Pasamos buena parte del día mirando superficies cercanas: una pantalla, un teléfono, un libro, una mesa. Incluso cuando salimos, muchas veces continuamos mirando hacia abajo, hacia adelante, hacia aquello que tenemos que resolver. La mirada se concentra. El mundo se vuelve fragmento.
Hace unos años, cuando fotografiaba un paisaje, podía ocurrir que dejara accidentalmente activado el zoom de la cámara. Al volver a mirar las fotografías, encontraba una roca, una rama, una textura, una parte de un árbol. La imagen contenía información, pero había perdido la relación entre aquello que había observado y lo que lo rodeaba.
Una roca vista a pocos centímetros revela sus grietas, sus colores, sus irregularidades. Vista desde una montaña, deja de ser solamente una roca. Aparece el suelo, el lugar que ocupa, la pendiente, el agua, los árboles, el movimiento de otros seres. Aparece una relación.
Percibir no es solamente mirar
La distancia modifica aquello que podemos percibir. Esta manera de entender la percepción dialoga con el trabajo del psicólogo James J. Gibson, quien puso énfasis en la relación entre el organismo y el ambiente que habita. Para Gibson, el entorno no está compuesto simplemente por objetos que observamos desde afuera, sino también por posibilidades de acción. Las affordances, escribe, son aquello que el ambiente “ofrece al animal”. En nuestro caso, podemos entenderlas como aquello que el ambiente ofrece a quien lo habita.
Una rama puede ser una rama, pero también puede ofrecer refugio, sombra o apoyo. Una piedra puede ser una piedra, pero también una superficie sobre la que caminar, sentarse o cruzar un río. Y si nuestra percepción participa de la manera en que habitamos un ambiente, entonces la reducción de nuestro campo perceptivo no sería solamente una cuestión de ojos. Podría ser también una cuestión de experiencia.
¿Qué sucede con nuestra manera de estar en el mundo cuando el cuerpo tiene cada vez menos ocasiones de experimentar la distancia?
Una mirada que se abre
La visión periférica permite registrar información que se encuentra fuera del punto de fijación. No reemplaza la visión focal, sino que la complementa. La concentración es indispensable. Necesitamos focalizarnos para leer, escribir, conducir, trabajar y resolver problemas. Pero una vida organizada casi exclusivamente alrededor de la atención focal puede dejar poco espacio para otra forma de percepción.

Aprender a percibir
El suelo deja de ser simplemente suelo. Una huella, una rama quebrada, una modificación en la vegetación o una alteración mínima del terreno pueden convertirse en información. La mirada se desplaza del centro hacia los márgenes. El cuerpo entero participa.
Lo que me interesa de estas prácticas es la pregunta que se desprende de ellas: ¿Qué hemos dejado de percibir al aprender a mirar solamente aquello hacia lo que dirigimos nuestra atención?
Determinados entornos pueden favorecer la recuperación de la atención mediante una forma de atención menos exigente. Kaplan identifica en los ambientes restauradores características como la posibilidad de estar apartado de las demandas habituales, la amplitud del ambiente, la fascinación y la compatibilidad entre lo que el lugar ofrece y lo que la persona necesita. Pero si necesitamos determinados espacios para recuperar una atención que nuestra vida cotidiana agota, tendríamos que preguntarnos qué estamos haciendo con esos espacios.
¿Qué ocurre cuando una ciudad reduce progresivamente sus lugares de silencio, sus áreas verdes, sus terrenos abiertos, sus árboles, sus bordes de agua? El acceso a determinados paisajes se vuelve un privilegio ¿Qué ocurre cuando para experimentar un horizonte hay que viajar? Tampoco basta con tener un espacio abierto. Hay terrenos degradados, lugares abandonados, áreas verdes convertidas en superficies de cemento o espacios naturales atravesados por basura y contaminación. Hay niños que crecen pudiendo recorrer un territorio y otros cuya experiencia del exterior está delimitada por calles, vehículos, horarios y pantallas. La forma en que percibimos el mundo también influye en la manera en que nos situamos dentro de él.
Recuperar la mirada
Hay zonas de nosotros que conocemos de cerca: hábitos, pensamientos, ideas, preocupaciones. Pero existen otras relaciones que solo aparecen cuando conseguimos tomar distancia. También nosotros somos un paisaje. Ampliar la mirada hacia afuera, puede permitirnos ampliar la mirada hacia el interior. Así, aparecen nuevos lugares desde donde contemplarnos y otros caminos para recorrer dentro de nosotros mismos. Ser paisaje nuevo para sí mismos.
Imagen de Portada: ©Keith Mister




