Dependemos de la misma molécula para vivir: una conversación sobre plantas y humanos

Hace cinco años entablé una interesante conversación con Edgard Espinoza. Llegué a él por el excelente capítulo sobre alerces del documental “Tráfico Ilícito" de Diego Breit, con quien también, en ese entonces, tuve la oportunidad de conversar. En el capítulo, Edgard comenta a Diego que “recién estamos descubriendo el mundo de las plantas, su fuerza, de lo que son capaces”. Eso me resonó con fuerza y lo sigue haciendo hasta hoy.

Edgard –o Ed– es un químico chileno reconocido a nivel mundial por su trabajo contra el tráfico ilegal de flora y fauna. Trabajó como director adjunto y jefe de investigación del National Fish and Wildlife Forensics Laboratory en Ashland, Oregon, USA; donde aplica la química forense a la madera y al material animal. En su momento transformó la manera de investigar estos casos, creando, junto a su equipo, la base de datos ForeST© (Forensic Spectra of Trees). El catálogo centralizado de «huellas dactilares químicas» de maderas más grande e importante del mundo. Lo explica fácilmente el departamento forestal del Gobierno norteamericano (WISC) en un video en su página web. Lo que antes demoraba semanas de análisis en microscopio, hoy no pasa de unos minutos. En los años 90 su nombre resonó por haber realizado autopsias a cientos de morsas que aparecieron decapitadas en las costas de Alaska. Su investigación es validada como evidencia criminal en los juicios federales de los EEUU. 

Durante mi investigación en el mundo de los alerces quise hablar con Ed para conocer o escuchar, desde la perspectiva científica, qué podemos decir sobre los árboles, los bosques, y las plantas. Y en especial a partir de una experiencia y trabajo tan únicos como es la identificación y química forense. 

El interés que tiene Ed por el alerce es el mismo que tiene por los elefantes y rinocerontes. Especies todas que están en el CITES apéndice 1. Este es un documento de la ONU en el cuál cada país decide qué especies vegetales y animales quieren que no sean comercializadas y sean protegidas. En Chile, además del alerce (Fitzroya cupressoides), aquí se encuentra el ciprés de las Guaitecas (Pilgerodendron uviferum) y la araucaria (Araucaria araucana). Lo anterior hace que inmediatamente el valor de estas especies aumente, pues mientras más protegida, más valiosa la madera o lo que se comercialice de la vida animal.

Fitzroya cupressoides. ©Sandy Rae
Pilgerodendron uviferum. ©Easyscape
Araucaria araucana. ©Constanza López C.

El alerce nos llevó rápidamente al tiempo, a su temporalidad. Ed, sin dudar, me dice que no sabemos relacionarnos con estos individuos tan longevos. Podemos desarrollar ideas a nivel conceptual, quizás, pero no llegamos a concebir el significado de tanto tiempo almacenado. Se pregunta en voz alta si lo que nos maravilla es su longevidad o más bien sus magnitudes. Hay que estar atentos, dice, para saber qué es lo que produce ese sentimiento especial. Sentimiento o atmósfera que he trabajado en términos de pathos afectivo-territorial. ¿Es la temporalidad o la inmensidad? Probablemente, ambas cosas son inseparables. Su tiempo y su espacio. El padecer del bosque.

Como buen químico, la conversación rápidamente nos llevó a las moléculas, a la historia química que permite identificar una especie. Nadie sabe la historia química de los árboles, me dice. Fascinante ha sido el camino de la dendroquímica para medir la toxicidad que podría haber quedado almacenada en la madera hace cientos o miles de años atrás.

Sucede que los árboles van a estar muy bien a pesar de la toxicidad que los humanos hemos arrojado al ambiente, asevera Ed. Su explicación es genética. Los árboles tienen la capacidad de recuperarse, una potencia de regeneración asombrosa, milenaria habría que decir. Los humanos tenemos 26.000 genes, mientras que los árboles poseen cerca de 126.000. Más de cinco veces la cantidad humana. En ese sentido, las plantas poseen una respuesta química mucho más sofisticada que la humana. Ya que no pueden moverse, entonces, han desarrollado una respuesta química increíble frente a ello. Es una maravilla que aun no entendemos. Para Ed el mundo vegetal va a persistir, ya que ha aprendido a defenderse de una manera impresionante durante millones de años. Lo único que las plantas no han logrado es defenderse del ataque humano, del serrucho, el hacha y las máquinas que hemos construido para destruirlos.

Ed se entusiasma y me dice que quiere compartirme algo de su pantalla desde Oregon. Que él prefiere hablar a partir de moléculas. En su pantalla me muestra una molécula de sitosterol (C₂₉H₅₀O). Me explica que esta molécula tiene como función ayudar a crecer a la planta. Cuando hay mucha agua, la planta crece. Cuando llueve y hay sol se producen azúcares que alimentan a las plantas, bajan a las raíces y alimentan incluso a otras plantas que están cerca. Es una molécula esencial en la vida de los árboles. Dicho sea de paso, Ed me dice que cuando están buscando petróleo lo que hacen es buscar la molécula de sitosterol porque de ese modo ya saben que bajo tierra habría un reservorio que fue un bosque y por lo tanto podría haber petróleo.

Luego me enseña otra molécula, de cholesterol (C₂₇H₄₆O), una molécula muy importante para los humanos y me dice que si las comparamos son muy similares. El colesterol es necesario para varias funciones de los mamíferos. En una tercera gráfica, ya más elaborada, muestra que a partir de la molécula de cholesterol, si se producen pequeños cambios, devienen en la diferencia de género, entre moléculas que producen estrógeno o testosterona. Es decir, que a partir de una molécula muy similar a aquella fundamental para las plantas tendríamos la diferencia entre lo masculino y femenino, a nivel molecular. Todo depende de unas cuantas enzimas. Yo trato de seguir su explicación en esa cartografía molecular y me dan ganas de continuar esta especulación.

«Nosotros no conceptualizamos que tenemos una relación con las plantas. Nuestra vida, químicamente hablando, está emparentada con las plantas. Dependemos de la misma molécula para vivir» (Edgard Espinoza).

Ed continúa, nosotros no conceptualizamos que tenemos una relación con las plantas. Nuestra vida, químicamente hablando, está emparentada con las plantas. Dependemos de la misma molécula para vivir. Así mismo con el Sol. Cuando necesitamos energía o sentirnos bien, al igual que las plantas recurrimos al Sol. El sistema energético de las plantas es esencial para la vida que compartimos. No tenemos el entendimiento, me dice Ed, respecto de estas similitudes y proximidades químicas con las plantas. 

Visualizar la estructura química es fabuloso. Ed reconoce que sus palabras pueden ir más allá de la evidencia científica, pero no deja de ser asombroso pensar estos parentescos químicos. La ciencia a veces llega más tarde que las evidencias que tenemos y nuestras propias intuiciones. Hoy sabemos de la comunicación de los árboles, sabemos que el mundo vegetal siente; lo que hace unas décadas era prácticamente impensable. 

Luego, en la conversación, volvimos a los genes. Pareciera que esta inmensidad genética de las plantas está asociada a su larga vida en el planeta. El mundo vegetal tiene memoria, sabe qué hacer, poseen una historia genética inconmensurable, mientras que la humana es muy pequeña. Las plantas tienen una capacidad que no entendemos. Esa es la verdad.

¿Cómo indagamos más en eso que no entendemos? ¿Qué podríamos hacer? Le pregunto. Penetrar en los bosques desde una perspectiva no utilitaria o financiera podría ser una camino, confirma Ed. Aproximaciones no occidentales, amerindias o de otro tipo pueden darnos pistas para sensibilizarnos con el mundo vegetal de otro modo. La madera, quizás no todavía, pueda llegar a significar otra cosa, ser interpretada más en relación a los bosques y árboles, que a edificaciones, número de casas o pilas de leñas.

«El mundo vegetal tiene memoria, sabe qué hacer, poseen una historia genética inconmensurable, mientras que la humana es muy pequeña. Las plantas tienen una capacidad que no entendemos».

Ed me dice que en su trabajo casi no reciben alerces, algunos casos aislados de araucarias. Pero sí un cluster de más de 50 especies brasileñas que llegan constantemente al comercio ilegal norteamericano, el maravilloso Ipê (de la familia Handroanthus o Tabebuia). El 2022 la tala ilegal en Brasil fue aberrante. Llegando incluso a arrestar al ministro Ricardo Salles encargado de medioambiente, por formar parte de una red de contrabando de madera nativa desde la Amazonía hacia los Estados Unidos y Europa.

Finalmente le pregunté por el futuro, una permanente interrogante que nos persigue a muchos. Para Ed, es fundamental preservar los bosques que funcionan como reservorios de biodiversidad. Hay distintos tipos de bosques, varios de ellos plantados para recreación humana. Para el científico sería ideal tener ambos tipos de bosques, aquellos propicios para, por ejemplo, los “baños de bosque” (shinrin-yoku) y otros que actúen como casa de biodiversidad animal y vegetal.

©Gaspar Costa

Ed recuerda su infancia en Temuco y que cuando iba el circo él admiraba los animales que luego quiso defender y cuidar. Es decir, no toda acción humana es perjudicial, absolutamente, reflexiona. El bosque debe cuidarse. No se trata de dejar las cosas sin intervención. Proteger la vida animal y vegetal, y, al mismo tiempo, manejar los bosques para que podamos utilizar y disfrutar; no tienen porqué ser incompatibles. 

Le digo que no quiero quitarle más tiempo, pero Ed me dice que quiere compartirme una última idea. De su misma vida en Temuco recuerda que ciertas comunidades Mapuche en el solsticio de invierno salían a golpear los árboles para que luego dieran frutos. Siempre un 21 de junio. Me dice que guarde esa idea. Luego comenta de un amigo suyo, Richard Cronn, que trabaja en ADN, y que fue uno de los autores de un interesante estudio sobre los genes de las plantas. Este amigo había investigado, con uno de sus estudiantes, en qué momento ciertos genes se “despiertan” o activan y cuando no. Los humanos tenemos una ciclicidad hormonal. De los 26.000 genes y de las 15 hormonas que tenemos algunas se prenden en ciertos momentos y otras no. Querían entender qué ocurría con las plantas, así que analizaron varios árboles durante todos los días de un año. Todos los días tomaban mediciones de varios árboles, imaginando quizás que tendrían al final del año unos gráficos llenos de subidas y bajadas y más o menos desordenados, es decir unos antes, otros después, unos por más tiempo, otros más breves. 

Pero no. Lo increíble fue que al terminar la investigación tenían como resultado que todos los genes de los árboles se activaban al mismo tiempo y ocurría solo dos veces al año. En el solsticio de verano y en el solsticio de invierno. El ciclo es sumamente periódico. Los 126.000 genes activados al mismo tiempo, para luego decaer hasta la siguiente activación. Ed, sin esconder su entusiasmo, me dice que eso era lo que estaban haciendo los Mapuche. Sin saber cómo ellos sabían, entendían que algo estaba pasando con los árboles en el inicio del invierno. Maravilloso.

Los árboles no están gastando energía durante todo el año. Solo lo hacen, activándose, dos veces al año. Viven en ciclos y descansan, pero no cuando nosotros lo esperábamos. Lo que el estudio sobre el “reloj molecular de los árboles” y su sentido del tiempo ha arrojado es alucinante, pero creo que de eso no llegamos a conversar con Ed.

Agradezco al Doctor Edgard Espinoza por la generosidad de la conversación en aquel entonces, y por permitirme compartir la riqueza de aquello, hoy.

Referencias

Halcomb, E. (2008, 3 de marzo). CSI: Critter crime. High Country News.

Cronn, R., Dolan, P. C., Jogdeo, S., et al. (2017). Transcription through the eye of a needle: Daily and annual cyclic gene expression variation in Douglas-fir needles. BMC Genomics, 18, 558.

Harrington, C. A., Gould, P. J., & Cronn, R. (2023). Site and provenance interact to influence seasonal diameter growth of Pseudotsuga menziesii. Frontiers in Forestsand Global Change, 6. 

U.S. Forest Service. (s. f.). Wood Identification & Screening Center (WISC). U.S. Department of Agriculture.

Achondo Moya, P. P. (2025). Alerces en el antropoceno. El pathos como aproximación territorio-afectiva a los bosques del sur de Chile. Estudios Geográficos, 86(299), 1116.

Journé, V., Szymkowiak, J., Foest, J., Hacket-Pain, A., Kelly, D., & Bogdziewicz, M. (2024). Summer solstice orchestrates the subcontinental-scale synchrony of mast seeding. Nature Plants, 10(3), 367–373. 

Imagen de Portada: ©Celine Geeurickx