Metamorfosis de Emanuele Coccia: la urgente continuidad de la vida

Por Meredith Root-Bernstein

El libro Metamorfosis de Emanuele Coccia, largamente esperado, se revela como un texto esencial de la filosofía del medio ambiente. Lo leí al principio de la pandemia cuando salió en francés, con la esperanza que me diera una inspiración importante. No me decepcionó. Es un libro al alcance de lectores no-filósofos (no soy filósofa), por la sencillez y falta de pretensión en la escritura. Su sofisticación se presenta como si fuera un poema, abierto a múltiples interpretaciones según la formación y estado de espíritu del lector. Además, tiene la forma de capítulos muy cortos, que facilitan la lectura e imitan las fases breves de huevos, orugas, y mariposas, repitiéndose en ciclos de vida.

Portada del libro en español por Editorial Cactus © Cactus

 

A veces tengo el problema de no recordar cómo pensaba antes de aprender las cosas que redefinieron radicalmente mi mundo. De cierta manera me parece difícil explicar en qué consiste el cambio de punto de vista que propone el libro. Tan profundos pero también sutiles son las lecciones de Metamorfosis. Sin embargo, voy a intentar explicar cómo el libro afectó mi pensamiento.

Cómo definir “la naturaleza” es un problema cada vez más complejo que se presenta a cada persona que trabaja en el ámbito de problemas medio-ambientales y la interacción entre humanos y los otros seres. Muchos críticos proponen que lo humano no es el opuesto a la naturaleza, mientras que una corriente de pensamiento popular continúa insistiendo en la separación moral de lo humano y la naturaleza como única manera de salvar el mundo de la destrucción antropogénica.  

El autor Emanuele Coccia © Damiano Fedeli

En su libro previo, La vida de las plantas, Coccia habla de la mixtura fundamental de sustancias (cuerpo, suelo, aire) a través de las plantas. Propone esa mixtura como la base de la vida. Ahora el autor lleva esta idea más allá de las plantas para plasmar una metafísica más completa. La naturaleza, según las ideas que nos vienen de los antiguos romanos, son las cosas que nacen. Coccia generaliza esta idea para proponer que la vida es lo que se transforma de cuerpo a cuerpo. La vida es una, diferenciada sólo por procesos de transformación. La metamorfosis de las ranas, los insectos, o los erizos de mar, proporciona entonces una metáfora para entender qué significa nacer (y no al revés: la mariposa no es renacida sino que la guagua es un tipo de mariposa). Nacer entonces no es un principio, sino una continuación de los cuerpos y materias (esperma) de nuestros padres. 

La metamorfosis de las ranas, los insectos, o los erizos de mar, proporciona una metáfora para entender qué significa nacer. Nacer no como un principio, sino como una continuación.

De igual manera, la evolución nos enseña que toda especie es la modificación de otra especie.  Aunque eso se sepa de manera intelectual, es alucinante reflexionar con Coccia que esta continuidad teórica de especies implica una continuidad material, física, de cuerpos. Mi cuerpo es la extensión, la continuidad de forma de otras vida anteriores. Nuestros cuerpos se reconstruyen regularmente: los genes, la piel, los nervios, etc. Mi dedo no es materialmente idéntico al dedo de mis padres o de un ancestro proto-mamífero. Nuestros cuerpos son reciclados. Sin embargo la no-continuidad a nivel molecular entre yo y un ancestro proto-mamífero, es solamente posible debido a la continuidad material en el presente con todo lo que me alimenta.  La alimentación representa otra forma complementaria de metamorfosis.

Con la alimentación vemos cómo la vida, en tanto todo lo que tiene proceso de metamorfosis, también tiene implicancias para entender la ecología. Sin nada que comer para reciclarme, crecer, y transformarme el cuerpo, la vida sería imposible. Morir y ser comido no es un fin, de igual manera que nacer no es un principio. Todo lo muerto es transformado en materia que alimenta a seres diversos. La ecología entonces es un patrón complejo de transformaciones materiales. Si bien un ecólogo está habituado a pensar en términos de ciclos de nutrientes o de agua que pasan por fases inorgánicas, orgánicas, en el suelo, en el aire, etc., hay muchos procesos ecológicos que no se piensan cómo ciclos de interconversión y transformación.  Solemos pensar muchos procesos ecológicos como dinámicos unidireccionales que producen resultados buenos o malos. Pensamos en la biodiversidad que aumenta o disminuye, en especies que se mantienen o se extinguen, en genes que proliferan o desaparecen, y en bosques que se degradan o que son conservados. La conservación de la naturaleza se presenta frecuentemente como la última oportunidad de fijar el resultado del mundo (el resultado de la evolución, de la historia humana, etc.) en un estado bueno.

A diferencia de esta lectura típica de la ecología, en lo que todo tiende hacia un mosaico de estados que corresponde o no a la correcta organización moral del mundo, la metamorfosis nos dice que toda tendencia y todo estado es temporal y necesario para la transformación a otros estados. No estamos tendiendo hacia un estado final del mundo.

Ilustraciones de María Sibylla Merian, la primera naturalista en describir el fenómeno de la metamorfosis © María Sibylla Merian 

Para mí, la idea de una transformación continua de toda materia y cada estado ecológico, situado en el espacio ambiguo y poderoso entre lo obvio y lo radicalmente no-obvio (como toda la obra de Coccia), me dirigió hacia otras preguntas misteriosas. En la biología evolutiva, si bien sabemos que la vida tiene un solo origen y se ha ramificado después, se presume que la existencia de especies físicamente y genéticamente aisladas es algo inevitable. La discontinuidad de la vida nunca se cuestiona, pero de repente Metamorfosis hizo que me la cuestionara ¿Por qué la vida no consiste en una sola célula de continuidad física ininterrumpida, innovando comportamientos de momento a momento?; ¿por qué toda la vida no es una sola especie genética que varía por procesos de desarrollo e influencia medioambiental?; ¿por qué los “paquetes” materiales que son los cuerpos vienen en tamaños muy pequeños hasta muy grandes?; ¿por qué hay mucho más materia de biomasa en los cnidarios (animales tales como las medusas) que en las aves, etc.? Mientras algunas de estas preguntas tienen respuestas técnicas más o menos satisfactorias, el porqué fundamental para la evolución y para la metafísica demanda más atención. Por ejemplo, el mero hecho de la existencia de mutaciones genéticas o barreras geográficas no explica por qué la vida deja que estos mecanismos creen especies como unidades básicas de la naturaleza. Eso se ve en la observación de Darwin (1859): el mismo diagrama de ramificación (y los mismos mecanismos) pueden describir la variación entre individuos, entre poblaciones, entre especies, o entre reinos. Entendemos solamente algunos de estos niveles de variación como indicando unidades aisladas biológicas (especies y reinos). Por ende, la supuesta aislación de unidades biológicas no surge lógicamente de procesos de variación en sí.

La pregunta de porqué la metamorfosis existe no es sólo una pregunta para entender mejor la evolución de invertebrados y anfibios: es una pregunta que debemos tomar en serio para entender la evolución de la vida misma ¿Por qué la vida no es una Gaia en forma de monstruo blob? ¿Qué es, en la evolución de la vida, lo que nos impone momentos de desarticulación y transformación, contra una continuidad fundamental?

Renacuajo de Theloderma corticale justo antes de la metamorfosis © Chris Mattison

En mi lectura de Metamorfosis, una parte de la respuesta es que la vida, siendo física y material, es un objeto técnico con múltiples potenciales o ofrecimientos. Cada potencial técnico invita a articular nuevos espacios de vida dentro de la vida ya existente. Coccia desarrolla esa idea con el concepto del capullo como objeto técnico de excelencia. El capullo, dentro del que una oruga se convierte en mariposa, es la herramienta con que se cambia el mundo. Eso porque al cambiar el cuerpo, se cambia al mismo tiempo su manera de percibir y de ser en el mundo, su nicho y su Umwelt. Dentro de cada proceso de transformación en la materia de la vida, se esconde la construcción de una infinidad de mundos dentro de mundos. Por ende, la vida no mantiene una textura uniforme, sino que cada vida proporciona espacios y oportunidades para hacer otras vidas: cada vida puede vehicular otras vidas. El autor dice (traducción del francés): “Si tenemos un cuerpo, no es para mejor adherir a un aquí y ahora, sino para poder cambiar de lugar, cambiar de tiempo, cambiar de espacio, cambiar de forma, cambiar de materia”. Cada persona vehicula todo un mundo adentro como fuera de sí. El concepto biológico del holobiont, o sea, que dentro de cada cuerpo multicelular hay una ecología de microbios, especies comensales y parásitos, que ya es muy interesante, toma una significancia adicional.  Nos da una explicación de porqué no somos una Gaia uniforme y continua en forma de «monstruo blob»: la materia orgánica de la vida se manifiesta como una ecología de objetos técnicos que proporcionan la arquitectura de múltiples mundos. 

Según Coccia, el capullo, dentro del que una oruga se convierte en mariposa, es la herramienta con que se cambia el mundo © Louis-Michel Nageleisen

Si no fue suficiente empujarnos a repensar ciertos problemas importantes en la teoría de la evolución biológica, estas ideas tienen, además, implicancias para el diseño y la arquitectura, el urbanismo y la conservación de espacios naturales.  ¿Dónde en nuestras concepciones de la vida y la naturaleza damos espacio y posibilidad para que todos los seres varíen en su manera de vivir, y recíprocamente transformen nuestros paisajes?  Tenemos que re-pensar el mundo natural como un conjunto de otros diseñadores, arquitectos y paisajistas dando forma a mundos sin nuestro conocimiento y fuera de nuestro control.  Entra, por ejemplo, el concepto de “especies jardineros” capaces de crear estructuras en el medio ambiente, además, capaces de dar las condiciones de vida a otras especies y que transporten semillas y nutrientes por el paisaje.  Estas funciones ecológicas de conexión y estructuración pueden contrarrestar nuestra cultura actual de aislar y controlar cada uso de suelo, creando sistemas fragilizados frente a las variaciones y transformaciones medio-ambientales y climáticas.  Separarnos del mundo natural y fijar nuestro ambiente humano en un estado conocido y controlado, no es la condición de un futuro resiliente y fructífero sino que fundamentalmente contrario a la vida misma, el colmo de la futilidad.  

Metamorfosis de Coccia es un libro urgente para toda persona que se atreva transformar su entendimiento de nuestro mundo.

 

Ficha técnica:

Ediciones Cactus, Argentina

Traducción Pablo Ires

ISBN 978-987-3831-52-2

Primera edición febrero de 2021

192 páginas.

Bibliografía:

Coccia, E. 2020.  Métamorphoses.  Paris: Bibliothèque Rivages.  

Darwin, C. 1859.  The origin of species by means of natural selection of the preservation of favoured races in the struggle of life.  New York: Signet Classics.

Gibson, J.J. 1986.  The Ecological Approach to Visual Perception.  New York : Psychology Press.  

Imagen de Portada: Los lepidópteros, conocidos generalmente como mariposas, son los insectos más conocidos por hacer metamorfosis. De hecho, en la imagen se ven varias mariposas en su estado de adultez © Meg Jerrard

Sobre la autora: 

Meredith Root-Bernstein es ecóloga e investigadora en el Centro Nacional de Investigación Científica (CNRS) al Museo Nacional de Historia Natural en Paris, Francia.  Es además investigadora asociada en CAPES y en el Instituto de Ecología y Biodiversidad, en Santiago, Chile, y co-fundadora de la ONG chileno Kintu. Trabaja sobre ecología, conservación y restauración de Chile central, e igualmente ha trabajado en proyectos en Italia, en Lesotho y prontamente en Sudán. 

 

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