
Raúl Monardes, un hombre Colla, vive en esta quebrada. En su camión transporta el agua que ya no corre por el cauce para sostener la vida del molle y la suya. Entre sus ramas, el árbol le concede espacio: allí ha instalado su cocina. De las ramas cuelgan sartenes, ollas y utensilios; un sillón, una mesa, algunas sillas y un mueble para la despensa completan el espacio donde cocina, descansa y encuentra refugio frente al calor del día y al frío de la montaña.
La escena parece sencilla. Un hombre riega un árbol. Pero basta permanecer un momento bajo esa sombra para comprender que allí ocurre algo más. El molle necesita el agua que Raúl transporta hasta sus raíces. Raúl necesita la sombra que el árbol le devuelve para permanecer en la quebrada. Ninguno sostiene por sí solo la vida del otro.
La quebrada del Chañar es una de las muchas que descienden hacia el río Copiapó, esa corriente que articula la cordillera, el valle y la costa aunque ya no desemboque en el océano. Lo que alguna vez fue un cauce fértil, trenzado entre cultivos y vertientes, es hoy un paisaje fragmentado por la sobreexplotación minera y la industria agrícola. Y sin embargo, más que una unidad hidrográfica, la cuenca sigue siendo una unidad afectiva donde memorias, desplazamientos, especies y formas de vida permanecen enlazadas. Fue recorriéndola, registrándola y dibujándola cuando aprendí a reconocer los lugares donde esas relaciones todavía hacen posible la vida.
Lo que ocurre bajo la sombra de ese molle no es una excepción. Algunos kilómetros más abajo, esa misma forma de comprender el territorio dio origen a la comunidad Piedra Luna.

En ese lugar sobrevivía uno de los últimos relictos de bosque de chañar del valle. Los bosques de chañar son creaciones culturales, fruto de siglos de cuidado en torno a rutas de tránsito: sus árboles ofrecían sombra, frutos y leña a las caravanas, y su fruto —procesado en harinas, arrope y bebidas— fue alimento esencial desde tiempos prehispánicos, transmitido por generaciones, sobre todo entre mujeres, que también reconocen su valor medicinal. Junto al cauce seco del río, el estudio antropológico realizado por Ramón Robles identificaba además una antigua ruta de trashumancia asociada al linaje de las familias de la comunidad (Hevia Riera, 2025). También permanecían vestigios arqueológicos que daban cuenta de ocupaciones mucho más antiguas.
Bosque, antiguos recorridos y evidencias de ocupaciones humanas convergían en un mismo lugar. Allí persistían las condiciones para volver a habitar.
La comunidad Piedra Luna surge cuando un grupo de familias Colla decide asentarse en ese lugar. Allí encuentran en el bosque de chañar, en la memoria de los antiguos recorridos y en las huellas de quienes habitaron ese territorio la posibilidad de volver a habitar. Piedra Luna no nace como uno más de los asentamientos que aparecen al costado de los caminos del desierto. Nace de la decisión de permanecer allí donde el territorio todavía ofrecía las condiciones para recomponer un modo de vida.
Habitar comenzó con el cuidado.
Cuando la comunidad llegó, el río ya no alimentaba el bosque. El agua volvió en camiones aljibe y, desde grandes estanques, una red de mangueras comenzó a distribuir lentamente el riego entre los chañares. Nunca fue suficiente: los mil litros que repartía mensualmente el municipio no alcanzaban para sostener todo lo que la comunidad intentaba hacer crecer (Hevia Riera, 2025). Aun así, el tío Mario instaló un vivero de árboles frutales y hortalizas, abastecido con agua comprada y almacenada en estanques, y la comunidad imaginaba incorporar atrapanieblas que captaran el agua de la niebla; esa idea permaneció como proyecto. “Era como tragicómico, pero la idea era seguir insistiendo, buscar la manera de que la tierra volviera a dar vida”, recuerda Lorena, quien vivió seis años en la comunidad (Hevia Riera, 2025).
Todo comenzaba del mismo modo que bajo el molle. Cuidando un árbol, trayendo el agua.
Fueron estas familias Colla quienes respondieron al llamado de los chañares que apenas se distinguen desde la carretera. No para devolver el paisaje a un estado anterior, sino para volver a habitar un territorio donde el bosque todavía hacía posible imaginar nuevas formas de sostener la vida.
Fue desde ese cuidado donde Piedra Luna comenzó a tomar forma. Nada apareció de una vez. El asentamiento fue creciendo lentamente, mientras la comunidad intentaba consolidar un modo de habitar alrededor del bosque de chañar.
Junto a la sombra de los chañares comenzaron a levantarse las construcciones que dieron forma a la comunidad. Entre todas ellas, la más importante era la cocina de la tía Margarita, ubicada en la entrada de Piedra Luna. Construida con materiales reciclados y suelo de tierra apisonada, una gran mesa de madera ocupaba el centro del espacio, reuniendo diariamente a las familias. En una esquina, la cocina a leña permanecía encendida para preparar churrascas y grandes calderos de comida, tal como Margarita los recordaba de su infancia en Manflas. Otras veces el fuego provenía de un brasero o de una cocina a gas. Allí también se elaboraba, entre conversación y conversación, el arrope de chañar que tanto enorgullecía a la familia. Aquel arrope obtuvo un premio por su textura y sabor en un concurso nacional de degustación, un sentido de logro que la comunidad compartía.

En torno a una calle central fueron apareciendo las viviendas de las distintas familias. Cada una encontraba en los chañares un punto desde donde organizar patios, huertos y corrales. Algunas criaban gallinas, cabras, caballos y perros; otras incorporaban pequeños cultivos, jardines o sistemas para reutilizar aguas grises y aprovechar la energía solar. Ninguna respondía a un modelo único. Cada una expresaba la forma en que una familia imaginaba su permanencia en Piedra Luna.
En Piedra Luna no solo las viviendas permanecían en constante transformación. También lo hacían los chañares. Mientras las familias ampliaban sus casas, reorganizaban los patios o levantaban nuevos corrales, el bosque recibía nuevamente agua, era podado y cuidado para favorecer su crecimiento. Las casas crecían junto a los árboles y los árboles junto a la comunidad. El asentamiento iba tomando forma a medida que ambos se transformaban mutuamente.
La aparente precariedad del asentamiento no expresaba una falta de proyecto. Era la expresión material de un modo de habitar donde las viviendas, el bosque y la propia comunidad permanecían en constante transformación. La estabilidad no dependía de alcanzar una forma definitiva, sino de la capacidad de adaptarse y seguir construyendo relaciones con el territorio.
Años después, Lorena vuelve sobre los recuerdos de Piedra Luna. No habla primero de la casa; habla del bosque, del sonido de los pájaros al amanecer, de ir a buscar cilantro, acelgas y huevos al huerto de su prima, de escuchar a los animales, vivir de la tierra y plantar. Solo después aparece la vivienda. “Era, como dije, todo el rato mi esencia metida en esta casa” (Hevia Riera, 2025).
Durante algunos años, Piedra Luna volvió a reunir el bosque, la comunidad y el territorio en un mismo lugar. No intentaba reconstruir el pasado ni recuperar exactamente las antiguas formas de habitar. Respondía a un paisaje profundamente transformado, imaginando nuevas maneras de permanecer allí donde el río había dejado de sostener la vida.
Pero ese proceso fue abruptamente interrumpido.
El proyecto no se acabó por falta de cohesión entre sus integrantes: la disputa por la propiedad del suelo terminó por definir —al menos por ahora— el destino del lugar. El desalojo forzoso obligó a las familias a abandonar el asentamiento apenas dos años y medio después de haberse instalado de manera definitiva (Hevia Riera, 2025). Muchas viviendas fueron desarmadas y sus materiales quedaron dispersos o almacenados; otras fueron quemadas. Una profunda zanja excavada alrededor del terreno buscó impedir el regreso de la comunidad. Así se interrumpió un proceso que había tardado años en construirse, donde el bosque, las viviendas y la vida cotidiana crecían y se transformaban mutuamente.
Sin embargo, Piedra Luna no desapareció por completo. El bosque de chañares permaneció junto al cauce seco del río Copiapó. También la antigua ruta de trashumancia, los vestigios arqueológicos y las memorias que la comunidad había tejido durante esos años. Lo que se perdió no fueron únicamente las viviendas, sino una forma de volver a reunir, en un mismo lugar, el bosque, el agua, el cuidado y la vida cotidiana.

Un año después del desalojo, Lorena y Patricio volvieron a recorrer el sitio. Se detuvieron bajo la sombra de un chañar solitario, en el lugar donde antes se encontraba la cocina de la tía Margarita.
Hoy, quienes recorren la cuenca apenas distinguen ese bosque entre el desierto. Bajo la sombra de los chañares permanecen neumáticos convertidos en macetas improvisadas donde alguna vez crecieron nuevas plantas, antiguos sistemas de riego, radieres vacíos, pilares de viviendas y la zanja excavada para impedir el regreso de las familias. Estas huellas se suman a otras mucho más antiguas: la ruta de trashumancia, los vestigios arqueológicos y el propio bosque que hizo posible el asentamiento. Piedra Luna dejó de existir como asentamiento, pero no como posibilidad. Como tantas veces en la historia del pueblo Colla, el territorio vuelve a quedar en latencia, conservando el potencial de volver a reunir, una vez más, el bosque, el agua, el cuidado y la comunidad.

Habitar lo Imposible
Tres entidades en la cuenca del río Copiapó
En la cuenca del río Copiapó, el agua del río ya no llega al mar. Lo que alguna vez fue un cauce fértil, trenzado entre cultivos y vertientes, es hoy un paisaje fragmentado por la minería, la industria agrícola y la sequía. Y sin embargo, entre las ruinas de ese desierto persisten formas de vida que se niegan al olvido.
Esta serie de tres ensayos recorre la cuenca desde la montaña hasta el océano, siguiendo a tres pueblos originarios —Colla, Diaguita y Chango— y a tres entidades del territorio que organizan su manera de habitar: el chañar, el sauce y el huiro.
Estos textos tratan sobre las relaciones que esas entidades condensan: entre personas, agua, animales, memorias, viviendas y prácticas cotidianas. Escritos a partir del trabajo de campo de una investigación situada, estos ensayos buscan mostrar cómo, en un territorio profundamente transformado, distintas familias siguen construyendo su hogar guiadas por vínculos que todavía permiten imaginar futuro.
Tres entidades. Tres modos de habitar lo imposible.
Referencia
Hevia Riera, C. (2025). Habitar lo imposible: modos de vida singulares Colla, Diaguita y Chango en las ruinas del paisaje capitalista de la cuenca del río Copiapó [Tesis de magíster en Hábitat Residencial, Universidad de Chile].
Imagen de Portada: Vista de la quebrada Carrizalillo y la Finca de la familia Herrera. Al centro se distinguen los dos cipreses que acompañan a la vivienda principal, 2021. ©Carlos Hevia




