
Plantamos para reforestar.
Plantamos para compensar.
Plantamos para mitigar.
En paralelo, los sistemas agroforestales y los bosques de alimentos han abierto caminos fértiles y esperanzadores hacia una producción más diversa y resiliente como respuesta al devastador sistema de agricultura convencional. En ellos se integran especies, se regenera el suelo, se cuida el agua y se produce alimento mientras, al mismo tiempo, se regenera la vida.
En estos sistemas el ser humano cumple un rol fundamental: es quien diseña, planifica, implementa y también es quien cuida. El bosque suele responder: funciona, crece y cumple ciertos objetivos. Se mide su captura de carbono, la producción de fruta o madera, se calculan sus beneficios. Sin embargo, en ese proceso, dejamos en segundo plano el hecho de que estamos en una relación de interdependencia con ese espacio.
Gran parte de las estrategias de conservación contemporáneas se han construido desde una lógica de separación entre lo que es naturaleza y lo que es cultura. Las áreas protegidas y reservas, por ejemplo, son territorios donde el cuidado implica, muchas veces, mantener distancia para conservar una naturaleza “prístina”. Esta es una estrategia que ha sido fundamental para resguardar ecosistemas frágiles, pero también ha reforzado la idea de que como especie somos, esencialmente, una amenaza. Y desde ahí, algo se rompe. Porque cuando dejamos de estar en relación, también dejamos de sentirnos parte de lo que somos: naturaleza.

El verdadero cuidado nace del vínculo, pero se sostiene en el sentido profundo de la pertenencia. Las evidencias no son pocas. Muchos territorios habitados por comunidades indígenas muestran esta relación. Diversos informes de la FAO han evidenciado que los territorios indígenas no solo conservan altos niveles de biodiversidad, sino que presentan menores tasas de deforestación que otros territorios. Lejos de ser espacios “sin intervención”, estos paisajes han sido habitados y cuidados durante generaciones, a partir de sistemas de conocimiento profundamente vinculados con sus ecosistemas.
En la Amazonía, por ejemplo, existe cada vez más evidencia de que amplias zonas han sido influenciadas y co-creadas por el ser humano a lo largo del tiempo, incluyendo prácticas como el manejo de suelos (terra preta), la domesticación de especies y la configuración del paisaje a lo largo de generaciones. El bosque amazónico ha sido habitado, manejado y transformado por culturas que han aprendido a convivir con él. Tal como plantea Paulo Tavares en La naturaleza política de la selva, esta visión cuestiona la idea de una naturaleza separada de lo humano y revela las dimensiones históricas y políticas inscritas en el paisaje amazónico. Podemos decir entonces, que hemos sido parte de distintas formas y en distintos tiempos, de lo que hoy conocemos como uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta.
«El verdadero cuidado nace del vínculo, pero se sostiene en el sentido profundo de la pertenencia».
No se trata entonces de proteger el bosque desde fuera, sino de vivir en él, de leerlo, de depender de sus ciclos. El antropólogo Philippe Descola lo plantea con claridad: la separación entre naturaleza y cultura no es universal, es una construcción. Lo que necesitamos restaurar no es solo el ecosistema, es la relación. Porque podemos plantar miles de árboles, pero si seguimos sintiéndonos ajenos a esos espacios, algo sigue faltando.
Durante años he trabajado diseñando y cultivando sistemas vivos: huertos, jardines, bosques de alimentos. Espacios pensados para producir, regenerar, sostener la vida. Sin embargo, con el tiempo, una pregunta empezó a aparecer con más fuerza: ¿cómo se habitan realmente estos lugares? Porque no es lo mismo plantar, que pertenecer. Lo he visto muchas veces. Bosques que funcionan, que producen, que regeneran el suelo, pero que no necesariamente invitan a quedarse.
Personalmente, me cuesta encontrar permanencia en espacios organizados únicamente en función de la producción. Líneas rectas pensadas para el paso de maquinaria, para optimizar rendimiento, para cumplir un objetivo específico. Líneas que parecen no ser suficientes cuando lo que queremos es reconstruir una relación con la biodiversidad y los ecosistemas.
Pensar en los bosques que se habitan implica ampliar la mirada. Implica pasar de diseñar sistemas productivos a diseñar experiencias de relación entre las personas y lo vivo. No se trata solo de qué especies plantar, sino de cómo esas especies crecen y evolucionan para construir una experiencia. El diseño, en este contexto, no es sólo organización funcional, es una forma de coreografiar el encuentro. En esta búsqueda, la geometría aparece de forma casi inevitable. No como una imposición estética, sino como un lenguaje presente en la naturaleza misma. Desde la disposición de las hojas hasta los patrones de crecimiento de un bosque, existen órdenes que no responden a la grilla, sino a dinámicas más orgánicas y complejas.
Muchas culturas antiguas entendían esto profundamente. En los sistemas agrícolas andinos, por ejemplo, el diseño del territorio no respondía únicamente a la producción, sino también a una comprensión del paisaje como espacio de relación, observación y sentido. Esto se observa en prácticas como las terrazas, que permiten cultivar en laderas, regular el agua y crear microclimas. También se expresa en la dimensión ritual del cultivo: calendarios agrícolas vinculados a ciclos astronómicos, ofrendas a la tierra y ceremonias que acompañan la siembra y la cosecha. En este contexto, cultivar no era solo una actividad productiva, sino también una forma de leer, habitar y establecer vínculos simbólicos con el entorno. Se cultiva también la espiritualidad.

En mi propio quehacer, esta búsqueda ha ido tomando forma en proyectos que hemos trabajado en equipo, donde las diferentes miradas son la base para la construcción de paisajes que pasan a ser una experiencia.
Uno de ellos ha sido el diseño de un bosque sensorial en laberinto, un espacio donde la producción de alimento, la biodiversidad y el recorrido se entrelazan. Más que una composición vegetal, el laberinto propone una experiencia: un camino que no es lineal, que invita a perder la orientación habitual y a habitar el proceso. Buscar el centro deja de ser solo un destino y se transforma en un viaje. Perderse, en este contexto, no es un error, sino una posibilidad. A medida que se avanza, los sentidos se activan, los aromas cambian, las texturas aparecen, la luz se filtra de distintas formas y el cuerpo entra en otro ritmo. Como en la vida misma, no se trata solo de llegar, sino de recorrer.
Otro de los proyectos explora la idea de un bosque organizado en “islas”: pequeños sistemas vivos interconectados que, en conjunto, conforman un paisaje mayor. Un espacio con identidad propia, donde las especies no solo cumplen funciones ecológicas y productivas, sino que construyen una atmósfera particular. Cada isla representa un elemento, así, todo se hace presente: el agua, el fuego, la tierra, el aire y lo espiritual. Una forma de venerar lo esencial para la vida.
Con estos diseños siempre ocurre algo: el cuerpo desacelera, la atención se afina, se despierta la curiosidad, la experiencia se vuelve presente. Y en ese recorrido, poco a poco empezamos a sentirnos parte del bosque. Pero quizás lo más importante no son las islas, el laberinto, el espiral o la forma en sí misma, sino lo que ocurre cuando estás ahí. Los recorridos no son solo caminos, son espacios de transición donde el paisaje cambia, donde las atmósferas se mezclan. Cambios sutiles de densidad, de luz, de temperatura. El bosque no se presenta de una vez, se revela. Y en ese tránsito, se construye la experiencia.

Este enfoque dialoga también con lo que hoy sabemos sobre salud mental y naturaleza. Prácticas como el Shinrin-yoku (baño de bosque) proponen una inmersión consciente en entornos naturales, donde el objetivo no es hacer, sino estar. Investigaciones del médico Qing Li han demostrado efectos en la reducción del estrés y en la regulación del sistema nervioso. En la misma línea, la psiquiatra Sue Stuart-Smith plantea cómo interactuar con la naturaleza puede ser profundamente reparador. Estas investigaciones no solo validan la experiencia, sino que evidencian que el vínculo con la naturaleza es una necesidad biológica.
Habitar un bosque, aunque sea pequeño, aunque esté en el borde de una ciudad, puede ser una forma de volver. De bajar el ritmo, de afinar los sentidos, de sentirse parte.
Tal vez, entonces, no se trata de elegir entre conservar, producir o habitar, sinode integrar. De diseñar sistemas que regeneren, que alimenten y que, al mismo tiempo, inviten a ser vividos. Espacios donde las personas no solo observen, sino que participen. Donde puedan recorrer, tocar, cosechar, permanecer. Porque en un contexto de crisis ecológica, y también emocional, la distancia ya no alcanza. Porque la regeneración no ocurre solo en el suelo, ocurre en el vínculo que somos capaces de reconstruir con lo vivo. Y en ese gesto, aparentemente simple, pero profundamente transformador, es donde se puede gestar un nuevo futuro: no solo plantar más bosques, sino aprender, nuevamente, a vivir en ellos.
Referencias
FAO. (2021). Los pueblos indígenas y tribales y la gobernanza de los bosques en América Latina y el Caribe. Santiago: FAO (https://www.fao.org/indigenous-peoples/es/?utm_source)
Wilson, Edward O. (1989). Biofilia. Barcelona: Ediciones del Serbal.
Descola, Philippe. (2013). Más allá de naturaleza y cultura. Buenos Aires: Amorrortu.
Li, Qing. (2018). Baños de bosque: Cómo los árboles pueden ayudarte a encontrar salud y felicidad. Barcelona: RBA.
Stuart-Smith, Sue. (2020). Una mente bien ajardinada. Madrid: Debate.
Naturaleza en sociedad. (s.f.). Naturaleza en sociedad. Ocholibros.
Imagen de portada: Diseño de un bosque sensorial en laberinto. ©Daniel Ohtonqui

