Ni monstruos ni guardianes: el rol de los tiburones en los arrecifes

Cuando sube la marea en ciertos arrecifes de Fiyi cambia algo más que la profundidad del agua. Los tiburones pueden entrar en sectores que durante la bajamar permanecen fuera de su alcance. Allí, algunos peces herbívoros modifican dónde y durante cuánto tiempo se alimentan. El resultado puede observarse incluso sin una persecución: en determinados sectores, las algas quedan temporalmente menos expuestas al pastoreo.

El mecanismo fue estudiado por Douglas Rasher, Andrew Hoey y Mark Hay (2017). Su investigación mostró que la combinación entre mareas, relieve, conducta de los tiburones y respuesta de los herbívoros podía producir verdaderos “refugios” para las algas. El efecto no dependía solamente de quién se comía a quién. También importaba el riesgo de que ese encuentro ocurriera. La escena nos lleva a formular una pregunta más compleja de lo que parece: ¿qué queremos decir cuando afirmamos que un tiburón contribuye al equilibrio de un arrecife?

Dos tiburones de arrecife de puntas negras (Carcharhinus melanopterus) nadando en aguas del Pacífico Sur. ©Gerald Schömbs

Durante muchos años, la explicación más intuitiva fue una pirámide: grandes depredadores arriba, presas debajo y una cadena de efectos que desciende hasta organismos cada vez más pequeños. No obstante, un arrecife se parece menos a una pirámide que a una red. Sus habitantes se alimentan, compiten, evitan a otros animales, cruzan ambientes y trasladan materia y energía. Hablar solo del “papel del tiburón”, en singular, puede ocultar aquello que realmente debemos comprender.

No todos los tiburones se encuentran en la cima

El primer problema aparece cuando tratamos a los tiburones asociados a arrecifes como si fueran ecológicamente equivalentes en todos los contextos marinos.

Una revisión publicada en Biological Reviews en 2025 reunió información sobre 67 especies que utilizan arrecifes de manera permanente o transitoria. El equipo propone distinguir entre las funciones concretas que desempeña una especie, el conjunto de papeles que cumple en determinado contexto y cuánto cambia realmente el ecosistema cuando varía su abundancia.

La diferencia tiene consecuencias prácticas. Un tiburón residente no necesariamente producirá los mismos efectos que una especie que aparece de manera estacional. Incluso dentro de una misma especie pueden cambiar la dieta, los desplazamientos y las interacciones según la edad o el tamaño.

A su vez, debemos revisar otra asociación frecuente: tiburón grande no significa automáticamente depredador ápice. En 2016, Ashley Frisch y su equipo analizaron la dieta y los isótopos estables de tiburones de puntas blancas, puntas negras y tiburones grises de arrecife en la Gran Barrera de Coral. Encontraron posiciones tróficas comparables a las de grandes peces depredadores, como meros y pargos. Para esas especies y ese sistema, propusieron considerarlos mesodepredadores de alto nivel antes que asumir que ocupaban necesariamente la cima de la red alimentaria.

La precisión importa porque cambia por completo la pregunta. En lugar de buscar quién está “arriba” de la cadena trófica, podemos observar qué relaciones establece cada especie y con qué intensidad.

©Daniel Pino

Un depredador también puede actuar sin capturar

La depredación es fácil de imaginar cuando termina en una presa consumida. Sin embargo, una comunidad también puede transformarse porque sus integrantes intentan evitar que ese encuentro ocurra.

En Fiyi, los herbívoros reducían la alimentación en zonas y momentos donde el riesgo asociado a los tiburones era mayor. Eso modificaba la presión de pastoreo sobre las algas. Un efecto iniciado en los depredadores podía propagarse hacia organismos que ellos ni siquiera consumían directamente.

En Ashmore Reef, frente a Australia Occidental, un estudio publicado en 2025 comparó videos submarinos tomados antes y después de la recuperación de poblaciones de tiburones tras el refuerzo de la protección pesquera. Los peces mesodepredadores pequeños y medianos mostraron respuestas compatibles con conductas antidepredatorias tanto frente a la presencia inmediata de tiburones como ante una exposición más sostenida a una población recuperada.

Esto introduce una dimensión que desaparece cuando reducimos la ecología a presas consumidas: un animal que no fue capturado también puede haber sido afectado por un depredador. Puede desplazarse, abandonar una zona de alimentación o dedicar más tiempo a vigilar, pero comprobar ese efecto no significa que podamos seguir una línea recta desde el tiburón hasta el coral.

Cuando la cascada se detiene

Una de las explicaciones más difundidas sobre arrecifes propone una secuencia sencilla: si disminuyen los tiburones, aumentan ciertos depredadores intermedios; estos reducen los peces herbívoros; con menos pastoreo crecen las algas y, finalmente, los corales enfrentan mayores dificultades. Es un mecanismo plausible, pero se debe tener cuidado de presentarlo como una regla universal.

En 2024, Jamie McDevitt-Irwin y su equipo estudiaron esta cuestión en el archipiélago de Chagos. Combinaron investigaciones previas, censos de tiburones y peces y un experimento de reclutamiento coralino de dos años y medio. Encontraron que una mayor abundancia de tiburones estaba asociada con una menor abundancia de peces mesodepredadores. Sin embargo, esa relación no continuó de manera detectable a través de herbívoros y coralívoros hasta producir el efecto esperado sobre el reclutamiento coralino y la sucesión de las comunidades bentónicas.

La conclusión no es que los tiburones sean irrelevantes. Una interacción ecológica puede ser real sin extenderse indefinidamente por toda la red.

Comunidad de peces asociada a un arrecife coralino. ©Oleksandr Sushko

En sistemas complejos existen redundancias, compensaciones, cambios de comportamiento y factores físicos capaces de modificar o interrumpir una cadena de efectos. Desde una perspectiva de gestión ambiental, esta diferencia es fundamental. Una medida de conservación no debería apoyarse en la promesa de un resultado ecológico que la evidencia todavía no permite garantizar.

Los movimientos son parte de la ecología

La alimentación tampoco agota las funciones posibles de un tiburón. En el atolón Palmyra, Jessica Williams y su equipo (2018) analizaron cuatro años de telemetría acústica de tiburones grises de arrecife. Los movimientos de los animales mostraron conexiones persistentes entre distintas zonas del atolón y permitieron modelar su posible contribución al traslado y redistribución de nutrientes entre ambientes.

«Un tiburón puede alimentarse en una zona y posteriormente transportar parte de esos nutrientes hacia otra. Sus desplazamientos conectan ambientes que, estudiados por separado, parecerían independientes».

La imagen es muy distinta de la del depredador inmóvil en la cima de una cadena. Un tiburón puede alimentarse en una zona y posteriormente transportar parte de esos nutrientes hacia otra. Sus desplazamientos conectan ambientes que, estudiados por separado, parecerían independientes.

La revisión de Klinard y su equipo incorpora esta mirada más amplia. Además de depredadores, los tiburones pueden desempeñar funciones como presas, competidores, facilitadores o vectores de nutrientes. La expresión concreta de esas funciones depende del movimiento del animal, de su dieta, de su abundancia y de las condiciones del ecosistema.

Esto tiene una consecuencia directa para la conservación: proteger una especie no consiste solamente en contar individuos. También importa saber qué hábitats utiliza, qué distancias recorre y qué conexiones ecológicas podrían debilitarse si su población disminuyera.

Conservar sin simplificar

La palabra equilibrio puede llevarnos a imaginar un sistema estable donde cada especie ocupa una posición fija y cumple una función preestablecida. Sin embargo, los arrecifes no funcionan así. Cambian con las perturbaciones, con el clima, con el aumento de la temperatura, con las poblaciones que aumentan o disminuyen y con las relaciones entre organismos.

Una función observada en Fiyi no tiene por qué expresarse con la misma intensidad en Chagos. Una especie residente puede afectar al sistema de manera diferente a un tiburón que atraviesa el arrecife durante parte de su ciclo anual. La revisión de 2025 señala que aún existen grandes vacíos de información sobre las funciones de numerosas especies de tiburones de arrecife, especialmente las más pequeñas y residentes. Y conocer una función no equivale automáticamente a saber cuánto importa esa función para el ecosistema en su conjunto. Esa incertidumbre no debilita la conservación. Obliga a hacerla más rigurosa.

Conservar tiburones implica proteger poblaciones, pero también comprender movimientos, hábitats, redes tróficas y diferencias entre especies. Significa reconocer qué sabemos con suficiente certeza y qué relaciones todavía requieren evidencia.

Quizás, entonces, la pregunta no sea si los tiburones “mantienen el equilibrio” de los arrecifes. La pregunta más apropiada es qué procesos ayudan a sostener, en qué lugares, bajo qué condiciones y qué sucede cuando dejan de estar allí. Finalmente, un arrecife no requiere un único guardián. Necesita que las relaciones que permiten su funcionamiento conserven suficiente diversidad y capacidad de respuesta frente al cambio.

Referencias

Frisch, A. J., Ireland, M., Rizzari, J. R., Lönnstedt, O. M., Magnenat, K. A., Mirbach, C. E., & Hobbs, J.-P. A. (2016). Reassessing the trophic role of reef sharks as apex predators on coral reefs. Coral Reefs, 35, 459–472. https://doi.org/10.1007/s00338-016-1415-2

Klinard, N. V., Mull, C. G., Heithaus, M. R., & MacNeil, M. A. (2025). Defining ecological roles of sharks on coral reefs. Biological Reviews, 100(6), 2707–2725. https://doi.org/10.1111/brv.70065

McDevitt-Irwin, J. M., Chapuis, M., Carlson, R., Meekan, M., Palmisciano, M., Roche, R., Taylor, B. M., Tietjen, K. L., Tillman, C., & Micheli, F. (2024). Coral reef recovery in a remote and large marine protected area is resilient to cascading trophic interactions. Biological Conservation, 298, 110771. https://doi.org/10.1016/j.biocon.2024.110771

Rasher, D. B., Hoey, A. S., & Hay, M. E. (2017). Cascading predator effects in a Fijian coral reef ecosystem. Scientific Reports, 7, 15684. https://doi.org/10.1038/s41598-017-15679-w

Foto de Portada: ©Kris Mikael Krister