Las turberas de Nahuelbuta

El artículo de hoy es una colaboración entre el biólogo Bastian Gygli y el antropólogo Jens Benöhr, quienes nos cuentan sobre la existencia de un particular ecosistema en las alturas de Nahuelbuta, en el sur de Chile. En la Cordillera de los Andes, los glaciares resguardan el agua. Durante el invierno, las precipitaciones son convertidas […]

El artículo de hoy es una colaboración entre el biólogo Bastian Gygli y el antropólogo Jens Benöhr, quienes nos cuentan sobre la existencia de un particular ecosistema en las alturas de Nahuelbuta, en el sur de Chile.

En la Cordillera de los Andes, los glaciares resguardan el agua. Durante el invierno, las precipitaciones son convertidas en nieve y hielo. Luego en primavera, el deshielo entrega el agua a los ríos, los cuales pueden seguir fluyendo en verano gracias a este gran aporte a su caudal. Sin embargo, en la Cordillera de la Costa, especialmente en las alturas de Nahuelbuta, ya hace milenios que los glaciares desaparecieron. Entonces, ¿por qué fluyen aún los ríos con fuerza en el verano? ¿Dónde es acumulada el agua de invierno que permite la existencia de ríos y esteros estivales? Parte de la respuesta está en un ecosistema poco conocido, donde pequeños seres se unen para construir enormes reservorios de agua. Esta es la historia de las turberas de Nahuelbuta.

Glaciares verdes

Cada día, una gran cantidad de agua se evapora desde la superficie del océano Pacífico y luego se condensa, agrupándose en forma de nubes. Éstas ingresan al continente americano en forma de vaguada costera. En el sur de Chile, esta vaguada choca con las montañas de Nahuelbuta, una sección de la Cordillera de la Costa que puede alcanzar los 1.500 msnm y que se extiende de sur a norte, desde el río Imperial hasta el río Biobío. Este cordón montañoso se encuentra surcado por inmunerables esteros, cascadas y decenas de ríos. Además, posee dos grandes lagos, Lanalhue y Lleu Lleu. Todo este universo hídrico es alimentado por las lluvias provenientes del mar, las cuales presentan una marcada estacionalidad, precipitando con mayor intensidad en la temporada de invierno y mucho menos en verano.

Debido a esto, muchos de los habitantes de Nahuelbuta han desarrollado mecanismos para acumular agua y así afrontar la estación seca, destacando los organismos sésiles (que no pueden moverse), quienes presentan el mayor desarrollo de estrategias para encontrar agua, debido a su incapacidad de movilizarse en su búsqueda. Uno de los casos más extremos en estrategias de retención y liberación de agua, sucede en un desconocido ecosistema llamado turbera.

Las turberas son antiguas lagunas o depresiones, normalmente de origen glaciar, las cuales se han llenado de depósitos orgánicos en una tasa mayor a la que estos se van descomponiendo. Esto genera un particular ambiente, el cual favorece la aparición de bacterias anaeróbicas. Estos nuevos habitantes terminan por separar la turba (el material orgánico acumulado) del ambiente externo, generando un sistema interno llamado catotelmo, totalmente carente de oxígeno y con una tasa metabólica extremadamente baja. Sobre esta capa se encuentra el acrotelmo, expuesto al oxígeno atmosférico, pero desconectado de muchos de los nutrientes del suelo.

Un turbera en Nahuelbuta © Demetrio Ogaz

La pobreza en recursos del acrotelmo plantea singulares desafíos a los organismos que en él crecen, quienes deben sacar el máximo provecho a los escasos nutrientes que se encuentran en el medio. En este entorno, los musgos, organismos predominantes de las turberas -donde destaca el esfagno, como se conocen a los musgos miembros del género Sphagnum– han desarrollado una particular estrategia. Estos tienen la capacidad de capturar y retener agua en tasas gigantescas, para extraer la mayor cantidad posible de nutrientes disponibles en el acrotelmo. Algunos de estos musgos tienen la capacidad de retener hasta veinte veces su peso en agua, lo cual los convierte en verdaderas esponjas de humedad y transformadores de los ecosistemas (Walker 2019). Además, el esfagno es la fuente de materia orgánica que va nutriendo el catotelmo al morir. Este proceso es lento, pero es la única fuente de nutrientes para la parte inferior de la turbera. Estos procesos, unidos a su lenta tasa de crecimiento (por tanto, bajas necesidades metabólicas), hace que las turberas puedan subsistir en climas fuertemente estacionales. 

Belleza escénica

Las turberas también representan lugares extraños y de una belleza única, mostrándonos grandes explanadas rodeadas de bosques y árboles como la araucaria. De lejos parecen lagunas, y de cerca te das cuenta de que no estás tan equivocado, pues son verdaderas lagunas verdeamarillas, donde múltiples musgos dominan un paisaje de colores y formas revoltosas.

Es en estos extraños ambientes donde llegan seres particulares. Por ejemplo, la falta de nutrientes del suelo ha hecho que algunas plantas prefieren buscar fuentes alternativas, atrapando insectos en estructuras especiales, para luego lentamente digerirlos en búsqueda del preciado nitrógeno, tan escaso en medio de la turbera. 

Drosera sp., una planta carnívora ©Vicente Valdés, cortesía de Biodiversidad Chilena

Reservorios de agua

El agua de origen oceánico que precipita sobre la Cordillera de Nahuelbuta alimenta los ecosistemas de las numerosas cuencas del territorio. El trabajo conjunto entre las turberas anteriormente descritas y los bosques, ambos ecosistemas ricos en mecanismos para acumular agua en invierno -la cual liberan lentamente en verano-, permite que los cuerpos de agua fluyan en Nahuelbuta todo el año.

Esta liberación es un efecto secundario de la propia necesidad de almacenar agua de bosques y turberas. Debido a que este proceso de almacenamiento depende de las concentraciones ambientales, cuando en el ambiente escasea la humedad, el agua es liberada al entorno por los organismos que presentan un remanente de ella en sus estructuras de almacenaje, brindando el preciado líquido a muchos de los otros componentes del ecosistema. Esto permite que éste pueda persistir en el tiempo y afrontar incluso periodos de sequía de varios meses. 

Es un increíble mecanismo de defensa ante las condiciones ambientales fluctuantes, pero incluso estos mecanismos podrían ser insuficientes ante un nuevo y violento factor de cambio.

Turberas de Nahuelbuta. © MVMT

Destrucción y extracción

Lamentablemente nuestra sociedad no ha mantenido la relación de equilibrio de los ecosistemas nativos y el agua, en la cual los diversos mecanismos que se desarrollan para afrontar las potenciales sequías logran mantener un balance hídrico constante para todo el ecosistema. En cambio, nuestra constante modificación y destrucción de los entornos naturales para abastecernos de los diferentes “recursos” hace que el agua y otros nutrientes vitales escaseen.

Esto es especialmente preocupantes para las turberas, pues el proceso de acumulación de material orgánico es extremadamente lento. Un bosque tarda cientos de años en recuperarse, pero una turbera puede demorar miles de años en retomar su función ecológica, lo que podría generar un colapso ecosistémico que finalmente afectará tanto a los bosques y praderas nativas, como a las personas que dependen de las aguas acumuladas.

Por ahora, las turberas de Nahuelbuta se encuentran relativamente resguardadas, ocultas en las partes más altas de la Cordillera de la Costa. Sin embargo, incluso esta lejanía podría no hacerlas inmunes ante el avance de la industria forestal. Al respecto, no existen estudios exhaustivos sobre la pérdida de las turberas en Nahuelbuta. 

Conocer para proteger

Las turberas y bosques de Nahuelbuta, a través de los ríos Carampangue, Trongol, Caramávida, entre otros, alimentan localidades humanas y poblaciones de otras especies de la zona. Pero esto puede no continuar. Año tras año han disminuido sus caudales. Las araucarias están enfermas. El puma baja a la ciudad en búsqueda de alimentos. A veces se le ve, vulnerable, perdido entre interminables filas de pinos, o expuesto completamente en sitios donde la tala rasa ha destruido todo a su paso. En esta zona de sacrificio afrontamos una catástrofe ambiental, en la cual las turberas juegan un rol clave. 

Turberas de Nahuelbuta © Demetrio Ogaz

Imágen de portada: © Demetrio Ogaz

Referencias

Walker MD. (2019) Sphagnum: the biology of a habitat manipulator. Sicklebrook Publishing, Sheffield, U.K.

 

Buscando al sapo de Bullock en Nahuelbuta: una historia natural

Estas notas provienen de una expedición financiada en 2016 por el National Geographic Society, donde participé junto a Andrés Charrier, experto en ranas chilenas. El objetivo era encontrar al sapo de Bullock, Telmatobufo bullock, una rana extremadamente rara y única en términos evolucionarios, que además se encuentra amenazada con la extinción. También realicé dibujos que se […]

Estas notas provienen de una expedición financiada en 2016 por el National Geographic Society, donde participé junto a Andrés Charrier, experto en ranas chilenas. El objetivo era encontrar al sapo de Bullock, Telmatobufo bullock, una rana extremadamente rara y única en términos evolucionarios, que además se encuentra amenazada con la extinción. También realicé dibujos que se basan en bocetos realizados en terreno, en fotos y en mis recuerdos de la expedición.

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Un hábitat –o un paisaje- no es un mapa.  Un mapa es continuo, plano y en él todo está a la misma escala. Sin embargo, en la experiencia de buscar ranas  podemos comprender que el territorio puede ser algo opuesto a lo que estamos habituados. ¿Qué es el territorio? ¿Cómo se entiende? ¿Cómo se conectan, se formulan las experiencias de observación y testimonio? 

El viernes Andrés y yo tomamos un bus a las 9:30 de la mañana de Santiago a Concepción. Luego arrendamos una 4×4, y llegamos en la tarde a la casa de Mauricio, un amigo de Andrés, en Cañete. Mauricio es miembro de Nahuelbuta Natural (NN), la ONG con que estamos colaborando.

El sábado nos juntamos con Edgardo, otro miembro de NN y amigo de Andrés.  Pasado la localidad de Purén, subimos unos caminos de tierra sinuosos por la cordillera de Nahuelbuta.  La cordillera entera, por lo que se puede ver, está cubierta de plantaciones de pino y eucalipto. Continuamos a Butamalal. Acá, las plantaciones se han cortado recién y el efecto es de desolación total. Paramos y caminamos al río, que encontramos después de perdernos un poco.  Encontramos dos ranas de Darwin.

Edgardo me cuenta los desafíos de NN.  Como son todos voluntarios, tienen poca capacidad.  Principalmente coleccionan datos de la distribución de especies. Dice que les gustaría escribir descripciones de los hábitats de las ranas, lo cual ayudaría a guiar su búsqueda.

Domingo, Andrés y yo estábamos en un lugar entre San Ernesto e Ilicura.  Nos perdimos buscando un sector del río donde una colega de Andrés, –Virginia– había encontrado unos sapos de Bullock en el pasado.  Paramos a pedir direcciones en una casa, y un joven de unos 16 años ofrece mostrarnos el camino, así que nos fuimos con él.  Nos pregunta si la presencia de estas ranas podría detener la represa. En las paredes de su casa y de los vecinos vemos afiches de protesta en contra de esta.  Le decimos que no es tan simple, que probablemente no. 

En el camino, la ruta estaba bloqueada por una camioneta con 3 o 4 tipos que saltaron de la camioneta e intentaron lazar a una vaca y su ternero. Uno tenía un peinado y un chaleco de polo cuico, el otro era pelado –aparte de una franja de pelo rubio largo y descuidado por atrás– y vestido con grandes pantalones que me hicieron pensar vagamente en un payaso.  Correteaban, tirando lazos con urgencia y velocidad.  El ternero corría en una dirección, y la vaca en otra, y los hombres saltaron dentro la camioneta que se alejaba apuradamente, y el tipo con la franja de pelo aferrándose al exterior como si fuera un escape a alta velocidad. 

Encontramos la zona adecuada del río, dejamos al joven en su casa y partimos de vuelta.  Las vacas y la camioneta habían desaparecido.

Durante todo este tiempo, desde la mañana, había llovido mucho.  Esperábamos que, siendo un día tan húmedo, podríamos ver ranas andando por el suelo y no escondidas. 

Cerca de un pequeño riachuelo que alimenta el río, busqué bajo unas rocas cuando vi, sentado quieto en el suelo, un sapo de Bullock en estado metamórfico, con cola.  Marcamos el sitio con GPS y tomamos muchas fotos. 

Sapo de Bullock en estado metamórfico.  Foto: Andrés Charrier

El lunes regresamos a Butamalal.  Nos perdimos intentando buscar el lugar al que habíamos ido el otro día.  Desde el sábado habían estado reorganizado las rumas de eucaliptos y todo se veía diferente.

Por el camino encontramos unas ranas de Darwin pequeñitas y a un adulto maduro.  Andrés me muestra que se trata de un macho embarazado. El macho encuentra y se traga los huevos y los guarda en un saco en su garganta. Atraviesan toda la metamorfosis allí, y luego emergen como ranitas pequeñitas.

Al final del camino encontramos un bosque que había sido talado ilegalmente.  Andrés quiso descender al río donde pensaba encontrar más ranas: la pendiente se puso cada vez más empinada, y el bosque cada vez más denso.  El suelo del bosque estaba cubierto por una capa espesa de hojarasca, y muchos de los árboles estaban cubiertos por abundantes musgos. 

Intenté evitar resbalar y caerme, afirmándome en los troncos de árboles y en colihues.  Habían unos troncos caídos podridos que no me aguantaban, pero muchas enredaderas me contenían constantemente por la cintura o por los pies, y no me caí.  Después de una hora de descenso, decidimos que no era posible llegar al río.  Regresamos.  Subir era igualmente difícil—me agarré de las raíces que emergen de la pendiente, formando una especie de manilla—pero así me pareció más rápido. 

Mauricio luego nos comentó, tomando once, que estuvimos en una propiedad privada y que entonces no podemos denunciar la tala ilegal del bosque nativo. 

Buscar ranas es muy entretenido.  No hay un método en realidad, lo que lo hace relajante.  Uno va caminando, buscando troncos caídos y rocas que dar vuelta.  Debajo de ellas se encuentran muchas especies interesantes—grillos gigantes, escorpiones pequeñas, cien pies, mil pies, lombrices, larvas, hormigas y huevos de hormiga, una lagartija…También me gusta pensar en buenos tipos de hábitat para las ranas. Miro la hojarasca y los lugarcitos donde corre el agua o donde está calma, y pienso en qué harían las ranas allá. 

Hoy, martes, fuimos al Parque Nacional Nahuelbuta.  Por el camino paramos en Cuyucupil para comprar algo que comer en una tienda, y había un chino hablando en chino por celular, creo que era el dueño de la tienda.  Me pregunté por su vida en esta aldea de Cuyucupil.

También paramos a buscar ranas por el lado del camino.  Paramos cerca de un puente de madera que cruza un riachuelo.  Con su vegetación colgante y rocas cubiertas de musgo en un lecho poco profundo, me pareció un lugar excelente para encontrar estas criaturas. 

Miraba dentro de las grietas de una pequeña muralla de piedras al lado del puente, cuando vi una gran cara de rana mirándome desde entremedio.  Andrés notó que era una enorme Alsodes barrioi, una rana en peligro de extinción, y quiso sacarle una foto.

Entonces empezó a remover una de las grandes piedras de la muralla donde se escondía la rana. Y cuando sacó la piedra, la cual  tenía en sus manos, la rana, muy linda con sus manchas color café, se sentó quieta y expuesta, y la miramos.  Empecé a sacarle una foto cuando de repente saltó, con sus patas volando en cuatro direcciones.  Buscamos el lugar donde había caído, en todos las grietas y los huecos, en todas las direcciones imaginables y casi frenéticamente, pero fue imposible volverla a encontrar.

Continuamos al Parque Nacional.  A medida que subimos, aparecieron los pehuenes, ¡y de repente todo estaba cubierto de líquenes!  Los verdes contrastantes y las texturas de los árboles esclerófilos pequeños, los pehuenes escamosos, el colihue y los líquenes (barbudos, planos, etc.) tuvieron un efecto bello y encantador.  Dimos vuelta muchos troncos caídos y piedras por el camino, y encontramos a unas pequeñas Alsodes.

El Miércoles manejamos a otro valle por arriba en la cordillera, partiendo de Antiguala.  En este momento comienzo a entender la geografía, formada por valles angostos y planos, donde se han hecho asentamientos lineales con algunas vacas y campos de papas.  Hay varios ríos pequeños y poco profundos alimentados por muchos riachuelos que bajan de la cordillera.

Paramos en varios lindos fragmentos de bosque nativo con mucha madera muerta y hojarasca profunda.  Parecía perfecto para las ranas, pero encontramos solamente 3 Eusophus.  Una saltó justo entre mis pies, y mientras la alcanzaba para capturarla, se esfumó.  Pasé 10 minutos buscándola debajo de cada montículo de hojarasca, pedazo de madera muerta y planta, por allí pero no había ninguna rana, como si hubiera tenido acceso a un portal hacia otra dimensión. 

Seguimos los puntos donde antes Edgardo había encontrado los sapos de Bullock, pero no había señal de ellos.  Andrés dice que antes había muchas ranas por acá.  Pensamos que ha estado demasiado seco para ellas. 

Esa noche, habíamos sido invitados – junto a otra amiga que estaba visitando a Mauricio quien vino con sus hijos–, a un ngillatún, la ceremonia Mapuche.  La comunidad Mapuche celebra la compra de una tierra al oeste de Cañete, no lejos del océano.  Cuando llegamos, era de noche y unos hombres estaban terminando de arreglar unos árboles pequeños o grandes ramas y unas frondas de helecho gigante, en un puesto. 

Empieza una música de kultrún y dos instrumentos más (no sé cómo se llaman), un cuerno grande en espiral, y uno más pequeño de cacho.  Hay campanas también. Es un sonido celebratorio.  La gente se junta alrededor del arbolito.  Me quedo atrás para observar.  Tocan los instrumentos mientras bailan una marcha con ritmo de dos tiempos alrededor del arbolito. 

No puedo distinguir cuál de las viejitas es la machi.  Pero escucho su voz que canta o proclama frases en Mapundungún, siempre precedidas por un sollozo o una respiración sibilante. A veces una voz de hombre responde o pregunta. La gente grita y celebra y agita pequeñas ramas.  Dos hombres tienen en sus manos frondas de un helecho gigante.  A veces alguien, no veo quién, sacude al arbolito, que tiembla mientras la multitud agita ramas y exclama. 

Oigo a uno de los niños con los que llegamos decir que su profe en Valparaíso le había dicho que ya no hay Mapuches.  Mauricio le dice, “Puedes decirle a tu profe que estuviste en un ngillatún y que había muchos Mapuches.”  ¿Y si no me cree?” responde.

Vamos al Monumento Nacional Contulmo.  Habían varios helechos gigantes entre los árboles, y mucha hojarasca.  Encontramos un Eusophus contulmensis.  Mientras Andrés daba vuelta la hojarasca que estaba al lado del camino, yo lo seguí, dándola vuelta otra vez.  Dada la sequía, la pérdida dramática de bosque, y el número muy pequeño de ranas que encontramos, me parece sumamente importante no perturbar el hábitat de las ranas. 

En la noche fuimos con Edgardo a buscar ranas en un humedal.  Habíamos estado aquí una noche anterior, sin embargo nos perdimos, tanto que al llegar como al irnos—las casas que surgían ante las luces del auto, las murallas de zarzamora, múltiples caminos de tierra cruzando riachuelos y no yendo donde debían, como si fueran hacia otro lado después del anochecer.  Esta vez Edgardo supo llegar.  Exploré el tubo de humedal que se forma gracias a la luz de mi lámpara de cabeza, saltando entre puntos sólidos, pero no vimos ranas, aunque Andrés realizó registros sonoros de sus cantos. 

Epílogo: Andrés regresó con Edgardo al lugar donde encontramos el sapo de Bullock -lugar que será inundado para una represa – y encontraron muchos ejemplares más. Organizamos un curso de capacitación para voluntarios locales para ojalá ayudar a NN en sus actividades de monitoreo.  Con los fondos de la National Geographic Society además compramos materiales para ayudarles a caracterizar los hábitats de las ranas. 

Agradezco a Ernesto Feuerhake por su ayuda con la traducción.

Fotografía de portada: Andrés Charrier

Memorias de la cordillera de Nahuelbuta

Nuestro colaborador invitado de hoy es Allen Barra, oriundo de Curanilahue, ciudad ubicada a los pies de la cordillera de Nahuelbuta. Dedicado a las caminatas y el ecoturismo, en el siguiente artículo Allen nos relata, a través de su relación con Nahuelbuta, la historia de esta majestuosa, pero herida cordillera. Era a finales del 95′ […]

Nuestro colaborador invitado de hoy es Allen Barra, oriundo de Curanilahue, ciudad ubicada a los pies de la cordillera de Nahuelbuta. Dedicado a las caminatas y el ecoturismo, en el siguiente artículo Allen nos relata, a través de su relación con Nahuelbuta, la historia de esta majestuosa, pero herida cordillera.

Era a finales del 95′ cuando por primera vez me aventuré con mis padres y amigos de la familia a conocer el Parque Nacional Nahuelbuta. Partimos desde mi pueblo natal, Curanilahue. A las 6AM nos pasaba a buscar un amigo de mi padre en su camioneta, y en el pick up de ésta nos amontonamos con nuestras mochilas junto a las canastas con comida y bebidas. Nos cubrimos bien con mantas por el viento y el frío. En el camino había neblina, de la cual emergían como fantasmas hilera tras hilera de plantaciones de pinos, que para nosotros en ese entonces era algo normal, algo cotidiano y “natural”.

Curanilahue rodeado de monocultivos forestales ©MVMT

El suave vaivén del auto me sumió rápidamente en un profundo sueño. Cuando desperté por el traqueteo del camino, recuerdo bien ese momento, miraba hacia arriba, y el camino era abrazado por árboles de todos los colores y edades que se erguían alargados algunos, chatos otros, junto al camino. Me incorporé en mi asiento, y pude observar que estábamos muy arriba de los cerros, y que el valle era tapado por un colchón blanco de nubes. Por la ventana abierta, se infiltraba un aroma diferente en el ambiente, ya no olía a pino o eucalipto, era un aroma nuevo, entre humedad, tierra, madera y vida.

Yo era un niño de cinco años descubriendo un mundo nuevo, un mundo maravilloso, con los ojos bien abiertos ante tan hermoso espectáculo, pero mi asombro no se detuvo ahí, ya que entre estos árboles de lanceoladas hojas verdes, se asomaban unos enormes troncos, que parecían tener rompecabezas tallados en sus cortezas.

Enorme guardianes que vigilan el camino y reciben a los visitantes se alzaban por sobre las copas del resto del bosque, con poderosas raíces que se aferran a la tierra, y largos brazos que abrazan el cielo acariciando suavemente el viento. Fue la primera vez que conocí al sagrado pewen.

Bosque nativo de Nahuelbuta ©Michael R. Sagüez

Al llegar al parque, pude caminar entre ellos, unos jóvenes, otros ya muertos. En este lugar, hacia donde miraras había vida y verde. Desde el suelo, habitado pequeños mañíos y frondosos colihues y quilas, hasta el techo del bosque, repleto de coihues, hualles, arrayanes, radales y nuevos pewenes, todos cubiertos de barbas de viejo que le daban un aspecto mágico al ambiente.

Con el paso de los años, comencé a frecuentar esta sagrada tierra y sus bosques. En aquel entonces, aún desconocía la importancia de sus especies, solo sabía que aquel bosque estaba vivo, que en aquel lugar se respiraba paz, tranquilidad y alegría. Conocí el corazón de Nahuelbuta, esos senderos olvidados, casi invisibles, que solo el puma transita en el silencio de la noche. Conocí a sus últimos habitantes humanos, la familia Vergara, Los Morales, Los Arellano, hasta un austriaco que tenía su rancho arriba en el monte me toco conocer, todos distribuidos en diferentes partes de la cordillera, cuidando y viviendo de su tierra.

Las oscuras forestales

Las forestales llegaron respaldadas por la dictadura, financiadas por un decreto de ley que les pagaba casi la totalidad de su producción (DL 701), el precio de producción lo ponían ellos, y el valor de compra de los campos también, engañando, usurpando a la gente que alguna vez tuvo un rancho para poder cultivar o criar animales. Los campesinos de la cordillera de Nahuelbuta comenzaron a bajar del monte a vivir al pueblo, engañados por promesas de mejor calidad de vida y buenos puestos de trabajo, dejando atrás sus tierras, sus campos, sus animales, sus cultivos, sus padres y abuelos.

Como un humo negro y tóxico, las forestales ya rodeaban Curanilahue a fines de los 90’. El trabajo era escaso, y las minas de carbón ya no eran una opción, siendo mal pagada y extremadamente sacrificadas y peligrosas. la industria forestal se masificó y automatizó, disminuyendo los pocos puestos de trabajo. La pobreza azotaba como un látigo.

Fábrica de celulosa ©Daniel Casado

En aquel entonces, la vida de un trabajador forestal partía a las seis de la madrugada, en la espera de un furgón lleno de otros trabajadores. “Al llegar a la faena, comienza el trabajo: bajo sol o lluvia, talando el pino y euca, reventándose el lomo entre barro, aserrín y aceite de las máquinas. Al llegar a casa, de noche y en silencio, el hombre deja su sencilla mochila en la entrada de la puerta, junto a las botas llenas de barro. Su señora lo espera con un plato de sopa caliente, él deja el traje de agua amarillo al lado de la salamandra y come en silencio; no tiene vida, no ve a su familia, no juega con su hijo, no tiene otra opción.”

A fines de la década del 90’ nos vimos forzados a emigrar de mi pueblo, buscando nuevas oportunidades en el norte de Chile, específicamente al Valle de Aconcagua, V región de Valparaíso. Esta zona era dominada por la industria de la minería del Cobre y la agricultura, una zona semidesértica, carente de vegetación, pero vigilada por imponentes montañas nevadas que nunca había visto.

Veinte años han pasado desde que dejé mi pueblo, y la realidad no ha cambiado prácticamente en nada, cada vez que vuelvo, es imposible ignorar el paisaje que domina gran parte del viaje; cerro tras cerro cubierto de monocultivos, como un enorme ejército verde oscuro que avanza, silencioso, sin vida.

Interminable fila de pinos ©MVMT

Desafío Nahuelbuta

Ante la degradación de mi territorio, nace una iniciativa de ecoturismo llamada Trekking Desafío Nahuelbuta, organizada por un grupo de amigos y profesionales que conforman el colectivo “Los Montaraces del Sur”. La actividad consiste en una travesía de seis días y cinco noches por Nahuelbuta, recorriendo, aprendiendo e interpretando desde la geomorfología, historia, y biodiversidad propia de nuestra tierra.

Para entender un poco lo que es el ecoturismo, podemos definirlo como una forma de turismo sustentable, que es amigable con el medioambiente, que no genera impacto en su entorno y que genera ingresos, empleabilidad y bienestar en la comunidad local. Además, paralelamente fomenta la conservación y preservación de áreas silvestres naturales, en este caso los bosques nativos de la cordillera de Nahuelbuta.

Selva fría del sur en Nahuelbuta ©Bastian Gygli

Nuestro equipo enfoca sus fuerzas en las poblaciones aisladas de la cordillera, familias que aún viven ahí, pero el aislamiento las ha dejado carentes de recursos y herramientas para llevar a cabo otro tipo de labores, en este caso ecoturísticas. Nos propusimos la formación guías locales, rutas, senderos y talleres con estas personas, entregándoles las herramientas, explicándoles los beneficios del bosque y sus ecosistemas, su estructura, su flora, su fauna, el cómo cada especie coexiste con las otras, y el cómo dependen entre sí para sobrevivir.

Este trabajo lo hemos llevado a cabo año a año, de manera independiente y autogestionada, entregando estos conocimientos como una opción y no una obligación.

Montaraces del Sur ©Michael R. Sagüez

Sumado a esto, en los últimos cuatro años más de 300 personas nos han acompañado en esta expedición anual, aprendiendo y entendiendo el delicado equilibrio de los últimos bosques de nuestra cordillera, la función de sus vertientes y ríos como un gran reservorio de agua para los valles. También enfatizamos en el rol de semillero que juega Nahuelbuta, una isla de biodiversidad donde sobreviven, desde las últimas glaciaciones, cientos de especies, que los últimos treinta años han sufrido una drástica fragmentación y reducción de su hábitat.

Las personas lo entienden, se dan cuenta del contraste y en más de un rostro hemos visto una lágrima caer al terminar el viaje y volver a bajar al valle; valle repleto de pinos y eucaliptos, de maquinarias, humo y silencio.

Nahuelbuta hay que conocerla, hay que aprender de ella, hay que admirarla y amarla, y cuando logren llegar a quererla, ¡defenderla!

Vista desde la Piedra del Águila, en Parque Nacional Nahuelbuta ©Montaraces del Sur

*Fotografía de portada: araucarias en cordillera de Nahuelbuta ©Michael R. Sagüez

Nahuelbuta Libre es un festival socioambiental realizado en el río Carampangue, donde se busca promover la protección y defensa de los ríos, incentivar el turismo local y responsable e invitar a las personas a unirse al mundo de los deportes de aguas blancas. Las actividades del evento son: charlas ambientales, talleres de yoga, cicloturismo, bajadas populares […]

Nahuelbuta Libre es un festival socioambiental realizado en el río Carampangue, donde se busca promover la protección y defensa de los ríos, incentivar el turismo local y responsable e invitar a las personas a unirse al mundo de los deportes de aguas blancas. Las actividades del evento son: charlas ambientales, talleres de yoga, cicloturismo, bajadas populares de rafting, hidrospeed, SUP, kayak y música en vivo.

La entrada y traslado al festival son gratuitos.

Para ser parte del descenso masivo en rafting es necesario el pago de $10.000 por persona y coordinar con Claudia Cisterna (569 8487 9323) o Lorena Garrido (569 7332 7560). Más información en el facebook del evento: https://goo.gl/B8ETQC

La Otra Cordillera es un documental sobre la cordillera de Nahuelbuta, donde un grupo de deportistas desciende en kayak el río Carampangue, uno de sus más emblemáticos cuerpos de agua. El viaje inicia en el nacimiento del río y culmina en su desembocadura en el océano Pacífico, recorriendo la cordillera en todo su ancho para revelar […]

La Otra Cordillera es un documental sobre la cordillera de Nahuelbuta, donde un grupo de deportistas desciende en kayak el río Carampangue, uno de sus más emblemáticos cuerpos de agua. El viaje inicia en el nacimiento del río y culmina en su desembocadura en el océano Pacífico, recorriendo la cordillera en todo su ancho para revelar la riqueza natural y cultural del territorio, al mismo tiempo que evidenciar el profundo impacto socioambiental producido por la industria forestal en las comunidades y ecosistemas locales.

La Cordillera de Nahuelbuta es el nombre dado a un extenso tramo de la cordillera de la costa, el cual se extiende de sur a norte desde el río Imperial hasta el río Biobío. Su nombre proviene del mapuzungún y significa “jaguar grande”. Ubicada en la ecorregión valdiviana, esta brumosa y lluviosa montaña del sur de Chile estuvo repleta por una particular selva fría, el único bosque templado lluvioso de Sudamérica.

Kayakista corriendo una sección de rápidos en el cañón del río Carampangue ©Paulo Urrutia

La expedición fue realizada por cuatro kayakistas; Canela Astorga, Jens Benöhr, Gabriel Ceballos y Paulo Urrutia, quienes junto a la productora audiovisual MVMT registraron los irreversibles efectos de las plantaciones de pino y eucalipto, los cuales sumados al cambio climático, están causando severas sequías y poniendo en riesgo la disponibilidad de agua para los habitantes de la zona, además de degradar importantísimos ecosistemas, pues la cordillera de Nahuelbuta es considerada un punto caliente (hotspot) prioritario para la conservación de la biodiversidad, siendo el único lugar fuera de la cordillera de los Andes en presentar una considerable población de araucarias, árbol endémico de Chile y Argentina.

El documental se apoya en entrevistas a habitantes del territorio, quienes día a día sufren las consecuencias de vivir rodeados por plantaciones. Al mismo tiempo, cuenta con la participación de expertos en la materia, como el ecólogo Bernardo Reyes y el educador ambiental Claudio Donoso.

Rodaje del documental en el Parque Nacional Nahuelbuta ©Paulo Urrutia

Sin duda, la cinta representa un pequeño manifiesto sobre la necesidad de combinar deportes al aire libre con activismo socioambiental. La intención del documental es plantear una forma distinta de hacer deporte, donde el deportista deja de ser un mero gozador del paisaje y, a través de conversaciones y la observación del estrago ambiental que recorre, cobra mayor conciencia frente a los hechos políticos que suceden en el territorio donde practica su deporte.

Industria celulosa en Arauco ©MVMT

La otra cordillera es un trabajo de autogestión, independiente y colaborativo, el cual fue producido por la casa productora MVMT en conjunto con el colectivo de exploradores Bestias del Sur Salvaje. Dirigido por Erick Vigouroux & Nicole Ellena y producido por Jens Benöhr, su distribución es gratuita y de libre acceso en internet.

Tala rasa junto al río Carampangue ©MVMT
Era diciembre de 2016, y Gerardo E. Soto recorría por estrechos caminos los bosques de la cordillera de Nahuelbuta en su moto, una Suzuki DR650, cargada con instrumentos de medición. No andaba de vacaciones, lo suyo era la primera de una serie de investigaciones de campo que está realizando como parte de sus estudios de […]

Era diciembre de 2016, y Gerardo E. Soto recorría por estrechos caminos los bosques de la cordillera de Nahuelbuta en su moto, una Suzuki DR650, cargada con instrumentos de medición. No andaba de vacaciones, lo suyo era la primera de una serie de investigaciones de campo que está realizando como parte de sus estudios de doctorado en recursos naturales en la Universidad de Cornell en Estados Unidos, e integrante del equipo de investigadores del laboratorio de ornitología más prestigioso del mundo, Cornell Lab of Ornithology.

La cordillera de Nahuelbuta es un tramo de la cordillera de la Costa que se extiende entre las regiones del Biobío y de Los Ríos. Sus cumbres son aún guardianas de la enorme biodiversidad que alguna vez albergó, en las cuales remanentes de bosques de coigües, araucarias, cipreses, laureles, olivillos y ulmos, entre otras especies nativas, se las han arreglado para resistir el avance implacable de la industria forestal. Situada en el corazón de la zona con mayor desarrollo de la industria forestal del país, el ecosistema de esta cordillera ha sido prácticamente destruido en su totalidad los últimos 30 años, producto de la expansión de las plantaciones de monocultivos de pinos y eucaliptus, cuya cobertura en la región del Biobío alcanza un 40% de su superficie total y en la región de la Araucanía, un 20%. Un territorio habitado ancestralmente por comunidades indígenas Mapuche, que actualmente viven en un contexto de militarización, represión y altísimos índices de pobreza, la más triste de las externalidades negativas del modelo forestal chileno, que ha concentrado la riqueza en dos grandes familias.   

Hasta ahí llegó Gerardo, buscando entender detalles acerca del hábitat y alcance territorial del pájaro carpintero negro o magallánico, una especie que lo cautivó desde sus tiempos de estudiante de pregrado en la Universidad de Santiago, en que comenzó como ayudante del Laboratorio de Ecología y Conservación. En Revista Endémico hemos conversado con él  para conocer más detalles acerca de su investigación, sus motivaciones y su visión de futuro respecto del pájaro carpintero y del bosque chileno.

¿En qué consiste tu línea de trabajo?

Trato de entender el uso del espacio por organismos vivos con el objetivo de proveer información para manejar sustentablemente los bosques. Por ejemplo, en este momento estoy trabajando en entender por qué sólo vemos a los pájaros carpinteros negros en las cordilleras y no en otros bosques, aún cuando haya bosque nativo. Elegí esta especie porque tiene requerimientos de hábitat bastante grandes, por lo que conservarla implica conservar grandes extensiones de bosque nativo. Tengo preparación en Sistemas de Información Geográficos y modelamiento estadístico, lo que me permite entender si existe un efecto (y cuantificarlo) en la ecología del pájaro a partir de la forma en que se ha perdido el bosque y su estructura. Esto lo puedo hacer porque les estamos tomando muestras de sangre y poniendo pequeños GPS hechos a medida, para seguir sus movimientos a muy fina escala y saber qué árboles están usando y por qué. Además, estamos descubriendo nuevas maneras de usar imágenes satelitales para medir todos los árboles sin tener que ir a tomar datos en terreno.

Foto: Fabián Guerrero

¿Qué te motivó a focalizarte en esa línea de trabajo?

Desde chico acampé en muchas zonas entre las regiones del Maule y Los Lagos, como parte de un grupo Scout. Ahí pude ver cómo cambiaba el paisaje a través de los años y cómo aparecían más y más plantaciones forestales. Cuando era niño no sabía nada de ellas, pero recuerdo que cuando escuchábamos una motosierra en el que yo creía que era bosque, gritábamos intentando detener la tala. –Tenía como 6 o 7 años, y lo sentía como un verdadero atentado. Ya en la universidad, cuando me vi con la oportunidad de salir a hacer trabajo de terreno y aprender desde la teoría que me enseñaba Pablo Vergara, mi mentor y amigo en el pregrado, fui entendiendo que el conocimiento que estaba adquiriendo me permitía entender los ecosistemas y ser un aporte real a la situación país, con la generación de información para toma de decisiones. Creo que en Chile la toma de decisiones en materia de conservación es precaria por la falta de información cuantitativa que permita barajar opciones realistas y seguras en el largo plazo.

¿Como ves el estado de conservación del hábitat del pájaro carpintero en Chile?

Desde el punto de vista del bosque, es bastante pesimista. Cada día perdemos más árboles adultos y en estados moribundos, que son los que ocupa no solo esta especie, sino que muchas otras como los chingues o las cachañas. En la práctica, los únicos bosques que mantienen estas estructuras se encuentran en las áreas protegidas, las que en su mayoría fueron designadas como tales no por sus valores ecológicos, sino por su belleza estética y potencial recreativo. Luego, y con el tiempo, se reconoció su valor ecológico, pero aun así no son ambientes óptimos.

El mayor problema es que la información que tenemos referente a cómo la deforestación ha afectado a las especies es muy escasa. Un trabajo publicado el año pasado mostró que en Chile existían hasta ese momento nueve trabajos científicos publicados en revistas indexadas mundialmente, que investigaban el impacto de la deforestación en la biodiversidad a escalas de paisaje (que involucraban áreas de estudios amplias), de un total de unos 80.000 estudios que existen en el mundo. Eso nos da una idea de lo poco que sabemos en Chile acerca de nuestro territorio. Por ejemplo, sobre la cantidad de carpinteros que existe no sabemos nada, y  espero poder tener un número cuando termine mi doctorado.

En este momento hay una urgencia latente que involucra a todas las especies que ocupan los bosques en la zona norte del bosque templado, desde la región de O’Higgins hasta Los Lagos. Un ejemplo crítico es el del bosque maulino, que si desaparece, lo harán con él sus anfibios (muchos recién descubiertos en los últimos 10 años), insectos, mamíferos y todas las especies que vive en él. Especies endémicas chilenas que -como muchas- son monotípicas, lo que significa que son únicas en su género, y por lo tanto, tienen una importancia significativa en su aporte a la biodiversidad. 

Cuéntanos, ¿cómo fue tu viaje en moto?

Hice tres vueltas por las montañas de la Araucanía, Los Ríos y Los Lagos. Mi objetivo era llegar a los fragmentos de bosque que aún quedan y en su mayoría están alejados de los caminos principales, así que la moto me dio  la libertad que no habría tenido con un 4×4. Me caí varias veces por mi falta de experiencia en terrenos difíciles, y hasta tuve un esguince de rodilla, pero eso es parte de la experiencia y de lo que uno está dispuesto a sacrificar por hacer lo que uno cree que es correcto.

Lo que fui encontrando era impresionante. Por ejemplo, encontré una pareja de carpinteros sola viviendo en unos pedacitos de bosque que quedan cerca de Villa las Araucarias, en el extremo sur de la cordillera de Nahuelbuta. Estos pájaros están alejados por al menos 80 kilómetros de la población más cercana de carpinteros que está más al norte, en el Parque Nacional Nahuelbuta y que posee unas 12 o 14 familias (de dos o tres individuos cada una). Estos estaban solos, y lo más probable es que tengan problemas para tener crías por las características del bosque y por el nivel de estrés que estén experimentando. Hay actualmente muchos estudios que asocian las perturbaciones de los hábitats con el nivel de estrés de los seres vivos y cómo eso afecta su éxito reproductivo. Eso se está estudiando ahora con el Rayadito, un pajarito muy común en los bosques chilenos, y se está comprobando que vive con niveles de estrés altísimos, lo que afectaría su supervivencia a largo plazo.

¿Qué pasará con esa pareja de carpinteros?

Lo más probable es que en ese lugar los carpinteros desaparezcan o sea un sumidero, como lo llaman los biólogos, es decir, que sea un lugar en donde los carpinteros se van a morir. Lamentablemente, hay muchos planes de manejo de bosque nativo en esa zona, por lo que cada vez quedan menos árboles grandes para sus nidos. Hace poco aprendí que las Araucarias que se encuentran allí, (alrededor de 600), son genéticamente muy diferentes a cualquier otra población,  siendo conocido su enorme valor intrínseco. Tengo la esperanza de que por esa razón se priorice la protección de ese ambiente a través de alguna política, pero el contexto parece bastante desfavorable en este caso particular.

Foto: Fabián Guerrero

Desde tu perspectiva, ¿cuáles son las necesidades más urgentes en materia de conservación de la biodiversidad en Chile?

Primero hay que entender un poco el contexto en el cual nos vemos involucrados, y desde ahí podemos pensar en la solución del problema a largo plazo. En Chile, el bosque fue depredado por el fuego, que pretendía “limpiar” la tierra para poder desarrollar la agricultura basada en técnicas europeas y la ganadería. En la zona central ya no es posible ver las cicatrices de esta actividad, pero un buen ejemplo son las cercanías de Coihaique, donde todavía se ven los troncos de los árboles que alguna vez fueron quemados. Lo que sabemos hoy es que los Mapuche tenían técnicas de uso del bosque y agricultura semi-nómade que prácticamente se mimetizaba con el bosque, o sea, que replicaban su dinámica e iban cambiando el lugar de sus cultivos para permitir que se renovara el bosque, una práctica muy sustentable en mi opinión. Chile en la época pre-colonial, desde el Maule hacia el sur, era una verdadera mancha gigante de bosque desde la playa a los volcanes. Imagínate esa escena: miles de carpinteros, zorros, pumas, huemules, guiñas, diferentes tipos de insectos, flores, etc. Hoy, dada la forma intensiva de uso del suelo, lo que queda son bosques de segunda calidad, en terrenos que en su mayoría son de alta pendiente y que fueron dejados ahí porque era difícil de aprovechar o para proteger el suelo de la erosión en los últimos años. Dicho eso, lo que nos queda es bastante frágil y de segunda calidad.

Por eso, y en vista de lo que estamos viviendo estos últimos años con el avance de la aridificación hacia el sur y el cambio climático, tanto de causa global como el provocado por el reemplazo del bosque acá en Chile, es que necesitamos trabajar rápidamente en dos cosas: proteger y recuperar.

Primero, proteger los remanentes de bosque nativo de los incendios a través de la creación de cortafuegos, comenzando por los parques nacionales y todo el sistema de áreas protegidas. Para lograrlo, necesitamos un plan de acción que sea apoyado financieramente por el estado y también por el sector privado. En mi opinión, los subsidios entregados por el estado, como por ejemplo el ampliamente criticado D.L. 701, deberían tener una obligación a cumplir ciertos requerimientos basados en criterios de protección de los recursos nativos. Debieran incluirse en el Sistema de Evaluación Ambiental, requiriendo la planificación de los nuevos predios forestales que serán plantados apenas se limpie lo que quedó de los incendios recientes.

Luego, reforestar, que requiere invertir muchos recursos económicos. Pero siendo bien optimista, creo que podemos guiar a la ciencia y a nuestros estudiantes de carreras ligadas a los recursos naturales para enfocarse en la simulación o modelamiento de escenarios de reforestación y su impacto en los sistemas nativos, basados en servicios ecosistémicos, productos forestales no madereros, riqueza de especies, etc. Con esa base, destinar fondos y recursos humanos para lograrlo, y así, podríamos hacer de esta tarea algo muy eficiente y a un costo más bajo.

Foto: Fabián Guerrero

¿Cuál consideras que es el rol de la ciencia frente a estas necesidades?

Es crucial, porque ya hemos aprendido a lo largo del siglo pasado que las decisiones sin el apoyo del conocimiento científico tienen implicancias negativas tremendas, como el uso del DDT. Necesitamos cada día más participación del mundo científico en la toma de decisiones, y esto parte de  con el compromiso de los científicos, en línea con su rol como ciudadanos. Es importante que el científico salga de su oficina y se involucre en las decisiones políticas. De otra manera, su ciencia seguirá pasando inadvertida. Felizmente, lo que he visto es que en las nuevas generaciones de científicos hay muchas personas enormemente motivadas y con una visión más crítica respecto del statu quo de la ciencia y de la sociedad. Creo que el deber de estas nuevas generaciones es enfocar sus estudios en líneas de investigación que vayan en pos del bien común y no solo desde caprichos de la ciencia.

¿ Tienes conocimiento sobre del movimiento llamado Nature Needs Half? Que consiste básicamente en la propuesta de conservar el 50% del territorio en nuestro planeta. ¿Tienes idea de cuánto bosque queda en Chile y cuánto se debería proteger?

En mi opinión, es una muy buena propuesta. Lamentablemente, para algunas zonas de nuestro país ni siquiera llegamos al 50%. Por ejemplo, la zona del bosque Maulino posee mucho menos del 30% de su extensión original, y en los últimos 20 años, prácticamente el 98% de su extensión original en la Cordillera de la Costa fue totalmente depredada y reemplazada por plantaciones de pinos y eucaliptus. Hace unos días leí un artículo en la prensa de alguien que reportaba que el Ruil, un árbol endémico de esa zona de Chile, había sido consumido por los fuegos, quedando aproximadamente la mitad de las 350  que quedaban antes de los incendios. Este tipo de especies podrían recuperarse si se valora su uso en actividades agrícolas, como el uso de sus frutos y potencial sombra para cultivos que se queman con el sol, entre otras estrategias.

Finalmente, se hace claro que necesitamos urgentemente de una política de restauración y recuperación del bosque nativo más allá de las áreas protegidas, la protección de los remanentes y expandir los fondos muy limitados que existen para la restauración. Para lograr esto, personalmente estoy destinando la mayor parte de mi tiempo en hacer conexiones con la mayor cantidad de personas interesadas en estos temas, para así trabajar bajo una misma bandera y optimizar de la mejor forma nuestros esfuerzos por un bien común. Espero que pronto podamos llegar a buen puerto y aprovechar las instancias políticas que se puedan generar a partir de las situaciones que estamos viviendo.

Foto: Macarena García

Estreno teaser documental La Otra Cordillera

  La Otra Cordillera es un documental sobre la cordillera de Nahuelbuta, donde un grupo de atletas decide explorar estas antiguas montañas a través del descenso en kayak del río Carampangue, uno de sus más emblemáticos cuerpos de agua. El viaje inicia en el nacimiento del río y culmina en su desembocadura en el océano […]

 

La Otra Cordillera es un documental sobre la cordillera de Nahuelbuta, donde un grupo de atletas decide explorar estas antiguas montañas a través del descenso en kayak del río Carampangue, uno de sus más emblemáticos cuerpos de agua. El viaje inicia en el nacimiento del río y culmina en su desembocadura en el océano Pacífico, recorriendo la cordillera en todo su ancho para revelar la riqueza natural y cultural del territorio, al mismo tiempo que evidenciar el profundo impacto socioambiental producido por la industria forestal en las comunidades y ecosistemas locales.

La cordillera de Nahuelbuta se extiende por la costa, desde el río Biobío hasta el río Imperial, y es el hogar ancestral de gran parte del pueblo mapuche, quienes han protegido sus ríos y bosques desde la llegada de los españoles, hace más de 400 años. Actualmente, la nueva lucha de este pueblo es contra la invasión de las plantaciones de monocultivo para fines comerciales, situación que evidencia la vulnerabilidad de este territorio y necesidad de revelar su importancia.

La expedición fue realizada por cuatro deportistas y ambientalistas nacionales; Canela Astorga, Paulo Urrutia, Gabriel Ceballos y Jens Benöhr, quienes junto a la productora audiovisual MVMT registraron los irreversibles efectos de las plantaciones de pino y eucalipto, los cuales sumados al cambio climático, están causando severas sequías y poniendo en riesgo la disponibilidad de agua para los habitantes de la zona, además de vulnerar importantísimos ecosistemas, pues la cordillera de Nahuelbuta es considerada un hotspot prioritario para la conservación de la biodiversidad, siendo el único lugar fuera de la cordillera de los Andes en presentar una considerable población de araucarias, árbol endémico de Chile y Argentina.

El documental se apoya en entrevistas a miembros del pueblo mapuche, funcionarios municipales, operadores turísticos y trabajadores de la industria forestal, quienes día a día sufren las consecuencias de vivir rodeados por plantaciones. Al mismo tiempo, cuenta con la participación de expertos en la materia, como el ecólogo Bernardo Reyes y el educador ambiental Claudio Donoso, entre otros.
La Otra Cordillera es producido por la casa productora MVMT en conjunto con el colectivo ambientalista Bestias del Sur Salvaje. Dirigido por Erick Vigouroux & Nicole Ellena y producido por el antropólogo Jens Benöhr, el estreno será en Mayo de 2017.

 

 

Bernardo Reyes es un ecólogo con amplia experiencia en ecología social y planificación participativa comunitaria de restauración de ecosistemas críticos. Trabaja como director de Ética en los Bosques, ONG dedicada a la protección y restauración de ecosistemas boscosos. También ejerce a tiempo parcial en la Facultad de Agronomía, en el departamento de Recursos Naturales y […]

Bernardo Reyes es un ecólogo con amplia experiencia en ecología social y planificación participativa comunitaria de restauración de ecosistemas críticos. Trabaja como director de Ética en los Bosques, ONG dedicada a la protección y restauración de ecosistemas boscosos. También ejerce a tiempo parcial en la Facultad de Agronomía, en el departamento de Recursos Naturales y facultad de Economía y Negocios de la Universidad de Chile.

Es además miembro del secretariado del Consejo de Defensa de la Patagonia y coordinador del proceso del Comité Iniciativa por la Restauración y Conservación de la Cordillera de Nahuelbuta. En este comité brindan capacitación y apoyo a diversas organizaciones locales como las recolectoras de productos forestales no madereros o la cooperativa de restauradoras de Nahuelbuta, entre otras organizaciones locales que impulsan la protección de los bosques, la biodiversidad, los ríos y los espacios y procesos culturales de este territorio. En los últimos años se ha dedicado a recorrer a pie y a caballo con los habitantes de Nahuelbuta esta ancestral cordillera. En Endémico conversamos con él sobre el impacto de la industria forestal en el sur de Chile y esto es lo que nos ha contado.

 ¿Es una plantación de pinos o eucaliptos un bosque?

Una plantación de pinos y eucaliptos no es un bosque, es un cultivo industrial, con fines industriales de producción de celulosa, papel o madera, por lo tanto siempre es y siempre va a ser una plantación. Ciertamente que la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) y los técnicos que la asesoran, en algún momento fueron parte del análisis generalizado de que las plantaciones eran bosques.

En inglés se habla de forests de una sola manera, pero en el caso del español nosotros decimos bosque a aquellos conjuntos vegetacionales que evolucionan junto con el territorio por millones de años versus una plantación de cultivo industrial de corto ciclo, de 12 años para el eucalipto y de 30 a 35 años para el caso del pino.

Una plantación de pino tendría que adaptarse y reproducirse varios siglos para poder transformarse en un bosque y desarrollar complejas relaciones con la flora del suelo, con el clima y con todas las especies de hongos, epífitas y conjunto amplio de plantas, insectos, aves y bacterias para llegar a ser un bosque. Un bosque es un ecosistema extraordinariamente complejo y cuando ingenieros forestales formados con una mirada productivista en Chile han dicho “estamos plantando bosques para Chile”, están tratando de confundir y distraer la atención para que los chilenos pierdan la mirada crítica de que estábamos perdiendo los bosques. Esto ha sido una estrategia publicitaria para distorsionar el concepto de bosque y la imagen de que el bosque nativo de Chile está en peligro.

Foto: María Paz Acuña

¿Cómo describirías el modelo forestal de Chile?

El modelo forestal chileno fue incubado bajo una dictadura militar que impuso, a sangre y fuego, un determinado modelo económico. El éxito del modelo forestal, que se refleja en la concentración de la riqueza en dos grandes familias que controlan los territorios forestales, es un reflejo de algo construido en ausencia de democracia y que ha persistido a causa de la débil democracia que actualmente tenemos. En los últimos 30 años no ha habido una transformación mayor, no ha habido redistribución ni devolución de las tierras usurpadas, esquilmadas o compradas bajo presión a miles de campesinos y mapuche.

En los territorios forestales persiste la pobreza, persiste la fragilidad, persiste la vulnerabilidad, y no me refiero a pobreza como vida de campo, como vida tradicional, no me refiero a pobreza material, como una vida sin electricidad o sin televisor, me refiero a la pobreza mental, afectiva  y la extrema vulnerabilidad que acompaña a los pueblos que pierden el arraigo con la naturaleza.

¿De qué forma la industria forestal está afectando la biodiversidad de los bosques del sur de Chile?

Hay por lo menos tres elementos que la plantación forestal altera en cuanto a la biodiversidad en el sur de Chile. Primero es la escala que tienen las plantaciones. Cuando se cubre  el 20, 30, 40% y en algunas cuencas hasta  más del 70% del territorio, las pérdidas en biodiversidad y servicios ecosistémicos son gigantescas porque con rotaciones muy cortas, como los eucaliptos cada doce años, después de dos o tres rotaciones el suelo no solamente va quedando exhausto, sino que la posibilidad que hayan semillas que vuelvan a regenerar el soto bosque, son muy escasas.

Segundo, el bosque nativo va quedando totalmente fragmentado, entonces el efecto de las temperaturas mayores, la elevada evapotranspiración asociada a la demanda de agua de las plantaciones también destruye la salud del bosque nativo, y este va presentando ya síntomas de muchas enfermedades. Ahí estamos perdiendo musgos, estamos perdiendo líquenes, miles de microorganismos que no vemos y que no alcanzamos a entender ni estudiar sus funciones; esto significa un cambio en la estructura y  función de los ecosistemas boscosos y sus servicios ecosistémicos.

El tercer elemento es que para que  las plantaciones se establezcan bien,  normalmente aplican glifosato  en la forma de roundup como herbicida para matar los rebrotes de especies nativas para que no haya competencia con el pino o ecucalipto. Después de la cosecha y antes de volver a plantar  aplican glifosato para que no crezca nada y luego plantan el pino o el eucalipto. En ese momento están provocando un ecocidio mayor. Luego esos venenos escurren por las napas freáticas hacia las fuentes de agua, alterando los sistemas acuáticos y llega más tarde a través de las tuberías a las ensaladas y comidas de la gente y a la agricultura. Su persistencia en suelos con varias aplicaciones no se está midiendo, porque la ciencia agronómica en estos territorios no está enfocada en eso.

Demasiadas facultades están focalizadas en producir más rápido, no mejor,  y más preocupadas en responder a las demandas que el mundo corporativo le hace a las ciencias que a las preocupaciones de los pobladores, de campesinos  o de ecologistas. Hay demasiados científicos trabajando para el mundo corporativo y para que este modelo siga funcionando y pocos preocupados de proteger el bien común.

¿Cómo es la relación entre la industria forestal y las comunidades locales en la Cordillera de Nahuelbuta?

Es una relación que ha ido cambiando con los años. Yo llevo poco más de doce años recorriendo Nahuelbuta, conversando con la gente. Es una década en la cual la gente ha aprendido a hablar, ha aprendido a expresar su malestar con el modelo forestal.  Es una relación tensa; una relación que todavía es ciertamente ambivalente: el papá trabajó deforestando y plantando, el abuelo cuestionó al papá que iba a plantar eucaliptos, porque plantaba los eucaliptos que secaban la tierra; los hijos que no quieren trabajar para las forestales o no tienen espacio en el modelo forestal.

Todo gira en torno a las expectativas de una riqueza que jamás llegó, es la riqueza que ven pasar en camiones, y dicen “¡Ahí se va la riqueza! ¿Qué queda para nosotros? El polvo, los caminos malogrados, la contaminación  y agotamiento de las aguas  y la represión que acompaña este proceso”.

¿Ves una relación entre la industria forestal y la disminución del agua en la Cordillera de Nahuelbuta?

Acá está clarísima la relación de pérdida de recursos hidrológicos por aquello que técnicamente llamamos cambio de uso de suelos, es decir, sustituir bosque nativo por plantaciones forestales. Esto ha implicado una disminución drástica de los caudales de los ríos. Los pobladores antiguos de nahuelbuta cuando hacemos los talleres de Memorias del Agua, hablan que grandes carretas no podían pasar por estos ríos debido su elevado caudal; no podían pasar los caballos porque se los llevaban los ríos, o sea, los caudales de agua que fluían por estos ríos eran enormes. Hoy fluye el 30 o 40% de los caudales originales o menos.

Ciertamente que también hay un efecto del cambio climático, ciertamente que hay menos pluviosidad, pero la disminución de los caudales se debe en gran parte al cambio de la cobertura del suelo, la ausencia del bosque significa menor frecuencia de bajas presiones,  que a su vez implican el movimiento de nubes y niebla costera y menos captura de agua, menos lluvia:  los bosques de Nahuelbuta son fabricantes de lluvia y su ausencia altera el ciclo hidrológico sustancialmente. Si además se pierde el efecto de esponja vegetal, que retiene agua durante los periodos lluviosos  y la libera en verano, el efecto es tremendo.

¿Qué acciones han realizado las comunidades respecto a eso?

Las comunidades están en un proceso de despertar y reaccionar a los impactos de la industria forestal que es relativamente reciente. Cuando hablamos de comunidades en la zona costera, que están viviendo con mucha más intensidad la escasez de agua y que les reparten agua con camiones aljibe una o dos veces por semana, la sensación es claramente de molestia, de demanda al Estado por más agua. Aún no hay claridad para plantearse acciones concretas como  “vamos a proteger las nacientes de agua o vamos a proteger los humedales”. Hay un segundo grupo que vive de los alimentos que generan los humedales y que entrega el agua. Algunos pequeños agricultores, pero sobretodo unos cuantos centenares, sino unos miles de recolectores, muchos de ellos campesinos sin tierra o expulsados a la ciudades y que recolectan plantas medicinales y alimentos en los remanentes boscosos de Nahuelbuta. La desaparición de los humedales es la desaparición de las plantas medicinales, pero también hay una tercer tipo de organización social que ha ido emergiendo, más bien de corte ecologista, que son personas que han descubierto que pueden construir una economía con los ríos, ya sea a través del turismo o ya sea protegiéndoles para poder mantener la economía de la agricultura de subsistencia que tienen. Se lo ve en Elicura, se lo ve acá mismo en el río Trongol o Carampangue. Son comunidades que están buscando las formas de frenar el deterioro de los ríos y mantener un vínculo estacional o permanente con los ríos de este territorio.panoramica

¿Cómo sería una alternativa a la actual industria forestal y sus prácticas, cómo ves que serían las prácticas adecuadas de manejo forestal, tanto de bosque nativo como plantaciones de monocultivo?

El modelo forestal necesita integrar conceptos y miradas más holísticas, como territorio por ejemplo. El concepto de territorio es un concepto muy amplio y un tanto difícil de comprender. Un territorio está compuesto por muchas cuencas, entonces si tú tienes la mirada de un paisaje forestal en un territorio, lo que queremos conservar es un paisaje en el cual tiene cabida un mosaico de estructuras productivas que tenga la capacidad de adaptarse frente al cambio climático y que sean complementarias y adaptativas entre si. De parte del sector forestal, el cambio que nos gustaría ver es la reducción de la cobertura de plantaciones, pensado a nivel de cuencas para que el tamaño de las plantaciones asegure que todos los servicios ecosistémicos estén protegidos. No plantaciones monoetáneas, de una misma edad, sino de diferentes edades y mixtas.  Hoy en día tenemos cuencas claramente saturadas de plantaciones. Y esto no es algo que estén estudiando muchas universidades, pero la Universidad Austral está estudiando cómo funcionan las cuencas y que porcentaje de una cuenca podría tener una plantación y qué porcentaje tiene que ser restaurado a una cobertura vegetacional original con bosque nativo y praderas para asegurar que los servicios ecosistémicos críticos como el abastecimiento de agua, estén adecuadamente protegidos.

¿Existen ejemplos concretos de conservación y restauración en Chile?

Existen algunos ejemplos de restauración de microcuencas en particular en la zona en torno a Valdivia, donde la cuenca de Llancahue está siendo manejada, administrada y estudiada por los académicos de la Universidad Austral. Es de las pocas que hay en Chile. Nosotros tenemos algunas experiencias muy incipientes acá en la cuenca del río Elicura, que es una de las tres cuencas más importantes para la renovación del lago Lanalhue, que es un lago eutrofizado por la actividad forestal, por los sedimentos que fluyen de la actividad forestal principalmente. Si no se protegen las nacientes de agua que aportan al lago Lanalhue, este cuerpo de agua va a sufrir una eutrofización mucho más rápida y se perderá este patrimonio lacustre maravilloso, uno de los dos lagos costeros que hay en el país. En la parte alta de su cuenca hemos comenzado un programa de restauración, donde el Diálogo Forestal nos está ayudando a identificar cuáles son las áreas de esa cuenca que prioritariamente tienen que conservarse para demostrar que con restauración podemos recuperar el caudal de los ríos. Creo que una de las respuestas a los problemas de la degradación y pérdida de los bosques en el sur de Chile es crear una nueva economía a pequeña escala, que es asociada al turismo, a la agricultura campesina y a la recuperación del paisaje. Hemos visto que esto ya comienza a ocurrir acá en Curanilahue, como en el valle de Elicura y es simplemente fabuloso ser testigo de como la gente va descubriendo nuevas formas de hacer vida en estos territorios, en comunidad y construyendo una nueva economía con un fuerte vínculo con la naturaleza a través de los ríos.

Nahuelbuta, el paraíso perdido

La Cordillera de Nahuelbuta es el nombre dado a un extenso tramo de la cordillera de la costa, el cual se extiende de sur a norte desde el río Imperial hasta el río Biobío. Su nombre proviene del mapuzungún; nawelfüta, que significa “puma grande”. Esta gran cadena montañosa es parte del wallmapu, denominación dada al […]

La Cordillera de Nahuelbuta es el nombre dado a un extenso tramo de la cordillera de la costa, el cual se extiende de sur a norte desde el río Imperial hasta el río Biobío. Su nombre proviene del mapuzungún; nawelfüta, que significa “puma grande”. Esta gran cadena montañosa es parte del wallmapu, denominación dada al territorio ancestral del pueblo mapuche. Además, es una zona con altos niveles de biodiversidad y endemismo, pero al mismo tiempo ha sufrido grandes intervenciones ambientales y una muy escasa protección de sus ecosistemas.

Un paraíso perdido

Nahuelbuta fue una tierra de cascadas y bosques muy viejos. Ubicada en la ecorregión valdiviana, esta brumosa y lluviosa montaña del sur de Chile estuvo repleta por una particular selva fría, el único bosque templado lluvioso de Sudamérica, además de caudalosos ríos, lagunas y grandes humedales, hoy en día contaminados o con muy poca agua.  Hasta hace tan sólo un siglo y poco más, esta cordillera estaba cubierta de bosques nativos desde la franja costera que la rodea hasta sus cumbres; sin embargo, hoy el paisaje está muy fragmentado y sus bosques sustituidos por plantaciones de pino y eucaliptos, destinadas a la tala para obtener madera y celulosa.

Se estima que la pérdida de la vegetación natural original de Nahuelbuta ha sido superior al 70%, siendo la explotación forestal la mayor amenaza a la cordillera de Nahuelbuta, pues dicha actividad ha contribuido a través de la tala rasa y la erosión al deterioro del suelo y de los cursos de agua, además del empobrecimiento de las comunas, las cuales dependen totalmente de un único rubro que monopoliza los trabajos.

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Foto: Cristóbal Croxatto

La industria forestal comenzó su auge en los años 70 y 80, gracias a la promulgación de la Ley de Fomento Forestal –también conocida como DL701-, que otorgaba bonificaciones de hasta un 75% del costo de las plantaciones. Es decir, a través de los impuestos, todos los chilenos financiamos plantaciones de pino y eucalipto en amplias zonas de la cordillera de la costa y del valle central, desde la región del Bíobío a la región de Los Lagos.

En la actualidad, las plantaciones forestales ocupan aproximadamente el 45% del territorio de Nahuelbuta, llegando a cubrir hasta el 80% de la superficie en la comuna de Curanilahue –ciudad prácticamente sitiada por pinos-. Los actuales manejos forestales tratan al bosque nativo que resisten en el sotobosque de las plantaciones como “malezas”, y como tal es eliminado con pesticidas tóxicos como el “glifosato”. Este pesticida está prohibido en gran cantidad de países de la Unión Europea, pues se ha demostrado que tiene componentes cancerígenos. El uso de este agrotóxico implica la infiltración de sus componentes a las napas de agua, las cuales abastecen a los pueblos aledaños que consumen sus partículas venenosas, cortesía de las empresas Arauco y Mininco, entre otras.

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Descenso del río Carampangue en Kayak. Foto: Erick Vigouroux

El turismo como una alternativa

En Chile, el ecoturismo se ha duplicado en la última década, y ello también ha tenido su repercusión en la Cordillera de Nahuelbuta. El Parque Nacional Nahuelbuta, consagrado a la conservación de sus milenarios bosques de araucaria costera y sus otras especies endémicas, es uno de los principales destinos turísticos de la región del Biobío. Además, los productos forestales no madereros, como los dihueñes, las nalcas y hongos, entre otros, están siendo una alternativa de ingresos de capital para las familias locales, lo que favorece la revalorización de los bosques nativos.

Sin embargo, Nahuelbuta también se encuentra en la mira de inversionistas que no comprenden la importancia del bosque nativo y la protección del territorio ancestral mapuche. La industria forestal sigue causando estragos en la zona, además que recientemente se han propuesto dos centrales hidroeléctricas en el Valle del Elicura, donde se practica el turismo comunitario y la población entera se ha manifestado contraria a su construcción.

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Las turberas del río Carampangue. Foto: Erick Vigouroux

Festival Nahuelbuta Libre

El festival “Nahuelbuta Libre” es un llamado a la recuperación de los bosques de Nahuelbuta. Este evento se realizará el fin de semana del 15 y 16 de octubre y va dirigido a todos quienes aman la naturaleza y los deportes acuáticos. Su creación tiene origen en un grupo de amigos y amigas de Curanilahue, quienes en conjunto con representantes de diferentes organizaciones, han estado trabajando en los últimos años para levantar el turismo y crear conciencia sobre la importancia y el cuidado de los bosques nativos.

En los últimos años, se ha demostrado que los bosques nativos funcionan como una esponja: acumulan agua durante la estación de lluvia y luego la liberan gradualmente a los ríos y lagunas. Así, los arroyos provenientes de cuencas protegidas por bosques nativos poseen en verano un caudal entre tres y seis veces mayor que el de aquellas cuencas hidrográficas rodeadas con plantaciones forestales de pino o eucalipto. El objetivo del festival del río “Nahuelbuta Libre” es promover la protección de los ríos de de Nahuelbuta, en peligro por el mal manejo de cuencas y la ausencia de una voluntad política que consolide los cuerpos de agua y bosques de la zona como lugares esenciales para la supervivencia de las comunidades humanas y ecosistemas locales.

Este festival consistirá en dos días de actividades en donde los asistentes podrán participar y disfrutar de talleres de yoga, pesca y rescate en aguas blancas, música en vivo, puestos de comida local, rafting y kayak. Se realizarán bajadas populares de $5.000 por persona. El festival se realizará en el río Carampangue, a los pies de la Cordillera de Nahuelbuta. Para llegar al festival desde la Comuna de Curanilahue habrán buses de acercamiento hasta el río. Cualquier duda pueden escribir al correo de contacto: nahuelbutalibre@gmail.com

Mayor información podrán encontrar en la página de Facebook del evento.

¡Nos vemos en Nahuelbuta!

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Fuentes:

http://www.aguaquehasdebeber.cl/

Wolodarsky-Franke, Alexia y Díaz Herrera, Susan. 2011. Cordillera de Nahuelbuta. Reserva Mundial de Biodiversidad. Valdivia, Chile: WWF.