Quebrada de Alvarado, Granizo y Lo Narváez son tres sectores de Olmué (región de Valparaíso) que, en los últimos 20 años, han experimentado grandes transformaciones debido a la configuración urbana de la vivienda. Con la disminución del trabajo campesino y el decaimiento de los oficios, diversos saberes, prácticas y relatos de vida, centrales para la identidad de estas localidades, desaparecieron de la narrativa presente, quedando cubiertos por la gruesa capa de asfalto que configuró barrios y poblaciones.
En ese contexto, el colectivo Color Tierra, radicado en Las Palmas de Olmué desde hace 12 años a partir del encuentro entre las artistas Carla Valenzuela y Nahikari Begoña, se ha dedicado a recuperar retazos de esas historias utilizando los pigmentos minerales como activadores de la memoria local.

¿Somos capaces de reconocer las sutilezas cromáticas de la tierra en que vivimos? ¿De qué manera experimentamos y nos relacionamos con ellas? Conscientes de que los colores de un territorio son parte de la identidad de quienes lo habitan y también una forma de vincularse con los mensajes que guardan las capas de la Tierra, Carla y Nahikari enfocan su trabajo en llevar estas tonalidades a lugares visibles, de tránsito y uso público, convirtiendo los terrones del valle en pinturas.
Teniendo ya la experiencia de elaborar múltiples obras en muros, decidieron extender este conocimiento en pintura hacia el piso, transformando las multicanchas de tres juntas de vecinos en “suelares”, es decir, piezas artísticas que utilizan el suelo como soporte base, también llamados murales de suelo. A través del color, estos lugares de encuentro comunitario se transformaron en un registro visual vivo de la historia de sus poblaciones.

Materialidades naturales: reformulando la pintura para suelo desde saberes antiguos
Aunque fabricar pinturas de tierra resistentes al tránsito cotidiano de una cancha deportiva y recreativa es una idea innovadora, lo cierto es que registrar momentos de la vida cotidiana en paredes, rocas y otras superficies usando pigmentos minerales se remonta a miles de años en el pasado. Inspirándose en esta práctica ancestral, el colectivo lleva años elaborando artesanalmente pinturas con pigmentos minerales para distintos usos, desde acuarelas, tizas, crayones, al óleo, hasta muros, revestimientos interiores y exteriores, y ahora suelos.
“Esto viene desde el origen, pero en los tiempos contemporáneos, donde ha ido quedando en el olvido del imaginario colectivo, rescatar la tierra para llevarla nuevamente al muro, al suelo, a un soporte de uso cotidiano, trae en sí el ritual de usarla para honrarla, junto a su belleza y su diversidad”, cuenta Nahikari, agregando: “Hoy es mucho más fácil ir a una tienda y comprar los colores, sin tener que hacer toda la vuelta, por lo que lo nuevo o innovador sería traer de regreso algo que siempre se usó, pero que quedó relegado, y volver a darle el valor que tiene”.
«El colectivo lleva años elaborando artesanalmente pinturas con pigmentos minerales para distintos usos, desde acuarelas, tizas, crayones, al óleo, hasta muros, revestimientos interiores y exteriores, y ahora suelos».
A diferencia de lo que sucede hacia el norte o en zonas desérticas, en los valles centrales los colores de la tierra no resaltan a simple vista, debido a la presencia de vegetación. Es por eso que las artistas recurren a los cortes de terreno o excavaciones –generalmente utilizados para la construcción de caminos, carreteras o casas– para realizar sus recolecciones, poniendo especial énfasis en las cantidades. Para los suelares de las juntas de vecinos de Quebrada de Alvarado, Carlos Condell (Lo Narváez) y Manuel Rodríguez (Granizo) se buscaron tierras de los alrededores, extendiéndose hacia La Dormida, Las Palmas, El Maqui, Lo Castro y Pelumpén. En total, llegaron a reunir 20 tonalidades diferentes.
“Nunca hacemos cavidades profundas hacia el interior de la montaña, sino que raspamos la superficie de manera uniforme, buscando que no se note el impacto y no intervenir demasiado en el hábitat de insectos u otros seres vivos”, explican desde el colectivo. “Según el proyecto, calculamos cuánta tierra usaremos y llenamos uno o dos sacos por color, dependiendo del tamaño de la veta. Si el corte de camino está hecho y el color abunda, sacamos más; si la veta es pequeña, recolectamos muy poquito solo para tener una muestra o, directamente, no sacamos”.
Suelar situado, suelar habitado: memoria e identidad
Los desafíos de pintar estas canchas se fueron presentando a medida que las artistas se encontraron con las texturas del suelo y de las comunidades que lo pisan diariamente. Por un lado, la evidente complejidad técnica de conseguir adherencia en el hormigón de tres superficies con características distintas, garantizando la durabilidad de los colores y la calidad de una pintura más sustentable que viene a proponer una alternativa a materiales industriales altamente tóxicos. Por el otro, conectar con las vecindades de cada población, escuchar las historias que dan vida a esos espacios y co-construir los diseños a partir de los códigos que las mismas comunidades reconocen como suyos.

Siendo lugares de uso público, estas canchas son habitadas cotidianamente por personas de todas las generaciones. Jugar a la pelota, andar en bicicleta, pasear a los perros, hacer zumba son parte de las actividades habituales. Por eso, establecer una conversación real con sus habitantes fue esencial a la hora de elaborar los suelares. Estos tenían que dialogar tanto con la arquitectura y el contexto circundante, como con las formas de uso y movimiento dentro del espacio. “Algo importante a la hora de pensar en el diseño y que le preocupa mucho a la gente es que no se pierdan las líneas de juego. Por eso, siempre es necesario ver qué pide el espacio”, detalla Nahikari.
A través de una metodología participativa, el colectivo abrió un proceso de retroalimentación en dos direcciones, comenzando por presentar la propuesta de las pinturas minerales y todo su proceso de elaboración, desde los terrones hasta la gama completa de colores ya listos para utilizarse. “Cuando trajeron las pinturas fue una cosa maravillosa, porque una no puede creer que vienen de la tierra, eso nos llamó la atención, que fueran tan diversos”, expresa Hilda Rojas, presidenta de la Junta de Vecinos Carlos Condell, en Lo Narváez.
Una vez conocida la paleta cromática, la invitación a experimentar pintando fue clave. Con la tierra como conductora y por medio de pinceles y trazos, cada comunidad compartió sus relatos sobre los elementos de la naturaleza que han configurado las identidades de sus barrios, dibujando sobre el papel lo que realmente querían ver en las canchas. De esta forma, la comunidad define el contenido de los diseños: los colores emergen de la arquitectura natural propia de las localidades —como cerros y quebradas—, mientras que la memoria colectiva actúa como eje creativo que otorga significado y sentido de pertenencia a cada suelar.
Regenerar la memoria
Al momento de elegir un elemento de la biodiversidad que les representara, la Junta de Vecinos Carlos Condell decidió de forma unánime que sería el viejo gran pimiento (Schinus molle) que acompaña a la cancha lo que iría plasmado a sus pies. “Esto lo formamos con un grupo de vecinos de distintos lados de Narváez, el 5 de abril de 1971, a las 12 de la noche, se formó una toma de 31 personas. Diez años luchamos para ser reconocidos y poder postular a una casa”, relata Erica Figueroa, de 81 años, fundadora de esta población que, en sus inicios, se llamó Carlos Marx. “Después, por todo esto del golpe de Estado, le cambiaron el nombre, pero en ese entonces el pimiento ya existía, y lo sé porque ahí llegué a ubicarme con mi mediagua, quedó dentro del cerco que yo hice. Ha estado ahí toda la vida, desde antes que se formara la toma, por eso lo vemos como un guardián, hay que cuidarlo, porque es el más antiguo. Yo pienso así, que nos representa como población”.
Por su parte, Hilda Rojas, recuerda que “cuando no había sede, la junta de vecinos era el pimiento, traíamos una mesita para la directiva, las sillas y nos sentábamos alrededor de él a hacer las reuniones. Por eso la decisión fue unánime”. Para cerrar, añade: “Me siento satisfecha, mis nietos y los niños de acá van a decir: esto lo pinté yo. Eso es lo más bonito, que participó la gente, y eso nos llena de orgullo, haber metido mano en esta pintura, en este diseño”.

En Quebrada de Alvarado la situación se dio de manera similar, seleccionando al chagual (Puya chilensis) como su pilar identitario, una especie endémica del matorral esclerófilo muy presente en laderas y quebradas de Olmué. Es parte de la memoria rural no solo por pertenecer al paisaje cotidiano, sino que también por sus usos locales históricos, ya fuera como alimento, para la elaboración de cuerdas y utensilios o para la construcción de estructuras artesanales.
“Estamos felices de tener un chagual de fondo, porque es la planta nativa que nos representa, aparte de verse maravilloso con esa belleza de colores sacados de nuestra tierra, que revela la historia geológica ancestral de la zona”, cuenta Bernarda Leiva, presidenta de la J.V. de Quebrada de Alvarado. “Cuando estudiábamos nos decían ‘las chagualeras’ y quedamos con ese nombre porque éramos de la quebrada. A la micro también se le llamaba “la chagualera”, así que siempre nos hemos identificado con la historia del chagual”.
El último suelar, perteneciente a la J.V. Manuel Rodríguez, en el sector de Granizo, deja ver un paisaje marcado por el amplio cordón montañoso que caracteriza a la zona, acompañado de la palma chilena (Jubaea chilensis), especie endémica de Chile central que, en La Campana, forma algunos de los palmares más importantes y mejor conservados del país. “Creo que el Apu Kankana es la madre de la identidad de este territorio, genera un sentido de pertenencia hacia la identidad propia y la colectiva, se siente cómo alberga una memoria importante y que fue un lugar donde hubo un intercambio cultural grande. Por eso, genera un reconocimiento identitario, y eso está presente en haber elegido este diseño”, expresa Rocío Gómez, vecina de la población.
A partir de intervenciones artísticas situadas y responsables con los contextos, es posible generar espacios públicos sensibles a las particularidades de cada sector. Reconocer la propia historia en el suelo que pisan y habitar sus colores locales –no patrones estandarizados por proyectos urbanísticos desterritorializados–, permite que las vecindades generen relaciones de pertenencia y, por tanto, de amor y protección, con los lugares de encuentro comunitario. “Esto va en consciencia con el cuidado de la naturaleza, a través de los distintos colores de la tierra y el sentido que conlleva. La gratitud que se generó participando en la pintura pasó a ser parte de la historia que nos identifica como población, y nos lleva a observar que los lugares con los que contamos para tener vida de barrio hay que cuidarlos”, puntualiza Mónica Ratto, presidenta de la J.V. Manuel Rodríguez.
En el acto de narrar y pintar la historia personal y colectiva, las capas de significado que sostienen la vida en estos lugares fueron encontrándose y conversando con las vetas de la tierra presentes en cada pigmento. Así, el núcleo de estos suelares contiene la memoria viva de habitantes, barrios, pueblos y territorios, en diferentes tiempos y escalas. Aunque el cemento cubre la verdadera esencia del suelo, un ecosistema activo en permanente transformación, desde el lenguaje del color es posible traer a la superficie la belleza resiliente del paisaje.
Imagen de Portada: ©Tomás Armijo
Sobre Color Tierra:
Colectivo artístico de carácter multidisciplinar que investiga el vínculo entre tierra, color, identidad y territorio. Desde esta mirada integral, desarrollan proyectos que exploran las múltiples posibilidades de la materia tierra: sus colores, sus usos y su relación con las expresiones culturales y los saberes diversos que habitan en cada lugar. Sostienen una práctica sensible y consciente, enraizada en el territorio y en diálogo con la comunidades que lo habitan.



