Tortel, caleta de turberas

Por Carolina Rodríguez y Marvin Gabriel

Caleta Tortel, con sus pasarelas perfumadas de ciprés, su cercanía a los fiordos y su dureza austral, es uno de los emblemas de la Región de Aysén. Muchos terrenos en sus alrededores corresponden a sitios muy húmedos, donde crecen plantas y musgos formando cojines o alfombras. Las especies que allí priman son el musgo pompón (Sphagnum magellanicum) en las zonas protegidas del viento; o bien la Astelia (Astelia pumila) y Donatia (Donatia fascicularis) en las zonas altas expuestas al viento. Los más antiguos de estos sitios tienen un suelo formado por un sustrato oscuro, blando, restos de esas plantas y agua. Tales sitios son ecosistemas con características especiales llamados Turberas, y conocidas en Caleta Tortel como turbas o tembladeras.

A primera vista las turberas parecen inútiles. Nadie introduce ganado a pastar en ellas, ya que tienen poco pasto o plantas apetitosas, y en cambio suelos blandos donde los animales pueden hundirse y morir atrapados. Si quisiéramos construir una casa, la turbera sería el peor lugar. Los cimientos para sostenerla se hundirían con el tiempo, hasta dejarla enterrada en el “barro”. Y si quisiéramos plantar papas o lechugas, el exceso de agua de la turbera terminaría por ahogar nuestros almácigos. Entonces te preguntarás ¿para qué sirven las turberas? o ¿por qué perdemos el tiempo prestándoles atención? Hay un par de razones simples pero importantes. Para conocerlas, hundámonos un poco en estos ecosistemas.

Atrapamoscas, Donatia en flor y Musgo Pompón en turbera de Tortel. © Carolina Rodríguez

Un ecosistema de restos

Las turberas son ecosistemas originados por la acumulación de turba, el sustrato oscuro y húmedo con restos de plantas semi-descompuestas que forma sus suelos. Así, las turberas poseen los únicos suelos del planeta capaces de autogenerarse, ello gracias a las plantas especiales que las habitan. Los restos que decaen de las plantas se depositan en el suelo húmedo, y gracias al agua y la baja temperatura, se descomponen muy lentamente, acumulándose año tras año. Así, se forma un sustrato de suelo a base de restos de raíces, hojas, tallos, musgos, madera e incluso partes de insectos. Ese sustrato se llama turba. Las turberas cumplen funciones muy importantes como reserva de agua, mitigadoras del cambio climático, refugios de biodiversidad, y como amortiguadores de la erosión e inundaciones. Sin embargo, en algunas regiones de Chile, muchas turberas fueron explotadas y devastadas para extraer musgo pompón y turba. Tal es el caso de la Región de los Lagos y desde hace algunos años también la de Aysén. Pero vamos por parte.

En las turberas crecen plantas adaptadas a la humedad (por ejemplo juncos, totoras y musgos). Mientras que en los bosques la mayoría de los organismos que descomponen la materia orgánica para alimentarse (bacterias, micro-organismos e insectos) precisan oxígeno para existir, en las turberas sólo sobreviven organismos capaces de descomponer la materia orgánica bajo el agua, llamados “anaeróbicos” (an= sin, aeróbico=aire). Estos organismos son menos numerosos, se demoran en llegar y son lentos para comer. Por ende, no acaban el buffet al cabo de una temporada, sumándose al menú de restos de plantas del periodo anterior, las que decaen durante el actual. Al ser la acumulación de materia orgánica (el buffet) más rápida que su descomposición (la comilona de los organismos anaeróbicos), se forma la turba.

Las turberas cumplen funciones muy importantes como reserva de agua, mitigadoras del cambio climático, refugios de biodiversidad, y como amortiguadores de la erosión e inundaciones.

Los científicos Hans Joosten y Donald Clarke estudiaron por décadas las turberas del mundo. Estos turberólogos definieron que si el suelo tiene ≥30% de materia orgánica (o sea, de restos de plantas muertas) se le puede llamar turba. Así mismo, pudieron constatar que si la capa de turba tiene un grosor ≥30 cm, entonces estamos frente a una turbera. Estas definiciones no son absolutas y se relacionan con la capacidad del ecosistema para desarrollarse y regenerarse.

Hebras de musgo Pompón vivo (Sphagnum-magellanicum) de hasta 24 cm de largo © Carolina Rodríguez.

Depositarios de la historia del territorio

Mientras la turbera permanezca húmeda, los restos orgánicos depositados en la turba persistirán. Así, quienes estudian la turba, encuentran en ella la historia de los bosques, erupciones volcánicas, climas y cambios en el paisaje. Por ejemplo, en una turbera localizada en zona montañosa del río Pascua fueron hallados restos de Juncáceas que existieron hace cerca de 4.600 años (según datación 14C). Tales muestras fueron extraídas de turba a 3 metros de profundidad, en un ecosistema donde hoy dominan plantas pulvinadas, como la Astelia pumilia y la Donatia fascicularis (Rodríguez Martínez, 2015).

Por otro lado, las plantas de las turberas tienen tejidos porosos capaces de acumular mucha agua. Cuando las plantas decaen y forman la turba, mantienen esa cualidad. Se calcula que las turberas almacenan un 10% del agua dulce del planeta fuera de los glaciares (Joosten & Clarke, 2002). Con su gran porosidad, la turba actúa como una esponja, convirtiendo las turberas en grandes reservas de agua dulce y en tremendos amortiguadores naturales ante inundaciones. En efecto, muestras de turba de musgos Sphagnum magellanicum extraídas del sector de Los Remolinos, a 3 km de Caleta Tortel, atestiguan la capacidad de retener 93% de su peso en agua. Entonces, las turberas absorben enormes volúmenes de agua ante las crecidas estivales de los ríos de Aysén, reduciendo los daños por inundaciones, comunes a lo largo del Baker, Pascua y Nef, producto de vaciamientos abruptos de lagos glaciares (GLOF’s por su abreviación en inglés).

Otro aspecto mundialmente valorado es la capacidad de las turberas de reducir el dióxido de carbono atmosférico (CO2), uno de los gases responsables del calentamiento global. Las plantas que alguna vez habitaron una turbera, absorbieron de la atmósfera el CO2, usando el carbono (C) para crecer, y liberando oxígeno (O2). La estimación del volumen, área y tipo de sustrato de las turberas es clave para valorar su captación de CO2. Según un estudio actual (Xu et al., 2018) 4,23 millones de km² en el planeta están cubiertos por turberas. Eso es 3% de la superficie terrestre. Investigaciones realizadas por Leifeld & Menichetti (2018) han calculado que esa área ha almacenado en forma de turba un tercio del carbono presente en los suelos del planeta (cerca de 644 gigatoneladas), que de otra manera estaría en la atmósfera en forma de CO2. Las turberas de Aysén que atestiguan el mayor almacenamiento de carbono son aquellas cuya turba se forma por restos de ericáceas (Pernettya mucronata y Empretrum rubrum), con un 55% de carbono en el total de materia orgánica. Este es uno de los sustratos más comunes en turberas cercanas a Tortel (Rodríguez Martínez, 2015).

Turberas sanas y húmedas almacenarán carbono, pero si son perturbadas, drenadas, su turba extraída, o peor aún, quemada, el carbono sería emitido voluptuosamente como CO2 a la atmósfera. La destrucción de las turberas podría liberar 65 veces la cantidad de CO2 que en 2018 generó el consumo de combustibles fósiles en el planeta (autos, vuelos e industrias) (http://www.globalcarbonatlas.org/en/CO2-emissions). Así, las turberas dañadas acelerarían el calentamiento global, con todas las consecuencias que ya conocemos o no tardaremos en conocer.

Renovales de Ciprés de las Guaitecas en Turberas cercanas a Caleta Tortel © Carolina Rodríguez.

Lo que sabemos y lo que falta por saber

La resiliencia biológica que las turberas brindan ha sido documentada a nivel mundial (Kimmel & Mander, 2010). En la Patagonia de Aysén, esa resiliencia fue clave durante los grandes incendios provocados por los colonos a comienzos del siglo XX. Durante ese periodo, las turberas conservaron en sus suelos saturados los renovales y semillas de Ciprés de la Guaitecas (Pilgerodendron uviferum), y de otras especies amenazadas, cuya reforestación hoy se promueve en Aysén.

En Chile se trabaja en calcular el área total de turberas, pues las cifras existentes son ambiguas, producidas por sensoría remota y con escaso trabajo de campo. Al menos sabemos que la mayoría se encuentra en la Patagonia Chilena, desde Los Lagos a Magallanes. Según el Plan Nacional de Protección de Humedales, Patagonia albergaría cerca de 3,7 millones hectáreas de turberas, con 340.000 hectáreas en Aysén (MMA, 2018).

Las turberas, sin embargo, son vulnerables debido a su formación lentísima. Aysén por ejemplo, tiene una tasa de acumulación de turba de 0,5-1,0 milímetros por año, siendo necesarios 1000 a 2000 años para acumular un metro! (Rodríguez Martínez 2015). Las épocas de sequías y los drenajes airean la turba, dando paso a organismos aeróbicos (y ya no solo los poquitos comensales anaeróbicos) que descompondrán la turba, liberando el CO2, mineralizando la turba y anulando así su acumulación.

Camión en ferry Crux Australis rumbo a Magallanes, cargado de musgo pompón cosechado en cercanías de Tortel © Carolina-Rodríguez.

Glaciares verdes en amenaza

Actualmente, la gran amenaza a las turberas chilenas es la extracción del musgo pompón (Sphagnum magellanicum). Este musgo, principal formador de turba, se exporta como insumo hortícola, especialmente a Taiwán y otros países asiáticos. Mientras más larga sea la hebra del musgo, más alto es su valor comercial. En Chile su extracción está pobremente regulada y los datos científicos sobre su desarrollo son escasísimos. Ello se debe a que los experimentos sobre su crecimiento duran varios años, y muchos “pomponeros” (quienes extraen el musgo) no quieren postergar su provecho económico inmediato. En Magallanes, los estudios muestran un crecimiento de la hebra del musgo entre 2,5 y 5 mm por año (Domínguez & Larraín, 2012), por lo que la regeneración de una cosecha de hebras de 14 cm demoraría 28 a 56 años. Allí, la extracción del musgo pompón genera un beneficio económico reducido a una década, mientras que sus consecuencias (emisión de CO2, inundaciones, etc.) durarán cientos de años, hasta que el ecosistema logre recuperarse.

Quienes estudian la turba, encuentran en ella la historia de los bosques, erupciones volcánicas, climas y cambios en el paisaje.

La situación se agrava, por tratarse de una actividad extractiva foránea sin antecedentes en las prácticas locales, adoptada por comunidades carentes de experiencias ancestrales de manejo y de conocimientos sobre ciclos naturales de estos ecosistemas, mucho menos sobre las consecuencias de su destrucción. Ejemplo de ello es la Isla Grande de Chiloé, donde desde hace tres décadas se ha extraído turba y musgo pompón de las turberas (Díaz et al. 2005). Las turberas eran los “glaciares verdes” de la isla, y en parte almacenaban los 2000 mm de precipitaciones invernales que caen en Chiloé, manteniendo un equilibrio hídrico durante los veranos secos de la isla. (www.es.climate-data.org). Por ejemplo, el 2016 la crisis hídrica estival impuso la necesidad de camiones aljibe para distribuir agua en diversas comunas de Chiloé (Noticias soychile.cl, 2016). Junto al crecimiento de la población, la demanda de agua de las salmoneras, las plantaciones de pino y eucaliptus, el cambio climático y la destrucción de las turberas han agravado el desastre hídrico de la isla.

Nos sobran razones para valorar las turberas. Las comunidades de sitios aún prístinos de la Patagonia chilena donde éstas abundan, tales como Caleta Tortel, pueden exigir a sus gobernantes la protección y manejo sensato de esos ecosistemas. Especialmente, porque existen formas de ponerlas en valor, sin impactos ecológicos y con beneficios económicos comunes. Así demuestran diversas iniciativas internacionales en turismo de intereses especiales, centros de educación ambiental, museos paleo-ecológicos de sitio, y ventas de bonos de carbono asociadas a turberas. De esa forma, muchos sitios de Aysén podrían desarrollarse sustentablemente para que Tortel pueda seguir siendo una linda Caleta con “caleta” de turberas.

Típico paisaje de turberas prístinas en las cercanías de Tortel © Carolina Rodríguez.

Referencias

Diaz, M.F, Larrain, J. & Zeggers, G. (2005) Antecedentes sobre la importancia de las turberas y el pompón en la isla de Chiloé. Fundación Darwin, 32 pp.

Dominguez, E. & Larraín, J. (2012) Sphagnum magellanicum (pompon): el musgo de la turbera. INIA-CRI-KAMPENAIKE. Informativo N°31, 2012.

Joosten, H. & Clarke, D. (2002) Wise use of mires and peatlands -background and principles including a framework for decision-making. International Mire Conservation Group & International Peat Society, Saarijarvi, Finland, 304 pp.

Kimmel, K. & Mandar, Ü. (2010) Ecosystem services of peatlands: Implications for restoration. Progress in Physical Geography, 34 (4), 491-514.

Leifeld, J. & Menichetti, L. (2018) The underappreciated potential of peatlands in global climate change mitigation strategies. Nature Communications, 9 (1071), 1-7.

Ministerio del Medioambiente MMA (2018) Plan Nacional de Protección de Humedales 2018-2022.

Rodríguez Martínez, A.C. (2015) Hydrogeomorphic classification of mire ecosystems within the Baker and Pascua Basins in the Region Aysén, Chilean Patagonia – a tool for their assessment and monitoring”. Tesis doctoral. Bodenkundliche Abteilung der Humboldt Universität zu Berlin. Alemania.

Noticias soychile.cl (2016) www.soychile.cl/Chiloe/Sociedad/2016/11/06/427935/Chiloe-habitantes-rurales-se-organizan-para-combatir-escasez-de-agua.aspx.

Xu J., Morris P.J., Liu J., Holden J. (2018) PEATMAP: Refining estimates of global peatland distribution based on a meta-analysis. Catena, 160:134-140.

Sobre los Autores

Carolina Rodríguez 

Socióloga de la Universidad de Chile, Máster en Manejo Integrado de Recursos Naturales y Doctora en Ciencias Agrarias por la Humboldt-Universität zu Berlin. Desde 2008 investiga y difunde la importancia de las turberas en Chile, Argentina, Sudáfrica, Kirgistán y Alemania. En 2015 cofunda en Chile la iniciativa www.miresofchile.cl y trabaja como investigadora, educadora ambiental y guía de naturaleza. Actualmente reside en Alemania. Contacto: carolina.rodriguez@miresofchile.cl

Marvin Gabriel

Geógrafo físico y Máster en Ecología del Paisaje egresado de la Leibniz Universität Hannover. Doctor en Ciencias Agrarias por la Humboldt Universität zu Berlin. Desde 2010 investiga y difunde la importancia de las turberas en Chile, Alemania y Sudáfrica. En 2015 cofunda en Chile la iniciativa www.miresofchile.cl y trabaja como investigador, educador ambiental y guía de kayak. Actualmente reside en Alemania. Contacto: marvin.gabriel@miresofchile.cl

Imagen de portada: Típico paisaje de turberas prístinas en las cercanías de Tortel © Carolina Rodríguez.

 

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