
El rescate del tomate tenca por Fundación Biodiversidad Alimentaria junto a comunidades diaguitas en el norte de Chile refleja la importancia de la recuperación y la diversidad de las semillas tradicionales. Hace ya más de diez años, en pleno desierto florido, Esteban Órdenes y quienes entonces comenzaban este camino de recuperación se encontraron con un tomate pequeño que había pasado inadvertido para todos. Decidieron rescatarlo. Al multiplicarlo descubrieron una variedad de gran sabor, rendimiento, vigor y resistencia, pero su tamaño seguía restándole interés, incluso entre las comunidades diaguitas, conocidos por ser grandes cuidadores de semillas.
Durante una reunión con agricultoras de la zona en el que el tomate tenca se había dado como opción para el cultivo, éste quedó sobre una fuente sin que nadie lo considerara. Hasta que el nieto de Hortensia Lemus, cuidadora de semillas y parte fundamental del equipo, se comió todos los tomatitos. Hubo que traer más. Después llegaron los chefs, y otros interesados que vieron en este pequeño tomate un producto gourmet.
La historia del tenca es el inicio del camino que llevó al equipo a hacerse preguntas cada vez más amplias sobre las semillas que las comunidades han conservado durante generaciones. ¿Dónde están? ¿Quiénes las cuidan? ¿Cuál es su historia? ¿Cómo se reconocen? ¿Qué ocurre con ellas cuando ese patrimonio que circula entre huertas y familias comienza a entrar en otros espacios, donde aparecen registros, normas y derechos? Cofundadora de Biodiversidad Alimentaria, Claudia Mellado Ñancupil lleva años trabajando junto a comunidades y cuidadoras de distintos territorios en la recuperación y revalorización de estas semillas. Junto a Esteban, han ido cruzando sus conocimientos con la historia, la cultura, la alimentación y las formas de relación con el territorio. En ese recorrido también comenzaron a investigar los marcos que las rodean y las preguntas que surgen cuando se intenta reconocer y proteger un patrimonio que, hasta hace poco, había permanecido principalmente en manos de quienes lo han cuidado y transmitido.
Endémico: ¿Recuerdas cuál fue la primera semilla que guardaste o que recibiste de otra persona?
Claudia: Antes de aprender a caminar, ya había sembrado, pues mi abuela materna, “Emita”, era una gran agricultora y sin ella saberlo en su época, era lo que hoy se conoce como cuidadora de semillas. De ella recibí mi cántaro de greda con más de cuarenta variedades tradicionales. Parte de las tradiciones indígenas agrícolas, consistía en tomar la pequeña mano de una niña, una semilla, y hundirlas juntas en la tierra para su primera siembra. Así que solo mi abuela sabe cuál fue esa semilla que sembramos juntas cuando aún no cumplía ni el primer año de vida.
E: ¿Qué significa para ti ser guardiana de semillas?
C: Nos identifica más llamarnos “cuidadoras” porque eso es lo que hacemos: en el campo cuidarlas de las plagas, de la sequía, de los animales, cuidarlas luego en el fogón, en el estante, en el closet o donde sea para conservarlas bien. Antes lo hacían en tarros de café, papeles de diario con bolsas o botellas plásticas, en frasco de vidrio, etc. Las cuidábamos de los insectos, del paso del tiempo, de la oxidación. Con el paso de los años, con la aparición sucesiva de leyes, las cuidamos de privatizadores, de imposiciones que limitan su circulación, del olvido, del reemplazo.
La semilla tradicional para mí, es el vínculo más poderoso que poseo con mis ancestros, el amor más profundo con y hacia mis abuelos maternos, son la energía más pura y eterna con la que me vinculo, desde la espiritualidad de mi pueblo: nuestro Ngen Fün, el/la dueño de la semilla.
E: Desde tu experiencia dentro de Biodiversidad Alimentaria, ¿cómo describirías el trabajo que realiza la organización en torno a las semillas?
C: Nuestro trabajo parte haciendo preguntas, nos planteamos, por ejemplo, qué rol ocuparíamos en este mundo de la semilla tradicional. Una de nuestras primeras conclusiones fue comprender que se estaba defendiendo algo que se desconocía. En el año 2011 apareció una grave amenaza para las semillas tradicionales, la llamada “ley Monsanto”. En ese momento en el que todos hablábamos de defender nuestras semillas, se nos hacía difícil definir, enumerar y mostrar estas semillas. Comprendimos que no se puede proteger de manera real aquello que se desconoce.
El primer objetivo fue salir a buscar las semillas tradicionales, hacer una línea base que nos permitiera dimensionar de cuántas hablábamos, dónde estaban, cómo se han conservado y, con esta información, poder responder a todas las interrogantes anteriores. Luego, profundizamos más en cuanto a sus características agronómicas como productividad, precocidad, hábitos de crecimiento, resistencias, etc. Así logramos las primeras descripciones morfológicas de cientos de variedades, algunas publicadas y otras aún a la espera de recibir apoyo para su publicación.
Posteriormente tuvimos que entrar en una investigación bastante tediosa pero que nos permitiría la defensa legal. Tuvimos que leer todas las leyes sobre semillas en el país desde el año 1945, decretos, resoluciones, normas, además de leer acuerdos, tratados y convenios internacionales que afectan a nuestras semillas. Nos costó bastante asumir esa responsabilidad. Sin embargo, al ver que históricamente, independiente de la tendencia política, todos los gobernantes insistieron en favorecer la privatización y, por otro lado, la desprotección absoluta de nuestras semillas tradicionales, era necesario levantar la investigación y comunicar los resultados.
Fue así que luego de años de investigación, comenzamos a escribir nuestros primeros artículos y argumentos para enfrentar esta amenaza constante sobre nuestras semillas y cuando hablamos de “nuestras” nos referimos también a quienes leen este artículo, porque cuando entendamos que defender las semillas tradicionales es defender nuestra heredad, nuestro seguro de vida, nuestra biodiversidad, la realidad será otra.
E: ¿Hay variedades que hayan logrado recuperar y que hoy prácticamente ya no se encuentren en otros lugares?
C: Estos últimos años estamos recuperando el poroto pallar Moche, que es una joya andina y en el país está prácticamente desaparecido. Nuestro principal objetivo es dispersar las semillas. Así lo hemos hecho con cientos de variedades que hoy están en diversos rincones del país, siendo parte de una conservación colectiva. Algunos de esos ejemplos son el tomate Tenca, poroto Tongo, Codorniz, Andacollino, Chiquillano, Ñamku, porotos lunatus como el Wila, Ojo chino, Tarapaqueño.
El objetivo de recuperar variedades es también compartirlas, principalmente retornarlas a los lugares donde su relato histórico familiar la acompañen, para que la semilla se una al conocimiento y tradición local. Realizamos una campaña abierta anual de semillas donde ponemos a disposición un catálogo virtual con cientos de variedades que nos ayudan a mantener nuestra huerta cada año.
E: ¿Cómo llegan hoy las semillas hasta ustedes? ¿Qué importancia tienen las personas, comunidades y redes de intercambio en ese proceso?
C: Las semillas llegan de muchas maneras. A veces son personas, familias o comunidades que vienen a compartirnos semillas heredadas; otras veces nosotros vamos a buscarlas a huertos, predios y hogares, ya sea por invitación o de manera espontánea. Y cuando alguien nos entrega una semilla, siempre se lleva otra de vuelta. El intercambio es parte esencial de nuestro trabajo, ya que alrededor de él surgen conversaciones, historias y aprendizajes que se van transmitiendo de una persona a otra.
Hay algo muy especial en compartir semillas con alguien que sabe lo que significa cultivarlas, incluso hay abuelas que toman nuestras manos para comprobar si realmente usamos la pala, el azadón o la laya. Es una manera de reconocerse y de saber que al otro lado hay alguien que también entiende y cuida la huerta.
Buena parte de las semillas tradicionales ha logrado mantenerse viva precisamente gracias a estas redes de intercambio. Es una práctica ancestral que permite que las semillas circulen, se multipliquen y lleguen a nuevas manos. En ese movimiento está, de alguna manera, nuestro seguro de vida.
«Conservar una semilla no consiste simplemente en guardarla. Se trata de conocerla, cuidarla y mantener las condiciones necesarias para que siga viva y pueda volver a la tierra cuando llegue el momento».
E: Guardar semillas no es solamente almacenarlas. ¿Qué conocimientos has tenido que aprender para conservarlas y mantenerlas vivas?
C: No somos coleccionistas de semillas. Nuestro objetivo es hacernos responsables de ellas en cada ciclo de su desarrollo. Su conservación requiere conocimientos sobre las variedades, sus ciclos, el secado, las formas de almacenamiento y también sobre las plagas y enfermedades que pueden afectarlas.
Es una práctica sencilla, pero requiere de ciertos cuidados. En ella se encuentran y complementan distintos tipos de conocimiento, como los saberes tradicionales y los conocimientos agronómicos que también aportan herramientas para enfrentar problemas actuales.
Conservar una semilla, entonces, no consiste simplemente en guardarla. Se trata de conocerla, cuidarla y mantener las condiciones necesarias para que siga viva y pueda volver a la tierra cuando llegue el momento.
E: ¿Cómo sabes qué planta elegir para obtener semillas? ¿Qué características buscas en ella?
C: Lo primero es seleccionar las mejores plantas y, dentro de ellas, los mejores frutos. Pero qué entendemos por “mejor” depende de las características que queramos conservar o potenciar. Por ejemplo, en variedades de tomate como el corazón de buey, podemos buscar y seleccionar aquellos frutos que expresen con mayor fuerza sus características distintivas como su forma, su color, su tamaño o incluso sus deformaciones particulares. También habrá quienes prefieran ejemplares más lisos o uniformes. La selección siempre está relacionada con aquello que queremos mantener.
Esto funciona de manera relativamente sencilla en las especies que se autopolinizan. En cambio, en las especies de polinización cruzada como el maíz y cucurbitáceas (zapallos, melones, pepinos, entre otras), no basta con elegir el mejor ejemplar. También es necesario evitar los cruzamientos con otras variedades si queremos conservar sus características diferenciadoras.
Pero existe también otra manera de aproximarse a la semilla, la de quienes disfrutan de la biodiversidad. Personas que cultivan distintas variedades juntas, dejan que aparezcan diferentes formas, colores y características, y aceptan aquello que la naturaleza tiene para ofrecer. La mirada agronómica convencional muchas veces interpreta esta variabilidad como “degeneración” o “introgresión”, pero es precisamente esa diversidad la que permite que las plantas se adapten a condiciones cambiantes.
Pueden encontrar varios de estos datos técnicos en una de nuestras publicaciones: La Huerta Pewenche.

E: ¿Qué has aprendido a fuerza de equivocarte en esta labor?
C: Cada año y cada cosecha presentan desafíos distintos. Hay temporadas en que determinados cultivos simplemente no se desarrollan bien, hagamos lo que hagamos. Finalmente es la naturaleza la que tiene la última palabra.
Comprender esto también es parte de la sabiduría ancestral. La naturaleza, en la mayoría de los años, nos entrega abundancia; en otros, nos entrega menos cantidad, pero puede ofrecernos algo igualmente valioso cargado de diversidad, adaptación y nuevas posibilidades. Hemos observado, por ejemplo, que cuando los porotos atraviesan situaciones de estrés, pueden aparecer plantas con características diferentes, que con el tiempo y una adecuada selección podrían dar origen a nuevos ecotipos y, eventualmente, a nuevas variedades.
También hay aspectos de la conservación de semillas que no podemos transar. Uno de ellos es respetar los tiempos de secado, ya que podemos tener importantes pérdidas durante el almacenamiento. Otro aspecto fundamental es el rotulado para que la semilla no pase a ser una “NN”, sin historia y sin posibilidad de saber exactamente de qué variedad proviene.
E: ¿Cuál crees que es la diferencia fundamental entre conservar semillas en una bóveda o banco de germoplasma y la práctica de los cuidadores?
C: Un banco de germoplasma conserva la semilla, mientras que los semilleros comunitarios buscan mantenerla viva. En un banco, la semilla permanece almacenada y su acceso está sujeto a determinados protocolos; en cambio, en un semillero comunitario la semilla se siembra, se reproduce, circula y vuelve a la tierra.
Esto es especialmente importante frente al cambio climático. Una semilla almacenada puede conservarse durante muchos años, pero no puede adaptarse a un clima que está cambiando. La adaptación ocurre cuando vuelve al suelo y se encuentra con las condiciones concretas de un territorio como el agua disponible, las temperaturas, las enfermedades, los insectos y otras formas de estrés. Por eso, las semillas tradicionales, con la diversidad genética que conservan, pueden ser un recurso fundamental para la agricultura del futuro. Además de eso, nos regalan algo fundamental: autonomía.
Puedes profundizar más sobre este tema en nuestro artículo erosión genética,

E: ¿Qué crees que hemos perdido al dejar de cultivar tantas variedades tradicionales?
C: Aún no hemos logrado dimensionar realmente las pérdidas con la extinción de cada variedad tradicional. Pero hemos comenzado a comprender que cuando desaparece una semilla, la pérdida va mucho más allá de lo agrícola.
Las semillas han sido también una especie de seguro de vida que acompañó a los seres humanos durante sus migraciones a lo largo de la historia. Migrar, muchas veces ha significado dejar atrás el territorio, la casa, los paisajes conocidos y la naturaleza que nos rodea. Nadie quiere abandonar aquello que siente como propio, pero cuando las personas tuvieron que hacerlo, muchas llevaron consigo sus semillas. Sembrarlas nuevamente era una manera de reconstruir una pequeña parte de aquello que habían dejado atrás.
Si bien hemos perdido variedades, la historia no deja de ser esperanzadora. Aún existen personas, familias y pueblos que conservan parte de estas semillas y otras están siendo recuperadas, multiplicadas y devueltas a los campos.
E: ¿Cómo podríamos fortalecer la transmisión de estos saberes para que no desaparezcan?
C: Si logramos que las personas comprendan cuán fundamentales son las semillas para nuestra vida cotidiana, ya hemos dado un primer paso. Si conseguimos que los jóvenes vuelvan a conversar con sus padres y sus abuelas sobre la huerta, y sobre las historias que existían alrededor de ellas, hemos dado un paso más. Y si esa generación que, por distintas razones, dejó de conservar sus semillas puede detenerse a preguntarse por qué ocurrió, por qué aquellas semillas fueron perdiendo valor y por qué hoy, a la luz de todo lo que sabemos, necesitamos volver a cuidarlas, valorarlas y conservarlas, entonces estamos avanzando todavía más.
Sin embargo, existe una dimensión que va más allá de las decisiones individuales. Si al mismo tiempo nuestros campos continúan expuestos a un modelo agrícola altamente dependiente de agroquímicos y de variedades comerciales que, en determinados casos, presentan limitaciones para su reproducción por sus características biológicas o por derechos de propiedad intelectual; si además se siguen desarrollando legislaciones que, directa o indirectamente, dificultan, restringen o regulan excesivamente la circulación e intercambio de semillas tradicionales, continuaremos poniendo en riesgo esa diversidad.
E: ¿Hay algo que no te haya preguntado y que consideres fundamental que las personas sepan sobre las semillas, su diversidad y el trabajo de quienes las guardan?
C: La sociedad debe comprender que lo que suceda con las semillas, tarde o temprano, también nos sucederá a nosotros. Porque cuando las semillas quedan concentradas en pocas manos, también aumenta nuestra dependencia. Si su producción y circulación se convierten en un monopolio, los costos pueden aumentar hasta hacer que muchas personas tengan cada vez menos posibilidades de acceder a ellas y, por consecuencia, a los alimentos que de ellas dependen.
Mi consejo es que hagan huertas. No importa si tienen un gran terreno, un pequeño patio, una terraza o apenas algunos recipientes. Las huertas son posibles en casi cualquier espacio. Siembren semillas tradicionales, hagan intercambios, regalos, guarden y vuelvan a sembrar. Conversen con quienes todavía recuerdan sus nombres, sus formas de cultivo y sus historias.
Cada persona puede ser parte de la recuperación y conservación de esta diversidad. Y en ese proceso recibirán mucho más que alimentos sanos y nutritivos. Aprenderán de biología, de entomología, de física y de química. Observarán ciclos, relaciones, transformaciones y procesos vivos. Harán ejercicio, estarán al aire libre y podrán encontrar en la huerta un espacio de conexión, aprendizaje y bienestar.

Si quieres conocer más sobre este trabajo, sus investigaciones y el camino de recuperación y revalorización de semillas tradicionales que impulsa Biodiversidad Alimentaria, puedes seguir sus proyectos y publicaciones en su sitio web.
Imagen de Portada: Semillero Vivo. ©Fundación Biodiversidad Alimentaria







