¿Qué pasaría si nos transportáramos cientos de años en el futuro, para presenciar un recorrido arqueológico por la historia que llevó a la humanidad a la desaparición de sus últimos vestigios?

No fue la fantasía, sino la ciencia ficción de un futuro no demasiado ajeno, la premisa que movilizó al equipo de Colectivo Ronda a crear la muestra “Vestigios: Arqueología de un sistema indumentario futuro”. Después de un proceso reflexivo y de ejecución de 5 años que consideró un audaz guión museográfico y la creación de piezas y artefactos con textiles y biomateriales, el equipo integrado por artistas visuales, diseñadoras de vestuario, audiovisualistas, entre otras y otros, inauguró un poderoso túnel en el tiempo. Una exhibición que permanecerá abierta al público hasta el 27 de mayo en el espacio cultural en formación Casa Palacio, Santiago centro.

Visitamos su inauguración, y el resultado de la experiencia fue una inmersión en un viaje espacial y temporal. A partir de una prolija investigación museográfica y audaz propuesta de diseño textil principalmente con biomateriales, la muestra evoca preguntas en torno a cómo miraremos nuestro presente en un porvenir que, para bien y para mal, ya no lo percibimos como tan lejano.

Collar manufacturado con algas y nylon, Reparativo Medio. © Benjamín Salazar

El efecto extrañamiento

El recorrido comienza en el subsuelo de un palacio patrimonial ubicada en el límite del barrio Concha y Toro con la Alameda, en su origen perteneciente a un magnate minero de apellido Elguin. Allí, en un subterráneo de fines del siglo XIX de techos bajos, nos enfrentamos al portal de ingreso. Lo primero que llama la atención es un desconcertante cerro de ropa acumulado junto a un televisor antiguo que proyecta una entrevista de un supuesto historiador llamado Walter Cruz. Estamos en la era de nuestro presente histórico, el Capitalismo Tardío, justo antes de la Gran Migración de los centros urbanos hacia la macrozona costera.

El montón de ropa remite más bien a un cúmulo de desecho, aquellos vertederos que cada vez son más comunes en sectores periféricos de la ciudad, o en islas de ropa en el desierto. Walter Cruz, por su parte, se hace la pregunta clave de esta muestra. ¿Qué haremos con la huella? ¿Y cómo hacer historia cuando sobrevivir requiere de una radicalidad tan grande como no dejar rastro, eliminar todo vestigio material que rememore nuestro pasado?

Lo que se busca más bien es reevaluarnos, volver a mirarnos, en un tiempo en que el temor se dirige más a que el mundo explote desde adentro que por el impacto de un meteorito.

El tono, por cierto, es irónico, y por lo mismo, produce escalofríos y alivio reconocer lo cerca que estamos del colapso de los múltiples sistemas neoliberales, patriarcales, etc, que nos han sumido en la crisis socioambiental, acaso el túnel sin fondo que ahora ingresamos a modo de simulacro.

Un texto curatorial contextualiza el viaje al futuro que ahora comienza. Solo que no sabemos que se trata de un guión de ciencia ficción especulativa. Leemos:

Tras varias décadas de advertencias desatendidas, los supuestos del sistema capitalista colapsan de manera irreversible. La sobreexplotación, sobrepoblación y sobrecontaminación del planeta dan lugar a un estado continuo de crisis políticas y económicas, que sumadas a las sucesivas pandemias ocurridas a partir de 2020, catalizan el proceso de colapso de industrias clave y posteriormente de las ciudades (…).

Y con esta bienvenida, ingresamos en una cápsula de tiempo, más de un siglo en el futuro.

Capucha, Reparativo Medio. © Benjamín Salazar

Ciencia ficción y medio ambiente

No es algo nuevo que proyectos de arte contemporáneo trabajen con imaginar futuros posibles, ya sea esperanzadores, ya sea paisajes en ruina, para ofrecer un modelo donde volver a mirarse. En esa línea, Robert Smithson, artista precursor de la corriente del “land art” en Estados Unidos, escribía que “estoy convencido de que el futuro está perdido en algún lugar en los basureros del pasado no-histórico, en los vacuos anuncios de ciencia-ficción, en el falso espejo de nuestros sueños rechazados”. Pensar la basura como arqueología, en la ruina como vestigio, es algo que artistas ya venían elaborando en obras situadas en espacios naturales, más allá de imaginar historias fantásticas en planetas lejanos.

Por supuesto que en la literatura encontramos también casos ejemplares que produjeron historias bajo un lente socioambiental. Ahí están los relatos de la escritora feminista Ursula K. Le Guin, quien aprovechó las herramientas de la ciencia ficción especulativa para imaginar cómo hubiesen sido ciertos episodios de la historia humana si las protagonistas hubiesen sido otras u otros (mujeres y otros seres más-que-humanos, por ejemplo). Asimismo, novelas icónicas de este modelo se han adaptado recientemente a seriales de televisión y streaming para ponernos en el lugar del futuro como pasado, de cómo luciría nuestro porvenir cuando ya no estemos aquí. Un ejemplo de ello es La Fundación, libro de Isaac Asimov (lanzado este año en Apple TV) en donde el científico Hari Seldon se transforma en una amenaza para “el Imperio”, al ser capaz de predecir el futuro con el modelo matemático de la “piscohistoria”.

La exhibición se podrá visitar hasta el 27 de mayo. © Benjamín Salazar

Es en esa línea conceptual que desde el cono Sur se posiciona la muestra Vestigios… Así, se trata de una exhibición de alto valor para el género de la ciencia ficción y el diseño textil, en el sentido de que trabaja una estética inédita desde la biomaterialidad, y a su vez abre preguntas éticas y políticas que nos obligan a situarnos como espectadores autoconscientes ante el problemático presente histórico que estamos experimentando.

La propuesta recuerda en su título a la lúcida discusión del teórico Frederic Jameson, quien en su libro Arqueologías del Futuro (2005) plantea  la distopía como un ejercicio crítico y riguroso que pone de manifiesto la carga política que contiene todo artefacto textual. En esa línea, la muestra Vestigios de Colectivo Ronda, logra trascender la creciente moda o tendencia a reflexionar desde el arte y la cultura en torno a los cada vez más escuchados “futuros posibles”. Lo que importa aquí es la utopía misma, desde las materialiades, la tecnología y el mismo recorrido museográfico. Cuestionar nuestro presente histórico y a partir de ahí, pensar en cómo vamos a seguir caminando, vistiendo, alimentando, nutriendo juntos en esto.  No solo la consideración del futuro como pasado, o las utopías modernas como algo caduco, o la idea de los muchos “futuros perdidos”, como por ejemplo las proyecciones estéticas de las utopías socialistas. Lo que se busca es más bien reevaluarnos, volver a mirarnos, en un tiempo en que el temor se dirige más a que el mundo explote desde adentro que por el impacto de un meteorito.

Detalle de Capucha con biohilo. © Yael Berkowitz

Deambular entre las ruinas

Caminamos por una museografia que ha recogido (y reparado) las ruinas del sistema que nos llevó a la debacle y aparente salvación de nuestra especie, el año 0 de la Gran Migración. El texto curatorial sostiene que las comunidades urbanas arrancaron al poblado de Villamávida, ubicado en una macrozona costera del cono Sur y habitado por comunidades indígenas que vivían en mayor armonía con los ciclos de su entorno natural. Cada una de las vitrinas que acompañan este viaje por el morir y reparación de la civilización se acompañan de objetos de diseño que representan el sentir, el ethos  de cada uno de los períodos que atraviesa esta nueva humanidad.

Significante y significado se disocian, formando una nueva unidad de sentido llena de ironía, sarcasmo y agencia. Son piezas siniestras, que remiten a una cierta oscuridad, porque muchas de ellas aún están presentes en nuestro cotidiano.

Así, por ejemplo, en la era del Reparativa vemos cómo un canasto trabajado con técnicas indígenas se ha tejido con cables recuperados de viejos celulares y computadores. El efecto es un extrañamiento tal que provoca aquella palabra usada por Freud para explicar cómo lo familiar se vuelve ajeno, acaso monstruoso: de alguna forma, son artefactos siniestros.

Poco a poco, nos percatamos que los objetos textiles y materiales que contemplamos a medida que recorremos este vertiginoso subsuelo, son los mismos efectos del sistema del consumismo sin límites, la inconsciencia ante las materias primas del vestuario, la cultura de lo desechable y lo inmediato.  Es, a fin de cuentas, la idea brutal de que el planeta fue concebido como un espacio de recursos que podía ser explotado sin ningún tipo de cuidado o consciencia de lo finito. Quienes sobrevivieron son la cultura perteneciente a la era de la Reparación, porque desde esa precariedad, desde la caída, pudieron volver a crear. Se transforman en hacedores, en vez de consumidores.

Prendas pertenecientes al período Neomaterial. © Benjamín Salazar

Vivir, Morir, Restaurar

La manufactura que integra lo antiguo y lo nuevo (para nuestro presente), la recuperación de materias primas como el hilado de fibras animales y vegetales por medio de husos de mano, el tejido con palillos y crochet, y el uso de telares de cintura son técnicas que se van concatenando en la muestra Vestigios, con una nueva significación. Un jeans roto que se ha zurcido con cables que ya no sirven para su uso original. Una polera cubierta de tierra, tal vez obtenida 50 años atrás en una multitienda como podría ser HyM, remendada con biomateriales en base a algas. Una mascarilla reutilizada, con chips de computador adheridos. Cucharas de palo que ahora se usan como herramientas para iluminar. En todos estos objetos, significante y significado se disocian, formando una nueva unidad de sentido llena de ironía, sarcasmo y agencia. Las piezas nos remiten a una cierta oscuridad, porque muchas de ellas aún están presentes en nuestro cotidiano.

El recorrido continúa explicando cómo ciertos elementos de la naturaleza fueron fundamentales para la supervivencia de nuestra especie. Ahí aparecen, entonces, la nobleza de las algas como el pelillo, que se vierte sobre prendas dañadas para prolongar su uso. Materiales reforzados con textiles naturales o retazos textiles, provenientes de eras pasadas. La conclusión que permanece en la atmósfera de este subsuelo es: la única opción que queda para sobrevivir será reciclar, reparar, reutilizar.

Un documental se proyecta al final de la exhibición sobre un lienzo biomaterial, contando el testimonio de los últimos habitantes de Villamávida © Benjamín Salazar

Desaparecer en el silencio

La cronología de esta muestra culmina en el Flamígero, período donde ocurre la desaparición de todo rastro civilizatorio. Es poco lo que se sabe a ciencia cierta de este período dada la escasez de vestigios. Solo queda el registro de las voces ahora ausentes de sus últimos representantes. El eco de esa huella pone en tela de juicio el rol de la memoria, de la historia, de la cultura. Así, la muestra culmina interrogando: “¿seremos capaces de restaurar una relación de simbiosis y mutualismo en constante devenir con otras especies?”.

Así, la propuesta que instala Vestigios, es una que nos produce emoción y escalofríos, porque a fin de cuentas, con la desaparición de la huella se amenaza la memoria, historia y la cultura humana. Para restaurar los ecosistemas, para volver a mirar los ciclos naturales, debemos eliminar todo rastro. La premisa que recorre esta fascinante exhibición es que es el mismo tiempo histórico el que se ha puesto en crisis. Tal vez, para volver a imaginar historias y funciones alternativas del cuerpo, del vestuario, del tiempo y el espacio, debamos silenciar toda intención de ”presentismo”, ansiedad que ha terminado por cancelar todo futuro, debilitando el poder de la imaginación.  

Prenda del período Reparativo. © Benjamín Salazar

Exposición Vestigios: Arqueología para un sistema indumentario futuro

Un proyecto de Colectivo Ronda

Casa Palacio, Santiago.

Del 5 de mayo al 27 de mayo de 2022.

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Imagen de portada: Alga tejida. © Benjamín Salazar