Pero, ¿qué pasa cuando la contaminación es invisible al ojo humano?, ¿qué pasa cuando el impacto no está en la superficie, sino en quienes habitan el mar? Tal vez la pregunta no es qué estamos viendo en el océano, sino qué está ocurriendo sin que lo notemos. Porque, aunque el azul del mar parezca imperturbable, hoy sabemos que el océano está contaminado y de diversas maneras.
La procesión de los químicos
Hoy enfrentamos una verdad que es incómoda, y es que los compuestos que sostienen nuestro estilo de vida y bienestar —antidepresivos, ansiolíticos, antibióticos, hormonas y productos de cuidado personal— no desaparecen tras cumplir su función en nuestros cuerpos. Este solo es el inicio de un recorrido mucho más complejo. Estas moléculas han sido diseñadas para ser resistentes; son «químicos de diseño», que tienen una naturaleza molecular optimizada para interactuar con receptores biológicos a concentraciones ínfimas. Al salir de nuestros cuerpos, no se «pierden» en el alcantarillado. Más bien, inician una procesión a través de sistemas de tratamiento de aguas que, en su gran mayoría, jamás fueron diseñados para eliminarlos.
Éstos químicos atraviesan ríos, humedales y estuarios. Y sí se diluyen, pero al seguir existiendo en ínfimas concentraciones, su persistencia los convierte en una marea constante que llega, inevitablemente, al mar. Estos compuestos se conocen técnicamente como Contaminantes de Preocupación Emergente (CECs) y, a diferencia de los plásticos, no necesitan décadas para fragmentarse; su «éxito» reside en su capacidad de permanecer biológicamente activos. Según la OCDE (2019), existen más de 4.000 ingredientes farmacéuticos activos en uso en todo el mundo, y gran parte de ellos termina en ecosistemas de agua dulce y marina. No estamos ante un derrame puntual, sino ante una «microdosificación» crónica de los océanos.

Una escena cotidiana
Imaginemos una escena cotidiana. Una persona toma un ansiolítico antes de dormir. Otra, una pastilla anticonceptiva. Alguien más se aplica un protector solar cargado de filtros UV sintéticos. Son actos íntimos, normales, y desprovistos de cualquier intención de daño. Sin embargo, al día siguiente, una fracción de esos compuestos sigue su recorrido fuera del cuerpo, viajando como una molécula activa; una señal química que entra en sistemas biológicos que no evolucionaron para interpretarla.
Durante décadas, mi formación como bióloga marina y científica me enseñó que el riesgo ambiental solía medirse bajo la premisa de que «la cantidad hace el peligro». Si había mucho de algo, era peligroso. Pero hoy, esa lógica es insuficiente ante la interferencia. Muchos de estos compuestos actúan como disruptores endocrinos o moduladores del sistema nervioso central. No necesitan ser abundantes para ser relevantes; solo necesitan interactuar con el sistema biológico correcto y en el momento adecuado.
Peces audaces y poblaciones que colapsan
Las investigaciones en distintos sistemas acuáticos han documentado interesantes descubrimientos. Uno de los casos más emblemáticos fue publicado en la revista Science: peces expuestos a trazas de oxazepam (un ansiolítico de uso masivo) modifican radicalmente su conducta. Se vuelven menos sociales, y también menos temerosos, más audaces, más devoradores y propensos a salir de sus refugios y, por ende, mucho más expuestos a sus depredadores naturales. Un pez «valiente» no es mejor; es más bien un pez que ha perdido su instinto de supervivencia, alterando la red trófica completa.
En el ámbito reproductivo, el impacto es aún más profundo. Compuestos como el etinilestradiol, presente en la mayoría de las pastillas anticonceptivas, han demostrado ser capaces de feminizar poblaciones de peces macho a concentraciones de apenas nanogramos por litro. Un estudio publicado en PNAS mostró cómo la exposición crónica a estas hormonas sintéticas llevó al colapso total de poblaciones de peces en lagos experimentales de Canadá. Esto es muy interesante de analizar porque lo que comienza como una decisión reproductiva humana en una ciudad, termina alterando la demografía en un ecosistema a kilómetros de distancia.
«Peces expuestos a trazas de oxazepam (un ansiolítico de uso masivo) modifican radicalmente su conducta. Se vuelven menos sociales, y también menos temerosos […] y, por ende, mucho más expuestos a sus depredadores naturales».
Chile, con su costa de más de 4.000 kilómetros y una geografía que conecta la cordillera con el mar en pocos kilómetros, es un escenario crítico. En mi trayectoria como científica y asesora en instrumentos de política ambiental, he visto cómo la imagen de un océano «infinito» ha servido de excusa para la desregulación. Si bien no todas las investigaciones locales se enfocan aún en farmacología marina, mi experiencia transversal en contaminación me permite afirmar que la presión sobre nuestras costas es real.
Desde los emisarios urbanos de la zona central hasta la intensa actividad acuícola en la Patagonia —donde el uso de antibióticos ha sido un tema de debate histórico—, estamos inyectando señales químicas en ecosistemas de alta biodiversidad y fragilidad. La «dilución» que nos prometía la inmensidad del Pacífico pierde fuerza ante la persistencia de moléculas farmacológicas. Y esto no se debiese considerar sólo como un problema de calidad de agua; sino más bien, como una interferencia en la «biblioteca química» con la que se comunican las especies marinas.
La dilución es una ilusión
El gran océano mundial no es un sistema estático donde las sustancias se depositan y permanecen. En realidad, el océano funciona como un sistema en constante movimiento, a través de sus corrientes superficiales, de su lenta circulación profunda, también de las surgencias costeras y mezclas verticales. Procesos que distribuyen temperatura, pH, oxígeno, vida, y también contaminación.
Lo que entra al mar en una ciudad costera no se queda ahí. Se transporta, se diluye en grandes masas de agua, conocidas como las “plumas de dispersión”, pero también se concentra en zonas de retención. En ese sentido, la imagen de una descarga puntual queda corta. No estamos frente a un punto acotado de descargas; estamos frente a una red de distribución global.
¿Hacia dónde remamos?
El diagnóstico es complejo, entonces para enfrentar la medicación del océano, me parece que necesitamos un enfoque «multinivel»:
- Innovación en el Tratamiento de aguas: las plantas de tratamiento convencionales (EDAR) suelen basarse en procesos biológicos de lodos activos que no capturan estas micro-moléculas. La solución tecnológica podría enfocarse en los tratamientos de oxidación avanzada, filtros de carbón activado o membranas de ósmosis inversa. El desafío es la inversión y la escalabilidad de estas tecnologías en países en vías de desarrollo.
- Legislación y Política Pública: necesitamos actualizar los Estándares de Calidad Ambiental de Agua con el fin de incluir a los CECs, porque no podemos proteger lo que no medimos, por ejemplo, un siguiente paso legislativo sería poder crear una normativa de «Farmacovigilancia Ambiental».
- Responsabilidad Empresarial: la industria farmacéutica debiese avanzar en diseñar medicamentos que sean igualmente efectivos en el cuerpo humano, pero que se degraden más fácilmente una vez que entran en contacto con el ambiente, es decir, reducir su vida útil.
Organismos internacionales como la FAO, la CEPAL y agencias de las Naciones Unidas ya han comenzado a incorporar estos temas en sus agendas de seguridad hídrica. El foco ya no está únicamente en metales pesados, sino en esta categoría difusa de compuestos cotidianos.

Una cuestión relacional
Decir que el océano está «medicado» no es una metáfora exagerada; es un intento de nombrar una transformación que no encaja en las categorías tradicionales de contaminación. Es una alteración en la forma en que los organismos perciben y responden a su entorno. No es solo un problema de calidad del agua; es un problema de cómo se está regulando la vida misma.
Quizás nuestro error fundamental ha sido pensar el océano como un «afuera», un lugar lejano y vasto, donde quizás las cosas vayan a terminar allá. O como un espacio lo suficientemente grande como para absorber nuestras huellas sin quejarse; o donde lo que ocurre en lo íntimo —en la privacidad de nuestro baño o nuestra habitación— puede escalar y adquirir una dimensión planetaria.
La pregunta, entonces, deja de ser meramente ambiental para volverse relacional. ¿Cómo vivimos sabiendo que nuestras decisiones más comunes tienen efectos que no vemos?, ¿cómo nos vinculamos con sistemas que operan a escalas que no percibimos directamente?, ¿qué significa cuidar en un contexto donde el impacto es invisible? No hay respuestas simples, pero sí una certeza que empieza a delinearse: esta es una conversación que, desde la ciencia, la política y la conciencia, necesitamos abrir.
Referencias
Boxall, A. B., Rudd, M. A., Brooks, B. W., et al. (2012). Pharmaceuticals and personal care products in the environment: What are the big questions? Environmental Health Perspectives, 120(9), 1221-1229.
Brodin, T., Fick, J., Jonsson, M., & Klamer, R. (2013). Dilute concentrations of a psychiatric drug alter behavior of fish from natural populations. Science, 339(6121), 814-815.
Daughton, C. G., & Ternes, T. A. (1999). Presence of pharmaceuticals in the environment and the potential impact on aquatic life. Critical Reviews in Environmental Science and Technology, 29(1), 1-145.
Kidd, K. A., Blanchfield, P. J., Mills, K. H., et al. (2007). Collapse of a fish population after exposure to a synthetic estrogen. Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), 104(21), 8897-8901.
OECD. (2019). Pharmaceutical Residues in Freshwater: Hazards and Policy Responses. OECD Studies on Water, OECD Publishing, Paris.
UNESCO/WWF. (2017). Emerging Pollutants in Water and Wastewater: A Global Assessment. UNESCO Emerging Pollutants Series.
Imagen de Portada: ©Ahmed Saeed

