Mónica Nepote: “No queda más que entender que el principio de supervivencia es comunitario”

La autora, radicada en Ciudad de México, piensa la sensorialidad del cuerpo como un puente para aproximarse a la naturaleza, a sus ritmos y tiempos y esbozarla en su literatura.

Hacer un ajuste de mirada hacia la naturaleza no solo fue un cambio de paradigma dentro de su escritura, sino un proceso personal que Mónica Nepote (Guadalajara, 1970) transitó paso a paso, con cada caminata por la montaña y el bosque. Estudió Letras Hispanoamericanas en la Universidad de Guadalajara, en México, y ha dedicado su carrera a fomentar procesos editoriales con jóvenes, acercando la literatura a formatos digitales. Desde esos lugares, comenzó a cuestionarse los impactos de las tecnologías sobre los territorios. Y si bien sus textos reflejan una escritura amorosa con la naturaleza, no por eso es esencialista. Al estar en contacto con la tierra, afirma, no se puede obviar lo evidente: los bosques maltratados, que están siendo extractivizados o los ríos que corren como un hilito.

Vegetación de barranca. ©Mónica Nepote

E: Cuando comenzaste a escribir desde una mirada sobre la naturaleza, ¿en qué búsquedas te sumergiste? 

M: Tenía algunos años trabajando sobre el cuerpo y, en 2013 más o menos, coincide que dejo de trabajar en un espacio muy institucional, donde llevaba un programa editorial  de cultura para jóvenes, acá en México, y me cambio al Centro de Cultura Digital. Allí empiezo con una investigación sobre la escritura y las pantallas. Después me fui a la montaña, que era algo que tenía pendiente porque tengo una historia familiar que me une muy fuerte a una montaña que está en el Valle de México, que es Iztaccíhuatl. Y empecé a hacerme muchas preguntas, porque primero caminas en el bosque y después subes a la montaña. Entonces, me di cuenta de que disfrutaba mucho estar ahí, pero que no sabía nada del lenguaje sobre lo que veía alrededor: no podía nombrar ni describir, y me sentí profundamente ignorante, pero también estimulada a pensar desde ese lugar. Y me pregunté de qué manera podía hacerme de un lenguaje para entender todo aquello. 

Paralelamente, en mi trabajo en el Centro de Cultura Digital, comencé a pensar en las materialidades digitales y qué consecuencias tienen para la tierra. Leí a Jussi Parika, Lori Emerson, también a Timothy Morton y a otros autores, y por los hackfeminismos llegué a Donna Haraway, luego a Anna Tsing. Todo se fue trenzando. Al final, no fue una decisión muy consciente, sino corporal. Necesitaba cambiar mi forma de estar en la tierra.

E: Sí, y qué interesante porque estabas trabajando en un espacio sobre cultura digital, la relación con la tecnología. ¿Qué ocurre durante ese proceso que te conecta a los territorios? 

M: Creo que fue algo que nos pasó a distintas personas que estábamos en ese momento trabajando con las digitalidades. Para mí fue bien importante un encuentro hackfeminista llamado ‘Tecnología y afectos ¿Cómo bosquejar políticas de la [co]responsabilidad?’ al que convocaron tres colegas, que respeto y quiero mucho. Ese encuentro convocó a mujeres que venían de distintas prácticas: desde la programación con el uso de software libre hasta mujeres defensoras del territorio, en ese encuentro nos juntamos a pensar otras formas de internet feminista.  Una de las palabras clave era la coresponsabilidad y hablar de cómo ciertas prácticas afectaban a otras comunidades que quizá estuvieran alejadas, aparentemente, de esa cultura digital o de las tecnologías. Participaban mujeres defensoras del territorio en las que esos impactos de la tecnología se veían de una manera muy clara.

Esa tecnología está profundamente trenzada con la materialidad de la tierra, porque salen de algún lugar, están hechas por los hombres blancos de Silicon Valley, y eso es justo lo que el hackfeminismo pone en evidencia y cuestiona. Pero también pensar, pues, de dónde viene esta pantalla, estos cristales, que tienen su origen en la tierra, con los minerales raros que componen las máquinas, o las baterías de litio de los teléfonos. Todo viene de lugares que, para muchas personas, son cuerpos de agua o tierras sagrados que están siendo extractivizados. Entonces, no lo siento ajeno. Y, además, me parece importante remarcar que no soy una escritora que habla de la naturaleza de una forma idílica.

Paisaje urbano. ©Mónica Nepote
Lago de Texcoco. ©Mónica Nepote

E: Dentro de tu libro Vestigios hablas precisamente sobre la naturaleza dentro de la ciudad y, pese a que no se sabe nombrar de pronto algún fenómeno o especie, etc., hay una sensibilidad con eso. ¿Se comienza a crear ese lenguaje común desde lo más cotidiano, lo más cercano? 

M: Cuando empecé a notar que no tenía un lenguaje para hablar de lo vivo, me pregunté: ¿qué he aprendido en la vida? ¿Cómo ha sido mi educación? Y entonces me remonté a mi propia historia y me fui de inmediato al jardín de mi infancia, o sea, al jardín en el que tuve el privilegio de crecer. Yo no soy de Ciudad de México, soy de una provincia donde la vida era diferente y podía salir a la calle. Había ciertas condiciones, en las que me di cuenta, estaba eso que llamamos “la naturaleza”. Es decir, esa “zona límite”. Y me hizo mirar nuestras relaciones afectivas con quienes compartimos estos territorios urbanos, que también son la naturaleza y que somos parte de eso. Y luego, viéndolas como naturalezas de resistencias: las que rompen las banquetas, las plantas que aparecen en lugares inesperados, o ese árbol que es cortado y del tronco surge una rama que vuelve a crecer, dándole una segunda vida al árbol.

E: ¿Cómo reflexionas lo comunitario desde ahí, en estas relaciones de la reciprocidad entre especies? 

M: Hay algo que me ha parecido a mí sobre tener esta visión o haber enfocado mi mirada y dirigir la atención hacia estos lugares o estas relaciones, que es justamente ver que es compartida entre muchas personas. Pienso en eso y te respondo sobre lo comunitario. Un día, caminando por mi casa, en una zona urbana en la que hay edificios, también algunas casas, encontré unas casitas para pájaros, con agua y comida, que los vecinos habían instalado en el prado junto a la banqueta, y estaba escrita una leyendita que decía algo acerca del compartir. Eso me parecía muy conmovedor dentro de una ciudad como esta. 

«A mí me gusta mucho la soledad, pero el ser solitario no te hace menos comunitario: es una búsqueda de silencio para estar en una comunidad diversa, interespecie, en contacto también con otros lenguajes».

También empecé a conocer a distintas personas que, cada quien por su lado hacía algo y que, por ejemplo, estaba un chico que hablaba sobre los árboles de Ciudad de México y quien comenzó, poco después de la pandemia, recorridos para hablar de los árboles, otro más que trabaja con él, organizó un encuentro de arboristas de la ciudad. En esos encuentros conocí a personas increíbles, por ejemplo a una mujer que hacía labores de restauración en un humedal al noroeste de la ciudad. Ella iba junto  con su hijo adolescente, experto en mariposas, obviamente autodidacta. La madre me contó que a veces iba manejando y que él le decía, “¡mira, en ese terreno baldío hay un tipo de planta de tal mariposa!”. Ella paraba el auto  y el chico tomaba un esqueje para plantarlo en otro jardín, como una forma de recuperar la flora de la ciudad ¿Qué más comunitario que eso? La planta siente esa comunidad con la mariposa, que seguramente hace comunidad con más especies. 

Esta observación humana nos permite –cuando nos lo permitimos– ver que todo es un tramado y que, no hay de otra, no queda más que entender que el principio de supervivencia es comunitario. No sé en qué momento llegó este mito fatídico del individualismo y el hombre que se hace a sí mismo, y resalto que es el hombre porque ese es el discurso que nos creímos. Y mira, a mí me gusta mucho la soledad, pero el ser solitario no te hace menos comunitario: es una búsqueda de silencio para estar en una comunidad diversa, interespecie, en contacto también con otros lenguajes.

Bosques de Amatlán. ©Mónica Nepote

E: La visión sobre los cuidados, ¿qué lugar ocupa dentro de tu trabajo y pensamiento? 

M: Siempre me ha gustado resaltar los cuidados que no son fáciles. Hicimos, dentro del trabajo en el Centro de Cultura Digital, un proyecto que se llamó Tecnologías del Cuidado y quisimos hablar de esos cuidados: que huelen mal, que cuestan, que son difíciles, que cansan el triple, el cuidado a lxs enfermxs o a lxs viejxs. Me gusta hacerme preguntas acerca de lo que no es evidente. En las ciudades la convivencia no es fácil, me refiero al hecho de compartir hábitat con otras especies. Porque acordar la convivencia o  con cierto tipo de insectos o que compartimos territorio con ratas, no siempre es fácil, no es bonito. Nos preguntamos qué hacemos con los árboles invasores, que son los monocultivos urbanos. El problema de las ciudades son los monocultivos en cuanto a flora, en la ciudad que habito hubo una crisis reciente con cientos de palmeras que fueron taladas porque estaban enfermas y para muchos fue muy difícil ese cambio. Hay que admitir que nuestras ideas de cuidado están muy marcadas por nuestros conceptos estéticos. Yo me pregunto, cómo podemos cuidar lo salvaje, cómo convivir con quienes nos cuesta.

E: Anoté una frase del libro Vestigios: 

“O mejor digo: la casa que es mi cuerpo para otras vidas. 
Mi cuerpo es planeta hospedero. 
Contengo multitudes 
estoy a su merced 
soy ellas”.

¿Qué implica esa mirada de nuestros propios cuerpos? 

M: Es desde la vida porque somos hospederos, tenemos una flora, organismos no humanos, o, tenemos bichitos en la piel, bacterias en la boca que funcionan para algo. En su momento leer el libro Humanidad de Timothy Morton jugó un papel importante para mí. Entender, porque él dice “no sé si yo soy el huésped o soy quien hospeda”. Me interesa esa escala: pensar que somos huéspedes de este planeta, pero al mismo tiempo nosotros somos el planeta para otros microorganismos, eso me parece fascinante. Saber que un porcentaje de mis células son no humanas también ayuda, creo que no somos una especie única y pura, somos ese holobionte: un organismo compuesto por muchos, otros organismos y estos también nos influyen: en nuestro ánimo, tiene que ver con el estar alegres, tristes.

©Mónica Nepote
©Mónica Nepote

Caminar la montaña y el bosque

E: Mónica, me comentaste que haces salidas a la montaña como escaladora y también caminatas al bosque. ¿Es algo ocasional o ha sido más sistemático con el tiempo? ¿y cómo eso ha ido nutriendo tu escritura? 

M: Tengo casi 11 años yendo a la montaña. Los primeros dos años fueron de mucha intensidad, de estar en el bosque e inferir mucho. Sin lenguaje, pero observando, descubriendo. Después, cuando leí La Montaña Viva, de Nan Shepherd, me quedó claro cómo se podía leer los montes,  y, por supuesto,  escribir sobre eso. Ella caminó con gente que sabía de ríos, con pastores, biólogos, expertos en plantas, con otros montañistas.

Cuando empezó la pandemia, le pedí a un amigo que me diera clases de biología y, ya en una segunda parte de mi formación, empecé a buscar caminar con personas expertas, con micólogos –formados en el lenguaje de la ciencia o con, hogueras y hongueros– que son personas de pueblos originarios, habitantes cercanos de los bosques quienes han heredado el conocimiento de sus abuelos. Cuando habló de micólogos y hongueros hay que resaltar que son aproximaciones distintas, lenguajes distintos, a veces se encuentran,  a veces se trabajan cercanos pero no es lo mismo. Cuando escuché a uno de los hongueros, Yahir, un chico nahuablante del estado de Hidalgo,  decir que “lo que no nos comemos no lo nombramos”, me abrió el mundo de significación lingüística. Mi metodología cambió al empezar a caminar con expertos. 

Mi pareja es glaciólogo, caminar con alguien que conoce tan bien la montaña me ha permitido caminar a otro ritmo. En algún momento aprendí que lo que busco es permanecer en esa caminata. Y, cuando digo permanecer, me refiero a hacer una caminata más lenta, que no es de carácter deportivo, sino una caminata para observar a profundidad, aunque no llegue lejos o a la cima.

Roca de cueva sagrada. ©Mónica Nepote

E: ¿Caminar con estos expertos te ha despertado una sensibilidad mayor?

M: Me hice amiga de una bióloga, Fernanda, que estudia los líquenes en la roca volcánica. Entonces, bajar con ella al cráter del Xitle, un volcán en la Ciudad de México y ver a una científica conmoverse viendo el microscopio, a mí me pareció también algo que me cambió un paradigma. Pensar que hay una ciencia que también se conmueve con lo que observa y lo que ve, dan ganas de sumarte a esa colectividad. Entonces, no es que yo vaya cada fin de semana. Acá en México decimos “salir del clóset” cuando alguien dice “soy gay”. Pues yo salí del clóset y me declaro animista espiritual. Sí siento que a veces los territorios me llaman y me invitan a través de sus interlocutores y eso me nutre, me invita a seguir en este planeta.

E: Y dices también que la caminata es un acto humilde porque nos permite conocer otras vidas que nos enseñan sobre otros tiempos…

M: Sí, algo que me han enseñado las montañas y los volcanes es el tiempo profundo, y sobre todo la gente que pasa mucho tiempo ahí. Hace poco una amiga, guía de montaña, nos dijo que muchas veces pensamos que la montaña no cambia, pero la montaña cambia todo el tiempo, lo hace a un ritmo muy diferente, nos decía: “Es como si tuviéramos a una hormiga caminando por nuestro cuerpo y nosotros somos la montaña para la hormiga”. Me parece revelador porque yo lo que conozco es mi cuerpo, no soy la hormiga, soy mi cuerpo. Y pensar en mis tiempos de humana vistos por la hormiga como tiempos profundos, me pareció hermoso. Como dicen los pueblos originarios, ellos conversan con las montañas y les dicen abuelos y abuelas porque todos están emparentados. Eso es lo que perdimos con la cultura occidental, pero estamos tratando de recuperarlo y creo que desde los espacios pedagógicos en los que trabajo, buscamos recuperar o buscar esos lenguajes. Y, sabes, como la tierra es generosa, esos lenguajes nos responden muy pronto. 

E: Sí, hay una frase dentro de uno de los textos que dice: “Las relaciones interespecies es un pacto más allá de las palabras también”. ¿Qué es eso que nos acerca más allá de las palabras, desde la sensibilidad, que hace que ese lenguaje se mantenga vivo y podamos habitarlo?

M: Lo que nos acerca es el cuerpo. Si estamos en el cuerpo de una manera consciente, profunda y somos conscientes de que el cuerpo es en sí un sensor, si nos permitimos una inmersión profunda, si exploramos ese estado de observación profunda, y con observación no me limito a lo ocular. Observar con el cuerpo implica estar en un estado intenso de percepción. La montaña te pide precisamente tu estar en el cuerpo, profundamente atenta a lo que sucede: al viento, la temperatura, a dónde te apoyarás en el siguiente paso, a pisar firme, a las condiciones del suelo, a las rocas de donde asirte, al camino por dónde seguir, a subir y bajar segura. Tienes que estar muy alerta, para tomar decisiones, si, ante cualquier cambio, vas a regresar o si tienes posibilidades de continuar. De alguna manera, subir una montaña, caminar dentro de ella, es un acto extremo de vida. En México tenemos una expresión: “estar a las vivas”, que significa estar alerta, haciendo un juego de palabras estar en la montaña es estar a las vivas, muy vivas. Un amigo muy querido, un gran montañista me dijo, hace apenas unas semanas “todo está vivo, pero hay que preguntarnos ¿cuál es ese tipo de vida?”. En la escuela aprendemos la diferencia entre lo vivo y lo inerte, pero acá todo se pone en duda, tienes que hablar con la roca, de eso depende tu seguridad. En la montaña, pero me imagino que también en el mar o el desierto, estás en una continua relación. Ese posible lenguaje depende de la profundidad de tu observación Y sí, es cierto, porque cuando hablo del lenguaje del río no estoy hablando de un lenguaje hablado con palabras humanas, sino de un silencio y una especie de unión misteriosa. Para mí, esta es la investigación sensorial, corporal que me interesa y por lo tanto, un adentramiento en el lenguaje.

©Mónica Nepote