Limpieza de playas, plantación de árboles nativos y actividades educativo-culturales con la comunidad de la Isla Grande de Chiloé. Estas serán algunas de las acciones que se propone el evento internacional que conjuga la conservación de bosques y océanos: Festival Trees & Seas. Los organizadores, Plastic Oceans International y ÜÑÜ Diseño chilote sostenible, presentan junto […]

Limpieza de playas, plantación de árboles nativos y actividades educativo-culturales con la comunidad de la Isla Grande de Chiloé. Estas serán algunas de las acciones que se propone el evento internacional que conjuga la conservación de bosques y océanos: Festival Trees & Seas. Los organizadores, Plastic Oceans International y ÜÑÜ Diseño chilote sostenible, presentan junto a Viña Montes este evento que funciona como el epicentro, ya que se replica en más de 20 lugares en todo el mundo.

“Chiloé es un lugar maravilloso y con potencial turístico, social y medioambiental, sin embargo, sufre la embestida del cambio climático, de una industria productiva poco limpia y de un mal y escaso manejo de los bosques que sirven de leña para el 95% de isla. Esta es una realidad que impacta localmente pero que es parte de un problema global. Este festival viene a hacerle frente a esta realidad, pero desde la acción, el ejemplo, la colaboración y pretende inspirar a personas y a la mayor cantidad posible de empresas de la Región de Los Lagos”, comenta Javier García, Fundador y Socio Soñador de ÜÑÜ.

En esta entrevista a Endémico web, el equipo organizador conversó sobre esta iniciativa que va en pos de restaurar el territorio.

El festival culmina este domingo 8 de agosto con actividades que buscan mitigar y generar conciencia en torno al impacto ambiental que existe en Chiloé.

¿Cómo impacta este festival concretamente en la comunidad y en el territorio en la Isla de Chiloé? 

El festival Trees & Seas es la continuación de una iniciativa de duración de un día de Üñü Diseño Chilote Sostenible, llamado “Pala en Mano”. Palo en Mano fue un evento anual dedicado a la plantación de árboles nativos en la isla. A través de una colaboración con Plastic Oceans International y la ONG One Tree Planted lograron conseguir 20.000 árboles para 2021. Eso gatilló una conversación más profunda entre Üñü y Plastic Oceans sobre la conservación del océano y los bosques, y como ambos ecosistemas están interconectados. De ahí surgió la necesidad de crear un programa más integral y completo con talleres educativos, paneles de conversación, limpiezas de playa, proyección de documentales y un festival de cierre con talleres y música en vivo. El apoyo de Fundación Meri en el desarrollo de ese programa complementario ha sido esencial.

¿Cuáles fueron los criterios para seleccionar la Isla de Chiloé como lugar para desarrollar este proyecto? 

Chiloé es parte del programa BlueCommunities de Plastic Oceans International, donde trabajan con Üñü y Fundación Meri como aliados locales. La idea de ese programa es establecer una relación a largo plazo con los aliados y la comunidad local, a través de apoyo a los programas locales y la creación de proyectos en conjunto. Además, Chiloé es un lugar maravilloso, pero ha sufrido la embestida del cambio climático. Vive una permanente pérdida de sus bosques y el océano se ha visto tremendamente afectado por la contaminación producto del plástico. No es casualidad que Trees & Seas se haga en Chiloé, sino todo lo contrario. Queremos demostrar que trabajar a todo nivel, es decir, sociedad civil, empresas, fundaciones, instituciones, etc.; es la única manera de lograr avances positivos que mejoren nuestra relación con el planeta y la mejor forma de inspirar a todos los que aún no se han sumado o no saben por dónde empezar.

¿Cómo este festival se perfila como un aporte en la conservación de la biodiversidad del territorio de la isla?

El festival quiere generar un espacio de encuentro, diálogo y de aprendizaje por una parte, y acciones de conservación puntuales como la plantación de árboles nativos y las limpiezas de playa. Ojalá la gente pueda participar en varias actividades y aprender más sobre cómo todo está conectado y cómo nuestras acciones impactan a la biodiversidad local. El cuidado y la regeneración de la biodiversidad depende mucho de cómo cuidamos el entorno natural de la isla, por la misma razón estaremos plantando diez especies nativas de árboles.

Chiloé es un lugar maravilloso, pero ha sufrido la embestida del cambio climático. Vive una permanente pérdida de sus bosques y el océano se ha visto tremendamente afectado por la contaminación producto del plástico.

Dentro de las variadas actividades que se realizarán, tienen la ambiciosa meta de plantar 20 mil árboles ¿cómo se ejecutará esta actividad? 

Esa labor empezó ya desde el 1 de junio con un equipo especialista que, día a día, estuvo luchado contra las condiciones adversas del Chiloé insular para hacer los hoyos y preparar el terreno, en los que se plantarán gran parte de los 20 mil árboles. También, se ha trabajado con voluntarios durante todo el mes de junio y julio para poder alcanzar la meta a finales del festival, el domingo 8 de agosto.

Taller de microplásticos en Chiloé. ©Cortesía de Giovanni Méndez.

En relación a lo anterior, ¿qué tipo de árboles se plantarán y cómo se realizará el seguimiento efectivo para que las plantas continúen creciendo y se mantenga esta actividad? 

Se plantarán las siguientes especies: Cipresillo, Coihue Valdiviano, Canelo, Tepa, Ulmo, Mañío, Ciruelillo, Tosca, Luma, Avellano. Los lugares en donde se plantarán tendrán seguimiento de su crecimiento y monitoreo de las especies plantadas tanto en la Estación Biológica Senda Darwin y Castro.

Dentro de las grandes problemáticas socio-medioambientales en el territorio son la deforestación (explotación de los bosques), la contaminación en sus ecosistemas (como humedales y en sus aguas marinas por las salmoneras) y la disponibilidad hídrica (napas subterráneas en colapso, por ejemplo). En este sentido, ¿cómo aborda o enfrenta este festival estas problemáticas en este territorio sensible?

La isla se enfrenta con muchos desafíos de índole medioambiental y uno pensaría que estos desafíos son claros y conocidos por muchos, pero no es así. Un festival como este ayuda en la difusión de las problemáticas y para un público mucho más grande, regional, nacional e internacional. Por esto, es que aparte de realizar actividades de forma presencial, estaremos también haciendo transmisiones vía streaming para amplificar el impacto y dejando un registro audiovisual que permita compartir la situación en Chiloé y las acciones realizadas en este festival con el resto del mundo. Esperamos que más gente se involucre en aprender sobre las problemáticas y tome acción. Es parte de la visión de BlueCommunities: acción local para generar cambios globales, y también viceversa. Por eso tenemos muchas actividades presenciales en la isla donde toda la comunidad está invitada a participar, desde acciones concretas como plantar árboles y limpiar playas, pero también actividades educativas como talleres, paneles de expertos y la proyección de documentales enfocados en enseñar sobre ecosistemas, problemáticas, la conservación del océano y los bosques y como todo está interconectado.

Entendemos muy bien que muchas temáticas en la isla son sensibles y no podemos pretender llegar y abordarlas sin ser de la zona, por lo mismo es tan importante el trabajo de los aliados locales que nos han estado asesorando desde el inicio, como lo han sido Üñü, co-organizador del Festival y Fundación Meri, quienes han apoyado en las gestiones y contenidos. Al final lo que buscamos es el diálogo y la acción, sabiendo que generar cambios es un proceso de largo aliento y que debe realizarse en conjunto.

¿Esperan continuar trabajando en la isla en temas de sustentabilidad? ¿Cuáles son sus expectativas? 

Üñü y Fundación MERI están establecidos en la isla, por lo que a través del trabajo que realizan, los temas de sustentabilidad seguirán llevándose a cabo, siendo conversados y llevados a la acción, un gran trabajo que ya llevan desarrollando hace años. Plastic Oceans por su parte, a través de su programa BlueCommunities, seguirá aportando al trabajo de ellos buscando nuevas oportunidades de colaborar tanto apoyando proyectos que estén llevando a cabo, como también levantando proyectos en conjunto. Así es como surgió esta primera versión del Festival Trees & Seas y queremos que las acciones de este festival sean replicadas en los años que vengan.

Parte de las actividades del festival «Trees and Seas» es la reforestación con plantas nativas ©Cortesía de Giovanni Méndez.

Imagen de portada: Diez especies nativas de árboles se están plantando durante el festival, que termina este domingo. ©Cortesía de Giovanni Méndez

Sitio web del evento: https://plasticoceans.org/trees-and-seas-esp/

Lo que elegimos comer es un acto social y ambiental. Por eso, hoy te presentamos a tres potentes seres humanos que desde la recuperación de semillas tradicionales, el estudio de la agroecología y una cocina que integra arte en comunidad en la selva mexicana de Lacandona, nos traen sus historias para volver al origen de […]

Lo que elegimos comer es un acto social y ambiental. Por eso, hoy te presentamos a tres potentes seres humanos que desde la recuperación de semillas tradicionales, el estudio de la agroecología y una cocina que integra arte en comunidad en la selva mexicana de Lacandona, nos traen sus historias para volver al origen de la alimentación, y así, restaurar el vínculo perdido con la naturaleza de los alimentos. Ellos son Hortensia Lemus, Miguel Altieri y Mariana Martínez, quienes recientemente estuvieron presentes en la primera temporada del Podcast Poligonal, de Fundación Mar Adentro. Aquí te contamos sobre sus historias de vida y proyectos más relevantes que desarrollan desde el desierto de Atacama a la selva de México, y te invitamos a escucharlos junto a otros grandes agentes que están causando una verdadera revolución en la forma en que pensamos, actuamos y cuidamos nuestra alimentación.

El siguiente texto es una adaptación a las entrevistas y diálogos realizados para Podcast Poligonal.

Recuperando las semillas tradicionales del desierto

El desierto de Atacama, el más árido del mundo, se llena de flores de todos colores durante los años lluviosos gracias al fenómeno del desierto florido. Esto es posible ya que existen semillas que logran sobrevivir bajo tierra a los altas temperaturas de la zona y una vez que llega suficiente agua, éstas germinan.

Hortensia Lemus vive en la comunidad diaguita “Chipasse ta Tatara” del desierto de Atacama. Ella es una líder que pertenece a un pueblo agricultor con influencia Inca que habita el Norte Chico de Chile. Hortensia es una pequeña campesina que se dedica a proteger un tesoro de la biodiversidad: el primer Semillero Comunitario de grupos indígenas y campesinos en Chile. Allí, en la Provincia de Huasco, lleva cinco años resguardando y compartiendo semillas con cientos de personas de la región.

La «guardiana de semillas» junto al espacio que busca recuperar las semillas tradicionales de Atacama © Gentileza Hortensia Lemus.

Esta guardiana de semillas es también integrante de Biodiversidad Alimentaria Alianza Nacional, una red que busca proteger las semillas ancestrales y que hasta el momento han resguardado aproximadamente mil semillas que pertenecen a los pueblos diaguita, mapuche y aymara.  “Vengo de familia agricultora, de ahí vinieron mis ansias por cultivar, sembrar y también volver a las raíces.”

La historia de Hortensia con el semillero empezó cuando ella se decidió a cultivar su terreno. El año 2011 conoció al agrónomo Esteban Órdenes, quien quiso ayudarla a sembrar en un paisaje ventoso y seco, aparentemente infértil del desierto. “Lo intentamos muchas veces y no dio resultado. Porque la tierra era muy pedregosa, no había materia orgánica. También por la falta de agua”, cuenta Hortensia.

Pero ella no quisieron rendirse. Así que llevaron tierra para darle más profundidad al terreno y guano de una parcela cercana. Probaron con varios alimentos que no dieron resultados, como el melón y las hortalizas. Pero al usar semillas tradicionales, por fin vieron los brotes. Lo primero que germinó fueron las habas, que crecieron hermosas y deliciosas. Entonces, se dieron cuenta de que el Huasco tenía una gran riqueza: sus semillas ancestrales.

“Esa es la semilla tradicional que está adaptada al clima, el espacio donde vive, el territorio. Esa es la semilla que nosotros salimos a buscar, la semilla que todo el mundo puede tener, plantar, cosechar, que no necesita de un paquete para hacerla vivir. Solamente el cariño, el agua y la tierra la hacen emerger”, sostiene Hortensia.

“Son semillas libres, que están limpias. Eso es ser resistente o resistirse a lo que nos quieren imponer», sostiene Hortensia Lemus © Gentileza Hortensia Lemus.

Esteban y Hortensia recorrieron la provincia de cordillera a mar haciendo un catastro y recuperación de variedades tradicionales. Lograron convocar a la mayoría de los pequeños agricultores de la zona, quienes decidieron apoyarlos en su proyecto de recuperación y resguardo de semillas.

Visitaron a campesinos y conversaron sobre la historia de las semillas que tenían en sus campos. Muchas de ellas provenían de sus padres, abuelos y bisabuelos. En este viaje confirmaron que el resguardo de la semilla es un trabajo que rescata la memoria, la tierra y reconoce el valor de los ancestros y su herencia.

El año 2016, Hortensia y Esteban, junto a las comunidades diaguitas y campesinas del sector, inauguraron el primer semillero comunitario autogestionado de Chile. Está ubicado en la localidad de Tatara Alto, en la parcela de Hortensia. El semillero hoy resguarda casi mil variedades tradicionales, porotos como tongo, pallar, hallado y canario. También hay habas moradas, arvejas orejonas, tomate tenca, sandilleja, entre otras tantas.

Con el trabajo de Hortensia, la comunidad se dio cuenta de que el resguardo de la semilla local es imprescindible. En primer lugar, por su adaptabilidad al territorio. También porque el acceso a ellas no tiene costo, como sí pasa con otro tipo de semillas como las híbridas o transgénicas. “Esa es la magia de este semillero, que este semillero no tiene un dueño en específico, que cualquiera puede venir a buscar su semilla y la lleva y la siembra y después devuelve.”

La revolución agro-ecológica de Miguel Altieri

La agroecología es una ciencia que usa principios ecológicos para optimizar los sistemas campesinos y desarrollar agroecosistemas sustentables, fomentando las interacciones entre todos los seres vivos. Esto, con el propósito de lograr un sistema alimentario justo y sostenible. Miguel Altieri es un agrónomo reconocido internacionalmente como un pionero en la aplicación de la agroecología. Doctor en Entomología por la Universidad de Florida, ha sido profesor de Agroecología desde 1981 en la Universidad de Berkeley (California) y ha trabajado como consejero científico de numerosas organizaciones, entre ellas el Consorcio Latinoamericano sobre Agroecología y Desarrollo (Clades). En sus investigaciones ha buscado un conocimiento profundo de la naturaleza de los agroecosistemas y de los principios bajo los cuales funcionan. Para él, la agroecología se trata de “imitar cómo funciona la naturaleza en nuestros sistemas agrícolas. En el bosque natural tú no tienes que aplicar pesticidas, no tienes que aplicar fertilizantes, porque hay tanta biodiversidad y organismos interactuando que se complementan unos con otros» cuenta él.

“Una de las cosas más importantes que como consumidores tenemos que entender es que comer es un acto político y un acto ecológico. – Miguel Altieri.”

Fue durante los años 60, en la llamada Revolución Verde, que por primera vez el conocimiento científico se puso por sobre el del agricultor con la intención de salvar al mundo del hambre. Lamentablemente este propósito impulsó una transformación agrícola que tuvo como base el desarrollo de monocultivos, es decir, cultivos de una sola especie, y el uso de fertilizantes y plaguicidas que han terminado por enfermar el suelo. Para Miguel Altieri, los suelos sanos mantienen una comunidad variada de organismos que ayudan a controlar las enfermedades de las plantas y las plagas que las pudieran afectar. Forman asociaciones simbióticas beneficiosas con las raíces y además reciclan nutrientes esenciales para las plantas. Los suelos sanos también contribuyen a la mitigación del cambio climático, porque mantienen y aumentan su contenido de carbono.

Los suelos ricos en un ecosistema vivo y dinámico son la base para la producción de alimentos saludables y un aliado crucial para la soberanía alimentaria. Hoy en día existe una gran evidencia científica que muestra que nuestra salud humana está conectada a la salud del suelo a través de las plantas que nosotros comemos, que crecen en suelos fértiles, orgánicos, que no tienen pesticidas. Se ha demostrado que son plantas que tienen mucho más oxidantes y más contenidos de vitaminas que los de plantas que crecen en suelos químicos.

El agrónomo y entomólogo chileno Miguel Altieri ha dedicado su vida a investigar y enseñar sobre los beneficios ambientales y sociales de la agroecología © Gentileza Miguel Altieri.

Según cifras de Miguel Altieri, el 80% de las hectáreas que se usan para la agricultura en el mundo son de monocultivos altamente dependientes de pesticidas y fertilizantes que producen principalmente maíz, soya, arroz y trigo. Esto es preocupante, porque es un modelo de producción industrializado que trae como consecuencia la pérdida de diversidad de los alimentos vegetales. Lo anterior pasa porque con el monocultivo se reduce la variedad de lo que se produce por privilegiar la eficiencia en el cultivo. Pero lo que no se toma en cuenta, es que quienes realmente alimentan al mundo son los campesinos. Las estadísticas de las Naciones Unidas demuestran que los campesinos, a pesar de que ocupan el 20% de la tierra, producen entre 50 y 70% de los alimentos que nosotros comemos.

Miguel Altieri sostiene que la comida tiene un enorme impacto en la huella ecológica y para combatirla necesitamos restaurar el vínculo de la agricultura con el medio ambiente. “Se calcula que una ciudad de 10 millones de personas tiene que importar diariamente 6.000 toneladas de comida, que tienen que viajar en promedio 1.500 kilómetros. O sea, yo no estoy comiendo comida local, estoy comiendo comida global. Hay inequidad en lo que comemos, porque al menos dos tercios de la humanidad no tiene acceso a la comida sana y diversa, como sí lo tiene la gente con mayores ingresos.

Una forma de luchar contra la desigualdad en la alimentación es apoyando la agricultura campesina y la producción local. También podemos trabajar por integrar métodos de cultivo en nuestro propio entorno, crear huertas familiares y comunitarias  en barrios o colegios. De esta manera colaboramos también con la sustentabilidad, contra la injusticia y nuestra propia salud. “Todo lo que produzca extracción, destrucción, deforestación, erosión, contaminación son proyectos de la muerte. Por eso, apoyo la agroecología, los mercados locales, la agricultura urbana, porque promueven la vida «, sostiene Miguel Altieri.

Cocinar para recuperar la selva

Para alcanzar un sistema agrícola más justo y ecológico, es necesario preguntarnos: ¿Cómo pueden coexistir el cuidado de la biodiversidad del planeta con la agricultura? Para ello, la artista mexicana Mariana Martínez fundó «Cocina Colaboratorio», proyecto que reúne a comunidades de agricultores y productores, académicos, creativos y chefs para crear vínculos, intercambiar conocimientos e idear nuevas alternativas transdisciplinarias de sistemas agroalimentarios.

Para la diseñadora de espacios narrativos, la cocina es un espacio y una práctica que está en la vida de todos los seres humanos. Pero la cocina también representa uno de los mayores retos de la crisis global ambiental, en vista que la producción de los alimentos es una de las mayores causas del cambio climático que experimentamos hoy en día.

Los ingredientes locales sirven como base a experimentaciones gastronómicas e inspiración hacia un mejor manejo de los recursos  © Anna Kooi / Colaboratory Kitchen.

Es a partir del arte que Cocina Colaboratorio crea un espacio físico – la cocina – para el encuentro con las comunidades, una intervención para abrir el diálogo y reflexionar en conjunto, para Mariana, una metáfora y una herramienta. Este modelo artístico colaborativo requiere, en un primer lugar, situarse en el lugar específico. Una de las áreas de trabajo está ubicada en la zona Marqués de Comillas, al sur de la Selva Lacandona, en el estado de Chiapas, en México. Se trata de una de las selvas más grandes de Latinoamérica, un importante pulmón del planeta y la zona más biodiversa de este país. Pero, según científicos mexicanos, desde los años 70 la selva ha reducido su extensión en un dramático 70%. Se ha perdido la cobertura del suelo y en los últimos 20 años han desaparecido 500 millones de árboles.

Para Mariana, una de las principales causas de esta tremenda pérdida es la entrega de tierras selváticas para el uso agrícola y ganadero. Con la Reforma Agraria de los años 50 en México, llegaron a la selva – a la tierra de los mayas lacandones – campesinos de todo el país; hombres y mujeres que desconocían este nuevo territorio. “Fue ahí cuando empezó un deterioro de la zona de la selva y su biodiversidad. Porque las personas que la habitan no están acostumbradas a vivir dentro de la selva. Y entonces empiezan a poblar como ellos ya están acostumbrados a hacerlo en sus lugares de origen y a desarrollar todo un sistema de de agricultura que es de monocultivo, como milpa y ganadería”, explica Mariana.

El cultivo de la palma africana, de donde se extrae el aceite de palma, es actualmente uno de los principales culpables de la desaparición de la selva Lacandona. Según investigadores de la Universidad Intercultural de Chiapas, su cultivo ha cambiado la flora y fauna propia de la selva. Lo que verdaderamente asusta de esta historia, es que en consecuencia del monocultivo, la deforestación y la falta de conocimiento del territorio, la selva y su riqueza se transforme en tierra infértil. Es por ello que hoy existe muchísima atención de universidades, investigadores y organizaciones de conservación para estudiar cuáles son los procesos de regeneración de la selva y las formas de conciliar la producción agrícola y el sustento de las comunidades.

Mariana Martínez es co-fundadora de Cocina Colaboratorio, incubadora de proyectos comunitarios que vinculan el diseño, los alimentos, la ciencia y el paisaje en zonas de Chiapas, Oaxaca y Xochimilco © Gentileza Mariana Martínez.

Uno de los problemas que identificó el equipo de Mariana Martínez es que existe una barrera de desconfianza entre la investigación científica y las personas que viven en las comunidades. La cocina, así, ha servido como herramienta y metáfora de encuentro y diálogo. “Cuando nosotros cocinamos con alguien, de pronto podemos también conversar. En ese proceso de cocina, de experimentación, de que si le ponemos tantita sal aquí o no, estás poniendo a personas a colaborar. El mismo acto de cocinar es colaborar y conectarse», cuenta Mariana.

Alrededor de la cocina, aparecen naturalmente la conversación y preguntas como ¿Cuáles son las cualidades de estos ingredientes? ¿Cómo se cultivan? ¿Qué comes tú?¿Qué como yo? o ¿Cuáles son las dificultades que tiene la comunidad para conseguir alimentos? Todas estas interrogantes ayudan a resolver la problemática que mueve a Cocina Colaboratorio: conservar el medio ambiente y su biodiversidad en equilibrio con la producción sostenible de alimentos.

La mayoría de los habitantes de Loma Bonita, sector de la selva Lacandona, son agricultores no indígenas, que subsisten gracias a la producción de alimentos. En ese lugar se está desarrollando, gracias al trabajo de la comunidad y los científicos, un proyecto para reforestar la zona con bosques comestibles. Este proyecto es un sistema que propone un modelo de conciliación, donde se incorporan diferentes especies que pueden ser usadas para medicina, materiales o alimentos. Para Mariana, se trata de una biodiversidad que viene con el bosque comestible, no es como el monocultivo o como el cultivo de la milpa, donde se trata de quitar a cualquier otra especie que esté ahí, sino que es un sistema que está más en balance, con las diferentes dinámicas del bosque mismo.

Cocina Colaboratorio es como un bosque rico en biodiversidad. Es, para Mariana Martínez, naturaleza colaborativa. Esta y las otras experiencias que aquí hemos repasado son ejemplos de la necesidad de un cambio de mirada, de lo fructífero que es el trabajo colaborativo y la urgencia de que la alimentación se instale como una prioridad social y política, tanto en Chile como en el mundo.

Poligonal es un podcast de Fundación Mar Adentro, organización dedicada a generar experiencias colaborativas que vinculan arte y ciencia para desarrollar aprendizajes, conciencia y acción por el cuidado de la naturaleza. Actualmente se encuentran creando la segunda temporada del podcast. Escucha todos los episodios de la primera temporada aquí.

Imagen de portada: Cosecha de zanahorias agroecológicas de diversos colores. © Dana Devolk vía Unsplash.

 

 

 

 

 

Desde sus orígenes el ser humano ha mutado y se ha adaptado al medio que lo rodea. La evolución es la transformación que adquiere a través de la creación de técnicas y manipulación de su entorno. A diferencia de lo que se cree, dicha mutación comenzó con cambios biológicos y no en el cerebro. “Se diría que la documentación es suficiente para demostrar que el cerebro se ha beneficiado de los procesos de la adaptación locomotora en vez de provocarlos” dice Leroi - Gourhan (1971) antropólogo, etnólogo y arqueólogo francés.

Una vez que la humanidad tuvo conocimiento del mundo que lo rodeaba, inició un proceso de innovación del entorno con el propósito de sobrevivir y adaptarse. La relación entre naturaleza y humano ha estado desde los inicios, y una vez que este entendió lo que podía conseguir con la comunicación y la producción del entorno, encabezó un proceso de construcción en pro a su desarrollo. 

Hoy en día, nos encontramos en una sociedad globalizada, en donde no existe tiempo, espacio, ni límites; el problema es que dicha manipulación del medio que nos rodea, junto con el gran avance tecnológico que hemos logrado y el querer estar “conectado” en todo momento, ha provocado una crisis ambiental que nos está destruyendo. 

Región del Maule. © Bárbara Bastidas.

El calentamiento global es consecuencia de la crisis climática que vivimos, la cual se refiere a la variación en el clima del planeta. Las consecuencias son múltiples: temperaturas extremas, derretimiento de glaciares, sequías, catástrofes naturales, etc. La única manera de poder detener esta crisis, es que comencemos por adoptar un estilo de vida cuya palabra base sea: “sostenibilidad”. Este concepto se entiende como la manipulación y que el uso de los recursos de nuestro entorno no afecte la relación de dicho entorno con generaciones futuras. La idea es que logremos vivir en equilibrio con el medio ambiente y evitar que nuestra huella ecológica genere un impacto negativo en el planeta. 

La idea es que logremos vivir en equilibrio con el medio ambiente y evitar que nuestra huella ecológica genere un impacto negativo en el planeta.

El 17 de mayo del 2021 —es decir, ayer— Chile se convirtió en el primer país de Latinoamérica en entrar en un sobregiro ecológico. El día del sobregiro de un país es la fecha en la que se agotarían los recursos naturales del mundo que están destinados para ese año. Esto no es nuevo, sin ir más lejos el año pasado Chile también fue el primer país Latinoamericano en entrar en sobregiro un 18 de mayo. De hecho, según La red global de la huella ecológica (GFN) la biocapacidad de Chile es de 3,5 hectáreas globales (gha) por persona, y la huella ecológica que utilizamos hasta  esa fecha fue de 4,3 (gha). La biocapacidad, es la capacidad biológica de los ecosistemas para regenerar recursos y absorber los desechos generados por los humanos. Estamos en deuda con el planeta; y esto no es algo que sucede ahora, ni el año pasado. Desde el 2017 que estamos entrando en sobregiro ecológico. Los gastos excesivos están relacionados con la deforestación, la escasez de agua dulce, la pérdida de la biodiversidad, la acumulación de CO2 en la atmósfera, entre otros.

El hecho de que vivamos en un mundo globalizado, donde cada día el desarrollo económico, la conectividad y el avance tecnológico sean cruciales para la “sobrevivencia”, ha provocado graves problemas en nuestro entorno. Somos una sociedad que sobreexplota los suelos, que necesita estar conectada de manera digital y también física. Si el mundo viviera como Chile, a esta altura ya no habría recursos naturales renovables, y si ese fuera el caso, ¿cómo podríamos seguir conectados?, ¿hacia dónde nos llevaría la explotación de la tierra y los océanos?, ¿cómo podríamos seguir sobreviviendo? “Escucha atento, tenemos la posibilidad de oír la canción de la tierra, su temblor y estremecimiento queda intacto a pesar del ruido enorme que el hombre hace en su superficie explotada hasta el agotamiento” menciona el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (2014). El sobregiro es una alerta, debemos entender y escuchar esa advertencia y pensar en tener una vida más sostenible para encontrar el equilibrio con nuestro entorno. 

El covid-19 ha matado a millones de personas en el mundo y la cifra aumenta cada día. Las cuarentenas se han hecho presente en diversos países y la frase “quédate en casa” se transformó en nuestro mantra. Cuidemos a la persona que está a nuestro lado, a los adultos mayores, y sobre todo, a nosotros mismos. Debemos ser conscientes del peligro que corren nuestras vidas y tenemos que ser responsables para que los contagios se detengan y pronto volvamos a abrazarnos. La pandemia no es simplemente un suceso que nació en Wuhan y se expandió por el mundo, sino que es la consecuencia de la crisis ambiental que enfrentamos.

Si todo el mundo fuese como Chile, ayer habría sido el día en que la Tierra entraba en sobregiro ecológico. En la imagen un bosque en Suecia. © Eduardo Contreras.

La sobreexplotación del medio en el que vivimos ha provocado el crecimiento de las ciudades y la población. Cada día construimos en lugares inusuales, destruyendo espacios llenos de biodiversidad; un claro ejemplo es que mientras estamos resguardados en nuestras casas, diversos animales han entrado a las ciudades y caminado por sus calles. La pandemia es quizás esa sirena que necesitábamos para despertar de este mundo digital.

La relación que tenemos con la naturaleza ha ido empeorando y ya no es una dependencia de mutuo beneficio, sino que la humanidad se ha aprovechado de ella. Debemos ser conscientes como sociedad de nuestra relación con el medio ambiente y todos los seres que habitan en él. Ahora que nos encontramos “detenidos”, es momento de cuestionarnos nuestra forma de vida y transformar ciertos hábitos en unos más saludables con el planeta. Nada puede evitar que sigamos creando y desarrollándonos, pero hay que entender que aquel cambio provoca una mutación en el medio ambiente y debemos hacernos cargo. “La crisis sanitaria forma parte de aquello que no es una crisis, siempre pasajera, sino una mutación ecológica duradera e irreversible”, comenta Bruno Latour (2020), filósofo, sociólogo y antropólogo francés. 

No poder abrazar a las personas que queremos ha sido uno de los retos más difíciles que hemos tenido que aceptar. No juntarnos en cumpleaños o fechas importantes nos ha hecho dar cuenta de lo significativo que es para la salud mental compartir con nuestros seres queridos. El objetivo de la sostenibilidad no tiene que ver con lo bueno o malo que es algo, sino enseñarnos a ser conscientes con los sucesos y saber hasta qué punto usar cierto “producto” para que no cause daño al planeta. 

Cada día construimos en lugares inusuales, destruyendo espacios llenos de biodiversidad; un claro ejemplo es que mientras estamos resguardados en nuestras casas, diversos animales han entrado a las ciudades y caminado por sus calles. En la imagen el Desierto Florido, Atacama.© Bárbara Bastidas.

Gracias a las plataformas digitales podemos conectarnos con nuestros seres queridos, podemos hacer las compras de nuestra casa, trabajar y estudiar, hacer deportes y divertirnos; pero al mismo tiempo, ¿tenemos en cuenta el impacto energético que generamos en el planeta?, todo deja una huella de carbono, es imposible no tener un impacto en el medio. Han es tajante en decir que “cojeamos tras el medio digital que, por debajo de la decisión consciente, cambia decisivamente nuestra conducta, nuestra percepción, nuestra sensación, nuestro pensamiento, nuestra convivencia” (2014). Las tecnologías de información y comunicación (TIC), generan un gran impacto ambiental. Cada vez que guardamos información en nuestro disco duro, dejamos nuestros celulares cargando toda la noche, cada televisor y notebook encendido, cada like en redes sociales, tiene un impacto ecológico. Es difícil de creer, porque es algo habitual en nuestras vidas, pero nuestros aparatos digitales, e incluso la luz, afectan el medioambiente. En respuesta a lo anterior la ONG WWF creó, en Sidney, la “Hora del planeta”, iniciativa que tiene como objetivo generar conciencia sobre el cambio climático y la carga energética que usamos. Por lo que una vez al año, por una hora, se deben apagar todas las luces para darle un respiro a la Tierra. A su vez, muchas organizaciones ya están trabajando en crear herramientas más sustentables, como “The Green web foundation” en Holanda, “The shift Project” en Francia, “La Cop” o el “Acuerdo de París”. Ya no se trata sólo de escoger un hábito sobre otro, sino entender qué problema hay detrás de lo que haces o compras.

Estamos en una de las crisis sanitarias más grandes de los últimos tiempos y lo único que piensan algunos es que termine luego para volver a retomar todo y seguir con el desarrollo. Sin embargo, “si todo se detuvo, todo puede ser puesto en tela de juicio: cuestionado, seleccionado, ordenado, interrumpido de una vez por todas” dice Latour (2020). Cuestionemos, pensemos y tengamos una vida más sostenible y respetuosa con el medioambiente, si lo que queremos es un futuro para nosotros y las próximas generaciones. 

Referencias

Agenda París. (18 de mayo del 2020). Chile es el primer país en Latinoamérica en entrar en sobregiro ecológico este 2020. El mostrador. Recuperado de: https://www.elmostrador.cl/agenda-pais/2020/05/18/chile-es-el-primer-pais-en-latinoamerica-en-entrar-en-sobregiro-ecologico-este-2020/

Han, B. (2014). En el enjambre. Barcelona: Herder. 

Han, B. (16 de mayo del 2020). Byung-Chul Han: “Deberiamos redefenir la libertad a partir de la comunidad”. Diario U de Chile. Recuperado de: https://radio.uchile.cl/2020/05/16/byung-chul-han-deberiamos-redefinir-la-libertad-a-partir-de-la-comunidad/

Lara, E. (15 de mayo del 2020). Este lunes Chile acabará con todos sus recursos naturales renovables disponibles para el 2020. Bio bio Chile. Recuperado de: https://www.biobiochile.cl/especial/aqui-tierra/noticias/2020/05/15/este-lunes-chile-acabara-con-todos-los-recursos-naturales-disponibles-para-2020-segun-ong.shtml

Latour, B. (2020). ¿Qué medidas se pueden pensar para evitar el regreso del modelo precrisis?. Recuperado de: https://oplas.org/sitio/2020/04/11/bruno-latour-que-medidas-se-pueden-pensar-para-evitar-el-regreso-del-modelo-precrisis/

Leroi Gourhan, A. (1971). El gesto y la palabra. Venezuela: Biblioteca de la universidad central de Venezuela.

WWF (2020). Hora del planeta. Recuperado de: https://www.wwf.es/nuestro_trabajo/clima_y_energia/hora_del_planeta/#

Sobre la Autora

Karina Ortega Álvarez es comunicadora audiovisual y guionista chilena de 28 años. Actualmente reparte el tiempo entre sus estudios de periodismo en la Universidad de Santiago de Chile, un voluntariado en una fundación defensora de los DD.HH y proyectos personales. Siempre ha sido apasionada por la escritura y la literatura, y en su búsqueda personal y profesional, ha escrito historias de ficción y no ficción, pasando por diversos géneros. Hoy apunta a concientizar a través de la escritura, para así poder crear una sociedad comprometida con la cultura y el medioambiente.

Imagen de Portada: © Shane Rounce.

Hoy es 22 de abril, Día de la Tierra. En el hemisferio sur nos encontramos en pleno otoño. Para los habitantes de las zonas más australes no es raro caminar por la calle y sentir un leve e incipiente olor a lluvia o, como lo ha llamado la ciencia, petricor. Este aroma de nombre poético […]

Hoy es 22 de abril, Día de la Tierra. En el hemisferio sur nos encontramos en pleno otoño. Para los habitantes de las zonas más australes no es raro caminar por la calle y sentir un leve e incipiente olor a lluvia o, como lo ha llamado la ciencia, petricor. Este aroma de nombre poético no es más ni menos que una acción química que ocurre no precisamente en el agua, sino en la coyuntura de la humedad y la tierra. Sería más preciso, entonces, decir que petricor es el olor a tierra húmeda. Este es un término que aúna la atmósfera y el suelo y se presenta como una elucubración: hace vislumbrar un conjunto de materias y organismos que se mezclan, diversifican y colaboran en un constante ciclo evolutivo, revelan una química creativa y continua: un panorama terrestre. 

Jornada de educación ambiental de Fundación un Alto en el Desierto año 2017. © FUAD

Este aroma que muchos sienten y asocian a sus entornos más próximos no es un suceso aislado, es algo que ocurre básicamente en todo lugar en el que existe una fuente hídrica y tierra, es decir, básicamente en todo el planeta. Seguro que muchos asocian esta fragancia a recuerdos e imágenes locales: un invierno vacacionando en el sur, un paseo otoñal en algún parque, una caminata por el bandejón central de la ciudad, un episodio de infancia en el patio, etc. El recuerdo aproxima las distancias. La tierra nos anima a despertar la conciencia vegetal que llevamos dentro. La crisis sanitaria que atravesamos a nivel global, nos enrostra  nuestra sesilidad. Como las plantas, somos seres ligados a la tierra. En este sentido, colaborar con el cuidado de nuestro sustrato se vuelve urgente y primordial. 

Como las plantas, somos seres ligados a la tierra. En este sentido, colaborar con el cuidado de nuestro sustrato se vuelve urgente y primordial. 

Es por esto que en el día de la Tierra, Revista Endémico en conjunto a Fundación Lepe organismo que fomenta el desarrollo comunitario sostenible desde las comunidades locales se han reunido para destacar algunas de las organizaciones que trabajan en conjunto con la naturaleza y reconocen la interdependencia entre seres humanos, seres vivos y medioambiente natural. Entre dichas iniciativas se encuentra la Fundación Un Alto en el desierto, Reinventaysén, Parque Urbano El Bosque, Centro Cultural la Vertiente, Fundación Mingako y Apicultores de Callaqui. Endémico web habló con quienes llevan adelante estas iniciativas y conversó sobre el trabajo local y territorial, la importancia de la colaboración y la educación en pos de una vida sustentable y más amigable con el medioambiente.

Cosechadores de Agua en el Desierto

La Fundación un Alto en el Desierto (FUAD) es la primera red de cosechadores y recicladores de agua en Chile. Esta iniciativa nace el año 2005 en la provincia de Limarí, en respuesta a la lamentable crisis hídrica que viven todos los habitantes de esta zona. En palabras de su co-fundador y director Nicolás Schneider Errázuriz “la desertificación es tan compleja que se deben realizar una serie de acciones al mismo tiempo coordinadas entre sí para lograr proyectos exitosos”. Es por esto que dentro de las iniciativas que desarrollan se encuentran: programas de educación hídrica ambiental, desarrollo de atrapanieblas, restauración de tierras semiáridas y el apoyo a otros proyectos sociales que genera la propia comunidad. 

FUAD ha creado en conjunto con la comunidad local el atrapanieblas más importante del Desierto de Atacama. La idea es hacerle frente al camión aljibe con “una respuesta efectiva para una real adaptación al cambio climático y una mayor resistencia social a las crónicas sequías” (Nicolás Schneider). © FUAD

Dentro de los logros más importantes en los que ha participado la FUAD destacan por un lado, ser los creadores del atrapanieblas más importante a nivel país. Este “produce cerca de 500.000 litros al año para diversos usos, incluida la fabricación de cerveza” nos cuenta Nicolás Schneider y continúa, “además, son cerca de 100 hectáreas las que se riegan gracias a la cosecha de agua de niebla. Este territorio es el único oasis que no solo ha protegido el ambiente, ha logrado hacer un alto al desierto”. La idea ha reemplazar al camión aljibe con “una respuesta efectiva para una real adaptación al cambio climático y una mayor resistencia social a las crónicas sequías” nos manifiesta el co-fundador y director de la FUAD. 

Cerro Grande es un oasis en medio del desierto. Es en este lugar donde nace la FUAD, cuando sus fundadores: Daniel Rojas y Nicolás Schneider junto a las niñas y niños de la Escuela Básica de Peña Blanca (comuna de Ovalle, región de Coquimbo) suben el cerro y se juran proteger el único lugar en donde existe una vegetación importante. © FUAD

Otro de las actividades importantes que funcionan a la par del desarrollo y funcionamiento de los atrapanieblas son las jornadas de educación ambiental, sobre todo en contextos escolares. “En el curriculum escolar a nivel nacional el agua no tiene la importancia que merece. Todavía se enseña un obsoleto ciclo del agua perfecto de evaporación, condensación, precipitación y escurrimiento que no ocurre en la realidad de la crisis climática y el extractivismo” dice Nicolás. En este sentido, han logrado crear una red de profesoras y profesores que apuestan por una enseñanza contextualizada al entorno real de los y las estudiantes. 

Puntos limpios en la Patagonia, una transformación del entorno 

Más de 1500 kms al sur de la provincia de Limarí existe otra iniciativa de educación ambiental llamada Reinventaysén. Esta agrupación nace hace 9 años de la mano de educadores de diferentes establecimientos escolares en Puerto Aysén. Estos se plantearon la idea de instalar puntos limpios al interior de escuelas, jardines y liceos. En palabras de Carolina Vega, parte del equipo de esta organización, “esto permitiría controlar el tipo de residuos que llegarían, educar a nuestros niños en reciclaje y ellos a sus padres, pero principalmente mostrarles que cuando las personas se unen y trabajan juntas pueden transformar su entorno”. Actualmente, este proyecto reúne a 19 unidades educativas trabajando en el reciclaje de residuos sólidos inorgánicos. Además, nos cuenta Carolina “hemos incorporado el compostaje y actualmente nos capacitamos en huertos escolares para educar a las comunidades en producción de alimentos”.

Atrás se observa el trencito ecológico de Christian Martino, un empresario con vocación de educador, que dispuso su tiempo y recursos para motivar a los niños y niñas a cuidar la Patagonia. © Reinventaysén

Uno de los principales logros de esta iniciativa ha sido instalar el tema de los residuos y de su reutilización, reducción y reciclaje en la comunidad de Puerto Aysén. Actualmente, nos cuenta Carolina “existe mayor conciencia de parte de comerciantes, grupos de vecinos interesados en tener un punto limpio en su barrio, incluso, hace un par de años la Municipalidad reconoció la importancia del tema al licitar el manejo del reciclaje de la comuna”. Sin embargo, el camino no ha sido fácil, pues tal como dice esta integrante de Reinventaysén “la educación ambiental es un trabajo lento porque tiene que ver con un cambio de hábitos y cambiar hábitos es muy difícil”. 

Jornada de reducción y reciclaje en la comunidad de Puerto Aysén. © Reinventaysén

Vecinos por la conservación del bosque valdiviano en plena ciudad

En el 2004 vecinos del Barrio El Bosque, en la comuna de Valdivia, se coordinaron para formar el Comité Ecológico Lemu Lahuen. Éste tenía como fin proteger el Parque Urbano de la zona, abrirlo a toda la comunidad y mediante un programa de educación ambiental promover el contacto y disfrute respetuoso con la naturaleza. Así el Parque Urbano el Bosque se transformó en un espacio protegido pero abierto a la ciudad, un lugar mágico en el que se puede apreciar la convivencia entre dos ecosistemas: la selva valdiviana y el humedal.

Pasarelas en Parque Urbano el Bosque. Vista hacia el humedal. © Parque Urbano el Bosque

Esta iniciativa ha hecho posible encontrarse en medio de la ciudad con altos árboles propios del bosque valdiviano como el roble, el laurel, el olivillo y el coigüe. También puedes apreciar otros arbustos como maquis, notros y arrayanes; enredaderas como el copihue; y numerosos helechos y otras hierbas nativas de la zona. Toda esta vegetación es el hogar de una rica fauna compuesta por diversas aves, anfibios e insectos. María Ema Hermosilla, presidenta del Comité Ecológico Lemu Lahuen, destaca que la importancia de esta iniciativa “radica en que siendo espacios naturales remanente no son comparables con áreas verdes artificiales, son remanentes del bosque nativo original que mantienen una alta biodiversidad y las relaciones entre las especies que la componen, proveen servicios que no pueden las «áreas verdes» artificiales. Como por ejemplo la regulación del agua, el calor, la provisión de alimento y refugio para las especies que la habitan”.

Además, María Ema Hermosilla recalca que “la convivencia de todas las especies de flora y fauna que habitan en este parque tiene cientos de años de evolución conjunta” por lo que es vital respetar las condiciones naturales y evitar las plantaciones de especies exóticas, entre otros. Para esto no solo han creado una infraestructura para visitar el lugar, sino también han desarrollado otros trabajos como talleres de educación ambiental, concursos fotográficos y hasta la publicación del libro Flora y Fauna de la selva valdiviana: En la ciudad de Valdivia

Vista hacia el bosque en Parque Urbano el Bosque. © Parque Urbano el Bosque

El buen vivir en Comunidad

En la localidad de Las Higueras, en la comuna de Talcahuano nace el Centro Cultural la Vertiente que con la junta de vecinos del mismo barrio han desarrollado diversas iniciativas con el objetivo de fortalecer el tejido social y también el entorno de esta comunidad. Todos los proyectos y espacios creados por esta iniciativa se enmarcan en dos ámbitos de trabajo: por un lado “naturaleza y comunidad” y por otro “economía local y solidaria”. En palabras de Jorge Barreda, miembro del Centro Cultural la Vertiente, estos ámbitos abarcan objetivos tales como recuperar espacios en el barrio, fortalecer relaciones vecinales retomando antiguas costumbres de nuestra comunidad, restituir el vínculo deteriorado de nuestras comunidades con la naturaleza, como también fortalecer e integrar las pequeñas iniciativas de sustento económico de nuestra gente”. 

Quizás lo más destacable de este centro cultural es su marco filosófico, en palabras de Jorge éste se enmarca “en un gran proyecto que llamamos el Buen Vivir en Comunidad. Creemos que este proyecto, en término de ideas, visión y principios, no solo lo impulsa nuestro centro cultural, sino que está presente en muchas de las organizaciones que componen el entramado social de nuestros territorios”. El Buen Vivir es una forma de habitar en el mundo, “nacida de lo más profundo de los pueblos de nuestra América, que si bien presenta diferentes comprensiones por los pueblos de un lugar u otro, coinciden en que la vida humana y la madre naturaleza están en el centro de partida de cualquier acción a realizar” nos cuenta Jorge. 

Atrás se divisa el Parque Comunitario La Vertiente, que corresponde a un sitio del cerro aledaño al sector La Vertiente. El Centro Cultural se propuso acercar a la gente a este lugar, recuperar la relación con el cerro, así como restaurar la vegetación nativa del lugar: «Cada año, hemos plantado entre 40 a 100 árboles, avanzado en mejores resultados en la supervivencia de los individuos plantados frente a las secas condiciones del verano» relata Jorge Barreda. © Centro Cultural la Vertiente

Más allá de ofrecer actividades, la Vertiente “se abre como un espacio para aprender y desarrollar iniciativas que nos encaminen al bienestar de nuestra comunidad y la naturaleza que habita en nuestro territorio” nos dice Jorge. De esta forma, se han organizado las jornadas de limpieza periódica, caminatas de identificación de plantas y recolección de semillas, plantaciones de árboles y arbustos nativos para la restauración ecológica. Además, actualmente se están organizando charlas de “Experiencias exitosas de economías locales y solidarias” y los talleres de formación en “Economías para el Bien Común” en modalidad virtual abierto a todo público. Así también, nos cuenta Jorge, inauguraron “la biblioteca comunitaria, la huerta de plantas medicinales y el vivero de propagación de plantas nativas en la sede social”. Al mismo tiempo, han pintado murales con un fuerte sentido de historia e identidad local, y han aportado al mejoramiento de la infraestructura del barrio, ya sea por acción directa o por medio de la gestión a través de la municipalidad. Todo esto en pos de aportar a la vinculación de la ciudadanía con su territorio, hacerse parte del espacio que habitan y estimular el cuidado del medio ambiente. 

El Buen Vivir es una forma de habitar en el mundo, “nacida de lo más profundo de los pueblos de nuestra América, que si bien presenta diferentes comprensiones por los pueblos de un lugar u otro, coinciden en que la vida humana y la madre naturaleza están en el centro de partida de cualquier acción a realizar” nos cuenta Jorge Barreda.

La minga de San Bernardo, en busca de una conciencia medioambiental colectiva

Otra agrupación ciudadana que apuesta por la concientización de la comunidad por el cuidado de su entorno es Mingako. Muchísimos kms más al norte de Talcahuano, en la comuna de San Bernardo, lugar sometido a diversas problemáticas socio ambientales como la gran cantidad de micro basurales, la desertificación de espacios verdes urbanos, la falta de orden territorial y la escasez de participación social, nace esta iniciativa. Su objetivo, en palabras de Víctor Farías, director ejecutivo de Mingako, es “forjar desde el trabajo comunitario, y la ecoeducación y acción una sustentabilidad participativa y ecológica”. 

Todos los proyectos que realiza Mingako son por medio de alianzas con organizaciones que mantengan un enfoque parecido al de la fundación, la cual sostiene la metodología de trabajo en comunidad para alcanzar una sustentabilidad global. © Fundación Mingako

Uno de los valores más importantes para los integrantes de Mingako a la hora de abordar el medio ambiente ha sido el trabajo comunitario. “Las personas no existimos solas en islas individuales en nuestros territorios, sino que al igual que la naturaleza, conformamos un gigante entramado de relaciones que se nutren cuando estas se multiplican, se complejizan, por lo que para enfrentar los problemas graves socio ecológicos que hoy nos acercan al borde del abismo debemos como comunidades organizar nuestra vida de una manera libre y autónoma” dice Víctor. Cuando el integrante de Mingako habla de libertad, va más allá de nuestras elecciones mercantiles, se refiere más bien a la manera de organizarnos, “a como queremos practicar nuestra economía, como queremos hermosear nuestras plazas, nuestras calles… a la libertad creativa y responsable”. Para esta organización es fundamental, dice el director de Mingako, “hacerse cargo de retomar las tareas sociales que desde la dictadura dejamos como sociedad en manos del mercado y con los años hemos visto que sus intereses van sólo ligados a la reproducción infinita del capital y de las desigualdades que produce, más que a aumentar la dignidad y el buen vivir de las comunidades y territorios”. 

El centro de ecoeducación Mingako está emplazado en lo que fue un micro basural urbano en la comuna de San Bernardo, hoy, fruto de un trabajo de más de dos años de voluntariado, la sede posee un huerto urbano de 100 m2, una zona de compostaje y lombricultura, entre otras salas y talleres. © Fundación Mingako

Durante la pandemia, esta organización ha estado más activa que nunca. Uno de los proyectos que se destacan actualmente es la “Minga popular por la resiliencia comunitaria”, que han desarrollado junto a una comunidad de más de 120 familias, en alianza con el Banco de Alimentos de Lo Valledor, la corporación Red de Alimentos y del trabajo colaborativo con campos y granjas agroecológicas de la zona sur de Santiago. Esta iniciativa tiene como objetivo la recuperación de comida para la seguridad alimentaria. Por otro lado, hace unas semanas comenzaron con la primera escuela popular socioambiental. Esta “busca que 21 vecinos y vecinas de nuestra comuna puedan compartir aprendizaje con nosotres y puedan formarse como monitores y monitoras de educación popular ambiental, reflexionando sobre el impacto de las problemáticas globales y locales, y aprendiendo un eco oficio que puede ser la práctica la agroecología, el reciclaje de plásticos y textiles o la medicina e higiene natural” relata Víctor.  

Apicultura pewenche, apicultura en familia

En la comuna de Alto Biobío, 24 familias pewenche se han planteado la idea de reaprender una práctica olvidada: la cosecha de miel tradicional pewenche. Antiguamente no era extraño que las familias que habitaban esta zona tuviesen prácticas apícolas. Con el tiempo y la llegada de la abeja trashumante, es decir con la llegada de colmenas afuerinas que se ubicaron en la zona con el fin de tener mejores condiciones de recolección, la actividad apícola tradicionales y las abejas nativas se fueron perdiendo. 

Apicultores de Callaqui impulsan el rescate tradicional pewenche en la cosecha de miel. © Marcela Melej

Es así como en el año 2017 “dentro de una asamblea comunitaria se comenzó a amasar la idea de aprovechar los recursos que nos ofrecía nuestro territorio” nos cuenta Guillermo Purrán, director de la asociación. Un año después la comunidad comenzó a autocapacitarse: los que ya tenían algo de experiencia ayudaron a los nuevos. De esta forma, no solo retomaban una actividad tradicional abandonada, sino que también “evitamos que la gente saliera a trabajar a otras zonas” nos menciona Guillermo. Esta iniciativa, finalmente, tomó el nombre de Asociación Indígena de Apicultores de Callaqui.

Para el director de esta iniciativa, la apicultura pewenche se diferencia de otras tradiciones apícolas no tanto en su técnica, sino en ser una práctica colaborativa, ligada a la familia, a la comunidad y desarrollada en entornos naturales poco intervenidos. Los apiarios en la cordillera se ven favorecidos y afectados de maneras muy distintas a los que se encuentran en los valles. Así, las plantas nativas, los ríos limpios y las medicinas naturales hacen que el trabajo de estas colmenas esté exento de contaminación. Además, “la conexión que tenemos con la naturaleza es distinta, la apicultura se vive en familia. Las abejas son parte de nosotros, convivimos y conversamos con ellas, trabajamos con ellas, no las entendemos como una simple mercancía y por lo mismo no buscamos industrializarlas” profundiza Guillermo. 

Antiguamente no era extraño que las familias que habitaban esta zona tuviesen prácticas apícolas. Con el tiempo y la llegada de la abeja trashumante la actividad apícola tradicionales y las abejas nativas se fueron perdiendo comenta Guillermo Purrán. © Marcela Melej

Todas estas iniciativas tienen en común ser proyectos sociales, comunitarios y colaborativos, pero por sobre todo son proyectos que buscan un convivir armónico con el entorno y la naturaleza que habitamos.

Comunidad y cooperación: enfrentar la parálisis de las autoridades

Todas estas iniciativas tienen en común ser proyectos sociales, comunitarios y colaborativos, pero por sobre todo son proyectos que buscan un convivir armónico con el entorno y la naturaleza que habitamos. Esta tarea es importante en estos tiempos en que “se percibe una desvinculación con los espacios donde los procesos ocurren, lo que se conoce como un aprendizaje sin territorio” dice Jorge Barreda, miembro del Centro Cultural la Vertiente, quien además agrega: “Por lo que se ha visto en otras partes del mundo, y también hemos apreciado en el trabajo realizado como Centro Cultural, trabajar en el territorio, junto a las personas que ahí habitan, es una de las mejores formas de involucrar a las personas y generar un verdadero proceso de aprendizaje, los cuales van nutriendo una conciencia ambiental más profunda”.

La comunidad que integra Apicultores de Callaqui. © Marcela Melej

Estas iniciativas no se han desarrollado exentas de dificultades. El director de Mingako, Víctor Farías nos cuenta que “una gran problemática que afecta a todas las organizaciones comunitarias que se hacen parte de la solución de los problemas locales es la escasez de recursos económicos y la falta de preocupación de las autoridades políticas”. A su vez, el co-fundador y director de FUAD Nicolás Schneider Errázuriz agrega “hemos visto los factores que desencadenaron el llamado ‘estallido social’, la bronca contenida y dirigida hacia la clase política, científica, económica y ligado también a las instituciones públicas que no dan el ancho para enfrentar, por ejemplo, la crisis hídrica que vive Chile”. 

Víctor Farías a modo resolutivo dice: “Cuando el gobierno desconoce a tal punto la realidad territorial, es la solidaridad y el trabajo de barrio lo que permite la reproducción de la vida y el triunfo de esta sobre la pandemia, la contaminación, el extractivismo, etc.” En el mismo sentido, Nicolás Schneider recalca que una de las cuestiones fundamentales para trabajar por un cuidado del medioambiente del que somos parte “es, en primer lugar, reestableciendo el tejido social, que se ha perdido por un bombardeo de 40 años de neoliberalismo”. Es decir, hacer el ejercicio de reencontrarse, pensar proyectos comunes y recobrar la cooperación para hacer frente a tanto individualismo y a la crisis climática que se nos desborda.   

Cuando el gobierno desconoce a tal punto la realidad territorial, es la solidaridad y el trabajo de barrio lo que permite la reproducción de la vida y el triunfo de esta sobre la pandemia, la contaminación, el extractivismo, etc. (Víctor Farías, Fundación Mingako).

 

Imagen de Portada: © Marcela Melej

Imaginando futuros sostenibles a través del Diseño

Vivimos rodeados de productos y servicios hechos a nuestra medida. Aplicaciones que monitorean nuestra salud, reproductores de música inteligentes que eligen lo que escuchamos, y sistemas de delivery que nos traen el café donde quiera que estemos. Estos productos y servicios han sido formulados desde una perspectiva de diseño centrado en los usuarios (o en […]

Vivimos rodeados de productos y servicios hechos a nuestra medida. Aplicaciones que monitorean nuestra salud, reproductores de música inteligentes que eligen lo que escuchamos, y sistemas de delivery que nos traen el café donde quiera que estemos. Estos productos y servicios han sido formulados desde una perspectiva de diseño centrado en los usuarios (o en las personas) y nos entregan grandes experiencias como consumidores, sin embargo, es importante preguntarnos: ¿A qué costo? ¿Cómo estos beneficios individuales se traducen en impacto social o medioambiental?

Es urgente repensar el diseño de una forma que integre a los ecosistemas y los diferentes actores humanos y no humanos que los conforman.

El diseño centrado en las personas puede tener muy buenas intenciones pero, al mismo tiempo, generar impactos negativos y hasta desastrosos si es que no entendemos bien el contexto en el cual nos estamos insertando. Un ejemplo es el de Airbnb, una plataforma diseñada para turistas en busca de experiencias locales y personas con espacio extra en sus hogares. Si bien esta aplicación fue muy bien recibida en casi todo el mundo, a medida que la plataforma se expandió empezó a generar aumentos gigantescos en los precios de arriendo de ciertos barrios, especialmente en las capitales turísticas, limitando a muchas familias el acceso a vivienda. Se estima que en Nueva York la llegada de Airbnb significó un aumento de $400 dólares en la renta promedio. (Economic Policy Institute, 2019). Otro ejemplo son los servicios de reparto a domicilio, los cuales entregan comodidad y conveniencia a sus usuarios, pero han sido criticados por sus nulas o débiles políticas laborales de cara a sus empleados y su uso excesivo de packaging desechable y contaminante (New York Times, 2019).

Las tierras colaborativas permiten también explorar nuevas semillas y granos, rescatando especies nativas y fomentando mayor diversidad de cultivos. Créditos: https://www.gothelneyfarmer.co.uk/

En ambos casos podríamos asumir que ninguno de estos servicios y plataformas fue diseñado con una mala intención, sino más bien desde una falta de conocimiento de los sistemas y relaciones en las cuales intervienen. Existe una miopía respecto al alcance que tiene un producto o servicio, que hace que se tomen en cuenta sólo los efectos inmediatos y a los usuarios directos. Es necesario, por lo tanto, ampliar nuestra mirada y repensar el alcance y la escala que empleamos al diseñar, extendiendo el enfoque centrado en las personas a uno que abarque e integre los ecosistema sociales y ambientales que los rodean y conectan. También necesitamos revisar el rol ético que tiene el diseño y su responsabilidad en –y con– los sistemas que interviene, ya no solo desde lo individual, sino también desde las comunidades y el entorno.

Las recientes crisis sociales, sanitarias, climáticas y económicas nos han demostrado que vivimos en un mundo cambiante, interconectado e interdependiente, el cual hemos alterado hasta poner en riesgo la existencia de todos sus habitantes. Es necesario adaptarse y buscar nuevas soluciones.

Ante esto, algunos teóricos han repensando la forma en la cual los diseñadores se hacen cargo de los problemas complejos como lo es el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el crimen, la pobreza, la contaminación, entre otros. Existen actualmente dos perspectivas que han llamado la atención en relación a resolver este tipo de problemas. La primera es el diseño para las transiciones, de la Universidad Carnegie Mellon, con un marco de trabajo impulsado por la académica y diseñadora Terry Irwin. El segundo enfoque es el del life centered design (diseño centrado en la vida), término inspirado por la teoría del escritor e investigador del Royal College of Art, John Thackara. Éste plantea diseñar para todas las formas de vida, no solo para la vida humana. Ambos enfoques proponen que el diseño debe adoptar una nueva perspectiva sistémica que integre a los ecosistemas y los diferentes actores humanos y no humanos que los conforman. Esto significa diseñar en dos niveles: el individual y el colectivo.

En este sentido, estas perspectivas buscan entregar herramientas creativas para que las personas puedan innovar, colaborar e implementar propuestas que nos permitan convivir con el planeta, tomando decisiones que sean más sinérgicas y sostenibles. Proponen también una visión de futuro, analizando los impactos a largo plazo y permitiéndonos ver más allá del efecto inmediato. Se busca así generar una oportunidad de cambiar nuestra relación con el medio ambiente, repensar nuestras relaciones interpersonales y, por qué no, las relaciones entre las personas y la tecnología.

Taller Biomateriales en Fablab Santiago por Valentina Marquez y Carolina Pacheco. Foto por: Antonia Valencia. Más información en: https://www.caropacheco.work/workshops

Si bien algunos teóricos plantean que parte de la solución a estos grandes problemas sería volver a sistemas y soluciones del pasado, por ejemplo las que tenían las sociedades tradicionales y preindustriales que vivían de manera sostenible durante generaciones, existen otras opciones. Hoy podemos complementar los saberes tradicionales con nuevas soluciones que integren los avances tecnológicos y la interconectividad que nos ofrece el mundo de hoy. Esto incluye  conocimientos de soluciones basadas en la naturaleza y los sistemas vivientes, explorando los fenómenos en términos de patrones dinámicos de las relaciones entre los organismos y sus entornos. Principios como autoorganización, emergencia, resiliencia, simbiosis, holarquía e interdependencia, entre otros, pueden servir como puntos de influencia para iniciar y catalizar el cambio dentro de estos sistemas  complejos (Irwin 2015).

Actualmente, existen varias iniciativas que fomentan una mayor sostenibilidad a través de la colaboración y el trabajo sistémico. Un ejemplo son las tierras cooperativas, instancias donde ciudadanos se unen para financiar y apoyar a agricultores pequeños y ecológicos a cambio de alimentos de gran calidad. De esta forma se busca aumentar la disponibilidad de comida orgánica, evitar la precarización laboral en el campo, y mantener los conocimientos tradicionales, mientras que se fomenta una relación social entre los diferentes actores. En este caso no solo se cambia la forma de producir, sino también el modelo que lo sustenta, generando un sistema más resiliente y beneficiosos para todos los involucrados.

Otro ejemplo son los proyectos en la lógica del open source (código abierto), comunidades que han aprovechado la conectividad global para compartir conocimiento de manera libre, colaborativa y retroalimentativa. Así, surgen iniciativas que llaman la atención como Materiom, una biblioteca abierta que promueve la innovación y divulgación de recetas de biomateriales desarrolladas por personas y organizaciones de todo el mundo. Estos son materiales orgánicos y biodegradables que permiten modelos de producción regenerativos y eficientes. Materiom representa una visión holística, ya que aprovecha los conocimientos locales, promueve la colaboración de los diferentes actores e incentiva el uso materiales sostenibles. Además, es capaz de aprender y adaptarse a las necesidades de los usuarios y el medioambiente.

Desde el diseño existe la oportunidad de potenciar y multiplicar estas iniciativas, a través de metodologías y herramientas que permiten guiar procesos para llegar a soluciones que las personas integren y hagan suyas como parte de su cotidianidad y cultura. Ya sea desde el diseño de servicios, el diseño para la innovación social o el diseño para las políticas públicas, estas disciplinas ofrecen métodos útiles para la co-creación y el diseño participativo. Permiten también el trabajo interdisciplinario, indispensable para enfrentar los desafíos complejos y colectivos de hoy, los que exigen implementar múltiples perspectivas para abordarlos desde esta nueva mirada sistémica.

Y si bien no seremos capaces de abarcar todo con nuestras acciones o diseños, debemos saber aprovechar y potenciar las relaciones existentes, reducir los impactos negativos y generar sinergias donde podamos. Solo así podremos empezar a imaginar y crear futuros sostenibles.

Bibliografía

  • John Thackara (2018) Designing for all of life, not just human life. This is HCD Podcast. https://www.thisishcd.com/episodes/32-john-thackara-designing-for-all-of-life-not-just-human-life/
  • Economic Policy Institute. (2019). The economic costs and benefits of Airbnb https://www.epi.org/publication/the-economic-costs-and-benefits-of-airbnb-no-reason-for-local-policymakers-to-let-airbnb-bypass-tax-or-regulatory-obligations/
  • New York Times. (2019). Food Delivery Apps Are Drowning China in Plastic. https://www.nytimes.com/2019/05/28/technology/china-food-delivery-trash.html
  • Fjord (2020) Trends 2020 – Trend 7 Life Centered Design https://trends.fjordnet.com/trends/life-centered-design
  • Irwin, T. (2015). Transition design: A proposal for a new area of design practice, study, and research. Design and Culture,

Sobre las Autoras

Catalina Hepp  es Diseñadora integral titulada de la Pontificia Universidad Católica, actualmente cursando el diplomado “Formulación y evaluación de proyectos con foco en el territorio y la comunidad” del Centro de Políticas Públicas UC. Tiene experiencia en proyectos de innovación vinculados al diseño de servicios y la innovación.

Josefina Carvalho es Licenciada en Diseño de la Pontificia Universidad Católica. Miembro hace 5 años del equipo de la organización ambiental chilena Geute Conservación Sur, lugar donde se desempeña como diseñadora en proyectos, estrategias y comunicaciones. Sus intereses están por el diseño de información, diseño de servicios, su vinculación con la protección del medioambiente y su relación con las personas que lo habitan.

Imagen de portada: Imagen de elaboración propia con fotografías de Álvaro Montaña, Evelyn Pfeiffer y otras de libre uso.

Metabolismo Urbano: Una forma de habitar el espacio a escala sostenible.

En la naturaleza los sistemas tienen distintas formas de comportarse y la temporalidad les afecta de manera diferente, es decir, los sistemas de gran envergadura tienen distintos ritmos que los de menor envergadura. Por ejemplo, si miramos dos especies de mamíferos, como un ratón y una ballena, podemos notar que tienen muchas similitudes, mas su […]

En la naturaleza los sistemas tienen distintas formas de comportarse y la temporalidad les afecta de manera diferente, es decir, los sistemas de gran envergadura tienen distintos ritmos que los de menor envergadura. Por ejemplo, si miramos dos especies de mamíferos, como un ratón y una ballena, podemos notar que tienen muchas similitudes, mas su tiempo de vida es muy disímil, una ballena puede vivir cerca de 90 años, mientras que un ratón común, cerca de 3. Para mantener con vida a un organismo grande, como una ballena, cada célula requiere menos energía, lo que genera menor desgaste celular. Esto revela que la manera de escalar que tiene la naturaleza apunta a escalas de tiempo más lentas, cuando el organismo o sistema, es más grande [1].

Las escalas, los tamaños, son trascendentales en el funcionamiento de todo sistema que habita el planeta. Llevemos esta idea a los lugares donde habitamos: si una casa es grande, tomará más tiempo recorrer de un punto a otro que una casa pequeña; tomará más tiempo limpiarla; si hay más habitantes, será necesario conseguir más alimentos; y si ahora tenemos un conjunto de casas, el alimento provendrá de más lejos. Esta es una forma simplificada de entender cómo funciona la urbanización y cuáles son sus consecuencias e impactos. Hoy en día más del 55% de la población mundial vive en zonas urbanas y se estima que aumentará a cerca del 68% a 2050 [2]. En Chile estas cifras son más críticas, el 87% de la población vive en áreas urbanas [3]. Los efectos negativos de la expansión sin mesura de las ciudades se ven reflejados en: la contaminación atmosférica, la contaminación acústica, el aumento de temperatura por las llamadas islas de calor, los problemas en la salud humana, la depredación de ecosistemas, la pérdida de biodiversidad, además de la desigualdad.

Más allá de ser consumidores o ciudadanas, podemos adquirir una mirada de meta-ciudadanía ecológica, en la que predomina la empatía con la naturaleza, las valoraciones colectivas y ecológicas y un énfasis político, ambiental y territorial.

Bajo esta realidad se plantea el Metabolismo Urbano, que asimila una ciudad o entidad urbana con un organismo grande -como una ballena- o ecosistema, estudiando el intercambio de sus flujos, diseñando y planificando para buscar un mejor desempeño ambiental. Tal como una ballena necesita alimento, que provienen desde su entorno, y genera residuos, la ciudad también.

El término Metabolismo Urbano fue acuñado por Wolman en 1965 refiriéndose al fenómeno científico que incluye los procesos técnicos y socioeconómicos que ocurren en la ciudad, sin embargo, la idea de describir los intercambios materiales y energéticos entre naturaleza y sociedad ya había sido discutida anteriormente por filósofos como Karl Marx [4].

Llevémoslo a un ejemplo sobre la alimentación. A una ciudad ingresa cierta cantidad de alimento para abastecer a quienes viven en ella, la ciudad no genera su propio alimento, por lo tanto, se favorece la agricultura intensiva, y con ella, todas las consecuencias ecosistémicas que conlleva, como el uso indiscriminado de elementos naturales (agua), el uso de fertilizantes que afectan a la biota y la pérdida del suelo fértil. Pero, si minimizamos el flujo de alimento que ingresa a la ciudad y producimos alimento dentro de ésta, podríamos tener una ciudad más resiliente y sostenible al favorecer la soberanía alimentaria.

Esto sería una conclusión al aplicar herramientas de Metabolismo Urbano en la planificación territorial. Otras miradas sistémicas desde el Metabolismo Urbano podrían llevar a tener planes de edificación que fomenten los llamados techos verdes, que no sólo aportan a la absorción de gases de efecto invernadero como el CO2, sino que regulan la temperatura de las edificaciones; incentivar el uso de medios de  transporte más limpios, creando redes de ciclovías, mejorando el transporte público o promoviendo sistemas de trenes y ferrocarriles para el movimiento de materiales, alimentos y personas a lo largo de nuestro país.

El Metabolismo Urbano asimila una ciudad o entidad urbana con un organismo grande -como una ballena- o ecosistema, estudiando el intercambio de sus flujos, diseñando y planificando para buscar un mejor desempeño ambiental.

La mirada sistémica es clave para hacer frente a las nuevas realidades que hoy nos afectan a nivel mundial, como la extinción de especies y el cambio climático. Es necesario que incorporemos estas ideas de conservación de nuestro hogar en la cotidianidad y no solamente a la imagen romantizada de naturaleza: no sólo generar menos huella cuando viajamos a un bosque o un lugar prístino, sino también en nuestro territorio urbano. Donde habitamos, también puede ser un espacio para la regeneración y la vida sostenible. Más allá de ser consumidores o ciudadanas, podemos adquirir una mirada de meta-ciudadanía ecológica, en la que predomina la empatía con la naturaleza, las valoraciones colectivas y ecológicas y un énfasis político, ambiental y territorial [5]. Entender nuestro espacio como un sistema: nuestro barrio como un organismo, nuestra ciudad como un ecosistema y nuestro planeta como un sistema de relaciones bióticas (vivas) y abióticas (suelo, roca, océano, atmósfera) interconectadas e interdependientes, como propone la teoría Gaia [6], nos proporciona una perspectiva afín a la sostenibilidad ecosistémica.

El analizar la vida urbana va adquiriendo cada vez más relevancia debido al crecimiento de este tipo de asentamiento y nuestra realidad global, la emergencia climática y ecosistémica. Dado este contexto, es relevante tener una mirada a futuro a mediano y largo plazo, porque muchas veces la falta de perspectiva nos ha alejado de nuestra mejor versión de hogar (casa, ciudad, planeta). Por esto, es fundamental pensar nuevas formas de habitar y pensar cómo vivimos.

Les invito a mirar su hogar, a conocer nuestra flora, funga, fauna endémica; al salir a mirar, no importa si no viven en la playa o en el bosque, la ciudad está llena de vida. Les invito a conocer a sus vecinos y vecinas, y pensar en cómo habitar y buscar el bien común.

[1] Geofrey West.  Scale: The Universal Laws of Life and Death in Organisms, Cities and Companies. 2017.

[2] UN. Revision of World Urbanization Prospects. 2018. https://www.un.org/development/desa/publications/2018-revision-of-world-urbanization-prospects.html

[3] INE. Síntesis de Resultados Censo 2017.

[4] Yan Zhang. Urban metabolism: A review of research methodologies. Environmental Pollution, 178: 463–473. 2013.

[5] Eduardo Gudynas. Derechos de la Naturaleza, Ética biocéntrica y políticas ambientales. 2019.

[6] Lynn Margulis, Dorion Sagan. Microcosmos, Four Billion Years of Evolution from Our Microbial Ancestors. 1995.

Sobre la Autora

Mariana Bruning González es Ingeniera Civil Química y Magíster en Ingeniería Química. Es buzo, le gusta la ornitología y la pintura en acuarela. Se dedica a la sustentabilidad desde la academia, la consultoría y la docencia. Actualmente hace clases en el Minor de Sustentabilidad de la Facultad de Ingeniería y en el Diplomado de Economía Circular de la Universidad de Chile. En el Centro ProSus, investiga sobre impacto ambiental en cuerpos de agua, el impacto de la ciudad desde el concepto de metabolismo urbano y la simbiosis industrial. Participa en la SCAC, es directora de proyectos CYCLO, consultora en sustentabilidad, donde se dedica principalmente a Huella de Carbono y Análisis de Ciclo de Vida. Desde el voluntariado, colabora con Fundación Basura, Fundación Retroalimenta (conocida por las Disco Sopa) y la ONG Panthalassa.
Imagen de portada: Humedal El Culebrón, Coquimbo. Un ejemplo de ecosistema en vinculación con lo urbano. Crédito: Nicolás Escobar Herbozo @escobarherbozo

Una nueva oportunidad para las comunidades costeras

La pandemia del virus SARS-CoV2, o más conocido como COVID-19, es uno de los grandes desafíos que la humanidad ha tenido que afrontar. Con más de 23.700.000 casos confirmados en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud, ha puesto en jaque los sistemas de salud, seguridad social, económicos, ambientales y el rol de […]

La pandemia del virus SARS-CoV2, o más conocido como COVID-19, es uno de los grandes desafíos que la humanidad ha tenido que afrontar. Con más de 23.700.000 casos confirmados en el mundo, según la Organización Mundial de la Salud, ha puesto en jaque los sistemas de salud, seguridad social, económicos, ambientales y el rol de la ciencia en la mayoría de los países. América Latina, una región que en el último tiempo se ha encontrado con dificultades económicas y sociales, lidera hoy el número de casos confirmados con más de 6 millones de personas contagiadas. Las medidas optadas para mitigar el número de contagios y “aplanar la curva” en los distintos países de la región han sido diversas, pero cuando estos tienen como principal actividad económica el manejo de los recursos naturales, es válido cuestionar e indagar sobre los efectos que tales medidas han tenido sobre éstos y los pasos a seguir para un manejo sustentable.

El ecosistema marino – además de cubrir el 70% del planeta y proveer más del 50% del oxígeno que respiramos – es el sustento económico de múltiples comunidades costeras. En el mundo, se estima que aproximadamente 32 millones de personas se involucran de forma directa a la pesca artesanal (Bennett et al., 2020). Esta es una actividad extractiva realizada por personas naturales que si bien presentan diferencias entre los países, se caracterizan por presentar embarcaciones menores, aparejos de pesca sencillos o tradicionales, habitan en zonas costeras, son ciudadanos locales y un importante sustento para su comunidad. La legislación chilena define la pesca artesanal como la actividad pesquera extractiva realizada por personas naturales en forma personal, directa y habitual, que trabajan como pescadores artesanales inscritos en el Registro Pesquero Artesanal, y su actividad se ejerce a través de las siguientes categorías: armador artesanal, pescador artesanal, buzo, recolector de orilla, alguero o buzo apnea. Además, se puede presentar embarcaciones con una eslora máxima no superior a 18 metros y 80 metros cúbicos de capacidad de bodega la que es identificada e inscrita en el Registro Pesquero Artesanal.

El ecosistema marino, además de cubrir el 70% del planeta y proveer más del 50% del oxígeno que respiramos, es el sustento económico de múltiples comunidades costeras. Crédito: Francesco Ungaro vía Pexels.com

Como tantos sectores, éste no se hace ajeno a los impactos de esta pandemia. La pesca artesanal, a nivel mundial, es una actividad vulnerable a la recesión de los mercados globales, ya que la mayoría de sus desembarques son destinados a la exportación. Recursos como la langosta americana, mexicana, cangrejo de río australiano y camarones vietnamitas, han presentado una disminución en su demanda debido al cese de los mercados asiáticos y europeos. En Italia, por ejemplo, la actividad pesquera se redujo en un 84 % según Depellegri et al., (2020). Frente a esta situación, científicos del Insituto Hopkings Marine Station de la universidad de Standford, sostienen que el cierre de los mercados dominantes extranjeros, puso en evidencia la vulnerabilidad de la pesca artesanal, ya que cada vez las pesquerías dependen más de compradores extranjeros en lugar de los mercados nacionales. Por otra parte, cabe destacar que a nivel internacional se espera una mayor actividad de pesca ilegal, no reportada y/o no regulada (IUU) debido al deceso de observadores y fiscalización por periodos de confinamiento (Bennett et al., 2020).

¿Cómo pueden las comunidades costeras seguir desarrollando una actividad extractiva que forma parte de su identidad cultural sin poner en riesgo su subsistencia ni la funcionalidad del ecosistema?

Pescadores artesanales en Chile: Un nuevo desafío

En Chile, la pesca artesanal es un sector compuesto por 91.436 personas a diciembre del 2019, siendo el 76% hombres y 24% mujeres (Subpesca, 2019). Una actividad que no solo incluye a una persona natural si no que en muchas ocasiones, también se encuentra involucrado el núcleo familiar del pescador/a. Las exportaciones son una venta clave para la pesquería de centolla, erizo, merluza, jibia, macha y ostión. Aunque no existen datos oficiales o científicos al momento con respecto al impacto de la pandemia en las exportaciones en la pesca artesanal, es de esperar que su cantidad y utilidad decaiga con respecto a años anteriores. Si bien la pandemia ha tenido un impacto en el mercado internacional, las demandas por recursos marinos en los mercados nacionales también se ha visto reducida, y las comunidades costeras de Chile no son ajenas a estos efectos. Pescadores sostienen que sus ventas han disminuido en un 70%, principalmente por la baja demanda por parte del rubro culinario, turismo y la venta directa en las caletas (Mundo Acuicola, 2020; Conapach, 2020).

Caleta de Pescadores en Chiloé, en el Monumento Natural Islotes de Puñihuil: Crédito: Giuliana Vomero.

Sin lugar a dudas, la pandemia del Covid-19 ha expuesto diversos aspectos de cómo se relacionan las comunidades costeras con sus ecosistemas y qué es necesario mejorar para su desarrollo sustentable. Bennet et al ., (2020) sostienen que si se sostiene el descenso en la pesquerías mundiales, se podría observar una recuperación de las poblaciones de especies explotadas, tal como quedó en evidencia durante la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que cerca del 90% de las pesquerías mundiales se encuentran sobre-explotadas. Pero ¿qué pasará si este descenso no es sostenido? ¿Cómo pueden las comunidades costeras seguir desarrollando una actividad extractiva que forma parte de su identidad cultural sin poner en riesgo su subsistencia ni la funcionalidad del ecosistema?

Si bien el confinamiento ha distanciado la relación del ser humano con el ecosistema y reveló las vulnerabilidades que experimentan las comunidades costeras, también ha mostrado los posibles impactos positivos de las acciones que se toman en conjunto.

La recuperación de la biodiversidad y ecosistemas marinos será un punto clave en la era post pandemia. Estos esfuerzos deben tener como objetivo aumentar la abundancia de hábitats y especies claves para asegurar la resiliencia, funciones, estructura y servicios del ecosistema (Duarte et al. , 2020). También se debe tener en cuenta que la recuperación no es aislada: en cada localidad entran en juego diversos factores como la variabilidad natural local, la intensificación de eventos derivados del cambio climático como aumento de temperatura superficial de la columna de agua, la acidificación, conflictos sociales, políticas de mitigación al cambio climático, financiamiento, entre otros que condicionan la manera en que cada comunidad dirije sus esfuerzos. Sin embargo, el intercambio de experiencias positivas y la replicación de ideas son pasos que nos acercan a empoderar a las comunidades para afrontar sus futuros desafíos. Por ejemplo, en diversas partes del mundo – como México, Islas del Pacífico, Hawaii, Seattle y Ghana – se ha hecho evidente la solidaridad entre comunidades junto a la aparición de emprendimientos sociales que fomentan el comercio directo entre consumidores y pescadores artesanales. Así, se ha potenciado el comercio local, la menor dependencia ante al mercado exterior, la disminución de actores que especulan en el precio y un ingreso más justo entre los pescadores artesanales.

En la actualidad, cerca del 90% de las pesquerías mundiales se encuentran sobre-explotadas. Crédito: Bedis ElAcheche vía Pexels.com

Esta pandemia ha reflejado el poder que tienen las acciones individuales conjuntas de cada país en los ecosistemas. Felizmente, las medidas de confinamiento optadas por la mayoría de los países han tenido un efecto positivo en la emisión de gases de efecto invernadero y contaminantes en la atmósfera. Además, se ha comprobado que se redujo la contaminación acústica en ciudades, como también en el ecosistema marino dado la disminución del tráfico naviero.

Gráfico 1. Emisiones diarias de CO2 (MtCO2 d-1).  En la gráfica a se muestra la media anual de emisiones diarias de CO2 en megatoneladas desde 1970-2020. En la gráfica b se observa la media mensual de emisiones de CO2 diarias durante las medidas de confinamiento entre enero y mayo 2020.

Fuente: Quéré et al., 2020

Si bien el confinamiento ha distanciado la relación del ser humano con su ecosistema y la pandemia reveló las vulnerabilidades que experimentan las comunidades costeras a diario, también ha mostrado los posibles impactos positivos de las acciones cuando se toman en conjunto. Solidaridad y trabajo en equipo son valores que, en muchas ocasiones olvidados, vuelven a resurgir. Aunque las pandemias mundiales se den en períodos espaciados de tiempo, la exposición de estas comunidades a la inestabilidad del mercados, las recesiones, inestabilidad de políticas, guerras de comercio o desastres naturales es y será constante. De cierta manera, la pandemia nos invita a crear oportunidades, beneficios, a unir esfuerzos científicos, sociales, económicos con el conocimiento local para así restaurar y manejar la naturaleza de forma integrada. Tal vez así aquellas comunidades costeras vulnerables podrán dirigirse hacia un desarrollo sustentable y una mejor posición socioeconómica en el futuro.

  Referencias

  • Bennett, N., Finkbeiner, E.M., Ban, N.C., Belhabib, D., Jupiter, S.D., Kittinger, J.N., Mangubhai, S., Scholtens, J., Gill, D. y Christie, P. (2020). The COVID-19 Pandemic, Small-Scale Fisheries and Coastal Fishing Communities, Coastal Management, 48:4, 336-347, doi: 10.1080/08920753.2020.1766937
  • Depellegrin, D., Bastianini, M., Fadini, A. y Menegon, S. (2020). The effects of COVID-19 induced lockdown measures on maritime settings of a coastal region, Science of The Total Environment, 740, 140123, doi: https://doi.org/10.1016/j.scitotenv.2020.140123
  • Duarte, C.M., Agusti1, S., Barbier, E., Britten, G.L., Castilla, J.C., Gattuso, J.P., Fulweiler, R. W., Hughes, T.P., Knowlton, N., Lovelock, C.E., Lotze, H.K., Predragovic, M., Poloczanska, E., Roberts, C y Worm, B. (2020). Rebuilding marine life, Nature, 580, 39-51, doi: https://doi.org/10.1038/s41586-020-2146-7
  • Le Quéré, C., Jackson, R.B., Jones, M.W., Smith, A. J. P., Abernethy, S., Andrew, R. M., De-Gol, A. J., Willis, D. R., Shan, Y., Canadell, J. G., Friedlingstein, P., Creutzig, F y Peters, G. P. (2020). Temporary reduction in daily global CO2 emissions during the COVID-19 forced confinement, Nature Climate Change, 10, 647-653.
  • World Health Organization. (2020). WHO Coronavirus Disease (COVID-19) Dashboard. Recuperado de: https://covid19.who.int/
  • Zambrano-Monserrate, M., Ruano, M.A. y Sanchez-Alcalde, L. (2020). Indirect effects of COVID-19 on the environment. Science of the Total Environment, 728, 138813, doi: https://doi.org/10.1016/j.scitotenv.2020.138813

Sobre la Autora

Giuliana Vomero Fernández (gnvomero@uc.cl ; @gv.biologiamarina) es uruguaya y Bióloga Marina (PUC). Desde sus años de estudiante, se ha interesado por las dinámicas biológicas y socio-económicas en la zona costera. Realizó su práctica profesional en el ámbito de la consultoría ambiental y en 2019 trabajó en el Laboratorio de Innovación Social  UC, fomentando la innovación social en comunidades de pescadores artesanales. Actualmente, crea contenido y coordina la iniciativa GV Biología Marina (www.gvbiologíamarina.com), la cual busca acercar el ecosistema marino a la sociedad a través de educación ambiental y divulgación científica.

Apuntes Eco-lógicos para una Nueva Constitución

Bárbara Saavedra, Directora de Wildlife Conservation Society Chile, nos invita a reflexionar en esta profunda columna de opinión en torno al porvenir de nuestro patrimonio natural ad portas del proceso de decisión en torno a la redacción de la Nueva Constitución. La naturaleza no debe verse separada de los procesos sociales, económicos y culturales que atañen la esencia del ser humano - sostiene la también Doctora en Ecología y Biología Evolutiva - ya que cualquier texto constitucional que pretenda normar el ordenamiento social y jurídico de Chile debe incluir la premisa por la que se reconozca la relación básica, indisoluble y vital que existe entre los humanos y naturaleza. No te pierdas la primera parte de este potente manifiesto, que, ante todo, es una invitación a reconocer la naturaleza en el núcleo fundamental de la sociedad, puesto que de ella depende nuestra subsistencia, y por ello, la de las próximas generaciones. 

 Parte I: La Naturaleza como base, motor y garante del Bien Común*

Nunca antes la humanidad contó con una acumulación de conocimiento como el actual. Este resulta de la suma de milenios de sabiduría tradicional con los miles de millones de bytes de creciente conocimiento científico global. Al mismo tiempo, nunca antes esta misma humanidad se ha visto enfrentada a tal nivel de degradación de su entorno como la actual, cuyas expresiones más significativas y urgentes –no las únicas- son la pérdida de biodiversidad y el cambio climático. Ambas tienen un impacto directo en el diario vivir y bienestar de las sociedades en cada rincón del globo. Esto incluye ciertamente a nuestro país.

A pesar de ello, decisiones sustanciales como la redacción de una nueva constitución parecen que tuvieran lugar en planetas imaginarios, desnudos de todo tipo de saber, sea éste común o científico. Tales decisiones parecieran ser tomadas desde la estratósfera, ciegas al entendimiento minucioso de las complejidades que derivan de aquella degradación ambiental, y a los problemas derivados de ellas a la que se ven enfrentadas las personas de carne y hueso, día tras día, en sus agotados territorios.

Incorporar el mundo natural a la discusión política nacional es un asunto urgente para garantizar el bien común de todas las personas. Crédito: WCS Chile.

Algunos ciudadanos, en particular no pocos de la esfera política y otros tantos al interior de la propia comunidad científica, tienen dificultades para aprehender y entender las relaciones existentes entre una constitución y ese saber acumulativo. ¿Abre la discusión en torno a ese nuevo documento magno que la sociedad reclama para regular su orden y funcionamiento social y jurídico -más acorde con los tiempos y el futuro- la oportunidad de incorporar el conocimiento acumulado del mundo natural en que vivimos? ¿Puede este proceso constitucional conectarse con el sentido común, que nace de la experiencia del vivir diario de millones de personas a lo largo de nuestro país?

Las primeras líneas de la constitución de 1980 indican que “La familia es el núcleo fundamental de la sociedad”. Tal frase es sólo la expresión de un anhelo o propósito sin sustento en la realidad biológica de nuestro planeta. Pues las sociedades –así, en plural- son parte indisoluble del binomio inseparable que conforman los humanos y la naturaleza.

Tales decisiones parecieran ser tomadas desde la estratósfera, ciegas al entendimiento minucioso de las complejidades que derivan de aquella degradación ambiental, y a los problemas derivados de ellas a la que se ven enfrentadas las personas de carne y hueso, día tras día, en sus agotados territorios.

La biodiversidad, otra definición de esa naturaleza, es la única base material que permite y sobre la que se sostiene la vida humana y, por ende, cada una de sus manifestaciones, sea ella social, cultural, y por supuesto económica. Esto incluye ciertamente aquellas formaciones grupales que llamamos familias, las que tal como cualquier otro componente de la naturaleza son una respuesta a largas, complejas y variadas condiciones en las que se ha ido desarrollando y adecuando la vida humana en un proceso continuo.

Así pues, los humanos son sólo un componente/eslabón del sistema ecológico-evolutivo de nuestro planeta Tierra. Al decir humanos, hablamos de una especie más entre los 10 a 30 millones de otras especies[1] que están presentes en cada bioma o ecosistema existente en todos los rincones del globo: en sus mares, lagos, ríos, riachuelos, océanos, estepas, bosques, humedales, fosas oceánicas, cumbres altoandinas, salares, y muchos otros. Cada uno de ellos son ecosistemas más o menos diversos, altamente complejos, idiosincráticos, compuestos por especies que son el producto de historias evolutivas muy antiguas, únicas e irrepetibles.

El ser humano apenas está familiarizado con un puñado de especies animales y vegetales. La mayoría de especies que componen el entramado de la vida y que sostienen a las poblaciones humanas, permanece invisible a nuestra sociedad. Crédito: Claudia Silva.

En dichas tramas ecológicas se anidan –muy recientemente desde una perspectiva evolutiva- los grupos humanos y sus sociedades. Como buenos ingenieros ecosistémicos, nuestra especie ha sido capaz de modificar estos espacios naturales, creando nuevos hábitats para sí misma: ciudades, cultivos, plantaciones, estepas ganaderas, parcelas de agrado, entre muchas otras. Cada uno de ellos depende sin embargo de la naturaleza, y a la vez alberga parte importante de ella. Son entonces, espacios compartidos por una diversidad de especies en las que, en su conjunto, tal como sucede en los espacios naturales, se realizan los procesos ecológicos que permiten y alimentan la existencia humana y su bienestar.

La biodiversidad presenta dos características relevantes que son propias a toda la naturaleza: diversidad y complejidad. Estamos familiarizados con un pequeño puñado de estas especies: unos pocos mamíferos, algunas aves, insectos, otras tantas plantas. Excepcionalmente conocemos algunos microorganismos, quizá porque nos enfermamos alguna vez por su causa. Pero la abismante mayoría de las especies que componen el entramado de la vida, y que sostienen las poblaciones humanas, permanece invisible al ojo de nuestras sociedades. Estas especies sin embargo, conforman un andamiaje ecológico que permite sostener los procesos fundamentales para la existencia humana, y que otorgan bienestar a través de la producción primaria y secundaria de bienes[2].

 Como en las sociedades humanas, la presencia de la naturaleza no es homogénea, sino que se despliega y actúa en diversas formas, colores, estructuras, a lo largo, alto y profundo del mundo. Crédito: Paula Noé.

De allí nacen nuestros alimentos, por ejemplo, obtenidos de ecosistemas terrestres, marinos y acuáticos. De estas especies depende la producción de oxígeno, generación y mantención de suelo, producción y purificación de agua; el ciclaje de nutrientes, entre muchos otros. La naturaleza ofrece, además, bienes que satisfacen otras necesidades de las sociedades, como materias primas o medicinas. En tiempos de cambio global, es esta misma biodiversidad la que favorece el control de inundaciones o aluviones, además de la amortiguación de olas de calor en ciudades como Santiago, por ejemplo. Cada uno de estos procesos ocurre gracias a la presencia de natura, la que, tal como ocurre con las sociedades humanas, no es homogénea, sino que se despliega y actúa en diversas formas, colores, estructuras, a lo largo, alto y profundo del mundo, incluyendo nuestro país.

El segundo atributo innato de la naturaleza es su complejidad[3]. Los ecosistemas son sistemas vivos que están interconectados de muchas formas. Interconexión que se observa en ese nivel atómico que permite la creación e integración de moléculas que son básicas para la vida como el ADN o la glucosa; o en el nivel fisiológico que permite la integración y funcionamiento de los órganos que conforman un cuerpo en entornos específicos. Son conexiones ecológicas las que permiten el establecimiento de mallas tróficas o el movimiento de nutrientes de un nivel a otro, y ciertamente la transformación evolutiva y adaptativa de la vida. Los sistemas naturales funcionan de manera integrada, dinámica, y las interconexiones ecológicas que permiten su existencia operan a diferentes escalas, lo que hace aún más complejas sus dinámicas.

Cualquier texto constitucional que pretenda normar el ordenamiento social y jurídico de Chile debe incluir la premisa por la que se reconozca la relación básica, indisoluble y vital que existe entre humanos y naturaleza. Crédito: WCS Chile.

Los organismos vivos, incluyendo los humanos, establecen relaciones que muchas veces no son evidentes, y al mismo tiempo son siempre cambiantes. Las propiedades constitutivas de la biodiversidad hacen que el resultado de su operar sea mucho más complejo que la suma de sus partes. Es importante enfatizar esto, porque un abordaje reduccionista del tema, ciego a esta complejidad y a su ubérrima variabilidad, siempre conlleva el riesgo de aproximaciones infructuosas, que no ayudan a entender y entendernos en el mundo, ni menos a mejorarlo y mejorarnos. Al contrario.

Sin biodiversidad no hay vida en la Tierra y –permítase esta simpleza- sin ella tampoco es posible la vida en Chile, ni en Santiago, ni en La Moneda ni en el Congreso Nacional, ni en la última comuna patagónica.

Sin biodiversidad no existirían las sociedades al interior de la especie humana, y por lo mismo no habría posibilidad alguna para la existencia de las familias humanas. Por tanto, en el diseño de una nueva Constitución es importante tener presente que “la familia”, por sí y ante sí, no puede arrogarse el rol principal, ni mucho menos absoluto, como la que se plantea en el texto de la cuestionada constitución del 80. Por supuesto tampoco a la naturaleza en aislado puede serle atribuido tal rol. Es obvio que su particular valoración en este contexto sólo es posible porque los humanos estamos en condiciones de mensurar y asignarle tales valores.

Es sobre la base a estos hechos, que el núcleo de cualquier texto constitucional que pretenda normar el ordenamiento social y jurídico del tránsito de una nación joven como Chile a un hipotético mejor futuro, debe necesariamente incluir la premisa por la que se reconozca la relación básica, indisoluble y vital que existe entre humanos y naturaleza. Aunque suene como una verdad de Perogrullo, esta relación es efectivamente la piedra angular de cualquier sistema socio-ecológico como el nuestro. Al reconocer esta relación, no hacemos más que estampar en el documento constituyente un hecho tan elemental como indiscutible: humanos y naturaleza somos una misma cosa.

Sin biodiversidad no hay vida en la Tierra y –permítase esta simpleza- sin ella tampoco es posible la vida en Chile, ni en Santiago, ni en La Moneda ni en el Congreso Nacional, ni en la última comuna patagónica.

La incorporación al epicentro de una Constitución del carácter relacional de la biodiversidad con lo humano, no sólo es un acto de reconocimiento del saber actual, sino él es también y por sobre todo uno de valentía y coraje. Ello, por cuanto desafía gran parte del status quo que, por decisiones nacidas de la ignorancia o la avidez del poder político respectivo, y también por una inercia volitiva generalizada, ha determinado el accionar de la humanidad durante varios milenos. El mismo coraje debió haber tenido en su oportunidad Nicolás Copérnico, cuando redactaba no una carta magna, sino su teoría en la que planteaba que la Tierra no era el centro del universo. Pues no lo era. Así como tampoco lo somos los humanos. Ni mucho menos los humanos que pretenden existir de espaldas a natura.

De este modo y al mismo tiempo, reconocer en el papel constitucional de manera taxativa la complejidad propia de los sistemas vivos, entre los que se incluyen las sociedades humanas -también la chilena-, significaría un salto cualitativo sin parangón de la racionalidad política. Se abrirían con ello espacios insospechados para la construcción de una sociedad diversa, consciente de su dependencia vital de la naturaleza y de la necesidad de un cuidado y promoción recíproco y permanente. Pienso que tal considerando debería ser el aglutinante de todos los elementos éticos, legales, culturales y sociales que conforman el corpus de una constitución política. Se ganaría así la posibilidad de crear, a partir de tal corpus, lineamientos legales y generales, a todo quehacer que atienda a la particular relación existente entre la vida y el bienestar de las personas. Así se abriría y aseguraría el espacio indispensable de acción para el proyecto de una sociedad más humana, justa y sustentable.

Una sociedad más humana, justa y sustentable debe incorporar a la naturaleza y la relación de los humanos con ella como parte del bien común. Crédito: WCS Chile.

Está claro que la naturaleza o biodiversidad tienen un valor intrínseco e inalienable para el bienestar de las sociedades. Es indispensable para su quehacer social, cultural, y sobre todo económico, por cuanto provee directa o indirectamente, todo lo que los humanos precisamos para vivir[4]. Estas cosas y beneficios que obtenemos de la naturaleza se conocen hoy como Servicios Ecosistémicos[5], los que no son sino un esfuerzo del mundo de la conservación por llevar al lenguaje economicista este componente olvidado del desarrollo. La materialidad en que se generan estos servicios ecosistémicos constituye por sobre muchas otras cosas, el espacio en el que se generan la identidad y también la espiritualidad de las sociedades. Evidentemente esta línea de razonamiento no ha derivado en cambios sustanciales respecto de la valoración de natura, lo que refuerza la necesidad de buscar nuevas formas de conectar el quehacer humano con la misma. El proceso constituyente que ahora enfrentamos, abre esa oportunidad para Chile y el resto del mundo.

Así, no es difícil entender que la biodiversidad de una nación constituye el bien común más relevante y necesario de y para su gente.  Es además una pieza esencial y determinante en la creación de soberanía a la que siempre han aspirado las naciones dizque modernas. No obstante, dadas las características ecológico-evolutivas propias de la naturaleza, las que incluyen su estructura y funcionamiento a escala múltiple, su condición sistémica e integrada, ella no es apropiable ni expropiable.

Reconocer la biodiversidad como factor inalienable de la existencia humana implica la protección, restauración y promoción de este bien común. Crédito: Jorge Vidal.

Es indiscutible entonces que el reconocimiento explícito de la biodiversidad en la carta magna, como factor inalienable de la existencia humana, implica la protección, restauración y promoción de este bien común. Con la consiguiente atención y esfuerzos que ella requiere para asegurar su continuidad en el tiempo. Esto no es más ni menos que el futuro de la Humanidad. Tal atención y esfuerzos se llaman sustentabilidad, y constituye aquella esquiva ilusión, la que a pesar de numerosas declaratorias, ninguna sociedad ha tenido la capacidad de realizar. Hasta ahora.

En los albores de este nuevo siglo, Chile tiene la posibilidad de posicionar el nacimiento de esta nueva Carta Magna en el mar de conocimiento existente en un mundo que literalmente se está cayendo a pedazos. Ello precisa del reconocimiento del carácter relacional del ser humano, lo cual puede constituir el salto inicial capaz de torcer la autodestructiva trayectoria que se ha fijado hasta ahora la humanidad, que deriva de su negación y ceguera histórica de su posición en la trama de la vida terrestre. Por lo demás, la única conocida hasta ahora en el universo cercano.

Luna en Parque Karukinka. Crédito: Rodrigo Münzenmayer.

[1] Erwin 1983; May 1988, Costello et al. 2013; Kenneth et al. 2016;

[2] Millenium Ecosystem Asessment 2005

[3] Boero et al 2004

[4] IPBES 2019

[5] Dasgupta 2020

* La segunda parte y final de esta columna se publicará el jueves 6 de agosto en endemico.org

Imagen de Portada: Bárbara Saavedra, Directora de WCS Chile. Crédito: Juan Jaeger.

Sobre la Autora:

Bárbara Saavedra, Dra. en Ecología y Biología Evolutiva y Directora Wildlife Conservation Society-Chile.

El ser humano ha evolucionado desde tiempos inmemoriales en relación a su contexto natural más próximo. Esto, indudablemente, ha permitido el desarrollo de conocimientos ancestrales, los que hoy en día vemos reflejado en muchas de las comunidades indígenas y locales o rurales que habitan a lo largo de Chile. Sin embargo, mucha de esa información […]

El ser humano ha evolucionado desde tiempos inmemoriales en relación a su contexto natural más próximo. Esto, indudablemente, ha permitido el desarrollo de conocimientos ancestrales, los que hoy en día vemos reflejado en muchas de las comunidades indígenas y locales o rurales que habitan a lo largo de Chile. Sin embargo, mucha de esa información o sistemas de conocimientos desarrollados por indígenas o comunidades locales -tan valiosa para poder sobrellevar las actividades humanas en relación con ese ambiente- se encuentra en peligro o no es considerada por tomadores de decisiones a la hora de hablar de sustentabilidad. Esto trae consecuencias negativas a las acciones que podrían permitir alcanzar la sustentabilidad de los ecosistemas.

La recolección del piñón es una práctica ancestral que el pueblo pehuenche realiza de tiempos inmemoriales. Crédito: Tomás Ibarra.

El entendimiento holístico de los conocimientos indígenas y conocimientos locales o rurales, junto con su incorporación a políticas públicas sobre sustentabilidad, son elementos que, justamente, pueden mejorar las herramientas actuales para manejar y conservar la naturaleza. En este esfuerzo que se requiere hacer ante la actual crisis ambiental, resulta esencial generar una ciencia con dos componentes esenciales: interdisciplinariedad y humildad. De esta forma, los problemas ambientales se atacan desde una perspectiva socioecológica, incorporando otras cosmovisiones. Esto significa integrar las ciencias naturales, ciencias sociales y humanidades, conocimientos básicos y conocimientos aplicados y conocimientos locales y tradicionales para comprender mejor la relación entre los seres humanos y la naturaleza.

Junto a ello, poco a poco nos damos cuenta de que nuestros conocimientos, en el área de la sustentabilidad y conservación, son limitados a la hora de atacar la crisis socioambiental a escala planetaria, con causas y consecuencias también a una escala país. Esto se evidencia en potenciales y actuales conflictos socioambientales que sufren distintos territorios a lo largo de Chile, como la megasequía que enfrentan las comunidades de la zona centro norte, exacerbada por el mal manejo de los terrenos agrícolas; o monocultivos de pino y eucaliptus en la zona centro sur, que generan una disminución en la provisión de agua junto con conflictos con comunidades mapuche en el sur de Chile, entre muchos otros.

Conocimientos de pueblos indígenas y localidades rurales en torno a la naturaleza pueden ayudar a resolver problemas en el ámbito de las crisis socioambientales. Crédito: Matías Guerrero.

Además, al momento de aplicar aquellos conocimientos, muchas veces son criticados por su efectividad para manejar y conservar sustentablemente la naturaleza, lo que podría generar más problemas que soluciones. En parte, esto se explica por la ignorancia en torno al funcionamiento de los sistemas socioecológicos (esto es, el ser humano en su interacción mutua con la naturaleza) para así, aplicar soluciones basadas en evidencia. Debemos por tanto entender qué regímenes de protección y manejo son aquellos que permiten incrementar la protección, así como también la provisión de funciones ecosistémicas, salvaguardando tanto la biodiversidad como el sustento de comunidades indígenas y locales.

Implica entender los límites de la naturaleza, distintos de los límites administrativos y políticos que impone el ser humano. Por ejemplo, si bien las áreas protegidas son esenciales para la conservación, cuatro quintas partes del territorio nacional no están en alguna categoría formal de protección. Ahí es donde debemos entender cómo aplicar un manejo sustentable, porque en aquellos territorios también existe biodiversidad, así como también prácticas de uso de la naturaleza por parte del ser humano.

Estas soluciones basadas en evidencia permitirán aplicar políticas públicas eficientes, alejadas de un fuerte componente de ignorancia socioecológica. ¿Cuál ignorancia socioecológica? La ignorancia sobre los beneficios de considerar a las comunidades indígenas y locales y sus prácticas de manejo en los mecanismos de protección de la naturaleza. Así, evitaremos aplicar paquetes de medidas que suenan a panacea, que podrían sonar espléndidos en lugares como el hemisferio norte, pero que en territorios como los de Chile, no tiene sentido aplicarlos.

Las medidas de protección de la naturaleza deben estar en concordancia a las necesidades y cultura de los pobladores. Crédito: Tomás Ibarra.

Para evitar este problema, resulta esencial considerar el conocimiento indígena y local más allá de cómo lo hemos hecho actualmente como científicos ligados al área ambiental. Hasta ahora hemos sido tercos a la hora de considerar realmente estos conocimientos, en parte, debido a una diferencia epistemológica o metodológica que dificulta el diálogo cruzado entre estos dos sistemas de conocimiento.

Estas diferencias nacen de un problema que tienen relación con la validación de los “otros” conocimientos que están fuera del conocimiento científico. En términos prácticos, esto se traduce en que, por ejemplo, el conocimiento de una comunidad pehuenche sobre la germinación del Pehuén no va a ser tan valorado por las políticas públicas comparado con un experimento hecho por un grupo de científicos. Esto ignora que, en la comunidad pehuenche, aquel conocimiento posee sus propias formas de validación, por cientos, sino miles de años. Sin embargo, como no es la validación propia del conocimiento dominante -el conocimiento científico- entonces resulta en información meramente “anecdótica”.

Chile, país que alberga a numerosos pueblos indígenas y posee una importante cantidad de población rural que usa directamente la naturaleza como medio de subsistencia, no debiera tomar banalmente este aspecto. Es posible ver en algunos territorios cómo incluso los conocimientos tradicionales tienen mayor validez que el conocimiento científico. Por ello, y dado su aporte potencial a la sustentabilidad de los ecosistemas, es que resulta esencial incorporarlos formalmente a políticas que apunten a proteger la naturaleza.

Pobladores desarrollan sus propias medidas de protección al medio ambiente que deben ser respetadas y valoradas por tomadores de decisiones de políticas públicas. Crédito: Matías Guerrero.

En una revisión científica que realizamos en la revista Sustainability (Guerrero-Gatica et al. 2020), encontramos que Chile tiene larga historia en dar cuenta justamente de estos conocimientos. Sin embargo, recién en la década de los 90 comienza a aparecer un cuerpo de conocimientos algo más acabado sobre sus características. Así, nos dimos cuenta de que se ha hecho poco por ir más allá del mero análisis descriptivo, es decir, analizar aspectos más allá de nombres y clasificación de especies, como por ejemplo la aplicación de estos conocimientos para la agricultura, pesca, o cualquier otra actividad.

Por ejemplo, una investigación llevada a cabo en la Isla de Juan Fernandez acerca de las poblaciones de la langosta chilena (Jasus frontalis) mostró cómo los conocimientos que se recogieron de pescadores artesanales permitieron comprender una forma eficiente de desarrollar áreas marinas protegidas para recuperar las poblaciones disminuidas de esta langosta. Esta forma de trabajo es trascendental dada la crisis socioambiental que vive nuestro país y nuestro planeta. Es interesante como también estas investigaciones han estado lideradas más por gente del área de las ciencias naturales que de las ciencias sociales, considerando que la investigación de los sistemas de conocimientos indígenas y locales posee un fuerte componente de las ciencias sociales. Además, a pesar de tener un fuerte componente interdisciplinario, la mayoría de los artículos son liderados por investigadores de solo una disciplina y no tanto por varias disciplinas.

Hay mucho que podemos aprender en torno a sustentabilidad de la sabiduría de las comunidades, como de esta huertera en la Araucanía. Crédito: Tomás Ibarra.

Otro resultado interesante es que estos estudios se concentran en dos regiones: la región de Antofagasta y de la Araucanía, probablemente por su concentración de comunidades indígenas aisladas. Es decir, buscamos como científicos aquellos pueblos indígenas aislados y estamos ignorando el conocimiento que poseen comunidades urbanas o rurales no indígenas sobre su entorno. Ni siquiera sabemos si en esos contextos, ese conocimiento está o se ha perdido en su mayoría.

Si queremos superar la crisis ambiental actual, como científicos debemos ser capaces de considerar aquellos conocimientos ancestrales, o los que poseen las comunidades que se relacionan con su ambiente. Por ello, incluir información de sistemas de conocimiento indígena o local podría subsanar vacíos de información. Así también, sería posible generar un diálogo de saberes para legitimar y validar aquellos “otros” conocimientos y, de esta forma, integrarlos a la toma de decisiones sobre sustentabilidad y conservación de nuestros ecosistemas.

Referencias:

Guerrero-Gatica, M., Mujica, M. I., Barceló, M., Vio-Garay, M. F., Gelcich, S., & Armesto, J. J. (2020). Traditional and Local Knowledge in Chile: Review of Experiences and Insights for Management and Sustainability. Sustainability12(5), 1767.

Sobre el autor 

Matías Guerrero es biólogo y se ha interesado en investigar la relación entre el ser humano y la naturaleza, principalmente a escala local. Su intención es entender cómo las comunidades locales e indígenas se relacionan con la naturaleza, con el objetivo de reconocer y valorar prácticas sustentables del manejo de los ecosistemas.

 

 

Por un borde costero sostenible

Por Pablo Abell M. Muchas veces hemos escuchado cómo la expresión “La Joya del Pacífico” define y da carácter a la ciudad portuaria de Valparaíso. Hoy en día, dicha frase se ha hecho extensiva a todo nuestro privilegiado borde costero, con una extensión aproximada de 4.200 kilómetros continentales, cifra que aumenta exponencialmente si consideramos todos […]

Por Pablo Abell M.

Muchas veces hemos escuchado cómo la expresión “La Joya del Pacífico” define y da carácter a la ciudad portuaria de Valparaíso. Hoy en día, dicha frase se ha hecho extensiva a todo nuestro privilegiado borde costero, con una extensión aproximada de 4.200 kilómetros continentales, cifra que aumenta exponencialmente si consideramos todos los bordes costeros de las islas del sur de nuestro país.

El puerto de Valparaíso es un caso emblemático en torno a los usos y aprovechamientos del borde costero.

En la última década, Chile ha tomado conciencia de que es un país privilegiado en escenarios naturales sobrecogedores; compuestos por flora y fauna distribuida a lo largo de sus extensas cordilleras, valles centrales y bordes costeros. Dicha mirada ha llevado a tomar conciencia de nuestros recursos naturales entre las distintas comunidades, organizaciones y entusiastas que buscan proteger nuestro país pero que han sido testigos de que la planificación territorial sostenible colisiona en forma permanente con brechas políticas, intereses sociales, económicos y culturales que transforman, especialmente, el borde costero en un espacio de constantes conflictos de distintas naturalezas y urgencias. Esto exige definir con prioridad en resoluciones administrativas locales y políticas regulatorias nacionales que permitan un aprovechamiento armónico e integrado del mismo.

Siendo Chile un país con largas extensiones de riberas de ríos, lagos y bordes costeros marítimos, específicamente 83.850 kilómetros (bastante extenso considerando que Chile es el quinto país en el mundo con mayores extensiones de riberas[1]), el concepto de Borde Costero toma particular relevancia geográfica para un desarrollo sostenible, debido a que en estos puntos convergen y se interrelacionan distintos tipos de flora y fauna, comunidades y actividades económicas. Así, la búsqueda de una mayor cohesión y equilibrio en la convergencia de estos distintos factores ha cobrado un rol fundamental para el surgimiento de comunidades locales sostenibles e integradas en el tiempo; siendo los factores comunes claves para el progreso de dichas comunidades la consolidación y protección de ecosistemas de la mano de una representatividad local informada y un financiamiento y manejo adecuado de las actuales áreas protegidas. Así, una comunidad local sostenible juega un papel relevante en la lucha contra la creciente degradación de los ecosistemas de nuestro país.

En el Borde costero confluye flora, fauna, comunidades locales y actividades económicas.

Esta cohesión y equilibrio se rompe cuando existen marcos regulatorios dispersos y difusos. Prueba de ello, es que el propio concepto de Borde Costero, en un país geográficamente costero, no ha sido definido apropiadamente, encontrándose referencias a dicho concepto en diferentes cuerpos normativos sin un entendimiento claro y preciso de lo que se entiende por tal. Por otro lado, entender su naturaleza jurídica también conlleva un desafío, puesto que el Borde Costero se compone tanto de “Bienes Nacionales de Uso Público” como también de “Bienes Fiscales”, tecnicismo legal que sólo oscurece un escenario ya bastante gris. Por último, científicamente pareciera ser que dicho concepto es impreciso e inadecuado, habiendo quienes consideran que el concepto de “Zona Costera” englobaría una mayor extensión de terreno de vital e importancia ambiental, como lo serían los humedales e incluso los sistemas de macroalgas marinas.

La Zona Costera, especialmente considerando el ecosistema mediterráneo de la zona central y centro sur de nuestro país, se ha visto fuertemente amenazada por perturbaciones antrópicas recurrentes de gran magnitud[2] tales como incendios forestales y movimientos demográficos que saturan comunidades locales. Así, según los estudios llevados por la Mesa Biodiversidad, se prevé que los impactos del cambio climático y otros componentes del cambio global (cambios de uso del suelo, destrucción de hábitats naturales) se intensificarán con mayor fuerza en el futuro. Asimismo, el estudio llevado adelante por dicha mesa señala que las regiones más despobladas y aisladas muestran mayores niveles de protección. En contraste con lo anterior, el resto de las regiones costeras de Chile continental (primeras 30 millas de la costa) muestran un nivel de protección promedio menor al 0,5% y de un 1,5% de protección de bosques costeros. Por otra parte, los humedales costeros, bosques de macroalgas adyacentes al borde costero y zonas marítimas con presencia de ballenas juegan un rol clave para el secuestro de carbono y en la disminución de los efectos del calentamiento global.

Ante los evidentes problemas regulatorios que enfrentamos, hoy nuestro país cuenta con una plataforma denominada “Observatorio de la Costa” que busca “articular la academia con diversas instituciones y organizaciones sociales en relación al ordenamiento de la zona costera, sus problemáticas, desafíos y oportunidades en ella, poniendo a disposición estudios e investigación científica que contribuya a fortalecer la agenda pública y toma de decisiones respecto a la gobernanza y sus políticas públicas, planificación y ordenamiento territorial, la gestión y conservación de la zona costera”.

El trabajo comunitario entre entidades gubernamentales, privadas y comunidades locales es fundamental para la protección sostenible del borde costero de Chile.

El Observatorio busca, como primer motor, articular a la academia con los tomadores de decisiones. Para el cumplimiento de su objetivo, la plataforma se encuentra compuesta por centros de investigación de la Universidad Católica (tales como el Instituto de Estudios Urbanos – Instituto de Geografía – Centro de Desarrollo Urbano Sustentable – Centro de Investigación para la Gestión Integrada del Riesgo de Desastres), la Cátedra Unesco Cousteau y otros centro de investigación como la Universidad Austral de Chile, los cuales trabajan por aglomerar en una sola visión científica de nuestra costas y su estado. De tal forma, dicha plataforma busca crear sinergias cuyo objetivo principal es dar información, soporte y soluciones a organizaciones locales, comités ambientales y a los propios tomadores de decisiones, abogando por una nueva regulación de la costa y una ampliación del concepto de “Borde Costero” por “Zona Costera”; enfocada en una gestión integral del litoral costero bajo principios de desarrollo sostenible y reconociendo el carácter de espacio público de nuestro Borde Costero y de la Zona Costera de Chile. Lo anterior también considerando el factor de riesgo en la planificación territorial de los asentamientos humanos debido al cambio climático, el aumento de marejadas y zonas inundables. En definitiva, principios precautorios y visión integral de nuestro ecosistema en la Zona Costera de nuestro extenso país.

Bajo dichas premisas, el Observatorio trabaja sinergicamente por obtener una nueva ley de costas que amplíe el concepto a Zona Costera según la morfología propia de cada zona. Así, una adecuada planificación territorial constituye un factor clave para el desarrollo sostenible, tomando en consideración los enfoques locales de cada comunidad costera, previniendo los conflictos socio-territoriales y disminuyendo los riesgos naturales a las personas en la ocupación de espacios inadecuados para asentamientos humanos.

Dentro del proceso de investigación científica que lidera el Observatorio también han mantenido conversaciones con organizaciones internacionales como el Chile-California Council y expertos académicos de ciudades como Barcelona; con quienes han compartido experiencias de planificación territorial. Existe consenso de que la solución no implica importar un modelo de planificación territorial sino que la propia geografía de cada país dicte el camino adecuado para un desarrollo sostenible.

En conjunto con la anterior iniciativa, esta nueva visión de nuestro país ha germinado el surgimiento de distintas agrupaciones que luchan por darle al Borde Costero el verdadero tratamiento que merece. Ejemplos como Fundación Punta de Lobos y su misión de conservación de la biodiversidad y paisaje de dicha localidad costera, Fundación Kennedy y su notable protección de humedales, entre miles de otras organizaciones, han se han transformado en verdaderas cruzadas que, por primera vez, han logrado cautivar a grupos de personas a trabajar en intereses comunes y no individuales, orientando al Borde Costero como espacios recreativos para miles de familias a lo largo de nuestro país, dandole la importancia como servicio ecosistémico que el Borde Costero representa para la comunidad (ej. Humedales en zonas urbanas como fuentes de agua para casos de emergencia, desviación de inundaciones y parques naturales).

En síntesis, trabajar en común – unidad y cohesión entre los distintos actores es primordial para elaborar lo que algunos denominan como la “Conciencia Comunitaria” en donde todos somos conscientes de los objetivos y medios más justos para lograr nuestros objetivos. Así, el desarrollo sostenible desde una perspectiva ambiental, económico y social del Borde Costero se logra en comunidad.

Asimismo, los resultados positivos de gestiones comunitarias irradian comunidades vecinas logrando un resultado aún mayor. Un ejemplo de ello sin duda es la preservación de parques naturales y el trabajo comunitario efectuado por Douglas Tompkins, quien logró levantar y transformar comunidades aisladas en verdaderos centros de estudios científicos, turismo ecológico a pequeña escala y agricultura ecológica, como también embellecer el sector rural de El Amarillo[3]. Para los que han tenido el privilegio de cruzar por El Amarillo, el efecto de trabajo comunitario es evidente, mostrando un desarrollo ambiental, social y económico sostenible ejemplar en nuestro país que fácilmente podría replicarse en todo nuestro Borde Costero. Estas profundas lecciones nos ponen barreras a superar y hace preguntarnos si estaremos a la altura para lograr algo semejante a nivel nacional.

[1] http://www.bienesnacionales.cl/wp-content/uploads/2012/11/Javier-Hurtado_5nov2012_PL-sobre-administración-del-borde-costero-y-concesiones-mar%C3%ADtimas-3.pdf

[2] Áreas protegidas y restauración en el contexto del cambio climático en Chile – Mesa Biodiversidad.

[3] http://www.parquepumalin.cl/amarillo_beautification.htm

Fotos: Creative Commons

Sobre el autor: Pablo Abell es Abogado dedicado a las Energías Renovables No Convencionales (ERNC).