Cruces poligonales para salvar al Planeta a través de la alimentación

Lo que elegimos comer es un acto social y ambiental. Por eso, hoy te presentamos a tres potentes seres humanos que desde la recuperación de semillas tradicionales, el estudio de la agroecología y una cocina que integra arte en comunidad en la selva mexicana de Lacandona, nos traen sus historias para volver al origen de la alimentación, y así, restaurar el vínculo perdido con la naturaleza de los alimentos. Ellos son Hortensia Lemus, Miguel Altieri y Mariana Martínez, quienes recientemente estuvieron presentes en la primera temporada del Podcast Poligonal, de Fundación Mar Adentro. Aquí te contamos sobre sus historias de vida y proyectos más relevantes que desarrollan desde el desierto de Atacama a la selva de México, y te invitamos a escucharlos junto a otros grandes agentes que están causando una verdadera revolución en la forma en que pensamos, actuamos y cuidamos nuestra alimentación.

El siguiente texto es una adaptación a las entrevistas y diálogos realizados para Podcast Poligonal.

Recuperando las semillas tradicionales del desierto

El desierto de Atacama, el más árido del mundo, se llena de flores de todos colores durante los años lluviosos gracias al fenómeno del desierto florido. Esto es posible ya que existen semillas que logran sobrevivir bajo tierra a los altas temperaturas de la zona y una vez que llega suficiente agua, éstas germinan.

Hortensia Lemus vive en la comunidad diaguita “Chipasse ta Tatara” del desierto de Atacama. Ella es una líder que pertenece a un pueblo agricultor con influencia Inca que habita el Norte Chico de Chile. Hortensia es una pequeña campesina que se dedica a proteger un tesoro de la biodiversidad: el primer Semillero Comunitario de grupos indígenas y campesinos en Chile. Allí, en la Provincia de Huasco, lleva cinco años resguardando y compartiendo semillas con cientos de personas de la región.

La «guardiana de semillas» junto al espacio que busca recuperar las semillas tradicionales de Atacama © Gentileza Hortensia Lemus.

Esta guardiana de semillas es también integrante de Biodiversidad Alimentaria Alianza Nacional, una red que busca proteger las semillas ancestrales y que hasta el momento han resguardado aproximadamente mil semillas que pertenecen a los pueblos diaguita, mapuche y aymara.  “Vengo de familia agricultora, de ahí vinieron mis ansias por cultivar, sembrar y también volver a las raíces.”

La historia de Hortensia con el semillero empezó cuando ella se decidió a cultivar su terreno. El año 2011 conoció al agrónomo Esteban Órdenes, quien quiso ayudarla a sembrar en un paisaje ventoso y seco, aparentemente infértil del desierto. “Lo intentamos muchas veces y no dio resultado. Porque la tierra era muy pedregosa, no había materia orgánica. También por la falta de agua”, cuenta Hortensia.

Pero ella no quisieron rendirse. Así que llevaron tierra para darle más profundidad al terreno y guano de una parcela cercana. Probaron con varios alimentos que no dieron resultados, como el melón y las hortalizas. Pero al usar semillas tradicionales, por fin vieron los brotes. Lo primero que germinó fueron las habas, que crecieron hermosas y deliciosas. Entonces, se dieron cuenta de que el Huasco tenía una gran riqueza: sus semillas ancestrales.

“Esa es la semilla tradicional que está adaptada al clima, el espacio donde vive, el territorio. Esa es la semilla que nosotros salimos a buscar, la semilla que todo el mundo puede tener, plantar, cosechar, que no necesita de un paquete para hacerla vivir. Solamente el cariño, el agua y la tierra la hacen emerger”, sostiene Hortensia.

“Son semillas libres, que están limpias. Eso es ser resistente o resistirse a lo que nos quieren imponer», sostiene Hortensia Lemus © Gentileza Hortensia Lemus.

Esteban y Hortensia recorrieron la provincia de cordillera a mar haciendo un catastro y recuperación de variedades tradicionales. Lograron convocar a la mayoría de los pequeños agricultores de la zona, quienes decidieron apoyarlos en su proyecto de recuperación y resguardo de semillas.

Visitaron a campesinos y conversaron sobre la historia de las semillas que tenían en sus campos. Muchas de ellas provenían de sus padres, abuelos y bisabuelos. En este viaje confirmaron que el resguardo de la semilla es un trabajo que rescata la memoria, la tierra y reconoce el valor de los ancestros y su herencia.

El año 2016, Hortensia y Esteban, junto a las comunidades diaguitas y campesinas del sector, inauguraron el primer semillero comunitario autogestionado de Chile. Está ubicado en la localidad de Tatara Alto, en la parcela de Hortensia. El semillero hoy resguarda casi mil variedades tradicionales, porotos como tongo, pallar, hallado y canario. También hay habas moradas, arvejas orejonas, tomate tenca, sandilleja, entre otras tantas.

Con el trabajo de Hortensia, la comunidad se dio cuenta de que el resguardo de la semilla local es imprescindible. En primer lugar, por su adaptabilidad al territorio. También porque el acceso a ellas no tiene costo, como sí pasa con otro tipo de semillas como las híbridas o transgénicas. “Esa es la magia de este semillero, que este semillero no tiene un dueño en específico, que cualquiera puede venir a buscar su semilla y la lleva y la siembra y después devuelve.”

La revolución agro-ecológica de Miguel Altieri

La agroecología es una ciencia que usa principios ecológicos para optimizar los sistemas campesinos y desarrollar agroecosistemas sustentables, fomentando las interacciones entre todos los seres vivos. Esto, con el propósito de lograr un sistema alimentario justo y sostenible. Miguel Altieri es un agrónomo reconocido internacionalmente como un pionero en la aplicación de la agroecología. Doctor en Entomología por la Universidad de Florida, ha sido profesor de Agroecología desde 1981 en la Universidad de Berkeley (California) y ha trabajado como consejero científico de numerosas organizaciones, entre ellas el Consorcio Latinoamericano sobre Agroecología y Desarrollo (Clades). En sus investigaciones ha buscado un conocimiento profundo de la naturaleza de los agroecosistemas y de los principios bajo los cuales funcionan. Para él, la agroecología se trata de “imitar cómo funciona la naturaleza en nuestros sistemas agrícolas. En el bosque natural tú no tienes que aplicar pesticidas, no tienes que aplicar fertilizantes, porque hay tanta biodiversidad y organismos interactuando que se complementan unos con otros» cuenta él.

“Una de las cosas más importantes que como consumidores tenemos que entender es que comer es un acto político y un acto ecológico. – Miguel Altieri.”

Fue durante los años 60, en la llamada Revolución Verde, que por primera vez el conocimiento científico se puso por sobre el del agricultor con la intención de salvar al mundo del hambre. Lamentablemente este propósito impulsó una transformación agrícola que tuvo como base el desarrollo de monocultivos, es decir, cultivos de una sola especie, y el uso de fertilizantes y plaguicidas que han terminado por enfermar el suelo. Para Miguel Altieri, los suelos sanos mantienen una comunidad variada de organismos que ayudan a controlar las enfermedades de las plantas y las plagas que las pudieran afectar. Forman asociaciones simbióticas beneficiosas con las raíces y además reciclan nutrientes esenciales para las plantas. Los suelos sanos también contribuyen a la mitigación del cambio climático, porque mantienen y aumentan su contenido de carbono.

Los suelos ricos en un ecosistema vivo y dinámico son la base para la producción de alimentos saludables y un aliado crucial para la soberanía alimentaria. Hoy en día existe una gran evidencia científica que muestra que nuestra salud humana está conectada a la salud del suelo a través de las plantas que nosotros comemos, que crecen en suelos fértiles, orgánicos, que no tienen pesticidas. Se ha demostrado que son plantas que tienen mucho más oxidantes y más contenidos de vitaminas que los de plantas que crecen en suelos químicos.

El agrónomo y entomólogo chileno Miguel Altieri ha dedicado su vida a investigar y enseñar sobre los beneficios ambientales y sociales de la agroecología © Gentileza Miguel Altieri.

Según cifras de Miguel Altieri, el 80% de las hectáreas que se usan para la agricultura en el mundo son de monocultivos altamente dependientes de pesticidas y fertilizantes que producen principalmente maíz, soya, arroz y trigo. Esto es preocupante, porque es un modelo de producción industrializado que trae como consecuencia la pérdida de diversidad de los alimentos vegetales. Lo anterior pasa porque con el monocultivo se reduce la variedad de lo que se produce por privilegiar la eficiencia en el cultivo. Pero lo que no se toma en cuenta, es que quienes realmente alimentan al mundo son los campesinos. Las estadísticas de las Naciones Unidas demuestran que los campesinos, a pesar de que ocupan el 20% de la tierra, producen entre 50 y 70% de los alimentos que nosotros comemos.

Miguel Altieri sostiene que la comida tiene un enorme impacto en la huella ecológica y para combatirla necesitamos restaurar el vínculo de la agricultura con el medio ambiente. “Se calcula que una ciudad de 10 millones de personas tiene que importar diariamente 6.000 toneladas de comida, que tienen que viajar en promedio 1.500 kilómetros. O sea, yo no estoy comiendo comida local, estoy comiendo comida global. Hay inequidad en lo que comemos, porque al menos dos tercios de la humanidad no tiene acceso a la comida sana y diversa, como sí lo tiene la gente con mayores ingresos.

Una forma de luchar contra la desigualdad en la alimentación es apoyando la agricultura campesina y la producción local. También podemos trabajar por integrar métodos de cultivo en nuestro propio entorno, crear huertas familiares y comunitarias  en barrios o colegios. De esta manera colaboramos también con la sustentabilidad, contra la injusticia y nuestra propia salud. “Todo lo que produzca extracción, destrucción, deforestación, erosión, contaminación son proyectos de la muerte. Por eso, apoyo la agroecología, los mercados locales, la agricultura urbana, porque promueven la vida «, sostiene Miguel Altieri.

Cocinar para recuperar la selva

Para alcanzar un sistema agrícola más justo y ecológico, es necesario preguntarnos: ¿Cómo pueden coexistir el cuidado de la biodiversidad del planeta con la agricultura? Para ello, la artista mexicana Mariana Martínez fundó «Cocina Colaboratorio», proyecto que reúne a comunidades de agricultores y productores, académicos, creativos y chefs para crear vínculos, intercambiar conocimientos e idear nuevas alternativas transdisciplinarias de sistemas agroalimentarios.

Para la diseñadora de espacios narrativos, la cocina es un espacio y una práctica que está en la vida de todos los seres humanos. Pero la cocina también representa uno de los mayores retos de la crisis global ambiental, en vista que la producción de los alimentos es una de las mayores causas del cambio climático que experimentamos hoy en día.

Los ingredientes locales sirven como base a experimentaciones gastronómicas e inspiración hacia un mejor manejo de los recursos  © Anna Kooi / Colaboratory Kitchen.

Es a partir del arte que Cocina Colaboratorio crea un espacio físico – la cocina – para el encuentro con las comunidades, una intervención para abrir el diálogo y reflexionar en conjunto, para Mariana, una metáfora y una herramienta. Este modelo artístico colaborativo requiere, en un primer lugar, situarse en el lugar específico. Una de las áreas de trabajo está ubicada en la zona Marqués de Comillas, al sur de la Selva Lacandona, en el estado de Chiapas, en México. Se trata de una de las selvas más grandes de Latinoamérica, un importante pulmón del planeta y la zona más biodiversa de este país. Pero, según científicos mexicanos, desde los años 70 la selva ha reducido su extensión en un dramático 70%. Se ha perdido la cobertura del suelo y en los últimos 20 años han desaparecido 500 millones de árboles.

Para Mariana, una de las principales causas de esta tremenda pérdida es la entrega de tierras selváticas para el uso agrícola y ganadero. Con la Reforma Agraria de los años 50 en México, llegaron a la selva – a la tierra de los mayas lacandones – campesinos de todo el país; hombres y mujeres que desconocían este nuevo territorio. “Fue ahí cuando empezó un deterioro de la zona de la selva y su biodiversidad. Porque las personas que la habitan no están acostumbradas a vivir dentro de la selva. Y entonces empiezan a poblar como ellos ya están acostumbrados a hacerlo en sus lugares de origen y a desarrollar todo un sistema de de agricultura que es de monocultivo, como milpa y ganadería”, explica Mariana.

El cultivo de la palma africana, de donde se extrae el aceite de palma, es actualmente uno de los principales culpables de la desaparición de la selva Lacandona. Según investigadores de la Universidad Intercultural de Chiapas, su cultivo ha cambiado la flora y fauna propia de la selva. Lo que verdaderamente asusta de esta historia, es que en consecuencia del monocultivo, la deforestación y la falta de conocimiento del territorio, la selva y su riqueza se transforme en tierra infértil. Es por ello que hoy existe muchísima atención de universidades, investigadores y organizaciones de conservación para estudiar cuáles son los procesos de regeneración de la selva y las formas de conciliar la producción agrícola y el sustento de las comunidades.

Mariana Martínez es co-fundadora de Cocina Colaboratorio, incubadora de proyectos comunitarios que vinculan el diseño, los alimentos, la ciencia y el paisaje en zonas de Chiapas, Oaxaca y Xochimilco © Gentileza Mariana Martínez.

Uno de los problemas que identificó el equipo de Mariana Martínez es que existe una barrera de desconfianza entre la investigación científica y las personas que viven en las comunidades. La cocina, así, ha servido como herramienta y metáfora de encuentro y diálogo. “Cuando nosotros cocinamos con alguien, de pronto podemos también conversar. En ese proceso de cocina, de experimentación, de que si le ponemos tantita sal aquí o no, estás poniendo a personas a colaborar. El mismo acto de cocinar es colaborar y conectarse», cuenta Mariana.

Alrededor de la cocina, aparecen naturalmente la conversación y preguntas como ¿Cuáles son las cualidades de estos ingredientes? ¿Cómo se cultivan? ¿Qué comes tú?¿Qué como yo? o ¿Cuáles son las dificultades que tiene la comunidad para conseguir alimentos? Todas estas interrogantes ayudan a resolver la problemática que mueve a Cocina Colaboratorio: conservar el medio ambiente y su biodiversidad en equilibrio con la producción sostenible de alimentos.

La mayoría de los habitantes de Loma Bonita, sector de la selva Lacandona, son agricultores no indígenas, que subsisten gracias a la producción de alimentos. En ese lugar se está desarrollando, gracias al trabajo de la comunidad y los científicos, un proyecto para reforestar la zona con bosques comestibles. Este proyecto es un sistema que propone un modelo de conciliación, donde se incorporan diferentes especies que pueden ser usadas para medicina, materiales o alimentos. Para Mariana, se trata de una biodiversidad que viene con el bosque comestible, no es como el monocultivo o como el cultivo de la milpa, donde se trata de quitar a cualquier otra especie que esté ahí, sino que es un sistema que está más en balance, con las diferentes dinámicas del bosque mismo.

Cocina Colaboratorio es como un bosque rico en biodiversidad. Es, para Mariana Martínez, naturaleza colaborativa. Esta y las otras experiencias que aquí hemos repasado son ejemplos de la necesidad de un cambio de mirada, de lo fructífero que es el trabajo colaborativo y la urgencia de que la alimentación se instale como una prioridad social y política, tanto en Chile como en el mundo.

Poligonal es un podcast de Fundación Mar Adentro, organización dedicada a generar experiencias colaborativas que vinculan arte y ciencia para desarrollar aprendizajes, conciencia y acción por el cuidado de la naturaleza. Actualmente se encuentran creando la segunda temporada del podcast. Escucha todos los episodios de la primera temporada aquí.

Imagen de portada: Cosecha de zanahorias agroecológicas de diversos colores. © Dana Devolk vía Unsplash.

 

 

 

 

 

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