A pocos días de haberse cumplido uno de los años más movidos de la última década en Chile, un gran tema que se ha repetido es el estado de la naturaleza y nuestra relación con ella. Tanto durante el estallido social, como en los meses que llevamos de pandemia, temas como la privatización del agua, […]

A pocos días de haberse cumplido uno de los años más movidos de la última década en Chile, un gran tema que se ha repetido es el estado de la naturaleza y nuestra relación con ella. Tanto durante el estallido social, como en los meses que llevamos de pandemia, temas como la privatización del agua, la desigualdad social, su relación con el acceso a la naturaleza, y la relación mundial abusiva que hemos establecido con nuestro planeta, son temas que se repiten una y otra vez. Todo esto, me ha hecho pensar en mi propia relación con la naturaleza, y en los momentos en que he estado más conectada con ella. Sin importar lo que piense, regreso al mismo lugar: a Botsuana, y a los años que pasé en una carpa en medio de la sabana tomando datos e intentando reconstruir las relaciones entre humanos y la naturaleza que los rodeaba.

Tuve la suerte de hacer mi doctorado en el norte de Botsuana, y digo suerte, porque fue algo que literalmente golpeó la puerta de mi oficina mientras hacía mi doctorado en Oxford. Desde muy chica me acuerdo haber tenido una tremenda admiración por los elefantes (supongo que la elefanta Fresia marcó algo en mí con su danzar triste), lo que se tradujo en mis años de universidad a trabajar con elefantes. Me acuerdo cuando le decía a mi mamá cada vez que entraba a un nuevo proyecto: “¡Este proyecto está buenísimo! Vamos a estudiar esta especie, que, claro que no es como trabajar con elefantes africanos, pero seguro va a ser muy interesante”. Muchos años después, los mismos elefantes llegarían a trompetear mi puerta cuando mi supervisor me dijo que tenía algo importante que contarme. Ese día, los elefantes me salvaron de varios proyectos sin destino que trataba de construir en mis primeros años en Inglaterra. Y así fue, como de un día para otro, estaba sentada en el avión que me llevaría al “Okavango Delta”, un lugar en el norte de Botsuana del que -como chilena- nunca había escuchado.

Vista de elefantes en el norte de Botsuana durante censos aéreos © Rocío Pozo

Aterrizaje en Botsuana

Después de varios días de viaje, me bajé de un mini avión que venía de Gaborone saltando entre nubes, y que aterrizó en Maun, un pueblito polvoriento y caluroso, a los pies del Okavango Delta, que ofrecía una mezcla de soledad desolada y cafés con menús estilo inglés a los turistas que llegaban a pasar la noche. Después de cuatro días en Maun, me conseguí un auto, un mapa y toda la comida fresca que pude transportar y partí rumbo al Okavango Delta sin tener idea como llegar, pero siguiendo la indicación de turistas y gente local en Maun de seguir el único camino de “cemento” hacia el norte. Con los kilómetros de cemento no quedó nada, y después de 9 horas de manejo entre tierra y burros suicidas, una hora en ferry a media máquina y 30 minutos de viaje en mokoro (canoas hechas con árboles en las que la gente se transporta entre las islas que forma el delta), llegué al campamento donde trabajaría por los siguientes tres años.

Vista del Okavango Delta desde el aire © Rocío Pozo

“El Okavango”, como la mayoría lo conoce, es un lugar fuera de este planeta, ya que aunque en estricto rigor es parte de desierto del Kalahari, el agua que trae el Río Okavango, da oportunidades infinitas a la flora y fauna local. Una vez en el Okavango, en cosa de minutos puedes estar rodeado de hipopótamos, cocodrilos, elefantes, cebras, pelícanos colorinches y mambas negras (la serpiente más letal del planeta). Además, donde sea que mires el paisaje es simplemente perfecto, y la luz, de una forma u otra, se encarga de entregar composiciones precisas de atardeceres, reflejos en el agua y paletas de colores en el cielo. Pero el Okavango es también un lugar lleno de contradicciones. Aún cuando para algunos es sinónimo de uno los destinos turísticos más atractivos del planeta, para otros, es un enorme desafío saber dónde se ubica en el mapa. Miles de dólares entran cada año con los viajeros de todo el planeta que quieren vivir la experiencia del Okavango Delta, mientras que en la misma zona viven algunas de las comunidades locales más pobres y vulnerables de África.

En el tiempo que tuve la suerte de vivir con los habitantes del Okavango, nunca me encontré con alguien que no le rindiera tributo a la naturaleza.

Baobab al amanecer en isla Kubu del Makgadikgadi, en el este de Botsuana © Jeremy Cusack

Vivir el Okavango

Como su nombre lo dice, el Okavango Delta es justamente eso, un delta. Su cauce se genera en el río Okavango que crece y baja de Angola una vez que empiezan las lluvias, el que choca con una gran placa tectónica en el norte de Botsuana. Esto hace que el agua se expanda en distintas direcciones en el desierto del Kalahari, formando un delta en forma de mano abierta que, por el calor y la lejanía, nunca llega al mar. Así, cada año, miles de millones de litros de agua bajan desde Angola, pasan por una delgada franja en Namibia, y llega al norte de Botsuana, para expandirse formando ríos, pantanos y humedales, que se secarán por evaporación dado los meses con hasta 50°C que ofrece este paraíso terrenal. Este ciclo en que el agua llega del norte, se expande al sur a través del delta, y se vuelve a encoger por evaporación, se repite cada año, y define lo que en Botsuana se conoce como la estación seca y lluviosa. Ambas estaciones, además marcan algunas de las migraciones de mamíferos y aves más grandes del planeta, dado la disponibilidad de agua y alimento. Así que la próxima vez que escuches hablar del Okavango acuérdate de todas las fotos y documentales en África que te puedas imaginar… manadas de elefantes bañándose en lagunas azules, cientos de aves de colores cruzando la sabana como nubes, leones retozando después de haber almorzado búfalo, y chitas caminando en cámara lenta ¡todo, todo eso es el Okavango!

©Jeremy Cusack 

Especies de atrapamoscas comiendo y posado en rama de un árbol. ©Jeremy Cusack 

Pero el Okavango no son sólo animales icónicos y ecosistemas de series de televisión, es también su linda gente y la relación que tienen con la naturaleza que los rodea. En particular, el norte de Botsuana se caracteriza por ser el hogar de cinco etnias, cada una con un idioma y cultura única. Entre ellos, se encuentran los Hambukushu, Dceriku, Wayeyi, Bugakhwe y Ilanikhwe, que tradicionalmente eran cazadores nómades y colectores de plantas para medicinas y alimentos, pero que de a poco se han ido transformado en agricultores, ganaderos y pescadores. Estos habitantes del norte de Botsuana han vivido en las cercanías del Okavango por cientos de años. Sin embargo, una serie de factores ambientales y políticos han puesto en peligro el delicado equilibro en el que viven los habitantes del Okavango con su entorno. Si recordamos bien, el ciclo del agua del Okavango atrae cada año a cientos de especies a pasar temporadas de abundancia de alimento al Delta. Pero en las últimas décadas, muchas de estas especies se han quedado permanentemente en el Okavango, es decir, ya no migran de vuelta a sus hábitats de origen. Este ha sido particularmente el caso de las poblaciones de elefantes en Botsuana, hoy, el país con el mayor número de individuos de esta especie en el planeta.

Manada de elefantes de espalda en el Okavando Delta © Rocío Pozo

Un nuevo encuentro con los elefantes

Por años, grupos de investigadores notaban cómo las poblaciones de elefantes crecían en el Okavango, y con el tiempo se dieron cuenta que esto no era porque se reproducían más de lo normal, sino porque una vez que llegaban al Delta no volvían al lugar del que habían migrado. Este fenómeno lo atribuyeron a que por un lado contaban con agua y alimento durante todo el año. Pero más importante aún, era que Botsuana era el único país en el corazón de África que luchaba tajantemente contra el comercio ilegal del marfil, lo que convirtió al Okavango Delta en una especie de oasis y refugio para los elefantes del continente. Por otro lado, el gobierno de Botsuana hace más o menos treinta años declaró el norte del país como zonas que debían ser habitadas para evitar la inmigración ilegal de países vecinos. Para apoyar esta medida, el gobierno declaró el norte como potencia alimentaria, y comenzó un programa para entregar tierras gratuitamente a los habitantes de Botsuana que estuvieran dispuestos a trabajar la tierra y convertirla en una zona de agricultura y ganadería. Pero de lo que el gobierno se olvidó, fue que muchos de los pueblos originarios que habitaban el norte del país habían sido en su mayoría cazadores nómades, por lo que esta nueva medida que les prohibía cazar y los impulsaba a ser agricultores, más tarde se convertiría en un factor clave en el conflicto entre comunidades locales y la conservación de elefantes en el país.

Oryx descansando en Makgadikgadi, en el este de Botsuana ©Jeremy Cusack 

Bajo ese contexto me bajé del avión en Maun, con la esperanza de poder entregar soluciones al conflicto entre agricultores y elefantes. En el papel sabía que el conflicto se centraba en que las comunidades locales perdían sus cultivos dado que los elefantes se alimentaban de ellos, y que en respuesta, había mucha gente que mataba ilegalmente a esta especie para poder alimentar a sus familias. [VW9] Pero con el tiempo me di cuenta que el conflicto era mucho más que eso. Además del incremento en las poblaciones de elefantes, los habitantes del Okavango habían experimentado un gran cambio bio-cultural pasando de cazadores nómades a agricultores.

 Una de las lecciones más grandes de vivir en Botsuana fue sentirme parte de un todo que funcionaba a la perfección, basado en el respeto que todos teníamos con los elementos que lo conformaban.

Muchas veces vi cómo con tierras en medio del desierto y algunas semillas en la mano, no tenían ni la menor idea por dónde empezar a alimentar a sus familias. Y a esto se sumaban las historias de los ancianos –muy respetados por la comunidad- que contaban que en el Okavango no había elefantes veinte años atrás, por lo que vivir (y muchas veces morir) con ellos era algo que estaban recién aprendiendo. Sin embargo, su apreciación y amor por la naturaleza no cambiaba a pesar de las pérdidas que sufrían a causa de la fauna que los rodeaba. Todo lo contrario, en el tiempo que tuve la suerte de vivir con los habitantes del Okavango, nunca me encontré con alguien que no le rindiera tributo a la naturaleza. A pesar de las duras condiciones en las que vivían, la gente del Okavango eran los primeros defensores de la perfección y riqueza infinita que les brindaba la naturaleza con sus brazos de acacias y atardeceres de postal. Y a través de sus historias, transmitían de generación en generación la importancia de respetar los ritmos y leyes de la madre tierra.

Vista de manada de elefantes en el Okavango Delta desde helicóptero © Rocío Pozo

Creo que esa fue una de las lecciones más grandes de vivir en Botsuana, sentirme parte de un todo que funcionaba a la perfección, basado en el respeto que todos teníamos de los elementos que lo conformaban. De lo contrario, las consecuencias se pagaban caro. El que no respetaba los ritmos del agua moría de sed y hambre, los que no respetaban a las especies silvestres y su espacio eran devorados, y los que no seguían los ritmos de la luna perdían sus alimentos. Todo tenía una razón que encajaba perfectamente en el ritmo natural del día a día, un equilibrio delicado, pero constante si la conexión con la naturaleza se respetaba. Muchos años después, definí mis años en el Okavango como “sentirse presa” lo que para muchos puede sonar aterrador, pero para mí tuvo un sentido profundo, porque vivir la experiencia de lo que significaba ser parte de la naturaleza y sus ciclos, fue un viaje sin retorno.

Vista de dos burros en medio del único camino en el área de estudio ©Jeremy Cusack 

Sobre la Autora

Rocío Pozo es Investigadora y Comunicadora Científica con una gran pasión por la Naturaleza y su conservación. Es Médico Veterinario de la Universidad de Chile, Magíster en Ciencias de la Conservación de Imperial College London (Inglaterra) y Doctora en Zoología de la Universidad de Oxford (Inglaterra). Actualmente trabaja como Investigadora en la PUCV, y su amor por la ciencia lo comparte con su pasión por la ilustración y la cocina vegetariana.

 Cruzando uno de los brazos del río Okavango al campamento  ©Jeremy Cusack

Imagen de portada: Elefantes de espalda comiendo en islas del Okavando Delta © Rocío Pozo

Varias veces recibo mensajes de personas con una pregunta recurrente: Tengo murciélagos refugiados en mi casa ¿cómo hago para sacarlos? Ante esa duda, lo primero que se me viene a la mente es responder con otra pregunta: ¿Por qué los quieres sacar? Entiendo  que no es lo que esperan escuchar, porque a muchos no les […]

Varias veces recibo mensajes de personas con una pregunta recurrente: Tengo murciélagos refugiados en mi casa ¿cómo hago para sacarlos? Ante esa duda, lo primero que se me viene a la mente es responder con otra pregunta: ¿Por qué los quieres sacar? Entiendo  que no es lo que esperan escuchar, porque a muchos no les gusta la idea de tenerlos de visita, especialmente por el miedo generado a partir de mitos infundados en contra de los murciélagos. Mientras busco la respuesta ideal me gusta explorar un poco sobre algunos detalles extraordinarios de su comportamiento social y de los lugares que eligen para descansar. ¿Cómo encuentran sus refugios? ¿Qué tipo de lugares prefieren? ¿Se refugian en grupo o solos? ¿Son refugios permanentes o temporales?

Los murciélagos son un grupo de mamíferos inmensamente diverso, existen en el mundo más de 1.400 especies y la mayoría viven en grupos porque son especies muy sociables. A veces, su comportamiento se ha comparado con el de las ballenas, elefantes, primates y hasta algunos carnívoros. Esto es, porque mantienen lazos de amistad muy fuertes entre los individuos de un mismo grupo; aunque por momentos pueden separarse para realizar actividades de manera independiente siempre vuelven a juntarse. Ese comportamiento que se conoce como fisión-fusión; fusión cuando los individuos se agregan, por ejemplo para dormir en un mismo lugar; fisión cuando se separan y se preparan para volar en busca alimento.

Un individuo en la Amazonía del Ecuador estira a sus alas antes de disponerse a volar. ©Rubén D. Jarrín E.

El tamaño de los grupos en murciélagos es extremadamente variable y depende de la especie y tamaño de los refugios disponibles. Pueden formar grupos pequeños o medianos que van desde tres individuos hasta más de cuarenta individuos, pero cuando los refugios son grandes y el espacio no es una limitación, pueden llegar a ser millones de murciélagos juntos (normalmente esto ocurre solamente dentro de cuevas grandes). Un ejemplo muy conocido es el de la cueva Bracken ubicada en San Antonio, Texas al sur de los Estados Unidos. Ahí vive una colonia enorme del murciélago de cola libre (Tadarida brasiliensis), donde no se ha podido contabilizar el número exacto de individuos, pero se cree que puede haber más de 20 millones reunidos en la misma cueva.

La ecolocación es la habilidad de los murciélagos para “ver” en la noche lo que tienen alrededor; gracias a ese mecanismo acceden a refugios que son inaccesibles para otros animales.

Gracias a la capacidad que tienen de volar y de ecolocalizar (que significa literalmente “localizar mediante ecos”), los murciélagos encuentran espacios para descansar con mucha facilidad tanto en áreas silvestres como en lugares un poco más urbanizados. La ecolocación es en cierto modo la habilidad de los murciélagos para “ver” en la noche lo que tienen alrededor; gracias a ese mecanismo acceden a refugios que son inaccesibles para otros animales. Lo que a ellos más les interesa a lo hora de elegir un refugio es que estén aislados del ambiente exterior y que sean abrigados. Buscan espacios que les brinden protección contra depredadores, que sean seguros para cuidar a sus crías, y donde puedan dormir e interactuar con otros murciélagos.

© Stanimira Deleva

Tres individuos interactúan dentro de una cueva, el refugio que han elegido para estar a salvo. © Stanimira Deleva

Asi como a nosotros nos gusta sentirnos cómodos en nuestras casas -sobre todo en estos momentos actuales de pandemia- los murciélagos también buscan espacios acogedores. Dentro de ellos pasan una gran parte del día descansando, pero además interactúan con sus compañeros porque los murciélagos no solo viven juntos, sino que comparten momentos con otros. Por ejemplo, les encanta acicalarse unos a otros y eso les ayuda a crear lazos de amistad muy fuertes. La convivencia es esencial para disminuir el riesgo de ser atacados por predadores, y para estar abrigados cuando hace frío. Al estar juntos pueden mantener estable su temperatura corporal sin que eso signifique un gasto energético mayor. Pensemos por un momento en la gran cantidad de energía que necesitan para poder volar y emitir al mismo tiempo un sonido extremadamente agudo (ecolocalización); es un gasto enorme, y por eso cualquier acción que les ayude a cuidar las reservas de energía, por pequeña que esta sea, ya es un privilegio. Si bien todas estas interacciones les proveen de muchas ventajas, también es cierto que los murciélagos viven juntos porque disfrutan de la compañía de sus amigos. Entre ellos comparten comida, se comunican para dar mensajes de alerta, envían información sobre refugios disponibles, y gracias a estas interacciones aumentan la probabilidad de supervivencia.

Hay murciélagos que emiten llamados sociales diferentes; uno para que todo el grupo permanezca junto mientras vuelan y otro cuando un individuo encuentra un refugio disponible.

La disponibilidad de los refugios y su tamaño tiene una importante influencia sobre la estructura social en murciélagos. Cuando un refugio no es suficientemente grande como para albergar a todos los individuos, estos se separan en subgrupos y buscan los espacios que sean necesarios hasta que todos los individuos tengan un lugar para estar a salvo. Estos subgrupos soy muy dinámicos; cada noche pueden separarse para buscar alimento, pero se mantienen fieles a su área de vida, donde regresan para reencontrarse. Es decir, intercambian refugios y compañeros de refugio todo el tiempo; al fin y al cabo establecen asociaciones tan fuertes que siempre van a estar entre amigos.

Hay especies que son dependientes de espacios muy específicos, a veces efímeros, lo que significa que no son permanentes, y cada día, buscan un nuevo lugar para descansar. El ejemplo más insigne es el murciélago de ventosas (Thyroptera tricolor) que tiene los pulgares modificados a manera de discos que hacen succión para adherirse a hojas donde se refugian. Emiten llamados sociales diferentes; uno para que todo el grupo permanezca junto mientras vuelan y otro cuando un individuo encuentra un refugio disponible. En ese momento empieza un juego de vocalizaciones al estilo “Marco-Polo”; los individuos que vuelan emiten un llamado esperando la respuesta del que está dentro del refugio; así se guían por la dirección de donde viene el sonido hasta que todos se acomodan en fila dentro de la hoja.  Es la única especie de murciélago que se refugia con la cabeza hacia arriba.

Individuos del murciélago de ventosas se agrupan dentro de una hoja joven de Heliconia. ©Cristian Castillo Salazar.

Otras especies muy típicas en Latinoamérica, son conocidas como murciélagos tenderos; pertenecen a los géneros Uroderma y Dermanura y el célebre murciélago blanco de América Central Ectophylla alba. Ellos modifican hojas de palmas y otras plantas con sus dientes, las muerden suavemente en las venas y las rompen hasta que la hoja colapsa para quedar parcialmente cerrada a manera de tienda de campaña. En grupo se acomodan debajo de estas hojas y aunque no son refugios permanentes, se conservan en buen estado por varios días e incluso unos pocos meses. Estos murciélagos suelen permanecer juntos durante toda la época de apareamiento.

Los murciélagos tenderos se sostienen de la hoja que acaban de modificar para que les sirva como refugio. ©Cristian Castillo Salazar

Los refugios de los murciélagos tenderos, son externos, es decir que no ofrecen tanta protección en contra de depredadores, pero las líneas faciales blancas propias de estas especies se confunden con las líneas de las hojas de palma y hace que sea difícil verlos. La coloración del pelaje es un fantástico factor de defensa porque confunde incluso al más hambriento y astuto predador; así evitan ser vistos (en ecología, esta estrategia  de defensa se conoce como mimetismo). Otros murciélagos como Saccopteryx bilineata y Rhynchonycteris naso descansan expuestos sobre troncos de árboles; pero gracias a la postura, a su habilidad de permanecer prácticamente inmóviles y a la coloración de su pelaje, pocas veces los predadores advierten su presencia. Incluso durante el día pueden pasar desapercibidos.

Cuatro individuos perchan en fila sobre el tronco de un árbol en la Amazonía Ecuatoriana.  ©Rubén D. Jarrín E.

Finalmente, los refugios más comunes y los que utilizan la mayoría de especies de murciélagos, parecen albergues o “casitas”. Algunos eligen vivir en cuevas; ahí encuentran espacios permanentes y amplios, por eso casi siempre cohabitan entre más de una especie, pero las cuevas no están disponibles en todos los hábitats. Dentro de un bosque, los murciélagos eligen pequeños huecos dentro de árboles o espacios angostos entre la corteza y el tronco; son espacios duraderos y por lo tanto la búsqueda de nuevos refugios es menos frecuente. Al contrario de los ejemplos anteriores, estas cavidades no están expuestas; tienen una excelente protección en contra de los cambios de temperatura y muy oportunos para que los predadores no los encuentren. Resulta que también son excelentes escondites para evitar ser vistos por quienes intentamos entender mejor su comportamiento y protegerlos. He sido muy obstinada en buscarlos; encontrar posibles refugios no es difícil, lo complicado es saber si realmente está ocupado o no. Personalmente, creo que la ingenuidad no es un adjetivo que represente bien a los murciélagos, a mí probablemente sí. Cuando se trata de jugar al escondite, ellos siempre me ganan y yo tengo que tener mucha paciencia.

En general, los murciélagos suelen preferir espacios naturales, pero el desarrollo de la humanidad  ha sido responsable de un incremento en la fragmentación del hábitat y cambio de uso de suelo. La invasión de los seres humanos a zonas naturales ha hecho que refugios empiecen a escasear y que construcciones antrópicas como estructuras de madera o puentes estén cada vez más cerca de las áreas donde habitan los murciélagos. En cierto modo, se han visto obligados a buscar alternativas donde descansar. Una razón por la que pueden elegir vivir dentro de construcciones, es que en ellas encuentran un ambiente abrigado y limpio -sí, los murciélagos son animales extremadamente limpios-. La temperatura interna en estos sitios angostos es ideal, y se asemeja a lo que encuentran dentro de un árbol hueco pero con la ventaja adicional de que no se modifica con el tiempo.

Dentro del hueco de un árbol, los murciélagos observan curiosos hacia afuera antes de iniciar su actividad. © Stanimira Deleva

Dentro de las casas, los murciélagos no causan daño en la estructura, quizás lo único incómodo es que pueden hacer un poco de ruido y dejar sus huellas de guano (heces), pero su presencia es inofensiva. El problema es que las visitas de murciélagos no suelen ser bienvenidas en las casas, y la cantidad de mitos que existen ha generado mucho miedo en su contra. Por ejemplo, existe la falsa creencia de que ellos fueron quienes  causaron el brote de la pandemia que vivimos en la actualidad; esto no es verdad y entonces cada vez se hace menos justicia con estos maravillosos mamíferos. Antes de decidir excluir a una colonia del refugio que han elegido, es aconsejable analizar si es imprescindible hacerlo.

Para que los murciélagos liberen el refugio, lo más importante es no intentar sacarlos sin antes pedir ayuda a personas que conozcan sobre su comportamiento. Asustarlos no resuelve el problema porque los murciélagos adultos escaparán asustados, mientras sus crías quedarán en el refugio desprovistas del cuidado de sus mamás. Una alternativa es buscar ayuda para sacar  a los actuales inquilinos, una vez que todos hayan logrado salir es necesario tapar cada uno de los espacios pequeños por donde podrían estar entrando para evitar que llegue una nueva colonia. Otra opción muy recomendada es la de ubicar refugios artificiales con modelos y diseños específicos que han sido probados en algunas especies. Son de madera y de fabricación relativamente sencilla si se siguen las guías apropiadas. Estos mini refugios artificiales pueden ubicarse en las paredes exteriores, en la parte alta de las casas o en el jardín. Si el refugio está correctamente elaborado, las colonias de murciélagos pueden sentirse atraídas y elegirlo de manera natural [aquí puedes encontrar algunos recursos para construir refugios].

Lo mejor es aprender a convivir con ellos, aprender de ellos y apreciar todos los beneficios que proveen a los ecosistemas. La mayoría de murciélagos se alimentan de insectos, frutas o néctar. Es decir que ayudarán a tener una mayor diversidad de plantas cerca, menos cantidad de insectos que pueden afectar a los cultivos de campos agrícolas de las zonas aledañas, y a controlar la cantidad de mosquitos que pueden ser vectores de enfermedades como el dengue.

Si los tenemos cerca también podemos ser testigos de su increíble y muy curioso comportamiento social.

El Bosque Húmedo Tropical uno de los ecosistemas con mayor diversidad de murciélagos en el continente americano. Crédito: Paula Iturralde-Pólit.

Principal Literatura Revisada

Chaverri, G., Gillam, E.H., & Vonhof, M.J. (2010) Social calls used by a leaf-roosting bat to signal location. Biology Letters, 6, 441–444.

Chaverri, G. & Kunz, T.H. (2006) Roosting ecology of the tent-roosting bat Artibeus watsoni (Chiroptera: Phyllostomidae) in southwestern Costa Rica. Biotropica, 38, 77–84.

Chaverri, G., Quirós, O.E., Gamba-Rios, M., & Kunz, T.H. (2007) Ecological Correlates of Roost Fidelity in the Tent-Making Bat Artibeus watsoni. Ethology, 113, 598–605.

Knörnschild, M. & Harview, C.L. (2014) Remaining Cryptic During Motion-Behavioral Synchrony in the Proboscis Bat (Rhynchonycteris naso). .

Kunz, Thomas H. Ecology of Bats (1982). Chapter 1: Roosting Ecology, pgs 1-55. Department of Biology, Boston University. Boston Massachusetts.

Santana, S.E., Dial, T.O., Eiting, T.P., & Alfaro, M.E. (2011) Roosting Ecology and the Evolution of Pelage Markings in Bats. PLoS ONE, 6, e25845.

Willis, C.K.R. & Brigham, R.M. (2004) Roost switching, roost sharing and social cohesion: forest-dwelling big brown bats, Eptesicus fuscus, conform to the fission–fusion model. Animal Behaviour, 68, 495–505.

Willis, C.K.R., Voss, C.M., & Brigham, R.M. (2006) Roost Selection by Forest-Living Female Bats (Eptesicus fuscus). Journal of Mammalogy, 87, 345–350.

 

Imagen de portada: Cuatro individuos perchan en fila sobre el tronco de un árbol en la Amazonía Ecuatoriana.  ©Rubén D. Jarrín E.

 

 

Historia natural de los animales del bosque

En sus páginas, fichas con descripciones de especies se combinan con detalladas ilustraciones para enseñarnos sobre la diversidad de animales que habitan nuestros bosques nativos. Recuerdo, muchos años atrás, las clases de ciencias naturales en el colegio. Recuerdo haber aprendido cómo es una cebra, una jirafa y un oso. Recuerdo que, incluso, uno de los […]

En sus páginas, fichas con descripciones de especies se combinan con detalladas ilustraciones para enseñarnos sobre la diversidad de animales que habitan nuestros bosques nativos.

Recuerdo, muchos años atrás, las clases de ciencias naturales en el colegio. Recuerdo haber aprendido cómo es una cebra, una jirafa y un oso. Recuerdo que, incluso, uno de los momentos más importantes de la básica, era una exposición en la que cada uno de los alumnos debía investigar sobre un animal y hablar en profundidad sobre él. Recuerdo también, que ninguno de nosotros escogió un animal endémico chileno. Que hablamos mucho sobre los climas templados, mediterráneos y los desiertos de Sudáfrica, pero nada sobre los bosques nativos de nuestro país, ni de los animales que los habitan.

Estos bosques son el hogar de una gran cantidad de especies, tanto endémicas como introducidas, pero ¿sabemos cuáles son? ¿Podemos distinguir entre un Chucao y un Hued Hued? ¿Entre la Yaca y el Monito del Monte? ¿Sabemos con certeza cómo se ve un gato Colo Colo? La fauna endémica chilena es mucho más rica de lo que pensamos, o lo que nos han enseñado, y el libro Historia Natural de los Animales del Bosque, de Andrés Charrier, con las ilustraciones de Javiera Constanzo, nos enseña al respecto.

El texto, fue financiado por el programa de difusión de las ciencias del Instituto de Ecología y Biodiversidad IEB, quienes, además, proveyeron gran parte de la información que se encuentra en sus fichas.

© Editorial Amanuta

Los inicios

Todo comenzó en 2001, lejos aún de la creación de este libro. En ese entonces, Andrés Charrier trabajaba en monitoreo de fauna en la Universidad Católica de Chile, por lo que debía recorrer constantemente lugares como Coyhaique y Villarrica. Solía preguntarle a los guardaparques por la rana de Darwin y la respuesta siempre era la misma: no se la había visto hace más de 10 años.

Fue un día de verano, andando en kayak en Cahuelmó, que este anfibio se cruzó por su camino y le transformó la vida. Indagando sobre la especie descubrió que existe otro tipo de rana de Darwin que vive más al norte, y que se encontraba presuntamente extinta. Inspirado por este fenómeno de desaparición de la especie, comenzó a buscar información sobre la declinación global de los anfibios. “La rana de Darwin del Norte, Rhinoderma rufum, la extinta, es el hilo conductor del libro, porque buscándola he aprendido muchísimo de historia natural de un montón de otras especies del bosque. He visto casi todas las especies que salen en el libro viajando por el sur de Chile buscando la Rhinoderma rufum. Me niego a creer que esté extinta y por eso la sigo buscando”, afirma.

Javiera Constanzo es médico veterinaria de profesión, miembro de la ONG Vida Nativa, especialista en fauna silvestre y creadora de las ilustraciones que dan vida a los animales del libro. Su propósito fue representar a las especies de manera detallada, inspirada en aquellas ilustraciones que, de niña, veía en las enciclopedias. “Me propuse hacer honor a esas obras que me inspiraron y fascinaron cuando niña, quería que la gente sintiera lo que yo sentí mirando esos animales ajenos y exóticos, pero esta vez con lo propio, con los bellos animales con los que convivimos en Chile“, afirma.

Pudú (Pudu puda) © Editorial Amanuta

Sobre el proceso para llegar al hiper-realismo presente en sus dibujos, explica que “cada ilustración de este libro se basó en el estudio de al menos 8 fotos por especie. Hubo casos especiales, de animales tan raros y poco estudiados que prácticamente no tienen fotos detalladas disponibles, ahí fue necesario recurrir a artículos científicos sobre ellos, notas de su historia natural e imágenes de las especies más emparentadas para usarlas de referencia. El nivel de detalle de cada ilustración es logrado al dibujar pelo por pelo y escama por escama, todo está hecho sin atajos digitales, en una sola capa, tal como se habría hecho con un pincel y un lienzo físico, pero con la ventaja que otorga el zoom del computador”.

Ha visto 29 animales de los que salen en el libro. “Me ha tocado correr tras una Güiña cerro arriba y he podido contemplar Huillines en el sur y por mi trabajo actual, cada noche de la semana los Concones me arrullan antes de dormir”.

© Editorial Amanuta

El contenido

El libro se divide en tres zonas boscosas que se pueden identificar desde el centro al sur de Chile: Bosque Zona Central de Chile Esclerófilo, Bosque Templado Valdiviano y Bosque Norpatagónico. Son 34 las especies que fueron seleccionadas para la publicación, entre las más representativas, las más raras, difíciles de ver y más amenazadas.

Cada zona comienza con una breve reseña sobre las características de dicho bosque, y luego, cada ficha contiene información básica de historia natural, biología, distribución, principales amenazas y estado de conservación. Con una mezcla entre ilustración, texto e infografía, la información se logra incorporar de manera muy clara, fácil y rápida.

© Editorial Amanuta

El propósito: educar

En las librerías, podemos encontrar Historia Natural de los Animales del Bosque, el más vendido de la editorial Amanuta en esta Navidad, en la sección de libros infantiles. Andrés Charrier explica que es el libro que le habría gustado leer cuando pequeño, pero que aún nadie había escrito. Por su parte, Javiera espera que este libro fascine a algún niño o joven, lo invite a salir a explorar y descubrir por sí mismo las criaturas ilustradas, “que se enamore de ellas al conocerlas y que al amarlas sienta la necesidad de respetarlas y protegerlas” enfatiza. Con sus fichas ilustradas y rebosantes de valioso contenido, es realmente una guía práctica y fundamental para internarse en los bosques nativos y, con un poco de suerte, encontrar y reconocer a alguno de sus habitantes.

El propósito de este libro es incitar a los niños a salir al campo y hacerse preguntas sobre la naturaleza, demostrarles que no tenemos nada que envidiarles a los otros países. Andrés afirma con seguridad que “tenemos muchas especies que son infinitamente más interesantes que los leones, las cebras y jirafas del Discovery Channel”.

Gato colocolo (Leopardus colocolo) © Editorial Amanuta

Tanto Andrés como Javiera esperan que este libro algún día forme parte de la materia que se enseña en los colegios. El deseo de Andrés es que el libro sea comprado por el Ministerio de Educación y sea repartido a todos los niños de 3º o 4º básico del país “para que aprendan del patrimonio natural que tenemos y que se está perdiendo día a día. No quiero que después cuando sea viejo me digan que no hice nada por parar esa pérdida de biodiversidad”.

El futuro

Para Andrés Charrier, el sueño es en algún futuro cercano hacer un libro de historia natural de los animales del norte, que en realidad es un libro sobre todos los otros animales de Chile que no entran dentro del concepto de animales de bosque. Además, cuando se agoten los ejemplares de Historia Natural de los Animales de Bosque, se espera integrar, en futuras ediciones, nuevas especies como el picaflor de Juan Fernández, el pájaro colilarga, la torcaza y el zorrito de Darwin, entre otros.

© Editorial Amanuta

El bonus

Para quienes se interesen en el tema, tanto Andrés como Javiera recomiendan ver la serie Wild Chile. Cuenta con 8 capítulos y fue transmitida este año por Chilevisión. Está disponible online.