Lina Gómez: “Bailar juntos es coexistir”

La coreógrafa, bailarina y profesora de danza Lina Gómez nació en Colombia y creció en Brasil. Actualmente, se encuentra radicada en Berlín, donde vive hace más de ocho años. Esta experiencia migratoria es vital para su quehacer artístico, por lo que ha integrado el viaje como parte de su trabajo investigativo. Para Lina es en […]

La coreógrafa, bailarina y profesora de danza Lina Gómez nació en Colombia y creció en Brasil. Actualmente, se encuentra radicada en Berlín, donde vive hace más de ocho años. Esta experiencia migratoria es vital para su quehacer artístico, por lo que ha integrado el viaje como parte de su trabajo investigativo. Para Lina es en el viaje donde puede observar un gran intercambio cultural, espacial y de lenguajes, “esto es muy importante para mí e influencia bastante lo que hago” relata. 

Su formación en danzas populares, danza contemporánea, prácticas somáticas y técnicas de improvisación, le ha permitido descubrir e investigar sus propios métodos de enseñanza y creación coreográfica. Así también, su investigación constante en las residencias ha aportado a la realización de su quehacer artístico y pedagógico. Durante los meses de octubre y noviembre participó de la Residencia Bosque Pehuén administrada por Fundación Mar Adentro, donde exploró los movimientos invisibles de la montaña para especular una danza.

Lina Gómez tiene formación en danzas tradicionales de Brasil y Colombia, danza contemporánea, prácticas somáticas y técnicas de improvisación. ©Charlène Guillaume.

Endémico: ¿Cómo llegaste a la danza? 

Lina: Me parece bonita esa pregunta porque las memorias llegan dependiendo del día. Existe algo así como una selección natural de memorias. En mi familia siempre hubo una relación con la danza. Se bailaba mucho en las fiestas. Teníamos unos vecinos en Colombia que eran de Cali, ellos hacían fiestas de tres días y allí se bailaba mucha salsa. Recuerdo mucho a la gente bailando y yo entre sus pies. Sin embargo, me costaba bailar en público. Diría que mi relación con el movimiento del cuerpo y el espacio comenzó con el deporte. Hice natación, básquetbol, fútbol y participé en grupos de cheerleaders. Mis años de deporte dicen mucho de mi relación espacial en mi trabajo. Finalmente, mi llegada a Brasil y el encuentro con las danzas populares detonó en mí el baile propiamente tal. 

Si bien hoy vives en Berlín, tienes una historia con Brasil y Colombia, lugares donde la danza está muy conectada con la tierra, ¿cómo influyen estos movimientos en tu creación? 

Veo una cualidad de movimiento en las danzas brasileñas y colombianas que, como bien dices, se relacionan con el piso, con la tierra. No es algo aéreo. Se baila con una rodilla leve, y tiene una cosa con el centro del cuerpo en relación al centro de la tierra. También hay danzas que se bailan a pie descalzo, directo en la tierra, por ejemplo el coco en Brasil, en el que se hace un ritmo con los pies. La historia dice que esta danza surgió antiguamente cuando construían las casas de barro y necesitaban previamente aplanar el piso. Entonces llamaban a la gente para bailar. Cuando uno va a una fiesta, a una celebración o algún ritual, hay una energía fuerte, un cuerpo, algo que transforma el espacio y la temporalidad.

Pienso en esas danzas y en la tierra y me da la sensación que algo emana y queda en el aire. La tierra no es solo lo que está debajo, sino una energía alrededor. Eso es lo que veo en las danzas populares. Yo intento integrar esa energía, esa cualidad, esa textura en mis trabajos. No me interesa repetir las danzas que he aprendido en Brasil, sino usar esa experiencia para transmitir y transformar la manera de moverse, de ver, sentir y estar en el espacio. Otra cosa muy importante es el canto y la música, cuestiones que no están separadas de la danza. 

Taller realizado por Lina como parte de la Residencia Bosque Pehuén. © Fundación Mar Adentro.

¿Cuáles son esos referentes que te inspiran a realizar tus proyectos artísticos?

Me gusta hacer puente con varias cosas diferentes porque a veces tengo dificultad de explicar. Me apoyo mucho en artistas visuales. Dependiendo del proceso busco imágenes del periódico, históricas. También me gusta mucho leer, un gran referente es Gastón Bachelard. Por otro lado, la vida de mi madre y su persistencia, mi infancia, las danzas populares, los rituales, el compartir juntos son referencias que ocupo mucho. 

Ahora, lo que más me mueve es la montaña, la naturaleza y su capacidad de transformación continua. Paralelo a esto, viajar es algo primordial en mi trabajo. En el viaje puedo vivir un gran intercambio cultural, espacial, de lenguajes, comidas. En definitiva toda la experiencia que me toca es una referencia para lo que realice después. Hay un filtro y una búsqueda para entender por qué tal cosa está pasando. Aunque cada proceso es diferente y tiene sus propias referencias, son continuidades, entonces siempre hay una línea de base.

La montaña y su capacidad de transformación continua es una gran inspiración para Lina. © Ambrosio Gimeno.

Cuéntanos acerca de tu investigación en la Residencia Bosque Pehuén ¿de qué trató y qué conceptos utilizaste?

Mi residencia en Bosque Pehuén fue un tiempo en el que continué investigando para una obra de danza que se está desarrollando hace varios años. Normalmente investigo con bailarines, músicos y otros artistas para probar cosas. Sin embargo esta residencia fue un tiempo para mí, para investigar sola, para mapear y aclarar cosas. 

Esta obra comenzó con la idea de la vibración, con aquello que permanece. Me vinieron ganas de jugar con la voz femenina y tener un equipo de mujeres. En mi investigación apareció una técnica de canto arcaica llamada «Bright Singing», proveniente de las culturas de Europa Central y Oriental. Esta forma de cantar parece un grito, normalmente son mujeres las que lo hacen cerca de las montañas. A su vez, esto se conectó con una tradición brasileña de la región del Maranhão llamada Caixeras do Divino, mujeres afrodescendientes que cantan con unos tamborcitos. Musicalmente es muy parecido. Me pareció muy particular que dos tradiciones tan diferentes coincidieran. 

En la residencia Bosque Pehuén se sumó la metáfora de la montaña como movimiento invisible. © Lina Gómez.

En la residencia Bosque Pehuén se sumó la metáfora de la montaña como movimiento invisible. Se me reveló la montaña como abrigo, como lugar en donde la persistencia y el movimiento no están separados. Pasé de percibir la montaña como un ser enorme en el horizonte –esa presencia que de alguna manera me generaba una distancia– a entrar en ella. De lejos se ve lisa, pero cuando te aproximas deja de ser uniforme. Uno entra en su piel y encuentras un montón de cosas ahí. La experiencia en Bosque Pehuén fue super especial, fue estar en la montaña, ser y verla desde adentro, como de la entraña. Ver los pequeños sistemas que la componen y la mueven. No se sabe quién cuida a quién. Desde dentro se cambia la manera de percibir. Ya no se ve tan lineal, sino algo más bien circular, la temporalidad cambia.

Todo esto se hace parte en la obra dramatúrgicamente y en el movimiento. A veces la gente se olvida que estos trabajos requieren una investigación, porque el público solo ve el producto. Sin embargo, el proceso de creación en colaboración con los artistas es muy relevante para poder poner en escena, por ejemplo, la idea de la persistencia en el movimiento. Crear es una especulación continua. 

¿Cómo influyó el ambiente de la residencia Bosque Pehuén, en la elaboración de tu obra? 

Estuve con Charlène Guillaume, ella es una diseñadora e investigadora francesa, y Fernando Matus, músico y compositor chileno. Entre los tres surgió una conexión inmediata, un respeto, una admiración y ocurrió un intercambio de inspiraciones. En ese sentido la curaduría fue muy adecuada, porque combinó diferentes lenguajes artísticos con puntos en común que hizo que la relación fluyera. Fue muy importante tener a Fernando como una persona más local. Él tenía un montón de conocimiento respecto a la cultura mapuche. Charlène, por su parte, tiene una manera de explorar las materialidades de la tierra, del bosque y la naturaleza muy particular. No solo fue un intercambio conversacional, también hicimos cosas, ella, por ejemplo, me enseñó me enseñó una técnica de serigrafía. Usamos cenizas de árboles quemados hace muchos años en incendios, y tierra que ella recolectó durante nuestra caminata al Quetrupillan durante la residencia.

Charlène enseñándole serigrafía a Lina en la Residencia Bosque Pehuén. © Fernando Matus de la Parra.

Con respecto a la cultura Mapuche, ¿qué fue lo que más te llamó la atención?

Para mí era una curiosidad muy grande poder lograr un intercambio con alguien que fuera de esa cultura. Fue muy bonito ver que el trabajo que yo hacía tenía conexiones con algunas tradiciones mapuche. En un momento hicimos un taller en el Centro Cultural de Curarrehue y una de las participantes pertenecía a esta cultura. Me compartió su visión de la montaña, me habló del newen en todas las cosas y cómo todo está unido. Luego ella habló de un ritual y de una danza circular que ellos tenían. Entonces vi una coincidencia con el trabajo que estoy haciendo. Estas conexiones me confirman cosas, que el trabajo va tomando su rumbo. Son cosas pequeñas, pero importantes. Me quedaron muchas ganas de poder hacer un intercambio mayor.

¿Cuál crees que es la importancia de enseñar danza en relación al cuidado de la naturaleza? 

Cuando hago clases me importa que la gente no solo aprenda a moverse, sino que también pueda estar en conjunto, en comunidad, independiente si es en la ciudad o la montaña. Me gusta mucho abrir percepciones y plantear cómo nos encontramos con nuestros cuerpos en determinado lugar y cómo nos comunicamos con los otros y coexistimos. Pienso que bailar juntos es coexistir, entre nosotros, siendo parte de la naturaleza. 

Por medio de las metáforas que nos brinda el mundo natural se abren percepciones para estar de otra forma en el mundo, más generosa, resiliente y menos egoísta. El ecosistema es eso: una colaboración continua. 

A Lina le gusta abrir percepciones, entender cómo nos encontramos con nuestros cuerpos en determinado lugar y cómo nos comunicamos con los otros y coexistimos. © Charlène Guillaume.

Una imagen muy bonita que retrata lo anterior es la dinámica del suelo. Con uno de los invitados de la residencia, el geólogo Tomás Ibarra, hicimos una caminata, hablamos sobre la tierra y nos contó que el suelo es colaborativo. Antes, cuando pensaba en el suelo, se me aparecían las raíces haciéndose espacio, expandiéndose. Eso me parecía un poco violento con los otros seres que viven allí. Sin embargo, él insistió que no hay una lucha por el espacio, sino una red cooperativa, y sin ella ninguna raíz se finca. Para mí eso fue revelador. Son las imágenes que me gusta traer cuando enseño, estas ganas de estar en red y estar juntos, juntas, juntes. 

Imagen de Portada: © Charlène Guillaume.

No es algo nuevo decir que el arte salió de los museos y las galerías para ingresar a espacios de exterior, emplazamientos situados en el afuera, muchas veces en la naturaleza. En Chile, encontramos antecedentes en el proyecto Amereida, cuando en la década del 60’ un grupo de arquitectos decidió salir del espacio institucional para […]

No es algo nuevo decir que el arte salió de los museos y las galerías para ingresar a espacios de exterior, emplazamientos situados en el afuera, muchas veces en la naturaleza. En Chile, encontramos antecedentes en el proyecto Amereida, cuando en la década del 60’ un grupo de arquitectos decidió salir del espacio institucional para explorar el devenir y el caminar en zonas remotas como Tierra del Fuego y así crear un poema propio de habitar en América, Amereida.

En el hemisferio norte, un antecedente crucial lo marcó el movimiento del “Land Art”, con artistas influyentes como Robert Smithson, quien se volcó a intervenir espacios industriales como mineras, también la naturaleza con los materiales que ella proveía, como los enormes espirales de basalto que dibujó el desierto de Nevada en su monumental obra “Spiral Jetty”.

«Reposo», de Francisca Sánchez. Intervención en la Ruta 5 Sur, entre Puerto Montt y Pargua. © Francisca Sánchez

La necesidad de inscribir la práctica artística en emplazamientos del exterior – ya sea industriales o en la naturaleza – ha traído una potente y completa nueva publicación editorial. Se trata del recién lanzado libro Movimientos de Tierra (Ed Polígrafa, 2021), el cual, para su editor y compilador, Pedro Donoso, se trata de “una constelación, un catálogo ampliado de la exposición Movimientos de tierra: Arte y Naturaleza, donde invitamos a distintos artistas a recorrer el territorio”.

Lo primero que llama la atención es la envergadura de la publicación. Son 35 artistas invitados con obras realizadas en zonas que van desde el desierto de Atacama, el Estrecho de Magallanes, las pampas de la región de Aysén, el interior del cráter de un volcán activo, un glaciar en medio de Campo de Hielo Patagónico, entre tantos otros puntos improbables del territorio, complejos de habitar y registrar. Como se lee en su contraportada, escrita por el académico Pablo Chiuminatto, se trata de “una antología que anuncia una vuelta a la naturaleza, ya no como paisaje, sino como el genuino hogar”.

Tal vez la mayor fuerza de esta publicación radica en que no busca exaltar la belleza del territorio, sino más bien relevar sus zonas telúricas, de conflicto, desde una particular y sugerente propuesta estética y política. Por ello aquí están presentes también proyectos que iluminan la condición de ruina en el paisaje, aquellas naturalezas sacrificadas por el extractivismo que no conoce límites ni cuidados para quienes habitan o se desplazan por esos territorios.

Los elementos geográficos de todo Chile sirven a los autores de las obras como dispositivo y lienzo para reimaginar ese paisaje, en un momento en que se ha hecho más urgente que nunca pensar en la dicotomía construida entre naturaleza y cultura, humano y no-humano, arte y naturaleza, que hoy nos vuelca, por necesidad y subsistencia, a pensar en nuevas relaciones y narrativas con ese mundo exterior.  

Pero tal vez la mayor fuerza de esta publicación radica en que no busca exaltar la belleza del territorio, sino más bien relevar sus zonas telúricas, de conflicto, desde una particular y sugerente propuesta estética y política. Por ello aquí están presentes también proyectos que iluminan la condición de ruina en el paisaje, aquellas naturalezas sacrificadas por el extractivismo de una industria que no conoce límites ni cuidados para quienes habitan o se desplazan por esos territorios, ya sea humanos y no humanos.

La artista Cecilia Vicuña en la ribera del río durante la creación de «Quipu Mapocho». © Cecilia Vicuña.

Así, por ejemplo, el trabajo de Patrick Seeger en las localidades de Quintero y Ventanas, propone una escultura como sistema de vigilancia para observar las graves emisiones tóxicas que se desprenden de esta zona de sacrificio. También está el desierto devenido vertedero de Alto Hospicio en La ciudad posterior, retratado en tres videos por Demian Schopf, acaso un anticipo apocalíptico de las naturalezas muertas que ya están entre nosotros.

En todos los registros presentes en el libro algo que caduca y permanece. Cada uno de esos objetos recolectados, exhibidos, performados, se transforman en testigo del paso del tiempo y del humano al ser incorporado por cada uno de estos artistas e investigadores del territorio. La interrogante definitiva que parece desafiar el libro es: ¿Puede la naturaleza transformarse en archivo?

Registro de la obra «Terra Australis Ignota», en el extremo sur de Patagonia, del artista Nicolás Spencer © Nicolás Spencer

Llama la atención el carácter efímero de gran parte de las obras presentes, lo que sugiere la urgencia, en tiempos de la grave crisis global ambiental de esta era geológica conocida como Antropoceno, de ofrecer prácticas artísticas que operen poética, estética y políticamente a través de la impermanencia, que puedan ser ejecutadas pero también borradas por las fuerzas geológicas, barridas por el viento, una vez que la obra ya ha cumplido su propósito en ese paisaje prestado para expresar.

Así como en la década del 60’ un grupo de artistas conceptuales decidió salir al espacio abierto como una forma de activismo contra la guerra de Vietnam, hoy, las y los artistas y autores que acopia Movimientos de tierra guardan también una inquietud en común. Existe una urgencia por habitar, por pensar, por reimaginar el paisaje, por decir: caminamos, transitamos pero no olvidamos que esta tierra también habla y se mueve, no olvidamos que estamos de paso. Este libro viene a dar cuenta de esa necesaria forma de expresión y habitar de estos tiempos complejos.

El libro, publicado recientemente por editorial Polígrafa, está en español e inglés. © Movimientos de Tierra

MOVIMIENTOS DE TIERRA

Movimientos de tierra surge de la exposición realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes en 2017 donde se reunieron seis grandes intervenciones realizadas en distintos puntos del territorio de Chile. A partir de ese ejercicio artístico en el entorno natural, el presente volumen es concebido como una investigación ampliada que alcanza las 35 obras de distintos artistas contemporáneos cuyas motivaciones ecopolíticas, sociales y espaciales permiten trazar una cartografía única donde se refleja un territorio de contrastes. Esta compilación ofrece una visión panorámica como un conjunto de posibles intuiciones y modos de pensar nuestras relaciones con el entorno natural en una época marcada por la crisis climática, tal como lo sugieren los distintos ensayos que acompañan las obras.  

Editor: Pedro Donoso

Editorial: Polígrafa, Barcelona

Artistas: Raúl Zurita, Gianfranco Foschino, Alejandra Ruddoff, Not Vital / Cristián Orellana Terrsy, Teresa Aninat, Cecilia Vicuña, Denise Lira-Ratinoff, Ciudad Abierta, Juan Castillo, Juana Guerrero, Gonzalo Castro-Colimil, Alfredo Jaar, José Délano, Patrick Steeger, Catalina González, Marcela Correa, Colectivo Impermanentes, Julen Birke, Cristián Velasco, Dagmara Wyskiel, Francisca Sánchez, Demian Schopf, Catalina Bauer, Benjamín Ossa, Sebastián Preece / Olaf Holzapfel, Hamish Fulton, Max Corvalán-Pincheira, Catalina Correa, Nicolás Grum, Elisa Balmaceda / Cristián Espinoza, Mia Makela, Sebastián Jatz, Colectivo Última Esperanza, Claudia González, Nicolás Spencer, Lorenzo Berg.

Autores: Pedro Donoso, Juan Carlos Skewes, Nicholas Jackson, Catalina Valdés, Paula López, Valentina Montero y Jens Andermann.

Imagen de portada: Registro de «Chile antes de partir, 1981» de Alfredo Jaar. Intervención realizada entre la montaña y el mar. © Alfredo Jaar.

Costa Central Chile es una tienda, galería y punto de información que busca generar conciencia y cuidado del patrimonio natural, a través del material gráfico. Creada por Daniela Benavente e inaugurada en enero de este año, el proyecto nace por su interés en registrar e informar sobre nuestro patrimonio cultural y natural, poniendo en vitrina […]

Costa Central Chile es una tienda, galería y punto de información que busca generar conciencia y cuidado del patrimonio natural, a través del material gráfico. Creada por Daniela Benavente e inaugurada en enero de este año, el proyecto nace por su interés en registrar e informar sobre nuestro patrimonio cultural y natural, poniendo en vitrina los proyectos asociados a esta visión.

La galería se enfoca en la historia, cultura,  flora y fauna de Chile, principalmente de la Costa Central chilena, destacando trabajos fotográficos y de diseño que incluyen:

Photosintesis y su libro de la fauna amenazada en Chile; Pipaflor, material gráfico para niños; Guías de avistamiento de Aves de Chile; libretas diseñadas por Flor de Chile; libros infantiles de la editorial Amanuta sobre la flora y fauna chilena; cerámicas de Katja Berger, inspirada en la costa central;  juegos didácticos Nikki Wood; el programa documental local Region Oculta; y libros de divulgación ambiental de Editorial Hueders, Editorial Pehuen y  Editorial Universitaria.

Al mismo, tiempo podrán encontrar láminas de flora y fauna, incluyendo ilustraciones de aves de Flor. Fauna; mariposas ilustradas por Antonia Reyes:  pájaros chilenos a croché de Perquenco; y una exposición fotográfica de La Pesca de Chinchorro -realizada por la misma Daniela-, entre otros productos nacionales y locales.

Al mismo tiempo, en el espacio se realizan charlas informativas sobre la historia, los humedales y la flora y fauna chilena de la costa central.

“El diseño es fundamental, porque es una tremenda herramienta de aprendizaje y de comunicación,  sobretodo para los niños, que son visuales. Creo que a través del juego o material lúdico se puede aprender mucho más”, explica Daniela Benavente.

Costa Central Chile busca ser una plataforma para estos jóvenes y personas de Chile, y así entregar material gráfico para educar e informar.

Los invitamos a seguirlos en Instagram @costacentralchile

Dirección: Paseo del mar 200, Santo Domingo (colinda con el Restaurant Santa Pizza).