectos,  pajaritos y toda demostración de vida. Es por esto que después de la cosecha, en vez de limpiar y dejar el suelo descubierto, ses usan cultivos de cubierta como la avena y la alfalfa, que aportan nutrientes al suelo y lo protegen hasta la próxima temporada, almacenando también carbono y aumentando su fertilidad. También evitan el arado de la tierra, el cual genera una oxidación del carbono almacenado y destruye a las micorrizas e hifas, organismos que se asocian a las plantas para que estas absorban más agua y nutrientes, y así poder crecer más vigorosas. La agricultura regenerativa promueve la rotación de cultivos, la producción sin agroquímicos y la diversidad biológica, que es fundamental para la estabilidad de los sistemas y su resiliencia al cambio climático.

Otra práctica regenerativa es el manejo holístico, el cual postula que un pastoreo bien planificado tiene el potencial de regenerar el suelo, crear hábitat, mejorar los recursos acuíferos y promover el desarrollo rural. Según Allan Savory, un ganado que es manejado adecuadamente puede restaurar las praderas degradadas, ya que los animales al pisar, comer y defecar en las praderas mejoran la salud del suelo. 

La agroecología busca imitar la biodiversidad y procesos naturales de un ecosistema no intervenido. Haciendo esto, lograremos un sistema equilibrado, que nos permitirá conseguir un sistema alimentario diferente, un modelo alternativo que promueva la identidad, la cultura, la soberanía de las comunidades rurales, la justicia social, y donde se generen aparte relaciones cooperativas y solidarias entre los productores versus los consumidores.

La verdadera Revolución Verde: regenerando juntos el futuro

Alimentar una población mundial que para el 2030 alcanzará los 9 billones es una realidad. No podemos seguir haciéndolo bajo un sistema de agricultura que no funciona, que está matando un suelo que aparte esta siendo amenazado por un real y visible cambio climático. Entonces, debemos poner en practica una agricultura regenerativa que puede usar hasta un 45% menos energía y generar 40% menos emisiones de carbono. Incluso, en climas extremos estos cultivos pueden llegar a ser 40% más productivos que la agricultura convencional. La agricultura regenerativa es igualmente productiva y rentable que nuestra agricultura actual, ya que tiene la capacidad de producir suficientes alimentos, ademas de integrar aspectos sociales, económicos y ambientales.

©Unsplash

Actualmente, comprendemos las complejas relaciones entre la salud del suelo, de los ecosistemas, y la de nuestras comunidades. Entendemos que regenerar el suelo es fundamental para seguir alimentando a una población en crecimiento, así como para mantener el calentamiento global bajo los 2°C y detener la pérdida de biodiversidad. La mala noticia es que la transformación de los sistemas agroalimentarios requiere más que esfuerzos individuales. Los esfuerzos aislados no tienen suficiente impacto. La buena noticia es que somos muchos los que queremos un mundo diferente. Necesitamos urgentemente un cambio de comportamiento colectivo, la articulación entre distintos actores, un cambio cultural. Todos somos responsables.

Movilicémonos a través de la solidaridad y el amor, regeneremos la tierra, celebremos nuestra comida, plantemos, cuestionemos, seamos creativos, reconectémonos con la naturaleza y apoyemos a los que trabajan la tierra de sol a sol para producir nuestros alimentos. Hoy contamos con el conocimiento y las herramientas para cuidar el planeta y dejarle un mundo mejor del que recibimos a quienes vengan después. Comer es un acto político, organicémonos y actuemos.

 

Bibliografía

 

1. Barruti S. (2013). Malcomidos. Cómo la Industria Alimentaria Argentina nos está matando. 

2. Carballo C (2018). Soberanía alimentaria y desarrollo. Caminos y horizontes en Argentina. Cuadernos para la Soberanía Alimentaria.

3. Jaqua M.(2019). https://wholefoodsmagazine.com/grocery/features-grocery/regenerative-agriculture-25-things-to-know-now/

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5. LaCanne CE, Lundgren JG. (2018). Regenerative agriculture: merging farming and natural resource conservation profitably. PeerJ6, p.e4428

6. Moyer J. (2019). We can stop the climate crisis, https://www.bctv.org/2019/08/19/we-can-stop-the-climate-crisis/

7. Pimentel D, Hepperly P, Hanson J, Douds D, Seidel R. (2005). Environmental, energetic, and economic comparisons of organic and conventional farming systems. BioScience55(7): 573-582.

8. Rodale Institute. (2019). Farming systems trial, https://rodaleinstitute.org/science/farming-systems-trial/

9. Seufert V, Ramankutty N, Foley JA. (2012). Comparing the yields of organic and conventional agriculture. Nature485(7397): 229.

El auge de las huertas urbanas

Nuestra colaboradora invitada de hoy es María Luciana Manelli, ingeniera ambiental y docente universitaria oriunda de Argentina, quien nos comparte su reflexión sobre el valor de las huertas urbanas en un mundo cada vez más alejado del origen de sus alimentos.   El éxodo del campo a la ciudad en las últimas décadas nos alejó […]

Nuestra colaboradora invitada de hoy es María Luciana Manelli, ingeniera ambiental y docente universitaria oriunda de Argentina, quien nos comparte su reflexión sobre el valor de las huertas urbanas en un mundo cada vez más alejado del origen de sus alimentos.

 

El éxodo del campo a la ciudad en las últimas décadas nos alejó de la sana costumbre de producir alimentos en nuestro hogar. Según la CEPAL, el 80% de la población latinoamericana vive en zonas urbanas, donde los espacios verdes son mucho más reducidos o a veces inexistentes, al menos en el ámbito privado. Sin embargo, últimamente muchas de estas ciudades están experimentando un acercamiento a la producción de alimentos gracias a las huertas urbanas y peri urbanas. Alertados por el contenido de agroquímicos en los alimentos asociados a una ola de enfermedades, los patios internos, terrazas y balcones reverdecen, ya no con plantas decorativas, sino con tomates, lechugas, cebollines y demás.

En la mayoría de las grandes urbes latinoamericanas podemos encontrarnos con programas municipales u organizaciones sociales que fomentan las huertas urbanas y se preocupan de educar y entregar información al respecto. Y es que componen un universo de beneficios cuyos costos no le hacen sombra. El ejemplo más emblemático en la Argentina tal vez sea el programa ProHuerta, dependiente del Estado. Este programa, que ya tiene más de 20 años en marcha sobreviviendo a los ajustes y cambios de las políticas públicas, entrega semillas en las dos temporadas de siembra, articula con las organizaciones en territorio, brinda capacitaciones y genera y fomenta la creación de ferias agroecológicas.

Fuente: noticiasambientales.com.ar

Seguridad y Soberanía alimentaria 

Tener una huerta, aunque no sea más que un par de maceteros y cajones, nos permite domesticar el tan mentado concepto de la seguridad alimentaria, el cual es definido por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) como el derecho a acceder en forma oportuna y permanente al acceso físico y económico a suficiente alimento seguro y nutritivo para llevar adelante una vida activa y sana. Es decir, que nuestros alimentos estén al alcance de nuestras posibilidades económicas y necesidades nutricionales y culturales, saber con qué agua fue regado, qué productos fitosanitarios se utilizaron en su proceso, quienes los producen. Y el de Soberanía: poder decidir qué sembrar en nuestra tierra  y que poner en nuestras mesas.

©María Luciana

Revalorizar los mercados y la labor de los agricultores 

El cultivar alguno de nuestros alimentos nos hace repensar el rol de aquellos que ponen la comida en nuestras mesas y valorar el trabajo y los recursos necesarios para producirlos: el acceso a la tierra, agua segura, las inclemencias del tiempo, el control de malezas y la aparición de insectos u hongos, las dificultades para su transporte y venta. 

Cuando ingresamos al círculo de productores de alimentos y conocemos las ferias, los encuentros y le ponemos rostro a las personas que trabajan para nuestra alimentación, ya no somos los mismos consumidores. Le imprimimos a nuestro acto personal y político de consumir el significado que realmente tiene: apostamos al modelo de consumo y desarrollo en el que volcamos nuestro dinero. 

©María Luciana

Reducir el desperdicio de alimentos

Incursionar en la generación del propio alimento nos hace repensar nuestra relación con él. Al producir en casa e ir cosechando a medida que vamos necesitando, disminuye el desperdicio de alimentos pero a su vez aumenta el aprovechamiento de la totalidad de los mismos, hojas, tallos, cáscaras y zonas que en los supermercados ya han sido retiradas del alimento o no se pueden aprovechar debido a que durante el transporte o en la conservación se han estropeado o nos parece poco seguro consumirlos. Lo mismo acontece con alimentos comprados a productores locales, los cuales no dejan de vender una fruta o verdura por su forma “atípica” 

Aportar al cuidado de los polinizadores 

Según la FAO de las 100 especies de cultivos que proporcionan el 90 por ciento del suministro de alimentos para 146 países, 71 son polinizadas por abejas (casi toda silvestres), pero también por otros insectos como avispas, moscas, escarabajos y polillas.

La pérdida de biodiversidad en general y de polinizadores en particular, debido a factores como las prácticas agrícolas intensivas, cambios en el uso de la tierra, plaguicidas, especies exóticas invasoras, enfermedades, plagas y el cambio climático, se traduce a que casi el 35% de los polinizadores invertebrados –en particular las abejas y las mariposas–, y alrededor del 17% de los polinizadores vertebrados –como los murciélagos– están en peligro de extinción a nivel mundial. 

En este contexto las acciones que llevemos adelante para la conservación de especies son cruciales. En nuestros patios y jardines sembrar especies nativas que florezcan en diferentes épocas del año y no utilizar plaguicidas puede ayudar a estas especies y por lo tanto a nosotros mismos. 

Fuente: daily.jstor.org

Reducir la generación de residuos 

Aproximadamente el 50% de los residuos que genera una familia son orgánicos. Este tipo de residuos, que provienen de la elaboración de los alimentos, son los responsables de la generación de lixiviados que ensucian el resto de los residuos dificultando o imposibilitando su reciclado. Los residuos orgánicos son también los responsables de las emisiones de metano en los vertederos.

Al comenzar a cuidar la propia huerta, un recurso esencial es el suelo, y el suelo de calidad. Para ello nada mejor que producir compost en casa, reduciendo los residuos que enviamos a disposición final y recuperando los nutrientes para nuestras plantas al tiempo que le otorgamos al suelo una estructura mejor para recibir el agua de regado. Es un verdadero ejemplo de la economía circular.  

Aparte de todo lo dicho hasta el momento, el movimiento de huertas urbanas ayuda a proteger los recursos genéticos, la memoria colectiva y los vínculos comunitarios que se generan en el intercambio de semillas, productos y saberes; en derredor de una de las alternativas que tenemos para reducir nuestros impactos sobre el planeta. Sin mas que decir: ¡a sembrar! 

Fuente: elmueble.com

*Ilustración de portada: elmueble.com

Referencias

Organizacion de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en su pagina web http://www.fao.org/fao-stories/article/es/c/1129811/

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) “Estimaciones y proyecciones de población total, urbana y rural, y económicamente activa.” Revisión 2017

*Otro ejemplo en la Argentina es el programa de Agricultura Urbana en Rosario. Se pueden consultar también experiencias similares en diez ciudades latinoamericanas y del caribe en el Reporte de la FAO sobre agricultura Urbana y PeriUrbana en la región (el mismo puede descargarse pinchando aquí.)

El bosque comestible de Huelemu

En la comuna de Linares, en medio de tierras agrícolas donde predominan el monocultivo forestal y la agricultura intensiva, Ricardo Valdés (alias Ricarbol Dosel) fundó Huelemu, un centro de investigación en agroforestería, basado específicamente en el diseño de «bosques comestibles». Todo comenzó el año 2011, cuando Ricarbol se mudó a un campo familiar que había […]

En la comuna de Linares, en medio de tierras agrícolas donde predominan el monocultivo forestal y la agricultura intensiva, Ricardo Valdés (alias Ricarbol Dosel) fundó Huelemu, un centro de investigación en agroforestería, basado específicamente en el diseño de «bosques comestibles».

Todo comenzó el año 2011, cuando Ricarbol se mudó a un campo familiar que había sido utilizado durante años para el cultivo intensivo de maíz, y por lo tanto no tenía ningún solo árbol. Ricarbol decidió que su misión sería transformar ese territorio, utilizando principios de agricultura regenerativa y restauración ecológica, para convertirlo tanto en un bosque nativo, como en un modelo agroforestal sustentable. Hoy ya hay cerca de 6.000 árboles creciendo, Huelemu produce su propio alimento, y además es un aporte a la diversidad biológica, ya que es un espacio que permite la coexistencia de una gran variedad de especies. Desde esta abundancia, Ricarbol imparte una serie de cursos en torno al diseño de bosques comestibles y la bosquicultura.

¿Cuál es la diferencia entre agroforestería y bosque comestible?

En términos muy simples, agroforestería es toda agricultura basada en árboles que cumpla con el principio fundamental de que se combinen elementos (especies o reinos) y que estos interactúen entre sí.

Dentro de la agroforestería existen muchos modelos: el silvopastoreo mezcla animales con árboles, el cultivo en callejones alterna cultivos anuales extensivos con hileras de árboles, pueden asociarse árboles entre sí o con plantas medicinales, etc. El modelo más básico podría tener solo una interacción, y luego estas aumentan hasta llegar al bosque comestible, que es el modelo agroforestal más complejo.

Para ser considerado un bosque comestible, las relaciones que se generan deben ser tan complejas como lo serían en un bosque natural, entonces estamos hablando de un modelo productivo que aspira a una cierta complejidad ecológica. Al entrar a un bosque comestible la sensación es la de entrar a cualquier otro bosque: las especies crecen en capas, hay cientos de especies diferentes, y por lo mismo además de los productos se generan un sinnúmero de servicios ambientales.

Plantas nativas conviven en el bosque comestible ©Huelemu

Para diseñar un bosque comestible, ¿cuáles son las variables a manejar?

El diseño es guiado por ciertas condiciones determinantes. La más fuerte es el clima, esta se da —con sus variantes de microclima— según la ubicación geográfica: si está en el sur, centro o norte del país; si está en la costa, en la cordillera o en un valle. El segundo, y que está dado por el primero, es la disponibilidad de agua y de calor del territorio. Con estas dos variantes podemos hacernos una idea de cuál sería el ecosistema natural del lugar a intervenir, y que tipo de interacciones y relaciones supone.

Hay dos corrientes de bosques comestibles: aquellos donde siempre hace calor y aquellos donde existe el frío. Por ejemplo, los diseños de bosques comestibles en países como Brasil o México son muy distintos a los que podemos realizar acá, dado que aquellos países son mucho más cálidos, y por tanto sus especies evolucionaron en condiciones muy distintas a las nuestras.

Los lugares donde existe el frío se pueden dividir según la disponibilidad de agua. Por ejemplo, en el centro de Chile un bosque comestible se verá mas seco pero, vas a poder cultivar: aceitunas, higos, granadas, paltas y todas esas especies de climas mediterráneos; mientras que en el sur se va a ver todo mucho más verde y exuberante, pero al ser menor el calor, las frutas van a ser de climas templados: manzanas, castañas, membrillos y nueces son algunos ejemplos.

Una tercera variable es el suelo, porque este también influye en el tipo de plantas que podrán cultivarse. Y una cuarta —no menor— son los conocimientos de plantas y ecología que maneje quien hace el diseño (no todos los agricultores saben de ecología). Un bosque comestible siempre será más rico en cuanto más diverso, pero para eso hay que conocer bien que plantas a asociar, para potenciar la cooperación de las especies minimizando la competencia. Por ello siento que tener un bosque comestible es como dirigir una orquesta, donde el agricultor es quien coordina la diversidad de especies y sus interrelaciones.

©Huelemu

Afirmas que los bosques comestibles se diferencian de las plantaciones de monocultivo porque entregan servicios, ¿cuáles serían estos servicios?

Los servicios son de dos tipos: para el ecosistema y para nosotros. De los servicios hacia el ecosistema hay varios. La captura de carbono y consecuente mitigación del cambio climático es uno fundamental. Esto viene dado por la cantidad de árboles que se planta y además por el hecho de que en un bosque comestible nunca se ara. Entonces el carbono lo van capturando los árboles con el tiempo, y este permanece en la tierra hasta que el bosque deje de existir.

Un segundo servicio fundamental —sobre todo en Chile— es la creación de dinámicas del agua, los bosques son uno de los ecosistemas más importantes en este sentido. En un bosque siempre estará más fresco el aire, los bosques liberan agua a la atmósfera, y además atraen el agua, ya que muchas veces actúan como bombas, acercando las napas subterráneas a la superficie. Es importante recalcar que solo los bosques crean dinámicas del agua, no así una plantación forestal que únicamente consume agua, debido a que los árboles están viviendo su etapa de crecimiento simultáneamente.

Por último, está la atracción de aves. Chile es un país de aves, es el animal más representativo de nuestros bosques, las aves necesitan del bosque para vivir, incluso hay algunas aves que solo pueden vivir bajo los árboles, por lo tanto proteger su hábitat es un servicio ecosistémico.

Avellano (planta nativa) con flores y frutos ©Wikipedia

Luego están los servicios para nosotros, un bosque comestible es un sistema que requiere menos trabajo e inversión de recursos con el paso del tiempo. Es auto abonable, y la diversidad de cultivos funciona como control biológico, entonces no se gasta en fertilizantes, ni plaguicidas, ni mano de obra para la aplicación de estos.  

Aquí es importante recordar que un bosque comestible no es un sistema antropocéntrico, en un bosque comestible se permite la convivencia con especies que en sistemas de cultivo tradicionales son tratadas como indeseadas.

En un modelo antropocéntrico, todo está absolutamente controlado, esto conlleva el abuso de plaguicidas, fungicidas y herbicidas —esta lógica opera incluso en los cultivos orgánicos, ya que se desmaleza o aplica herbicida (aún si no tiene químicos). En cambio en un bosque comestible, como hay un equilibrio, hay alimento para todos, es muy poco probable que debido a una plaga se pierda todo, ya que hay una gran diversidad de alimentos. Entonces, esa es una gran innovación en términos de cómo miramos el cultivar nuestro propio alimento, el trabajar con la naturaleza y no contra ella.

Actualmente estás incorporando un humedal al terreno, ¿cómo se gestó eso?

Hay distintos tipos de humedales, humedal se le puede llamar a donde el agua está aflorada o bien a un sector pantanoso. Huelemu era un humedal del segundo tipo, ya que en verano el agua está a un metro y medio de la superficie del suelo, y en invierno se hacía un pantano y todo se encharcaba. El bosque original que aquí se daba eran un bosque higrófilo: habían canelos, pataguas, pitras, arrayanes y temus.  

La idea de crear una laguna artificial fue la de crear un nicho más para la vida silvestre. Digo artificial no porque la laguna tenga algún material artificial —de hecho es solo la arcilla la que mantiene el agua—, sino porque es una laguna que naturalmente allí no existía. Con la creación de las lagunas se ha sumado a la diversidad biológica, porque hay distintas especies de ranas, peces, patos y garzas.

A fin de cuentas todo lo que hacemos los humanos —para bien o para mal— son intervenciones, para generar un espacio hay que intervenirlo, y estas opciones que se han tomado en Huelemu: las lagunas y el bosque comestible, han sido las maneras que hemos escogido para ir regenerando el territorio.

Laguna artificial, parte del proyecto de restauración ecológica en Huelemu ©Huelemu

¿Cuál es la relación de Huelemu con las comunidades locales?

Huelemu está emplazado entre plantaciones de monocultivos, y no son tantas las comunidades que habitan las cercanías, en este sentido no es tanto el impacto social a nivel local, más bien quienes toman los cursos de Huelemu por lo general vienen de otras regiones; de aquí mismo (Linares) vienen poco, aunque sí me he relacionado con algunas escuelas locales.

Con los agricultores en general hay buenas relaciones, a veces me regalan fardos o guano y encuentran entretenido el proyecto, pero no lo ven como una alternativa para ellos porque sienten que ya tienen su manera de hacer las cosas, y no les interesa aprender algo diferente. Además, están muy vinculados a las exportaciones y el negocio a gran escala, y pese a que Huelemu en algún momento sí va a ser súper productivo y podría rentabilizarse, esto no es el fin, y cuando se comienza a poner la mente en ese foco se va de las manos el tema ecológico.

¿Cómo has percibido el impacto de los monocultivos y la agricultura intensiva en el ecosistema y la abundancia del agua?

Linares en general es una zona donde hay mucha agua, el río Achibueno fluye captando el agua de los esteros desde la cordillera y las baja a este valle, entonces tenemos agua en abundancia y no se percibe tanto la sequía. Habiendo dicho esto, los agricultores están comenzando a pedir embalses o canalización de los ríos, porque saben que la sequía va a ser cada vez más notoria —no tanto porque la sequía realmente sea cada vez mayor, sino más bien porque cada vez hay más cultivos.

Monocultivo forestal de eucaliptos ©MVMT

En la región del Maule, los monocultivos se están expandiendo, ahora está el boom del avellano europeo que es un árbol del norte de Europa que tiene un clima similar a Osorno, por lo que hay que regarlos muchísimo, y esto está siendo problemático de la misma manera que lo es la plantación de paltos (una especie subtropical) en la zona central. El problema más grave es que no se están tomando en cuenta principios básicos de la agricultura, como la relación entre el clima y la especie a plantar, y al no tomar esto en cuenta se crea un tremendo desequilibrio ecológico. Para mí, lo ideal de un bosque comestible es que no haya que regarlo, o regarlo muy muy poco, debido a que la necesidad hídrica del bosque será consecuente con la disponibilidad de agua en el territorio donde esté emplazado.

Por otro lado, incluso en los lugares donde hay mucha agua, un monocultivo que utiliza agroquímicos contamina el agua, entonces lo que habrá será abundancia de agua contaminada; y el agua es tan sagrada, tan vital para la existencia de la vida, que pienso que deberíamos cuidarla a como de lugar.

En este sentido, la aprobación del TTP11 implica inevitablemente una profundización de el modelo económico extractivista, ¿cuál es tu opinión sobre esto?

Más que una respuesta a las temáticas u amenazas particulares del TPP11, mi reacción es más bien una sensación generalizada, que fue la misma al saber de la introducción de las industrias químicas en los años 80, o del modelo de monocultivo en los años 50, y podría formularse como la pregunta: ¿Qué quieren estas personas que atentan contra la vida?

Siento que falta informarse, falta ser más consciente, sobre todo falta desarrollar una relación de mayor intimidad con la naturaleza. Como especie, la observación es nuestro mayor don, sin embargo, desde la manera como vivimos, esa observación se ve mermada. Para vivir aquí en Huelemu yo he sacrificado por ejemplo tener una buena conexión a internet, sin embargo miro por mi ventana y puedo observar qué es lo que necesita el territorio. Por lo general quienes toman las decisiones tienen una excelente conexión a internet, pero ven muy poco del territorio y cuando no se está en el territorio es difícil saber lo que este realmente necesita.

Ricarbol Dosel ©Huelemu

 

La bóveda de las semillas

Los bancos de semillas a cargo del Instituto de Investigación Agropecuaria (INIA), a través del Ministerio de Agricultura de Chile, almacenan semillas de especies silvestres y de cultivo, entre ellas plantas endémicas y nativas, que están amenazadas o en peligro de extinción.  Por Gabriela Cortés Ubicado al interior de una gran parcela en lo profundo […]

Los bancos de semillas a cargo del Instituto de Investigación Agropecuaria (INIA), a través del Ministerio de Agricultura de Chile, almacenan semillas de especies silvestres y de cultivo, entre ellas plantas endémicas y nativas, que están amenazadas o en peligro de extinción. 

Por Gabriela Cortés

Ubicado al interior de una gran parcela en lo profundo del Valle del Esquí, el banco base de semillas del Instituto de Investigación Agropecuaria, a cargo de diez investigadores de diferentes áreas, conserva la mayor cantidad de recursos fitogenéticos del país. Este lugar no fue escogido aleatoriamente. Las condiciones del clima en Vicuña permiten el resguardo de estas especies a largo plazo, ya que hay pocas lluvias y es un lugar remoto, alejado de grandes ciudades, pero con un acceso cercano al aeropuerto. Fue fundado en 1990 y según el Informe Mundial sobre Recursos Genéticos de la FAO, es uno de los tres más confiables en términos de conservación dentro de  América Latina y el Caribe.

Carolina Pañitrur, ingeniera agrónoma y encargada del lugar hace un año, lo llama el Arca de las Semillas ya que esta estructura, anti sísmica y contra el fuego, conserva la mayor cantidad de material genético vegetal del país. En él se encuentran alrededor de 3000 colecciones de diversas especies de semillas. En Chile, según la agrónoma, aún no hay un plan para el futuro de estas, pero en el centro se hacen simulaciones a través de programas computacionales, que buscan descubrir si las especies sobrevivirían a las posibles condiciones climáticas del futuro.

 

La especialidad del banco base ubicado en Vicuña, son las especies nativas y endémicas del territorio chileno. Los otros bancos existentes están en Santiago, donde se concentran especies frutales y hortalizas, Chillán, con ejemplares del trigo y leguminosas, Temuco, donde hay más legumbres, frutos rojos y forrajeras, utilizadas para sustentar la actividad ganadera. Por último, en Osorno se mantienen todos los tipos de variedades de papas, allí se conservan a través de plantaciones in vitro (también conocidas como cultivos de tejidos vegetales).

Para llegar a guardarlas en las bóvedas de frío, todas las semillas deben pasar por un largo proceso. El principal cometido es asegurar su viabilidad y que logren germinar en muchos años más. ¿Por qué son custodiadas en frío y a baja humedad? Los -20 grados Celsius y el 15% de humedad  ayudarán a ralentizar el metabolismo de la semilla, es decir, seguirá viva pero se mantendrá sin crecer. Esto también se conoce como el “estado quiescente”.

Pero antes de llegar a la bóveda, primero se hace una recolección de las especies en la zona acordada. Por cada especie se llena una ficha con el nombre de la semilla, a qué familia pertenece, coordenadas geográficas, especies que hay alrededor y estado fenológico. Además, hay protocolos de colecta que indican cómo, cuándo, cuántas semillas sacar para no convertir la intención de conservar en un daño.

Luego se asigna un código, se envasa en una bolsa de papel y se lleva al banco. Aquí comienza el proceso de limpieza, ya que pueden venir con restos de basura o contaminantes externos. Una vez terminada esta etapa, lo siguiente es deshumedecerlas para detener la actividad metabólica. “Nosotros tenemos que bajarle la humedad, llegan con un 40%-50% y finalmente le bajamos a un 15%”, explica Pañitrur. Las semillas se monitorean una vez a la semana hasta alcanzar la humedad deseada.

Antes de dejar las semillas en la bóveda viene la prueba de viabilidad y germinación. Se establecen 3 repeticiones con 20 semillas cada una, se colocan en cápsulas petri en medio agar-agar (para darle humedad) y se colocan en una incubadora, se monitorean cada dos o tres días hasta ver si germinan. Esto se evidencia cuando emerge la radícula, la primera parte de la raíz en conectar con la tierra.

Las especies conservadas en la bóveda son “ortodoxas”, lo que quiere decir que tienen la capacidad de resistir la humedad baja. También las hay “recalcitrantes”, que no sobreviven a la conservación a largo plazo, por lo que se intentan propagar en jardines, otra forma de perpetuar la vida.

Dentro de la ciudad de Vicuña no es tan conocido, pero han trabajado con ello. Suelen recibir muchas visitas, desde estudiantes de agronomía  hasta jardines infantiles. La motivación ambiental es bastante fuerte por parte de los profesionales que trabajan en el lugar e investigar y transferir el conocimiento es la misión del Banco.

“No solo es conservar, aún hay mucho desconocimiento de nuestro rol” cuenta, preocupada, Pañitrur. La ingeniera, con pesar en la voz, explica que siempre trata de transmitir el mensaje de que el depósito de semillas resguardado entre las paredes del arca es más importante que el dinero. “Sin las plantas no existimos. Todo viene de ellas. Falta conocimiento para llegar a una valoración total de lo que tenemos acá y lo que tendremos en futuro”, agrega.

No obstante el desconocimiento general, hay una parte de la ciudadanía interesada en esto: los agricultores. Muchos se acercan por nostalgia, ya que quieren ver otra vez las variedades tradicionales que se han ido perdiendo con los años. El banco les ofrece la opción de entregarles ciertas semillas luego de hacer una solicitud formal.

Seguro de vida

Las semillas tienen duplicados en el exterior. A través de convenios, se unen a Bancos de Semillas internacionales para poder amparar las especies en caso de alguna tragedia material. A pesar de que la estructura es un gran acorazado, mandar paquetes con especies es una gran idea en caso de guerras o pestes agrícolas. Hace poco se hizo un depósito en el banco de Noruega, más conocido como la “Bóveda del fin del mundo”, donde resguardan el material de 231 países, la colección más diversa de La Tierra.

Un estudio de la Universidad de East Anglia, la Universidad James Cook y World Wildlife Fund (WWF) publicado este año 2018 indica que el 50% de las especies están en peligro a causa del cambio climático. En Chile, la idea es que en el centro se hagan simulaciones que traten de, por medio de programas computacionales, ver si una especie es resistente en un clima determinado y así, si desaparecerán o no.