Anillos de Crecimiento: Árboles y Paleontología

Por: Ana Paola Moreno Rodríguez Así como antes de tocar un árbol le pido permiso, antes de hablar de ellos, les hago una reverencia – al menos lo intento- con este pequeño texto: Revolución Tipuánica Un día los tipuana se tomarán la cuidad. Hastiados del ruido, la polución, los perros que les mean las patas […]

Por: Ana Paola Moreno Rodríguez

Así como antes de tocar un árbol le pido permiso, antes de hablar de ellos, les hago una reverencia – al menos lo intento- con este pequeño texto:

Revolución Tipuánica

Un día los tipuana se tomarán la cuidad. Hastiados del ruido, la polución, los perros que les mean las patas y las mutilaciones que sufren cada invierno, dejarán de inclinarse hacia la calle y entrarán por las ventanas, dejarán de temerse unos a otros y se entrelazarán por sus ramas floreciendo de amarillo; entonces las mujeres y los hombres al levantar sus rostros verán solo raíces, al entrar a sus cocinas a calentar agua, encontrarán raíces floradas dentro de sus pavas y al dirigirse a sus camas, serán las raíces superiores de los tipuana su colchón y su manta. A ellos se unirán los sindicatos de jacarandás, ombúes, paloborrachos e incluso los solitarios ginkgos, y continuarán así, en su pacífica protesta hasta que algún porteño decida leer todas sus hojas.

***

Paleodendrocronología y paleodendroclimatología, qué palabras más largas, pero maravillosas al ser pronunciadas. Ya verán que no es tan complicado.

Paleo: antiguo
Dendron: árbol
Cronos: tiempo
Logos: estudio
Clima: conjunto de condiciones atmosféricas que caracterizan una región (temperatura, precipitaciones, humedad, viento, presión atmosférica, nubosidad e insolación)*.

Es bien sabido que los troncos de los árboles en corte transversal poseen anillos que indican sus años de vida, estos se forman debido a su mecanismo de crecimiento. Todas las plantas tienen un crecimiento primario: su altura aumenta gracias a la producción de células en el extremo superior, así, si clavamos un cartel en un árbol, cuando este crezca, el cartel permanecerá a la misma altura siempre, porque el crecimiento se da sólo en las puntas del tronco y las ramas.

Paleodendrocronología y paleodendroclimatología, que palabras más largas, pero maravillosas al ser pronunciadas. Ya verán que no es tan complicado.

Algunas plantas, tienen además un crecimiento secundario, que produce el aumento del grosor del tallo, formando así un leño. Este crecimiento es radial, debido a la producción de células que conducen los productos necesarios para la realización de la fotosíntesis (proceso por el cual las plantas se nutren), este tipo de crecimiento hace que si clavamos un cartel, al cabo de unos años, el árbol se lo irá “tragando”. Seguramente alguna vez han visto árboles que parecen haber absorbido alambres, rejas o tutores que fueron puestos para contener o mantener erguida a la planta.

Fotografía y planta “comecables” Crédito: Daniel Pérez Quintana.

El crecimiento secundario o radial varía a través de las estaciones. En la primavera los árboles tienen su mayor crecimiento (leño temprano), con la producción de células que mueren dejando cavidades, a manera de tubos, por las que circula el agua; este crecimiento se va reduciendo paulatinamente, produciendo en el verano células con espacios más chicos (leño tardío). Durante el otoño los árboles pierden las hojas –lugar donde sucede la fotosíntesis- y duermen tranquilos hasta la próxima primavera. Esta sucesión de células, con sus diferencias de tamaño y cantidad, generan un leño temprano amplio y claro, y un leño tardío menos espaciado y más oscuro; este cambio es gradual, pero es más drástico entre el final de un leño tardío y el comienzo del nuevo leño temprano, es decir, entre el fin de un verano y el comienzo de la próxima primavera, este límite neto es lo que puede observarse a simple vista como anillos concéntricos.

Anillos de crecimiento, aspecto general. Crédito: Rojas-Badilla et al. 2017.
Anillos de crecimiento bajo el microscopio. Observen cómo disminuye el tamaño de las células en la secuencia. Crédito: Rojas-Badilla et al. 2017.

Así, cuando un tronco es cortado, podemos saber cuántos años tenía. Pero ¿qué más pueden decirnos estos anillos?

Dendroclimatología

El estudio de los anillos de crecimiento permite reconstruir el clima de un lugar determinado con el fin de analizar, por ejemplo, sus cambios a través del tiempo y establecer modelos predictivos.

Los anillos varían en su forma y tamaño por las condiciones ambientales en las que se originan. Si las condiciones son favorables, el leño temprano se desarrollará óptimamente, mientras que, por ejemplo, en épocas de sequía el leño temprano será más breve. La sucesión de varios anillos nos hablará de las variaciones, o estabilidad, del clima a través de los años. Si los anillos resultan muy similares entre sí, estaríamos frente a un clima que conserva sus condiciones periódicamente, mientras que si los anillos son muy dispares, el clima en los diferentes años fue muy cambiante1.

De este modo, podemos analizar el clima de un lugar determinado. Será necesaria una gran cantidad de cortes de árboles para confrontar y corroborar la información (existe un banco de datos). Si bien los árboles pueden tener edades diferentes, los patrones de los años compartidos serán similares. Cuando se solape esta información podrá representarse cronológicamente la información obtenida de esta manera. Este solapamiento se realiza con base en mediciones de cantidad y diámetro de las células, grosor de las paredes celulares y la transición entre los anillos2, datos que son analizados estadísticamente con el fin de estudiar sus patrones y traducirlos en las condiciones ambientales en las que se formaron.

Estos estudios son útiles para analizar el cambio climático. Gracias a la longevidad de los árboles podemos llegar a obtener información climática de épocas de las que no tenemos registros de la temperatura y corroborar o calibrar la información respecto a las mediciones sobre las cuales sí hay registro.

El estudio de los anillos de crecimiento permite reconstruir el clima de un lugar determinado y analizar sus cambios a través del tiempo.

Estudios en anillos de  crecimiento y otros análisis basados en diversas fuentes de información (corales, sedimentos marinos, depósitos minerales en cuevas [espeleotemas], entre otros) son coincidentes y han llevado a que el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) concluyan que ha habido un aumento de temperatura atípico a partir del siglo XX, en comparación con siglos fríos como el XVII y comienzos del XIX, y cálidos como el XI y comienzos de XV3.

Uno de los objetivos de la paleontología es poder conocer los ambientes del pasado, no sólo los seres vivos en sí mismos, sino sus formas de vida e interacciones con el medio en el que habitaban, para tener una imagen lo más completa posible de “los mundos antiguos”. Para ello, la paleodendrocronología puede ayudarnos: estudiando los anillos de crecimiento de los troncos fósiles es posible corroborar o confrontar información obtenida por otras fuentes, haciendo más precisa la reconstrucción que se hace de determinado ambiente.

Así se observan los anillos de crecimiento en un tronco fósil. Conífera del Cretácico Tardío. Grupo Neuquén, Argentina. Crédito: Ezequiel Vera.

Como ejemplo, para la cuenca Araripe (Brasil), durante el Cretácico se había considerado, entre otras cosas debido al tipo de rocas presentes, un clima seco y cálido sin mayores variaciones estacionales; sin embargo, el estudio de los troncos fósiles permitió darle más precisión a la reconstrucción ambiental interpretándolo como un lugar de clima inestable con alternancia entre periodos secos y húmedos típicos de zonas tropicales4.

Si bien, hay condiciones, como incendios, patógenos, congelamiento5 u otras situaciones estresantes, que pueden afectar el crecimiento de los árboles y alterar el desarrollo de los anillos, los troncos (tanto actuales como fósiles) poseen un registro invaluable, una huella digital compartida con sus vecinos, que la dendrocronología ha utilizado acertadamente al tiempo que ha perfeccionado sus métodos de estudio.

Como las gitanas leen las líneas de la mano,
larga vida
corto amor
bajo el microscopio los anillos de los árboles,
larga vida
largo amor.

Ardientes tipuanas de verano, 2014. Crédito: Ana Moreno.

Notas y Referencias

*Definición de Espasa, enciclopedia digital.

1Bradley, S. Raymond. Paleoclimatology: Reconstructing Climates of the Quaternary, Third Edition. 2015.

2Wheeler, E. et al. AWA List of Microcopie Features for Hardwood Identification.  IAWA journal. International Association of Wood Anatomists. January 1989.

3Sheppard, P. R. Dendroclimatology: extracting climate from trees. WIREs Clim Change. Volumen 1, (Mayo/Junio 2010) 343-352.

4Pires & Guerra-Sommer. Growth ring analysis of fossil coniferous woods from early cretaceous of Araripe Basin (Brazil). Anais da Academia Brasileira de Ciências 83(2): 409-423. 2011

5Rojas-Badilla et al. Anomalías anatómicas en anillos de crecimiento anuales de Austrocedrus chilensis (D. Don) Pic.-Serm. et Bizzarri en el norte de su rango de distribución. Gayana Bot. vol.74 no.2. 2017.

Sobre la autora

Ana Paola Moreno Rodríguez: Colombiana viviendo en Argentina, pedagoga infantil de la Universidad Distrital. Ex-estudiante de Paleontología en la Universidad de Buenos Aires. Técnica en paleontología en el Laboratorio de Anatomía Comparada y Evolución de los Vertebrados (LACEV).  Le gustan las papas fritas, los tetrápodos basales y escribir de vez en cuando. Tiene un blog de paleontología para todo público donde pueden encontrar publicaciones similares a ésta. https://fishapodpaleontologia.home.blog/

“Un bosque es mucho más de lo que podemos ver”, propone la renombrada ecóloga canadiense Suzanne  Simard. Sus más de 30 años de estudio sobre los bosques templados del hemisferio norte la han llevado a un descubrimiento único: los árboles hablan y cooperan incluso a través de grandes distancias. ¿Qué nos enseña esta red en […]

“Un bosque es mucho más de lo que podemos ver”, propone la renombrada ecóloga canadiense Suzanne  Simard. Sus más de 30 años de estudio sobre los bosques templados del hemisferio norte la han llevado a un descubrimiento único: los árboles hablan y cooperan incluso a través de grandes distancias. ¿Qué nos enseña esta red en un contexto sin precedentes de cambio socio-ambiental global? ¿Qué nos quieren decir lo árboles que se comunican ante eventos sin precedentes como incendios de gran escala y pérdida de biodiversidad? En esta conferencia magistral, conoceremos más sobre la imbricada vida social de los árboles y se nos invitará a descubrir y a entender el mundo natural con nuevos ojos.

Bosques de la Tierra del Biobío

Vivimos un tiempo de alienación sin precedentes a nuestro contexto físico, natural y espiritual. Desconocemos el origen de lo que comemos e ignoramos el destino final de los bienes que consumimos. Por si fuera poco, vivimos en una exposición desbocada a estímulos culturales extranjeros. Podría parecer extraño que en tiempo de paz los jóvenes aspiren […]

Vivimos un tiempo de alienación sin precedentes a nuestro contexto físico, natural y espiritual. Desconocemos el origen de lo que comemos e ignoramos el destino final de los bienes que consumimos. Por si fuera poco, vivimos en una exposición desbocada a estímulos culturales extranjeros.

Podría parecer extraño que en tiempo de paz los jóvenes aspiren a ser emigrantes. Desde el campo a la ciudad, y luego, desde la ciudad a otra ciudad más grande. En el peor de los casos, a mi entender, a ser emigrantes culturales que viven en su propio territorio. Esto llega al absurdo del desprecio o la destrucción de nuestro propio patrimonio arquitectónico y natural, a cambio de vacaciones en el extranjero para fotografiarnos con el patrimonio arquitectónico y natural de otros.

Este desarraigo con el territorio ha llevado, entre otras consecuencias, a una extinción masiva de especies y de ecosistemas, tanto a nivel local como global. Todos los días en Concepción, a vista y paciencia de muchos, y ante el avance inmobiliario, tiene lugar la extinción local de búhos y otras aves de humedal.

En este contexto, como grito desesperado, surge la pregunta existencial que cae al vacío ante la mirada absorta de las nuevas generaciones. ¿Quién soy? ¿Cuál es mi hogar? ¿Y de dónde vengo?

Es aquí donde el árbol nativo aparece como una respuesta o símbolo impertérrito de identidad individual y colectiva. El golpe seco de la madera en el bosque despiertan nuestros sentidos hacia nuestra corporalidad abandonada. El tronco del árbol configura una conexión física y, a la vez, profundamente mística con la tierra. Soy boldo, litre, arrayán, canelo, queule. Vocalizaciones que van configurando un hechizo. Conozco mi territorio, mi casa, a mis vecinos y entonces así, lentamente, me reconozco.

Una guía de campo es un directorio de seres y de nombres. ¿Cuál es la importancia de un nombre? Te podrás preguntar. Entonces puedes hacer el ejercicio de elegir un árbol y ponerle un nombre cualquiera: Arrayán Juan, por ejemplo. Y como diría El Principito de Saint-Expuéry, para ti ya nunca sería igual a los demás. Un nombre es una presentación, o bien, la posibilidad de una relación. Relación que este caso podría constituir un cambio de paradigma con consecuencias políticas, sociales y económicas profundas. Descubro que mi casa no termina en los límites de mi ventana, sino que soy parte de un contexto físico y espiritual que sustenta nuestra existencia

Esta guía es, por tanto, parte de un esfuerzo de la gente del Biobío y del Valle de la Mocha, en particular, por volver la mirada a nuestros pies y desde ahí reconocernos como ciudadanos globales.

El ecosistema del Biobío posee importancia como un lugar crítico para la conservación de la biodiversidad a nivel mundial debido a la amenaza que supone estar junto a grandes centros urbanos como Concepción y, por otro lado, debido a la gran variedad de especies endémicas que posee en su condición de ecotono entre el norte y sur de Chile. Su pasado como reserva de vida durante la última glaciación, cuando el hielo cubrió gran parte del sur de Chile, le otorgan una invaluable herencia genética progenitora de la selva valdiviana. Patrimonio que debemos incorporar a nuestra cultura local mediante esfuerzos como estos.

A través de esta guía pude reconocerme en el conjunto de especies forestales que conforman los ecosistemas del Biobío: esclerófilo, caducifolio, laurifolio. Los escenarios de mi vida: La precordillera de Chillán en otoño con suelos alfombrados color nothofagus. Los paseos a la playa en verano bajo la sombra de los boldos y peumos. O bien, las zapatillas con barro bajo las quilas, voqui y canelos de un arroyo internándose en la Cordillera de Nahuelbuta.

La bella ilustración de una cadena trófica, pero esta vez con actores locales, me recordaron que de niño reconocía a los leopardos de la sabana, pero no había oído nunca hablar acerca del travieso leopardus guigna que vivía detrás de mi casa. Conocía al zorrillo pero no al chingue, al hurón, pero no al quique, al sabio búho del Mago Merlin, pero no al observador tucúquere de Talcahuano, ni al curioso pequén de San Pedro de la Paz, al buitre inglés y no al fiel jote de cabeza negra. El flamenco del altiplano y no al mismo flamenco que habitaba bajo el puente Llacolén, sobre el Río Biobío, en temporada de invierno. La ballena orca vivía en California y no en Cobquecura. El pingüino vivía en la Antártida y no en Hualpén. El ciempiés, los escarabajos, sapos, culebras y  mariposas se encontraba en el Amazonas, los alacranes en el Sahara y nada de eso había para mí en el Cerro Caracol.

Y me alegré de ver retratada a la Región del Biobío con sus cordilleras; uso de suelo;  línea del borde costero; penínsulas y bahías; y a los ríos Itata, Ñuble, Biobío y Laja. Los verdaderos próceres de la vida en nuestro territorio, porque puede reconocer en estas formas mi patio trasero.

Tal como afirman los autores, este conocimiento surge como una trinchera de resistencia a la explotación irracional de los recursos naturales por parte de las industrias forestal y energética, impuesta la mayor parte del tiempo a nivel central y sin un contrapeso efectivo a nivel local.  

Sí creo que existe una identidad común entre los habitantes de la tierra del Biobío y puedes comenzar a reconocerla en estas páginas.

*Guía desarrollada por Senderismo y Naturaleza Concepción. Ilustraciones por Cristian Toro.

Cómo los árboles se comunican entre ellos

Viajando por los gigantes bosques de la costa oeste de Canadá, alguien me comentó que los árboles se comunican entre ellos. Todo un ecosistema interactuando a través de raíces y hongos, una verdadera red de información y colaboración en el misterioso mundo del suelo. Esta forma de comprender la naturaleza me hizo mucho más sentido […]

Viajando por los gigantes bosques de la costa oeste de Canadá, alguien me comentó que los árboles se comunican entre ellos. Todo un ecosistema interactuando a través de raíces y hongos, una verdadera red de información y colaboración en el misterioso mundo del suelo. Esta forma de comprender la naturaleza me hizo mucho más sentido que todo lo aprendido hasta entonces. Y fascinado por la idea, nacieron las ganas de quedarme y aprender.

Suzanne Simard, es profesora en la Universidad British Columbia. Una sabia mujer de los bosques, científica rigurosa y con una humildad que dan ganas de admirar. No me aguanté en aparecerme en la universidad y tocar la puerta de su oficina. Le pedí que me enseñara sobre los bosques lluviosos del norte y sus enigmas. Le pregunté si los árboles se comunican, sin saber que se me venía por delante un mundo de complejidad.

“Sí, se comunican. Usan su propio método de comunicación. Los árboles no son individuos creciendo por su propia cuenta con el fin de ser el más exitoso. Más bien, son parte de una red que está en constante interacción, y en donde la colaboración es lo primordial. Esta red subterránea la llamamos red de micorrizas (“mycorrhizal network” en inglés)”.

En su vida profesional, Suzanne comenzó trabajando para la industria forestal, donde empezó a cuestionarse porqué las plantaciones manejadas no parecen, ni dan la sensación, de un bosque. Su mensaje proyecta la idea de mirar “el todo” en vez de las partes, lo que la llevó a su pregunta guía: ¿Qué está pasando en el suelo de un bosque?

Suzanne Simard. Foto: Gabriel Orrego

Para responder esta pregunta, comencemos por los hongos. Los hongos son seres misteriosos, unos incomprendidos con diversas funciones ecológicas. Entre ellos, existen parásitos, levaduras y saprofitos, encargados de descomponer la materia orgánica (algunos tan voraces que son capaces de digerir la madera); y los simbióticos, las micorrizas, de los cuales profundizaremos en este artículo.

Durante su evolución, estas criaturas de la tierra optaron por colaborar con las plantas para obtener a cambio azúcar y energía, proveniente de la fotosíntesis de la planta. Micorriza, (mico= hongo, riza= raíz) es la asociación simbiótica entre una raíz y las hifas del hongo, que se reconocen y encuentran en el suelo, tras un sofisticado intercambio de señales. La mayoría de las personas no lo sabe, pero los hongos pueden ser enormes organismos (el más grande y viejo del mundo, con 8.650 años y cubriendo más de 10 km2 de extensión bajo el bosque).

Cuando encontramos un hongo en el bosque, como las intrigantes amanitas o las deliciosas Boletus y chanterelas (todos hongos micorrízicos), estamos simplemente observando al cuerpo fructífero del hongo, o sea,  su órgano reproductor sexual, por donde libera sus esporas para explorar nuevas tierras. El resto se mantiene oculto a nuestro ojos, y su dinámica todavía desconocida a nuestra percepción.

Amanita Muscaria. Foto: Gabriel Orrego

La asociación mutualista planta-hongo, dos seres provenientes de reinos muy distintos, tiene resultados muy efectivos. Los árboles capaces de utilizar la energía del sol para reunir seis moléculas de CO2 y transformarlas en glucosa, transfieren desde la copas hasta sus raíces estos carbohidratos, alimentando a las micorrizas. El hongo, especialista del suelo, extiende su micelio (red de hifas) a velocidades sorprendentes, llegando a sitios que las raíces ni sospechan. Así, le entregan a sus plantas hospederas agua y nutrientes, inaccesibles de otro modo. Esta asociación es crucial, y el 95% de las plantas comparten esta simbiosis con los hongos. Incluso, se sostiene que la primera planta terrestre fue exitosa fuera del agua gracias a la asociación con un hongo.

Las micorrizas son conocidas desde hace décadas, pero no fue hasta hace poco que  comenzó a comprenderse la complejidad e importancia del rol que implica una red de micorrizas en los ecosistemas forestales. Se comienza a hablar de red cuando un hongo se conecta a las raíces de dos o más plantas, formándose así un puente de comunicación entre ellos. Esta conexión permite que, a través de avenidas subterráneas exclusivas, señales y nutrientes sean traspasados de planta a planta.

Este fenómeno revoluciona y desafía notablemente la preponderancia de la competencia en la evolución, sugiriendo la colaboración como factor primordial en la supervivencia de plantas y hongos. Un flujo compartido, mediado por gradientes de recursos (desde una fuente a un sumidero). Es decir, desde donde hay más recursos hacia donde escasean. Todo el bosque actuando como un solo organismo mediado por la red de micorrizas.

Ilustración red de micorrizas

En los últimos tres años, he estudiado cómo interactúan los bosques bajo el suelo, trabajando en mi experimento de magister con Suzanne y su grupo de investigadores, quienes durante décadas han estudiado este complejo fenómeno. Una visión que reconoce a las formaciones vegetales visibles sobre el suelo, como el lindo reflejo de lo que está pasando abajo en la rizósfera.

En un bosque del interior de British Columbia, Beiler et al. (2010) logró mapear la extensión y arquitectura de las redes de micorrizas. Utilizando novedosas técnicas moleculares, se observó que todo el bosque estaba conectado mediante raíces y hongos. Y como es de esperarse, los árboles más grandes y viejos establecían más conexiones. Suzanne los llama “Árboles Madre”: núcleos de vida donde convergen las conexiones.

Estos árboles son individuos dominantes en el bosque, con su follaje elevándose sobre las copas de los otros. Seres antiguos que representan inmensas fuentes de producción de energía. Energía que podría ser compartida a los árboles con menos acceso a la luz del sol. Las pequeñas plántulas recién germinadas en el sotobosque son colonizadas por la red de micorrizas y comienzan a recibir no sólo nutrientes del suelo, sino también carbohidratos provenientes de estos árboles ya establecidos.

Mapa de red de micorrizas, Asociación entre pino Oregón y Rhizopogon spp. Beiler et al, 2010

Interesantes experimentos se han llevado a cabo para entender esto. Utilizando isotopos estables (comúnmente, carbono13 y nitrógeno15), podemos inyectar un cierto compuesto en un árbol para luego detectarlo en otro. Es decir, se le inyecta un compuesto etiquetado molecularmente, que puede ser posteriormente rastreado.

En una investigación, realizada en los bosques de Columbia Británica, se plantaron pequeñas plántulas alrededor de un árbol madre que había sido inyectado con el isotopo de carbono13. Algunas de las plántulas fueron plantadas en bolsas que las excluían de la red de micorrizas, mientras que otras quedaron directamente en contacto con el suelo a su alrededor. Se descubrió que las plantas sin bolsas, además de haber recibido el isotopo inyectado al árbol madre, tuvieron mucha mayor sobrevivencia y mejor desarrollo.

De esta manera, Suzanne sostiene que un bosque tiene más resiliencia al funcionar como una comunidad, existiendo sinergias entre sus interacciones. Un bosque con conexiones entrelazadas por el suelo, tiene la  la capacidad de colaborar y ser más fuerte. Se ha demostrado que, además de transferir nutrientes, estos árboles usan la red de micorrizas para enviarse señales de defensa. En un invernadero se plantaron juntos varios individuos de pino oregón, algunos de ellos aislados en bolsas de poro fino. Algunos de los árboles fueron estresados a través de una infección inducida con larvas que se comían su follaje. Luego, los árboles que no estaban aislados de la red de micorrizas comenzaron a producir enzimas para sobre-activar el sistema inmune y estar más fuertes (como la producción de resinas y compuestos tóxicos), mientras que los aislados del suelo no mostraron cambios metabólicos, quedando más susceptibles al posible ataque.

La facilitación entre plantas ha sido profundamente estudiada, como por ejemplo, el llamado efecto nodriza, donde un árbol ya establecido propicia a la regeneración, protección contra herbívoros o mayor humedad y materia orgánica. Las interconexiones por el suelo abren un mundo de posibilidades, que promueven la protección del suelo y su microbiología, y confirman el efecto nodriza, donde árboles más viejos nutren y fortalecen a las nuevas generaciones.

Como ya mencioné, los arboles con mayor edad del bosque -árboles madre- son parte fundamental de la red. Sus raíces ya establecidas pueden abarcar grandes extensiones, aumentando las potenciales conexiones con hongos micorrízicos y, a su vez, con más arboles. En ciertas condiciones donde los suelos son pobres o hay limitaciones de agua, hasta el 70% de la biomasa de un árbol puede ser subterránea. Con esto podemos comenzar a percibir lo complejo y dinámico del suelo, y la cantidad de vida interactuando bajo nuestros pies.

Cono pino oregón colonizado por hongos. Foto: Gabriel Orrego

Uno de los descubrimientos que más me ha llamado la atención dentro del laboratorio acá en UBC, es la investigación de mi compañera Amanda Asay. Tal como Suzanne, ella tiene esta idea de mirar el bosque como familia, y bajo supervisión de Suzanne, ha llevado a cabo una investigación para responder la siguiente pregunta: ¿se reconocen los árboles entre ellos?

En la tésis de Amanda se llevó a cabo el siguiente experimento: en la misma maceta se plantaron tres árboles, uno más grande y dos pequeños desde semilla. Uno de los retoños tenía parentesco con el árbol más grande (sus semillas provenían de la misma madre) y el otro era un extraño de otra región. Resulta que luego de unos meses, había significativamente más conexiones entre los que tenían parentesco, mas aún, el grande le transfería más nutrientes a su familiar que al extraño. No se entiende todavía exactamente el mecanismo para explicar estos resultados, pero existe la tendencia.

Sin embargo, las conexiones y colaboraciones no se quedan entre hermanos, ni siquiera entre individuos de la misma especie. Suzanne en su tesis de doctorado, experimentó con abedules (Betula papyrifera) y pinos oregón (Pseudotsuga menziesii), especies muy lejanas genéticamente, pero que crecen juntas de forma natural. Suzanne observó que estas dos plantas, una conífera y otra latifoliada, estaban altamente conectadas por la red de micorrizas. Pero además notó interesantes patrones en la dirección del flujo subterráneo de recursos. Durante el invierno, el abedul bota las hojas, mientras que el pino oregón las mantiene. Por lo tanto, durante esta época, el pino oregón le envía azúcar al abedul para apoyarlo en sus funciones básicas, y luego, cuando llega la primavera, el abedul se activa formado su vigoroso follaje y los recursos fluyen hacia el pino oregón.

Actualmente, unos de los grandes proyectos de Suzanne (proyecto árbol madre), en el cual estamos todos embarcados, consiste en una serie de tratamientos silvícolas alrededor de toda la provincia de Columbia Británica, siguiendo una gradiente climática (temperatura y precipitaciones). En cada sitio se están cosechando parcelas de bosques, a distintas intensidades.  O sea, tratamientos que remueven por ejemplo el 10%, 25%, 50%, 80% y 100% de los árboles. Ante estos distintos niveles de perturbación, se quiere observar a mediano y largo plazo qué sucede con las conexiones en la red de micorrizas, cómo afecta en las funciones del bosque y el desempeño de la futura regeneración.

Este experimento me parece de una visión admirable. Si logramos tener un mejor entendimiento de lo valioso que significa conservar la red, podríamos mejorar sustancialmente nuestro manejos forestales. Los árboles madres, almacenan un legado que debería poder ser transferido a los bosque del futuro.

Esta rama de investigación se presta para mucha interpretaciones, y sin duda idealizamos con una visión antropocentrista. Tal vez todavía no entendemos completamente la interacción entre los hongos y las plantas, o si existe realmente alguna intención por parte del árbol madre en transferirle azúcar a las nuevas generaciones, pero sí sabemos que estás interacciones existen y que los flujos de nutrientes, agua o información están siendo enviados y recibidos. Creo que nos lleva nuevamente a pensar en el bosque como un todo y que, ante la ausencia de alguna de la partes, el organismo podría perder su vitalidad, equilibrio dinámico y resiliencia. Es fundamental que, para poder preservar y convivir con los bosques ante un escenario inestable y cambiante, comencemos a conocerlos por debajo y mirarlos con la complejidad que merecen: con una visión holística donde el suelo es un ente vivo que conecta a los árboles.

Referencias

Bingham, M. A., & Simard, S. (2012). Ectomycorrhizal networks of Pseudotsuga menziesii var. glauca trees facilitate establishment of conspecific seedlings under drought. Ecosystems, 15(2), 188-199.

Read, D. J., & PerezMoreno, J. (2003). Mycorrhizas and nutrient cycling in ecosystems–a journey towards relevance?. New Phytologist, 157(3), 475-492.

Simard, S. W., Asay, A. K., Beiler, K. J., Bingham, M. A., Deslippe, J. R., Xinhua, H., Philip, L. J., Song, Y., Teste, F. P. (2015). Resource transfer between plants through ectomycorrhizal fungal networks. In: Horton TR, ed. Mycorrhizal networks. Springer berlin Heidelberg.

Simard, S. W., Beiler, K. J., Bingham, M. a., Deslippe, J. R., Philip, L. J., & Teste, F. P. (2012). Mycorrhizal networks: Mechanisms, ecology and modelling. Fungal Biology Reviews, 26(1), 39–60. http://doi.org/10.1016/j.fbr.2012.01.001

Smith, S. E., & Read, D. J. (2008). Mycorrhizal symbiosis. Academic press.

http://simardlab.forestry.ubc.ca/people/