Metamorfosis de Emanuele Coccia: la urgente continuidad de la vida

El libro Metamorfosis de Emanuele Coccia, largamente esperado, se revela como un texto esencial de la filosofía del medio ambiente. Lo leí al principio de la pandemia cuando salió en francés, con la esperanza que me diera una inspiración importante. No me decepcionó. Es un libro al alcance de lectores no-filósofos (no soy filósofa), por la sencillez y falta de pretensión en la escritura. Su sofisticación se presenta como si fuera un poema, abierto a múltiples interpretaciones según la formación y estado de espíritu del lector. Además, tiene la forma de capítulos muy cortos, que facilitan la lectura e imitan las fases breves de huevos, orugas, y mariposas, repitiéndose en ciclos de vida.
Portada del libro en español por Editorial Cactus © Cactus.

A veces tengo el problema de no recordar cómo pensaba antes de aprender las cosas que redefinieron radicalmente mi mundo. De cierta manera me parece difícil explicar en qué consiste el cambio de punto de vista que propone el libro. Tan profundos pero también sutiles son las lecciones de Metamorfosis. Sin embargo, voy a intentar explicar cómo el libro afectó mi pensamiento.

Cómo definir “la naturaleza” es un problema cada vez más complejo que se presenta a cada persona que trabaja en el ámbito de problemas medio-ambientales y la interacción entre humanos y los otros seres. Muchos críticos proponen que lo humano no es el opuesto a la naturaleza, mientras que una corriente de pensamiento popular continúa insistiendo en la separación moral de lo humano y la naturaleza como única manera de salvar el mundo de la destrucción antropogénica.  

El autor Emanuele Coccia © Damiano Fedeli.

En su libro previo, La vida de las plantas, Coccia habla de la mixtura fundamental de sustancias (cuerpo, suelo, aire) a través de las plantas. Propone esa mixtura como la base de la vida. Ahora el autor lleva esta idea más allá de las plantas para plasmar una metafísica más completa. La naturaleza, según las ideas que nos vienen de los antiguos romanos, son las cosas que nacen. Coccia generaliza esta idea para proponer que la vida es lo que se transforma de cuerpo a cuerpo. La vida es una, diferenciada sólo por procesos de transformación. La metamorfosis de las ranas, los insectos, o los erizos de mar, proporciona entonces una metáfora para entender qué significa nacer (y no al revés: la mariposa no es renacida sino que la guagua es un tipo de mariposa). Nacer entonces no es un principio, sino una continuación de los cuerpos y materias (esperma) de nuestros padres. 

La metamorfosis de las ranas, los insectos, o los erizos de mar, proporciona una metáfora para entender qué significa nacer. Nacer no como un principio, sino como una continuación.

De igual manera, la evolución nos enseña que toda especie es la modificación de otra especie.  Aunque eso se sepa de manera intelectual, es alucinante reflexionar con Coccia que esta continuidad teórica de especies implica una continuidad material, física, de cuerpos. Mi cuerpo es la extensión, la continuidad de forma de otras vida anteriores. Nuestros cuerpos se reconstruyen regularmente: los genes, la piel, los nervios, etc. Mi dedo no es materialmente idéntico al dedo de mis padres o de un ancestro proto-mamífero. Nuestros cuerpos son reciclados. Sin embargo la no-continuidad a nivel molecular entre yo y un ancestro proto-mamífero, es solamente posible debido a la continuidad material en el presente con todo lo que me alimenta.  La alimentación representa otra forma complementaria de metamorfosis.

Con la alimentación vemos cómo la vida, en tanto todo lo que tiene proceso de metamorfosis, también tiene implicancias para entender la ecología. Sin nada que comer para reciclarme, crecer, y transformarme el cuerpo, la vida sería imposible. Morir y ser comido no es un fin, de igual manera que nacer no es un principio. Todo lo muerto es transformado en materia que alimenta a seres diversos. La ecología entonces es un patrón complejo de transformaciones materiales. Si bien un ecólogo está habituado a pensar en términos de ciclos de nutrientes o de agua que pasan por fases inorgánicas, orgánicas, en el suelo, en el aire, etc., hay muchos procesos ecológicos que no se piensan cómo ciclos de interconversión y transformación.  Solemos pensar muchos procesos ecológicos como dinámicos unidireccionales que producen resultados buenos o malos. Pensamos en la biodiversidad que aumenta o disminuye, en especies que se mantienen o se extinguen, en genes que proliferan o desaparecen, y en bosques que se degradan o que son conservados. La conservación de la naturaleza se presenta frecuentemente como la última oportunidad de fijar el resultado del mundo (el resultado de la evolución, de la historia humana, etc.) en un estado bueno.

A diferencia de esta lectura típica de la ecología, en lo que todo tiende hacia un mosaico de estados que corresponde o no a la correcta organización moral del mundo, la metamorfosis nos dice que toda tendencia y todo estado es temporal y necesario para la transformación a otros estados. No estamos tendiendo hacia un estado final del mundo.

Ilustraciones de María Sibylla Merian, la primera naturalista en describir el fenómeno de la metamorfosis © María Sibylla Merian.

Para mí, la idea de una transformación continua de toda materia y cada estado ecológico, situado en el espacio ambiguo y poderoso entre lo obvio y lo radicalmente no-obvio (como toda la obra de Coccia), me dirigió hacia otras preguntas misteriosas. En la biología evolutiva, si bien sabemos que la vida tiene un solo origen y se ha ramificado después, se presume que la existencia de especies físicamente y genéticamente aisladas es algo inevitable. La discontinuidad de la vida nunca se cuestiona, pero de repente Metamorfosis hizo que me la cuestionara ¿Por qué la vida no consiste en una sola célula de continuidad física ininterrumpida, innovando comportamientos de momento a momento?; ¿por qué toda la vida no es una sola especie genética que varía por procesos de desarrollo e influencia medioambiental?; ¿por qué los “paquetes” materiales que son los cuerpos vienen en tamaños muy pequeños hasta muy grandes?; ¿por qué hay mucho más materia de biomasa en los cnidarios (animales tales como las medusas) que en las aves, etc.? Mientras algunas de estas preguntas tienen respuestas técnicas más o menos satisfactorias, el porqué fundamental para la evolución y para la metafísica demanda más atención. Por ejemplo, el mero hecho de la existencia de mutaciones genéticas o barreras geográficas no explica por qué la vida deja que estos mecanismos creen especies como unidades básicas de la naturaleza. Eso se ve en la observación de Darwin (1859): el mismo diagrama de ramificación (y los mismos mecanismos) pueden describir la variación entre individuos, entre poblaciones, entre especies, o entre reinos. Entendemos solamente algunos de estos niveles de variación como indicando unidades aisladas biológicas (especies y reinos). Por ende, la supuesta aislación de unidades biológicas no surge lógicamente de procesos de variación en sí.

La pregunta de porqué la metamorfosis existe no es sólo una pregunta para entender mejor la evolución de invertebrados y anfibios: es una pregunta que debemos tomar en serio para entender la evolución de la vida misma ¿Por qué la vida no es una Gaia en forma de monstruo blob? ¿Qué es, en la evolución de la vida, lo que nos impone momentos de desarticulación y transformación, contra una continuidad fundamental?

Renacuajo de Theloderma corticale justo antes de la metamorfosis © Chris Mattison.

En mi lectura de Metamorfosis, una parte de la respuesta es que la vida, siendo física y material, es un objeto técnico con múltiples potenciales o ofrecimientos. Cada potencial técnico invita a articular nuevos espacios de vida dentro de la vida ya existente. Coccia desarrolla esa idea con el concepto del capullo como objeto técnico de excelencia. El capullo, dentro del que una oruga se convierte en mariposa, es la herramienta con que se cambia el mundo. Eso porque al cambiar el cuerpo, se cambia al mismo tiempo su manera de percibir y de ser en el mundo, su nicho y su Umwelt. Dentro de cada proceso de transformación en la materia de la vida, se esconde la construcción de una infinidad de mundos dentro de mundos. Por ende, la vida no mantiene una textura uniforme, sino que cada vida proporciona espacios y oportunidades para hacer otras vidas: cada vida puede vehicular otras vidas. El autor dice (traducción del francés): “Si tenemos un cuerpo, no es para mejor adherir a un aquí y ahora, sino para poder cambiar de lugar, cambiar de tiempo, cambiar de espacio, cambiar de forma, cambiar de materia”. Cada persona vehicula todo un mundo adentro como fuera de sí. El concepto biológico del holobiont, o sea, que dentro de cada cuerpo multicelular hay una ecología de microbios, especies comensales y parásitos, que ya es muy interesante, toma una significancia adicional.  Nos da una explicación de porqué no somos una Gaia uniforme y continua en forma de «monstruo blob»: la materia orgánica de la vida se manifiesta como una ecología de objetos técnicos que proporcionan la arquitectura de múltiples mundos. 

Según Coccia, el capullo, dentro del que una oruga se convierte en mariposa, es la herramienta con que se cambia el mundo © Louis-Michel Nageleisen.

Si no fue suficiente empujarnos a repensar ciertos problemas importantes en la teoría de la evolución biológica, estas ideas tienen, además, implicancias para el diseño y la arquitectura, el urbanismo y la conservación de espacios naturales.  ¿Dónde en nuestras concepciones de la vida y la naturaleza damos espacio y posibilidad para que todos los seres varíen en su manera de vivir, y recíprocamente transformen nuestros paisajes?  Tenemos que re-pensar el mundo natural como un conjunto de otros diseñadores, arquitectos y paisajistas dando forma a mundos sin nuestro conocimiento y fuera de nuestro control.  Entra, por ejemplo, el concepto de “especies jardineros” capaces de crear estructuras en el medio ambiente, además, capaces de dar las condiciones de vida a otras especies y que transporten semillas y nutrientes por el paisaje.  Estas funciones ecológicas de conexión y estructuración pueden contrarrestar nuestra cultura actual de aislar y controlar cada uso de suelo, creando sistemas fragilizados frente a las variaciones y transformaciones medio-ambientales y climáticas.  Separarnos del mundo natural y fijar nuestro ambiente humano en un estado conocido y controlado, no es la condición de un futuro resiliente y fructífero sino que fundamentalmente contrario a la vida misma, el colmo de la futilidad.  

Metamorfosis de Coccia es un libro urgente para toda persona que se atreva transformar su entendimiento de nuestro mundo.

Ficha técnica:

Ediciones Cactus, Argentina

Traducción Pablo Ires

ISBN 978-987-3831-52-2

Primera edición febrero de 2021

192 páginas.

Bibliografía:

Coccia, E. 2020.  Métamorphoses.  Paris: Bibliothèque Rivages.  

Darwin, C. 1859.  The origin of species by means of natural selection of the preservation of favoured races in the struggle of life.  New York: Signet Classics.

Gibson, J.J. 1986.  The Ecological Approach to Visual Perception.  New York : Psychology Press.  

Imagen de Portada: Los lepidópteros, conocidos generalmente como mariposas, son los insectos más conocidos por hacer metamorfosis. De hecho, en la imagen se ven varias mariposas en su estado de adultez © Meg Jerrard

Sobre la autora: 

Meredith Root-Bernstein es ecóloga e investigadora en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) al Museo Nacional de Historia Natural en Paris, Francia.  Es además investigadora asociada en CAPES y en el Instituto de Ecología y Biodiversidad, en Santiago, Chile, y co-fundadora de la ONG chileno Kintu. Trabaja sobre ecología, conservación y restauración de Chile central, e igualmente ha trabajado en proyectos en Italia, en Lesotho y prontamente en Sudán. 

Luto animal: el llanto a los muertos

Luchando contra el batir de las olas y el agotamiento muscular, una orca mantiene a flote el cuerpo sin vida de su cría durante diecisiete días, mientras avanza junto a su manada por las frías aguas del océano Pacífico. Fueron diecisiete días de buscar el punto exacto donde empujar a su hijo para que este […]

Luchando contra el batir de las olas y el agotamiento muscular, una orca mantiene a flote el cuerpo sin vida de su cría durante diecisiete días, mientras avanza junto a su manada por las frías aguas del océano Pacífico. Fueron diecisiete días de buscar el punto exacto donde empujar a su hijo para que este no fuera arrastrado por la contracorriente, diecisiete días de resistir la fatiga, la incomodidad y el esfuerzo de nadar de manera tan poco ergonómica, diecisiete días de delicadeza y determinación en un intento por prolongar la despedida.

Los extensos procesos de duelo no son raros entre los cetáceos, después de largos periodos de gestación (de nueve a dieciocho meses), con la proyección de varios años de crianza, y una vida completa de compañía dentro de la manada, la muerte de una cría es un tragedia devastadora. En el caso específico de la manada —compuesta por una población menguante— que nadaba al oeste de Columbia Británica, aquella era la primera cría en nacer en los últimos tres años.

Orca en proceso de luto por la pérdida de su cría ©Center for​ Whale Research

Simbólicamente la carga de la cría representa mucho más que el luto de una madre por su hijo, representa el llanto silencioso por todo lo que amenaza a estos grandes mamíferos, y en eso todo lo que está mal con los océanos, como la contaminación y la drástica disminución de disponibilidad de alimento debido a la sobrepesca y el aumento de las temperaturas.

Demasiado ha sido el tiempo que hemos sospechado y puesto en duda la capacidad de los otros animales de sentir emociones profundas. Hoy, gracias a los avances tecnológicos, los investigadores tienen la posibilidad de observar a las distintas especies más de cerca, lo que ha influido en el carácter de los estudios. Por ejemplo, al conseguir hacer seguimientos más prolongados, se vuelve posible identificar las diferentes personalidades de los individuos dentro de un mismo grupo, o las reacciones de las distintas especies ante fenómenos como la muerte.

Como consecuencia, —y pese a que algunos expertos expresan cierta reserva al realizar afirmaciones que comprometan la diferenciación que el ser humano históricamente ha buscado sostener respecto de los otros animales— el paradigma general pareciera al fin avanzar hacia una reivindicación de su sentir, algo que muchos de quienes estamos vinculados a ellos desde las emociones siempre afirmamos con certeza.

La viralización del duelo de la madre orca nos lleva a preguntarnos por la diversidad de reacciones ante la muerte presentes en las especies que comparten el planeta con nosotros, por lo que hemos recopilado aquellas que distintos investigadores han encontrado más llamativas. No obstante, no está de más precisar que esta selección se ve inevitablemente influenciada por nuestra cultura, ya que aquellas manifestaciones que más se asemejan a reacciones con las que nos identificamos —la idea del luto como un espacio de contemplación y tristeza letárgica o desgarradora— fueron las primeras en ser identificadas.

En este sentido, nuestro potencial por empatizar e incluso distinguir muchas veces se limita a aquello que nos es familiar. Por ejemplo, la necrofagia (devorar al muerto) tiende a interpretarse como un acto utilitario desprovisto de sentimientos, por lo que se asume que los animales que la practican no estarían realizando un rito fúnebre. Sin embargo, no tenemos como saber si acaso para una madre comerse a su cría no es un acto de profundo sentir, así como se ha documentado que algunas tribus caníbales comían a sus seres queridos, con la idea de hacer que estos permanezcan con ellos para siempre.

Siguiendo con los cetáceos, compartimos algunos casos de duelo de delfines que se han descrito. En aguas del golfo de Alta, en Grecia, el investigador Joan Gonzalvo avista a una hembra de delfín mular empujando a su cría para alejarla del barco en el que él viajaba, la cría flotaba sin vida e incluso había comenzado a descomponerse. Joan afirma que en sus esfuerzos, la hembra había dejado de alimentarse, algo que ponía en peligro su vida debido al acelerado metabolismo de los delfines; también observó que otros delfines de la población de la zona se acercaron a la hembra y su cría, mas no intentaron intervenir en su proceso.

Un delfín muestra un comportamiento de duelo durante una hora con su compañero fallecido. Fuente: www.lavanguardia.com

Y los registros no solo presentan casos del vínculo madre-hijo, nuevamente en aguas del Pacífico, aunque esta vez al este de Japón, se han observado múltiples casos de delfines custodiando cadáveres adultos de otros integrantes del grupo. Si algún humano intentaba acercarse, los protectores reaccionaban de manera agresiva, dejando en claro que, al menos de momento, la muerte no había de ser motivo suficiente para la separación.

En el caso de los animales terrestres también hay muchos ejemplos de procesos de duelo con el cual nos podemos sentir identificados. Una especie con rituales muy interesantes es el elefante. Es llamativo que para este gran mamífero el duelo es una muestra que se extiende más allá de lo inmediatamente familiar (la manada), y se considera un honor digno de todo elefante.

La investigadora experta en elefantes Cynthia Moss, describe como estos animales se detienen a inspeccionar los restos de otros miembros de su especie que encuentran en su camino. Y destaca que examinan con su trompa especialmente las mandíbula, los dientes y la trompa, lo mismo que hacen a modo de saludo cuando están vivos.

Elefantes en Botswana con un compañero muerto ©Picture Alliance Wildlife/M. Harvey

En octubre de 2003 se registra el proceso de muerte de una elefante. La protagonista ‘Eleanor’ llegaba al final de su vida, y cae al piso por no poder sostener más su peso en sus patas traseras. En esto, una elefante perteneciente a otra manada se acerca e intenta auxiliarla, pero esto no es posible. La otra elefante bautizada como ‘Grace’ se queda con Eleanor hasta que esta fallece. En los días que siguieron, elefantes de todas las manadas de los alrededores se acercaron a visitar el cuerpo, lo tocaron, lo olieron y se inclinaron ante el.

Siempre se ha dicho que los elefantes tienen buena memoria, en relación a esto Moss relata un caso especialmente interesante. Ella había recolectado los restos de diversos ejemplares de elefantes para el análisis. Las varias docenas de mandíbulas yacían en el exterior de una granja, cuando pasó por allí una manada de elefantes; todos ellos se detuvieron a examinar los cadáveres, pero se demoraron especialmente con una hembra que había sido de su manada.

Cuando finalmente partieron, uno se quedó un tiempo más tocándola con su trompa. Era su cría de ocho años.

Evolutivamente más cerca de nosotros encontramos a los chimpancés, con rituales y prácticas de duelo distintivas y en ocasiones bastante elaboradas. Cuando un chimpancé adulto muere, sus pares muestran fuertes señales de estremecimiento, lo lloran, rechazan el alimento y se aíslan, incluso se han registrado algunos casos de entierros.

Cuando el que muere es un pequeño, al igual que en los cetáceos, la madre carga su cuerpo; y lo continúa acicalando y limpiando durante semanas o incluso meses. Y solo llega a dejarlo una vez que el cadáver entra a un nivel de descomposición tal que se vuelve irreconocible. Parece surgir desde lo más profundo del sentimiento de estos animales un deseo de aferrarse a quien ha partido, lo que resulta en una respuesta física, observable y tangible.

Investigadores colocaron un mono robot entre una tribu de langures grises en la India. Los monos pensaron que el robot era otro langur y comenzaron a jugar con él. Entonces, accidentalmente, un langur soltó al robot-bebé desde un árbol y, mientras el mono robótico yacía inmóvil,en el suelo, toda la tribu comenzó a llorar y lamentarse. Fuente: ourplnt.com

Es interesante detenerse a hacer el paralelo con nuestra especie, ya que no son pocas las culturas que afrontan la muerte de manera similar, conviviendo con el difunto por un tiempo antes de apartarlo. En la étnia Toraja en Indonesia, se le lleva comida y se le conversa de manera natural como si aún estuviera presente, y hay casos donde los muertos permanecen en la casa junto con su familia durante décadas.

Estos son solo algunos ejemplos, no pretenden formar una lista exhaustiva ni acabada, pero sí servir para traer a la luz la temática del duelo de los animales para invitar a la reflexión. Es poco probable que algún vez tengamos frente a nuestros ojos a una madre orca quien carga a su cría fallecida, pero saber que en algún lugar del planeta eso está ocurriendo, quizás nos vuelva seres un poco más empáticos.

Los papiones suelen mostrar fuertes señales de estrés ante la muerte de sus congéneres ©Picture Alliance/Chromorange

*Fotografía de portada: orca madre cargando a su cría muerta, fuente: www.tctelevision.com

El lenguaje de los elefantes africanos

Si pensamos en las fronteras de los países, podríamos decir que se tratan de líneas imaginarias trazadas por el ser humano sobre un trozo de papel; un mapa; una abstracción. En este sentido, podríamos pensar que los otros animales que comparten el planeta con nosotros no entienden nada de estos limites políticos, no obstante puede […]

Si pensamos en las fronteras de los países, podríamos decir que se tratan de líneas imaginarias trazadas por el ser humano sobre un trozo de papel; un mapa; una abstracción. En este sentido, podríamos pensar que los otros animales que comparten el planeta con nosotros no entienden nada de estos limites políticos, no obstante puede ser que entiendan mucho más de lo que pensábamos. Las decisiones que toman los líderes de nuestros países entre cuatro paredes, determina lo que sucede con el hábitat de todos; y los otros, allí donde generalmente no podemos verlos, sufren o se benefician de esa sucesión de repercusiones que en cadena llegan hasta ellos. Luego, toman sus propias decisiones, en pos de su supervivencia.

El año 2016 se publicó el gran censo de los elefantes en África, la primera medida estandarizada acerca del elefante de la sabana a nivel continental. Los resultados estipularon que la población de elefantes cayó en un 30% entre los años 2007 y 2014, y que la causa principal de esto era la caza furtiva. No obstante, en Botsuana la población de elefantes solo ha ido en aumento, tanto así que hoy ostenta un tercio de la población total de elefantes de todo el continente.

Elefantes caminando a través de una planicie, Amboseli (2008). La matriarca que lidera la marcha fue asesinada por cazadores furtivos en 2009 ©Nick Brandt

Asilo político

¿Cómo ha sucedido esto? Por una parte Botsuana ha aplicado leyes estrictas contra la caza ilegal de este gran mamífero terrestre, por lo que los elefantes originarios de este país no han visto la reducción de su población. Pero esto no es lo más sorprendente de esta historia; según la revista Quartz, manadas de elefantes de los países aledaños, como Zimbabue, Zambia y Namibia, están migrando a Botsuana porque saben —o les han contado— que ahí, a diferencia de los lugares donde ellos se encuentran, los parques de Botsuana sí ofrecen seguridad. Según Mark Hiley, cofundador de la organización sin fines de lucro National Park Rescue, “La migración sistemática de los elefantes a Botsuana está vinculada a su supervivencia como especie”.

Elefantes bebiendo agua de un charco, Mashatu, Botsuana ©Chris McLennan

Cómo se están comunicando para pasarse esta información aún no está claro, pero si consideramos que dentro de las maneras que tienen los elefantes para comunicarse, se encuentran las vibraciones sísmicas, que pueden transmitir mensajes hasta a 10 kilómetros de distancia, quizás podríamos pensar que la tierra se está remeciendo con cientos de estos llamados de auxilio y promesas de asilo.

Comunicación para la supervivencia

Cada vez son más los científicos interesados en estudiar la manera en que los elefantes se comunican (entre individuos, manadas y generaciones) respecto de las amenazas que los asechan día a día. Estos expertos buscan entender cómo esta comunicación está alterando sus estrategias de supervivencia y sus patrones de conducta.

Investigadores de la universidad de Twente junto con la ONG Save the Elephant, realizaron un estudio acerca de los patrones de migración de los elefantes, y descubrieron que algunas manadas de la región sub-Sahara han comenzado a viajar de noche. Esto es algo muy poco característico para los elefantes, pero responde directamente a la necesidad de protegerse de los cazadores ilegales, ya que estos operan con mayor frecuencia durante el día.

Familia de elefantes africanos desplazándose al anochecer en la Reserva Nacional de Samburu, Kenia ©James Warwick

Otra investigación, realizada por Elephant Voices, estudió a la población de elefantes de Mozambique, país que a finales del siglo XX cayó en una extensa guerra civil, la que tuvo como consecuencia la desaparición del 90% de los elefantes, debido a que su marfil era vendido a cambio de armas y amuniciones. Los resultados demostraron que hoy, a veinticinco años de finalizar el conflicto, los elefantes siguen muy temerosos de los seres humanos. El miedo es perpetuado en la manada por las hembras de mayor edad, quienes enseñan a los elefantes juveniles a reaccionar de esta manera ante la presencia de personas. Esta conducta es particular a los elefantes de Mozambique, y no necesariamente es compartida por otras manadas de elefantes africanos, que no comparten una historia tan sangrienta.

Un miembro del Servicio de Conservación de la Flora y Fauna de Kenia (KWS) vigila una pira de 15 toneladas de marfil, obtenido de la caza ilegal de elefantes, antes de quemarla ©EFE/Archivo

Un tercer trabajo, realizado en el parque nacional Amboseli en Kenia, demostró como los elefantes son capaces de reconocer los idiomas utilizados por los distintos grupos humanos para medir el grado de peligro que les representan. Estos elefantes han mostrado la habilidad de distinguir entre el dialecto utilizado por los guerreros Massai (una tribu potencialmente peligrosa para ellos) de el de otras tribus que no representan ninguna amenaza. La importancia de reconocer entre distintas etnias parece ser una preocupación esencial para este gran mamífero, ya que más de uno de sus sentidos se desarrolló con este propósito. La investigadora Lucy Bates demostró que los elefantes pueden reconocer a los guerreros Massai valiéndose de su olfato, ya que huyen de cualquier persona que lleve una polera previamente utilizada por alguien de esta etnia.

Con el avance de la tecnología, la posibilidad de dar cuenta de los matices de la comunicación entre elefantes se ha vuelto de enorme interés para varios científicos. Joyce Poole de Elephant Voices, cuenta a la revista Quartz que le entusiasma la idea de, por ejemplo, poder reconocer los distintos llamados de alerta de elefantes. Piensa que, como el humano es uno de los pocos depredadores que tiene este gran mamífero terrestre, debe haber algún llamado específico para designarnos, solo falta descubrir cual es.

Grupo de elefantes «conversando» entre ellos ©Elephants Forever

Comunicación en todos los sentidos

No es difícil olvidar que el mundo tal cual lo percibimos existe solo desde los ojos de nuestra especie, permanentemente mediado por nuestros sentidos y limitados por los parámetros de estos. Muchas veces, estudiar la comunicación de otros animales es desafiante precisamente por ello, porque demanda recordar a cada instante que la comunicación puede estar sucediendo de una manera completamente distinta.

Hasta lo que sabemos, los elefantes se comunican a través de cinco vías: acústica, visual, táctil, química y sísmica; diversidad que de por sí da cuenta de la complejidad de su expresión. En cuanto a la comunicación acústica, los elefantes producen diversos tipos de sonidos, que van desde un retumbo de frecuencia muy baja (ocho octavas debajo de la voz de un hombre adulto), hasta gritos agudos de frecuencia muy alta, pasando por ladridos, rugidos y resoplidos. El sorprendente registro de los elefantes (de cuatro a hasta diez octavas) está dado por los 7.5 cm de su laringe, es decir del espacio que contiene sus cuerdas vocales, y las posibilidades de movimiento de todo su sistema sonoro. En la página de Elephant Voices se pueden explorar grabaciones de estos múltiples sonidos.

Familia de elefantes caminando unos cerca de otros con una cría en medio en el Parque nacional de Amboseli, Kenia @Federico Veronesi

Los gestos son la herramienta primordial para la comunicación visual, donde los elefantes utilizan cada parte de su cuerpo para transmitir su mensaje. Un gesto de amenaza, como el de doblar la oreja hacia atrás, puede ser visto por otro elefante hasta a 50 metros de distancia, a pesar de que su visión no es su sentido más desarrollado. Por el contrario, su sentido del olfato es excepcional, los elefantes tienen aproximadamente 2.000 genes dedicados al olfato, esto es el doble que los perros y cinco veces más que los humanos. Como los olores, a diferencia de los sonidos y los gestos visuales, perduran en el tiempo, el refinamiento de este sentido es muy útil a la hora de dar cuanta de la ubicación de cada uno de los miembros de la manada.

Debido a su gruesa piel, podríamos pensar que no son animales especialmente táctiles, pero nada es menos cierto, gran parte de la socialización dentro de la manada tiene que ver con el contacto físico; además, el tejido que se encuentra en la punta de su trompa es uno de los más sensibles jamás estudiados, y pude dar cuenta de grietas de hasta 0,25 mm de espesor. Es este mismo tejido, compuesto por células llamadas «corpúsculos de Pacini«, el que determina su sentido sísmico (junto a la conducción ósea), ya que a través de su trompa y los dedos de sus pies son capaces de percibir vibraciones lejanas y determinar la dirección de su proveniencia.

Cuando una madre elefante está dando a luz, todos las otras hembras se forman alrededor de ella, cerrando filas para proteger a la madre y su recién nacido durante el parto ©David Yarrow

Investigar la comunicación de los elefantes no es sencillo, ya que requiere de cierta cercanía con las manadas, lo que se hace difícil y potencialmente peligroso, en los casos donde los grupos se han vuelto más agresivos hacia los humanos a causa de su historia.

Los descubrimientos relatados en este artículo son solo el comienzo de nuevos hallazgos acerca de su comunicación, que nos abren una ventana para mirar su fascinante mundo interior, que evoluciona cada día respondiendo a su contexto.

Hoy, con las amenazas propias de la caza furtiva y la desaparición de su hábitat, los elefantes buscan nuevas estrategias de supervivencia y se ayudan unos a otros en el camino.

Elefantes en camino hacia algún lugar ©Johan Elzenga

Foto de portada: familias de elefantes ©Nick Brandt