Llancahue: el bosque de agua que alimenta Valdivia

Llancahue es un bosque de enorme valor ecológico que abastece de agua a Valdivia, pero que sigue siendo poco conocido por quienes habitamos en esta ciudad. Para acercar este ecosistema a las nuevas generaciones, un equipo de educadores ambientales y cineastas invitó a niños, niñas y jóvenes a recorrerlo, observarlo y explorar sus dinámicas, en el marco de un proyecto financiado por el Fondo Comunal de Proyectos CONARTE de Valdivia.

La experiencia estuvo guiada por una pregunta: ¿cómo se comporta el agua en este bosque y qué relación existe entre ambos? A través de la exploración, las y los participantes pudieron descubrir el papel fundamental del bosque en el ciclo del agua y su importancia para la vida. De esta experiencia nace el cortometraje Bosque de Agua, que próximamente se exhibirá en Valdivia.

©Javiera Villagrán

A menos de un kilómetro del límite urbano de Valdivia, el ruido de la ciudad se apaga entre los coihues centenarios. Hacia la famosa “salida sur”, la subcuenca del estero Llancahue corre el agua que millares de valdivianos hacen fluir cada mañana desde su ducha o su cocina, sin saber, casi nunca, de dónde viene.

Es noviembre y el estero se abre camino entre la tierra. Entre marzo y octubre caen aquí, en promedio, cerca de 1.900 milímetros de lluvia al año, casi el doble de lo que llueve en Santiago en un año “normal”, con alzas en junio, cuando el cielo entrega casi una quinta parte de toda el agua del año. El resto del tiempo, el bosque hace su trabajo silencioso: intercepta la lluvia con sus copas, frena la escorrentía con troncos caídos y musgos, y deja que las raíces abran paso al agua hacia el interior, hacia los acuíferos, en vez de dejarla correr y arrastrar por el suelo.

Hace unos años, se calculó el valor de este servicio que ofrecen los bosques no solo a la humanidad. Según este cálculo, la cuenca de Llancahue vale entre 75 mil y 170 mil pesos por hectárea. Es evidente, entonces, que reemplazar ese bosque por plantaciones o praderas no sería, por lo bajo, beneficioso.

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De lo antiguo, poco

El tipo de bosque que cubre Llancahue se conoce como “selva valdiviana”, donde conviven especies siempreverdes y algunos de los famosos Nothofagus: coihues y robles. Años atrás, el paisaje de prácticamente toda la región de Los Ríos era así. La expansión de la vida urbana, la producción agrícola y forestal ha dejado aislados fragmentos como pequeños parches de bosques, y algunos más grandes concentrados en áreas protegidas, como esta.

De sus más de 1.200 hectáreas, un 80% sigue cubierto de bosque nativo. Caminar por sus senderos es entrar en un mosaico de coihues y renovales de canelo, de tepas y olivillos que se enredan con copihues y voquis, con un sotobosque denso de luma, patagua y arrayán. Bajo esa cubierta anidan al menos 37 especies de aves, las más famosas son probablemente el chucao y el hued-hued, conocidos por sus cantos.

El bosque hace su trabajo silencioso: intercepta la lluvia con sus copas, frena la escorrentía con troncos caídos y musgos. ©Javiera Villagrán

Lo más difícil de ver es la fauna. Pumas, zorros chilla, zorros culpeo y guiñas, cuyas pequeñas pisadas se suelen encontrar junto al estero. También habita el pudú, uno de los  más pequeños del mundo. Además, bajo las hojas del suelo se esconden otras dos especies que hoy definen buena parte del valor de este lugar, pues son extremadamente escasas: la ranita de Darwin y la rana verde de Mehuín.

Cien años de leña y carbón

Pero Llancahue no es solo naturaleza intacta; es también la historia de quienes han vivido con su ventana mirando al bosque a lo largo de generaciones. En el sector alto, en Lomas del Sol, viven familias de apellidos que se repiten desde hace más de un siglo, que llegaron desde zonas cercanas a Valdivia y se instalaron en estas cumbres hace más de cien años. La actividad que los trajo y los sostuvo fue cortar leña, hacerla carbón y bajarla a lomo o carretón por el camino. A eso se sumaban pequeños cultivos de trigo y papa, y la crianza de algunas ovejas.

«Frente a la pregunta de si Llancahue debía convertirse en área protegida, la respuesta de esa misma comunidad fue contundente: más del 90% estuvo de acuerdo».

Ese vínculo, sin embargo, nunca fue una postal armoniosa. Durante décadas, el predio fue usado sin control como fuente de leña y forrajeo para el ganado de los vecinos, mientras apenas un par de guardas forestales recorrían a pie todo el sector. Cuando en 2006 un equipo de investigadores encuestó a las familias del entorno y constató que casi todos los jefes de hogar tenían sólo educación básica incompleta, la mitad vivía del carbón y los jóvenes preferían ir a trabajar a la ciudad.

Sin luz eléctrica, sin posta médica, con caminos que se cortan en invierno y escuelas a muchos kilómetros de distancia, muchas familias terminaban vendiendo sus terrenos a empresas forestales y migrando a la urbe.

Sin embargo, frente a la pregunta de si Llancahue debía convertirse en área protegida, la respuesta de esa misma comunidad fue contundente: más del 90% estuvo de acuerdo. Sabían, mejor que nadie, que el bosque que pisaban era valioso y que se estaba deteriorando.

El camino hacia convertirse en un área protegida

Durante años, la fórmula de protección de Llancahue fue bastante intrincada. Una concesión de uso gratuito entregada por Bienes Nacionales a la Universidad Austral, que impulsó ahí investigación, un plan de manejo y un programa de educación ambiental dirigido a las familias vecinas y a la ciudadanía valdiviana. La universidad abrió senderos, instaló señalética y, en alianza con el Estado, inauguró en el predio el llamado “Sendero Lomas del Sol”, un recorrido de 2,5 kilómetros entre el bosque y el estero Llancahue. Pero una concesión universitaria, por comprometida que fuera, seguía dependiendo de la voluntad de terceros. El salto real llegó recién el 16 de mayo de 2022, cuando se publicó en el Diario Oficial el decreto que declaró oficialmente a Llancahue Santuario de la Naturaleza.

Mientras se gestiona su declaración como área protegida y se realizaron talleres con la comunidad, se desarrolló el Plan de Manejo para su conservación. Una cooperativa valdiviana, Calahuala, estuvo a cargo de darle forma. Identificaron seis objetos de  conservación : los ecosistemas dulceacuícolas, los humedales y mallines, el bosque valdiviano, el pudú, las aves y los anfibios del bosque.

Ese mismo año se declaró también santuario a los humedales de Angachilla, sumando entre ambos más de tres mil hectáreas protegidas de bosques y humedales alrededor de Valdivia, un logro que autoridades y organizaciones locales describieron como resultado del trabajo conjunto entre el Estado y la ciudadanía.

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Santuario declarado ¿y después qué?

Un decreto no cierra una historia; la abre. Desde su declaratoria, la gestión de Llancahue se ha construido de manera gradual, con un comité que reúne a Bienes Nacionales, la Universidad Austral, CONAF, INDAP, SERNATUR y la Comunidad Lomas del Sol. En agosto de 2026, la Municipalidad de Valdivia presentó además un Plan de Uso Público para organizar de mejor manera las visitas al santuario y promover un uso responsable del lugar.

Aquí aparecen las tensiones típicas de la conservación: abrir el bosque a visitantes también puede aumentar el riesgo de daño; y buscar nuevas formas de sustento para las familias que llevan un siglo viviendo allí implica reducir actividades como la tala de árboles, que ha erosionado sus laderas.

Es una tensión que ya estaba presente en el informe de 2006. En él, sus autores advertían que ni el turismo, ni la ganadería, ni la extracción de productos forestales podían, por sí solos, sacar a la comunidad local de la pobreza. En cambio, proponían programas de forestación campesina, recuperación de suelos y apicultura con las mismas especies del bosque.

Veinte años después, la pregunta sigue vigente: ¿cómo hacer compatible el sustento de una comunidad rural con la protección de la principal fuente de agua de una ciudad?

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Bosques para la vida

Al final, la pregunta que deja Llancahue es más que un asunto botánico o legal: es sobre cómo se relacionan una ciudad y el bosque que la abastece, y esa relación se explica con el agua y su ciclo. La cuenca del estero responde rápida y fuertemente a las lluvias: sus suelos arcillosos, con alta escorrentía, forman un verdadero torrente ladera abajo, y es la cubierta boscosa la que amortigua la caída.

El bosque intercepta cada gota antes de que golpee el suelo y la conduce hacia el subsuelo, reteniendo en sus raíces lo que, de otro modo, se iría como sedimento. Sin ese bosque, la cuenca simplemente no podría abastecer de agua potable a la ciudad.

Durante décadas, este bosque resiliente fue manejado sin un plan, con una protección insuficiente y sin reconocimiento legal. Hoy es santuario de la naturaleza y cuenta con un plan de manejo diseñado bajo estándares internacionales de conservación, en cuya elaboración participó activamente la comunidad. Está protegido; lo que sigue es conocerlo. Vivenciarlo. Que quienes vivimos en Valdivia sepamos que esta reserva de selva valdiviana, entre la ciudad y las plantaciones forestales, es la que nos da el agua, y que recordemos por qué.

Eso propone Bosque de Agua, un cortometraje que reúne arte, creación y educación ambiental, en que un grupo de niños, niñas y jóvenes de Valdivia recorrió el bosque y se aventuró a descubrir desde allí cómo se comporta el agua en él y qué relación hay entre ambos.

Hoy en día, entender por qué necesitamos bosques para tener agua sana y cómo el bosque contiene esa agua es fundamental. Y la invitación parte en  mirar aquello que damos por obvio al abrir la llave y a preguntarnos qué hay detrás: un bosque que, generosamente y a pesar de todas las idas y venidas, todavía nos sostiene con su agua pura.

©Javiera Villagrán

Referencias:

Muñoz-Pedreros et al. (2006), Plan de manejo del fundo Llancahue, comuna de Valdivia. Informe técnico para el Ministerio de Bienes Nacionales, Centro de Estudios Agrarios y Ambientales (CEA).

Decreto Nº 29 (2021/2022) del Ministerio del Medio Ambiente; Ministerio del Medio Ambiente; Consejo de Monumentos Nacionales; Ilustre Municipalidad de Valdivia; Universidad Austral de Chile.

Imagen de Portada: ©Javiera Villagrán