Por Paula Iturralde Pólit, con el apoyo y en nombre de todo el equipo de Constructive Visions.  Quizás, la ventaja de vivir una crisis o de enfrentar grandes cambios es la creatividad que surge para superarla y ser resilientes. La emergencia por COVID-19 ha sido un llamado de atención y una fuente de inspiración para […]

Por Paula Iturralde Pólit, con el apoyo y en nombre de todo el equipo de Constructive Visions. 

Quizás, la ventaja de vivir una crisis o de enfrentar grandes cambios es la creatividad que surge para superarla y ser resilientes. La emergencia por COVID-19 ha sido un llamado de atención y una fuente de inspiración para pensar en un futuro diferente y encaminarnos hacia nuestro ideal de vivir en un mundo más sostenible y equitativo. 

Fue a raíz del inicio de la pandemia que nació la idea del proyecto “Constructive Visions” en el que 58 miembros de 22 países iniciamos de manera voluntaria y comprometida discusiones para planificar ideas que promuevan una cultura de cambio para no volver a la “normalidad”. La propuesta era  pensar una nueva realidad que deje atrás los hábitos que nos han desviado de la verdadera conciencia ambiental con la que seríamos capaces de disfrutar de un ambiente limpio y protegido.

El ruido frenético de una vida desordenada se disipó inesperadamente cuando el anuncio de la pandemia golpeó al mundo entero, nuestras rutinas adheridas a aquel caos habitual hicieron que finalmente seamos capaces de escuchar la tranquilidad de un mundo en pausa. La naturaleza lo agradeció e incluso pudimos sentir su respiración con un mensaje de resistencia. Ahora vivimos un momento crucial en el que es cada vez más importante ser conscientes de que nuestra salud depende de cómo nos relacionamos con la naturaleza. No la podremos obtener si no trabajamos por mantener los ecosistemas prósperos, saludables y biodiversos. Ansiamos percibir un horizonte de renacimiento porque tenemos en nuestras manos esa única oportunidad para que florezca esa sensibilidad que nos permita reconocernos como parte de un todo. 

¿Cómo imaginas un futuro post-COVID-19 si juntos hacemos un esfuerzo para no regresar a la normalidad? 

El equipo de Constructive Visions combina la narrativa y el arte para enviar un mensaje que ayude a restaurar la conexión del ser humano con la naturaleza. Además, promover acciones de regeneración, resiliencia y adaptación para preservar nuestros ecosistemas. Este espacio es para que la gente lea el proyecto y nos contacte con ideas, dudas y su interés para ser parte de este cambio. Buscamos gente apasionada que nos cuente cómo imaginan su mundo más sostenible de aquí en cinco años porque solo entre todos podremos tener un impacto global. El efecto dominó existe, nuestras acciones imprimen huellas en quienes nos rodean y solo depende de nosotros

¿Cómo imaginas un futuro post-COVID-19 si juntos hacemos un esfuerzo para no regresar a la normalidad?

El proyecto incluye diez capítulos con historias realistas y audaces, pero entusiastas y esperanzadoras que tienen como objetivo hacernos reflexionar sobre nuestro día a día y pensar en un camino hacia la sostenibilidad. A continuación, compartimos un fragmento del segundo capítulo que te invita a leer la historia de Hina, una antropóloga marquesiana que regresa a vivir a las islas donde pasó su infancia y recibe diferentes postales de sus colegas o amigos después de que anuncia su jubilación. Cada una refleja diferentes aprendizajes que se dieron durante los últimos 6 años desde el brote de coronavirus.

Ilustración de  Chloe Nunn @mudskippermusing

El futuro del conocimiento

Este fragmento que leerás a continuación pertenece al Capítulo II del proyecto colaborativo «Constructive visions»

Autores: Anusha Shankar, Susana Núñez, C. Isabel Núñez Lendo, Elizabeth Tyson, Brian Buma, Laura Núñez, Jonathan Giddens.

Una antropóloga de las Islas Marquesas recibe nueve postales en 2026 que reflexionan sobre los años de la pandemia a través de diferentes visiones del mundo 

Mayo de 2026. La Organización Mundial de la Salud considera erradicada la pandemia mundial del COVID-19.  

Hina se sorprendió por la belleza perdurable de su hogar mientras se aferraba con todas sus fuerzas a la barandilla del rudimentario barco de pesca que la acercaba a su isla natal, Fatu Hiva. Para ella, al menos aquí, en este momento, sentía que ni el tiempo ni la enfermedad existían.

Hina Atini era una antropóloga francesa marquesana de origen Maohi. Había dedicado 50 años de su vida a investigar culturas indígenas que, como la suya, aún conservaban profundos conocimientos ancestrales sobre la naturaleza. Reconocida mundialmente por su trabajo tanto en el campo de la ciencia como del conocimiento tradicional, había estado caminando por escenarios cambiantes en innumerables lugares de América, Europa, Asia, África y, por supuesto, Oceanía, el lugar que la vio crecer y que le dio la identidad de mujer Maohi. Pero ningún escenario la había preparado para el que finalmente la llevó de regreso a casa, a una de las islas menos habitadas del archipiélago de las Marquesas, en medio del Pacífico Sur, solo accesible por mar.

El surgimiento de la pandemia global de COVID-19 hacía seis años había detenido por completo los viajes y el trabajo de campo, cerrando universidades. Toda la investigación se suspendió indefinidamente. Con casi 70 años a sus espaldas, se sentía cansada. La pandemia no pudo vencerla, pero sí la hizo añorar su hermoso pasado en sus amadas islas, donde creció rodeada de valles, cocoteros y el mar. Pero Hina era terca. A pesar de las interrupciones, continuó compartiendo sus conocimientos de manera innovadora como profesora emérita en la Universidad de París Descartes-Sorbonne hasta el último de los coletazos del virus. Se jubiló hace un año y se suponía que se mudaría a casa entonces, pero se vio envuelta en un proyecto de defensa que retrasó su regreso. Ahora, finalmente, hacía su viaje.

Las olas golpeaban los costados del pequeño barco atunero, por veces derramándose sobre las bordas y mojando todas sus pertenencias. Las olas tendrían más de seis pies de altura.

La pandemia no pudo vencerla, pero sí la hizo anhelar un pasado más simple y tranquilo en sus islas. Estas islas eran el hogar; sus profundos valles, la brisa de los cocoteros, ese olor único, propio al mar marquesano. Había decidido regresar a Fatu Hiva debido a un profundo anhelo de simplicidad, una jubilación anticipada, por así decirlo, donde su presencia era bienvenida, seguramente, pero no exigida.

“¡Mave Mai, Mave Mai!», su hermana Tiare cantaba en el borde del muelle mientras el barco se acercaba. «¡Bienvenida, bienvenida!», agitó sus manos, que estaban cargadas de coronas de flores, decoradas con buganvillas y gardenias silvestres. Ambas se fundieron en un cálido abrazo y Tiare inmediatamente coronó a Hina, según la tradición.

Estaba en casa. 

La pandemia no pudo vencerla, pero sí la hizo anhelar un pasado más simple y tranquilo en sus islas.

«¡Bienvenida hermana!», dijo Tiare. “Ha pasado tanto tiempo, ¡ya hace ocho años! Pero vamos, tenemos prisa, mai, todos están esperando en la mesa. Mai, mai … », continuó Tiare, mientras tomaba la mochila de las manos de Hina.

Rápidamente cargaron todas las maletas de Hina en un viejo jeep 4×4, el único medio de transporte confiable para islas mal pavimentadas como Fatu Hiva. Se dirigieron a la cercana aldea de Hanavave, donde la esperaba un banquete. Treinta personas, familiares, amigos y vecinos, habían venido a celebrar su llegada. Había tambores y ukeleles, y todos cantaban estruendosamente. 

Poco sucedía en las islas, pero cuando sucedía, se celebraba intensamente y con demasiada comida para consumirla razonablemente. La alegría y la música se fundieron en el valle y los cocoteros parecían balancearse al ritmo de los bellos cantos.

Aunque a Hina le encantó la bienvenida, su cabeza le seguía dando vueltas después del viaje en barco. Se retiró a la sala de estar, mientras los invitados continuaban disfrutando del banquete y la música. Su hermana vino a ver cómo estaba y comenzaron a charlar sobre todos los cambios que habían ocurrido en los ocho años de su ausencia. El COVID-19 nunca llegó a la isla; ni siquiera era un tema de gran interés. En cambio, los marquesanos vivían con la comprensible indiferencia de una vida al margen de todo.

Tiare recordó las postales.

«Por cierto, Hina», dijo emocionada mientras sacaba una caja del baúl de su abuela en la esquina de la sala de estar. «He guardado estas postales en un lugar seguro para ti. Llegaron muchísimas cuando anunciaste tu jubilación y se estaban acumulando en tu buzón durante el año pasado, así que las guardé aquí. ¡Qué hermosas pinturas traen!».

Ilustración de Tara Keir @tarankeir

20/05/2025 – Gabriel Torres, ex-director de la Escuela Intercultural Alejandro Gorostiaga Orrego, Nueva Imperial, Araucanía, Chile:

Estimada Hina Atini, 

Le saludo desde el Lafken Mapu [Territorio Mapuche], hoy, 15 de mayo de 2025, cuando la lluvia del invierno sureño deja caer sus gotas sobre la Madre Tierra y el agua cristalina se lleva consigo los restos destrozados de una humanidad colapsada dando paso a una nueva. La vida se abre espacio entre el dolor y la angustia como un verde renuevo preñado de futuro. 

Los niños y niñas de la humilde escuela retornan a sus aulas rebosantes de experiencias impresas en sus almas con la indeleble tinta del amor familiar y el canto de los riachuelos que surcan los bosques, coreado por zorzales y tiuques que remontan vuelo sobre el aire húmedo del Menoko [Humedal]. Allí les esperan sus maestros, impregnados de la sabiduría que brota del oficio y el renacer a la pedagogía experimentado durante el tiempo reciente lleno de desafíos. Hoy, estamos alegres, pues nuestra Ñuke Mapu [Madre Tierra] nos da una nueva oportunidad para vivir en armonía con ella y con todos los seres que nos acompañan en esta casa común.

Que esté muy bien, 

Gabriel. 

20/05/2025 – Gunter Pauli, economista, eco-emprendedor y autor:

Espero que te encuentres bien y a salvo, y que estés disfrutando de tu hermosa casa isleña. Estoy bien y encantado por cómo, en un período muy corto, tras el COVID, hemos emergido hacia una economía circular sostenible. ¿Puedes creerlo? Estamos cómodamente conectados a Internet a través de bombillas, a mayor velocidad que antes. Y reducimos el consumo de energía en un 80%. Eliminamos todas las ondas por radio. Es como si finalmente hubiera llegado un Internet realmente para la gente, en lugar del Internet de minería de datos, cookies y datos privados.

Y pasamos de tomar una taza de café por la mañana a disfrutar de un café entero. ¡Sí! Nos da la dosis de cafeína de 50 mg, y dado que usamos toda la cereza de café, que se cultivó bajo el dosel de la selva, podemos pagarle al agricultor cinco veces más. También hemos descubierto una fuente de ingresos innovadora: los ingresos adicionales pagan las escuelas y la salud, y, como queremos más de este café, invertimos una parte en regenerar más selva tropical para cultivarla.

Se siente bien. ¡La vida es genial! ¿Qué tal tú?

Mis mejores deseos,

Gunter

Ilustración de Laura Núñez @lauranunezlendo

Sobre los Autores

Constructive Visions es un grupo interdisciplinario de exploradores de National Geographic con una visión optimista de la realidad colectiva que busca soluciones basadas en el conocimiento científico y tradicional. Incluye a narradores, artistas, educadores, activistas y científicos, que durante más de un año han unido esfuerzos para pensar en retos y soluciones orientadas a una sociedad equitativa y sostenible en campos como la educación, la integración de los saberes de poblaciones indígenas, la implementación de la economía circular, la prevención del desperdicio de comida, la conservación de la naturaleza  y la mitigación del cambio climático. Para lograrlo, crearon  historias con mensajes de cambio que se puedan aplicar cada día. 

constructivevisions.org 

@constructivevisionsbook

constructivevisionsbook@gmail.com

Imagen de portada: «Enter Nature» © Danielle Durochers

Descanso radical: Hacia una ecología espiritual del cuidado

“Pero ellos solo sueñan durmiendo” —Ursula Le Guin (1972, 55) Mientras escribimos este artículo y los contagios por COVID19 se multiplican, la idea de “hibernación” empieza a resonar en medios y redes. Como método para controlar la pandemia, la hibernación sería una cuarentena nacional y extendida, un período de reclusión general. En este breve ensayo queremos tomarnos la hibernación en serio, y radicalizarla. No nos interesa en tanto estrategia puntual de confinamiento, sino como figura que abre una reflexión sobre el llamado más profundo que, creemos, nos deja la crisis biosanitaria que enfrentamos: la necesidad de parar, y no metafóricamente sino como acción tangible desplegada a distintas escalas y en distintos entretejidos corporales, espirituales y ecológicos.

Parar para sanar, y sanar como el cultivo de una continuidad cuerpo-espíritu-Tierra. Parar no como un paréntesis en la vida “normal”, sino como una manera de hacer, pensar y habitar, y como un modo de conectar con nuestra condición de seres terrenales que nunca hemos estado separados de las fuerzas de la vida y de la muerte en su continua coreografía. Parar como una manera de (re)hacer mundos.

Si bien la pandemia nos muestra la importancia de renovar nuestra conexión con la Tierra, esta reconexión requiere cuestionar el valor de la «acción» en nuestros imaginarios. Inspirados por el ecofeminismo, prácticas indígenas y otros linajes espirituales, en este breve ensayo reflexionamos en torno al descanso radical. Entendemos el descanso radical como el poder restaurativo, generativo y emancipatorio del reposo, y lo trabajamos en la perspectiva del cuidado, más específicamente de lo que llamamos ecología espiritual del cuidado. Proponemos colocar el amor y la conciencia profunda de la interconexión a la base de la sustentabilidad. Y nos preguntamos: ¿qué pasaría si sencillamente detenemos la exterioridad de la acción y el pensamiento para abrir la potencialidad ecológica y sanadora del descanso?

Descanso radical

“Si queremos sobrevivir debemos actuar inmediatamente”. Así resume Claire Colebrook (2016, 86) el imperativo que el Antropoceno, como posibilidad de extinción masiva, ha instalado en las ciencias y la opinión pública. Evaluar, intervenir, pensar, movilizar, gestionar, organizar, y siempre ahora: un conjunto de respuestas urgentes que sin embargo, Colebrook nos recuerda, iteran sobre las mismas lógicas que nos han traído hasta donde estamos. Y que dejan fuera aproximaciones—espirituales, indígenas, campesinas, feministas—que no cifran ni el problema ni sus posibles soluciones en la acción.

Parar no como un paréntesis en la vida “normal”, sino como una manera de hacer, pensar y habitar, y como un modo de conectar con nuestra condición de seres terrenales que nunca hemos estado separados de las fuerzas de la vida y de la muerte en su continua coreografía.

Construimos la figura del descanso radical precisamente como emancipación al accionismo y externalismo sobre los que se yergue el discurso de la sustentabilidad. Lo hacemos en directa conversación con los feminismos comunitarios y decoloniales que han puesto en relieve el valor del cuidado en tanto entretejido que sustenta la co-existencia y co-dependencia entre humanos y más-que-humanos (Cabnal, 2010; Paredes, 2010). Ubicamos el descanso radical entre esas prácticas mínimas de reparar, sanar, cultivar y estar-ahí fundamentales para el buen vivir y morir, pero que la tecnocracia liberal ha invisibilizado (Tironi, 2018; Tironi & Rodríguez-Giralt, 2017). La pregunta es cómo urdir y expandir estos cuidados sin utilizar “las herramientas del amo”, para decirlo con Audre Lorde (1984). ¿Cómo cultivar una práctica y ética del cuidado sin caer en la lógica de la intervención y del Antropos que hace, modifica y planifica? Es en contacto con el llamado de varios ecofeminismos y ecoespiritualidades, que proponemos radicalizar el cuidado desde el descanso consciente.

El descanso radical desestabiliza la demarcación entre conocimiento y existencia tan propia del occidente-liberal al anudar conocer y sentir en un mismo proceso. © Creative Commons.

El descanso radical puede comprenderse como un cese total de actividad, física y mental, para dar paso a estados espirituales más expansivos y transformadores. Hablamos de descanso radical porque no sólo significa una pausa entre las actividades de la cotidianidad, sino una forma de sanación a partir de la cual se establece una Otra relación con la naturaleza, la vida y la muerte. Tomamos el descanso como una forma de hacer mundo: el cultivo de una experiencia interior, sustentada en relaciones de amor y respeto, primero para con una misma y, desde ese cuidado consciente, para con el exterior—un exterior que no está nunca “afuera” sino en el entramado sensible, procesual y no-binario de la existencia.

El descanso radical es decolonial. Nace del sentido de abundancia que, como dice Yoli Maya Yeh, está en el corazón de la cosmogénesis indígena alrededor del mundo: descansamos, contemplamos y nos detenemos a sentir porque la existencia es pura plenitud, porque la existencia ha sido, es y será siempre pura generosidad. En el Suma Qamaña, o el Buen Vivir aymara, Qamaña denota, entre otros significados, el lugar abrigado y protegido de los vientos de los pastores, y con ello refiere al vivir, morar, cuidar y, muy importante, al descansar como base del equilibrio y la buena vida. Es por esto que ante un mundo-uno (Escobar 2014) que ha impuesto una lógica capacitacionista (Reed-Sandoval & Sirvent, 2019) y que ha despojado a los pueblos de su capacidad para ensoñar y descansar (Dinsmore-Tuli, 2020), el reposo es en sí mismo un acto de resistencia—sobre todo cuando su privación sigue y refuerza injusticias raciales, étnicas y sociales, como lo sugiere Tricia Hersey.

Ubicamos el descanso radical entre esas prácticas mínimas de reparar, sanar, cultivar y estar-ahí fundamentales para el buen vivir y morir, pero que la tecnocracia liberal ha invisibilizado.

El descanso radical también ayuda a decolonizar la sustentabilidad porque coloca en su núcleo a la experiencia. El descanso radical, en tanto construcción de mundo, parte del supuesto de que el conocimiento no es sobre la naturaleza, sino con ella. El concepto kimün en el mundo mapuche, por ejemplo, se define generalmente como “conocimiento”, pero también significa sentir y adivinar (Quilaqueo y Quintriqueo, 2010). Siguiendo esta pista, el descanso radical es un proceso de transformación anclado en la experiencia misma de ésta. Desestabiliza, así, la demarcación entre conocimiento y existencia tan cara para el occidente-liberal al anudar conocer y sentir en un mismo proceso generativo—el sentipensar como lo pone Escobar (2014). No serán las palabras, ni los manifiestos, ni los textos los que, puesto de otro modo, nos llevarán a modificar nuestra relación con ríos, montañas, bosques y vientos. Será la experiencia sensible de estas fuerzas, vivida en nuestro propio interior, la que abrirá la posibilidad de una otredad ecológica.

Ecología espiritual del descanso: tres propuestas

La pandemia nos ha obligado a detenernos. Siguiendo ese impulso, podríamos aprovecharla para descansar, y para a través de ese descanso ensayar una restauración interna que es al mismo tiempo una restauración del planeta—porque lo interno y lo externo son ocasiones, como lo diría Whitehead (1979), del mismo continuo cósmico. Denominamos ecología espiritual del descanso al conjunto de prácticas, apaños y saberes que permiten hacer tangible una reconexión con la naturaleza a través del silencio, la quietud y el reposo. Hablamos de ecología espiritual porque estas prácticas están entretejidas entre sí, y porque revelan la inseparabilidad entre espíritu y materia, y entre ecosistemas y cuerpos, entre naturaleza y alma, entre el Yo y el Nosotros, y entre el Nosotros y la Tierra.

La ecología espiritual del cuidado busca colocar el amor y la conciencia profunda de la interconexión en la base de la sustentabilidad. © Claudio Quiroz.

Contemplación: experimentos en no-acción

Observar. Quietud. Detenerse sin otro propósito que sentir el sentir. Dejar que la vida sea, suspender el juicio. Comunión: contemplar la existencia hasta que “ya no hay nada que contemplar porque nosotros mismos nos hemos fundido con aquello que contemplamos” (Paz 2007, 47). Desde la tradición hinduista y budista, pasando por una variedad de prácticas indígenas, linajes místicos cristianos, judíos o musulmanes, o prácticas psicoterapéuticas occidentales, son múltiples las tradiciones cosmo-espirituales que celebran la contemplación como forma de hacer mundo y espiritualidad.

Sin el intento por ser-con la naturaleza, sin la experiencia de volverse naturaleza, será imposible cuidarla. Y la contemplación puede ser una llave, en tanto ejercicio de silencio e interiorización a través del cual se accede a una nada—ausencia de un ego que media la experiencia—que sin embargo permite la conexión con el todo. Esa unión, realizada en el reposo y quietud, es fundamental para experimentar la abundancia de la existencia, a su vez condición crítica para entablar una relación con el planeta no como “naturaleza” ni menos como “recurso”, sino como interconexión y continuidad.

Hablamos de descanso radical porque no sólo significa una pausa entre las actividades de la cotidianidad, sino una forma de sanación a partir de la cual se establece una Otra relación con la naturaleza, la vida y la muerte.

Hay múltiples formas de practicar la contemplación. La meditación, por ejemplo. La meditación nos conecta con la exploración contemplativa en el interior, y desde allí, hacia lo que nos rodea. En el contexto de confinamiento, puede bastar darse unos minutos de silencio y calma, experimentar conscientemente la propia respiración, salir al patio o asomarse a la ventana para reconocer con gratitud la generosidad de la vida, darse unos instantes sin pantallas, sin redes sociales, sin acción, para volver a sentirnos parte.

Sueño consciente: despertar a la existencia elemental

En tiempos de insomnio estructural y accionismo sistémico, liberar el sueño como práctica restaurativa con una misma y con la naturaleza se vuelve urgente. No sólo pensamos en el espacio del dormir (usualmente por la noche) sino en la práctica ancestral del sueño consciente. A diferencia del sueño como “desplome”—la forma que adopta el dormir ante la extenuación crónica en la vida moderna—el sueño consciente es una práctica que busca alcanzar estados liminales de consciencia a través del descanso profundo, y a través de esos estados conectar con nuestra existencia elemental y transformadora.

Yoguis, sanadores, chamanes, poetas, inventores, psicólogos y médicos han incursionado en el sueño consciente, y es tal vez en el Yoga Nidra—o sueño (Nidra) yóguico —donde ha encontrado su mayor desarrollo. A su base está la posibilidad de entrar, a través de un ejercicio de introspección guiada, a un profundo estado de relajación receptiva, mientras se permanece consciente y alerta durante todo el proceso. Paradójicamente, lo que se busca a través del Nidra no es dormir, sino más bien despertar: con el sueño consciente reconocemos nuestra propia naturaleza, lo que incluye la consciencia de que somos humus (Haraway 2016), de que no hay separación entre ser humano y Tierra, de que somos criaturas hechas de agua, tierra, viento y fuego, sostenidos en el Ser consciente.

No proponemos dejar de actuar, sino hacerlo de otra manera y combinarlo con momentos de cese total que cultiven una experiencia tangible de vinculación y sanación con la naturaleza.

En tiempos de pandemia bastaría con entregarnos al sueño reparador. No resistirse. Invocarlo. Buscar momentos de ensoñación y descanso profundo entre las actividades diarias, creando espacios—sin alarmas, despertadores ni aparatos móviles—para el Buen Dormir y la renovación de nuestra pertenencia terrenal. Como dice Uma Dinsmore-Tuli, acoger el llamado, de la Nidra Shakti, la Reina del Sueño, el poder femenino de la oscuridad en el sueño lúcido.

Cuidar: implicaciones amorosas

Hacer pan. Sentir la harina y el agua. Probar la sal, oler la levadura. Amasar. Palpar el calor y observar cómo trabajan las enzimas. Calentar el horno. Esperar. Abrir la hogaza y dejar que su vitalidad inunde los sentidos. O plantar. Donde sea. En un tarro, en el balcón. La tierra húmeda, nitrogenada, un ciclo vida-crecimiento-muerte completo. Olor a madera. El almácigo. Fotosíntesis en vivo, regar, cuidar, cantar, limpiar, observar. O cocinar. En silencio, como un ritual. Los granos, las verduras, los aceites, la abundancia—aunque sean los alimentos más sencillos. Ese alimento pasó por cuatro estaciones. Ese alimento alguien lo plantó, probablemente una mujer campesina, con cariño. Conectarse, a ese suelo, a ese sol, a ese esfuerzo, honrarlo. Pasarlo por el fuego, lento, dejar que florezcan sabores y texturas, para alimentar a seres significativos, nutrir y cuidar.

En tiempos de pandemia bastaría con entregarnos al sueño reparador. No resistirse. Invocarlo. Buscar momentos de ensoñación y descanso profundo entre las actividades diarias, creando espacios—sin alarmas, despertadores ni aparatos móviles—para el Buen Dormir y la renovación de nuestra pertenencia terrenal.

Experimentar somática y afectivamente la naturaleza y sus elementos, y hacerlo con cariño, calma y dedicación, es una manera de trenzar un lienzo directo con la (y nuestra) naturaleza. No se trata sólo de la conexión sensual con texturas y fragancias; es también el reconocimiento experiencial de los pluriversos encapsulados en cada semilla, en cada brote, en cada pan. Y la regeneración de ese vínculo trae paz. Nos descansa. Hacerse parte y celebrar un proceso que comenzó hace millones de años—una semilla, germinada o por hacerlo, es heredera biológica del origen del planeta—y que se proyecta infinitamente hacia adelante (Shiva et al., 2019), conlleva un profundo sosiego. Y renueva nuestra condición de criaturas-en-el-mundo. Cuando podemos sentir, literalmente, el trabajo del sol y del agua y de la tierra y del microcosmos a través de la implicación amorosa con plantas, suelos y alimentos, nos reconocemos dentro de las redes de inter-dependencia y co-vida que sustentan la existencia.

En cada semilla, brote y pan hay un pluriverso encapsulado. La regeneración de ese vínculo nos trae calma y paz. © Lucía Bianchi.

De a poco y con calma

La crisis ambiental que la pandemia ha hecho visible requiere más que celebrar prácticas environmentally friendly. Requiere más que “sustentabilidad”, si por ésta se entienden prácticas y arreglos tecnológicos que por todos sus beneficios no transforman las lógicas profundas que han guiado nuestra relación destructiva con el planeta. Apostamos por la emancipación—o al menos la ralentización—de la acción a través de la liberación del descanso como estrategia radical para restaurar la destrucción de las relaciones que sustentan comunidades heterogéneas entre múltiples seres y fuerzas. No proponemos dejar de actuar, sino hacerlo de otra manera y combinarlo con momentos de cese total que cultiven una experiencia tangible de vinculación y sanación con la naturaleza. No será una propuesta popular. No la harán suya ni gobiernos ni ONGs ni empresas. El accionismo está tan arraigado en el funcionamiento occidental-moderno, percolado a través de la colonialidad, el patriarcado y el neoliberalismo, que una apuesta por el descanso radical será resistida, incluso por el propio ambientalismo. Pero no importa. Como nos enseñan maestros y maestras, yoguis y yoguinis, mujeres campesinas, comunidades indígenas y colectivos territoriales, será una estrategia que partirá por casa, en las cocinas, en las huertas y en los barrios. Ojalá en la escuela. De a poco. Con calma.

Referencias

Cabnal, L. (2010). Acercamiento a la construcción de la propuesta de pensamiento epistémico de las mujeres indígenas feministas comunitarias de Abya Yala. En ACSUR (Ed.). Feminismos diversos: el feminismo comunitario (p. 10-25). Las Segovias: ACSUR.

Colebrook, C. 2016. What is the Anthropo-Political? En Cohen, T., C. Colebrook & J.H. Miller (eds), Twilights of Anthropocene Idols. Open Humanities Press.

Dinsmore-Tuli, U. (2020). Decolonising Sleep, or the reparative power of rest as a radical act to restore rhythmic cycles. Accedido de https://dark-mountain.net/decolonising-sleep/

Escobar, A. (2014). Sentipensar con la tierra : Nuevas lecturas sobre desarrollo, territorio y diferencia. Medellín: UNAULA.

Haraway, D. (2016). Staying with the Trouble. Making Kin in the Chthulucene. Durham and London: Duke University Press.

Le Guin, U. (1972). The Word for World is Forest. New York: Tor Books.

Lorde, A. (1984). Sister Outsider: Essays and Speeches. Berkeley, CA: Crossing Press.

Paz, O. (2007[1952]). El Arco y la Lira. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.

Quilaqueo, D. & Quintriqueo, S. (2012). Saberes educativos mapuches: un análisis desde la perspectiva de los kimches. Polis, Revista Latinoamericana, 24, http://journals.openedition.org/polis/808

Shiva, V., Anilkumar, P. & Singh, N.R. (2019). Seeds of Sustenance & Freedom vs Seeds of Suicide & Surveillance. In The Future of Food: Farming with Nature, Cultivating the Future. Roma: Navdanya International. https://navdanyainternational.org/wp-content/uploads/2019/11/The-Future-of-Food-March-2020.pdf

Reed-Sandoval, A. & Sirvent, R. (2019). Disability and the Decolonial Turn: Perspectives from the Americas. Disability and the Global South, 6(1), 1553-1561.

Tironi, M. (2018). Hypo-interventions: Intimate activism in toxic environments. Social Studies of Science, 48(3), 438-455

Tironi, M., and Rodríguez-Giralt, I. (2017). Healing, knowing, enduring: care and politics in damaged worlds. The Sociological Review, 65(2), 89-109.

Whitehead, A.N. (1979). Process and Reality. New York: Free Press (2da edición).

Sobre los Autores

Daniela Cienfuegos es Ingeniera Civil Industrial (PUC), instructora de Yoga (Escuela Sivananda), Meditación y Yoga Nidra (Yoga Nidra Network). Es miembro del directorio y colaboradora de Fundación Sendika

Manuel Tironi es académico del Instituto de Sociología UC e investigador de CIGIDEN y NUMIES, además de Global Advisor 2020-21 del Institute for Culture and Society de la Western Sydney University.

Imagen de Portada: Endosymbiosis, tributo a Lynn Margulis», Shoshanah Dubiner, 2012.

Por: Paula Iturralde-Pólit / Fotos: Stanimira Deleva  Cada vez que aprendo algo nuevo sobre los murciélagos no dejo de sorprenderme. En el mundo hay más de 1.400 especies de murciélagos, con dietas extremadamente variadas: existen los que comen insectos, los que se alimentan de frutas, los que chupan néctar, otros se alimentan de peces y unos pocos […]

Por: Paula Iturralde-Pólit / Fotos: Stanimira Deleva 

Cada vez que aprendo algo nuevo sobre los murciélagos no dejo de sorprenderme. En el mundo hay más de 1.400 especies de murciélagos, con dietas extremadamente variadas: existen los que comen insectos, los que se alimentan de frutas, los que chupan néctar, otros se alimentan de peces y unos pocos pueden comer hasta vertebrados terrestres como aves, sapos o lagartijas. Solo existen tres especies que se nutren exclusivamente de sangre (las tres originarias de América, por lo cual es curioso que la leyenda de Drácula y su asociación con el consumo de sangre tenga origen europeo). 

A su vez, los murciélagos poseen una gran variedad de funciones ecológicas. Son polinizadores de plantas (“colibríes nocturnos” se les apoda a veces); muchas de estas plantas dependen exclusivamente de los murciélagos para ser polinizadas y los seres humanos dependemos de algunas de ellas para nuestra alimentación diaria. También son dispersores de semillas y de esta manera nos ayudan a restaurar y mantener la diversidad de plantas en los bosques. Por otro lado, aquellos murciélagos que se alimentan de insectos controlan poblaciones de mosquitos y otros insectos que pueden convertirse en plagas agrícolas o vectores de enfermedades como el dengue, la malaria y la fiebre amarilla, entre tantas otras.

Un grupo de murciélagos fruteros grandes (Artibeus jamaicensis) perchados en su refugio en la Cueva de Corredores en el Sur de Costa Rica. © Stanimira Deleva 

 

Lamentablemente los murciélagos se han hecho más famosos por miedos infundados que por sus increíbles funciones ecológicas. La falta de conocimiento sobre estas criaturas ha hecho que seamos una gran amenaza para ellos. Por eso quiero contarte más sobre estos pequeños mamíferos alados, para lograr que más gente los entienda, aprecie y proteja. 

Especialmente, quiero contarte un poco sobre la relación entre los murciélagos y el COVID-19. Ha habido mucha discrepancia sobre la procedencia del virus SARS-CoV-2 que causa la enfermedad COVID-19 en humanos. A fines de diciembre, cuando China dio a conocer el brote de la enfermedad, el primer interés para los científicos fue saber cómo llegó el virus a los humanos. Con poco sustento, los murciélagos fueron la primera pista sobre su origen, dado que han estado relacionados con la transmisión de otras enfermedades causadas por el virus de la misma familia que el actual SARS-CoV-2. Dos de las más conocidas son: 

  1. El Síndrome Respiratorio Severo Agudo (SARS), causado por el SARS-CoV-1.
  2. El Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS), causado por el MERS-CoV.

    Gloriana Chaverri y Paula Iturralde de la Universidad de Costa Rica, Sede el Sur revisan hojas jóvenes de heliconias. Es el tipo de refugio que utiliza el murciélago insectívoro de ventosas (Thyroptera tricolor). © Stanimira Deleva 

El SARS, el MERS y el nuevo COVID-19 son enfermedades zoonóticas, es decir que se transmiten de animales a humanos. Hay evidencia de que las tres enfermedades pudieron haber sido transmitidas a través de animales intermediarios (animales que transportan un patógeno desde un individuo portador a un individuo sano) y no directamente desde los murciélagos. Los posibles intermediarios son las civetas (un carnívoro que vive en el sur de Asia) en el caso del SARS, los camellos en MERS, y el pangolín (una especie de oso hormiguero con escamas gruesas que vive en el sur de África y Asia) en COVID-19. Es posible que estos virus hayan estado en sus respectivos hospederos intermediarios por un tiempo indeterminado antes de pasar a los humanos; durante ese tiempo el virus puede mutar y evolucionar y entonces volverse peligroso para las personas. Aun así, se habla mucho más al respecto de los murciélagos como responsables que de los propios intermediarios y posibles transmisores. 

Otra razón que hace que la balanza se incline para culpar a los murciélagos es que son conocidos por albergar dentro de su cuerpo muchos virus con los que conviven sin sufrir enfermedades, esto es gracias a que tienen un sistema inmunológico muy poderoso, aparentemente resultado de su capacidad para volar, entre otras cosas. 

Una colonia del murciélago frutero común (género Carollia) interactúan refugiados dentro de una cueva. © Stanimira Deleva 

De igual forma, no podemos asegurar que los murciélagos acarrean más virus que otros animales. Lo que se conoce hasta ahora es totalmente sesgado, porque el hecho de que los murciélagos son animales sociales, viven en grupos grandes y que es relativamente fácil capturar a varios individuos a la vez, hace que sean los animales más estudiados en este sentido. Se conoce más sobre los virus en murciélagos que en otros mamíferos como roedores, musarañas y primates. Además, tampoco hay muchos estudios en carnívoros y ungulados, que son los posibles intermediarios en la transmisión de SARS y MERS respectivamente. 

A pesar de ser los principales sospechosos, hasta hoy no se puede asegurar que exista una relación entre el COVID-19 y los murciélagos, pero muchos medios los han estigmatizado, incrementando el riesgo de que la gente los mate por miedo, como recientemente ha pasado en varios países. En Perú, por ejemplo, una comunidad decidió prender fuego a un refugio de murciélagos por miedo a que transmitan el virus. Aún quedan dudas sobre el verdadero origen del virus, pero aunque pudiéramos afirmar que se transmitió inicialmente a través de los murciélagos, considero importante recalcar que esto no los hace ni culpables ni asesinos, ni que su presencia en los ecosistemas permitirá la propagación directa de futuras enfermedades zoonóticas. Como nota personal, quiero recalcar que he trabajado intensamente con murciélagos en campo, he tenido contacto con muchas especies, y nunca me han transmitido ninguna enfermedad.  

Dos individuos de una especie de murciélago frugívoro perchan juntos en su refugio. © Stanimira Deleva 

Entonces, ¿cómo es que este virus puede pasar de esos animales a los humanos, así de repente? Pues es imposible. La transmisión de enfermedades zoonóticas, es el resultado de las alteraciones ambientales provocadas por los mismos seres humanos, que hace que cada vez tengamos más contacto con animales salvajes. En China, como en muchos otros países del mundo, es bastante común el tráfico de especies exóticas, que además de ser ilegal, incrementa la probabilidad de exponerse a virus de animales. En algunos casos, nuestro sistema inmunológico está preparado para combatirlos y evitar que proliferen y causen enfermedades, en otros, tenemos la suerte de contar con vacunas que ayudan a que nuestro cuerpo identifique el peligro. Este fabuloso proceso de defensa que tenemos se rompe cuando un virus que no conocemos nos ataca, pero debemos ser conscientes de que este contagio no es al azar, ni es culpa de los animales: es producto de nuestra constante invasión y deterioro de sus hábitats naturales. 

Un grupo del murciélago tendero (Dermanura watsoni) dentro de su refugio. Los murciélagos tenderos construyen su propio refugio a partir de hojas de palma a las que dan forma de tienda de campaña para protegerse. © Stanimira Deleva 

 

Evidentemente, si los murciélagos están en sus refugios y no tienen contacto con el humano, no es posible que transmitan el virus. En comunidades donde hay guaridas de murciélagos cerca, no hay posibilidad de que el virus se transfiera, a no ser que se manipule directamente a los animales. Si no manipulas murciélagos con tus manos, la probabilidad de contraer una enfermedad a través de ellos es remota. 

 Merlin Tuttle, experto en murciélagos, nos advierte que “el exceso de “advertencias” que culpan a los murciélagos no solo les afecta a ellos, sino a la salud de millones de ecosistemas”. Los murciélagos son mucho más beneficiosos de lo que se cree y los necesitamos para mantener sanos nuestros ecosistemas. Aprendamos a mantener una respetuosa distancia con la vida silvestre, así protegemos la fauna y flora de la que tanto dependemos, y de paso nos protegemos a nosotros mismos. 

#quedateencasa

Paula Iturralde-Pólit es bióloga y hace su doctorado en la Universidad de Costa Rica. Tiene un interés particular en la conservación y entender mejor los efectos del cambio climático global sobre la biodiversidad y la ecología de las especies, particularmente de los murciélagos. Paula está permanentemente buscando experiencias que mantengan despierta su curiosidad por comprender mejor la naturaleza. Como científica, su meta es inspirar a los jóvenes a que se atrevan a descubrir y explorar la ciencia desde la creatividad.  

Stanimira Deleva es bióloga y experta en cuevas. Actualmente hace su doctorado en la Universidad de Costa Rica. 

Principal literatura revisada:

Andersen, K.G., Rambaut, A., Lipkin, W.I., Holmes, E.C., & Garry, R.F. (2020) The proximal origin of SARS-CoV-2. Nature Medicine, 89, 44–48.

Fenton, M.B. & Simmons, N.B. (2014) Bats: A World of Science and Mystery. University of Chicago Press, Chicago, Illinois, USA.

Moratelli, R. & Calisher, C.H. (2015) Bats and zoonotic viruses: Can we confidently link bats with emerging deadly viruses? Memorias do Instituto Oswaldo Cruz, 110 (1): 1–22.