El mar de Chile: Lo que falta por saber y proteger de esta profunda franja de vida

Por décadas, Chile se ha conocido como una “angosta y larga franja de tierra”. Sin embargo, cuenta con más territorio marítimo (maritorio) que territorio terrestre. El llamado “mar chileno” posee una costa de 6.435 km de longitud​ y el conjunto de costas, archipiélagos, islas cercanas al continente e islas oceánicas, transforman a nuestro país y su mar en una franja que es más bien ancha, profunda, azul y rica en vida.

Nuestro océano es altamente productivo. Lo anterior se debe a la corriente de Humboldt que empuja las aguas profundas, ricas en nutrientes y de baja temperatura hacia la superficie, fenómeno conocido como surgencia que va “fertilizando las aguas”. Lo anterior convierte a nuestro mar en una de las áreas pesqueras más productivas del mundo y en uno de los ecosistemas marinos más ricos del planeta. Pese a esto, nuestra cultura tiende a mirar hacia la tierra, dándole la espalda al mar.

Desconocemos las maravillas del océano. Es fácil asociarlo únicamente con las playas o lo que podemos extraer para comer y cultivar, pero el resto se nos hace muy lejano: ignoramos cuán variada puede ser la dieta marina, más allá de los peces comercialmente más conocidos. O la explosiva variedad de seres marinos, la diversidad de ecosistemas, las diferencias entre zonas profundas en comparación con la superficie del mar. Pero nuestro desconocimiento no se centra únicamente en lo que ocurre en el mar. Sucede lo mismo en la tierra; lamentablemente la sociedad moderna sabe muy poco sobre las culturas costeras que habitaron a lo largo de nuestro país, y que son parte de nuestras raíces.

Relave junto a la localidad de Lambert, La Serena, Chile. © Fernando Cornejo. Urayaku.

Lo anterior refleja lo desconectados que estamos con el mar. Es por eso que también, como cultura arraigada a una profunda ignorancia, desconocemos las amenazas que presionan y aniquilan al mar. Si conocemos más, podremos proteger de mejor manera nuestro entorno.

A lo largo de la costa chilena se ubican varios parques industriales, empresas, refinerías, que por décadas han contaminado con metales pesados, petróleo, carbón, exceso de nutrientes, contaminantes atmosféricos, entre muchos otros materiales tóxicos.

En el norte y centro norte de Chile, los desechos mineros se han dispuesto directamente al mar (Contreras et al., 2005), siendo la minería del cobre una de las principales protagonistas en esta situación, ya que históricamente ha sido la actividad económica más importante. Como consecuencia, diversas áreas de la costa chilena nortina se han visto afectadas por relaves mineros de cobre. Una de estas áreas es Bahía de Chañaral, que, en el año 1938 comenzó a recibir desechos de la mina de cobre de El Salvador (Castilla, 1983), y que en 1975, más de 150.000.000 toneladas métricas de descargas continuas afectaron directamente más de 20 km de costa (Castilla, 1983; Paskoff y Petiot, 1990).

Relave minera Andacollo, con el pueblo delante. © Fernando Cornejo @Urayaku.

Lo anterior no solo amenazó fuertemente a la fauna marina, sino también a las algas. Las algas no sólo están expuestas a metales pesados, compuestos fenólicos, excedentes de nutrientes, entre otros contaminantes, sino además, se ha demostrado que pueden acumular esos contaminantes (Yu et al., 2016). Además, las algas son bioindicadoras y biomonitoras del enriquecimiento de metales pesados ​​(Zhou et al., 2008, Farias et al., 2018), especialmente las algas pardas (Phaeophyceae), que son capaces de absorber más metales pesados ​​que otras especies (Davis et al., 2003; Fertah et al., 2017), considerándose, asimismo, importantes filtros naturales ante agentes contaminantes.

Esta no es la única presión negativa a la que las algas están sometidas. Hablemos del “barreteo”: Se conoce como la técnica de extracción que consiste en sacar el alga desde su disco adhesivo (la parte del alga que permite mantenerla unida a las rocas), impidiendo la regeneración y el crecimiento del alga. Se practica principalmente en el Norte Chico y el Norte Grande de nuestro país y es considerada una amenaza seria y real a la supervivencia de los bosques de algas pardas (por ejemplo el huiro palo, el huiro negro y el huiro).

¿Y porqué es tan negativo hacer barreteo? Porque las algas dan estructura y diversidad de hábitat, ofrecen sombra, refugios, alimento y zonas más calmas para organismos que están en sus primeras etapas de vida (tal como una guardería). Junto a esto, también son bioindicadores del cambio climático. Por tanto, los bosques de algas pardas son un eslabón inmensamente importante y prioritario para la conservación. Quienes hemos presenciado las grandes cantidades de algas que se extraen del mar, es un panorama que no queremos seguir viendo.

Bosque de macroalgas pardas. Huiro palo. Chañaral de Aceituno, Chile. © Fernando Cornejo @Urayaku.

Han sido décadas de “la fiebre del huiro”, principalmente debido al boom en la industria cosmética, farmacéutica y alimentaria que demanda altos volúmenes y un buen precio de venta, convirtiendo a Chile en el mayor exportador de esta materia en el mundo. En ese sentido, se ha presentado un nuevo proyecto de ley que durante el mes de mayo, la Cámara del Senado ha respaldado en general y por mayoría, en primer trámite constitucional. Consiste en proteger a las algas en las zonas costeras. Tenemos que estar atentos.

Las últimas dos amenazas en que me enfocaré y que lamentablemente están más cercanas de lo que comúnmente se piensa, son la basura marina y la acuicultura.

Situémonos en Patagonia, específicamente en Patagonia Norte (desde el sur de Chiloé hasta el Archipiélago de las Guaitecas). Algo interesante a tomar en cuenta es la contaminación visible y notoria en esa zona, que nos hace preguntarnos por qué un lugar medianamente habitado está tan contaminado. La zona de Patagonia norte tiene 828.708 habitantes, apenas la mitad de población con que cuentan las regiones más pobladas de Chile (exceptuando la Región Metropolitana), y pese a esto, la cantidad de basura flotante en esa zona es sustancialmente más alta que en otras regiones más pobladas de Chile.

Observemos entonces el aumento y el despliegue de la industria acuícola, principalmente desde la Región de los Lagos hacia el sur, donde las regiones X, XI y XII concentran el 95% de la producción acuícola (Jadue & Muñoz, 2016), con una producción anual de más de 700 mil toneladas de salmón (Avendaño-Herrera, 2018).

Extracción y distribución de macroalgas pardas. Huiro palo. Chañaral de Aceituno, Chile. © Fernando Cornejo. @ Urayaku.

Hace un tiempo atrás, estuve navegando en Patagonia Norte y la cantidad de basura marina flotante que registré (Ahrendt et al., 2021) fue alta. Un rango entre los 50 a los 230 items por km-2, incluyendo flotadores, boyas, basura indeterminada, y plumavit fueron observados en la superficie de una extensa área marina. Además, encontré 3 veces más basura marina flotante en la Boca del Guafo en comparación a estudios realizados hace una década en la misma zona (Hinojosa et al. 2011). Los ítem que registré son sin duda, en su gran mayoría, provenientes de la industria acuícola, lo que concuerda con otras investigaciones, que relacionan el aumento y el tipo de basura marina flotante con el crecimiento sostenido de las actividades de acuicultura (Buschmann et al., 2006; Hinojosa y Thiel, 2009; Ahrendt et al., 2021).

A partir de ese viaje, me gustaría compartir un pensamiento recurrente que me acompañó en Patagonia. Se trata de relacionar la llegada de la acuicultura al sur de Chile, con  la llegada de los españoles: una colisión de realidad. Un choque entre el equilibrio antiguo que guardaban los huilliche, chonos y cuncos con el mar y el uso que se le está dando hoy en día a esas aguas. En la actualidad vemos una fuerte producción acuícola, una intensa reorganización y una transformación de toda una identidad local, impulsada por las presiones que innegablemente se crean con la llegada de un factor externo, como una gran industria que se impone fuerte.

Es importante que sepamos qué hacer con esta información y que no sólo se quede en un texto. En Chile sigue existiendo una falta de justicia ambiental en favor de intereses corporativos y políticos. Existe una urgencia climática visceral profunda. Usemos todo lo que leemos y aprendemos para hacer al menos un cambio real y a consciencia. La compra es un voto. Contribuyamos a que las industrias responsables con la sociedad, con los ecosistemas y con el sistema productivo puedan establecerse y que las industrias irresponsables y con constante lavado de imagen, generalmente asociadas a fundaciones, tengan una baja en su sector.

Contaminación costera. Vodudahue, Fiordo Comau, Chile. © Rodrigo Sánchez  @Buceando Chile.

Otro ejemplo: Si el sistema mundial nos hace pensar –a través del marketing y estrategias de comunicación– que está bien comprar ciertos productos y materiales (sobretodo desechables) porque luego simplemente se “reciclarán”, no les creamos, porque esas marcas no invierten en verdaderas estrategias para revertir toda la contaminación y el consumo en las personas, y peor aún, es probable que esos productos y envases terminen en el mar, acompañando por décadas a toda la maravilla marina, que injustamente sufre las consecuencias de la ignorancia de la sociedad moderna.

Elijamos alimentarnos sanamente, elijamos productos más duraderos, elijamos presionar en la política y estar presentes y partícipes de las consultas ciudadanas, en los conversatorios, en clases, redes sociales y toda instancia donde podamos sacar nuestra voz. Elijamos, por primera vez, hacer las cosas de manera distinta: dejemos de darle la espalda al mar.

Imagen de portada: Sitio donde se ha hecho “barreteo”. Se observa ausencia de algas y presencia de erizos negros y soles de mar. Chañaral de Aceituno, Chile. José Tomas Yakasovic.

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