Una breve lectura filosófica sobre esa otra alteridad: Las Plantas

Por Pedro Pablo Achondo Moya

¿Qué somos frente a una planta? ¿Qué es una planta frente al humano y que es capaz de transmitirle, enseñarle, comunicarle? Las plantas han estado allí desde muchísimo antes que nosotros, pero pareciera que solo hace algunas décadas y en pocos casos, siglos; el pensamiento filosófico, la reflexión antropológica y la ecología en relación con lo humano, han comenzado a tomarlas en serio. Hoy hablamos de entramados y vínculos, de entrelazamientos y marañas. Lo no humano y la alteridad de las plantas cada vez más va tomando protagonismo a la hora de comprender el mundo y de interpretar las relaciones que se establecen con todo lo que nos rodea. A fin de cuentas: ¿No deberíamos comenzar a dialogar con ellas y establecer nuevas alianzas y vínculos?

En esta breve reflexión quisiera compartir cómo eso otro -esa alteridad no humana- puede ser hoy uno de los engranajes para repensar la vida en su totalidad y entramados diversos. Vale la pena volver sobre ello y darles el espacio necesario en estos tiempos de crisis multidimensional donde como pueblo nos pensamos en un Proceso Constituyente. Lo haré aludiendo a algunos autores que se posicionan desde esta vereda, la de las plantas y la de la alteridad.

«Pensar la alteridad y desde la alteridad, nos sitúa en el lugar de la extrañeza y la familiaridad.» © Dominic Vogl

Las plantas, según el filósofo canadiense Michael Marder; quien hace poco fue entrevistado en Endémico web, han sido -extrañamente- marginales en el pensar (2016: 72). Tanto la filosofía como otras vertientes de pensamiento occidental, sobre todo, las han mantenido en un margen conceptual, a diferencia de los animales y otros cohabitantes del territorio. Las plantas apenas han sido consideradas a la hora de interpretar el mundo o, al menos, conocerlo mejor. Sin embargo, ello ha ido cambiando profundamente en las últimas décadas. Al inicio de su obra “Yo y Tú”, el filósofo judío Martin Buber, considerado uno de los precursores de la filosofía de la alteridad – que posteriormente conocerá uno de sus puntos más altos con Emmanuel Levinas – nos dice: “Contemplo un árbol. Puedo registrarlo como imagen […] Puedo percibirlo como movimiento […] Puedo clasificarlo en una especie y observarlo…” y continúa demostrando que, en cualquiera de estos casos y otros, el árbol permanece como un objeto, su objeto: objeto de análisis, de contemplación, de clasificación. Pero, (y aquí comienza el giro propio de la filosofía de la alteridad) es posible “que yo, al contemplar el árbol, por propia gracia y voluntad me vea llevado a entrar en relación con él, y entonces el árbol ya no sea más un eso” (2013: 14).

Sumergirnos en la vida de las plantas nos permitirá dar los pasos para descentrarnos del vicioso antropocentrismo.

Es el acto fundacional de la relación. El árbol, la planta, el arbusto; eso otro comienza recién a aparecer. Deja de ser un objeto humanizado, un eso domesticado por el mirar humano, el pensar humano, el decir humano. Esto no es cosa banal ni simple. Pues nuestras propias categorías de pensamiento han sido domesticadas por creencias, lenguajes, ideas y conceptos. Hemos sido formados desde ciertas ontologías. Ellas nos habitan y desde ellas conocemos y comprendemos el mundo. No es aventurado decir, que uno de los factores del colapso climático, las aberraciones en materia de justicia eco-social y la inmovilidad estructural para cambiar política y éticamente, tienen que ver con esto. Vemos cómo nos enseñaron a ver y nos parece imposible seguir aprendiendo a mirar de otras maneras y a partir de los otros y de lo otro.

Y sigue Buber, “el árbol no es una impresión, ni un juego de mi imaginación, ni un valor que depende del estado de ánimo, sino que existe ante mí y tiene que ver conmigo como yo con él, solo que de otra forma” (2013: 15). Esta reflexión casi intuitiva es de una fuerza extraordinaria. Ese otro delante de mí me ve como otro. Es inevitable pensar en las propuestas del Perspectivismo Amerindio del antropólogo Eduardo Viveiros de Castro. No todo nos mira como los humanos miramos.

«¿No deberíamos comenzar a dialogar con ellas y establecer nuevas alianzas y vínculos?» © Olena Sergienko

La alteridad, el pensar la alteridad y desde la alteridad, nos sitúa en el lugar de la extrañeza y la familiaridad. Hay algo que nos une, que nos vincula con ese otro, con esa planta, con ese bosque. Pero al mismo tiempo hay una extrañeza, una distancia infinita – diría Levinas – una diferencia absoluta. Era Stefano Mancuso, reconocido neurobiólogo vegetal, quien se asombraba de que las ficciones humanas sobre posibles seres extraterrestres fueran más o menos humanoides: con brazos, algunos órganos para mirar, una especie de boca o al menos algo como una cabeza. Su asombro consistía en esa proyección “humana” hacia estos seres de otros mundos, cuando, si efectivamente hay “algo” totalmente “extraterrestre”, son las plantas. Una alteridad en forma, apariencia, funcionamiento, ciclos, procesos, adaptabilidad, longevidad, genética. Ellas son las alienígenas que nos rodean y encantan. Allí están en su variedad y diversidad, en su misterio y silencio. Allí están con su inteligencia otra, su comunicación vegetal, su metamorfosis extraordinaria – como Goethe cayó en la cuenta en sus observaciones de las plantas: “hacia adelante o hacia atrás, la planta es siempre hoja” (2015: 117) – y sus engaños y seducciones para conquistar y sobrevivir.

En “La vida de las plantas”, el filósofo italiano Emanuele Coccia profundiza, de forma notable, en la vida de aquella alteridad vegetal. Para él interrogar a las plantas es conocer el mundo, porque ellas son las constructoras de éste. Ellas generan su propio mundo, “todo lo que tocan, lo transforman en vida; de la materia, del aire, de la luz solar hacen lo que para el resto de los vivientes será un espacio para habitar, un mundo” (2017: 22). Tanto es así que llega a decir que “desde un cierto punto de vista, las plantas jamás han abandonado el mar: ellas lo han traído ahí dónde no existía. Han transformado el universo en un inmenso mar atmosférico y han transmitido a todos los seres sus hábitos marinos. La fotosíntesis no es más que el proceso cósmico de fluidificación del universo” (2017: 46).

«En el mundo del ensueño el árbol no se establece nunca como ser acabado», dice Gastón Bachelard  © Pedro Pablo Achondo e Isidora Ayala.

Sumergirnos en la vida de las plantas nos permitirá dar los pasos para descentrarnos del vicioso antropocentrismo. Salir de allí es un imperativo de nuestra época, pero para ello es necesario re-descubrir esa extraña cercanía y esa distancia infinita con la alteridad del mundo vegetal. Salir del estatuto de la clasificación para respirar el aire que viene de ellas y vuelve a ellas. Reestablecer y reinventar la relación. Comprender, con ayuda de la ciencia, pero también de otros saberes y aproximaciones aquello que Marder denomina procesos sub-orgánicos y ensambles supra-orgánicos (2016: 65), es decir, seres que habitan por debajo del suelo conversando y comunicándose; mientras se mecen desde sus copas innumerables e infinidad de hojas generando un superorganismo vegetal. Allí, el mismo Marder, sugiere una interpretación: nosotros también habitamos lo micro y lo macro, también generamos y somos generados en interrelaciones sub y supra. Somos individualidades, unicidades, y al mismo tiempo, colectivos, enjambres, masas, pueblos y tribus. Somos y nos configuramos en esos entramados del nosotros, entramados donde lo otro-que-humano (las plantas, en este caso) forma parte fundamental. Esto nunca más lo deberíamos olvidar.

Reconocernos en este entramado de alteridades permitirá una mejor polinización humano-planta, una fluidez en la corresponsabilidad y mutua fecundación. Si es verdad “que me realizo en el tú; volviéndome yo, digo tú”, como afirma Buber (2013: 17); entonces puedo también volverme yo frente al tú del árbol. La planta y su otredad me hacen ser quien soy, al entrar en relación con ella y permitirle aparecer, realmente, en su ser planta, la dejo ser quien es. Y allí, la planta se nos revela.

Mejor citar al poeta Rilke: “Si quieres lograr la existencia de un árbol, / Invístelo de espacio interno, ese espacio / Que tiene su ser en ti. Cíñelo de restricciones. / Es sin límites, y sólo es realmente árbol / Cuando se ordena en el seno de tu renunciamiento”. En la renuncia del yo que proyecta, del yo que domestica, del yo que transgrede; aparece aquella alteridad simplemente: es un árbol. Comentando este texto, Gastón Bachelard complejiza nuestra reflexión al decir que: “el árbol necesita que tú le des tus imágenes superabundantes, nutridas por tu espacio íntimo, por «ese espacio que tiene su ser en ti«. Entonces el árbol y su soñador, juntos, se ordenan, crecen. En el mundo del ensueño el árbol no se establece nunca como ser acabado” (2000: 176). Más que complejizar, en realidad, da cuenta de la relacionalidad que se establece, de ese juego de idas y venidas entre el yo humano y el tú del árbol, entre el yo vegetal y el tú humano. Entre el eso y el tú. Uno en el otro, intentando “acabar”, completar, para comprender aquella alteridad infranqueable que se nos escapa. Alteridad que de alguna manera nos habita. Ese tú de la planta nunca es un totalmente desconocido. Pues ella tiene parte de su ser en mí. Ahora bien, ¿no será que ella, a su vez, posee en su ser una parte de lo humano? De esa manera la relación se vuelve posible.

Virar el timón del antropocentrismo y de la ruptura o negación de la relación es un deber para, como pueblo de pueblos, como nación humano-vegetal o, mejor todavía, como territorios en co-construcción y disputa; llegar a algo como una Constitución Ecosocial, que luego permita y abra procesos de generación de nuevas alianzas y propuestas territoriales. La Constitución Ecológica que esperamos – y la interesante labor de la Convención en diálogo ciudadano – tiene una doble tarea: cambiar el lenguaje antropocéntrico y suscitar que la alteridad de las plantas (y de todo lo otro-que-humano) sea reconocida, reformulada y manifestada como una potencia transformadora y una matriz de conocimiento, como semilla que se va abriendo.

Bosques de alerce en La Unión. © Pedro Pablo Achondo e Isidora Ayala.

Referencias

Bacherald, Gastón. (2000). La poética del espacio. Buenos Aires: FCE.

Buber, Martin. (2013). Yo y Tú. Y otros ensayos. Buenos Aires: Prometeo Libros.

Coccia, Emanuel. (2017). La vida de las plantas. Una metafísica de la mixtura. Buenos Aires: Miño y Dávila Editorial.

Goethe, J.W. von. (2015). La metamorfosis de las plantas. Barcelona: Editorial Pau de Damasc.

Mancuso, Stefano. (2017). El futuro es vegetal. Barcelona: Galaxia Gutenberg.

Marder, Michael. (2016). Grafts. Writings on plants. Minneapolis: Univocal.

Sobre el Autor

Pedro Pablo Achondo Moya es teólogo y poeta, Doctorando en Territorio, Espacio y Sociedad (D_TES) FAU. Universidad de Chile. Académico de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso y Universidad Alberto Hurtado. @PedroPablo_AM

Imagen de portada: David Clode a través de Unsplash.com

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