Hace unos días atrás llegó a mis manos un libro de la escritora, educadora y conservacionista estadounidense Terry Tempest Williams. Cuando las mujeres fueron pájaros, 54 variaciones de la voz es el título y se trata de una serie de textos que dan forma a un ensayo lírico autobiográfico. Con una escritura aterrizada y sensorial, […]

Hace unos días atrás llegó a mis manos un libro de la escritora, educadora y conservacionista estadounidense Terry Tempest Williams. Cuando las mujeres fueron pájaros, 54 variaciones de la voz es el título y se trata de una serie de textos que dan forma a un ensayo lírico autobiográfico. Con una escritura aterrizada y sensorial, Terry reflexiona desde lo vivido y la experiencia, desde la tierra. Este es un libro político y al mismo tiempo tremendamente poético, en el que se muestran las voces de las mujeres que la precedieron, la ruta de su quehacer escritural, su amor por la naturaleza, la conservación y sus raíces en el oeste americano. La autora recorre por la tangente del recuerdo, habita el pasado en busca de su propia voz. 

Terry Tempest William es escritora, activista y naturalista. © Cheryl Himmelstein.

La naturalista

Terry Tempest Williams nació en Corona, California en 1955. Desde pequeña fue una gran naturalista. Con su abuela Kathryn Blackett Tempest o Mimi como Terry la llamaba compartían su interés por la ornitología, “muchas de las primeras especies que vi coinciden con las que vió Mimi” relata Terry, haciendo un cruce entre sus propias guías de campo y las que heredó de su abuela. Así surgió no solo su amor por los pájaros, sino por todo aquello que vive allí afuera. Esta inclinación por lo natural, le permitió desarrollar su habilidad de escucha y la observación, lo que se revela constantemente en su propia prosa. 

Las prácticas naturalistas de su infancia y adolescencia son sólo una fracción de su interés por el conservacionismo, la otra parte tiene que ver con la enfermedad. Mientras Terry catalogaba pájaros, su madre desarrolló un cáncer a muy temprana edad. Murió finalmente a los 54 años. De hecho, nueve mujeres de su familia se sometieron a mastectomías producto del cáncer, algunas de ellas murieron. “Pertenezco a un clan de mujeres de un solo pecho” dice la autora. La enfermedad del clan, sin embargo, no tiene que ver con una herencia genética, sino con la exposición a las pruebas atómicas de Nevada que vivió su familia y toda la comunidad del sur del estado de Utah entre 1951 y 1988. “Mi familia y yo formamos parte de esos ciudadanos leales conocidos como downwinders, aquellos que vivíamos en zonas hasta donde el viento arrastró la radiación de las pruebas nucleares” cuenta Terry en el libro. Desde entonces ha enfocado su trabajo tanto en temas ambientales y de justicia social, así como también el cuestionamiento del rol de la mujer en la sociedad. 

Entre 1951 y 1988 la Comisión de Energía Atómica probó armas nucleares en un área remota del desierto de Nevada. En ese momento, se les dijo a las comunidades situadas a favor del viento que este proyecto era seguro y no tendría ningún impacto en la salud pública. © Willard Marriott, Library at the University of Utah. 

Precisamente es la muerte de su madre el suceso que da entrada a esta lectura. Terry proviene de una familia mormona. Dentro de esta tradición las mujeres suelen llevar diarios de vida a modo de registro para la posteridad. “Tenemos en nuestra posesión muchos diarios que han pasado de madres a hijas” relata la autora. Bajo este contexto no era de extrañar que su madre le encargara sus cuadernos antes de morir. Le contó donde estaban con la promesa de verlos solo cuando ella hubiera muerto. Así lo hizo. Sin embargo, “estante tras estante tras estante, todos los cuadernos de mi madre estaban en blanco” relata Terry. De aquí en adelante la escritora se sumerge en sus propios recuerdos, en la búsqueda incesante de su propia voz y en la reflexión en torno a este silencio. 

Ecos escriturales, cartografía de la experiencia

Cuando las mujeres fueron pájaros es un libro íntimo, en el que la búsqueda de la voz de la autora revela un compilado de voces que abarcan desde referentes culturales y artísticos, guías de campo de aves y las voces de las mujeres de su propia familia. “Cuando se trata de palabras, en lugar de usar nuestra voz, auténtica pero inexperta, nos robamos la de alguien” dice la autora y continúa: “Soy mi madre, pero no lo soy. Soy mi abuela, pero no lo soy. Soy mi bisabuela, pero no lo soy”. Un coro de relatos externos atraviesa el suyo y lo constituye. 

La escritura de Terry Tempest Williams es una cartografía de su propia experiencia y está en estricta relación con la geografía del desierto de Utah. © Matthias Mullie.

Lo más hermoso del trabajo escritural de Terry es la forma en que cartografía su propia experiencia. Una suerte de paisajismo íntimo donde la naturaleza se cola constantemente en cada episodio vivido. “Una madre y su hija son un borde. Los bordes son ecotonos, zonas de transición, lugares de peligro o de oportunidad” dice Terry cuando habla de la relación con su progenitora. La vida para ella es dinámica y fluida, como el paisaje, dice, y lo no humano es un agente constante de cambio que la atraviesa. El paisaje está a veces fuera y otras dentro del cuerpo. Las fronteras son borrosas. 

Si hay geografía en su cuerpo y en su vida, también la hay en su escritura: “Mi propia mano, con la pluma en su lugar, se abre camino a través de mi psique, atravesando el espeso sotobosque de pensamientos azarosos […] Y luego, en el proceso del lenguaje en capas, un sendero se abre. Veo hacia donde tengo que dirigirme”. La búsqueda de su voz en el proceso escritural es una forma de vivirse al aire libre y al mismo tiempo adentro, en su intimidad, “sé que ahí vivimos los escritores. Adentro para escribir. Afuera para recolectar” afirma Terry. 

Mi propia mano, con la pluma en su lugar, se abre camino a través de mi psique, atravesando el espeso sotobosque de pensamientos azarosos […] Y luego, en el proceso del lenguaje en capas, un sendero se abre. Veo hacia donde tengo que dirigirme (Terry Tempest Williams).

Oráculos y sueños

Otro elemento destacable en la escritura de esta conservacionista, es la importancia que le da al conocimiento ancestral. En este sentido, dice “la morfología de las plantas, los animales, las rocas y los ríos no responde únicamente a la ciencia, sino que constituye y contribuye a la cosmología de la gente que habita el lugar. Es un asunto espiritual”. Así, la intuición es para ella una forma válida y valiosa de conocer. Los sueños y los avistamientos de aves a modo de oráculo juegan un papel importante como augurios de distinto tipo. Sin embargo, como mujeres, dice la conservacionista, “hemos sido educadas para cuestionar aquello que sabemos, para desacreditar la autoridad de nuestras entrañas”. La prosa de la escritora no solo es crítica en asuntos ambientales, también lo es en temas indígenas y de género. 

La autora le brinda gran importancia al conocimiento ancestral, aun cuando ella es bióloga. © Cristina Gottardi. 

La escritura de Terry Tempest Williams dibuja una geografía natural y espiritual. Su lectura nos revela el paisaje árido del desierto de Utah en donde “siempre hay algo que ver o que escuchar […] especialmente en el silencio: el viento, el canto de los pájaros, los insectos”. Cuando las mujeres fueron pájaros, 54 variaciones de la voz muestra una forma de vivir, una intimidad, que al mismo tiempo es la historia de muchos. Es un paisaje nunca visto, pero conocido y ese es quizás su don, componer un texto que nos resuena. Un libro sencillo que invita constantemente a la reflexión.

Portada de Cuando las mujeres fueron pájaros, 54 variaciones de la voz de Terry Tempest Williams. © Jámpster Libros. 

 

Ficha Técnica

Título: Cuando las mujeres fueron pájaros, 54 variaciones de la voz

Autora: Terry Tempest Williams

Editorial: Jámpster Libros

Colección: No Ficción — Serie luminosa

Páginas: 172

Año: 2021

Encuéntralo Aquí

 

Imagen de portada: © Daniel Olah.

 

 

Naturalistas ¿Qué valores conservamos de ellos hoy? (y un gran concurso)

Probablemente cuando pensamos en naturalistas, se nos vienen a la cabeza nombres como Charles Darwin, Alexander von Humboldt, Rodolfo Philippi, Marianne North y Claudio Gay, quienes viajaban a parajes remotos o “nuevo mundos” recopilando y registrando todo lo, hasta ese entonces, desconocido para el mundo. La tarea que realizaron resultaba urgente para sus tiempos y sin duda, a estos naturalistas del siglo XVIII o XIX les debemos el conocimiento y registros ilustrados de muchas de las especies de plantas y animales que conocemos hoy. 

El término naturalista, aunque pareciese algo reciente y claramente en boga, emerge como concepto en 1527 del latín naturalis«relativo a la naturaleza»- y el sufijo -ista, que significa “inclinado a”. A partir de ese momento, se designó naturalista al especialista o estudioso de la historia natural, básicamente la descripción de la naturaleza, dominando ámbitos muy diversos del conocimiento de forma holística: desde la zoología hasta la geología. Lo anterior, a pesar de resistir el reduccionismo pujante, con los años culminó en el surgimiento de varias de las disciplinas biológicas actuales. Sin duda una hiperespecialización que de alguna forma relegó el oficio del naturalista a algo más cercano a un pasatiempo que a las ciencias. A nuestro parecer un error. 

Alexander von Humboldt © Creative commons

Si bien la Historia Natural y los naturalistas no existen ya en su sentido y contexto originales, los términos sobreviven hasta hoy, surgiendo la pregunta: ¿qué significa ser un naturalista en pleno siglo XXI y en medio de una crisis socioambiental?

A pesar de que aún quedan fenómenos naturales por descubrir y descifrar, el naturalista moderno pone sus esfuerzos en registrar bajo diferentes lentes, formatos y oficios, la naturaleza que les rodea en pos de dar a conocer, visibilizar y conservar. Pero la historia natural estudiada por el naturalista, a diferencia de la ecología, no es neutral sino que involucra al individuo que observa como herramienta de investigación e interpretación. El naturalista pone su cuerpo, sentidos, intuición y sistema de creencia particular para percibir y describir lo que observa. Y la forma o el formato en que representa esta interacción ser humano-naturaleza es también única y personal, es creatividad. 

Estación Flora busca despertar el valor por la flora nativa en niñas y niños a través de diversas piezas de diseño. © Florencia Carvajal.

La creatividad nace de dos elementos (seres y/o materias o como le queramos llamar), que son distintos pero que colaboran. Sólo de esa interacción bidireccional se crea algo nuevo que sin ambas partes no podría existir: el pigmento y el agua, la acuarela y la especie, la ilustración y el libro, el libro y el escritor, el lector y su emoción, y así sucesivamente cada diálogo entre dos o más elementos se transforma en una cadena infinita, que cuando la naturaleza es la musa inspiradora, se transforma en naturalismo.

Por tanto, el naturalista de hoy a través de la historia natural de un territorio, paisaje, jardín o especie particular, no genera un relato colectivo, sino uno personal que se suma una mirada mayor que le llena de sentido y humanidad. Es esta diferencia la que hace que el naturalista conecte con personas a través de las emociones que le produce la naturaleza y la interacción con ella.

La comunicación de la ciencia es una de las iniciativas fundamentales del proyecto Estación Flora. © Florencia Carvajal.

Además, la misión del naturalista moderno parece apremiante ante el evidente escenario de crisis socioambiental (ver Antropoceno), donde surge como una necesidad visceral el concientizar sobre el patrimonio natural que poseen nuestros ecosistemas para darle valor y protegerlo. Esto se logra mediante la comunicación y difusión de este quehacer naturalista. 

La invitación es a despertar en cada uno ese espíritu naturalista, escuchando y mirando con atención, que nos quiere decir hoy, el mundo natural que habitamos.

En consecuencia, las observaciones naturalistas modernas ya no quedan archivadas sólo en museos y diarios de campo reservados para la comunidad científica, sino que se hacen públicas y accesibles en libros, piezas de diseño (objetos textiles, joyas, esculturas, etc.), ilustraciones, redes sociales y marcas inspiradas en la naturaleza con objetivos que van más allá que la simple comercialización. Porque esta bioinspiración se acerca más al acto de visibilizar para concientizar, teniendo un fuerte componente la difusión de los fenómenos naturales que, quizás para muchos ciudadanos, siguen siendo desconocidos. 

WUDKO diseña experiencias didácticas y lúdicas para promover la valoración de las aves.
© Jonatha Jünge.

Es aquí cuando la era digital cumple un rol protagonista al abrir innumerables puertas a naturalistas quienes comparten diariamente sus observaciones y manifestaciones bioinspiradas para visibilizar, difundir y dar valor a la biodiversidad local. Una simple búsqueda por perfiles de RRSS, hace evidente un boom naturalista donde plantas, animales y hongos nativos de Chile adquieren protagonismo en un sinnúmero de formas y oficios. El naturalismo hoy ya no está reservado a científicos, sino que se expande a aficionados y personas que desarrollan su quehacer inspiradas en la naturaleza circundante. Así fotógrafos/as, ilustradores, cocineros, orfebres, escultores, perfumistas, alquimistas, tintoreros, recolectores, entre muchos otros oficios, dan vida a manifestaciones u objetos para visibilizar la flora, fauna y funga de nuestro país. 

Y asi, en estos tiempos, resulta casi natural hacer dialogar disciplinas y oficios con la naturaleza que nos rodea, con el objetivo de promover la curiosidad e interés por nuestro patrimonio natural, vinculandola con la cotidianeidad de los seres humanos, apelando a sus emociones y valores, y contribuyendo a visualizar y comprender la belleza e importancia de esta diversidad para sostener la vida.

La observación de aves es una experiencia que nos enriquece como personas al tener una mayor conciencia sobre nuestros compañeros de hábitat. © Jonatha Jünge.

Como resultado, surgen iniciativas y emprendimientos que buscan ser agentes de cambio, porque visibilizan, difunden y ponen en valor la biodiversidad de nuestro país. Tal es el caso de marcas como Bruma (@brumanativa) que busca generar valor por la flora nativa a través de sus aromas o las diseñadoras textiles Belen Villavicencio (@belenvillavicenciotextil) y Marcela Ibáñez (@correvuelalaboratoriotxtil) quienes apuestan por dar a conocer plantas nativas a través de los tintes naturales. 

Estación Flora (@estacionflora), por su parte, busca despertar el valor por la flora nativa en niñas y niños a través de textiles, piezas de diseño y talleres online. Pensando en la fauna, la marca Salvaje (@salvaje-cl) crea figuras de madera articuladas pensando en estimular el conocimiento de los animales chilenos en interacción con su hábitat. Garuga (@garugachile) crea productos textiles con ilustraciones de flora y fauna chilena y Wudko (@wudko) taller de diseño enfocado en la elaboración de productos y servicios que acercan la avifauna a la comunidad local. 

Bruma crea perfumes sólidos a partir de los aromas de la flora nativa de Chile. Este perfume De Hojarasca se inspira en el bosque esclerófilo poniendo en valor los aromas del peumo, boldo y canelo. © Mauro Pesce.

También iniciativas que buscan revitalizar los alimentos silvestres y la cocina de recolección como Del Monte a la Cocina (@delmontealacocina) y Chaltumay (@chaltumay). El Museo del Hongo (@museodelhongo) que es un espacio museográfico no-convencional dedicado a la resignificación del Reino Fungi. Iniciativas que buscan dar a conocer el mundo natural a través de la educación cómo Phyta Lab (@phyta.lab) que organiza cursos y residencias de ilustración científica en diferentes estaciones biológicas del país y la artista botánica Geraldine MacKinnon (@naturalistamac) que a través de su escuela y comunidad online busca formar una comunidad en torno a la ilustración botánica. Todos proyectos y emprendimientos con un marcado sello de sustentabilidad y compromiso con la difusión y protección de nuestro patrimonio natural.

Salvaje le da vida a animales chilenos a través de figuras articuladas que despiertan la curiosidad y fascinación por nuestra fauna. © Angelica Ortúzar.

Sin duda la comprensión moderna de un naturalista debe ser más amplia y, en última instancia, debería incluir a cualquier persona apasionada por la naturaleza y que haga manifiesta esta observación o interacción persiguiendo un fin mayor que solo el hecho de observar y registrar por curiosidad. Aquí es donde emergen los nuevos naturalistas.

Y tú, ¿te sientes un naturalista?

Sobre las Autoras

Antonia Barreau Daly es Ing. Forestal con un MSc en Bosques y Comunidades. Trabaja como investigadora etnobotánica desde hace más de 10 años. Amante de los bosques, las huertas y diversidad biocultural, reparte su tiempo entre proyectos de investigación enfocados en la flora nativa y el patrimonio alimentario y proyectos personales que combinan la ciencia y el arte. Es gestora del proyecto Del Monte a la Cocina, Porotarium Austral y socia-fundadora de la marca Bruma. Vive en Pucón junto a sus hijos Nahuel y Kai.

Teresita Melo Gaymer es Diseñadora Gráfica e Ilustradora Naturalista. Se siente muy comprometida con la idea de comprender el Diseño desde una mirada interdisciplinaria y su trabajo está motivado enormemente por la capacidad que tiene el Diseño de ser una herramienta capaz de aportar al diálogo entre disciplinas, particularmente entre Arte y Ciencia. Actualmente trabaja como diseñadora e ilustradora desarrollando proyectos de comunicación visual en diversas áreas como branding, diseño editorial, ilustración y colabora a su vez en proyectos asociados al mundo académico y diversos profesionales de las ciencias, las artes y las comunicaciones. Junto a su trabajo independiente, se desempeña como docente universitaria y es fundadora del proyecto Estación Flora, ganador de un Fondart el año 2019.

Imagen de portada: © Estación Flora

Concurso NATURALISTA !!!

Porque amamos la naturaleza e inspira nuestro quehacer es que nos hemos unido para regalar:

– REVISTA ENDÉMICO (@revistaendemico): 2 ejemplares

– BRUMA (@brumanativa): 1 perfume sólido nativo + 1 aceite de masajes

– ESTACIÓN FLORA (@estacionflora): 1 Lámina Botánica Bosque Nativo

– BELÉN VILLAVICENCIO TEXTIL (@belenvillavicenciotextil): 1 Kit de Teñido Botánico Ritual Creativo

-WUDKO ( @wudko ): set de aves de mi jardín + prendedor

-SALVAJE ( @salvaje_cl ): 1 Zorro + 1 calendario 2021

-THOMAS KRAMER ( @librofauna ): 1 libro ”Fauna Chilena” + 1 libro “Superanimales de Chile”

-GARUGA (@garugachile): 1 mochila + neceser + set posavasos.

CÓMO PARTICIPAR:

– Seguir a todas las 8 cuentas en redes sociales @revistaendemico

– Contarnos cuál es tu planta,  animal u hongo nativo favorito🍃

– Etiquetar a dos naturalistas innatos que conozcas

FECHA SORTEO: se hará el día 26 de mayo 

Éxito a todos…que el amor por nuestro patrimonio natural nos guíe!

 

Las ruinas del Jardín botánico de la Quinta Normal son hoy un lugar mágico —casi romántico— que sostiene promesas oxidadas de cultura y ciencia. Lo que fuera antes el invernadero se emplaza al costado sur-poniente del Museo de Historia Natural. Ambas arquitecturas hacen juego con toda la inmobiliaria victoriana de estilo francés que componen este […]

Las ruinas del Jardín botánico de la Quinta Normal son hoy un lugar mágico casi romántico que sostiene promesas oxidadas de cultura y ciencia. Lo que fuera antes el invernadero se emplaza al costado sur-poniente del Museo de Historia Natural. Ambas arquitecturas hacen juego con toda la inmobiliaria victoriana de estilo francés que componen este parque. Detrás de una reja llena de hierbas que crecen errantes sobre los fierros descascarados, se asoma el cuerpo alargado de lo que queda de esta estructura: en su centro descansa el corazón-cúpula desde donde se desprenden dos extremidades absolutamente simétricas. Lo único que sobrevive es su esqueleto metálico, mas ningún vidrio ni planta exótica se puede apreciar hoy. El único ser que lo habita es una buganvilia fucsia que crece caótica entremedio del hierro oxidado cercano a la cúpula, como un suspiro de último aliento. 

Interior del invernadero del parque Quinta Normal, Otoño del 2019 © Constanza López

Este panorama se me presenta como una oportunidad para hablar sobre lo que significa la figura del jardín botánico y el invernadero* en Chile. Así, este texto es una invitación a repasar el origen del Jardín Botánico de la Quinta Normal como el ejemplo más importante en el territorio nacional de este tipo de construcciones; una invitación a cuestionarnos bajo qué lógicas fue pensado y qué formas de concebir el mundo lo atraviesan. También es una instancia de discusión de las nuevas lecturas que deberíamos darle a estos lugares a futuro y entender qué buscamos con ellos desde nuestra posición en el globo. Quizás la figura del invernadero es una de las tantas instituciones que nos puedan ayudar a pensar un nuevo Chile, el terreno que nos permita enraizar buenas hierbas para nuestro futuro.

De Jardín Botánico Meiggs a Jardín Botánico Nacional

El invernadero de Quinta Normal no siempre estuvo en ese lugar. Sus orígenes se remontan al siglo XIX cuando Henry Meiggs —aristócrata y empresario estadounidense de origen inglés vinculado a la construcción de ferrocarriles de Chile y Perú— solicitó al arquitecto Jeese L. Wetmore la adquisición del jardín para su quinta familiar. La estructura de fierro y vidrio llegó finalmente en 1866 desde Francia y fue instalado en las cercanías de lo que hoy conocemos como Parque Almagro. Este encargo no era un hecho aislado, sino más bien una tendencia que hasta ese entonces solo estaba al alcance de los grupos históricamente dominantes o agentes colonizadores.  

La quinta Normal de Agricultura hacia 1901 © Memoria Chilena

En 1890, el invernadero de la familia Meiggs pasó a manos del Estado de Chile. De esta forma, se convierte en parte del inmobiliario de la Quinta Normal de Agricultura, antiguo nombre de lo que hoy conocemos como Parque Quinta Normal. El diseño de este recinto respondía a los cánones propios del siglo XIX que consideraban la arquitectura victoriana francesa como símbolo de belleza, sofisticación y cultura. Así entonces, la Quinta Normal de Agricultura se diseñó inspirada en el Bois de Boulogne de París, del mismo modo que el invernadero se asemejó a otros recintos europeos como la Palm House de los Kew Gardens en Londres (1844-1848) o el Jardin des Serres d’Auteuil en Paris (1834-1836). El proyecto nacional de contar con un parque educacional de agricultura se configuraba en base a las arquitecturas coloniales, es decir, respondía a intereses culturales europeos. 

En la imagen la Palm House of the Kew Gardens en Londres. Una arquitectura muy similar a la del invernadero de Quinta Normal © Kew Gardens

Si bien el responsable del jardín botánico emplazado en la Quinta Normal de Agricultura fue Rudolph Amandus Philippi naturalista alemán radicado en Chile desde tiempos de la inmigración alemana selectiva del siglo XIX, el responsable del diseño de la Quinta Normal de Agricultura fue Claudio Gay. La figura de Gay es importante no solo porque es considerado uno de los pioneros científicos de Chile, sino porque representa a la perfección lo que fueron los naturalistas de los siglos XVIII y XIX. Este historiador natural de origen francés había llegado a Chile el año 1828 atraído por la posibilidad de descubrir la flora y fauna de un territorio casi desconocido. El descubrimiento de especies botánicas era sin duda una de las características principales de la figura del naturalista. Sin embargo, estos sujetos representan algo más que un interés científico.

El naturalista Claudio Gay © Museo Nacional de Historial Natural (Chile)

Naturalistas y el sistema natural: un discurso de poder

Los naturalistas europeos eran los encargados de sistematizar la naturaleza, es decir, catalogar y dar un orden, principalmente a las regiones y ecosistemas que no estaban bajo el dominio y conocimiento de los europeos. Según Mary Louise Pratt —Doctora en literatura y lenguas española y portuguesa, y especialista en literatura de viaje e imperialismo—  “el sistema de la naturaleza en sí, como paradigma descriptivo, era una apropiación del planeta totalmente benigna y abstracta. Como no pretendía poder transformador alguno, difería mucho de las articulaciones francamente imperiales de la conquista: conversión religiosa, apropiación territorial y esclavitud”. Esto quiere decir que, aunque aparentemente inocente, la sistematización de la naturaleza de la mano de los herbolarios y naturalistas amparados bajo la disciplina de la historia natural se convirtió en un discurso impuesto en todos los territorios colonizados tal como lo hicieron los misioneros con la religión. De hecho, el sistema natural pasó por alto todas las formas de adquirir conocimiento de las comunidades indígenas locales, estableciendo así un discurso totalizante del mundo natural. 

En este sentido, la figura del invernadero en términos generales se convertía en un cúmulo de imaginarios atravesados por un discurso colonizador en el que el naturalista europeo coleccionaba especies vegetales como tesoros de conquista e imponía disciplina. Con ello, impulsaba la idea de naturaleza salvaje y exuberante de los territorios colonizados como un objeto que debía seguir “un orden construido según un plan funcional” (Bonneuil, 2002). El jardín botánico de modo general se configuró como un lugar de artificio que intenta representar a la naturaleza, pero en su significado más amplio simboliza la necesidad de descubrir y transmitir el orden del cosmos, así como también la búsqueda del Paraíso Perdido. 

Interior del invernadero del Parque Quinta Normal en 1991 © René-François Le Feuvre

A pesar de que los jardines botánicos e invernaderos eran fruto del imaginario impuesto por el sistema natural, fueron vistos de formas distintas dependiendo de si estos se encontraban en el viejo continente o en los territorios colonizados. En los siglos XVIII y XIX, estos espacios eran un depositario de lo exótico, lo conquistado, símbolo de poder y riqueza en el viejo mundo, mientras que en las colonias, donde la naturaleza se presentaba “tenebrosa” y “hostil”, se convirtieron en lugares apacibles, de control y seguridad para los colonizadores, haciendo del territorio extranjero algo familiar y acogedor. De hecho, el propio Claudio Gay en la inauguración del proyecto de la Quinta Normal de Agricultura, un 22 de febrero de 1841 dice: 

“he creído un deber unir lo útil a lo agradable, y sin alejarme de su objeto, hacer de él un jardín público, un paseo de gusto […] para despertar de este modo en los hacendados aquel gusto por el adorno y por la grandeza campestre que contribuye tanto a la felicidad de la vida del campo. Este modo de hablarles así a la vista y al corazón, es el único que podría hacerles olvidar que las grandes haciendas no son puras máquinas de productos, sino también manantiales de placeres y felicidad, y capaces además de moralizar a los campesinos acostumbrándolos a la comodidad de la vida, y a aquel bienestar que ignora.”

El discurso de Claudio Gay no solo habla del jardín como un lugar acogedor, placentero y bello, también es un espacio moralizador. La Quinta Normal de Agricultura es un lugar, por una parte, destinado a adoctrinar bajo un estilo de vida europeo a los locales que parecen no saber de bienestar y, por otro, darle un sentido utilitario a la naturaleza. Así el naturalista se planteaba como “una autoridad urbana, culta y masculina […] que elaboraba una comprensión racionalizante, extractiva, disociadora y que ocultaba las relaciones funcionales y experimentales entre personas, plantas y animales” (Pratt, 2010).

Nuevas propuestas de recuperación 

Desde 1890 hasta 1920 en que el invernadero de la Quinta Normal fue un centro de investigación científica y agrícola, se llegaron a cultivar más de 2.196 especies de todo el mundo. Árboles como el tamarindo, el jengibre, el pistacho o el fresno de flor pudieron ser vistos en el recinto, así como muchas especies de suculentas y herbáceas, tanto extranjeras como chilenas. De esta forma, el invernadero nacional le daba acogida a los tesoros de los territorios conquistados y al imaginario de lo exótico. Posteriormente, en 1922, cesó sus funciones el último Director del Jardín Botánico Nacional: Juan Soehrens. Como consecuencia, el establecimiento pasó lentamente al olvido. Ante el desinterés de casi cien años, la colección botánica del invernadero se perdió en gran parte y el edificio quedó en total desuso y abandono.

Desde ese entonces, aparecieron algunas iniciativas que tenían como objetivo recuperar este espacio. Esta vez, la intención original iba tomando otras formas. Hasta principios del siglo XIX los jardines botánicos eran de uso exclusivo de la aristocracia. Recién a finales de este período, estos lugares adquieren un doble rol: como espacio público —abierto a todos los ciudadanos— y como centros de investigación científica. Solo a mediados del siglo XX se comienza a tratar el jardín botánico como un establecimiento que tiene como fin último la conservación de especies vegetales, al mismo tiempo que se comienza a hablar de cambio climático y degradación ambiental.

En este sentido, durante los años 1990 y 1995, el invernadero de Quinta Normal fue nuevamente puesto en uso gracias a los fondos de la fundación Caritas Chile, la Municipalidad de Santiago y el Museo Nacional de Historia Natural. El recinto abrió sus puertas nuevamente, esta vez con el nombre de Conservatorio de Plantas Medicinales. El proyecto orientó su labor al ámbito educacional y contempló visitas y talleres para sensibilizar a la comunidad con el mundo vegetal. Lamentablemente el proyecto no prosperó. 

En el año 2008 se desarrolló un estudio para establecer un diagnóstico de la construcción y una propuesta para su uso. Consecuentemente, durante el año siguiente el invernadero fue declarado Monumento Nacional y al año subsiguiente el Municipio de Santiago, patrocinador de los estudios anteriores, decidió restaurar el invernadero. Este proyecto —hoy estancado— propuso una colección ex situ, definida de acuerdo con criterios que involucren: endemismo, singularidad, amenaza, belleza y utilidad. Es destacable que entre los criterios más importantes para la selección de plantas aparezca el endemismo y la amenaza, ya que son objetivos que se alejan de las lógicas coloniales como el exotismo, la belleza y el beneficio antropocéntrico. 

Las iniciativas no han sido solo de organizaciones privadas y gubernamentales. En los últimos años han surgido también impulsos ciudadanos. En este marco, se realizaron durante el 2016 las jornadas voluntarias de plantación organizadas por la agrupación EcoBarrio Yungay. En ese entonces se hizo una toma simbólica del invernadero en donde se llamó a lanzar “bombas de semillas” cuyo fin era crear un huerto urbano comunitario. La intervención dio frutos y motivó a la Subdirección de Medio Ambiente de la Municipalidad de Santiago a entregar compost y almácigos. La falta de recursos y constancia hizo que el proyecto no continuara. Hoy, sin embargo, existe una nueva iniciativa de la mano de “Vive Vivero” y “Amo Santiago”, que hasta la fecha se encuentran recolectando firmas ya van más de 15.000 con el fin de presionar a las autoridades a poner en funcionamiento nuevamente esta estructura. 

 

¿Cómo repensar el Invernadero del Parque Quinta Normal? Debe ser una de las preguntas claves para abordar la reapertura de este establecimiento © Constanza López

Las nuevas iniciativas tienen un carácter social. Ahora es la ciudadanía quien está motivando la restauración y conservación medioambiental, así como también son estos los actores sociales que están motivando el uso y apropiación de los espacios públicos. En este sentido, se abre una gran oportunidad de cuestionarnos la dirección a la que queremos apuntar con la apertura de este invernadero. Debemos preguntarnos ¿qué enfoque queremos darle? ¿cuáles son las razones para abrir y proteger una construcción originalmente colonial? ¿Qué queremos rescatar? ¿cómo reinventamos este recinto? Si tenemos el mensaje claro, la visibilización y motivación para las autoridades y privados podría ser mucho más efectiva.  

Aproximación al territorio

Actualmente, la mayoría de los jardines botánicos del mundo declaran dentro de sus objetivos un compromiso con la conservación de la diversidad vegetal y restauración ecológica. Estos establecimientos han reconocido los problemas medioambientales, la extinción y pérdida de biodiversidad y el cambio climático, cuestión que contrasta con los orígenes de estos espacios. El jardín botánico era una institución que nació para imponer un dominio sobre el paisaje, un actante propiciador de un estilo de vida eurocéntrico/antropocéntrico —en el que solo el hombre obtiene beneficios— y, en consecuencia, es profundamente extractivista. 

Los jardines botánicos e invernaderos son yuxtaposiciones que conjugan “distintos elementos en un tiempo y espacio anacrónicos” (Rodríguez, 2017). Estos espacios son el reflejo de la paradoja embrionaria que parece caracterizar a nuestra especie

En general, los jardines botánicos occidentales tienen un carácter contradictorio no solo en cuanto a ser un gran símbolo de colonización y, al mismo tiempo, de conservación, biodiversidad vegetal, concientización y educación ambiental, sino también en cuanto conjugan el espacio privado y público, las actividades de ocio con las científicas, así como también la heterogeneidad de climas y ecosistemas. Así, en un invernadero puedes pasar de la aridez del desierto a la humedad de la selva. Los jardines botánicos e invernaderos son yuxtaposiciones que conjugan “distintos elementos en un tiempo y espacio anacrónicos” (Rodríguez, 2017). Estos espacios son el reflejo de la paradoja embrionaria que parece caracterizar a nuestra especie. 

En esta época de crisis ambiental, sanitaria, política y social resultaría arcaico pensar en estos espacios como reproductores de las formas imperialistas de ocupación, apropiación y dominación. Una nueva apertura y restauración del invernadero de Quinta Normal implica reformular los viejos modelos de aproximación al territorio. Se debe pensar la conservación no desde una colección de plantas exóticas o como podemos verlo aún en países europeos “trofeos de conquista”, que sería, además de obsoleto, ridículo en nuestro territorio. Más bien, se debería partir desde la restauración de los ecosistemas locales. Apostar por la apertura de un jardín botánico que esté orientado al conocimiento de la biodiversidad que nos rodea, que dé luces de una convivencia más tolerante con el resto del planeta y entre nosotros mismos, “reconociendo que no existen ‘dueños’ de la tierra, sino meros habitantes pasajeros” (Rodríguez, 2017).

 

*En este artículo usaré “jardín botánico” para referirme al espacio e institución pensada para el estudio de plantas ya sean endémicas o extranjeras; mientras que con “invernadero” me refiero específicamente a la construcción usada para aclimatar las plantas estudiadas en un “jardín botánico”. A veces ambas palabras se pueden usar indistintamente.

Bibliografía

Barros Castelblanco, María Magdalena. (2010). El renacer del invernadero de la Quinta Normal. Una historia ligada al antiguo jardín botánico. Revista Chagual Nº8, 49-54. Santiago, Chile. Rescatado: http://www.jardinbotanicochagual.cl/wp-content/themes/chagual-2013/pdf/revista-chagual-8.pdf

Bonneuil, Christophe y (Traducción Hinke, Nina). (2002). Los jardines botánicos coloniales y la construcción de lo tropical. Ciencias 68, octubre-diciembre, 46-51. Rescatado : https://www.revistacienciasunam.com/es/busqueda/autor/85-revistas/revista-ciencias-68/731-los-jardines-botanicos-coloniales-y-la-construccion-de-lo-tropical.html

Gay, Claudio (1841) “Proyecto de un jardín de aclimatación para Santiago”. El Agricultor Nº 15. 

Muñoz Rebolledo, María Dolores, & Isaza L., Juan Luis (2001). Naturaleza, jardín y ciudad en el Nuevo Mundo. Nature, garden and city in the NewWorld. Theoria, 10(1),9-25.[fecha de Consulta 26 de Diciembre de 2020]. ISSN: 0717-196X. Disponible en: https://www.redalyc.org/pdf/299/29901002.pdf

Pratt, M. (2010). Ojos imperiales: literatura de viajes y transculturación. México: Fondo de Cultura Económica. 

Rodríguez, M. (2017). Jardín botánico, heterotopía y ciudad. Anales de Investigación en Arquitectura Vol.7, 83-96. En línea: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6670984

Vovides, Andrew P., Iglesias, Carlos, Luna, Víctor, & Balcázar, Teodolinda. (2013). Los jardines botánicos y la crisis de la biodiversidad. Botanical Sciences, 91(3), 239-250. Recuperado en 28 de diciembre de 2020, de http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2007-42982013000300001&lng=es&tlng=es.

Imagen de portada: Invernadero del Parque Quinta Normal © Gerardo Pedraza / Vive Vivero

Por Belén Gallardo y Silvia Lazzarino …Bosque chilote. Es temprano por la mañana. Afuera llueve y mucho, pero adentro al calor de las brasas, el frío pasa casi inadvertido. Aquí, rodeadas de chilcos, canelos, arrayanes y un chucao extrovertido a lo lejos, nos encontramos reunidas, Silvia Lazzarino, Nélida Pohl y Belén Gallardo, una vez más […]

Por Belén Gallardo y Silvia Lazzarino

…Bosque chilote. Es temprano por la mañana. Afuera llueve y mucho, pero adentro al calor de las brasas, el frío pasa casi inadvertido. Aquí, rodeadas de chilcos, canelos, arrayanes y un chucao extrovertido a lo lejos, nos encontramos reunidas, Silvia Lazzarino, Nélida Pohl y Belén Gallardo, una vez más en nuestra querida Estación Biológica Senda Darwin en Chiloé, lugar en el que por más de 20 años se ha desarrollado ciencia y docencia de excelencia en ecología y cambio climático de los bosques templados lluviosos del sur de Chile¹. Las tres trabajamos juntas en comunicación de la ciencia y hemos creado iniciativas interdisciplinarias que buscan vincular arte, biodiversidad, ilustración y ciencia.

En este mismo lugar, hace ya más de cinco años, entre dibujos, telares, artículos científicos y pan amasado, surgió la idea de crear el primer curso de ilustración botánica en una estación biológica, espacio ocupado históricamente por científicos, pero que estábamos dispuestas a transformar. Para esta misión invitamos a sumarse a Geraldine MacKinnon, Javiera Díaz y Fernanda Oyarzún y así formamos un equipo multidisciplinario de científicas, comunicadoras, artistas, ilustradoras y diseñadoras. Buscábamos desafiar los límites de nuestras disciplinas y crear algo diferente a las propuestas que hasta entonces existían. Desde esta diversidad de miradas comenzamos a preguntarnos: ¿cómo generamos una comunidad en torno al conocimiento al aire libre? ¿Cómo integramos la miríada de saberes, sin silenciar las diversas voces? ¿Cómo fomentamos la formación de comunicadores visuales de la biodiversidad que catalicen un cambio en nuestra sociedad?

De izquierda a derecha, parte del equipo docente y fundador: Silvia Lazzarino, Javiera Díaz, Belén Gallardo y Geraldine MacKinnon. © Cheo Tam

Así creamos en conjunto Ilustración Botánica de Campo, una expedición al bosque chilote, cuya primera versión se materializó durante la primavera del año 2015. Hoy, con cuatro versiones en la mochila, podemos asegurar que quienes han vivido la experiencia de este curso, saben que es mucho más que aprender a ilustrar y conocer de botánica. Es experimentar el bosque desde todos los sentidos, generar una comunidad de saberes y convivir en y con la naturaleza. Es construir conocimiento colectivo desde nuestra propia biodiversidad.

Aunque existe amplia evidencia científica de que la naturaleza mejora el funcionamiento cognitivo, fomenta las conexiones sociales, refuerza la resiliencia, entre varios otros beneficios², estamos cada vez más desconectados del entorno natural. De hecho, por primera vez en la historia de la humanidad, la población mundial vive en su mayoría en zonas urbanas³. Esto quiere decir que estamos más que nunca privados de acceso a la naturaleza y al “espacio verde”. Entonces, ¿cómo recuperar esta conexión?

Nosotras nos propusimos construir un espacio de experimentación e interacción humano-naturaleza. Espacio donde el arte y la ciencia se fusionan generando una oportunidad de re-conexión, ya que cuando estamos en un curso de campo, en un lugar relativamente aislado, podemos olvidarnos de los correos electrónicos, los mensajes de voz y las responsabilidades que nos esperan en casa y concentrarnos completamente en la experiencia de aprender en comunidad inmersos en la naturaleza. Es así como surgen largas conversaciones en torno a la cocina y vuelven los juegos de asombro, curiosidad y descubrimiento, como cuando éramos niños…

Proyecto matico, estudio de una rama por Juan José Richards. © Juan José Richards.

Un espacio de formación interdisciplinario inmerso en el bosque

En Ilustración Botánica de Campo, una expedición al bosque chilote, los estudiantes aprenden técnicas de dibujo, diseño, acuarela botánica, contenidos sobre historia, ecología, taxonomía, interacciones y evolución del bosque templado lluvioso y se contextualizan en el mundo de la ilustración y comunicación visual de la ciencia. Todo lo anterior a través de laboratorios, clases, ejercicios, salidas al bosque, conversatorios, investigaciones, desarrollo de propuestas personales y por supuesto muchas risas y deliciosas comidas chilotas.

Como equipo facilitador apoyamos en conjunto la exploración integrada del conocimiento y las técnicas. Es un curso de campo, pues todo sucede en pleno bosque chilote, en las dependencias de la Estación Biológica Senda Darwin, sitio privilegiado para aprender en terreno sobre estos ecosistemas. Allí comienza la construcción de un espacio de aprendizaje interdisciplinario, donde el grupo de estudiantes y profesores convivimos durante diez días, compartiendo visiones, experiencias y reflexiones respecto del rol de científicos, comunicadores e ilustradores de naturaleza y las posibles avenidas de colaboración.

Durante estos días, alentamos a los estudiantes a profundizar su modo de observar, a plantearse preguntas, a desarrollar puntos de vista propios y a desafiarse a representarlos mediante sus proyectos de ilustración. Este proceso ha dado como resultado proyectos de investigación e ilustración que nos han sorprendido enormemente por su nivel estético y de contenido.  

 

Entrada a la Estación Biológica Senda Darwin, Chiloé. Foto: Daniel Casado

A partir de esta travesía, hemos aprendido que abrir este espacio en un lugar como la Senda Darwin es un elemento clave en el desarrollo del aprendizaje y de los lazos que, posteriormente, se han transformado en las más diversas colaboraciones. Observar y reflexionar en conjunto, tanto como aprender y experimentar el ecosistema y el dibujo in-situ y desde diversas miradas, contribuyen enormemente a la creación de una atmósfera donde ninguna disciplina se sobrepone a otra y se trabaja la horizontalidad de saberes. Esto se convierte en terreno fértil para el surgimiento de propiedades emergentes únicas que pueden catalizar grandes cambios tanto a nivel personal como colectivo.

Descripción: Estudio de frutos y flores en el vivero. © Cheo Tam

Las redes y los proyectos que han surgido entre los participantes y el equipo docente han sido muy diversas, lo que da cuenta de la fuerte conexión y de la incipiente formación de una comunidad en torno a los temas arte, ciencia, comunicación visual y biodiversidad. Algunos ejemplos son el proyecto Publicaciones Científicas Ilustradas del Instituto de Ecología y Biodiversidad y la infografía de la Estación Biológica Senda Darwin, ambas colaboraciones entre ex alumnos y parte del grupo de profesoras.

Otro ejemplo es el curso “Ilustración Científica Marina, una exploración por la diversidad de nuestros mares” que dictamos junto a Felipe Portilla (ex alumno) y Fernanda Oyarzún en la Estación Costera de Investigaciones Marinas, ubicada en Las Cruces. Esa oportunidad nos confirmó el gran potencial que tiene nuestro modelo de aprendizaje interdisciplinario en terreno. Además de lo anterior, en este espacio se gestaron en parte las ideas iniciales del Círculo de Ilustradores Naturalistas de Chile (CINC) y las primeras ideas del programa ASKXXI, ambos fundados y liderados por miembros de nuestra comunidad. Recientemente, fue adjudicado el Fondart Regional: Estación Flora, tintes para vestir el bosque, colaboración entre una ex alumna y parte del equipo docente, solo por mencionar algunas iniciativas.

La mayoría de los estudiantes llegan al curso con expectativas de aprendizaje tanto de técnicas como de conocimiento científico. Sin embargo, los juicios evaluativos al momento de finalizar el curso se despliegan en discursos que dan cuenta de una valoración multidimensional de la experiencia vivida4. Proceso que estamos evaluando formalmente para robustecer nuestro modelo y contribuir a la construcción del conocimiento acerca de la enseñanza interdisciplinaria de y desde la biodiversidad. A partir de estas reflexiones no solo catalizamos la colaboración entre nuestros alumnos sino entre nosotras mismas, incubando así nuevos desafíos.

Práctico de reconocimiento y dibujo en el bosque. © Cheo Tam.

Phyta Lab: plataforma migratoria de ilustración botánica de campo

Teniendo casi 6 años de trabajo en conjunto, como equipo creativo nos desafiamos a dar un nuevo paso hacia la construcción de una comunidad en torno a la formación in-situ de comunicadores visuales en temas de ecología y biodiversidad. Allí donde el dibujo actúa como un agente de cambio sutil hacia la valoración y conservación, generando propuestas desde la interdisciplina, en un espacio donde las ideas se construyen desde la misma naturaleza. Con la intención de consolidar un modelo experimental y exportable hoy estamos creando “Phyta Lab, plataforma migratoria de ilustración botánica de campo”. Esta nueva iniciativa busca replicar este prometedor modelo en otros contextos y ecosistemas de Chile y el continente Americano y así dar la posibilidad a más personas de formar parte de este espacio y movimiento.

Hoy en Phyta Lab somos Silvia Lazzarino, Belén Gallardo, Nélida Pohl, Geraldine MacKinnon, Javiera Díaz y Cheo Tam, y buscamos formalizar nuevas oportunidades de colaboración y movimiento. Les invitamos a unirse a esta comunidad y plataforma interdisciplinaria de creación colectiva, donde las ideas abundan. Pronto abriremos la convocatoria de la 5ta versión de nuestro curso Ilustración Botánica de Campo, una expedición al bosque chilote, que cada año viene con más experiencias, aprendizajes y amor por el bosque. Además dejamos la invitación abierta a quienes tengan interés en que Phyta Lab migre a su estación biológica, reserva natural o comunidad. ¡Creemos profundamente en la colaboración!

Estudiantes trabajando en el laboratorio. © Cheo Tam.

…La lluvia parece haberse detenido. Afuera hay un delicioso aroma a tierra mojada. Nuestras botas nos esperan para salir a explorar, como tantas otras veces, ese conocido y desconocido bosque. Vamos contentas por nuevas aventuras de arte y ciencia rodeadas de naturaleza chilota…

RRSS:

Instagram: @Phyta.Lab

Facebook: @Phyta.Lab

Mail: info@phytalab.org

 

REFERENCIAS:

 

  1. Carmona, M. R., Aravena, J. C., Bustamante-Sanchez, M. A., Celis-Diez, J. L., Charrier, A., Díaz, I. A., … & Hernandez-Pellicer, C. (2010). Estación Biológica Senda Darwin: Investigación ecológica de largo plazo en la interfase ciencia-sociedad. Revista Chilena de Historia Natural, 83(1), 113-142.
  2. Frumkin, H., Bratman, G. N., Breslow, S. J., Cochran, B., Kahn Jr, P. H., Lawler, J. J., … & Wood, S. A. (2017). Nature contact and human health: A research agenda. Environmental health perspectives, 125(7), 075001.
  3. United Nations, Department of Economic and Social Affairs, Population Division (2018). World Urbanization Prospects: The 2018 Revision, Online Edition. Link:  https://esa.un.org/unpd/wup/
  4. Parra, M. (2019). Informe Preliminar Evaluación Curso Ilustración Botánica de Campo, construcción de un espacio de formación interdisciplinario.

 

Biografía de los autores:

Silvia Lazzarino (www.silvialazzarino.com)

Bióloga y Diseñadora. Diplomada en comunicación de la ciencia en Ilustración de ciencias naturales. Fundadora del Círculo de Ilustradores Naturalistas de Chile (CINC) y de Phyta Lab. Ha dictado clases y cursos de comunicación de la ciencia, ilustración científica y comunicación visual y co-creado productos de comunicación científica como libros, guías de campo, juegos y otros materiales. Coordinó por 4 años la unidad de comunicación científica del Instituto Milenio de Ecología y Biodiversidad (IEB). Actualmente es comunicadora e ilustradora científica freelance.  

Belén Gallardo

Bióloga y Candidata a Doctor en Ciencias Biológicas mención Ecología. Fundadora de Phyta Lab y del programa y diplomado ASKXXI: Art + Science Knowledge Building and Sharing in the XXI century y de otras iniciativas arte + ciencia. Directora de Formación y Capacitación de la Asociación Chilenas de Periodistas y Profesionales para la Comunicación de la Ciencia (ACHIPEC). Comunicadora científica interesada en crear, liderar, desarrollar y/o catalizar proyectos interdisciplinarios que se encuentren en la convergencia entre arte, ciencias ecológicas y educación.

 

El taller «Pequeñxs Naturalistas» se trata de una caminata para todas las edades cuyo objetivo es promover el amor por la naturaleza en los habitantes del Biobío y compartir conocimientos respecto a los ecosistemas locales, la geografía y las especies con las que compartimos el lugar que habitamos. La actividad es organizada por Hotel Concepción, un edificio […]
El taller «Pequeñxs Naturalistas» se trata de una caminata para todas las edades cuyo objetivo es promover el amor por la naturaleza en los habitantes del Biobío y compartir conocimientos respecto a los ecosistemas locales, la geografía y las especies con las que compartimos el lugar que habitamos.
La actividad es organizada por Hotel Concepción, un edificio patrimonial ubicado en el casco histórico de la ciudad y que como parte de sus trabajos de restauración está organizando actividades familiares que puedan poner en valor el carácter cultural y natural de la ciudad.
El día de la caminata es 28 de Julio, desde las 10.00 hasta las 13.00 hrs en la Reserva Nacional Nonguén. El precio por participante es 3.500 pesos, para más información consultar en el facebook del Hotel Concepción.

Observación en la naturaleza

Estamos regresando a la naturaleza, atraídos por los bosques, el mar, la montaña y sus múltiples habitantes. De la sorpresa inicial damos paso a la curiosidad y nos preguntamos sobre los diversos procesos naturales, ¿por qué? ¿dónde? ¿cómo? Y es así como comprendemos que la naturaleza guarda múltiples secretos. Observar y aprender de ella no […]

Estamos regresando a la naturaleza, atraídos por los bosques, el mar, la montaña y sus múltiples habitantes. De la sorpresa inicial damos paso a la curiosidad y nos preguntamos sobre los diversos procesos naturales, ¿por qué? ¿dónde? ¿cómo? Y es así como comprendemos que la naturaleza guarda múltiples secretos. Observar y aprender de ella no es tarea fácil.

Lo que a simple vista parece obvio, puede esconder una enorme complejidad, y sin los conocimientos o métodos adecuados, tratar de entenderlo puede transformarse en una tarea frustrante. A continuación, comparto algunos consejos, desarrollados a partir de mi formación de biólogo y de años visitando los entornos salvajes, que espero sirvan a aquellos exploradores que quieren abrir sus sentidos y plantearse nuevas preguntas sobre la naturaleza.

Una nueva ola de exploración se expande en nuestros entornos naturales. ©Bastian Gygli

El marco ambiental

Hay múltiples formas de aproximarse al desafío de entender un ecosistema y sus habitantes. Muchos factores pueden ser importantes, pero para mí una buena forma está en usar una escala ecosistémica, que va desde los niveles más generales a los más particulares.

Como primer paso nos encontramos con la geografía, la cual define el marco físico de los ecosistemas. El viento, los glaciares, la lluvia y otros procesos erosivos funcionan como escultores y van dando forma a los distintos tipos de roca y suelos. Estos procesos, a lo largo de millones de años, dan forma al relieve, que es la configuración de la superficie con partes que sobresalen más o menos. Aquí tenemos a las montañas y cerros, los valles y quebradas, además de muchos otros componentes.

Sobre esta matriz se sobrepone el clima y el tiempo meteorológico. Estas condiciones son variables y a veces impredecibles, pero aun así mantienen una tendencia en el tiempo que da identidad a un lugar. Por ejemplo, el sur es muy frío y el desierto muy seco.

Al tener claro los conceptos anteriores, seremos capaces de ubicar nuestro marco ambiental, el cual determinará las condiciones en donde se desarrollará la vida. En el hemisferio sur, no es lo mismo vivir en una ladera norte, expuesta al sol, que en la ladera sur, al cobijo de la sombra. No es lo mismo vivir en una estepa azotada por el viento que en una quebrada húmeda y guarecida.

En el desierto de Atacama está la quebrada de nacimiento, que muestra las características de su marco ambiental: relieves escarpados en medio del entorno de gran sequedad. ©Bastian Gygli

Los habitantes

Una vez definida la primera capa de información nos encontramos con los habitantes del territorio, algunos móviles y otros sésiles. Entre estos, los inmóviles suelen tener una mayor influencia sobre su entorno. Esto es porque están siempre ahí, por lo tanto, pasan a ser parte del paisaje y comienzan a actuar como la geografía, es decir, generando un marco más rígido para los demás seres. Un ejemplo claro son los bosques, donde un conjunto de árboles define las condiciones para la formación de un ecosistema en particular.

Dentro de estos espacios se mueven los animales, que anteriormente llamamos seres móviles. Su capacidad de desplazarse los hace tremendamente complejos en sus comportamientos, pues pueden cambiar de entorno mucho más fácilmente: si hace calor pueden esconderse, si tienen hambre buscan alimento y si todo cambia pueden migrar.

Para entender ambos tipos de habitantes se deben tener en cuenta hábitos propios de cada organismo en relación a su entorno. Por ejemplo, conocer los horarios de actividad de una lagartija o las preferencias hídricas de una planta nos puede ayudar a encontrarlos con mayor facilidad.

También es fundamental ir generando nuestros propios códigos de observación. Técnicas que para algunas personas pueden resultar útiles no lo son para otras. Es por eso que debemos ir conociendo nuestra propia forma de encontrar y observar organismos, perfeccionando la forma que nos ha sido útil en el pasado. Hay personas sigilosas, otras pacientes y otras estudiosas. Todas estas son vías válidas para mejorar nuestras posibilidades de encontrar un organismo o para aprender de él y su modo de vida.

A continuación, les presento unos consejos para observar y reconocer plantas, hongos y animales en terreno.

Solo viendo los distintos componentes de un ecosistema nos damos cuenta de su enorme complejidad. Imagínate ahora todos estos componentes en constante interacción. ©Cristian Toro 

Observación de la flora

Las plantas son seres inmóviles (o más bien, se mueven a una velocidad que no percibe nuestro apresurado ojo humano), pero no por eso son fáciles de encontrar o identificar, e incluso después de esto se nos abre un abanico de preguntas respecto a sus historias de vida.

Los seres sésiles están íntimamente relacionados con el entorno en el que se encuentran. Una vez germinada una planta no puede cambiar de lugar. Esto hace que estén muy adaptadas a ciertas condiciones, que de no encontrarse limitan su posibilidad de desarrollarse. Organismos como los musgos, que requieren mucha agua, solo crecerán en lugares de abundante humedad. Una lenga (Nothofagus pumilio) en su distribución norte crece como el último árbol del gradiente altitudinal, a grandes alturas, pero en la Patagonia, donde las condiciones a nivel del mar son similares a las de altura en Chile central, la encontraremos muchísimo más abajo.

También debido a su incapacidad de moverse, las plantas han desarrollado una gran plasticidad fenotípica, que corresponde a la capacidad de variar sus características para adaptarse a un medio en particular. Incluso en un mismo árbol es posible observar hojas de mayor tamaño, adaptadas para captar luz de sombra, y hojas más pequeñas, ideales para resistir la exposición más directa al sol. Esto se puede aplicar a todas sus partes, generando una gran variedad dentro de una misma especie. Es por eso que es extremadamente recomendable tratar de identificar características claves, que vayan más allá del tamaño y la forma, que son muy variables. Estas tienen que ser más constantes y no cambiar de individuo a individuo. Un ejemplo muy bueno es la estructura de flor, usualmente muy definida.

Los árboles pueden ser analizados como individuos, pero en su conjunto adquieren una nueva dimensión, dándole vida al concepto de bosque. ©Bastian Gygli

Observación de hongos

A la hora de reconocer y buscar hongos se pueden usar los mismos consejos descritos para las plantas, dado su carácter inmóvil. Aún así, hay cosas que son específicas para estos seres, donde sus modos de vida son especialmente importantes.

Algunas de las estructuras visibles de los hongos que podemos observar son perennes (que no desaparecen), como en el caso de las «orejas de palo» (grupo grande de hongos que descomponen madera), pero muchas otras son pasajeras. Esto es debido que mucho de lo que vemos corresponde a cuerpos fructíferos, estructuras especializadas para propagar esporas. Esto hace que aparezcan en ciertos momentos, usualmente después de las lluvias, cuando las condiciones son propicias para su propagación. Otra cosa importante es la reiteración de la aparición de cuerpos fructíferos. Donde hemos visto una callampa es muy probable que volvamos a verla, pues el hongo filamentoso sigue viviendo en ese lugar y cuando vuelvan a haber condiciones ideales tenderá a volver a salir.

Cuerpos fructíferos creciendo en el suelo del bosque. Este es uno de los diversos modos de vida de los hongos. ©Bastian Gygli

Observación de fauna

Ya sea buscando o por casualidad, muchas veces nos vemos enfrentados a los animales, los más elusivos habitantes de los parajes salvajes. Observarlos es fascinante, pero involucra muchas dificultades.

El concepto clave para ver fauna es “pasar piola”. Si el animal no nota que estamos ahí, no lo molestaremos y podremos ver su comportamiento natural sin la influencia de nuestra presencia. Para esto es ideal poder localizarlo desde una gran distancia, para lo que los binoculares son de gran ayuda, especialmente si estamos activamente buscando. Si llegamos a toparnos con algún animal hay que tratar de mantenerse lo más calmado posible y evitar cualquier cosa que le puede generar estrés o miedo. Si podemos lentamente hacernos parte del entorno, nuestra observación será más provechosa que si el animal está constantemente atento a nuestra presencia.

Para ayudarnos a conseguir esta invisibilidad hay varias cosas útiles que podemos hacer. La vestimenta puede llegar a ser muy importante. Es recomendable camuflarse lo mayor posible con el entorno o al menos evitar colores muy contrastantes. Moverse en silencio y evitar ruidos fuertes, para no llamar la atención. Otro factor que puede ser clave es el olor. Nuestro olfato no es tan desarrollado, pero el de muchos animales lo es, así que recomiendo estar atento al viento y su dirección para evitar que nuestro olor sea llevado al animal. Esto, unido a movimientos lentos y controlados nos ayudará a “pasar piola”.

Si vemos el animal a lo lejos y queremos acercarnos debemos armarnos de paciencia. Acercarse puede ser algo tedioso, pues hay que estar atento a todos los factores mencionados y estos pueden cambiar a medida que avanzamos, por lo que se requiere de constante análisis de la situación. Un consejo útil es tratar facilitar el acercamiento usando las condiciones naturales. Una estrategia es usar el brillo del sol a nuestras espaldas para que el animal no nos pueda mirar directamente sin encandilarse. Esto es especialmente efectivo en los animales que usan la vista como principal sentido.

Todos estos son consejos generales, los cuales pueden variar en importancia dependiendo del animal. Para sacar el mayor provecho a un avistamiento es fundamental conocer al organismo en cuestión, entre más información disponemos, más es la capacidad de tomar buenas decisiones y respetar sus rangos de tolerancia. Si sabemos poco del organismo en cuestión es aconsejable jugar a la defensiva y tener paciencia, que de todos modos suele ser el método más usual para observar animales.

Acercarse a este quetru volador (Tachyeres patachonicus) requirió conocimientos de su comportamiento, además de mucha paciencia para esperar las condiciones ideales. ©Bastian Gygli

Apoyo

Una parte del conocimiento natural ha sido estudiada y mucho de este estudio se ha documentado, encontrándose disponible en textos científicos y en internet. Usar estos conocimientos es muy útil para aprender, ya sea antes o después de un terreno. Hay que preparar conocimientos previos y resolver dudas posteriores.

Otra fuente de saber notable son las guías de campo, libros especializados pensados en resolver dudas en terreno. Existe una enorme variedad de estos, cada vez más comunes y mejor realizados. Hoy por hoy, probablemente existe una guía para cada tipo de naturalista. Te recomiendo buscar los más afines a tus áreas de interés.

Pero dentro de todas estas fuentes de apoyo, conversar con otrass personas que también estén interesadas en el aprendizaje en la naturaleza es probablemente la más poderosa para mejorar nuestra comprensión del entorno. Compartir las inquietudes hará el proceso más eficiente, pudiendo complementar los talentos de los miembros del equipo, y notablemente más divertido, pues no hay nada como disfrutar la naturaleza en buena compañía.

Las guías de campo son una herramienta espectacular para resolver dudas en terreno. ©Bastian Gygli

La experiencia y el saber

Todos estos consejos pueden llegar a ser útiles, pero nada podrá reemplazar al conocimiento adquirido mediante la práctica. El más importante consejo es que explores lo salvaje y que te sigas maravillando con la naturaleza. A través de ese cariño y la cotidianidad que nos da ir reiteradas veces a la naturaleza, empezamos a ver los signos de otra manera, a agudizar nuestros sentidos y a templar nuestra paciencia. Los invito a desarrollar estas herramientas, para que luego podamos compartirlas y así seguir disfrutando y aprendiendo cada vez más de nuestros ambientes silvestres.

*Foto de portada: liana en bosque lluvioso del sur de Chile ©Bastian Gygli

Libro sobre la flora cordillerana y sus usos tradicionales

Kora Menegoz es nuestra colaboradora invitada de hoy, quien nos invita a recorrer los bosques de la cordillera de los Andes y conocer los usos tradicionales y nombres de las plantas que en ella existen a través de su libro «Flora cordillerana del Ñuble y sus usos tradicionales». Esta guía de campo fue escrita por […]

Kora Menegoz es nuestra colaboradora invitada de hoy, quien nos invita a recorrer los bosques de la cordillera de los Andes y conocer los usos tradicionales y nombres de las plantas que en ella existen a través de su libro «Flora cordillerana del Ñuble y sus usos tradicionales». Esta guía de campo fue escrita por Kora junto a Asenat Zapata e impresa mediante un Fondo Nacional de las Culturas y las Artes.

Flora cordillerana del Ñuble y sus usos tradicionales es una guía etnobotánica que abarca más de 70 especies vegetales, señalando sus características, propiedades y usos tradicionales. Revela también la conexión e importancia de estas especies con la cultura local, así como la esencia de la gente a través de sus relatos.

Aprovechando que todavía existen algunas personas con importantes conocimientos sobre las plantas nativas de nuestra cordillera, realizamos un trabajo de rescate del patrimonio natural y cultural en la cordillera del Ñuble. El objetivo de este libro es resguardar, valorizar y dar a conocer los saberes tradicionales sobre las plantas cordilleranas de una zona de alta biodiversidad, estrechamente asociados a la hermosa cultura de los arrieros que ha convivido durante años con la naturaleza en plena cordillera.

Habitantes de la cordillera del Ñuble, quienes participaron aportando sus conocimientos para la realización de la guía.

La realización de esta guía se valió de entrevistas a personas reconocidas en la comunidad del valle de San Fabián de Alico por tener un alto grado de conocimiento sobre la flora cordillerana nativa y sus usos. Estas apasionantes conversaciones e historias sobre las plantas fueron transcritas, lo que permitió seleccionar citas textuales, las cuales constituyen lo más valioso de este libro. Luego, esta recopilación de información en terreno fue completada por una investigación bibliográfica que permitió dar un marco más integral para cada especie.

Tal como el ecólogo Bernardo Reyes manifiesta en el prólogo de la guía, en este trabajo se intentó plasmar tres ideas centrales: por un lado, está la idea de que la biodiversidad de este territorio es un tesoro de dimensiones aún por explorar y que los distintos pisos ecológicos y formaciones vegetacionales del bosque mediterráneo y bosque templado deben ser conservados y protegidos como fuente de una antigua herencia colectiva.

Ficha de la especie «Lleuque», sus características taxonómicas y usos tradicionales.

Una segunda idea es la necesidad imperiosa de rescatar y revalorar el conocimiento ecológico de la cultura local de los arrieros y sus familias, con su amplia trayectoria de arraigo con las estaciones y viajes desde y hacia la alta cordillera.

Una tercera idea es que la biodiversidad de este territorio es una enorme farmacia de plantas medicinales, cuyas propiedades curativas han resuelto y siguen resolviendo muchos problemas de salud de las comunidades asentadas en este territorio o que se benefician de la recolección y comercialización de plantas hacia las ciudades.

Nuestro trabajo es una invitación a involucrarnos desde el conocimiento y las prácticas humanas en estas latitudes. Esta invitación va dirigida a mujeres y hombres, a caminar los senderos de nuestra montaña, conocer sus plantas y sus espacios. Esperamos que el contenido de este libro permita al público lector y senderista en general, y a las nuevas generaciones de jóvenes en especial, conocer los antiguos beneficios de la medicina natural y de la riqueza de las plantas cordilleranas de la zona central de Chile.

Para conseguir el libro, puedes escribir al siguiente correo: ko.menegoz@gmail.com

«Secretos y otros saberes campesinos», ilustración realizada por Diego Cofré Reyes.

*Foto de portada: ilustración de portada de la guía de campo, realizada por Diego Cofré Reyes.

Historia natural de los animales del bosque

En sus páginas, fichas con descripciones de especies se combinan con detalladas ilustraciones para enseñarnos sobre la diversidad de animales que habitan nuestros bosques nativos. Recuerdo, muchos años atrás, las clases de ciencias naturales en el colegio. Recuerdo haber aprendido cómo es una cebra, una jirafa y un oso. Recuerdo que, incluso, uno de los […]

En sus páginas, fichas con descripciones de especies se combinan con detalladas ilustraciones para enseñarnos sobre la diversidad de animales que habitan nuestros bosques nativos.

Recuerdo, muchos años atrás, las clases de ciencias naturales en el colegio. Recuerdo haber aprendido cómo es una cebra, una jirafa y un oso. Recuerdo que, incluso, uno de los momentos más importantes de la básica, era una exposición en la que cada uno de los alumnos debía investigar sobre un animal y hablar en profundidad sobre él. Recuerdo también, que ninguno de nosotros escogió un animal endémico chileno. Que hablamos mucho sobre los climas templados, mediterráneos y los desiertos de Sudáfrica, pero nada sobre los bosques nativos de nuestro país, ni de los animales que los habitan.

Estos bosques son el hogar de una gran cantidad de especies, tanto endémicas como introducidas, pero ¿sabemos cuáles son? ¿Podemos distinguir entre un Chucao y un Hued Hued? ¿Entre la Yaca y el Monito del Monte? ¿Sabemos con certeza cómo se ve un gato Colo Colo? La fauna endémica chilena es mucho más rica de lo que pensamos, o lo que nos han enseñado, y el libro Historia Natural de los Animales del Bosque, de Andrés Charrier, con las ilustraciones de Javiera Constanzo, nos enseña al respecto.

El texto, fue financiado por el programa de difusión de las ciencias del Instituto de Ecología y Biodiversidad IEB, quienes, además, proveyeron gran parte de la información que se encuentra en sus fichas.

© Editorial Amanuta

Los inicios

Todo comenzó en 2001, lejos aún de la creación de este libro. En ese entonces, Andrés Charrier trabajaba en monitoreo de fauna en la Universidad Católica de Chile, por lo que debía recorrer constantemente lugares como Coyhaique y Villarrica. Solía preguntarle a los guardaparques por la rana de Darwin y la respuesta siempre era la misma: no se la había visto hace más de 10 años.

Fue un día de verano, andando en kayak en Cahuelmó, que este anfibio se cruzó por su camino y le transformó la vida. Indagando sobre la especie descubrió que existe otro tipo de rana de Darwin que vive más al norte, y que se encontraba presuntamente extinta. Inspirado por este fenómeno de desaparición de la especie, comenzó a buscar información sobre la declinación global de los anfibios. “La rana de Darwin del Norte, Rhinoderma rufum, la extinta, es el hilo conductor del libro, porque buscándola he aprendido muchísimo de historia natural de un montón de otras especies del bosque. He visto casi todas las especies que salen en el libro viajando por el sur de Chile buscando la Rhinoderma rufum. Me niego a creer que esté extinta y por eso la sigo buscando”, afirma.

Javiera Constanzo es médico veterinaria de profesión, miembro de la ONG Vida Nativa, especialista en fauna silvestre y creadora de las ilustraciones que dan vida a los animales del libro. Su propósito fue representar a las especies de manera detallada, inspirada en aquellas ilustraciones que, de niña, veía en las enciclopedias. “Me propuse hacer honor a esas obras que me inspiraron y fascinaron cuando niña, quería que la gente sintiera lo que yo sentí mirando esos animales ajenos y exóticos, pero esta vez con lo propio, con los bellos animales con los que convivimos en Chile“, afirma.

Pudú (Pudu puda) © Editorial Amanuta

Sobre el proceso para llegar al hiper-realismo presente en sus dibujos, explica que “cada ilustración de este libro se basó en el estudio de al menos 8 fotos por especie. Hubo casos especiales, de animales tan raros y poco estudiados que prácticamente no tienen fotos detalladas disponibles, ahí fue necesario recurrir a artículos científicos sobre ellos, notas de su historia natural e imágenes de las especies más emparentadas para usarlas de referencia. El nivel de detalle de cada ilustración es logrado al dibujar pelo por pelo y escama por escama, todo está hecho sin atajos digitales, en una sola capa, tal como se habría hecho con un pincel y un lienzo físico, pero con la ventaja que otorga el zoom del computador”.

Ha visto 29 animales de los que salen en el libro. “Me ha tocado correr tras una Güiña cerro arriba y he podido contemplar Huillines en el sur y por mi trabajo actual, cada noche de la semana los Concones me arrullan antes de dormir”.

© Editorial Amanuta

El contenido

El libro se divide en tres zonas boscosas que se pueden identificar desde el centro al sur de Chile: Bosque Zona Central de Chile Esclerófilo, Bosque Templado Valdiviano y Bosque Norpatagónico. Son 34 las especies que fueron seleccionadas para la publicación, entre las más representativas, las más raras, difíciles de ver y más amenazadas.

Cada zona comienza con una breve reseña sobre las características de dicho bosque, y luego, cada ficha contiene información básica de historia natural, biología, distribución, principales amenazas y estado de conservación. Con una mezcla entre ilustración, texto e infografía, la información se logra incorporar de manera muy clara, fácil y rápida.

© Editorial Amanuta

El propósito: educar

En las librerías, podemos encontrar Historia Natural de los Animales del Bosque, el más vendido de la editorial Amanuta en esta Navidad, en la sección de libros infantiles. Andrés Charrier explica que es el libro que le habría gustado leer cuando pequeño, pero que aún nadie había escrito. Por su parte, Javiera espera que este libro fascine a algún niño o joven, lo invite a salir a explorar y descubrir por sí mismo las criaturas ilustradas, “que se enamore de ellas al conocerlas y que al amarlas sienta la necesidad de respetarlas y protegerlas” enfatiza. Con sus fichas ilustradas y rebosantes de valioso contenido, es realmente una guía práctica y fundamental para internarse en los bosques nativos y, con un poco de suerte, encontrar y reconocer a alguno de sus habitantes.

El propósito de este libro es incitar a los niños a salir al campo y hacerse preguntas sobre la naturaleza, demostrarles que no tenemos nada que envidiarles a los otros países. Andrés afirma con seguridad que “tenemos muchas especies que son infinitamente más interesantes que los leones, las cebras y jirafas del Discovery Channel”.

Gato colocolo (Leopardus colocolo) © Editorial Amanuta

Tanto Andrés como Javiera esperan que este libro algún día forme parte de la materia que se enseña en los colegios. El deseo de Andrés es que el libro sea comprado por el Ministerio de Educación y sea repartido a todos los niños de 3º o 4º básico del país “para que aprendan del patrimonio natural que tenemos y que se está perdiendo día a día. No quiero que después cuando sea viejo me digan que no hice nada por parar esa pérdida de biodiversidad”.

El futuro

Para Andrés Charrier, el sueño es en algún futuro cercano hacer un libro de historia natural de los animales del norte, que en realidad es un libro sobre todos los otros animales de Chile que no entran dentro del concepto de animales de bosque. Además, cuando se agoten los ejemplares de Historia Natural de los Animales de Bosque, se espera integrar, en futuras ediciones, nuevas especies como el picaflor de Juan Fernández, el pájaro colilarga, la torcaza y el zorrito de Darwin, entre otros.

© Editorial Amanuta

El bonus

Para quienes se interesen en el tema, tanto Andrés como Javiera recomiendan ver la serie Wild Chile. Cuenta con 8 capítulos y fue transmitida este año por Chilevisión. Está disponible online.