El brutal impacto de la tala rasa

El siguiente artículo fue escrito entre dos colaboradores de Endémico dedicados a la educación ambiental y comunicación de la ciencia; el antropólogo Jens Benöhr y el biólogo Bastian Gygli -habitantes de la tierra del Biobío-, quienes explican las consecuencias ambientales y sociales de la tala rasa. Al contrario de lo que muchos piensan, un bosque […]

El siguiente artículo fue escrito entre dos colaboradores de Endémico dedicados a la educación ambiental y comunicación de la ciencia; el antropólogo Jens Benöhr y el biólogo Bastian Gygli -habitantes de la tierra del Biobío-, quienes explican las consecuencias ambientales y sociales de la tala rasa.

Al contrario de lo que muchos piensan, un bosque no es solo un grupo de árboles. Un bosque es un sistema de relaciones realmente intrincado, donde hierbas, arbustos, árboles, pájaros, mamíferos, insectos, hongos y bacterias dependen entre sí para existir. Los grandes árboles dominantes generan el esqueleto grueso del bosque, en cuyas cavidades se distribuyen árboles medianos, arbustos y plantas de menor tamaño, todas cubiertas por multitud de otros seres; animales, vegetales y fúngicos. Por todas partes, constantemente nacen y mueren los distintos miembros del bosque, formándose una variedad no solo de especies, sino también de tamaños y edades.

Colores y formas del bosque ©Bastian Gygli

Monocultivo forestal

A diferencia de este caótico mosaico de formas y procesos, en Chile y el mundo han proliferado las plantaciones forestales de monocultivos exóticos. En este sistema, los árboles son criados en invernaderos y luego plantados en filas uniformes sobre un suelo que ha sido despejado de toda vida y abonado artificialmente con químicos que alimentarán el feroz crecimiento de pinos y eucaliptos. El gran consumo hídrico que caracteriza a estos árboles es resultado de su rápido crecimiento, el cual es a costa de una mayor cantidad de nutrientes, los que son movilizados mediante el agua.

Los reducidos espacios que se dejan entre árbol y árbol están pensados para las máquinas y los operadores que los cortarán (esa superficie es la mínima para que el árbol se desarrolle, de lo contrario tal vez los dejarían más juntos). Solo un par de años (15 a 20) son necesarios para que los árboles de la plantación -dependiendo la especie y características del sitio forestal- alcancen el tamaño ideal u «óptimo comercial», que ha sido calculado para la mayor producción de madera en el menor tiempo posible, un simple y rápido cálculo destinado a producir grandes sumas de dinero. Así, la gran danza de los bosques es transformada en una torpe marcha forzada, con un principio y un final claro: el mercado global.

Plantación forestal de pinos en los alrededores de Curanilahue, Cordillera de Nahuelbuta ©MVMT

Los efectos de la tala rasa

Dentro de este contexto, tal vez el proceso más brutal utilizado en la industria forestal es la corta a tala rasa. Este método de cosecha es un corte a ras de suelo de todos los árboles de una plantación, el cual tiene irreversibles consecuencias ambientales, algunas de las cuales describiremos a continuación.

Primero, la tala rasa deja al descubierto grandes extensiones de suelo, que la lluvia, el viento y los cambios de temperatura van desgastando, proceso denominado erosión. Al desaparecer la cobertura vegetal, la “interceptación de lluvia”, es decir, el agua que es atrapada por la vegetación en las hojas, ramas y tallos -proceso que disminuye la fuerza de las gotas que caen al llover- también desaparece. Al estar el suelo descubierto, estas gotas remueven la tierra y, si la pendiente es pronunciada, pueden movilizar cantidades considerables de sedimentos cerro abajo, lo cual se traduce en repentinas y catastróficas «remociones de masa» (desprendimientos de tierra). 

Grandes superficies de suelo son dejadas al descubierto, produciendo una acelerada erosión ©Plantar Pobreza

El segundo fenómeno asociado a esto es la pérdida de suelo. Muchas veces nos cuesta entender esto, pues estamos acostumbrados a pisar y no pensar sobre el suelo. Su formación depende de la hojarasca, la cual se acumula junto a ramas, troncos y otros cuerpos en descomposición, dando forma al humus. Este nutritivo (y fértil) suelo orgánico es producto de siglos de descomposición. Además, el bosque es -por debajo de la superficie- un gran embalse natural que permite la infiltración (almacenamiento) del agua de lluvia en invierno, la cual es lentamente liberada en verano. Sin embargo, la tala rasa produce la pérdida del esponjoso suelo del bosque nativo, quedando finalmente una capa arcillosa e impermeable, que apenas absorbe el agua. 

Suelo arcilloso producto de reiteradas cosechas a tala rasa en Curanilahue ©MVMT

Tercero; el agua arrastrada a los esteros genera otros desbalances ambientales. Muchos de los nutrientes del suelo son lavados y al llegar en exceso a los cursos de agua, generan floraciones de bacterias, las cuales pueden llegar a interrumpir el avance del agua, dejando comunidades enteras sin el preciado elemento. Eventualmente todo estos recursos que antes estaban encapsulados en los suelos llegan, a través de los ríos y riachuelos, al mar, donde desaparecen en la inmensidad. Poco sabemos de sus efectos en el océano. Además, el transporte de sedimentos en suspensión (el suelo que es arrastrado por las lluvias) contribuye al embancamiento de los ríos, fenómeno que es posible observar al recorrer las desembocaduras del sur de Chile.

Por ley, plantaciones forestales y tala rasa no deberían realizarse a menos de 20 metros de ríos (esta distancia es mucho mayor en otros países), sin embargo, en la fotografía es posible apreciar la cosecha de árboles a menos de 10 metros del río Carampangue ©MVMT

Por último, recientes estudios (Sheil & Murdiyarso, 2009) han demostrado la relación directa entre cobertura vegetal y la frecuencia de las precipitaciones en un lugar. Básicamente, la ciencia ha demostrado que más plantas en un área significa más lluvia, mediante un proceso conocido como bomba biótica. Sin embargo, la tala rasa anula este proceso inmediatamente, lo cual si bien puede recuperarse (lentamente) tras la siguiente plantación, cada vez que se realiza, va disminuyendo la tasa de lluvia.

Estos y otros procesos van llevando al territorio a enfrentar una irremediable desertificación, que muchas veces poco y nada tiene que ver con el cambio climático (no obstante, esta es la principal argumentación hoy defendida por las empresas forestales que emplean este método). En estos eriales resultantes, el agua antes abundante, pasa a ser un recurso escaso, tanto para las criaturas del bosque como para las comunidades humanas.

Bosques y humedad en la cordillera de los Andes del sur ©Bastian Gygli

La tala rasa es la pesca de arrastre terrestre

La tala rasa es el análogo terrestre de la pesca de arrastre. Las diferencias de fondo entre estos procesos son pocas. Una ocurre mayoritariamente en mar abierto, escondida de nuestro ojos por la distancia y las profundidades del mar. La otra ocurre cerca de nuestras casas, abarcando casi la totalidad del territorio de Chile central, un punto caliente (hotspot) de biodiversidad, el cual está siendo brutalmente destruido. Tras su paso, la tala rasa deja un desierto, acentuado por el uso de pesticidas para eliminar lo que la industrial forestal denomina “malezas competidoras”, en realidad especies nativas que compiten con los pinos o eucaliptos. Sin embargo, la pesca de arrastre es totalmente rechazada por la ciudadanía, mientras la tala rasa sigue siendo considerado un proceso normal de la industria forestal.

La tala rasa, siguiendo la analogía que Eduardo Galeano propone en su célebre libro «Las venas abiertas de América Latina», desgarra y desangra la tierra. Desolla la piel y deja al descubierto sus entrañas. En cuestión de años ese interior pasa de ser un rico y fértil suelo, a un verdadero regolito, como se denomina al suelo sin vida de marte.

Lo que la tala rasa deja en el territorio ©MVMT

Sin embargo, el gran problema no son los pinos o eucaliptos (que el lugar del mundo de donde son originarios, constituyen la vegetación nativa), sino el modelo económico y el manejo forestal repleto de malas prácticas, que busca satisfacer un modelo de alta competitividad, rentabilidad y utilidad, pero bajísima dignidad laboral para los trabajadores, las comunidades locales y los ecosistemas. Para aclarar; la producción neta de madera y celulosa que Chile destina al mercado interno es tan solo un 30% (Frene & Núñez, 2010), el resto es exportado a otros mercados, los cuales abastecemos con la pérdida de nuestros suelos y las sequías en nuestros territorios.

Industria celulosa (suele oler mal a su alrededor) ©Daniel Casado

En este momento, pensar la erradicación de las plantaciones forestales, por mucho que lo deseáramos, sería no comprender la complejidad del problema. A pesar del desolador panorama, hoy en día existen diversas alternativas al monocultivo de pino o eucalipto y a su tala rasa. Por ejemplo, en Chile existen plantaciones multiespeciíficas de árboles nativos, donde el coigüe se destina a la producción de madera, pero a través del raleo selectivo, método en donde se selecciona cuidadosamente que árboles cortar; el avellano para la obtención de avellanas y el ulmo como fuente de la deliciosa miel de ulmo. Este modelo es una plantación que diversifica la producción, al contrario del monocultivo forestal, el cual lo concentra en un solo rubro.

También existen agrupaciones recolectoras de productos no maderables (PFNM) del bosque nativo, quienes se dedican a la recolección de dihueñes, changles, nalcas, murtilla y maqui, entre otras maravillas del bosque.

Además, destaca el turismo como herramienta para poner en valor la observación y comprensión del patrimonio natural, más allá de la extracción de recursos del mismo. Este tipo de iniciativas benefician directamente a las comunidades donde se emplazan, generando una mejora sustancial en la calidad de vida de sus miembros, tanto humanos como otras especies.

A la luz de los problemas y alternativas anteriormente planteados, nos preguntamos: ¿qué territorios soñamos? ¿Queremos vivir en zonas de sacrificio, sin agua para beber, tierra para cultivar ni aire para respirar? ¿Para luego viajar (los que puedan) a otros territorios en búsqueda de lo que alguna vez existió en nuestras tierras?

Los autores de este artículo creemos firmemente en el potencial de la restauración de bosques, no su destrucción, pero para lograr este cambio es necesario difundir entre amigos, familiares y conocidos lo que está pasando. Si lees estas últimas palabras y quieres aportar, encuentra un buen momento y lanza el tema al centro de conversación: ¿están de acuerdo con el impacto de la brutal tala rasa?

Bosque caducifolio y de araucarias en Conguillio ©Bastian Gygli

*Foto de portada: tala rasa en Columbia Británica, Canada ©Garth Lentz

Agradecemos a Bernardo Reyes y Rodrigo Bravo por sus observaciones, las cuales enriquecieron el texto.

Referencias

Sheil, D. & Murdiyarso, D. (2009). How Forests Attract Rain: An Examination of a New Hypothesis. BioScience, 59(4): 342-347.

Frene, C. & Núñez, M. (2010). Hacia un nuevo modelo forestal. Bosque Nativo 47: 25-35.

Documental Plantar pobreza

Documental La otra cordillera

Minga Opazo y los materiales de la tierra

Minga Opazo es una artista chilena quien reside en Los Ángeles, Estados Unidos, y actualmente hace una residencia en CAM Gallery, Carnegie Museum. Minga trabaja con materias primas como una manera de reflexionar acerca del actual modelo económico basado en la extracción desmesurada de recursos naturales y en lo que eso significa en términos ambientales. […]

Minga Opazo es una artista chilena quien reside en Los Ángeles, Estados Unidos, y actualmente hace una residencia en CAM Gallery, Carnegie Museum. Minga trabaja con materias primas como una manera de reflexionar acerca del actual modelo económico basado en la extracción desmesurada de recursos naturales y en lo que eso significa en términos ambientales.

En la exposición Arte Joven 2017 MAVI exhibe Monocultivo, obra que fue realizada en respuesta a los incendios forestales que devastaron Chile durante el verano del 2017. En esta entrevista, Minga nos habla acerca de sus obras, su inspiración y su proceso creativo.

Minga trabajando en «Tramar I».

Tu trabajo recorre diversas técnicas, soportes y texturas. ¿Cómo definirías el hilo conductor de tu obra?

El hilo conductor es la naturaleza. Durante el tiempo que viví en Chile, vivía en Colina hacia el campo, y entonces crecí conectada con la naturaleza, que es algo que ahora emerge naturalmente en todo lo que hago. De niña siempre estaba afuera, embarrada y en el cerro, y creo que mantengo la conexión con esa niña.

¿Cuándo emigraste fue muy chocante? ¿Era todo muy diferente? 

En cuanto a paisaje es bastante similar, porque California tiene montañas y mar. Sin embargo, mi situación era distinta porque en Chile vivía en la punta del cerro, y pasaban cosas como si llovía mucho no podía ir al colegio, porque el auto se podía quedar pegado en el barro. Mientras que en Estados Unidos llegué a vivir a una ciudad, entonces la naturaleza ya no estaba en el patio, había que ir a buscarla. Pero sí hay muchos parques nacionales y no están tan lejos.

¿Cuándo empiezas a hacer arte?

De cierta manera toda la vida, porque a los seis años comencé con clases de óleo. Pero cuando dije “me voy a dedicar al arte” fue en el college, porque para mis ramos electivos fui tomando cada vez más ramos de arte y eso me ayudó a tomar la decisión.

Luego estudié en la universidad de Berkeley, y fue una experiencia súper importante porque los profesores me ayudaron a entender cómo se sigue esta carrera y cómo inspirarme en la naturaleza.

Instalación de la obra «Monocultivo».

¿Cómo es trabajar inspirada en Chile desde el extranjero?

Chile siempre ha representado mis raíces, y eso es algo con lo que busco conectar, porque el hacer arte es en el fondo una reflexión de uno mismo. Entonces, es como un experimento de cierta forma, de cómo yo, desde el vivir acá, me relaciono con esas raíces, y desde allí nace mi arte.

De todos modos, gran parte de mi familia sigue en Chile, por lo que viajo seguido y estoy siempre actualizando ese vínculo, entonces sería difícil para mi hacer algo que no estuviese relacionado con Chile.

Además viví allí hasta los 16 años, por lo que pasé etapas muy formativas allá, y eso ha hecho que luego me interesara por saber más acerca de Chile. Esto me ha llevado a estudiar, por ejemplo, acerca de los pueblos originarios de la Patagonia, que fue lo que me llevó a trabajar con los onas (selknam); o acerca de las forestales que es lo que luego me llevó a crear la obra Monocultivo.

También me ha llevado a interesarme por recorrer Chile y a fascinarme por cosas que en general uno no le pone atención hasta cuando es más viejo, como cuando fui a Chiloé, me encantó todo el trabajo textil que allí se está haciendo.

En tu trabajo con los tejidos llama mucho la atención la fusión entre un quehacer tan ancestral con una re-elaboración tan contemporánea. ¿Cómo nace esto?

Fue en un viaje al sur con mi papá, pasamos por Buchupureo y había una señora vendiendo unas bolas gigantes de lana y fue como “¡¡Para, para, para!! Quiero ir a ver” Y fui corriendo a hablar con ella y le compré dos bolas, y mi papá no entendía porqué las había comprado ni yo tampoco, pero solo sabía que las necesitaba.

Luego fue el viaje a Chiloé, que nunca había ido de adulta, y vi los telares, y todo su trabajo con los tejidos y quedé fascinada, ojalá haber podido quedarme a aprender allí con ellos.

Una vez de vuelta en California, comencé a explorar con las lanas en el estudio, ya había comenzado a trabajar con cobre y a eso quería incorporar las lanas, porque son dos materiales extraídos en Chile. Y comencé a tejer, y a hacer los telares y ahí comenzó a unirse todo.

Me gusta que tenga historia la lana, que sea algo primordial, un material con el que se trabaja en distintas partes del mundo. Además es bien doméstico, me recuerda a mi abuela que siempre estaba tejiendo (y que nunca me enseñó, y yo siempre le pedía). Ella tejía mientras veía la teleserie, en ese sentido nuevamente es algo bien chileno.

El arte de Minga juega con lo efímero en «Tramar II».

Uno de tus trabajos con telares es Healing symbols ¿De qué se trata esa obra?

Fue una instalación específica para el hospital de cáncer de Ventura, quienes querían algo para los pacientes. Toda la instalación estaba dedicada a la sanación del lugar.

Yo en paralelo estaba trabajando con los onas, entonces pensé en inspirarme en los símbolos de sanación de sus chamanes, y también de otras culturas originarias de distintas partes del mundo. Digo “me inspiré” porque no son exactamente los mismos símbolos ya que no quería apropiarme de ellos dado que no soy originaria de esas culturas.

Por otra parte, pensé en trabajar con lana porque se ocupa para hacer mantas, y las mantas te cubren cuando estás enfermo, y te reconfortan porque son suaves, y entonces hice esos telares para el hospital.

Taller de Minga, donde podemos apreciar un par de cuadros de «Healing symbols» colgando de la pared.

Y tus trabajos con los onas. ¿Cómo nace tu interés por esa etnia en particular?

Nace porque mi hermano había nacido acá (Estados Unidos), y con mi mamá hablábamos de como él no iba a tener esos referentes de la cultura chilena, entonces se nos ocurrió hacer un libro, de distintas cosas, y entre ellos las culturas originarias, para transmitirle de alguna manera las cosas que pensábamos eran importantes.

Por otra parte, mi mamá siempre había sentido un interés especial por los onas, que luego me transmitió a mí. Porque cuando ella estudiaba, la última mujer selknam fue a dar una clase en la Universidad de Chile, y entonces ella la conoció.

Además en Berkeley tienen un departamento de antropología súper bueno, y tiene artefactos onas, entonces yo me metía a las bodegas a ver los artefactos, y me llamaban mucho la atención los patrones que se dibujaban en el cuerpo, de cierta manera sentía una correlación con lo que yo estaba haciendo. Obviamente yo no tengo idea como fueron los procesos creativos de ellos, pero pienso que los patrones son como patrones de la naturaleza que los simplificaron y se los pintaron en el cuerpo, entonces los encontraba muy interesante.

«Patrones», obra realizada el 2016.

Tu obra Monocultivo fue seleccionada por MAVI para la exposición Arte Joven. Cuéntanos acerca de esta obra.

Fue una obra que creé especialmente para el MAVI a raíz de los incendios forestales del verano del 2017. Justo coincidió con que yo estaba de vacaciones en el sur cuando pasaron los incendios, lo cual fue algo que me resonó mucho.

Cuando comencé a estudiar acerca del tema, me enteré de cómo los monocultivos forestales crean las condiciones propicias para que ocurran los incendios. Además, la celulosa que resulta de las plantaciones de monocultivos, se exporta a China o a Estados Unidos y es transformada en cartón.

Aquí todo el mundo tiene cajas de Amazon por todos lados, sirven para el transporte del producto y luego son simplemente tiradas a la basura. Entonces la celulosa que se extrae de las miles de hectáreas de plantaciones, que desequilibran los ecosistemas del sur, se transforma en material de embalaje, es decir: en el residuo del consumismo.

La instalación de la obra Monocultivo fue realizada con cartón de las cajas de amigos y amigas que puse todas juntas, quemando sutilmente sus bordes, como una insinuación.

En el detalle de la obra «Monocultivo» podemos apreciar el borde quemado de los cartones.

En ese sentido, ¿cómo ves el rol del arte?

Para mí es un medio para expresarse y dar cuenta de lo que está pasando y de lo que te está afectando a ti.

Con mi arte siempre buscó hacer referencia a cómo los materiales en Sudamérica son extraídos y llevados a países millonarios, mientras las minas derraman tóxicos y el clima cambia. Entonces, mi intención es hacer referencia a la otra cara de la moneda, que sí bien estas actividades traen plata al país, y la economía de Chile ahora está desarrollada, también causan muchos problemas. Esto es lo que me lleva a trabajar siempre con materias primas, precisamente aquellos que son extraídos de la naturaleza: el cobre, el cartón y la lana.

Sobre todo viviendo en Estados Unidos, donde mucha gente piensa que el cambio climático no es real. Es un choque cultural tremendo, porque en Chile nadie te diría que el cambio climático no es real, a mí me inculcaron simple que era algo preocupante y que había que cuidar el planeta, y luego que aquí me digan que no es real es muy impactante. Por ello, con mis obras busco llamar la atención y decir: “Esto está pasando, es importante”. Sobre todo acá que hay mucha gente que no está ni ahí.

Ahora estoy trabajando en una instalación en el Carnegie Museum, acerca de los incendios de California que ocurrieron en diciembre. Esos no fueron por monocultivos, pero si debido al cambio climático, porque en el hemisferio norte, diciembre se supone que es el mes lluvioso, y estaba muy soleado, muy caluroso y brotaron incendios en muchas partes, hasta la casa de un amigo se quemó. Entonces, la obra interroga hasta qué punto es posible negar algo que está evidentemente ocurriendo.

Trabajas mucho con la repetición, a nivel de proceso creativo ¿qué te provoca eso? ¿De donde viene ese deseo de generar repeticiones?

Probablemente porque fui entrenada en serigrafía, y la serigrafía es muy de pasos que llevan a un resultado final. Me gusta establecer pasos para mí misma, y de ahí que una idea más o menos definida vaya tomando forma. Esos pasos tienen que ver con la repetición.

Por ejemplo, en Monocultivo un paso era cortar cartones, y los cortaba todos; luego quemar los cartones, y los quemada uno tras otro, terminando en una obra grande. Igual que al tejer, que se repite el mismo punto, hasta llegar a algo grande.

La repetición es algo que se ve en la naturaleza, un poco de algo, repetido, se transforma en algo grande. Un árbol es gran parte un conjunto de muchas ramas y hojas. Me gusta esa manera de crear porqué es meditativo, te permite enfocarte. Siempre llevo a cabo proyectos que se construyan de esa manera.

En tus obras es evidente la intención de transmitir algo para que no se pierda.

Sí, es verdad, pero también de rescatar un momento en la historia, como en Tramar, que son instalaciones realizadas en unos cercos en la playa. Es algo efímero, porque al estar al aire libre se va a descomponer, no es algo que vaya a quedar para siempre.

«Tramar I» fue realizada en una playa de Ventura, California.

¿Cómo ha sido tu viaje a través de los distintos materiales que utilizas en tu obra?

En el arte moderno está pasando mucho que los artistas primero piensan en la idea y el proyecto, y los materiales vienen después. Así pueden ocupar los materiales y la técnica que mejor representen la idea.

A mí me encanta explorar, aprender y trabajar distintos materiales, lo cual hoy es fácil, porque hay muchos tutoriales en youtube. Ahora, también mantengo una línea, pues me gusta trabajar con materiales naturales.

No sé si será bueno o malo, porque no soy experta en ninguna técnica, pero la generación de nosotros es así, exploramos varias cosas, no somos tan tradicionales. Como hoy es tan fácil acceder a la información hay mayor libertad en el aprender, y las personas creativas lo aprovechan.

Minga Opazo.

Foto de portada: Minga sostenido las lanas con las que trabajó en «Tramar I».

    Por Jens Benöhr, Paulo Urrutia, y Patricia Letelier Hoy Chile arde, pero no arde por casualidad. La extensa superficie de pinos y eucaliptos que cubre nuestro país es propuesta como una de las principales causas por la cual el fuego prolifera y persiste. A raíz de los catastróficos incendios que afectan a las regiones […]

 

 

Por Jens Benöhr, Paulo Urrutia, y Patricia Letelier

Hoy Chile arde, pero no arde por casualidad. La extensa superficie de pinos y eucaliptos que cubre nuestro país es propuesta como una de las principales causas por la cual el fuego prolifera y persiste. A raíz de los catastróficos incendios que afectan a las regiones de O’Higgins, Maule y Biobío, ha surgido un intenso debate en torno al papel de las plantaciones de eucalipto (Eucalyptus globulus) y pino (Pinus radiata) como un factor relevante en la dispersión del fuego.

Actualmente existen diversos estudios que alertan sobre la inflamabilidad y el peligro del uso extensivo de monocultivos cercanos a zonas urbanas. Al respecto, investigadores de la Universidad Austral han señalado que la alta inflamabilidad de eucaliptos y pinos, responde a que han evolucionado en países donde el fuego ha sido una perturbación natural durante miles de años. Estas especies suelen depender del fuego para la apertura de sus frutos y diseminación de sus semillas. Dada esta relación, la inflamabilidad resulta  beneficiosa porque de paso se elimina la competencia con plantas vecinas. Las especies que poseen estas características son las llamadas “pirófitas”. Estudios realizados por el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) han demostrado que la probabilidad de que ocurra un incendio es altamente mayor en las plantaciones forestales de pino y eucalipto que en las áreas de bosque nativo.

Por tanto, el principal problema detrás de los actuales incendios, no es sólo quien los inició (naturalmente que cada uno culpará a su contrincante ideológico), sino por qué persisten y se propagan tan fácilmente. Esto evidencia la vulnerabilidad cotidiana en que vivimos, sitiados por monocultivos altamente inflamables. Además, estas plantaciones están directamente ligadas a la escasez de agua y la producción de suelos extremadamente secos en verano, lo cual es agravado por las altas temperaturas de los últimos años. Por otra parte, el bosque nativo, que presenta algunas formaciones vegetales con características ignífugas (resistentes al fuego), se encuentra prácticamente reducido a pequeños remanentes dispersos por el territorio, y con su superficie en constante retroceso.

¿Qué pasó con el bosque chileno?

La memoria colectiva mapuche recuerda como abundantes y sagrados los húmedos bosques del sur de nuestro continente. Estas formaciones boscosas fueron también descritas por los primeros españoles en llegar a la zona como espesas e impenetrables selvas. Los bosques nativos representaban para el pueblo mapuche fuente de sustancias medicinales, alimentos y madera para la fabricación de construcciones, embarcaciones y herramientas, lo cual se tradujo en una equilibrada relación de uso y respeto. Esto culminó con los primeros combates contra los españoles, quienes quemaron grandes superficies de bosques y sembrados para eliminar el refugio y sustento de los mapuches.

Este desapego occidental hacia los bosques nativos puede cuantificarse a partir de las primeras estadísticas de la superficie de bosque en Chile, realizadas poco después de la Independencia. En el libro «Huella del fuego», del ingeniero forestal Luis Otero, se calcula que a inicios del siglo XIX, en Chile había 24.000 millones de hectáreas de bosque nativo, las cuales para el año 1912 fueron reducidas a 15.700 millones, llegando hoy en día a una superficie de aproximadamente 5.000 millones de hectáreas. Es decir, entre 1800 y 2000, a través de la quema para habilitar terrenos agrícolas, la tala para la obtención de madera nativa y la sustitución de bosques por plantaciones de monocultivo forestal, hemos destruido más de dos tercios de nuestra superficie de bosque nativo.

Actualmente, entre las principales causas de la deforestación del bosque nativo está la sustitución por plantaciones de pino y eucalipto. El estado chileno inició los primeros monocultivos de pino a gran escala en las décadas de 1950 y 1960, los cuales estaban destinados a recuperar el suelo erosionado por la intensiva agricultura de trigo. Posteriormente, se instalaron las primeras industrias estatales de pulpa y papel, privatizadas en plena dictadura y actualmente parte de las empresas que monopolizan el rubro forestal. Destacan entre ellas Arauco y CMPC, un duopolio de forestales pertenecientes a las más acaudaladas familias de Chile, Angelini y Matte respectivamente. Con exención de impuestos y subsidios estatales desde 1974, además de miles de plantaciones y varias plantas de celulosa establecidas en el país, el rubro forestal en Chile se convirtió en un negocio lucrativo sin medidas efectivas que regulen su actividad.

Los principales impactos socioambientales de esta deforestación han sido la disminución de biodiversidad, la erosión y acidificación de los suelos, la disminución de la calidad y cantidad de agua en los ríos y esteros, el aislamiento de las comunidades humanas por deterioro de la red vial y la migración campo-ciudad con los consiguientes cordones de pobreza urbanos. Además, el bosque nativo es considerado por la industria forestal como un obstáculo para el crecimiento de las plantaciones, siendo denominado “maleza” y como tal eliminado.

¿Por qué las plantaciones no son bosques?

De acuerdo al último informe de la Evaluación de los Recursos Forestales Mundiales, emitido por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) para el año 2015, en Chile el área de “bosques y otras tierras boscosas” alcanzó las 17.735 millones de hectáreas. Sin embargo, tan sólo 5.355 millones de ellos son bosques vírgenes, es decir, menos de un tercio de las áreas boscosas de Chile son bosques nativos prístinos.

La idea de bosque hace referencia a los ecosistemas donde la vegetación predominante está compuesta por una gran heterogeneidad de árboles y arbustos. Estas plantas crecen al ritmo que la disponibilidad de agua y nutrientes en el ambiente permiten, siendo ellas a su vez sustento ambiental para múltiples organismos, con los que finalmente forman ecosistemas repletos de vida. El proceso que genera estas asociaciones boscosas consiste en un fenómeno denominado sucesión ecológica: transición desde zonas abiertas generadas por diversos eventos (incendios, erupciones volcánicas, etc.), pasando por varios estados intermedios hasta la etapa de bosque maduro, transición que dura cientos de años. Esta idea es contraria a la de plantación, en la que el manejo humano mantiene un ecosistema inestable, explotando la tierra de forma insostenible a partir de plantaciones que rotan cada 10 a 15 años -rotaciones cortas- antes de ser cortadas por tala rasa. Un ejemplo de esta diferencia es el denso y biodiverso sotobosque (plantas que crecen cerca del suelo) de los bosques y el yermo y casi inexistente sotobosque en las plantaciones de pino o eucalipto, donde las pocas plantas que logran crecer son eliminadas por tóxicos pesticidas como el glifosato, generando verdaderos desiertos verdes.

Alternativas al modelo de especies inflamables

A pesar del desolador panorama, hoy en día existen diversas iniciativas para la recuperación del bosque nativo. Entre ellas se proponen sistemas de producción alternativos al monocultivo de pino o eucalipto, como las plantaciones multiespecificas de árboles nativos; utilizando, por ejemplo, el coigüe para la producción de madera; el avellano para la obtención de avellanas y el ulmo como fuente de la deliciosa miel de ulmo. También existen agrupaciones recolectoras de productos no maderables del bosque nativo, quienes se dedican a la recolección de dihueñes, changles, nalcas, murtilla y maqui, entre otros. Además, destaca el turismo como herramienta para poner en valor la observación y comprensión del patrimonio natural, más allá de la extracción de recursos del mismo. Este tipo de iniciativas benefician directamente a las comunidades donde se emplazan, generando una mejora sustancial en la calidad de vida de sus miembros. Para los propietarios de pequeñas o medianas plantaciones, surge entonces la pregunta: ¿Por qué no cambiar los cortoplacistas monocultivos inflamables por un manejo sostenible a largo plazo de bosque nativo, de igual o mayor capacidad productiva?

Además, y considerando que a corto plazo el sistema de plantaciones pirófitas no va a cambiar, es urgente y prioritario la instauración de un plan maestro que apunte a la disminución de la vulnerabilidad de las ciudades a incendios, cada vez más severos y frecuentes. Este plan debiera contemplar la restauración de la vegetación nativa en la interfase urbano-forestal. Esto implica la creación y mantención de un perímetro libre de eucaliptos y pino en torno a las áreas urbanas, construcción de cortafuegos y la restauración del paisaje forestal con diversas especies nativas, algunas de ellas resistentes al fuego. En el venidero período de elecciones, éstas deberían ser parte de las exigencias a la agenda de tu candidato. Es hora de levantar la voz y decir adiós a las plantaciones de monocultivo cercanas a los poblados humanos y, por qué no, meter las manos en la tierra y plantar pequeñas semillas de boldo, peumo, coigüe u otra linda planta, que ya germinará y del fuego nos protegerá.

Recolectoras de dihueñe en un bosque nativo en la cordillera de Nahuelbuta. Foto: Erick Vigouroux

*Fotos por Erick Vigouroux y Claudio Vicuña

Fuentes:

Bengoa, J. (2002). Historia de un conflicto: el estado y los mapuches en el siglo XX. Santiago: Editorial Planeta/Ariel.

Frene, C. & Núñez, M. (2010). Hacia un nuevo Modelo Forestal en Chile. Revista Bosque Nativo 47: 25-35.

Heilmayr, R. et al. (2016). A plantation-dominated forest transition in Chile. Applied Geography 75: 71-82.

Miranda, A. et al. (2016). Native forest loss in the Chilean biodiversity hotspot: revealing the evidence. Reg Environ Change, 16: 1-13.

Otero, L. (2006). La huella del fuego. Santiago: Pehuén editores.