Efecto Rashomon: el realismo agencial en tiempos del Chthuluceno

En un planeta herido, ya no hay lugar para relatos apocalípticos ni solucionismos tecnológicos. Ya es tiempo del Chthuluceno: una era donde importa qué historias cuentan historias y donde urge subvertir los dualismos. Más que elegir entre hechos y ficciones, este artículo se compone de un entrelazamiento de perspectivas y saberes para desmontar el binomio realidad-ficción, entendiendo que ningún relato es universal, neutro ni objetivo.

En este sentido, el artículo toma como estructura narrativa el camino recorrido en la película Rashōmon (羅生門), de Akira Kurosawa, la que expone el efecto producido por la subjetividad y la percepción personal a la hora de contar un mismo suceso. Al igual que en el film, nos encontraremos ante un tribunal que, lejos de jerarquizar, sitúa a quien lee dentro del propio estrado, al tiempo que visibiliza la importancia de la multiagencialidad. Por ello, nos esperan los testimonios de diversos agentes del paisaje y especulaciones tejidas a partir de los trabajos de Haraway (2019), Le Guin (2022) y Barad (2007).

Toda historia y vivencia es situada y parcial: ninguna está libre de subjetividad. Todo es un nudo atravesado por hebras de ficción.

Testimonios de un encuentro en los valles de bosques y hielos

El Guía

Todo comenzó en la tarde de aquel día, cuando escuché a lo lejos el crujir de las hojas de lenga. No me sobresalté; nos acostumbramos al paso de los caminantes que transitan los senderos del valle. Aún no desciframos su objetivo. No siguen nuestra dedicada labor de capturar larvas e insectos en la corteza.

Por su rumbo, supe que buscaba las altas cumbres, donde el hielo se acumula y termina el bosque. Eso me recordó a aquella solitaria compañera que vi ayer en el valle contiguo. Sentí un impulso: con mi destreza para surcar entre los árboles, podía ser su guía y propiciar un encuentro. Intenté llamar su atención y piqué con fuerza en el sector más hueco de un tronco. El eco seco e intermitente, funcionó. De inmediato extrajo un extraño objeto rectangular y me apuntó. En pocos segundos, ya seguía mi rastro.

Comencé el viaje con pequeños saltos de rama en rama, sin dejar de cantar y percutir la corteza. Avanzaba al siguiente árbol, renovando el llamado para no perder el hilo de sus pasos. Atravesamos parte del espeso bosque hasta que la vi. Estaba en el mismo claro de la última vez, encorvada, con sus ojos tristes y más brillantes de lo que recordaba.

Me apresuré a tomar un ángulo estratégico para que él lograra distinguirla. Al vernos, contra todo instinto, permaneció inmóvil, como si nos estuviera esperando. Se observaron a la distancia; ella se mostraba inquieta, pero guardaba cierta confianza. Él se aproximó despacio, con cautela y afecto.

La tensión inicial dio paso a una profunda sintonía. Fue entonces cuando entendí que mi labor allí había concluido.

Pájaro carpintero (Campephilus magellanicus) guía, tomada por el caminante el día del encuentro, el 12 de abril de 2014. La foto fue sacada al inicio del recorrido cerca de El Chaltén, en el Parque Nacional Los Glaciares (PNLG), provincia de Santa Cruz, Argentina. ©Esteban Lannutti

El Médium

Desconozco lo acontecido los días previos y posteriores al encuentro; solo me limito a evocarla y exponer su versión, ya que ella no puede contarla.

Confieso que me resultó fácil reconocerme en la deriva que ha emprendido su especie. Quizás por eso decidió que yo fuera su voz. Sus pares y los míos nos replegamos hacia tierras más altas por las mismas razones. En nuestra mirada y comportamiento yace la misma certeza: replegarse no basta. Día tras día sacrificamos extensiones incontables de territorio; franjas de bosque donde habitar, lenguas de hielo que eran parte de lo que somos. Ese es su mensaje, y esta es la versión que decidió transmitir a través de mi cuerpo de cristal.

En cuanto al caminante, ¿qué puedo decir? Comprendo —al igual que el guía— que es apenas un mensajero. Cuando lo vi aproximarse a mi espejo de agua, supe que era el momento de completar la historia. Fue así como, en uno de esos estruendos en los que me fragmento y desprendo bloques que no puedo retener, tallé su figura en su honor; en honor también a mis pares, con quienes fluyo siendo hielo. Ese desprendimiento afloró y quedó expuesto a la espera del caminante. Al acercarse, se percató de la silueta que flotaba sobre la superficie. De inmediato, tomó un extraño rectángulo negro y apuntó desde distintos ángulos.

Hembra de huemul (Hippocamelus bisulcus) tomada por el caminante al momento del encuentro, en el valle cercano al Chorrillo del Salto, en el PNLG. ©Esteban Lannutti

El Caminante

La tarde en que la conocí era mi día libre. Las condiciones meteorológicas nos habían impedido trabajar en el lago, así que decidí recorrer los senderos del valle. Sobre aquel encuentro con el guía y con ella, solo podría decir que fue uno de los momentos más cálidos, mágicos y, al mismo tiempo, tristes de mi vida. Solo son casualidades, nunca entendí cómo es que nos elegimos para entrelazar las historias, ni cómo es que un instante tan pequeño puede mostrarnos el impacto global que hemos generado como especie.

Algo similar ocurrió después, durante el encuentro con el glaciar. En cierta medida, esta experiencia puede parecer más ambigua, pero forma parte de lo mismo. Los bloques de hielo que se desprenden en la zona de contacto con el agua pueden albergar infinidad de formas. Son como las nubes: caprichosas masas flotantes en las que proyectamos figuras subjetivas. Yo hallé la mía, y es la que elijo incorporar a este relato. En un momento —créanme— vi caer lágrimas de esa figura, las mismas lágrimas que ella dejó caer de sus grandes ojos oscuros.

En cuanto a los días previos a nuestro encuentro, me encontraba trabajando en el lago. Fue después, al dar aviso de lo sucedido, cuando se desencadenó todo lo que ustedes ya conocen.

Témpano de hielo del glaciar Piedras Blancas en el PNLG, tomada por el caminante días posteriores al encuentro con la huemul. ©Esteban Lannutti

Las pensadoras

Donna J. Haraway

Me han citado para que les dé mi apreciación, para que les diga quién fue el autor de los hechos. Conozco bien lo acontecido, no con la frialdad de la certeza, sino con la fuerza de la urgencia y con la respons-habilidad —esa capacidad de respuesta— que exigen estos tiempos. Hoy vivimos en un planeta herido, lastimado por las manos del Antropoceno; esas mismas manos que gobiernan la técnica y complementan la fortaleza de nuestro intelecto, esa condición que nos hace creernos tan especiales.

Vean, ahí lo tienen. ¿Qué van a hacer? ¿Lo van a encarcelar? ¿Acaso quieren encarcelarlo? Entender que una sola especie es capaz de ejercer un impacto global de tal magnitud como para redefinir una era geológica es un gran punto de partida para construir una postura crítica sobre nuestra presencia en la Tierra. Podría situarme en torno a su nombre, en las consecuencias de esta y de otras tantas heridas que el Antropoceno ha provocado; podría pensar en su futuro antropocéntrico y apocalíptico. No obstante, hoy nos urge imaginar y apropiarnos de otros mundos posibles.

Si partimos de la premisa de que existen binomios dualistas —como humano/no humano, sujeto/objeto, varón/mujer o cultura/naturaleza—, damos lugar a una clasificación que deviene en jerarquización y en lógicas de dominación. En el momento en que diluyamos esas dualidades, emergerá un suelo fértil, colmado de alianzas multiespecies en una era a la que llamo Chthuluceno. Esta historia a la que me han convocado, si bien es trágica, reconoce mucho de ese Chthuluceno. En ella distingo fragmentos de un fértil humus SF (ciencia ficción, fabulación especulativa, feminismo especulativo, figuras de cuerdas y hechos científicos), capaz de generar el compost simbiótico que abonará otros mundos posibles.

Finalmente, no me malinterpreten; si lo desean, busquen culpables o señalen complicidades. Sin embargo, sepan que el problema persiste y que, para habitarlo, debemos aprender a entrelazar parentescos entre lo humano y lo no humano, asumiendo que somos, ante todo, naturalezaculturas.

Ursula K. Le Guin

Veo que insisten. ¿Buscamos a un culpable? ¿Es esa la única pregunta? Lo que ocurre aquí va más allá de mi alcance como perito o testigo; excede el conflicto entre demandantes y demandados. Coincido con mi querida amiga en su alegoría previa: el culpable está allí, siempre latente y predecible, refugiado en la hegemonía de una forma de relato; una práctica consolidada en cómo contamos nuestras historias. Como escritora de ficción y poeta, puedo asegurar que es en las palabras donde el culpable se refugia; en haberse apropiado del movimiento mismo de la vida, que no es otro que salir al encuentro del mundo y regresar con un relato para compartir. ¿Pero qué tipo de historias importa contar?

Si solo les interesa encontrar al responsable, no se impacienten: basta con buscar allí donde el relato heroico, fálico, el del cazador, ha dominado todas las formas de la narrativa. Fue la hegemonía y sobrevaloración de esta clase de historias lo que motivó sus actos; lo que desencadenó este, como tantos otros casos que nos avergüenzan como especie.

¿Cómo fue que olvidamos que es una bolsa, un recipiente cóncavo, lo que permitió guardar, conservar y hacer del acto de compartir la mayor de las tecnologías? ¿Cuándo fue que prevaleció el fetiche de esa arma convexa, capaz de las mayores hazañas e historias? Es por ello que no vengo a dar un testimonio, sino a invitarlos a imaginar otro tipo de relato, basado en mi teoría de la bolsa de la ficción. En esta tesis no hay lugar para los héroes; no hay herramientas largas, punzantes ni amenazantemente convexas. En su lugar hay una bolsa para recolectar; una figura cóncava que reúne, aglutina y protege. Propongo salir a contar cada historia con una bolsa de ficción en las manos y así imaginar —y recolectar— otros mundos posibles.

Karen M. Barad

Poco queda por decir; mis compañeras ya han trazado el sentido principal de este caso. Todas convergemos en lo mismo. Podríamos darle distintos nombres de acuerdo con nuestras experiencias, pero el proceso es equivalente. Todas vimos cómo ese impulso se vuelve omnipresente y predecible; apropiándose del espacio y de las posibilidades. A veces actúa con sigilo, otras con la impunidad de quien se sabe imprescindible ante la modernidad aclamada por el mundo. Es ahí cuando acecha, siempre convexo, fálico, imponiéndose en lo que cree que es su era. Y allí está ella —no es casual que sea ella—; sí, ella, cosificada por el héroe que busca siempre su trofeo.

Como venimos sosteniendo, resulta más fértil entender y habitar que meramente señalar. Comprender que, como propongo desde el Realismo Agencial, es tiempo de reconfigurar nuestra percepción del ser humano al pensarnos en relación continua con lo no humano. Nada preexiste, ya que todo se constituye mutuamente en el entrelazamiento. No somos seres ni objetos independientes que interactúan como unidades discretas, sino que emergemos a partir de la relación misma: la intra-acción. Nada está intrínsecamente separado de nada, por lo tanto, el fenómeno es la unidad fundamental: allí donde observador y observado se co-constituyen. En la naturaleza de la realidad, la agencia no es una propiedad que alguien o algo posee, sino un dinamismo que se ejerce en el encuentro. En un mundo así configurado, la capacidad agencial no pertenece solo a los humanos, y es este intrincado tejido la única realidad que habitamos.

Este es mi testimonio; no pretendan que vaya en busca de singularidades ni de nombres propios. Mi indagación toma otros caminos: el de recitar co-relatos colmados de enredos multiespecies y multiagenciales. Allí nos aguarda el fenómeno completo, libre de cualquier corte arbitrario que dicte dónde termina el yo y dónde comienza el mundo.

Referencias

Haraway D. J. (2019). Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno. Bilbao: Consonni Ediciones.

Le Guin, U. K. (2022). La teoría de la bolsa de la ficción. Buenos Aires: Rara Avis.

Barad, K. M. (2007). Meeting the Universe Halfway. Quantum Physics and the Entanglement of Matter and Meaning. Durham: Duke University Press.

Imagen de portada: ©Boris Hadjur